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martes, 22 de febrero de 2011

Castillo de Naipes

Cuando algún acontecimiento nos parece absurdo, o cuando pensamos que una persona se comporta en modo absurdo, habitualmente el problema que tenemos es que nos falta información, que no tenemos todos los datos. En la realidad, en la vida, en el mundo, muy raramente se producen cosas absurdas. Pueden parecerlo a quien no dispone de toda la información. En el mundo científico, se cuenta que el (ex-)planeta Plutón se descubrió a base de estudiar la órbita absurda de Neptuno, que no tenía otra explicación posible que la existencia de un noveno planeta del Sistema Solar.
Muammar al-Gaddafi, Guía de la Revolución en Libia
(Fuente: anorak)

Estamos asistiendo estos días a una serie de acontecimientos en algunos países árabes que se me antojan absurdos. Vimos caer al régimen de Ben Alí en Túnez y al de Mubarak en Egipto. Estamos viendo la (aparente) agonía del régimen de Gaddafi en Libia. Y estamos viendo revueltas en Bahrein y también en Yemen. Y lo que vendrá en los próximos días o semanas. Cuando digo que me parecen absurdos es porque, después de muchas décadas de dictaduras de diversa ralea, ¿por qué ahora?. Los acontecimientos me llevan a pensar que habrá habido alguna decisión (por activa o por pasiva) de los máximos poderes a nivel mundial, en el sentido de dejarlos caer. La teoría de Kissinger de los 70 (es un hijo de p..., pero es nuestro hijo de p...) parece que ya no es válida hoy para la diplomacia internacional.

Cuesta entender que un régimen petrificado por 30 años en el poder como el de Mubarak se desmorone de repente, ante el envite de unas simples revueltas callejeras. Bueno, no hay que subestimar el Poder de la Calle, claro. A lo que contribuyó el hecho de que el Ejército, el principal soporte del régimen de Mubarak, decidiera darle la espalda, y ponerse de parte del pueblo. Habría que entender el por qué de ese cambio de orientación, que posiblemente responda a la necesidad de dejar caer a un Presidente amortizado, para poder seguir manteniendo el poder y la influencia en la nueva situación.
Gaddafi, en uno de sus viajes, escoltado por sus guardias
de corps femeninas
(Fuente: easycomeseasygoes)

Ahora estamos viendo (casi intuyendo, porque los hechos se desarrollan de espaldas a la opinión pública mundial) las revueltas en Libia, parece que salvajemente reprimidas por el régimen de Gaddafi, incluyendo bombardeos aéreos sobre la población civil.

Y también estamos oyendo sobre revueltas en el Reino de Baréin (un pequeño archipiélago junto a la costa de la Península Arábiga, en el golfo Pérsico, de 678 kilómetros cuadrados de extensión, y alrededor de un millón de habitantes). Así como en Yemen, al sudoeste de la Península Arábiga, un extenso país de más de medio millón de kilómetros cuadrados (parecido a España) y unos 20 millones de habitantes.

En todos esos países se han venido perpetuando regímenes autocráticos de diversa índole y calado. Libia y la mayoría de países de la Península Arábiga tienen una economía basada en el petróleo, lo que da, estadísticamente, unas cifras de renta per capita bastante apañadas, aunque la distribución de la riqueza no sea, en general, ni mucho menos equitativa. La excepción sería Baréin, que es un reino ciertamente autocrático, pero pequeño y poco poblado, donde, según parece, la renta de un país rico está razonablemente distribuida entre la población. Por el contrario, Yemen es un país sin petróleo, con una renta per capita por debajo de los 1.000 dólares anuales.

