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martes, 17 de julio de 2012

Paisajes singulares en las Bardenas Reales

El Parque Natural de Bardenas Reales de Navarra fue declarado por la UNESCO como Reserva de la Biosfera en el año 2000. Se trata de un extenso territorio (41.845 Ha) semidesértico y despoblado, al sudeste de la Comunidad Foral de Navarra, en el Norte de España. Se encuentra en el centro de la gran depresión del Valle del río Ebro.
Cabezo de Castildetierra.
(JMBigas, Julio 2012)

La erosión de miles de años ha provocado formaciones muy curiosas y singulares, entre las que destacan los llamados cabezos, que surgen orgullosos de la planicie.

Pertenece íntegramente a Navarra, aunque limita al Este con Aragón (provincia de Zaragoza). Sus ejes máximos son de 45km (Norte-Sur) y 24Km (Este-Oeste), y su altitud varía entre los 280 y 659 metros sobre el nivel del mar.

Antiguo territorio de los reyes de Navarra, por diversos motivos (pagos al Rey, servicios prestados en las varias guerras,...) se acabó constituyendo (en 1705) la Comunidad de Bardenas Reales, que consolidó y unificó los derechos sobre el territorio. Esta Comunidad es quien gestiona en la actualidad el territorio, y está formada por 22 entidades llamadas "congozantes", que incluyen a los municipios limítrofes, al Monasterio de la Oliva (en Carcastillo) y a los valles de Roncal y de Salazar.

Reproduzco la descripción general incluida en el folleto del Parque (D.L.: NA 1696/2010): "[Las Bardenas Reales] ofrecen un paisaje característico, de relieve abrupto, lleno de cabezos, planas, barrancos encajados... El clima se caracteriza por los veranos calurosos, inviernos fríos y lluvias reducidas (350 l/m2).

A grandes rasgos, se pueden diferenciar tres zonas. La Bardena Blanca es la depresión central, de suelos a menudo blanquecinos y desnudos y de aspecto desértico. El Plano es una terraza aluvial elevada casi llana, con suelos procedentes de los aportes del río Aragón. La Negra se caracteriza por la existencia de grandes planas, provocadas por estratos horizontales de caliza; los taludes cubiertos de pinos y coscojas y su tierra oscura han dado lugar al topónimo."

En el centro de La Bardena Blanca se encuentra una zona militar protegida, donde hay un cuartel y un extenso Polígono de tiro.

Hay varios accesos posibles al Parque. Al noroeste está el embalse del Ferial (accesible desde las proximidades del pueblo de Caparroso), que tiene un pequeño desarrollo turístico. Al sur lo cruza la carretera (NA-125) que une las poblaciones de Tudela (Navarra) con Ejea de los Caballeros (Zaragoza). También hay diversas rutas señalizadas en el interior del Parque, tanto para vehículos a motor, como para BTT (bicicletas de todo terreno) y senderos peatonales.
Centro de Información de Bardenas Reales,
en el acceso desde Arguedas.
(JMBigas, Julio 2012)

La semana pasada, con ocasión de un breve viaje a la provincia de Zaragoza y Navarra, tuve ocasión de realizar una visita a Las Bardenas Reales. Os cuento a continuación los detalles.

Desde el pueblo de Arguedas (al oeste del Parque y próximo a Tudela) se puede acceder por una pista asfaltada (unos 6km) hasta el Centro de Información de Bardenas Reales (creo que de obligatoria visita). En el Centro se puede conseguir un folleto sobre el Parque, que incluye un plano con las diversas rutas habilitadas para los diversos medios.

Esa pista asfaltada continúa hasta el Cuartel Militar del centro de La Bardena Blanca. Rodeando a esa zona central hay un gran rectángulo formado por una pista de tierra compactada (transitable sin problemas para vehículos de todo tipo, a velocidad reducida de 30-40Km/h).

Las pistas disponen de la suficiente señalización para orientarse convenientemente, aunque no sobra el disponer de una brújula (la mayoría de dispositivos GPS disponen de esta facilidad) para mayor seguridad. Os incluyo una fotografía de ese plano, para que os hagáis una idea.

Al rectángulo central se puede acceder desde el oeste (Arguedas) y desde el norte (Carcastillo). Yo recorrí el camino desde Arguedas al Centro de Información, luego hasta el Cuartel Militar y, por la izquierda, hacia el Cabezo de Castildetierra, una de las formaciones más conocidas del Parque. Desde allí seguí por el camino perimetral hasta el desvío hacia Carcastillo, por donde salí del Parque. En total, el recorrido puede tomar fácilmente un par de horas (incluyendo algunas breves paradas en las zonas señalizadas y miradores, para tomar algunas fotografías).
Paisaje casi lunar, en Bardenas Reales.
(JMBigas, Julio 2012)

A pesar de ser una incursión muy ligera en el Parque, el recorrido merece absolutamente la pena, por los paisajes singulares y extraños, vagamente lunares, por los que se transita. El trayecto entre Arguedas y Carcastillo, por las carreteras externas al parque (NA-134, N-121 y NA-124) puede tomar unos 45 minutos. Por el interior del Parque, el mismo recorrido tomará casi tres veces ese tiempo, pero el valor añadido bien merece ese retraso.

