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viernes, 25 de febrero de 2011

Ver películas online

El otro viernes estuve viendo Pa Negre en el cine. Ya lo comenté aquí. La película (y también la novela, por razones algo diferentes) me encantó y me pareció una obra maestra.
Portal de la web www.filmin.es

La película ha tenido algunas críticas negativas. Por una parte, por supuesto, la caverna mediática la ha atacado principalmente por las reticencias a que una película catalana (y filmada en catalán) haya podido ganar hasta nueve Goyas en la gran gala del cine español. Se han barajado oscuros lobbies catalanófilos en la Academia, e incluso presiones de grupos gay (ya que el director tendría esta orientación sexual, lo que carece por completo de interés y no tiene la más mínima trascendencia).

Pero también he visto críticas negativas de cinéfilos, alegando algunas inconsistencias en el guión y demás. Tenía ganas de ver de nuevo la película, con todo esto en la cabeza, para verificar mi primera opinión a la luz de estas críticas.

Siguiendo un rastro que localicé en Twitter, llegué hasta la web de Filmin, que me ofrecía visionar (legalmente, claro) la película online (mediante streaming) por un precio razonable (2,95€), desde el ordenador de mi casa. El equipamiento informático que tengo en mi casa no es para nada la NASA. Tengo un ADSL de 3Mbps y un PC torre con unos cuantos años (Pentium 4 @3.06GHz, 1,5GB de memoria, XP) con una buena tarjeta de sonido y dos altavoces de gama media con subwoofer. Ah, y una pantalla LCD plana de 19".

Esta web también ofrece la posibilidad de abonos (mensuales, trimestrales, anuales) para visionados ilimitados durante ese tiempo de las películas de su catálogo no Premier.

Me decidí a a registrarme en la web, comprar la película (que puedes visionar las veces que quieras durante 72 horas; en VO, VOSE o la versión doblada al castellano) y dedicar las siguientes dos horas a disfrutar de nuevo con Pa Negre. Eso sí, con un cubatita a mano y un par o tres de cigarritos (espero no haber violado ninguna ley). La puse a pantalla completa en el PC, y la vi (y oí) perfectamente, sin ningún tipo de contratiempo.

Y me ratifico en mi anterior opinión. La película me parece excelente, con buen ritmo narrativo y unas interpretaciones absolutamente excepcionales. Nora Navas y Laia Marrull están ligeramente histriónicas, pero encarnan a la perfección la tragedia y el drama de las vidas de sus respectivos personajes. Francesc Colomer lleva sobre sus (jóvenes) espaldas el hilo narrativo, y Marina Comas volvió a enamorarme en su papel de Nuria, con el desgarro de su marginalidad, con su precoz madurez, y la profunda ternura que despliega con quien la entiende.

Pero quería centrarme hoy en la propia existencia de una web con este servicio, y lo que significa en la evolución necesaria de una industria como la cinematográfica.

Al hilo de la reciente Gala de los Premios Goya, del discurso de Álex de la Iglesia y de algunas intervenciones producidas durante el proceso de aprobación de la Ley Sinde, escribí un artículo sobre la industria cultural (especialmente, la cinematográfica) y las reflexiones y movimientos que debería hacer para intentar salir de la languidez que la atenaza desde hace tiempo, y que amenaza con liquidarla: ¿Industria de Contenidos o de Continentes?.

Allí proponía la necesidad de que la industria pusiera a disposición, en la Red, un nuevo canal de acceso a sus películas por un precio que yo estimaba como razonable en los 2€. Bueno, en la web de Filmin se pueden visionar bastantes películas (las que no son de rabiosa novedad y/o actualidad) por 1,95€. Creo que representa un avance significativo en la buena dirección.

