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jueves, 8 de junio de 2017

París-Londres-Escocia (1977)

Viajar hace cuarenta años era, en lo fundamental, bastante parecido a lo que es viajar en este siglo XXI. Viajar es una de las mejores fórmulas conocidas para abrir la mente a nuevas perspectivas, para ser cada vez menos provinciano y localista y para, finalmente, darse cuenta de que, hasta en las antípodas, las personas aman a sus seres queridos, trabajan para buscarse una vida mejor, tienen que comer varias veces al día, aprecian lo que tienen cerca y tienen que dormir unas cuantas horas al día para recuperar la energía.
Inter-Raíl de Santiago, que lo ha
conservado hasta hoy. El mío se
extravió en alguna mudanza.

Pero en todo lo demás, en los detalles, viajar en los 70 era una práctica que se parecía poco o nada a cómo la abordamos hoy en día. no tenía nada que ver, es como si nos asomáramos al Pleistoceno Medio. Tendréis ocasión de daros cuenta de ello a lo largo de esta crónica.

En ese año académico 1976-77 estábamos estudiando en la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona. Formábamos una pandilla de seis muy buenos amigos: Carles, José, Ignasi, Santiago, Ferran y yo mismo, JM. Durante el tercer curso empezamos a hablar de la posibilidad de organizar una especie de Paso del Ecuador, en forma de viaje al extranjero para el siguiente verano. El que iba a ser, por supuesto, nuestro primer viaje fuera de España.

Hace siete años ya publiqué una crónica parcial de este viaje, centrada en el trayecto París - Londres. Pero ahora que he recuperado el contacto de los Cinco supervivientes (desgraciadamente, Ferran falleció en plena juventud), es el momento de abordar una crónica completa de este viaje, que ya tiene muchas características de vintage.

Ferran no podía comprometerse para el verano, pues debía ayudar a sus padres en el bar familiar de Vilafortuny, cerca de Salou. Carles ya tenía un compromiso previo, en forma de intercambio universitario en algún lugar de Europa (no recuerdo bien si ese año le tocó Francia, Holanda o Bratislava, en la Checoslovaquia de entonces, la Eslovaquia actual). Así que quedábamos cuatro para ir preparando el viaje.

Decidimos llegar hasta Escocia. Como eran etapas inevitables, planificamos estancia en París y en Londres. Todo el viaje lo haríamos en tren, utilizando la facilidad del Inter-Raíl. Sé que el Inter-Raíl sigue existiendo, aunque sospecho que su formato ha variado sustancialmente. Entonces estaba limitado a menores de 23 años (pronto evolucionó hasta los 26, creo), y cubría buena parte del territorio europeo durante un mes. Los trayectos en el país de origen no estaban incluidos, y había que comprar un billete, aunque con un importante descuento, creo recordar que del 50%. Lo mismo sucedía con la mayoría de trayectos marítimos en ferry.
Cambio de la Guardia en Buckingham Palace
(S. Carranza, Julio 1977)

Yo me encargué de organizar la logística. En una época en que ni existían móviles ni, por supuesto, Internet, planificar un viaje, sin encargarlo todo a una Agencia de Viajes, era una tarea ardua, Tuve intercambios postales (sí, si, cartas con sellos que van, para las que se espera una respuesta en una o dos semanas) con los Ferrocarriles Franceses (SNCF) y con el British Rail, antes de que desapareciera como tal tras las privatizaciones impulsadas por el gobierno neoliberal de Margaret Thatcher en los ochenta. Y también con las Oficinas de Turismo de Francia y de Gran Bretaña. Previo pago de algún pequeño importe, y bastantes semanas de gestiones, conseguí hacerme con varios pesados tomos (antes del PDF existía el papel impreso como soporte de información) con los horarios completos de las dos redes ferroviarias y con guías de alojamientos disponibles en las zonas que queríamos visitar.
Big Ben y Houses of Parliament (Londres).
(JMBigas, Marzo 2003)

Tras evacuar diversas consultas con el grupo, fuimos afinando la elección de alojamientos y tuve más intercambios postales con varios Hostels en Londres y en París, y varios Bed and Breakfast en la zona de las Highlands que queríamos visitar, así como en el Lake District que, como casi nos venía de paso, decidimos hacer un pequeño desvío para visitar también un poco esa región.

Finalmente, conseguimos formalizar algo bastante parecido a una reserva en todos ellos, y teníamos claro el itinerario y los horarios de los trenes que queríamos tomar, aunque sólo habíamos comprado los billetes para los trayectos nacionales (de Barcelona hasta la frontera y viceversa). Para el resto habría que ir escribiendo a mano los sucesivos trayectos en el cuadernito en que se sustanciaba el Inter-Raíl.
Torre de Londres
(JMBigas, Agosto 2003)

Visto con la perspectiva del tiempo, debo entonar un cierto mea culpa. Cuando viajo, siempre me ha gustado tener todos los detalles al máximo bajo control, y reducir, en lo posible, las sorpresas a las fiestas de cumpleaños. Eso, ciertamente, da bastantes dosis de seguridad, pero le resta algo de aventura al conjunto. A veces me gusta pensar cómo hubiera sido la experiencia de llegar a Londres a las seis de la tarde sin alojamiento reservado, lo que me da un cierto vértigo. 

Más adelante, en los 80 y principios de los 90, hice, con diversos amigos, varios viajes en coche por Europa, y también alguno por Estados Unidos, básicamente sin ninguna planificación previa, a lo que fuera surgiendo. Junto a experiencias ciertamente positivas, puedo recordar algunos episodios mayormente enojosos. Un verano, por la Costa Azul, acabamos en una sórdida habitación oscura y piojosa por los arrabales de Niza, tras tantear docenas de hoteles, todos completos, y otra noche tuvimos que dormir en el coche, camino de Grasse, en un apartado de la carretera, con una fuente. Claro que luego, por la mañana, descubrimos la suerte que habíamos tenido, cuando fueron afluyendo a nuestra zona, para refrescarse y lavarse la cara, los que habían dormido en otros lugares sin fuente. En otra ocasión, por la costa de Normandía, petada de turistas, tuvimos que aceptar en Cabourg como alojamiento una especie de granero al que había que llegar con linterna. Incluso una vez, en Las Vegas, seguramente la ciudad del mundo con mayor densidad de plazas hoteleras, coincidimos con un Congreso Médico que tenía llenos todos los hoteles y moteles a 150 millas a la redonda. Nos tocó sobrevivir toda la noche de casino en casino, y por la mañana salir huyendo hacia Reno, donde sí conseguimos un hotel donde dormir toda la tarde de ese día.
Columna de Nelson en Trafalgar Square
(JMBigas, Agosto 2003)

Con ello os quiero decir que sí, que es verdad, que me pierde a veces el afán de planificarlo todo. Pero en ese pecado, como en la gran mayoría, por cierto, está la recompensa y la penitencia a la vez. He aprendido que el tiempo de planificar un viaje en casa, antes de salir, es barato, no tiene un límite definido, mientras que el tiempo en que uno está viajando es demasiado caro como para desperdiciarlo atendiendo a temas de logística básica.

