Querido Paseante, siempre eres bienvenido. Intenta escribir algún comentario a lo que leas, que eso me ayuda a conocerte mejor. He creado para ti un Libro de Visitas (La Opinión del Paseante) para que puedas firmar y añadir tus comentarios generales a este blog. Lo que te gusta, y lo que no. Lo que te gustaría ver comentado, y todo lo que tú quieras.


Pincha en el botón de la izquierda "Click Here - Sign my Guestbook" y el sistema te enlazará a otra ventana, donde introducir tus comentarios. Para volver al blog, utiliza la flecha "Atrás" (o equivalente) de tu navegador.


Recibo muchas visitas de países latinoamericanos (Chile, Argentina, México, Perú,...) pero no sé quiénes sois, ni lo que buscáis, ni si lo habéis encontrado. Un comentario (o una entrada en el Libro de Visitas) me ayudará a conoceros mejor.



Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2015

Los Cines de Antaño

Es más que probable que en un futuro no muy lejano, acaben desapareciendo las salas de cine tal y como las hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Por supuesto que se seguirán haciendo películas, pero la mayoría sólo se verán en el salón de los hogares, o en las tablets, móviles o cualesquiera dispositivos que la gran factoría tecnológica mundial nos tenga reservados para los próximos tiempos. Y es posible que aquellas en que la acción sea lo principal, las tengamos que ver en salas multimedia especialmente preparadas, a donde tengamos que acudir como quien va de trekking al Nepal, y equiparnos de gafas de realidad aumentada, guantes sensores y demás aditamentos para poder sentir la película desde dentro.
Ulises (1954) fue uno de los peplum
que vi en los 60.

Pero las salas de cine, los cines, dicho de forma abreviada, han formado parte muy importante de nuestras vidas y han tenido un papel relevante en nuestra educación emocional, tecnológica y sentimental.

Yo viví toda mi infancia y primera juventud en Barcelona, en el piso familiar de la calle Mayor de Gracia, hoy conocida como Gran de Gràcia y que los más antiguos del lugar jamás dejarán de llamar calle Salmerón.

De muy niño me gustaba ir con mi padre y, a menudo, con alguno de mis hermanos, al cine Publi en el Paseo de Gracia. Allí acostumbraban a estrenarse las novedades en dibujos animados de la factoría de Walt Disney (por esa época la única que producía películas en dibujos animados). Pero a mí me gustaba especialmente porque en el vestíbulo había una máquina automática expendedora de caramelos, dotada de varias palancas mecánicas para la selección y extracción, que me tenía absolutamente fascinado.

Hasta los siete años fui a clases de párvulos en el colegio de monjas donde estudió mi hermana, a poco más de cien metros de casa, en la misma calle. Una de las seños, cuyo nombre he olvidado, fue el primer amor platónico del que tengo recuerdo. Creo que allí había un salón de actos o sala de proyecciones, donde a los niños nos pasaron alguna película. No recuerdo casi nada de la sala, y sólo recuerdo de forma bastante borrosa una de las películas que nos hicieron ver: Fray Escoba (1961), una película basada en la vida de San Martín de Porres.

Entre 1965 y 1973 estudié Primaria, Bachillerato Elemental y Bachillerato Superior en el colegio de los escolapios de la calle Balmes, esquina a Travesera de Gracia. De mi casa al colegio había un paseo de algo más de diez minutos, que recorría cuatro veces al día de lunes a viernes, y dos veces el sábado por la mañana, por lo menos en la primera etapa. Muchas mañanas me cruzaba con una niña en uniforme de colegio de monjas, con la que nos cruzábamos miradas intrigadas. Pero nunca llegamos a intercambiar ni una palabra. Otro (presunto) amor platónico para la mochila.
Uno de los mejores spaghetti western,
dirigido por Sergio Leone en 1966.

El colegio tenía un salón de actos con butacas abatibles de madera, que se utilizaba los sábados por la tarde como sala pública de cine de sesión doble. No recuerdo cuánto costaba la entrada, pero era muy poquito. Empezaba a las cinco menos cuarto, y duraba hasta pasadas las ocho, o incluso algún sábado en que tocaban películas largas, las nueve de la noche. Ese cine fue nuestro entretenimiento de muchas tardes de sábado por esa época. En ese cine creo que vi todos los peplum, western y spaghetti western de esos años. Aunque un sábado se les coló a los curas Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966), donde una esplendorosa Raquel Welch alimentó durante semanas todas nuestras fantasías infantiles. Casi cada sábado, dos películas más.