Pero es un paso todavía bastante modesto. Filmin representa a una parte de productoras independientes (por supuesto off-Hollywood) y su catálogo de algo más de 600 películas está constituido por filmes de los que, en las grandes ciudades, habría que ir a ver a alguno de los minicines del centro. Y que fuera de ellas no habría ninguna posibilidad viable de exhibición. Gracias a la Red, pueden acceder a su público, esté donde esté, y aunque sea muy minoritario. Parece claro que películas que podrían congregar en un minicine de Madrid, Barcelona o Valencia a una o dos docenas de espectadores en una sesión, difícilmente podría pensarse en exhibirlas en Soria, Teruel, Ourense o Almería. Y no digamos ya en Almoravieja de las Perdices (suponiendo que existiera).

Para películas de este tipo, la Red representa una oportunidad bastante evidente de redondear sus exiguos ingresos. Y ello es válido para ciertas películas españolas o de otras cinematografías minoritarias.

El desafío consiste en poder disponer de este tipo de servicio para el mainstream cinematográfico. Para los grandes éxitos de Hollywood o incluso para las películas españolas dirigidas al gran público. Es decir, se trataría de desarrollar una clara estrategia multicanal. Ir al cine como actividad no es necesaria ni exactamente lo mismo que ver una película. Ir al cine es (habitualmente) un acto social (familia, amigos,...) que tiene su propia liturgia (palomitas, refresco,...). Y el negocio de la exhibición cinematográfica en salas debe cuidar ese canal de distribución de la industria: multicines con una oferta variada (en tema, horarios,...) con los máximos medios técnicos (gran pantalla, sonido envolvente, 3D,...), cómodos, con facilidades de aparcamiento, etc. Disfrutar de una película en una sala de cine tiene su precio, que está más o menos establecido y percibido como razonable.

Pero la industria cinematográfica debe y puede tener otros canales de distribución. Uno de ellos son las televisiones, y de hecho, muchas de ellas tienen una abundante actividad en la producción de películas (mediante cofinanciación,...) para conseguir derechos preferentes de antena. Otro canal son los soportes físicos (que nos llevamos a casa para siempre, o por lo menos hasta que esa tecnología no se convierta en obsoleta), y allí están los DVD, Blu-Ray o lo que toque.

Y otro canal es y debe ser la Red. En un momento hemos identificado cuatro canales posibles de distribución. Según las ambiciones comerciales de cada película, se acabarán utilizando todos o solamente algunos de ellos. Algunas películas no podrán pretender alcanzar la exhibición en salas (por lo menos más allá de unas poquitas copias durante unos días, en algún minicine de dos o tres grandes ciudades). Para otras, la edición en soporte (DVD...) no podrá llegar a los expositores de las tiendas, y sólo podrá comprarse online a través de webs especializadas. Algunas podrán ambicionar el prime time de algún canal nacional de televisión, mientras que otras deberán conformarse con los late night en canales especializados de la TDT, el cable o el satélite.

Pero, para cualquier película, la Red es un canal viable de distribución. Sea para visionarlas en un ordenador clásico, o en un TV de última generación, o en cualquier otro tipo de dispositivo (tablet, consola, smartphone,...).

Cualquier consumidor responsable de este siglo XXI puede y podrá entender que una película no se exhiba en ninguna sala de su pueblo o ciudad. También que no esté disponible el DVD en las tiendas de El Corte Inglés, o la FNAC. También entenderá que no la pueda ver por televisión a las diez de la noche en TVE, o Antena 3 o Tele 5 o La Sexta. Pero, cada vez más, no podrá entender que sea imposible visionarla online desde la Red, previo pago de un precio razonable. Como ya es el caso, para un catálogo restringido, eso sí, en la web de Filmin.

Hay que tocar a rebato, y la industria cinematográfica debe revisar a fondo sus estrategias de distribución, y gestionar con inteligencia los diversos canales disponibles. Aquel a quien no le apetezca ir al cine (por los motivos que sea, incluyendo que no haya ninguna sla próxima, o que le resulte imposible desplazarse) tiene derecho a poder ver la película que le apetezca.

Será labor de cada canal promocionar y publicitar su uso. Los exhibidores deberán intentar convencer a los espectadores para que se desplacen a sus salas de cine, ofreciendo ventajas que les compensen por ello. Lo mismo harán las tiendas de DVS,s, las autopromociones de las televisiones o las webs que las pongan legalmente a disposición.

