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sábado, 26 de enero de 2013

C-tres (Corruptos, Corruptelas y Corrupciones)

De la gran mayoría de ciudadanos de este país, nadie podría demostrar nunca que seamos corruptos. Y ello se debe, en primer lugar, a un hecho incontrovertible: nunca hemos tenido la oportunidad de poner a prueba nuestra honradez. El que no tiene acceso a la llave de la caja, no tiene la oportunidad de meter la mano en ella.
Luis Bárcenas, ex tesorero del PP, de quien se sospecha
que podría controlar una máquina trincona.
(Fuente: elconfidencial)

Por otra parte, el imaginario nacional tiene una especial fijación por lo que podríamos llamar dinero fácil. La máxima ceremonia litúrgica de este hecho es el sorteo de la Lotería de Navidad. El dinero que se gana trabajando sirve para pagar las cosas aburridas de la vida (la hipoteca de nuestro hogar, la letra del coche, la cuenta del supermercado, el colegio de los niños, la factura del gas o la electricidad,...). Por el contrario, el dinero fácil sirve para pagar por aquello realmente divertido que la vida puede aportar: un viaje al trópico, un descapotable, caviar, champán, fiesta,...

Esta fijación por el dinero fácil tiene un efecto perverso sobre ciertos aspectos de la sensibilidad social. El primer sentimiento que todos tenemos ante alguien que se ha enriquecido ilícita o corruptamente, es la envidia. Luego ya se impone la razón, y nos indignamos y censuramos agriamente esos comportamientos radicalmente antisociales.

Esta perversión tiene un efecto indirecto en la, a menudo, falta de severidad (o incluso, a menudo, cierta condescendencia) con que la sociedad en su conjunto censura y castiga a los corruptos. A ello se añade que los políticos se muestran tibios en la crítica a la corrupción de los demás, con el temor de que una crítica exacerbada a lo mejor acaba suponiendo un tiro en el propio pie. Porque nadie está totalmente a salvo de corruptos.

Las pequeñas corruptelas empiezan con las mordidas, las pequeñas propinas para alterar el curso natural de las cosas, para adelantar un expediente, etc. Supongo que esta es una merma difícil de erradicar y, en general, puede considerarse venial.

Luego están las corrupciones personales, en que alguien utiliza su cargo o posición para recibir dinero (negro, en B, en un sobre, en un maletín,...) de un tercero a cambio de tomar decisiones que le favorezcan, aun a sabiendas de que son injustas o ilegales. Buena parte de la corrupción con origen en el sector inmobiliario tiene esta tipología, donde se tuercen las voluntades de alcaldes o concejales (especialmente) para conseguir recalificaciones u otras prebendas que beneficien al pagano de una u otra forma. El corrupto se mueve en la cuerda floja, porque el esquema puede acabar haciéndose público si alguien de sus proximidades siente envidia, o bien si alguien que mojaba del esquema, de repente, por uno u otro motivo, deja de hacerlo. El dinero, especialmente en B y en grandes cantidades, silencia todas las bocas.

Pero lo más abyecto de la corrupción son las que yo llamo maquinarias de corrupción o máquinas trinconas. Son montajes a menudo sofisticados, que requieren de un cierto tiempo y preparación para que funcionen sin chirriar. El objetivo de la organización que la promociona es conseguir un fondo de reptiles (con dinero en B) para cubrir gastos difícilmente justificables, o que resultan imposibles de cubrir con dinero legal. En las últimas décadas hemos visto ya aflorar muchas máquinas trinconas de este tipo. Desde la Filesa-etc de los socialistas, hasta el montaje de la SGAE con sociedades anejas, hasta el caso Palau en Catalunya o, por las trazas que tiene, la maquinaria controlada por Luis Bárcenas en los aledaños del PP.

