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jueves, 30 de marzo de 2017

"Patria" de Fernando Aramburu

Sus más de 600 páginas no deberían asustar a nadie. El libro está excelentemente escrito, con mucho mimo, y articulado en más de un centenar de capítulos cortos. Y se lee con fruición.

Como un puzzle gigante, cada capítulo aporta una nueva pieza para ir completándolo. Y el lector va haciéndose una idea cabal y global de lo que supone una sociedad como la vasca, que ha estado durante mucho tiempo dividida, de una forma sangrante, por un (presunto) conflicto que, en su origen, tiene mucho de impostado y bastante de artificial.

No creo que podamos hablar de acción en esta novela. Pero cada capítulo va aportando una mirada nueva a una realidad muy compleja.

La atención se centra en dos familias de un pueblo (innombrado) de la Guipúzcoa interior y profunda, alejadas y enemistadas por un conflicto que ellos no han creado y en el que muchos ni siquiera creen, si no fuera que es muy real.

Con maestría, Aramburu nos va introduciendo en la terminología que la sociedad adopta y acepta, en que unos son de los nuestros, y otros son solamente "esos".

Con la parquedad que caracteriza a la expresión de los vascos, vemos cómo ese conflicto aleja a amigos del alma, pero es mejor que no me vean hablar contigo, ya sabes.

El Txato decide enviar a su hija a estudiar a Zaragoza, para alejarla de todo esto. Y ella ni se atreve a asistir a su funeral cuando lo asesinan, porque hasta el dolor es activista y tiene bandos.

Me sorprendió darme cuenta de que San Sebastián, por muchos de los protagonistas, se concibe como un refugio, un terreno neutral donde el disimulo es menos necesario que en el pueblo. La ciudad grande que todo lo cubre con una fuerte dosis de anonimato.

Todos los caracteres son arquetipos que, a cualquiera que haya conocido el País Vasco y haya tenido relaciones de cualquier tipo con gente de allí, le recordarán a alguien. En los tiempos iniciales de ETA, mi padre tenía muchas relaciones comerciales, y de amistad, tanto en el País Vasco como, especialmente, en la Navarra euskalduna. Y siempre recordaba la frase de una apacible madre de familia que se refería a los asesinos etarras como esos pobres chicos.

Cualquiera que tenga aspiraciones a una vida más o menos normal, debe cambiar de aires y salir huyendo de ese pueblo minado por los odios. Incluso sintiéndose culpable de un pecado que nadie sabe describir.

Un melifluo padre Serapio ilustra el papel, casi siempre dudoso, que tuvo la Iglesia en todo este tema. O Patxi, que regenta la Taberna, sin antecedentes penales, pero que maneja todos los hilos, fuerza todas las voluntades, rige todos los destinos y sabe todo lo que se cuece aquí y ahí.

Patria es un libro que se lee con cierta facilidad y seguro que con mucho interés, especialmente si has visto alguna vez muchas de las cosas que se cuentan en el libro, o muy parecidas, en el Telediario del día. Pero también es cierto que, a menudo, te sangra el alma de ver la impotencia que rodea a todos los actores para cambiar el escenario.

He oído a algunos que, aplaudiendo la obra y la certera reflexión de Aramburu, han manifestado que faltaría una reflexión parecida desde otro punto de vista, o con otra óptica, como si el puzzle que perfila el autor no estuviera completo del todo. Personalmente, creo que los actores principales de ese drama están presentes en Patria. Eso sí, hay una presencia casi sólo sugerida de los que manejan, de verdad, los hilos de la situación. Me temo que otra cosa estaría fuera del alcance de cualquier escritor. Sí es cierto que una reflexión profunda, sincera, a corazón abierto, alejada de la propaganda y los eslóganes, de aquellos que han gobernado la banda en sus diferentes etapas y que han inducido o consentido más de 800 asesinatos, ayudaría a completar el cuadro global. Aunque me temo que eso está más allá de las capacidades de honestidad de esa gente.

