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miércoles, 20 de julio de 2011

La Botadura de Bankia

Efectivamente, la salida de una nueva compañía a Bolsa se parece mucho a la botadura de un barco recién construido. Hay champán, se toca una campana, y hasta los propios diseñadores no acaban de estar seguros de no haber cometido algún error fatal hasta que ven al barco flotando en el mar.

Este 20 de Julio, por primera vez, Bankia ha cotizado en la Bolsa, con discurso de Rodrigo Rato incluido en la Bolsa de Madrid.

Bankia es el resultado, por una parte, de la necesidad de concentración de las Cajas de Ahorros para hacerlas viables. Y, de otra parte, de las progresivamente exigentes normativas llamadas Basilea, y de la legislación puesta en marcha para garantizar que las entidades financieras disponen de suficiente capital para hacer frente incluso a condiciones de mercado muy críticas.

Siete Cajas de Ahorros se pusieron de acuerdo y ahora forman parte de Bankia. Dos de ellas representan más del 89% de la nueva entidad (Caja Madrid - 52,06% - y Bancaja - 37,70% -). Las otras cinco son de tamaño muy inferior a estos dos colosos (La Caja de Canarias - 2,45% -, Caja de Ávila - 2,33% -, Caixa Laietana - 2,11% -, Caja Segovia - 2,01% - y Caja Rioja - 1,34% -).

Afortunadamente, el mismo partido (el PP) gobierna en las dos Comunidades base de las dos Cajas más grandes (Madrid y Valencia). Pero, a pesar de ello, ha habido obstáculos que se han tenido que ir superando uno a uno, hasta llegar al día de hoy en que Bankia ya es una sociedad cotizada.

Primero se constituyó el Banco Financiero y de Ahorros, S.A. (BFA), al que las Cajas participantes segregaron todo su negocio bancario y financiero. Para la creación de una entidad bancaria con capacidad jurídica para ofrecer sus servicios bancarios en general, se recurrió a Altae Banco, S.A., una entidad menor, en la órbita de Caja Madrid, que se dedicaba solamente a la Banca Privada para la gestión de grandes patrimonios.
Rodrigo Rato, presidente de Bankia, hizo sonar la campana
en la Bolsa de Madrid
(Fuente: cincodias)

El BFA procedió a una segregación parcial, a su vez, de todo su negocio bancario y financiero a Altae Banco, S.A., que cambió su denominación social a Bankia, S.A. Parcial porque hay algunas importantes excepciones, según se especificaba en el correspondiente Hecho Relevante comunicado el pasado 5 de Abril a la CNMV:

"Se trata de una operación de segregación parcial, en virtud de la cual BFA transmitirá en
bloque a Bankia todo el negocio bancario, las participaciones asociadas al negocio financiero
y el resto de activos y pasivos que BFA recibirá de las Cajas, excluyendo determinados
activos y pasivos que seguirán siendo titularidad de BFA y entre los que destacan los
siguientes: (a) en el lado de los activos, el suelo adjudicado, la financiación de suelos en
situación dudosa y subestándar, algunas participaciones societarias, la caja necesaria para
hacer frente a sus obligaciones de pago, y la participación accionarial que mantendrá en
Bankia a la que se atribuye un valor de 12.000 millones de euros; y (b) en el lado de los
pasivos, las participaciones preferentes suscritas por el FROB y determinadas emisiones de
instrumentos financieros. El valor total de los activos de Bankia asciende a 274.831 millones
de euros".

Es decir, se ha intentado que el balance inicial de Bankia (por valor de 275.000 millones de euros) esté lo más saneado posible. Este volumen sitúa a la nueva entidad entre las más grandes de España, y a la cabeza también de las instituciones financieras europeas. De momento, Bankia no forma parte del IBEX35, pero sí cotiza en el Mercado Continuo.

La operación OPV (Oferta Pública de Venta) de Bankia se ha conseguido cerrar, sin muchas holguras, colocando el número de acciones que se perseguía, en los tramos Minorista (incluyendo empleados y administradores) e Institucional Nacional. Eso sí, de un precio máximo estimado de 5,05 Euros, el precio final de colocación ha sido de 3,75 Euros. Las tormentas con aparato eléctrico a las que estamos asistiendo en los mercados en estas últimas semanas y meses, le han pasado factura.

