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martes, 4 de junio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico


Durante mi estancia en la Residencia, tuve la oportunidad de conocer a bastantes residentes temporales. Personas, habitualmente, de edades menos avanzadas que la media de los residentes permanentes y que, por alguna razón, precisaban de los servicios de la Residencia durante un cierto período de sus vidas. Ese, por supuesto, fue mi propio caso.

Algunos de ellos, sin embargo, respondían al mismo perfil que los residentes permanentes. Sólo que, por diversos motivos, se fueron de la Residencia con destino a otra, o hacia el hogar de algún familiar, con cuidadores domésticos, por ejemplo.

Entre los permanentes que se fueron a otro lugar, yo destacaría a F., toda una eminencia tanto en su vida profesional como académica. Cuando le conocí en la Residencia estaba ya sumergido en su propio Universo por culpa de un Alzheimer avanzado. Le vi mucho tiempo acompañado durante el día por una cuidadora. Y muchas mañanas del verano lo vi andando por el jardín de la mano de un joven que no me olía a familiar, sino más bien a acompañante de pago. Se sentaban en algún lugar del jardín, y el joven le leía en voz alta Miguel Strogoff. Un día desapareció de la Residencia, sin más. Unos meses más tarde me llegó, a través de amigos comunes, la noticia de su fallecimiento.

Otro residente que parecía permanente, pero que un día se fue, era Don José, un sevillano que dedicó su vida activa a la Administración Pública. Con él compartí mucho tiempo mesa en el comedor. Un buen día nos dijo que se iba a ir a otra Residencia en Valladolid, pues tenía una hija que vivía en esa ciudad, y el arreglo le resultaba más conveniente a toda la familia. Don José era uno de los mejores clientes de la Cafetería, pues acostumbraba a tomarse una cervecita antes de comer, y por la tarde, antes de la cena, y habitualmente rodeado de algunos familiares (hijos, hijas, nietos,...) se tomaba su güisquito diario.

En la mesa del comedor, Don José hablaba más bien poco. Pero, sin embargo, tuve ocasión de mantener alguna interesante charla con él, tête a tête, compartiendo algún aperitivo en una de las mesas de la Cafetería.

Uno de los residentes más notables fue el Kamikaze. Cuando yo ingresé él ya estaba allí, y compartimos mesa en el comedor durante toda su estancia. Se trataba de un zamorano de setenta y algunos, que conoció la Residencia el año anterior para recuperarse de un ictus, y que volvió a ella cuando se rompió el brazo, por un desgraciado accidente, al poco de volver a su casa. El Kamikaze era bastante contracultural dentro del ambiente general de la Residencia, pues estaba en pleno uso de sus facultades mentales y tenía el corazón un poco a la izquierda. Pero cada familia es un mundo, pues conocí a su hermano que venía frecuentemente a visitarle, y para él Rajoy era un rojo peligroso. Además, era de los únicos hombres que, durante todo el verano, se paseó por la Residencia en pantalón corto, como yo mismo, por cierto, cosechando alguna mirada crítica de las abuelitas más remilgadas. El Kamikaze soñaba con volverse a su tierra zamorana, y comerse un chuletón en Casa Paca, su restaurante preferido en la Puebla de Sanabria. Y a finales de Junio lo consiguió. El apodo se lo asignaron los fisioterapeutas, porque tenía cierta tendencia a ignorar los riesgos y a desbordar los límites. Incluso su accidente doméstico tras volver a casa quizá con demasiada premura tras recuperarse razonablemente del ictus, podría estar asociado a su carácter temerario.

A R. la conocí porque coincidí a su lado contemplando el modesto espectáculo con que nos deleitaron los alumnos del colegio vecino para festejar su fin de curso. Era una chica de setenta y pocos, que estuvo unas cuantas semanas en la Residencia. Azafata de vuelo durante toda su vida activa, a esa edad tenía problemas graves de huesos, que le llevaron a sucesivas operaciones y a más o menos complicados procesos de rehabilitación. R. era, con diferencia, la persona que más hablaba en toda la Residencia. Soltera, sentía una empatía casi automática por todos los demás residentes y sus familiares y amigos. Fácilmente se convertía en abogada de causas imposibles y construía desde la nada una ONG en cero coma, para defender lo que le pareciera conveniente. Desarrollé cierta amistad con ella y tuvimos muchas conversaciones (bueno, ella habló mucho conmigo, yo un poquito menos con ella). Cuando ya se fue para su casa, madrileña cañí del barrio de Chamberí, incluso intercambiamos teléfonos y seguimos manteniendo un cierto grado de relación hasta la actualidad.