La Península Arábiga nos queda mucho más alejada, y sus realidades nos resultan bastante más ajenas que las que se desarrollan en el Magreb, a las puertas de casa. Haciendo un repaso rápido, digamos que el reino de Arabia Saudí ocupa la mayor parte de la Península Arábiga (2.149.690 Km2 y unos 28M de habitantes). Kuwait (17.820 Km2, 2,3M de habitantes) es un pequeño reino que actúa de estado tampón entre Arabia Saudí e Irak. De hecho, la invasión de Kuwait por parte del Irak de Sadam Hussein fue el inicio de la Primera Guerra del Golfo. Por la costa del Golfo Pérsico, avanzando hacia el Sur, encontramos Baréin (un archipiélago de treinta y pico islas, algunas de las cuales están reclamadas por Irán), el emirato de Qatar (una península de 11.437Km2, con 1,4M de habitantes), y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). EAU es la federación de siete emiratos, con una extensión total de 77.700Km2 y una población total de 4,3M de habitantes. Con mucha diferencia, el emirato más extenso es Abu Dhabi (67.340Km2 y 1,4M de habitantes) y le sigue Dubai (3.885Km2 y 1,4M de habitantes).
Manifestaciones en Libia
(Fuente: intereconomia.com)

En el extremo Sur de la Península Arábiga hay otros dos estados: al Este está el sultanato de Oman (212.457Km2 y 3M de habitantes) y al suroeste está Yemen (527.968Km2 y 21M de habitantes). Hasta 1990, en que se produjo la unificación, existía la República Árabe de Yemen (al Norte) y la República Democrática de Yemen (al Sur).

Al Norte, Jordania (94.740Km2 y 5,4M de habitantes) también está, geográficamente, en la Península Arábiga, así como parte del territorio de Irak y de Siria.

En muchos de esos países, los regímenes políticos vigentes son de tipo autocrático, cuando no claramente dictatorial. Con liderazgos hereditarios y poca, o ninguna, intervención de la población en la marcha política del país.

La característica principal que distingue a unos países de otros es la participación (o no) de la mayoría de la población en la riqueza del país, es decir, la distribución de la renta. Los Emiratos y la propia Arabia Saudí serían ejemplo de una distribución razonable de la riqueza entre los ciudadanos. Con la característica especial de que se trata de países que han acogido (y acogen) a una elevada población inmigrante (procedente especialmente de India o Sri Lanka y de los países de Extremo Oriente). Los derechos de las poblaciones inmigrantes son limitados pero, en general, su retribución es razonable, lo que sofoca las posibilidades de revueltas populares masivas. Caso diferente sería Yemen (desierto sin petróleo).

Veremos qué sucede con esas revueltas de que tenemos noticia en Baréin, que más parecen un picnic en la Plaza de la Perla de Manama, la capital, y que, posiblemente, se resuelva con retoques al régimen sin mayor trascendencia. Yemen, para mí, es una incógnita, aunque la pobreza del país y de su población es un detonante para cualquier tipo de revuelta: demasiada gente sin mucho que perder.

La gran preocupación en este momento es Libia (1.759.540Km2 y unos 6M de habitantes). Libia fue una colonia italiana, y su territorio vio, durante la II Guerra Mundial, las batallas entre el Afrika Korps de Rommel  y las fuerzas africanas de Montgomery. Terminada la guerra, en 1951 se dio la independencia a Libia, bajo el gobierno del rey Idris, que fue depuesto en un golpe militar en 1969. Desde ahí, Muammar al-Gaddafi ha sido el máximo gobernante del país. En 1977 se proclamó la Yamahiriya (literalmente, Estado de las Masas) Árabe Libia Popular y Socialista (sic). En la práctica, Gaddafi ha sido en las últimas cuatro décadas el Guía de la Revolución, y el máximo mandatario del país.
La estabilidad del suministro (y el precio) del petróleo
es la principal preocupación de los países occidentales
(Fuente: RTVE)

