Querido Paseante, siempre eres bienvenido. Intenta escribir algún comentario a lo que leas, que eso me ayuda a conocerte mejor. He creado para ti un Libro de Visitas (La Opinión del Paseante) para que puedas firmar y añadir tus comentarios generales a este blog. Lo que te gusta, y lo que no. Lo que te gustaría ver comentado, y todo lo que tú quieras.


Pincha en el botón de la izquierda "Click Here - Sign my Guestbook" y el sistema te enlazará a otra ventana, donde introducir tus comentarios. Para volver al blog, utiliza la flecha "Atrás" (o equivalente) de tu navegador.


Recibo muchas visitas de países latinoamericanos (Chile, Argentina, México, Perú,...) pero no sé quiénes sois, ni lo que buscáis, ni si lo habéis encontrado. Un comentario (o una entrada en el Libro de Visitas) me ayudará a conoceros mejor.



Mostrando entradas con la etiqueta ancianos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ancianos. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de marzo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 6: Residentes




La primera sorpresa al contemplar el paisanaje que habitaba en la Residencia fue constatar la mayoría absoluta de mujeres entre los residentes. Pregunté diversas veces por la explicación a este fenómeno, pero nunca conseguí obtener una respuesta que me resultara satisfactoria.

Puedo imaginarme algunas razones, la mayoría de ellas, dicho sea de paso, bastante crueles. De una parte, las mujeres viven, en general, más años que los hombres. El motivo sería objeto de otro estudio. Llegar a edades muy avanzadas facilita el hecho de que se manifiesten discapacidades agudas que aconsejen disponer de cuidados intensivos y constantes y, por lo tanto, ingresar en una Residencia sea una opción recomendable.

Otra opción sería pensar que las abuelas resultan más incómodas para la convivencia doméstica, y eso incline a las familias a deshacerse de su proximidad mediante el ingreso en una Residencia. O puede, también, que las mujeres sean más renuentes a delegar responsabilidades domésticas a cuidadores o cuidadoras de cualquier tipo, lo que haría que esta opción sea de más difícil implementación.

La siguiente constatación es que el porcentaje de residentes temporales, los que ingresan para estancias de algunas semanas o unos pocos meses, es bastante elevado. La dirección afirma, en sus conversaciones comerciales con clientes potenciales, que prácticamente el 40% de los residentes son temporales. En principio, a mí me pareció exagerada esta cifra, pero con el tiempo constaté que posiblemente se acerque bastante a la realidad de los hechos. Llegué a conocer a bastantes residentes temporales, de los que hablaré con cierto detalle en otro capítulo.

Esta temporalidad obedece a diferentes razones. Puede tratarse de un bache concreto de salud, en forma de rotura de huesos, de accidentes diversos o de operaciones de cadera, por ejemplo, que recomienden una temporada de Residencia, con atenciones personalizadas y fisioterapia diaria de rehabilitación. Otra razón podía ser la alteración temporal de la situación doméstica. Este era el caso, por ejemplo, de un señor de origen asturiano, de más de 90 años, que estaba en la Residencia con su señora. Ellos vivían habitualmente en casa con su hija, su yerno y sus nietos. Pero su hija se enfrentaba a problemas médicos que le impedían poder cuidar de ellos durante un tiempo. O también por unas pocas semanas, fue el caso de Gerardo, nonagenario pero muy bien conservado, que vivía en casa con su señora y una hija soltera. Pero las dos se fueron de viaje a Estados Unidos por un par de semanas, y él se trasladó a la Residencia para que le cuidaran durante ese período.

Se trata, en general, de problemas que tienen una duración bastante definida. Puede tratarse de unas semanas, o algunos meses, pero la estancia termina con la vuelta del residente a su casa

El resto, digamos que el 60% para respetar las informaciones previas, son residentes permanentes. Lo que no necesariamente significa, por cierto, que estén en esta Residencia hasta que fallezcan cuando les corresponda. Hay algunos motivos que pueden justificar su salida de la Residencia. Por ejemplo, su traslado al Hospital, para recibir atenciones médicas intensivas que hagan frente a dolencias sobrevenidas, o a problemas crónicos que se convierten, en un momento dado, en agudos. De estos traslados no siempre vuelven a la Residencia. Algunos acaban falleciendo y otros puede que hayan evolucionado en su estado general de modo que resulte aconsejable su ingreso en otro tipo de institución.

Otro motivo relativamente habitual de salida de la Residencia es su traslado a otra, por diversas razones. Vi el caso, por ejemplo, de Don José, que se trasladó a una residencia en Valladolid, porque en esa ciudad residía una de sus hijas, la que posiblemente estuviera más cercana a él, y les resultaba más práctico este arreglo. Aparte de que, muy seguramente, la Residencia en Valladolid resultara sensiblemente menos costosa que esta en el centro de Madrid.

