Querido Paseante, siempre eres bienvenido. Intenta escribir algún comentario a lo que leas, que eso me ayuda a conocerte mejor. He creado para ti un Libro de Visitas (La Opinión del Paseante) para que puedas firmar y añadir tus comentarios generales a este blog. Lo que te gusta, y lo que no. Lo que te gustaría ver comentado, y todo lo que tú quieras.


Pincha en el botón de la izquierda "Click Here - Sign my Guestbook" y el sistema te enlazará a otra ventana, donde introducir tus comentarios. Para volver al blog, utiliza la flecha "Atrás" (o equivalente) de tu navegador.


Recibo muchas visitas de países latinoamericanos (Chile, Argentina, México, Perú,...) pero no sé quiénes sois, ni lo que buscáis, ni si lo habéis encontrado. Un comentario (o una entrada en el Libro de Visitas) me ayudará a conoceros mejor.



Mostrando entradas con la etiqueta lavado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lavado. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de enero de 2015

Pequeñas Cosas que no Molan Nada (12) - Camisas Nuevas

Debo empezar reconociendo con humildad que no soy un cliente del sector de la moda, aunque sí, de vez en cuando, del sector de la ropa y del calzado. Con ello quiero decir que cuando me toca comprar algo de ropa no resulta para mí un placer, ni deambulo por múltiples tiendas antes de decidirme. Es simplemente una tarea tediosa que procuro liquidar con el mínimo esfuerzo, esa ley que, cumpliéndose a sí misma, ni siquiera está redactada.
Mi talla es varios números superior, pero
bueno, el concepto es el mismo.
(Fuente: elcorteingles)

Como mis orondeces esféricas me obligan a consumir tallas que son mayores de lo que el comercio considera como normales, tengo localizado un departamento de tallas grandes en unos grandes almacenes, y ese es mi proveedor habitual. Cuando necesito alguna cosa, les visito, y escojo lo que mejor me parece de entre lo que tienen en oferta, de lo que tienen a la venta, quiero decir.

Las camisas, como todo, se van deteriorando con el uso. Utilizo una cada día, y muy raramente más que eso y casi nunca menos. Por ello, en cada temporada (para un cliente un tanto abúlico como yo, sólo hay dos grandes temporadas: la del frío y la del calor; el resto es lírica de la publicidad) procuro comprar alguna, para ir renovando lentamente el parque. Habitualmente al inicio del período de rebajas (allá por Enero o Julio), hago una visita a mi proveedor habitual para comprar dos o tres camisas nuevas. Y debo añadir que me salto alguna temporada, si no lo necesito.

Con el paso de los años y la buena o mala vida (según quién lo cuente), es inevitable sufrir algunos cambios estéricos. Quiero decir que, en mi caso, cojo algunos kilos y algunos centímetros de perímetro cuando me relajo, o pierdo algunos si me pongo seriamente a limitar la dieta y a exagerar el ejercicio. Supongo que cada metabolismo tiene su estado de equilibrio, que no siempre es el ideal, pero es al que se tiende cuando no hay fuerzas especialmente intensas en una u otra dirección.

Estos cambios suponen que, dentro del stock de camisas que puedo encontrar en el armario, hay algunas que, inevitablemente, son inútiles en mi estado actual. Podría usarlas, claro, pero presentarían una especie de media luna abdominal, por imposibilidad física de que cada botón alcance con comodidad su correspondiente ojal. Eso implica, por supuesto, que algunas de las camisas de mi armario estén en perfecto estado de uso, pero por parte de otra persona, no yo ahora mismo.

Al elegir algunas camisas nuevas de entre las que exponen en la sección de Tallas Grandes, acostumbro a utilizar un cierto criterio, no siempre fácil de explicar, para seleccionar unas y no otras. El tiempo a veces me da la razón y a veces me la quita. Un año después de la compra podría hacer un balance, y a menudo detectaría que una de las que compré la he utilizado como diez veces más que otra. Puede obedecer a la hechura, al color, a los motivos decorativos, pero los motivos no siempre son evidentes, ya que la elección de cada mañana es un acto de total libre albedrío, sólo analizable a posteriori.