En el intermedio, aparecía el consabido rotulito de Visite Nuestro Bar. El bar era una ventanilla que se asomaba al patio del recreo, donde se vendían algunos aperitivos o refrescos, o incluso algunos bocadillos para la merienda. Por una peseta, mi preferido era una bolsita pequeña de cacahuetes fritos con piel, que me resultaban deliciosos.

Por esa época, en la calle Mayor de Gracia y aledaños había unos cuantos cines, de los que no queda ni uno en la actualidad. En la Plaza Lesseps estaba el, relativamente, aristocrático Roxy, al que Serrat hizo famoso con su canción Los Fantasmas del Roxy (1987). El Roxy cerró sus puertas el 2 de Noviembre de 1969.

Al lado mismo de mi casa estaba el cine Selecto. De muy niño, antes de su reforma, proyectaban sesión doble, con un breve espectáculo de variedades en el intermedio. Sólo recuerdo haber estado en él una vez, con ese formato. Entre las dos películas actuó en el escenario un mago de serie B. Más adelante se reformó por completo, y se convirtió en una sala convencional de lo que se llamaba entonces de reestreno, con sesión continua de dos películas. El Selecto como tal desapareció en 1980, aunque tuvo unos años más de vida, tras otra profunda reforma, bajo el nombre de Cine Fontana. Ya estaban en crisis las salas de cine, y acabó cerrando definitivamente en 1988.
Una de las pocas películas que
efectivamente se filmaron en
CINERAMA.

Avanzando hacia la Avenida Diagonal, en la otra acera, esquina con Ros de Olano, estaba el Cine Proyecciones, que también acabó desapareciendo (en 1970).

En una travesía cerca de mi casa, la Rambla del Prat, estaba el Cine Bosque, llamado así porque se instaló originalmente en lo que era un pequeño bosque urbano (que yo ya no llegué a conocer). Tras una reforma importante se convirtió en una gran sala de proyección. Recuerdo haber visto allí Terremoto (Mark Robson, 1974) con el novedoso sistema llamado Sensurround, que provocó grietas e incluso desprendimientos en algún local, y del que nunca más se supo. Más adelante, una nueva reforma lo convirtió en una sala de multicines, que está todavía hoy en activo.

El Roxy, el Selecto, el Proyecciones y el Bosque fueron mis cines de barrio de la infancia, el refugio para las tardes abúlicas de las vacaciones escolares. Junto al Proyecciones había una horchatería que servía la que posiblemente fuera la mejor horchata de Barcelona, y que suponía un plus lujoso para una tarde de cine. Y junto al Bosque, una churrería con sus habituales delicias.

A principios de los años 60 se comercializó alguna película utilizando el novedoso sistema técnico que se llamó Cinerama. Consistía en que la filmación se realizaba utilizando tres cámaras sincronizadas, y la proyección requería también de tres proyectores sincronizados y de una gran pantalla de acusada curvatura. Se generaba de esta forma una cierta sensación de volumen o tercera dimensión. En Barcelona se preparó una sala (el Nuevo Cinema) en el Paralelo, para la exhibición de películas en Cinerama. Recuerdo haber ido allí, con mi padre creo, a principios de los 60 para ver la película La Conquista del Oeste (1962). Era una obra coral, de casi tres horas de duración, con cuatro directores en nómina (John Ford, Henry Hathaway, George Marshall y Richard Thorpe). Recuerdo que se veían con cierta claridad las dos líneas en la pantalla donde se juntaba la imagen proyectada por las tres máquinas.
Puro alimento para nuestras fantasías de
adolescencia.

Se acondicionaron otras dos salas en Barcelona para la proyección con grandes pantallas, pero no estoy seguro de que nunca dispusieran realmente de la triple proyección. Hubo otros sistemas técnicos que se utilizaron para las grandes pantallas curvas, como el UltraPanavision 70, que paliaba el coste prohibitivo de las tres cámaras y los tres proyectores. El Florida (en la calle Floridablanca) y el Waldorf (en la calle Calabria) también se llamaron Salas de Cinerama. Recuerdo haber visto El Mundo está loco, loco, loco (Stanley Kramer, 1963) en el Florida y La Carrera del Siglo (Blake Edwards, 1965) en el Waldorf.