La gran mayoría de residentes permanentes son personas, hombres y mujeres, por encima de los ochenta años y, muy frecuentemente, por encima de los noventa. Conocí a la que llamaban la decana, con sus 106 años a cuestas en su silla de ruedas. Pero también había algunas excepciones, de gente bastante más joven pero que había sufrido algún accidente vascular grave, que les había dejado paralizados o casi. Estas personas son las que me causaban más pena, al ver que sus vidas se habían visto truncadas, reduciendo los alicientes que les podían proporcionar a una expresión menos que mínima.

La capacidad de socialización, o incluso de mantener una conversación mínimamente inteligible con otros residentes, auxiliares, o visitas, es muy variable, pero tiende, en general, a ser bastante escasa. Por alguna razón que desconozco, la mayoría de abuelitos y abuelitas en la Residencia tendían a retraerse en sí mismos y en los familiares o amigos que les visitaban de vez en cuando, y no eran nada proclives a establecer nuevas relaciones con otros residentes. Sospecho que influía en ese hecho no solo el deterioro propio de la edad, sino también el nivel socioeconómico preponderante entre los residentes. Para alguien de las clases populares, una nueva amistad puede ser alguien que te pueda enseñar o dar algo. Para un abuelito o abuelita de la clase alta, una nueva amistad puede suponer alguien que te acabe pidiendo alguna cosa, o que intente quitártela. Ignoro si esa actitud algo huraña tenía que ver con las recomendaciones de su propia familia.

El único espacio donde se producía una mínima socialización, a menudo forzada, era en el comedor. Allí hay mesas de diversos tamaños, para dos, tres, cuatro, seis o incluso más personas. En algunas de ellas se establecían conversaciones de cierto calado, pero en otras la comida, o la cena, parecía más bien un desfile de ausentes, en que cada cual se preocupaba de su propia nutrición, y no manifestaba interés alguno por lo que pudieran aportar otros componentes de su misma mesa. A veces este efecto se producía por una incapacidad cierta de poder articular palabras inteligibles para los demás, y también porque los niveles de sordera en algunos casos eran tan agudos que les aislaban irremisiblemente de su propio entorno.

Pero no deja de resultar sorprendente que personas con capacidades, aunque mermadas, claramente suficientes, como para mantener un cierto nivel de conversación, no manifiesten ningún interés por ello, y prefieran retraerse en sí mismos antes que manifestar una mínima curiosidad por las experiencias vitales del resto de comensales, sobre cuál ha sido su trabajo en la vida, o cuál es su situación familiar, o los viajes que hayan podido realizar, etc. Esta abulia manifiesta es uno de los elementos que me resultó más chocante durante toda mi estancia, como ya he relatado en el Capítulo dedicado a la Curiosidad.

Aunque siempre estuve sentado, en el comedor, en una mesa de hombres, sí me fijaba en las mesas de mujeres (la mayoría, por supuesto). Daba la sensación de que sí fluía algo mejor la conversación, pero no tanto por la curiosidad de algunas sino más bien por el exhibicionismo de la mayoría. Las conversaciones, por lo que pude colegir, muchas veces giraban en torno a las respectivas familias, a lo bien que les iba en la vida a sus hijos o hijas, y a lo listos y guapos que eran sus nietos o nietas. O a las muchas privaciones que les había tocado sufrir en su vida y a las que supieron vencer (si no, difícilmente podrían costearse la estancia en esta Residencia, por cierto).

Conocí a algunas mujeres cuya único interés era localizar a algún oyente paciente que supiera encajar su monólogo vital, que me temo repetían, con ligeras variantes, una y otra vez sin ningún rubor. Pero también había alguna que, incluso desde la distancia, desbordaba amabilidad y gentileza.

Estoy convencido de que a algunos residentes nunca les vi por las zonas públicas. Su nivel vital podía resultar tan precario que nunca salían de su habitación, donde les aseaban, acostaban y levantaban, y les daban de comer y cenar como a bebés que ya nunca serán adultos.

Pero también entre los que sí veía todos los días había casos bastante extremos y lastimosos. Muchos sufrían de Alzheimer o demencia senil, de modo que ya habitaban sus propios universos en los que sólo estaban ellos, incapaces ya de reconocer hasta a sus familiares más próximos. Otros sufrían de afasia, de modo que su única capacidad comunicativa era una única sílaba (por ejemplo, " ta ta ta"), donde la intensidad o entonación con que las repetían daba pistas a los más próximos sobre lo que querían comunicar. Una vez vi a una señora con esta dolencia en un ataque de ira. Ignoro el origen de su problema, en ese momento, pero quedaba claro que estaba muy enojada por algo que habría sucedido.

Entre los y las que tenían una movilidad razonable, sin necesidad de ayudas técnicas (bastones, muletas, sillas de ruedas,...) había algunas personas que resultaban entrañables, pero otras también que no sé calificar de otra forma que raras. Una abuelita de pelo blanco y más de noventa, que no pesaría más de treinta kilos, se movía, pensaba y hablaba con bastante soltura. Se pasaba el día paseando por la Residencia y por el jardín, hablando a las flores, a los pajaritos y a quien se ponía por delante, y siempre tenía algunas buenas palabras para todo el mundo. Pilar, la abuelita entrañable, siempre con alguna revista entre las manos.