Patria es un libro que deberíamos leer todos los españoles (vascos, catalanes, andaluces, gallegos o de cualquier otra parte) porque nos ayuda a entender mejor la realidad de un drama que, con un poco de suerte, a la mayoría sólo nos ha rozado de lejos.

Pero también ayudaría a cualquier ciudadano del mundo a entender cómo germinan en la sociedad esos conflictos, de los que ha habido, hay y habrá muchos, en que todo se articula en torno a una realidad en la que hay unos nosotros y unos ellos. Y de cómo la necesidad de aparentar para sobrevivir, y de sentir el miedo en la piel, acaba corrompiendo la vida de las personas y corroyendo a la sociedad entera.

Patria ha sido publicado por Tusquets Editores (2016) en su Colección Andanzas.

Patria es un libro necesario. Un libro que se merece a todos los lectores del mundo.

JMBA

martes, 11 de marzo de 2014

11-M. La sociedad necesita una catarsis profunda.

Este martes, 11 de Marzo de 2014, se han cumplido diez años desde la trágica jornada de los sangrientos atentados en varios trenes de cercanías del área de Madrid. Unos atentados que provocaron 192 fallecidos, y unos 1.500 heridos de diversa consideración. Unos atentados que provocaron heridas en la sociedad que todavía no se han cerrado diez años después.

Es evidente que nuestro primer recuerdo y toda la solidaridad debe dirigirse hacia las víctimas, todas ellas inocentes que vieron truncada su vida, o marcada para siempre por heridas físicas y psicológicas que, incluso, hoy, diez años después, no les dejan dormir sin pesadillas.

Todos los medios de comunicación le han dedicado espacios especiales al recuerdo de los luctuosos hechos de ese jueves 11 de Marzo de 2004. En la Catedral de La Almudena se ha celebrado un Funeral de Estado (retransmitido en directo por varias cadenas de televisión). Por cierto, el Estado creía que era laico. Y las radios han abierto sus micrófonos a los oyentes, para que rememoraran lo que perdieron, lo que sufrieron, lo que vieron y lo que vivieron en ese trágico día.

Escuchando este espacio en Onda Cero (por la mañana, en el programa Herrera en la Onda), me ha sorprendido que la mayoría de los que han llamado han manifestado su inquietud por conocer a los verdaderos autores de aquel atentado. Esa es la herida social, desgraciadamente la más difícil de curar.

Da la sensación de que genera mucha inquietud y desaliento haber perdido a un ser querido a manos de unos cuantos mindundis mataos y fanáticos, que hicieron explotar unas bombas caseras en varios trenes de Cercanías de Madrid. Y que preferirían saber que ese atentado fue el resultado de una conspiración cósmica de los poderes oscuros. Quizá eso daría más glamour a la pena y al dolor, aunque no los mitigaría de ningún modo.

La realidad es que el 11-M ha sido utilizado e instrumentalizado por todos, con indignos fines electorales o políticos. Por otra parte, esa es la peor tradición fratricida de este país, que parece absolutamente incapaz de conseguir que las Dos Españas de Machado sean ya sólo cosas del pasado.

Me da envidia ver las conmemoraciones del 11-S en Nueva York. Tres mil víctimas inocentes de unos desalmados fanáticos que atacaron a la sociedad norteamericana. Desde su punto de vista, que "nos" atacaron. La sociedad en su conjunto, y sus enemigos.

Ha habido un juicio completo del 11-M, con su correspondiente sentencia. Y la verdad judicial, es decir, la verdad de todo aquello que pudo ser probado, es que la autoría de los atentados corresponde a unos cuantos fanáticos islamistas, bajo la inspìración o las órdenes de Al Qaeda. Fin de la historia.

Sin embargo, parece persistir en la sociedad la inquietud por conocer a los (presuntos) inductores o autores intelectuales de los atentados del 11-M. Como si necesitáramos ponerle alguna cara conocida a la culpabilidad por tantas víctimas inocentes. De esto son culpables (y también rehenes), los políticos y los medios de comunicación. Todos ellos han insistido, con intereses y objetivos contrapuestos, en utilizar los atentados y las víctimas para apoyar o soportar sus propios intereses.

