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viernes, 19 de diciembre de 2014

El Pequeño Nicolás

Iban Lazarillo y el ciego a repartirse un racimo de uvas, y acordaron que, alternativamente, cada uno cogería una uva del racimo. Viendo Lazarillo que el ciego empezaba a comerlas de dos en dos, las empezó a coger de tres en tres. Terminado el racimo, el ciego afirmó que Lazarillo le había engañado, y que se acabó comiendo las uvas de tres en tres.
Fran, junto a José María Aznar, en un acto público.
(Fuente: elpais)

Lazarillo, sorprendido, le preguntó que cómo lo había sabido, sin poderlo ver. Le respondió el ciego: porque yo las comía de dos en dos, y tú no te quejaste.

Este es el paradigma de lo que se conoce como picaresca española, de la que el pequeño Nicolás es una declinación contemporánea.

Todas las empresas que, de una u otra forma, tienen parte de su actividad ligada a los contratos públicos, saben que en los aledaños del poder abundan los conseguidores (muchas veces, sólo presuntos), que afirman tener mano para torcer voluntades. La empresa puede aceptar pagar una factura (legal, por supuesto) por labores de Consultoría Comercial, quizá condicionada al resultado de las (presuntas) gestiones. Esa factura se contabilizará, legalmente por supuesto, en la cuenta de Coste de Ventas. La misma, por cierto, en la que contabilizarán el incentivo o comisión que paguen a su propio vendedor, si la operación tiene éxito y termina en contrato.

Todo formalmente legal. Lo que los conseguidores hagan con ese dinero fácil puede despertar toda clase de sospechas, pero no se puede probar. En organizaciones muy grandes, puede haber conseguidores con proximidad a los diversos niveles del cliente que intervienen en la valoración y decisión final de qué empresa es la ganadora en esa licitación. Todo legal, por supuesto, pero con fuerte olor a alcantarilla.

En este caldo de cultivo, el pequeño Nicolás no es más que un personaje de sainete, inevitablemente esperpéntico. Procedente de una familia de clase media trabajadora, sus aficiones (o delirios) se desarrollaron y cultivaron en el entorno de la FAES (el think tank de la derecha española), y se alimentaron con ciertas relaciones que parecen probadas, con algún concejal del Ayuntamiento de Madrid, con el Secretario de Estado de Comercio o el presidente de los empresarios madrileños.

Sospecho que, en muchos casos, Fran (como él mismo dice que siempre le han llamado) asumió el papel del hijo o el sobrino espabilado, que despierta las simpatías y a quien le dan alas. Sólo que, a sus escasos veinte años, ya presenta un historial ciertamente extenso. Grandes ambiciones, elucubraciones excéntricas y, por encima de todo, su constatación de que el sistema tiene una corrupción endémica, donde a menudo es mucho más importante dejar claro a quién se conoce o de quién se tiene plena confianza (siempre presuntamente), que lo que realmente se sabe o se es capaz de hacer; todo esto le ha llevado este viernes a los Juzgados de Plaza de Castilla de Madrid.

El personaje, un esperpento digno de Valle-Inclán, debería avergonzarnos como sociedad. Que alguien así tenga un elevado crédito, incluso a ojos de personas que encarnan responsabilidades públicas de cierto nivel, debe hacernos reflexionar.

Poco a poco se van conociendo los detalles más sórdidos de toda esta historia. Como su centro de trabajo en una copistería, donde componía un corta-pega de logotipos, firmas y textos, para generar documentos con ciertos visos de realidad, con los que convencer a terceros de su alta capacidad de influencia en los más altos niveles de la administración del Estado. Ha pasado por agente del CNI, por alguien muy próximo a la Casa Real o a la Vicepresidencia del Gobierno, o por un conseguidor con influencia en ciertas decisiones administrativas, que podrían favorecer o perjudicar a empresarios de diversa laya.

