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martes, 13 de septiembre de 2011

Recomendaciones para ordenar las fotos a la vuelta de un viaje

La primera cosa que debes tener absolutamente clara es que tu viaje no le interesa absolutamente a nadie, aparte de a ti mism@ (y l@s que te hayan acompañado, si no has viajado sol@).
Carnaval de Venecia (1990)
(JMBigas, 1990)

Cuando intentas contárselo con pelos y señales a tus familiares o amigos, nunca confundas la cortesía con el interés. A la segunda mención de las palmeras idílicas, o de los castillos majestuosos, o de las montañas impresionantes, o de las playas azules, fíjate y verás esbozarse un bostezo. Y si no lo has visto, fíjate mejor la próxima vez.

El único interés real de los que te quieren bien es saber que no enfermaste ni tuviste ningún accidente, que no te perdieron el equipaje, y que volviste en fecha y hora, san@ y salv@. Si, dentro de unos años, alguno de ellos va a realizar un viaje parecido al tuyo, ya te preguntará entonces.

O sea que si tú viajas para contarlo luego, más vale que te quedes en casa, y te gastes la pasta en el Casino que, con un poco de suerte, igual puedes abordar la reforma del baño antes de lo que pensabas.
Detalle de la Mezquita de Córdoba
(JMBigas, 1995)

Uno debe viajar para hacerse más sabio. Y eso no se puede contar en un rato. Eso lo irán notando tus conocid@s a lo largo del tiempo, si has interiorizado correctamente lo que viste, viviste y conociste, y viajar te ayudó a ampliar tus puntos de vista, a ser menos provincian@ y más ciudadan@ del mundo.

Contar un viaje siempre suena a lucimiento, a fardar de viajero, con lo que lo más fácil que despiertes en los que no conocen los lugares de los que hablas es indiferencia o envidia. El que ya visitó los lugares a los que has ido, intentará pillarte en un renuncio, citando lugares, actos o eventos que a ti se te han pasado por alto (mira que estar en XXX y no asistir al Festival del Castillo..., o mira que no ir a cenar a Casa Paco, y así).

Y ni si te ocurra someter a tus próxim@s a las soporíferas sesiones de revisar una a una cientos (o miles) de fotografías, cada una con su explicación hablada, su anécdota, o lo que toque. Sí, seguro que alguna vez lo habrás hecho, pero recuerda que te costó organizar una merienda en tu casa con buenas viandas y buen vino, y que hubo que cambiar cinco veces la fecha, por diversas razones. Seguro que hasta alguna de las visitas se encerró en el baño, para ahorrarse la tortura. A los demás no les interesa tu viaje, por lo menos no ahora.
Futuroscope, Poitiers
(JMBigas, Junio 1993)

Las fotografías de viaje sirven básicamente para el que ha realizado ese viaje. Porque le ayudan a recordarlo e hilvanarlo, y podrá revisar la colección completa de fotografías en alguna tarde aburrida de domingo.

Pero no olvides que la memoria es muy frágil. La gran mayoría de detalles que te interesaron o te resultaron curiosos durante el viaje (el nombre de ese restaurante, la dirección de ese pequeño museo, la localización de esa cala preciosa, el nombre de esa tienda tan curiosa,...) se te habrán olvidado en unos pocos días o semanas. Y ese tipo de informaciones sí que pueden resultar valiosas también para otros, pero no necesariamente ahora mismo. Por eso es bueno colgar algunas cosas en la red, porque ahí están a disposición, para quien y para cuando puedan interesar.

Por ello es muy conveniente que tomes notas durante el viaje (en un bloc de bolsillo con gomita, a ser posible con papel de 80 gr o más; o hablando a la cámara digital) y ordenarlas a la vuelta.
Cayo Levantado, República Dominicana
(JMBigas, Agosto 1992)

Con la humildad que da comprender claramente todo lo dicho hasta ahora, es como conviene abordar las operaciones postviaje con las fotografías que hemos traído. Todo lo que hagas debe estar básicamente dirigido a ti mism@, a facilitarte la vida en el futuro, en todo lo que se refiera a recordar este viaje. Y pon a disposición de otr@s todo aquello que les pueda resultar de interés en algún momento.

Lo primero será volcar todas las fotografías a tu ordenador (por cierto, y los fragmentos de vídeo, si tomaste alguno, que las cámaras digitales también permiten esto). Vacía todas las tarjetas de memoria en tu ordenador.

