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jueves, 12 de abril de 2012

La Caducidad de los Billetes

Mis recuerdos de infancia y juventud están muy ligados a los billetes de 100 pesetas. Conocí tres modelos: el primero era el de Julio Romero de Torres, que entró en circulación en 1955 (hasta 1978); el segundo el de Gustavo Adolfo Bécquer (1970-1978); Y el último que se emitió fue el que tenía en el anverso a Manuel de Falla (1974). Posteriormente ya sólo existieron monedas para el valor de 100 pesetas (recordemos, equivalente a 60 céntimos de euro).

Ya en 1966 se acuñaron monedas de 100 pesetas (de plata, con la imagen de Franco en el anverso), pero su circulación fue muy escasa. En 1975 se acuñaron nuevas monedas de 100 pesetas (de níquel, ya con la efigie del Rey, pero todavía con el escudo preconstitucional en el reverso). En 1980 se acuñaron las conmemorativas del Mundial de España 82. Y a partir de 1982 ya se acuñaron las del nuevo modelo (fabricadas con una aleación de bronce, aluminio e hierro) que, con diversas variantes, duraron hasta la desaparición de la peseta y su sustitución por el euro, en 2002.

Romero de Torres y Bécquer coexistieron en mis billeteros de estudiante durante muchos años. Pero acabaron caducando en cuanto a su valor legal, si bien, en algunos casos, se convirtieron en objetos de colección.

Cuando viajo a otros países con diferente moneda, me gusta quedarme con algún billete y alguna moneda. En muchos casos se trata sólo de un souvenir más, porque no creo que nunca vuelva a visitar uno de esos países. Pero en otros casos, ello tiene mucha utilidad práctica. Como viajo con cierta frecuencia al Reino Unido, por ejemplo, me gusta tener en casa una pequeña cantidad de billetes y monedas en libras esterlinas, que me facilitan los primeros pasos en el país en mi siguiente visita. Cuando se me agotan, saco algunos billetes de un cajero automático británico. Pero también tuve algún tropiezo. Conservaba algunos billetes de mediados de los 80, que ya no eran válidos en mi siguiente visita a finales de los 90, y me los tuve que comer con patatas (la pequeña merma no me justificaba una visita al Bank of England). El Banco de Inglaterra informa en su web de todos los billetes emitidos y retirados de la circulación desde 1980. Por cierto, el de mayor valor es de 50 libras esterlinas.

En 2002 se implantó en muchos países europeos, entre ellos España, el Euro como moneda común. Los billetes en euros son iguales en todos los países de la zona Euro (sólo se reconoce en qué país se fabricaron por el número de serie) y tienen siete valores: 5, 10, 20, 50, 100, 200 y 500 euros. Las monedas sí son algo diferentes según el país de fabricación, ya que el anverso tiene un motivo nacional distintivo. Hay siete valores para las monedas: 1, 2, 5, 10, 20 y 50 céntimos de euro, 1 y 2 euros.

Los billetes de circulación más rápida (significativamente los de 5, 10 y 20 euros, también los de 50) se deterioran con el uso, pasando de mano en mano una o varias veces al día, y son continuamente renovados por el sistema bancario, para mantener en el mejor estado posible los billetes en circulación.

Unos países más que otros, pero España de modo bastante significativo, según opinión generalizada, tienen una parte importante de la economía funcionando en modo sumergido. Esto significa que hay muchas transacciones económicas (pago de salarios, pago por productos o servicios, etc.) que no dejan ningún rastro y son invisibles a la administración tributaria. Para países como España o Italia, las estimaciones (es difícil atinar más en algo que es invisible por naturaleza) apuntan a que del orden del 20 al 25% del total del PIB del país  se desarrolla en la economía sumergida.

Para ese tipo de transacciones opacas, el refugio es, obviamente, la utilización de billetes en los pagos. Por su naturaleza, los billetes son documentos con valor legal y al portador, por lo que pasan de mano en mano sin control de ningún tipo, más que el que, en su caso, acompañe a la entrega (tickets de caja, recibos, facturas,...).