Recientemente visité las Rebajas y compré un par de camisas (de las de temporada de frío). Escogí una gris con algo de espiga y otra de cuadritos pequeños. Cabe decir que durante más de treinta años fui de los de corbata sin falta de lunes a viernes, pero hace ya varios años que no recuerdo haber utilizado una (y tengo bastantes abandonadas a su suerte en el armario). Eso me lleva a escoger habitualmente lo que el comercio conoce como camisas sport (aunque no estén, por supuesto, especialmente destinadas a la práctica de deporte alguno).

Una vez las camisas nuevas en casa, uno debe enfrentarse a una labor titánica, que es la que hoy quiero contaros con cierto detalle. Aunque tengo localizada, en mi proveedor habitual, la talla que me conviene, y nunca me las pruebo en la tienda, una vez en casa tengo por costumbre ponérmelas, para asegurarme de que no hay ninguna anormalidad, y someterlas a continuación a un primer ciclo de lavado, secado y planchado, antes de entrar en el stock elegible.

Las camisas que compro habitualmente, vienen perfectamente plegadas. Una cosa que siempre me ha sorprendido, y que nunca he conseguido desentrañar por completo, es que el tamaño de la camisa plegada es prácticamente idéntico cualquiera que sea su talla. Lo que, supongo, debe significar que las más grandes tienen más pliegues que las más pequeñas, para conseguir ese curioso fenómeno.

Poner en circulación un par de camisas parecería una tarea rutinaria, pero en la realidad se convierte en un trabajo que me ocupa no menos de veinte minutos. La razón para ello es que el proceso de convertir una camisa plegada en otra que se pueda uno poner o meter en la lavadora, es una labor ciclópea.

El número de elementos fusibles que uno descarta en el proceso tiende al infinito. Supongo que el muestrario puede variar dependiendo de los proveedores, pero yo conozco el calvario con el mío. La primera frustración es que, al sacar la camisa plegada de la bolsa (esa bolsa todavía la regalan, no como en los supermercados), intentar desplegarla es imposible sin retirar previamente una infinidad de pirulos que la mantienen presentable y con buen empaque para su exposición en la tienda.

Para empezar, las agujas y pinzas que fijan unas partes con otras. Dependiendo de que la gama de la camisa sea media o alta, los infinitos alfileres que hay que retirar son de cabeza fina (hace falta tener las uñas muy bien preparadas para enfrentarse a ellas) o de cabeza más gorda, que facilitan algo la labor. Hay que buscar por todos los rincones los múltiples obstáculos que impiden desplegar la camisa. Hay alfileres por todas partes pero, curiosamente, todos ellos invisibles a simple vista. La gama alta sustituye alguno de esos alfileres por pequeñas pinzas que a veces son metálicas y otras de plástico.

Para enfrentarse a esa labor, es conveniente tener a mano un cenicero o recipiente parecido, para ir depositando en él todos los elementos que, con mucho trabajo y entre blasfemias, hay que ir retirando de la camisita de los c...... 

Tras retirar algunas pinzas y varios alfileres, uno consigue, por fin, liquidar la fase preliminar de la operación. Claro que localizar dónde está la cabeza de los alfileres que bloquean los laterales, que fijan el cuerpo con los elementos de refuerzo para la exposición (piezas de cartón y de papel de seda), o que mantienen el cuello presentable, no es tarea fácil. Están primorosamente escondidas entre los diversos pliegues, costuras y tapetas, y hay que buscarlas casi con lupa. El ejercicio de prueba y error indica cuándo se ha conseguido, por fin, retirar todos los elementos que bloquean el despliegue de la camisa. En esta fase, el nivel de insultos e improperios ya abarca a los ascendientes de primer grado de los empleados que la plegaron y aseguraron, con el único objetivo comprobable de dificultar al máximo la labor del cliente una vez en casa. Sospecho que es imposible mecanizar o robotizar un trabajo con tantos componentes demoníacos.