Es cierto que los atentados se produjeron sólo tres días antes de la convocatoria electoral del 14-M, que dio el punto final a la segunda legislatura de Aznar, y el gobierno pasó a manos del PSOE, encarnado en José Luis Rodríguez Zapatero. Es cierto que los atentados influyeron en el resultado de estas elecciones. No recuerdo haber sufrido tantas aglomeraciones y colas en el colegio electoral como ese domingo. Los atentados movilizaron a varios millones de tradicionales abstencionistas, que depositaron un voto que básicamente resultó ser de castigo al PP. Intuyo que por la cuestión de la guerra de Iraq, que siempre tuvo una fuerte oposición popular, y también por la gestión, bastante torticera, de las primeras horas y días tras el atentado.

El PP se dio cuenta desde el principio de que un atentado islamista les iba a perjudicar en sus ambiciones electorales de situar a Mariano Rajoy en la Presidencia del Gobierno. Es por ello que, más allá de las primeras pruebas que ya hacían intuir esa autoría, insistieron casi hasta el esperpento en una hipotética autoría de ETA; incluso hoy hay voceros que siguen sosteniendo esa teoría, algunos, por cierto, con mando en plaza. Y el PSOE vio una oportunidad de capitalizar los atentados en su propio beneficio, y cometió la tropelía de violentar la jornada de reflexión, ese sábado víspera de la jornada electoral, con ataques a las sedes del PP, entre otros desmanes.

Aun hoy, algunos políticos del PP, y los medios de comunicación más afines, insisten en sugerir una conspiración tras los atentados. Aunque no se diga nunca explícitamente, claro, sería una conspiración del PSOE para desbancar al PP del poder. Una hipótesis que resulta abominable sólo de pensarla y que nunca ha tenido ninguna base policial ni jurídica.

Respetando al máximo el dolor de las víctimas, esa es la peor herida que le ha quedado a esta sociedad. Una nueva fractura que separa irremediablemente a los que nos creemos la verdad judicial, y a los que siguen insistiendo en otras oscuras conspiraciones nunca explicadas, los conspiranoicos.

Y es que la sociedad española necesita una catarsis profunda. Han pasado ya casi cuarenta años desde los inicios de la Transición y de la elaboración de una Constitución que daba la espalda, muy respetuosamente, eso sí, al régimen anterior. Creo que ya ha llegado el momento de madurez social como para embarcar al país en una profunda renovación que deje definitivamente atrás al pasado histórico (y sangriento) que le ha tocado vivir a este país.

Otros países de nuestro entorno (Francia, Alemania, Gran Bretaña,...) no han vivido conflictos civiles globales en los últimos dos siglos. No creo que ningún francés contemporáneo se considere a sí mismo como perdedor en la Revolución Francesa.

Pero España, para nuestra desgracia, vivió una muy sangrienta Guerra Civil hace apenas 75 años. Una guerra que tuvo su inicio en un alzamiento militar, apoyado inequívocamente por las derechas más conservadoras del país. Una Guerra a la que siguió una posguerra donde los españoles se dividían entre vencedores y vencidos, una división que aún hoy parece bastante visible a menudo.

Porque la II República, que fue vencida en la Guerra Civil, equivocadamente se identifica con la izquierda. Mientras que la derecha estaría tras el Alzamiento y pasó a ser la facción dominante en el país durante muchas décadas.

Esta dicotomía provoca efectos muy nefastos en la sociedad española. Hemos llegado a un estado tan kafkiano que ser patriota (ser un amante de este país, de España) sigue siendo de derechas. Y esto no se va a resolver con parches, porque las heridas son demasiado profundas.

