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miércoles, 28 de marzo de 2018

Santi Vila: "De héroes y traidores".

Este libro representa un oasis en el centro de un circo enloquecido.

Santi Vila fue conseller en el Govern de Catalunya durante unos cuantos años. Dimitió de su cargo la tarde del 26 de Septiembre de 2017, tras ver con impotencia como la décima ventana de oportunidad para enderezar el procés era también ignorada.

Fue alcalde de Figueres y buen amigo, evidentemente, de Carles Puigdemont, que fue alcalde de Girona hasta convertirse, tras un rocambolesco episodio que arrumbó a Artur Mas al almacén de la historia, en President de la Generalitat, tras los idus de marzo de primeros de Enero de 2016.

Es conocida su adscripción a Convergencia y su perfil de político moderado. Pero en este libro demuestra que, además, es capaz de mantener una mirada sensata y lúcida sobre la realidad, incluso cuando esta se convierte en el ojo de un huracán incontrolable.

No soy muy aficionado, en general, a los libros escritos por políticos. Unos son simples libelos, escritos quién sabe por quién, de prisa y corriendo, para aprovechar el tirón de la actualidad. Y otros son Libros de Memorias, más pensados como justificación propia y como fuente bibliográfica de los historiadores del futuro, que como libro de lectura continuada. Pero "De héroes y traidores" es otra cosa. Se trata más bien de recoger el pús que supuran las heridas y convertirlas en palabras dotadas de un buen sentido.

Santi Vila no va contra nadie, pero deja bastante claro el papel que cada cual ha jugado en un melodrama que no hizo más que irse deteriorando hasta convertirse en tragedia. Y pone en este libro, negro sobre blanco, todo lo que seguramente él siempre supo, pero los demás sólo intuíamos de vez en cuando.

En la primera parte, describe los hechos que son más o menos conocidos por todos, a través de los medios de comunicación, sólo que con una mirada mucho más interior, no accesible para los ciudadanos comunes, que convierte a los personajes en personas humanas y que proporciona algunas claves que no siempre fueron bien visibles.

La segunda parte del libro resulta especialmente pedagógica, y arroja luz sobre un político español y catalán que, por su moderación, sensatez y lucidez podría hacer un maravilloso papel algún día como Presidente del Gobierno de España. Llamadme idealista ingenuo, que lo soy.

Primero repasa los diez grandes errores cometidos durante todo este tiempo por los dos bandos a partes iguales. De entre los cometidos por el Gobierno Rajoy, la mayoría son más o menos conocidos ya por los que han seguido con atención y afán crítico la actualidad de estos tiempos. Pero yo destacaría el quinto, que denota una capacidad superior de abstracción del autor: España no es cool.

De los errores cometidos por el soberanismo, algunos los puede intuir cualquier lector informado. Pero yo destacaría el primero, algo más sutil: la marginación de la política profesional. Este hecho provocó que la agenda política dejara de estar en poder de los legítimos representantes del pueblo catalán, para ser controlada por asociaciones ciudadanas y otras fuerzas. Este error se sublimó al constituir las listas de la candidatura unitaria JuntsxSi, trufada de personas de la sociedad civil, que relegó a muchos políticos a puestos irrelevantes, o directamente a ser extraparlamentarios.

Santi Vila identifica a continuación hasta diez ventanas de oportunidad, entre 2015 y 2017, en que una decisión diferente de la que finalmente se tomó podría haber reencauzado al procés por unas vías razonables y realistas. Pero, una tras otra, se fueron desperdiciando. Cuenta que, tras cada uno de estos fiascos, tuvo la tentación de dimitir, pero aguantó confiando en la siguiente. Hasta que la caída por el barranco ya resultó inevitable, tras echar a perder la que se presentó en la madrugada del 26 de Octubre. Puigdemont, con algunas reticencias de algunos de sus próximos, había decidido que ya había cumplido su misión de llevar a Catalunya a la preindependencia, y que lo que tocaba era convocar elecciones.

