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martes, 29 de noviembre de 2011

Gimme (guímmi) 2

Durante una cierta época, los españoles eran conocidos en Nueva York (y otros lugares de Estados Unidos), como los Gimme 2. Ello se debía a que la relación de cambio entre el dólar y la peseta estaba tan desequilibrada que la sensación de que todo lo que se podía comprar allí era muy barato, provocaba en los visitantes españoles un (casi) automático give me two (deme dos, que en el inglés macarrónico al uso se acaba convirtiendo en un gimme 2, o incluso en un guímmi 2). Entre los ochenta y los noventa, yo viví situaciones en que el dólar se cambiaba por 90 pesetas, y otras en que se cambiaba por 200.
(Fuente: zazzle)

Da la sensación de que nuevamente estamos viviendo una situación parecida, esta vez en la relación de cambio entre el euro y el dólar. La capacidad de compra que da un Euro (ó 100, ó 1000) en cualquier mercado europeo da la sensación de que es bastante inferior a la capacidad que nos dan esos mismos euros tras convertirlos en dólares, en cualquier mercado estadounidense.

La economía estadounidense está lejos hoy de una posición de fortaleza. Su enorme (casi monstruosa) Deuda y un mercado de trabajo que no acaba de remontar, son algunos de los indicadores. Pero sigue siendo la economía de referencia, con la que todo el mundo se acaba comparando, de una u otra forma. Sus títulos de Deuda son atesorados por todo el mundo (el Gobierno chino podría disponer de hasta un billón de dólares en Deuda americana) y el dólar no se discute como moneda de cambio y de referencia.

Ya he comentado en otra ocasión el tema de la posible (probable o incluso conveniente) devaluación del Euro. Pero no parece que nadie de los que mandan en la Unión Europea y en la Eurozona estén por la labor.

Estados Unidos dispone de la Reserva Federal, que toma decisiones valientes y atrevidas en todo lo que se refiere a la inyección de dinero (finalmente, la fabricación de más dólares), en la compra de Deuda Pública (que, al final, es de nuevo inyección de efectivo en los mercados) y en lo que se refiere a la tasa de cambio del dólar frente a otras monedas. La Fed ya hace tiempo que redujo la tasa de interés a prácticamente el cero por ciento, mientras el BCE se empeña en mantenerlo por encima del uno.
(Fuente: economiaycoyuntura)

Europa, por el contrario, se está moviendo en aguas económicamente muy timoratas. El BCE (de facto, la única organización económica verdaderamente paneuropea) tiene que moverse en franjas de libertad muy estrechas, pues sus competencias son bastante reducidas. A menudo parecería que su única función sea la de velar para evitar que la inflación se apodere de nuestros mercados. Función importante, sin duda, pero sólo una pequeña parte de aquello en lo que una Autoridad Económica Europea (de verdad) debería poder intervenir.

Las sucesivas crisis que diariamente estamos viviendo en los mercados, ante todo nos confirman algo que ya sabíamos: nunca seremos alemanes. Por otra parte, nos dan claras indicaciones de que, dentro de la Zona Euro, los intereses nacionales están primando por encima de los intereses del Grupo. Una situación tan grave como la que se está viviendo (especialmente en los llamados países periféricos de la Unión, que cada vez somos más, por cierto), aconsejarían la toma de decisiones inmediata por parte de una Autoridad Económica que realmente respondiera a los intereses de la Eurozona. De una parte, posiblemente la emisión de más Euros, lo que, muy directamente, supondría una devaluación práctica del Euro frente al dólar (y otras monedas) por simple efecto de la ley de oferta y demanda. De otra parte, una gestión más intervencionista con la Deuda Pública (llámese compra masiva, o bien emisión de eurobonos, o algo así).

Todas estas son medidas de corto plazo, que tenderían a aliviar las tensiones inmediatas, y que facilitarían poder trabajar seriamente en resolver los problemas de fondo y estructurales. Relajarían estas sangrientas presiones que están provocando en cuestión de días la reducción de sueldos públicos, la congelación de salarios y pensiones (si no su descenso), y un mayor empobrecimiento de las poblaciones en general, especialmente, como ya es habitual, de las capas menos favorecidas.

Sin embargo, no se ha tomado ninguna de estas medidas cortoplacistas, pero que enviarían signos claros a los mercados de que Europa funciona unida, y defiende con uñas y dientes lo que es suyo. Por el contrario, la Unión Europea y el BCE están trabajando prácticamente en función de los intereses de algunos de los países económicamente más fuertes del área (especialmente Alemania). El grueso de las exportaciones alemanas se basan no en la competencia de precio, sino en una superior tecnología o innovación, o al menos en la percepción de tal. Es decir, unos mercados muy poco sensibles al precio. Por ello, y es natural, si podemos vender más caro, por qué abaratar nuestros precios.

Los problemas ligados a la Deuda y al Déficit son importantes, pero no por sí solos. Tanto Alemania como Francia superaron ampliamente los límites de déficit fijados en el Tratado de Maastricht, en los años buenos de la economía. Y no pasó absolutamente nada: nadie se lo recriminó y nadie les obligó a corregir con rapidez este desajuste, ni tuvieron que pagar multas por ello.

Cuando el déficit sirve para financiar el crecimiento de la economía, las cosas van bien. De un mal (relativo) se extrae un bien superior. Si hay un déficit fuerte, también aumenta la Deuda, porque hay que financiarlo. Pero el conjunto diseña una cadena virtuosa.

Por el contrario, cuando hay un estancamiento de la economía, cuando no crece más que el desempleo, y las cifras globales son básicamente planas, el déficit acaba sirviendo para financiar la ineficacia. Y ahí sí tenemos un problema, que hay que corregir con rapidez, o nos manda todo el montaje al fondo del mar con rapidez. Hay que resolver de inmediato las causas del déficit. Esta  una cadena viciosa.
(Fuente: gurusblog)

Durante los años buenos (los primeros años de este siglo) todos hemos estado convencidos de que la economía estaba creciendo a buen ritmo. El problema con el que hemos chocado casi de repente es que el crecimiento era ficticio en buena parte. Crecía la economía financiera, pero en base a ir hinchando cada vez más una burbuja extremadamente vulnerable. En España, la especulación inmobiliaria provocaba la ficción de ser cada vez más ricos. Porque ese piso en el que vivíamos y por el que habíamos pagado 100, ahora valía 200, 300 o incluso más. Eso enriqueció, por supuesto, a los que tenían diez, o veinte, o mil, pisos en propiedad como inversión financiera. A los demás nos dejó sólo la sensación de que fuimos ricos durante un rato. Pero, una vez más, ese crecimiento era ficticio, sólo obedecía a la especulación que provocaba que se compraran un millón de pisos al año en un país que no necesitaba más de 300.000 viviendas nuevas, si acaso.

