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martes, 9 de julio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 13: Restauración


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales

Hay que reconocer que las instalaciones de la Residencia son de gama alta, hasta de cierto lujo. El servicio, en general, es más que correcto. Pero, con diferencia, lo más mediocre que ofrece la Residencia son las comidas en general. Intentaré hacer un repaso desapasionado a este tema tan trascendente e importante para cualquier residente y sus familias.

En honor a la verdad, debo decir que, al margen de su calidad y atractivo, la alimentación proporcionada por la Residencia no debe de ser nociva para la salud. No tuve noticia de intoxicación alguna, jamás tuve ni siquiera síntomas de que alguna cosa me hubiera sentado mal y, de hecho, mantuve el peso prácticamente estable durante toda mi estancia.

El régimen nutritivo en la Residencia consta de cuatro comidas diarias: desayuno, almuerzo, merienda y cena. A lo que hay que añadir suministros para asegurar la correcta hidratación, a media mañana y media tarde, en las zonas comunes.

El desayuno y la merienda, habitualmente, te lo sirven directamente en la habitación. El desayuno en torno a las nueve o nueve y media de la mañana, y la merienda hacia las cuatro y media o cinco de la tarde.

Existe una moderada flexibilidad en el contenido de estas dos comidas. Cada residente tiene cierta libertad para escogerlo, dentro de un abanico de lácteos, frutas, zumos, etc. Para el desayuno, yo escogí, el primer día, pan tostado con aceite, vaso de zumo y café con leche, al estilo de lo que acostumbro a desayunar cuando estoy en casa. Y ya no lo cambié durante toda mi estancia. La única sorpresa diaria era el sabor del zumo que me iba a tocar de entre los tres disponibles: naranja, piña o melocotón. El pan consistía en un trocito de baguette abierta y tostada, e invariablemente fría. Un pan de barra tostado y frío puso a prueba a mi dentadura todos los días, ya que se parecía peligrosamente a un trocito de roca granítica.

Para la merienda, me acostumbraban a servir un vaso de zumo y un estuchito de bollería industrial sin azúcares añadidos, que podían ser madalenas o bien valencianas. Tras varios días en que sólo me apetecía tomar el zumo (hace muchos años que desterré la merienda de mis hábitos alimentarios), conseguí que una de las auxiliares habituales ya me trajera únicamente el vaso de zumo sin bollería, pero las demás seguían con el servicio completo.

Un día en que, contra mi rutina habitual, bajé a las zonas comunes por la tarde más temprano de lo habitual, en torno a las cinco, descubrí que había bastantes residentes a los que se les servía la merienda en el comedor.

Toda la restauración, incluyendo la cafetería, la Residencia la tiene subcontratada a una empresa especializada. Aunque el servicio (tanto en las habitaciones como en el propio comedor comunitario), recae básicamente en las auxiliares, también hay unos poquitos camareros y camareras profesionales, personal de la contrata.

Para el almuerzo y la cena, había dos turnos. El primero comía a la una de la tarde y cenaba a las siete. El segundo, almuerzo a las dos y cena a las ocho. Este último fue el mío durante toda la estancia. Por lo que pude colegir, se reservaba el primer turno a aquellos residentes más dependientes y que precisaban de cierta ayuda para poder comer en condiciones.

Cada día se publicaba en una hoja de papel el menú del día siguiente. El menú de almuerzo y cena incluía la opción de dos primeros y dos segundos platos. El postre se podía escoger sobre la marcha, entre la fruta disponible, yogures, helados o algunos extras (los días que tocaba) como la manzana asada, la compota, el pudding o la tarta de los domingos.

Cualquier residente podía escoger cada día su opción para las dos comidas del día siguiente. Además de los platos del menú, había algunos extras más o menos genéricos, como huevos fritos (eso sí, con diversos nombres), o canelones, o espárragos, o incluso langostinos fríos con mahonesa.

Convenía rellenar ese papel cada mañana. A veces, las auxiliares que servían el desayuno en las habitaciones aportaban también el papel, y luego se lo llevaban convenientemente rellenado por el residente. Si este proceso fallaba (lo que ocurría, por cierto, con bastante frecuencia), había que acercarse por Recepción durante la mañana, y rellenarlo y depositarlo ahí.

Personalmente, durante toda mi estancia, yo disfruté de almuerzos y cenas en el comedor común. Pero había bastantes residentes (más para la cena que para el almuerzo), que optaban por comer en su propia habitación. En general, se quejaban de que lo que tenía que estar caliente les llegaba frío y viceversa. Lo que, por cierto, tampoco constituía una gran diferencia respecto al comedor comunitario, especialmente durante el período vacacional del verano, en que cundió un nivel de caos y desorden superior al habitual.

El primer día que aparecí por el comedor, las auxiliares me asignaron un lugar en una de las mesas masculinas. En la asignación de mesas se practicaba estrictamente una segregación por sexos. Alguna vez pregunté por el motivo de esa segregación, y obtuve la respuesta irónica de que era para que no nos metiéramos mano. Sospecho que el motivo real era de índole puramente práctica y nada ideológica: las conversaciones (siempre bastante escasas) fluían mejor en una mesa de solo hombres o de solo mujeres. Solo se podía superar esa segregación reservando una de las mesas privadas, en el exterior del comedor comunitario. Esto se hacía cuando acudía alguna visita que se quedaba a almorzar o cenar, para poder compartir mesa con el residente visitado. En una ocasión, R. reservó una mesa para comer con una amiga que le vino a visitar y me invitó a que compartiera mesa con ellas dos. Pero eso era una excepción que había que crear.