Si se le quiere dedicar más tiempo, hay algunos otros accesos posibles, aunque no todos son transitables por vehículos a motor.

Las Bardenas Reales aportan un paisaje semidesértico y a veces casi lunar, junto a la fértil huerta de la Ribera del Ebro.

Aparte de las fotografías que he seleccionado para ilustrar este artículo, tenéis acceso a una colección más completa (de 27 fotografías), pinchando en la fotografía del Cabezo de Castildetierra.

Bardenas Reales


En todo el recorrido (que realicé la mañana de un martes de Julio, calurosa pero no agobiante) sólo vi una media docena de vehículos, varios de ellos extranjeros (franceses y belgas, creo recordar). Pero, curiosamente, la mayoría estaban realizando el recorrido inverso al que hice yo, lo que tiene el problema de que se metieron en el Parque sin disponer del utilísimo folleto y plano que se consigue (gratuitamente) en el Centro de Información por el acceso desde Arguedas. Ello demuestra que queda todavía mucho recorrido para la puesta en valor del rico patrimonio natural y monumental de la España Interior.

Una visita muy recomendable si se transita por la zona, que permite, si se dispone de tiempo, excursiones más en profundidad a diversas zonas del Parque.

JMBA

lunes, 10 de octubre de 2011

En globo sobre el desierto de Alice Springs (1994)

En Agosto de 1994 tuve ocasión de realizar un viaje bastante completito por Australia y Nueva Zelanda. La primera (relativa) sorpresa, fue el frío que encontramos en lugares como Sydney y, especialmente Melbourne. Nos obligó a visitar, de urgencia, un mercadillo para comprar unas cazadoras cutres para abrigarse un poco (lo más barato que encontramos).
Uno de los globos del grupo, volando contra el cielo
del amanecer.
(JMBigas, Agosto 1994)

El frío no nos abandonó. Más adelante, en la isla sur de Nueva Zelanda, estuvimos un par de días en Queenstown. Por la mañana, el lobby del hotel estaba plagado de esquiadores perfectamente equipados para subir a las pistas, mientras nosotros íbamos vestidos de turistas bastante pardillos. En el teleférico que sube a una colina, de hecho nos empezó a nevar a mitad de camino. Incluso tuvimos que cambiar la planificada visita a Milford Sound por otra, porque había habido una avalancha, y la carretera estaba cortada.

Pero en Australia pasamos también varios días de calor, tanto en el desierto del centro como en Cairns, sobre la costa tropical de la Barrera de Coral. En particular, hoy os quería hablar de la escala que hicimos en el centro de la gigantesca isla, en Alice Springs. Allí contratamos una excursión que consistía en volar en globo (al amanecer) sobre el desierto circundante.
Nuestra pastora de canguros particular, dirigiendo la operación
de desembarque del globo y su cesta.
(JMBigas, Agosto 1994)



Preparación para el vuelo. Desembarque del globo, para luego desplegarlo
e hincharlo. Embarque de algunos pasajeros con la cesta volcada.
(JMBigas, Agosto 1994)

Nos recogieron en el hotel en torno a las cinco de la mañana (noche cerrada, por supuesto). A esa hora, hacía todavía bastante frío. El vehículo era una especie de todoterreno algo más grande de lo habitual, con un remolque en el que iba cargado el globo (perfectamente plegado) con su cesta. La conductora era una australiana que podía haber sido perfectamente pastora de canguros, pues más parecía un cowboy hombruno que cualquier otra cosa.

A bordo del globo, en pleno vuelo.
(JMBigas, Agosto 1994)


Salimos de la zona urbana, y la conductora no paraba de hablar por la radio con los conductores de otros vehículos parecidos (que habían recogido turistas en otros hoteles de la zona). Mientras, el resto de ocupantes dábamos botes de un lado para otro del interior del vehículo, que eso se movía más que garbanzo en boca de viejo. El objetivo de los diversos conductores era identificar, de acuerdo a las condiciones meteorológicas (de viento y demás) de esa madrugada, cuál podía ser el mejor punto de lanzamiento, y la ruta a realizar. Finalmente se pusieron de acuerdo, y convergimos en una zona del desierto (seguía siendo noche cerrada) varos vehículos, cada uno con su propio globo y sus pasajeros.