En este momento, si todo ha ido bien y la precipitación o desespero no ha provocado ya algún desgarro en la tela, habré conseguido desplegar la camisa en todo su esplendor de talla grande. Pero queda todavía un segundo tiempo igual de tedioso.

Las diversas partes de la camisa presentan infinidad de elementos de refuerzo. El cuello tiene refuerzos frontales, exteriores e interiores. Algunos son de plástico transparente, mientras otros son simples tiras de cartón. En conjunto provocan que las camisas en exposición se presenten como mucho más bonitas de lo que serán nunca más adelante.

La parte posterior de la camisa viene protegida con una especie de horma mixta de cartón y papel de seda, que también hay que retirar. Pero no tiréis de él, porque hay que desatascar antes algunos alfileres y pinzas más. A veces hay alfileres casi invisibles que la fijan a los hombros, mientras en otros casos hay alguna pinza de plástico realizando esa labor.

Más vale tener unas tijeras a mano, porque, en algún momento, habrá que enfrentarse a las etiquetas identificativas de la marca, talla, etc. Puede estar anclada en un botón y su ojal, mediante un hilo grueso. Supongo que tienen algún sistema de fijación que debe ser reversible. Pero no os aconsejo investigar ese método para no destrozar nada, salvo que tengáis mucho tiempo libre por delante y una paciencia infinita. Resulta mejor cortar ese hilo con unas tijeras, y a otra cosa. La etiqueta y sus aditamentos van rellenando el cenicero dispuesto al efecto.

Si se consigue coronar esta segunda fase (ahora los improperios van dirigidos ya a parientes de segundo grado o a ascendientes remotos), se ha rellenado el cenicero con infinidad de piezas pequeñitas (alfileres, pinzas, etiquetas) y se tiene un montoncito de piezas grandes (horma de cartón y papel, refuerzos de plástico transparente, tiras de cartón, etc. etc.). Y es la primera vez que el cliente ve la camisa en toda su extensión, y todavía está sometido a diversas sorpresas.

Porque un proveedor determinado, una marca cierta y una talla habitual no garantizan que las hechuras y los detalles de la camisa resulten necesariamente familiares. A veces las alas del cuello van fijadas con sendos botones, a veces no. A veces los puños (en las camisas de manga larga, que es mi caso reciente) llevan un único botón, y otras, dos en paralelo que permiten abrocharlos más o menos apretados. A veces llevan un bolsillo sobre el corazón (yo soy un gran usuario de ellos, aunque reconozco que llevan razón los que afirman que esa es una característica poco elegante). A veces la apertura de las mangas incluye un botón llamado de sardineta, otras veces no.

En fin, ya estamos frente a una camisa reconocible. Para probarla y meterla luego en la lavadora, queda sólo desabrochar todos los botones frontales (el del cuello, que no resulta nada fácil la primera vez, y todos los demás). Quizá haya también que desabrochar los botones de los puños; pero sí hay dos y viene abrochado en el más externo, es posible que podamos pasar las manos por el puño sin necesidad  de soltarlos previamente.

Una vez verificado que la camisa, una vez puesta, nos queda razonablemente como esperábamos, podemos ya ponerla en el cesto de la ropa sucia, para que se incluya en el siguiente ciclo de lavado de camisas. Para una camisa, habrán transcurrido, de media, entre diez y quince minutos y el Paraíso nos quedará bastante más lejos por las muchas blasfemias proferidas. Con los restos de todos los elementos fusibles retirados podremos llenar media bolsa de basura, o dedicarle otros cinco minutos para su clasificación para una eventual reutilización o reciclado.
Parece inocente, pero hasta poder
probársela, hay que superar
muchas trampas.
(Fuente: eglebespoke)

En las camisas comerciales encuentro a faltar un Manual de Instrucciones para el Desplegado, que incluya todos los elementos que deberemos haber retirado para dar por concluida la labor, con gráficos de dónde se esconden los alfileres más puñeteros, que a veces todavía sufrimos algún ligero pinchazo al probarnos la camisa teóricamente finalizada.