En mi primera adolescencia, allá por 1970, me aficioné a asistir a las sesiones matinales de los domingos que ofrecían los cines de estreno del centro. Así pude ver algunas de las buenas películas de ese tiempo en el Urgel, el Aribau, el Alexandra, el Alcázar, el Fantasio o el Atlanta. Recuerdo con emoción un mediodía soleado, saliendo del cine Aribau tras ver Verano del 42 (Robert Mulligan, 1971), perdidamente enamorado de Jennifer O'Neill.

Los 70 trajeron una colección excelente de películas de catástrofes, para ver en cines de grandes pantallas y buen sonido. Quizá la más famosa fue El Coloso en Llamas (John Guillermin, 1974), pero a mi la que más me impactó fue La Aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972). Muy posiblemente debido a una dulcísima rubia llamada Carol Lynley, que interpretaba en la pantalla una canción romántica llamada The Morning After (originalmente cantada por Maureen McGovern). 

En esa época del tardofranquismo y del inicio del nuevo régimen, se extendió la costumbre de visitar Perpignan o Biarritz para ver películas eróticas de tono más o menos subido, o directamente pornográficas, que todavía estaban prohibidas en España. Marcaron esta tendencia El Último Tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972), Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974) o Historia de O (Just Jaeckin, 1975). Yo nunca participé de ese turismo cinematográfico. Pero sí recuerdo, unos años más tarde, allá por el 77 ó 78, en mis primeras visitas a París, una lóbrega sala de los bulevares de Pigalle (el Axis) donde vi las primeras películas X de mi vida.
Catástrofe de un transatlántico, suavizada
por Carol Lynley, una rubia muy dulce.

En 1973, antes de la Universidad, seguí lo que se llamaba entonces el COU (Curso de Orientación Universitaria) en unas dependencias del colegio de los escolapios de Sarriá. Allí se organizó un Cine Club. Este era un concepto muy extendido, que se basaba en la proyección de una película, a veces con la introducción previa de algún experto, y un debate posterior para intentar, entre todos, desbrozar el contenido y el sentido de la película proyectada. Allí me tragué algunas películas infumables, como Los Cuatrocientos Golpes (François Truffaut, 1959) o El Séptimo Sello (Ingmar Bergman, 1957).

Como las películas se proyectaban por la tarde, tras las clases, si el debate se prolongaba, a veces había problemas para conseguir un autobús 22 que me devolviera a casa.

En los 70, la familia fuimos unos cuantos años de veraneo al pueblo de Centelles (pop. 2014: 7.333), a menos de 60Km de Barcelona, en la comarca de Osona, que por esa época tenía algo menos de cinco mil habitantes y dos salas de cine. En el breve Paseo estaba el Nuevo Cinema (apodado ca'l pequeñu) y, a menos de 200 metros, en la calle de la estación, el Park Cinema. Ambas salas rivalizaban en su programación, para atraer a nativos y veraneantes. Por algún motivo que nunca he conseguido aclarar, frecuentábamos bastante más el Park Cinema. De todas formas, las dos eran salas bastante convencionales, con sesión doble los fines de semana y esmerado servicio de bar en el vestíbulo

Desde 1980, coincidiendo con mi Servicio Militar, fuimos unos cuantos años de veraneo a la zona de la playa de Castelldefels, al sur de Barcelona. Allí viví mi único contacto prolongado con los cines al aire libre. En el Paseo Marítimo estaba el Cine Playa (el nombre, desde luego, no fue el resultado de una larga reflexión). La mayor parte de la platea estaba al descubierto, salvo una pequeña zona en la parte de atrás, que estaba cubierta. Lo frecuenté algunas veces, principalmente con los hijos y parientes de una familia buena amiga de la mía. Una vez nos sorprendió durante la sesión una de esas tormentas torrenciales que se producen a veces en Agosto en el Mediterráneo. Nos concentramos todos en la parte trasera, que estaba a cubierto de la lluvia. Al salir, nos encontramos que la zona estaba parcialmente inundada, y alguno de los coches tenía el nivel del agua hasta la mitad de la puerta. Hubo que esperar al día siguiente para poder moverlos con cierta seguridad. 
Con la excusa de la Prehistoria, una
exuberante Raquel Welch enseñaba
mucha más piel de lo habitual en los 60.