Se han asignado de esta forma un total de más de 824 millones de nuevas acciones, con un valor nominal de 2 euros cada una. Ello sin contar con la opción por hasta un 10% adicional (llamada opción green shoe) que tenían posibilidad de suscribir las Entidades Coordinadoras Globales de la OPV.
El champán, eterno acompañante de las celebraciones
(Fuente: cincodias)

Las acciones que hoy han empezado a cotizar en la Bolsa representan entre el 47,59 y el 49,97% del capital social de Bankia.

A las doce del mediodía se hizo sonar la campana, y empezó la singladura en Bolsa de Bankia. Tras unas bajadas bastante profundas (llegó a perder en algún momento hasta el 6% del precio de partida, cotizando a 3,51 Euros), se recuperó (gracias, en buena parte, a que JP Morgan, uno de los coordinadores, absorbió buena parte del papel) y cerró esta primera sesión plana, cotizando a 3,75 Euros. Mañana ya será el día después.

Le deseo mucha suerte a Bankia en esta nueva aventura, por aguas ciertamente procelosas.

JMBA

lunes, 28 de febrero de 2011

Pequeñas Cosas que no Molan Nada (7)

Todas las casas tienen alguna zona donde se acaban almacenando todas aquellas cosas que no usamos, por lo menos que no usamos con frecuencia.
Cajas que originariamente contuvieron botellas de vino,
hoy están atestadas de libros, y yacen sobre otras
con material electrónico reciclable
(JMBigas, Febrero 2011)

Las viejas casonas disponían de un desván, una buhardilla o unas golfas (como se acostumbra a llamarlas en catalán). Había que subir habitualmente unas escaleras desiguales y mal iluminadas, para llegar a una puerta que chirriaba al abrirse. Esos desvanes eran a menudo rincones de la memoria, muchas veces perdida, o restos sin sentido de antiguos habitantes de la casa. Muchas películas han utilizado los desvanes como recintos del terror, o como refugio de aquellos que tenían algo por lo que esconderse.

Hoy en día los pisos verticales (los llamados chalets adosados) tienen un sótano, el garaje o una buhardilla, que se utiliza a tales efectos. Los garajes, especialmente, son una buena ilustración de ello. Se acumulan cajas de contenidos muchas veces desconocido, embalajes que quizá en algún momento habrá que reutilizar, juguetes viejos ya inservibles y demás monsergas. Entrar y salir del garaje con el coche requiere cierta puntería para evitar estas trampas.

Los pequeños pisos urbanos también disponen siempre de alguna zona para este particular tipo de conservación o almacenaje. Los pisos familiares disponen a menudo del llamado trastero (por su nombre los conoceréis), que es un cuartito separado del piso propiamente dicho, que se encuentra en el sótano, o en el ático, o junto al garaje, o en alguna zona poco transitada. Hay un trastero por piso, de tamaño normalmente exiguo, pero suficiente para poder apilar cajas, embalajes, sillas de la terraza en invierno, etc. Los trasteros de todos los pisos acostumbran a estar juntitos, al lado del garaje o en algún pasillo lóbrego al que los propietarios pueden acceder por una puerta cerrada con llave.

Los pisos que no tienen trastero habilitan, sobre la marcha, alguna zona para la misma función. A veces es un altillo sobre el pasillo (el espacio entre el techo verdadero y el falso techo de escayola), al que se puede acceder, subidos en una escalera de mano, mediante una portezuela de madera, desde la cocina, o desde el salón, o desde uno de los baños.
Mover esa caja grande y pesada, con un monitor culón
dentro, será una tortura
(JMBigas, Febrero 2011)

