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viernes, 18 de marzo de 2011

La Lección de los Japoneses

Mientras en Europa y en Estados Unidos estamos temblando de pavor, como colegiales ante un examen sorpresa, la serenidad con que el pueblo japonés está afrontando los últimos acontecimientos es digna de mención y encomio.
Logo a la entrada de la EXPO90, en Osaka (Japón)
(JMBigas, Agosto 1990)

Están trabajando duro, como ya es habitual en ellos, para limitar al máximo los inevitables daños provocados por el terrible terremoto y posterior tsunami que han sufrido en los últimos días. Un país con una deuda que alcanza el 200% de su PIB, tendrá que endeudarse todavía más para poder afrontar la reconstrucción de las zonas devastadas. Pero posiblemente buena parte de esta deuda será comprada por los propios japoneses, gracias a su envidiable capacidad de ahorro, y a la profunda confianza que tienen en su propio país.

Por el contrario, las reacciones en Occidente en general, y en la Unión Europea en particular, han sido agitadas y temerosas. Se han volcado palabras muy fuertes, como apocalipsis, que no contribuyen para nada a mejorar ni a resolver la situación.

Por otra parte, el debate sobre la energía nuclear entre nosotros está definitivamente ideologizado. En la práctica sólo hay favorables a tope (con argumentos diversos y, muchas veces, intereses bastante evidentes) y detractores de todo lo que suene, de cerca o de lejos, a nuclear. Insisto en lo que decía hace unos días, que lo nuclear tiene muy mala prensa porque su primera aparición pública fue en la forma de las bombas más destructivas jamás utilizadas. Es cierto que la energía nuclear tiene riesgos importantes, pero nada que no sea posible controlar y limitar. Todas las actividades de la humanidad tienen algún riesgo.

No creo que sea para nada bueno la sobreprotección que parece que cierta izquierda (especialmente) pretende imponer. No nos dejan fumar en lugares públicos, porque el tabaco tiene algunos riesgos para la salud; nos obligan a conducir a velocidades reducidas, porque la velocidad tiene riesgos; los niños están tan sobreprotegidos, que el primer contacto con el campo seguro que les provoca alguna alergia, o diarrea, o lo que sea. Tenemos que aprender a convivr con los riesgos, o nunca sabremos controlarlos, limitarlos, dominarlos.
Barrio de Ginza, en Tokyo, paradigma del consumismo
(Fuente: taringa.net)

Creo que se está siendo injusto con la energía nuclear. Tiene riesgos evidentes (la posibilidad de liberar radiaciones potencialmente peligrosas para la salud, o incluso la vida, parece ser la mayor, en sus diversas formas). Cuando se produce un desastre como el de estos días en Japón, se descubre, además, que hay factores de codicia, desidia o corrupción, que acrecientan el riesgo real. La tecnología avanza cada minuto, y ciertas centrales nucleares construidas ya hace muchos años, posiblemente no tengan los niveles de seguridad exigibles, y que hoy la tecnología puede proporcionar.

Pero incluso siendo así, me parece fuera de lugar plantear el cierre de una central nuclear. Creo que, dentro de su ciclo de vida, debe haber hitos diversos que pasan por un mantenimiento preventivo y por una reconstrucción -total o parcial- pasados un cierto número de años en funcionamiento. Todo ello, por supuesto, redunda en un encarecimiento de la energía producida por este medio. Pero, la comparación de costes debe hacerse con nobleza y sin dobleces. Estimar el coste de producción de un kilovatio-hora debe hacerse considerando todos los costes. Entre ellos, de forma importante, el tiempo de vida útil de los activos, y el coste de su reconstrucción o adecuación a los nuevos estándares de seguridad y otros.

Bueno, el debate está servido de nuevo.

Pero os hablaba de Japón, y me gustaría desarrollar un poco más el argumento. Yo estuve en Japón unos días en 1990, el año de la EXPO90 de Osaka. Me gustó visitarlo, pero si un día desaparezco, no me busquéis por allí. No tengo claro el por qué, pero no me resultó un lugar donde me sintiera a gusto. En ello influye muy decisivamente el idioma, absolutamente críptico para un occidental, pero de forma quizá más definitiva, una filosofía de vida que está muy alejada de lo que estamos acostumbrados por estos lares.
Frente al Templo de Oro de Kyoto
(JMBigas, Agosto 1990)

En esa época, la conclusión que yo saqué del viaje es que el país, muy próspero a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y que ha sido la segunda economía mundial durante muchos años, no reinvertía las plusvalías, los rendimientos, los beneficios, en mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Viví los atascos más colosales que nunca he conocido, porque las infraestructuras de carreteras estaban bastante por debajo de lo que se esperaría de un país rico como Japón. Un japonés medio ganaba mucho dinero, pero se lo gastaba por el hecho de vivir en Tokyo u otras grandes ciudades, donde todo tiende a ser arbitrariamente caro; en particular la vivienda, por ejemplo. Eso generaba la ficción de que ciudadanos ricos de acuerdo a los estándares internacionales, vivían en condiciones relativamente precarias, o por lo menos, nada cómodas para una mentalidad occidental. Pisos muy pequeños y carísimos, a menudo alejados varias horas del lugar de trabajo.