Al final de la cadena, al productor que ha expuesto su dinero, poco le importa que los ingresos le lleguen por la mano derecha o por la mano izquierda, o por uno de los dos pies. Siempre que el dinero acabe llegando, en cantidad suficiente, al corazón.

Y para aquellas películas que, realmente, no le interesen a nadie  en ninguna parte (exceptuando, quizá, a su propio director) la industria (y las Administraciones) tendrán que plantearse con rigor qué sentido tiene su financiación.

Utilizando las palabras de Alex de la Iglesia: Sin público, esto no tiene sentido.

JMBA

martes, 20 de julio de 2010

Informática en la Nube

Hoy me anima el ánimo pedagógico (divulgador, incluso vulgarizador) y un objetivo ambicioso. Se está hablando mucho en estos días de lo que en inglés se conoce como Cloud Computing, y que en castellano se acepta habitualmente como Informática en la Nube. Las palabras en sí mismas no aclaran absolutamente nada, sólo son la cobertura verbal y fonética de conceptos complejos. Cualquier referencia meteorológica está fuera de lugar.



Al final me ha salido un artículo muy largo, pero prefiero entregarlo de una vez que dividirlo en varios capítulos. Leedlo por partes, o aquellos que ya conozcáis bien la historia, id directamente a la parte del enchufe.





(El ENIAC, con las programadoras Betty Jean Jennings y Fran Bilas, en la Moore School of Electrical Engineering. Fuente: http://www.plyojump.com/classes/mainframe_era.html).



Existen en Internet muchas entradas que describen la historia de la informática, y yo no intento aquí suplirlas. Sin ánimo de ser absolutamente riguroso ni exhaustivo, lo único que pretendo es describir un hilo conductor simplificado (soy consciente de que las cosas han sido y son mucho más complejas de cómo las cuento aquí) que, de modo bastante natural, contra lo que pueda parecer, nos ha llevado hasta aquí. E intentar describir, en modo divulgativo, que resulte comprensible para cualquier no experto, a dónde es que hemos llegado, o que se anuncia que vamos a llegar.



La historia de los ordenadores es del siglo XX. Podríamos ponerle fechas diversas, pero tomemos 1944 (el año de la instalación del ENIAC - Electronic Numeric Integrator And Computer) como un cierto comienzo. De uso básicamente militar, con una capacidad de proceso mínima (en comparación con cualquier portátil de hoy en día), programación por cableado, y toneladas de peso.



Fue en 1951 cuando el primer UNIVAC I se entregó a la Oficina del Censo de Estados Unidos, en lo que podría ser la primera aplicación comercial de los ordenadores.



Los 60 fueron la etapa de desarrollo de los grandes mainframes (el nombre por el que se conoce habitualmente a este tipo de grandes ordenadores monolíticos). Este nombre, con el tiempo, se ha extendido para definir cualquier ordenador de gran potencia, al margen de su arquitectura interna.

(Centro de Cálculo en 1969. Fuente: www.caixatarragona.es).



Si nos situamos en 1970, por ejemplo, la situación en el mercado real de los usuarios potenciales de la informática (las administraciones públicas, los Bancos, las Compañías de Seguros, los sistemas de Reservas de Vuelos, etc.) correspondía a lo que hoy se denomina como Informática Centralizada. Los clientes potenciales eran, en general, todas las organizaciones que debían manejar miles o millones de datos del mismo tipo. El coste de los ordenadores era enorme (muchos millones de dólares, si lo ponemos en una escala que nos resulte comprensible hoy).



Hay que tener en cuenta que la evolución de la informática se ha producido obedeciendo a tres ejes principales:



1) La evolución del hardware (la chatarra, las máquinas). Es decir, la capacidad de la industria de desarrollar, industrializar y poner a disposición a precios viables, componentes progresivamente más potentes y capaces, procesadores más rápidos, etc.



