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lunes, 16 de junio de 2014

¿Monarquía o República?

Coincidió la abdicación de Don Juan Carlos con que yo estaba iniciando un viaje en coche por el Suroeste de España (tierra de jamón, quesos y vinos, entre muchas otras maravillas), que ya tendré ocasión de iros contando por entregas.
Don Felipe de Borbón y Grecia, próximo Felipe VI, Rey de España.
(Fuente: theobjective)


Escuché por la radio primero que Rajoy iba a realizar una comparecencia pública sorpresa, y luego fui siguiendo la noticia, por la radio y la televisión, el resto del día.

En una persona de su edad (el pasado mes de Enero cumplió los 76 años) y con los achaques de salud que le están afectando últimamente y que, entre otras limitaciones, le está provocando graves problemas de movilidad, su abdicación no debería ser una sorpresa para nadie.

Sin embargo, parece que a la clase política la noticia les pilló con el paso cambiado. Se puso en evidencia la existencia de un cierto vacío legal para soportar el relevo en la Jefatura del Estado, y los dos grandes partidos tuvieron que ponerse de acuerdo para aprobar a toda prisa una Ley Orgánica que dé paso a la proclamación de Don Felipe como nuevo Rey de España, lo que se espera suceda este próximo jueves 19 de Junio.

Creo que, de todas formas, esto es lo que había que hacer, para garantizar la continuidad de las instituciones del Estado, tal y como se prevé en la vigente Constitución.

Don Juan Carlos, durante los 38 años de su reinado, ha prestado algunos destacados servicios a España y a sus ciudadanos, pero también ha cometido demasiadas frivolidades, inaceptables para una persona de tan alta representatividad, y de quien siempre hay que esperar la ejemplaridad. En los últimos tiempos, además, su figura se ha visto manchada por obscenos episodios de corrupción en su proximidad inmediata. Aunque, desde mi punto de vista, este último hecho debe enmarcarse en los numerosos casos de prácticas corruptas entre los que tienen posibilidad de perpetrarlas, y no achacarlo a un problema específico de la Monarquía.

Pero al hilo de este relevo que, por otra parte, era perfectamente esperable, se ha desatado una polémica en la vida pública española, que tiene que ver con la forma del Estado, y que se resume en la disyuntiva de Monarquía o República. Algunos partidos de la izquierda se han manifestado, lo que no constituye noticia ni novedad, como abiertamente republicanos, mientras que el PSOE se ha inventado una fórmula (somos republicanos, pero perfectamente compatibles con una monarquía constitucional y parlamentaria) que les ha permitido votar favorablemente la Ley de Abdicación, y asumir el papel de un partido grande, con implantación nacional y sentido de Estado, que ha detentado el poder, y que tiene todas las posibilidades de volver a hacerlo en los próximos tiempos.

Personalmente, me parece que esta polémica ha escogido un tiempo equivocado. Aunque sólo sea por principios, creo que la recomendación de Ignacio de Loyola (en tiempos de tribulación, no hagas mudanza) es siempre sensata.

Pero me parece que la discusión pública sobre la forma del Estado debe estar en la hoja de ruta de los próximos tiempos, incluyendo una eventual consulta popular o referéndum.

Ya he manifestado mi opinión sobre la necesidad de un próximo proceso constituyente en España. Por una serie de motivos que creo haber expuesto con bastante detalle, entre los que está, por supuesto, la Monarquía en sí misma como forma del Estado.

Conviene tener en cuenta que la actual monarquía fue decidida por el Dictador Franco, y que nunca estuvo encima de la mesa durante las negociaciones que llevaron a la Constitución de 1978. En otras palabras, en ese momento se consideró que las fuerzas vivas del Régimen anterior, todavía muy vivas en esos tiempos, jamás aceptarían una forma de Estado diferente de la que había decidido Franco.

En este siglo XXI, me parece un anacronismo la propia existencia de una (llamada) Familia Real. Además, lleva a la Jefatura del Estado a una persona que no ha sido elegida ni por los ciudadanos ni por sus representantes, y representa una evidente discriminación por razón de cuna.

Pero, por otra parte, también es cierto que algunos de los países más avanzados del mundo (el Reino Unido, Bélgica, Holanda, los países nórdicos,...) siguen siendo actualmente monarquías.

Y es que, partiendo de un sistema democrático consolidado, constitucional y parlamentario, la posición personal a favor o en contra de la Monarquía no tiene casi nada que ver con argumentos políticos, ni siquiera económicos, sino más bien éticos o estéticos. Hay monárquicos que lo son por su amor al boato y a la brillantez de que a menudo se revisten los actos de la monarquía. También hay no católicos, o por lo menos católicos no practicantes, que siguen casándose por la Iglesia o celebrando la Primera Comunión de sus hijos por pura devoción por el espectáculo. Estos son criterios básicamente estéticos.

Y hay también muchos republicanos que lo son por criterios puramente éticos, a quienes les parece mal que no cualquiera pueda llegar a ser Rey, o que el Rey no sea elegido por el pueblo. Aunque su papel político sea estrictamente nulo, y sea el Gobierno quien decide todos los temas relacionados con la marcha del país.

Unos piensan que cómo puede representar un Rey a todos los ciudadanos, si éstos no le han elegido, mientras otros sostienen que un (eventual) Presidente de la República no lo sería de todos los ciudadanos sino sólo de aquellos que le han votado. Este último argumento me parece especialmente miserable, pues pone en cuestión el principio de la representación política, y eso mismo podría aplicarse a un Presidente del Gobierno.

Algunos esgrimen criterios económicos para manifestar su oposición a la Monarquía. Pero conviene pensar que no hay ningún argumento serio que nos permita afirmar que la Jefatura del Estado de una eventual República nos saliera más barata de lo que nos cuesta la actual Monarquía. En repúblicas como Francia o Estados Unidos, el Presidente de la República es la máxima autoridad ejecutiva del Estado, pero también existe el equivalente a un Primer Ministro o Presidente del Gobierno. En Francia, por ejemplo, el Elíseo y Matignon. En otro tipo de repúblicas no presidencialistas (como Italia o Alemania), la figura, puramente representativa, del Presidente de la República, es habitualmente asumida, previa elección (directa o indirecta) de los ciudadanos, por algún político de prestigio ya jubilado, que precisa de una residencia oficial y de un Presupuesto para poder llevar a cabo su labor.

Mientras en otros países la Monarquía es una tradición de muchos siglos, en España esta (presunta) tradición se ha roto bastantes veces sólo en el último siglo y medio. Aunque mantener una tradición me pueda parecer en general respetable, también es cierto que hay algunas muy peregrinas, que exigirían una revisión en profundidad.

Por todo ello, creo que en los muy próximos tiempos resulta imprescindible, dentro de ese proceso constituyente que propugno, que se celebre un referéndum donde todos los ciudadanos puedan opinar sobre la forma de Estado que prefieren.

Pero da la sensación de que hay muchos políticos, en estos momentos, prácticamente la totalidad del PP, que piensan (o, por lo menos, dicen) que los ciudadanos ya votan a un partido político u otro cada cuatro años, y que durante los cuatro años siguientes les toca, en el tema político, callar y asentir. Estas manifestaciones atentan contra el principio de que los representantes de los ciudadanos deben ser fiscalizados por quienes les han elegido, y de ninguna forma la elección supone una patente de corso para hacer lo que quieran, hasta las siguientes elecciones.

Me parece execrable defender que los ciudadanos que votan a un partido político en unas Elecciones Generales están de acuerdo por completo con la opinión y posición de ese partido político sobre cualquier tema que podamos imaginar, o sobre cualquier ocurrencia que pudieran tener en el futuro. Eso es entender la democracia como un cortijo donde cada cuatro años se decide quién es el capataz.

Hasta los a menudo denostados delegados sindicales deben validar las decisiones importantes (aceptación o no de una propuesta de la empresa, o la revisión de un Convenio Colectivo,...) con las correspondientes asambleas de trabajadores.

Esta es la trampa de las que se han venido a llamar elecciones plebiscitarias. El propio Rajoy las denosta cuando es Mas quien las sugiere. Se trata de que, a falta de una consulta concreta sobre un tema específico, se entiende que el ciudadano va a votar a un partido político en función de su posición sobre ese tema. En otras palabras, que un ciudadano podría estar forzado a votar a un partido político con quien sólo comulga en la posición sobre ese tema, o a no votar a otro partido político con quien comulga en todo excepto en su posición sobre ese tema concreto.

En una democracia de calidad, los electores delegan su representación durante un tiempo, pero no la regalan. Y conservan, por supuesto, su derecho a criticar las posiciones, acciones, omisiones e incluso opiniones de aquellos a quienes eligieron. Y también su derecho a ser consultados ante decisiones de especial trascendencia.

En el marco de un (necesario) proceso constituyente, creo que debería celebrarse un referéndum donde los ciudadanos podamos dar nuestra opinión sobre la forma de Estado con la que nos sintamos más cómodos. Sabiendo que ese es un tema políticamente muy poco trascendente, pero es necesario eliminar esa polémica de la vida pública de este país. Para poder centrarnos en los temas realmente importantes, y conseguir que la democracia española sea de calidad muy superior a lo que es actualmente. A falta de una consulta popular, la calle acaba tomando el relevo. Pero la calle es sólo un barómetro de tendencias, y también un termómetro de nula fiabilidad.

Si me preguntan, yo votaría por una República, pero siendo plenamente consciente que, ni de lejos, ese es el principal problema que tiene actualmente España.

Por el momento, no creo que, como ciudadanos, renunciemos a nada trascendental, desde el punto de vista político, por declararnos compatibles con una monarquía constitucional y parlamentaria, donde la figura del Rey es puramente representativa del Estado y de todos sus ciudadanos, y donde todo el poder ejecutivo está en manos de un Gobierno que, de alguna forma, es elegido cada cuatro años por los ciudadanos.

No me gusta la Monarquía. Pero hay infinitas otras cosas que me repugnan mucho más de la situación política, económica y social de este país.

La próxima proclamación del Rey Felipe VI debería desarrollarse sin incidentes, porque ese paso viene determinado por la Ley, cuyo imperio es imprescindible para podernos llamar demócratas. Eso sí, teniendo en cuenta que acatar la legalidad vigente no significa que estemos de acuerdo con ella, ni que cejemos en nuestro empeño de cambiarla para aportar a España una democracia de mucha mejor calidad. 

Soy republicano, pero también soy consciente de que ése NO es, de ninguna forma, el problema más acuciante que tenemos.

JMBA

lunes, 26 de noviembre de 2012

(Una) Lectura de los Resultados de las Elecciones en Catalunya

Hoy lunes es el día después de unas elecciones que se plantearon, por parte del President Artur Mas, de una forma prácticamente tramposa. A pesar de tratarse de elecciones autonómicas (adelantadas, que han reducido la legislatura actual a menos de la mitad de su duración prevista), Mas las planteó de alguna forma como un plebiscito a su persona y a su idea del Derecho a Decidir.
Oriol Junquera, líder de ERC, junto a su equipo en las
celebraciones de la noche electoral.
(Fuente: televisa)

Es normal que el día después de unas elecciones tramposas, las diversas fuerzas políticas hayan venido realizando lecturas que, en muchos de los casos, también son tramposas. Está claro que el propio Mas y su formación Convergència i Unió, han sufrido un descalabro electoral. Manifiestamente, buscaban mejorar su posición de mayoría, o incluso obtener una mayoría absoluta o, como le gustaba decir a Artur Mas, una mayoría extraordinaria. Por el contrario, el resultado supone un fuerte retroceso, con pérdida de 12 de los 62 escaños de que disponía en el Parlament de Catalunya.

El descalabro de Mas y de CiU no hay que entenderlo como un rechazo del electorado catalán a la celebración de un referéndum, al derecho a decidir o incluso a la deriva soberanista. El votante no debía responder este domingo a ninguna de esas cuestiones. La debacle obedece al hecho de que los votantes de Catalunya han rechazado el hecho de que Artur Mas se instaure como el nuevo Moisés que conducirá a su pueblo a la Tierra Prometida. Han rechazado, en otras palabras, convertir a Artur Mas en el Caudillo de Catalunya.

Artur Mas debería reflexionar serenamente sobre si esta desautorización es suficiente para poner en entredicho su liderazgo de la formación política de CiU y de la propia Generalitat de Catalunya. Este lunes ya se han oído algunas voces reclamando su dimisión. Lanzó un órdago a la grande, que le ha fallado. Sus coaligados de Unió posiblemente le quieran hacer pagar la osadía.

Esquerra Republicana de Catalunya ha conseguido más que duplicar el número de sus diputados en el nuevo Parlament, que pasan de 10 a 21. Sin duda, muchos electores proclives a la idea del derecho a decidir, del referéndum y, eventualmente, de un cierto proceso por la independencia, han decidido dar su confianza a una fuerza política de la izquierda que siempre ha estado ahí, antes que reforzar la idea de caudillismo de Artur Mas, sumido en una deriva soberanista que le resulta un poco ajena, por lo menos en su grado, a una fuerza tradicionalmente moderada como CiU. Buena parte de su éxito se lo deben también, sin duda, a la radicalidad de que ha hecho gala el PP. Quizá tenga razón Rubalcaba cuando dice, medio en serio y medio en broma, que en la sede de ERC van a erigir una estatua a Aznar y otra a Rajoy. Porque cada vez que abren la boca para hablar de Catalunya, nace un nuevo independentista.
Albert Rivera, líder de Ciutadans.
(ACN; Fuente: cadenaser)

El PSC, por su parte y como era de esperar, ha sufrido un severo retroceso, como ya le sucedió en las Generales y en las autonómicas de Galicia y el País Vasco. Sin duda, por una parte siguen pagando los sinsentidos de la etapa Zapatero, pero también sus propias confusiones y contradicciones internas, que requieren de más tiempo para sanar. Este lunes, sus responsables (tanto Pere Navarro como el propio Rubalcaba a nivel nacional) se alegran tímidamente de que el retroceso no haya sido una debacle, como preveían la mayoría de encuestas y sondeos de opinión, anteriores a las votaciones. Se queda como tercera fuerza en el Parlament, con 20 escaños (8 menos que en la anterior convocatoria) y por detrás de ERC.

El Partido Popular, por su parte, ha conseguido una ligera mejora de un diputado, llegando a los 19 y será la cuarta fuerza política en el Parlament. Parece claro que algunos electores de la derecha social y tradicionales votantes de CiU, han decidido esta vez refugiarse en el puerto más seguro del PP, desconfiando de lo que ven como frivolidades soberanistas de CiU y del propio Artur Mas.

La Izquierda Unida de Catalunya (Iniciativa per Catalunya - els Verds) ha progresado significativamente, mejorando su posición en tres diputados, alcanzando los 13 en el nuevo Parlament. Lógicamente, la confusión reinante en el PSC, que además presentaba a un líder (Pere Navarro) poco conocido y que apenas ha tenido tiempo para hacerse un espacio, ha provocado el deslizamiento de algunos votantes de izquierda hacia otras alternativas. Un efecto parecido se pudo ver en las últimas Elecciones Generales de 2011.

La fortísima progresión de la opción de Ciutadans (desde los 3 hasta los 9 escaños; de los 106.154 votos hasta los 274.925) solamente se puede explicar por el hecho de que la abstención ha sido mucho menor que en anteriores convocatorias. Si comparamos con las Elecciones al Parlament de 2010, la abstención ha bajado en prácticamente 11 puntos, desde el 41 hasta el 30%. Es decir, muchos votantes que tradicionalmente prefieren quedarse en casa o darse un paseo en lugar de ir a las urnas, este domingo han decidido votar. Posiblemente indignados y/o hastiados con los políticos habituales, han preferido prestar su voto a una fuerza minoritaria, que todavía está virgen de poder, en la flor de su inocencia.

Y en el ala más radical del Parlament, los cuatro diputados que tenía SI (Solidaritat per la Independència, ese invento de Laporta y algunos otros) desaparecen del Parlament, y les sustituyen tres diputados de otro invento llamado la CUP, una fuerza subtitulada como alternativa de izquierdas. Seguramente, no se notará mucho la diferencia.

Estas son, a fin de cuentas, las cifras puras y duras. Un Parlament muy fragmentado, con los 50 diputados de CiU, y tres fuerzas prácticamente empatadas en el entorno de los 20 diputados (ERC, PSC, PPC), con presencia de otras tres fuerzas minoritarias (Iniciativa, Ciutadans y la CUP). En total, hasta siete formaciones políticas han conseguido representación en el nuevo Parlament de Catalunya.

Las manifestaciones públicas de algunos representantes del Partido Popular apuntan en la dirección de respirar con alivio, porque estos resultados significarían que se ha deshinchado la burbuja de las derivas soberanistas. Así se han manifestado tanto la vice S3 como la ínclita Dolores de Cospedal, que cada vez habla más lento, como si se le estuviera acabando la cuerda. Claro que tiene que resultar agotador dar cabida a sus múltiples salarios y a un marido (o compañero, no lo sé muy bien) que está a la cabeza de los saqueadores de la sanidad pública madrileña y también del resto del Estado.

Se equivocan por completo en su diagnóstico. En Catalunya hay un malestar cierto entre una buena parte de la población, porque el encaje territorial diseñado hace ya 35 años por los padres de la Constitución, cada vez tira más de la sisa y se empieza a romper por las costuras. Algunos lo convierten claramente en una demanda de independencia, mientras que muchos otros están pidiendo el derecho a decidir, creen imprescindible la celebración de un referéndum donde todo el pueblo catalán pueda manifestarse con claridad sobre este tema trascendental.

Algunos, por supuesto, han avanzado cuál sería el sentido de su voto en ese eventual referéndum, sea claramente a favor o nítidamente en contra. Pero eso no toca, todavía. De momento hay que atender a ese malestar y creo imprescindible que los dos gobiernos (el de la Generalitat y el de España) empiecen a trabajar con lealtad en la preparación de un referéndum a celebrar en 2014 ó 2015, en que todos los catalanes puedan expresar con claridad su posición respecto al encaje dentro de España.

En estas semanas previas a las Elecciones ha habido declaraciones públicas para todos los gustos. Mientras unos se esforzaban en demostrar que una Catalunya independiente sería inviable, otros enfatizaban que, abolido el tan cacareado déficit fiscal, esa situación sería el Paraíso para los catalanes. Todos hablan al humo de las velas, porque no existe ningún precedente en el que basarse, y las condiciones para una tal segregación debería ser, en su caso y en su momento, el objeto de una tediosa y prolongada negociación. De ninguna forma puedo creer ni pensar que una Catalunya independiente acabara siendo un estado fallido, como tampoco puedo creerme que fuera el Paraíso Terrenal. Pero el rosario de sacrificios y de sufrimientos de todos es, hoy por hoy, absolutamente imprevisible. Y eso lo sabe cualquiera que haya intentado quitar un naipe de un castillo de naipes sin que se note. Pero, insisto, este no es el momento de ese tipo de discusiones.

En un eventual referéndum, todos los catalanes deberían poder expresar con claridad lo que sienten respecto a este tema, partiendo de que, siempre, las incertidumbres ganarán por goleada a las certezas.

Los radicalismos de uno u otro signo, en temas tan sensibles, no contribuyen más que a la creación de nuevos radicales en el bando contrario, y a aumentar su tono y su acritud. Cuando muchos se envuelven en la rojigualda, sólo consiguen que muchos otros se envuelvan en la senyera. Y la crispación y la ruptura, definitivamente, no son la solución para problemas que son ciertamente reales.
Artur Mas entre senyeres, con cara de preocupación.
Parece no entender muy bien lo que ha pasado.
(Fuente: ara)

El Estado Autonómico diseñado hace treinta y cinco años ha prestado un gran servicio a España. Pero tras tanto tiempo, también ha manifestado sus peores vicios. No se trata de ceñirse ciegamente al contenido de la Constitución, sino de mantenerse, todos, en la lealtad mutua que supuso el consenso constitucional. No pasa nada si al final resulta necesario reformar la Constitución. Con eso no se rompería nada intocable, siempre que se mantenga el consenso y la lealtad.

El malestar es palpable en prácticamente todas las autonomías. La financiación es una asignatura pendiente, para la que no se ha encontrado (todavía) la solución mágica. Pero, claro, ese malestar sólo acaba manifestándose con crisis de tipo identitario en aquellas autonomías que constituyen nacionalidades o naciones históricas.

Es tiempo ya de que, sin pausa pero sin prisa, se empiece a trabajar en hacer avanzar este estado autonómico hacia su próxima estación. Sin apriorismos, pero también sin cerrazones. Buscando, con nobleza, mejorar todo aquello que sea mejorable, porque cuanto mejor engrasada esté esta maquinaria que da algunos síntomas de gripaje, más sencilla resultará la convivencia y más posible será la pervivencia de este Estado llamado España, llamado a formar parte del grupo selecto de la docena de naciones más poderosas del mundo.

Todos los políticos deben esforzarse en no realizar diagnósticos interesados de la situación, o de los resultados de estas elecciones del domingo en Catalunya. El pueblo es sabio, porque es la suma de las voluntades, los sentimientos y las ideas de todas las personas que lo componen. Y todos los políticos deben recordar todos los días que su única función está al servicio de ese pueblo, que a veces parecen menospreciar.

En resumen, varapalo a Moisés Mas, el pueblo catalán no quiere Caudillos, Salvadores ni Redentores, pero el malestar territorial (o identitario si se quiere) existe, y hay que ponerle remedio, que no coto.

Más bien pronto que tarde.

JMBA