El objetivo de estas maquinarias es conseguir una acumulación de dinero sin control, que se pueda repartir o gastar sin tener que dar explicaciones a nadie ni registrarlo en ninguna parte. Claro que el concepto es suficientemente vago como para que incluso sus promotores puedan acabar perdiendo el control sobre él. Sospechas más que fundadas parecen indicar que muchos de los actos multitudinarios y relativamente lujosos de los partidos políticos, en todo o en parte, se pagan a partir de bolsas de dinero B generadas con estos mecanismos.
Félix Millet, que podría ser el cabecilla de la maquinaria
trincona
organizada en torno al Palau de la Música.
(Fuente: expansion)

El alimento de estas bolsas procede, en general, de lo que se conoce como comisiones, es decir, porcentajes bajo mano que acaban pagando algunos adjudicatarios de contratos públicos con la Administración. La empresa X quiere vender cien piflostios a una cierta Administración Pública (supongamos, por simplificar, que a un Ayuntamiento). La contratación, por ley, debe realizarse a través de Concurso Público, con luz y taquígrafos. La empresa X quiere ganar ese Concurso (al que han presentado oferta otras cinco empresas). Los los criterios para la adjudicación siempre admiten alguna flexibilidad (el precio es un factor objetivo; pero la reputación del ofertante, por ejemplo, puede ser relativa y subjetiva). Seamos generosos, y pensemos que la propuesta de la empresa X es la más ventajosa para la Administración, en términos objetivos. Pero al director de la empresa X se le pone en contacto con un agente de la máquina trincona de turno (a menudo a través de asesores o consultores que actúan de intermediarios). En resumen, se le amenaza con que, si no suelta la comisión en B que se haya estipulado, el concurso lo ganará alguno de sus competidores.

Como la empresa X es una muy seria y reputada fabricante de piflostios, no tiene caja B y toda su contabilidad es limpia como una patena. Por eso se limita a pagar una factura que le emite alguna empresa asesora intermedia, que es la que ennegrece y sumerge una parte del botín y lo aporta a la Bolsa, y todos felices.

Para administrar esa Bolsa de dinero B hace falta un responsable, un tesorero. Pero de cómo se gaste, o quién se lo acabe quedando, no habrá ninguna constancia oficial (ni facturas ni recibos), más allá del cuadernito de bolsillo que seguramente tenga el tesorero para anotar las entradas y salidas de dinero y que, entre otras cosas, le servirá como un seguro para el caso de que los promotores le acaben dejando con el culo al aire.

Una maquinaria de este tipo es lo que se adivina que podría existir (o haber existido) en los aledaños del Partido Popular, gestionada por el que fue su tesorero, Luis Bárcenas. Según algunos han dicho ya abiertamente, en algún momento, de esa Bolsa se podrían haber pagado sobresueldos, en forma de sobres con dinero en efectivo, a ciertos miembros del partido.

Montar la maquinaria para que funcione sin ruidos cuesta un cierto tiempo y es necesario que madure adecuadamente. Pero desmontarla es poco menos que imposible, porque supondría reconocer demasiados delitos que a nadie le apetece asumir, y el tesorero, por supuesto, no va a cargar con las culpas, al menos mientras mantenga en su poder el cuadernito de bolsillo.

Es por esto que Rajoy se encuentra en una encrucijada por la que es muy difícil navegar, sin fuertes pérdidas en más de un sentido. No queda otra posibilidad real que contemporizar, intentar echarle tierra al asunto o esconderlo bajo la alfombra. Todo ello, suponiendo, claro está, que exista una voluntad decidida de destruir la máquina trincona.

Y, de toda la clase política, el que esté absolutamente limpio de pecado, que tire la primera piedra.
Josep Maria Sala, a la sazón senador, que fue condenado
judicialmente por el caso Filesa.
(Fuente: flickr)

Sobre todo, no caigamos en el error de aceptar que lo que va a resolver el problema es una auditoría de las cuentas del PP (en este caso), porque el dinero de la corrupción se mueve con total libertad y sin dejar rastro en la contabilidad. Más que auditar, habrá que arremangarse y bajar a las cloacas.

Es por esto que resulta imprescindible la promulgación de una Ley de Transparencia que abarque y obligue a todas las organizaciones que gestionan dinero público, incluyendo a Partidos Políticos, Sindicatos, ONG,s, Empresas Públicas, etc. El dinero público sólo deja de serlo cuando la administración paga la nómina a alguno de sus empleados (con la correspondiente retención del IRPF, recibos, etc.) o bien paga la factura de algún proveedor privado (previa validación de los interventores, etc.). Todas las subvenciones de cualquier género o, para el caso, las transferencias de la Administración a alguna empresa pública, siguen siendo dinero público hasta que se cumpla alguna de las condiciones definidas anteriormente.