Los 80 vieron el desarrollo de los vídeos y la proliferación de videoclubs, donde se podían alquilar películas para verlas en casa, durante unos pocos días. Me hice socio de uno, en la calle Enrique Granados, y recuerdo que en casa, con mi padre, nos tragamos una infinidad de películas, muchas de ellas italianas, de las que se conseguían a precio económico en el videoclub.

En paralelo, las grandes salas de proyección iniciaron su desaparición. Muchas se acabaron convirtiendo en multicines, intentando conseguir una rentabilidad adecuada a base de salas más pequeñas y una oferta más diversificada. En el centro de las ciudades, los locales ocupados por cines han acabado buscando mejores rentabilidades con otras ofertas comerciales, y muchos de los multicines han ido desapareciendo. De hecho, prácticamente se han concentrado en los grandes centros comerciales de las afueras, donde es normal disponer de aparcamiento gratuito y más de una docena de salas. Pero incluso así, su rentabilidad está ligada al enorme margen que obtienen de los menús a base de cestos gigantes de palomitas y grandes refrescos.

De hecho, cada vez hay más películas que jamás pisan una sala de exhibición, y pasan directamente al circuito de los DVD, a los canales por cable o satélite, al pago por visión en alguna de las plataformas existentes en Internet, o caen directamente en las fauces de los infinitos caminos de la picaresca pirata.

En resumen, esas salas de cine de nuestra infancia se han convertido en un elemento más de la recreación nostálgica. Seguro que el futuro nos reserva muchas sorpresas. Pero no sé si conseguirán resultar tan entrañables como esos cines antiguos de nuestros años de juventud.

Entre otros buenos motivos, porque nunca volveremos a ser tan jóvenes como lo éramos entonces.

JMBA

jueves, 10 de octubre de 2013

(Otra) Nueva Ley de Educación

Este jueves se ha aprobado en el Congreso de los Diputados la (mal) llamada Ley Wert, es decir, (otra) Nueva Ley de Educación.

La Educación es absolutamente básica para el futuro de los ciudadanos y del propio país. Es uno de los pocos temas que requeriría absolutamente de pactos de Estado, para evitar que los vaivenes políticos entre los diferentes partidos provoque idas y vueltas que a nadie benefician y nos perjudican a todos.
José Ignacio Wert Ortega, Ministro de Educación
y principal impulsor de la LOMCE, a la que ha dado,
coloquialmente, su propio nombre.
(Fuente: losgenoveses)

Una democracia madura exige que los grandes temas de Estado, en los que se define cómo será la vida de los ciudadanos y del país en el futuro, sean acordados entre las diferentes fuerzas políticas, más allá de las alternancias. La Educación es una actividad de ciclo largo. Mientras que los impuestos hoy suben y mañana pueden bajar, la Educación debe persistir durante muchos años, para acompañar al crecimiento y maduración de nuestros niños y jóvenes.

Posiblemente, el problema que tenemos en España es que nuestra democracia todavía es incipiente, y le faltan algunos hervores. Hemos conseguido una democracia de partidos políticos, pero no la auténtica democracia de los ciudadanos. Esto, en la práctica, significa que los partidos políticos actúan en función de sus propias ideologías y/o intereses, y no en beneficio de los ciudadanos y del país. Los políticos y los partidos no existen más que en función de que los ciudadanos decidimos que unos u otros nos representen en el Gobierno de la Nación. Son nuestros empleados, nosotros somos sus jefes, que no se engañen.

La Educación parece que es un tema sensible, del que todos los partidos queiren hacer casus belli. Predominan los sectarismos (ideológicos, religiosos o laicos, o directamente interesados), de uno u otro signo. Zapatero fue un ejemplo perfecto de lo que significa el sectarismo de ciertas izquierdas. El sectario está convencido de que lo suyo es absolutamente bueno, y todo lo de los demás es absolutamente malo.

Pero ahora el PP, con su mayoría absoluta con la que practica el rodillo parlamentario sin ningún rubor, es el mejor ejemplo de lo que supone el sectarismo de ciertas derechas. Pero la izquierda tampoco se salva, con su cerrazón a intentar llegar a un pacto de Estado en tema tan sensible.

La izquierda dice defender una Educación universal e igualitaria, mientras que la derecha prefiere hablar de una Educación del esfuerzo y de la excelencia. Personalmente, creo que la Educación debería ser universal y garantizar la igualdad de oportunidades, debería primar el esfuerzo y perseguir la excelencia.

