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martes, 7 de octubre de 2014

El que paga, manda.

Poderoso caballero es Don Dinero. El que paga, manda. Nunca muerdas la mano que te da de comer. La sabiduría popular es muy rica, y siempre lleva razón.

Estos días estamos todos los ciudadanos absolutamente escandalizados por la información sobre la existencia y la utilización de las llamadas Tarjetas Black en Caja Madrid (y luego en Bankia). Me temo que todos tenemos un primer sentimiento (enfermizo) de envidia. Porque, ¿qué no podríamos comprar con una tarjeta de límite generoso y que supiéramos que no acabaría metiendo mano a nuestra cuenta corriente?.
Miguel Blesa, Presidente de Caja Madrid (1996-2009).

Pero el hecho es gravísimo, y puede ser causa de numerosos delitos, aparte de la desfachatez y la sinvergonzonería que el propio hecho demuestra.

En primer lugar, parece que esta maquinaria de corrupción se puso en marcha en Caja Madrid a mediados de los ochenta, y ha seguido en vigor hasta muy recientemente. Hay que reconocer que, a diferencia de gestores anteriores, Goirigolzarri es un banquero consciente y profesional, al que solamente se le puede achacar no haber denunciado con más ímpetu esta desvergüenza que se encontró al hacerse cargo de Bankia.

El sistema en sí es corrupto y manipulador. En efecto, daba al Presidente la potestad de repartir con liberalidad, de forma absolutamente arbitraria, jugosos sobresueldos (en negro absoluto) a los altos cargos de la entidad. Con total opacidad para los Órganos de Gobierno y Gestión de la entidad. Según se ha sabido, los gastos generados por estas Tarjetas Black se contabilizaban engañosamente como errores informáticos, o incluso a la misma cuenta en la que se reportan los gastos de tarjetas robadas que no se pueden cargar a sus titulares, y que acaban en la Cuenta de Pérdidas y Ganancias.

Este solo hecho ya supone administración desleal.

Pero estos gastos, según parece de índole muy variada y claramente, en su mayoría, de tipo particular e incluso suntuario, eran totalmente opacos a la Administración Tributaria. Ni la entidad realizaba retenciones fiscales a los perceptores (por la remuneración en especie), ni informaba a la Agencia Tributaria de los correspondientes perceptores y cuantías. Esto supone un delito fiscal por parte de la entidad y especialmente de su Presidente. En una cuantía total, por lo que parece, del orden de los 15,5 millones de euros.

Seguramente los perceptores no han llegado a incurrir en delito fiscal, sólo porque los importes anuales no parecen haber superado el límite de los 120.000 Euros. Pero sí son faltas o irregularidades fiscales, que pueden ser objeto de regularización fiscal con las sanciones correspondientes. Incluso si devolvieran el dinero percibido fraudulentamente a través de estas tarjetas, habría que evaluar el impacto de los intereses por disponer de esas cantidades durante varios años. No debería aceptarse que acabaran siendo créditos a interés cero.

Por supuesto, dado que Bankia tuvo que ser rescatada por el FROB (por lo tanto, con dinero público de todos los ciudadanos), ese uso de los fondos de la entidad sería objeto, en su caso, de delito de malversación de caudales públicos. El dinero pagado por este medio acabó siendo una pérdida adicional para la entidad, contribuyendo a la necesidad de rescate público. De nuevo, la devolución íntegra, con intereses, de esos importes al FROB (a todos nosotros, insisto), debería ser innegociable. Este delito es el único que no tendría sentido si los hechos se produjeran en una empresa totalmente privada.

Pero hay un factor adicional especialmente perverso en este método arbitrario de repartir sobresueldos fiscalmente opacos. Le daba al Presidente una herramienta formidable para la total manipulación de sus altos cargos, asegurándose su total docilidad. Porque el que paga, manda. Quizá no sólo por este motivo, pero esta liberalidad sin duda contribuyó a ello, un personaje siniestro como Miguel Blesa y otro jesuítico como Rodrigo Rato, tuvieron las manos libres para tomar decisiones en la entidad de acuerdo a sus intereses personales, sin temor a críticas internas y sin necesidad de mayores explicaciones. Si tienes algo que ocultar, rodéate de estómagos agradecidos, que nunca arrojarán luz a los esqueletos del armario..

La total opacidad de estos gastos y su contabilización, los ocultaban a cualquier auditoría o a la propia Asamblea de la entidad, de lo que se deriva una necesaria malevolencia de esos Presidentes, y un evidente ánimo de engañar.

Por parte de los perceptores, lo más cómodo resultó, por supuesto, callar y seguir gastando con liberalidad, en muchos casos accediendo a lujos que jamás se hubieran podido permitir por sus propios medios, y en otros por pura codicia y avaricia, sabiendo que no mermarían sus propias cuentas corrientes.

Parece que algunos titulares de esas tarjetas decidieron no utilizarlas y guardarlas en el cajón, pero tampoco denunciaron la evidente irregularidad. ¿Ley del Silencio, Omertà?. Si eres honesto, no la uses, pero no impidas que los demás lo hagamos con alegría.

Me cuesta mucho creer (vamos, que no me lo creo), que la propia Agencia Tributaria o la Fiscalía desconocieran por completo el hecho. Pero complicidades inconfesables, o bozales distribuidos por sus superiores para proteger sus intereses o a sus amistades, provocaron que la situación se prolongara en el tiempo, sin ningún impedimento.
Rodrigo Rato, Presidente de Caja Madrid (Enero-Diciembre
2010) y de Bankia (3/12/2010-9/5/2012)

Al final, como es habitual en los casos de corrupción, la salida a la luz pública de esta maquinaria corrupta ha tenido que venir por la denuncia (demanda, o querella) de un partido político que nunca mojó de ella, por el simple hecho de estar ausente por completo del Consejo de Caja Madrid o posteriormente Bankia. A diferencia de los partidos mayoritarios (PP, PSOE, IU), la patronal y los principales sindicatos (UGT, CCOO), que sí tenían algunos de sus miembros en ese Consejo, UPyD no tenía a nadie en esos órganos. Se ha demostrado algo bien sabido, y es que la codicia, la avaricia y la corrupción no tienen colores políticos. Acaba siendo ladrón, con honrosas y poquísimas excepciones, quien tiene ocasión de serlo con la confianza de una total impunidad.

Nadie puede asegurar su propia honradez si nunca tuvo acceso a la llave de la caja. Es por eso que, en el ánimo del ciudadano de a pie, aparece, incluso a su pesar, un primer sentimiento enfermizo de envidia. Curiosamente, la situación es parecida a la fidelidad en la pareja: nadie puede afirmar su propia fidelidad si nunca tuvo la oportunidad de no serlo (por ser más fe@ que picio y/o por carecer de otros atractivos, como el dinero). Dicen que la ocasión hace al ladrón, y la tentación es el origen del pecado.

Confío que la Agencia Tributaria y la Justicia hagan su labor, y evalúen las sanciones económicas y/o penales que correspondan en cada caso. Confío que los corruptos sean separados de todo cargo público por mucho tiempo o incluso de por vida. Y que los Grandes Manipuladores paguen con la cárcel acciones tan ignominiosas. Un Miguel Blesa, cuya única cualificación como banquero era ser amigo de Aznar, y que ya acabó con la carrera judicial de Elpidio Silva, que le investigaba (sin entrar a juzgar su idoneidad como juez), debe acabar en la cárcel. Lo mismo que Rodrigo Rato, que parece haber roto la vajilla en todos los puestos por los que ha pasado.

Caja Madrid engañó a los preferentistas, vendiendo activos ilíquidos y ruinosos a perfectos ignorantes financieros. Y Bankia engañó a muchos accionistas (entre ellos yo mismo, que acabé vendiendo sus acciones perdiendo más del noventa por ciento de lo que había pagado por ellas), cuando salió a Bolsa estando técnicamente en quiebra. Ahora resulta enternecedor ver a expertos financieros (abogados, economistas, incluso inspectores de Hacienda) alegando ignorancia, asegurando que se han sorprendido de ver cómo ese maná del cielo que cayó sobre sus cabezas por la liberalidad del correspondiente Presidente, resulta que era ilegal, jo. Que intenten convencernos de que llegaron a creerse que gastar sin control podía ser legal (e incluso responsable) sólo demuestra que, o son imbéciles ellos, o se creen que todos los ciudadanos lo somos. Impresentable.

Confío que se repare el daño, dentro de lo posible. Pero, la verdad, viendo la tibieza de muchos, no confío demasiado.

JMBA

viernes, 3 de mayo de 2013

A vueltas con Bankia... ¡¡¡otra vez!!!