Superada esta digresión, sigamos con los preparativos de ese primer viaje. Todos nos preocupamos de tener los pasaportes en vigor, y también de llevar encima las divisas que pensábamos podíamos necesitar en todo el viaje. Que yo recuerde, ninguno de los cuatro tenía una tarjeta de crédito, como, por otra parte, la inmensa mayoría de españoles de la época. Hubo que realizar gestiones bancarias previas para comprar una cierta cantidad de francos franceses y otra cierta cantidad de libras esterlinas. Con todo ese efectivo, más o menos escondido y más o menos protegido, tendríamos que lidiar durante el viaje.
Tower Bridge
(JMBigas, Agosto 2003)

En la actualidad, viajar a Francia, o a muchos otros países de la Unión Europea, no tiene ningún problema, pues utilizan los mismos euros que utilizamos todos los días en casa, y podemos pagar casi todo con plástico u obtener algo de efectivo en cualquier cajero automático. Gran Bretaña sigue utilizando sus libras, pero cuando viajo de vez en cuando a Londres, cojo la pequeña cantidad de libras que me sobró del anterior viaje, pago billetes, hoteles, comidas, etc. con tarjeta y, si lo preciso, obtengo alguna pequeña cantidad adicional de libras en billetes de cualquier cajero automático que encuentre allí por la calle. En alguna ocasión he llegado a realizar un viaje donde he gastado unos 2.000€ en total, y únicamente he utilizado 10€ en efectivo. Hace cuarenta años, esas cosas eran pura ciencia ficción.

Así nos plantamos a mediados de Julio, con el curso académico satisfactoriamente finiquitado, y a punto para iniciar el viaje los Cuatro Magníficos, todos entre los 19 y los 21 años.
Columna de Eros, en Piccadilly Circus.
(JMBigas, Marzo 2003)

Por esa época, la idea de que el equipaje puede moverse sobre ruedas era sólo un concepto alocado en la cabeza de algún diseñador. Como tampoco éramos amantes de las mochilas para echarse a la espalda, cada uno de nosotros acabó saliendo de casa con una bolsa o maletita de mano, que había que acarrear a peso, siempre que no tirara de nosotros algún medio mecanizado. Recuerdo perfectamente que mi bolsa era de náilon color naranja y que ya pesaba mucho más de lo recomendable al iniciar el viaje. Y como el equipaje lo carga el diablo, ya os podéis imaginar el panorama de mis muchos sudores a lo largo del viaje.

La víspera de la partida, prevista para el 14 de Julio, Ignasi cayó enfermo de anginas, con fiebres muy altas. Estuvimos evaluando la posibilidad de cancelar el viaje, pero el padre de Ignasi nos animó a seguir con lo planificado, y se comprometió a enviarnos a su hijo a Londres por avión dos o tres días después. No sé muy bien cómo lo hizo al final, pero lo cierto es que, efectivamente, el grupo de los cuatro se reunió de nuevo en Londres.
Una locomotora como esta tiraba del Cataluña Exprés.
(Fuente:railwaymania)

José, Santiago y yo iniciamos, pues, el viaje, tal y como estaba previsto, a las cuatro de la tarde de ese día de Julio desde la Estación de Francia de Barcelona. Mi padre me llevó hasta la estación, y creo que también la familia de alguno de mis compañeros les acompañó hasta allí. El Cataluña Exprés, que nos llevaría hasta la estación fronteriza de Cerbère, era un expreso de los de toda la vida, con una locomotora color plata al frente, y vagones marrones divididos en departamentos de ocho asientos para la 2ª clase (por supuesto, la nuestra), y un largo pasillo lateral.
Un tren parecido a este nos esperaba en los andenes
franceses de la estación de Cerbère.
(Fuente: trains-en-voyage)

Tres horas después, hacia las siete de la tarde, llegamos primero a Port Bou, la última estación española (bueno o catalana del sur) y luego, despacito, hasta Cerbère. Allí ya tuvimos que agarrar el equipaje, bajar del tren y realizar las correspondientes formalidades fronterizas y aduaneras, control de pasaportes y demás. Finalmente accedimos a los andenes de los ferrocarriles franceses, y allí estaba esperándonos la primera joya exótica del viaje: el Corail Côte Vermeille-Paris. A nuestros ojos, era un tren mucho más moderno que el que nos había traído hasta allí, y era el primer contacto con Francia, la sensación fuerte de irnos de casa, de verdad.
Vista aérea de la estación ferroviaria de Cerbère.
(Autor: Jordi Verdugo; Fuente: wikipedia)

Nos acomodamos en plazas sentadas de 2ª clase, dispuestos a pasar la noche como buenamente pudiéramos. El tren salió a su hora exacta, algo después de las ocho de la tarde. Como hablábamos entre nosotros habitualmente en catalán, en algún momento de la noche algún compañero ocasional de departamento nos preguntó si éramos rumanos, sin intuir que realmente éramos polacos. Hasta Perpignan, el tren hizo varias paradas (Banyuls y Collioure, entre otras), por algo el nombre del tren invocaba el nombre de la Côte Vermeille. Luego las paradas se fueron espaciando más: Narbonne, Carcassonne, Toulouse, Montauban (donde, por cierto, está la tumba de Manuel Azaña), Cahors, Brive-la-Gaillarde, Limoges, Châteauroux, Vierzon, Orléans y, finalmente, París-Austerlitz. Entre cabezada y cabezada, recuerdo haber visto la mayoría de esas estaciones, e igual todavía me olvido de alguna. Llegamos a la estación de Austerlitz en París exactamente a la hora prevista, las 7.47 de la mañana. Otra prueba de que estábamos fuera de casa y que ese país funcionaba bastante mejor.
Trenzado de vías de acceso a París-Austerlitz.
(Fuente: wikimapia)

Íbamos a enlazar directamente hacia Londres (ya nos pararíamos en París a la vuelta), y nuestro tren (bueno, el que había planificado como nuestra mejor opción) hacia Boulogne-Maritime salía de la Gare du Nord pasadas las diez de la mañana. Recuerdo que me di el capricho de tomar un café au lait en alguno de los bares de la zona de la estación, con un delicioso croissant de esos que cogías directamente de los boles puestos a disposición de los clientes, que han desaparecido en toda Francia, salvo quizá en algún café de pueblo, donde la clientela es conocida. Eso sí, como sigue siendo la regla, ausencia total de servilletas a disposición del público. Digo yo que un pueblo que inventó el bidé y los perfumes y que no tiene autoservicio de servilletas en los bares, es digno de toda sospecha de que la limpieza no está entre sus principales valores. También me llevé un susto monetario pues, al interesarme por una postal (de alguna forma había que reportar a casa el avance del viaje) me dijeron que valía quatre-vingt (realmente ochenta céntimos) que yo entendí como cuatro francos y pico y arranqué a sudar. 
En un ferry parecido a este cruzamos el Canal de la Mancha
(English Channel) entre Boulogne y Folkestone.
(Fuente: vortigernstudies)

Para llegar a la Gare du Nord tomamos la línea 5 del Metro, dirección Église de Pantin (hasta que en 1985 se inauguró la prolongación hasta Bobigny-Pablo Picasso). Directo, sin cambios, nueve estaciones. Por cierto, nuestras familias podían imaginar que estábamos en París, pero no tenían confirmación alguna de ello. Tened en cuenta que el inventor del WhatsApp no había ni siquiera nacido.