A estas alturas no podemos sostener que todos los ciudadanos somos iguales, porque es radicalmente falso. Sí debemos ser iguales ante la Ley, en nuestros derechos y en nuestros deberes. Pero nunca seremos todos iguales ni en talentos, ni en capacidades, ni en intereses, ni en aptitudes, ni en actitudes.

La Educación debe perseguir formar a ciudadanos excelentes para el futuro de este país. Debe ser capaz de hacer explotar al máximo los talentos y capacidades de cada cual. Debe perseguir que aquellos que accedan a la formación universitaria que pagamos entre todos, y es realmente costosa, sean los más preparados, los que tengan mejores talentos y que mejor puedan y quieran aprovechar esa oportunidad. Nunca deberíamos aceptar que los que reciban formación universitaria sean los que pertenecen a familias con más medios económicos. Los únicos raseros deben ser el talento, la capacidad, el interés, la aptitud y la actitud.

Y, sin embargo, seguimos viendo como una vez tras otra, el partido en el Gobierno (sea el que sea) se empeña en proclamar su propia Ley de Educación, aplicada como un rodillo ideológico a los que tienen una visión diferente.

A todo ello, en España se le suma el fenómeno de los nacionalismos. La lengua, los idiomas, se convierten en armas arrojadizas que unos lanzan contra otros y al revés. Los nacionalistas catalanes, por ejemplo, defienden que su modelo de inmersión tiene el objetivo de evitar guetos lingüisticos, es decir, zonas sociales de la comunidad que, de forma persistente y perenne, ni hablen ni comprendan el catalán, en una tierra donde el catalán es un idioma de uso habitual. Seguramente tienen una parte de razón, aunque desde luego no toda.

Pero ese afán no puede llevar a la exclusión de las otras lenguas. Como el castellano, que nos permite entendernos a cientos de millones de ciudadanos de muchos países. O el inglés, que es una lingua franca de facto en la mayor parte del mundo, y especialmente para los negocios y el trabajo en general. La pelea es por la lengua vehicular, es decir, el idioma en el que se expliquen el resto de disciplinas. 

No lleva a ninguna parte (buena) que los niños conozcan los arroyos de su Comunidad, pero desconozcan los grandes ríos del mundo. Y así, con todo.

Con tanto partidismo y sectarismo en el tema de la Educación, no sorprende que diversos estudios internacionales nos dejen como (im)perfectos zotes e iletrados, incapaces de una mínima comprensión lectora, e inhábiles hasta para tareas ciertamente básicas.

Con tanto vaivén, no hemos conseguido ser políglotas, pero sí poli-idiotas. Somos perfectamente capaces de demostrar nuestra estulticia en varios idiomas apenas balbuceados.

Ya es hora de que los partidos políticos, todos los partidos políticos, tanto desde el Gobierno como desde la oposición, entiendan que están al servicio de los ciudadanos y del futuro de este país, y no de sus propios intereses orgánicos, electorales, de obediencias debidas o cualesquiera otras desviaciones de lo que debería ser su único foco. La política es un servicio público, y flaco favor hacen cuando la mayoría de los políticos tienen como único objetivo (o al menos, primordial) servirse de la política para su propia supervivencia o para reforzar su propio ego.

Para los políticos de la derecha, parece que la política sea un hobby, un juguete. Pero para los de la izquierda, parece que la política sea una profesión de la que poder vivir toda la vida. Ninguno demuestra entender que la política es, simplemente, un servicio público. 

Por favor, señores políticos, con el trocito de razón que cada uno, sin duda, tiene, sean capaces de llegar a acuerdos de largo recorrido, con los que construir un sistema educativo en España que sea para todosestable y que tenga por objetivo formar a ciudadanos excelentes, que hagan de este país un paladín de la excelencia para las próximas décadas, o incluso siglos. Hagan que todos nuestros niños, adolescentes y jóvenes tengan las mismas oportunidades para acceder a la educación de mejor calidad. La única discriminación debe estar basada en el talento, la capacidad, la actitud, la aptitud y el interés de cada cual.

Señores políticos, abandonen el sectarismo y el adoctrinamiento. La educación debe conseguir que los ciudadanos sean capaces de pensar por sí mismos. Ya decidirán cuando corresponda si su sensibilidad está más a la derecha o más a la izquierda, si se sienten más católicos, más musulmanes o más ateos. 