Los capitales negros, es decir, los que se han acumulado a partir de transacciones opacas fiscalmente, típicamente se representan en billetes de euros, especialmente los de mayor denominación. Un maletín de tamaño moderado, lleno de billetes de 500 euros, puede contener varios millones en un espacio bastante reducido. Supongo que habrá muchos de ellos habitando estancias oscuras de la economía (como las cajas de seguridad de los bancos, el interior de los colchones, el fondo de los armarios, las cajas fuertes domésticas, los conductos del aire acondicionado, y otros).

Los técnicos de Hacienda llevan años alertando sobre el elevado volumen de billetes de 500 euros que hay en España. En la práctica, suponen el 70% del total del dinero circulante, y por España se mueven casi el 20% del total de ese tipo de billetes en circulación en la zona euro. Personalmente, me resulta digno de toda sospecha cualquiera que pague en efectivo una cantidad superior a los 100 euros. O, igualmente, el que exige un pago de ese tipo de la misma forma.

La economía legal no necesita de los billetes de 500 euros, y yo creo que tampoco los de 100 y 200 euros. Hay infinitos medios de todo tipo para realizar cualquier tipo de transacción económica, por cualquier importe, sin necesidad de que haya billetes físicos que cambien de mano. Transacciones legales, por supuesto.

Quitar valor legal a ese tipo de billetes no erradicaría la economía sumergida, aunque obligaría a que las cajas de seguridad de los bancos fueran frigoríficos de dos puertas o armarios roperos. Y, muy probablemente, provocaría que desaparecieran de la circulación muchos de los billetes de la denominación más alta de curso legal, creando carestía en el efectivo circulante.

Para completar el círculo, los billetes deberían tener caducidad. Que llevaran impresa una fecha de caducidad provocaría, posiblemente, demasiadas dificultades de índole práctica. Pero renovar periódicamente su diseño sería una solución razonable. En solamente treinta años, yo conocí tres modelos diferentes de billete de 100 pesetas, con lo que no se trata de inventar nada nuevo. Se podría, por ejemplo, dar validez a un modelo por un período de 15 ó 20 años. A los 10 ó 15 años aparecería un modelo nuevo, que coexistiría con el anterior, durante, digamos, cinco años. Y luego pasaría a no tener ningún valor (más que, en su caso, el numismático). En un mundo ideal, todos los billetes antiguos pasarían a poder de los bancos centrales, que procederían a su destrucción controlada.

Esto obligaría a que todo el dinero circulante tuviera que dar la cara durante ese período transitorio. Tirar del colchón durante un tiempo prolongado se volvería imposible. Los billetes próximos a caducar quemarían en la mano y en el bolsillo de quien los tuviera en su poder y se verían obligados a canjearlos de algún modo, idealmente a blanquearlos si fuera el caso.

En lo que a mí respecta puedo garantizar que en mi billetera (el único lugar donde guardo alguna pequeña cantidad de dinero en efectivo), la rotación de los billetes físicos es muy inferior a los cinco años (incluso a los cinco meses, y casi siempre a las cinco semanas). Yo, desde luego, no tendría ningún problema. El cajero automático me daría billetes nuevos cuando aparecieran, y los antiguos desaparecerían solos.

¿ Y por qué no se toman medidas de ese tipo a nivel de toda la zona euro ?. Mi opinión es que la razón última es que los gobiernos y las administraciones públicas, si no la propia sociedad en su conjunto, admite de antemano su derrota en esa lucha contra las economías sumergidas y los tráficos ilegales. Por el mismo motivo por el que nadie ha puesto un empeño práctico real en la desaparición de los paraísos fiscales. Algún malpensado me diría, seguro, que la razón es que los que tendrían que tomar esa decisión son precisamente los mayores defraudadores. Yo no me atreveré a tanto. Pienso que todo ese tipo de mecanismos actúan como auténticas válvulas de escape de los sistemas económicos globalizados. Y, aunque no existen razones de peso para pensarlo, todos piensan que una economía sin válvulas de escape nos acabaría estallando entre las manos.
Maletín con euros
(Fuente: 123rf)

En las últimas semanas hemos conocido varias iniciativas en este campo del Gobierno de Rajoy. Por una parte, la proclamación de una ventana de amnistía fiscal (hasta el próximo 30 de Noviembre), por el que los delincuentes económicos podrán redimir sus culpas a cambio de un 10% (o un 8% en el caso de sociedades) ingresado a la hacienda pública. Algún grupo político ha impugnado esa medida, por razones que creo que son sólidas. La ley en España contempla el indulto individual, atendiendo a circunstancias personales, pero no permite el indulto generalizado o la llamada amnistía general. Como muchos delitos económicos pueden ser penados con prisión, esta imposibilidad aplicaría a este caso también. Una amnistía de este tipo, además, tiene el efecto perverso de que el ciudadano legal se siente peor tratado que el mangui, y transmite la idea de que el fraude siempre es recompensado en España. Demoledor.