Me gustaría, de otra parte, conocer alguna de esas mentes crueles que diseñan los pasos a seguir para conseguir un plegado y fijación perfectos para la exposición de las camisas en tienda. Deberían aguzar el ingenio para diseñar un sistema rápido de desplegado que incluyera, por ejemplo, una simple solapa de la que tirar y que provocara, automáticamente, la retirada de todos los obstáculos de una sola vez. Y también me gustaría ser espectador de la explanada de operarios ocupados en colocar esa infinidad de alfileres y pinzas, que luego resultan un infierno para el cliente, a la hora de retirarlos.

Me atrevo a sugerir que toda esa energía desplegada para complicar la vida del usuario, la utilizaran para fijar bien los botones, para que no se desprendieran clandestinamente a la segunda mirada. Y digo clandestinamente, porque tienen una rara habilidad para el desvanecimiento hacia la nada o el fundido a negro. Desaparecen sin dejar rastro. Afortunadamente, en los últimos tiempos se ha impuesto un reservorio de botones cosidos en la parte baja de la camisa, que pueden facilitar su sustitución en caso de necesidad. Siempre que se disponga, naturalmente, de los elementos y la habilidad necesarios para esa labor de recosido.

Afortunadamente, este infierno sólo me toca pasarlo, de media, una vez al año. Pero, cuando llega el momento, me vence una pereza irrefrenable y la esperanza irracional de que, en el ínterin, habrán inventado alguna novedad que lo haga todo mucho más fácil.

Pero, una y otra vez, sólo me espera el desengaño.

JMBA

jueves, 8 de marzo de 2012

Lavado de Dinero... Público

Cuando X monta un negocio (ilegal) de distribución y venta de drogas (ilegales), recauda fajos de efectivo, que es dinero que no existe legalmente, es dinero negro. Por lo menos, no consta que esté en manos de X.
(Fuente: otromundoesposible

Es entonces cuando aparecen empresas o negocios que se dedican a lavar ese dinero, es decir, a cambiarle su condición de dinero negro por la de dinero legal. Como esa tintorería (un decir) donde nunca entra nadie, pero que declara importantes ingresos (y gastos) por lavar prendas que nunca conoció.

Una vez legalizado, el dinero ya puede moverse en libertad por las infinitas autopistas del capital que el mundo actual ofrece.

En el juego del parchís, originario de India (siglo XVI), el clásico tablero en forma de cruz para cuatro jugadores representaba originariamente el jardín del emperador Akbar el Grande. De las 100 casillas, 32 corresponden a las metas y pasillos de acceso de los respectivos jugadores; de alguna forma son su casa, donde ya no hay que enfrentarse con ningún otro jugador. De las 68 casillas restantes del tablero exterior, hay 12 que son seguras, es decir, que en ellas ningún jugador puede capturar la ficha de otro jugador que esté refugiada allí.

Como la vida imita muchas veces a la ficción, en el sistema mundial de autopistas del dinero, también existen algunas casillas seguras, llamadas Paraísos Fiscales, donde nadie pregunta el origen del dinero, y este está a salvo de que lo capture cualquier Hacienda mal intencionada. A pesar de diversas iniciativas, no parece existir la voluntad política de eliminar la posibilidad de que existan este tipo de Paraísos. Hay que reconocer, por otra parte, que si en el parchís se eliminaran las casillas seguras, el juego se convertiría en una carnicería estresante.

Decíamos que el lavado de dinero consiste en cambiarle de condición, de negro a legal. Da la sensación de que hay muchos lugares dentro de la Administración Pública donde también se intenta practicar el lavado de dinero, para cambiarle de condición, de público a privado.
Francisco Javier Guerrero, que fuera Director General de
Trabajo y Seguridad Social de la Junta de Andalucía.
Está acusado por la juez Alaya de 6 delitos
 relacionados con la corrupción.
(Fuente: elconfidencial)

Conviene dejar claro desde el principio que la Administración Pública es propiedad de todos los ciudadanos, que somos los accionistas que ponemos el dinero para que pueda funcionar, a través de los impuestos, tasas, etc. Periódicamente se celebran Juntas Generales de Accionistas (las diversas elecciones) donde los propietarios delegamos la gestión de ese capital en el Comité Directivo (el Gobierno, en su sentido más amplio).