Ya he escrito un par de veces sobre el timo y la estafa de Bankia (en Julio de 2011, con motivo de su salida a Bolsa, y en Mayo de 2012, cuando se hicieron evidentes las muchas mentiras de su dirección para disimular el descalabro). Sin embargo, su actual presidente, José Ignacio Goirigolzarri, me inspira una cierta confianza, y me parece uno de los personajes más serios en el panorama de la banca española.

Desde esta mañana, ya no soy un pequeño impositor en Bankia. Tenía una cuenta corriente inactiva, heredada de Caja Madrid, de la que me han volado más de 50 euros en los últimos dos años, por repetidas comisiones y cobro por servicios, a cambio literalmente de nada. La abrí en su momento, hace más de veinticinco años, cuando me trasladé a Madrid para vivir. Durante un tiempo, fue mi cuenta principal, pero luego la sustuí por la de otra entidad que me resultaba más conveniente. Durante unos años, solamente la utilizaba para pagar por Internet los impuestos municipales del Ayuntamiento de Madrid (el IBI y el Impuesto de Vehículos). Los últimos seis o siete años no la he utilizado para nada, pero recibía cada trimestre un cargo de 6 euros de cobro por servicios, y otro anual de 17 euros por una tarjeta Visa Electron que no he utilizado en la última década. Hoy me personé en la oficina de Bankia y, tras algún penoso via crucis (un único cajero para dar servicio a una cola importante de clientes; en su mejor tradición, por lo que yo recuerdo) y más de media hora de espera, conseguí mi propósito. Eso sí, de los 57 Euros que quedaban esta mañana en la cuenta, sólo conseguí rescatar unos 52 y pico, pues hasta el último día me infligieron un nuevo rejón de cuatro euros y pico de cobro por servicios (???!!!).

Bueno, por fin he dejado de ser cliente de Bankia. Ahora sólo soy un timado más de los muchos que hay, por la OPV de Bankia en el 2011. Los 5.000 Euros que invertí en el 2011 (1.333 acciones) fueron menguando de valor a ojos vista con el paso de los meses, especialmente a partir de que se descubrió el pastel de Rato, las cuentas sin auditar y los infinitos agujeros de que gozaba tan histórica entidad (bueno, históricas las cajas fusionadas en Bankia, en mi caso, Caja Madrid). 

Ya en 2013, la situación se deterioró todavía más, de modo que hubo días en que estaba perdiendo el 98% de la inversión inicial, ya que la acción sólo se cotizaba por unos pocos céntimos de euro.

Luego vino el contrasplit (un acordeón de toda la vida). Primero se redujo el valor nominal de las acciones antiguas a 1 céntimo de euro, y a continuación se agruparon 100 acciones antiguas en 1 acción nueva, para que las nuevas acciones tuvieran un valor nominal de 1 euro.

Como resultado de todo ello, mi inversión inicial se convirtió en 13 acciones nuevas, más un ingreso en cuenta de 33 céntimos de euro por los picos. De una cotización inicial de 17 euros para las acciones nuevas, su valor siguió desplomándose hasta que mis 13 acciones no representaban más que un valor de 146,90 euros, es decir, un 2,94% del desembolso inicial con la OPV (o lo que es lo mismo, el 97,06% de pérdidas), al cierre del pasado lunes 29 de Abril.

El  martes 30 de Abril se puso en marcha una Ampliación Monstruo de Capital, en dos tramos. El primero, con suscripción preferente para los accionistas, puede representar un montante en el entorno de los diez mil millones de euros, mientras que la segunda, dirigida a poseedores de participaciones preferentes y deuda subordinada (que serán necesariamente convertibles en acciones) podrá representar unos cinco mil millones adicionales.

Los accionistas hemos recibido un derecho por cada acción. Con cada derecho podremos (si queremos) comprar 397 acciones a un precio unitario de 1,35 euros. Como es habitual en estos casos, el primer día de la Ampliación (el martes 30 de Abril), la cotización se dividió en dos, una para las acciones existentes y otra para los derechos. Los últimos días se han producido movimientos de tipo especulativo que nadie en el mercado parece entender con claridad. Lo natural sería que el valor de la acción tendiera hacia el valor que se le da en la Ampliación, mientras que la cotización del Derecho debería ser, en grandes números, el complemento hasta la cotización de la acción la víspera de la Ampliación.

Pero todo está funcionando al revés. Mientras que la cotización del Derecho se ha hundido hasta los 0,4050 euros al cierre de este viernes, el valor de la acción ha remontado contra natura hasta los 6,20 euros.

Los 5.000 euros de la inversión inicial yo los consideraba ya como una pérdida latente en su práctica totalidad (latente, porque todavía no he vendido nada). Pero ahora me enfrento a un dilema para el que toda ayuda, querido lector, será siempre bienvenida.

Con los 13 Derechos que poseo, tengo posibilidad de comprar 5.161 nuevas acciones, por un montante global de unos siete mil euros. Es decir, un desembolso total de unos doce mil euros, contando el inicial de la OPV más el de la Ampliación (si acudiera en su totalidad). Si la cotización se mantuviera por encima de los 2,32 euros, podría enjugar la pérdida latente de las acciones iniciales de la OPV, o incluso obtener algún pequeño beneficio.

Pero todo ello es muy raro. Entiendo que la excepcionalidad del caso, y la extrema volatilidad de la cotización (variaciones porcentuales diarias de dos dígitos) se deberá a factores que yo desconozco, y que todos los analistas afirman también desconocer. Claro que resulta anormal que una entidad del tamaño de Bankia, en estos días todo su capital se divida en solamente 19,94 millones de acciones (el Santander tiene 10.538 millones de acciones, o el BBVA 5.532 millones de acciones). Tras la Ampliación Monstruo para accionistas, el número podría rozar los ocho mil millones, y posiblemente estar cerca de los doce mil millones de acciones, tras la conversión de preferentes y deuda subordinada.

También resulta anormal que la mayoría de acciones estén en manos de la entidad matriz, el BFA (Banco Financiero y de Ahorros) que, a su vez, en la práctica está nacionalizada, tras las sucesivas inyecciones milmillonarias del FROB (la última, con fondos del rescate financiero de la Unión Europea).

La pregunta a la que habría que encontrar respuesta sería: ¿quién c... está comprando masivamente acciones de Bankia, a un precio que, de ninguna forma se va a sostener tras entrar en circulación la avalancha de nuevas acciones?.  No me creo la teoría de los tiburones especulativos, porque a estos les mueve la esperanza de un rápido beneficio, y no creo que nadie en su sano juicio piense en la posibilidad de sacarle ningún beneficio a la venta de unas acciones compradas a precios tan abultados. Si hubiera tras estos movimientos alguna entidad con voluntad de constituir una minoría de control en el capital de Bankia, no tiene sentido que compre acciones estos días, cuando se van a diluir de forma bárbara, hasta por un factor de 397. Sería más razonable que compraran derechos, para hacerse tras la Ampliación con un número elevado de acciones a 1,35 euros la unidad. Pero la cotización de los derechos se ha desplomado hasta niveles ridículos, lo que viene a demostrar la falta de interés que tiene el mercado en esta Ampliación.

Cuando un pequeño inversor particular ve este tipo de movimientos especulativos inexplicables, la sensación es de que se mueve por ahí una ola gigante de comportamiento impredecible, y que si nadamos en aguas equivocadas, nos puede acabar engullendo sin piedad.

Sin embargo, debo reconocer que me tienta la posibilidad de enjugar por lo menos una parte de las pérdidas que ya he tenido con este valor. Algunos analistas predicen un valor objetivo (a 6-12 meses) en el entorno de los 1,90 euros. Si fuera a la totalidad de la Ampliación, y esta previsión se cumpliera, habría reducido las pérdidas latentes de casi cinco mil euros a poco más de dos mil. Eso sí, con un desembolso adicional de siete mil.

Para que se produzca un timo, es imprescindible la colaboración activa del timado. Y me tientan un poco esas estampitas.

Querido lector: tú, ¿qué harías?.

JMBA


(7/5/13) - Tras varios días analizando la situación, he decidido conservar, por el momento, las 13 acciones que poseo, pero vender los derechos (por los que he obtenido 10,29€ en el mercado). Renuncio de esta forma a la posibilidad de acudir a la Ampliación Monstruo. Mi razonamiento es que evalúo como muy alta la probabilidad de que la cotización de la acción de Bankia, una vez estén en circulación las enormes cantidades de nuevas acciones procedentes de la Ampliación y del canje de híbridos, seguramente estará - al menos durante algún tiempo - claramente por debajo del precio de esta Ampliación. De este modo, si me interesa recuperar alguna posición en Bankia, me resultará más rentable acudir al mercado entonces que a la Ampliación ahora.


