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martes, 18 de diciembre de 2012

Un Año de Dolor

Se cumple estos días el primer año de mandato del Gobierno del Partido Popular, presidido por Mariano Rajoy. Y ya parece como si llevara mucho más tiempo, lo que es mala señal.
Mariano Rajoy, este lunes en la inauguración de la
Interparlamentaria del PP, en Toledo.
(Fuente: PP)

Para el ciudadano medio de España, este ha sido un Año de Dolor. Un dolor que hemos venido sufriendo en pequeñas entregas, como una historia que se va desentrañando en fascículos semanales, cuyo final sospechamos que ni el propio autor conoce. Un dolor que no se ha visto en absoluto mitigado por una historia, un relato, de más largo plazo que lo pudiera hacer admisible. Un dolor que, salvo los muy crédulos, nadie ha podido vivir como un sacrificio por un futuro mejor para el país y para (al menos) nuestros hijos.

Y es que la realidad del país es tozuda. Todos los indicadores económicos (el desempleo, la prima de riesgo, la riqueza -pobreza- de las familias, la morosidad, los desahucios,...) se han ido degradando, mes tras mes, durante todo el año. Sólo la balanza comercial (incluyendo los ingresos por turismo), han puesto una cierta nota de color distinto al negro. Y ello sólo demuestra que nuestras empresas, ante la total parálisis del mercado y el consumo domésticos, se han buscado la vida con cierto éxito más allá de nuestras fronteras, exportando a otros lugares lo que aquí ha resultado imposible vender, o llenando los hoteles de turistas extranjeros, porque el turismo nacional prácticamente ha desaparecido en combate; nadie está para viajar cuando no puede comer todos los días. Un camino, que para desgracia actual y futura del país, también han tenido que recorrer muchos miles de nuestros jóvenes, que han debido buscar oportunidades de empleo en otros países donde su talento y formación sí son valorados y apreciados. Una auténtica sangría para los activos del país y su capacidad de recuperación.

Los pecados de Rajoy como gobernante son muchos. Quizá el peor, porque supone, directamente, una traición a sus propios votantes (entre los que no me cuento), y que están ya mayoritariamente decepcionados, ha sido el repetido y reiterado incumplimiento de todas sus promesas electorales, una detrás de otra. Ha aumentado prácticamente todos los impuestos y tasas. Desde el IRPF y el IVA hasta las tasas judiciales, que están sembrando el escándalo estos días. Ha violado la ley al no revalorizar las pensiones de acuerdo a la evolución del IPC, y la revisión para 2013 ya se prevé inferior a la evolución del coste de la vida. Ha reducido el salario de los funcionarios, e incluso les ha secuestrado la paga extraordinaria de Navidad; algo de especial gravedad, pues ese dinero es el que se gasta con más alegría, suponiendo una inyección vital para el maltrecho comercio, de la que va a carecer este año. Ha recortado sin piedad, y ha cortado carne viva de los capítulos sociales básicos de la Educación y la Sanidad. Ha reducido, hasta hacerlas casi desaparecer, las ayudas a la dependencia. Y está estrangulando las inversiones en I+D, el único factor que, de verdad, podría permitirnos salir de la crisis sin caer de nuevo en la fiebre enfermiza del ladrillo.

Alguna vez me he quejado del sectarismo que inundó la vida política en la etapa Zapatero. Pero la era de Rajoy, caracterizada por la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, se está caracterizando por el autoritarismo, siempre latente en la derecha, del que han hecho especial gala los Ministros del Interior, de Justicia y de Educación. La Policía (las policías, porque el Ministro del Interior ha tenido un alumno aventajado en Felip Puig, el conseller d'Interior de la Generalitat de Catalunya) se ha empleado con saña en reprimir a la población muy incómoda e indignada, que ha ocupado las calles en toda clase de manifestaciones, concentraciones y huelgas.