Y debemos tener en cuenta que de una mentira total jamás se puede edificar una simulación de este calibre. Algo tiene que haber en la trastienda para que, convenientemente aumentado y exagerado, genere la sensación en terceros de su capacidad para torcer voluntades.

La pregunta eterna, todavía no clarificada, sería la que le hacían en el cuplé a la chica del 17: de dónde saca, pá tanto como destaca. En otras palabras, el trasfondo económico de todo el asunto, de dónde, por qué y a cambio de qué, salen el dinero y los recursos necesarios para mantener la ficción del pequeño Nicolás. Porque utilizaba como cuartel general un chalet en El Viso, al que él equipó con más de treinta cámaras de vigilancia, propiedad de un príncipe sin trono de la Europa del Este, y cuyo alquiler de más de cinco mil euros mensuales le pagaba una empresa constructora. Tanta cámara seguro que tiene registrados episodios inconfesables o, como mínimo, altamente sospechosos. La siesta de Arturo Fernández en el sofá es, seguramente, el más inocente de todos.

Que Fran no haya sido denunciado mucho antes ilustra la necesidad enfermiza que tiene este sistema esclerótico de aceitadores, de personajes que engrasen los engranajes oxidados, para forzar a la maquinaria cansada a seguir girando. Así, el pequeño Nicolás parece haber intermediado para algún empresario atascado en sus relaciones con la Administración, o incluso se propuso como la solución para otro empresario en apuros económicos, a quien convenció de que podía conseguir vender una finca toledana a inversores extranjeros.

Todo ello trufado con montones de documentos falsos a medias, empezando con sus hasta cuatro Documentos Nacionales de Identidad, todos ellos auténticos, pero con direcciones diversas e incluso uno con la foto de otra persona. Y siguiendo con las composiciones de ficción que elaboraba parte en la casa de su abuela y parte en su copistería de cabecera. La casa de su abuela, en Chamberí, que le resultaba mucho más conveniente que su domicilio familiar en el popular barrio de Prosperidad.

Este chaval se paseaba por las calles de Madrid (bueno, incluso consta su famoso viaje a Ribadeo) en coches de alta gama, incluso con girofaros azules, que son patrimonio exclusivo de las Fuerzas de Seguridad, o tenía reuniones de trabajo en restaurantes de lujo. Que yo sepa, no hay denuncias de que haya dejado sin pagar alguna de esas cuentas. De nuevo, de dónde saca pá tanto como destaca.

Se han publicado diversas tarjetas profesionales de visita que en alguna ocasión habrá esgrimido el pequeño Nicolás. Le ubicarían en diversas posiciones dentro de una empresa constructora o un bufete de abogados, o incluso como miembro del CNI, como si los espías fueran con su tarjeta de visita por delante. Nadie nos impide, ni es ilegal, utilizar los recursos tecnológicos disponibles para elaborar unas preciosas tarjetas de visita que nos califiquen, por ejemplo, como Príncipe Aspirante al Trono de Printonia. El problema legal aparece cuando esas tarjetas se utilizan con animus simulandi, con propósito de simular o engañar.

Lo que debemos tener claro es que una fingida verdad nunca puede crecer de la mentira absoluta. Se requiere siempre alguna dosis de realidad para que, convenientemente exagerada o amplificada, pueda generar la ficción de una posición o una capacidad inexistentes. En otras palabras, y recurriendo al refranero popular, cuando el río suena, agua lleva.

Hay que clarificar el papel que han jugado los diversos actores secundarios de esta opereta. En particular, de los cargos públicos que podrían, en algún momento y en alguna medida, haber avalado al pequeño Nicolás.

Esta mañana, en los Juzgados, el pequeño Nicolás se ha negado a declarar, amparado en la falta de alguna documentación en manos de su defensa. Pero debe afrontar cargos de falsedad documental, usurpación de identidad o estafa. Veremos qué nuevas sorpresas nos va a deparar el recorrido judicial de este caso. No descarto que haya bastantes. Algunas, incluso, muy desagradables para algunos. Todavía no sabemos cuántos habrán pagado algún dinero al pequeño Nicolás por favores inexistentes. La mayoría estarán consumidos en alguna esquina por su propia vergüenza de haber sucumbido a las ficciones de este personaje, inhibidos de su derecho a denunciar o declarar por el rubor que les produce su propia inocencia o ingenuidad.

