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martes, 3 de diciembre de 2013

Jamón de Crisis (2)

Hace un año, os contaba en otro artículo todas las maravillas del buen jamón ibérico, y las ventajas para el consumidor que ha supuesto esta persistente crisis. Para conseguir que el mercado absorba la oferta disponible, los precios han tendido a la baja. Aunque nominalmente el buen jamón ibérico de bellota sigue vendiéndose al corte en precios que oscilan en el entorno de los 120€/Kg., hay ofertas y promociones muy interesantes para el consumidor medio.
Tienda Delikatia, en el Centro Comercial Arturo Soria
Plaza (Arturo Soria, 126), en la planta baja, junto al
supermercado Sánchez Romero.
(Fuente: delicatessen-madrid)

Una de las propuestas más imaginativas, que resuelve el mayor problema para el consumidor ocasional, la encontré hace unas semanas en una tienda gourmet llamada Delikatia, en el Centro Comercial Arturo Soria Plaza de Madrid.

Visité la tienda para comprar alguna pequeña cosa, y me ofrecieron lonchearme y envasar al vacío un taco (de unos 900 gr.) de un excelente jamón de bellota de origen Jabugo, que me dieron a probar. A cambio de comprar esa cantidad relativamente importante, me ofrecieron un descuento de más del 40% del precio habitual de ese jamón al corte.

Aunque me gusta mucho el buen jamón, soy un pequeño consumidor, que raramente sobrepasa los 100 ó 200 gramos por semana. Tener un jamón en casa no me resuelve el problema, ya que se acaba secando o, lo que es peor, para darle salida hay que invitar a varios amigos, y pagarles también el pan y el vino. Un negocio dudoso, si no directamente ruinoso.

Por el contrario, gracias a esa imaginativa propuesta, me hice con siete u ocho sobres al vacío de un jamón excelente, conocido y que había probado previamente. Cada sobre con una cantidad entre los 100 y los 150 gramos de jamón cortado a máquina (aquí cada cual tiene sus preferencias, pero la mía es el corte regular que se obtiene con la máquina). Y todo ello a un precio casi equivalente al de comprar la pieza entera.

Conseguí, pues, tener en casa un pequeño stock de excelente jamón, para poder ir consumiendo a mi ritmo, ya que los sobres al vacío pueden almacenarse por un tiempo mínimo de hasta cuatro o seis meses. Lógicamente, en casas con muchos miembros (que no es mi caso, por supuesto), podría darse un efecto secundario negativo de sobreconsumo, claro.

La única precaución, a la hora de abrirlo para su consumo, es seguir un proceso simple. El sobre debe estar a temperatura ambiente. Si se conserva en la nevera (lo que, en principio, no es necesario), debe sacarse de ella varias horas antes de su consumo. Antes de abrirlo, conviene sumergir el sobre en un barreño con agua caliente durante cinco o diez minutos. Una inmersión más prolongada no perjudica el resultado.

Al sacarlo del agua, conviene secar el exterior del sobre, y proceder a abrirlo. El jamón está sudoroso y su pringuecillo alcanza la máxima expresión. Todo ello facilita la separación de las lonchas para, en su caso, disponerlo en un plato o fuente, listo para su (delicioso) consumo inmediato.

Por cada sobre, pues, he pagado unos ocho o diez euros, lo que representa un coste atractivo para un producto de esta calidad.

Hay bastantes ofertas en Internet en esta línea. Bien sea una pieza entera loncheada y envasada al vacío, o bien, por ejemplo, 1Kg de jamón en sobres de unos 100gr cada uno. Lo que a veces nos frena para comprar este tipo de propuestas es el miedo a tener sorpresas, que el jamón de encima tenga una apariencia hermosa, y por debajo encontremos una inferior calidad, o que el jamón en su conjunto no tenga la calidad que estábamos esperando.

La ventaja principal de la oferta de Delikatia es que te lonchean y envasan el jamón frente a tus ojos, tras haber visto el taco y haberlo probado y validado.