2) La evolución del software (los Sistemas Operativos, los Programas, las Aplicaciones)



3) La evolución de las comunicaciones.



Por tanto, la evolución real de los recursos disponibles para su uso viable por cualquier empresa u organismo ha tenido siempre que ver con el avance relativo de estos tres factores.



En los 60 y buena parte de los 70, el hardware era muy caro (muy costoso I+D, ventas escasas), y las capacidades de las comunicaciones extremadamente limitadas. Esto provocó la aparición de los llamados Centros de Cálculo. Estos eran empresas que invertían en ordenadores y software, y ponían el servicio a disposición de los usuarios. Habitualmente funcionaban como cajas negras. Es decir, el cliente aportaba los datos en formatos entendibles por el ordenador (cinta perforada, tarjetas perforadas,...), o incluso en papel y era el propio personal del Centro de Cálculo el que se encargaba de traducir los datos en papel a un formato entendible por el ordenador.



Los ordenadores procesaban los datos (las nóminas de una empresa, la gestión de facturación, etc.), y producían un material de salida entendible por los humanos (habitualmente interminables listados impresos).



Para finales de los 70, y definitivamente en los 80, hubo una auténtica revolución en la informática. Primero con la introducción del llamado time sharing, o compartición de tiempo. Utilizando los llamados terminales tontos (dumb terminals) se podía acceder directamente al ordenador. Los terminales estaban ligados al ordenador por conexiones dedicadas (fueran locales mediante cables punto a punto o telefónicas de algún tipo), y tenían una capacidad muy limitada de presentación en pantalla de los datos recibidos del ordenador, y de enviarle los que el usuario introdujera mediante el teclado (o tarjetas perforadas, u otro método). Una de las restricciones era la capacidad en cuanto a flujo de datos que tenían las conexiones. Se intentaba que los datos que circulaban entre el ordenador y el terminal fueran los mínimos, para evitar ralentizar en exceso el proceso.



De esta forma, los clientes podían desligarse de entregar papel, cinta perforada o lo que fuera al Centro de Cálculo, y podía introducir los datos directamente desde terminales instalados en sus propias oficinas. Se reducían intermediarios. Por lo tanto, un cliente cualquiera del Centro de Cálculo utilizaba un porcentaje (habitualmente pequeño) de la capacidad de proceso del ordenador allí instalado. Se compartía el tiempo de proceso disponible.



Se empezaron a producir ordenadores más pequeños pero, al producirse en mayor número, muchísimo más baratos en precio.  Se trataba de los llamados miniordenadores, o simplemente minis, en el argot. La capacidad de procesar muchos datos en poco tiempo ya se había convertido en una ventaja competitiva a la que ninguna empresa u organismo que lo hubiera probado podía renunciar. Por ello las grandes corporaciones empezaron a instalar en sus propios locales algún mainframe que, al producirse ya en mayor número, podían tener un precio enorme, pero asequible para algunos negocios. Y empresas más pequeñas pudieron hacer algo equivalente con los minis.



En la práctica, eso fue el final del modelo de negocio de los Centros de Cálculo tal y como se conocieron y proliferaron en los 60 y 70. Las organizaciones se sentían orgullosas de disponer de Informática Propia.



Por esa época había pocas empresas en el mundo con capacidad de producir mainframes (IBM, UNIVAC, Bull, Control Data,...) o incluso miniordenadores (con Digital y HP como nuevos protagonistas, junto a los clásicos).



(Sala con PC,s como puestos de trabajo. Fuente: www.uab.es).

Los 80 trajeron la aparición de los primeros PC,s (Personal Computer, ú Ordenador Personal). Aportaron a las corporaciones la posibilidad de disponer, junto al usuario, de dispositivos con una capacidad notable de proceso. Ello dió inicio a un movimiento pendular extremo, conocido como Informática Distribuida. La mayoría de corporaciones implantaron una arquitectura de este tipo, con tres niveles habitualmente: los servidores centrales o mainframes, los servidores departamentales (los minis o su evolución), y los ordenadores personales como puestos de trabajo. El proceso total se distribuía entre los tres niveles, intentando limitar la cantidad de datos que debían circular por las conexiones, pues éste seguía siendo un recurso escaso y caro.



