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martes, 4 de junio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico


Durante mi estancia en la Residencia, tuve la oportunidad de conocer a bastantes residentes temporales. Personas, habitualmente, de edades menos avanzadas que la media de los residentes permanentes y que, por alguna razón, precisaban de los servicios de la Residencia durante un cierto período de sus vidas. Ese, por supuesto, fue mi propio caso.

Algunos de ellos, sin embargo, respondían al mismo perfil que los residentes permanentes. Sólo que, por diversos motivos, se fueron de la Residencia con destino a otra, o hacia el hogar de algún familiar, con cuidadores domésticos, por ejemplo.

Entre los permanentes que se fueron a otro lugar, yo destacaría a F., toda una eminencia tanto en su vida profesional como académica. Cuando le conocí en la Residencia estaba ya sumergido en su propio Universo por culpa de un Alzheimer avanzado. Le vi mucho tiempo acompañado durante el día por una cuidadora. Y muchas mañanas del verano lo vi andando por el jardín de la mano de un joven que no me olía a familiar, sino más bien a acompañante de pago. Se sentaban en algún lugar del jardín, y el joven le leía en voz alta Miguel Strogoff. Un día desapareció de la Residencia, sin más. Unos meses más tarde me llegó, a través de amigos comunes, la noticia de su fallecimiento.

Otro residente que parecía permanente, pero que un día se fue, era Don José, un sevillano que dedicó su vida activa a la Administración Pública. Con él compartí mucho tiempo mesa en el comedor. Un buen día nos dijo que se iba a ir a otra Residencia en Valladolid, pues tenía una hija que vivía en esa ciudad, y el arreglo le resultaba más conveniente a toda la familia. Don José era uno de los mejores clientes de la Cafetería, pues acostumbraba a tomarse una cervecita antes de comer, y por la tarde, antes de la cena, y habitualmente rodeado de algunos familiares (hijos, hijas, nietos,...) se tomaba su güisquito diario.

En la mesa del comedor, Don José hablaba más bien poco. Pero, sin embargo, tuve ocasión de mantener alguna interesante charla con él, tête a tête, compartiendo algún aperitivo en una de las mesas de la Cafetería.

Uno de los residentes más notables fue el Kamikaze. Cuando yo ingresé él ya estaba allí, y compartimos mesa en el comedor durante toda su estancia. Se trataba de un zamorano de setenta y algunos, que conoció la Residencia el año anterior para recuperarse de un ictus, y que volvió a ella cuando se rompió el brazo, por un desgraciado accidente, al poco de volver a su casa. El Kamikaze era bastante contracultural dentro del ambiente general de la Residencia, pues estaba en pleno uso de sus facultades mentales y tenía el corazón un poco a la izquierda. Pero cada familia es un mundo, pues conocí a su hermano que venía frecuentemente a visitarle, y para él Rajoy era un rojo peligroso. Además, era de los únicos hombres que, durante todo el verano, se paseó por la Residencia en pantalón corto, como yo mismo, por cierto, cosechando alguna mirada crítica de las abuelitas más remilgadas. El Kamikaze soñaba con volverse a su tierra zamorana, y comerse un chuletón en Casa Paca, su restaurante preferido en la Puebla de Sanabria. Y a finales de Junio lo consiguió. El apodo se lo asignaron los fisioterapeutas, porque tenía cierta tendencia a ignorar los riesgos y a desbordar los límites. Incluso su accidente doméstico tras volver a casa quizá con demasiada premura tras recuperarse razonablemente del ictus, podría estar asociado a su carácter temerario.

A R. la conocí porque coincidí a su lado contemplando el modesto espectáculo con que nos deleitaron los alumnos del colegio vecino para festejar su fin de curso. Era una chica de setenta y pocos, que estuvo unas cuantas semanas en la Residencia. Azafata de vuelo durante toda su vida activa, a esa edad tenía problemas graves de huesos, que le llevaron a sucesivas operaciones y a más o menos complicados procesos de rehabilitación. R. era, con diferencia, la persona que más hablaba en toda la Residencia. Soltera, sentía una empatía casi automática por todos los demás residentes y sus familiares y amigos. Fácilmente se convertía en abogada de causas imposibles y construía desde la nada una ONG en cero coma, para defender lo que le pareciera conveniente. Desarrollé cierta amistad con ella y tuvimos muchas conversaciones (bueno, ella habló mucho conmigo, yo un poquito menos con ella). Cuando ya se fue para su casa, madrileña cañí del barrio de Chamberí, incluso intercambiamos teléfonos y seguimos manteniendo un cierto grado de relación hasta la actualidad.