De los residentes definitivamente raros, yo destacaría a dos mujeres, en especial. La primera, de pelo blanco y gafas, se paseaba por la Residencia siempre en bata y zapatillas de estar por casa, reorganizaba los cojines de sillas y sillones, apagaba algún televisor que nadie estuviera mirando, pero nunca jamás le vi dirigir ni una sola palabra a nadie. Era como un fantasma, siempre presente, pero totalmente ausente de cualquier atisbo de socialización. La segunda tenía unas largas greñas, que parecían muy descuidadas, y hasta en los días más calurosos del verano iba abrigada con una gruesa chaqueta. Su presencia despertaba cierto resquemor, cuando no directamente temor, como si pudiera asaltarte en cualquier momento. Sólo le vi hablar, de forma bastante airada, con alguna de las auxiliares.

Había un señor, bajo y encorvado, que caminaba muy fuerte, con pasos muy rápidos de sus zapatos de piel, pero de escaso recorrido. No hacía falta verle para reconocer su proximidad. O una señora con gafas, muy delgadita, que tenía que andar mucho, pero nunca sabía hacia dónde se dirigía, y las auxiliares tenían que perseguirla, para devolverla al redil.

Había también algunas parejas. La que me resultó más tierna estaba formada por un señor de pelo blanco, de setenta y muchos, que siempre andaba abrazado a una señora, de parecida edad, de mirada ausente pero curiosamente atenta. Cara a cara, andaban muy despacito a pequeños pasos, él siempre hacia atrás. De vez en cuando, él le daba un beso en la frente. Los últimos días de mi estancia vi varias veces al señor solo. Nunca supe si a la señora le habría llegado su final. De hecho, nunca llegué a saber si la señora era su esposa o su hermana.

Otra señora era la que siempre tenía prisa. La prisa es un concepto absolutamente ajeno a la Residencia, pues si algo sobra allí es el tiempo. Pero ella, en su silla de ruedas, siempre competía, y no precisamente con buenas formas, para no demorar ni un minuto su desplazamiento en el ascensor. Podía discutir mucho tiempo para intentar introducir su silla en un ascensor donde ya había una y no cabían dos. Con su insistencia, retrasaba a todo el mundo. Yo la dejé por inútil desde el principio, y la dejaba pasar, prefiriendo esperarme que tener polémica. Con el tiempo descubrí que la misma aproximación tomaron muchos de los demás residentes.

Otra señora, también en silla de ruedas, parecía ser de familia buena, al menos de familia de orden. Siempre llevaba colgando por detrás de su silla una bolsa con la bandera española. Los hijos, hijas, nietos y nietas que la visitaban con frecuencia, tenían el aspecto de llamarse Borja, Rodrigo o Macarena. Por algún motivo que nunca llegué a conocer, pues nunca me dirigió la palabra, la señora me miraba con suspicacia lindando con la desconfianza. Quizá su sexto sentido le anticipaba que yo podía ser un descreído y/o un rojo irredento. Podría ser que su mirada encerrara una crítica a mi costumbre de moverme, era verano, con bermudas y las piernas al aire. Ignoro si, quizás, su mirada pudiera incluso esconder algún vago anhelo erótico.

Había otra señora, menuda, que siempre se movía por la Residencia vestida como para salir de paseo, aferrada a su bolso. Se sentaba a menudo en el banco junto a la salida al jardín, donde tenía el aspecto de estar esperando el autobús en la parada. La señora no tenía muy claro dónde estaba, o hacia dónde quería ir, a pesar de que se movía con cierta soltura y sin ayuda. Alguna vez que coincidí con ella en el ascensor, nunca sabía a qué planta quería ir. Yo llegué a saber que su habitación estaba en la primera planta, y se lo indicaba así. Me lo aceptaba sin rechistar, como consciente de que no estaba en condiciones de discutirme esa realidad.

Con diferencia, el residente que me causaba una mayor pena era un señor que quizá no tuviera ni sesenta años, a quien un incidente, supongo que vascular, de tipo ictus o similar, le había dejado convertido en un vegetal que respiraba. Le movían casi tendido en su silla de ruedas, sin apenas abrir los ojos ni, por supuesto, articular palabra. Todas las tardes le visitaba quien sería su mujer, una señora en la cincuentena, de buena planta, que le cuidaba con toda la devoción de la que era capaz.

Capítulo aparte merecen los (escasos) residentes con los que pude tener algún tipo de intercambio verbal. Aunque hablaré más ampliamente de ellos al tratar el tema de las Tertulias o de las Confesiones, bien se ganaron el derecho a ser citados aquí. Por encima de todos, Don Juan, un caballero madrileño de Argüelles, alto y extremadamente delgado, que se movía con la ayuda de un bastón sobre sus piernecitas frágiles, que siempre parecían amenazar con quebrarse. Yo nací el mismo día que él, sólo que treinta años más tarde. O Don José, sevillano de origen y madrileño de adopción, con el que compartí mesa en el comedor, hasta que se trasladó a otra Residencia en Valladolid. Con él sólo tuve alguna conversación algo más profunda compartiendo el aperitivo en la cafetería. O el caballero asturiano, ingeniero de minas, nacido en La Habana pero criado en una aldea junto a Sama de Langreo.

