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viernes, 28 de octubre de 2016

El Desenlace

Llevamos ya casi un año completo sin Gobierno. Lo que nos ha dado, por cierto, la tranquilidad de evitarnos los disgustos habituales de cada viernes, al conocer las decisiones del Consejo de Ministros.
Imagen de un Pleno en el Congreso de los Diputados.
(EFE; Fuente: diariodenavarra)

Pero este período de felicidad está llegando a su fin. Si no hay sorpresas de última hora, mañana sábado se va a confirmar la investidura de Mariano Rajoy, de nuevo, como Presidente del Gobierno. Esto será posible gracias a la abstención, parece que sin condiciones pero no sabemos bien con qué convicción, de los diputados del PSOE en la segunda votación.

Esto va a ser posible gracias a una serie de desafortunados, desde mi punto de vista, acontecimientos. El PSOE de Pedro Sánchez, instalado en el No es No (por mandato del Comité Federal, conviene recordarlo), ha dado paso, tras un golpe palaciego en el aparato del partido, a una gestora que se ha ocupado en conseguir que venciera la opción de la abstención, en el Comité Federal del pasado domingo. Algunas informaciones parecen indicar que Pedro Sánchez podría, en su momento, haber iniciado negociaciones para conseguir una mayoría de cambio que le garantizara su propia investidura. Y esto incomodó sobremanera a algunas vacas sagradas del partido.

Por la aritmética parlamentaria actual, esto, necesariamente, debería contar con la aquiescencia, o al menos la abstención en algunos casos, de los partidos independentistas catalanes. Me parece bastante evidente que tanto ERC como el ahora llamado Partido Demócrata Europeo Catalán (la antigua Convergencia) no tienen ninguna simpatía ni por el PP ni por el PSOE, ambos partidos constitucionalistas, celosos de la Unidad de España. Pero ambos podrían considerar a un presidente socialista como un mal menor respecto a Rajoy.

Lo que me parece más turbio de todo este embrollo es que los ganadores de ese golpe en Ferraz han sido los convencidos de que les va a ser posible recuperar en no mucho tiempo una situación confortable de bipartidismo, como la que vivíamos en España hasta hace, sólo, dos o tres años. Les convendría recordar que la Historia, siempre, sólo sabe moverse hacia adelante.

La realidad política del país ha cambiado de forma sustancial, especialmente con la aparición de dos nuevas fuerzas políticas con presencia significativa en el Congreso de los Diputados: Unidos Podemos y Ciudadanos. No creo de ninguna forma que, por lo menos durante la próxima década, PP y PSOE recuperen un bipartidismo suficiente como para que les permita el turnismo clásico.

Aparte de que, después de desgañitarse con el No es No, y qué parte del No no ha entendido, durante muchos meses, de repente han dado un giro violento de 180º, y practicarán una abstención, de todo el Grupo, además, poniendo en bandeja a Rajoy la Presidencia del Gobierno en esta legislatura. Si fuera un tren, habría descarrilado; si fuera un avión, se habría agrietado el fuselaje (Borrell dixit).

De todas formas, algunos diputados del Grupo Socialista han anunciado que votarán, en conciencia, NO también esta vez, en contra del mandato imperativo emanado del Comité Federal y vehiculado por la Comisión Gestora y el propio responsable y portavoz del Grupo, Antonio Hernando.

Por cierto, muy triste papel el de Antonio Hernando en el pleno de este miércoles. Parecía razonable que cambiara el portavoz del Grupo, para poder transmitir con mayor convicción el cambio de postura. Hernando, siempre de la mano de Pedro Sánchez, se ha desgañitado hasta la saciedad en el No es No, desde las elecciones del 20D. No sé por qué motivo aceptó mantenerse en esa posición, ya que le ha creado una situación muy desairada.

Su discurso, que fue formalmente correcto, desde mi punto de vista, estaba dirigido principalmente a sus militantes y votantes, más que a Rajoy o a la propia Cámara. Sonó a muy paternal (sé que no lo entendéis, pero hacedme caso, yo sí sé lo que os conviene), o casi como de maestro de escuela (sé que ahora no lo entendéis, pero hacedme caso, la raíz cuadrada de 64 es 8).

El efecto colateral de este discurso es que el PSOE, dentro de la cámara, ha quedado sumido en una cierta invisibilidad, aprovechada salvajemente por Pablo Iglesias, que se erigió en líder único de la oposición.

Personalmente, entiendo la preocupación por el bloqueo institucional, y la nefasta posibilidad de unas terceras elecciones. Pero hubiera sido infinitamente menos dañina para el PSOE la decisión de una abstención técnica, donde sólo se abstuvieran once diputados socialistas (voluntarios, o elegidos por sorteo), mientras que el grueso del Grupo siguiera votando NO.

Por su parte, creo que Ciudadanos salió reforzado del pleno. Aunque le esperan tiempos agitados, en que deberá demostrar a los ciudadanos que saben estar a la altura de ese papel de riendas del PP que se han autoasignado. Si consiguen, de verdad, llevar adelante todas las medidas que han acordado con el PP y, en particular, lanzar una Comisión de Investigación efectiva sobre la financiación ilegal (o irregular) del Partido Popular, demostrarán a los votantes que su papel puede ser importante, y podrían mejorar su representación en una futura cita electoral. Pero si fracasan en ese empeño, podrían estar condenados a la marginalidad o a la simple desaparición.

Por el contrario, me da la sensación de que Unidos Podemos se encuentra en una difícil situación, incluso ante un naufragio anunciado. Personalmente, creo que Pablo Iglesias es un lastre para un Podemos en las instituciones. Iglesias es muy bueno dando mítines, cuando tras cada frase lapidaria debe callar para dar paso a los vítores de sus entregados y fieles adeptos. Su estilo, y lo que es peor, el contenido de sus discursos, puede ser válido para una asamblea de estudiantes, o un círculo de militantes, porque sabe cómo enardecer a los fieles.