El caso de M. era diferente. La conocí en el Gimnasio de Fisioterapia, ya que su turno coincidía con el mío. M. era una señora de 50 años, muy culta e instruida, con quien daba gusto hablar. Incluso intercambiamos alguna lectura recomendada. Ella acabó leyendo "Babel minute zéro" de Guy-Philippe Goldstein, tras mi recomendación; yo he leído recientemente, con fruición y mucho placer, "Sapiens" de Yuval Noah Harari. Trabajaba de alguna forma para el Ministerio de Asuntos Exteriores y sufrió un desgraciado accidente de tráfico en una ciudad africana, mientras desempeñaba su labor de cooperación internacional. Por el accidente, tenía que llevar un corsé para la espalda, y someterse a diversos ejercicios de fisioterapia de rehabilitación. También la vi más de una vez comiendo en una mesa familiar, junto al comedor comunitario, con su marido y sus hijos adolescentes. Sin lugar a dudas, la residente de mayor lucidez que conocí en la Residencia.

Ya he hablado de A., una señora de origen valenciano y de profesión matrona, con quien tuve alguna muy trascendente conversación, como ya he contado en algún otro lugar, desde mi personaje de confesor laico. Estuvo solo algunos meses en la Residencia, pero creo recordar que todavía se quedó allí cuando yo volví a mi casa, a finales de Septiembre.

Durante unas semanas, estuvo en la Residencia una abuelita muy pulcra y habladora, delgada al límite de la evanescencia. Coincidí con ella, también, en mi turno de Fisioterapia. Casi siempre estaba con ella alguna de sus hijas, aunque una de ellas se rompió el brazo solo unos días después de que su madre ingresara en la Residencia, para recuperarse de alguna operación de cadera, creo recordar. Un día la abuelita me pilló en el jardín y aprovechó para contarme, sin pausas ni interrupciones, toda la historia de su vida. Finalmente se dio cuenta del abuso y me pidió disculpas por ello.

Las últimas semanas de mi estancia vi pasar a un par de residentes temporales muy especiales, por diferentes motivos. El primero era G., un hombre de 90 años, pero muy bien conservado, que ingresó temporalmente en la Residencia por motivos familiares. Aunque se movía con bastante agilidad, con la sola ayuda de un simple bastón, y gozaba de una mente totalmente clara, tenía un cierto nivel de dependencia. Debido a algunas operaciones recientes tenía que llevar permanentemente una bolsa para recoger todas las excreciones corporales. Vivía habitualmente en casa con su mujer, veinte años más joven que él, y con su hija menor, de 28 años, fruto de una noche aciaga, según me confesó él mismo. Creo recordar que también tenía un par de hijos ya cincuentones. Su hija tuvo que ir unos días, por trabajo, a Estados Unidos, y su mujer decidió acompañarla en un viaje de un par de semanas. En esas condiciones, la mejor solución para él fue ingresar en la Residencia durante ese tiempo. Pero se le caía el techo encima y no veía el momento de regresar a su casa.

G. parece que había desarrollado toda su vida profesional en uno de los Ejércitos, en el que aprendió todos los vicios imaginables, según me confió en una de nuestras conversaciones. Ya jubilado, vivió bastantes años en algún lugar de África, acompañando a su esposa en su desempeño profesional. De allí volvió con alguna enfermedad endémica y con una afición desmedida por los licores destilados de fuerte graduación.

Fumador empedernido, en casa no le dejaban fumar, y por eso canceló la suscripción a la televisión de pago, para poder ir a ver los partidos de fútbol a algún bar próximo, donde tomar sus copitas y fumar sus cigarritos, aunque fuera en la calle, viendo la pantalla de reojo. Gracias a él, descubrimos que, bajo determinadas condiciones, arbitrarias, aleatorias y bastante desconocidas, se podían ver los canales de pago en el televisor de la Cafetería, y solo allí, por cierto. En particular, por ejemplo, los partidos de Liga de su club del alma, pues G. era un orgulloso colchonero. Aunque, para conseguirlo, debía acudir alguna de las supervisoras con instrucciones actualizadas para conseguir sintonizar correctamente el receptor con el decodificador.