Conviene que tengas en alguna parte una carpeta (un directorio) que se llame Fotos de Viajes (o algo así). Allí crea subcarpetas para cada viaje, y dentro de cada una, a su vez, subcarpetas para guardar las fotografías originales, los comentarios hablados de las fotos, los comentarios o narraciones más largos que hayas grabado en la cámara (o en cualquier otro dispositivo, como el móvil o un MP3), y los fragmentos de vídeo.
Parvis de La Défense, París
(JMBigas, 1990)

Convendría aquí crear una subdivisión en capítulos. Puede estar basada en los diferentes días del viaje, o en los diferentes lugares visitados. Si viajas con cierta frecuencia a un cierto país (o por el tuyo propio), en muy poco tiempo ya no recordarás en qué viaje visitaste Tenil-Pot (lugar imaginario, espero), salvo que tengas una carpeta separada con ello.

Además, si piensas compartir algunas de tus fotografías en la red con el Público en general, piensa que muy raramente a nadie le vaya a interesar un viaje de diez días por la cornisa cantábrica, o recorrido por Mesoamérica (México, Guatemala y Costa Rica). Por el contrario, sí puede generar algún interés un Tenil-Pot monumental, un Paseo por Oviedo o un Catedral de Santiago de Compostela. Por cierto, si piensas en compartir fotografías en la red con el Público en general, no olvides tomar fotografías durante el viaje en que no haya personas posando. Toma una fotografía de la Catedral, y luego posa frente a ella, si quieres. Si bien el concepto de privacidad es muy personal, mi opinión es que no conviene compartir urbi et orbe fotografías en que tú (u otr@s) estéis posando. Allá cada cual. Esa foto en que se te ve disfrutando de lo lindo servirá para recordarte a ti lo mucho que disfrutaste en ese momento, o para demostrarlo a tus próxim@s. Pero no creo conveniente que acceda a ella cualquiera (y en la red, cualquiera es realmente cualquiera, desde cualquier lugar del mundo, incluyendo a tu jefe, al que podría llegar a ser tu empleador, a tu novi@ -actual o futur@-, a tus amig@s, a tus rivales, a tus enemig@s, a tus hij@s -aunque hoy no los tengas-, y a un señor muy pulcro que reside, mora o habita en los alrededores de Sydney, y que el tema, francamente, ni le va ni le viene).
Cumbre del Puerto de Piedrasluengas, entre Cantabria
y Palencia
(JMBigas, Semana Santa 1991)

Una vez tengas todo el material en el ordenador, convendría hacer una (o varias) copias de seguridad, en DVD o en un disco externo. No fuera a ser que sobreviniera un crash, que más vale prevenir que lamentarse.

Si has viajado con otras personas, convendría que intercambiarais todo el material, mediante un DVD, una llave USB o un servicio de compartición privada de ficheros como Dropbox. Seguro que tú tienes fotos en que posa otr@ del grupo, y otr@ tiene fotos en que posas tú. Quizá tu foto de la iglesia románica sea la mejor del grupo, pero quizá no. O sólo tú conseguiste sacar fotos a ese ciervo que nadie más vio. O la foto del oso sólo la consiguió un@ de tus compañer@s. Pero ten cuidado con reconocer correctamente la autoría si vas a subir alguna a la red, que el amor propio es muy suyo.

Si el tema no tiene más interés para ti, o no quieres dedicarle más tiempo, párate aquí. Quizá nunca las vuelvas a mirar, o quizá constituyan para ti un ejercicio de Trivial en el futuro, intentando recordar eso qué era.

Museo del tren (Mulhouse, Alsacia)
(JMBigas, Agosto 2006)

Si quieres dedicarles más tiempo, añadirles más valor, entonces sería el momento de seleccionar, organizar en álbumes e incluir títulos o comentarios. Compartir en la red algunas de las fotos con tus familiares y/o amigos que no te acompañaron en el viaje puede ser una buena idea, porque no obligas a nadie a verlas, pero las puede mirar quien quiera de ese grupo, y, sobre todo,  cuando quiera, incluyendo nunca. Pero asegúrate de que defines correctamente el grupo autorizado a mirarlas. El concepto, por ejemplo, de Facebook de amigos de amigos es tan amplio por la estructura en red, que pueden acabar en manos de alguno de tus acreedores -que juega al tenis con un ex-colega de trabajo tuyo-, o de la compañera de canasta de la tía abuela de un remoto conocido tuyo de un pueblo de Soria.