Conservé ese mismo lugar en el comedor y en la mesa masculina durante toda mi estancia. Lo único que varió fue que, al principio, mientras mi movilidad se realizaba en silla de ruedas, no había silla en esa posición. Cuando evolucioné al andador, y luego a la muleta, acostumbraba a haber una silla en mi lugar, aunque a menudo había que traerla desde algún otro lugar del comedor.

La mesa que me correspondió era rectangular y bastante grande, con espacio holgado para hasta ocho comensales. A mí me correspondió una de las cabeceras, de espaldas a una de las ventanas que daba al jardín.

Sí fueron variando el resto de comensales en mi mesa. De hecho, incluso la composición habitual era diferente en el almuerzo que en la cena. Las primeras semanas, en la cabecera opuesta a la mía, para la cena, se sentaba Paulino, un hombre bastante entero a pesar de sus más de 90 años, que se fue para su casa muy pronto. Apenas tuve ocasión de intercambiar alguna conversación con él. También estuvo, fijo en almuerzo y cena durante toda su estancia, el Kamikaze, el zamorano que se había roto un brazo, que acabó yéndose para su tierra sanabresa hacia finales de Junio.

A mi derecha, durante toda la estancia, se sentaba S., el hombre aferrado a un ABC. Diabético de insulina diaria, era muy callado y extremadamente maniático. Una vez sentado y a la espera del servicio, se dedicaba a ahuecar los trozos de pan y a despojarles de su miga, que dejaba en bolitas separadas del resto. A su derecha estuvo Don José, el sevillano que se acabó yendo a otra residencia en Valladolid. A mi izquierda se sentó durante mucho tiempo F., en los intermedios de sus múltiples traslados al hospital, por diversas razones. Del último no volvió, parece que el corazón, muy débil ya, no le aguantó más.

Había también algunos comensales que se sentaban en mi mesa en la comida o en la cena, pero tenían otra posición para la cena o la comida. La razón para ello es que, en la cena, se ocupaban menos mesas que en la comida, y algunas quedaban directamente canceladas, ya que algunos residentes escogían cenar habitualmente en su propia habitación. Entre los comensales volantes (él cenaba en otra mesa del comedor comunitario) estaba Don Jaime, el gallego amante de los vinos, que nos invitó en diversas ocasiones a vinos blancos gallegos (algún Ribeiro, algún Rias Baixas, algún Godello de Valdeorras...). La pena es que solo con grandes esfuerzos podía hablar de forma prácticamente ininteligible y estaba sordo como una tapia, a pesar de un visible audífono. Muchas veces le acompañaba hasta la mesa una de sus nietas, una chica muy agradable y simpática, que nos saludaba a todos como si ya fuéramos sus colegas.

En el almuerzo se sentaba también a mi mesa, durante su corta estancia, C., el riojano de Nájera. Hablaba con cierta dificultad, como si el cerebro le funcionara a media velocidad. Aunque cuando conseguías conversar con él, te dabas cuenta de que ese no era el caso, sino el ritmo que le dictaba su propio carácter. Siempre estaba enojado por motivos a menudo alambicados, porque en la Residencia no le trataban como creía merecer. Y también estaba L., un hombre muy deteriorado, en silla de ruedas, que apenas podía hablar, aunque me parece que su cerebro estaba en buen estado. Sabiendo que yo era catalán, intentó transmitirme que él tenía antecedentes de Rosas, en la costa de Girona.

Mi posición en la cabecera me daba una ventajilla mínima, a la que en ese entorno daba mucho valor. Desde ella tenía una completa visibilidad de todo el comedor. Pude ver desde mi tribuna las frecuentes trifulcas que estallaban, por razones habitualmente nimias, entre alguno o alguna de los residentes y las auxiliares, las camareras o la supervisora. Era frecuente oír alguna voz destemplada que exigía a gritos lo que creía corresponderle. Y, alguna vez, asistí a enfrentamientos casi físicos por algún comentario fuera de tono, o alguna acusación velada de falta de educación.

Normalmente al principio de las comidas, pero para algunos temas, también hacia el final, nos visitaba la camarera de los medicamentos. Traía las medicinas que cada comensal se debía tomar, y también realizaba la prueba rápida del nivel de azúcar en sangre a los diabéticos, con eventual dispensación de una dosis de insulina. A mí empezaron haciéndome la prueba todos los días, pero luego, viendo que los niveles siempre eran normales, decidieron hacerlo sólo una vez por semana, habitualmente los domingos. Ese día tocaba tres verificaciones. La primera, de madrugada en la habitación, y luego antes de la comida y antes de la cena. Hacia el final de las comidas, las auxiliares sanitarias administraban, a quien lo requiriera, los colirios y gotas para los ojos.