Pero el Parlamento es otra cosa. Allí se habla para todos los ciudadanos, los que te han votado y los que no. Es correcto intentar enfervorecer a tus fieles, pero también debes confirmar en su decisión a los que te han prestado su voto, e intentar convencer a los que han votado otras opciones de que puedes ser una alternativa mejor.

El discurso de Pablo Iglesias en el pleno de este miércoles, faltón como siempre, estuvo absolutamente vacío de propuestas concretas que quiera intentar llevar adelante con la fuerza de los escaños de que dispone. Se hartó, eso sí, de lanzar diatribas en contra de los otros tres partidos principales del Congreso. La conclusión de un ciudadano neutral no puede ser otra que a Pablo Iglesias le molesta que haya otros partidos diferentes del suyo en el Congreso de los Diputados.

Desgraciadamente, esto tiene un sentido muy claro. Pablo Iglesias, y Podemos mientras no enderece su rumbo, sólo se siente cómodo en un régimen totalitario en que el suyo es el único partido en el poder, y todo lo demás es una oposición enfermiza, corrupta y equivocada. Se empeña en erigirse como adalid de la gente. Pero la gente de la que habla no somos todos los ciudadanos normales (que nunca hemos dirigido un Banco o una multinacional, que nunca hemos tenido la llave de la caja, que nunca hemos llevado adelante prácticas corruptas - también por falta de oportunidad - y que nunca hemos manejado tarjetas black). Para Iglesias, la gente de la que habla, cuando lo hace en el Parlamento, son, estrictamente, los que le han votado.

Otra cosa es la calle, donde a menudo sólo se trata de gritar más que otros para asumir un rol de protagonismo. Pero en un estado democrático de derecho, parlamentario, en el Congreso de los Diputados se reúnen los representantes de todos los ciudadanos. Y nadie puede pretender que los votantes de otras fuerzas diferentes de la suya sean ciudadanos de segunda, equivocados o engañados. En algún momento, a algunos líderes de Podemos les ha faltado el cantito de una moneda para exigir la eutanasia de esos viejitos que sólo confían en el PP, o la castración química de esos nostálgicos de la izquierda que siguen votando al PSOE.

Creo, que por su propio bien y para poder sobrevivir como un partido parlamentario, que cumpla su función institucional, Unidos Podemos debería renovar su liderazgo, para adecuarlo a las nuevas circunstancias y a las nuevas necesidades. Pablo Iglesias ha cubierto el ciclo de crear un partido político desde la nada, aglutinando iniciativas callejeras y asamblearias, y llevarlo en muy poco tiempo hasta el Congreso de los Diputados con una representación significativa. Pero ahora el partido necesita un liderazgo diferente. Posiblemente Íñigo Errejón esté mucho mejor amueblado mental y anímicamente para hacer frente con éxito a la ardua labor que tienen por delante.

De la capacidad que tenga Unidos Podemos de adaptarse a su nueva condición de fuerza parlamentaria, va a depender el tiempo que le pueda costar al PSOE rehacerse del descalabro provocado por este mandato imperativo de abstenerse. Si Unidos Podemos, con Pablo Iglesias al frente, mantiene el tono y el contenido mostrado este miércoles en el pleno de investidura, la sangría de votos desde Unidos Podemos hacia el PSOE será creciente, y más bien pronto que tarde, irrefrenable. Si no cambian, me temo que estarán condenados a la marginalidad tradicional de, por ejemplo, Izquierda Unida, con su docenita de diputados (en el mejor de los casos). Una formación con esa (escasa) fuerza, puede permitirse algunas salidas de tono porque no tienen ninguna trascendencia.

Curiosamente, también se puso de manifiesto que Pablo Iglesias, azote de oligarcas y, en general, de todos los que no voten a Unidos Podemos, tiene la piel muy fina y encaja muy mal las críticas. Ante la salida de tono de Rafael Hernando, acusándole de usar el nombre de España para venderse a dictadores, sintió herido su honor, después de haber llamado presuntos delincuentes a todos los diputados de las demás formaciones. Dicho sea de paso, el PP debería buscarse, para esta legislatura de diálogo, un portavoz menos buscabregas. Y la Presidenta del Congreso desperdició la ocasión de que lo que ha corrido por todos los platós de televisión, se contara en sede parlamentaria y constara en el Diario de Sesiones, al negarle un turno corto de palabra a Pablo Iglesias.

Resumiendo, Don Tancredo Rajoy, sin mover un músculo de la cara, impasible el ademán, será investido este sábado, alrededor de las ocho de la tarde, como Presidente del Gobierno con plenitud de funciones.

Vaya regalito de Halloween que nos dará el Congreso a todos los ciudadanos.

Y como se acerca el día de difuntos, me permitiré parafrasear a Hemingway y al poeta John Donne: Nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

JMBA

martes, 1 de marzo de 2016

¿Investidura?. No, por supuesto.

En la tarde de este martes veremos el inicio de la escenificación de un acto que finalmente va a resultar baldío.
Pedro Sánchez, del orgullo de ser candidato a la
vergüenza de ser rechazado.
(Fuente: lanzadigital)

Los debates de investidura son básicamente trámites formales. En efecto, siempre se sabe de antemano cuál va a ser el resultado. En esto, el de estos días no va a ser diferente. La única diferencia es que mientras todos los que hemos vivido en las últimas décadas culminaron con la investidura del candidato que se presentaba, el de hoy terminará en chasco.