Cualquier colección de fotografías que cuelgues en la red, cualquiera que sea su público potencial, debería ser autosuficiente. Altamente recomendable es que cada foto tenga un título o un breve comentario de lo que representa, en qué lugar se tomó, etc. Y muy recomendable es tomarse la molestia de geoposicionar cada foto (situarla en el mapa). Al menos esa es mi opinión. Son opciones que la tecnología nos brinda hoy, y que no estaban disponibles hace solamente unos pocos años.
Hong Kong
(JMBigas, 1987)

Por otra parte, cualquier colección de 100 o más fotografías no hay quien se la mire. Quizá se pueda ojear (ú hojear) pero no mirar. Idealmente, deberías poder crear una colección de 60 ó 70 fotografías para tus amigos, que represente correctamente tu viaje. Si fue más largo, trabaja por capítulos.

Si piensas subir fotos a la red para el Público en general, selecciona todas las fotos inocuas y que puedan tener cierto interés para un desconocido (siempre rotuladas y geoposicionadas, a ser posible). En general, no hace falta que las repitas en las colecciones para tus amigos, ya que también ellos podrán acceder a las generales.

Para todas estas gestiones yo utilizo los servicios de Picasa (parte de Google). Pero hay muchos otros que son parecidos (de hecho, alguna vez utilizo también Flickr). En general, el servicio es gratuito con un límite en la capacidad de almacenamiento, a partir de la cual, hay que pagar algo por una extensión. Por eso no conviene exagerar inútilmente la resolución y consumir almacenamiento en vano.
Cataratas de Iguaçú
(JMBigas, 1985)

Picasa dispone de un software (muy completo) para instalar en el PC (actualmente, Picasa 3.8). Con este software podemos elaborar las diversas colecciones (o álbumes), rotularlas, geoposicionarlas, realizarles pequeñas correcciones, y luego subirlas a la red como Álbumes Web de Picasa. Hay que tener precaución con este software, porque está muy íntimamente ligado con el servicio web, y no siempre tenemos absolutamente claro dónde estamos trabajando, o dónde estamos aplicando las correcciones. Más vale asegurarse dos veces de lo que estemos haciendo. Además, Picasa 3.8 es muy invasivo, ya que pretende construirse, por defecto, una base de datos completa de todas las fotografías que haya en tu ordenador (y no te puedes ni imaginar la cantidad de fotografías que hay en tu ordenador, seas tú consciente o no). Conviene limitarle las carpetas sobre las que trabajar (por ejemplo, la de Fotos de Viajes solamente). Conviene asimismo tener muchas precauciones con activar sincronizaciones automáticas, porque podemos acabar llevándonos sorpresas (ver publicada en la web una mala prueba que creíamos estar haciendo solamente en nuestro ordenador).
Lago Titicaca desde Puno, Perú
(JMBigas, Agosto 1997)

A mí no me gusta subir colecciones de fotos a Facebook. El entorno se presta más a publicar una foto curiosa aislada (la de qué grande está mi niño, la de qué bien lo estamos pasando bajo las palmeras, la de qué pisto manchego nos vamos a meter entre pecho y espalda, y cosas así), que no a la publicación de álbumes o colecciones.

Para un álbum web, los servicios como Picasa acostumbran a tener tres niveles de privacidad: Privado (sólo para ti), para cualquier usuario que disponga del enlace específico (que tú tendrás que darle), o Público en la Web. Para las colecciones que quieras compartir con tus amigos, convendrá el nivel intermedio. Envía entonces el enlace por correo electrónico a quien quieras, o publícalo en Facebook, pero teniendo la máxima precaución en que el nivel de privacidad es el adecuado a tus deseos. Para los que quieras poner a disposición del Público en general, defínelos así en Picasa, y publícalo (si quieres) en Facebook también para Todos.
La Opera de Sydney, junto a la bahía
(JMBigas, Agosto 1994)

Por cierto, hace poco os contaba algunas operaciones básicas que se pueden realizar con un editor fotográfico como GIMP. Conviene entender los rudimentos que allí os cuento (sobre resolución, sobre los datos Exif y sobre añadir un texto y demás). Sin embargo, utilizando un software como Picasa 3.8 nos podemos ahorrar bastantes de las operaciones tediosas que allí os cuento. En el menú Herramientas y luego en la pestaña Álbumes web podemos escoger la resolución con que queremos subir las fotos a la web (con un máximo de 1600x1200, que seguro ya es mucho menor que nuestra resolución original), podemos definir el nivel de privacidad de los álbumes que subamos (yo recomiendo definirlo como Privado por defecto; luego de revisarlo, ya lo pasaremos a Público o lo que toque) y podemos también definir que todas las fotos que subamos lleven una marca de agua (que puede incluir nuestro nombre, un aviso de copyright, nuestra página web, la dirección de nuestro blog personal, o lo que nos parezca conveniente). Nos ahorraremos tener que tirar de editor fotográfico para realizar estas tareas repetitivas.
Fuente con espuma "congelada" en la mañana
de Fairbanks, Alaska
(JMBigas, Agosto 1996)