En resumen, dicen que las crisis realmente son oportunidades. Y, a veces, eso es rigurosamente cierto. Tanto para el vendedor como para el consumidor.

JMBA

sábado, 26 de enero de 2013

C-tres (Corruptos, Corruptelas y Corrupciones)

De la gran mayoría de ciudadanos de este país, nadie podría demostrar nunca que seamos corruptos. Y ello se debe, en primer lugar, a un hecho incontrovertible: nunca hemos tenido la oportunidad de poner a prueba nuestra honradez. El que no tiene acceso a la llave de la caja, no tiene la oportunidad de meter la mano en ella.
Luis Bárcenas, ex tesorero del PP, de quien se sospecha
que podría controlar una máquina trincona.
(Fuente: elconfidencial)

Por otra parte, el imaginario nacional tiene una especial fijación por lo que podríamos llamar dinero fácil. La máxima ceremonia litúrgica de este hecho es el sorteo de la Lotería de Navidad. El dinero que se gana trabajando sirve para pagar las cosas aburridas de la vida (la hipoteca de nuestro hogar, la letra del coche, la cuenta del supermercado, el colegio de los niños, la factura del gas o la electricidad,...). Por el contrario, el dinero fácil sirve para pagar por aquello realmente divertido que la vida puede aportar: un viaje al trópico, un descapotable, caviar, champán, fiesta,...

Esta fijación por el dinero fácil tiene un efecto perverso sobre ciertos aspectos de la sensibilidad social. El primer sentimiento que todos tenemos ante alguien que se ha enriquecido ilícita o corruptamente, es la envidia. Luego ya se impone la razón, y nos indignamos y censuramos agriamente esos comportamientos radicalmente antisociales.

Esta perversión tiene un efecto indirecto en la, a menudo, falta de severidad (o incluso, a menudo, cierta condescendencia) con que la sociedad en su conjunto censura y castiga a los corruptos. A ello se añade que los políticos se muestran tibios en la crítica a la corrupción de los demás, con el temor de que una crítica exacerbada a lo mejor acaba suponiendo un tiro en el propio pie. Porque nadie está totalmente a salvo de corruptos.

Las pequeñas corruptelas empiezan con las mordidas, las pequeñas propinas para alterar el curso natural de las cosas, para adelantar un expediente, etc. Supongo que esta es una merma difícil de erradicar y, en general, puede considerarse venial.

Luego están las corrupciones personales, en que alguien utiliza su cargo o posición para recibir dinero (negro, en B, en un sobre, en un maletín,...) de un tercero a cambio de tomar decisiones que le favorezcan, aun a sabiendas de que son injustas o ilegales. Buena parte de la corrupción con origen en el sector inmobiliario tiene esta tipología, donde se tuercen las voluntades de alcaldes o concejales (especialmente) para conseguir recalificaciones u otras prebendas que beneficien al pagano de una u otra forma. El corrupto se mueve en la cuerda floja, porque el esquema puede acabar haciéndose público si alguien de sus proximidades siente envidia, o bien si alguien que mojaba del esquema, de repente, por uno u otro motivo, deja de hacerlo. El dinero, especialmente en B y en grandes cantidades, silencia todas las bocas.

Pero lo más abyecto de la corrupción son las que yo llamo maquinarias de corrupción o máquinas trinconas. Son montajes a menudo sofisticados, que requieren de un cierto tiempo y preparación para que funcionen sin chirriar. El objetivo de la organización que la promociona es conseguir un fondo de reptiles (con dinero en B) para cubrir gastos difícilmente justificables, o que resultan imposibles de cubrir con dinero legal. En las últimas décadas hemos visto ya aflorar muchas máquinas trinconas de este tipo. Desde la Filesa-etc de los socialistas, hasta el montaje de la SGAE con sociedades anejas, hasta el caso Palau en Catalunya o, por las trazas que tiene, la maquinaria controlada por Luis Bárcenas en los aledaños del PP.