El caso de M. era diferente. La conocí en el Gimnasio de Fisioterapia, ya que su turno coincidía con el mío. M. era una señora de 50 años, muy culta e instruida, con quien daba gusto hablar. Incluso intercambiamos alguna lectura recomendada. Ella acabó leyendo "Babel minute zéro" de Guy-Philippe Goldstein, tras mi recomendación; yo he leído recientemente, con fruición y mucho placer, "Sapiens" de Yuval Noah Harari. Trabajaba de alguna forma para el Ministerio de Asuntos Exteriores y sufrió un desgraciado accidente de tráfico en una ciudad africana, mientras desempeñaba su labor de cooperación internacional. Por el accidente, tenía que llevar un corsé para la espalda, y someterse a diversos ejercicios de fisioterapia de rehabilitación. También la vi más de una vez comiendo en una mesa familiar, junto al comedor comunitario, con su marido y sus hijos adolescentes. Sin lugar a dudas, la residente de mayor lucidez que conocí en la Residencia.

Ya he hablado de A., una señora de origen valenciano y de profesión matrona, con quien tuve alguna muy trascendente conversación, como ya he contado en algún otro lugar, desde mi personaje de confesor laico. Estuvo solo algunos meses en la Residencia, pero creo recordar que todavía se quedó allí cuando yo volví a mi casa, a finales de Septiembre.

Durante unas semanas, estuvo en la Residencia una abuelita muy pulcra y habladora, delgada al límite de la evanescencia. Coincidí con ella, también, en mi turno de Fisioterapia. Casi siempre estaba con ella alguna de sus hijas, aunque una de ellas se rompió el brazo solo unos días después de que su madre ingresara en la Residencia, para recuperarse de alguna operación de cadera, creo recordar. Un día la abuelita me pilló en el jardín y aprovechó para contarme, sin pausas ni interrupciones, toda la historia de su vida. Finalmente se dio cuenta del abuso y me pidió disculpas por ello.

Las últimas semanas de mi estancia vi pasar a un par de residentes temporales muy especiales, por diferentes motivos. El primero era G., un hombre de 90 años, pero muy bien conservado, que ingresó temporalmente en la Residencia por motivos familiares. Aunque se movía con bastante agilidad, con la sola ayuda de un simple bastón, y gozaba de una mente totalmente clara, tenía un cierto nivel de dependencia. Debido a algunas operaciones recientes tenía que llevar permanentemente una bolsa para recoger todas las excreciones corporales. Vivía habitualmente en casa con su mujer, veinte años más joven que él, y con su hija menor, de 28 años, fruto de una noche aciaga, según me confesó él mismo. Creo recordar que también tenía un par de hijos ya cincuentones. Su hija tuvo que ir unos días, por trabajo, a Estados Unidos, y su mujer decidió acompañarla en un viaje de un par de semanas. En esas condiciones, la mejor solución para él fue ingresar en la Residencia durante ese tiempo. Pero se le caía el techo encima y no veía el momento de regresar a su casa.

G. parece que había desarrollado toda su vida profesional en uno de los Ejércitos, en el que aprendió todos los vicios imaginables, según me confió en una de nuestras conversaciones. Ya jubilado, vivió bastantes años en algún lugar de África, acompañando a su esposa en su desempeño profesional. De allí volvió con alguna enfermedad endémica y con una afición desmedida por los licores destilados de fuerte graduación.

Fumador empedernido, en casa no le dejaban fumar, y por eso canceló la suscripción a la televisión de pago, para poder ir a ver los partidos de fútbol a algún bar próximo, donde tomar sus copitas y fumar sus cigarritos, aunque fuera en la calle, viendo la pantalla de reojo. Gracias a él, descubrimos que, bajo determinadas condiciones, arbitrarias, aleatorias y bastante desconocidas, se podían ver los canales de pago en el televisor de la Cafetería, y solo allí, por cierto. En particular, por ejemplo, los partidos de Liga de su club del alma, pues G. era un orgulloso colchonero. Aunque, para conseguirlo, debía acudir alguna de las supervisoras con instrucciones actualizadas para conseguir sintonizar correctamente el receptor con el decodificador.