Está claro, pues, que el dinero que maneja la Administración Pública (en todas sus instituciones) es de todos, es dinero público, y no, como a veces les traiciona el subconsciente a algunos políticos, dinero de nadie.

El dinero público se mueve en un ambiente de luz y taquígrafos. La Administración se ha dotado de mecanismos que garanticen que nadie pueda disponer de ese dinero para otros fines que los propios a su función. Existen mecanismos de intervención (censores de cuentas o controllers financieros, como lo queramos contar). Y la exigente maquinaria que gestiona y controla la contratación garantiza que todo el dinero público que se paga a empresas privadas a cambio de productos o servicios necesarios para la Administración se haga con total transparencia y con las máximas garantías de leal competencia. Claro que existen los contratos de menor cuantía (una casilla segura en este juego) que no requieren tantos controles.

Todas estas exigencias de transparencia y leal competencia suponen un trabajo muy importante para la evaluación decente de las diversas propuestas, y supone a menudo retrasos de muchos meses desde que se toma una decisión hasta que esta pueda ser finalmente efectiva. Esto crea a veces la sensación de lentitud de la Administración. Pero no nos alarmemos, esa velocidad necesariamente lenta es la que finalmente garantiza la honestidad, la decencia y la justicia de las decisiones.

Cualquier intento de corrupción del sistema en este entorno de luz cegadora y taquígrafos es complicado, porque debería involucrar a demasiados estamentos y, a fin de cuentas, pudiera acabar resultando no rentable para los delincuentes, o demasiado frágil y expuesta a ser descubierta.

Inevitablemente, para algunas funciones que se espera que desempeñe la Administración Pública, este mecanismo resulta demasiado exigente y lento. Hace tiempo, me comentaba un catedrático de Universidad las dificultades que tenía para fichar a un Premio Nobel para que colaborara en uno de los proyectos que estaban llevando adelante en su Universidad. La eminencia debía aportar su currículum como si fuera el último becario, y superar un ciclo muy largo de controles y validaciones.
Laura Gómiz, ya expresidenta de Invercaria, Empresa Pública
de Inversión y Capital Riesgo de la Junta de Andalucía,
de la que se sospecha haber dado subvenciones a dedo.
(Fuente: abcdesevilla)

Con ello quiero decir que existen circunstancias genuinas y nobles que justifican la creación de spin-offs de la Administración Pública, en forma de empresas públicas o similares. Estos entes se dotan de un cierto presupuesto (dinero público) para poder llevar adelante la labor que se les haya encomendado. La utilización de este dinero pasa a ser responsabilidad de su gestor o Consejo Rector, o cualquiera que sea la fórmula de dirección que se haya escogido. En la práctica, este dinero se aleja del centro de la mesa, y se lleva a un rincón donde la luz es más apagada y que los taquígrafos sólo visitan de vez en cuando. La responsabilidad de sus gestores debe ser, pues, mayor todavía.

Inevitablemente, los presupuestos de esos entes segregados del tronco de la Administración son sometidos mucho menos intensamente a la luz y a los taquígrafos. Y un escenario más laxo abre oportunidades a los que realmente lo que quieren es lavar el dinero, es decir, cambiarle su condición de público por la de privado, para poder disponer de él discrecionalmente. Con un poco de voluntad política torticera, esos entes pueden acabar convirtiéndose en casillas seguras del juego. Siempre que se crean empresas públicas (o entes del género) se hace al reclamo de buscar la eficiencia. Pero hay que ser especialmente vigilantes con el control y la intervención, pues se acaban creando zonas de sombra (¿casillas seguras?) por donde pastan las alimañas corruptas y corruptoras.
Cuesta creer que los hechos que se investigan sucedieran
sin el conocimiento y la aprobación de los máximos
dirigentes de la Junta de Andalucía.
(Fuente: eleconomista)