(8/5/13) - Con el comentario anterior, la conclusión era evidente. He vendido las 13 acciones que tenía, y he recuperado 61,56€. Partiendo de que su cotización se va a desplomar tras la Ampliación, esta es una operación de salvar los muebles. En resumen, he tenido una pérdida patrimonial neta del 98,77% y, gracias a los 0,33€ de los picos y a los 10,26€ de la venta de derechos, una pérdida patrimonial a efectos fiscales de alguna milésima porcentual menos. Según se vaya viendo, ya tomaré nuevas decisiones sobre este valor.

martes, 29 de mayo de 2012

La Estafa (que no cesa) de Bankia

Yo no soy cliente de Bankia. Quiero decir que no les debo dinero. Porque los clientes de un Banco son los que compran (o han alquilado) el producto que los bancos venden: dinero.

Sí soy un pequeño impositor. Mantengo una cuenta corriente residual (procedente de Caja Madrid), que llegó a tener algo más de cien euros de saldo, pero que las sucesivas comisiones y cargos se lo está llevando por delante. Debería haberla cancelado ya, porque no la utilizo para nada.
Rodrigo Rato ha sido el último Presidente de Bankia,
antes de la intervención.
(EFE; fuente: heraldo)

Y también soy uno de los 400.000 timados por la salida a Bolsa de Bankia en Julio de 2011. La diferencia entre un timado y un estafado es que mientras este es pasivo (simple sufridor), aquel es activo (debe tomar una decisión, que podría haber sido en sentido contrario). En el timo se requiere de la participación del timado, de que juegue un papel decisivo su codicia personal (recordemos el timo de la estampita, o el del toco mocho). En la OPV (Oferta Pública de Venta) solicité un pequeño número de acciones por un valor, en ese momento, de cinco mil euros, que resultaron en 1.333 acciones, al precio final de salida de 3,75€. Desde entonces, hace ya casi un año, jamás el valor de la acción volvió a ese nivel, y en los últimos meses, semanas y días, su cotización se ha desplomado. Hoy ha llegado a valer tan sólo 1,14€ al cierre, y muchos analistas coinciden en darle un valor objetivo a la acción de Bankia del orden de los 20 céntimos.

Como accionista, ya he perdido el 70% de la inversión inicial, y la previsión es que pueda llegar a perder hasta el noventa y pico, si no directamente el cien por cien (que sería el caso de haberse declarado una quiebra). Cuando se juega en Bolsa, no se pierde realmente nada mientras no se venden los valores (o simplemente desaparecen). Afortunadamente, mi (pequeña) inversión no era en base a un préstamo que deba devolver, por lo que puedo mantener ese valor, a la espera de que en el medio o largo plazo pueda llegar a recuperar un importe más presentable.

Como es preceptivo, la operación de salida a Bolsa iba acompañada de un folleto explicativo (que se puede ver en el registro de la CNMV). Se trata de un documento de seis páginas, en letra más bien pequeña, que detalla los extremos de la emisión, los riesgos que tiene para el inversor (propios de la entidad, del sector y de España como país), y se aportan también unos datos financieros de la entidad que, recordemos, procedía de la fusión de siete cajas de ahorros. En resumen, plantea un total de activos por 283 millardos de euros (utilizo esta expresión por no poner billions, que resulta confuso), con un Patrimonio Neto (fondos propios y demás), por 13,7 millardos. Explica que tiene una fuerte exposición a los créditos inmobiliarios (tanto a particulares como a promotores), y en general se cura en salud (lo que es habitual en este tipo de documentos). Fija una banda de precios (indicativa, pero no vinculante) entre 4,41 y 5,05 euros por acción en la salida a Bolsa, que luego se corrigió a la baja hasta el precio definitivo de 3,75 euros.

Entre los riesgos, se detallaba el ligado a la presencia del FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) como acreedor del mayor accionista de Bankia (el Banco Financiero y de Ahorros, a su vez propiedad de las siete cajas fundidas en Bankia). Se decía que con fecha 3 de Diciembre de 2010, el FROB suscribió participaciones preferentes convertibles (PPC) en acciones emitidas por el Banco Financiero y de Ahorros (matriz de Bankia) por importe de 4.465 millones de euros. Se advertía de que, dependiendo de las circunstancias, el FROB podría llegar a convertirse en socio mayoritario o de control de la entidad.
Miguel Blesa, Presidente de Caja Madrid desde 1996
hasta la llegada de Rato.
(Fuente: periodistadigital)

Está por ver (y me gustaría que se den todas las explicaciones necesarias) si los datos aportados en ese folleto eran correctos en ese momento, o ya sufrieron un cierto maquillaje para hacer más atractiva la oferta. En otras palabras, me gustaría saber si Rodrigo Rato y su equipo de dirección, en Julio 2011, ya anticipaban lo que ha acabado sucediendo sólo unos meses después (aunque no se lo contaran a nadie).

Debo decir que mi decisión de realizar una pequeña inversión en la entidad se basó en el convencimiento de que se trata(ba) de un banco sólido, con muchos años a sus espaldas en este negocio. Con ello quiero decir que tomé una decisión libre (que podría haber sido la contraria). Por lo tanto, debo asumir el resultado de mis decisiones, y no hay mucho más que decir.

Desde Julio de 2011 hasta la fecha de hoy, la entidad no ha distribuido ni un céntimo en dividendos para sus accionistas. Y tal y como están las cosas, más vale que olvidemos esa posibilidad, que no sucederá en los próximos años o lustros.

El 29 de Febrero de 2012, Bankia registró en la CNMV lo que se llama información financiera intermedia, con los resultados (activo, pasivo, cuenta de pérdidas y ganancias,...) para el 2º semestre de 2011, según consta, firmada el 24 de Febrero por todos los miembros de su Consejo de Administración. Las cifras principales detallan que (a 31 de diciembre de 2011), sus activos totalizarían 301 millardos de euros (es decir, 18 millardos más de lo que se dijo en el folleto de la OPV) y el resultado (después de impuestos) de ese semestre arrojaría un saldo positivo de casi 159 millones de euros. Ahora hemos sabido que esas cifras jamás fueron aprobadas por los auditores y que, muy probablemente, son falsas de toda falsedad.

El 6 de Mayo, La Vanguardia publicaba una información (fechada en Valencia, pues el domicilio social de Bankia es la sede de la anterior Bancaja, en Valencia) según la cual se celebraría una Junta General de Accionistas de Bankia la semana siguiente, en la que se propondría un reparto de dividendos a los accionistas por valor de 152 millones de euros (un payout del 50%; esa cantidad sería la mitad de los beneficios atribuidos en ese momento para 2011). Esta información nunca llegó a oficializarse en la CNMV. Al día siguiente (el lunes 7 de Mayo), dimitía Rodrigo Rato, y se desencadenaron los hechos conocidos que han llevado a la intervención de la entidad.

El sábado pasado, el nuevo Presidente de Bankia (José Ignacio Goirigolzarri) comunicó públicamente que Bankia necesita una inyección de capital de 19.000 millones de euros (adicionales a los que ya aportó el FROB en Diciembre de 2010) para ser viable. Dejó claro que no se trata de un préstamo (por lo tanto, a devolver), sino de capital para el que la entidad intentará crear valor.
Esperanza Aguirre tiene que contar lo que sabe sobre
Caja Madrid y la fusión en Bankia.
(Fuente: olahjl2)

En resumen, los ciudadanos de este país (sin comerlo ni beberlo) tendremos una participación total de casi 23.500 millones de euros en el capital de la matriz de Bankia, el Banco Financiero y de Ahorros (BFA). Un capital que, si no enderezan por completo y con rapidez las cosas, podría acabar fundiéndose como esa modesta inversión personal de 5.000 euros. El Estado, a través del FROB, será el accionista mayoritario del BFA. Dado que el BFA es socio mayoritario (de control) en Bankia, el Estado pasa a controlar la entidad en su conjunto.

Yo, como particular, he sido timado por Bankia. Consideraba que se trataba de una entidad sólida, y que sus acciones podrían rendir dividendos todos los años, y que su valor, en el medio y largo plazo, podría aumentar, de modo que la inversión inicial pudiera ser, con el tiempo, rentable. De momento, todo eso se ha esfumado. Ahora, el gigantesco capital (por cierto, casi cuatro billones de las antiguas pesetas) que ponemos entre todos en su matriz (el BFA), podría convertirse en una pura estafa, ya no un timo, pues nadie nos ha pedido nuestra opinión.