Y una mención especial merece La Sombra del Jardín. Era una señora menuda, que se movía lenta y silenciosamente en su silla de ruedas, y siempre andaba buscando a quien colarle su monólogo. Me localizaba todas las mañanas, hacia las once, en el jardín, y me saludaba con su sempiterno "Buenos días nos dé Dios". Incluso me ponía falta cuando, hacia el final de mi estancia, alguna mañana salía a dar un paseo, a lo mejor a tomar unos churritos como segundo desayuno. Al día siguiente me decía "Ayer no le vi por aquí".

Por lo demás, la mayoría de residentes permanentes que frecuentaban, de una u otra forma, los espacios públicos, nunca pasaron de ser, para mí, un grupo amorfo de ancianos y ancianas que podía ver a menudo indolentemente aparcado frente a algún televisor, solo esperando que algún acontecimiento incontrolable alterara su anodina rutina diaria. La realidad es que a la hora de las comidas, algunas auxiliares se los iban llevando hacia el correspondiente comedor, y tras la cena, los devolvían a sus habitaciones. Esperando a otro día que, afortunadamente, sería idéntico al anterior.

Prestando un poco de atención a los residentes permanentes, vi muchas formas de envejecer, y ninguna me resultó atractiva en lo más mínimo. Aunque la alternativa es, sin duda alguna, peor.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística

martes, 29 de enero de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 2: Curiosidad

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 1: La Decisión



Uno de los aspectos que más temía tras tomar la decisión de ingresar temporalmente en una Residencia, era la de tener que enfrentarme a la curiosidad irrefrenable de los abuelitos y abuelitas sobre mi vida. Pensaba que me preguntarían a qué había dedicado la vida, en qué había trabajado, si había triunfado o no, a qué dedicaba el tiempo libre, a qué países había viajado y qué experiencias había obtenido de ello, y así hasta el infinito.

Mi sorpresa fue darme cuenta de que nadie se interesó en mis vivencias, más allá de alguna curiosidad puntual y casi de pura cortesía, sobre el origen del incidente que me había llevado a ingresar allí.

En la mesa del comedor me esforcé en tratar de introducir temas de conversación relacionados con esos asuntos (viajes, países, experiencias profesionales,...), que me parecen de interés casi general. Y lo que obtuve a cambio fue una casi total indiferencia y un desinterés más que evidente, que me desmotivó para seguir intentándolo. La única forma de que los abuelitos que se sentaban en el comedor en la misma mesa que yo, salieran de su abulia, era comentar algo ligeramente despectivo con el Real Madrid, o insinuar que Zapatero no lo había hecho todo mal. Entonces sí, te podían saltar a la yugular.

Intenté comprender el fenómeno, y llegué a una conclusión bastante cruel, pero me temo que más que realista.

En el proceso de hacerse mayores y envejecer, hay diversos estadios. Cuando uno se jubila, o al menos se retira de la actividad que ha llenado su vida (o que la ha sustituido, en algunos casos), aparecen habitualmente incentivos para hacer aquellas cosas que nunca se tuvo ocasión de hacer. Vemos jubilados que desarrollan actividades que siempre les interesaron (o no) pero que no pudieron llevar adelante, coincidiendo con su actividad diaria, básicamente nutritiva. Algunos trabajan con sus habilidades musicales, otros se matriculan en la Universidad para completar aquellos estudios que nunca tuvieron ocasión de seguir, y así hasta el infinito.

Esos jubilados se convierten en personas infinitamente curiosas, que preguntan mucho y que disfrutan de todo lo que acaban averiguando. Son conscientes de que información es poder y que, de una u otra forma, aunque sólo sea como realización personal, podrán rentabilizar todo aquello que sean capaces de aprender, o de lo que se acaben enterando, fruto de su curiosidad. Algunos se dedican a labores solidarias, tratando de devolver a la sociedad lo que esta les ha dado a lo largo de toda su vida. Muchos aprenden informática u otras disciplinas que nunca formaron parte de sus vidas activas. Algunos forman parte de coros y orquestas, para desarrollar esas habilidades musicales que siempre pensaron tener pero nunca pudieron desarrollar. Algunos empiezan (empezamos) a escribir, tratando de hacer algo diferente que resulte interesante para los demás y les aleje de la indiferencia hacia nosotros.

En esa fase, no dejan de preguntar continuamente, tratando de averiguar lo que los demás no están muy dispuestos a compartir. Inquieren sobre la existencia de novias y novios a nietos y nietas, hasta la saciedad. Preguntan sobre su trabajo, si ganan dinero, si ahorran, sobre cómo lo gastan. Preguntan y no paran de opinar sobre la vida de los demás.