En esa época, el viaje en tren París-Londres tenía tres etapas. La primera, en un tren francés, nos llevó, en unas tres horas, hasta el puerto de embarque, en nuestro caso, Boulogne-Maritime. Allí pasamos el control de fronteras francés y embarcamos en un ferry de Sealink, dirección a Folkestone. Esa ruta, en viaje diurno, creo que duraba algo menos de dos horas. A bordo se podía agilizar el control británico de inmigración, pasando el correspondiente control de pasaportes, debiendo responder a varias preguntas, tras rellenar un impreso donde había que indicar una dirección durante nuestra estancia en Gran Bretaña.
En una de estas casas de Cranley Gardens SW7 3BD estaba
nuestro alojamiento en Londres.
(Fuente: Google Earth Street View)

La travesía fue bastante plácida. Al llegar a Folkestone, tocó de nuevo acarrear el equipaje, pasar el control aduanero (si ya se tenía el pasaporte sellado del barco, el proceso era mucho más rápido) y subir a un tren inglés que nos llevó hasta Londres, en algo así como hora y media. El vagón era de esos antiguos con muchas puertas que se abrían a mano, y cada grupo de cuatro asientos tenía su propia puerta de acceso. A su hora emprendimos el recorrido en dirección a London Victoria, donde acabamos llegando pasadas las seis de la tarde, hora británica. Un París-Londres de siete horas, frente a las poco más de dos que tarda en la actualidad el Eurostar que circula a alta velocidad y cruza el Canal de la Mancha por el Eurotunnel, hasta la modernísima estación de St. Pancras. O, por cierto, una travesía marítima de hora y media (mínimo) frente a los 35 minutos que se tarda en la actualidad en cruzar el Eurotunnel con el coche a bordo de uno de los trenes lanzadera.
Ignasi, José y yo mismo, tumbados en la hierba
de Hyde Park.
(S. Carranza, Julio 1977)

En Londres habíamos reservado cama en un garito llamado algo así como Abcone Youth Hostel, en Cranley Gardens, por la zona de South Kensington. No sé muy bien cómo llegamos hasta allí, pero el caso es que acabamos llegando. El tal Hostel era una pocilguilla regentada por pakistaníes, con poco orden y ninguna limpieza. Con un vago movimiento de la mano, el responsable nos indicó el camino hacia las habitaciones, y recuerdo que me tumbé en una cama junto a otra donde estaba durmiendo un motorista alemán que no se había quitado ni siquiera las botas. Eso sí, costaba unas pocas libras pasar la noche allí.

Por la mañana, en el desayuno (bastante espartano, a base de tostadas con mantequilla y mermelada y bebida caliente) el primer día pedí café. Aprendí rápido que, aunque no sea santo de mi devoción, más valía un té correcto que un café nefasto, y ya pedí té en todos los desayunos en Gran Bretaña de los días siguientes.
Santiago, entre los principales dirigentes de la época,
en el Museo de Cera de Madame Tussaud.
(S. Carranza, Julio 1977)

Estuvimos dos o tres días en Londres, durante los que anduvimos lo que no está ni escrito. Porque andando se ve mejor todo, y porque el Metro (o, para el caso, los autobuses, todavía peor) era un jeroglífico en el que resultaba prácticamente imposible orientarse si no se era nativo nativo. Además, no había un precio unificado, de modo que cada trayecto tenía su precio propio, y en las estaciones había largos paneles con la relación de estaciones a las que se podía viajar por 20p, y otra lista para los 30p. y así sucesivamente. Además, por el mismo andén circulaban (y circulan) trenes de diferentes líneas, por lo que realizar el trayecto deseado, sin errores y sin incurrir en ilegalidad tarifaria era tarea poco menos que imposible.

Recorrimos, pues, a pie, buena parte de la ciudad, y visitamos la Torre de Londres, los lugares principales del centro (Trafalgar Square, Piccadilly Circus, Hyde Park, Houses of Parliament, Big Ben, Westminster Abbey, etc.) y algún museo (creo que la National Gallery y no sé bien si también el British Museum, así como Madame Tussaud). Como no existía todavía la noria gigante, el London Eye, pues no tuvimos que tomar la decisión de si montar o no.
Escultura del Monstruo del Lago Ness, que sustituye al
monstruo real en las fotos de todos los turistas.
(JMBigas, Agosto 1995)

En algún momento se juntó al grupo Ignasi, que había volado directamente desde Barcelona, enviado por su padre.

Londres era, por entonces, un mundo muy aparte de la Europa Continental, y a años luz de la extremadamente provinciana España. Carnaby Street representaba una cierta modernidad, o progresía, no sé muy bien, que nos parecía bastante revolucionaria. Cerca de Piccadilly, recuerdo haberme metido en alguna sex shop (el propio concepto era para los españolitos de la época de un avanzado que tumbaba de espaldas). Como anécdota, recuerdo a una dependienta que intentaba convencer a un cliente, que deseaba comprar una película X, que cuando ya se ve todo, no se puede ver más.
Riberas del Loch Ness, en Inverness.
(JMBigas, Agosto 1995)

En algún momento también me metí en un Cine X donde, frente a la butaca, había una pequeña repisa para el cenicero (se podía fumar, por supuesto) y para una cerveza o una copa. De hecho, todos los convoyes del Metro tenían un vagón para fumadores (con visibilidad muy reducida por la espesa nube de humo) y se podía fumar sin restricciones en todas partes, incluyendo las estaciones. En fin, un puro atavismo de cuando fumar no era malo para la salud.