De haberlo hecho, se hubiera evitado casi con seguridad la aplicación del artículo 155 y hubiera sido un punto y aparte, para que todo el mundo pudiera reflexionar con alguna calma. Pero, especialmente desde entornos de ERC y de la CUP, tanto la voz de la calle como las redes sociales empezaron a vomitar su bilis contra quien había sido su héroe hasta quince minutos antes. Los estudiantes gritaban en la Plaça de Sant Jaume "botifler" y "traidor", epítetos dirigidos a Puigdemont. Y Twitter vomitó su peor basura insultante contra el MHP. De todos ellos se recuerda el de Gabriel Rufián: "155 monedas de plata" que en sólo cuatro palabras, llamaba traidor (como Judas) a Puigdemont y además le acusaba de ceder a la presión de que el Gobierno de España pudiera aplicar el 155.

Al final, Puigdemont tomó una decisión y prefirió quedarse con los suyos aun estando equivocado, antes que tener razón pero quedarse solo.

Finalmente, la tarde del 27 de Octubre, el Parlament declaró constituida, sin mayor liturgia, la República Catalana. Pero el entusiasmo solo lo puso la calle, porque la cara de los políticos era de una profunda preocupación. Creo que sabían que acababan de vadear el último río, más allá del cual no queda sino el 155, y la negrura, y la cárcel y el exilio.

La tarde del 26 de Octubre, viendo cómo la última ventana se cerraba definitivamente, Santi Vila dimitió y se fue a su casa.

El último capítulo lo dedica a una cierta prospectiva, para identificar por dónde y cómo pueden venir las soluciones a este problema. La verdad, he visto muchas reflexiones suyas que me gustaría oír de boca de algún político de ámbito estatal.

Y en las últimas páginas cuenta lo que va a ser su vida a partir de ahora. Que se ha reincorporado a la actividad privada, como gerente de una empresa centenaria de la zona de Banyoles (Girona), la que siempre ha sido su terreta. Y su pareja, Javier, ya puede descansar mejor, lejos de los muchos sobresaltos que se llevó mientras Santi estuvo en la política activa. Por cierto, Santi Vila no se manifiesta en absoluto sobre si la política activa podría estar de vuelta en algún lugar de su futuro personal.

Hay que agradecerle a Santi Vila el tono exquisito con el que cuenta los acontecimientos y las cosas, porque nadie puede sentirse herido ni señalado por algún dedo acusador. Sólo le motiva el hecho de conseguir que sus lectores puedan entender una realidad tan compleja, como demuestra él mismo que comprende.

También le ayuda al lector a discernir si una cierta decisión que alguien tome en los próximos tiempos puede ser o no un camino de salida o de futuro.

Este libro ha sido publicado en versión original en castellano (la verdad, me resultó curioso) por Península, y en versión traducida al catalán por Pòrtic.

Yo creo que este libro debería leerlo todo español que tenga interés y curiosidad por saber lo que pasa en su país y por qué. Es válido tanto para los nacionalistas del "a por ellos" como para los indepes irredentos de "prensa española, manipuladora", así como para la infinita gama de mediopensionistas. Los extremistas, de uno u otro bando, es posible que en algún momento de la lectura deban dominar una ira irrefrenable que les llevaría a arrancar algunas páginas del libro. Si lo consiguen, y prosiguen la lectura con ánimo de entender, con seguridad habrán aprendido muchas cosas al terminarlo.

JMBA

martes, 26 de mayo de 2015

Rajoy en su Laberinto

Cualquiera que esté habituado a intentar transmitir mensajes en público es consciente de que un mensaje formalmente perfecto sólo va a convencer a una parte del auditorio. Salvo, por supuesto, que el público esté entregado de antemano.
Mariano Rajoy, en su comparecencia en la sede de Génova
este lunes.
(Fuente: cuatro)

Cualquiera que intente vender un producto o un servicio, y tenga ocasión de realizar una presentación o exposición a un público presencial, sabe que el primer desafío es que el mensaje resulte creíble y que el público crea al presentador. Superado este obstáculo, que puede resultar bloqueante, algunos acabarán convencidos por el orador y otros no. De los convencidos, algunos acabarán comprando el producto y otros no, por diversas razones.

Parece bastante claro que el Partido Popular y Mariano Rajoy en particular tienen un problema de comunicación, del que ellos mismos hablan cada vez que tienen ocasión. En un vídeo que se hizo famoso, Floriano decía eso de que nos ha faltado piel en la comunicación, como que hubiera sido demasiado fría.

