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viernes, 31 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico




En una estancia tan larga como la mia en la Residencia, resulta inevitable una progresiva integración en el paisaje y el paisanaje del Centro. Y, al mismo tiempo, se desarrolla, no siempre voluntariamente, una cierta imagen, un cierto personaje, como manifestación pública de la interpretación colectiva de una persona.

Al principio, los que no conocían mi nombre, o no se acordaban, me identificaban como al hombre que siempre está leyendo en el jardín. Otros también me reconocían como el hombre que fuma algún cigarrito en el jardín y tiene cenicero propio. Bueno, eso, por supuesto, los que todavía tenían capacidad de distinguir mi presencia del paisaje.

En las últimas semanas de mi estancia, desarrollé, casi contra mi voluntad, otra faceta curiosa, un nuevo personaje, al que me permito llamar, exagerando sólo un poquito, como la de confesor laico. Os voy a contar algunas de las actuaciones en que tuvo un papel importante ese nuevo personaje.



Antes de iniciar uno de mis primeros paseos por la calle, ya con una sola muleta como ayuda técnica necesaria, estaba fumando un cigarrito en uno de los bancos del porche de acceso, cuando se me acercó una señora para pedirme fuego.

La señora, con gafas, la cabeza bastante clara y con plena capacidad de hablar, escuchar y razonar, tendría setenta y muchos años. Resultó que estaba ingresada en la Residencia junto a su hermano, mayor que ella, y de salud física y mental muy deteriorada. Me resultó curioso que no la hubiera visto nunca con anterioridad.

Se sentó a mi lado en el banco (su hermano vegetaba en su silla de ruedas al otro extremo del porche) para disfrutar de su cigarrillo. Creo que fue ella quien inició la conversación con una pregunta ciertamente delicada:

- ¿Qué le parece a usted que quieran desenterrar a Franco?.

La sabiduría popular recomienda, especialmente en la peluquería, esquivar algunos temas espinosos, como la política, la religión o incluso el fútbol. En la peluquería, alguien lleva tijeras o una navaja en la mano, y podría resultar incluso físicamente peligroso manifestar según qué tipo de opiniones. La Residencia, por decirlo en pocas palabras para que se entienda, debe considerarse Zona Nacional desde todos los puntos de vista. La mayoría de residentes, y sus familias, por cierto, deben ser seguramente votantes del PP, o incluso de VOX. Para ellos, Ciudadanos es un partido peligrosamente izquierdoso y Pedro Sánchez un okupa y un felón, por supuesto.

Miré a la señora a los ojos y tomé la valiente decisión de que lo mejor que yo podía hacer era dar mi opinión real, y ya veríamos lo que pasaba luego, aunque mi capacidad física para la huida rápida estuviera todavía muy limitada. Le comenté que no me parecía razonable que quien fue un dictador durante muchas décadas, y culpable de muchas muertes, desapariciones y depuraciones, después de terminada la guerra, tuviera una tumba de Estado y hasta un santuario para la peregrinación de sus seguidores.

Se me quedó mirando fijamente unos segundos, pero me pareció que no me tenía por loco ni por un rojo irredento, sino que apreciaba mi sinceridad.

Su siguiente pregunta también tenía miga:

- ¿Usted cree que Franco lo hizo todo mal?.

Yo ya había desarrollado una cierta confianza de no obtener reacciones violentas, por lo que le dije que no, que también había contribuido al desarrollo económico de España, pero que políticamente hizo cosas bastante reprobables para un demócrata, como tener en la clandestinidad, o en prisión, a quien no pensaba como él, por ejemplo. Que muchos en España se habían plegado a tácticas nutritivas y les había ido bien, económicamente. Pero que otros, fieles a sus principios, habían visto sus vidas truncadas, cuando no literalmente sí por las sucesivas depuraciones que les condenó a sobrevivir como pudieron en las orillas de la sociedad.