La segunda residente temporal bastante singular, que sólo estuvo en la Residencia unos pocos días, por motivos que no llegué a adivinar, era una mujer que sufría de ansiedad, y la manifestaba fumando. Era impresionante ver el ritmo al que podía encender cigarrillos. En el par de horas que dedicaba yo a la lectura por la mañana, en el jardín, podía fumarme dos o tres cigarrillos. En ese tiempo, ella podía terminar con una cajetilla entera, pues los cigarrillos los encendía a veces a pares. Una mañana estaba desesperada porque le había desaparecido el bolso de la habitación. Y con él desapareció el mechero, por lo que parece el objeto más valioso que contenía ese bolso. Afortunadamente, yo tenía dos y le regalé uno. El bolso acabó apareciendo, pero algún dinerito que tenía dentro, nunca volvió. Mi mechero, tampoco.

Hablaba muy poco y siempre parecía angustiada por algún motivo que nunca llegué a conocer. Sin embargo, más de una vez se sentó en mi mesa en el jardín. Pensé que buscaba algo de conversación, pero nunca llegué a intercambiar con ella más allá de un par de palabras.

Y, finalmente, debo citar a los residentes que abandonaron la Residencia por el peor de los motivos. El más próximo fue F., que se sentaba a mi izquierda en la mesa del comedor. Casi todos los días le acompañaba su señora, Doña M., que solo volvía a casa cuando le dejaba aposentado en el comedor para la cena. Varias veces tuvo que trasladarse al Hospital, por diversas dolencias. Del último traslado nunca regresó. Una de las supervisoras del comedor nos dijo que tenía el corazón muy débil, y que había fallecido en el Hospital.

Otra desaparición sonada fue la de un hombre delgado y muy serio, en silla de ruedas, que siempre iba con boina, por lo que yo le había tomado por vasco. Pero resultó que era de origen alemán. Se atragantó un mediodía en el comedor y nada pudieron hacer para salvarle la vida. Yo apenas le conocía, pero coincidió que yo estaba en Fisioterapia cuando le trajeron de urgencia a la Sala de Enfermería, que estaba al lado, para intentar recuperarle. Yo casi únicamente le había visto los sábados por la tarde, cuando se celebraba la Santa Misa en la capilla. Él siempre estaba, en su silla de ruedas, junto a la escalera, a bastante distancia de la capilla pero mirando hacia ella. Como si no quisiera faltar pero tampoco mostrar una devoción que seguramente no sentía.

Sin duda se produjeron otras desapariciones por este luctuoso motivo, pero el tema se trataba con extrema reserva, y sólo te enterabas si el fallecido o fallecida te era próximo/a por algún motivo concreto. Si no, sólo podías detectar, con el tiempo, una cierta ausencia inexplicada.

En resumen, los residentes temporales, los que aparecían de repente en la Residencia, con algún problema médico concreto que resolver, eran una fuente a explotar, para intentar encontrar personas más jóvenes que la media, en pleno uso de sus facultades mentales y con quien, quizá, se podían tener interesantes conversaciones.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 13: Restauración

viernes, 12 de abril de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística





Cuando uno se pasa varios meses alejado de casa, y prácticamente encerrado, no tiene más remedio que recurrir a compradores y recaderos más o menos voluntarios, para resolver las necesidades más perentorias. Incluso para las cosas más básicas hay que recurrir a terceras personas.

De esta forma, mi hermana se convirtió en la zapatera oficial. Teniendo un problema de insensibilidad en los pies, el calzado se convirtió en un elemento casi médico de vital importancia. Ya estando todavía en el Hospital, ella se encargó de visitar una tienda viejuna cerca de Atocha, donde, en un segundo intento, compró unas zapatillas comodísimas, con cierres de velcro por arriba y por detrás, que utilicé tanto en el Hospital como en las primeras semanas de estancia en la Residencia. Pero, más adelante, por consejos de la enfermera y de los fisioterapeutas, se hizo evidente la necesidad de otro tipo de calzado. De forma recurrente, aparecieron heridas superficiales en el pie izquierdo especialmente, rozaduras, ampollas, etc. Parece que las zapatillas no sujetaban suficientemente el pie y el tobillo, y la fricción provocaba esos efectos.