Gaddafi ha sido durante todo este tiempo un gobernante excéntrico, veleidoso y desmesurado. Tonteó con la Unión Soviética; durante bastante tiempo fue alabado por una cierta izquierda europea, como líder revolucionario popular. Siempre se han sospechado turbias relaciones con grupos terroristas que han atentado, principalmente, contra intereses estadounidenses, por lo que Reagan decidió, en 1986, el bombardeo de Trípoli y Bengasi. A final de los ochenta, parece que sufragó los atentados de Lockerbie en Escocia, y el del vuelo UTA772, que provocaron sanciones que llevaron al país al aislamiento. En 2003, el Gobierno Libio reconoció la participación de ciudadanos libios en esos atentados, y aceptó pagar indemnizaciones, lo que llevó a finalizar el período de aislamiento.

En estos días, la reacción de Gaddafi ante las revueltas populares, que piden, como en Egipto, un cambio del régimen, ha sido extremadamente violenta. Durante tantos años en el poder, Gaddafi ha desarrollado un liderazgo autocrático, dictatorial y hereditario. Aunque hay que reconocer que Libia es el país con la mayor esperanza de vida de todos los países de África, y tiene también el mayor PIB per capita nominal (de más de 9.000 dólares), aunque la distribución de esa riqueza está, con seguridad, muy sesgada.

Gobernando el país como un gran cortijo, parece que Gaddafi (y la camarilla que se aprovecha del Régimen, principalmente su propia familia) no está dispuesto a aceptar que las multitudes en la calle le dicten la política. Alude a oscuras potencias extranjeras que estarían, según él, instigando o incluso financiando las revueltas protagonizadas por jóvenes drogados, y ya ha desplegado una represión salvaje contra las manifestaciones. En un largo discurso este martes, ha dejado clara su nula intención de abandonar el poder, y su firme determinación a reprimir cualquier intento de desestabilización (hasta ahora, parece que ya se han producido bombardeos aéreos, en algunos casos). Según algunas fuentes, podría haber soldados mercenarios con la misión de destruir a los revoltosos.

Si las revueltas siguen firmes, lo más probable es que Gaddafi y su corte próxima abandonen el país, y se dediquen a disfrutar de los capitales que, sin duda, deben haber exportado ilícitamente del país a paraísos fiscales o donde sea. En un país con un PIB de 75.000M$, con el 95% de sus exportaciones en torno al petróleo, el diezmo del amo del cortijo habrán sido algunos miles de millones de dólares todos los años. Una fortunita para retirarse en paz y tranquilidad.

Sólo espero que no tengamos que asistir en los próximos días a más masacres como las que se han producido en Libia últimamente. Varios cientos de muertos parece haber ya, debido a la violencia indiscriminada y salvaje que el gobierno ha empleado contra los manifestantes.
Jaima de Gaddafi en los jardines de Villa Pamphili, en un
viaje a Italia en 2009
(REUTERS; Fuente: El País)

Lo cierto es que en este siglo XXI un sátrapa como Gaddafi no debería ya tener un lugar bajo el Sol. Con sus jaimas repartidas por el territorio (para despistar al enemigo), con su guardia de corps de agentes femeninas, y sus estrambóticas manifestaciones cada vez que viaja a algún país extranjero, este reyezuelo de las Mil y Una Noches debería tener los días contados en el poder.

Las revueltas populares avanzan por todos los territorios árabes, y amenazan a un castillo de naipes que resulta ser mucho más frágil e inestable de lo que la opinión pública occidental pensaba hasta hace unas pocas semanas. A Mubarak nunca se le había llamado dictador hasta que abandonó el poder, y regímenes de opereta como el de Gaddafi, nominalmente por el pueblo y para el pueblo, pero claramente sin el pueblo, no tienen ya cabida en el orden mundial de este siglo XXI, aunque se camuflen bajos las denominaciones de popular y socialista.

Llamadme cínico, pero tendremos que seguir aceptando durante bastante tiempo que el régimen chino sea claramente autoritario y que los derechos humanos no sean su prioridad, porque China ya es la segunda economía mundial, y pronto será la primera. Sin embargo, fantoches en el poder en países modestos, ya basta.