Eso se compensaba con la riqueza que podían desplegar en sus viajes al extranjero. El dinero que ganaban en Japón les daba mucho mayor rendimiento durante sus vacaciones en el extranjero que viviendo en casa. Por eso siempre hemos visto japoneses por los Aeropuertos de medio mundo con varias botellas de Cognac XO de más de cien euros cada una.

Pero ahora los japoneses nos están dando una lección que nos conviene no olvidar. Creen en lo que les dicen o les piden sus gobernantes. Se sienten parte de su país, y no reparan en los esfuerzos y sacrificios personales para contribuir a mejorarlo, a reconstruirlo. No ceden a la desesperación ni al pánico. Sienten, sin duda, las mismas emociones que cualquier persona de otro lugar ante los miles de muertos que ha provocado el terremoto y posterior tsunami. Pero manifestar explosivamente sus emociones obligaría a los demás a compartirlas, o por lo menos, a comprenderlas; y su pudor y conciencia social se lo impide.

No todo, pero sí mucho debemos aprender de los japoneses, que estos días están manifestando sus mejores cualidades. La filosofía oriental es diferente de la nuestra, de raíz judeocristiana, no lo olvidemos. Pero igualmente respetable. Y su inserción en la sociedad en la que viven es digna de envidia para todos los ciudadanos de la Unión Europea, que nos miramos el ombligo sin parar, desviamos la mirada ante lo que no nos gusta, denostamos el país en que vivimos, pero no hacemos mucho para mejorarlo, esquivamos las responsabilidades que nos corresponden y cedemos a la desesperación cuando las cosas se tuercen, y acusamos de ello siempre a otros.
Interior de la EXPO90 de Osaka
(JMBigas, Agosto 1990)

Y nos convendría no olvidar, en nuestros libros de Historia, que cuando en la Edad Media la peste y las guerras sacudían Europa, sumida en una miseria que dejaba a la mayoría de la población totalmente al margen de la cultura y del progreso, en otros lugares del Mundo otras civilizaciones tenían unos niveles culturales y de progreso bastante por delante de lo que se practicaba por estos pagos. Si no fuera, claro, que cada vez más, parece que la Historia se limita a la de nuestra comarca y que no hay más ríos que el que cruza nuestro pueblo, que nace en tierra extraña y que se pierde en la niebla de la terra incognita, camino de su desembocadura.

Nos iría mejor si nos esforzáramos en ser -un poquito más- como los japoneses. Sin sus excesos, que también los tienen (lúdicos, lúbricos, etílicos,...). Y si no sabemos cambiar, por lo menos intentar que la sociedad civil se parezca un poco más a la sociedad japonesa.

Mis mejores deseos para que consigan contener los incidentes nucleares derivados de las catástrofes naturales, y que puedan rehacerse cuanto antes de las cuantiosas pérdidas (humanas, sobre todo, pero también materiales). 

Les necesitamos en plena forma.

JMBA

lunes, 14 de marzo de 2011

Pánico Nuclear

Este era el título de una (por lo menos) película de Hollywood. Basada en el temor de Occidente de que algún armamento nuclear pudiera acabar en manos equivocadas. Claro que quien decide si son correctas o equivocadas es el propio Occidente, o su gran Guardián, EEUU.
La central nuclear de Fukushima, Japón
antes del reciente terremoto
(Fuente: equilibrioinformativo)

El reciente terremoto de 8.9 en la escala de Richter en Japón, en cualquier otro país con su densidad de población hubiera provocado una catástrofe apocalíptica, con más de un millón de fallecidos, sin duda. Afortunadamente, Japón es el país del mundo más preparado para resistir los terremotos, ya que se encuentra en pleno Cinturón de Fuego del Pacífico. Por qué tentar a la suerte viviendo sobre un suelo tan inestable sería otra conversación.

Y digo afortunadamente, con todo el respeto y toda la pena por las decenas de miles de muertos que va a ser, sin duda, el balance final de esta catástrofe.

Sin embargo, en este momento el mayor temor, y no sólo en Japón, es el Pánico Nuclear provocado por el hecho de que alguna de sus centrales nucleares se encuentran directamente en la zona más fuertemente afectada por el seísmo. Lo nuclear produce en la población de cualquier parte un miedo pánico, que a menudo acaba resultando irracional.