Todos estos sufrimientos podrían resultar hasta digeribles si formaran parte de una historia más global que pudiéramos creernos. Pero Rajoy ha renunciado a este tipo de labor pedagógica y se ha instalado en el cortoplacismo más miope. Y no ha dejado en ningún momento de acusar a los anteriores gobiernos de haber dejado España hecha unos zorros, lo que le ha obligado a él a desgastarse para corregir esos (presuntos) desmanes. Me resulta muy poco creíble la ignorancia del estado real de la economía que alega una y otra vez como excusa para sus incumplimientos electorales. La herencia recibida se ha convertido en la muletilla de todos sus desmanes.

Rajoy se ha instalado con total comodidad en el pensamiento (casi) único imperante en la Unión Europea y muy en particular en la Eurozona, donde la única prioridad parece ser la lucha contra el déficit de las Administraciones Públicas, y la aplicación inmisericorde de medidas de austeridad y de recortes. Pero la economía real reacciona frente a esa austeridad sin límites con una depresión de caballo, con la progresiva paralización de las actividades industriales y, sobre todo, comerciales, y con un aumento del desempleo que parece no tener límite. Hoy en día, uno de cada cuatro españoles en edad y condiciones de trabajar no puede hacerlo, y está condenado a sobrevivir tirando de los ahorros, si los tiene, o de la pensión exigua de los mayores.

Pero lo peor para el ciudadano medio, incluso más que todos los recortes y reformas que sí ha hecho, es todo aquello que se estima como necesario e imprescindible, y que no ha hecho. Para los que más tienen, y que en muchos casos han escatimado capitales hacia paraísos fiscales con total impunidad, les propuso una baratísima amnistía fiscal para que repatriaran ese dinero. El resultado ha sido escasamente la mitad de un objetivo que ya era modesto en su planteamiento inicial. No parece haber iniciativas concretas para aumentar la progresividad del IRPF para las rentas más altas, o para revitalizar los impuestos de Patrimonio y Sucesiones. Conseguir eliminar (o al menos, reducir) la economía sumergida, no parece para nada que esté en su agenda.
María Dolores de Cospedal, la mano derecha de Rajoy en
el partido, comparte mesa con su presidente en Toledo.
(Fuente: PP)

Creo que la mayoría coincidimos en la necesidad de racionalizar las Administraciones Públicas, que cabalgan desbocadas de un modo que se ha visto con claridad que no es sostenible. Desde que se aprobó la Constitución en 1978, se ha ido desarrollando lo allí contenido. Pero algunos despliegues han sido más bien desordenados, cuando no claramente viciosos, y requieren de una reforma en profundidad. Es el caso del propio Estado de las Autonomías, un concepto positivo fruto de un consenso apresurado en tiempos turbulentos, cuyo desarrollo presenta ciertos vicios de ineficiencia que hay que corregir; incluso es posible que se requiera alguna modificación constitucional, y eso no es para rasgarse las vestiduras. En todo este año nada hemos visto que se haya hecho que contribuya a una mejor racionalización de la administración. Parece como si a Rajoy le temblara la mano cuando hay que aplicar el bisturí a la propia clase política.

La clase política dispone de privilegios que resultan ya intolerables en esta fase de sacrificios para toda la ciudadanía. La desvergüenza, el nepotismo y la corrupción campan por sus respetos sin que parezca haber una voluntad firme y decidida para atacarlos y reprimirlos. Los políticos parecen consagrados como una casta extractiva, con capacidad de derivar rentas existentes hacia sus propios bolsillos, sin necesidad de crearlas ex novo. Y ello ante la mirada atónita del ciudadano medio, ahogado por las restricciones y empujado hacia la pobreza y la miseria.

Para todos sería más llevadera la situación si entendiéramos que las apreturas y sacrificios que sufrimos forman parte de una historia que nos estuviera llevando hacia un futuro mejor para todos. Pero mientras los ciudadanos atestan los comedores sociales, da la sensación de que los políticos siguen viviendo en una nube donde todas esas penurias no son más que un rumor desagradable.