Mientras, la economía financiera mundial (principalmente en Estados Unidos) también crecía astronómicamente, pero en base a patas muy frágiles. Un crédito hipertrofiado concedido a deudores dudosos. Un andamiaje que sólo podía sostenerse en base al más puro estilo piramidal: todo se seguirá sosteniendo si seguimos creciendo a este ritmo. Mantendrás tus ingresos si hoy convences a 100 incautos, que mañana deberán convencer a otros 10.000, que a su vez deberán convencer pasado mañana a 1.000.000. Y así, en una progresión geométrica que olvida un hecho básico: más bien pronto que tarde no quedan más incautos por convencer.

Pero por mucho que consigamos entender el origen de esta crisis sistémica en la que estamos viviendo, eso no nos ayudará a resolverla. En el mejor de los casos, quizá nos ayude a evitar la siguiente. Ha pasado ya el momento de la medicina preventiva, y es tiempo de cirujanos.

Y, con asombro, vemos que el bisturí vacila en manos temblorosas. En Europa sólo oímos a la dueña decir que NO, y al resto (puramente funcionarios, más o menos ilustres) diciendo AMÉN.

Medidas decididas y valientes en el corto plazo (fabricación de dinero, devaluación efectiva del Euro, soporte del BCE a la Deuda Pública de los Estados miembros,...) no las toma nadie. Y, lo que es peor, parece que nadie tenga capacidad para tomarlas. Está claro que las economías más fuertes no saldrían beneficiadas con tales medidas, pero conviene tener en cuenta que también son las que más se han beneficiado de la etapa precedente. A verdes y a maduras. Pero esto parece ser que no funciona así.
Composición propia.
(Imagen del bisturí: Fuente grancanaria-doramas)

Las medidas timoratas que, además, muchas veces se toman pero no se acaban de aplicar, no harán más que perpetuar y agudizar el retraso de las economías europeas menos avanzadas. Los llamados Rescates condenarán a los griegos, o a los portugueses, a décadas de sacrificios, penurias y pobreza. Condenados sólo por haberse creído aquello de lo que los poderosos les convencieron.

Nunca seremos alemanes. Y tenemos que ser capaces de construir unas instituciones europeas y una gobernanza económica que sepa convivir con esta realidad.

Mientras, en España, Rajoy, el flamante presidente electo, sigue en paradero desconocido. No ha tenido ninguna comparecencia pública más allá de la noche electoral. Me lo imagino recluido en sus cuarteles, con las braguitas titín puestas, esos pañales primigenios a los que nos condenaban de niños pequeños, por si nos hacíamos popó encima. Afilando el bisturí para cuando ya no pueda evitar dar la cara; en el debate de investidura, espero. Ahí vendrán el llanto y el crujir de dientes. Porque el 20-N este país decidió que sea Rajoy a partir de ahora el nuevo esclavo de la Señora.

Y la Señora no parece por la labor de mover un dedo para relajar las tensiones en el corto plazo a fin de facilitar los arreglos en el medio y largo. Nada que pudiera empañar la economía alemana o sus propias expectativas electorales. ¿No será que solamente nos metieron en el Euro para podernos vender Audis y Mercedes, Mieles, Bosch, Siemens, y trenes de alta velocidad?.

Los antaño altaneros del Gimme 2 ya nos hemos convertido en los molestos Guímmi a job, señoritu.

JMBA

viernes, 18 de noviembre de 2011

España vs. Reino Unido. Una comparación interesante.

El Reino Unido es un país integrante de la Unión Europea. Pero, al contrario que España, no ha adoptado el Euro y, por lo tanto, no forma parte de la Eurozona.
David Cameron, Primer Ministro del Reino Unido.
(Fuente: medios24)

Primero, veamos cómo ha evolucionado el valor de su divisa nacional, la Libra Esterlina. He tomado dos fechas de referencia más o menos significativas. El 15 de Mayo del 2008 (muy al principio de la crisis gigante) y el 15 de Noviembre de 2011 (es decir, hoy, a efectos prácticos).

De acuerdo a la web www.xe.com, el Euro se cambiaba el 15/5/2008 por 1,2576547061 Libras Esterlinas (GBP), mientras que el 15/11/2011 se cambiaba solamente por 1,1700301824 GBP. A efectos monetarios, pues, la Libra Esterlina se devaluó en estos tres años y medio, frente al Euro, en el 6,9373%.

Frente al Dólar Estadounidense (USD), tanto el Euro como la Libra Esterlina se devaluaron, respectivamente, el 12,72% y el 18,8%.

En 2.010, las cifras públicas relevantes del Reino Unido eran las siguientes:

Déficit del Estado: 175.117,70 Millones de Euros (equivalente al 10,30% de su PIB).
Deuda Pública (a final de 2010): 1.353.278 Millones de Euros (equivalente al 79,90% de su PIB)

De acuerdo a las mismas fuentes, los datos para España eran los siguientes:

Déficit del Estado: 98.166 Millones de Euros (equivalente al 9,30% del PIB) 
Deuda Pública: 641.802 Millones de Euros (equivalente al 61% del PIB)

Y, para las mismas fechas, los datos para Alemania eran así:


Déficit del Estado: 105.860 Millones de Euros (equivalente al 4,30% del PIB) 
Deuda Pública: 2.061.794,70 Millones de Euros (equivalente al 83,20% del PIB)

Para los que no tengan las fechas en la cabeza, quizá convenga recordar que David Cameron, del Partido Conservador, es Primer Ministro del Reino Unido desde el 11 de Mayo de 2010. A base de recortes salvajes (que provocaron masivas protestas y huelgas de los ciudadanos), consiguió reducir el déficit desde el 11,40% del PIB en 2009, pero la Deuda Pública aumentó algo más de 10 puntos (desde el 69,60% del PIB en 2009).
José Luis Rodríguez Zapatero, (todavía) Presidente del
Gobierno de España.
(Fuente: bulhufas)

Con estas cifras en la mano, la conclusión más evidente es que la economía del Reino Unido estaría más deteriorada que la de España (más Déficit; más Deuda). Sin embargo, en estos días tormentosos en los mercados, nadie habla del Reino Unido. La (principal) diferencia es que el Banco de Inglaterra mantiene todas sus funciones monetarias (incluida la emisión de moneda), mientras que en España estamos en el tren de la Eurozona. El Banco de España ya no tiene la responsabilidad de la emisión de moneda o de la valoración de la misma, funciones que están delegadas en el BCE. 