El objetivo de estas maquinarias es conseguir una acumulación de dinero sin control, que se pueda repartir o gastar sin tener que dar explicaciones a nadie ni registrarlo en ninguna parte. Claro que el concepto es suficientemente vago como para que incluso sus promotores puedan acabar perdiendo el control sobre él. Sospechas más que fundadas parecen indicar que muchos de los actos multitudinarios y relativamente lujosos de los partidos políticos, en todo o en parte, se pagan a partir de bolsas de dinero B generadas con estos mecanismos.
Félix Millet, que podría ser el cabecilla de la maquinaria
trincona
organizada en torno al Palau de la Música.
(Fuente: expansion)

El alimento de estas bolsas procede, en general, de lo que se conoce como comisiones, es decir, porcentajes bajo mano que acaban pagando algunos adjudicatarios de contratos públicos con la Administración. La empresa X quiere vender cien piflostios a una cierta Administración Pública (supongamos, por simplificar, que a un Ayuntamiento). La contratación, por ley, debe realizarse a través de Concurso Público, con luz y taquígrafos. La empresa X quiere ganar ese Concurso (al que han presentado oferta otras cinco empresas). Los los criterios para la adjudicación siempre admiten alguna flexibilidad (el precio es un factor objetivo; pero la reputación del ofertante, por ejemplo, puede ser relativa y subjetiva). Seamos generosos, y pensemos que la propuesta de la empresa X es la más ventajosa para la Administración, en términos objetivos. Pero al director de la empresa X se le pone en contacto con un agente de la máquina trincona de turno (a menudo a través de asesores o consultores que actúan de intermediarios). En resumen, se le amenaza con que, si no suelta la comisión en B que se haya estipulado, el concurso lo ganará alguno de sus competidores.

Como la empresa X es una muy seria y reputada fabricante de piflostios, no tiene caja B y toda su contabilidad es limpia como una patena. Por eso se limita a pagar una factura que le emite alguna empresa asesora intermedia, que es la que ennegrece y sumerge una parte del botín y lo aporta a la Bolsa, y todos felices.

Para administrar esa Bolsa de dinero B hace falta un responsable, un tesorero. Pero de cómo se gaste, o quién se lo acabe quedando, no habrá ninguna constancia oficial (ni facturas ni recibos), más allá del cuadernito de bolsillo que seguramente tenga el tesorero para anotar las entradas y salidas de dinero y que, entre otras cosas, le servirá como un seguro para el caso de que los promotores le acaben dejando con el culo al aire.

Una maquinaria de este tipo es lo que se adivina que podría existir (o haber existido) en los aledaños del Partido Popular, gestionada por el que fue su tesorero, Luis Bárcenas. Según algunos han dicho ya abiertamente, en algún momento, de esa Bolsa se podrían haber pagado sobresueldos, en forma de sobres con dinero en efectivo, a ciertos miembros del partido.

Montar la maquinaria para que funcione sin ruidos cuesta un cierto tiempo y es necesario que madure adecuadamente. Pero desmontarla es poco menos que imposible, porque supondría reconocer demasiados delitos que a nadie le apetece asumir, y el tesorero, por supuesto, no va a cargar con las culpas, al menos mientras mantenga en su poder el cuadernito de bolsillo.

Es por esto que Rajoy se encuentra en una encrucijada por la que es muy difícil navegar, sin fuertes pérdidas en más de un sentido. No queda otra posibilidad real que contemporizar, intentar echarle tierra al asunto o esconderlo bajo la alfombra. Todo ello, suponiendo, claro está, que exista una voluntad decidida de destruir la máquina trincona.

Y, de toda la clase política, el que esté absolutamente limpio de pecado, que tire la primera piedra.
Josep Maria Sala, a la sazón senador, que fue condenado
judicialmente por el caso Filesa.
(Fuente: flickr)

Sobre todo, no caigamos en el error de aceptar que lo que va a resolver el problema es una auditoría de las cuentas del PP (en este caso), porque el dinero de la corrupción se mueve con total libertad y sin dejar rastro en la contabilidad. Más que auditar, habrá que arremangarse y bajar a las cloacas.