Es vital que todo el proceso, de ahora en adelante, tenga luz y taquígrafos, y la máxima transparencia. Hasta ahora, el BFA es propiedad exclusiva de las siete cajas integrantes de la fusión, en las proporciones definidas en el acuerdo de fusión firmado el 30 de Julio de 2010, y a las que hacía referencia con motivo de la salida a Bolsa de Bankia. Hasta ahora, el FROB es acreedor de BFA (no accionista) y, por supuesto, BFA no cotiza en la Bolsa (no existen acciones de BFA en los mercados). Con la nueva inyección de capital, ignoro cuál será la figura que se escogerá. Lo más nítido (y limpio) sería la conversión de todo el capital de BFA a acciones, de modo que las cajas fundadoras pasarían a tener una participación minoritaria, y el Estado controlaría la mayoría del capital de BFA e, indirectamente, también de Bankia. Yo, como pequeño accionista, pasaría a ser copropietario de Bankia con el Estado, en lugar de serlo con las siete cajas fundadoras.

De todas formas, pensar que en algún momento del futuro (más o menos próximo; más o menos remoto) el Estado pueda vender su participación en BFA (e indirectamente en Bankia) a otra entidad por un importe igual o superior a los 23.500 millones de euros es una ficción insostenible. Parece más creíble pensar que, o bien el Estado se queda en la entidad y Bankia sería, a todos los efectos, una banca pública, o bien en algún momento se producirá un acordeón, por el que alguna otra entidad pudiera acabar pagando una pequeña fracción de ese capital a cambio de quedarse con el control de Bankia. Esta sería una pérdida neta del patrimonio de todos, que requiere de muchas explicaciones: a la estafa se le sumaría el expolio.

No conocemos (espero que sea sólo todavía) los detalles de la situación financiera real de Bankia (y del BFA). De momento, sí parece claro que las cuentas para 2011 (que los auditores se negaron a validar) estaban falseadas, y realmente hubo abultadas pérdidas y no pequeños beneficios, como se comunicó en su día. 

Pero queda  por aclarar un tema de importancia decisiva, que es la determinación de responsabilidades, y su correspondiente satisfacción, incluso penal, si fuera el caso. Pero los partidos políticos mayoritarios no parecen dispuestos a que haya, inicialmente, una comisión parlamentaria para determinar las responsabilidades políticas, y que se inste a la Fiscalía a investigar las posibles responsabilidades penales. Para los políticos (muy especialmente -pero no solamente- los del PP, y no sólo a nivel nacional, sino de forma muy determinante en Madrid y Valencia) sería incómodo que Miguel Blesa y Rodrigo Rato tuvieran que comparecer para explicar qué es lo que ha ocurrido.  Eso pondría en evidencia la manipulación política de la entidad, la obligación de financiar proyectos absurdos (sin viabilidad económica) a mayor gloria de algunos políticos. Entre ellos, Terra Mítica, el aeropuerto de Castellón (el que es para personas, no para aviones), el circuito de Fórmula 1 de Valencia, o los múltiples proyectos inmobiliarios con los que algunos contaban forrarse y que han resultado un descalabro. Posiblemente tendría que comparecer en esa Comisión Esperanza Aguirre, o Francisco Camps, o el propio Zapatero o alguien de su equipo económico.
Valeriano Gómez, Ministro de Trabajo con Zapatero,
ha sido consejero de Bankia en esta última etapa.
(Fuente: actibva)

Pero no debemos cejar en el empeño. El mal ya está hecho en Bankia, pero hay que depurar responsabilidades, todas las responsabilidades. O seguirá ocurriendo lo mismo en otras entidades a partir de mañana. De hecho, la reacción de los mercados no es la de alguien que suspira aliviado por haber separado la manzana podrida, sino de alguien que ha descubierto que el cesto contiene manzanas podridas. El argumento que ya se ha utilizado, para negar una investigación, de que eso podría provocar intranquilidad en los mercados es nulo de toda falsedad.

Aunque el tratamiento dado a este tipo de asuntos en Estados Unidos dista mucho de ser ejemplar, por lo menos hay algunos responsables encarcelados, y les hemos visto sometidos a duros interrogatorios en el Congreso y en el Senado. Aunque también hay (presuntos) culpables por acción o por omisión, que siguen ocupando cargos de responsabilidad. 

La que empezó siendo una crisis financiera (principalmente ocasionada por la codicia sin límites de los agentes de un sistema poco o nada regulado -tolerado o consentido por las autoridades-, y por el absoluto desprecio del riesgo), evolucionó a crisis de Deuda Pública y a una crisis económica global, especialmente en la Unión Europea. De ninguna forma debemos permitir que evolucione hacia una crisis moral y ética, si los verdaderos responsables de tanto descalabro se acaban yendo de rositas. Al Gobierno tenemos que exigirle que investigue hasta el final, caiga quien caiga.

Con nuestro dinero sólo podemos jugar nosotros mismos, si nos apetece (yo lo hice, y no me ha salido muy bien que digamos). Para el dinero que es de todos, transparencia sin piedad. Que nadie se ponga de perfil para pasar inadvertido. Que un colchón de billetes de tal tamaño, cruje incluso andando de puntillas por encima. De ninguna forma debemos aceptar que la desidia con que se trate este tema ahora facilite que otros responsables desprecien el riesgo (quizá persiguiendo su propia fortuna personal), en el convencimiento de que si sus apuestas en el Casino Mundial salen mal, ya vendrá Papá Estado, que somos todos, al rescate. Y que, por cierto, si salieran bien, a la saca.

A los responsables, ni agua.

JMBA

sábado, 12 de mayo de 2012

"Es el Negocio, estúpidos"

En 1992 se desarrolló una campaña electoral en Estados Unidos, que le dio un vuelco a las previsiones iniciales. George Bush (padre) partía como vencedor, gracias a lo que el público percibía como éxitos de su gestión (final de la Guerra Fría, la Guerra del Golfo Pérsico tras la invasión de Kuwait,...). Los asesores de Bill Clinton, que acabó convirtiéndose en Presidente, intentaron focalizar la campaña en algo diferente, en temas donde la posición de Bush era menos sólida. Aunque inicialmente fue una simple nota interna de recordatorio para los miembros de la campaña demócrata, la frase "the economy, stupid" se convirtió en un eslógan, que se ha reutilizado (mutatis mutandi) en muchas ocasiones posteriores, para diversos temas. Su sentido es fácil de entender: hay que centrarse en lo importante, lo trascendente, lo significativo, lo relevante. Y hay que evitar volar a merced del viento de las opiniones preponderantes o mayoritarias.
Una de las torres inclinadas de la Plaza de Castilla de
Madrid, con el logo de Bankia.
(Fuente: ultimahora)

En castizo podríamos decir que, a menudo, el árbol no nos deja ver el bosque.

En la crisis bancaria, o así, a la que parece que estamos asistiendo, se oyen muchas opiniones para todos los gustos. Desde las diatribas dialécticas extremistas contra los explotadores y los ricos de este mundo, hasta las acusaciones a los políticos que han manipulado a muchas instituciones según sus propios intereses (particulares o partidistas). Con muchos matices intermedios.

Pero encuentro a faltar un recordatorio, una llamada de atención, que ponga el énfasis en que lo realmente importante para los Bancos (y las Cajas de Ahorro) debería ser centrarse en su negocio, en el núcleo de su razón de existir. Un negocio (y un modelo) que muchas veces se ha abandonado o incluso traicionado, persiguiendo otros objetivos no siempre confesables. Es el Negocio, estúpidos. Cuando una entidad va mal, hay que analizar si su Negocio (el básico, el core) funciona correctamente o no. Si no funciona, malo, malo. Y también, si acaso, si han abandonado ese negocio central, persiguiendo quimeras financieras y codicias de corto plazo. En este caso, toca reprender a los gestores. 

Hablaré de los Bancos en general, pero creo que muchos de los temas y problemas son comunes con las Cajas de Ahorro (aunque hoy ya todas están prácticamente bancarizadas, salvo lo que quede, si queda algo, de su Obra Social).

Un Banco es una empresa. Como todas las empresas, su objetivo es vender bienes o servicios a otras empresas o a particulares, que pagan dinero por ellos. Hay empresas que fabrican automóviles, hay otras que nos suministran electricidad a los hogares o industrias, hay otras que nos preparan comidas (para ahorrarnos tiempo o para aumentar el placer), e incluso otras que nos dan servicios de asesoría de cualquier tipo, o que nos ofrecen transportarnos a otros lugares en tren, en avión o en barco. Para todas ellas su razón de ser son sus clientes: las personas o empresas que están dispuestas a pagar un cierto precio (habitualmente definido por un equilibrio de oferta y demanda, por unas condiciones de competencia de mercado o por una regulación gubernamental) a cambio de los bienes o servicios que esas empresas pueden proporcionar.