La segunda residente temporal bastante singular, que sólo estuvo en la Residencia unos pocos días, por motivos que no llegué a adivinar, era una mujer que sufría de ansiedad, y la manifestaba fumando. Era impresionante ver el ritmo al que podía encender cigarrillos. En el par de horas que dedicaba yo a la lectura por la mañana, en el jardín, podía fumarme dos o tres cigarrillos. En ese tiempo, ella podía terminar con una cajetilla entera, pues los cigarrillos los encendía a veces a pares. Una mañana estaba desesperada porque le había desaparecido el bolso de la habitación. Y con él desapareció el mechero, por lo que parece el objeto más valioso que contenía ese bolso. Afortunadamente, yo tenía dos y le regalé uno. El bolso acabó apareciendo, pero algún dinerito que tenía dentro, nunca volvió. Mi mechero, tampoco.

Hablaba muy poco y siempre parecía angustiada por algún motivo que nunca llegué a conocer. Sin embargo, más de una vez se sentó en mi mesa en el jardín. Pensé que buscaba algo de conversación, pero nunca llegué a intercambiar con ella más allá de un par de palabras.

Y, finalmente, debo citar a los residentes que abandonaron la Residencia por el peor de los motivos. El más próximo fue F., que se sentaba a mi izquierda en la mesa del comedor. Casi todos los días le acompañaba su señora, Doña M., que solo volvía a casa cuando le dejaba aposentado en el comedor para la cena. Varias veces tuvo que trasladarse al Hospital, por diversas dolencias. Del último traslado nunca regresó. Una de las supervisoras del comedor nos dijo que tenía el corazón muy débil, y que había fallecido en el Hospital.

Otra desaparición sonada fue la de un hombre delgado y muy serio, en silla de ruedas, que siempre iba con boina, por lo que yo le había tomado por vasco. Pero resultó que era de origen alemán. Se atragantó un mediodía en el comedor y nada pudieron hacer para salvarle la vida. Yo apenas le conocía, pero coincidió que yo estaba en Fisioterapia cuando le trajeron de urgencia a la Sala de Enfermería, que estaba al lado, para intentar recuperarle. Yo casi únicamente le había visto los sábados por la tarde, cuando se celebraba la Santa Misa en la capilla. Él siempre estaba, en su silla de ruedas, junto a la escalera, a bastante distancia de la capilla pero mirando hacia ella. Como si no quisiera faltar pero tampoco mostrar una devoción que seguramente no sentía.

Sin duda se produjeron otras desapariciones por este luctuoso motivo, pero el tema se trataba con extrema reserva, y sólo te enterabas si el fallecido o fallecida te era próximo/a por algún motivo concreto. Si no, sólo podías detectar, con el tiempo, una cierta ausencia inexplicada.

En resumen, los residentes temporales, los que aparecían de repente en la Residencia, con algún problema médico concreto que resolver, eran una fuente a explotar, para intentar encontrar personas más jóvenes que la media, en pleno uso de sus facultades mentales y con quien, quizá, se podían tener interesantes conversaciones.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 13: Restauración

viernes, 31 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico




En una estancia tan larga como la mia en la Residencia, resulta inevitable una progresiva integración en el paisaje y el paisanaje del Centro. Y, al mismo tiempo, se desarrolla, no siempre voluntariamente, una cierta imagen, un cierto personaje, como manifestación pública de la interpretación colectiva de una persona.

Al principio, los que no conocían mi nombre, o no se acordaban, me identificaban como al hombre que siempre está leyendo en el jardín. Otros también me reconocían como el hombre que fuma algún cigarrito en el jardín y tiene cenicero propio. Bueno, eso, por supuesto, los que todavía tenían capacidad de distinguir mi presencia del paisaje.

En las últimas semanas de mi estancia, desarrollé, casi contra mi voluntad, otra faceta curiosa, un nuevo personaje, al que me permito llamar, exagerando sólo un poquito, como la de confesor laico. Os voy a contar algunas de las actuaciones en que tuvo un papel importante ese nuevo personaje.



Antes de iniciar uno de mis primeros paseos por la calle, ya con una sola muleta como ayuda técnica necesaria, estaba fumando un cigarrito en uno de los bancos del porche de acceso, cuando se me acercó una señora para pedirme fuego.

La señora, con gafas, la cabeza bastante clara y con plena capacidad de hablar, escuchar y razonar, tendría setenta y muchos años. Resultó que estaba ingresada en la Residencia junto a su hermano, mayor que ella, y de salud física y mental muy deteriorada. Me resultó curioso que no la hubiera visto nunca con anterioridad.