Mientras la Educación se entienda como un rodillo de los que mandan sobre los que no, y se plantee como un intento de hacer pervivir el modelo en el que creen los que manden en cada momento, estamos perdidos y condenados a ser lerdos galácticos.

Para el futuro, España necesita excelentes banqueros, excelentes médicos, excelentes empresarios, excelentes bomberos, excelentes fontaneros y excelentes ciudadanos.

Cualquier iniciativa que nos aleje de ese objetivo debería ser condenada, sin paliativos, por todos.

JMBA

jueves, 6 de diciembre de 2012

A Vueltas con los Idiomas

Nunca he sido demasiado sentimental con los idiomas. Su primera excelencia es la capacidad que tienen de permitir entendernos a las personas. Es cierto que cada uno tiene sus propias bellezas, esos giros llenos de sentido que no resultan fáciles de traducir, y que en torno a cada idioma se desarrolla una cierta cultura, una literatura, etc. Pero la Torre de Babel fue un castigo de Dios, no lo olvidemos.
José Ignacio Wert, Ministro de Educación (y más cosas).
Sensible como un azulejo de cocina.
(Autor: Jaime García; Fuente: abc)

Pero de ahí a la sublimación de un idioma, de cualquier idioma, va un trecho que nunca me ha gustado recorrer.

Yo soy catalán (nacido en Barcelona) aunque llevo ya muchos años residiendo en Madrid. Hablo catalán con mi familia y con quien se ponga por delante que le apetezca (y sepa) hacerlo. En mi biblioteca personal de unos 2.000 volúmenes, tengo no menos de 70 libros en su edición original catalana (junto a más de 200 en francés, algo más de cien en inglés y el resto en castellano) y cada vez que viajo a Barcelona por cualquier motivo, procuro visitar alguna librería para comprar un par de libros en catalán.

Con todo ello solamente quiero ilustrar el hecho de que resulto poco sospechoso de ser anticatalán.

El Ministro de Educación del Gobierno de Rajoy, José Ignacio Wert, que no se caracteriza precisamente por su diplomacia, ni por su mano izquierda ni por la mesura de su verbo, tiene a las fuerzas vivas del catalanismo en pie de guerra. Ya rompió hosti(a)lidades con su famosa frase de "españolizar a los alumnos catalanes", que quizá tenga algún sentido positivo pero yo no se lo acabo de encontrar, y ahora ha entrado en guerra abierta con la presentación del proyecto de Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, la llamada LOMCE.

El Govern de la Generalitat (actualmente en funciones) y todos los adalides, voceros y portavoces de lo catalán, del catalán y del catalanismo, han puesto el grito en el cielo, acusando a Wert de querer desmontar todo lo existente en cuanto a escuela en catalán, la llamada inmersión lingüistica y otros temas relacionados, pero igualmente sensibles. Poco está faltando para que le acusen de haber asesinado al President Companys.

Siempre me ha costado entender estas reacciones viscerales y victimistas. Podían tener sentido en otros tiempos, pero en la etapa de la democracia y el diálogo (si el PP de Rajoy no la acaba de cancelar, claro) no creo que sea una reacción con la seriedad requerida para temas tan complejos y poliédricos.

Una persona iletrada lo será en todos los idiomas que le pongas por delante, mientras que una persona sensible con la cultura, lo será en todos los idiomas que le sea posible conocer. Pero me temo que no estamos hablando de esto.

Desde la reciente exacerbación del sentimiento catalanista, incluso secesionista o independentista, me he creado una lista en mi cuenta de twitter (@jmbigas) a la que he llamado Pasión de Catalanes (la frase es copyright de locutor de ustedes, Herrera Carlos). En ella agrupo una cincuentena de fuentes de información (de tweets, de piopíos) que incluyen medios de comunicación, políticos, intelectuales, economistas y periodistas del entorno más claramente favorable a una eventual secesión de Catalunya. A mí me sirve para estar al tanto, de primera mano y sin pasar por la mediatización de la cocina de Madrid, de las reacciones originales de ese entorno.