En estas vísperas de las próximas elecciones andaluzas estamos asistiendo a una bacanal de informaciones relativas a procedimientos muy irregulares, si no directamente ilegales, que habrían practicado algunos departamentos o instituciones de la Junta de Andalucía para disponer del dinero público para usos que, por el momento, no están nada claros. Se habría beneficiado a terceros sin mucha base legal, a base de inscripciones abusivas en EREs o mediante subvenciones nada justificadas. Cuando se da dinero público a personas o entidades externas a la Administración, se lo sitúa en una casilla segura, y ya se ha realizado su lavado. Que parte de ese dinero acabe en el bolsillo privado de los servidores públicos que tomaron esas decisiones muy poco justificadas es una sospecha muy difícil de desmontar.

Y conviene tener claro que no estamos hablando de algún funcionario corrupto, sino de un montaje perfectamente engrasado para permitir lo que podríamos llegar a llamar corrupción institucional.

Parece que en estas condiciones pueden haberse fundido algunos cientos de millones de Euros. Mediante una maquinaria muy sofisticada, que sólo se puede poner en pie con solidez tras muchos años detentando el poder. Por eso la alternancia en el poder, aunque a veces no aporte mucho, sí por lo menos es una medida de higiene política muy necesaria y muy conveniente, que trae aire fresco al muchas veces enrarecido ambiente político.
¿Casillas seguras o limbos para
el dinero público?
(Fuente: wikipedia)

Espero que el voto de los andaluces el próximo 25 de Marzo vaya en la dirección de descabalgar del poder a los que ya llevan demasiados años en él. Un período tan prolongado que les ha permitido montar tales redes sofisticadas de clientelismo que parecen ser muy sólidas.

Por su parte, los Tribunales ya darán su diagnóstico sobre los hechos y distribuirán las correspondientes responsabilidades penales.

La existencia de casillas seguras forma parte de la esencia del juego del parchís. Pero hay que mantener todos los controles necesarios para que nadie arrastre, y marque seis cuando el dado dio tres, o marque 17 en lugar de 20 tras capturar una ficha contraria, sólo para poder acceder a una casilla segura, donde cualquier torpeza o delito pueda tener lugar.

Delitos como el lavado de dinero público.

JMBA

lunes, 31 de enero de 2011

Pequeñas Cosas que no Molan Nada (5)

(Se puede acceder al resto de artículos de esta sección mediante la palabra clave "no mola" al final de la página).


Durante muchos años utilicé a diario el mismo tipo de calcetines, fuera invierno o verano. Negros (en un pasado remoto, también azul marino), de los llamados de espuma o algo así. Supongo que serían sintéticos de algún modo.
Variedad de calcetines
(Fuente: solostocks)

Los calcetines son una prenda que tiene algunas características singulares. Por una parte, son para los pies, lo que ya es decir mucho, pues los pies tienen muy mala fama. Por algo la Naturaleza sabia los colocó en la posición más alejada posible de la nariz. Su misión es cubrir, proteger, abrigar, los pies. Una vez puestos, y aunque habitualmente no se exhiben, sí se ven, por lo que tienen hasta cierto punto un objetivo estético. Al menos hay que intentar transmitir con ellos un cierto sentido del decoro. Es por ello que muchas grandes transgresiones se articulan en torno a los calcetines, como lo de llevar dos de diferente color y cosas del género.

Por otra parte, los calcetines se compran (y se utilizan) por pares, al menos para la mayoría de personas que todavía conservamos los dos pies. Sin embargo, si bien  se trata de pares genuinos de dos (no como el par de pantalones, que si intentas separarlo los has desgraciado), se trata de dos unidades idénticas. A diferencia, pues, de otras prendas que se utilizan por pares (como los guantes, en que hay uno dedicado a la mano derecha, y otro a la mano izquierda), el par de calcetines está compuesto por dos piezas iguales, que sirven indiferentemente para uno u otro pie. Supongo que hay excepciones (como los calcetines con deditos), pero en los que yo utilizo esta es la regla.