La singularidad de los Bancos es que lo que suministran es dinero. Y, curiosamente, dinero a cambio de dinero. Es decir, el dinero también tiene un precio, como el resto de recursos necesarios para llevar adelante cualquier actividad humana. Un precio que, por cierto, puede variar en función de muchos y variados factores.

Desde este punto de vista, los clientes de los Bancos son aquellos particulares y empresas a quien el Banco ha vendido dinero (a cambio de un cierto precio). A diferencia de otras operaciones de compra/venta, que se realizan puntualmente y se pagan en el acto (asumamos esta simplificación), la venta de dinero es una operación de largo plazo. Para quien vende un coche a un particular, la transacción termina en cuanto el cliente lo paga. A partir de ahí, a ese cliente intentará velarlo y atenderlo el Servicio Técnico, para asegurar un mantenimiento correcto que garantice su utilización en las mejores condiciones. Para que el cliente quede satisfecho de su compra. Pero para el fabricante, ese cliente deja de serlo en cuanto lo ha pagado, y sólo intentará mantener la relación con él, por la esperanza de que pueda volver a comprar un coche nuevo (de la misma marca) en el plazo de unos años.

La relación de un Banco con sus clientes es algo más compleja. Porque el dinero realmente no se vende, sino que se cede el derecho a utilizarlo durante un cierto tiempo, bajo unas condiciones estrictamente pactadas. Pero, al final, el cliente deberá devolver el dinero que el Banco le prestó, aparte de pagar el precio estipulado por su utilización. Hasta cierto punto, su modelo de negocio se parecería más al de una empresa de alquiler de automóviles que al propio fabricante.

En este tipo de transacciones hay que considerar, pues, un factor adicional, que es el riesgo. Al final del período el Banco debe recuperar el dinero cuya utilización cedió. Del mismo modo que quien alquila un autómovil durante unos días puede acabar estrellado en alguna cuneta, y el coche cedido convertido en pura chatarra con ningún valor, quien toma dinero prestado de un Banco puede acabar no devolviéndolo por muy diversas razones. El alquilador de automóviles intenta asegurarse ante estas eventualidades: una tarjeta de crédito donde cargar los gastos inesperados, un seguro que cubra los desperfectos, etc. etc. El objetivo de todo ello es que la única obsesión del alquilador de automóviles sea conseguir suficiente número de clientes para obtener un rendimiento correcto de su stock de coches. La única amenaza para su modelo de negocio es que los coches estén parados, sin ser utilizados por ningún cliente.

Cualquiera que ofrezca vender (o arrendar) un bien o un servicio, tiene que disponer previamente de él. Por eso los alquiladores de automóvil se preocupan de realizar compras de lotes de coches a los fabricantes, en las mejores condiciones que puedan conseguir. Además, deben preocuparse de que los coches estén físicamente en el lugar donde hay clientes dispuestos a pagar por su utilización durante un cierto período.

Para los Bancos este problema es menor, ya que no tienen ninguna dificultad logística. El dinero puede fluir de modo instantáneo allí donde se le requiera. No hay que transportarlo, ni disponer físicamente de él allí donde hay un cliente dispuesto a pagar por utilizarlo durante un tiempo. En este sentido lo tienen más fácil para organizarse.

Un Banco, pues, para desarrollar su negocio debe disponer de un stock de dinero, de capital. Para disponer de él tiene muchos métodos. Recordaba ayer a esos bancos familiares primigenios, que ilustran el modelo básico. Si yo (o mi familia) tenemos dinero, a través de ese Banco puedo encontrar clientes que estén dispuestos a pagar un cierto precio por utilizarlo durante un tiempo. Es decir, le puedo sacar rentabilidad a ese capital para el que mi familia no tiene otro uso. Si consigo más clientes de los que puedo satisfacer con el dinero que tengo, puedo recurrir a impositores: terceros (particulares o empresas) dispuestos a prestar su dinero al Banco durante un tiempo, a cambio de una cierta remuneración pactada. El modelo del Banco está a salvo si la diferencia entre la remuneración que le pagan por el uso del dinero y el que debe pagar por el uso del dinero de terceros es suficiente para pagar los costes de funcionamiento del propio Banco.
El negocio básico de los Bancos se parece al de los
alquiladores de automóviles: ceden por un tiempo la
utilización de un recurso (el dinero) a cambio de una
remuneración pactada, y la devolución del recurso.
(Fuente: sixt)

Por cierto, esta actividad de intermediario entre los que tienen dinero y los que lo necesitan temporalmente alumbra una oportunidad adicional de negocio para los Bancos. Pueden actuar también de intermediarios entre sus propios clientes y aquellos otros particulares o empresas con quienes su cliente mantiene relaciones económicas de cualquier tipo. Nace así el concepto de Cuenta Corriente, esa especie de cartera electrónica que nos descarga de la necesidad de movernos permanentemente con el fajo de billetes en el bolsillo. Nos ingresan dinero a esa CC las empresas para quienes trabajamos, o los clientes a quienes hemos vendido algún bien o servicio, y del dinero en esa CC pagamos las facturas de la electricidad o de los proveedores en general, a quienes hemos comprado algún bien o servicio. Aunque los Bancos pueden cobrar alguna comisión por este servicio, es habitual que no le cueste nada al impositor, a cambio de que el Banco dispone de ese dinero prácticamente sin tenerlo que remunerar. Si el número de impositores es suficientemente elevado, el Banco puede contar con que la probabilidad de que todos ellos quieran retirar su dinero el mismo día es remota; por ello, podrán contar con una parte de ese dinero como capital estable del que disponer para aumentar su negocio natural.

Siempre, claro, que la gestión del riesgo sea correcta. Es decir, que sus clientes le devuelvan sin falta el dinero utilizado, al final del período acordado. Y que le paguen por su utilización el precio acordado.

Si fuera posible asegurar un funcionamiento con riesgo cero, en el límite un Banco podría funcionar sin capital propio. Sin embargo, y dado que estas condiciones ideales son imposibles de asegurar, las autoridades (la Administración, los Gobiernos) imponen algunas condiciones a las empresas que quieren poder funcionar públicamente como Bancos. En particular, les exigen disponer de una cierta cantidad de capital propio. Y, además, a cambio de cumplir esas exigencias, protegen a los impositores con el margen de confianza que da saber que la entidad está cubierta por la Administración.

Para atender a estas necesidades de capital, el Banco puede decidir emitir acciones, es decir, permitir a terceros que participen del capital del Banco, y que puedan ser remunerados (por ejemplo, mediante dividendos) en función de los beneficios que consiga la entidad por llevar a cabo su actividad. O puede emitir otros instrumentos financieros (bonos, pagarés,...) con un rendimiento pactado a cambio de poder utilizar ese dinero durante un período de tiempo. Todos estos instrumentos financieros tienen su propio nivel de riesgo, que debe ser conocido por el inversor antes de tomar su decisión. El valor de las acciones dependerá de la marcha de la entidad; percibir dividendos (y su cuantía) dependerá de la capacidad de la entidad en generar beneficio; y la remuneración (o incluso la devolución del capital) de otro tipo de instrumentos puede verse comprometida bajo determinadas circunstancias.

Si la entidad goza de confianza, podrá también financiarse a partir de los mercados de capital, mediante préstamos o créditos de muy diversas características y condiciones. Los mercados de capitales, en general, basarán sus estrategias en una cierta ecuación entre la rentabilidad y el nivel de riesgo (real y/o percibido). A un riesgo nulo le corresponderá una rentabilidad modesta y al revés. Por eso nos está costando tan cara la Deuda Pública en estos tiempos, por una percepción de los mercados de un elevado riesgo para España. La famosa prima de riesgo.

Conviene aquí no perder de vista el modelo básico (es el Negocio, estúpido). Un Banco necesita disponer de capital (lo más barato posible) para poderlo prestar (lo más caro que le permitan la competencia y las condiciones del mercado). Y la buena gobernanza de una entidad de ese tipo debe basarse en la correcta gestión (y cobertura) del riesgo.

Con este modelo básico en la cabeza, no hay ninguna necesidad objetiva de que los Bancos sean muy grandes para poder sobrevivir.