Pero creo que el problema es bastante más profundo. Este lunes, el día siguiente de unas elecciones que han marcado un vuelco muy significativo en las preferencias de los ciudadanos, y han propulsado a candidaturas a las que genéricamente podríamos denominar como alternativas, Mariano Rajoy dio, tras más de tres años de rehusar esa obligación, una rueda de prensa en la sede del PP, en la calle Génova. Si atendemos a sus palabras, al PP y al gobierno no les pasa nada grave. El PP sigue siendo el partido más votado (lo que es verdad, pero una verdad que muy poco significa en sí misma en este tipo de elecciones), y él sigue siendo el mejor candidato a la Presidencia del Gobierno por el Partido Popular para las Elecciones Generales de fin de año.

No sé si yo mismo soy una buena muestra del ciudadano medio, pero voy a contar mis impresiones, que creo que no son, ni mucho menos, solamente mías. El problema no es que el discurso de Mariano Rajoy no me convenza. El problema real es que no me lo creo, lo que es mucho más grave, y significa que no se ha superado ni siquiera el primer estadio de la comunicación.

Una concentración de capacidades como la cúpula directiva del Partido Popular, con el Presidente a la cabeza, es imposible que saque del resultado de las elecciones del domingo  las conclusiones que intenta transmitirnos Rajoy. No sé si el debate interno fluye con libertad, o todos los presentes prefieren callar y otorgar, y no significarse como mensajeros de malas noticias. Pero esa actitud condenaría al líder a la soledad total.

Prefiero pensar que un debate interno en libertad les permite diagnosticar el problema de forma razonablemente afinada. Después, intentan elaborar un discurso público que es el que algunos dentro del PP piensan que les interesa vehicular hacia la opinión pública. Obviamente, eso es un problema de comunicación. Pero un problema gravísimo. Porque no se falla en comunicar mal lo que se hace o se debate dentro del Partido, sino que se intenta elaborar un discurso impostado que no sólo no convence a la opinión pública, sino que el ciudadano de a pie (yo, desde luego) ni siquiera se puede creer.

En estos últimos tiempos hemos visto ya demasiados mensajes fallidos de este tipo en los dirigentes del Partido Popular. Mensajes impostados, artificiales, creados para su consumo, que en nada reflejan la realidad de las cosas y los hechos. A menudo he sentido cierta lástima por los papelones que les ha tocado desempeñar a gente como María Dolores de Cospedal o Carlos Floriano. Discursos que el público no puede creerse, mucho menos quedar convencido, claro, y que el propio orador parece haber aprendido de memoria, y para nada como conclusión de un debate inteligente y de un diagnóstico informado.

Este problema grave de comunicación (la elaboración y transmisión de mensajes que no sólo no convencen, sino que ni siquiera son creíbles) ha venido provocando, inevitablemente, un alejamiento progresivo de una parte creciente de la opinión pública de su Presidente del Gobierno, del Gobierno en general y del partido que lo respalda.

Los intentos burdos y a menudo zafios, de desmarcar al Partido de los muchos episodios de corrupción que lo han venido trufando, han sido muy torpes. Sólo han transmitido a la opinión pública la sensación de que están intentando esquivar el bulto y no afrontar con valentía los problemas, con ánimo de resolverlos y de evitar que se repitan episodios tan enojosos. Oír a la Cospedal balbuceando sobre la (presunta) indemnización en diferido de Bárcenas, o a Floriano intentando vendernos la idea de que el tesorero es un delincuente solitario que simplemente robó al Partido y traicionó la confianza en él depositada, resulta patético.

Estoy convencido de que en la dirección del Partido Popular hay gente inteligente, empezando por su Presidente. Por ello no puedo creerme que los mensajes y discursos que intentan transmitir respondan a la realidad de sus conclusiones, sino que son mensajes inventados, pensando solamente en lo que, presuntamente, le interesa al Partido que piensen los ciudadanos. Sólo que ese discurso no sólo no convence, sino que no resulta en absoluto creíble. Intentando hacer comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino, no sólo fracasan en su estrategia de comunicación, sino que se acuñan fama de trileros y mentirosos, que nunca dicen lo que realmente piensan. El ciudadano de a pie no sólo no acaba convencido, sino que no se los cree y piensa que intentan engañarle y que se creen que es tonto.