Yo viví muchos años en un pequeño apartamento de 49 metros cuadrados (una habitación, salón, cocina, baño y un pequeño balcón, donde escasamente cabía un tendedero móvil). No había sitio muerto para utilizar como trastero. Pero en el pasillito de entrada, frente a la cocina, y en el rincón de la puerta de acceso, quedaba una zona de no más de cuarenta o cincuenta centímetros de ancho por metro y medio de largo, por la que no se circulaba habitualmente. La práctica diaria dictó el utilizar esa mínima zona para acumular cajas con libros ya leídos, o embalajes de cosas recién compradas, y que la prudencia aconsejaba no tirar de inmediato (bueno, reciclar). Ese rincón se convirtió en un trastero improvisado, de cuya capacidad sólo fui plenamente consciente cuando tuve que realizar una mudanza.

El que realmente no disponga en su casa de ningún lugar habilitado o habilitable para este fin, siempre puede recurrir a la oferta comercial de trasteros de alquiler (la publicidad propone desde 1 metro cuadrado).

Desde hace años ya, el piso en que vivo tiene un trastero de unos seis metros cuadrados, al que se accede por una puerta frente al ascensor, en el portal de entrada. Hay un pasillo en U, con algo más de una docena de trasteros, uno por cada piso de mi escalera. Creo que alguno nunca se ha vendido, y sigue perteneciendo a la Promotora (que es una deudora perpetua de la Comunidad, pues los trasteros también tienen cuota).

La construcción es rústica (suelo de cemento, paredes de Pladur, puerta metálica) pero cumple su función. Su viabilidad solamente apareció durante la construcción de la casa (no estaban en el proyecto original), gracias a un fuerte desnivel entre la parte anterior y la posterior de la parcela. A pesar de lo improvisado, todos los trasteros están perfectamente escriturados y constan en el Catastro como elementos autónomos. Por lo tanto, pago el correspondiente IBI y la Tasa por Prestación del Servicio de Gestión de Residuos Urbanos (sic) del Ayuntamiento de Madrid, al igual que por el piso y por la plaza de aparcamiento. Unos euros todos los años.
Estas sillas plegables difícilmente se podrán volver a
utilizar, pero ahí están, en el trastero
(JMBigas, Febrero 2011)

El primer día, cuando me dieron la llave, el trastero estaba vacío. Conviene recordarlo, porque esto a menudo se nos olvida. Solamente tiene un punto de luz, donde, en su momento, instalé un simple casquillo y una bombilla. Para las (escasas) visitas al trastero, resulta más que suficiente.

El piso dispone de varios armarios empotrados, más el armario grande del dormitorio principal que instalé, y las estanterías y librerías del salón y de la habitación que utilizo como despacho (desde donde os estoy escribiendo). De verdad, estaba convencido de que nunca iba a ser capaz de llenarlos. Vana ilusión.

Al principio, sólo guardé en el trastero las cajas desmontadas que me habían sobrado al realizar la mudanza, reservadas para un eventual uso posterior.

Con el paso del tiempo, descubrí que los estantes y armarios del despacho, entre libros, CD,s, cintas de video VHS, y más tarde DVDs, y Juegos para el PC, me desbordaban por todos lados. Tenía libros en doble y triple fila, y otros tumbados encima, hasta completar el espacio disponible. Decidí que los libros que ya había leído los podía guardar en algún lugar menos a mano, porque muy raramente tenía que recurrir a ellos. Reutilicé al principio alguna de las cajas pequeñas de la mudanza, y las llené de libros leídos. Las numeré y llevo el inventario de lo que hay en cada una (por si acaso). Inicié una saga que se fue completando en base a reutilizar las cajas de seis (o doce) botellas de vino para rellenarlas con libros. Conviene que no sean muy grandes, porque una caja grande llena de libros no hay quien la mueva. Ya tengo 26 de ellas en el trastero.
Cajas plegadas de diversos tipos y tamaños esperan el
momento de volver a ser útiles
(JMBigas, Febrero 2011)

Fui haciendo lo mismo con las cintas VHS (tengo 6 cajas medianas o grandes con ellas en el trastero) y también con los Juegos de PC (con los que tengo 5 cajas en el trastero, y varios archivadores todavía en el piso).