El tema es que a los debates de investidura hay que acudir con todos los deberes hechos en casa. Y esta vez no se va a cumplir con esta premisa.

Sin embargo, estas últimas semanas nos han servido a los ciudadanos para conocer la peor cara (o, por lo menos, la más real) de todos nuestros líderes políticos.

Hay que entender que los resultados de las Elecciones Generales del 20D fueron muy diferentes de todos los anteriores. Y, aunque ya se anticipaban desde varios meses antes, podemos entender que las primeras semanas fueran de desconcierto general, aunque sólo sea por falta de hábito.

Pero las últimas semanas han ilustrado los muchos defectos que tienen nuestros políticos. Revisemos un poco el inventario.

Rajoy empezó por declinar la propuesta del Rey de ser candidato. Parece que se creyó a pies juntillas que tras la arrogancia de Pablo Iglesias en la famosa rueda de prensa en que presentó un gobierno de coalición con el PSOE que no existía más que en su imaginación, había un acuerdo maduro para un gobierno de izquierdas, que dejaba al PP fuera de juego. Luego resultó que nada era verdad y que lo más caliente seguía en el congelador.

Desde ese día, Rajoy ha practicado el tancredismo que tanto le gusta: esperar sentadito a que el vecino se estrelle y a que el destino le devuelva un papel estelar. Lo que tiene claro es que no quiere, para nada, abandonar el poder o dejar de estar aforado: la corrupción le rodea de tan cerquita que no puede permitirse lo más mínimo bajar las defensas.

Pedro Sánchez fue nombrado candidato por el Rey. ¿Le contaría al monarca que tenía los apoyos necesarios, o le diría que confiaba poderlos recabar?. Así empezó este último mes que llega ahora a su desenlace. Sánchez, que hace solamente dos años era un diputado raso, necesitaba absolutamente reforzar su imagen, dentro y fuera de su propio partido. Hay que reconocer que se ha esforzado mucho en conseguir acuerdos o pactos con otras fuerzas políticas. Pero creo que lo ha hecho de manera defectuosa que le llevará, inevitablemente, a un desastre como resultado de este debate de investidura. Cualquier negociación de este tipo requiere de UNA mesa única, donde cada cual se trague en público los sapos que corresponda. 

Podemos y su líder principal, Pablo Iglesias, me han decepcionado mucho. Y sospecho que, como a mí, lo habrán hecho a muchos votantes ilusionados de izquierda, que confiaban en que una nueva política era posible. Su soberbia intelectual y la arrogancia de sus gestos, rozando a menudo en el insulto, han demostrado que Podemos sólo parece estar preparada para gobernar en solitario, con cómodas mayorías que se parecen sospechosamente a entornos dictatoriales. Parecen olvidar que si bien es cierto que cinco millones de españoles les han votado, casi veinte millones han votado a otras formaciones.

Me parece bastante desagradable que se arroguen la representación de lo que llaman la gente, como si el resto de partidos políticos representaran a los marcianos.

Sólo dos líderes, Albert Rivera y Alberto Garzón han dado muestras de alguna sensatez y de madurez política. De su boca hemos oído las únicas muestras de intentar trabajar por el bien de España y de los españoles, dejando un poco al margen los intereses personales y de partido. Y de sus iniciativas han nacido los únicos progresos de negociación de verdad.

Aunque también es cierto que Rivera es un personaje con demasiados ribetes siniestros y demasiadas áreas de sombra. Garzón sí me parece genuino porque muy poquito tiene ya que defender. Aunque podría conseguir, si finalmente hubiera unas nuevas elecciones en Junio, un aumento significativo de votos, muchos de ellos procedentes de otras fuerzas de la izquierda (PSOE y Podemos), desmoralizados de ver cómo han actuado en estas circunstancias difíciles.

El PSOE y Pedro Sánchez se ha esforzado en mantener un mantra ya anacrónico: que ellos son la alternativa al PP y que, por tanto, no tiene ningún sentido establecer ninguna línea de negociación con el PP o Rajoy. Esa idea puede que fuera cierta con resultados en la horquilla 160-180 diputados para uno de ellos y algo inferior para el otro. Pero sus actuales niveles (123 diputados para el PP, 90 para el PSOE) les reubican como, solamente pero nada menos que, las dos fuerzas más votadas en un panorama de cuatro formaciones con representación significativa.

Me temo que todos ellos se han visto envueltos en otro de los espejismos que ha venido propagando desde Podemos: que el binomio derecha-izquierda está superado y que lo que hoy cuenta es arriba y abajo. El desarrollo de las negociaciones ha demostrado que eso es totalmente falso.

Con el panorama parlamentario que se ha definido, sólo hay tres opciones posibles, y todas ellas dependiendo de la correspondiente aritmética: o bien un gobierno de la derecha, o un gobierno de la izquierda, o un gobierno de concentración, articulada a derecha e izquierda desde el centro político. Cualquier otra opción no pasa del voluntarismo de sus impulsores.

A Pedro Sánchez, dados sus resultados electorales, no le toca ser Presidente del Gobierno. Salvo, por supuesto, que su figura surgiera como líder reconocido de la unión de voluntades políticas en la izquierda.

Pero lo único tangible que ha podido presentar Sánchez es un acuerdo con Ciudadanos, que es un partido, creo, del centro derecha liberal. Una unión que no ofrece una aritmética que permita una investidura, y que la única adición posible y razonable sería la del PP, para construir un Gobierno de concentración en la que el Presidente de ninguna forma podría ser Pedro Sánchez.

Sánchez se ha enrocado en el No, no y no, y en el ¿qué parte del NO no acaba de entender?, en su relación con el PP y con Rajoy (al que odia y/o desprecia a nivel personal; y el sentimiento es mutuo). Malos mimbres para ni siquiera intentar que el PP pudiera sumarse a una tal iniciativa.