Me temo que Rajoy, en su laberinto inacabable, se está quedando solo, en la cúspide. Es la soledad del corredor de fondo, el silencio de la cumbre. Le están faltando fusibles, y ni siquiera compraría tiempo destituyendo, por ejemplo, a María Dolores de Cospedal como Secretaria General del PP, tras su descalabro electoral en Castilla-La Mancha. Su equipo, al parecer, no abre la boca en las reuniones públicas, pero ya raja sin parar en privado, off the record o en entrevistas específicas. Como la excelente entrevista de Carlos Alsina esta mañana en Onda Cero, donde Juan Vicente Herrera, presidente en funciones de Castilla y León, entre otras lindezas sin desperdicio, le ha recomendado al jefe que se mire en el espejo antes de afirmar que sigue siendo el mejor candidato para el PP.

De cara a las Elecciones Generales de fin de año, es imprescindible una reacción enérgica, o el PP chocará de forma abúlica con el iceberg. Si el PSOE no despliega más energías, es posible que el PP siga cosechando algunos votos más que los socialistas, pero que se conviertan en tercera y cuarta fuerza a nivel nacional.

A pesar de que los músicos parece que ya empiezan a desafinar, o directamente están guardando sus instrumentos en el estuche, el director de la Orquesta del Titanic, ignorando el iceberg, que es ya mucho más que una sombra en el horizonte, sigue moviendo la batuta como si nada fuera con él.

Evidentemente, el PP y Mariano Rajoy tienen un problema de comunicación. Pero no se trata de que sus mensajes ya no convenzan, es que ni siquiera se pueden creer. O son tontos (que no lo creo) o se creen que los tontos somos los ciudadanos (que es lo que me temo).

JMBA

lunes, 29 de abril de 2013

Rajoy: Desaparecido en Combate

M.I.A. (Missing In Action). Esta es la sutil expresión que utilizan los anglosajones para expresar que no tienen ni idea de lo que ha sido de un soldado. No está en su unidad, pero no consta que haya muerto, ni que esté herido; nadie ha reportado que fuera hecho prisionero y no consta que haya desertado.
Rajoy, hablando este lunes en el Instituto de la
Empresa Familiar.
(Fuente: Moncloa)

En castellano utilizamos más bien la expresión Desaparecido en Combate. Los anglosajones, en su sutileza, no dejan ni suponer que el soldado desapareciera necesariamente combatiendo, es decir, cumpliendo su misión. Pudiera ser que hubiera huido campo a través hacia la granja más próxima, a buscar refugio, o que fuera sorprendido por el enemigo cuando dormitaba en su hamaca.

Rajoy, como Presidente del Gobierno, está Desaparecido en Combate, pero en los términos anglosajones. Sólo habla cuando no se dirige a nosotros, los que le han votado o los que podríamos votarle... ¡o botarle!. Como un boxeador noqueado, farfulla sobre una realidad que sólo él visualiza, y sus explicaciones más bien parecen delirios de iluminado. Sigue convencido de que la mayoría absoluta de que disfruta le otorga la posesión eterna de la verdad, y nos desprecia a los ciudadanos, olvidando que somos su Jefe, los que le pusimos donde ahora está y los que podemos despedirle.

Aunque nadie lo vea, estamos mejor de lo que estábamos. Francamente, si nadie lo ve, si nadie aprueba el examen, la culpa es del profesor. No hay millones de vehículos circulando contradirección, sino que es el Gobierno el que lo está haciendo.

En dieciséis meses de (des)gobierno, ha añadido otro millón y pico a la nómina de los parados de este país; aunque no se le puede llamar ni nómina, pues más de la mitad ni cobramos ya subsidio. La economía real no funciona. Las pequeñas empresas y los autónomos se ahogan por cientos o por miles, y miles de negocios han cerrado o van a cerrar.

Con sus estrategias económicas de austeridad y persecución del objetivo de déficit por encima de cualquier otra cosa, va a conseguir que lo alcancemos al final de la espiral diabólica en la que estamos montados: cero ingresos, cero gastos, cero déficit: España echó el cierre.