Todo ello es muy bonito y cierto (a fuer de sinceros, a veces incluso pesado y cargante), pero temporal. A medida que se va envejeciendo más, se acaba llegando a un punto de no retorno, al punto en que se bajan los brazos y uno se abandona a la corriente embravecida del río, que finaliza en las cataratas, cuyo rumor ya se escucha en lontananza, donde se acabará despeñando.

Sospecho que la gran mayoría de residentes están ya en esa fase. Un estado en que cesa la curiosidad, porque son conscientes de que ya no importa lo que puedan averiguar, les será imposible utilizarlo para darse importancia en cualquier conversación social (que ya no existe para ellos o, de existir, la pueden seguir con dificultad). Una situación en que ya no existe voluntad de aprendizaje o de estudio, porque saben que ya no podrán rentabilizar ni mercadear con lo aprendido, de ninguna manera.

Por lo que pude ver, la casi totalidad de los residentes permanentes estaban ya en esta situación, llamémosla terminal. Despeñándose por la pendiente en un trineo sin frenos, con el único horizonte de un punto final.

Para algunos (sobre todo, algunas) el único tema de conversación que les interesa es su familia, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas; en resumen, todo aquello que quedará en esta tierra cuando ellos (ellas) finalmente desaparezcan.

Es una situación curiosa, porque no se habla nunca del futuro. Y es que el futuro ya está escrito para ellos, como dicta el rumor de la catarata. Y el pasado es un mosaico de recuerdos que, casi, sólo sirven para justificar que no se ha aparecido en la Residencia desde la nada, sino como última etapa de un proceso vital en el que, ciertamente, pasaron cosas. Para ellos (ellas) la Residencia es, sin duda, la última etapa. Y todos, o casi todos, ya han bajado los brazos.

Todo ello teniendo en cuenta que el porcentaje de residentes con capacidad para mantener, aunque sea mínimamente, una conversación inteligente, es tristemente muy limitado.

Por ejemplo, resultaba prácticamente imposible mantener una conversación sobre temas sensibles, tales como política o religión. Creo entender que la razón para ello es que los residentes permanentes ya lo tienen todo claro en esos aspectos, y están totalmente convencidos de que no existen argumentos humanos que les pudieran llevar a modificar sus posiciones, que han consolidado durante toda su vida. Me gustaría recordar aquí lo que decía Serrat en una canción: "Bienaventurados los que - lo tienen claro porque - de ellos será el Reino de los Ciegos".

Como toda regla, evidentemente había alguna excepción. Quisiera recordar aquí a  esa señora ya muy mayor, que fumaba a menudo en el porche de entrada, junto a la silla de ruedas donde vegetaba su hermano. Con ella tuve alguna conversación interesante (como relataré en algún otro capítulo), entre cigarrillos, sentados en el banco que allí había.

Otra cosa me encontré entre los residentes temporales, ingresados para hacer frente a contratiempos puntuales. Personas habitualmente más jóvenes, que visualizan (y anhelan) cómo será su vida cuando puedan volver a ella al abandonar la Residencia. Para ellos (como para mí, por cierto), la Residencia no es más que una etapa pero, desde luego, no la última.

Existe una frase popular que reza: "Mientras hay vida, hay esperanza". Yo añadiría otra, que nos suministra una lección de mejor aprovechamiento: "Mientras hay curiosidad y voluntad de aprender, hay vida".

Si conocéis a algún anciano o anciana (un padre, un abuelo, un conocido,...) que, a pesar de mantener más o menos sus facultades, manifiesta una total indiferencia por lo que le rodea, no siente curiosidad alguna para preguntar, ya no tiene voluntad de aprender, tened claro que ya ha bajado los brazos y avanza irremisiblemente hacia la catarata por la que se acabará despeñando, más bien pronto que tarde.

Cuando alguien abandona la curiosidad, deja de tener voluntad de seguir viviendo, y de alguna forma ya empezó a morir.




"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 3: Primer Día

martes, 15 de enero de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Prólogo

Se conoce popularmente como la Porta del Paradiso (la Puerta del Paraíso) a la puerta Este del Battistero de Florencia, junto al famoso Duomo, la Catedral de Santa María del Fiore.

Se trata de una puerta completamente dorada, creada por el escultor y orfebre italiano Lorenzo Ghiberti (siglo XV). El sobrenombre se lo adjudicó el gran Miguel Ángel Buonarotti. Y Giorgio Vasari dijo de ella que era la obra de arte más fina jamás creada.

Actualmente, la puerta que se puede ver en el Battistero es una réplica, ya que unas inundaciones en 1966 aconsejaron preservar la puerta original en el Museo dell'Opera del Duomo.

Un escritor prácticamente olvidado, Edward Fenton (NYC 1918 - Atenas 1996), publicó una novela en forma de aventura juvenil ambientada en Florencia. El original en inglés se tituló The golden doors, pero la versión en castellano se publicó bajo el título Las Puertas del Paraíso. Recuerdo haberla leído siendo un adolescente, aunque no recuerdo prácticamente nada de ella.

Por el contrario, la Puerta del Infierno es un grupo escultórico monumental, creado por el gran artista Auguste Rodin, con la colaboración de la escultora francesa Camille Claudel. La obra fue un encargo (1880) de Jules Ferry, a la sazón Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Francia. Los diversos relieves de la Puerta beben de tres fuentes principales: La Divina Comedia, de Dante Alighieri; Las Flores del Mal, de Charles Baudelaire y Metamorfosis del poeta latino Ovidio. 

Rodin consiguió culminar el diseño de la obra. Tras su muerte, se realizaron hasta ocho fundiciones en bronce de la Puerta del Infierno. Una de ellas está en el Museo Rodin de París, y las otras siete en diversos Museos y localizaciones de todo el mundo.



Cuando me dieron el alta hospitalaria en el Hospital Ramón y Cajal de mi proceso de infección urinaria grave, yo no podía irme a casa, porque no me tenía en pie y tenía que desplazarme en silla de ruedas, debido a la desconexión nerviosa de mis pies. La decisión que tomamos fue ingresar en una Residencia de Ancianos, con facilidades de fisioterapia diaria, para intentar gestionar de la mejor manera posible mi discapacidad temporal.

Mi estancia de cuatro meses y medio en esa Residencia fue como asomarme a las Puertas del Infierno. Cuando uno se acerca a esas puertas abiertas, el rostro se tizna de hollín, se chamuscan los pelillos de las cejas y el corazón se estremece de todo el dolor y el desvalimiento que se puede ver al otro lado.

Un viento huracanado tiende a empujarte al interior, a integrarte y fundirte con los dolientes que allí habitan. Pero hay que saber resistir y dedicar todos los esfuerzos a intentar cerrarlas de nuevo, y poder disfrutar con placer de la fresca brisa que sopla en el exterior.

Algunos seguro que opinarán que la denominación es exagerada, incluso peyorativa o puede que hasta despectiva. No voy a intentar defenderme. Sólo explicar que eso es exactamente lo que sentí desde los primeros días de mi estancia en la Residencia: que me estaba asomando a un mundo que no era, para nada, el que creía que me tocaba. Y que mi esfuerzo durante las siguientes semanas y meses era huir cuanto antes de allí.

Conseguí sobrevivir a ese período sin daños psicológicos evidentes a base de aplicar con firmeza tres principios básicos:

1 - Yo no soy uno de ellos. Yo estoy de paso, sólo me quedaré por un tiempo, he venido a fiestas.

2 - No empatizar con la mayoría de los demás residentes, que no tienen para nada el mismo contexto vital que yo. Pero sí sentir y mostrar toda la comprensión y amabilidad de que yo pueda ser capaz.

3 - Establecer una rutina de vida para todos los días, que me evitara tener que tomar frecuentemente decisiones, lo que siempre resulta estresante, y mucho más en un ambiente de ese estilo.

Debo decir que conseguí evolucionar muy favorablemente de mi dolencia, desde moverme, al principio, en silla de ruedas, pasando por el andador y alcanzando al final una movilidad con bastante soltura utilizando una única muleta. Confío que en unos meses más termine de regenerarse por completo esa porción dañada del sistema nervioso periférico y que recupere una vida plenamente normal.

Y conviene añadir, para los que penséis que esos tres principios son muy drásticos y extremadamente insolidarios, que en la Residencia desarrollé, con el paso del tiempo, una imagen de señor amable con el que se puede conversar y casi, casi, de confesor laico.

He organizado la narración de mi estancia en una serie de capítulos que iré publicando próximamente. Mi idea es poder publicar un par de capítulos por semana. En cada uno de ellos repasaré todos los aspectos que me parecieron relevantes, o despertaron mi curiosidad, sobre algún tema concreto. No se trata, pues, de una relación estrictamente cronológica, sino que he utilizado más bien una ordenación temática.

De muchas de las personas de que hablaré ni siquiera llegué a conocer su nombre. Como mi intención no es tanto describir personas concretas, sino más bien características, arquetipos, comportamientos, reacciones que pretendo que sean genéricas, he optado por identificar a las personas de las que sí conocí su nombre simplemente por una inicial salvo, quizás, alguna excepción puntual.

Aunque a veces pueda parecer lo contrario, os puedo asegurar que todo el relato está hilvanado desde el mayor de los cariños. Pero ver las Puertas del Infierno abiertas de par en par frente a uno, a veces obliga a ciertas dosis de crueldad, desde la más perentoria necesidad de autodefensa y supervivencia. Del mismo modo que resulta inútil preocuparse de aquellas cosas que a lo mejor podrían llegar a suceder, es obligatorio ocuparse de hacer frente y defenderse de las circunstancias concretas a las que te enfrenta el devenir de la vida misma. Aunque nunca te las hubieras podido llegar a imaginar.

Espero que la narración os resulte de alguna utilidad.

