Escondido entre las páginas de los periódicos, que estos días vienen cargados de noticias de todos tipos, ha aparecido la referencia a una "oleada" de huelgas en China, en demanda de mejoras salariales. Era de esperar.
En 1990 tuve ocasión de visitar Japón. Como ya he dicho en algún otro momento, me gustó mucho visitarlo, pero si me pierdo que no me busquen allí. Porque el entorno es más bien hostil al extranjero, no entiendes nada de lo que te dicen, ni entiendes nada de lo que puedas leer por la calle. Te sientes como un niño con necesidad de criad@, porque si no, estás perdido.
Mi diagnóstico sociológico tras esa visita a Japón fue que tenían una bomba en su sociedad que algún día iba a estallar. El motivo es que el país y las grandes compañías habían prosperado muchísimo en las últimas décadas, pero esa prosperidad no había llegado a los ciudadanos en igual proporción. Aparte del tren bala (Shinkansen), las infraestructuras no estaban al nivel esperable, los atascos eran endémicos, y los japoneses, en su propio país, vivían (y sospecho que siguen viviendo) en condiciones relativamente precarias. Pisos pequeños y muy caros, grandes distancias al trabajo, ludopatías y adicciones al alcohol bastante extendidas, etc. Eso sí, con el dinero que ganaban dentro de Japón, podían ir al extranjero una semana y comportarse como millonetis.
Hemos visto que la economía de Japón se ha estancado relativamente estos últimos años, y la bomba social estalló, especialmente entre los jóvenes, que jamás entenderán que deban pasar algunas privaciones viviendo en un país próspero. Lo cual, dicho sea de paso, es más que razonable.
Ahora China se empieza a enfrentar a una situación parecida, desde un estado de desarrollo mucho más retrasado de lo que tenía Japón hace veinte años. La Vanguardia, por ejemplo, ha publicado la noticia:

