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miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Industria de Contenidos o de Continentes?

La Banca (a la que se puede criticar por muchos motivos, pero nadie puede decir que descuiden su negocio) descubrió hace muchos años la magia de lo que se ha dado en llamar multicanal. Se dieron cuenta de que el trato personal en sus agencias no era más que una de las formas posibles de relación con sus clientes. Conscientes de ese hecho, empezaron a instalar cajeros automáticos, desplegaron toda clase de tarjetas de pago, desarrollaron la banca telefónica y luego la banca por Internet. Hoy, un cliente medio de la banca personal puede visitar su agencia solamente para una de cada centenar de transacciones. Entre visita y visita, habrá retirado efectivo de un cajero decenas de veces, habrá hecho docenas de pagos con sus tarjetas de débito o crédito, habrá efectuado transferencias para cancelar toda clase de deudas, habrá constituido y cancelado varios depósitos, habrá comprado y vendido diversas acciones. Y, todo ello, sin tener que pisar la agencia bancaria.
Jesús Mosterín, filósofo y escritor, que estuvo este
martes con Buenafuente
(Fuente: CCCB)

Mi padre siempre contaba la anécdota de los fabricantes de hornillos de petróleo. En una cierta época de este país, estos artilugios se utilizaban en muchos hogares para la cocción de la comida. La evolución de la tecnología (y de la renta) trajo cambios y novedades en este campo. Algunos de los fabricantes de hornillos de petróleo se murieron con su producto, porque nunca supieron remontar su misión desde la anécdota a la categoría. Otros entendieron que su negocio era fabricar y distribuir instrumentos o herramientas para la cocción de los alimentos, y pasaron a fabricar cocinas de camping gas cuando llegó su tiempo.

Creo que a la industria de distribución de contenidos culturales le está sucediendo un poco como a los fabricantes de hornillos de petróleo. Las editoriales son empresas que venden libros. La misión de las discográficas es vender CD,s de música. Y, en un alarde de diversificación multicanal, las distribuidoras cinematográficas venden su producto a los exhibidores (las salas de cine), y también venden DVDs (o BluRays o lo que toque) para su consumo doméstico.
Libros, el continente habitual de la
creación de los escritores
(Fuente: Qué.es)

En otras palabras, todas ellas actúan como distribuidores de continentes (libros, CD,s, DVDs,...) y no acaban de asumir su función de distribuidores de contenidos. Un libro magníficamente encuadernado, por ejemplo, es una joya bibliográfica, pero no necesariamente una aportación cultural destacada.

En el extremo de esa cadena, los puntos de venta también tienden a enquistarse en su labor física, pero remontan con dificultad a una misión más conceptual, de distribución de contenidos. Las librerías, por ejemplo, son, en su mayoría, espacios donde se exponen libros para su venta, y lo mismo podríamos decir de las tiendas de discos. El concepto de multicanal está ausente de su modelo de negocio, y eso puede propiciar su desaparición (como la de los fabricantes de hornillos de petróleo, para el caso).

De los videoclubes ni hablaré, porque sospecho que ya están en fase muy avanzada de desaparición. Las salas de exhibición cinematográfica se han visto mucho más expuestas, hasta ahora, al concepto de multicanal, al hecho de que el cliente puede escoger una forma diferente de disfrutar de una película, no necesariamente asistiendo a una sala de proyección. Eso les ha obligado a buscar la excelencia y todas las ventajas competitivas a su alcance, a hacerlas más atractivas que las otras formas disponibles, con tecnología avanzada (sonido Dolby, 3D,...), o con mayores comodidades (butacas mullidas y más separadas de la fila anterior,...). Y, sin embargo, su negocio sospecho que no es brillante, porque cada vez les cuesta más atraer al público a salir de casa y desplazarse a una sala de cine. Lo cual no significa, para nada, que el interés del público por el cine en general o por las películas en particular, haya decrecido. Sólo que los modos de consumo se van modificando con los cambios de estilo de vida y demás.