Fran es el síntoma, pero no el virus. Es la comprobación manifiesta de una sociedad bastante enferma, que está dispuesta a creer hasta las ficciones más chuscas. Creo que todos hemos conocido alguna vez a uno de estos personajes fabuladores, que empeñan su vida en exagerar en la ficción una realidad más bien mediocre. Da la sensación de que cualquiera podría creer a un perfecto desconocido, tomando una cerveza en un bar, que nos diga: tengo un amigo que te podría ayudar. Como mínimo, le invitaríamos a la segunda cerveza.

Esta es una sociedad macilenta, que ha sido incapaz de desterrar el hecho preocupante de que sea más importante tener (ciertos) amigos que ser un gran profesional, que hacer bien las cosas o que ser legal hasta la saciedad. Desgraciadamente, en España, en las empresas, organizaciones o partidos políticos, acaba primando más y retribuyendo mejor a los serviles que alaban, rodean, protegen y refuerzan el ego del líder, que a los grandes profesionales que, a menudo, son mensajeros que anticipan malas noticias que acaban siendo una dramática realidad.

De esta forma, nunca dejaremos de estar instalados en la mediocridad.

JMBA

martes, 6 de noviembre de 2012

La Noche les Confunde

Un personajillo del colorín nacional, ese cubano llamado Dinio, que desembarcó en España como amante de una folklórica y que evolucionó hasta convertirse en actor de cine porno, acuñó, seguramente sin saberlo, una de las frases con mayor contenido intelectual de los últimos tiempos: la noche me confunde.
La macrofiesta de Halloween, en el Madrid Arena.
(Fuente: estrelladigital)

Dinio lo decía en el mismo sentido que la frase tradicional y popular de en la oscuridad, todos los gatos son pardos. Lo decía para justificar que sus designios y certezas durante el día se volatilizaban durante la noche. Que de día se prometía ser fiel a la folklórica, y de noche se olvidaba.

El pasado jueves, festividad de Todos los Santos, desayunábamos con la noticia y las imágenes de que varias chicas (en un principio tres, pero una de las heridas graves falleció al día siguiente) habían muerto en la avalancha producida por motivos en principio desconocidos, en una macrofiesta de Halloween que se celebraba en el espacio municipal llamado Madrid Arena.

El solo hecho de que algunas jóvenes, en la flor de sus vidas, paguen con su muerte una cierta idea de la diversión nocturna ya resulta estremecedora. En un principio, se hablaba de accidente mortal. Pero todavía nos quedaba asistir a la parte más macabra y truculenta de esta historia, protagonizada por todos los que, de una u otra forma, se benefician de este concepto multitudinario y gregario de la diversión nocturna.

Madrid Arena es un pabellón multiusos, propiedad del Ayuntamiento de Madrid, situado en plena Casa de Campo. Se puede utilizar para toda clase de eventos masivos, sean espectáculos deportivos, congresos de diversa índole, presentaciones multitudinarias, mítines políticos, macrofiestas, o muchas otras variantes. Claro que nos hemos enterado, a posteriori como es habitual, de que carece de licencia de funcionamiento. Que parece que no resulta obligatoria al ser de titularidad municipal (¿cóóómo?). Hemos sabido que, siendo alcalde Ruiz Gallardón, se inició la tramitación de una licencia de funcionamiento, con la idea de privatizar el pabellón (venderlo a alguna empresa privada). Las dificultades para la obtención de dicha licencia parece que llevaron al traste esta iniciativa, y se abandonó el proyecto.

En este país de asalariados y funcionarios (bueno, y en estos tiempos, también de parados) ser empresario no es precisamente una buena fórmula para conseguir la popularidad. Pero ser empresario de la noche tiene una gama de contenidos oscuros (supuestos, sugeridos, imaginados, susurrados,...) que raya en la peste social.