Quien quiera opereta, que vaya al teatro.

JMBA

lunes, 7 de febrero de 2011

El Poder de la Calle

Nunca me he fiado demasiado del Poder de la Calle, de esas revueltas iniciadas con grandes concentraciones callejeras gritando eslóganes, quemando retratos o banderas y generando, básicamente, desorden y desestabilización. Seguramente eso me pasa porque a mí nunca me ha gustado ocupar la calle, ni participar en manifestaciones y demás.
Hosni Mubarak, por el momento Presidente de Egipto
(Fuente: absolutegipto)

Me agobian las multitudes y, además, nunca consigo estar al 100% de acuerdo en todo lo que los manifestantes defienden o, sobre todo, condenan. La calle es un entorno bastante primitivo y tribal, que carece por completo de matices. Para participar en ese tipo de desórdenes callejeros, hay que comulgar por completo con algún lema básico. Por eso las revueltas callejeras que triunfan son las que tienen un objetivo inmediato, simple y sin fisuras. Por ejemplo, cargarse a un gobernante o a un régimen entero.

El poder de la calle es básicamente destructor y desestabilizador, y de ahí viene su principal riesgo. Con una intención expresable en cuatro palabras (o incluso en dos, Fuera Mubarak), su éxito radica en conseguir crear el caos. Acabar con un Gobierno, con un régimen, con un sistema, está al alcance de la calle. Especialmente si hay motivaciones económicas básicas (una carestía de la vida, por ejemplo, que no permite ni siquiera subsistir a una gran mayoría). Las motivaciones políticas son postizas en las revueltas callejeras.
Miles de personas protestando en la Plaza de la
Liberación de El Cairo
(GETTY; Fuente: El País)

Distingo aquí entre manifestaciones (de duración limitada y definida, a menudo con motivaciones políticas; en las que los participantes hacen un alto en su actividad cotidiana para manifestar su opinión en la calle) y las revueltas callejeras (de duración ilimitada e indefinida; donde la mayoría de participantes cambian una realidad ociosa por necesidad por otra beligerante y muy crítica con el poder, por el tiempo que haga falta hasta conseguir su objetivo, o sucumbir).

A lo que estamos asistiendo estas últimas semanas (en Túnez, primero; en Egipto, de modo muy especial; en otros países como Yemen o Jordania de modo más periférico) son auténticas revueltas callejeras, provocadas por la ira popular contra un Gobierno y/o un régimen que les ahoga sus perspectivas vitales, que les oprime sus economías familiares más allá de los límites de subsistencia. Normalmente, las motivaciones políticas se añaden con fines de alcanzar la generosidad y benevolencia de los medios internacionales, más proclives a entender y apoyar revueltas por la democracia que para poder comer todos los días.

Mientras el conjunto de la humanidad se encuentre en niveles muy diferentes de la Pirámide de Maslow, conviene maquillar un poco las motivaciones para que resulten más fácilmente comprensibles (y compartibles) por los otros. Cuando la mayoría de la población de los países del llamado Tercer Mundo (o incluso de algunos de los países emergentes) se debaten por completar su nivel de Fisiología (alimentación, descanso,...), la población del mundo llamado desarrollado tiene cubiertas sus necesidades básicas, y puede dedicarse a los niveles de Reconocimiento o de Autorrealización.
Ciudadano egipcio rezando ante los tanques
(Autor: John Moore; Fuente: RTVE)

El gran riesgo del poder de la calle es su carácter solamente destructivo. Cuando parece haberse conseguido el objetivo de destruir lo que se quería destruir (el autócrata de turno ha decidido huir del país, o ha aceptado cambiar su régimen) cunde el desconcierto. Porque, para la siguiente fase, hacen falta otros actores que no son el poder de la calle. Hacen falta los actores políticos, que se dediquen a construir una realidad diferente, un régimen nuevo, un Gobierno con otras inquietudes.