Hemos vivido este primer Año de Dolor con Rajoy, sin compensación de ningún tipo. Prácticamente todos los indicadores son negativos, y nos resulta imposible creer que haya alguna luz al final de este oscuro túnel, por mucho que Rajoy insiste en decirlo, pero sin ninguna prueba. La Reforma Laboral ha generado cientos de miles de nuevos parados en una sangría que parece no tener final.

Y mientras, estos días, el propio Partido Popular se aplaude a sí mismo en unas jornadas autocomplacientes de la Interparlamentaria en Toledo, lideradas por la impresentable de Cospedal, que cobra varios sueldos y cuyo compañero (o marido, no sé) está en todas las salsas que suenen a algún tipo de beneficio, tráfico de influencias o corruptelas. Me ha dado grima ver algunas imágenes de esas sesiones, que en nada se diferencian de las que podemos haber visto en el pasado, en épocas de prosperidad. La orquesta del Titanic no deja de tocar, aunque la colisión sea ya inmediata.
Rajoy y sus palmeros, en la Interparlamentaria de Toledo.
(Fuente: PP)

En resumen, señor Rajoy, que con esta crisis todos hemos aprendido algo de Economía. Al menos lo suficiente para entender que esas comparaciones que tanto le gustan entre la economía familiar y la de los Estados, son parcialmente falsas. Porque en las familias no hay Bancos Centrales, no se dispone de la máquina de fabricar dinero, ni hay rescates; porque en las familias, si la situación económica es tensa, todos deben contribuir con sus sacrificios, desde el cabeza de la familia hasta el último de los hijos, mientras que parece como si los políticos vivieran en su propia burbuja, asépticamente aislada de la dura realidad social. No haga trampas, señor Rajoy, que ya nos las conocemos todas.

2013 no va a ser un buen año, desde el punto de vista económico. Esto parece que ya está claro para todo el mundo. Los más optimistas auguran que pueda haber algún brote verde para finales y de cara al 2014. Pero usted, señor Rajoy, debería esforzarse mucho más en repartir los sacrificios con criterios que podamos compartir, y debe tejer una historia para contar a los ciudadanos, para que podamos creer que todos estos sacrificios van a servir para alguna cosa de provecho para todos, y no sólo para mantener los privilegios de unos pocos afortunados.

Si nos cuenta un relato creíble con final feliz, es posible que podamos acompañarle en el duro camino sin demasiadas quejas. Pero ya basta de andar j...... y hacia ninguna parte.

Por el camino que lleva, ni agua, señor Rajoy.

JMBA

martes, 27 de marzo de 2012

El Laberinto Andaluz

Con el reposo que ya permiten el par de días transcurridos, es momento de analizar la sin duda compleja situación que ha dejado en el Parlamento Andaluz el resultado de las Elecciones Autonómicas del pasado domingo.
José Antonio Griñán, actual presidente en funciones de
la Junta de Andalucía, depositando su voto el
pasado domingo, con cara de circunstancias.
(Fuente: intereconomia)

Aunque ya no constituye novedad ni supone sorpresa, las tres grandes fuerzas dicen haber ganado. El PP por ser la fuerza más votada, y la que más escaños ha conseguido. El PSOE, porque se esperaba un descalabro todavía mayor de los 47 diputados que tendrá a partir de ahora. E Izquierda Unida porque es la única fuerza que ha aumentado en número de votos, y ha duplicado su presencia hasta los 12 diputados.

Desde otro punto de vista, los tres partidos han perdido. El PP porque esperaba la mayoría absoluta, que le permitiera formar gobierno en solitario en la Junta de Andalucía. El PSOE porque pierde más de 600.000 votos y nueve escaños. Pierde, además, la confianza de una parte del electorado, sin duda asqueada de las maquinarias corruptas y trinconas puestas en marcha en el entorno de la Junta. IU, por su parte, sólo ha podido aprovechar para la izquierda seis de los nueve diputados que han perdido los socialistas.