Para organizar una macrofiesta con motivo de Halloween (esa fiesta anglosajona en torno a la imaginería funeraria y los zombies, importada aquí con gran éxito popular) el Ayuntamiento de Madrid alquiló el pabellón Madrid Arena a un empresario de la noche (la empresa Divertt, S.L.). Su cabeza visible es Miguel Ángel Flores, al que alguna prensa llama sin rubor magnate de la noche madrileña.

A mí nunca me han gustado las aglomeraciones. No es que me produzcan ansiedad, pero me generan una sensación de incomodidad, tanto física como intelectual. Me parece inverosímil el hecho de compartir la misma diversión con decenas de miles de (im)perfectos desconocidos (mi sentido gregario es extremadamente limitado); me produce desazón no tener claro el placer (o el daño) que acabaré obteniendo de esa copa de dudoso origen; y los miles (o millones) de vatios de sonido provocan que mi diafragma entre en resonancia, y siga vibrando enloquecido incluso muchos minutos después de abandonar el recinto. Es por ello que, ni incluso cuando era mucho más joven de lo que soy hoy, nunca he frecuentado espectáculos masivos.

Pero parece que buena parte de la juventud actual sí obtiene placer de estas aglomeraciones, porque las macrofiestas (con decenas de miles de asistentes) se reproducen por doquier. Los botellones callejeros masivos ya forman parte del paisaje urbano en muchas ciudades, y cada vez que se acerca alguna celebración señalada se organizan macrofiestas en espacios públicos de diverso pelaje.

Conocidos los luctuosos hechos de la madrugada del jueves pasado, un portavoz del Ayuntamiento de Madrid se apresuró a proclamar a los cuatro vientos que, oficialmente, la macrofiesta de Halloween en el Madrid Arena tenía todos los papeles en regla. De acuerdo a ello, pues, la muerte de las cuatro chicas fue provocada por un fatal accidente.

Sin embargo, hemos ido conociendo diversos detalles que desmienten esta voluntariosa intervención de Miguel Ángel Villanueva, vicealcalde de Madrid. Quien, por cierto y presuntamente, tendría algo más que complicidad y compañerismo con el empresario de la noche M.A. Flores.

La primera polémica se presentó respecto al número de asistentes. En la configuración de macrofiesta, parece que el aforo de Madrid Arena no debería superar las 10.600 personas. La empresa comunicó que había vendido oficialmente a través de su web la cantidad de 9.650 entradas. Pero la celebración de la macrofiesta no se comunicó a la SGAE, por lo que esta no podrá verificar este extremo. Muchos de los asistentes han declarado a la Policía que la sensación era de que allí dentro hubiera mucha más gente. Se han recogido testimonios de jóvenes a quienes no se les devolvió la entrada tras acceder al recinto (habitualmente se inutiliza la entrada de alguna forma -para que no se pueda utilizar varias veces-) lo que sugiere que pudiera haber un canal secundario de venta adicional de entradas (que algunas entradas se vendieran varias veces). Además, se habla de un número de hasta 9.000 entradas más que se habrían vendido (a comisión de tres euros por entrada) por diversos relaciones públicas expertos en la noche madrileña y relacionados con la empresa organizadora.

Todo apunta a que el número real de asistentes podría estar cercano a las 20.000 personas. Lo que constituiría no solamente un atentado a la seguridad sino también un fraude fiscal y una estafa económica.