Para los ciudadanos honrados (aunque sólo lo sean porque nunca han tenido la oportunidad de dejar de serlo), que pagan religiosamente hasta el último céntimo de sus impuestos, resulta desmoralizante y provoca una crisis de confianza y de ilusión, tener que asistir a estas ceremonias de la confusión, con el convencimiento íntimo de que resulta prácticamente imposible erradicar ciertas prácticas, que provocan una merma cierta de la capacidad que debe tener la Administración Pública para mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos.

Contra la corrupción, tolerancia cero. Pero los políticos, solos, no lo conseguirán nunca. Los ciudadanos debemos presionar por todos los medios para conseguirlo, mejor antes que después. Una buena forma, para empezar, puede ser firmar la petición al Gobierno de una Ley de Transparencia más amplia y severa de lo que se ha anticipado. Podéis hacerlo en la plataforma Change.org.

Sólo con nuestro esfuerzo y todos unidos, tenemos alguna posibilidad de ver amanecer un tiempo nuevo, en que la corrupción política haya sido dominada y no fructifique más.

JMBA

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Ridículo de (algunos) Políticos

El Molt Honorable President (en funciones) de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, ha hecho lo que seguramente es lo peor que puede hacer un político. Artur Mas ha hecho el ridículo.
Arriba, Artur Mas en el cartel electoral. Abajo, Charlton
Heston como Moisés en Los Diez Mandamientos (1956)
(Fuente: periodistadigital)

Porque no se puede describir de otra forma lo que ha protagonizado en los últimos meses. A partir de la masiva manifestación en Barcelona el 11 de Septiembre, con motivo de la Diada, Artur Mas quiso asumir el liderazgo de esa movilización, e instaló a CiU en una deriva soberanista, si no directamente independentista, que nunca había formado parte del ideario central de esta formación política y de sus votantes naturales. Desde la Transición, CiU se había caracterizado siempre como una coalición con  responsabilidad política y sentido de Estado. Ha intentado invadir el espacio electoral de otros, y las urnas le han pasado dolorosa factura.

Da la sensación de que llegó a pensar que todos los votantes tradicionales de CiU se habían vuelto independentistas de repente, acompañándole en su propia mutación. Así, llegó a adoptar un cierto aire mesiánico (al estilo del mejor Moisés encarnado por Charlton Heston), de profeta elegido por su pueblo para conducirle a la Tierra Prometida.

Tras el fiasco de la reunión en Moncloa con Rajoy (la indolencia, cuando no la insensibilidad con que Rajoy intenta ventilar temas trascendentes, es otra conversación) decidió disolver el Parlament y convocar Elecciones Autonómicas en Catalunya para el domingo 25 de Noviembre, tras una legislatura que no llegó a los dos años, menos de la mitad de la duración esperada.

Su objetivo confesado y pregonado sin ningún pudor, como el que recita las Tablas de la Ley, era conseguir reforzar la posición de CiU (que estaba a seis escaños de la mayoría absoluta, y había podido - mal que bien - gobernar en minoría con la llamada geometría variable de apoyos puntuales) y alcanzar idealmente la mayoría absoluta, o lo que él mismo, de forma eufemística, denominaba una mayoría extraordinaria.

Sin embargo, los resultados de las elecciones fueron lo contrario de lo que pregonaba, y CiU ha visto reducida su presencia en el Parlament en 12 diputados, quedándose, pues, a 18 escaños de la mayoría absoluta necesaria para gobernar. Mucho se ha escrito ya sobre los posibles trasvases de votos entre las diversas formaciones, así como sobre la mayor participación que se recuerda de los tiempos modernos, y no insistiré en ello aquí.
Artur Mas y Oriol Junqueras (ERC) en el Palau de la
Generalitat de Barcelona.
(Fuente: elsingulardigital)

El efecto cierto es que, con estas elecciones precipitadas (que también tenían, como objetivo adicional, el de anular al máximo al PSC, sorprendido en su peor momento de confusión interna y de falta de liderazgo consolidado) ha comprometido severamente la gobernabilidad de Catalunya. Para presentarse a una sesión de investidura en el Parlament necesita imperiosamente el apoyo de por lo menos una de las tres fuerzas que disponen del entorno de los 20 diputados (ERC, PSC, PPC). Cualquier otra fórmula (por ejemplo, la abstención de dos de ellas) no le procuraría un gobierno suficientemente fuerte para poder abordar con garantías tanto el complicadísimo día a día (recortes recurrentes e impopulares para intentar hacer frente a la crisis) ni la labor titánica que se había autoimpuesto en el tema conocido como Derecho a Decidir (resumiendo, la celebración de una consulta popular sobre la independencia de Catalunya).