Cuando me compré el primer ordenador (con pantalla e impresora), pensé en aprovechar el trastero para guardar los embalajes, para lo que pudiera hacer falta más adelante. Cuando cambié la pantalla culona por una plana, aproveché el hecho de no haber tirado su embalaje original, para volver a meter la pantalla en su caja, y mantenerla en el trastero. El resultado es una caja enorme y muy pesada, y sudo enormemente cada vez que pienso en la posibilidad de llevar caja y pantalla a un Punto Verde.

Cuando cambié el ordenador por otro más moderno, el viejo también lo metí en su embalaje original, y hoy es otra caja grande y pesada que ocupa un espacio en el trastero.

Compré una barbacoa para la terraza (con todos sus adminículos, incluyendo el carboncillo y las pastillas para encenderla). Pero solamente la utilicé una vez, después de ver la humareda indecente que montó en todo el vecindario. Fui más afortunado que un vecino, que montó una barbacoa de obra en su patio, que no le he visto utilizar nunca en los últimos ocho o nueve años. Antes de eso, también asistimos a alguna humareda histórica. A mi me bastó desmontarla y meterla de nuevo en su caja, y guardarlo todo en el trastero.

Tengo en el piso unos cuantos botelleros para almacenar (y exponer) hasta un centenar de botellas de vino. Pero tras algún viaje a diversas zonas vinícolas, de donde traje algunas cajas de vino en el maletero del coche, no me quedaba espacio en los botelleros, y decidí almacenarlas, de momento, en el trastero. Bueno, habitualmente no hay luz, y el ambiente es más bien fresco todo el año. No es mal lugar para una bodeguilla improvisada. El único movimiento de salida que recuerdo en el trastero para los últimos diez años es el de subir alguna caja de vino al piso, para ocupar en los botelleros los espacios dejados libres por el consumo.

Para una fiesta con los amigos, tuve que comprar algunas sillas plegables para la terraza. Las primeras que compré tenían algo de madera (no preparada para exteriores). Tras la fiesta las dejé plegadas en la terraza un tiempo, y sufrieron con la lluvia. Quedaron prácticamente inutilizables. Pero, en lugar de disponer de ellas directamente para el reciclado, decidí guardarlas en el trastero, por si acaso. Compré luego otras de aluminio y plástico, mucho más prácticas, y las tengo también en el trastero, esperando alguna nueva aglomeración.
Estas sillas están esperando alguna ocasión para poder
desplegarse de nuevo en la terraza
(JMBigas, Febrero 2011)

Algunas maletas que no me cabían en ningún altillo de los armarios de casa, yacen envueltas en sacos de plástico en el trastero. Las he sustituido ya todas por otros modelos, pero las viejas ahí están.

Estuches de cartón, de esos preparados para el transporte de tres o seis botellas (de vino, habitualmente), plegaditas, tengo varias en el trastero, acumulando polvo.

Cuando uno empieza a ser consciente del fenómeno trastero (acumulación progresiva de cosas que probablemente nunca tenga necesidad de volver a utilizar) decide tomar medidas. Los embalajes de la gran mayoría de cosas que he comprado en los últimos años se fueron directamente al reciclaje, sin pasar por el trastero.

En informática se utiliza el término buffer (que viene a significar, en inglés, algo del tipo parachoques, paragolpes, tope de tren, amortiguador) para designar a una memoria intermedia, o tampón. Los datos que están en el disco se cargan en un buffer, para tenerlos más fácilmente accesibles, por si volvieran a hacer falta. El trastero es el buffer de los trastos. El lugar donde se apilan cosas que ya habría que haber tirado. Es una especie de limbo o purgatorio, donde muchas cosas se amontonan, esperando un destino definitivo.

Pero la capacidad del trastero es necesariamente limitada, y su evolución natural es a irse llenando. Vosotros, lectores sagaces, seguro que estáis olfateando ya la tragedia. Hay un día en que, al abrir su puerta, sólo nos habita una única idea: hay que limpiar el trastero, porque ya no cabe nada más. A mí ya me ha asaltado la idea varias veces. Hasta ahora he conseguido acallarla con falsos consuelos (esa pila de cajas todavía es estable, se puede poner otra encima; en ese rincón todavía caben un par de cajas pequeñas;...).