La calidad gastronómica de las comidas era bastante discutible. Supongo que, desde el punto de vista sanitario, eran suficientemente correctas, pues no tuve ningún episodio ni de náuseas ni de descomposición durante toda mi estancia, ni tuve noticias de intoxicación alguna. Pero, desde luego, muy raramente se servían comidas que resultaran emocionantes. Los guisos (alubias, patatas guisadas,...) sí les salían bastante bien. Pero los segundos platos, habitualmente de carne o pescado, eran de calidad bastante discutible. Algunos días, el pescado estaba más o menos agradable, a pesar de ser de naturaleza u origen prácticamente desconocidos.

Un día me atreví a pedir lo que en el menú se describía como entrecote. Lo que me llegó fue una suela de zapato vieja, que estaba seriamente desaconsejada para la nutrición humana. Se lo llevaron, ante mi queja, y creo que me trajeron en su lugar unos huevos fritos con jamón.

La creatividad literaria de los que creaban el menú y ponían nombre a los platos se veía muy parcamente reflejada en la creatividad culinaria en la cocina. Muchas veces servían el mismo plato, pero con nombres distintos. Y, a menudo, el plato real estaba radicalmente alejado de su descripción literaria.

Durante el verano vivimos varias semanas de auténtico caos en la cocina. Los suplentes, y los sustitutos de los suplentes, campaban a sus anchas y no respetaban lo más mínimo los menús anunciados. Durante varios días, pareció que la única carne que entraba en la Residencia era el jamón de york, que sirvieron de diversas formas, sustituyendo a cinta de lomo empanada (creo que la llamaban a la madrileña) y hasta a un pomposo escalope milanesa. Una de las supervisoras del comedor nos confesó un día que el cocinero que debía sustituir al que estaba de vacaciones, directamente ni se presentó ni respondía al móvil, y a última hora debieron tirar del cocinero ayudante de otra de las residencias del Grupo.

Con residentes, en general, de edad muy avanzada, es normal que hubiera dietas especiales para muchos de ellos. Por ejemplo, diabéticos severos, de los de insulina diaria, o pacientes con disfagia, que requerían que hasta al agua se le añadiera un espesante, para evitar atragantamientos. Por lo que pude ver, se intentaba respetar las prescripciones médicas en este sentido, aunque siempre me pareció que con más voluntad que acierto. Oí muchas veces recomendaciones del tipo "este postre no le conviene", o "eso no debería tomarlo, por la gastroenteritis que está pasando" y cosas así. Pero nunca vi una organización sólida que garantizara que ningún residente acabara consumiendo platos que no debiera.

La tónica más general en la Residencia era que nunca teníamos hambre, pero a la hora determinada nos sentábamos para almorzar y por la noche lo mismo para cenar. Pero también había residentes de los que siempre pedían repetir plato, aunque luego quedara la mitad sin consumir. Don S., a mi derecha en la mesa, era experto en aprovechar su movilidad para levantarse e ir a la cocina, para reservarse el postre que le apetecía, antes de que las auxiliares nos dijeran que ya no quedaba, o para pedir el segundo que quería, antes de que otros se le adelantaran.

Al mediodía, las peticiones especiales del oyente parece que funcionaban bastante bien. Había una de las camareras, digamos profesionales, que se encargaba de distribuir los pedidos fuera de menú. Pero en la cena eso no funcionaba habitualmente y, si te acordabas de haber pedido algo especial, había que insistir para conseguir que te lo trajeran. Aparte de que, en la cena, siempre había un comodín, que era el queso blanco con membrillo, del que parecía haber existencias inagotables.

En el servicio de la mesa, acostumbraba a haber un poco de pan ya distribuido para cada comensal. Podía ser blanco o integral, aunque se distribuía sin criterio alguno, ni atención a las preferencias expresadas por uno u otro residente. También había una o varias jarras de agua, de las que muchos residentes tenían graves problemas para servirse, sea por una vista defectuosa o por una falta de coordinación en las manos, por lo que siempre acostumbraba a haber grandes manchas húmedas de agua en el mantel. A algunos residentes, sin un criterio muy definido, se les servía una copita de vino (tinto de tetra brik), que podía venir solo o bien mezclado con gaseosa. Yo adquirí el derecho al vino, aunque nunca se sabía si sería una copa pequeña o mediana, si sería solo o estilo tinto de verano. Y a veces no estaba, y había que reclamarlo. A pesar de ser yo mismo un amante del buen vino, sólo acostumbraba a tomar uno o dos sorbitos, por el mero hecho de recordar que ahí fuera seguían existiendo placeres incompatibles con el ambiente de la Residencia.

Un día de verano faltaron las servilletas de tela, por un incidente con el servicio de lavandería. Al mediodía nos dieron algunas servilletas de papel. Pero en la cena, todavía sin servilletas para todo el mundo, nadie del servicio fue capaz de traer servilletas de papel de la cafetería, porque parece ser que no era la obligación concreta de nadie. A menudo se tenía la sensación de que una organización férrea del reparto de tareas hacía imposible la improvisación necesaria para resolver sobre la marcha los problemas e incidencias que frecuentemente se producían.