El 6 de Julio tenía una cita de Revisión en Urología en el Ramón y Cajal. Le pedí a mi hermana si podía venir para acompañarme en esa visita, dado que yo todavía me movía utilizando la silla de ruedas. Tras un viaje de ida y vuelta al Hospital, utilizando el servicio de los llamados Eurotaxis, que embarcan por popa la silla de ruedas con su ocupante, con total comodidad y seguridad, volvimos a la Residencia ya tarde para comer. En la cafetería nos proporcionaron algún plato con el que improvisamos un almuerzo tardío.

Por cierto, la cita fue casi de cortesía, a pesar de presentarme en silla de ruedas. Que qué bien estaba, que qué guapo, que qué bien que hubiera adelgazado, y que bueno, ya para Octubre un TAC y ya veremos luego.

Por la tarde, aprovechamos para salir a la calle (mi hermana empujando la silla), y visitamos una zapatería próxima, donde pudimos comprar unas deportivas con cierre de velcro, que sujetaban perfectamente el pie y el tobillo, y que, todavía hoy, son las que estoy utilizando. A la vuelta hicimos una parada en un cajero automático, para proveerme de algo de efectivo, porque a los recaderos, en general, hay que pagarles en cash.

Durante mi estancia en el Hospital, prácticamente no necesité nada de ropa, más allá del sempiterno camisón que te proporcionan a diario (culito al aire) y de las zapatillas. Pero al trasladarme a la Residencia, el entorno cambió. Organicé sobre la marcha un pequeño equipo, formado por mi asistenta Olga y mi amigo Andrés. Los dos, pilotados telefónicamente, pudieron preparar en mi casa una maleta con la ropa y demás elementos necesarios, que me acompañó en mi traslado.

Esa maleta incluía, entre muchas otras cosas, una tableta que habitualmente, en casa, no utilizo casi nunca. Pero en la Residencia me sirvió para entretenerme de diversas formas. A pesar de que había una cierta WiFi, sólo funcionaba razonablemente en los rellanos y en las zonas comunes, pero no en la habitación ni en el jardín. De todas formas, conviene entender que casi la mitad de los residentes no saben utilizar una WiFi, mientras que casi la otra mitad no sabe siquiera lo que es. Por lo que, para utilizar la tableta, tenía que tirar de los GB del móvil, que siempre son limitados cuando se consumen a lo grande. Gestioné con Movistar+ (con quien tengo contratada en casa la fibra óptica, la televisión de pago y la telefonía tanto fija como móvil), la acumulación de tráfico en el móvil que habitualmente utilizo, y dispuse de esa forma de 24GB de tráfico de datos al mes. Así pude ver, en la placidez de mi habitación, algún partido de fútbol de mi interés o también alguna película. Siempre revisando el consumo total, para evitar el cargo desproporcionado por un tráfico adicional de datos.

El tabaco se convirtió en uno de los temas centrales de la problemática logística. Durante mi estancia en el Hospital, lógicamente, no había fumado un solo cigarrillo. Quizá podría haber aprovechado la ocasión para dejar definitivamente un hábito que, a la larga, no hay duda de que resulta perjudicial. Pero la situación no era la más adecuada, ya que, por mi disfunción motriz, tenía ya que renunciar a muchas cosas de la vida habitual, por lo que resultaba quizá demasiado agresivo añadirle el dejar una costumbre que, pese a todo, me da bastantes placeres.


Uno de mis ceniceros de bolsillo, que compré, casi por
casualidad, por 2€, en un estanco junto al puerto
de Cartagena.
(JMBigas, Abril 2019)


En el interior de la Residencia no se podía fumar en ninguna parte. Pero tanto en el jardín como en el porche de entrada (más adelante, por supuesto, también en la calle durante los paseos), sí se podía fumar algún cigarrillo. Había una fumadora oficial, Queti, a la que se podía ver con frecuencia en el jardín, apoyada en el pilar de acceso al interior, junto al único cenicero de pie que había allí, aunque también había varios ceniceros distribuidos por las mesas del jardín. Durante el día, a Queti se la podía ver o bien fumando en el jardín, o trabajando sobre sus inacabables revistas de pasatiempos, tanto en el jardín como en alguno de los salones interiores. Había una segunda señora fumadora ocasional. Pero ella siempre apuraba sus cigarrillos paseando de arriba para abajo por el jardín.