Para nosotros era un choque cultural que, junto con la comida, para beber, en todas partes te ofrecían té o refresco (Coca-Cola y así), pero el agua embotellada era un producto simplemente inexistente. Alguna vez que nos atrevimos a pedir agua, nos miraban extrañados y nos decían que si del grifo o qué.
Ribera del Loch Ness. Se puede ver una de las bicicletas
que alquilamos para dar el paseo.
(S. Carranza, Julio 1977)

Porque, claro, para vender alcohol (cerveza, vino), los locales debían tener una licencia especial, que muchos no tenían. Por entonces yo no era muy aficionado a la cerveza, pero los pubs, que servían alcohol de todas las graduaciones, tenían un horario muy restringido. Quizá fue uno o dos años después que volví a Londres, esta vez con Ferran, poco antes de que un tumor cerebral se lo llevara por delante en plena juventud. Un amigo suyo nos invitó a una barbacoa multitudinaria en uno de esos sótanos con patio trasero que son bastante habituales en Londres. Había vino francés peleón, de tetra brik (o así), y acabamos muertos y más que borrachuzos. Dormimos como pudimos en sacos de dormir por la casa. De noche, me levanté para ir al servicio y a la vuelta, palpando, me metí en el primero que encontré, que acabó siendo una mortaja de hospital, pues uno que vivía allí trabajaba en un hospital de Londres. Muertos, por la mañana, sonó Diana como a las once, con la indicación de que debíamos darnos prisa para ir al pub antes de que cerrara a la una de la tarde. Creo que es la única vez en mi vida que en un pub me pedí un refresco, pues era incapaz de trasegar una cerveza con la resaca que llevaba encima y prácticamente en ayunas. No fue sino muchos años después, en una boda en Orense, que aprendí que una (dos, tres,...) cerveza(s) son el mejor remedio conocido para cuidar la resaca.
El Ben Nevis (elev. 1345m), se intuye entre las nieblas,
desde Fort William.
(S. Carranza, Julio 1977)

Mi salvación gastronómica en Londres fue algún restaurantito italiano familiar por el West End, donde se podía comer por un precio asequible una pasta decente y hasta un escalope milanesa, con una jarra de vino (peleón) italiano, vertido directamente desde uno de esos bottiglioni gigantes (no sé si de 3, 5 o más litros). Un tipo de envasado que ha sido sustituido completamente por el llamado BiB (Bag in a Box).

Con ampollas en los pies de tanto andar, pasaron los dos o tres días que dedicamos a Londres, y llegó el momento de tomar el tren que nos debía llevar hasta Inverness, en las Tierras Altas escocesas. Habíamos previsto tomar el tren nocturno, el Royal Highlander, desde la estación de Euston. Al llegar allí, descubrimos que el tren no tenía plazas sentadas, sino sólo departamentos de coche-cama. Y, claro, el Inter Raíl no nos permitía ocupar uno de esos. Tuvimos que pagar un suplemento de unas poquitas libras (la verdad es que en ese momento hasta nos pareció barato) por dos departamentos con dos camas cada uno, un lavabo en la esquina, al levantar la mesa rinconera, y un WC al final del pasillo exterior.

Por la mañana, en ese lavabo, por partes y con cierto orden, conseguí casi completar una ducha oficial.
Banda de Gaiteros en Fort William.
(S. Carranza, Julio 1977)

En Inverness habíamos reservado un Bed and Breakfast en una casa algo apartada de la estación. Recuerdo una larga caminata, acarreando el equipaje a peso, por supuesto. Nos recibió una señora muy amable, que nos enseñó las dos habitaciones y nos invitó a tomar el té a las cinco en punto de la tarde, y nos indicó el horario del desayuno para la mañana siguiente.

Alquilamos unas bicicletas, y nos dimos algún paseo por las riberas del Loch Ness, atisbando al monstruo que, como todos los miles de personas que visitan Inverness cada año, por supuesto no vimos. La verdad es que nunca he tenido una forma física atlética. Los años, una vida sedentaria, el sobrepeso y un prolongado hábito de fumador no han hecho más que empeorar las cosas, pero incluso a mis 19 años no estaba en muy buena forma física. De forma que recuerdo que, a bordo de las bicicletas, yo siempre cerraba el grupo, a cierta distancia del siguiente, y tenía que parar de vez en cuando, para recuperar el resuello, ralentizando al grupo, lo que provocaba el enojo especialmente en José, que se había erigido en el líder del pelotón.
Niñas de Fort William, saludando a los Forasteros
(que éramos nosotros)
(S. Carranza, Julio 1977)

No sé si estuvimos uno o dos días en Inverness (al este de las Highlands), pero luego teníamos que ir a Fort William, en el oeste. Por carretera es un trayecto de unas 65 millas, que se podría realizar en coche en algo más de hora y media. Pero nosotros íbamos de tren, por lo que me parece que tuvimos que dar un rodeo, una uve gigante, que nos llevó casi el día entero, con cambio de tren en Stirling y no sé si incluso llegando hasta Glasgow Queen Street y hacia el norte de nuevo.

Fort William (pop. 9908 en 2001) es un pueblecito precioso de las Tierras Altas escocesas. Me acuerdo de las partidas de mini golf que jugamos en una cancha municipal que estaba muy cerca de la estación. Allí habíamos reservado habitación en otro B and B, del que no recuerdo nada.
Santiago con el Loch Shiel de fondo,
en el Glenfinnan Monument.
(S. Carranza, Julio 1977)

Entre persistentes nieblas, desde Fort William pudimos ver el relativamente cercano Ben Nevis, que es la montaña más alta del Reino Unido con sus 1.345 metros de altitud.

Creo que en autobús fuimos hasta el Glenfinnan Monument (a unas 20 millas de Fort William), una torre ubicada en las riberas del Loch Shiel, dedicada a los hombres del clan Jacobita, que lucharon valerosamente y murieron defendiendo la causa del Príncipe Carlos Eduardo Estuardo.

Desde Fort William habíamos previsto una visita a Windermere, en el llamado Lake District, en tierras de Cumbria. Tomamos un primer tren hasta Glasgow Queen Street. Allí nos permitimos uno de los pocos lujos del viaje, y nos metimos los cuatro y el equipaje en un taxi, que nos llevó hasta Glasgow Central, de donde salían los trenes hacia el sur.
Ajeno a la bromita de Ignasi, yo mismo en el Glenfinnan
Monument, junto al Loch Shiel.
(S. Carranza, Julio 1977)

Tomamos uno, probablemente con destino a Londres, tras asegurarnos de que tenía parada en Oxenholme. Allí tomamos otro trenecito, que parecía un camión sobre raíles, para llegar tras algo más de media hora, a Windermere. Recuerdo que llegaríamos ya por la tarde, y pasamos el siguiente día completo allí. Habíamos reservado otro B and B, en el que otra señora también nos trató con mucha amabilidad.

Alquilamos de nuevo unas bicicletas, y nos dimos algunos paseos alrededor del Lago Windermere, rodeado por unos paisajes idílicos.
Desafiando la persistente llovizna, junto al
Lago Windermere, en el Lake District.
(S. Carranza, Julio 1977)

Llegó ya el momento de la vuelta hacia París. Tomamos de nuevo el camión sobre raíles hasta Oxenholme y, desde allí, un tren hasta London Euston. No recuerdo bien cómo fuimos desde la estación de Euston hasta la de Victoria, pero probablemente fuera en el Metro.