Por su parte, la beatera e ínclita alcaldesa de Madrid, Ana Botella, contribuyó a la ceremonia de la confusión con declaraciones repletas de esa ingenuidad letal a la que tan acostumbrados nos tiene. Prometió que el Madrid Arena nunca más se volverá a alquilar para eventos de este tipo mientras sea de titularidad municipal (¿por qué, si todo estaba en regla y lo sucedido no es más que un fatal accidente?¿es que piensa en venderlo mañana?). Manifestó su sorpresa (¡¡¡???) de que en una fiesta nocturna con decenas de miles de jóvenes circule el alcohol con libertad y otras drogas con bastante fluidez. Y, para colmo, se vistió de luto riguroso en su siguiente aparición pública para dar el pésame a las familias de las fallecidas.
Aglomeraciones en los pasillos y vomitorios.
(Fuente: que)

La noche no es un entorno que a los adultos nos parezca aconsejable para nuestr@s hij@s o para los jóvenes en general, pero no nos queda más remedio que transigir, ante el empuje de la juventud y lo atractivo de la oferta que los empresarios de la noche ofrecen regularmente. Nuestra obligación es definir unas reglas del juego y obligar a que se cumplan, para conseguir que sea lo más difícil posible que se produzcan esos fatales accidentes, y tratar de inculcar en los jóvenes que tengamos cerca la necesaria responsabilidad para intentar evitar que la noche les atropelle. Pero nunca hemos conocido la respuesta a esta ingenua pregunta: si todos mis amig@s van a ir, ¿por qué yo no?.

Personalmente mantengo una relación muy amigable con el alcohol. Me gusta tomar un poco de buen vino con las comidas, y una copita agradable antes o después de la cena. Accidentalmente, en alguna ocasión, empujado por las circunstancias, puede sobrevenir la borrachera (alguna he tenido que vivir en mi pasado). Pero no consigo entender que la borrachera pueda ser el objetivo de la noche.

La macrofiesta de Halloween en el Madrid Arena exigía ser mayor de edad (más de 18 años) para poder acceder al recinto. Pero esto parece que no se cumplió tampoco; de hecho, una de las chicas fallecidas tenía sólo 17 años. Si se colaron cuatro o cuatro mil menores será el sumario que se está instruyendo en la actualidad el que deba dilucidarlo. Los obligatorios controles de entrada parece ser que nunca existieron realmente, o que se desmantelaron con prontitud. La organización de la fiesta, pues, se manifestó incapaz de garantizar que sólo pudieran acceder al recinto los poseedores de una entrada legal (y oficial); de que no pudieran acceder menores de edad; de que nadie pudiera acceder portando objetos potencialmente peligrosos (desde navajas a bengalas, como la que parece que fue la causa inmediata de la mortal avalancha). Los organizadores renunciaron a las obligaciones que les impone la sociedad, y sucumbieron al beneficio económico de cuanta más gente mejor, cuantos más asistentes más copas se sirven y más caja se obtiene. Y, más allá de los resultados oficiales, en dinero negro.

El Ayuntamiento de Madrid, como garante de que se cumpla la ley, también ha fallado. Ciertas connivencias parecen indicar la existencia de corruptelas diversas o intereses bastardos, incompatibles con su alta misión.

Y ya el colmo es que algunas manifestaciones públicas de las autoridades, como las del Fiscal General del Estado, Torres Dulce, parecen sugerir que los culpables de esta catástrofe son los propios jóvenes o los padres consentidores. De ninguna forma podemos dejar pasar eso. Los jóvenes tienen derecho a divertirse de la forma que les parezca más conveniente, y tienen derecho a exigir a la sociedad que les proporcionen las razonables condiciones de seguridad para hacerlo. Y los padres son los sufridores en casa. Muchos pasaron horas de agonía esa madrugada, hasta que consiguieron contactar con sus hij@s.

Todas las reglas deben ser las correctas, y hay que cumplirlas todas. Los culpables de estas muertes son todos los que se saltaron las reglas más elementales, los corruptos, los codiciosos. Cuatro chicas murieron en Madrid este jueves víctimas de la desidia de las autoridades (cuando no de su corrupción) y de la codicia de los organizadores, que no repararon en admitir a muchos más asistentes de los que legal (y físicamente) cabían en el Madrid Arena, aunque fueran menores de edad.