Conocí también a algún(a) residente temporal que era fumador(a) empedernido(a). De ellos ya hablaré más adelante. Otra señora también acostumbraba a fumar algún cigarrillo, pero siempre en el porche de entrada (nunca la vi por el jardín). Con ella tuve alguna conversación muy interesante, de la que hablaré en otro capítulo. Curiosamente, no conocí a ningún hombre fumador en la Residencia, aunque la mayoría de aquellos con los que hablé en alguna ocasión, reconocían haber sido fumadores, aunque hubieran abandonado el hábito diez, veinte o treinta años antes.


El cenicero, desplegado. Tiene capacidad para tres o
cuatro colillas.
(JMBigas, Abril 2019)


Entre mis pertenencias, tenía una cajetilla con siete u ocho cigarrillos, que había sobrevivido incólume a toda la estancia en el hospital. Como en casa tenía una pequeña reserva, mi asistenta Olga tuvo un papel importante, al traerme de casa a la Residencia algunas cajetillas adicionales y un segundo mechero, así como mi querido cenicero de bolsillo, que genera la impresión de fumador civilizado y que levantó mucho interés, o quizá solo curiosidad, siempre que lo utilicé en algún lugar del jardín, lo que sucedió a menudo.

Cuando se agotaron las reservas, recurrí a mi buen amigo Walther, que se especializó en el suministro de cigarrillos, cada vez que se lo pedí, antes de alguna de sus visitas regulares. Cuando escaseaban las existencias, levantaba la mano (WhatsApp, ¡qué gran invento!) y en su siguiente visita me traía un cartón de mis cigarrillos habituales. Cuando empecé a realizar paseos por la calle le liberé de esta función, puesto que había un estanco a escasos 150 metros de la Residencia.

Otro tema menor, pero muy trascendente, fueron las toallitas húmedas limpiagafas. Tenía en casa una pequeña reserva (una o dos cajitas), que Olga me trajo a la Residencia, cuando se lo pedí. Cuando se agotaron las reservas, recurrí a mi amigo Andrés, que me trajo varias veces un par de cajas de toallitas, que le pagaba religiosamente en efectivo.

Nosferatu, otro amigo, se especializó en los artículos más o menos tecnológicos. Se me rompieron unos auriculares que utilizaba tanto con el móvil como con un pequeño reproductor de MP3 que dispone de una funcionalidad ya desaparecida de la oferta comercial: la sintonía de Radio FM, sin consumo de datos. Le pedí que comprara para mí unos auriculares nuevos y, la primera vez, me trajo unos de gama extrabásica, comprados en una tienda de chinos, de sólo 3€, que resultaron ser una fuente de distorsión del sonido. No entiendo cómo alguien todavía invierte dinero en producir un artículo que prácticamente no sirve para nada. Al segundo intento me trajo unos JVC de 10€, perfectos para ese uso, y que sigo utilizando.

Desde el principio tenía conmigo una batería externa (grande, de 6000mAh) para la recarga del móvil. Esto me evitaba tener que conectarlo directamente al enchufe de la pared, y que así no lo tuviera a mano. Pero la batería empezó a dar síntomas de fatiga, y le pedí a Nosferatu que me comprara una parecida. Le mandé una foto, incluso, y me trajo, en su siguiente visita, otro ejemplar prácticamente idéntico al que tenía. Con las dos baterías me bandeé todavía con mayor comodidad.

Mi asistenta Olga, por supuesto, jugó un papel decisivo en traerme cosas de casa (o llevarse otras que ya no me resultaban útiles). Durante toda mi estancia (tanto en el Hospital como en la Residencia), ella fue yendo al menos una vez por semana a mi casa (salvo durante el mes de Julio, en que tomó vacaciones), para mantenerlo todo en las mejores condiciones posibles. Así, a petición mía, me trajo algunos útiles de aseo (gel dentífrico, pastilla de jabón, vaporizador de colonia, etc.), libros y algunas otras cosas de las que disponía en casa y que me hacían falta para algún propósito.

Llamadme presumido (y os equivocaréis, os lo aseguro), pero me he acostumbrado a utilizar una colonia específica, agradable, fresca y nada pesada, la 1747, de un perfumista de Grasse, en la Provenza (Galimard), de la que me aprovisiono por Internet. Tengo varios frascos pequeños de cristal, con vaporizador, que relleno (mediante unos embudos minúsculos, comprados en una tienda de chinos) a partir de unos frascos de aluminio de un litro de capacidad. Le conté a mi asistenta cómo hacerlo, y así conseguí disponer siempre de uno o dos vaporizadores de esa colonia en la Residencia.