Un par de datos interesantes: el Banco de Inglaterra ha comprado hasta 300.000 millones de Euros de deuda soberana. Gracias a ello, el Reino Unido sigue pagando su deuda al 2%.


Pero si el Reino Unido formara parte de la Eurozona, estaría en el vagón de cola junto con España y los demás países llamados periféricos. Francamente, algo falla en un sistema que establece esta clasificación.

Pero en el tren de la Eurozona viajamos junto al primo de Zumosol, Alemania. Un país muy poblado (especialmente desde la reunificación), y una economía muy potente. Con una Deuda casi veinte puntos superior a la de España, pero con la que nadie se mete. Al contrario, los mercados le financian a intereses ridículos, porque transmite la sensación de riesgo nulo. Eso sí, con cifras bastante inferiores de Déficit Público, y un rendimiento en las cifras de empleo que son ejemplares. Una economía potente, ya digo.

Decir que estamos peor que Alemania no es nada nuevo: ha sido así de toda la p... vida (la que recordamos, claro). La diferencia respecto a los años anteriores a la Unión Monetaria es que ahora eso le afecta a Alemania.
Angela Merkel, Canciller de Alemania.
(Fuente: mlvcosas)

¿No será que se nos ha atragantado el precioso proyecto del Euro? ¿No será que hemos puesto el carro por delante de los bueyes?.

Yo soy un firme eurocreyente, pero mi fe se tambalea estos días. Es cierto que el Euro nos ha hecho sentir más ricos durante los años buenos. Pero en el pecado va la penitencia.

A la vista de los acontecimientos, creo que no queda otra solución que Refundar el Euro. Ahora que hemos aprendido lo que hicimos mal, quizá la v. 2.0 nos salga mucho mejor.

Claro que conviene no olvidar que la existencia de la Eurozona, en los años buenos, le ha beneficiado mucho a Alemania, que ha podido vender muchas más cosas a esos presuntos nuevos ricos. Pero, ahora que le está afectando, no parece que Alemania esté por la labor de evaluar el proyecto en su conjunto, estar a verdes y a maduras.

Lo que queda claro es que la implantación del Euro no ha provocado que todas las economías de la Eurozona sean como Alemania. Era imposible que fuera así. Pero ahora nos damos cuenta, con sangre, de que no existe ningún mecanismo previsto para hacer frente a esta realidad.

Quizá sólo hemos vivido un espejismo, que se está disolviendo ante nuestros ojos. Pero creo que es posible una refundación que corrija los evidentes errores de la v. 1.0. Pero sólo con ajustes, recortes y Planes de Rescate, no vamos a salir de esta situación. Al menos, no con vida.

Cuando todo falla, mira a la izquierda, como decía hace unos días mi buen amigo Santi.

JMBA

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La Vuelta a la (Nueva) Dracma Griega

Escribía en Junio de este año un artículo al que titulé ¿Devaluación del Euro?, en el que intentaba explicar la lógica monetaria que nos está llevando a estos monstruosos Planes de Rescate (acompañados de ajustes, recortes y puñaladas), ya que con la implantación del euro desapareció para todos los países integrados la posibilidad de devaluar la moneda nacional, ya inexistente. Curiosamente (o quizá no tanto), ese artículo ha sido mucho más leído que la media de los de este blog.
Billete de 100 antiguas dracmas griegas.
(Fuente: todocolección)

Vivimos estos días (sin vivir en nosotros) a vueltas con el problema griego. Un problema que nos contagia a todos los demás, y más a las economías periféricas (como la española o la italiana) que a las más poderosas (cuyo temor principal son las pérdidas que supondría para su sistema bancario la quiebra de Grecia).

Da la sensación de que el origen del problema es que Grecia entró en la disciplina del Euro sin merecerlo, o por lo menos sin cumplir de modo sostenible las condiciones impuestas por el Tratado de Maastricht. Se lo hemos oído decir así, sin más tapujos, a Nicolas Sarkozy, con toda claridad. Que la entrada de Grecia en el euro fue un error. Claro que él se deja al margen, al afirmar (con razón, por otra parte), que él no estaba allí cuando se tomó esa decisión. Sospecho que Angela Merkel, un poco más discreta, con mucha probabilidad piensa lo mismo estos días.

Parecía que se había llegado a un acuerdo con Grecia para aplicar un draconiano Plan de Rescate, que supondrá (si finalmente sigue adelante), dramáticos recortes en el nivel de vida de los griegos, con despidos masivos de funcionarios públicos, reducciones de salarios, pensiones y subvenciones, etc. etc. Medidas todas ellas encaminadas a simular (con los medios actuales) los efectos sobre la población y el país de una fuerte devaluación de su (ya inexistente) moneda nacional.

Sin embargo, el presidente griego Giorgos Papandreu ha anunciado su intención de convocar un referéndum para que los griegos aprueben (o rechacen) la aplicación de este Plan de Rescate. Tras la infinidad de altercados sociales, huelgas generales y demás que se han vivido en Grecia en los últimos tiempos, hasta el más iluso se teme que el resultado de un tal referéndum pueda ser un NO tan grande como el propio Partenón. Papandreu afirma que la Unión Europea estaba informada de sus intenciones, pero las reacciones enérgicas de sus principales líderes más bien sugiere lo contrario. Comprendo que Papandreu no soporta llevar sobre sus espaldas una carga tan pesada y quiere compartirla con su pueblo.
Giorgos Papandreu, Primer Ministro de Grecia.
(Fuente: ABC)

Yo me pongo ahora en la piel de un ciudadano griego de a pie, enfrentado a votar en un tal referéndum. Lo primero será cómo se plantea la pregunta, como en todo referéndum. El SI estará claro que supondrá la aceptación de que se aplique un Plan de Rescate que supondrá sacrificios dramáticos para todo la población de Grecia durante las próximas décadas. ¿Pero qué significará el NO?. Parece claro que el Diluvio Universal, se vista como se quiera.

Dicho sea de paso, no tengo en mi recuerdo a ningún gobierno en el pasado que haya sometido a referéndum popular la necesidad o no de devaluar la moneda nacional. Cuando se estimaba necesario, el Gobierno de turno lo aplicaba de modo inmediato, habitualmente con nocturnidad.