Había ciertas esperanzas en el anunciado paquete de medidas económicas que se iba a hacer público tras el Consejo de Ministros del pasado viernes. Aunque no suben los impuestos (eso dijeron Montoro y el propio Rajoy los días previos) hay medidas de retoques fiscales. Se prolonga el aumento del IRPF un año más, se tocarán impuestos especiales (alcohol, tabaco,...) y se crearán impuestos medioambientales y a los depósitos bancarios. Un intento desesperado para que el Estado se quede cada vez un trozo más grande de un melón que es cada vez más pequeño.

Los ciudadanos no vemos ninguna de las medidas que aplaudiríamos con las orejas: la racionalización de la organización del Estado, el ahorro cierto y decidido en los gastos de funcionamiento de la propia maquinaria que nos está devorando, el desmantelamiento de empresas públicas que sólo son justificadoras de nóminas y empleos vacíos de contenido para primos y cuñados; nos gustaría ver la desaparición de la gran mayoría de asesores y puestos de libre designación, otro pozo sin fondo de favores inconfesables; nos gustaría ver cómo las grandes fortunas y las multinacionales se ven obligadas a una mayor contribución a la lucha contra la crisis; nos gustaría ver cómo se persigue la evasión fiscal, cómo se trinca a los que escondieron un trozo del melón (presuntamente robado) lejos de aquí.

Sin embargo, como el boxeador que ya no ve con claridad a través de la nube de sangre que le enturbia los ojos, avanza con furia hacia el gigantón que le tumbará con un gancho propinado con desgana.

Cuando llegue el día en que el Estado se quede el melón entero, el melón desaparecerá como por encanto, porque España habrá echado el cierre. Venderemos lo que quede a los rusos, los chinos o los catarís, y con lo que saquemos nos correremos una orgía de cerveza y salchichas en las carpas de Munich hasta que nos reviente el hígado, los intestinos o la vejiga.

Nos convertiremos en polvo, pero en polvo indignado.

JMBA

martes, 5 de marzo de 2013

El "problema" catalán

Me parece que cada vez entiendo menos las cosas que pasan en este país. O quizá es que las entiendo cada vez mejor, y eso es lo que pasa.
Mas y Junqueras, firmando el acuerdo en Enero 2013.
(Fuente: cuatro)


No me gusta hablar de problema catalán, porque estoy convencido de que no existe, genuinamente, nada que pueda llamarse de esa manera. Otra cosa es que los políticos de turno, de uno y otro bando, se empeñen en crearlo, habitualmente obedeciendo a sus propios intereses, no siempre nobles y a menudo espúreos.

Desde que hace unos meses Artur Mas, como un Moisés redivivo, se envolvió en la senyera y se convirtió en el máximo adalid de la soberanía y la independencia de Catalunya, la actualidad no deja de darnos nuevos datos sobre el tema casi todos los días.

La realidad, se quiera reconocer o no, es que ya se ha producido un choque de trenes. Los eufemismos al uso, como el derecho a decidir, se convierten por ambas partes en casus belli y en armas arrojadizas, y las probabilidades de encontrar una solución conveniente para todos, fruto de un acuerdo (siempre es mucho mejor un mal acuerdo que un buen pleito), parecen cada vez más lejanas.

De una parte, los nacionalistas catalanes, que han formalizado un frente CiU-ERC (intentando compensar el varapalo electoral que acabó cosechando Moisés-Artur). Aunque no hay acuerdos globales, otras fuerzas parecen coincidir en algunos aspectos de lo que ese frente defiende. Así, IC-V está por la labor del derecho a decidir de los pueblos, a pesar de que el nacionalismo como tal es abiertamente opuesto a la componente internacionalista que tiene en su raíz cualquier fuerza de izquierda. Y el PSC, en su laberinto dentro del propio laberinto del PSOE, defiende la celebración de una consulta popular sobre la soberanía, sólo para decir a continuación que ellos promoverían el voto en contra. En otras palabras, defienden que se consulte al pueblo catalán, para darle la oportunidad de decir que no está por la labor de ese tipo de aventuras.