Creo que ya ha llegado el momento de iniciar un nuevo proceso constituyente, para proclamar una Constitución que sea definitivamente de todos. Habrá que revisar si el pueblo acepta una Monarquía, o prefiere que nuestro régimen sea republicano. Habrá que inventar una bandera nueva que no haya sido nunca de nadie antes, para que todos la podamos sentir como propia. Y un Himno Nacional con una letra que todos podamos entonar con orgullo y sin vergüenza ni recato.

Si no cogemos el toro por los cuernos, nos acabará corneando. No podemos seguir viviendo con estas pequeñas rencillas diarias que nos arruinan la convivencia. Y que, por cierto, alientan los nacionalismos segregacionistas. Es absurdo, por ejemplo, que existan tres asociaciones diferentes de Víctimas del Terrorismo, porque hasta los muertos todavía son nuestros o suyos.

Necesitamos que la sociedad española tenga una nueva ilusión, y que todos nos sintamos identificados con nuestro país, y trabajemos por su progreso y bienestar.

Es, sin duda, una tarea ingente. Pero una tarea necesaria, sin duda, o nos acabaremos consumiendo en esas pequeñas piras que se incendian todos los días. Una tarea, por cierto, que requiere de políticos de altas miras, de largo plazo, que piensen de verdad en España y en los españoles.

Ni contables ni menestrales nos servirán para esa labor.

JMBA

viernes, 29 de noviembre de 2013

Si los HdP volaran...

Reza el dicho popular que si los HdP volaran, jamás veríamos el Sol. Su densidad oscurecería el ambiente.

Cuando consigamos salir de esta crisis que nos asola y entristece, de ninguna forma volveremos a estar como antes de ella. De los agujeros de mísil siempre se sale por el otro lado, y nunca está claro lo que encontraremos allí.
Golconde (1953)
Obra del pintor surrealista belga René Magritte (1898-1967)
(The Menil Collection, Houston, Texas)

Pero, además, la crisis nos habrá dejado muchas lecciones aprendidas (algunas, con sangre) e innumerables cambios. Uno de los más trascendentales será el hecho de que nos han abandonado una serie de valores sociales que pensábamos que ya formaban parte indeleble de nuestra sociedad civilizada y democrática. Y, como consecuencia, la nómina de HdP reconocidos y conocidos, se verá muy seriamente ampliada.

Estoy convencido de que ser HdP no es un oficio, ni una profesión, sino un carácter. Cuando todas las cosas van bien, la mayoría de los HdP están emboscados o son durmientes. Pero cuando las cosas vienen duras, todos despiertan y se manifiestan en público. Cuando se enfrentan a su propia supervivencia (laboral, económica,...), se convierten en lobos sanguinarios, que no dudan en apuñalar a quien sea, incluso a sus mejores amigos, aunque sea por la espalda y con alevosía.

De la misma forma que existen borrachos conocidos y alcohólicos anónimos, hay HdP conocidos por todos, entre los que destacan la mayoría de políticos, algunos banqueros (o incluso bancarios) y buena parte de los empresarios y patrones de empresa, pero hay también HdP anónimos, que dejan los restos de sus tropelías (que sólo los próximos conocen, y nunca aparecen en las portadas de los periódicos) en alguna cuneta oscura.

Los últimos días han llegado hasta mí diversas informaciones, de amigos y conocidos, que abonan esta teoría. Os voy a contar algunas, para que todos sepamos de lo que estamos tratando.

Charlaba hace unos días con la asistenta que viene por mi casa algún día a la semana. Ella tiene un contrato con una empresa de limpieza, por el que acaba realizando esas labores en oficinas o tiendas, habitualmente a primeras horas de la mañana. Sucesivos cambios en las contratas han llevado a que a ella, como trabajadora, la hayan vendido de una empresa a otra, para acabar realizando siempre la misma labor y con los mismos clientes finales. La última vuelta de tuerca que le quieren hacer tragar es un pago de 2,25€ por hora efectiva de trabajo. Y conviene tener en cuenta que, en cada lugar de trabajo (oficina o tienda), no debe estar más de una hora, o incluso un período menor de tiempo. Y luego desplazarse por Madrid hasta su siguiente objetivo. En resumen, si acabara aceptando, eso significa que, dejándose los riñones en el empeño, sólo se llevaría a casa unos cientos de Euros al mes, que no le pagarían -casi- ni el necesario Abono de Transportes.