Pero el funcionamiento de los Bancos reales se ha ido convirtiendo en mucho más complejo y sofisticado. Por ejemplo, para limitar el riesgo, puede decidir hacerse con capital de terceros a cambio de venderles las deudas (por ejemplo, una parte de los préstamos que ha concedido a terceros -particulares o empresas-). El comprador paga un dinero a cambio de hacerse con el derecho de recibir de los deudores la remuneración pactada con el Banco, y el propio capital prestado al final del período correspondiente. Y también compra el riesgo (y por tanto libera al Banco de él) que esas deudas puedan tener. Empieza con estos movimientos lo que se llaman los derivados (o productos financieros derivados).

La extensión ad infinitum de esta práctica, incluyendo deudas de baja calidad (de elevado riesgo), es lo que provocó el inicio de esta crisis financiera mundial, las llamadas hipotecas subprime. Deslumbrados por una abundancia obsesiva de capital, de crédito (desbrozar su origen sería objeto de otra conversación), muchos particulares aceptaron dinero prestado, aunque tuvieran escasas posibilidades de poder cumplir las condiciones pactadas para su devolución. Pero las entidades estimaron que, existiendo una garantía inmobiliaria (una vivienda, un local, un solar,...) cuyo valor pensaban (genuina o espúreamente) que no cesaría de aumentar en los años y décadas siguientes, el riesgo era muy limitado y asumible.
No ha pasado ni un año desde esta imagen de la salida a Bolsa de Bankia.
(Fuente: tusdepositos)

Ese efecto se vio multiplicado y amplificado por las pingües remuneraciones que se ofrecían a los empleados (brokers, directivos) que consiguieran vender esos paquetes de deuda a terceros (al margen de su calidad intrínseca, o precisamente debido a su baja calidad real).

El efecto de este tipo de prácticas es el de la Bola de Nieve. Cada vez se va haciendo más grande y se desliza a mayor velocidad. Pero no existe ninguna pendiente en ninguna montaña del mundo que sea infinita. En algún momento se llega al llano, y la Bola se espachurra y deja a la vista que no todo es nieve en su interior: ha arrastrado piedras, guijarros, arena, porquería en su recorrido.

Metidos ya en movimientos de este tipo (la segunda o tercera derivada de la actividad bancaria), sí resulta imprescindible tener un gran tamaño para poder sobrevivir. Porque la economía está muy globalizada, y las sinergias que proporciona ser una entidad muy grande son las que permiten acceder a los capitales más baratos y prestarlos donde se esté dispuesto a la remuneración más alta. Sólo una entidad que sea visible desde la economía global puede sobrevivir en esas aguas turbulentas. Pero con ese aumento de tamaño, algunas entidades se convierten en sistémicas, es decir, que su quiebra o desaparición podría hacer tambalear a todo el sistema financiero; por ello las autoridades se ven obligadas a protegerlas, para evitar que eso pueda llegar a suceder. Una entidad como Bankia, por ejemplo, gestiona del orden de un cuarto de billón de euros en recursos, tiene hasta 400.000 accionistas minoritarios y 10.000.000 de clientes. Realmente, no sabemos cuántos de esos diez millones son clientes de verdad, es decir, que tienen deudas con Bankia, y cuántos son simplemente impositores, cuentacorrentistas o depositantes.

Llevamos ya varios años en España sumergidos en una permanente reforma financiera. Existe una auténtica obsesión por conseguir entidades de mayor tamaño, y por lo tanto, que sean más visibles en los mercados internacionales y que tengan mejores capacidades de supervivencia o incluso de excelencia. Se viene persiguiendo que esa Bola de Nieve sea cuanto más grande, mejor. Pero da la sensación de que se ha obviado bastante la validación sobre lo que la Bola encierra en su interior. Si la Bola parece de Nieve, pues será Nieve lo que hay en su interior, y todos felices.

Las instituciones internacionales han venido realizando múltiples pruebas de solidez (los llamados stress tests) a todas las entidades financieras. El Gobierno nos decía que las instituciones financieras españolas eran de las más sólidas y solventes del mundo. Estábamos en la Champions League de la Economía, y la mayoría de nuestras entidades, en general, superaban con nota ese tipo de pruebas. Y eso probablemente fuera cierto. Pero las laderas de nuestra montaña tienen más piedras y arena que otras vecinas. La implicación de muchas de nuestras entidades con la locura del ladrillo, los enormes préstamos concedidos (con sensación de riesgo nulo) a promotores inmobiliarios, constructoras y particulares van quedando a la vista cuando la Bola de Nieve se espachurra. La hipótesis (de un cierto modelo de negocio desquiciado, o incluso de las propias pruebas de esfuerzo) resultó falsa, y muchos de esos solares, promociones , viviendas, locales o plazas de garage no solamente tienen un valor muy inferior al que se había pensado, sino que además son activos mucho menos líquidos de lo que se asumió: nadie quiere comprarlos. Posiblemente algunos estén esperando a que sus precios se desmoronen definitivamente, para conseguir auténticas gangas.

Con esto llegamos a los llamados Activos Tóxicos. Propiedades que han pasado a poder de los Bancos, al no poder hacer frente a los préstamos sus anteriores dueños (que han sido incapaces de venderlos, o incluso de terminar su construcción). Y que han ingresado como activos de la entidad a los precios a los que se tasaron, pero que, hoy por hoy, son absolutamente irreales. Posiblemente un piso terminado pueda acabar vendiéndose (a algún precio). Pero las promociones a medio hacer o los solares, posiblemente tienen un valor prácticamente nulo hoy en día.

De ahí vienen los principales problemas que están arrastrando nuestras entidades financieras. Las más grandes tienen una actividad más diversificada (incluso en otros países del mundo) y el impacto del ladrillo nacional es menor sobre sus cuentas de resultados y sobre su solvencia general. Pero el caso de Bankia es ejemplar: tanto Caja Madrid como Bancaja eran posiblemente las dos entidades con una exposición mayor a los préstamos inmobiliarios; y el resto de cajas más pequeñas que también formaron parte de la fusión aportan sus granitos de arena en la misma dirección. La Bola de Nieve se hizo mucho más grande, pero dentro hay mucha piedra y arena. Y eso sin incluir en la imagen las múltiples (y nefastas) decisiones financieras que los políticos les obligaron a aceptar. Cuando los que deciden no son los profesionales, siempre hay mucho riesgo. Manejar (como han hecho muchos políticos) las Cajas de Ahorro como si fuera la bota de San Farriol (esa que nunca tenía fondo) es, simplemente, una iniquidad. Que debería acabar en la cárcel.


Imagen clásica de una maravillosa promoción inmobiliaria.
El Ladrillo Nacional
(Fuente: empresaslider)


¡Qué pena que el maestro Berlanga haya muerto, porque podría hacernos sonreír con un nuevo episodio de su trilogía: El Ladrillo Nacional!.

Ahora, una vez más, todos quieren realizar catas de las Bolas de Nieve, para determinar la proporción de piedra y arena que contienen. La Unión Europea insiste en realizar evaluaciones independientes de la exposición al ladrillo, y verificar la calidad del capital que las entidades dicen poseer. Y el Gobierno no para de exigirles mayores reservas de capital como cobertura de esos descomunales riesgos (o ya mejor, realidades).

Como es habitual en todas las empresas, las tragedias económicas de las empresas las provocan los clientes, cuando estos dejan de comprar, no pueden seguir haciéndolo, buscan a otros proveedores alternativos, o la empresa se vuelve incapaz de suministrarles lo que buscan. Si una entidad no da crédito, se aleja de su modelo de negocio básico, y se huele la sangre. Acosada por su inacabable reserva de activos tóxicos, exagera la evaluación de riesgo de cualquier préstamo nuevo. Y si la propia demanda de crédito decrece, porque los clientes (todos nosotros) somos cada día más pobres, están servidos los ingredientes de la función.


El resto de actores de esta tragicomedia (impositores, accionistas,...) son sufridores en casa, que temen ver mermadas sus participaciones en el capital de Bankia. Por supuesto, el contrato con los impositores es claro, y para nada peligran sus ahorros. El caso de los accionistas (y para el caso, obligacionistas, bonistas, o lo que sea) es otro. Sabían que estaban realizando una inversión no carente de riesgo, y ahora tendrán que hacer frente a él.

En estas circunstancias es cuando sería muy conveniente ese movimiento que, en condiciones de crisis, se acostumbra a llamar Back to Basics. Es decir, la vuelta a la cordura de lo que es el negocio bancario en su origen: disponer de dinero cuya utilización por un período de tiempo se pueda ceder a terceros, que estén dispuestos a pagar por ello una remuneración conveniente.