Las comidas raramente duraban más de media hora. Con los postres, algunos residentes empezaban (empezábamos) a desfilar hacia otros lugares. Al mediodía, por ejemplo, hacia la cafetería para tomar un café parecido al de verdad; por la noche, a menudo directamente a la habitación, o quizás unos minutos al jardín para fumar el último cigarrillo del día.

Las comidas en el comedor comunitario eran la ocasión para algunas conversaciones, en general bastante escasas. El nivel de esas conversaciones variaba de unas mesas a otras, pero jamás tuve la sensación de un nivel sonoro elevado. En las mesas femeninas, las conversaciones tendían a ser más estables y sostenidas, mientras que en las masculinas eran, curiosamente, más raras y ocasionales. En mi mesa era muy complicado mantener alguna conversación. Sólo con el Kamikaze (y hacia el final, con G., que se sentó a mi izquierda sustituyendo al fallecido F.) se podía hablar un poco de forma inteligible. Para vencer el retraimiento general, que conducía al silencio, descubrí que los mejores catalizadores eran comentar alguna noticia sobre el Real Madrid o insinuar que Zapatero, como Presidente del Gobierno, no todo lo había hecho mal.

Siempre había algunos Residentes que comían o cenaban en una de las mesas privadas frente al comedor. Algunos de forma bastante ocasional, otros de modo más reiterativo. Creo que alguna Residente siempre cenaba en una de esas mesas en compañía de su cuidadora. Incluso había una señora que siempre cenaba, a menudo sola, en una de esas mesas. Yo utilicé varias veces una de esas mesas, para comer con mi hermana o alguno de mis sobrinos. Incluso un día quedamos con varios amigos para comer el menú de la Residencia.

En resumen, la comida en la Residencia no era de mala calidad, pero nunca resultó mínimamente atractiva. Cualquier pecado relacionado con la gula estuvo alejado de mi vida durante toda la estancia allí. Aunque fuera del comedor podía haber algunos atisbos, como la cervecita acompañada de unas pocas patatas fritas de alguna tarde, o la copita de vino blanco (habitualmente verdejo) de los sábados o domingos al mediodía. Y era fiesta cuando Don Jaime invitaba a algún vinito de los que compraba con su nieta en la tienda junto al mercado. La última semana, yo mismo llevé de casa una botella de un tinto recio (un Calzadilla de Huete, Cuenca), con la que invité a Don Jaime y al resto de comensales. G., que esos días se sentaba a mi izquierda en la mesa, me repitió que él bebía de todo pero era poco entendido en vinos, y que le parecía fuerte, muy fuerte.

Los almuerzos y las cenas, a horario fijo, constituían hitos importantes en la rutina de todos los días en la Residencia.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 14: Tertulias

viernes, 24 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 10: Rutinas


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 9: Erotismo


No creo que tenga que insistir demasiado para convenceros de que la estancia en una Residencia de Mayores puede resultar extremadamente deprimente. Si te fijas, puedes ver las muy variadas formas que existen de envejecer, y ninguna parece envidiable. Conviene no perder de vista, de todas formas, que fuera de las Residencias, en la calle, se ven otras maneras de acumular años que resultan bastante más estimulantes.

Ver a grupos de abuelitos y abuelitas aparcados en algún lugar de los salones, frente a un televisor al que nadie hace caso, es una visión que solo es ligeramente exagerado titular de apocalíptica. Y resulta muy desmoralizadora, a poco que empatices con tus compañeros de viaje.

Una de mis tácticas defensivas para evitar caer en un estado emocional depresivo fue fijar una rutina bastante definida, con ligeras variantes para el fin de semana. Esto me evitó tener que tomar decisiones con demasiada frecuencia, lo que siempre genera un cierto estrés y te debilita la moral.

Conseguí, no sin algunos esfuerzos y varios fracasos, que todos los días pudiera estar aseado y vestido para las nueve o nueve y cuarto de la mañana. Listo para desayunar y para iniciar mi jornada en libertad condicionada para el resto del día. Cada dos o tres días, tras el desayuno, procedía a un afeitado al modo tradicional, con su brocha, su jabón, su espuma y su cuchilla.

Por el propio funcionamiento de la Residencia, a menudo la rutina es difícil de mantener, porque dependes siempre de elementos que no están bajo tu control. Una de las auxiliares, B., era la habitual de mis mañanas y, salvo incidentes familiares o médicos, conocía mis preferencias y rutinas y las respetaba. Pero, claro, algún día tuvo a alguno de sus hijos enfermo, y se incorporó al trabajo varias horas más tarde de lo normal. En estos casos, el caos se apoderaba de la actividad en la Residencia.

Lógicamente, B. libraba un par de días después de unos cuantos de trabajo continuado, y también disfrutó de alguna semana de vacaciones durante el verano. La sustituta titular era L., que también conocía mis rutinas y las respetaba. Si a ella también le tocaba librar, se podía instalar el descontrol y ya dependías por completo de qué otra, u otro, auxiliar te pudiera tocar, suponiendo que corriera el turno de forma adecuada.

Por no hablar de cuando se producía algún incidente de fuerza mayor. Como la mañana en que, tras unas filtraciones, no hubo agua, ni caliente ni fría, hasta pasadas las diez.