Por esta regla, si junto seis pares de calcetines, tengo doce posibilidades iguales de cubrir y/o abrigar un pie cualquiera (bueno, siempre que el tamaño sea relativamente parecido).

Gracias a este corolario de la regla, en la época en que utilizaba un solo tipo de calcetines a diario (misma marca, mismo modelo, mismo color), mi estrategia de lavado y almacenaje se basaba en el gurruño de calcetines, dentro del cajón destinado a ellos. Me explicaré. Cada mañana, al ir a coger calcetines para el día, acudía al cajón de los calcetines, cogía dos (no un par) y los utilizaba a continuación del modo habitualmente consensuado. Al quitármelos por la noche, como es normal, los calcetines sucios quedaban dispuestos por el revés del lado que los había utilizado.
Gurruño de calcetines desparejados
(Fuente: mercecasado)

Como tenía bastantes pares de calcetines iguales, la fase de lavado se desencadenaba cuando cogía del cajón los últimos disponibles (o los penúltimos si me encontraba en una etapa especialmente previsora). Esto me permitía llenar razonablemente una lavadora exclusiva para ellos (aunque sean negros y no de color, lo que añadiría el riesgo de que destiñan, parece aceptado que conviene lavarlos por separado del resto de prendas). Al recogerlos de la lavadora después de la fase de secado, estaban ya preparados para un nuevo uso. El haz de calcetines individuales era insertado en forma de gurruño en el cajón de los calcetines, preparados para su uso durante las dos semanas siguientes (o incluso algo más).

Este método de extrema simpleza tiene, es evidente, algunos inconvenientes, pero con los que se puede aprender a convivir. Por una parte, lo más habitual es que de cada dos usos, en uno el calcetín se utilizaba por el derecho, mientras que en el otro se utilizaba por el revés. En muchos modelos de calcetines, la diferencia es nimia o prácticamente inapreciable. Si, en el momento del uso, me encontraba especialmente quisquilloso, podía verificar ese hecho, e incluso proceder en ese mismo instante a darles la vuelta, por el clásico procedimiento de introducir la mano hasta el fondo, pinzar el extremo y llevarlo hacia fuera. Claro que luego la sensación al salir a la calle, de buena mañana, sabiendo que ya había metido mi mano dentro de un calcetín resultaba a veces algo embarazosa.

Por supuesto, la posibilidad de que los dos calcetines escogidos del cajón pertenecieran al mismo par tal y como los había empaquetado inicialmente el fabricante era remota. Pero dado que todos eran iguales, ese hecho no suponía ningún tipo de problema. 

Sin embargo, una situación tan idílica se vió (he dudado si poner este acento, sospecho que estoy violando el Principio de Economía de la Real Academia; las palabras monosílabas nunca se acentúan, salvo que se requiera una tilde para la función diacrítica de diferenciar dos palabras diferentes que se escriban igual; en este caso se trata de una secuencia vocálica en diptongo, por lo que se trata de un monosílabo sin confusión posible; aunque parte de los hispanohablantes la pronuncien como un hiato, resultando bisílabas a efectos de pronunciación; página 231 de la Ortografía de la lengua española -2010-), bueno digo que se vio truncada por la realidad de las estaciones extremas, especialmente cierta cuando me trasladé desde mi Barcelona natal a este Madrid estepario de clima continental. Con lo cual tuve que tomar una decisión extrema respecto a los calcetines: debía tener un stock separado de calcetines para el invierno y otro para el verano.