Infinidad de hashtags se han creado al hilo de este enfrentamiento. Quizá el más original sea el de #wertgonya (wertgüenza)

Sobre el tema concreto de la LORME, quizá lo que más me ha sorprendido son unas declaraciones de la consellera d'Educació, Irene Rigau, que recogen diversos medios catalanes (en particular, @324_politica, de la cadena catalana de noticias 24 horas, 3/24). Dice la consellera:


Rigau: "A Wert el que li molesta és l'èxit del model d'immersió"


Es decir, A Wert lo que le molesta es el éxito del modelo de inmersión (lingüistica).

Toda actividad humana, para poder valorar con razonable objetividad su desempeño debe tener definido un objetivo y una cierta métrica. Así, por ejemplo, los deportes definen el tiempo de realización, o el número de goles, o el número de golpes para meter una pelotita en el hoyo, para medir el rendimiento de los deportistas en las diferentes especialidades. Así, la medida del éxito (o el fracaso) de cada deportista tendrá que ver con su rendimiento de acuerdo a la métrica establecida para el deporte que practica.

En lo que se refiere a la educación en España, en cualquier lugar de España, la métrica más conocida puede estar ligada al porcentaje de fracaso escolar, por ejemplo, y el Informe Pisa podría ser un reflejo del relativo éxito o fracaso de un cierto sistema educativo. Desgraciadamente, y de acuerdo a estos criterios, no parece que estemos para tirar cohetes, ni en Catalunya en concreto, ni en España en general.
Irene Rigau (de CiU), Consellera d'Ensenyament
(Enseñanza), que ha puesto en evidencia su poca
(y mala) educación.
(Fuente: ara)

Cuando la consellera habla de éxito del modelo de inmersión, pues, no sé muy bien cuál es la métrica que utiliza, o incluso cuál fue el objetivo definido. Como presupongo que la consellera no es una iletrada, su frase debe significar que el modelo ha conseguido alcanzar en buena medida el objetivo perseguido, que posiblemente no coincida demasiado con los que se evalúan en el Informe Pisa.

Me parece muy mal la espantada que la consellera le dio este martes al Ministro, levantándose de la reunión en Madrid incluso antes de haberse iniciado, y ausentándose a continuación. De todo se puede hablar y de todo se debe hablar. Me preocupa la total ausencia de sentido del humor en la vida política pública de este país, entendido en el sentido de la capacidad de auto-des-dramatizarse. Temas realmente intocables, de los que ni siquiera se pueda debatir, en la vida pública española debería haber muy poquitos (a bote pronto, sólo se me ocurre el principio de que la soberanía reside en el pueblo). Para todo el resto, hay colores para todas las opiniones.

En particular, me preocupan muy particularmente los que se envuelven en la Constitución (justamente hoy es su Día), como si fuera una roca inamovible. La soberanía de este pueblo la creó en 1978, y la soberanía de este pueblo (creo) que debería perfeccionarla tras tantos años de carrera. Los mismos que la creamos, debemos aspirar a mejorarla y adecuarla a nuevos tiempos.

La consellera se envolvió en el modelo de inmersión y en el agravio a Catalunya, e hizo el ridículo en Madrid.

Volviendo al tema del modelo educativo, si el objetivo del modelo de inmersión es instruir catalanistas, posiblemente sí sea un éxito. Si el objetivo es educar personas en Catalunya, habría que atenerse a las conclusiones de los correspondientes Informes Pisa, y el éxito no es, ni de lejos, la conclusión que se puede extraer.

Lo que ocurre es que nos toca asistir a un choque de trenes en la escena política pública española. De una parte un Gobierno neoliberal de derechas, indolente, insensible a todo menos a las penurias de sus amigos, convencido de que disponer de mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados significa que sus opiniones son las del 100% de los ciudadanos del país. Un Gobierno de España, en resumen, con la sensibilidad de un azulejo cerámico. Y, de otra parte, un Govern en Catalunya al que le priva lo identitario y que entra en trance al empuñar el tarro de las esencias para inmolar a los enemigos de Catalunya.

Estoy harto de tener que asistir como espectador impotente a esas ceremonias de la disensión y la falta absoluta de entendimiento, porque ninguna de las partes pone ningún esfuerzo y ningún interés en desdramatizarse a sí mismo e intentar comprender a la otra parte. Esas posiciones tan totalmente enfrentadas obligan a todos los ciudadanos a tomar partido (rojo o verde; blanco o negro).

Y eso puede traer muchas, muchas, sorpresas.