Desde el principio tuve claro que lo que una auxiliar conocía de tu rutina era una información personal suya y en ningún caso un conocimiento de la organización. Recuerdo que, hace años, cuando yo trabajaba en el negocio de la informática, se insistía mucho en la necesidad de implantar una estrategia clara de CRM en las empresas y organizaciones. CRM significa Customer Relationship Management, o Gestión de las Relaciones con el Cliente. Una estrategia correcta de CRM obliga a que cualquier cosa que alguna de las personas de la organización conozca de un cliente, sea un conocimiento colectivo de la organización.

De esta forma, y caricaturizando sólo un poco, debería ser un conocimiento colectivo de la empresa si al Jefe de Compras de un cliente le gusta más el vino de Rioja o el de Ribera de Duero, o si la mujer de otro Director General prefiere los gladiolos o las orquídeas. Habitualmente, estas informaciones son patrimonio del comercial que les atiende y, además, este está convencido de que son un valioso activo personal y habitualmente no está dispuesto a poner esa información a disposición de su organización, pues eso le convertiría en un recurso prescindible.

Yo siempre tuve la impresión en la Residencia de que mis preferencias en cualquier campo eran informaciones personales de la auxiliar a quien se lo hubiera comentado. Si ella no estaba, esa información no estaba disponible y se caía en la improvisación, seguramente bienintencionada, pero absolutamente imprevisible.

En fin, y salvando la complejidad, conseguí casi siempre poder salir de mi habitación en dirección al jardín alrededor de las diez de la mañana. Recordad que mi estancia transcurrió entre Mayo y Septiembre, y, por lo tanto, disfruté de todo el verano, donde el jardín fue una pieza fundamental e indispensable para garantizarme un cierto nivel de placer.

De diez a doce de la mañana acostumbraba a estar en el jardín, principalmente leyendo. Cuando ya llegué a formar parte del paisaje matinal en esa zona, me tocó disfrutar de alguna conversación con alguno de los Residentes que, si bien no especialmente deseada, en general no resultó desagradable.

Lo que formaba habitualmente parte de mi rutina mañanera era la visita sutil de La Sombra del Jardín. Se trata de una mujer bastante mayor, de voz suave y morosa, que se desplaza muy lenta y silenciosamente en su silla de ruedas, y siempre se detenía a hablar junto a mi mesa. El día que la conocí yo estaba con M., el Kamikaze, y su hermano. Cuando se acercó la Sombra, ellos dos me dejaron solo ante el peligro, y me tragué la historia completa de su vida, de la portería de casa fina en la que trabajó muchos años, del piso que se compraron, de su marido, de sus hijos, de las reformas que hicieron, de lo que hacía por los vecinos, del cáncer de huesos que decía sufrir, etc. etc. Yo no sabía cómo poner fin a tanta información que a mí me resultaba irrelevante, pero tuve que esperar a que se extinguiera por sí misma.

Después de ese enojoso episodio, procuraba que su llegada me pillara leyendo muy concentrado. Entonces ella solo recitaba su letanía diaria:

- Buenos días nos dé Dios. ...........  Me voy un rato a la capilla.

Curiosamente, rara vez la veía por la Residencia en otro momento del día.

El jardín estaba bastante desierto a esas horas, y fresquito incluso en los días más calurosos del verano. Empezaba a llenarse a partir de la once y media. Uno de los extremos del jardín lindaba con el salón dedicado a terapia ocupacional, y allí se iban acumulando los viejecitos más extraviados. El panorama bastante idílico de primera hora se iba degradando a lo largo de la mañana. A las doce me volvía a la habitación.

Muchas veces aprovechaba ese rato en la habitación para una visita al baño privado, porque se me movía la tripa. Veía un poco las noticias matinales en la tele, hasta la una menos cuarto, en que bajaba para la sesión diaria de Fisioterapia, de una a dos.

El Gimnasio de Fisioterapia es una instalación realmente mixta, entre gimnasio más o menos convencional y gabinete de fisioterapia, con aplicaciones específicas de técnicas magnéticas, eléctricas, de calor, etc. Había espalderas, barras paralelas para poder caminar con total seguridad, y hasta una bicicleta estática. Y también estaba el sillón de las torturas, para reforzar los músculos de las piernas (cuádriceps e isquio tibiales). Eso sí, estaba ubicado en una posición preferente, dominando la casi totalidad del Gimnasio. Para muchos de los clientes, de edades muy avanzadas, la terapias aplicadas se dedicaban casi puramente a mantener, de la mejor manera posible, lo poquito que iba quedando de las agilidades juveniles. Para otros, especialmente para la mayoría de residentes temporales el objetivo era más bien la rehabilitación y recuperación de incidentes puntuales de salud (roturas de huesos, disfunciones nerviosas - como era mi caso -, etc.).

Terminada la sesión diaria de Fisioterapia, directo al comedor para el almuerzo. A las dos de la tarde sharp. Bueno, salvo algunos días en que, por cualquier razón, el caos se hubiera apoderado del primer turno de comidas, y entonces el ingreso al comedor podía retrasarse hasta diez o quince minutos. A la entrada del comedor se acumulaban los residentes, esperando luz verde para acceder a él, cuando los auxiliares y camareros hubieran terminado de preparar las mesas para el segundo turno. Allí se podía ver la panoplia completa de ayudas técnicas para la movilidad, con la silla de ruedas como protagonista indiscutible, acompañada de muletas y bastones.