Pero ahora, en 2011, catorce años después de la creación de la moneda única, y casi diez años después de su introducción efectiva (y en efectivo) un NO en el referéndum griego no podría significar otra cosa que la salida de Grecia del Euro, y su vuelta a una moneda nacional a la que deberíamos llamar Nueva Dracma Griega. Y la llamo Nueva porque su paridad con el Euro sería desde ese mismo momento un 20, un 30, un 40 o un 50% menor que la de la vieja dracma. Y sus efectos sobre la población de Grecia sería básicamente equivalente a la que va a producir el Plan de Rescate: un empobrecimiento generalizado y fuertes sacrificios para las próximas décadas.

Por cierto, el escenario de salida del euro de un país no está claramente considerado y definido en la actual legislación comunitaria. Habrá que idear, inventar, definir y legislar sobre las condiciones para un tal paso.

Aceptemos que la entrada de Grecia en el euro fuera un error. Podemos incluso aceptar que los gobiernos griegos han engañado repetidamente a la Unión Europea, con una contabilidad nacional manipulada (ayudados, por cierto, por prestigiosos auditores de cuentas). Pero todo ello tiene poco más efecto que llorar sobre la leche derramada. Demasiado tarde, ya estamos aquí y toca limpiar los daños (los que hayáis tenido que limpiar alguna vez de la cocina la leche derramada sabréis bien de lo que estoy hablando).
Imagen de una de las huelgas generales de
Grecia en 2011.
(Fuente: fortunaweb)

Por lo que se viene sabiendo, da la sensación de que la economía griega tiene unos desequilibrios estructurales incompatibles con el Euro. El Estado griego parece tener una incapacidad funcional para recaudar los impuestos en la proporción que debiera, y el fraude fiscal alcanza unos niveles no vistos en ningún otro país de la UE (aunque otros estemos mucho más cerca de lo que nos gustaría reconocer). La ineficiencia de la administración pública (y unos elevados niveles de corrupción) ha provocado una hipertrofia de nóminas (salarios, subsidios, pensiones,...) a cargo del Estado. Y todo ello en un contexto en que parece haber más propietarios de automóviles de gama alta (Porsche, Audi; ah, curiosamente, de fabricación alemana) que contribuyentes que reconozcan tener unas rentas superiores a los 50.000 Euros anuales. El milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Pero los milagros, como los lances del prestidigitador, siempre tienen truco.

El ingreso en la Unión Europea (y posteriormente a la Zona Euro) ha supuesto para muchos países (entre los que está, de modo muy especial, España), la transferencia de ingentes cantidades de fondos comunitarios, para fomentar el desarrollo y la adecuación de los nuevos países al estándar comunitario. Da la sensación de que cada país ha tenido un grado importante de libertad en la aplicación de esos fondos. En España, por ejemplo (aparte de las corruptelas habituales), esos fondos han contribuido a un desarrollo gigante de las infraestructuras del país (ferrocarril de Alta Velocidad, autovías y autopistas, Aeropuertos). Si bien es cierto que en algunas de ellas se ha disparado con pólvora de rey (autovías muy poco transitadas, líneas de ferrocarril de alta velocidad dudosamente rentables, aeropuertos para personas y no para aviones,...), en general todas ellas contribuyen decisivamente a aumentar las posibilidades de competitividad de España como país y de las empresas españolas en general. Y también aporta ventajas importantes a la industria del Turismo que, no lo olvidemos, es una de las principales de este país.
Monasterio de Simonos Petra, en el Monte Athos,
cerca de Tesalónica, Grecia.
(Fuente: wikipedia)

Claro que es cierto que muchas de estas inversiones han provocado, por supuesto, compras gigantes de material y tecnología alemana o francesa (los pedidos de trenes a Alsthom o Siemens sólo son un ejemplo de ello).

Daría la sensación de que buena parte de esos fondos, en Grecia han pasado (por caminos oscuros) a la economía privada, con los que se han comprado coches alemanes, por ejemplo. Y por los que no se habría tributado fiscalmente como se debería. Nada, dicho sea de paso, que no pasara ya en la Argentina pre-corralito.

Nos gustará más o menos la forma en que la Unión Europea (o el Banco Central Europeo, para el caso), han actuado y actúan. Pero lo cierto es que la implantación del Euro nos ha aportado innumerables ventajas a todos los niveles. Incluso, por supuesto, a los ciudadanos de a pie. El problema es que nunca, hasta que este persistente período de vacas flacas nos ha herido con sus cornadas, habíamos sido conscientes de lo que esa pertenencia nos cuesta, o nos debe costar.

Para empezar, las políticas económicas (no solamente las monetarias) deben ser comunes a todos los países de la Zona Euro. Debería existir un único Ministerio de Economía a nivel de la Zona Euro, y en cada país un Secretario de Estado debería ser el responsable de su aplicación, de la que debería reportar a Bruselas (o a Frankfurt, o a donde sea). Sin eso, la implantación del euro está en un permanente equilibrio inestable, dependiente, en el fondo, de la buena fe de los diferentes gobiernos. Muy escaso bagaje para la Política con mayúsculas.

El problema es que ahora no podemos dedicarle tiempo a resolver (o a intentarlo, por lo menos), los problemas estructurales que están en el origen de las actuales convulsiones. La UE se está limitando a intentar apagar los incendios que aparecen por todas partes. Alguien dentro de la UE debería estar trabajando en el medio y largo plazo, en diseñar e implantar las medidas políticas y económicas necesarias para que una situación como la que estamos viviendo en estos últimos años no pudiera volver a producirse.

Puedo entender que ese griego de a pie, enfrentado a un referéndum sobre el Plan de Rescate, esté muy seriamente tentado de votar que NO, para decir alto y claro que quiere seguir siendo griego, y que este país es así y no acepto que vengan de fuera a decirnos cómo debemos funcionar. Lo que ocurre es que todo tiene sus consecuencias. Un NO en el referéndum griego supondría, en el corto plazo, unos efectos parecidos a la aplicación del Plan de Rescate (salida del Euro, vuelta a una moneda nacional fuertemente devaluada, empobrecimiento generalizado, sacrificios de todo tipo, despidos masivos de funcionarios, rebaja efectiva de los salarios y pensiones, y así todo). Y en el medio y largo plazo supondría dejar a un país aislado en una autarquía económica que ya no es compatible con el siglo XXI. Espero que los votantes griegos tengan claro este escenario.
Dibujo idealizado del Templo Períptero del Partenón,
en Atenas, Grecia.
(Fuente: esacademic)

Tendrán, en cualquier caso, que ajustar las cuentas en casa sobre culpas y responsabilidades. Pero pertenecer a una zona de moneda única exige una disciplina indispensable (la definida inicialmente en el Tratado de Maastricht, que parece haberse relajado con el tiempo). Y la ignorancia (tampoco nadie lo había contado claro hasta esta crisis) no exime de su cumplimiento.