No estoy de acuerdo con los que dicen que las entidades financieras fueron los causantes de la crisis. Para que la crisis haya llegado a tener las dimensiones trágicas que ha alcanzado, fue necesario que muchos ciudadanos y muchas empresas, engañados o autoengañados, aceptaran dinero prestado más allá de sus posibilidades razonables de devolverlo. Pero sí son las entidades las que más beneficio sacaron de ello, con su actitud temeraria y confiada, con su actitud cortoplacista y miope cuando se estaban negociando hipotecas a 40 años (con clientes de 45). Sólo se puede engañar al que se deja. Lo que ocurre es que sí ha habido una ruptura de la confianza que muchos ciudadanos podían tener en sus entidades bancarias. Desde su relativo desconocimiento, confiaron en lo que les proponían los que tenían por profesionales de las finanzas. Las entidades (y sus empleados, incentivados para ello) abusaron de la confianza cuando actuaron guiados por sus intereses en el corto plazo, y escondieron deliberadamente los aspectos más relevantes de riesgo de lo que estaban proponiendo a sus clientes. Abusaron de la confianza cuando proponían préstamos hipotecarios por el 120% del valor tasado de una vivienda a quien difícilmente podría hacer frente a ellos, en el largo plazo. Abusaron de la confianza al proponer a jubilados o a iletrados financieros la compra de participaciones de algunas Cajas, escondiendo el hecho de que eran inversiones de alto riesgo y sin posibilidad real de recuperar a voluntad el dinero invertido.

Quizá no hubo violación, pero sí son culpables de estupro; delito por el que habría que juzgarles.

Ha llegado el momento del acto de contrición, del Back to Basics (vuelta a lo básico), de volver al perímetro de las actividades definidas muy claramente en su modelo primigenio, y abandonar ese tipo de actividades de alto riesgo, para el que, manifiestamente, no estaban preparadas. Ni ellas ni sus clientes habituales. Quizá haya que fragmentar algunas entidades, para disgregar sus diferentes actividades. Recuperar los bancos minoristas (que atiendan las necesidades de sus clientes particulares), separados de los Bancos de Finanzas (para usuarios más avanzados) o de las Sociedades Hipotecarias, que lidien con los temas inmobiliarios y los larguísimos plazos.


O separamos las manzanas podridas, o toda la cesta se pudrirá.

Es el Negocio, estúpidos.

JMBA

jueves, 10 de mayo de 2012

Los Banqueros Siempre Vuelven

Tradicionalmente, los Bancos eran empresas familiares. De hecho, el renombre de algunas familias en España procede en buena parte de haber sido propietarios de un banco que llevaba su nombre.
Rodrigo Rato y José Ignacio Goirigolzarri, sucesión
en Bankia.
(EFE; Fuente: cincodias)

La base de su negocio era recoger dinero de los ahorradores de su entorno natural, y prestarlo a otros que lo pudieran utilizar para llevar adelante proyectos empresariales o económicos en general. Su mercancía era el dinero, y su beneficio la diferencia de interés entre el dinero que tomaban y el que prestaban. Al más puro estilo de los usureros medievales (principalmente judíos, pues la Iglesia prohibió a los cristianos practicar la usura).

Con el tiempo, la progresiva globalización y la creciente competencia, su supervivencia parecía estar en alcanzar un mayor tamaño. Así hemos visto, sin ir más lejos que España, la desaparición de infinidad de Bancos, absorbidos o comprados por otros de la competencia, para conseguir entidades más competitivas por su mayor tamaño.

En esas familias de banqueros, habitualmente de la clase alta y adinerada, se distinguía al banquero por ser un personaje más bien gris, con trajes oscuros y corbatas monocolor, que no daban pasto a ningún tipo de habladuría. La pervivencia de su negocio se basaba en la confianza (casi personal) que pudieran obtener de sus clientes. Junto a ellos, en esas mismas familias, había habitualmente las ovejas negras, los que alejados de ese patrón de discreción, escogían disfrutar de la vida gastando el dinero de la familia, y que estaban permanentemente en boca de todos por sus muchos escándalos.

La primera noción que tuvimos en este país de que un banquero podía ser algo diferente de ese estereotipo la tuvimos con el advenimiento de Mario Conde. En esos años, hace ya tres décadas, muchos niños querían ser Mario Conde de mayores. Fue la primera vez que nos dimos cuenta de que ser banquero podía ser simplemente una profesión, y no necesariamente una condición o un sacerdocio. Mario Conde gastaba gomina a toneladas, vestía trajes de colores más pálidos y corbatas rojas o multicolores. Salía en la prensa del corazón, montado en su yate, y su vida familiar y conyugal estaba permanentemente en las portadas del colorín.

Al margen de todos los manejos indecentes, ilegales o inmorales que pudiera cometer, la sensación que quedó en el ciudadano de a pie, el ciudadano que debe resignarse a ser espectador de esas cosas, fue que los banqueros de verdad, los del traje oscuro, se quitaron de encima a Mario Conde por ser diferente a ellos.

En tiempos más recientes, hemos visto a (presuntos) profesionales de las finanzas convertirse en banqueros por pura designación o nombramiento. Ya los banqueros no lo eran por la Gracia de Dios (o por ser el primogénito de una familia de banqueros), sino que ser banquero se convirtió en una carrera profesional como otras, sólo que, habitualmente, mucho mejor pagada.

Nunca supimos lo que esos banqueros de traje oscuro podían ganar, porque realmente estaban cuidando y haciendo crecer el patrimonio familiar, del que todos vivían muy bien. Pero cuando se extendió la costumbre de nombrar a profesionales como presidentes o directores de Banco, a designarles como Banqueros, su retribución pasó a ser un dato económico relevante, y la publicidad de sus ganancias, un imperativo legal para las grandes sociedades bancarias que cotizan en los mercados públicos.

En esos años vimos a figuras como Alfredo Sáenz (que pasó por el Banesto expropiado) o cómo un profesional externo como Francisco González desplazaba a las familias vascas tradicionalmente bancarias o banqueras (como los Ibarra) de la dirección del BBVA, o cómo el Goiri (ese vasco de nombre difícilmente pronunciable, que estamos aprendiendo bien estos días a través de los noticieros) alcanzaba las más altas cotas de poder en esa entidad. Y, por cierto, cómo FG le apartó del BBVA con una prejubilación más que dorada a su (todavía) bastante temprana edad.

En el 96 vimos a Rodrigo Rato, miembro de una ilustre familia, muchas de cuyas empresas familiares acabó liquidando, malvendiendo o quebrando, convertirse en Ministro de Economía de un Aznar con bigote venido a más en la Presidencia del Gobierno. Su gestión pasó por ser positiva para el país, aunque parece claro que la ola económica internacional iba hacia arriba, y alguien alguna vez deberá dedicarle tiempo a analizar de verdad su período al frente del Ministerio.

Aunque sonó su nombre para suceder a Aznar, en la batalla que se libró en el interior del famoso cuaderno azul (y en muchos más lugares, sospecho) acabó ganando la partida el gallego registrador de la propiedad, el Babas. A Rato le buscaron acomodo (con el apoyo de muchos otros amigos del extranjero) en el FMI de Washington. Que estuviera en trance de una separación conyugal posiblemente forzó a que Ana Botella le susurrara en la oreja a Aznar lo inconveniente que sería que Rato fuera su sucesor.

El FMI (o IMF, por su nombre en inglés), es un organismo que se creó a partir de los acuerdos de Bretton Woods tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero se ha ganado las diatribas de tirios y troyanos, y la fama de ser como Atila, que por donde pasa ya no vuelve a crecer la hierba. Pero ha sido (y es hoy) un esbirro extremadamente útil para sus amos, principalmente las grandes corporaciones estadounidenses, ya que son sus intereses los que básicamente defiende el Fondo. Mediante unas políticas (más bien unas recetas) directamente inspiradas por las tesis más ultraliberales (o neoliberales) de la siniestra Escuela de Chicago y de su alma máter, Milton Friedman, acaban poniendo a los países a los pies de los caballos de sus amos..

Cuando acabó su mandato en Washington, Rodrigo Rato volvió a España con la convicción de que podía retomar una carrera política, sustituyendo a Rajoy que ya empezaba a conocérsele por el que las elecciones, directamente las perdía. Pero el Babas ya se había hecho fuerte en el aparato del partido, y no era viable desplazarle. Le salió entonces un curro de lo suyo, de banquero, en Caja Madrid, cuando la estrella de su antecesor, Miguel Blesa, ya estaba irreversiblemente declinando. Algún día Esperanza Aguirre debería contar toda la verdad de ese episodio.