Se sentó a mi lado en el banco (su hermano vegetaba en su silla de ruedas al otro extremo del porche) para disfrutar de su cigarrillo. Creo que fue ella quien inició la conversación con una pregunta ciertamente delicada:

- ¿Qué le parece a usted que quieran desenterrar a Franco?.

La sabiduría popular recomienda, especialmente en la peluquería, esquivar algunos temas espinosos, como la política, la religión o incluso el fútbol. En la peluquería, alguien lleva tijeras o una navaja en la mano, y podría resultar incluso físicamente peligroso manifestar según qué tipo de opiniones. La Residencia, por decirlo en pocas palabras para que se entienda, debe considerarse Zona Nacional desde todos los puntos de vista. La mayoría de residentes, y sus familias, por cierto, deben ser seguramente votantes del PP, o incluso de VOX. Para ellos, Ciudadanos es un partido peligrosamente izquierdoso y Pedro Sánchez un okupa y un felón, por supuesto.

Miré a la señora a los ojos y tomé la valiente decisión de que lo mejor que yo podía hacer era dar mi opinión real, y ya veríamos lo que pasaba luego, aunque mi capacidad física para la huida rápida estuviera todavía muy limitada. Le comenté que no me parecía razonable que quien fue un dictador durante muchas décadas, y culpable de muchas muertes, desapariciones y depuraciones, después de terminada la guerra, tuviera una tumba de Estado y hasta un santuario para la peregrinación de sus seguidores.

Se me quedó mirando fijamente unos segundos, pero me pareció que no me tenía por loco ni por un rojo irredento, sino que apreciaba mi sinceridad.

Su siguiente pregunta también tenía miga:

- ¿Usted cree que Franco lo hizo todo mal?.

Yo ya había desarrollado una cierta confianza de no obtener reacciones violentas, por lo que le dije que no, que también había contribuido al desarrollo económico de España, pero que políticamente hizo cosas bastante reprobables para un demócrata, como tener en la clandestinidad, o en prisión, a quien no pensaba como él, por ejemplo. Que muchos en España se habían plegado a tácticas nutritivas y les había ido bien, económicamente. Pero que otros, fieles a sus principios, habían visto sus vidas truncadas, cuando no literalmente sí por las sucesivas depuraciones que les condenó a sobrevivir como pudieron en las orillas de la sociedad.

La señora me volvió a mirar e hizo su tercera pregunta:

- ¿Qué le parece el nuevo Presidente?.

Hacía solo un par de meses que Pedro Sánchez había accedido a La Moncloa tras la moción de censura. Recordé que al día siguiente de esa moción, el ambiente en la Residencia era de velatorio. Mantuve, sin embargo, mi primera decisión y le comenté que me parecía bien que hubiera echado a Rajoy del Gobierno, con toda su carga de política añeja, de corrupción y beneficios para los ricos y de recortes para los demás, y de su total inacción para resolver algunos de los graves problemas políticos que tiene el país. Y que convenía darle un voto de confianza, por el momento.

La señora ya me miraba francamente con simpatía. Su siguiente comentario no fue una pregunta, sino casi una afirmación:

- ¿Y cómo sabe usted tanto?.

Creo recordar que me ruboricé un poco, y no se me ocurrió otra cosa que decirle que yo era un hombre sabio, que tenía dos orejas y una boca para escuchar el doble de lo que hablara, y que estaba dispuesto siempre a aprender, y esto se consigue leyendo y sabiendo escuchar.

Sus siguientes comentarios fueron excesivamente halagadores como para repetirlos aquí. Pero establecimos una corriente cierta de simpatía. La conversación continuó durante algunos minutos más, pero ya no recuerdo los detalles.

Me la encontré de nuevo unos días después, en el mismo lugar (nunca la vi en otro sitio de la Residencia). Estaba esperando a que volviera un propio (otro ancianito que salía de paseo por la mañana y realizaba recados), a quien le había encargado que le trajera un paquete de cigarrillos del estanco. Antes de que llegara, me pidió, con toda la vergüenza del mundo, que le diera un cigarrillo para amenizar la espera.

Me comentó que desconfiaba de los católicos extremos, los de misa diaria que se santiguan continuamente, porque ella tenía unos primos, creo, de ese perfil, y que apenas se habían acercado nunca a la Residencia para visitarla a ella y a su hermano. Y una vez que fueron, le hicieron ascos a ayudarla con su hermano para que hiciera sus necesidades en el baño. Mucha misa, decía, pero muy poquita caridad.