La señora me volvió a mirar e hizo su tercera pregunta:

- ¿Qué le parece el nuevo Presidente?.

Hacía solo un par de meses que Pedro Sánchez había accedido a La Moncloa tras la moción de censura. Recordé que al día siguiente de esa moción, el ambiente en la Residencia era de velatorio. Mantuve, sin embargo, mi primera decisión y le comenté que me parecía bien que hubiera echado a Rajoy del Gobierno, con toda su carga de política añeja, de corrupción y beneficios para los ricos y de recortes para los demás, y de su total inacción para resolver algunos de los graves problemas políticos que tiene el país. Y que convenía darle un voto de confianza, por el momento.

La señora ya me miraba francamente con simpatía. Su siguiente comentario no fue una pregunta, sino casi una afirmación:

- ¿Y cómo sabe usted tanto?.

Creo recordar que me ruboricé un poco, y no se me ocurrió otra cosa que decirle que yo era un hombre sabio, que tenía dos orejas y una boca para escuchar el doble de lo que hablara, y que estaba dispuesto siempre a aprender, y esto se consigue leyendo y sabiendo escuchar.

Sus siguientes comentarios fueron excesivamente halagadores como para repetirlos aquí. Pero establecimos una corriente cierta de simpatía. La conversación continuó durante algunos minutos más, pero ya no recuerdo los detalles.

Me la encontré de nuevo unos días después, en el mismo lugar (nunca la vi en otro sitio de la Residencia). Estaba esperando a que volviera un propio (otro ancianito que salía de paseo por la mañana y realizaba recados), a quien le había encargado que le trajera un paquete de cigarrillos del estanco. Antes de que llegara, me pidió, con toda la vergüenza del mundo, que le diera un cigarrillo para amenizar la espera.

Me comentó que desconfiaba de los católicos extremos, los de misa diaria que se santiguan continuamente, porque ella tenía unos primos, creo, de ese perfil, y que apenas se habían acercado nunca a la Residencia para visitarla a ella y a su hermano. Y una vez que fueron, le hicieron ascos a ayudarla con su hermano para que hiciera sus necesidades en el baño. Mucha misa, decía, pero muy poquita caridad.

Me comentó otro sucedido, que nunca pude corroborar, pero que no me extrañó demasiado. En la Residencia hay una capilla, y los sábados por la tarde, a las seis, se celebra una misa. Siempre se podía ver, a esa hora, a muchos ancianitos aparcados en sus sillas de ruedas o sentados en los sillones de la zona, atendiendo, dentro de sus posibilidades, a menudo mermadas, a la Santa Misa. La señora me comentó que acostumbraba a ir con su hermano (este en silla de ruedas). Que ella, de repente, se sintió mareada y salió unos minutos al jardín para tomar el aire. Y que luego el sacerdote le negó la comunión, porque, le dijo, se había ausentado de la misa, y por lo tanto no la merecía.

Nunca pude confirmar este hecho porque, aunque sí vi al cura algunas veces, jamás tuve ocasión de hablar con él. De hecho, no soy muy partidario y quizás él ya conocía mi aureola de descreído irredento y le saltaban todas sus alarmas ante mi proximidad. Lo cierto es que él tampoco jamás intentó establecer conversación alguna conmigo.



Muchas mañanas, en el jardín, había saludado simplemente a un caballero de pelo blanco, que andaba ayudado por un bastón y que siempre calzaba zapatillas de felpa. Era de los pocos que se veía por allí antes de las once y media de la mañana. De hecho, acostumbraba a verlo ya sentado frente a un televisor en el salón comunitario a las diez de la mañana, cuando yo solía bajar al jardín. Y luego se daba un paseo por el exterior, mirando las flores.

Un día, al pasar junto a mi mesa, le dije:

- Buenos días, ¿qué tal se encuentra usted hoy?.