Era, y es, cierto que la unidad de proceso en los ordenadores más pequeños era más barata que en los grandes mainframes, y se llegó a creer que podían ser intercambiables. La evolución pendular, primando absolutamente los niveles más próximos al usuario, llevó a los gurús, en torno a 1990, a predecir la desaparición del mainframe en unos pocos años. Como otras predicciones, esta acabó resultando absolutamente falsa. Los mainframes se reinventaron a sí mismos, adaptaron su arquitectura a los nuevos componentes disponibles, para reducir su coste, y han perdurado sin problemas hasta la actualidad, y gozan de excelente salud. Sólo que su aspecto monolítico tiende a desaparecer, y hoy los grandes mainframes disponen de cientos, de miles, hasta de cientos de miles de procesadores trabajando al mismo tiempo. Y utilizan, siempre que es posible, componentes estándar, para beneficiarse en el precio del factor volumen.



La Informática Distribuida (con su arquitectura cliente/servidor de las aplicaciones) acabó creando más problemas de los que resolvía, pues se convirtió en Informática Dispersa, con una complejidad de administración que resultó imposible de mantener con el tiempo, especialmente en las grandes corporaciones.



En paralelo, la evolución de las comunicaciones tomó una imparable carrera ascendente. Las primeras redes IP (interconexión de múltiples ordenadores, atendiendo a ciertos protocolos comunes) sembró la semilla de lo que acabaría siendo Internet ya en el siglo XXI. Los límites al flujo de datos que podían circular por las conexiones aumentó varios órdenes de magnitud, y convirtió en viables arquitecturas que nunca antes se habían podido ni siquiera plantear.



Que el puesto de trabajo para cualquiera de los cientos, miles, decenas de miles de usuarios de una corporación fuera un PC complicaba las cosas, porque cada PC tiene vida propia, y requiere de recursos dedicados a su administración. Es vulnerable al ataque de virus informáticos, y tiene una tendencia ineluctable a degradarse por el uso, por la instalación imparable de toda clase de softwares de usuario, necesarios o no para los fines corporativos.



El navegador como herramienta única de acceso a las aplicaciones corporativas supone una evolución que hoy parece irreversible. Un navegador es una pieza de software sofisticada, capaz de interpretar códigos complejos, que puede aportar capacidades de presentación rica de los datos al usuario, y aporta algunas pequeñas capacidades de control y proceso. La proliferación de estándares y nuevos lenguajes (como el HTML, o Java) permite el diseño de las aplicaciones por bloques u objetos que, combinados mágicamente para formar un todo, permiten poner a disposición del usuario toda la capacidad de proceso del mundo (en el límite), por el simple hecho de tener su PC conectado a la Red. Podemos hablar también de clientes ligeros, que pueden ser submodelos de PC, básicamente sólo con un navegador.



Detrás de esa conexión a la Red hay básicamente tres suministros:



a) Capacidad de proceso, que aportan los mainframes, servidores centrales, servidores periféricos, etc.



b) Capacidad de almacenamiento (seguro) de datos



c) Software (aplicaciones y programas) que permiten al usuario realizar todas las funciones de las que tenga necesidad.


(Informática en Red. Fuente: http://encontrarse.wordpress.com).


Con una Informática Propia, todos esos suministros se proporcionan desde el interior de la organización. Existe una Red Interna que facilita las comunicaciones a todos los niveles, así como la salida de los usuarios, cuando es necesaria, a Internet para acceder a otros servicios no disponibles en interno (para obtener informaciones necesarias, para reservar sus billetes de avión ú hoteles, etc.). Estaríamos hablando aquí de la Informática en Red, en el sentido de que el puesto de trabajo puede estar conectado a servidores diversos (internos o externos) para las diversas aplicaciones o funciones que requiera.