Espero que el gobierno griego sepa explicar con claridad a sus ciudadanos las consecuencias y lo que significará (el día después) un SI o un NO en el referéndum previsto. Pobreza o pobreza con aislamiento. Tras una época de vivir por encima de nuestras posibilidades, no toca nunca otra cosa que ajustarse el cinturón.

Está claro que tras este tema hay muchos intereses, y no todos confesables. Los grandes bancos (principalmente franceses y alemanes) tienen una alta exposición a la deuda griega. Y a Alemania le gustaría poder seguir vendiendo Porsches y Audis a los griegos. Un NO en el referéndum supondría la salida del euro, un Estado griego con sus nuevas dracmas muy devaluadas (su deuda monetaria aumentaría significativamente), sin otra posibilidad que la quiebra. Y ese es el escenario que más aterra a todos los que tienen intereses en el tema.

Los que vivimos en el resto de economías periféricas, más vale que pongamos la barba a remojar.

JMBA

jueves, 14 de julio de 2011

La Batalla del Euro

Oí esta mañana un extracto de la entrevista que Juan Ramón Lucas le hizo a Rubalcaba en RNE. Como siempre, a Rubalcaba se le entiende todo. Refiriéndose a la crisis actual del euro, vino a decir que en Europa hemos hecho partes de los deberes, con la introducción del euro. Que ha sido muy positiva, y conviene que los alemanes no se olviden de que el euro les ha beneficiado mucho, también a ellos. Pero nos quedan deberes por hacer (implantar una economía única, simplificando) y nos ha pillado la crisis gigante con tareas pendientes.
(Fuente: libretadeperiodista)

Ya he comentado en diversas ocasiones el desajuste que supone el que solamente la política monetaria (una de las muchas patas que tiene la política económica) se haya delegado por los países del Euro en la Unión Europea. Es actualmente el Banco Central Europeo quien fija los niveles de liquidez, la circulación de efectivo, los tipos de interés, etc. Pero ahí se acaban sus funciones.

Por otra parte, Estados Unidos en general, y los mercados, con fuerte influencia norteamericana, nunca han creído en la viabilidad del Euro como moneda única europea. Lo que provoca que, ante la más mínima muestra de debilidad o vulnerabilidad, se desaten ataques tan colosales contra las deudas soberanas, por ejemplo, de algunos países entre los que se cuenta España.

Durante bastantes años hemos disfrutado todos de las grandes ventajas que tiene la existencia del euro. Ahora nos toca sufrir los inconvenientes de su implantación incompleta. Debería existir un Ministerio de Economía Europeo, que dirigiera y controlara la política económica de todos los países del Euro. Que definiera (como ya hace bastante hoy) la política monetaria. Que fijara la política fiscal, común a todos los países del euro, y que controlara y verificara su implantación. Que definiera las políticas presupuestarias, los techos de gasto, los límites de deuda, los déficit máximos aceptables.

Eso, por supuesto, supondría la renuncia de cada país a una cierta dosis de soberanía. Pero, a menudo, la soberanía es un lujo que ya no podemos permitirnos. Y, además, sin eso, la moneda única no puede funcionar más que cuesta abajo, en los períodos de vacas gordas. Es incapaz de sortear las dificultades, como se está viendo de forma repetida y reiterada en estos tiempos de grandes cataclismos.

Por otra parte, el euro se está viendo crónicamente sobrevalorado, como acartonado en una posición, viendo flotar al resto de divisas a su alrededor, de acuerdo a los avatares económicos de los respectivos países. Este hecho, dificulta, obviamente, la competitividad de las exportaciones de la zona euro hacia el resto del mundo.

Y eso, creo, es debido a que los mercados nunca han conseguido ver en el euro una divisa más, como el dólar, el yen o el franco suizo. Porque detrás del euro no hay un país con su Banco Central (Reserva Federal o como queramos llamarlo), su Ministerio de Economía, su política fiscal y presupuestaria, su déficit, su deuda, y todo lo que queramos considerar. Sino que hay un Banco Central con muchos países detrás, cada uno con lo suyo a cuestas.
(Fuente: cotizalia)

De este hecho, de esta más que aparente fragmentación, nacen las entelequias sobre los países centrales y los países periféricos, y demás zarandajas. Y los mercados, que se lanzan a la herida sólo con ver una gotita de sangre, como los tiburones, lanzan salvajes ataques que hacen temblar los cimientos de todo el montaje.

Está claro, y hay que diseñar un modelo que conviva con ello sin ningún problema, que todos los países del Euro no tenemos el mismo nivel económico, no tenemos la misma renta per cápita. Es aceptable que exista un objetivo político a muy largo plazo para intentar armonizar las economías de los diferentes países, pero no es previsible que se pueda conseguir nunca que la renta per cápita de un griego sea igual que la de un francés, o que la de un español sea igual que la de un alemán. Si nos cuesta entenderlo, pensemos simplemente en España. Tenemos 17 Comunidades Autónomas, y cada una tiene su propio nivel de riqueza, la midamos como la midamos. La estructuración política y económica de España no puede tomar como prerrequisito que el nivel de riqueza de todas las Comunidades Autónomas sea exactamente igual; porque lo siguiente sería que fuera también idéntica entre los diferentes pueblos y ciudades de la misma Comunidad Autónoma, y así hasta intentar conseguir la entelequia de que la renta per cápita de cada español fuera exactamente la media. Sería un sinsentido.

El mismo punto de partida debemos tener para la construcción europea. Sin perjuicio de que la Unión Europea dedique medios y recursos a tirar de los más rezagados hacia arriba, en un esfuerzo solidario, la igualdad o uniformidad NO puede ser el punto de partida. Porque la realidad no es así.

La batalla del Euro no tiene más salida que hacia adelante. Ninguno de los países que estamos dentro de la zona euro podemos abandonarla, no podemos echar a ningún país fuera. La salida hacia adelante está en profundizar lo que ya hemos hecho, para conseguir una política económica común y única. No pensemos que eso signifique que el salario medio de un español vaya a ser igual que el de un alemán, porque eso NO va a suceder, por lo menos en los próximos cien años. Pero, seguramente, con un salario más elevado, el alemán medio tendrá que pagar más impuestos (en euros) que un español medio.