Tras la comida, un café bastante real en la cafetería (de pago aparte, por supuesto) y un cigarrito en el jardín. Para las tres, subida de nuevo a la habitación para pasar la primera parte de la tarde, normalmente hasta las seis. Ponía la tele, a veces sin sonido, leía un poco, si tenía un libro muy interesante en las manos, jugaba algo con la tableta, o aprovechaba para hacer alguna llamada que tuviera pendiente. De cuatro y media a cinco me llevaban la merienda a la habitación.

En torno a las seis bajaba de nuevo al jardín. Aunque los visitantes tenían libertad para acercarse por la Residencia a cualquier hora del día, dentro, por supuesto, de los límites adecuados, a todos mis amigos les recomendaba que vinieran por la tarde, entre las seis y las ocho. Leía un rato o mantenía una conversación con alguno de los Residentes con los que todavía se podía hablar, aun con ciertas restricciones. Si había suerte, llegaba algún amigo o familiar de visita. En este caso, le tocaba pagar (y traer desde la cafetería hasta el jardín) una cervecita y unas patatas fritas, que eran la máxima expresión del desenfreno y la gula dentro de la Residencia. Si no había visita, algunas veces conseguía convencer al camarero que estuviera de guardia ese día en la cafetería (mucho mejor si era el R. hijo que el R. padre, más esquivo) para que me hiciera el favor de sacarme una bandejita al jardín.

Por la Ley de Murphy, que se desmiente a sí misma cumpliéndose siempre, había muchos días en que no tenía visita, pero de repente otra tarde aparecían diversos amigos a la vez, aunque cada uno hubiera venido por su propio camino, además de una de mis sobrinas, que sí había anunciado la visita. Un ejemplo.

A las ocho en punto había que desplazarse al comedor para la cena. Si había visitas, era el momento de la despedida y el agradecimiento. Siempre dije, y sostengo, que una visita (casi) nunca se pide pero siempre se agradece.

Tras la cena, un cigarrito en el jardín y directo a la habitación.

Entre las nueve y las diez venía alguna auxiliar para ayudar a acostarme. Si estaba C., mi favorita, aparecía muy pronto, en torno a las nueve y diez. Si le tocaba a otra podía retrasarse hasta las diez menos cuarto o así. A esa hora, si no había aparecido nadie, lo mejor era dar un timbrazo al botón rojo, para evitar que acabara el turno y se quedara uno olvidado al margen.

Ya en la cama lo más tarde a las diez. Viendo un poco la tele, o jugando un poquito con la tablet. Cuando conseguí que Movistar me pusiera 24GB de datos a mi disposición en el móvil, también pude ver alguna película o alguno de los partidos de La Liga y de la Champions en la tablet. Porque la Residencia habla de la disponibilidad de WiFi en el centro, pero lo cierto es que sólo funciona razonablemente bien en algunas de las zonas comunes, prácticamente nada en el jardín, y llegan sólo unos pequeños retazos a la habitación. Nada que pueda considerarse operativo. Claro que hay que entender que el 90% de los residentes no sabe siquiera lo que es el WiFi, y otro 8% lo conoce, pero no sabe hacerlo funcionar.

En conclusión, me ponía ya definitivamente para dormir en algún momento entre las once y medianoche, y casi de un tirón hasta las ocho y media de la mañana. En los primeros tiempos me despertaba hacia las siete de la mañana, y escuchaba un rato la radio matinal con los auriculares, hasta la hora de levantarse y asearse. Pero pronto me acostumbré a esa vida de molicie, y a menudo me despertaba B., entrando en la habitación hacia las nueve menos cuarto con su característico "Bueeeeeenos Díííaass". Todavía arrastro esos hábitos de lirón, a los que no estaba nada acostumbrado anteriormente.

El fin de semana variaba un poco la rutina, porque no había Fisioterapia. Habitualmente bajaba también en torno a la una de la tarde, pero recalaba un rato en alguna de las mesas de la cafetería y me tomaba una copita de vino blanco verdejo, con unas patatitas fritas. A continuación un cigarrito en el jardín y a comer.

Una rutina bien definida me ayudó a conseguir que fueran pasando los días sin mucho dolor.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico

sábado, 2 de junio de 2012

Una de las peores maldiciones para el viajero

Esta mañana de sábado, pasó. En la zona de autobuses del hotel Ibis Meriadeck de Burdeos, había dos autocares aparcados: uno español y el otro francés. Se anticipaba el desastre.

Bajé para desayunar a las ocho de la mañana. Pronto para ser un sábado, pero quería viajar hasta Brive-la-Gaillarde (unos 300 kilómetros por la ruta más rápida), pero tenía previstos algunos desvíos (la jornada de puertas abiertas en los châteaux de Lalande de Pomerol, una macro-tienda de vinos en Le Bugue (Dordogne) y el castillo de Castelnau), por lo que convenía iniciar prontito el día.