JMBA

domingo, 24 de abril de 2011

"Entre les murs"

Entre les murs es un librito escrito for François Bégaudeau. Que yo sepa, ha sido publicado en castellano (El Aleph, 2008; "La Clase"), en catalán (Empùries, 2008; "La Classe") y en gallego (Xerais, 2008; "A clase").

En 2008 se hizo una película basada en el libro, bajo la dirección de Laurent Cantet, que en España se tituló La Clase y en Argentina Entre los Muros. Fue laureada con la Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes 2008. Bégaudeau se protagoniza a sí mismo.

Pero yo tenía en casa el original en francés (Gallimard Folio, 2006), que sin duda debí comprar, por el método de la seducción visual, en alguna visita a una librería en París o Burdeos. Que es el que he ido leyendo a base de unas poquitas páginas cada vez.

Porque el libro consiste en una serie de escenas cortas que se producen en un colegio de los alrededores de París (la banlieu), en las clases, en los pasillos, en la sala de profesores, en el despacho del director. Contadas por un profesor de francés que se enfrenta a unos alumnos absolutamente nada interesados en el tema, la mayoría de familias de inmigrantes, muchos en claro riesgo de exclusión social. Y todos ellos convencidos de que el francés coloquial hablado que utilizan a diario en el barrio es ya más de lo que nunca van a necesitar.

Una de las cosas aterradoras es que hay escenas, cortes de diálogo, que se desarrollan entre profesores, pero podrían perfectamente haberse captado en algún aula entre los propios alumnos. A fin de cuentas, todos van en el mismo barco.

Todo el ambiente está imbuido de falta de motivación. Profesores y alumnos están ahí porque la sociedad les obliga a ello. Los profesores viven de intentar sacar adelante como pueden la escuela, y los alumnos, por lo menos, mientras están en la escuela no están delinquiendo en las calles de su barrio.

Hace un tiempo publiqué un artículo sobre la sociedad multicultural y su fracaso, o imposibilidad. Francia nos lleva unos años de ventaja en este tema, ya que allí las fuertes inmigraciones de extranjeros (magrebíes especialmente, pero también vietnamitas y de muchos otros lugares) se produjeron algunas décadas antes de lo que estamos viviendo en España. Esa sensación de desmotivación absoluta en el entorno educativo la estamos empezando a vivir aquí, especialmente en algunos lugares con muy fuertes proporciones de población inmigrante reciente.
Imagen de la película La Clase, de Laurent Cantet (2008)

Entre los muros de la escuela del libro se desarrolla una tragicomedia, en que todos parecer estar ocupando su lugar sin el más mínimo convencimiento. Una sociedad de facto multicultural intenta difundir en la escuela sus valores y preparar a los alumnos para la excelencia, ante la total indiferencia de estos. Porque lo que les intentan enseñar en la escuela no tiene nada que ver con lo que ellos sienten que necesitan aprender. Porque los valores ciudadanos que intenta sacar adelante la escuela no tiene nada que ver con lo que los alumnos viven en sus familias.

Vale la pena la lectura del libro. No vi la película, pero he leído bastantes recomendaciones (de hecho el autor del libro intervino en la elaboración del guión.
Cartel de la película en España

Mi conclusión es que una sociedad donde conviven muchas culturas diferentes no es, para nada, una sociedad multicultural al estilo de lo que cierta progresía ha tenido por panacea. Muchas culturas muy poco integradas en un entramado común, que comparten muy pocos valores, es una comunidad muy difícil de gestionar. En ese contexto, los profesores no pueden hacer otra cosa que amarrarse a la orilla para evitar que el caudaloso río que baja fuerte con muchas culturas se los lleve por delante. Pararse para ver pasar las desgracias de largo.

Se les va el tiempo intentando que los alumnos magrebíes acepten, o por lo menos no desprecien, a los alumnos de origen chino y con muy poquito conocimiento del idioma común. O para que las luchas y rencillas callejeras se queden fuera, y no entren en la escuela. O para convencer a los padres de los alumnos del interés que debería tener para ellos la escolarización obligatoria de sus hijos.

Muy instructivo. Si tenéis ocasión de leer el libro o ver la película, no lo dejéis de hacer. Llevamos el camino de parecernos mucho y en poco tiempo, a lo que se cuenta en Entre les Murs.

Invita a la reflexión.

JMBA