El paso a la Informática en la Nube supone la sublimación del concepto de enchufe eléctrico. Todos estamos acostumbrados a que cuando conectamos un dispositivo eléctrico a un enchufe, lo que obtenemos es un suministro ordenado (que obedece a ciertas características y requerimientos) que nos da 220V de diferencia de potencial (por ejemplo), con un límite de intensidad en Amperios (para que no salten los fusibles). En la práctica, la bombilla ilumina cuando la enchufamos. El suministro se paga por la suma de dos componentes. El primero es por disponer del servicio, el segundo es proporcional a lo que efectivamente gastamos (es decir, a cuántas bombillas encendemos y por cuánto tiempo).



Lo que hay por detrás del enchufe (centrales de generación eléctrica, redes de distribución de la energía, parques eólicos, placas fotovoltaicas,...) no constituye ninguna preocupación para el usuario, no son su problema. Para él solamente existe el contrato que tiene con una Compañía Eléctrica, y no existe ningún compromiso de que el kilovatio-hora consumido proceda de esa central hidráulica concreta o de ese molino de viento del pueblo de mi cuñado. Es corriente alterna de un cierto voltaje, y con unos límites de consumo predefinidos. Eso es todo.



Cuando un usuario conecta su PC a la red, en el fondo está haciendo sensiblemente lo mismo que cuando enchufa la licuadora a un enchufe. Espera que todo funcione correctamente, que se genere el zumo de fresas y mandarinas (aportadas por el usuario), y que el aparato no se queme ni se destruya.



Con Informática Propia, todos los recursos que se utilizan por el usuario para realizar su trabajo están bajo el control, la supervisión y la administración de algún departamento de la propia Corporación. Lo que provoca que cualquier gran organismo o empresa tenga muchos recursos humanos dedicados a lidiar con un mal necesario, como es la informática, pero que no es el núcleo de su actividad (la Banca, los Seguros, el servicio al Ciudadano,...). Por ello ya ha habido movimientos muy enérgicos en el sentido del outsourcing, o contratación con una empresa externa de un determinado nivel de Servicio Informático. Y si esta tendencia no se ha extendido más y más rápidamente ha sido por la extrema complejidad (jurídica y legal) que tiene este tipo de contratación, que además debe realizarse para plazos muy prolongados, a fin de que sea financieramente viable también para el proveedor.



Pero, si destilamos los activos informáticos que realmente suponen una ventaja competitiva sostenible para cualquier organización, nos quedaremos con solamente dos factores:



1) Las aplicaciones o programas. Hay algunas muy genéricas, e iguales para todo el mundo (los procesadores de texto, las hojas de cálculo, los editores gráficos, etc.). Pero hay otras aplicaciones específicamente ligadas a una actividad concreta, o incluso a una empresa en particular (la gestión tributaria de un país, la gestión de los productos bancarios de millones de clientes, etc.). Disponer de aplicaciones potentes y flexibles, que permitan a la organización poner en el mercado en el mínimo tiempo posible nuevos productos, que les permitan ir siempre por delante de sus competidores, es una ventaja competitiva irrenunciable.



2) Los datos (de clientes, de proveedores, de empleados, de transacciones, de mercados, etc.).



La propia capacidad de proceso no es más que un mal necesario, la que haga falta para que las actividades de la empresa no se vean ralentizadas por su escasez. Y el cómo se aporte esa capacidad (o las tecnologías empleadas) es, desde luego, absolutamente irrelevante a sus objetivos corporativos.



Por lo tanto, si exportamos las aplicaciones y los datos a algún lugar inconcreto de la Red, donde algún suministrador experto dispone de los recursos informáticos necesarios para proporcionar el nivel de servicio contratado y comprometido, ya estaremos en un entorno de Informática en la Nube.



Por supuesto, necesitamos que nuestras aplicaciones corporativas estén disponibles y sean rápidamente adaptables a las nuevas necesidades diarias del negocio. Y mis Datos deben estar permanentemente accesibles y estar seguros, es decir, a salvo de que se pudieran perder o corromper por cualquier contingencia no deseada. Y a salvo de que pudieran ser robados.