Ahí se nos pidió la colaboración a todos, para desplegar los globos, e iniciar su hinchado con unos potentes quemadores. La cesta, bastante grande, estaba compartimentada (creo que había ocho compartimientos). En cada compartimiento podían estar un par de personas de pie (mejor si estaban bien avenidas), y uno de ellos estaba reservado para el operador del globo. Inicialmente, la cesta estaba tumbada en el suelo, y se pidió a los primeros viajeros que subieran a la cesta en esa posición (para actuar de lastre). Luego, al irse hinchando el globo, llegó un momento en que la cesta se empezó a enderezar y se acabó poniendo de pie. Todo el conjunto seguía amarrado a tierra, claro.
Ya en vuelo, el Sol empezó a asomar por el horizonte
(JMBigas, Agosto 1994)

Varios de los globos del grupo, volando ya bajo el cielo de primera
hora de la mañana.
(JMBigas, Agosto 1994)

Fuimos subiendo los demás pasajeros, hasta completar la carga. Luego (el cielo ya estaba empezando a clarear) se soltaron las amarras, se dio potencia a los quemadores (con un sonido muy intenso), y el globo empezó a elevarse por encima del desierto. Llegaríamos a alcanzar una altura de varios cientos de metros.

Al mismo tiempo, el viento nos hacía avanzar en una cierta dirección. Al parar los quemadores, nos invadió un silencio beatífico. En el horizonte, desde nuestra altura, ya empezaba a asomarse el Sol naciente, y el desierto iba adquiriendo sus colores diurnos.

Veíamos cómo, en tierra, los vehículos que nos habían llevado se movían a toda velocidad, tratando de adivinar cuál iba a ser finalmente la zona de aterrizaje.

Operación de desembarque y recogida del globo y su cesta.
(JMBigas, Agosto 1994)


Fue una experiencia absolutamente impresionante ese viaje (estaríamos volando quizá una hora). Especialmente cuando todo se quedaba silencioso, porque estamos acostumbrados a volar dentro de un avión, donde siempre hay un elevado nivel de ruido, y el silencio era una novedad absoluta.

En el suelo se veía el desierto, con su muy escasa vegetación de arbustos, y algún animal corriendo de un lado para otro. Bueno, eso decía el operador, que nos iba indicando por dónde se movía algún bicho, pero yo no recuerdo haber visto nítidamente ninguno.

Íbamos volando, más o menos agrupados, pero a bastante distancia unos de otros, media docena de globos, básicamente en la misma dirección.


Desayuno improvisado en el desierto tras el vuelo. Catering y unas mesas,
no hacía falta mucho más.
(JMBigas, Agosto 1994)

Llegó el momento de ir bajando, e intentar un aterrizaje lo menos violento posible. Hubo suerte dispar. Nuestro globo consiguió aterrizar sin volcar la cesta (a velocidad horizontal casi nula), pero varios de los demás arrastraron la cesta volcada varias decenas de metros. En unos minutos, todos habíamos aterrizado, y bajamos de las cestas, de la mejor manera que pudimos.

Nuevamente tuvimos que ayudar en la operación inversa a la del principio: deshinchar y plegar el globo.

Terminadas las operaciones de desmontaje, con los globos y sus cestas de nuevo montados en sus correspondientes remolques, procedimos a tomar un desayuno en pleno desierto. Los organizadores de la excursión habían preparado en la zona de aterrizaje un completo catering casero. Aparecieron algunas tortillas envueltas en papel de plata, seguramente confeccionadas esa misma madrugada en casa de alguno de los miembros de la tripulación. Desplegaron algunas mesas grandes, y nos fuimos sirviendo lo que a cada cual le apetecía. Había café y zumos, y también alguna botella de vino, creo recordar.

Terminado el desayuno, la tripulación recogió todos los restos, plegó las mesas, y los mismos vehículos de la madrugada nos llevaron a los respectivos hoteles. Llegaríamos al hotel algo antes de las diez de la mañana, con la sensación de haber vivido ya una jornada entera, llena de vivencias absolutamente novedosas.

Una experiencia inigualable que todo el mundo debería realizar al menos una vez en la vida. Volar en silencio es la sensación que se te queda en el alma para toda la vida.

Las fotos que incluyo son de bastante mala calidad, porque las obtuve en su momento con una cámara compacta de carrete, y años después las escaneé y mejoré dentro de sus limitadas posibilidades. Pero son el testimonio vivo de esa experiencia que vivimos mi padre y yo en el desierto de Alice Springs, Australia, en Agosto de 1994.

JMBA