(22/1/19) - He recibido algunas críticas, como era de esperar, por el título que decidí darle a este relato. Una iba en el sentido de que seguro que todos los residentes, cuando les llegue su hora, irán al Cielo. Desde luego, no entro a juzgar dónde se desarrollará la siguiente vida de los residentes, caso de existir. Según sus creencias, algunos irán al Cielo y otros al Infierno (suponiendo que todavía exista, lo que no tengo muy claro). Otros quizá se encuentren con las 11.000 vírgenes que les esperan en el Paraíso musulmán, o se reencarnen en un niño afgano o en un perro callejero.

Hubiera podido titular este relato como "El Parking del Desguace". Habría sido igualmente cruel, pero mucho menos poético



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 1: La Decisión

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 2: Curiosidad

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 3: Primer Día

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 4: Instalaciones

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 5: Personal

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 6: Residentes

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 8: Hurtos

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 9: Erotismo

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 10: Rutinas

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 13: Restauración

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 14: Tertulias

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 15: Vuelta a casa

"Las Puertas del Infierno" - Epílogo



viernes, 5 de octubre de 2018

Capítulo Cero: El Incidente

Seguro que muchos de mis lectores habituales, incluso entusiastas, se han sorprendido de mi - relativo - silencio en la Red durante estos últimos meses.
Frente a mi casa, en la primera visita desde Abril,
el lunes 24 de Septiembre.

Desgraciadamente, lo cierto es que sufrí un Incidente de salud a primeros de Abril, que todavía me tiene convaleciente, en rehabilitación. Os lo voy a contar.

Los primeros días de Abril no me encontraba muy bien, y hacia el fin de semana del 7 y 8, claramente sufría de accesos de fiebre alta, incluyendo temblores y escalofríos. Debería haber ido a Urgencias, pero practiqué la palabra más utilizada en España: mañana. Como me encontraba mal, esperé al día siguiente a ver si me encontraba algo mejor, para afrontar la visita al Hospital.

Los síntomas me recordaban a un episodio ya bastante remoto. Comiendo un día con un amigo, hará ya casi veinte años, me dio un acceso de fiebre de parecidas características al que estaba sufriendo. El amigo me llevó a Urgencias de La Paz, y allí me diagnosticaron una prostatitis aguda. Pero el tema no pasó a mayores, la fiebre cedió, me volví a casa y de aquello nunca más se supo.

Pero, finalmente, el lunes 9 me desperté con una desagradable novedad. Por algún motivo que entonces desconocía, mis pies estaban totalmente insensibles, como dormidos, como si anduviera sobre una espesa capa de corcho.

Pasé el día como pude, intentando ponerme presentable para poder ir a Urgencias sin dar excesiva pena. Finalmente, avanzada la tarde, llamé al 112, para que una ambulancia me recogiera en casa y me llevara a Urgencias del Hospital Ramón y Cajal.

El traslado tuvo que hacerse en silla de ruedas, y finalmente llegué al Hospital pasada ya la medianoche.

Como es habitual, en Urgencias me riñeron por haber esperado tanto y les avancé mi sospecha de que pudiera estar sufriendo, de nuevo, una prostatitis aguda como la de años atrás.

Pasé rápidamente a ser patrimonio del Hospital, sin capacidad alguna de toma de decisiones. Me pasé un par de días en la UVI, donde algún doctor me advirtió de que mi situación al ingreso era extremadamente grave, y que podría haber evolucionado a una sepsis (o, antiguamente, septicemia), de imprevisibles resultados. Eso sí, la UVI comodísima, hasta con un televisor de pantalla plana, donde pude ver el desastre de la eliminación del Barcelona de la Champions por la Roma.

Me trasladaron a una habitación individual de la zona de Urología (la 628, lo recuerdo por ser dos veces pi, pi-pi, salvaje ironía). Claramente, mi problema era una infección urinaria de caballo, que no acerté a tratar a tiempo.

Las enfermeras - y también algún enfermero - me reñían por no andar más, pero yo no podía mantenerme en pie, dada la gruesa capa de corcho que recubría mis pies. Finalmente, tanto ellas como los doctores - y también alguna doctora - comprendieron que mi único problema no era la infección en sí.

En la habitación había un pequeño baño (lavabo, taza, bidé) y la ducha estaba a unos 10 metros por el pasillo. Con un andador y alguna ayuda pude llegar a ella los primeros días. Desde mi ingreso, llevaba una sonda urinaria, con la correspondiente bolsa externa, que dificultaba adicionalmente cualquier movimiento.

La situación se agravó cuando localizaron en mi intestino - creo recordar - unas bacterias inocuas, pero resistentes a los antibióticos habituales. La sección de epidemiología del Hospital decidió que había que evitar la expansión de estas bacterias, por lo que decretaron un cierto aislamiento en mi habitación. Nunca acabé de entender el tema. Si eran inocuas, ¿para qué tantas precacuciones?. Pero los protocolos son sordos y ciegos. Se aplican y punto.

Este aislamiento ya me forzó a realizar un aseo precario en el baño de la habitación. Además, obligaba a que cualquier visita debiera ponerse una bata y unos guantes desechables, antes de entrar a mi habitación. En fin, un engorro brutal a añadir a la situación ya delicada.