Resulta que había escogido el peor día del año para ir más allá de un breve saludo cordial. Su respuesta me dejó helado:

- Pues hoy no muy bien, porque ha fallecido mi señora.

Aprovechó para sentarse un rato en mi mesa, para charlar un poco. El hombre, de más de noventa años pero con la cabeza bastante clara, me contó a continuación lo sucedido. Su señora estaba ingresada en la Residencia, compartiendo habitación con él. Pero su estado había empeorado, y se la habían llevado al Hospital unas semanas atrás. Me dijo que había ido a verla, con su hija, hacía tres o cuatro días y que ya ni le reconoció. Su señora finalmente había fallecido la víspera, y ese día estaba esperando a su hija, para que le acompañara al Tanatorio para la última despedida.

Tomó la costumbre, a partir de ese día, de sentarse un ratito en mi mesa, durante el paseo matinal por el jardín, y charlar un poco. Me contó que estaba temporalmente en la Residencia, porque vivía (en compañía de su señora) en su piso cerca de Atocha con su hija y su yerno. Pero su hija pasaba por una temporada de problemas médicos diversos y no podía atenderles convenientemente. Por eso habían ingresado los dos en la Residencia, y ahora su mujer se le había muerto. Confesó tener unas ganas locas de volver a su casa.

Asturiano de Cangas de Narcea, vino a Madrid con una mano delante y otra detrás, como tantos otros de todos los rincones del país, en esos duros tiempos de la posguerra. Consiguió una portería (previo pago de una fianza de mil pesetas) y luego pudieron comprarse un piso por Delicias. Más adelante consiguieron otro piso más grande, en el que viven en la actualidad, y que la familia hizo funcionar como hostal durante muchos años. Me comentó que, por aquellos tiempos, cualquier cosa había que venir a tratarla a Madrid y que siempre había mucha gente con necesidad de quedarse a dormir en la capital por poco dinero, por lo que el hostal les funcionó de maravilla durante mucho tiempo.

Ahora que ya no podían mantener el hostal en funcionamiento, ese piso les servía para vivir con cierta comodidad, junto a la familia de su hija.



Una señora rubia, de setenta y algunos, estaba temporalmente en la Residencia, tras diversos problemas de operaciones y demás en una de sus piernas. Al principio se movía en silla de ruedas, con la pierna escayolada en alto. Luego ya pasó al andador y hacia el final ya se movía, como yo, con la ayuda de una única muleta. Resultó tener ascendencia valenciana y, como me oyó un día hablando en catalán con algún amigo que había acudido a visitarme, siempre me saludaba en catalán (o valenciano):

- Bon profit.

- Bona nit.

Una noche, después de cenar, me paró junto al ascensor, y me dijo que estaba muy deprimida, porque tras una visita al traumatólogo, parece que la rotura no había consolidado correctamente (debido, según parece, a su creciente osteoporosis), y que tendría que quedarse en la Residencia alguna semana más de lo que pensaba. Y eso la tenía muy triste.

A la mañana siguiente se me sentó en la mesa del jardín donde yo estaba leyendo, y procedió a contarme la historia de su vida. Resultó ser soltera (no sé si también entera, aunque pudiera ser), eternamente enamorada de un novio que tuvo y que murió joven por culpa de la leucemia. De profesión matrona, estuvo un buen rato hablando prácticamente solo ella. Yo ya conocía su faceta de habladora y de abogada de todas las causas. En el comedor, siempre levantaba la voz quejándose (por ella o por alguna de sus compañeras de mesa) de lo mala que estaba la comida, o del poco caso que los cocineros o las auxiliares habían hecho de algún pedido especial.