Claro, sobrevinieron los diversos efectos de la enorme crisis financiera, en la que todavía estamos sumidos, y parece que cada vez más. Uno de esos efectos fue la necesidad de reformas del sistema financiero y de fusiones de la infinidad de Cajas de Ahorro que había en el país, para conseguir entidades de mayor tamaño que tuvieran alguna posibilidad de sobrevivir y flotar sobre tantos cadáveres. Las Cajas de Ahorro, que nacieron con la mejor de las intenciones y que desarrollaron su papel correctamente durante muchas décadas, acabaron siendo pasto de los políticos. Los políticos, especialmente los regionales, autonómicos o incluso locales, las tomaron al asalto para utilizarlas como el instrumento financiero de sus delirios, de sus proyectos muchas veces faraónicos, solamente a su mayor gloria. Y, claro, todas las cosas de este mundo tienen un límite.

Caja Madrid, una entidad mediocre (la infinita desidia en su trato con el cliente llegó a ser legendaria) se acabó así convirtiendo en la cabeza de cartel de una de esas fusiones. La siguiente en tamaño era Bancaja, la caja valenciana que había sido expoliada por los políticos regionales (obligada a financiar la construcción de pirámides nada rentables). Además, las dos (pero no solamente ellas) habían sucumbido a su propia codicia y, lo que es peor, a la falacia de que la vivienda (el ladrillo en general) no podía hacer más que seguir subiendo de precio ad aeternum.

Todos recordamos esos años en que el crédito fluía no solamente sin límites, sino incluso de forma claramente temeraria, si no suicida. Préstamos hipotecarios por más valor que el tasado para la vivienda (confiando ilusoriamente en que su precio no cesaría de subir en los años - y décadas - siguientes) y préstamos con avales cruzados entre inmigrantes recientes y sus familiares. Sin ir más lejos.

En esas circunstancias, los banqueros, que ya no eran los propietarios de los bancos y que ya no cuidaban de un patrimonio familiar, sino que únicamente perseguían hasta los últimos resquicios de retribución personal adicional (a base de bonus, comisiones, cartera de acciones, planes de jubilación multimillonarios, blindaje de contratos, y así para adelante) actuaron solamente pensando en el corto plazo. Las viejas ideas de los banqueros de traje oscuro y actitud discreta, siempre pensando en que ese patrimonio que recibí de mi padre debo dejárselo más crecido a mis hijos, habían desaparecido de la actitud de los banqueros. Lo que las sustituyó fue la depredación pura y dura, el cortoplacismo cruel, el quemar las naves para llegar antes a la orilla y abandonar el barco antes de que se hundiera o navegara a la deriva, ya sin mástiles ni velas, quemados todos ellos en la caldera insaciable.

Muchos se convirtieron en multimillonarios a base de ser retribuidos por hacer que las entidades avanzaran con mucha mayor rapidez... hacia su propia destrucción.

Los nuevos banqueros ya no son los propietarios de los bancos, pero por diversos mecanismos retributivos, sí acaban poseyendo un porcentaje significativo de las acciones (aunque sea solamente un 1 o un 2%, en entidades con miles de millones de acciones en circulación, esa minucia puede suponer algunos cientos de millones de euros).

Cada vez que se hacen públicas las cifras de retribución de estos nuevos banqueros se genera una auténtica alarma social. Cuando las entidades parecían sólidas, quizá se podían entender estas enormidades, dadas las grandes responsabilidades que parecían asumir. Pero en estos tiempos revueltos, parece que nadie nunca es responsable de nada; sólo de quemar las naves como hacían, por cierto, todos los demás.

Cuando el Goiri (José Ignacio Goirigolzarri, con fama de afable y buen profesional) fue apartado del BBVA, se llevó para su casa un paquete económico de impresión, en forma de indemnizaciones, planes de pensiones y demás accesorias. Yo siempre he pensado que si alguna vez tuviera la suerte de disponer de, digamos, diez millones de euros (la Primitiva siempre es una opción, aunque remotísima) mi única preocupación sería que eso me diera unas rentas que me permitieran vivir a mi aire y hacer todas las cosas que realmente me apetecieran. Pero hay que entender que yo no soy un yonkie del dinero, como sí lo son los banqueros, especialmente estos nuevos banqueros. Cuando has descubierto la forma de ganar un millón, no puedes abandonar sin hacer que otro millón surja de la nada y se dirija a tu bolsillo. Y así, ad infinitum. No cabe duda de que el poder y el dinero son drogas poderosísimas, y ríanse ustedes del mono de la cocaína o de la heroína, que los temblores que tienen que asolar la vida de esos banqueros privados de su droga, debe ser de impresión.

Ahora el Goiri vuelve para hacerse cargo de Bankia, en sustitución de Rodrigo Rato (las disquisiciones sobre dónde encontrará este su droga a partir de ahora serían objeto de otra conversación). Goiri podría estar en su casa (o donde quisiera) haciendo lo que le apeteciera. Pero, claro, a los yonkies lo que realmente les apetece es seguir pinchándose; seguir dando con su varita mágica en la tierra yerma, para hacer brotar más millones que llevarse a su retribución (fija, variable y circunstancial). Un céntimo de euro que me diera cada habitante de la Tierra no significaría nada para ellos, pero con esos 60 millones yo podría hacer maravillas, tú.

Deberían entender que cada flor que cortan seca un poco más la tierra, si no se riega y se abona.

Lo primero que ha hecho Goirigolzarri al tomar posesión de su nuevo puesto ha sido arrojar la toalla en dirección al Gobierno. Les ha propuesto que, directamente, nacionalicen la sociedad matriz, el BFA (Banco Financiero y de Ahorros) que es, a su vez, propietario del 45% de Bankia. El BFA ya dispone de un crédito público (del FROB) por más de cuatro mil millones de euros, a un interés próximo al 8%. Todos saben que ese dinero nunca podrán devolverlo, por lo que ahora la propuesta es convertirlo en capital (acciones) de BFA, que pasaría a titularidad pública. Los propietarios actuales de BFA son las siete cajas que se fusionaron, capitaneadas por Caja Madrid y Bancaja. Si la valoración independiente que se haga de BFA estima que su valor real es igual o inferior a ese volumen de capital público, entonces BFA pasará a ser 100% propiedad pública, a través del FROB. Indirectamente, pues, el Estado se convertiría en dueño del 45% de las acciones de Bankia. El resto está en manos de hasta 400.000 inversores privados; que hemos visto (incluso por la mínima parte que me toca) como el valor de las acciones de Bankia se ha deslizado a la baja. Una vez más, tocará tener paciencia, y confiar en que vuelvan a remontar con el paso de los años. O que acaben no valiendo nada, claro.

No sé si vamos por buen camino. Pero todos los síntomas parecen indicar que no. Teníamos en las manos un jamón con mucha grasa. Empuñando el cuchillo jamonero, hemos ido quitándole capas, sólo para encontrar más grasa debajo. Y ya estamos tocando el hueso.

Desde que empezó la crisis, hace ya, por lo menos, cuatro años, en ningún momento está dando la sensación de que las cosas vayan yendo un poco mejor. Seguimos cayendo pendiente abajo (más desempleo, más pobreza, más miseria, menos dinero, menos recursos,...y lo que es peor, cada vez hay más pobres y más miserables en este país y en los que nos rodean, que hasta muchos que sí tienen empleo bordean el umbral de la pobreza) y no se le ve el final a esta caída inacabable.

La sociedad necesita urgentemente un rearme moral, un cambio de objetivos que contribuyan a reducir las desigualdades que no han cesado de ampliarse y extenderse en las últimas décadas. Estos yonkies han demostrado ser buenos en conseguir los objetivos que se les fijan; quizá sucede que el error está en que esos objetivos no son los correctos.

En esa aula, que es el mundo, cada alumno tenía una lata de sardinas en propiedad. Aunque nunca se llegaran a abrir para comerse las sardinas en su interior, daban alegría a todos y permitían fomentar los intercambios. Pero, por diversos mecanismos, hoy todas las latas las tiene uno solo. Pero, incluso si se pone a cenar con mucha hambre, a partir de la quinta lata ya le dará la cagalera. Y si ya a nadie más le queda una lata de sardinas, ¿qué más podrán robar mañana?.

Pero, a pesar de todas estas desdichas, los banqueros siempre vuelven, presos de su mono de yonkies. Confiando en que el suministro de droga no se va a interrumpir. Confiando en que podrán seguir dando con su varita en las rocas cuarteadas y seguirá manando agua. Y sabiendo que, si las rocas están efectivamente secas, hasta que se sepa a ciencia cierta habrá pasado el tiempo suficiente como para reforzar, una vez más, su posición económica personal.

Por eso los Banqueros Siempre Vuelven. Por el mono. Pero deberían recordar que no hay mal ni bien que cien años dure.

JMBA