En resumen, tras el fracaso de la sesión de investidura de esta semana, empezará a contar el período de dos meses hasta que resulte imposible evitar unas nuevas elecciones. En otras palabras, el próximo lunes empezará, o al menos debería empezar, el período de verdadera negociación, con el claro objetivo de formar un Gobierno razonablemente estable que permita evitar unas nuevas elecciones el 26 de Junio.

Confío en que todos los líderes tengan claro que unas hipotéticas elecciones en Junio solamente traerían un empeoramiento del resultado de sus respectivas formaciones.

El PP no tiene ya mucho por perder, porque en Diciembre prácticamente sólo les votaron los incondicionales de verdad, aquellos convencidos de que el único gobierno posible es de derechas, y el resto es desgobierno. Pero que no se confíen, porque todavía puede haber, al menos, un millón de votos de ciudadanos a los que les puede acabar resultando irrespirable el ambiente y la sensación de organización criminal dedicada a la corrupción política que sobrevuela de forma insistente al Partido Popular.
Alberto Garzón, que podría ser el único beneficiado en
caso de nuevas elecciones en Junio.
(Fuente: IU y lasexta)

El PSOE ha sostenido a duras penas su posición de segunda fuerza y líder de la izquierda, pero solamente le separa un puñado de votos de Podemos (unos trescientos mil sobre más de cinco millones). Desde la transición política, el PSOE se ha arrogado la posición de partido líder de la izquierda en España. Pero esa posición no es vitalicia y, además, el votante de izquierdas es mucho más inquieto que el de derechas.

Podemos, que desde su origen se articuló como la formación de los que no tienen mucho que perder, han aglutinado muchos más votantes que los que les pertenecerían en puridad, básicamente por el cansancio del bipartidismo y por el reflujo del nefasto efecto Zapatero, que todavía habita en la memoria colectiva. Pero muchos de esos votantes prestados podrían plantearse una nueva migración, por ejemplo a Izquierda Unida, que parece una formación mucho más sensible a las necesidades de gobernabilidad que tiene un país como España. No sería una sorpresa excesiva que pudieran perder uno o dos millones de votos, porque su gestión de los escenarios de negociación está manifestando ser francamente mejorable. Parece que, a menudo, están convencidos de que fuera de sus círculos y asambleas sólo hay banqueros, altos ejecutivos o extraterrestres.

Ciudadanos podría recolectar algunos votos de los cansados del tancredismo de Rajoy y del adanismo de Sánchez. Pero Rivera tiene demasiados ribetes siniestros (que generan desconfianza en muchos ciudadanos) como para conseguir una progresión significativa. Además, su posición política en Catalunya no ha hecho, ni está haciendo, absolutamente nada para ayudar a la resolución de un problema político que es, desgraciadamente, bien real.

El único ganador, de verdad, podría ser Alberto Garzón. Si un número importante de votantes del PSOE o de Podemos deciden reconducir su voto hacia Izquierda Unida, podrían superar la barrera que les limita a tener solamente dos diputados con un millón de votos, y conseguir alguna docena de diputados, que marcarían una diferencia significativa respecto a la situación actual.

Creo que todos deberían temer a unas nuevas elecciones y espero que ello les lleve a dedicarse, de verdad, a buscar líneas de entendimiento que permitan conformar un Gobierno para los próximos cuatro años. Alberto Garzón, que todavía es joven y le auguro una importante carrera política en los próximos lustros, deberá tener paciencia y concentrarse en reformar la Ley Electoral, para que sea mucho más justa con las fuerzas minoritarias. En el medio plazo, posiblemente podría articular una cierta convergencia con Podemos, donde Garzón debería ocupar una clara posición de liderazgo. Me temo que la época de Pablo Iglesias, que se ha desarrollado principalmente en los platós de televisión, ya está superada. Veremos la nota parlamentaria que se gana en este debate de investidura, pero me temo que la soberbia y la arrogancia forman parte de su hardware más íntimo y no son fáciles de disimular.

Es decir, esta semana nos toca superar un trámite formal, cuyo resultado ya conocemos (salvo sorpresa muy mayúscula). Y la próxima semana debe empezar una etapa nueva y muy diferente de lo vivido hasta ahora. Sugiero que todos los líderes hagan un reset de lo sucedido durante la campaña electoral y durante este largo período de indefinición, y empiecen de cero, olvidando los agravios que todos ellos han sufrido por parte de los demás.

Pedro Sánchez ha sucumbido al orgullo de ser candidato, pero en el pecado le viene la penitencia. Estos días le tocará sufrir la suprema vergüenza de ser rechazado como Presidente del Gobierno por una mayoría de los diputados del congreso.

Me voy a mojar. Mi apuesta es de una investidura fallida, y de un acuerdo posterior en el ámbito de una cierta concentración en torno al centro, para conformar un Gobierno (apoyado por el PP, el PSOE y Ciudadanos) que no estará presidido ni por Mariano Rajoy ni por Pedro Sánchez.

Una solución a la catalana (con tomatito rallado).

JMBA

martes, 25 de noviembre de 2014

Contra la Casta Vivían Mejor

Creo que a Pablo Iglesias y a la organización, partido o lo que sea, Podemos, les ha hecho mucho daño su entrevista en El Objetivo de Ana Pastor, en La Sexta, el domingo de la pasada semana. Seguramente, fue demasiado prematura. Ana Pastor quería que Pablo Iglesias le contara el programa político de gobierno de Podemos. Y quedó claro que este (¿todavía?) no existe.
Pablo Iglesias con Ana Pastor, en El Objetivo de La Sexta
(domingo, 16 de Noviembre de 2014)
(Fuente: laSexta)

Ana Pastor, en su línea inquisitiva habitual, buscaba respuestas, lo más claras posible, a sus múltiples preguntas. Y Pablo Iglesias, en general, no las dio. Se extravió en dudas y circunloquios, que en nada refuerzan su imagen pública de líder político con posibilidades de llegar a Moncloa.