Para los libros, ideamos conjuntamente una solución multimedia. Ella me enviaba las fotos de dos o tres de los estantes donde tengo en casa los libros pendientes de leer. Y yo le indicaba los que quería que me trajera, el cuarto y séptimo del primer estante, y el octavo y décimo del segundo estante, y así. Cuando tenía unos cuantos ya leídos, ella se los llevaba a casa. Cuando volví, me encontré tres montones grandes de libros sobre la mesa del despacho. Me costó un par de días catalogarlos, disponerlos en cajas y bajarlos al trastero.

La lectura fue uno de los grandes recursos para ayudar a pasar el tiempo, que tanto en el Hospital como en la Residencia, tenía tendencia a transcurrir con mucha lentitud. En poco más de cinco meses, llegué a leer hasta 37 libros, tanto en castellano como en catalán, francés e inglés. De esta forma ayudé a mantener en buen uso mis capacidades idiomáticas.

Otro capítulo fueron los regalos y préstamos. En diversas ocasiones, tanto mi hermano como mi hermana me trajeron un libro de regalo, para amenizar la estancia. Y, estando todavía en el Hospital, mi amiga Inés me trajo de regalo un estuche con seis miniaturas de cognacs clásicos. Dado que el entorno no aconsejaba su consumo inmediato, le pedí a Olga que se lo llevara a casa. A mi vuelta, me encontré un paquete en la nevera, envuelto en papel de El Corte Inglés. Ya no me acordaba de qué se trataba, y resultaron ser los botellines de cognac, de los que he ido disfrutando con moderación.

Mi buen amigo Antonio se empeñó en traerme algunos libros de novela policíaca escandinava. En diversas ocasiones, me trajo en total hasta siete volúmenes. Me rogó que, una vez leídos, no se los devolviera, sino que los hiciera circular por la Residencia. Hablé con Cloti, la responsable de animaciones, que gestiona un pequeño depósito de libros, para uso de los Residentes. Se hizo cargo de los libros, aunque me reconoció que muy poquitos clientes tiene, porque al que le queda vista como para leer, tiene que releer el mismo capítulo una y otra vez, porque se olvida de la trama y de los personajes.

A finales de Junio me di cuenta de que no había enviado mi Declaración de la Renta, y estaba muy cerca el fin de plazo. Habitualmente, acostumbro a hacerlo desde el ordenador de mi casa, donde tengo todos los datos necesarios. Un día le pedí a Olga que lo pusiera en marcha, pero no conseguimos entendernos lo suficiente como para que pudiera pasarme un par de informaciones que necesitaba para poder realizar las gestiones desde el móvil. Un par de días después, mi amigo DL me hizo el favor de pasar por mi casa. Pero la sorpresa fue que no consiguió ponerlo en marcha, asumiendo que en el ínterin se habría fundido la fuente de alimentación. Afortunadamente, tenía una copia de seguridad en un disco externo, que se llevó a su casa, y me cantó por teléfono los datos que necesitaba, y pude completar la tarea en tiempo y forma.

A raíz de eso, DL se empeñó en facilitarme un cable OTG (USB On-The-Go), que permite conectar un pendrive al microUSB de un móvil Android, habitualmente previsto para la carga de la batería. El primero que trajo resultó que no me funcionó, pero es que no funcionaba, en general. En un segundo intento me facilitó un cablecito que sí funcionó, aunque ya no lo necesitaba con urgencia. Creo que no lo he utilizado nunca con posterioridad.

Afortunadamente, lo del PC de casa fue una falsa alarma. El día en que visité mi casa con DL, en su presencia, lo puse en marcha sin problema alguno. Lo que pudiera haber pasado ese día en que no lo pudo arrancar quedará para siempre en la cueva de los misterios.

Es curioso darse cuenta de la cantidad de cosas que nos rodean habitualmente, y que utilizamos cuando las necesitamos. Cuando estamos desplazados, cada una de ellas, al menos aquellas que nos son realmente precisas, debe ser objeto específico de formar parte de un cierto equipaje o de proveernos de ellas por uno u otro medio.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 8: Hurtos

lunes, 3 de enero de 2011

La Nueva Ley Antitabaco

Lo primero que debo decir, para que no haya confusiones, es que yo soy fumador. Por si acaso.
(Fuente: sigojoven)

Llevamos ya varios años conviviendo en España con una legislación que prohíbe (regula) el acto de fumar en espacios públicos. A diferencia de otros vicios (beber, inyectarse droga), a los que llamaría solitarios, si no fuera excesivamente peyorativo, el acto de fumar tiene un cierto impacto sobre el entorno y sobre las personas que, fumen o no, se encuentran junto al fumador. Es el efecto del humo que genera el acto de fumar, básicamente.