En resumen, los fatales hechos que provocaron la muerte por asfixia de cuatro chicas jóvenes, han iluminado el escenario de la noche madrileña de todos los días (especialmente de todos los fines de semana): beneficio económico por encima de cualquier otra consideración; fraude fiscal masivo; corrupción de los poderes públicos, que abdican de sus responsabilidades y obligaciones; total desprecio por la protección a los menores; tráfico incontrolado de todo tipo de sustancias estupefacientes, con total opacidad tanto económica como sanitaria.

Los buitres de la noche campan a sus anchas, ante la mirada acuosa y extraviada de unos poderes públicos incapaces de entender el mundo que les rodea y que, incapaces de domarlo o cambiarlo, sucumben al canto de sirenas del beneficio económico inmediato. En esas manos estamos y a esas manos confiamos a nuestr@s hij@s un fin de semana tras otro.

No debemos olvidar que lo mismo sucede cualquier otra noche. Sólo que, si no ocurre algo dramático, ni nos enteramos ni le damos importancia.

Parecen pensar que nunca pasa nada. La noche les confunde. Pero cuatro chicas muertas en la madrugada de Todos los Santos demuestran que eso es, simplemente, mentira.

JMBA

jueves, 12 de abril de 2012

La Caducidad de los Billetes

Mis recuerdos de infancia y juventud están muy ligados a los billetes de 100 pesetas. Conocí tres modelos: el primero era el de Julio Romero de Torres, que entró en circulación en 1955 (hasta 1978); el segundo el de Gustavo Adolfo Bécquer (1970-1978); Y el último que se emitió fue el que tenía en el anverso a Manuel de Falla (1974). Posteriormente ya sólo existieron monedas para el valor de 100 pesetas (recordemos, equivalente a 60 céntimos de euro).

Ya en 1966 se acuñaron monedas de 100 pesetas (de plata, con la imagen de Franco en el anverso), pero su circulación fue muy escasa. En 1975 se acuñaron nuevas monedas de 100 pesetas (de níquel, ya con la efigie del Rey, pero todavía con el escudo preconstitucional en el reverso). En 1980 se acuñaron las conmemorativas del Mundial de España 82. Y a partir de 1982 ya se acuñaron las del nuevo modelo (fabricadas con una aleación de bronce, aluminio e hierro) que, con diversas variantes, duraron hasta la desaparición de la peseta y su sustitución por el euro, en 2002.

Romero de Torres y Bécquer coexistieron en mis billeteros de estudiante durante muchos años. Pero acabaron caducando en cuanto a su valor legal, si bien, en algunos casos, se convirtieron en objetos de colección.

Cuando viajo a otros países con diferente moneda, me gusta quedarme con algún billete y alguna moneda. En muchos casos se trata sólo de un souvenir más, porque no creo que nunca vuelva a visitar uno de esos países. Pero en otros casos, ello tiene mucha utilidad práctica. Como viajo con cierta frecuencia al Reino Unido, por ejemplo, me gusta tener en casa una pequeña cantidad de billetes y monedas en libras esterlinas, que me facilitan los primeros pasos en el país en mi siguiente visita. Cuando se me agotan, saco algunos billetes de un cajero automático británico. Pero también tuve algún tropiezo. Conservaba algunos billetes de mediados de los 80, que ya no eran válidos en mi siguiente visita a finales de los 90, y me los tuve que comer con patatas (la pequeña merma no me justificaba una visita al Bank of England). El Banco de Inglaterra informa en su web de todos los billetes emitidos y retirados de la circulación desde 1980. Por cierto, el de mayor valor es de 50 libras esterlinas.

En 2002 se implantó en muchos países europeos, entre ellos España, el Euro como moneda común. Los billetes en euros son iguales en todos los países de la zona Euro (sólo se reconoce en qué país se fabricaron por el número de serie) y tienen siete valores: 5, 10, 20, 50, 100, 200 y 500 euros. Las monedas sí son algo diferentes según el país de fabricación, ya que el anverso tiene un motivo nacional distintivo. Hay siete valores para las monedas: 1, 2, 5, 10, 20 y 50 céntimos de euro, 1 y 2 euros.