Cuando el puesto de pipas y golosinas de la entrada al parque se enfrenta a su evolución a multinacional de la patata frita e imperio de las cortezas, debe abordar con seriedad un cambio significativo de su modelo de negocio. Los métodos de gestión y dirección que eran válidos para el puestecito, deben cambiar y evolucionar de modo muy significativo, o el fracaso más estrepitoso está servido.

Podemos, que, de alguna forma, es un spin-off de los movimientos ciudadanos del 15-M, se está enfrentando a un cambio muy significativo de su identidad y de sus modelos de gestión y de negocio, digámoslo así.

Al éxito, que nadie debería dudar, de su propuesta para las Elecciones Europeas, han seguido las sucesivas encuestas que sitúan a Podemos entre las primeras fuerzas políticas del país, amenazando con claridad al bipartidismo imperante en toda la última etapa democrática. Según algunas de ellas, sería la fuerza política con mayor intención directa de voto.

Podemos, y su ya líder elegido, Pablo Iglesias, están actualmente inmersos en el proceso de definición de su identidad, organización y programa políticos. Este proceso es inevitable para estar en condiciones de disputar el poder en unas Elecciones Generales, que están, salvo adelantos no previstos, a un año de celebrarse.

Sin embargo, el proceso no es gratuito. Entre muchos otros aspectos, porque obliga a empezar a comunicar en positivo. Ya no basta presentarse como una alternativa a la casta política que ha estado gobernando España en los últimos cuarenta años. Ya no bastan las soflamas incendiarias con eslóganes que a muchos ciudadanos, castigados por la crisis y hastiados del cenagal, les resultan atractivos. Ya es tiempo de empezar a hablar en positivo. De contar con claridad a los ciudadanos qué piensan hacer en cuanto alcancen, supuestamente, el poder. Y, sobre todo, cómo piensan hacerlo.

Es tiempo ya en que resulta obligatorio que todas las iniciativas vayan acompañadas de una cierta memoria económica. Porque los ciudadanos tenemos el derecho a saber lo que sucedería si, algún día, otorgamos de forma mayoritaria nuestra confianza a esta formación política.

El desafío mayor para Podemos es si van a conseguir cambiar el chip a estos nuevos tiempos, sin convertirse, ellos también, de algún modo, en casta.

La aritmética del gobierno es aburrida, pero tozuda por encima de todo. El gasto público, la prometida renta universal, etc. etc., requiere de los suficientes ingresos para poder sufragarlo. Porque el déficit permanente y creciente no es ni una respuesta ni una solución. El déficit público, como los préstamos personales o las hipotecas, tiene sentido cuando se dedica a financiar inversiones que mejoren la competitividad del país en su conjunto. Pero no lo tiene si se destina a pagar los gastos corrientes.

La Deuda Pública, si queremos seguir siendo un país serio, no puede impagarse sin más. Para estar en condiciones de mejorar la vida de los ciudadanos, España debe ser un país fiable, donde reine la seguridad jurídica.

Claro que es posible un camino alternativo. Situándose al margen del contexto internacional y de los mercados de capital, abordando colectivizaciones que, inevitablemente, nos recuerdan al fracaso soviético, creando una moneda nacional que se pueda manejar con total libertad y que esté sujeta, por supuesto, a inacabables devaluaciones. Retirándose de la Unión Europea y del Euro. Instalándose en un estado de autarquía que nos recuerda, inevitablemente, al período de posguerra.

Con esos mimbres, cualquier utopía podría ser posible. Pero, sospecho, pocos ciudadanos españoles estarían dispuestos a abordar ese camino, si se les cuenta con suficiente claridad.

Su propio éxito les puede asfixiar. No es evidente cuál debería ser el mejor camino para descender de los grandes principios y los eslóganes atractivos, a la realidad de los presupuestos y las prioridades políticas; a la definición de cómo se va a reformar el esquema de tributación y los impuestos; a la realidad de qué es lo que va a suceder con los autónomos o con los pequeños rentistas, que viven del rendimiento de sus ahorros. Y así con todos los pequeños y aburridos detalles del día a día que supone gobernar.

De la lírica hay que descender a las matemáticas, a la aritmética, a las sumas y las restas. Y esa evolución no está exenta de gravísimos riesgos, en los que Podemos podría estrangularse con su propio cordón umbilical.

De momento, lo que Pablo Iglesias le contó a Ana Pastor no creo que convenza a nadie. Necesitan tiempo, pero no tienen mucho.

Este domingo, César Molinas, en El País, titulaba su columna "Los Gansos del Capitolio", y la subtitulaba con "Regeneración Forzada". Reproduzco aquí su último párrafo (la cursiva es aportación mía), muy ilustrativo, agradeciéndole a mi buen amigo Paco Reverte que la pusiera bajo mis ojos:

"En el año 390 a. C. los galos destruyeron Roma y los romanos se refugiaron en las fortificaciones del Capitolio. Por la noche y en sigilo, los bárbaros intentaron escalar los parapetos, lo que provocó una gran algarabía de graznidos de los gansos sagrados que moraban en las laderas de la colina. Esto despertó a los romanos que consiguieron repeler el ataque. España está sitiada por la corrupción, el desempleo, la crisis territorial, la falta de un proyecto solvente de futuro y un régimen político inoperante. En este símil los de Podemos son los gansos, no los bárbaros.".