Y estos últimos días, el propio Rajoy ha anunciado que el Gobierno aprobará declarar ilegales las transacciones económicas (que involucren al menos a una empresa o agente económico) en efectivo de más de 2.500 euros, castigadas con multa del 25% del importe (no tengo claro si a quien paga o a quien cobra). La medida dejará deliberadamente fuera a las transacciones entre particulares (pagos en B de vivienda o coche usado; donaciones, regalos, dádivas, propinas, sobornos y demás) así como, accidentalmente, a aquellas transacciones que involucren a algún agente económico alegal (camello, traficante, señorita de compañía, matón quebrantahuesos, facilitador de inmigración ilegal,...). Bueno, la medida nos obliga a todos a tener alguna cuenta bancaria, alguna tarjeta de débito o crédito y a utilizar a menudo la transferencia como modo de pago. Lo que me parece bien, dicho sea de paso y, desde luego, nada nuevo para mí.

En resumen, paños calientes para una situación desesperada en la que el dinero, cualquier dinero, será bien recibido en las arcas públicas, sin tener que dar muchas explicaciones ni responder a muchas preguntas.

Yo pongo encima de la mesa mi propuesta: eliminar los billetes de 500, 200 y 100 euros, y que los billetes caduquen en el plazo de 10 ó 15 años. ¿Qué podría pasar? ¿Qué haría el dinero negro para mantener su color?. Posiblemente utilizaría armarios roperos en lugar de maletines; se refugiaría en otros valores sólidos, como el oro o los diamantes; o se almacenaría en francos suizos o en dólares, si les fuera más fácil.

Por eso, para asfixiar al ratón, hay que cegar al mismo tiempo todos los respiraderos de la ratonera.

O siempre encontrará alguna manera de escaparse.

JMBA

viernes, 29 de octubre de 2010

Colchones de Lana

Oía el otro día en la radio la clásica invitación a los oyentes para que llamen y comenten sus peripecias personales sobre algún tema en concreto. El tema ese día era "los inventos que nos han cambiado la vida".
En la Cama (1893)
 Henri de Toulouse-Lautrec
(Musée d'Orsay, París)
(Fuente: Wikipedia)

Por supuesto hubo contribuciones de todo tipo. El teléfono móvil, Internet, el GPS, las cámaras digitales, la Thermomix, la olla exprés, el robot barredor y muchos más. Pero un oyente avisado dió en el clavo: La Cama. Hoy en día parece que la cama forma parte de nuestro paisaje doméstico desde siempre, pero en algún momento se inventó una alternativa a dormir sobre la hierba, sobre las piedras de la caverna o sobre un jergón de paja en el suelo. Seguro que el inventor fue alguien cansado.

En cierto sentido, la cama se parece a Internet en el hecho de que ambos han sido inventados para realizar varias funciones claramente diferenciadas. Mediante Internet accedemos al correo electrónico (¿cuántas cartas con papel perfumado se seguirán enviando hoy en día?), a los periódicos para ver las noticias, a nuestro Banco para vigilar las cuentas, a la compañía del gas para bajarnos la factura, a Google Earth para ver dónde cae la Avenue Montaigne de París, a la Wikipedia para enterarnos de en qué año murió San Juan de la Cruz, y tantas y tantas otras cosas que hacemos cotidianamente.
Colchones de Lana
(Fuente: mercadolibre)

A su vez, la cama se inventó para dos funciones básicas, y una es dormir. Y luego está la otra. Algunos también piensan que la cama es el lugar ideal para leer, pero yo en eso no estoy de acuerdo. Yo soy más bien lector en posición sedente, con el libro apoyado en una mesa, y diversos artilugios alrededor (el vaso del cubata, el cenicero para el cigarrito, el ordenador para consultar el diccionario, y así). Algunas fuentes le añaden funciones adicionales, tales como jugar (los niños), saltar encima (idem), y los más lúgubres afirman (con razón, sospecho) que la cama es donde habitualmente se mueren las personas. 