En su charla repetía muy a menudo la palabra recta. Como que siempre había llevado su vida con rectitud ("siempre recta"), resistiendo y renunciando a las múltiples tentaciones a las que su profesión le había expuesto, especialmente por parte de los médicos, a los que demonizaba repetidamente. Me pareció entender que su concepto de rectitud se limitaba a los aspectos sexuales relacionados con la promiscuidad. Para mí, la repetición constante de la palabra recta me sugirió la posibilidad de que toda su vida se hubiera regido por algunos principios que le habrían inculcado sus padres, pero que ella nunca consiguió interiorizar y convertirlos en su propio criterio. Me pareció detectar un temor cierto de que, desde el más allá, sus padres pudieran juzgarla muy negativamente si se apartaba del camino de la rectitud.

Me decía que ella ayudaba muchísimo a todos sus amigos, familiares o pacientes, pero que era incapaz de ayudarse a sí misma, ahora que se sentía deprimida por su situación médica. Y me pidió mi opinión sobre cuál podía ser su problema y si habría una solución para ella. Creo que carraspeé, porque una pregunta de esta enjundia te invita a salir huyendo a toda velocidad con cualquier excusa (la mejor, sin duda, es aquella de "perdón, pero tengo un pollo en el horno"). Sin embargo, con la muleta tenía que descartar esa opción, por lo que abordé el tema lo mejor que supe:

- Bueno, supongo que el problema que tienes es que no te aceptas a ti misma tal y como eres, que quizá toda esa rectitud es un corsé que te ahoga. Me parece que lo que deberías conseguir es aceptarte y aun diría más, deberías quererte a ti misma. Porque uno mismo es la única persona que, con seguridad, nos acompañará durante toda nuestra vida. Y si no nos queremos, nos veremos obligados a vivir en compañía de un enemigo, de un indiferente como mínimo y, además, si somos incapaces de querernos a nosotros mismos, no llegaremos nunca a creernos que nadie pueda querernos de verdad por cómo somos. Además, probablemente nos resulte imposible querer a los demás, o a una persona concreta, y les acabaremos utilizando para completar nuestras necesidades, lo que nada tiene que ver con el amor.

Curiosamente, al vernos en animada conversación, se había sentado otra señora en nuestra mesa, tras pedir permiso. No hacía más que mover la cabeza en señal de asentimiento a mis palabras, y al final, comentó:

- Me anoto lo que dice, porque me parece muy inteligente.

La señora rubia me apretó un poco más las tuercas, preguntándome que cómo se hacía eso de quererse a uno mismo, que a ella no le salía.

Afortunadamente, en mi salvación, apareció otra mujer, amiga de la señora rubia, que había estado unos días en la Residencia con un collarín cervical y que venía a despedirse, pues ya volvía a su casa. Resultó ser una fotógrafa entusiasta (sospecho que entre muchas otras cosas), que incluso tiene una web dedicada al tema. Intercambiamos nuestras identidades en la Red, e incluso nos hemos enviado algunos correos electrónicos con posterioridad.



Con todas estas conversaciones, y algunas otras que sin duda habré olvidado, fui forjando una imagen de señor muy amable que sabe y aprecia conversar. Lo que me ha gustado definir como el personaje del confesor laico.

El caballero asturiano siempre se despedía diciendo algo así:

- Es usted muy amable por escucharme y darme un rato de conversación. Que tenga un buen día.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales

miércoles, 16 de enero de 2013

Conducir con un GPS

No resulta muy complicado llegar al centro de la ciudad de York. Como en (casi) cualquier otra ciudad inglesa (o de prácticamente cualquier otro país), el centro se reconoce con cierta facilidad, por la monumentalidad de los edificios, por la afluencia de peatones a zonas comerciales y de servicios, por la existencia de áreas restringidas al tráfico (peatonales), etc.
(Fuente: elcorteingles)

En esa ocasión conseguimos llegar sin muchos problemas al centro de York. Otra cuestión fue, tras una visita a pie, salir de York y encarar la vuelta en dirección sur, hacia Londres. Ese día, el copiloto (a mi izquierda) era mi padre. En algún momento debimos fallar en la elección de la salida correcta de alguna rotonda. La realidad es que las carreteras por las que íbamos circulando eran cada vez de más baja categoría. Veíamos que no estábamos en el buen camino, pero yendo en coche lo más fácil es seguir adelante y confiar en encontrar una señal salvadora.