Podemos todavía está en condiciones de convertirse en la horda de asaltantes del Capitolio. Pero deben superar un desafío de resultado incierto: descender de la poesía a las matemáticas. Y que la aritmética convenza a una mayoría de ciudadanos.



Aunque se resisten a identificarse como una fuerza de izquierdas, para la mayoría es bastante evidente que Podemos es una formación que podríamos situar en la izquierda bastante extrema. El Partido Popular lo tiene claro, y por eso vive con regocijo, y también cierta inconsciencia, la creciente fragmentación aparente de las fuerzas de izquierda. Aunque en estos temas delicados, lo importante no es reír, sino ser el último en hacerlo.



Y muy torpes deberían ser PSOE e Izquierda Unida, o muy adormilados deberían estar, para no darse cuenta a tiempo del graznido de los gansos. Y reaccionar, por consiguiente, con claridad y energía a la absoluta necesidad de una regeneración en profundidad de esta democracia enferma.



La creciente inquietud de los ciudadanos y su progresiva exaltación y cabreo, no supone que puedan estar dispuestos a apoyar con sus votos iniciativas que se vean como suicidas.


Podemos se enfrenta a un proceso muy delicado, en el que se arriesgan a convertirse ellos también en casta, o a declinar propuestas que estén lejos de lo que una mayoría de ciudadanos puedan aceptar. El éxito en ese camino es posible, pero no está de ningún modo asegurado, sino que tendrán que ganárselo con humildad y esfuerzo.

En el espejo de la realidad, Podemos se ha visto con posibilidades reales, en un plazo bastante corto (un año a contar desde hoy), de convertirse en la fuerza política responsable del Gobierno de España. Y eso supone gobernar para todos los ciudadanos, no solamente para los indignados antisistema o los mal llamados perroflautas. Necesitan desarrollar a toda prisa un programa político de gobierno que resulte creíble y sea seductor para una mayoría de los ciudadanos.

Porque creo que ya no vale invocar un eventual voto a Podemos como parte de un desespero ciudadano, del hecho de estar convencidos de que nada tenemos que perder. En España, un país razonablemente próspero, integrado en Europa y en el primer mundo, un estado de derecho con un sistema democrático, mejorable pero democrático al fin y al cabo, hay muchas cosas que podríamos perder. Nunca las cosas están tan mal como para que no puedan empeorar.

Hay que tener en cuenta, además, que la sensación de libertad de cualquier ciudadano que responde a una encuesta no tiene nada que ver con la responsabilidad que siente cuando deposita su voto en una urna. Y todos estamos muy cansados del sectarismo mostrado por los últimos gobiernos, que a menudo parece que sólo gobiernan para sus amiguetes o sus simpatizantes.

No creo que a ningún ciudadano medio de este país pueda seducirle la idea de convertir a España en la Venezuela de Chaves. Un suponer.

Podemos se enfrenta ahora a una tarea titánica. A toda prisa debe desarrollar un programa político de gobierno que nos convenza de que están dispuestos a gobernar para todos los españoles. Un programa que nos seduzca con sus propuestas y que no nos inquiete con sus inconcreciones.

Y, para mí, el argumento principal debe ser que el compromiso de todo gobernante debe ser el de erradicar la pobreza, no la riqueza. Conseguir que cada vez haya menos pobres, no que haya menos ricos.

Del éxito de esa reválida a la que se enfrenta Podemos va a depender que se convierta en una fuerza política fiable para asumir el Gobierno de España, o sólo hayan sido esos gansos del Capitolio, que con su aleteo desenfrenado alertó a los defensores de la fortaleza sobre el ataque de los bárbaros. Una banda que disipó el sopor que afectaba a los guardianes.

Está claro que contra la casta vivían mejor, o por lo menos, más cómodos. Pero ese tiempo ya pasó, y deben asumir con rapidez su nuevo papel.

En cualquier caso, que se conviertan o no en parte de la casta que tanto han denostado, dependerá básicamente de su actitud.

JMBA

martes, 27 de mayo de 2014

¿Votamos diferente en las Europeas?

El domingo pasado, día de elecciones, en el espacio que denominan El Patio, dentro del programa Te doy mi palabra, que conduce Isabel Gemio en Onda Cero, llamaron al azar, como es su costumbre, a algunos teléfonos fijos dispersos por España. La escasa media docena de oyentes con los que consiguieron contactar y que aceptaron contestar a algunas preguntas, respondieron unánimamente a la pregunta de si iban a votar ese domingo, que sí y que votarían a su partido de siempre (fuera este el que fuera, que, lógicamente, ni se lo preguntaron ni lo desvelaron).
Pablo Iglesias y su formación Podemos, se ha convertido
en el gran protagonista de estas Elecciones Europeas.
(Fuente: ecoteuve)

Está claro que una parte de los votantes tienen este comportamiento de fe y lealtad ciega a un determinado partido político, pase lo que pase (aunque el resultado abrumador que consiguieron en la radio fue, sin duda, fruto de la casualidad). Posiblemente, este colectivo es el que ha sumado los resultados de PP y PSOE en estas Elecciones europeas. Globalmente, 4,1 millones de votos para el PP, y 3,6 millones de votos para el PSOE. De un total de 15,6 millones de votos válidos emitidos (excluyendo los votos nulos), esto representa, conjuntamente, que un 49% de los votantes han elegido uno de los dos grandes partidos. Menos de la mitad, lo que ha llevado a muchos de los innumerables tertulianos a hablar abiertamente, aunque creo que de forma excesivamente precipitada, de la muerte del bipartidismo.