Este martes, en el programa de Buenafuente (en La Sexta), Jesús Mosterín nos dió una excelente lección en este campo. Acudió al programa para promocionar su último libro (A favor de los toros. Con una faja que aclara: Contra las corridas). Podéis ver el video de su intervención aquí (Parte 3, a partir del minuto 3 y pico). Buenafuente, con buen criterio, preguntó a Mosterín, que es muchas más cosas además de escritor, sobre su opinión de si es posible la libertad total en la Red. Con buen tino aclaró la diferencia entre un medio libre como la Red (donde cada cual hace lo que le apetece) y un medio democrático (en que cada cual hace lo que a la mayoría le apetece). Desde este punto de vista, posiblemente, la propia televisión sea un medio bastante democrático (los registros de audiencia orientan los contenidos hacia las mayorías), pero poco libre. Sólo la gran profusión de canales le da cierta libertad al individuo, la que no existía en la época de la televisión binaria (encendida/apagada primero; VHF/UHF un poco más tarde).
Los CD,s son el continente habitual para los
creadores musicales
(Fuente: acceso-directo)

Hablando de su nueva obra, le decía a Buenafuente que si alguien compra ese libro que tienes en las manos y paga, por ejemplo, 10 Euros, a mí me llegará 1 Euro, que, con los descuentos e impuestos, se quedará en medio Euro, que es poquito. Para nada le hago ascos a medio euro, sobre todo si lo compran muchos. Pero, añadía, si viajamos a las grandes capitales de América Latina (citaba Buenos Aires, Lima,...) y visitamos ahí las librerías, nos daremos cuenta de que prácticamente no hay libros de España a la venta. Eso en lugares con quienes compartimos idioma.

En la práctica, esto significa que la industria no le facilita al ciudadano de esos países el acceso a contenidos creados en España. Eso se explica, evidentemente, por la complejidad de la distribución y logística del continente libro, y por la atomización y dispersión de los posibles interesados. Mosterín decía que, como autor, a él le interesa que todo el mundo tenga acceso al contenido de sus libros, a sus ideas, a sus teorías, a sus exposiciones. Le interesa ser un autor conocido. Aunque eso no le dé ni siquiera ese medio euro del que hablaba, le proporciona otras ventajas (que no especificó; pero podemos imaginarnos conferencias, colaboraciones, etc. etc.).

Con sutileza, Mosterín le dejaba claro a la industria editorial que los libros que fabrica y distribuye no son más que uno de los canales de difusión de sus ideas, de los contenidos que él ha creado.

Citaba, además, los impedimentos que ha desarrollado la industria para que, por ejemplo, resulte imposible comprar un DVD o BluRay en Estados Unidos para utilizarlo en España (con la implantación de la limitación por Zonas y demás). Se evitan con eso el temor a movimientos masivos de mercancía de un mercado a otro, aprovechando que los precios no son precisamente iguales en todas partes. De nuevo, Puertas al Campo.
Las salas de cine son uno de los canales de
distribución de la industria cinematográfica
(Fuente: peliculasdecine)

Y hoy se votará (y aprobará, muy probablemente) la Ley Sinde en el Senado. Angeles González Sinde actúa muy correctamente como Ministra Lobbyista, una figura a la que aquí no estamos muy acostumbrados, pero que forma parte, por ejemplo, de la realidad diaria estadounidense. Representa en el Gobierno al lobby de los creadores audiovisuales y, con algún empujón adicional del Gobierno de Estados Unidos, que intenta proteger su muy poderosa industria cinematográfica, sacará adelante esta ley. De alguna forma, se consagrará el hecho de que la difusión de contenidos culturales sólo sea legal si es lucrativa. Y que el acceso a ellos sea imposible para quien no pueda pagarlos.

Jesús Mosterín aportaba este martes, en el programa de Buenafuente, la opinión (discrepante en el fondo del asunto) de un cierto tipo de creador.

Hace un tiempo, yo realizaba un cierto ensayo de escandallo de los libros en algún otro artículo. De acuerdo a ello parece un grave malentendido que la versión electrónica de un libro en papel que se vende por 20 Euros (de los que el autor escasamente percibirá dos) se ponga a la venta por 16 Euros. Posiblemente, su precio razonable (si prescindimos del temor cerval que le tiene la industria a la llamada piratería) fuera de, por ejemplo, tres o cuatro euros (de los que dos seguirían siendo para el autor).
DVD,s (o BluRays), continentes alternativos para la
creación cinematográfica
(Fuente: depaginas)

Por todo ello, desde aquí, modesta pero formalmente, le solicito al Presidente Zapatero que renombre el Ministerio de la Ministra Sinde como Ministerio de la Industria Cultural, y nombre de forma inmediata a un Ministro o Ministra de Cultura, de verdad. Claro que quizá no tenga mucho sentido que la Industria Cultural tenga un Ministerio propio, y bastaría con un Secretario de Estado o Director General, o cargo de menor rango.

En resumen, la Industria Cultural debe ser capaz de asumir por completo su misión en la Distribución de Contenidos Culturales. Si no, otros lo harán por ella, y acabarán desapareciendo como ya lo hicieron en su día los fabricantes de hornillos de petróleo que no supieron reciclarse a tiempo.

JMBA

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