En el buffet de desayuno coincidí con los maduros (tercera edad, vamos) del autocar francés. Sin duda, lo peor de lo peor: todas las mesas ocupadas, el buffet asediado, el jamón york y los croissants arrasados. Coincidí no hace mucho en el buffet de un hotel de los alrededores de Londres con los ocupantes (adolescentes) alemanes de un autocar de turismo. Fue duro, pero nada que ver.

He reflexionado, y localicé tres razones por las que los de la tercera edad son los peores con los que coincidir en el buffet de desayuno:

1) Están organizados. Todos se conocen entre ellos (o lo hacen ver). Se saludan con las bandejas en la mano, y se comentan los achaques de la noche. Se acumulan, de pie, en torno a las mesas de los demás, y repiten de café, esquivando las recomendaciones de sus médicos.

2) Se enfrentan al buffet como si no hubiera un mañana. Dan tres vueltas a los mostradores, cogiendo de todo, y a veces doble. Lo que deciden no comerse se lo llevan consigo, por si acaso hoy no hubiera almuerzo. Aprovechan al límite el tiempo de descuento, y jamás se plantean (cuando están de viaje) lo que les conviene y lo que no. Se advierten unos a otros de las precauciones, pero todos saben que están viviendo unos días sin freno, restricciones ni claudicaciones.

3) Y lo que es sin duda más letal para cualquier viajero que coincida con ellos, y no sea de su grupo: tienen tiempo y odian las prisas. A los adolescentes los citan para partir a las ocho, y consideran una debilidad aparecer por el buffet de desayuno antes de menos cuarto; a los abuelos los citan a las ocho, y consideran una traición no estar en el buffet a las siete. Claro, luego lo complican todo porque practican prolongadas sobremesas del desayuno, no liberando las mesas en el tiempo que debería ser razonable.

Siempre he fantaseado con la idea de escribir una novela negra, que empezaría con uno de estos abuelitos que aparece muerto en la silla del desayuno de un hotel en algún lugar. Pero siempre que he empezado a intentar desarrollar la trama, he llegado a la conclusión de que el asesino más probable sería yo mismo, y he abandonado la tarea.

El buffet de desayuno del Ibis Bordeaux Meriadeck es más que razonable (especialmente por el precio al que lo cobran, 9€). Disfrutado en semisoledad es una gozada; pero si coincides con uno de los autocares, se convierte en un drama. Porque, además, a las camareras las posee el mismo estrés, y pueden limpiarte la mesa, aunque sólo te hayas levantado a buscar una cucharilla. Merece la pena madrugar para disfrutarlo en buenas condiciones. Si hay autocares, las ocho es una hora nefasta. Aunque no está garantizada la tranquilidad ni siquiera a las seis y media de la mañana.

Es urgente aislar algunos hoteles solamente para los autocares de la tercera edad: que compitan entre ellos.

JMBA 

lunes, 10 de octubre de 2011

En globo sobre el desierto de Alice Springs (1994)

En Agosto de 1994 tuve ocasión de realizar un viaje bastante completito por Australia y Nueva Zelanda. La primera (relativa) sorpresa, fue el frío que encontramos en lugares como Sydney y, especialmente Melbourne. Nos obligó a visitar, de urgencia, un mercadillo para comprar unas cazadoras cutres para abrigarse un poco (lo más barato que encontramos).
Uno de los globos del grupo, volando contra el cielo
del amanecer.
(JMBigas, Agosto 1994)

El frío no nos abandonó. Más adelante, en la isla sur de Nueva Zelanda, estuvimos un par de días en Queenstown. Por la mañana, el lobby del hotel estaba plagado de esquiadores perfectamente equipados para subir a las pistas, mientras nosotros íbamos vestidos de turistas bastante pardillos. En el teleférico que sube a una colina, de hecho nos empezó a nevar a mitad de camino. Incluso tuvimos que cambiar la planificada visita a Milford Sound por otra, porque había habido una avalancha, y la carretera estaba cortada.

Pero en Australia pasamos también varios días de calor, tanto en el desierto del centro como en Cairns, sobre la costa tropical de la Barrera de Coral. En particular, hoy os quería hablar de la escala que hicimos en el centro de la gigantesca isla, en Alice Springs. Allí contratamos una excursión que consistía en volar en globo (al amanecer) sobre el desierto circundante.
Nuestra pastora de canguros particular, dirigiendo la operación
de desembarque del globo y su cesta.
(JMBigas, Agosto 1994)



Preparación para el vuelo. Desembarque del globo, para luego desplegarlo
e hincharlo. Embarque de algunos pasajeros con la cesta volcada.
(JMBigas, Agosto 1994)

Nos recogieron en el hotel en torno a las cinco de la mañana (noche cerrada, por supuesto). A esa hora, hacía todavía bastante frío. El vehículo era una especie de todoterreno algo más grande de lo habitual, con un remolque en el que iba cargado el globo (perfectamente plegado) con su cesta. La conductora era una australiana que podía haber sido perfectamente pastora de canguros, pues más parecía un cowboy hombruno que cualquier otra cosa.