Si quieres ponerle la perla al conjunto, escribe la crónica de tu viaje en capítulos (ordenando las notas escritas o habladas que hayas traído, y tus recuerdos frescos). Y el momento para hacerlo es ahora, cuando todavía recuerdas todos los detalles de interés, o que te llamaron la atención. Puedes guárdartelo para ti, ya que te ayudará a revivir el viaje pasado un tiempo, o puedes publicarlo en la Red (en tu blog personal, por ejemplo, si tienes) si te apetece y no cuentas detalles que prefieras mantener privados. Enlaza la crónica con las colecciones de fotografías públicas, y estarás aportando un valor claro a cualquiera que pueda estar interesado en visitar lo que tú ya has visitado. Y no olvides dejar claro el tiempo en que ese viaje se ha realizado. Porque leer la crónica de un viaje de hace veinte años puede que resulte  interesante, pero desde luego no es muy útil ni práctico.
El mar rompe con fuerza junto al Cabo de Peñas (Asturias)
(JMBigas, Agosto 2011)

Tras un viaje, por ejemplo, de siete días, al final puedes acabar teniendo un total de 1000 fotografías, una colección para tus amigos con 60, y cinco o seis colecciones públicas con 50 cada una. Y cinco o seis artículos de cinco o seis páginas cada uno con la crónica del viaje por capítulos.

Ya puedes dejar pasar el tiempo sin temor alguno. Eso sí, le habrás dedicado al postviaje una media de cuatro a seis horas por día de viaje.

Pero eso también es, un poco, viajar.

JMBA




PD. Por supuesto, este artículo NO está dirigido a los fotógrafos profesionales o, por lo menos habituales, acostumbrados a la utilización de Photoshop y que manejan formatos RAW para las fotos y ese tipo de cosas. Se trata simplemente de un artículo de divulgación para los fotógrafos ocasionales, habitualmente equipados con cámaras digitales compactas, que utilizan directamente el formato comprimido JPG y que raramente entran a editar las fotografías. Para quienes manejar, de repente, un millar de fotos constituye una novedad engorrosa.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La Fotografía Digital nos ha cambiado los problemas

Vivíamos felices con nuestras cámaras fotográficas de carrete. Cuando salíamos de viaje teníamos que llevar una provisión de carretes en la maleta (por si acaso ahí no hay, o son más caros). En las últimas generaciones, ya teníamos que prever también una pila de repuesto, no se nos fuera a agotar en mitad de una excursión o lo que fuera.
Cámara compacta de carrete
(Fuente: xatakafoto)

A la vuelta teníamos que llevar los carretes a un laboratorio fotográfico, esperar unos días y recoger media tonelada de papel impreso con las fotografías, y pagar una pequeña fortuna (entre unas cosas y otras, fácilmente se nos iban más de 20 céntimos (de Euro) por foto.

Al llegar a casa, las mirábamos una vez (si acaso) y las guardábamos en algún fondo de armario. En el mejor de los casos, en la caja de las fotografías, que sólo salía de su escondrijo en las tardes aburridas de domingo o cuando queríamos lucir de viaje ante las visitas (que no sabían qué inventarse para evitar esa tortura).

A veces incluso les dedicábamos algunas horas de trabajo y las ordenábamos en un álbum, incluso con rótulos para recordar qué es lo que habíamos fotografiado, o también junto con algunos otros recuerdos de viaje (la entrada del museo, el ticket del autobús, la factura del restaurante,...).
Caja llena de fotografías, a barullo.
(Fuente: 123rf)

Todo eso lo ha terminado la eclosión de las cámaras digitales. Prácticamente no existen fungibles (quizá la batería envejezca, o haya que comprar una tarjeta de memoria adicional, pero en total, minucias), por lo que el coste de hacer una fotografía más es nulo (una vez tenemos la cámara y los accesorios necesarios). De un viaje de cuatro o cinco días volvemos ya no con tres carretes, sino con una tarjetita de memoria con 1.000 fotos. Cuando algo nos gusta le hacemos varias fotos (alguna quedará bien).