La culpa (o pecado original, lo llaman algunos) de la energía nuclear es que su primera aparición pública fue en la forma del armamento más mortífero utilizado nunca en guerra alguna. Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki arrasadas por sendas bombas atómicas, y las múltiples secuelas en sus poblaciones (no solamente los cientos de miles de fallecidos) forman parte del imaginario popular, y alimentan todos los miedos y temores posibles (racionales o a menudo irracionales).

Creo que hay otra razón para este tipo de pánico, y es lo muy desconocido de sus efectos. Más o menos cualquiera puede imaginar los efectos que puede producir una contaminación química. Si de repente, por el motivo que sea, se produce un vertido (al agua o al aire) de miles o millones de metros cúbicos de algún producto químico, sus efectos son conocidos o por lo menos comprensibles por cualquiera. Morir envenenado es una forma de muerte que resulta factible de imaginar, y ha sido incluso el hilo argumental de infinitas novelas negras, policiales o de investigación de asesinatos.

Sin embargo, los efectos de la exposición a una radiación radioactiva superior a ciertos límites tolerables, resulta imposible incluso de imaginar para cualquiera que no sea muy experto. La sociedad y los propios técnicos que conocen a fondo el tema, se han acostumbrado a circular por estos temas de puntillas, casi en la clandestinidad.

Contribuyen a ello, claro, las repetidas campañas e iniciativas antinucleares de una cierta izquierda, de los ecologistas, etc. Oposición frontal que tiene que ver, en su origen, con la demonización (absolutamente razonable) del uso de armas nucleares. Pero que se extiende (casi siempre sin filtro alguno), al uso civil de la energía nuclear, en particular de la mera existencia de centrales eléctricas nucleares.

Esta clandestinidad, desde mi punto de vista, ha dificultado el avance sereno e informado en el sentido de identificar con claridad los riesgos, desarrollar las mejores medidas de prevención y anticipación posibles, y conseguir que el uso civil de la energía nuclear sea, por lo menos, tan seguro como el uso de otras tecnologías con las que hemos aprendido a convivir sin excesivos sobresaltos.

A mayor abundamiento, por lo que parece, la generación de un kilovatio-hora nuclear es bastante más económico que utilizando centrales térmicas tradicionales, y mucho más económico que utilizando energías renovables. Lo cual implica, desde luego, que el lobby energético esté ciegamente a favor de la utilización de la energía nuclear.
Efectos catastróficos del terremoto, en el
aeropuerto de Sendai, Japón
(Fuente: qué.es)

Por lo tanto, el debate nuclear está absolutamente enconado. Un lobby económico (con todo su poder) está ciegamente a favor. El lobby ecologista está absolutamente en contra. Y la población en general siente pánico por desconocimiento. Un debate en que las partes tienen opiniones talibanes no llegará nunca a buen puerto. Yo no creo en el Blanco y Negro, y estoy convencido de que hay infinitos colores y matices entre los dos. Entre el SI y el NO, con seguridad hay posiciones intermedias mucho más contructivas. Me faltan actores en el universo social que planteen con claridad y transparencia una posición del tipo energía nuclear, sí pero.

Posiblemente haya que reforzar las medidas de seguridad de uno u otro modo. Hay que desarrollar sistemas más eficaces para la gestión de los residuos nucleares. A lo mejor varios países deben ponerse de acuerdo para destinar alguna zona del territorio (de poco o nulo interés para otros fines) a la generación de energía nuclear. En resumen, habría que tomar una serie de medidas que, sin duda, harían que el kilovatio-hora de origen nuclear seguro resultara bastante más costoso de lo que es hoy.

Pero, claro, mientras defender lo nuclear sea de derechas y estar en contra, de izquierdas, no avanzaremos un ápice en mejorar la calidad de vida de todos. Cada incidente en una central nuclear tendrá una caja de resonancia en los opositores, mientras que la propia existencia de centrales nucleares alimenta, simplemente, las arcas del lobby energético.
La Central de Garoña, cuyo cierre está
previsto para 2013
(Fuente: Energía en España)

Vaya por delante mi pena y mi solidaridad con los japoneses que pudieren resultar afectados por los problemas en la central de Fukushima (o en otras dos que parece que también pudieran estar tocadas por el terremoto). Sirvan, en cualquier caso, como argumento para que todos podamos avanzar y hacer mejor las cosas, y que no se conviertan en la justificación de los que se oponen frontalmente.

Desconocimiento, semiclandestinidad y negar la mayor constituyen una ecuación diabólica y fatal.

No conviene que nos engañemos, desde luego. Y si un día se cayera el cielo, nos pillaría a todos debajo. Por el momento, además, no tenemos muy claro en qué pilares se sostiene.

JMBA