En realidad, quien ha perdido de verdad en Andalucía son los políticos. Con una abstención por encima del 40%, hasta el PP, en su victoria relativa, ha perdido votos respecto a las últimas elecciones autonómicas. El mensaje claro que envía el electorado a la clase política es de falta de confianza en que estos políticos puedan aportar nada a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Esta es, a fin de cuentas, la esperanza de los votantes cuando acuden a las urnas.

Porque no se trata de que haya muchos electores a quienes les dé pereza acercarse a su colegio electoral en un domingo de primavera, en lugar de irse al campo o a la playa. Se trata con bastante claridad (sólo hace falta quitarse las anteojeras del color de cada cual) de que una parte muy importante de la ciudadanía da la espalda a estos políticos, consideran que en nada les pueden ayudar en sus actuales tribulaciones.

Esta realidad es sangrante y debería hacer reflexionar en profundidad a todos. La imagen chanchullera de un perfecto engranaje trincón, donde se blanquea dinero público hacia el bolsillo (privado, por supuesto), de amigos, conocidos, familiares o simpatizantes; la estampa patética de meter mano en la caja para disponer del dinero en juergas, francachelas y cocaína; las fotografías nada edificantes de mariscadas de a mil euros en Bruselas; la persistente visualización de Javier Arenas como el señorito cortijero, al que cuesta dejar de imaginar con un langostino de Huelva en una mano y una copita de Manzanilla de Sanlúcar en la otra; la percepción de una izquierda histórica anclada en un anarquismo agrario que ya es de otros tiempos; todo ello contribuye a que el ciudadano deje de tener confianza alguna en que estos políticos (¡vaya panda!) entiendan en absoluto la situación real de cada cual.

Con un 30% de desempleo, ¿qué votante andaluz no tiene algún familiar o amigo sufriendo del paro?. Cuando cuesta mucho esfuerzo llegar a final de mes, y hay que tirar de las redes familiares (incluyendo las exiguas pensiones de nuestros mayores) para sobrevivir, la imagen que transmiten los políticos es de un autismo tan total y trágico que ya no despierta ninguna ilusión ni esperanza en el ciudadano medio.

El escenario político que queda en el día después parece abonar la teoría de que lo más natural es que siga habiendo en Andalucía un gobierno de izquierdas, muy probablemente presidido por José Antonio Griñán (que, a nivel personal, está quedando relativamente a salvo de los múltiples escándalos) y apoyado (o quizás incluso compuesto) por Izquierda Unida. La inercia política con la que nos hemos (mal) acostumbrado a convivir parece indicar que este es el único camino posible, dados los resultados electorales.
Javier Arenas, candidato del PP, celebra su victoria,
arropado por algunos Ministros del Gobierno de España.
(Fuente: abc)

Sin embargo ya he oído a algunos comentaristas políticos que sugieren una salida alternativa a la situación, llamémosle un camino a la vasca. En el País Vasco se demostró que es posible hacer las cosas de otra manera; se vio que a veces hay que esforzarse en retener aquello que nos une, e intentar aparcar, evitar o incluso olvidar, lo que nos separa. Un Gobierno de los socialistas, apoyado en el Parlamento Vasco por el Partido Popular, parece estar demostrando que esa es una posibilidad que acaba rindiendo sus frutos positivos. En el País Vasco, por ejemplo, el nivel de desempleo es poco más que la mitad de la media en el conjunto del Estado. Si bien hay que tener en cuenta que esta es una Comunidad Autónoma que sucumbió con mucha menos intensidad y fervor a la burbuja inmobiliaria, que está en la raíz de los problemas exagerados en otros territorios. Pero es justo reconocer que parece que los políticos vascos han trabajado mejor que otros.