Pero no nos alegremos tanto, que no hemos eliminado los problemas, sino que, simplemente, los hemos cambiado por otros nuevos.

Ahora en el equipaje tenemos que llevar el cargador de la cámara. Y, al volver a casa, tenemos que liberar las tarjetas de memoria (para su siguiente uso), y volcar las fotos al PC. Y cuidado que ocupan espacio en el disco. Tenemos que hacernos con un disco externo de gran capacidad para guardarlas todas. Y con otro igual para tener una copia de seguridad, no vayamos a perderlas. O con una bobina de DVD,s vírgenes, para irlas guardando en DVD,s.
Qué pequeñitas y qué bonicas son
(Fuente: Terra)

En la antigua caja de las fotografías, ahora hay DVD,s. Pero nadie sabe cuánto tiempo pueden durar sin degradarse. Antes podíamos sacar las fotos de la abuela cincuenta años después, y podían haber amarilleado, pero las podíamos ver; desde ese punto de vista eran eternas. Y, lo que es todavía peor, dentro de cincuenta años, suponiendo que el DVD haya conservado intacta la información, ¿quién nos garantiza que tendremos a nuestra disposición un dispositivo capaz de leerlos?. Porque por mucho que los miremos, no sucede nada.

Claro que podemos pasar todas las fotos a papel (en casa o en algún servicio dedicado a ello) con el correspondiente coste asociado. Pero el problema es que, para lo mismo, hacemos diez veces más fotos que antes, y la caja de las fotografías debería convertirse rápidamente en el baúl de las fotografías.

Claro, hay una solución, que es seleccionarlas. Pero ese es un trabajo ímprobo y desagradecido, porque siempre habrá alguien que preguntará ¿pero no había una en la que salíamos con el mono y el payaso?. Vaya, esa no la habíamos seleccionado.

Cada vez hay más servicios en la red que permiten subir fotografías, para luego poder compartirlas con los amigos, con la familia, o con todo el mundo. Porque enviar directamente una foto original de la cámara por el correo electrónico casi ya no es posible. Bueno, una quizá sí, pero dos o tres ya nos desborda los servidores.

Porque, claro, al hacer la foto siempre escogemos (con buen criterio) la máxima resolución que da la cámara. Por si acaso queremos algún día sacarla en papel de gran formato. Y una sola fotografía fácilmente nos ocupa 3, 4, 5 o incluso más MB.
Si somos caprichosos, o exigentes, también
pueden crecer...
(Fuente: anuncioneon)

Pero si subimos todas las fotos a mogollón, estamos consumiendo un espacio en el servicio que sea, y si nos pasamos nos tocará ampliarlo pagando una cierta cantidad. Uy, uy, uy.

Además, los amigos se nos quejan de que hay demasiadas, y que muchas no son buenas, la luz está mal, están desenfocadas, o movidas, o la composición es muy mala, o no aportan absolutamente nada, o hay tres repetidas. Si aparecen paisajes o monumentos, algún listo nos preguntará por la iglesia de la 9044, y casi seguramente no tendremos ni p... idea para responderle.

Se impone una vuelta de tuerca. Vamos a dedicarle un tiempo a la operación. Vamos a seleccionar las fotos realmente buenas, y solamente subiremos esas. Y, claro, lo suyo es que le pongamos una leyenda que explique que la 9344 corresponde al valle del Pachunanga, o que la 9567 es de la iglesia de Surawasi, en Nenpil-Toqui. Así nos anticipamos a las preguntas comprometidas, y las evitamos. Lo daremos todo hecho a las amistades o a quien sea.

Responder a una pregunta de las visitas con un esa es Mayte frente a una ermita de ... allí puede permitir salir del paso. Pero si lo vamos a escribir tenemos que ser más precisos, no podemos pasar como si fuéramos unos patéticos papafritas.

Seleccionarlas ya es un currelo, porque exige, habitualmente, dos vueltas. En la primera las visionamos con un papel y bolígrafo en la mesa, y anotamos los nombres o los números de las que merecen estar en la colección definitiva. En la segunda, las subimos siguiendo la lista previamente elaborada.