Es por esto que resulta imprescindible la promulgación de una Ley de Transparencia que abarque y obligue a todas las organizaciones que gestionan dinero público, incluyendo a Partidos Políticos, Sindicatos, ONG,s, Empresas Públicas, etc. El dinero público sólo deja de serlo cuando la administración paga la nómina a alguno de sus empleados (con la correspondiente retención del IRPF, recibos, etc.) o bien paga la factura de algún proveedor privado (previa validación de los interventores, etc.). Todas las subvenciones de cualquier género o, para el caso, las transferencias de la Administración a alguna empresa pública, siguen siendo dinero público hasta que se cumpla alguna de las condiciones definidas anteriormente.

Para los ciudadanos honrados (aunque sólo lo sean porque nunca han tenido la oportunidad de dejar de serlo), que pagan religiosamente hasta el último céntimo de sus impuestos, resulta desmoralizante y provoca una crisis de confianza y de ilusión, tener que asistir a estas ceremonias de la confusión, con el convencimiento íntimo de que resulta prácticamente imposible erradicar ciertas prácticas, que provocan una merma cierta de la capacidad que debe tener la Administración Pública para mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos.

Contra la corrupción, tolerancia cero. Pero los políticos, solos, no lo conseguirán nunca. Los ciudadanos debemos presionar por todos los medios para conseguirlo, mejor antes que después. Una buena forma, para empezar, puede ser firmar la petición al Gobierno de una Ley de Transparencia más amplia y severa de lo que se ha anticipado. Podéis hacerlo en la plataforma Change.org.

Sólo con nuestro esfuerzo y todos unidos, tenemos alguna posibilidad de ver amanecer un tiempo nuevo, en que la corrupción política haya sido dominada y no fructifique más.

JMBA

sábado, 30 de octubre de 2010

Lo que solemos llevarnos de los Hoteles

En todo viaje, completar la primera etapa es un evento muy especial. Si hay muchas etapas, el furor que describo a continuación se va mitigando.
Amenities en el cuarto de baño
Gran Hotel Excelsior, Malta
(Fuente: Excelsior)

Cuando llegamos a la habitación del hotel, muy frecuentemente estamos reventados por un largo viaje, tenemos jetlag del avión, es muy tarde por la noche, o muy pronto por la mañana. A menudo hemos tenido retrasos, muchas veces sólo tenemos tiempo para dejar el equipaje, porque tenemos que salir corriendo a una reunión o a lo que sea. Nos quitamos los zapatos para refrescar los pies, y los más ordenados abren el equipaje y disponen las camisas, los pantalones y demás en el armario (si lo hay) o donde buenamente se pueda. Utilizamos el baño (uf, ya casi no podía aguantar). Si hay mucha suerte, cogemos una cervecita del minibar y encendemos un cigarrito. La suerte, claro, es que haya minibar y que se pueda fumar.
Bloc para Notas
(Autor: Mark A. Hicks, Illustrator)
(Fuente: school.discovery)

A menudo estudiamos el mapa de la ciudad que nos han dado en recepción, para identificar la zona comercial, los restaurantes y así. Para confirmar que, finalmente, el hotel no está tan céntrico como publicitaban. Miramos por la ventana para identificar las vistas, si las hay. Igual hasta hacemos un par de fotos, porque hemos tenido suerte, y la habitación está en un piso alto y no da al patio interior y lúgubre.

Pero, pase lo que pase, la primera actividad que llevamos a cabo es siempre la investigación de "qué hay aquí de interesante para llevarse". En una habitación normal de hotel, hay seis lugares donde localizar gadgets que echarse al equipaje:
Bolígrafo promocional
(Fuente: grupoadm)

1) Las mesillas junto a la cama. Muy mal tiene que ir para que no haya un bloc de notas y un lápiz o bolígrafo. El  Bingo suena si tienen el logo del hotel. Quizá lo necesitemos durante la estancia, antes de irnos tenemos que pensar en echarlos a la maleta. Claro que, últimamente, lo más habitual es encontrar un bloc común sin identificar, y un bolígrafo de lo más barato que ofrezca el mercado, y sin logo, por favor. Bueno, tienen derecho a defenderse. Al llegar a casa, irán a parar a ese cajón o a esa caja de zapatos que utilizamos para guardar los souvenirs de los viajes. Con el tiempo, al bolígrafo se le soltará la tinta, y montará un pollo.
Cenicero desmoralizante
(Fuente: compradiccion)