Hemos de partir de la base de que cualquier régimen dictatorial o autocrático se sostiene gracias a diversos factores. Por una parte, el soporte de una parte de la población (posiblemente los que se aprovechan de ese régimen), y por otra el apoyo interesado de algunos estamentos internacionales. A la hora de construir, todos los actores políticos (la oposición, si existe con formas definidas; las fuerzas políticas que soportaban al régimen derrocado, intentando evitar desaforados e injustos ajustes de cuentas; los organismos internacionales) deben acordar los nuevos criterios para reformar el Gobierno de un modo que sea sostenible. En esta fase abundan las dudas; la ira de la calle puede crecer de nuevo, al ver a ciertos integrantes del régimen destruido sentados en la mesa con otras fuerzas prohibidas hasta ese momento, y cunde el temor de que lo nuevo se parezca demasiado a lo antiguo para que sea del gusto de todos.

Apoyados y aupados por el poder de la calle pueden prosperar ciertas fuerzas o líderes que acaben siendo peores que los derrocados. Un buen ejemplo de este hecho perverso podría ser la Revolución Francesa. Destruir el Antiguo Régimen fue hecho, básicamente, por la calle. Pero los nuevos gobernantes introdujeron nuevos factores de distorsión, y el país tardó casi treinta años en encontrar un nuevo rumbo sostenible y sosegado. Francia tuvo que pasar por los Girondinos, por los Jacobinos, por el Terror, por el Imperio de Napoleón,... hasta empezar a encontrar una senda nueva y de futuro.
Piedras para combatir a los partidarios del régimen
(Autor: Manuel de Almeida; Fuente: RTVE)

Las revueltas inspiradas desde la calle pueden ser una catapulta para ciertos Salvadores de la Patria, que son la peor especie política de las que conocemos.

Por eso hay que ser muy cuidadosos en cómo se solidifican las conquistas de la calle en un nuevo régimen que represente un avance y un progreso para todos. Uno de los motivos por los que Mubarak, por ejemplo, ha sido un aliado y ha estado protegido por Occidente (incluyendo a Israel, hoy uno de sus principales defensores) lo podríamos delimitar en su papel de dique frente al extremismo islámico (Al-Qaeda y sus franquicias). Por eso hoy uno de los principales temores que asolan las cancillerías de los países desarrollados  tiene que ver con la posibilidad de que las revueltas callejeras acaben llevando a la creación de un nuevo estado islámico fanatizado, excluyente y destructor del hereje.

Los Hermanos Musulmanes, por ejemplo, proscritos y condenados al ostracismo, a la marginalidad e incluso a la clandestinidad por el régimen de Mubarak, ya se han sentado estos días en alguna de las mesas políticas que tienen por objetivo definir el marco de un nuevo régimen para Egipto.

Estos episodios vividos en las últimas semanas puede representar una oportunidad fantástica para el mundo en general, y para el mundo árabe muy en particular. Puede dar lugar a una transición política (y económica), que lleve a estos países a una cierta modernidad, que no se podía ni soñar con el régimen anterior. Pueden dar a luz a nuevos regímenes más igualitarios, más democráticos, donde sus ciudadanos consigan una mejor redistribución de la riqueza y de las rentas, y se puedan desarrollar en esos países unas nuevas clases medias, que son, a fin de cuentas, los grandes garantes de la estabilidad de un país.
Barricadas en las calles egipcias
(Fuente: Público)

Cuando en un país solamente existen unas exiguas clases altas, hipermillonarias por haber participado del expolio de las riquezas perpetrado por el régimen, y unas inmensas clases populares en el umbral de la miseria, no hay realmente nadie que esté preocupado por el progreso del país. A los ricos, si las cosas se ponen mal, siempre les queda el recurso de las huidas doradas a sus mansiones de París, de Londres, de Berlín o de Nueva York, y vivir opíparamente de los caudales exportados ilícitamente del país. Y a las clases  miserables, el país se la trae al pairo, pues nada tienen que perder.