Hasta ahí, las dramatis personae del bando nacionalista o soberanista. En el bando contrario tiene el papel protagonista el Partido Popular, que apoya con mayoría absoluta al Gobierno de España. Otros grupos (como Ciutadans y UPyD) defienden, de forma más o menos explícita, la misma posición. Al resto de formaciones presentes en el Congreso de los Diputados, en el fondo el tema ni les va ni les viene, aunque acaben asumiendo, por motivos más sentimentales o de simpatía que de otro tipo, una u otra postura.

Yo ya he escrito repetidas veces que soy partidario de que se realice un referéndum en Catalunya, acordado y consensuado entre los dos gobiernos, donde se pida a los ciudadanos que respondan a una o varias preguntas sin trampa ni cartón. Aunque soy catalán, como residente en Madrid no podría votar en una consulta de ese tipo. Pero si pudiera hacerlo, mi voto sería favorable a que Catalunya continúe integrada en el estado español. Creo que esta es la mejor opción para todos.

Pero la propia preparación de una consulta popular de ese tipo está siendo causa de un total desacuerdo entre las partes. Utilizando términos reduccionistas, a los solos efectos de simplificar el escenario, los españolistas defienden que la Constitución dice que la soberanía reside en el pueblo español y que, por lo tanto, no tendría sentido y sería inconstitucional que esa soberanía se la arrogase el pueblo catalán. Cualquier opinión vertida en el sentido de favorecer o defender la celebración de una consulta popular (llamémosle referéndum) en Catalunya sobre este tema se considera, prácticamente, un crimen de Estado. Y si no, que se lo pregunten al fiscal jefe de Catalunya, que está amenazado de cese en su cargo por haber manifestado públicamente esta opinión.

Por la parte de los nacionalistas, el totus revolutum y el río revuelto ya les va bien, porque extiende la niebla sobre los problemas reales que tiene Catalunya y los catalanes, genera la sensación de un enemigo común (que es lo que más une a los pueblos), y les permite, especialmente a los responsables de CiU, vender a su opinión pública que cualquier movimiento en contra de cualquiera de sus dirigentes (por ejemplo, investigaciones sobre tramas corruptas, evasiones fiscales, comisiones ilegales, cuentas en Suiza, etc. etc.) es realmente un ataque a Catalunya entera.
La vicepresidenta del Gobierno, en la rueda de prensa
tras el Consejo de Ministros del pasado viernes.
(Fuente: diarioprogresista)


Mi principal temor es que ambas partes acaben encontrándose cómodas con la situación actual de confrontación (el victimismo puede acabar arrancando mejoras en la financiación que disimulen los despilfarros del Govern; la firmeza de una posición antisoberanista puede reforzar el apoyo de los propios votantes del PP, disimulando, de paso, el drama nacional del desempleo y la recesión). Si se acaban instalando en el conflicto, ninguno de los políticos moverá un dedo para salir de allí, y aplicarán el principio de a río revuelto, ganancia de pescadores.

A continuación voy a intentar detallar mi opinión sobre este conflicto. Es cierto que la Constitución proclama que la soberanía reside en el pueblo español. Situados en la etapa histórica en que se produjo la redacción de la actual Constitución, ese principio sirve para desmontar cualquier veleidad (muy posible en ese momento) en el sentido de que un monarca, o un Caudillo, o un Salvador de la Patria, se arrogase el derecho a decidir, suplantando la soberanía del pueblo. Este es un principio constitucionalista muy extendido: la soberanía reside en el pueblo (sin adjetivos).

Ahora bien, la realidad es que se realizan muchas consultas que no implican a la totalidad del pueblo español. Cuando hay elecciones autonómicas o locales, sólo los ciudadanos implicados votan. Los ciudadanos de un pueblo o ciudad escogen a su alcalde (aunque sea indirectamente) y lo mismo sucede con los ciudadanos de una Comunidad Autónoma, que escogen a su presidente (o, al menos, al partido o partidos políticos que van a gobernar en su Comunidad). Los madrileños nada tenemos que decir en las elecciones gallegas (podemos opinar, eso sí, sobre si nos ha gustado o no la decisión soberana del pueblo gallego), o los vascos nada tienen que decir en las elecciones valencianas, aunque puedan manifestar su incredulidad acerca de que las innumerables corruptelas acaben cosechando suficientes votos para seguir gobernando.