A raíz de la primera ley antitabaco, que entró en vigor hace cinco años, los establecimientos públicos de pequeño tamaño (bares y así) podían escoger si querían ser zona de fumadores o de no fumadores. La realidad es que la mayoría escogieron que se pudiera seguir fumando en su interior. A los locales más grandes, se les brindaba la posibilidad de tener zonas separadas para fumadores y no fumadores. Algunos han invertido bastante dinero en realizar estas separaciones, con extracción de humos y demás. Estas inversiones quedan sin efecto, tras la entrada en vigor de la nueva ley. No sé si la Ley prevé algún tipo de compensación para estas inversiones, hoy ya inútiles.
(Fuente: universocadiz)

Básicamente, la nueva ley prohíbe fumar en todos los espacios públicos cerrados, con muy pocas excepciones (establecimientos penitenciarios, sanatorios para enfermos psiquiátricos, residencias de gente mayor, clubs de fumadores -muy restrictivos-). Entiendo que el racional de las excepciones tiene que ver con el posibilitar que los fumadores puedan hacerlo cuando no tienen ninguna posibilidad de salir a la calle para ello (los reclusos, por ejemplo) o cuando en el fondo ya da igual.

Los Aeropuertos, debido a las extensivas medidas de seguridad y a los muy frecuentes retrasos, se convierten a menudo en prisiones temporales e indeseadas para muchos usuarios. Creo que sería más que razonable mantener algunas zonas para los fumadores en los Aeropuertos por esta razón.

Por lo demás, nada que decir. Siendo fumador, me parece razonable que no se permita hacerlo en cualquier local público cerrado. En los restaurantes no creo que nadie se queje. Resulta mucho mejor comer (y beber) sin humos que perturben el entorno. Y, por cierto, habría que regular el uso (excesivo) de perfumes en los restaurantes, que resulta también agobiante a menudo. Los fumadores estamos habituados a salir a la calle, terminada la comida y el café, para fumar un cigarrito, si lo necesitamos. Para volver luego a la sobremesa, si la hay.
Aglomeración de fumadores en el exterior
de un pub en Londres
(Fuente: reartenparis)

Por ahí vendrá una de las ventajas para el sector de la hostelería, ya que muy probablemente aumentará la rotación de las mesas. Tras el café con bollo del desayuno, mucha gente abandonará inmediatamente la mesa (o la barra, para el caso), para fumarse el cigarrito en la calle, de vuelta al trabajo.

Cuando será más complicado el tema será en las horas de cervezas o copas, donde el consumo de tabaco está muy unido al del alcohol. Ahí tenemos la experiencia de otros países que nos han precedido. Un ejemplo significativo puede ser el Reino Unido o Irlanda, donde los pubs para tomar cerveza o güisqui son una tradición centenaria. Tras varios años de prohibición de fumar en este tipo de establecimientos, no existe mayor problema. Bueno, si exceptuamos las aglomeraciones que perturban la vía pública en las horas punta de los días buenos, donde se acumula una gran cantidad de personas en el exterior de los pubs, para poder fumar mientras se toman su cerveza.
Cenicero personal, comprado en una tienda de
productos náuticos en Holanda
(JMBigas, Enero 2011)

Cuando uno circula a pie por Londres o Dublín, a menudo hay que sortear esas aglomeraciones, bajarse de la acera, etc. Esto debe alertarnos sobre la frivolidad con que se está acogiendo aquí en España el uso de las terrazas como solución para los fumadores en restaurantes o cafeterías.

En Francia o en Italia también, en Reino Unido e Irlanda de modo especial, en el exterior de todos los establecimientos, incluso no existiendo una terraza propiamente dicha, existe algún recurso para que resulte habitable temporalmente por los fumadores. Estos pueden ser alguna mesa alta donde posar la cerveza, y cosas así.

En los países con mejor climatología (España entre ellos), es muy habitual disponer de terrazas extensas durante los períodos primaverales y estivales, por lo menos. Seguramente, proliferarán las terrazas calefactadas (como ya son muy habituales en París, por ejemplo). Los vendedores de estufas altas para estos entornos, vivirán seguramente su agosto en los próximos meses.

