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jueves, 20 de enero de 2011

Pinganillos de Lujo

Se hacen eco hoy (algunos) medios de que ayer, en el Senado, se lucieron los pinganillos para la traducción simultánea de aquellos intervinientes que lo hicieron en alguna lengua española diferente del castellano.
(Fuente: abc.es)

Algunos se escandalizan de que haya que disponer de traducción simultánea en un Parlamento Nacional. Olvidan que este es el caso, por ejemplo, en los Parlamentos de Bélgica o de Suiza. Claro que allí la situación nada tiene que ver con la española. En los territorios de Bélgica y de Suiza hay varias lenguas que son oficiales en algunas partes del país, y no en otras. Es decir, no existe ningún idioma reconocido como oficial (o cooficial) en todo su territorio. Yo, personalmente, he sufrido la penuria de intentar entenderme en francés con un ciudadano de Amberes (Antwerpen), o de estar obligado a recordar cómo se decía pan en alemán, para que una cena en Zurich pudiera culminar razonablemente.

Pero la situación en esos países nada tiene que ver con la que tenemos en España. Aquí, consagrado por la propia Constitución, hay algunas lenguas cooficiales en diversas Comunidades Autónomas. Así, en Galicia el gallego es cooficial con el castellano; y lo mismo sucede con el euskera o el catalán. Pero, en toda España, el castellano es el idioma oficial o al menos cooficial. En otras palabras, el catalán, por ejemplo, es cooficial en el territorio de Catalunya, pero no es una lengua cooficial en el conjunto del Estado español.

Desde un punto de vista práctico, esto significa que entendemos que el castellano es el idioma en el que todos los ciudadanos de España podemos entendernos unos con otros. Y, de hecho, los propios senadores se entienden en castellano con sus colegas de otras partes del Estado cuando toman un café juntos antes o después de las sesiones. Sin menoscabar, para nada, los derechos de las respectivas lenguas cooficiales en sus respectivos territorios.

Debo aclarar que yo soy catalán, y manejo el catalán sin problemas. Y también puedo, prácticamente, entender el gallego. No es lo mismo, claro, con el euskera, ya que nunca he tenido la necesidad de aprenderlo.
(Fuente: elpais.com)

Y debo también destacar que mi concepto sobre la multiplicidad de idiomas es el de una maldición divina (ver mi artículo La Torre de Babel). Reconozco sin ningún problema la riqueza cultural que ello supone, y las aportaciones musicales y cromáticas que los diversos idiomas representan. Pero, desde un punto de vista práctico, la existencia de miles de idiomas diferentes en todo el mundo es, directamente, una maldición divina, al hacer muy complicado, a menudo imposible, que gentes de diferentes partes del mundo podamos entendernos sin demasiados problemas.

Volviendo a casa, el tema se ha planteado en el Senado. A falta de una remodelación en profundidad de la cámara alta, que nadie entiende muy bien para qué sirve, se acostumbra a compartir el criterio de que el Senado es la cámara de representación territorial, por lo que es normal que el debate lingüistico se haya planteado ahí en primer lugar. Que el Senado tenga o no esa función, es otra conversación.

Se ha decidido, pues, que las intervenciones en determinados Plenos del Senado puedan producirse en cualquiera de las lenguas que es cooficial en alguna de las partes del Estado. Y para preservar una de las funciones primordiales de cualquier Cámara Parlamentaria (que los asistentes entiendan por completo a cualquier interviniente), se ha habilitado un sistema de traducción simultánea que tiene un coste testimonial, pero para nada despreciable.

Oía esta mañana, en los Desayunos de Televisión Española, al Presidente de Extremadura (Guillermo Fernández Vara) que planteaba una posible tercera via para este tema. Una boutade que, sin embargo, tiene mucho sentido para ilustrar los sinsentidos. Proponía que para armonizar el derecho de cualquiera a expresarse en el idioma que le resulte más familiar y cómodo (siendo cooficial en su territorio) con el deber de ser correctamente entendido por todos los demás, las intervenciones en lenguas diferentes del castellano deberían ir seguidas seguidas inmediatamente por la misma intervención en castellano. Es decir, que el que dispone de (por ejemplo) cinco minutos para su intervención, debería disponer de diez minutos si la va a hacer en una lengua distinta al castellano. Más pronto que tarde el cansancio de unos y otros devolvería las cosas a una situación razonable.

Lógicamente, la alternativa más cómoda y lujosa a esta aproximación es disponer de un servicio de traducción simultánea. Lo que ocurre es que resulta impresentable que el Senado se permita ese lujo en unos momentos de crisis en el que todas las instituciones y ciudadanos de este país estamos llamados a la austeridad. Es como tomar jamón ibérico de bellota con pan duro y vino de tetra brik.

En inglés existe una frase muy ilustrativa, que es el nice to have (en traducción libre, podríamos decir sería bueno tenerlo). Este es el filtro que se aplica a cualquier petición, para decidir si es imprescindible, necesaria o simplemente nice to have. Esa clasificación es la que define las prioridades. En tiempos de recortes lo que solamente es nice to have debe posponerse o desterrarse.