En las intersecciones, a veces decidía yo y otras hacía lo que le parecía más conveniente a mi copiloto. Lo cierto es que la carretera se acabó convirtiendo en un camino agrario, sin asfaltar, cada vez más estrecho, hasta que terminó frente a unas granjas agrícolas, quiero suponer que en las afueras de York.

Ese día tardamos mucho tiempo en reconocer que no íbamos en la buena dirección, y confiamos en exceso en que todos los caminos llevan a Roma. Quizá hubiéramos podido dar la vuelta bastante antes de llegar a las granjas, y habríamos podido ahorrar mucho del tiempo que acabamos perdiendo. Cuando ya fue evidente que hacia adelante no había nada, empezamos a retroceder, hasta conseguir llegar a esa rotonda maligna donde habíamos errado nuestra elección. Cabe decir que, por supuesto, acabamos llegando a Londres, sólo que bastante más tarde de lo inicialmente previsto.

Todo esto sucedía en una época en que el problema no es que no lleváramos GPS en el coche de alquiler, sino que el GPS, simplemente, todavía no existía.

Desde hace ya unos cuantos años (todavía lo pagué a precio de oro), tengo un dispositivo GPS para el coche (un tomtom GO 910) que utilizo habitualmente cuando salgo de viaje, sea por España o por otros países vecinos. Y debo añadir que lo adoro.

En los últimos años, este tipo de dispositivos se han popularizado, lógicamente han bajado de precio, han mejorado sus prestaciones, especialmente el tamaño y visibilidad de la pantalla, y han dejado de ser culones (como todavía lo es mi GO 910), en una evolución parecida a los televisores. Sin embargo, curiosamente, ninguno ha superado la capacidad interna de almacenamiento de 20GB que tiene el GO 910, que permite guardar varios mapas detallados (de distintas regiones del mundo) o incluso fotografías o música MP3.

Muchos acusan al GPS de provocar en el conductor una merma de atención en su labor. De alguna forma, como nos lleva de la mano, nunca aprendemos a ir solitos. En cierta manera es cierto. Pero quiero dedicar hoy unas líneas a un panegírico decidido de los GPS y a una defensa a ultranza de su utilidad, siempre que no les cedamos a ellos la inteligencia del viaje, sino solamente su logística.

Algunos piensan que con los GPS ya podemos olvidarnos de los mapas en papel, y ese es un craso error. Los dispositivos GPS no están pensados para que podamos consultar el mapa en ellos, más que de forma muy parcial. Los mapas en papel nos ubican, nos permiten saber dónde estamos y lo que tenemos alrededor, y es sobre ellos que debemos decidir nuestro próximo movimiento. Sólo cuando esta decisión está tomada, podemos instruir al GPS para que nos lleve hasta allí de la manita.

Por lo tanto, al salir de viaje, junto con el GPS nunca debemos olvidar los mapas o guías con suficiente nivel de detalle (en general una escala 1:300.000 resulta adecuada). El conductor (o el grupo) define sobre el mapa la inteligencia del viaje, y confía a continuación al GPS su logística.

Una norma de buen uso es que dentro del coche, sólo haya uno que decida el camino a seguir (cuando el destino está claro y definido). Puede ser el conductor, o un copiloto, o alguien del grupo que conoce el camino, o el GPS al que hayamos instruido (programado) convenientemente. Si se mezclan instrucciones de fuentes diversas, lo más probable es que la aleatoriedad de los errores cometidos haga que el camino equivocado sea cada vez más difícil de enmendar.