Cuando el tiempo es malo, hace frío, llueve, habitar una terraza, aunque sea calefactada, no es el mejor de los placeres. Puede compensar la incomodidad el hecho de poder fumar, claro.
Cenicero personal LEXON Modelo Sienna (S. Bergne)
comprado en una tienda Vinçon
(JMBigas, Enero 2011)

Pero cuando el tiempo es bueno, especialmente si no es extremadamente caluroso, el espacio de terraza es el preferido por todo el mundo, fumadores o no. Lo que va a generar nuevos conflictos de convivencia, complicados de gestionar. Habrá que tomar la iniciativa de fragmentar las terrazas extensas en zona para fumadores y en zona para no fumadores.

Porque convivir en una terraza, si se es no fumador, con la mesa vecina, posiblemente mucho más próxima de lo que la comodidad aconsejaría, donde hay fumadores activos, no es para nada plato de gusto. Creo que los hosteleros deberían tomar la iniciativa en este sentido, para intentar evitar conflictos que podrían generar en el legislador proclive a las prohibiciones, la tentación de tomar medidas aún más drásticas en el futuro próximo.

Recuerdo, por ejemplo, estar en Calais una noche de Abril. Después de cenar (sin fumar, por supuesto), fui a tomarme una cerveza en un pub frente a mi hotel. Pedí y pagué la cerveza en el interior, y me la tomé en unas mesas altas que tenían en el exterior, donde sí se podía fumar. Claro que esa noche (fría y lluviosa) nadie en su sano juicio habría escogido la pequeña terraza para tomarse su cerveza, si no fuera por el tema tabaco.

Por otra parte, aumenta la presión de los fumadores en la calle. Esto significa que hay muchos lugares donde el número y la densidad de colillas en el suelo ya es preocupante. En el exterior de los lugares de trabajo, y de los establecimientos públicos, ya acostumbra a haber ceniceros de gran capacidad. Los Ayuntamientos deberían preocuparse de instalar mobiliario urbano habilitado a este fin. Por ejemplo, las papeleras de la calle deberían llevar todas un apartado destinado a cenicero.

Con una vuelta de tuerca al civismo de los fumadores, se podría conseguir que, por lo menos, las colillas fueran a los ceniceros y no a la calle. Según me demostraron hace años los canadienses (conocidos por su conciencia ecológica), la ceniza es mucho menos grave que acabe en el suelo, ya que se disuelve y desaparece con cierta facilidad.

Por último, una recomendación para los fumadores. Al salir de casa, nos preocupamos de no olvidarnos del tabaco y el encendedor. A partir de ahora, deberíamos incluir en el menaje imprescindible un cenicero de viaje. Los que yo conozco hasta hoy son principalmente modelos fashion, y con un coste relativamente elevado. Pero su simplicidad hace que, si se extiende su uso como elemento cotidiano, puedan producirse modelos populares a un precio módico. De este modo, estaremos siempre preparados para ser ciudadanos ejemplares, y las colillas las dejaremos en los ceniceros públicos (si los hay) o nos las llevaremos a casa en estos dispositivos portátiles, y las echaremos a la basura luego.
Lámpara Berger, y líquido inflamable
(Fuente: vivaladia)

En fin, cualquier cosa que pueda facilitar la convivencia de todos (fumadores o no, en este caso) creo que merece la pena el esfuerzo.

Y para que nuestra propia casa no apeste a humo, lo mejor que yo conozco es la llamada Lampe Berger. Se trata de dispositivos que utilizan el principio de la llamada Combustión Catalítica sobre Cerámica. Constan de un recipiente que contendrá el líquido con diversos tipos de perfume, una mecha y una superficie cerámica, donde se realizará la combustión sin llama. El principio de funcionamiento se descubrió ya en el siglo XIX para los hospitales, pero desgraciadamente hoy solamente se comercializa como un producto fashion, por lo que su precio es relativamente elevado. Claro que los recipientes, o lámparas, están hechas de vidrio de colores, de porcelana o de otros productos nobles, y hay muchos modelos que resultan, por supuesto, decorativos.

Yo la he probado en casa para reuniones prolongadas de fumadores. A la mañana siguiente, sólo se notaba un ligero toque al perfume del líquido, pero nada de tabaquina. Una maravilla, cara, eso sí.

Intentemos, entre todos, evitar que la nueva ley provoque nuevos conflictos de convivencia, siempre odiosos.

JMBA