Del mismo modo que se desterró el concepto de que cada casa tenga su generador de electricidad (concepto en parte recuperado con las instalaciones fotovoltaicas y demás; la historia es pendular), la capacidad de proceso informático se deportaría a unas pocas compañías expertas en ello, a imagen de las grandes Compañías Eléctricas del mundo.



(Informática en la Nube. Fuente: www.lapstec.com).



Con la disponibilidad de redes de comunicaciones de gran capacidad y rendimiento, que permiten la transmisión prácticamente inmediata de millones de datos a cualquier lugar del mundo, no existe ningún impedimento técnico para poder llevar adelante esta aproximación.



La extensión de esta aproximación permitirá, sin duda, un aprovechamiento mucho más eficiente de los activos informáticos (bastidores llenos de servidores, o de matrices de discos, o de dispositivos de interconexión), ya que los diferentes husos horarios del mundo permiten un porcentaje de utilización de esos activos mucho más elevado de lo que podría conseguir cualquier usuario individual. Es decir, existe un yacimiento de economías de escala tras esta idea.



Los grandes Centros de Proceso de Datos de las corporaciones dedicadas en todo el mundo a prestar este servicio (recuperaríamos el concepto -actualizado- de los antiguos Centros de Cálculo de los 60) podrían instalarse en el lugar del Mundo que fuera más conveniente. Buscando la mano de obra más barata, o los lugares con temperaturas medias más bajas, limitando así el consumo necesario para la refrigeración de tantas máquinas. Es decir, un auténtico ejercicio de globalización informática.



Pero existe un inhibidor importante a esta aproximación, y es el temor pánico al Gran Apagón, así como las complejidades contractuales para poder estar seguros de que el Nivel de Servicio que definamos será exigible efectivamente, y en todo momento. Porque si mis datos se perdieran, o mis aplicaciones dejaran de estar disponibles, ningún tipo de indemnización podría compensarme, pues, posiblemente, el hecho me habría arrojado fuera del negocio. Así de dramáticas son las cosas en este siglo.



Yo mismo, como autor de este blog, lo tengo alojado, de forma gratuita, en Blogger, que forma parte de la gran corporación Google. Y es gratuito porque la corporación obtiene ingresos de otras fuentes, publicitarias y demás. Pero si un día me buscáis en la Red, y mi blog no aparece en unos pocos segundos, desviaréis vuestra mirada hacia otro lado. Seguro que tengo copia de seguridad de todos los artículos que he publicado (¿todos?¿seguro?), y podría reconstruir el blog en algún otro lugar. Volvería a buscaros, e intentar convenceros de que ya todo es como antes, y así seguiría hacia adelante.



Pero si un día Iberia, o Amadeus, o Banco de Santander, o El País, dejan de estar disponibles en la Red, por el Gran Apagón de algún proveedor, el quebranto para su negocio podría llegar a ser insalvable. Y el Apagón podría ser técnico, pero también financiero.



Además, ¿es que hay o puede haber alguien que controle a esas grandes corporaciones?, un Gran Hermano del siglo XXI, que pueda decidir ceder los datos de mis clientes a mi competidor, o que pueda analizar todos los datos de la Nube, y con ello pueda manipular a los individuos de forma, todavía, más eficiente, para orientarles hacia ciertos patrones de consumo, o hacia ciertas conductas.



Creo que solamente las Economías de Escala, a cambio de todas estas inquietudes y angustias, no es motivo suficiente para que se produzca una migración masiva hacia la Informática en la Nube a corto plazo. Es una obligación para cualquier director el reducir los costes, pero no a cualquier precio.



La Informática en la Nube va a coexistir durante muchos años con otras alternativas (la Informática Propia, o el outsourcing dedicado).



Y es que somos de coche propio, más que alquilado. Si podemos mantenerlo, claro.



JMBA