Pensemos que la vida tiene muchas facetas, y la económica sólo es una de ellas. Un ingeniero empleado posiblemente gane más dinero en Dusseldorf que en Madrid o Barcelona. Y seguramente gane algo menos todavía en Sevilla o Mérida. Aunque igual vive mejor junto al Guadalquivir que junto al Rhin.

Ya basta de deudas soberanas de cada país. Es imprescindible la implantación de la Eurodeuda, con la Unión Europea como garantía. Cada Estado deberá negociar sus niveles de préstamo o deuda con el Ministerio de Economía Europeo, pero quien salga al mercado a endeudarse debe ser la Unión Europea. Los trapos sucios tenemos que lavarlos en casa. El que el Estado de California haya llegado a estar al borde de la quiebra, ¿acaso llegó a preocupar a alguien, o desató un ataque de los mercados?. La deuda americana, enorme, por cierto, la gestiona la Reserva Federal. Y se dice que China tiene en sus arcas hasta medio billón (sí, 500.000 millones) de dólares en deuda americana.

Si la situación se complica, el dólar se devaluará respecto al resto de divisas, hasta conseguir un nuevo nivel de equilibrio. Con el euro debería suceder lo mismo. Y para que eso pueda ser así, es imprescindible avanzar con urgencia en el sentido de la asunción de la soberanía económica por parte de la Unión Europea, del BCE o de un Ministerio de Economía Europeo de nuevo cuño. Ahora, claro, la Unión y sus órganos no pueden seguir siendo un nido de funcionarios bien pagados y perezosos, ni el cementerio de políticos en desuso. Los mejores conocimientos, los mejores gestores, los técnicos más capaces, los políticos con más visión, deben tener claro que su summum profesional se tiene que producir en el marco de la Unión Europea, que no debe seguir siendo en ningún caso un refugio para su declive.

Y, además, propongo que, para liberar a Bruselas de tan pesada carga, la sede para el Ministerio de Economía Europeo se fije en Viena, en Burdeos o en Barcelona.
Sede del BCE en Francfort
(Fuente: phantonomics)

Hagamos el esfuerzo de seguir construyendo los Estados Unidos de Europa, que mejor nos irá a todos. Sólo que conviene hacer caso a las sabias palabras del fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola (en tiempos de tribulación, no hacer mudanza). De la que está cayendo tenemos que salir con lo que tenemos hoy. No queda otra alternativa que los rescates milmillonarios, los ajustes y recortes salvajes y la recuperación a sangre y fuego de una cierta estabilidad. Conseguida esta, a trabajar todos duro con el fin de preparar la embarcación para que soporte mejor las tormentas, y también para que sea más marinera en tiempos de bonanza.

En el magnífico documental Inside Job (que espero que todos hayáis visto, de una u otra forma), se cuenta muy clarito la génesis y el desarrollo de la crisis financiera que está en el origen de la debacle económica que estamos viviendo. Las dos lecciones más importantes que saqué de la película es que, por una parte, los que provocaron la crisis persisten en el error y se niegan a reconocer sus equivocaciones. Y, por otra parte, que hubo expertos que sí anticiparon el camino que la situación iba a tomar. Pero fueron silenciados, boicoteados, ninguneados y desacreditados. Se mató, una vez más, al mensajero antes de que abriera la boca.

Aprendamos a escuchar con ganas e interés de entender, y no sacrifiquemos al mensajero sólo porque viene de una tierra de la que no queremos, o no nos interesa, saber nada.

La salida es más Europa, no menos Europa. Con decisión.

JMBA

lunes, 20 de junio de 2011

¿Devaluación del Euro?

Me preocupa ver la frivolidad con que se manejan ciertos eslóganes y consignas por parte de los indignados y, por contagio, de los propios medios de comunicación. Creo que hay que ser especialmente cuidadosos (todos) con las expresiones de máximos, con las descalificaciones totales, con las enmiendas a la totalidad, con los órdagos a la grande. Nunca nada es absolutamente blanco ni absolutamente negro. Todo el mundo y su economía son tan total y absolutamente interdependientes, que no podemos modificar cualquier cosa, pensando que no tendrá efecto sobre el resto, porque es falso.
(Fuente: Voltaire.net)

Se carga contra el llamado Pacto del Euro, un acuerdo en el marco de la Unión Europea para asegurar la estabilidad económica y del euro que, estoy convencido, nadie conoce en profundidad (bueno, casi ni en la superficie). Como si fuera el origen de todos los males, cuando es más bien la consecuencia de algunas cosas mal hechas.

La Historia no debe ser solamente pasto de iluminados, ni una disciplina árida que a veces nos ha tocado estudiar. La Historia ha diseñado lo que somos hoy. Solamente eso, pero nada menos que eso.

Por no remontarnos más, que se podría, vayamos solamente a 1992, año en el que se firmó el Tratado de Maastricht, también conocido como el Tratado de la Unión Europea. En el Tratado, entre muchas otras cosas, se definían los llamados criterios de convergencia, que debían cumplir los países miembros para poderse integrar en la UEM (Unión Económica y Monetaria). Se preveía también la aparición de la divisa única europea (inicialmente llamada ECU, por European Currency Unit, y que luego se rebautizó como Euro), para el 1 de Enero de 1999. Físicamente, la nueva moneda se implantó en los países que lo desearon y que cumplían los criterios de convergencia, el 1 de Enero de 2002 (con un año de retraso respecto a la fecha prevista, por diversos problemas principalmente de índole logística).

Los criterios de convergencia que se especificaban eran más o menos como sigue:

- Una inflación que no sobrepase la media de los tres mejores (con más baja inflación), más 1,5 puntos.
- Tipos de interés a largo plazo que no superen en más de 2 puntos la media de los tres países con menor inflación.
- Déficit del Estado inferior al 3% (la precisión se definió con posterioridad al propio Tratado)
- Deuda Pública inferior al 60% del PIB

Recuerdo una intervención (que he sido incapaz de localizar) en Televisión Española del eminente economista palentino Don Enrique Fuentes Quintana (fallecido en 2007), en algún momento de la segunda mitad de los 90, donde definía los desafíos que tenía la economía española para poder cumplir esos criterios de convergencia. Hablaba Fuentes Quintana de tres treses: un 3% de inflación, un 3% de déficit, tipos de interés a largo plazo del 3%. La Deuda Pública no era un problema para la época, pues el ratio en España era bastante inferior al objetivo.