Afortunadamente, los dos grandes partidos se han afanado en frenar la extensión de esta medida también al Congreso de los Diputados, lo que sería ya un despropósito mayor.
(Fuente: larazon.es)
En resumen, reconozco el derecho que cualquier Senador tiene a expresarse en la lengua que le resulte más próxima, pero les exijo el deber de que les entiendan sin ningún problema el resto de asistentes a la sesión. No están los tiempos para que los padres de la patria se permitan pinganillos de lujo. Aunque su coste, finalmente, sea testimonial y casi irrelevante.

Aparte de que eso da artillería a los que estos días andan apuntando a la línea de flotación del Modelo Autonómico de Administración del Estado. Todo ello no hace más que contribuir a la crispación política en la que vivimos inmersos. Ya he hablado de ello recientemente, pero volveré al tema, porque creo que tiene enjundia y trascendencia. No debemos permitir que nadie ponga en entredicho al fútbol sólo porque se ha perdido un partido.

Que los pinganillos de lujo no nos impidan ver los problemas auténticos que nos afectan.

JMBA

viernes, 10 de septiembre de 2010

La Torre de Babel

Muy a menudo se invoca la maldición divina que supuso la expulsión de Adán y Eva del Paraíso: "Al hombre le dijo: «Por haber escuchado a tu mujer y haber comido del árbol del que Yo te había prohibido comer, maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga sacarás de ella el alimento por todos los días de tu vida. Espinas y cardos te dará, mientras le pides las hortalizas que comes. Con el sudor de tu frente comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado. Porque eres polvo y al polvo volverás.» (Génesis, 3, 17-19; catholic.net). De golpe, nos hizo mortales y nos condenó a trabajar para ganarnos el pan (bueno, y el jamón ibérico y demás). Aunque en estos días, casi la peor maldición es "Vendrá una Gran Crisis, y te quedarás en el paro, y se te acabará el Subsidio de Desempleo".

(La Torre de Babel, de Pieter Brueghel c. 1563. Fuente: Wikipedia).

Siendo dura esta maldición, hay otra más sutil (el episodio de la Torre de Babel) que sucede un poco más adelante en el mismo Génesis: "Yavé bajó para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando, y dijo Yavé: «Veo que todos forman un solo pueblo y tienen una misma lengua. Si esto va adelante, nada les impedirá desde ahora que consigan todo lo que se propongan. Pues bien, bajemos y confundamos ahí mismo su lengua, de modo que no se entiendan los unos a los otros.»" (Génesis, 11, 5-7 - la cursiva es mía -;  catholic.net).

Como se reconoce en el primer versículo de ese mismo capítulo: "Todo el mundo tenía un mismo idioma y usaba las mismas expresiones.". Vaya jugadita con más mala leche nos gastó Yavé.

De un plumazo creó las Academias de Idiomas, miles de puestos de trabajo para traductores, inauguró la industria del doblaje cinematográfico, le dió sentido al Fórum, creó contenido para las Agencias de Viajes, nos robó mucho tiempo (el que dedicamos a intentar chapurrear algunos idiomas, para podernos entender con más personas en todo el mundo). Nos condenó asimismo al ceño fruncido que se nos queda cuando pensamos: Qué c... debe poner ahí. Inventó de golpe los viajes a Londres para comprar libros en inglés en Blackwell o Waterstones; o a París para comprar libros en francés en Gibert Jeune.

Pero quizá el peor efecto de esta dispersión fue que le dió a los políticos un activo manipulable, un juguete explosivo. Y de eso en España sabemos bastante.

Hay otros países con dos lenguas oficiales (como Bélgica; bueno, ese no es un buen ejemplo). O incluso con cuatro como Suiza. En Francia todos los ciudadanos hablan francés (bueno, quizá no todos; que entre los gitanos que está expulsando Sarkozy alguno habrá que sólo lo chapurree), pero existen, como poco, el bretón, el corso y el euskera, que son banderolas para definir fronteras donde no las había. En China han tenido que inventar el chino mandarín para intentar entenderse todos, a partir de cientos de idiomas o dialectos por todo el país.

Algunos idiomas se han desarrollado mucho, por razones históricas (o imperiales, vamos). El castellano es lengua oficial o al menos cooficial en muchos países de centro y sudamérica, aunque en Filipinas ya casi nadie se acuerda. O el inglés, que se habla en muchos países en todo el mundo, y que los imperialismos de los siglos XIX y XX lo han convertido en un comodín para el mundo científico y el de los negocios.

Ha habido algún intento, absolutamente fracasado, de crear un idioma universal (el esperanto; ¿quién se acuerda de él? ¿quién lo sabe? ¿quién lo habla todos los días?). Porque a estas alturas, o capitalizamos lo que ya existe, o crear algo ex novo es un delirio.