A bordo del globo, en pleno vuelo.
(JMBigas, Agosto 1994)


Salimos de la zona urbana, y la conductora no paraba de hablar por la radio con los conductores de otros vehículos parecidos (que habían recogido turistas en otros hoteles de la zona). Mientras, el resto de ocupantes dábamos botes de un lado para otro del interior del vehículo, que eso se movía más que garbanzo en boca de viejo. El objetivo de los diversos conductores era identificar, de acuerdo a las condiciones meteorológicas (de viento y demás) de esa madrugada, cuál podía ser el mejor punto de lanzamiento, y la ruta a realizar. Finalmente se pusieron de acuerdo, y convergimos en una zona del desierto (seguía siendo noche cerrada) varos vehículos, cada uno con su propio globo y sus pasajeros.

Ahí se nos pidió la colaboración a todos, para desplegar los globos, e iniciar su hinchado con unos potentes quemadores. La cesta, bastante grande, estaba compartimentada (creo que había ocho compartimientos). En cada compartimiento podían estar un par de personas de pie (mejor si estaban bien avenidas), y uno de ellos estaba reservado para el operador del globo. Inicialmente, la cesta estaba tumbada en el suelo, y se pidió a los primeros viajeros que subieran a la cesta en esa posición (para actuar de lastre). Luego, al irse hinchando el globo, llegó un momento en que la cesta se empezó a enderezar y se acabó poniendo de pie. Todo el conjunto seguía amarrado a tierra, claro.
Ya en vuelo, el Sol empezó a asomar por el horizonte
(JMBigas, Agosto 1994)

Varios de los globos del grupo, volando ya bajo el cielo de primera
hora de la mañana.
(JMBigas, Agosto 1994)

Fuimos subiendo los demás pasajeros, hasta completar la carga. Luego (el cielo ya estaba empezando a clarear) se soltaron las amarras, se dio potencia a los quemadores (con un sonido muy intenso), y el globo empezó a elevarse por encima del desierto. Llegaríamos a alcanzar una altura de varios cientos de metros.

Al mismo tiempo, el viento nos hacía avanzar en una cierta dirección. Al parar los quemadores, nos invadió un silencio beatífico. En el horizonte, desde nuestra altura, ya empezaba a asomarse el Sol naciente, y el desierto iba adquiriendo sus colores diurnos.

Veíamos cómo, en tierra, los vehículos que nos habían llevado se movían a toda velocidad, tratando de adivinar cuál iba a ser finalmente la zona de aterrizaje.

Operación de desembarque y recogida del globo y su cesta.
(JMBigas, Agosto 1994)


Fue una experiencia absolutamente impresionante ese viaje (estaríamos volando quizá una hora). Especialmente cuando todo se quedaba silencioso, porque estamos acostumbrados a volar dentro de un avión, donde siempre hay un elevado nivel de ruido, y el silencio era una novedad absoluta.

En el suelo se veía el desierto, con su muy escasa vegetación de arbustos, y algún animal corriendo de un lado para otro. Bueno, eso decía el operador, que nos iba indicando por dónde se movía algún bicho, pero yo no recuerdo haber visto nítidamente ninguno.

Íbamos volando, más o menos agrupados, pero a bastante distancia unos de otros, media docena de globos, básicamente en la misma dirección.


Desayuno improvisado en el desierto tras el vuelo. Catering y unas mesas,
no hacía falta mucho más.
(JMBigas, Agosto 1994)

Llegó el momento de ir bajando, e intentar un aterrizaje lo menos violento posible. Hubo suerte dispar. Nuestro globo consiguió aterrizar sin volcar la cesta (a velocidad horizontal casi nula), pero varios de los demás arrastraron la cesta volcada varias decenas de metros. En unos minutos, todos habíamos aterrizado, y bajamos de las cestas, de la mejor manera que pudimos.

Nuevamente tuvimos que ayudar en la operación inversa a la del principio: deshinchar y plegar el globo.

Terminadas las operaciones de desmontaje, con los globos y sus cestas de nuevo montados en sus correspondientes remolques, procedimos a tomar un desayuno en pleno desierto. Los organizadores de la excursión habían preparado en la zona de aterrizaje un completo catering casero. Aparecieron algunas tortillas envueltas en papel de plata, seguramente confeccionadas esa misma madrugada en casa de alguno de los miembros de la tripulación. Desplegaron algunas mesas grandes, y nos fuimos sirviendo lo que a cada cual le apetecía. Había café y zumos, y también alguna botella de vino, creo recordar.

Terminado el desayuno, la tripulación recogió todos los restos, plegó las mesas, y los mismos vehículos de la madrugada nos llevaron a los respectivos hoteles. Llegaríamos al hotel algo antes de las diez de la mañana, con la sensación de haber vivido ya una jornada entera, llena de vivencias absolutamente novedosas.

Una experiencia inigualable que todo el mundo debería realizar al menos una vez en la vida. Volar en silencio es la sensación que se te queda en el alma para toda la vida.

Las fotos que incluyo son de bastante mala calidad, porque las obtuve en su momento con una cámara compacta de carrete, y años después las escaneé y mejoré dentro de sus limitadas posibilidades. Pero son el testimonio vivo de esa experiencia que vivimos mi padre y yo en el desierto de Alice Springs, Australia, en Agosto de 1994.

JMBA