2) La mesilla junto al sillón (para esto, la habitación debe tener ya cierto pisto). Si la habitación es para fumadores, fácilmente habrá ahí un cenicero y una caja de cerillas. Si tienen logo, suena de nuevo el Bingo. Claro que los hoteles han aprendido la lección, y los ceniceros que podemos encontrar son lo menos práctico que un diseñador loco haya podido imaginar. A ser posible, sólo sirve para una colilla, porque la segunda desborda. Aunque tenga el logo del hotel (o de la cadena; esto da menos puntos) tanto inconveniente a menudo nos desmoraliza. Las cerillas sí se van para el saco. Pero el fumador utiliza habitualmente mechero, por lo que acabarán donde el bloc y el bolígrafo. Con el tiempo, ni prenderán.
Revista Canal TV (Argentina)
(Fuente: mercadolibre)

En la mesilla podemos encontrar otra joya, en forma de alguna revista (turística del lugar, la de la televisión de pago, o, con suerte, alguna revista comercial, habitualmente de moda). Si alguna de ellas está a la venta en los kioskos, es fácil que acabe en la maleta, para leerla nunca.

Rara Avis, Calzador
(Fuente: viajespolares)
3) La mesa de la TV. Junto al televisor es muy habitual que haya un escritorio, donde yacen algunas maravillas. Puede haber folletos turísticos de los atractivos del lugar donde estamos (el Zoológico, un Teleférico, un Museo, un paseo en carromato tirado por caballos, una barbacoa de canguro, la salida de los pingüines -como los pingüinos, pero enanos- del mar, una granja de cocodrilos donde comprar bolsos, zapatos y cinturones, un restaurante recomendado,...). Pero habitualmente también hay algunos sobres y papel de carta, con el logo del hotel. Desde lo del correo electrónico, nunca escribimos cartas. Pero sobre y papel siempre pueden ser útiles, y lo echamos al morral.
Papel de carta del Plaza Hotel (1940-50)
Zulueta y Neptuno, La Habana, Cuba
(Fuente: madios)

4) El armario. Aquí lo que podamos encontrar varía mucho según la tipología del hotel. En muchos hoteles económicos no hay ni caso. Porque no hay armario, sino solamente dos estantes y un par de colgadores. Pero si hay armario, dentro podemos encontrar alguna joyita. Desde la bolsa para la ropa sucia (que cogeremos sin dudar, porque seguro que nos habremos olvidado de echar en la maleta, antes de salir de casa, alguna bolsa de basura para ese uso), hasta un set de costura (una aguja, dos tipos de hilo, y un par de botones) que probablemente dejaremos, pensando que nunca lo vamos a utilizar. El Bingo suena si hay un calzador. Por alguna extraña razón (desconocida para mí) es prácticamente imposible comprar un calzador en el comercio. Debe de ser un producto discontinuado. A veces en el armario hay incluso una tabla de planchar, que nos limitamos a mirar con aprensión. Algunas veces hay también ahí un secador de cabello. En ese caso nos limitamos a pensar, "vaya sitio de tener el secador".
Albornoz de nido de abeja piqué
(Fuente: solostocks)

5) El Cuarto de Baño. Habría que llamarle "depósito de tesoros" para hurtadores aficionados. Empecemos por lo que habitualmente se llaman las amenities. ¿lo cuálo?. Bueno, esas pastillitas de jabón, el tubito con gel, y el gemelo con champú; la gorra para la ducha, la lima para las uñas, el peine (Bingo); una esponjita para limpiar los zapatos, los Kleenex ("voy a coger unos cuantos, que nunca se sabe"). Claro que en ciertos hoteles económicos, lo único que vamos a ver es un bote invertido (firmemente anclado a la pared) con jabón líquido. Pero en todos hay papel higiénico. Si creemos que andamos un poquito sueltos, cogeremos un puñado y lo echaremos a la bolsa de mano por si acaso.