Por otra parte, es bueno reconocer que el GPS es el copiloto mejor informado (tiene permanentemente en su cabeza toda la información cartográfica disponible) y nunca le entra sueño. Además, no se cabrea si no seguimos sus instrucciones sino que, al contrario, busca rápidamente una alternativa para enmendar nuestro (presunto) error. Es un copiloto infinitamente paciente (imposible de encontrar un equivalente en la raza humana).

A veces visualizo la función del GPS como si dispusiéramos una goma elástica con uno de sus extremos fijado en el destino elegido, y el otro siguiendo nuestro recorrido. Sin importarle nuestros caprichosos devaneos o desvíos, imperturbable, intenta siempre acercarnos al destino programado.

Recuerdo una vez que, estando en París con un coche de alquiler, tenía un par de horas libres antes de acudir al aeropuerto de Orly a tomar un avión de vuelta a Madrid. Como he estado ya bastantes veces, por el centro de París me manejo con cierta soltura. Le definí al GPS como destino el Aeropuerto de Orly, y me moví a continuación a mis anchas por la ciudad. Para que no se me echara el tiempo encima, controlaba la duración del trayecto hasta el aeropuerto que iba recalculando el dispositivo desde mi posición en cada momento. Realmente (casi) me sorprendió que el pirulo mantuviera sus instrucciones insistentes sin que se le notara ningún tipo de enojo en la voz. Cuando yo insistía en bordear la orilla derecha del Sena y el GPS me indicaba todos los posibles caminos para encarar hacia el sur en dirección al aeropuerto. Durante todo el paseo no le hice ningún caso a sus instrucciones de circulación (más que al control de tiempos). Cuando estimé oportuno que ya era hora de enfocar hacia Orly, pasé al modo obediencia y acabamos coche, GPS y yo en el aeropuerto de Orly, con tiempo sobrado de devolver el coche de alquiler y embarcar en mi avión.
Mi GPS (tomtom GO 910) todavía es de los culones.
(Fuente: poshelectronics)

Esta característica de la paciencia es muy importante y es lo que lo convierte en un copiloto ideal. Eso sí, jamás te da conversación sobre ninguno de los temas básicos (política, fútbol, religión, sexo). Lo que, por cierto, a menudo se agradece.

Si utilizamos correctamente todas sus funcionalidades, al poco tiempo de utilizar un dispositivo en concreto, ese ya se ha convertido en nuestro GPS, diferente de cualquier otro que pudiéramos comprar. Todos traen programados de fábrica un cierto número de PDIs (Puntos De Interés), que pueden ser gasolineras, restaurantes, hoteles, etc. etc. Pero una utilización sensata hará que almacenemos en nuestro GPS nuestros propios puntos de interés: nuestro domicilio, o el de familiares y amigos; esas tiendas, restaurantes u hoteles que hemos visitado alguna vez en otras ciudades y a los que algún día quizá queramos volver; esos parajes pintorescos que tocaron nuestra alma y que quizá queramos revisitar o enseñar a alguna otra persona.

A veces querremos ir a nuestro aire, descubriendo mundo, y así lo haremos. Pero en otras ocasiones querremos visitar de nuevo esa bodega de la Rioja Alavesa de caldos tan singulares, o esa tienda de cerca de Burdeos con un surtido inacabable de vinos y foie gras de la región, o esa fuente de agua cristalina que descubrimos bajando una vez por cierto puerto. Si hemos tomado la precaución de almacenar los lugares singulares que hemos visitado, nuestro GPS dispondrá de la información necesaria sobre nuestros PDIs, y nos llevará de la manita cuando tengamos el antojo.

Existe una función muy útil, que es la creación de un PDI con nuestra posición actual. Si tras deleitarnos con esa inigualable puesta de Sol desde un recodo de la carretera, dedicamos quince segundos a contárselo a nuestro GPS, este nos ayudará la próxima vez a llegar allí sin dudarlo. Si hemos tenido que preguntar veinte veces hasta conseguir llegar a esa casa rural perdida en el monte, quince segundos de nuestro tiempo se antoja un discreto peaje para poder volver directamente y sin titubeos las veces que queramos.