Me comentó otro sucedido, que nunca pude corroborar, pero que no me extrañó demasiado. En la Residencia hay una capilla, y los sábados por la tarde, a las seis, se celebra una misa. Siempre se podía ver, a esa hora, a muchos ancianitos aparcados en sus sillas de ruedas o sentados en los sillones de la zona, atendiendo, dentro de sus posibilidades, a menudo mermadas, a la Santa Misa. La señora me comentó que acostumbraba a ir con su hermano (este en silla de ruedas). Que ella, de repente, se sintió mareada y salió unos minutos al jardín para tomar el aire. Y que luego el sacerdote le negó la comunión, porque, le dijo, se había ausentado de la misa, y por lo tanto no la merecía.

Nunca pude confirmar este hecho porque, aunque sí vi al cura algunas veces, jamás tuve ocasión de hablar con él. De hecho, no soy muy partidario y quizás él ya conocía mi aureola de descreído irredento y le saltaban todas sus alarmas ante mi proximidad. Lo cierto es que él tampoco jamás intentó establecer conversación alguna conmigo.



Muchas mañanas, en el jardín, había saludado simplemente a un caballero de pelo blanco, que andaba ayudado por un bastón y que siempre calzaba zapatillas de felpa. Era de los pocos que se veía por allí antes de las once y media de la mañana. De hecho, acostumbraba a verlo ya sentado frente a un televisor en el salón comunitario a las diez de la mañana, cuando yo solía bajar al jardín. Y luego se daba un paseo por el exterior, mirando las flores.

Un día, al pasar junto a mi mesa, le dije:

- Buenos días, ¿qué tal se encuentra usted hoy?.

Resulta que había escogido el peor día del año para ir más allá de un breve saludo cordial. Su respuesta me dejó helado:

- Pues hoy no muy bien, porque ha fallecido mi señora.

Aprovechó para sentarse un rato en mi mesa, para charlar un poco. El hombre, de más de noventa años pero con la cabeza bastante clara, me contó a continuación lo sucedido. Su señora estaba ingresada en la Residencia, compartiendo habitación con él. Pero su estado había empeorado, y se la habían llevado al Hospital unas semanas atrás. Me dijo que había ido a verla, con su hija, hacía tres o cuatro días y que ya ni le reconoció. Su señora finalmente había fallecido la víspera, y ese día estaba esperando a su hija, para que le acompañara al Tanatorio para la última despedida.

Tomó la costumbre, a partir de ese día, de sentarse un ratito en mi mesa, durante el paseo matinal por el jardín, y charlar un poco. Me contó que estaba temporalmente en la Residencia, porque vivía (en compañía de su señora) en su piso cerca de Atocha con su hija y su yerno. Pero su hija pasaba por una temporada de problemas médicos diversos y no podía atenderles convenientemente. Por eso habían ingresado los dos en la Residencia, y ahora su mujer se le había muerto. Confesó tener unas ganas locas de volver a su casa.

Asturiano de Cangas de Narcea, vino a Madrid con una mano delante y otra detrás, como tantos otros de todos los rincones del país, en esos duros tiempos de la posguerra. Consiguió una portería (previo pago de una fianza de mil pesetas) y luego pudieron comprarse un piso por Delicias. Más adelante consiguieron otro piso más grande, en el que viven en la actualidad, y que la familia hizo funcionar como hostal durante muchos años. Me comentó que, por aquellos tiempos, cualquier cosa había que venir a tratarla a Madrid y que siempre había mucha gente con necesidad de quedarse a dormir en la capital por poco dinero, por lo que el hostal les funcionó de maravilla durante mucho tiempo.

Ahora que ya no podían mantener el hostal en funcionamiento, ese piso les servía para vivir con cierta comodidad, junto a la familia de su hija.



Una señora rubia, de setenta y algunos, estaba temporalmente en la Residencia, tras diversos problemas de operaciones y demás en una de sus piernas. Al principio se movía en silla de ruedas, con la pierna escayolada en alto. Luego ya pasó al andador y hacia el final ya se movía, como yo, con la ayuda de una única muleta. Resultó tener ascendencia valenciana y, como me oyó un día hablando en catalán con algún amigo que había acudido a visitarme, siempre me saludaba en catalán (o valenciano):

- Bon profit.