La primera característica que hace que unas Elecciones Europeas sean diferentes de, por ejemplo, las Generales, es la elevada abstención. Esta vez, casi calcando el resultado de las anteriores, las abstenciones han alcanzado más del 54%. Es decir, más de un votante potencial de cada dos no tuvo ningún interés en acercarse a las urnas el domingo 25 de Mayo. Parece claro que la pedagogía que han intentado aplicar los políticos, para convencer al electorado de la importancia que tienen estas elecciones, ha fracasado.

No deja de ser curioso que se haya mantenido la misma desgana incluso tras un período donde Bruselas, genéricamente hablando, ha sido el demonio malo para muchos, y el origen de todos nuestros males. Que se haya mantenido el mismo nivel de desafección sólo puede explicarse por la sensación de impotencia que siente el ciudadano ante la implacable maquinaria (más burocrática que política, dicho sea de paso) de la Unión Europea. De una parte, el ciudadano medio no tiene nada claro ni el poder ni la función que tiene el Parlamento Europeo. De otra parte, España sólo contribuye con 54 eurodiputados a un Parlamento de más de 700. Aunque la acumulación de eurodiputados de una u otra tendencia acaba configurando unos pocos grupos políticos en el Parlamento Europeo, que son los que, finalmente, articulan el balance de poder e influencia de unos y otros. Algo parecido, en definitiva, a lo que sucede en cualquier otro Parlamento.

Pero si nos centramos en el comportamiento electoral de la (casi) mitad de los ciudadanos que sí han decidido votar en estas Elecciones Europeas, quizá podamos extraer alguna conclusión.

Da la sensación de que prácticamente la mitad han votado en clave de lealtad a su formación política de cabecera. Pase lo que pase. Resulta más interesante analizar el comportamiento de la otra mitad, esos más de siete millones de ciudadanos que han votado a fuerzas diferentes de los dos grandes partidos nacionales.

De una parte, el voto nacionalista de mayor o menor intensidad. En Catalunya, en particular, la abstención esta vez ha sido dos puntos menor que la media nacional. Y es que las urnas se han convertido allí, para muchos, en un obscuro objeto de deseo. Globalmente, las candidaturas de tintes nacionalistas que han obtenido algún eurodiputado han recaudado un total de 1,8 millones de votos y 6 eurodiputados:

- Coalición por Europa (CiU, PNV,...), 850.690 votos y 3 eurodiputados.
- L'Esquerra pel dret a decidir (ERC,...), 629.071 votos y 2 eurodiputados.
- Los pueblos deciden (EH-Bildu,...), 324.534 votos y 1 eurodiputado.

Los Verdes agrupados en la candidatura Primavera Europea han conseguido 299.884 votos y 1 eurodiputado.

Los dos partidos minoritarios ya tradicionales (UPyD y Ciudadanos), han conseguido globalmente 1,5 millones de votos y 6 eurodiputados. Que no se hayan unido, o confederado de alguna forma, o que no se hayan presentado en coalición, sólo se explica por el personalismo enfermizo de Rosa Díez, experta en certezas innegociables.

Para el votante con corazoncito situado más bien a la izquierda, pero sin lealtad inquebrantable al PSOE (sumido, por otra parte, en profundas crisis internas; visto por muchos como cómplice o culpable primigenio de la crisis económica y los posteriores recortes sangrantes; sumido en un ambiente asfixiante de corrupción y corruptelas galopantes), esos votantes tenían dos opciones principales: la tradicional Izquierda Unida y la novedosa candidatura de Podemos. IU ha vivido un incremento espectacular de sus resultados: 1.562.567 votos y 6 eurodiputados (frente a los 588.248 votos y 2 eurodiputados). Casi un millón de votos más, muy probablemente procedentes de votantes desencantados con el PSOE. Pero la sorpresa absoluta ha sido el resultado de Podemos, una formación política con solamente cuatro meses de vida. Han recaudado 1.245.948 votos y 5 eurodiputados. Ninguna encuesta o sondeo les asignaba más allá de un eurodiputado, e incluso este, dudoso. Y, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, se han situado como tercera fuerza política.

La Caverna mediática, por supuesto, se ha cebado con la candidatura del chaval con la coleta. Pasaron de la mofa impresentable a la alerta sobre su personalidad asamblearia, su proclividad al chavismo o al castrismo (los dos grandes demonios de la derecha rancia) y su presunto carácter antisistema. Y es que la Caverna se ha habituado a tolerar a los partidos de izquierda acomodados en el sistema (¿o debemos decir, del Régimen?), pero se siente tremendamente inquieta ante fenómenos que no comprenden.

Al final os daré mi interpretación del fenómeno. Pero antes conviene poner en negro sobre blanco la singularidad que tienen las Elecciones Europeas, que provoca que cualquier extrapolación sea muy arriesgada y siempre discutible.

Desde el punto de vista del detalle de la maquinaria electoral, lo que hace singulares las Elecciones Europeas es que son las únicas donde toda España es una circunscripción única. Esto provoca que los famosos restos de la Ley d'Hondt sólo se pierden una vez a nivel nacional, y no en cada una de las provincias como es el caso de las Elecciones Generales. En la práctica, esto significa que el coste en votos de cada eurodiputado es mucho más homogéneo en estas Elecciones Europeas, entre las grandes formaciones y las más pequeñas. Para PP o PSOE, el coste es de unos 250.000 votos por eurodiputado; mientras que para las formaciones pequeñas el coste ha llegado a ser, en algún caso, algo superior a los 300.000 votos.

Hasta 30 candidaturas han conseguido algunos votos, pero insuficientes para convertirlos en un eurodiputado. Entre estas, hay de todo. Desde algunas (pocas) de la ultraderecha (Falange y similares), hasta algunas puramente testimoniales o de implantación muy local o incluso localista. También se han quedado fuera tres nuevas formaciones que confiaban en el tirón mediático de sus cabezas de lista: Vox, con Alejo Vidal Cuadras, que renegó del PP y se ha quedado sin silla en Estrasburgo, pese a sus 244.929 votos; el juez Elpidio José Silva y su Movimiento Red, con sus 105.183 votos; y el Partido X, con el delator financiero Hervé Falciani al frente, que ha obtenido 100.115 votos.