A estas alturas, creo recordar que había conseguido hablar con mi casa por teléfono una vez, desde una de esas cabinas rojas que ya son piezas de museo, armado con una provisión de monedas y superando bastantes problemas técnicos. También había enviado alguna postal por correo, pero seguramente acabó llegando a casa más tarde que yo mismo.
El Windermere Lake, desde un globo aerostático.
(Fuente: lakedistrictballoonrides)

Para el viaje Londres-París, esta vez, habíamos previsto el viaje nocturno, para llegar a París por la mañana. La travesía marítima era desde Dover hasta Dunquerque. Entre que la distancia era más larga y que por la noche los buques avanzaban con más lentitud, creo que estuvimos unas cinco horas a bordo del barco. Había, quizás, un par de vagones de coche-cama (que no eran, por supuesto, los nuestros), que montaban directamente en el barco, y en destino se enganchaban a un tren francés para llegar a París sin que los pudientes viajeros hubieran tenido que abandonar sus camas.

Pero, para la plebe, y esta vez a horas francamente intempestivas. el trayecto nos obligó de nuevo a acarrear el equipaje varias veces. Primero en Dover, más o menos a medianoche, para ir desde el andén de la estación ferroviaria de los muelles hasta el barco. Y luego, lo mismo en Dunquerque, como a las cinco o seis de la mañana. Eso sí, recuerdo algún momento asomado a la borda y disfrutando de la noche del Canal, a la luz de la Luna, en una escena que fue casi de película.
En alguna casa de esta rue Jean-Jacques Rousseau
estaba nuestro alojamiento en París.
(Fuente: Google Earth Street View)

Finalmente llegamos a la Gare du Nord de París a las ocho o nueve de la mañana. Allí habíamos reservado camas en un garito de la rue Jean Jacques Rousseau, una calle estrecha del 1er. Arrondissement, entre el Louvre y la Bourse. Otra vez unas habitaciones compartidas con camas ocupadas por unos u otros con cierto descontrol. Recuerdo haber tenido allí una charla algo contradictoria con un estadounidense pelirrojo, de unos veintipocos años, revolucionario y antiimperialista, hasta que le tocabas el tema de la Coca-Cola o el Marlboro, que le parecía fenomenal que lo pudiera consumir en cualquier lugar del mundo al que viajara.
Notre Dame desde la Rive Gauche.
(S. Carranza, Julio 1977)

Durante el par de días que estuvimos en París no pudimos visitar el Louvre, pues los funcionarios del Ministerio estaban, casualmente, de huelga. Pero sí fuimos a todos los lugares más emblemáticos de la Ciudad Luz, como la Tour Eiffel, las Tullerías y los Campos Elíseos, el Sena y el Barrio Latino, Notre Dame, Pigalle y Montmartre con su Sacré Coeur, etc. Allí sí utilizamos mucho el Metro, que nos resultaba mucho más fácil de entender y seguir que el de Londres.

Por los bulevares de Pigalle visitamos, por la novedad, alguna sex shop, y recuerdo también una visita al Axis, un sórdido cine X que estaba en el mismo bulevar. Tuvimos que esquivar, por supuesto, a los porteros de los infinitos cabarets de la zona, que chapurrean todas las lenguas del mundo.
Arco Triunfal en la Place du Caroussel,
Complejo del Louvre.
(S. Carranza, Julio 1977)

En comparación con lo extraña que nos había sonado toda la gastronomía en general por Inglaterra y Escocia (con su fish and chips como plato estrella), en París todo nos pareció como bastante más próximo, aunque ciertamente caro en muchas ocasiones, especialmente para nuestras mermadas economías.

Y finalmente llegó el día de la vuelta a casa, simétrica respecto a la ida. Salida de la Gare d'Austerlitz como a las nueve o diez de la noche, muchas horas de traqueteo por el centro de Francia, de nuevo en los que entonces eran nuevos vagones Corail, y llegada a Port Bou como a las diez de la mañana. Tras los correspondientes trámites fronterizos y aduaneros, tomamos el Cataluña Exprés dirección a Barcelona, donde acabamos llegando, si no recuerdo mal, hacia las dos de la tarde. En la Estación de Francia nos esperaban nuestras respectivas familias, despedidas y Fin del Viaje.
Sacré Coeur de Montmartre
(JMBigas, c. 1990)

La verdad es que para un primer viaje al extranjero fuimos muy ambiciosos, para la época, claro. Pero la verdad es que todo salió más o menos como lo habíamos previsto, y pudimos disfrutar mucho de todas las partes del viaje. De otra parte, supimos hacer frente con entereza a los pequeños sinsabores que inevitablemente jalonan un viaje de este tipo (como la persistente llovizna en el norte, por cierto). Yo le pillé el gusto al Inter-Raíl, y lo utilicé los años siguientes para moverme por muchos lugares, desde Roma hasta Copenhague, pasando por Holanda, Bélgica o Alemania.

Para ilustrar esta crónica he utilizado todas las fotos significativas disponibles originales del viaje de 1977 (cortesía de Santiago Carranza, que creo fue el único que llevó una cámara de fotos, de carrete, por supuesto). Como son muy poquitas lo he completado con otras fuentes, como algunos viajes míos posteriores a los mismos destinos, y la fuente inagotable de Internet.

Podéis también leer algunas crónicas concretas que he dedicado a París (Sacré Coeur, Tour Montparnasse, Jardin du Luxembourg, bateaux mouches) y a Londres (The Shard, Little Venice, Chelsea Harbour, sus calles, teleférico de las Docklands, el Londres Olímpico, el Borough Marketel Brixton Market), así como a Gales, al West Country, a Stonehenge, a Belfast, a la lanzadera del Eurotunnel y a Irlanda.

JMBA

jueves, 7 de julio de 2011

Montserrat, un enclave privilegiado

De niño había estado algunas veces en lo alto de Montserrat, pero de eso puede que haga hasta cuarenta años. Este lunes, como una etapa en un viaje de vuelta desde Barcelona a Madrid, tuve ocasión de realizar una corta visita a la Montserrat del siglo XXI.
Vista del complejo del Monasterio desde lo alto del
Funicular de Sant Joan
(JMBigas, Julio 2011)

Desde Barcelona se puede viajar en la línea de Cercanías hasta la estación de Monistrol de Montserrat (a 152m. de altura s.n.m.), donde se enlaza con el ferrocarril de cremallera que sube hasta la zona del Monasterio. Viajando en automóvil, la mejor opción actualmente es llegar hasta la estación de Monistrol-Vila del Ferrocarril de Cremallera, donde existe un gigantesco parking gratuito para 1.000 turismos y hasta 70 autocares. Allí se toma el ferrocarril de cremallera, que te sube hasta el monasterio (en torno a los 700m. de altura s.n.m.) en unos 13 minutos.

Existen otras formas de subir hasta el Monasterio. Existe el Teleférico de Montserrat (popularmente conocido como el Aéreo) que tiene su estación inferior a la entrada del pueblo de Monistrol de Montserrat (con parking abundante en un descampado) y la estación superior algo por debajo del nivel de la Plaça de la Creu, a donde llega el Cremallera. Obliga, pues, a remontar a pie un último repecho.