Si no fuera imposible, la mejor solución para Andalucía en estos nuevos tiempos sería una solución calcada, con un Gobierno de los socialistas apoyado, al menos en las cuestiones mayores de Estado, por el PP en el Parlamento Andaluz. No creo que se tratara de formar un Gobierno de Concentración Nacional, una fórmula que se nos atraganta a todos sólo con formularla. Pero sí negociar un respaldo parlamentario suficiente para poder gobernar.

Muy poco favor le hará a Andalucía que se formalice el pacto entre PSOE e IU, más que alumbrar un nuevo Gobierno de izquierdas, me temo que con aromas añejos, si no directamente anacrónicos. En este nuevo milenio, la dialéctica tradicional entre derechas e izquierdas ha pasado en la práctica a mejor vida en el pensamiento de los ciudadanos, y sólo pervive en el lenguaje habitual de los propios políticos. Que Andalucía se convierta (como ya se han oído manifestaciones en ese sentido) en la trinchera de una cierta (pretendida) izquierda contra la ola azul del neoliberalismo, no le ayudará a salir adelante de esta crisis profunda sin dejar montones de cadáveres (económicos) en la cuneta. En las trincheras se sufren toda clase de penalidades. Y en las trincheras pasan hambre hasta los ganadores.
Diego Valderas (IU) celebrando su victoria el domingo,
arropado por Sánchez Gordillo, el histórico alcalde
de Marinaleda desde 1979.
(Fuente: abcdesevilla)

Creo que sería una señal muy positiva hacia el electorado y los ciudadanos andaluces que los políticos iniciaran con generosidad un intento en esta dirección. Que se sentaran con ánimo de entenderse, al menos en lo principal. Que intentaran encontrar fórmulas de colaboración, para contribuir a encontrar las mejores soluciones para los dramáticos problemas de Andalucía y los andaluces.

Claro que va a ser imposible. Que el señorito se siente a hablar, con ánimo de entenderse, insisto, con los descamisados (aunque yo a Griñán siempre lo he visto de traje y corbata, o de casual elegante) sería infumable para buena parte del núcleo duro de los votantes andaluces del PP. Pero, como partido político responsable y con voluntad de gobierno, deberían poder entender que tienen en esta legislatura bastantes votos prestados, dados por ciudadanos que todavía confían en que los políticos (estos políticos) puedan esforzarse de verdad en intentar resolver los problemas bien reales que tienen los ciudadanos. Y que todos los diputados elegidos lo han sido solamente para servir a los ciudadanos y no para servirse de ellos para sus propios intereses personales y particulares.

Izquierda Unida, por su parte, haría bien en no sacar demasiado pecho, ni hacer excesivo alarde de una pretendida victoria. Sus seis nuevos diputados han sido elegidos gracias a votos prestados y, como formación política, todavía tienen pendiente de aprobar la asignatura de su capacidad real de ser una fuerza de gobierno en este mundo real. Porque todos tenemos todavía muy presente la imagen patética que dieron en Extremadura, donde favorecieron con su abstención la elección del líder de la fuerza más votada como nuevo presidente autonómico. Una actitud motivada por rencillas pequeñas contra los socialistas. Pero sin un ápice de voluntad política de llevar adelante el compromiso con sus votantes, de contribuir (con su específica sensibilidad de izquierdas) al Gobierno de Extremadura.

El propio Rajoy, desde Seúl, ha dejado claro que, en política, no siempre se puede conseguir el 100% de lo que se persigue. Este es el espíritu del pacto (de los pactos). Nunca lo más importante debe ser lo que cada cual consiga de esa negociación, sino más bien aquello a lo que cada cual esté dispuesto a renunciar, a cambio de asegurar de la mejor manera posible que el mandato de los ciudadanos es diligentemente atendido.

Que los políticos andaluces se vayan aplicando el cuento. Porque los ciudadanos (y la Historia) les pasarán factura por las decisiones que tomen y por los acuerdos a los que lleguen en las próximas semanas.

JMBA