Pero la sola idea de meterle mano me produce sudores fríos. Porque lo que, sin duda, habrá que tirar, está, con toda probabilidad, al fondo del todo. El trastero es una cola LIFO (Last In; First Out) por definición. Especialmente el mío, que es rectangular, alargado y la puerta está en un extremo. Para llevar a reciclar ese viejo PC (dos cajas muy pesadas; cubiertas por otras cajas todavía útiles que habrá que mover) o esa caja grande de cintas VHS,... habrá que moverlo todo dentro del trastero. Como no hay espacio para tantos movimientos, habrá que sacar cosas al pasillo, para acceder a lo que se quiera sacar, y luego volver a meter todo aquello a lo que todavía no le llegó su hora. Sigo sudando sólo de imaginarlo.

No mola pero que nada la sola idea de limpiar el trastero. Hacerlo, ya debe ser la debacle. Porque una vez sacado lo que deba llevar al reciclaje, habrá que llevarlo por el pasillo hasta el rellano del portal, y luego bajarlo al coche. Pero esas cajas grandes no me cabrán en el coche. ¿Cómo lo haré?. En este punto de la crónica del desastre, normalmente interrumpo el razonamiento, y me instalo en el convencimiento de que nunca me llegará el momento en que resulte imprescindible realizar la tarea, pienso que conseguiré posponerla ad aeternum, y el que venga que arree.

El trastero, el Purgatorio de los trastos, fuente de tanto tormento...

JMBA

jueves, 2 de diciembre de 2010

Pequeñas cosas que no molan nada (3)

La política de suministro de las cosas básicas (o ligeramente superfluas, pero placenteras) para la subsistencia es seguramente una de las decisiones que (a menudo tácitamente) hay que tomar en cada hogar.
Cola en las cajas de un supermercado
(Fuente: paraellasymas)

En la mayoría, se definirá un calendario de visitas a grandes superficies (hipermercados, supermercados,...) cada cierto tiempo. En algunos casos, se tienen proveedores específicos para los productos más perecederos (carne, pescado, fruta,...) o para algunos productos que no se pueden encontrar en cualquier sitio y para los que hay que recurrir a proveedores especializados. Yo, por ejemplo, visito de vez en cuando el Mercado de San Miguel, junto a la Plaza Mayor de Madrid (una maravilla de mercado moderno, por otra parte) porque su charcutería es el único lugar que conozco en Madrid donde tienen a la venta las salchichas de frankfurt de La Charcutería Alemana (Max Zander), para mi las mejores que están a la venta en el comercio. Su equilibrio entre las carnes empleadas, el especiado y el ahumado las hace únicas, para mi gusto.

Los muy aficionados al café seguramente harán una visita periódica al tostadero habitual o a la tienda correspondiente de Nesspresso, para aprovisionarse del producto al que ya se han acostumbrado, y del que no quisieran prescindir voluntariamente. O visitarán de vez en cuando alguna de las tiendas de L'Occitane para comprar esos geles de baño, champús, lociones o lo que sea, que ya forman parte de su confort habitual. Los que se lo puedan permitir también visitarán de vez en cuando alguna de las tiendas especializadas en vinos más o menos exóticos (Lavinia, La Carte des Vins, Vinoh!, Quim Vila o tantos otros), para escoger algunos que servirán para los pequeños homenajes de la vida diaria.

Pero la mayoría seguramente visitamos con cierta regularidad algún hipermercado de los de carrito (Hipercor, Carrefour, Alcampo, Mercadona,...) donde compramos (por lo menos) los productos menos perecederos y más estándares, incluso buscando las mejores ofertas en cada caso. En el lote hay que incluir desde las latas de refresco o cerveza, latas de conserva, papel higiénico o de cocina, papel de aluminio, bolsas de basura, hasta los bricks de leche o de caldo, las botellas de alcohol para nuestros combinados preferidos, o los vinos más habituales. Habitualmente también incluiremos las naranjas para zumo, o los limones para los cubatas de la noche, y también el gel de ducha familiar, o el jabón líquido para lavarse las manos, o la colonia básica para refrescarse la cara. Y también, por supuesto, los paquetes de agua mineral (con o sin gas) para apagar la sed familiar.