Al definir un destino, para calcular la ruta el GPS nos ofrece la posibilidad de escoger entre varias modalidades de ruta (que varía entre dispositivos). Pero, habitualmente, hay dos casi siempre: la ruta más rápida y la ruta más corta. Yo aconsejo escoger siempre la ruta más rápida, y os voy a contar por qué.

Una vez, cruzando a Francia por Viella, por algún motivo que no recuerdo le había definido al GPS un destino en el sur de Francia, con indicación de ruta más corta. A sólo un kilómetro de haber cruzado la (inexistente) frontera, el GPS me indicó desviarme a la derecha, por una carreterita muy estrecha y empinada, que no me encajaba con lo que había visto previamente en el mapa. Pero seguí sus indicaciones, debo decir que con más curiosidad que confianza.

La carreterita (era prácticamente imposible cruzarse con otro coche que viniera de frente) me llevó a un pueblecito perdido (donde no se veía alma viviente alguna), y más allá. La carretera dejó de estar asfaltada y se convirtió en una pista forestal de tierra, con algunos tramos extremadamente bacheados. Pero el GPS me seguía indicando que de frente estaba mi destino, y que debía girar a la derecha pasados 6,7 kilómetros. Confié en el pirulo, y seguí adelante (a velocidad de tortuga, intentando esquivar los baches y las piedras). Pasé por una valla (que estaba abierta) pero que tenía indicaciones de que se mantenía cerrada desde Septiembre a Marzo, toda la temporada invernal. Al final, mi camino desembocó en una carretera asfaltada y acabé llegando a mi destino sin novedad. Para ahorrarse a lo mejor un par de kilómetros (que era la vuelta que daba la carretera principal para esquivar la colina), el GPS siguió mis indicaciones de ruta más corta y me llevó por la montaña.

Si el destino elegido está relativamente alejado, la opción de ruta más rápida a menudo no nos llevará por el camino que hemos visualizado en el mapa. Si hay una autopista, por ejemplo, el GPS nos llevará a ella lo más rápido que se pueda. Si lo que queremos es realizar el recorrido por carreteras más secundarias, remansarnos en los paisajes, entonces debemos recurrir a la definición de un itinerario. Un itinerario consta de un destino final y un cierto número de destinos parciales, definidos como puntos intermedios. Es muy importante esta definición, porque si no lo hacemos, cada destino parcial se convierte en final, y nos encontraremos en la Plaza Mayor del pueblo o ciudad que hemos elegido como punto de paso en el mapa, y posiblemente no sea eso lo que queremos, sino solamente indicarle al GPS el aire de la ruta que queremos recorrer.

La forma de indicar un destino al GPS admite algunas variantes: puede ser un vago centro ciudad, una dirección postal (en el Reino Unido, además, puede utilizarse el muy preciso sistema de Postcodes), un cruce de calles o carreteras, o directamente las coordenadas geográficas del lugar a donde queremos ir (latitud y longitud). La publicidad de cualquier servicio que no esté ubicado dentro de un casco urbano, y perfectamente identificable por una dirección postal, debería incluir ya estas coordenadas. Lo que, desgraciadamente, todavía no sucede en la mayoría de los casos.

Otra función muy útil (y que, curiosamente, no existe de serie en los tomtom, pero sí en GPS de otras marcas) es la creación de un fichero cartográfico que contenga las indicaciones necesarias para poder reconstruir el itinerario que efectivamente hemos recorrido tras unas horas, o unos días, de viaje. Ese fichero puede ser de formatos diversos, aunque el KML resulta cómodo porque es directamente explotable en Google Earth.