Por supuesto se puede subir a pie, como han venido haciendo desde tiempos lejanos tanto peregrinos como excursionistas. Supongo que también se podrá subir en helicóptero, pero este método está fuera de las posibilidades reales de la mayoría de visitantes.
Tren de cremallera, en la estación de Montserrat
(JMBigas, Julio 2011)

Existe una carretera para subir en coche hasta el Monasterio; de hecho, de niño, siempre habíamos subido en coche. Pero actualmente el problema es que el espacio disponible para aparcamiento es muy limitado (y de pago) y no queda otro remedio que dar la vuelta hacia abajo si está completo. De hecho, a la entrada del pueblo de Monistrol hay un indicador luminoso con la información de disponibilidad de aparcamiento tanto en el llamado P1 (en Monistrol-Vila, junto a la estación del cremallera, gratuito) como en el P2 (zona del monasterio, de pago). Esta información debería evitar recorridos inútiles.

Este lunes llegué al parking P1 en torno a las diez y cuarto de la mañana, y aparqué allí mi coche. Compré un billete combinado (el Cremallera ida y vuelta, más los dos funiculares en funcionamiento en la zona del monasterio) y vi a algún autocar depositando turistas en la estación, que venían a realizar la visita de rigor.

En las temporadas altas y períodos de pico de visitantes, hay un tren que sube al Monasterio cada veinte minutos, con capacidad para unas 300 personas. A las once menos diez llegué a la Plaça de la Creu, al pie del Monasterio. A lo largo de todo el camino hasta la zona de aparcamientos de autocares y turismos (unos cientos de metros), se bordea una terraza con vistas espectaculares de la montaña y los valles desde donde hemos subido con el cremallera.

Cuenta la leyenda que en el año 880 unos niños encontraron una imagen de la Virgen en una cueva (la que hoy se venera como Santa Cova o Cueva Santa). Al ser imposible el traslado de la imagen, se interpretó que la Virgen quería quedarse donde se la había encontrado, y se construyó la primera ermita, que fue el embrión del actual Monasterio y Abadía. La construcción de todo el conjunto tal y como lo podemos ver hoy ha sido la obra de muchos siglos. En el Monasterio, podemos ver un claustro gótico que data del siglo XV, y también muchas obras arquitecturales y escultóricas de los siglos XIX y especialmente del XX. Todos los medios mecánicos (cremallera, teleférico, funiculares) datan de principios del siglo XX, aunque han sido recientemente renovados casi en su totalidad.
El complejo del Monasterio, adosado a la montaña
(JMbigas, Julio 2011)

Dispersas por diversas zonas de la montaña quedan recintos eremíticos y ermitas de tiempos pasados, a los que se puede acceder mediante rutas a pie de diversa duración y dificultad.

Al margen de interpretaciones religiosas y políticas (de hecho, Montserrat jugó un papel importante como promotor de algunas libertades en la etapa del franquismo, y siempre ha sido un referente para el catalanismo militante), para mí el auténtico espectáculo es la montaña misma, el dramatismo de muchas peñas cortadas como a cuchillo, y las maravillosas vistas que se tienen de los valles que discurren más de 500 metros por debajo del nivel del Monasterio.


(Breve vídeo con el cruce de los dos trenes del Funicular de Sant Joan).

Desde este punto de vista, una excursión imprescindible es la subida a Sant Joan. Para la gente normal existe un funicular que sube la empinada montaña, unos 300 metros por encima del Monasterio, aunque supongo que se podrá subir también a pie para los atléticos en muy buena forma. Para los senderistas no salvajes, desde la estación superior del funicular se pueden realizar diversas excursiones a pie (entre 20 minutos y algo más de una hora) que permiten visitar algunas de las ermitas dispersas por la montaña.

En el piso superior de la estación del funicular está la llamada Aula de la Natura, que dispone de una magnífica terraza desde la que se domina todo el complejo del Monasterio. Se pueden tomar desde ahí excelentes fotografías de todo el conjunto.

La estación inferior está muy cerca de la estación del Cremallera, y al lado también de la estación del otro funicular, el llamado de la Santa Cova. Este no pude tomarlo porque resulta que hacen una pausa almuerzo al mediodía (de una a dos), que era justamente el tiempo que yo tenía disponible, para no retrasarme demasiado en la continuación de mi viaje hacia Madrid. Este funicular desciende 118 metros, y desde la estación inferior se puede seguir un camino serpenteante hasta la Cueva Santa, orillado por el llamado Rosario Monumental, con obras de los principales artistas del Modernismo del siglo XIX.
Patio porticado entre las dos fachadas del Monasterio
(JMBigas, Julio 2011)

Desde la zona de la Plaça de la Creu (al nivel de la estación del cremallera) se puede subir hasta la Plaza de Santa María (el acceso al edificio del Monasterio) bien mediante unas escaleras (cuatro tramos de una docena de escalones cada uno), o siguiendo el camino en rampa por la Plaça de l'Abat Oliba.

Actualmente la Plaza de Santa María está en obras para su remodelación, y el rincón con el claustro gótico del siglo XV no es accesible por el mismo motivo.

El Monasterio tiene dos fachadas, una detrás de otra. La primera, la moderna, da a la Plaza de Santa María. Pasada esta, se accede a la fachada original a través de un patio porticado, donde parece existir una cierta tradición de descalzarse y elevar una plegaria desde su centro. Es posible desfilar por el camarín de la Virgen, pero siempre acostumbra a haber unas colas (a la derecha de la entrada) que suponen esperas de cierta importancia.

Uno de los detalles más interesantes del interior de la Basílica es su monumental órgano. Es famosa asimismo la Escolanía de voces blancas de Montserrat.

Todo el conjunto está perfectamente preparado para acoger todos los días a varios miles de viajeros. Para un visitante de Barcelona, la excursión a Montserrat le tomará prácticamente el día entero. Este lunes (eso sí, de principios de Julio) no había aglomeraciones pero sí mucha gente, especialmente a medida que pasaban las horas. Monistrol está a unos 50 Km. de Barcelona, y el cremallera recorre algo más de 5Km (con un desnivel de más de 500 metros) hasta lo alto de la montaña.

Hay restaurantes, cafetería, autoservicio y posiblemente la mayor tienda de recuerdos que nunca he visto en ningún lugar del mundo de parecidas características. Tiene varias secciones diferenciadas (souvenirs y recuerdos estándares; objetos de cerámica, algunos incluso de bastante buen gusto; perfumes y productos de la tierra; comestibles en las formas más típicas de Catalunya; objetos religiosos;...) aunque donde se acumulaba el público era en la zona de degustación de los diversos licores que se elaboran ahí (de los que el más conocido es un licor de hierbas llamado Aromas de Montserrat).
Fachada original del Monasterio
(JMBigas, Julio 2011)

En la Plaça de l'Abat Oliba, un poco más arriba, hay también un bar y una tienda de comestibles para el suministro de los excursionistas.