En conjunto, un total de 1.179.068 votos han sido inútiles, es decir, que se emitieron para candidaturas que no han obtenido ni un solo eurodiputado.

Curiosamente, el número total de votantes efectivos ha sido prácticamente calcado que en las últimas Elecciones Europeas de 2009: 15.920.815 votos emitidos en 2014, frente a los 15.935.147 en 2009. Por ello, todas las interpretaciones que algunos se han apresurado a dar respecto a la desmovilización de cierto tipo de votantes, resultan extremadamente dudosas y plenamente discutibles. El PP ha intentado enmascarar su descalabro (han perdido 2,6 millones de votos y 8 eurodiputados) remarcando que han ganado las elecciones. Si bien es cierto que han sido la fuerza más votada (medio millón de votos por encima del PSOE), hablar de que han ganado, ignorando el evidente desastre, es una licencia muy pobre. Según el PP, esos 2,6 millones de votos corresponderían a votantes que, esta vez, se han quedado en casa. Esto no encaja mucho con que el total de votantes se haya mantenido prácticamente idéntico.

El PSOE ha sido, esta vez, mucho más realista, y ha reconocido una derrota sin paliativos. Posiblemente ha jugado un papel importante en esta asunción del desastre las muchas fuerzas internas que hace tiempo están por la renovación de la cúpula. Un desastre electoral de este calibre es una ocasión que ni pintada para mandar a Rubalcaba a su casa.

Pero entonces, ¿qué ha ocurrido en realidad?. Aunque sea una obviedad, conviene no olvidar el ciclo vital de los propios votantes. Desde 2009, muchos adolescentes de la generación Tuenti o Twitter, de los que han crecido con sus deditos pegados a la pantalla de un smartphone, han alcanzado edad para votar. Su experiencia política consciente está ligada a la crisis económica aguda, a las corruptelas de los partidos políticos mayoritarios, y a los inaceptables privilegios intocables de la casta de los políticos. Además, ya no sienten ninguna vinculación sentimental con la Constitución de 1978, y la Dictadura, para ellos, no es otra cosa que un tema más de sus clases de Historia. La democracia forma parte de forma natural de sus vidas y, por ello, suelen ser bastante más críticos con su escasa calidad. No es una sorpresa, pues, que muchos de ellos sean incapaces de votar a alguno de los partidos políticos tradicionales.

De otra parte, algunos votantes de edad avanzada en 2009, desgraciadamente habrán fallecido en este período, o quizá hayan caído en una situación de incapacitación que no les permite acudir ya a votar.

A diferencia de otros países de nuestro entorno (Francia, sin ir más lejos), la presencia de fuerzas de ultraderecha es prácticamente inexistentes o meramente testimoniales en España. En la práctica, esto significa que, en España, el PP aglutina un amplio espectro que incluye desde un centro derecha moderado, hasta posiciones bastante más extremas. Por ello, la fuga de votos por la derecha no tiene ningún sentido.

Las fugas por el centro (tanto para PP como para PSOE) han provocado aumentos espectaculares en los resultados de formaciones como UPyD y Ciudadanos.

Pero, a diferencia de la derecha, el voto de izquierda está bastante fragmentado. Las fugas por la izquierda han favorecido, evidentemente, a Izquierda Unida (prácticamente un millón de votos más). Pero, personalmente, creo que su resultado se ha visto lastrado, a pesar de la importante progresión, por el comportamiento que están teniendo en el Gobierno de Andalucía (misteriosamente complacientes con los escandalosos episodios de corrupción), o el inexplicable apoyo al Gobierno del PP en Extremadura.

De todos esos caladeros (los jóvenes y los votantes desencantados de la izquierda convencional acomodada) ha conseguido la formación Podemos su espectacular resultado.

La pregunta del millón es hasta qué punto estos resultados marcan una tendencia sostenible en el tiempo, y de qué forma pueden ser extrapolables a otras elecciones (Municipales, Autonómicas o Generales). Podemos se va a enfrentar a un desafío colosal, que es su consolidación como alternativa viable a otras opciones. Ahora les toca honrar a ese millón y cuarto de votos que han conseguido (calculo que un cuarto de millón de votos propios, y un millón de votos prestados).

Personalmente creo imprescindible abordar con seriedad un cambio de Régimen político, en otras palabras, un cierto proceso constituyente de gran calado, como he manifestado ya recientemente. Mientras que los partidos políticos convencionales parecen estar instalados con comodidad en el statu quo vigente y en los privilegios que les confiere, sólo Podemos parece ofrecer la esperanza de una visión nueva y diferente.

Está ahora en las manos de los componentes de esa formación que este voto prestado de la esperanza en el cambio profundo les convierta en una fuerza política consolidada y de creciente implantación. Porque la alternativa es que acaben siendo una flor aislada que brilló en esta primavera de 2014, destinada a marchitarse. Si me permitís utilizar términos empresariales, Podemos se enfrenta ahora a un cambio de modelo de negocio, que siempre es un paso muy delicado, abocado casi necesariamente al éxito o al fracaso, sin muchas posibilidades intermedias.

Porque la respuesta al título de este artículo es claramente positiva. Sí votamos diferente en las Elecciones Europeas. Incluso nos podemos permitir algunos experimentos. Salvo, por supuesto, los de la lealtad inquebrantable a unos u otros partidos políticos, pase lo que pase.

JMBA