Pero qué solo está Moisés en la cumbre del monte. Tanto el PSC como el PPC acusan a Artur Mas de haber incumplido los pactos a los que llegaron con él al principio de la legislatura (en el caso de los socialistas, incluso se firmó, en su momento, un acuerdo que fue publicitado), y no quieren ni oír hablar de participar en un Govern presidido por Artur Mas. El PPC sólo lo haría si Mas renuncia por completo a su mesianismo identitario (traicionando así sus promesas electorales) y el PSC no visualiza ningún escenario de posible colaboración.

En estas condiciones, sólo queda la posibilidad de acuerdo con Esquerra Republicana de Catalunya. Pero Oriol Junqueras ya ha dejado claro que, si bien estarían dispuestos a apoyar a un gobierno de Mas en el Parlament, de ningún modo van a formar parte de él y a corresponsabilizarse de la acción de gobierno (que se adivina cruda por la crisis). Y exigen, además, que la consulta popular se realice en 2013 (no les resulta suficiente la promesa de realizarla durante los cuatro años de la legislatura). Conviene tener en cuenta que CiU representa una derecha burguesa neoliberal, mientras que ERC es un partido de izquierda que de ninguna forma quiere ser copartícipe de recortes sociales y ataques frontales al Estado del Bienestar. ERC no quiere quemarse en esa hoguera. Les une lo identitario, pero les separa todo lo demás.

Los populares y los socialistas podrían considerar la posibilidad de formar parte de un gobierno de CiU sólo si no estuviera presidido por Artur Mas. Lo que abre la posibilidad de la dimisión de Mas tras el ridículo cosechado. Una posibilidad que desde CiU se niega por activa y por pasiva, cada vez que sienten la proximidad de un micrófono. Claro que el único recambio que se adivina viable sería Oriol Pujol, el hijo del President Pujol, y eso sería salir del fuego y caer en las brasas, sería pasar de un profeta neoliberal con cara de señor, a un padrino de aspecto patibulario. De prosperar este escenario, incluso podría peligrar la propia coalición, ya que Unió Democràtica podría decidir buscar otros océanos que surcar.

La situación está tan complicada que incluso se está especulando con la posibilidad de que no hubiera más remedio que convocar nuevas elecciones, ante la imposibilidad de formar un gobierno sólido. Un escenario rechazado también desde CiU. Lo que se entiende, porque unas nuevas elecciones en los próximos meses produciría una polarización todavía más clara del electorado, que podría arruinar por completo el liderazgo que todavía conserva CiU.

En estos días complicados, quien más lástima me da es Duran i Lleida, a quien le toca defender lo indefendible, clarificar lo que es turbio y desmentir lo evidente. Duran siempre ha sido un caballero de la política, con amplio sentido de Estado y de actitud siempre responsable. Tener que dar la cara en estos momentos en la España no catalana no tiene que ser, para nada, plato de gusto. Porque inevitablemente se acaban dando mensajes ya no matizados, sino directamente diferentes si no incluso contradictorios, a los incondicionales en Catalunya y a la opinión pública en el resto de España.
Josep Antoni Duran i Lleida, líder de UDC, en una de
sus entrevistas en Los Desayunos de TVE.
(Fuente: minutodigital)

Le he oído ya a Duran i Lleida en varias entrevistas en radio y televisión, y me recuerda al mayordomo que debía seguir, con la chequera en la mano, al señorito pendenciero, para pagar y compensar por todo lo que, en su entusiasmo y frenesí, el señorito rompió por tabernas y lupanares. Y los mensajes contradictorios que intenta transmitir me recuerdan a la peor etapa de los años de plomo de Arzalluz en Euskadi, cuando se transmitían unos mensajes para el resto de España durante la semana, con Arzalluz de traje y corbata, y otros completamente diferentes para sus simpatizantes el fin de semana, por las campas del País Vasco, con Arzalluz jersey al cuello.

Lo que está absolutamente claro es que Artur Mas ha hecho lo peor que puede hacer un político: el ridículo. Se metió en una aventura con un objetivo, y ha obtenido estrictamente lo contrario. Su credibilidad y fuerza se han deteriorado muy seriamente, y su dimisión debería ser la consecuencia más natural de tamaño fiasco.

Cualquier otra cosa serán paños calientes.

JMBA