En resumen, antes de ir nos hacemos una lista con las cosas que precisamos comprar, de acuerdo al estado actual de nuestra despensa. Para algunas cosas tenemos nuestra marca preferida (ese refresco de cola específico, que es el que mejor liga con ese ron específico con el que nos hacemos los cubatas, cuando toca), pero para otras cosas pensamos comprar algún genérico que esté a buen precio. La lista de la compra es nuestro documento de trabajo para coger un carro (previo pago de la fianza correspondiente, y tratando de elegir uno relativamente nuevo, que no chirríe mucho ni que derive sistemáticamente hacia uno de los lados), y adentrarnos en la superficie de compra.

Con la lista y el carro, ya podemos recorrer los diversos pasillos del lugar, cogiendo los diferentes artículos relacionados y depositándolos de la mejor manera que podamos, en el carro. Aquí hay habitualmente un diferente comportamiento, en general, entre los hombres y las mujeres. Las mujeres tienden a realizar un trabajo previo más exhaustivo, y su compra se limitará habitualmente al contenido de la lista cuidadosamente preparada. Los hombres, otra vez, en general, tenemos tendencia a estimar que el total de la cuenta será un 15% o un 20% más que el puro contenido de la lista, porque habremos sucumbido a alguna tentación en la Zona Gourmet, o habremos visto un vino desconocido que nos apetece probar, o quizá incluso esos pitiflús tricúbicos, que tan bien pueden acompañar esa comida que tan bien te sale, cariño.

Es indispensable que el equipo que va a la compra tenga un líder indiscutible, que es quien dirige toda la operación. Y, dado que la tarea de peón de carro es particularmente humillante, yo recomiendo que el equipo de la compra sea unipersonal. De esta forma, la humillación se compensa por la elevada tarea de toma de decisiones, que hay que realizar varias veces durante la operación. Desde luego, dejar a los niños jugando en algún otro lugar es una decisión higiénica, que nunca será suficientemente agradecida por el resto de usuarios. 
Un lineal de supermercado, listo para su devastación
(Fuente: marinopena)

Terminada la operación de recolectar todos los productos que vamos a comprar (lo que puede llegar a tener algún aspecto lúdico, cuando nos salimos un poco de la escueta lista o cuando tenemos que elegir entre diversos genéricos, cualquiera de ellos adecuado a nuestras necesidades), y hemos sorteado las decisiones a menudo inexplicables (para el cliente; ellos saben muy bien por qué) sobre dónde dispone el establecimiento los diversos productos, viene la parte más desagradable. Tenemos que buscar una caja donde no haya mucha cola.

El tiempo que tenemos que esperar para pagar la compra es, literalmente, tiempo perdido. El momento de posibles satisfacciones ya pasó, y este es un tiempo de pasividad, espera y esfuerzos adicionales, que nada nos aportan. Con la crisis, algunos establecimientos han optado por mantener abiertas un menor número de cajas (ahorrándose así algunos puestos de trabajo), con lo que, en horas punta, las colas pueden ser más que soberanas. Durante la espera, todavía nos quedan algunas decisiones por tomar. ¿Con qué tarjeta de crédito pagaremos? ¿O quizá es mejor pagar en efectivo, y ya pasaremos luego por el cajero?. Quizá hemos traído de casa bolsas de las reutilizables, que llevamos en algún lugar del carro, o colgadas del gancho que tienen algunos carritos. Si no tenemos bolsas, y el establecimiento es tan ecológico que las cobra (aunque sea a un céntimo cada una), tendremos que reflexionar sobre cuántas vamos a necesitar, porque hay muchos productos que mejor irán sueltos en el maletero del coche.