Se consiguió cumplir todos los criterios, y España se integró en la UEM, y el Euro pasó a ser nuestra moneda corriente el 1º de Enero de 2002. El tipo fijo e inamovible de cambio entre las respectivas divisas nacionales y el Euro se había fijado con anterioridad, en 1997. Para la peseta, la tasa de cambio resultó ser de 166,386 Pesetas/Euro. Para el Marco alemán, que era la divisa de referencia, estaba ya definido un cambio de 2 por 1.
(Fuente: venetubo)

Existe un debate no resuelto todavía (los expertos no han llegado a ponerse de acuerdo en su volumen) sobre la inflación cuasi automática sobrevenida por la introducción del Euro, mayor en unos países que en otros. Lo que nadie discute, en España, es que hubo una cierta inflación casi inmediata en los precios pequeños de las cosas cotidianas. Como simple efecto, recuerdo que, con el cambio, los periódicos pasaron de costar 150 pesetas a 0,90 Euros (lo que era la aplicación fiel de la tasa de cambio). Pero sólo unos meses después, pasaron a valer 1 Euro. O podríamos citar el precio del café o refresco en los bares, etc.

Pero lo cierto y oficial es que, de hecho ya desde 1997, no ha habido ninguna modificación relativa del valor de las diferentes monedas nacionales integradas en la UEM. Es decir, nunca han existido Euros españoles, o Euros alemanes. Existe el Euro como moneda única para toda la llamada Zona Euro, y punto.

En el Tratado, además, se especificaba la existencia de Fondos de la Unión Europea para ayudar a las economías menos desarrolladas a alcanzar los necesarios niveles de convergencia. Entre otros países, España ha sido receptor neto de Fondos Europeos en cantidades ingentes durante bastantes años. Fondos que contribuyeron, por ejemplo, a la dramática modernización de las infraestructuras del transporte (carreteras, ferrocarriles, aeropuertos).

Desde mi punto de vista, el defecto del TUE (Tratado de la Unión Europea), desde el punto de vista económico, es que NO trasladaba la soberanía económica de los diversos países a la UE. Es decir, la política monetaria (liquidez, tipos de cambio,...) sí pasaba a ser responsabilidad de la UE, en particular con la creación del BCE (Banco Central Europeo). Pero el resto de patas de la política económica (en particular las políticas presupuestaria y fiscal) seguía siendo responsabilidad plena de los Gobiernos Nacionales. Por ello resultó necesario seguir velando para que se cumplieran (en todo momento) los principios de armonización (los criterios de convergencia) más allá del momento de la introducción del Euro. En lugar de dirigir la política económica de todos los países, el Tratado intentó ser menos invasivo, y limitarse a que la UE supervisara que esas políticas implantadas en los estados no alteraran los equilibrios buscados y los criterios de convergencia.

Tenemos que reconocer que el importante crecimiento de la economía española en este siglo XXI se ha debido, en buena parte, a las muchas bondades de la introducción de la moneda única. Claro que en tiempos de bonanza, raramente hay tribulaciones. Porque, además, las voces críticas que pudieran alertar sobre posibles problemas futuros son sistemáticamente silenciadas, para no aguar la felicidad y prosperidad reinantes.

Es justo reconocer que hemos vivido bastantes años con una prosperidad superior a la que puramente nos hubiera correspondido por la economía de nuestro país. Es cierto que desigualmente repartida, pero esa es otra conversación.

Vinieron luego los desafueros provocados por la codicia de personas e instituciones (especialmente en Estados Unidos, un mercado casi absolutamente desregulado), que dieron lugar a lo que hoy conocemos como Crisis Financiera. Si no la habéis visto, os recomiendo vivamente la película documental Inside Job, que detalla el origen y desarrollo de esa Crisis Financiera, con entrevistas a algunos de sus principales causantes, y a otros cuyas voces fueron silenciadas por la prosperidad obscena de los que mandaban. Lo más duro de la película es que muchos de los causantes de esa Crisis Financiera siguen ocupando lugares determinantes en los organismos económicos a nivel mundial. Si no lo estáis todavía, la película os indignará.
(Fuente: Europa Press)

Un desarrollo brutal de la liquidez (y del crédito), que fue devorando su calidad hasta que se rompió la burbuja. Una vez más, de eso se aprovecharon mucho unos pocos (los Bancos de Inversión, los insaciables brokers), mientras que el resto éramos puros sufridores en casa. Disponer de crédito para poderse comprar, por ejemplo, viviendas por las que había que pagar hasta varias veces lo que podría ser su valor real, fue un flaco favor. Pero la mayoría sucumbió a ese espejismo. La mayoría, alentada por sus propios bancos, se creyó que el crecimiento de las economías podía mantenerse in aeternum, contra toda lógica. Como se suele decir popularmente, estiramos más el brazo que la manga, vivimos por encima de nuestras posibilidades reales, y lo estamos pagando ahora muy amargamente.

Y luego ya es hoy, donde nos encontramos (limitándonos a la Zona Euro), con economías estructuralmente más robustas que han resistido mejor los envites de la crisis, y han empezado a recuperarse antes, mientras que otras economías (las que hoy a menudo se llaman periféricas) están (estamos) sufriendo un deterioro mucho mayor. Aunque hay muchos factores para explicar estas diferencias, habitualmente se define la competitividad de cada economía como elemento determinante. Entendiendo por competitividad la capacidad que tiene un país de producir bienes o servicios que puede situar en el mercado a un precio (coste más margen) que suficientes demandantes están dispuestos a pagar. Y ello de un modo sostenible en el tiempo.

Una situación tan clara de diferentes niveles de competitividad entre las diversas economías de la Unión Europea, en otro tiempo se hubiera resuelto con devaluaciones relativas de las respectivas monedas nacionales. Pero ese mecanismo, desde la implantación de la Unión Económica y Monetaria, ya no está a disposición de las autoridades económicas. Por eso la Unión Europea ha tenido que reaccionar improvisando los famosos Planes de Rescate o el propio Pacto del Euro.

Los que tenemos algunos años, hemos vivido varias experiencias de devaluaciones de la peseta (especialmente en los años 60 y 70, pero también más tarde). Por no citar al marco alemán, de mi recuerdo he conocido el franco francés con un valor entre las 10 y las 25 pesetas. Bonito margen para poder ajustar la competitividad relativa de las respectivas economías.