Ahí terminó mi breve excursión a Montserrat, entre otras cosas porque empezó a llover, tras ponerse el cielo, en el rincón de la montaña, negro cual sotana de cura. Pasaron algo más de tres horas y media desde que dejé el coche hasta que lo recogí en el aparcamiento junto a la estación de Monistrol-Vila.


(Vídeo de menos de dos minutos con el descenso y cruce del ferrocarril de cremallera)

De ahí seguí mi camino hacia Madrid, con algunos incidentes que retrasaron mi llegada. Un camión volcó y se incendió cerca de La Panadella, y la circulación estuvo parada muchos minutos, y luego tuvimos que circular muy lentamente por un desvío de la autovía. Y casi la totalidad de la autovía entre Zaragoza y Madrid está actualmente en obras, con frecuentes tramos de circulación por un solo carril, cambiando de calzada, y con eslálons de todo tipo. 

Lector, si se da el caso de que estés en Barcelona y dispongas de un día libre, no dejes de visitar Montserrat. No ya (sólo) por lo que pueda significar (a nivel religioso o político) sino por lo que es: un enclave privilegiado en medio de una montaña singular, muy bien preparado para acoger visitantes. Y si crees que te vendrían bien unos días de reflexión en lo alto de la sierra, también dispones de alojamiento (en el hotel o en las celdas del monasterio).

Hay mucha información disponible en la web sobre Montserrat: la propia web de la Abadía, o la preparada para realizar reservas de alojamiento o de visitas guiadas. La Wikipedia cuenta la historia tanto del Monasterio como de la Virgen (la Moreneta). Y os he preparado también una colección de 33 fotografías de mi visita.

JMBA

viernes, 3 de diciembre de 2010

A Renfe todavía le faltan un par de hervores

Me da mucha pereza viajar en invierno. El día es corto, hace frío (habitualmente) y te puede sorprender la nieve a poco que te descuides. Por ello, entre Octubre y Marzo no inicio, en general, viaje alguno.
Tren de Alta Velocidad (AVE)
(Fuente: vivemalaga)

Sin embargo, las relaciones familiares me llevan algunos días a Barcelona por las fiestas de Navidad y Reyes. Ayer estuve reservando los medios de transporte para esos dos viajes. La conclusión es que haré los dos Madrid-Barcelona con Iberia. Para el primero, he reservado Puente Aéreo, ya que todavía me quedaban unos puntos de Iberia Plus, y me sale el billete de ida y vuelta por unos 30 Euros (solamente las tasas y los gastos de gestión). Para el segundo (ya de pago completo), conseguí dos vuelos regulares de Iberia por un precio de unos 90 Euros.

Consulté, por supuesto, la web de Renfe para evaluar la conveniencia de realizar alguno de esos viajes en AVE. Me encanta viajar en tren (especialmente si es de alta velocidad), y lo prefiero al avión. En su contra juega, también, que mi domicilio está a unos pocos kilómetros de Barajas, y a casi veinte de Puerta de Atocha.

Pero realmente no había color en cuanto el coste alternativo del viaje en avión o en tren. Para las fechas que necesito no había forma de conseguir una ida y vuelta en Turista por menos de prácticamente 180 Euros.
(Fuente: ofertasviajes10)

Y es que, desde mi punto de vista, a Renfe todavía le faltan algunos hervores hasta que se adapte por completo a un mercado altamente competitivo (de momento, sólo entre diferentes medios; en no sé qué plazo, con otros operadores ferroviarios). La facilidad que da Internet al viajero obliga a los operadores a practicar tarifas mucho más creativas.

Hay que reconocer que han hecho un esfuerzo importante en mejorar y actualizar su web, que hace solamente un par de años era un marasmo absolutamente innavegable. Pero en los conceptos básicos, quedan todavía tics que forman parte de un pasado de monopolio del Estado, en que los clientes eran solamente usuarios.

Creo que el precio de tarifa por trayecto en el AVE Madrid-Barcelona en clase Turista es de 115 Euros. No sé si hay algunas variaciones (todavía) entre los directos y los que tienen parada en alguna estación intermedia. Pero si escojo dos trayectos a ese precio, me encuentro que el precio total (por el hecho de reservar ida y vuelta) decrece de los aparentes 230 Euros a los 184 Euros, debido a la reducción del 20% que mantiene por la contratación de ida+vuelta (pero sólo con las tarifas plenas). Bueno, con seguridad algún usuario (uy, perdón, cliente) se habrá echado para atrás con los 230 euros, y no habrá llegado hasta esa reducción.
Eurostar. De Londres a París o Bruselas por el Eurotunnel
(Fuente: wikired)

Hasta hace unos años, las aerolíneas tenían también una tarifa más ventajosa por contratar ida y vuelta al mismo tiempo y en la misma ruta. Hasta que descubrieron que el producto que realmente venden es un trayecto de viaje en avión. Y un cliente puede contratar varios de ellos, a lo mejor la ida y vuelta en la misma ruta. Pero a menudo nos encontramos con la sorpresa de una publicidad que anuncia cierto trayecto desde 40 Euros (por ejemplo). Cuando indagamos, efectivamente la ida la podemos contratar a ese precio, pero la vuelta cuesta 220 euros, lo que desmonta la ventaja, pero ya hemos accedido a su web, y a lo mejor acabamos comprando algún otro producto.

Creo que Renfe debe hacer evolucionar su tarifa hacia esquemas más claros para todo el mundo. Disminuir la tarifa base, y hacer desaparecer esa bonificación del 20% por contratar ida y vuelta. De ese modo, no creo que pierdan ningún cliente, y rescatarán a los que se arrugaron con la plena tarifa x 2, y se fueron a buscar un billete alternativo en alguna aerolínea.

Ahora mismo, Renfe tiene dos tarifas más ventajosas (a las que ya no se le aplica la reducción del 20% por I/V), que son la Web y la Estrella. Bien está, eso ya es un avance. Pero la tarifa tiene que ser mucho más creativa y ajustada a los diferentes horarios. Para ello, hay que partir de una base importante, que creo que Renfe todavía no tiene interiorizada. Una vez establecido el servicio (existe el tendido, disponen del material móvil, tienen el personal para manejarlo, los trenes se mueven todos los días en ambas direcciones), el objetivo debe ser la máxima ocupación. Cualquier asiento que viaja vacío es una oportunidad comercial que ya se perdió.
TGV Duplex, de la ruta Lyon-Mediterráneo
(Fuente: wikipedia)

Por otra parte, la red de ferrocarril de alta velocidad tiene una función social importante, de vertebración del territorio, y debe actuar como facilitador del viaje. Es decir, por el hecho de existir un enlace ferroviario de alta velocidad entre dos ciudades (por ejemplo) es posible plantearse un tipo de viaje (e incluso de viajero) que sería imposible imaginar en otras condiciones. En otras palabras, al existir el AVE Madrid-Barcelona se debe conseguir que el conjunto de viajeros entre las dos ciudades (incluyendo todos los medios) sea más elevado de lo que era antes de su implantación. Por lo tanto, no solamente se trata de una competencia entre medios de transporte (sigue habiendo muchísimos vuelos cada día entre Madrid y Barcelona), sino de aportar una forma y un coste diferentes, que atraiga nuevos viajeros.