Estos escenarios de transición son extremadamente delicados, ya que un paso equivocado puede llevar a empeorar las cosas todavía más, y a sustituir a unos opresores por otros, a unos ricos por otros (oligarcas y/o mafiosos), sin que ningún cambio o progreso llegue de verdad a las clases populares. Para ilustrar estos hechos, recomiendo la lectura del libro El Malestar en la Globalización, de Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel de Economía 2001)(¡gracias, Pilar!). En él se revisan los grandes errores cometidos por algunos gobernantes que siguieron ciegamente las consignas de ciertos organismos internacionales, especialmente el FMI (Fondo Monetario Internacional).

Entre los escenarios que se analizan en el libro, está el de la transición (política y económica) de los antiguos países del bloque soviético en la Europa de finales de los 80 y de los 90. Desde cierto punto de vista, podríamos comparar la situación de esos países ante el desmoronamiento del poder aglutinador del Kremlin con la que pueden afrontar en los próximos tiempos países como Túnez, Egipto o el resto de la zona. Entre los países del antiguo bloque soviético podríamos distinguir a algunos excelentes alumnos del FMI (como Rusia), con nefastos resultados para el país, y a otros alumnos mucho más díscolos (como Polonia) con resultados para el país, en el medio y largo plazo, mucho más positivos. En esos casos, el éxito depende, básicamente, de la rapidez (o lentitud) y la prioridad con las que las necesarias reformas se lleven adelante. Si se persigue un gran éxito en el corto plazo, habitualmente ello conlleva un fracaso para el país en el medio plazo. Los nuevos oligarcas y sus mafias sustituyen en el poder a los antiguos gobernantes, y para la gran mayoría de la población no hay ningún avance, sino más bien una caída sin red y con mucho sufrimiento.
Mohamed el Baradei, Premio Nobel y opositor a Mubarak
(Hans Punz/AP; Fuente: The Guardian)

En la que pueda ser la transición de algunos países árabes, la principal inquietud para Occidente es la constitución de nuevos estados islámicos que acaben siendo refugio de terroristas. Ahí deben desempeñar un papel muy importante las fuerzas políticas musulmanas moderadas. En la Europa de la segunda mitad del siglo XX, jugaron un papel muy importante las fuerzas políticas identificadas como Democracia Cristiana. Resulta muy estimulante pensar que unas fuerzas políticas a las que podríamos denominar como Democracia Musulmana puedan desarrollar un papel equivalente en los países árabes en este siglo XXI. Que puedan llevar adelante las reformas necesarias, que puedan contribuir a una mejor distribución de las rentas, y que puedan sacar a la mayoría de población de esos países de los umbrales de pobreza en que lleva instalada demasiado tiempo ya. Que sean capaces de desarrollar el armazón de nuevos estados democráticos, que velen principalmente por el bienestar de sus ciudadanos. Que aprendan a convivir incluso con lo que no les gusta (como el Estado de Israel).

Desde luego parece una posibilidad que conviene alimentar. Eso sí, no exenta de riesgos, que habrá que vigilar y limitar. El Poder de la Calle sirve para consumir y destruir los regímenes antiguos; pero para construir lo nuevo hacen falta otros mimbres que, con seguridad, existen en esos países. Que se construya utilizando los mimbres buenos debería ser la única obsesión de los países desarrollados y de los organismos internacionales. Los Estados dique deberían ser ya cosa del pasado, porque sólo alimentan gobernantes corruptos y poblaciones empobrecidas. Y la famosa frase de Kissinger sobre Noriega, sí, es un h... de p..., pero es nuestro h... de p... debería darse por zanjada en este nuevo siglo.

Creo que los aromas que percibimos nos deben llevar por esa senda de esperanza.

JMBA