Pero, ¿cómo funcionaba una de esas devaluaciones?. Pues muy fácil. Habitualmente sin preaviso, en la medianoche del día D, decidido por el Gobierno, el valor de la peseta respecto al resto de divisas disminuía en una cierta proporción, por ejemplo, el 10%. En principio, no cambiaba ni la cantidad (en pesetas) que cobrábamos de salario o de pensión, ni tampoco los precios (en pesetas) que pagábamos por los bienes y servicios en España. Pero, claro, había muchas cosas de las que consumíamos habitualmente que había que importar, es decir, pagarlo en divisas, pagar un precio definido en dólares, francos franceses o marcos alemanes, para lo que hacía falta un 10% más de pesetas desde el día D. En particular, el coste del petróleo, que afecta al precio de todos los productos (por el aumento del coste del transporte). Por lo tanto, una devaluación venía seguida de una etapa inflacionaria, en que los precios, de modo casi automático, tendían a subir, para reequilibrar los intercambios internacionales en un nuevo punto.
(Fuente: Alejandro Martínez)

En resumen, tras una devaluación de la peseta, todos los españoles éramos más pobres. Teníamos que renunciar a ciertos consumos, aplicar un reajuste a nuestras economías domésticas, porque por algunas cosas debíamos pagar más pesetas, mientras que nuestro salario seguía siendo el mismo. Nos costaba más dinero llenar el depósito de combustible y, por supuesto, nos salía más caro cualquier viaje al extranjero.

Por otra parte, en esa época la interrelación global entre todas las economías era mucho menor de lo que es hoy. El impacto principal de una devaluación era sobre el puro Comercio Exterior, es decir, sobre las importaciones que debíamos pagar más caras (en pesetas) y sobre las exportaciones (que a otros países les resultaban más baratas, cuando pagaban con dólares, francos o marcos). Es decir, de alguna forma se había reajustado de un plumazo la competitividad de las respectivas economías.

La globalización nos ha traído, además de ese comercio físico y real, el libre flujo de los capitales y, lo que es todavía más potencialmente maligno, las posiciones cortas, o apuestas por el deterioro. Esto ha contribuido de forma determinante a amplificar las oscilaciones de las economías y, por lo tanto, a hacer más profundas las crisis.

Para mejor comprender todos estos efectos, recomiendo vivamente la lectura del libro El malestar en la globalización, del Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz.

Si intentamos reproducir los efectos de una devaluación en el entorno económico actual, deberíamos imaginar que existen Euros españoles, Euros alemanes, y demás. Algún experto ha llegado a sugerir la posibilidad de salir del Euro a las 23.59 del día D-1 (cambiando todo a pesetas al cambio oficial de las famosas 166,386 Pesetas/Euro). A medianoche se cambiaría esa tasa de cambio a, por ejemplo, 183,025 Pesetas/Euros. A las 0.01 del día D se entraría de nuevo en el Euro con esa nueva tasa de cambio.

Una devaluación del 10% de los Euros españoles frente a los Euros alemanes tendría el siguiente efecto en la medianoche del día D:

- Todos los activos y pasivos denominados en Euros españoles disminuirían automáticamente su valor en el 10%. Los balances de todas las empresas seguirían cuadrados, pero con un 10% menos de valor.
- En particular, todos los salarios, pensiones o prestaciones por desempleo disminuirían su valor en el 10%
- Todos los depósitos bancarios (en particular, los ahorros de todos los ciudadanos) verían mermado su valor en un 10%
- Todas las acciones cotizadas en la Bolsa española verían su valor disminuido en un 10%
- El precio de todas las cosas, por el momento, disminuiría en ese 10%. Por ejemplo, los pepinos producidos en Almería por trabajadores que hoy cobrarían un 10% menos que ayer, bajarían en origen un 10% (o casi, porque los fertilizantes no habrían bajado en la misma proporción), pero en el mercado bajarían menos, porque el coste del transporte (por el impacto del petróleo importado) no habría bajado en la misma proporción. Pero aquellos productos que hubiera que seguir comprando al exterior en Euros alemanes, nos costaría un mayor esfuerzo, el mismo número de unos Euros de los que tendríamos menos.
- Todo lo que debiéramos a otros países (o instituciones o particulares de otros países), y todo lo que quisiéramos comprar a otros países, seguiría denominado en Euros alemanes, y no se habría alterado su valor en número de Euros, pero sí en el esfuerzo relativo que nos costaría.
- No tengo claro lo que debería suceder con los Euros en efectivo. Con el dinero en el bolsillo de los ciudadanos o bajo el colchón de ciertos especuladores. ¿Serían Euros españoles o alemanes?.
(Fuente: Mexicanoemprendedor)

Es decir, resumiendo, que todos los españoles seríamos más pobres. Los 1000 Euros que cobrábamos cada mes se habrían convertido en sólo 900. O los 10.000 euros que teníamos ahorrados en una cartilla en la Caja de Ahorros, se habrían convertido de la noche a la mañana en solamente 9.000. Y así con todo lo demás.

Pero, desde la implantación del Euro ya no son posibles estas devaluaciones relativas. Por lo que hay que buscar otro tipo de mecanismos que produzcan los mismos o parecidos efectos. Y de ahí nacen los Planes de Rescate y el llamado Pacto del Euro. Medidas alternativas a la devaluación de la moneda nacional, que produzcan los mismos efectos.

Aquí conviene decir que, si bien está claro que el Gobierno Zapatero ha contribuido, con algunas torpezas, al deterioro de la macro (y micro) economía española, no son ni con mucho los únicos culpables. Las circunstancias difíciles han puesto en evidencia algunas fragilidades de nuestra economía que provienen de mucho tiempo antes, y que nunca hasta ahora han sido convenientemente corregidas.

Creo que no es tampoco ni justo ni conveniente echarle la culpa ahora a Bruselas o a Berlín, que son simples vigilantes (más o menos interesados, eso es cierto) de una situación que todos aceptamos en su momento con alborozo. En otros tiempos, el Gobierno de España ya se habría visto obligado a practicar una devaluación de la peseta. Precedidos, es cierto, por Grecia, Irlanda o Portugal. Y seguidos, posiblemente, por Italia.
(Fuente: Flor y Reflujo)

Con la Unión Europea, las formas han cambiado, pero la Economía es tozuda y, en el límite, son sumas y restas, como las propias economías domésticas de cada una de las familias de este país. Las medidas son necesariamente diferentes, pero los efectos que se buscan son sensiblemente iguales.

Hablaba hace un tiempo de la maldición bíblica de la Torre de Babel y su confusión de lenguas. Desgraciadamente, otra de las maldiciones bíblicas que sigue rabiosamente vigente es el de las vacas gordas y flacas. Ahora que nos toca apretarnos el cinturón a todos, sería el buen momento de reivindicar y trabajar para mejorar el reparto de la prosperidad, cuando llegue. Socialicemos la riqueza, cuando llegue, igual que ahora nos toca, inevitablemente, socializar la miseria.

Una prosperidad que no está, pero se le espera.

JMBA