En Estados Unidos, por ejemplo, quien habla otro idioma además del inglés, o es inmigrante reciente o es Filólogo. El resto nunca ha sentido la necesidad de perder tiempo aprendiendo otra cosa. En cambio, casi todos los suecos hablan correctamente inglés, además de su propio idioma.

Los que hablan inglés nativo están acostumbrados a moverse por todo el mundo (los que lo hacen, que son una minoría) hablando su propia lengua, y esperando que cualquiera en cualquier lugar les entienda. Claro que también asistí a una escena en la Torre Eiffel, donde un americano intentaba que uno de los guardas le entendiera, en inglés (a voz en grito, eso sí). Y la cara del guarda era algo así como: "Quizá podría esforzarme, e intentar entenderte. Pero te vas a c....".

Un americano medio envidia a menudo a algunos europeos, porque podemos hablar nuestra propia lengua, y también la suya. Cuando realmente deberían compadecernos, por tener que dedicar mucho tiempo a eso, en lugar de a otras actividades de mayor valor añadido.

Hablan de seis mil idiomas en todo el mundo, y seguro que se quedan cortos. Que hay infinidad de lenguajes de germanía o argots, inventados para que ellos no nos entiendan. Y seguro que todos los días se crea alguno nuevo.

Algunos tienen un organismo regulador (como la Real Academia de la Lengua Española) que prescribe la forma correcta de utilizar el idioma. Claro que con lo de almóndiga, se ve claro que a menudo van a remolque de la inventiva, o la negligencia, popular. Otros se desarrollan en modo viral, como el inglés. Porque hay tanta gente en el mundo para quienes el inglés es su lengua nativa, y sobre todo tantos que intentamos controlarlo lo que podemos, a fin de entendernos con esa ingente población, que es imposible definir una forma canónica del inglés, aceptada por todos. En el mundo de la empresa se habla del Continental English, que es una especie de ruego a los ingleses, estadounidenses, canadienses, australianos, neozelandeses, para que se limiten a un inglés básico y casi infantil, que si no, nos perdemos.

Creo que hay dos cosas básicas que debemos entender sobre lo que significan los idiomas:
 
1) Son meros instrumentos que nos permiten entendernos a las personas. Desde este punto de vista, hay demasiados, y lo ideal sería que hubiera uno solo, y palante. Habríamos burlado la maldición divina.
 
2) Acaban siendo elementos de exclusión. Porque, a menudo, si no hablas nuestro idioma, no eres de los nuestros. Y hay demasiados ejemplos de ello, como para entretenerme aquí a enumerarlos.
 
Los idiomas nos pertenecen por completo a quienes lo hablamos y lo utilizamos habitualmente. Podemos delegar, quizá, algo de esa propiedad en un organismo regulador como la RAE, aunque no tengo claro que no sea mejor la difusión puramente viral del inglés.
 
(Banderas, Países, Idiomas. Fuente: idiomas.cc).
 
Pero, desde luego, lo que no deberíamos aceptar nunca es la tutela del idioma por parte de los políticos, que lo convierten en un activo manipulable. En España hemos tenido y tenemos que asistir a actuaciones que para mí resultan un desperdicio y una pérdida de tiempo. Especialmente en Catalunya, pero no sólo allí. Yo hablo catalán sin problemas, e incluso lo puedo escribir con cierta pulcritud, por lo que creo que puedo hablar con conocimiento de causa. La famosa inmersión es un intento de mantener vivo un idioma con respiración asistida. Llegarse a creer que es un tiempo bien empleado el aprender un idioma con el que podremos entendernos con nueve millones y medio de personas (esa cifra manejan sus defensores), en lugar de aprender y manejar con soltura otros que nos permiten entendernos con cientos, o miles, de millones de personas en todo el mundo, es un delirio del nacionalismo político. Nueve millones y medio con los que, por cierto, tenemos otros métodos para podernos entender. Si no los destruyen, por supuesto.
 
Durante el franquismo (yo era un niño en Barcelona, por entonces), el catalán no se fomentó en absoluto, e incluso se persiguió de alguna forma (otra vez la vieja historia de los nuestros hablan nuestro idioma). Sin embargo, el catalán no desapareció, sino que se siguió utilizando en el ámbito familiar, de amistades, etc. Sólo que no era una obligación.
 
Querer, incluso sólo insinuar, que en la Universidad (que viene de universal, no lo olvidemos), nadie pueda ejercer si no domina el catalán, es de un provincianismo rácano y trasnochado. Y querer que en el Senado haya traductores para las lenguas cooficiales es, simplemente, un despilfarro. Olvidémonos, por favor, de manipular los idiomas, todos los idiomas, como armas políticas. Dejemos que vivan como seres vivos que son, y que pertenezcan a los que lo conocen y lo usan. Y ya está. Punto final.
 
Por lo demás, intentemos mitigar la maldición divina, y no azuzarla.
 
JMBA