Coincidió que me tocaba visitar al peluquero cuando ingresé en Urgencias, con el hecho de que decidí que afeitarme era una tarea demasiado compleja, en mis condiciones. Tras un mes de estancia, mi apariencia era parecida a la de un náufrago recién rescatado de su Isla de Robinson. Con largas greñas y una barba sal y pimienta, que me recordaba lamentablemente a Rajoy.

Tras montones de bolsas de antibióticos, diversas pruebas y una cirugía perineal, la infección se fue venciendo y, finalmente, más de un mes después de haber ingresado, me dieron el alta hospitalaria.

Pero el problema es que seguía sin poder ponerme en pie ni caminar, y en esas condiciones era imposible poderme trasladar a mi casa.
Un pequeño homenaje tras uno de los primeros paseos por
la calle, en el San Ginés junto al Mercado de Prosperidad.

Tras un consejo de familia con mis hermanos, llegamos a la conclusión de que la mejor solución, para lo inmediato, sería ingresar en una Residencia que me asegurara los cuidados cotidianos (ayudas para levantarse, acostarse y ducharse, comidas, cenas,...) y donde pudiera tener una atención profesional de fisioterapia, para así poder llevar adelante una fase de rehabilitación, que podía durar unas cuantas semanas o varios meses.

En mis últimos días en el Hospital, conseguimos que uno de los Urólogos nos explicara el origen del problema. La fuerte infección con que ingresé, de forma directa o indirecta a través de un pico absolutamente anormal de azúcar - por encima de los 800 - había atacado al sistema nervioso periférico, dejándome los dos pies prácticamente insensibles. El deterioro de alguna zona de los nervios que reciben las sensaciones de los pies y que les envían las órdenes de movimiento, me había dejado en la situación en que me encontraba. El daño debería poder corregirse con el tiempo, mediante la regeneración de esos terminales nerviosos. Pero ese proceso resultaría inevitablemente lento.

El Urólogo no se atrevió a dar plazos, pero, posteriormente, un fisioterapeuta me confesó que no es descabellado pensar que una reinervación de este estilo pueda llegar a tardar uno o dos años desde la fecha del Incidente.

Tras diversas gestiones, el 16 de Mayo ingresé en una Residencia de Mayores cinco estrellas, en un barrio céntrico de Madrid. La elección tuvo en cuenta varios factores. Por supuesto, los servicios prestados, que incluían un gimnasio de fisioterapia con varios fisioterapeutas diplomados. Pero también el que el lugar fuera céntrico y fácilmente accesible tanto en transporte público como en coche privado, para facilitar las visitas de familiares y amigos, que contribuyeron a hacerme la estancia mucho más llevadera.

Así, fui avanzando desde la silla de ruedas inicial, a deambular ya con ayuda de un andador (caminador, o - familiarmente - taca-taca) y luego con una sola muleta.

En Septiembre, cuando me podía mover con cierta soltura con una muleta, tanto en recorridos interiores como en algunos paseos por la calle, resultó claro que ya podía trasladarme a mi casa, donde debería seguir con tratamientos de fisioterapia al menos algunos días cada semana, durante el tiempo que fuera preciso, hasta la total recuperación.

El lunes 24 de Septiembre visité mi casa, con un amigo, por primera vez desde que salí hacia Urgencias en el mes de Abril. Mi amigo coyantino se encargó de instalarme un par de asideros en la bañera, para facilitar el equilibrio durante la ducha. Y el viernes 28 me trasladé definitivamente, abandonando la Residencia.

(Este es uno de mis paseos con la muleta por el jardín de la Residencia)

Ya he contactado con el Centro de Fisioterapia de mi barrio, y la próxima semana empezaré sesiones de una hora los lunes y jueves. Por casa me manejo bien, con la ayuda de la muleta para los desplazamientos, pero los pies y las piernas me sostienen sin problema y la única limitación real, al no haber recuperado todavía en su integridad el comando sobre el juego de tobillo, es el equilibrio estático, para el que necesito un punto de apoyo adicional a los dos pies. Puedo andar sin necesidad de apoyo adicional, pero con la torpeza de un bebé.

Ahora toca esperar y tener paciencia (la gran palabra que me ha acompañado como enseña ineludible en los últimos tiempos). Confío en una total recuperación, pero eso puede tardar todavía algunos meses más. Pero, de alguna forma, he recuperado una vida prácticamente normal, sólo con una disminución motriz cierta, espero que temporal.

Mi estancia en la Residencia os la quiero contar con ciertos detalles, porque no es habitual que alguien en pleno uso de sus facultades mentales conviva durante tanto tiempo en ese ambiente, y seguro que habré captado muchos detalles que habitualmente pasan desapercibidos. Estoy preparando una narración en varios capítulos, que titularé "Las Puertas del Infierno". La publicaré en este blog cuando la tenga lista en su totalidad, y eso me puede costar unas cuantas semanas, o incluso algún mes.

En fin, esta ha sido mi peripecia vital de los últimos tiempos, que me ha tenido alejado de este blog, de mis lectores, de mi casa y de tantas otras cosas que nos rodean en una vida normal.