Ponerles una leyenda no siempre es trivial. De la Torre Eiffel todo el mundo se acuerda, pero de la iglesuca esa del rincón de la plaza de un pueblo perdido, NO. Si se trata de fotos de lugares, siempre tendremos Google Earth (con su Street View, si está disponible en esa zona), para no meter (mucho) la gamba. Que si escribimos que es la ermita de Puchananga y resulta que realmente es la de Tupibamba, ¡qué chasco!.
Lo que cuesta llegar a tener un álbum en la red así de completito:
seleccionadas, ordenadas, con nuestro nombre, con su explicación,
geoposicionadas,... le calculo no menos de 5 minutos por foto.
(Fuente: uno de Mis Álbumes en Picasa)

Hay que tomar medidas. Al hacer las fotografías tenemos que llevar un bloc y un bolígrafo, para anotar lo que vamos fotografiando. Pero eso es pesado y poco práctico. Afortunadamente, la tecnología nos da nuevas herramientas para facilitarnos esta labor. Casi todas las cámaras digitales permiten, de uno u otro modo, grabar un fichero de voz que irá asociado de alguna manera a la correspondiente fotografía. Cuando tiramos la foto, a continuación ponemos la cámara en modo grabación, nos la acercamos a la boca para no hacer demasiado el ridículo, y le contamos a la cámara que esta es la ermita de Puchabamba en Tenil-Popi.

Cuando las estamos rotulando (habitualmente después de subirlas a algún servicio: Picasa, Flickr, Webshots... o directamente Facebook) y dudamos, buscamos un archivo de voz con ese número. Si no lo hay, blasfemamos (se nos olvidó comentarlo). Pero igual hicimos varias fotos de la misma ermita, y sólo comentamos la primera. Buscamos el fichero de voz anterior, e igual tenemos suerte. Pero, claro, nos asalta la duda: ¿la ermita de las tres fotos es la misma?.

Cuando terminamos el proceso, podemos publicar las fotos, y ya están a disposición de quien hayamos decidido (amigos, familia, público en general,...). Las visitas ya pueden tomar sus propias decisiones: ignorarlas por completo, ojearlas con prisa, o revisarlas con atención en su propia tarde aburrida de domingo. Es fácil que hasta haya alguno que nos enmiende la plana, y nos comunique formalmente que la ermita de Puchabamba es realmente la de la otra esquina de la plaza.

Con el tiempo, nos podemos enfrentar a otra situación nueva. Un día, navegando por Internet, caemos en una página sobre las ermitas de Tenil-Popi, y allí encontramos esa foto nuestra que salió tan bien, que otro ha aprovechado para completar su artículo, crónica, post o lo que sea. Si no llevaba mucha prisa, quizá haya indicado que la foto es del usuario pepino67 de Flickr. ¡Vaya, ese soy yo!. Sí, pero ¿quién más lo sabe?. Bueno, el que vaya a Flickr y pregunte por ese usuario, obtendrá la información... Sí, claro, pero ¿quién c... va a tomarse esa molestia?.

Nuestro ego nos reconcome, porque nos gustaría ver nuestro nombre junto a esa foto en la página de otro. Ahí sí tenemos un problema. Además, que fíjate lo bien que quedó, si es que soy un maestro...

Bueno, podríamos poner nuestro nombre en algún rincón de la fotografía, de modo que viajara con ella. Si alguien la reutiliza sin más, por lo menos nuestro nombre seguirá ahí, para que el mundo sepa lo excelente fotógrafo que soy. Siempre que no la recorten, claro, pero eso sería ya mala idea.

Pero, claro, para hacer eso hay que editar la fotografía, hay que modificarla en el PC (o donde sea). Y para eso hará falta un programa que sepa hacerlo, que no sé si tengo en el ordenador. Podemos preguntar a algunos amigos manitas, pero sólo tenemos la garantía de que nuestras dudas se verán convenientemente ampliadas, porque cada maestrillo tiene su librillo.

Bienvenidos al inacabable mundo de los editores fotográficos, de las diferentes resoluciones, de los diferentes formatos, de los datos (o metadatos) Exif y otras zarandajas del género. Nunca creímos que tuviéramos que llegar a esto, pero ahora ya nos resulta imprescindible.

En un próximo artículo intentaré desbrozaros algo ese arduo camino. Porque el mundo de la informática personal es un universo donde todo se puede hacer. Pero con qué herramientas y de qué manera, forma parte de los misterios que hay que desentrañar con esfuerzo, sangre y, sobre todo, tiempo, mucho tiempo. En Internet está disponible toda la información, y eso significa mucha, muchísima, mucha más de la que necesitamos o necesitaremos nunca. Pero ¿cuál es la buena?.

Hasta pronto.

JMBA