Hace unos años, a raíz de una breve estancia en Burdeos (a donde había llegado en coche), decidí dedicar un día (un sábado) a ir de compras (es un decir) a París. Con el TGV (unas tres horas cada trayecto) conseguí un billete razonablemente económico, y disfruté de un día en París, para hacer un poco de turismo y visitar alguna de sus librerías. Observé que, a la ida, había bastante gente que viajaba solamente con un muy ligero equipaje de mano. A la vuelta, muchos traían bolsas comerciales que eran la manifestación del propósito de su viaje. En ambos trayectos, el tren iba prácticamente lleno.
Shinkansen japonés, cruzando la Ukishima Plain,
frente al Monte Fuji
(Fuente: numazu)

Gracias, pues, a la existencia del ferrocarril de Alta Velocidad, muchos viajeros se podían permitir una excursión de compras a París en el día, lo que nunca se plantearían hacerlo en avión.

Con la próxima implantación del AVE Madrid-Valencia (en poco más de hora y media), ha habido muchas conversaciones ilustrando la posibilidad de un nuevo tipo de viaje. A mediodía se toma el AVE, se queda para comer una paella en la Malvarosa y se vuelve a Madrid por la tarde, sesteando el vinito rosado de la comida. Esto sólo será posible hacerlo realidad si las tarifas son creativas y se pueden conseguir billetes de ida y vuelta en el día en el rango de los 60 Euros o menos (es mi estimación). Cualquier asiento vacío que pudiera ser ocupado por un viajero de este tipo (que se dejará una pastita en taxis y en el restaurante) será un desperdicio social, y la renuncia a una de las ambiciones que debe tener una red de ferrocarriles de Alta Velocidad.

En invierno prefiero hibernar mis viajes, pero me gusta empezar a planificar alguno para la primavera. Ayer, aprovechando que ya estaba en el tema, empecé a planificar un fin de semana largo para finales de Marzo, para revisitar París y Londres (y hacer algunas compras, claro). Empecé por un  billete de avión con Iberia, y conseguí uno a París (ida y vuelta) por 123 Euros (todo incluido; en particular la facturación de equipaje hasta los 23Kg). A ese precio, renuncio a las compañías low cost, cuyas tarifas (todavía) están llenas de trampas. Me situaría así un jueves en París, y me tomaría el viernes para un poquito de turismo y algunas compras.

Para el sábado, planifiqué una excursión a Londres en el día, utilizando el Eurostar (el tren de Alta Velocidad que, utilizando el Eurotunnel, tarda unas dos horas y cuarto en el trayecto entre Paris Gare du Nord y London St Pancras). Para esas fechas (repito, finales de Marzo) pude conseguir sin problema una tarifa de 44 Euros por trayecto (siendo sábado), lo que da 88 Euros para la ida y la vuelta. Y todo el sábado (desde las ocho y media de la mañana hasta las siete de la tarde) para patear Londres (Oxford Street, Charing Cross para las librerías, buena carne en algún Aberdeen Angus Steak, y alguna pinta en cualquier pub). Con un hotelito sencillo (cutrecillo, pero digno) frente a la Gare du Nord de París (por 55 Euros la noche) te sale un viaje tan sugerente para esas fechas por un presupuesto más que razonable.

Alternativamente, me planteé un viaje en AVE a Barcelona. Para esas fechas, la respuesta (sin más explicaciones) fue de "No hay trenes disponibles para esa fecha"). Tuve que retroceder a finales de Enero para empezar a tener oferta. Y es que Renfe sigue poniendo a la venta solamente con unos 60 días de antelación. Y esto ya no vale para el viajero moderno, que planifica sus viajes por estaciones (meteorológicas, se entiende).

Sin ir más lejos, para un trayecto en TGV de París a Marsella, para pasar la Navidad con una familia mediterránea, hoy mismo podría tener (en la web de los ferrocarriles franceses) una tarifa para la ida el día 24 de Diciembre entre 25 y 140,60 Euros (dependiendo del horario) y para la vuelta el domingo 26 entre 75 y 140,60 Euros, o para el lunes 27 entre 79,90 y 140,60 Euros. Toda una panoplia donde escoger según mis necesidades.
Maglev (tren de levitación magnética) que une la
ciudad de Shanghai con su Aeropuerto
(Fuente: thewashingtonnote)

En resumen, no se debe seguir gestionando una red de ferrocarril de Alta Velocidad como si fuera más de lo mismo, sólo que más rápido. El AVE abre las posibilidades a nuevos tipos de viaje y de viajero, y hay que darles satisfacción.

No olvidemos que los ferrocarriles franceses inauguraron la primera línea de TGV (París-Lyon) en 1981, por lo que nos llevan más de diez años de ventaja. Aprender de cómo gestionan ellos la red parece una forma sencilla y económica de no cometer más errores que los inevitables.

Conviene tener presente que las inversiones en líneas ferroviarias de Alta Velocidad son ingentes, pero tienen un impacto tan beneficioso en la cohesión territorial y en el desarrollo de nuevos tipos de viaje y de nuevas tipologías de viajero, que esas ventajas no pueden recortarse por culpa de una gestión, cuando, menos, negligente.

Si bien la Alta Velocidad nació como producto comercial en Japón (el famoso Shinkansen o Tren Bala), Francia es un actor principal en ello y, para el futuro, tenemos que mirar a China. Se trata de un país enorme, con zonas muy densamente pobladas, que ya ha inaugurado sus primeras líneas comerciales de Alta Velocidad. Entre ellas destaca el tren de levitación magnética que une Shanghai con el Aeropuerto en Pudong en solamente ocho minutos para un trayecto de unos 30Km (con velocidades punta por encima de los 400 Km/h). Se prevé que para 2012 se pueda viajar en tren de Alta Velocidad entre Pekín y Shanghai en solamente cinco horas, y tienen movilizado un presupuesto de 293.000 millones de dólares con el horizonte de disponer en 2020 de hasta 16.000 Km. de líneas ferroviarias de Alta Velocidad en su territorio.

Insisto en que Renfe ha hecho un esfuerzo meritorio para evolucionar su web hacia un portal de viajes, que permite ya la contratación de tren, tren+hotel, y también de coche de alquiler. Pero la imaginación para rentabilizar (financiera y socialmente) al máximo la Alta Velocidad no debe pararse ahí. Mientras quede un viajero a quien le pueda apetecer ese trayecto, no deberían permitir que su asiento viaje vacío.

Con mucha más creatividad tarifaria, conseguirán hacernos olvidar esas viejas pullas del RENFE = Retrasos Enormes Nunca Funciona. Empujen.

JMBA