Absolutamente impresentable. Parece increíble ver cómo los HdP se aprovechan de la crisis y de la necesidad de la gente. Porque si ella no acepta, habrá otr@s que sí lo harán. Y ese ya será un retroceso irreversible en las condiciones de mínima dignidad para el trabajo.

Yo he trabajo durante casi treinta años en una multinacional. Y debo decir que las condiciones laborales siempre fueron bastante buenas, incluyendo sueldos dignos y otras ventajas sociales, que compensaban, de una u otra forma, el tiempo, dedicación y esfuerzo que requería desempeñar el trabajo. Hace unas semanas estuve comiendo con algunos compañeros de trabajo, de los que todavía quedan en la empresa. Según me contaron, la empresa (al amparo de la Reforma Laboral del PP) ha denunciado el Convenio Colectivo (que siempre fue el marco de funcionamiento de las relaciones laborales), para conseguir eliminar todas las ventajas que tienen los trabajadores. Quieren eliminar el pequeño pago adicional por antigüedad, los días de vacaciones adicionales de acuerdo a los años trabajados, la aportación a un Plan de Pensiones colectivo, o limitar al máximo el pago por horas extras.

En esta crisis, todos los trabajadores han aprendido, en carne propia o próxima, lo duro y frío que puede ser el páramo. No tengo ninguna duda de que la empresa conseguirá su propósito. A los trabajadores prácticamente no les queda capacidad de negociación alguna, y el tradicional virgencita, virgencita, que me quede como estoy se ha convertido en una expresión de máximos. Parece que todo el mundo ha aceptado que mañana estarán igual o peor que hoy. Y lo que es más duro es que seguro que habrá algun@(s) que se llevará(n) un sobresueldo (un bonus) por conseguir llevar adelante los deseos de la empresa. En resumen, el objetivo es degradar las condiciones laborales y abaratar los costes. Detrás de la aséptica expresión costes laborales hay personas, pero eso desborda la capacidad de comprensión de los HdP.

La lección es que los HdP institucionales precisan de HdP con nombres y apellidos para conseguir sus sucios propósitos.

Me llamaba por teléfono el otro día un buen amigo y antiguo compañero de trabajo, y, entre otras cosas, me decía que le han despedido de su empresa, tras casi cuatro años de servicio. Eso ya no constituye noticia ni novedad, porque todos los días estamos viendo cosas así. En este caso, lo peor es que el puesto de trabajo que él libera lo va a ocupar un amigo suyo que, a su vez, se quedó desempleado hace unos meses. Mi amigo le llevó de la mano a su empresa, para intentar encontrarle acomodo laboral, y al final lo ha acabado reemplazando. Una puñalada trapera por la espalda, en toda regla. Otro HdP durmiente, a quien el hambre (o el miedo) le ha convertido en lobo sanguinario.

Como veis, el catálogo es inagotable. Refleja lo más duro que nos ha traído esta crisis: la pérdida irreversible de valores que parecían inamovibles, y que los trabajadores se han convertido en fieras que se disputan el favor del Circo, peleando entre ellos a muerte. Para regocijo del público de los poderosos, que cada vez lo son más. Al más puro estilo de los Juegos del Hambre.

Algo muy serio falla en esta sociedad capitalista cuando el peor efecto de una crisis es aumentar la desigualdad, hacer que los ricos lo sean más, que los poderosos lo sean más, y que los pobres también lo sean más.

Por primera vez en varias generaciones, los padres temen que la vida de sus hijos va a ser peor de como ha sido la suya. Y eso, simplemente, es contra natura. 

Efectivamente, si un día los HdP pudieran volar, el cielo siempre se verá tormentoso. Porque el color de sus alas es gris plomizo. Que da asco, vamos.

JMBA