Los billetes de circulación más rápida (significativamente los de 5, 10 y 20 euros, también los de 50) se deterioran con el uso, pasando de mano en mano una o varias veces al día, y son continuamente renovados por el sistema bancario, para mantener en el mejor estado posible los billetes en circulación.

Unos países más que otros, pero España de modo bastante significativo, según opinión generalizada, tienen una parte importante de la economía funcionando en modo sumergido. Esto significa que hay muchas transacciones económicas (pago de salarios, pago por productos o servicios, etc.) que no dejan ningún rastro y son invisibles a la administración tributaria. Para países como España o Italia, las estimaciones (es difícil atinar más en algo que es invisible por naturaleza) apuntan a que del orden del 20 al 25% del total del PIB del país  se desarrolla en la economía sumergida.

Para ese tipo de transacciones opacas, el refugio es, obviamente, la utilización de billetes en los pagos. Por su naturaleza, los billetes son documentos con valor legal y al portador, por lo que pasan de mano en mano sin control de ningún tipo, más que el que, en su caso, acompañe a la entrega (tickets de caja, recibos, facturas,...).

Los capitales negros, es decir, los que se han acumulado a partir de transacciones opacas fiscalmente, típicamente se representan en billetes de euros, especialmente los de mayor denominación. Un maletín de tamaño moderado, lleno de billetes de 500 euros, puede contener varios millones en un espacio bastante reducido. Supongo que habrá muchos de ellos habitando estancias oscuras de la economía (como las cajas de seguridad de los bancos, el interior de los colchones, el fondo de los armarios, las cajas fuertes domésticas, los conductos del aire acondicionado, y otros).

Los técnicos de Hacienda llevan años alertando sobre el elevado volumen de billetes de 500 euros que hay en España. En la práctica, suponen el 70% del total del dinero circulante, y por España se mueven casi el 20% del total de ese tipo de billetes en circulación en la zona euro. Personalmente, me resulta digno de toda sospecha cualquiera que pague en efectivo una cantidad superior a los 100 euros. O, igualmente, el que exige un pago de ese tipo de la misma forma.

La economía legal no necesita de los billetes de 500 euros, y yo creo que tampoco los de 100 y 200 euros. Hay infinitos medios de todo tipo para realizar cualquier tipo de transacción económica, por cualquier importe, sin necesidad de que haya billetes físicos que cambien de mano. Transacciones legales, por supuesto.

Quitar valor legal a ese tipo de billetes no erradicaría la economía sumergida, aunque obligaría a que las cajas de seguridad de los bancos fueran frigoríficos de dos puertas o armarios roperos. Y, muy probablemente, provocaría que desaparecieran de la circulación muchos de los billetes de la denominación más alta de curso legal, creando carestía en el efectivo circulante.

Para completar el círculo, los billetes deberían tener caducidad. Que llevaran impresa una fecha de caducidad provocaría, posiblemente, demasiadas dificultades de índole práctica. Pero renovar periódicamente su diseño sería una solución razonable. En solamente treinta años, yo conocí tres modelos diferentes de billete de 100 pesetas, con lo que no se trata de inventar nada nuevo. Se podría, por ejemplo, dar validez a un modelo por un período de 15 ó 20 años. A los 10 ó 15 años aparecería un modelo nuevo, que coexistiría con el anterior, durante, digamos, cinco años. Y luego pasaría a no tener ningún valor (más que, en su caso, el numismático). En un mundo ideal, todos los billetes antiguos pasarían a poder de los bancos centrales, que procederían a su destrucción controlada.

Esto obligaría a que todo el dinero circulante tuviera que dar la cara durante ese período transitorio. Tirar del colchón durante un tiempo prolongado se volvería imposible. Los billetes próximos a caducar quemarían en la mano y en el bolsillo de quien los tuviera en su poder y se verían obligados a canjearlos de algún modo, idealmente a blanquearlos si fuera el caso.