Para mi tomtom GO 910 buceé en Internet para saber si había alguna posibilidad de añadirle esa funcionalidad. Localicé una aplicación llamada Tripmaster, desarrollada por un friki francés, que era posible instalarla en mi dispositivo (pero ya no en otros tomtom más modernos). Tras una configuración bastante simple, es posible lanzarla por detrás de la interfase habitual de navegación. La aplicación va guardando registros cartográficos en un fichero de tipo KML. Graba un registro cada cierto tiempo, al recorrer cierta distancia, cada vez que hacemos un giro de más de 30º (por ejemplo), etc. etc. Mientras no paremos la aplicación (momento en el que cierra el fichero), vuelve a activarse cada vez que ponemos en marcha el tomtom, y sigue añadiendo registros al mismo fichero. Para el viaje a la Galicia Interior que realicé el pasado mes de agosto (y del que todavía me quedan un par de capítulos que contaros), así lo hice. Con lo cual dispongo de un fichero KML de algo más de 2MB de tamaño, con todas las informaciones necesarias sobre el recorrido que efectivamente realicé y que puedo visualizar sobre el mapa de la zona en Google Earth, con el nivel de detalle que desee.
Es muy importante ubicarlo en un lugar que no dificulte
para nada la visibilidad.
(Fuente: catalunyapress)

En resumen, amigos, adoro mi GPS, por lo extremadamente útil que me resulta. Eso sí, no puedo olvidar cargar en la bolsa de mano los mapas de todas las zonas por las que vaya a circular. No puedo prescindir del copiloto (humano) si quiero que me den conversación. Y no debo olvidar la base para fijarlo al parabrisas y el cargador desde el mechero del coche. De vez en cuando debo conectarlo en casa al PC para descargar las actualizaciones del mapa y las indicaciones de posición de los satélites GPS. Y cada tres meses (más o menos) debo instalar la nueva versión del mapa (tengo una suscripción en vigor por la que pago algunos euros), un fichero de más de 2GB de tamaño, que cubre toda Europa Occidental.

Ah, y conviene añadir al equipaje un clip o una aguja finita. Porque, alguna vez, es posible que el pirulo se bloquee (lo que sería la clásica pantalla azul). Para esos casos, hay que introducir el clip (desplegado) o la aguja por el agujerito de Reset y el dipositivo se reinicializa y se recupera. En esa operación habremos perdido todo lo que no estuviera convenientemente grabado en el disco o memoria internos. 

Curiosamente eso me sucedió una vez estando de viaje por Irlanda. Pero pensé que el aparato había muerto (no atiné con la posibilidad del Reset) e incluso compré otro de gama baja para salir del paso, sólo con los mapas del Reino Unido (un Garmin, creo recordar). Me rindió un excelente servicio los días que me quedaban de viaje. Pero lo más alucinante del caso es que, con los movimientos de recogida de equipaje del último día de viaje (debía acudir ya al aeropuerto de Dublín para la vuelta a casa), desde el hotel en Belfast al parking que estaba a dos manzanas, ese GPS Garmin desapareció de la vista hacia destino ignorado, y nunca llegó a mi casa. En su lugar, la agujita para el reset, ya en casa, recuperó al tom tom para la vida útil.

Y, para finalizar, hay un par de funcionalidades de los navegadores GPS que no están directamente relacionados con su función principal. Su pantalla nos indica permanentemente los kilómetros que nos quedan hasta llegar al destino fijado, y la hora estimada de llegada (suponiendo que no paremos por el camino). Esto nos da una buena dosis de tranquilidad y de tener la situación bajo control. Además, por supuesto, de vigilar la velocidad que llevemos en cada momento y compararla con la legal establecida para la via, avisándonos si la sobrepasamos de modo sostenido. Aparte de aportarnos seguridad, nos protege del afán recaudatorio de todas las administraciones.

Como conclusión, creo firmemente que, respetando un pequeño conjunto de buenas prácticas, la conducción con ayuda de un dispositivo GPS no tiene más que ventajas.

JMBA