Si bien la cama es un invento que ya nos viene de antiguo (he consultado la       Wikipedia, y habla de camas ya en las antiguas civilizaciones de Egipto y Asiria), su forma y los complementos que facilitan un mejor descanso han evolucionado mucho con el tiempo. Y especialmente en este último medio siglo.
Lana en el interior de un colchón abierto
(Fuente: jmcprl)

Cuando yo era un niño, los colchones eran de lana. Es decir, en el interior de los colchones todo lo que había era una provisión de lana de oveja, que aportaba el aislamiento térmico así como la amortiguación necesaria para un buen descanso.

Cuando los colchones eran nuevos, lucían magníficos, gruesos y mullidos. Todos los días convenía darles la vuelta (una operación nada evidente, por cierto, especialmente si los colchones son grandes), y se les sacudía con un aparato llamado sacudidor (olé la imaginación), para intentar regenerar la lana del interior del colchón, y mantenerlo confortable para la noche siguiente.
Sacudidor de colchones y alfombras
(Fuente: todocoleccion)

Pero, con el uso, la lana se iba inevitablemente apelmazando, hasta que la apariencia del colchón era el de una galleta grande, fina e irregularmente dura. Dormir en ellos podía convertirse en un suplicio.

Había que abordar entonces la operación de regeneración mayor del colchón. Venía el colchonero (¿habrá desaparecido del todo este oficio?) a casa por la mañana, y se llevaba el colchón a su taller. Allí lo abría, sacaba la lana y la vareaba (o lo que fuera que hiciera). A continuación lo rellenaba de nuevo, lo cosía y nos lo devolvía por la tarde, a tiempo de hacer la cama y poder descansar de nuevo sobre un colchón confortable.

De vez en cuando, en una de esas operaciones, había que lavar la lana. Creo recordar que esa operación no podía completarse en un solo día, pero soy incapaz de revivir cómo nos las arreglábamos en esas ocasiones. Sospecho que habría en casa algún colchón de repuesto.
Colchonero vareando la lana
(Fuente: recuerdosdepandora)

Después de dormir durante años sobre un colchón de lana, que la mayor parte del tiempo era irregular en su superficie, tendía a hundirse de un lado, o creaba hondonadas permanentes, no deja de ser milagroso que no hayamos desarrollado todos dolencias graves en la espalda.

Más adelante, hubo que rehacer el mobiliario de mi habitación. Se tomó la peor decisión posible: como era soltero, la cama debía ser pequeña, de 90 cm. De ésas de las que te puedes caer al mismo tiempo por ambos lados. Pero el colchón nuevo ya no era de lana, sino de una generación intermedia de muelles. Más cómodo cuando era nuevo, pero que también tendía a aplanarse con el tiempo. Se acostumbraba a marcar la forma del cuerpo en su posición más habitual de descanso. Esa cama y ese colchón, y todo lo que la rodeaba (un armario, un escritorio) siguieron siendo mi habitación de hotel cada vez que viajaba a Barcelona, hasta la muerte de mi padre.
Interior de un colchón de látex
(Fuente: factorycolchones)

Cuando me compré un piso en Madrid, una de mis primeras obsesiones al amueblarlo fue poder disponer en mi dormitorio de una cama grande. Una cama que, aunque sólo sea para dormir, aporta el valor de lo que cuesta. Porque cuando se ha dormido una vez en diagonal sobre la cama (sin desbordar), ese es un placer del que ya cuesta prescindir. Y, claro, el colchón ya fue de una generación siguiente, uno de esos de látex que se recuperan por completo cuando los abandonas cada mañana. Comodísimo.

Hoy, cuando reservo un hotel y viajo solo, me preocupo de asegurarme de que dispondré de una cama grande. Lo del colchón es más difícilmente negociable. Aunque algunos establecimientos ya ofrecen una carta de colchones y de almohadas, no son del rango de categorías en las que acostumbro a moverme.
La Sofisticación para el Descanso
(Fuente: solostocks)

Pero las novedades y el progreso no deben hacernos olvidar esos vetustos colchones de lana de oveja, con los que castigamos la espalda durante muchas noches de nuestra vida. Todas las de la infancia y adolescencia.

Ni olvidarnos del colchonero que se tuvo que reciclar.

JMBA