- Bona nit.

Una noche, después de cenar, me paró junto al ascensor, y me dijo que estaba muy deprimida, porque tras una visita al traumatólogo, parece que la rotura no había consolidado correctamente (debido, según parece, a su creciente osteoporosis), y que tendría que quedarse en la Residencia alguna semana más de lo que pensaba. Y eso la tenía muy triste.

A la mañana siguiente se me sentó en la mesa del jardín donde yo estaba leyendo, y procedió a contarme la historia de su vida. Resultó ser soltera (no sé si también entera, aunque pudiera ser), eternamente enamorada de un novio que tuvo y que murió joven por culpa de la leucemia. De profesión matrona, estuvo un buen rato hablando prácticamente solo ella. Yo ya conocía su faceta de habladora y de abogada de todas las causas. En el comedor, siempre levantaba la voz quejándose (por ella o por alguna de sus compañeras de mesa) de lo mala que estaba la comida, o del poco caso que los cocineros o las auxiliares habían hecho de algún pedido especial.

En su charla repetía muy a menudo la palabra recta. Como que siempre había llevado su vida con rectitud ("siempre recta"), resistiendo y renunciando a las múltiples tentaciones a las que su profesión le había expuesto, especialmente por parte de los médicos, a los que demonizaba repetidamente. Me pareció entender que su concepto de rectitud se limitaba a los aspectos sexuales relacionados con la promiscuidad. Para mí, la repetición constante de la palabra recta me sugirió la posibilidad de que toda su vida se hubiera regido por algunos principios que le habrían inculcado sus padres, pero que ella nunca consiguió interiorizar y convertirlos en su propio criterio. Me pareció detectar un temor cierto de que, desde el más allá, sus padres pudieran juzgarla muy negativamente si se apartaba del camino de la rectitud.

Me decía que ella ayudaba muchísimo a todos sus amigos, familiares o pacientes, pero que era incapaz de ayudarse a sí misma, ahora que se sentía deprimida por su situación médica. Y me pidió mi opinión sobre cuál podía ser su problema y si habría una solución para ella. Creo que carraspeé, porque una pregunta de esta enjundia te invita a salir huyendo a toda velocidad con cualquier excusa (la mejor, sin duda, es aquella de "perdón, pero tengo un pollo en el horno"). Sin embargo, con la muleta tenía que descartar esa opción, por lo que abordé el tema lo mejor que supe:

- Bueno, supongo que el problema que tienes es que no te aceptas a ti misma tal y como eres, que quizá toda esa rectitud es un corsé que te ahoga. Me parece que lo que deberías conseguir es aceptarte y aun diría más, deberías quererte a ti misma. Porque uno mismo es la única persona que, con seguridad, nos acompañará durante toda nuestra vida. Y si no nos queremos, nos veremos obligados a vivir en compañía de un enemigo, de un indiferente como mínimo y, además, si somos incapaces de querernos a nosotros mismos, no llegaremos nunca a creernos que nadie pueda querernos de verdad por cómo somos. Además, probablemente nos resulte imposible querer a los demás, o a una persona concreta, y les acabaremos utilizando para completar nuestras necesidades, lo que nada tiene que ver con el amor.

Curiosamente, al vernos en animada conversación, se había sentado otra señora en nuestra mesa, tras pedir permiso. No hacía más que mover la cabeza en señal de asentimiento a mis palabras, y al final, comentó:

- Me anoto lo que dice, porque me parece muy inteligente.

La señora rubia me apretó un poco más las tuercas, preguntándome que cómo se hacía eso de quererse a uno mismo, que a ella no le salía.

Afortunadamente, en mi salvación, apareció otra mujer, amiga de la señora rubia, que había estado unos días en la Residencia con un collarín cervical y que venía a despedirse, pues ya volvía a su casa. Resultó ser una fotógrafa entusiasta (sospecho que entre muchas otras cosas), que incluso tiene una web dedicada al tema. Intercambiamos nuestras identidades en la Red, e incluso nos hemos enviado algunos correos electrónicos con posterioridad.



Con todas estas conversaciones, y algunas otras que sin duda habré olvidado, fui forjando una imagen de señor muy amable que sabe y aprecia conversar. Lo que me ha gustado definir como el personaje del confesor laico.

El caballero asturiano siempre se despedía diciendo algo así:

- Es usted muy amable por escucharme y darme un rato de conversación. Que tenga un buen día.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales