Querido Paseante, siempre eres bienvenido. Intenta escribir algún comentario a lo que leas, que eso me ayuda a conocerte mejor. He creado para ti un Libro de Visitas (La Opinión del Paseante) para que puedas firmar y añadir tus comentarios generales a este blog. Lo que te gusta, y lo que no. Lo que te gustaría ver comentado, y todo lo que tú quieras.


Pincha en el botón de la izquierda "Click Here - Sign my Guestbook" y el sistema te enlazará a otra ventana, donde introducir tus comentarios. Para volver al blog, utiliza la flecha "Atrás" (o equivalente) de tu navegador.


Recibo muchas visitas de países latinoamericanos (Chile, Argentina, México, Perú,...) pero no sé quiénes sois, ni lo que buscáis, ni si lo habéis encontrado. Un comentario (o una entrada en el Libro de Visitas) me ayudará a conoceros mejor.



Mostrando entradas con la etiqueta hurtos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hurtos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 8: Hurtos



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística


Ni siquiera una Residencia de Gran Lujo y cinco estrellas se salva de la lacra de los pequeños hurtos en las habitaciones. Por normativa legal, éstas no pueden cerrarse, cuando la mayoría de residentes no están en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, para facilitar las rondas médicas y de enfermería, y, en su caso, para una eventual evacuación.

Por lo que parece, los hurtos forman parte del paisaje habitual de todas las Residencias de Mayores en España. No sé lo que ocurre en otros países, pero me temo que, tampoco en este tema, debemos de ser una excepción.

En mi primer día en la Residencia nos sorprendió ver cómo las habitaciones quedaban abiertas y, por lo tanto, accesibles a cualquiera que quisiera entrar. Nos interesamos por el tema, e incluso nos ofrecieron disponer de una especie de llave maestra para poder cerrar mi habitación, si ese era mi deseo. Pero, tras una breve reflexión, mi conclusión fue que si todo el mundo dejaba las habitaciones abiertas y accesibles, no había motivo alguno para cerrar la mía.

Por supuesto, en mi habitación de la Residencia no había nada de gran valor intrínseco. De hecho, tampoco en mi casa lo hay. Pero sí guardaba mi billetera (con un poco de efectivo para poder pagar los encargos que hiciera a alguno de mis amigos), dentro de un bolso bandolera, que a su vez estaba dentro de un armarito al pie de la cama y debajo del televisor. Me refiero que no estaba, para nada, a la vista, ni era fácilmente accesible al descuido.

Tras unas pocas semanas de estancia, me pareció que me faltaba algún billete de la cartera, pero no estaba seguro, pues no sabía con precisión cuánto efectivo tenía dentro de mi cartera. Para sembrar la duda, el ladrón o ladrona no saquea lo que encuentra, sino que se lleva uno o dos billetes de los que queden otros tres o cuatro. Una mañana, después del desayuno, conté al detalle lo que había y bajé al jardín, como solía hacer todas las mañanas. A mediodía, cuando volví a la habitación, repetí el inventario y claramente faltaban un par de billetes, uno de cincuenta y otro de veinte euros.

El tema en sí me resultaba repugnante. Nada dice en favor de la bondad de la humanidad el que exista algún empleado o empleada de la Residencia (casi con seguridad) desleal y que abuse de esta forma de la vulnerabilidad y debilidad (presuntas) de los clientes. Pero era tristemente real. Decidí hablar con la directora sobre el tema, por lo que acudí a su despacho.

Le conté mi desagradable experiencia con los detalles de que disponía. La misión de la directora, desde el principio, fue claramente desviar la atención de los empleados del centro. Es cierto que, durante todo el día, hay muchas visitas en la Residencia que son difíciles de controlar. Por la Residencia aparecen habitualmente, desde media mañana hasta la hora de la cena, hijos e hijas, nietos y nietas, amigos y amigas de algún residente. Y también hay bastantes cuidadoras, pagadas por las familias, aparte de la propia factura de la Residencia, para cuidar y atender a sus familiares durante el día. La directora apuntaba claramente a la probabilidad de que el ladrón estuviera entre esos colectivos externos y no entre los empleados del Centro.

Me citó algunos casos que habían resuelto, donde el culpable resultó ser alguien externo, alguna cuidadora, etc. Pero, claro, se trataba, en su mayoría, de robos al descuido, de un bolso abandonado en un perchero en un despacho de la zona pública, de un móvil solitario que desapareció de encima de una mesa, etc. Incluso me comentó el caso de una cuidadora que tomó prestado un cargador de móvil de una habitación vecina a la de su residente.

En un robo (hurto)  como el que yo sufrí, me parece que en un 99% el culpable sería con seguridad alguna persona desleal de entre el personal de la Residencia. Necesariamente se trataba de alguien que tuviera derecho a estar dentro de mi habitación y que dispusiera de unos minutos, sin levantar sospechas, para hurgar por los cajones y los armarios hasta localizar el depósito de efectivo.

Evidentemente, la directora ofreció el servicio de la caja fuerte central, donde poder guardar cualquier objeto de valor, aparte de recomendar la disponibilidad mínima de efectivo, ya que, ciertamente, no es necesario para la vida dentro de la Residencia, donde cualquier gasto extra se puede adicionar a la factura mensual, que se acaba pagando por cargo bancario.

En cuanto a medidas de seguridad, la Residencia dispone de cámaras de circuito cerrado en los pasillos y rellanos. Lógica y evidentemente, no hay cámaras dentro de las habitaciones. Bueno, aunque las hubiera, lo negarían siempre. Me prometió que revisarían las grabaciones de esas dos horas, para ver quién había entrado en mi habitación.

Unos días después, me comentó que la revisión había mostrado que nadie que no tuviera derecho a hacerlo había entrado en mi habitación durante esas dos horas en que me desaparecieron los billetes de la cartera. Lo cual confirmaba que, desgraciadamente, el ladrón habría que buscarlo entre el número limitado de personas que entran naturalmente en las habitaciones por la mañana: la que retira el desayuno, la que hace la cama, la que limpia el baño, la que friega el suelo, la que cambia las toallas, etc. etc.

La directora me dijo que las habían interrogado a todas, pero sin resultado. Ignoro cuál sería, de haber existido realmente, la intensidad de estos interrogatorios.

Comentamos la posibilidad de instalar pequeñas cajas fuertes dentro del armario de las habitaciones. Me dijo que unos años antes lo habían intentado, pero habían tenido que revertir la medida, ya que el cerrajero no paraba de tener que abrirlas por métodos sumarios. La mayoría de residentes no están en condiciones de memorizar y de utilizar una combinación numérica para el bloqueo y apertura. Me ofreció, de todas formas, una de esas cajas en mi habitación, dado que yo sí estaba en perfectas condiciones para usarla. Efectivamente, uno de los chicos del mantenimiento la instaló a la mañana siguiente, me llamó para personarse a continuación y darme las (mínimas) instrucciones necesarias para su manejo.

Lógicamente, nunca pensé que lo mío fuera una desagradable excepción. Comenté el tema en mi mesa del comedor, y casi todos los comensales tenían una experiencia parecida que contar. A uno le había desaparecido una pulsera que había comprado para algún regalo. A otro le desaparecieron 27,50€ que tenía separados para pagar lo que fuera. Y así la mayoría de residentes habían tenido problemas parecidos.

El mismo comentario en el jardín dio parecidos resultados. Claro que también asistí en primera persona a claros falsos positivos. Una mañana, Don Juan me comentó compungido que estaba preocupado porque le había desaparecido la cartera, donde tenía una mínima cantidad de dinero (15 ó 20 euros), pero también el DNI. Un par de horas después, cuando volví a verle, le recordé el episodio (tuve que hacerlo dos o tres veces, pues su memoria de corto plazo es extremadamente limitada). Cuando entendió, por fin, la pregunta, sonrió con cierta vergüenza y me dijo que, bueno, que a veces se empuja algo un palmo y ya no está en su lugar. Había recuperado, pues, sin problema, el contacto con su billetera.

Una residente temporal, fumadora compulsiva, una mañana estaba desesperada porque le había desaparecido el bolso, creo que de la habitación. Su máxima preocupación era que su mechero estaba en el bolso. Le presté uno para que pudiera atender a sus necesidades. Creo que el bolso reapareció, ignoro los detalles, aunque nunca recuperé mi mechero, por cierto.

Otro residente me comentó una mañana que le había desaparecido el reloj de su señora, recientemente fallecida, del cajón de la mesilla de su habitación. Cuando le comenté el tema a la directora, sonrió y me confirmó que una de las hijas del caballero había llevado el reloj a recepción, para que lo guardaran en la caja fuerte central. Y no le dijo nada a su padre, o éste ya lo había olvidado.

Lo más mezquino de estos hechos es que te hacen sospechar si detrás de la aparente abnegación de muchas visitas de hijos o nietos no se esconde alguna codicia clandestina e inconfesable. Si no persiguen realmente algún regalito en forma de efectivo (liberalidad no siempre recordada por el residente disminuido de memoria) o de ese anillo tan apreciado que casi mejor que no aparezca en el inventario tras el fallecimiento futuro de la madre, la abuela o la tía.

Y lo más miserable es que te hace sospechar de esos saludos siempre afectuosos y cariñosos de las auxiliares o del personal de limpieza, que te desean un buen día o que destacan cómo has mejorado al andar. Que alguna de esas personas, con las que inevitablemente acabas teniendo una cierta familiaridad, cometa la indignidad de robar directamente de las habitaciones, aprovechando que el testimonio del residente casi siempre es poco creíble, resulta francamente vomitivo.

La directora me contó también algunos episodios de auténticas organizaciones criminales que operan en el entorno de las Residencias de Mayores. Parece que tienen línea directa con la Policía, que les advierte del personal desleal identificado en alguna de ellas, para evitar que recale como personal de otra un tiempo después. En concreto, recuerdo un episodio que me contó, en que alguien del personal robaba los televisores de las habitaciones y, para evitar pasearse con ellos por las instalaciones, los bajaba por la ventana, con una cuerda, para que un cómplice las recogiera. En fin, el hampa nunca descansa.

Durante la mayor parte de mi estancia disfruté de la pequeña caja fuerte en la habitación, donde guardaba la billetera, el monedero, las llaves de casa, y así. Afortunadamente, no sufrí ningún otro incidente de este tipo.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 9: Erotismo

sábado, 30 de octubre de 2010

Lo que solemos llevarnos de los Hoteles

En todo viaje, completar la primera etapa es un evento muy especial. Si hay muchas etapas, el furor que describo a continuación se va mitigando.
Amenities en el cuarto de baño
Gran Hotel Excelsior, Malta
(Fuente: Excelsior)

Cuando llegamos a la habitación del hotel, muy frecuentemente estamos reventados por un largo viaje, tenemos jetlag del avión, es muy tarde por la noche, o muy pronto por la mañana. A menudo hemos tenido retrasos, muchas veces sólo tenemos tiempo para dejar el equipaje, porque tenemos que salir corriendo a una reunión o a lo que sea. Nos quitamos los zapatos para refrescar los pies, y los más ordenados abren el equipaje y disponen las camisas, los pantalones y demás en el armario (si lo hay) o donde buenamente se pueda. Utilizamos el baño (uf, ya casi no podía aguantar). Si hay mucha suerte, cogemos una cervecita del minibar y encendemos un cigarrito. La suerte, claro, es que haya minibar y que se pueda fumar.
Bloc para Notas
(Autor: Mark A. Hicks, Illustrator)
(Fuente: school.discovery)

A menudo estudiamos el mapa de la ciudad que nos han dado en recepción, para identificar la zona comercial, los restaurantes y así. Para confirmar que, finalmente, el hotel no está tan céntrico como publicitaban. Miramos por la ventana para identificar las vistas, si las hay. Igual hasta hacemos un par de fotos, porque hemos tenido suerte, y la habitación está en un piso alto y no da al patio interior y lúgubre.

Pero, pase lo que pase, la primera actividad que llevamos a cabo es siempre la investigación de "qué hay aquí de interesante para llevarse". En una habitación normal de hotel, hay seis lugares donde localizar gadgets que echarse al equipaje:
Bolígrafo promocional
(Fuente: grupoadm)

1) Las mesillas junto a la cama. Muy mal tiene que ir para que no haya un bloc de notas y un lápiz o bolígrafo. El  Bingo suena si tienen el logo del hotel. Quizá lo necesitemos durante la estancia, antes de irnos tenemos que pensar en echarlos a la maleta. Claro que, últimamente, lo más habitual es encontrar un bloc común sin identificar, y un bolígrafo de lo más barato que ofrezca el mercado, y sin logo, por favor. Bueno, tienen derecho a defenderse. Al llegar a casa, irán a parar a ese cajón o a esa caja de zapatos que utilizamos para guardar los souvenirs de los viajes. Con el tiempo, al bolígrafo se le soltará la tinta, y montará un pollo.
Cenicero desmoralizante
(Fuente: compradiccion)

2) La mesilla junto al sillón (para esto, la habitación debe tener ya cierto pisto). Si la habitación es para fumadores, fácilmente habrá ahí un cenicero y una caja de cerillas. Si tienen logo, suena de nuevo el Bingo. Claro que los hoteles han aprendido la lección, y los ceniceros que podemos encontrar son lo menos práctico que un diseñador loco haya podido imaginar. A ser posible, sólo sirve para una colilla, porque la segunda desborda. Aunque tenga el logo del hotel (o de la cadena; esto da menos puntos) tanto inconveniente a menudo nos desmoraliza. Las cerillas sí se van para el saco. Pero el fumador utiliza habitualmente mechero, por lo que acabarán donde el bloc y el bolígrafo. Con el tiempo, ni prenderán.
Revista Canal TV (Argentina)
(Fuente: mercadolibre)

En la mesilla podemos encontrar otra joya, en forma de alguna revista (turística del lugar, la de la televisión de pago, o, con suerte, alguna revista comercial, habitualmente de moda). Si alguna de ellas está a la venta en los kioskos, es fácil que acabe en la maleta, para leerla nunca.

Rara Avis, Calzador
(Fuente: viajespolares)
3) La mesa de la TV. Junto al televisor es muy habitual que haya un escritorio, donde yacen algunas maravillas. Puede haber folletos turísticos de los atractivos del lugar donde estamos (el Zoológico, un Teleférico, un Museo, un paseo en carromato tirado por caballos, una barbacoa de canguro, la salida de los pingüines -como los pingüinos, pero enanos- del mar, una granja de cocodrilos donde comprar bolsos, zapatos y cinturones, un restaurante recomendado,...). Pero habitualmente también hay algunos sobres y papel de carta, con el logo del hotel. Desde lo del correo electrónico, nunca escribimos cartas. Pero sobre y papel siempre pueden ser útiles, y lo echamos al morral.
Papel de carta del Plaza Hotel (1940-50)
Zulueta y Neptuno, La Habana, Cuba
(Fuente: madios)

4) El armario. Aquí lo que podamos encontrar varía mucho según la tipología del hotel. En muchos hoteles económicos no hay ni caso. Porque no hay armario, sino solamente dos estantes y un par de colgadores. Pero si hay armario, dentro podemos encontrar alguna joyita. Desde la bolsa para la ropa sucia (que cogeremos sin dudar, porque seguro que nos habremos olvidado de echar en la maleta, antes de salir de casa, alguna bolsa de basura para ese uso), hasta un set de costura (una aguja, dos tipos de hilo, y un par de botones) que probablemente dejaremos, pensando que nunca lo vamos a utilizar. El Bingo suena si hay un calzador. Por alguna extraña razón (desconocida para mí) es prácticamente imposible comprar un calzador en el comercio. Debe de ser un producto discontinuado. A veces en el armario hay incluso una tabla de planchar, que nos limitamos a mirar con aprensión. Algunas veces hay también ahí un secador de cabello. En ese caso nos limitamos a pensar, "vaya sitio de tener el secador".
Albornoz de nido de abeja piqué
(Fuente: solostocks)

5) El Cuarto de Baño. Habría que llamarle "depósito de tesoros" para hurtadores aficionados. Empecemos por lo que habitualmente se llaman las amenities. ¿lo cuálo?. Bueno, esas pastillitas de jabón, el tubito con gel, y el gemelo con champú; la gorra para la ducha, la lima para las uñas, el peine (Bingo); una esponjita para limpiar los zapatos, los Kleenex ("voy a coger unos cuantos, que nunca se sabe"). Claro que en ciertos hoteles económicos, lo único que vamos a ver es un bote invertido (firmemente anclado a la pared) con jabón líquido. Pero en todos hay papel higiénico. Si creemos que andamos un poquito sueltos, cogeremos un puñado y lo echaremos a la bolsa de mano por si acaso.