Cuando, por fin, llega nuestro turno, nos toca un ratito de actividad física. Sacamos del carro todo lo que hemos comprado (bueno, técnicamente todavía no se ha producido la compra) y lo situamos sobre la cinta móvil junto a la cajera (creo que nunca he visto un cajero en ningún establecimiento, ¿por qué será?). Con suerte, la superficie de la cinta habrá sido suficiente para colocarlo todo. Si no cabe, tendremos que esperar a que la cajera empiece a liberar la cinta por un extremo, para ir colocando el resto, mientras se nos acumula el trabajo al otro lado de la caja.

Recogeremos luego todos los productos que ya han pasado por el escáner, y se han sumado a nuestra cuenta, los meteremos directamente en el carro, o previamente en alguna bolsa. Al final, la cajera nos dice el total a pagar, y cerramos la operación con efectivo o con tarjeta y firma (o tarjeta y PIN, si ya va dotada de microchip).

Con alivio, empujamos el carro hacia donde dejamos el coche aparcado, y empieza otra operación logística de cierta magnitud, en el propio parking y luego ya en casa.
Cliente confuso por la diversidad de la oferta
(Fuente: Noches Lúcidas)

Técnicamente, nuestra operación de compra termina cuando decidimos encaminarnos a la caja. Todo el tiempo que pasa hasta que conseguimos tener el carro de nuevo cargado, al otro lado de la caja, y la compra pagada, es una esclavitud que nos impone el sistema, y que no nos aporta absolutamente nada. Y, muchas veces, este tiempo es francamente excesivo. A veces llega a la media hora o incluso más. ¿Cómo se atreven así a disponer de nuestro tiempo?.

La ilusión de todo habitual a las grandes superficies es que hubiera a la salida un arco como en los aeropuertos, capaz de leer y detallar toda nuestra compra, sin más acarreos. Insertar la tarjeta, teclear el PIN, y a casita que hace frío. No más de un par de minutos. Pero da la sensación de que técnicamente esto debe de ser más complicado de lo que parece. Desde hace mucho tiempo se plantearon ya soluciones piloto alternativas, pero ninguna parece haber progresado hasta formar parte de nuestras vidas cotidianas. El RFID (etiquetas activas en cada producto) pareció que podía ser una posible solución, pero, aparentemente, el coste de esas etiquetas lo hace inviable para la mayoría de productos de los que compramos en el hipermercado, y seguimos estancados en los códigos de barras, que requieren de un escaneo manual.

En la Red he visto diversas recomendaciones sobre cómo aprovechar el tiempo perdido en la cola ante las cajas, para realizar, incluso, algunos ejercicios de abdominales. Pero todo ello no son más que medidas paliativas, y no abordan la base del problema. El tiempo que perdemos en la cola de las cajas intentamos aprovecharlo revisando los correos en el smartphone (si tenemos uno), o incluso para hacer alguna llamada, los niños jugando con alguna miniconsola, incluso muchas parejas aprovechan para montar una discusión o pelea ad hoc. Siempre acabamos comentando con algún vecino o vecina de cola lo torpe que es esta cajera, y si el equipo de compra es multipersonal, siempre se oyen recriminaciones sobre lo errónea que fue tu decisión de escoger esta caja, que no se mueve nada (un motivo más para recomendar los equipos unipersonales).

En resumen, entre que hemos terminado nuestra compra, y el momento en que ya nos podemos ir a casita, pagamos en tiempo un peaje inadmisible al establecimiento en cuestión, por el que nadie nos compensa. Y eso no mola nada.

¿Para cuándo la tecnología -o lo que sea- nos liberará de esta esclavitud o, al menos, nos pagará por ella?.

JMBA

jueves, 25 de noviembre de 2010

Pequeñas cosas que no molan nada (2)

Heredé de mi madre la costumbre de utilizar detergente en polvo para la lavadora. Habitualmente de la marca COLON. Con el paso de los años, he mantenido esta costumbre. A pesar de haber tanteado en alguna ocasión otras opciones low cost, siempre he vuelto a las raíces.
Tambores de detergente. Estos son para
casitas de muñecas
(Fuente: rosacm)

Creo que no tengo criterio para decidir cambiar este hábito. Sé que ahora hay detergentes líquidos y en gel, y miles de otras combinaciones que la publicidad se encarga de comunicarnos. Pero nunca he identificado ningún motivo de peso para alterar los modos heredados.