De hecho, la variedad y lujo de las amenities es utilizado por los hoteles en su publicidad, como un elemento distintivo. Y en los hoteles de gama más alta, podemos encontrar auténticas joyitas de marcas conocidas junto al lavabo.

Y luego, colgados de su perchero, para despertar la codicia, los albornoces para después de la ducha. Habitualmente rotulados con el logo del hotel (si alguien se lo lleva, por lo menos hará publicidad del hotel; bueno, mejor hará publicidad de que se ha alojado en ese hotel) y casi siempre con una indicación de que es "para su uso por el huésped. Si le gusta, puede comprarlo en la boutique junto a Recepción por XXX Euros".
Surtido de toallas para hotel
(Fuente: tejidoslaiguana)

Y las toallas, algunas flojitas, pero otras grandes y mullidas, de rizo americano. Pero nunca nos las llevamos, porque "están mojadas" cuando preparamos el equipaje.

6) El Minibar. Si lo hay, claro. Pero si el hotel es de cultura anglosajona, además podemos encontrar un calentador para hacernos café o té, gratuitamente (al menos un par de bolsitas de azúcar se van a la mochila fijo). En el Minibar habrá alguna botellita de licor, una o dos medianas de vino o champán, alguna cerveza, agua y refrescos. Y fuera del frío, unos cacahuetes, patatas fritas, Toblerone o aperitivos diversos. Aunque a veces los cacahuetes están casi helados. Ante todo, hay que mirar la caducidad, que eso tiene menos rotación que los botones de seis agujeros. Al lado estará, seguro, la lista de precios, habitualmente tan inflada que seguro que pensaremos "si es que se merecen que me lo lleve por la patilla".

En la mayoría de hoteles que tienen neverita en las habitaciones, sólo se tiene acceso a ella si se ha pasado una tarjeta de crédito por la bacaladera (o su evolución tecnológica). En algunos casos incluso hay una llave que no nos dan salvo que nos retratemos. Ante nuestra extrañeza, nos contaba hace años el Director del Hotel Botánico de Puerto de la Cruz, en Tenerife (un cinco estrellas Gran Lujo), "que habían tenido que retirar los Minibares de las habitaciones debido a los abusos". Especialmente porque los turistas playeros guardaban en la neverita sus propias provisiones, y no había ningún ingreso para el hotel.
Minibar de habitación de hotel
(Fuente: johnnyjet)

Algunos minibares son tan sofisticados que sólo por coger la lata de cerveza para ver la marca ya nos la cargan, porque disponen de sensores inteligentes. Las manitas quietas hasta que tengáis claro de qué va el tema.

Y si decidís llevaros ese par de monodosis de whisky, "que siempre te pueden sacar de un apuro", y os olvidáis de declararlo en el momento del check-out, que sepáis que recibiréis un cargo adicional a vuestra tarjeta de crédito. Que podréis discutir, pero, en fin...

Luego siempre nos quejamos de que "las maletas las carga el diablo". Afortunadamente, las compañias aéreas de low cost se han aliado con los hoteles con sus limitaciones en el equipaje. Antes de meter un solo lápiz en la maleta, debemos pensar si igual eso nos va a complicar la vuelta.
"Cuidado con los Carteristas y las Mujeres Sueltas"
(Fuente: mastgeneralstore)

Utilizad, pues, lo que el hotel pone a vuestra disposición. Pero no lo hurtéis, que el siguiente huésped también tiene derecho a que se le despierte la codicia. Antes de coger nada, pensad en esa caja de zapatos donde guardáis como souvenir la entrada de la Maestranza en la Feria del 95. O ese jaboncito untuoso que dice "Hotel Pitiflú. Quimbambas". Esa caja que suelta moho sólo por tocarla. Para qué os vais a llevar nada es la pregunta correcta. Si incluso estaríais dispuestos a pagarlo, entonces es que se os ha despertado la codicia buena.

Sed buenos, y dormiréis más tranquilos.

JMBA