En lo que a mí respecta puedo garantizar que en mi billetera (el único lugar donde guardo alguna pequeña cantidad de dinero en efectivo), la rotación de los billetes físicos es muy inferior a los cinco años (incluso a los cinco meses, y casi siempre a las cinco semanas). Yo, desde luego, no tendría ningún problema. El cajero automático me daría billetes nuevos cuando aparecieran, y los antiguos desaparecerían solos.

¿ Y por qué no se toman medidas de ese tipo a nivel de toda la zona euro ?. Mi opinión es que la razón última es que los gobiernos y las administraciones públicas, si no la propia sociedad en su conjunto, admite de antemano su derrota en esa lucha contra las economías sumergidas y los tráficos ilegales. Por el mismo motivo por el que nadie ha puesto un empeño práctico real en la desaparición de los paraísos fiscales. Algún malpensado me diría, seguro, que la razón es que los que tendrían que tomar esa decisión son precisamente los mayores defraudadores. Yo no me atreveré a tanto. Pienso que todo ese tipo de mecanismos actúan como auténticas válvulas de escape de los sistemas económicos globalizados. Y, aunque no existen razones de peso para pensarlo, todos piensan que una economía sin válvulas de escape nos acabaría estallando entre las manos.
Maletín con euros
(Fuente: 123rf)

En las últimas semanas hemos conocido varias iniciativas en este campo del Gobierno de Rajoy. Por una parte, la proclamación de una ventana de amnistía fiscal (hasta el próximo 30 de Noviembre), por el que los delincuentes económicos podrán redimir sus culpas a cambio de un 10% (o un 8% en el caso de sociedades) ingresado a la hacienda pública. Algún grupo político ha impugnado esa medida, por razones que creo que son sólidas. La ley en España contempla el indulto individual, atendiendo a circunstancias personales, pero no permite el indulto generalizado o la llamada amnistía general. Como muchos delitos económicos pueden ser penados con prisión, esta imposibilidad aplicaría a este caso también. Una amnistía de este tipo, además, tiene el efecto perverso de que el ciudadano legal se siente peor tratado que el mangui, y transmite la idea de que el fraude siempre es recompensado en España. Demoledor.

Y estos últimos días, el propio Rajoy ha anunciado que el Gobierno aprobará declarar ilegales las transacciones económicas (que involucren al menos a una empresa o agente económico) en efectivo de más de 2.500 euros, castigadas con multa del 25% del importe (no tengo claro si a quien paga o a quien cobra). La medida dejará deliberadamente fuera a las transacciones entre particulares (pagos en B de vivienda o coche usado; donaciones, regalos, dádivas, propinas, sobornos y demás) así como, accidentalmente, a aquellas transacciones que involucren a algún agente económico alegal (camello, traficante, señorita de compañía, matón quebrantahuesos, facilitador de inmigración ilegal,...). Bueno, la medida nos obliga a todos a tener alguna cuenta bancaria, alguna tarjeta de débito o crédito y a utilizar a menudo la transferencia como modo de pago. Lo que me parece bien, dicho sea de paso y, desde luego, nada nuevo para mí.

En resumen, paños calientes para una situación desesperada en la que el dinero, cualquier dinero, será bien recibido en las arcas públicas, sin tener que dar muchas explicaciones ni responder a muchas preguntas.

Yo pongo encima de la mesa mi propuesta: eliminar los billetes de 500, 200 y 100 euros, y que los billetes caduquen en el plazo de 10 ó 15 años. ¿Qué podría pasar? ¿Qué haría el dinero negro para mantener su color?. Posiblemente utilizaría armarios roperos en lugar de maletines; se refugiaría en otros valores sólidos, como el oro o los diamantes; o se almacenaría en francos suizos o en dólares, si les fuera más fácil.

Por eso, para asfixiar al ratón, hay que cegar al mismo tiempo todos los respiraderos de la ratonera.

O siempre encontrará alguna manera de escaparse.

JMBA