Hace años, el detergente en polvo se distribuía en lo que se llamaba tambores, porque tenían efectivamente esa forma. Se trataba de recipientes cilíndricos, que semejaban a un timbal, tambor o bongo. Con la sofisticación de los tiempos, la forma cilíndrica ha demostrado que no es ideal para el almacenaje ni para el transporte, y los tambores de detergente se han sustituido por lo que supongo habría que llamar cajas de detergente, aunque este término carece por completo de glamour.

Pero existe un problema común, independiente del tipo de envase utilizado en la distribución. Estoy hablando de la dosificación. Nunca se sabe cuál es la dosis correcta de detergente a poner en el cajón correspondiente de la lavadora. Parece claro que si se pone demasiado poco, la ropa no saldrá bien limpia. Pero si se pone demasiado, en algunos casos se puede producir un exceso de espuma que el proceso de aclarado sea incapaz de hacer desaparecer.
Caja de Detergente en polvo
(Fuente: solostocks)

Para facilitar esta labor, en los tambores o cajas acostumbraba a venir un cacito de plástico, de diversas formas, que suponía la dosis para una carga completa de la lavadora. En muchos casos incluso el cacito incorporaba algunas medidas intermedias, y en las instrucciones de uso se indicaba que 3/4 de cacito era suficiente para una carga tal, y medio cacito valía para una colada ligera.

Misteriosamente, sin avisos ni alharacas, estos cacitos desaparecieron de los envases de detergente. Supongo que serían víctimas de alguna campaña de reducción de costes de los fabricantes. Aunque siempre he sospechado que el fabricante piensa que el usuario, desorientado, tenderá a poner en cada colada una cantidad de detergente mayor de la necesaria, por lo que la reposición del tambor o caja se producirá antes, aumentando así sus ingresos.

Yo sigo utilizando en la actualidad el último de Filipinas, quiero decir, el último cacito que encontré en el interior de un tambor o caja de detergente en polvo. Se ha convertido en una de las piezas más preciosas que atesoro en mi casa, porque su reposición parece imposible. Y va pasando de una caja de detergente a la siguiente, cada vez que se termina una.
Este es MI cacito, con sus marcas de medida
(JMBigas, Noviembre 2010)

El caso es que, para ilustrar los diferentes tamaños de envases de detergente, se sigue hablando a menudo, en el exterior de las cajas, de 30 cacitos, ó 48 cacitos, pero NO hay cacito alguno en el interior.

El que conservo es de plástico transparente coloreado, con algunas indicaciones intermedias. Ignoro por completo si su tamaño es el adecuado para los detergentes que se pueden adquirir hoy en día. Pero, falto de referencias de ningún tipo, sigo utilizando el cacito raso para una carga completa de la lavadora.

Con el tiempo, de tanto sumergirse en el mar de detergente para coger su dosis, el plástico se ha ido arrugando, y su estado actual dista de ser el ideal. Pero no puedo tirarlo, porque nada encuentro para poderlo sustituir con ciertas garantías.
Interior de MI cacito, con sus marcas de medida
(a 1/4, 1/2, 3/4 y 1) y su pico para el escanciado cómodo
(JMBigas, Noviembre 2010)

¿Qué estará utilizando quien no haya tenido la precaución de no tirar el último cacito? ¿Un vaso, quizá? Y, por prueba y error habrá llegado a la conclusión de que medio vaso es correcto para una carga completa, y un tercio para una carga ligera. Pero, ¿vasos de 250ml? ¿o más bien vasos de a pinta? ¿o los vasitos pequeños (o grandes) típicos de sidrería?. Y si son de una cristalería buena, ¿mejora el lavado de la ropa?.

¿O es que habrá otras marcas u otros envases que SI llevan cacito incorporado?

Cualquier noticia sobre el cacito desaparecido será bienvenida.

JMBA