Manteniendo en vigor ciertas decisiones estéticas (para diario, calcetines siempre negros), tuve que escoger un nuevo tipo de calcetines de lana para los inviernos, y de calcetines de algodón para el verano. Tras algunos titubeos y pruebas diversas, me hice con una cantidad razonable (dadas mis estrategias de lavado) de calcetines de los dos tipos, con alguna mezcla de marcas y modelos, hasta la decisión final.
Alguien inventó esta bolsa para calcetines solos
(Fuente: decoesfera)

La primera consecuencia de esta decisión es que tuve que destinar dos cajones (en lugar de uno solo) para los calcetines. Desde entonces, tengo un cajón para los calcetines de invierno y otro diferente para los calcetines de verano. Otra consecuencia desagradable a la que hubo que poner remedio es que la elección al azar de dos calcetines del gurruño de calcetines de la temporada ya podía provocar con mucha frecuencia efectos desastrosos desde el punto de vista estético. En efecto, entre los diversos modelos que tanteé, algunos son más largos y otros más cortos, unos tienen el canalé más ancho y otros más estrecho. Y, definitivamente para los calcetines de invierno, utilizar uno del revés repugna al sentido común.

Por todo ello, tuve que modificar las condiciones de mi proceso de lavado de calcetines, añadiéndole una fase posterior a su recogida tras el secado en la lavadora. Había que apilarlos y, uno a uno, meterles la mano para, por una parte, asegurarse de su integridad, y por la otra verificar si están ya del derecho o hay que darles la vuelta. Una vez extendido cada calcetín, ya por su lado bueno, hay que buscarle su par utilizando el criterio de parecidos razonables. Definido un nuevo par, conviene plegar los dos calcetines juntos, para facilitar su selección y uso futuro. Claro, durante el proceso es frecuente identificar alguno que presenta un tomate de difícil resolución, por lo que hay que eliminarlo del circuito de utilidad. Por lo que, al final de la operación, es posible encontrarse con un calcetín al que es imposible encontrarle par por falta de existencias.

Para el calcetín desparejado, su destino natural es el fondo del cajón. Claro, en el fondo del cajón ya hay otros calcetines desparejados, procedentes de procesos previos de lavado. Ocasionalmente puede producirse un reencuentro, cuando dos calcetines de dos pares del mismo tipo han muerto en momentos distintos. Es en ese momento cuando los dos viudos pueden reiniciar una nueva vida como par, abandonando el ostracismo del fondo del cajón y retornando al circuito de utilidad. A fin de cuentas, así se resuelve también  a menudo la viudedad en la vida real, ¿no?.

Con este proceso redefinido de esta manera, la operación de escoger dos calcetines para su uso en el día se ha convertido en la elección de un par de calcetines para ello. Mucho más civilizado, sin duda.
El Resultado: cajón con calcetines plegados por pares
(JMBigas, Enero 2011)

Una pequeña mención merece también el proceso de aprovisionamiento de calcetines. Tengo un estante donde se acumulan las prendas por estrenar, entre ellas, los calcetines. Voy introduciendo pares nuevos en el circuito de uso cada vez que hace falta, debido a la merma provocada por la retirada de los que han sucumbido a su tarea y han dejado de ser utilizables. De vez en cuando, aprovechando la época de Rebajas (tres pares por el precio de dos, o ventajas equivalentes), acostumbro a comprar seis pares nuevos, que me valen para disponer de reservas durante bastante tiempo.

Con todo ello, la operación de lavado se ha convertido en una tarea ingrata, que siempre procuro diferir al límite de lo posible. Tengo un stock bastante extenso de calcetines (para los de invierno, he contado hasta veinte pares en circulación), pero llega un momento en que el lanzamiento de un proceso de lavado resulta ya inaplazable. Y, tras la operación automática de la lavadora, toca el proceso manual (y nunca mejor dicho), que te lleva a meter la mano en hasta cuarenta calcetines y a desarrollar un complejo temporal de cebador de calamares. Por eso es mejor hacerlo de noche, cuando ya no haya que salir de casa, a fin de evitar esa sensación embarazosa de que hablaba antes. Ah, y hay que hacerlo en un lugar con buena luz y con las gafas de ver de cerca, en su caso.

Una operación que, a fin de cuentas, no dura más de quince o veinte minutos, pero que resulta sumamente desagradable y no mola pero que nada de nada. Que termina, eso sí, con el cajón rellenito y ordenado con los pares de calcetines limpitos para utilizar en los próximos días. Hasta que toque repetir.

Ayer me tocó lavar calcetines.

JMBA