De hecho, la variedad y lujo de las amenities es utilizado por los hoteles en su publicidad, como un elemento distintivo. Y en los hoteles de gama más alta, podemos encontrar auténticas joyitas de marcas conocidas junto al lavabo.

Y luego, colgados de su perchero, para despertar la codicia, los albornoces para después de la ducha. Habitualmente rotulados con el logo del hotel (si alguien se lo lleva, por lo menos hará publicidad del hotel; bueno, mejor hará publicidad de que se ha alojado en ese hotel) y casi siempre con una indicación de que es "para su uso por el huésped. Si le gusta, puede comprarlo en la boutique junto a Recepción por XXX Euros".
Surtido de toallas para hotel
(Fuente: tejidoslaiguana)

Y las toallas, algunas flojitas, pero otras grandes y mullidas, de rizo americano. Pero nunca nos las llevamos, porque "están mojadas" cuando preparamos el equipaje.

6) El Minibar. Si lo hay, claro. Pero si el hotel es de cultura anglosajona, además podemos encontrar un calentador para hacernos café o té, gratuitamente (al menos un par de bolsitas de azúcar se van a la mochila fijo). En el Minibar habrá alguna botellita de licor, una o dos medianas de vino o champán, alguna cerveza, agua y refrescos. Y fuera del frío, unos cacahuetes, patatas fritas, Toblerone o aperitivos diversos. Aunque a veces los cacahuetes están casi helados. Ante todo, hay que mirar la caducidad, que eso tiene menos rotación que los botones de seis agujeros. Al lado estará, seguro, la lista de precios, habitualmente tan inflada que seguro que pensaremos "si es que se merecen que me lo lleve por la patilla".

En la mayoría de hoteles que tienen neverita en las habitaciones, sólo se tiene acceso a ella si se ha pasado una tarjeta de crédito por la bacaladera (o su evolución tecnológica). En algunos casos incluso hay una llave que no nos dan salvo que nos retratemos. Ante nuestra extrañeza, nos contaba hace años el Director del Hotel Botánico de Puerto de la Cruz, en Tenerife (un cinco estrellas Gran Lujo), "que habían tenido que retirar los Minibares de las habitaciones debido a los abusos". Especialmente porque los turistas playeros guardaban en la neverita sus propias provisiones, y no había ningún ingreso para el hotel.
Minibar de habitación de hotel
(Fuente: johnnyjet)

Algunos minibares son tan sofisticados que sólo por coger la lata de cerveza para ver la marca ya nos la cargan, porque disponen de sensores inteligentes. Las manitas quietas hasta que tengáis claro de qué va el tema.

Y si decidís llevaros ese par de monodosis de whisky, "que siempre te pueden sacar de un apuro", y os olvidáis de declararlo en el momento del check-out, que sepáis que recibiréis un cargo adicional a vuestra tarjeta de crédito. Que podréis discutir, pero, en fin...

Luego siempre nos quejamos de que "las maletas las carga el diablo". Afortunadamente, las compañias aéreas de low cost se han aliado con los hoteles con sus limitaciones en el equipaje. Antes de meter un solo lápiz en la maleta, debemos pensar si igual eso nos va a complicar la vuelta.
"Cuidado con los Carteristas y las Mujeres Sueltas"
(Fuente: mastgeneralstore)

Utilizad, pues, lo que el hotel pone a vuestra disposición. Pero no lo hurtéis, que el siguiente huésped también tiene derecho a que se le despierte la codicia. Antes de coger nada, pensad en esa caja de zapatos donde guardáis como souvenir la entrada de la Maestranza en la Feria del 95. O ese jaboncito untuoso que dice "Hotel Pitiflú. Quimbambas". Esa caja que suelta moho sólo por tocarla. Para qué os vais a llevar nada es la pregunta correcta. Si incluso estaríais dispuestos a pagarlo, entonces es que se os ha despertado la codicia buena.

Sed buenos, y dormiréis más tranquilos.

JMBA