Por ello, creo que no debería repugnar al sentido común que se pueda realizar un referéndum o consulta popular que sólo involucre, en este caso, a los catalanes. Otro tema sería la necesidad de consensuar y acordar entre los dos gobiernos su contenido y trascendencia. Es más, creo que por un principio de estricta higiene política, este debería ser el primer paso antes de cualquier otro movimiento.

Si el resultado de dicha consulta fuera negativo hacia la opción de la secesión, el (presunto) conflicto quedaría automáticamente desarbolado y desactivado, por lo menos para una o dos décadas. Si fuera favorable a la secesión, habría que empezar a negociar a continuación los cambios legales necesarios para seguir adelante con el proceso.

Lo que ocurre es que las posiciones, por el momento, están enconadas. La única reacción del Gobierno de España es no, de ninguna forma y Constitución, Constitución y Constitución. Y el frente nacionalista no tiene urgencia en convocarlo, porque saben que la cerrilidad y la tozudez del Gobierno de España está creando algún nuevo secesionista cada día y alimenta la fábula del enemigo común y su propio victimismo. Artur Mas, en un debate televisado antes de las elecciones de 2010, ya reconoció, ante la presión del entonces líder de ERC, Joan Puigcercós, que era absurdo convocar un referéndum de autodeterminación si no se tenía la seguridad de ganarlo.

En resumen, las posturas enfrentadas e inamovibles, reticentes a cualquier tipo de negociación, a pesar de decir frecuentemente lo contrario, no contribuyen a otra cosa que a enquistar la cuestión, y convierten un (presunto y virtual) problema o conflicto en una guerra abierta y bien real.

Poco favor le están haciendo a la democracia de verdad, las dos partes. 

JMBA

martes, 18 de diciembre de 2012

Un Año de Dolor

Se cumple estos días el primer año de mandato del Gobierno del Partido Popular, presidido por Mariano Rajoy. Y ya parece como si llevara mucho más tiempo, lo que es mala señal.
Mariano Rajoy, este lunes en la inauguración de la
Interparlamentaria del PP, en Toledo.
(Fuente: PP)

Para el ciudadano medio de España, este ha sido un Año de Dolor. Un dolor que hemos venido sufriendo en pequeñas entregas, como una historia que se va desentrañando en fascículos semanales, cuyo final sospechamos que ni el propio autor conoce. Un dolor que no se ha visto en absoluto mitigado por una historia, un relato, de más largo plazo que lo pudiera hacer admisible. Un dolor que, salvo los muy crédulos, nadie ha podido vivir como un sacrificio por un futuro mejor para el país y para (al menos) nuestros hijos.

Y es que la realidad del país es tozuda. Todos los indicadores económicos (el desempleo, la prima de riesgo, la riqueza -pobreza- de las familias, la morosidad, los desahucios,...) se han ido degradando, mes tras mes, durante todo el año. Sólo la balanza comercial (incluyendo los ingresos por turismo), han puesto una cierta nota de color distinto al negro. Y ello sólo demuestra que nuestras empresas, ante la total parálisis del mercado y el consumo domésticos, se han buscado la vida con cierto éxito más allá de nuestras fronteras, exportando a otros lugares lo que aquí ha resultado imposible vender, o llenando los hoteles de turistas extranjeros, porque el turismo nacional prácticamente ha desaparecido en combate; nadie está para viajar cuando no puede comer todos los días. Un camino, que para desgracia actual y futura del país, también han tenido que recorrer muchos miles de nuestros jóvenes, que han debido buscar oportunidades de empleo en otros países donde su talento y formación sí son valorados y apreciados. Una auténtica sangría para los activos del país y su capacidad de recuperación.

Los pecados de Rajoy como gobernante son muchos. Quizá el peor, porque supone, directamente, una traición a sus propios votantes (entre los que no me cuento), y que están ya mayoritariamente decepcionados, ha sido el repetido y reiterado incumplimiento de todas sus promesas electorales, una detrás de otra. Ha aumentado prácticamente todos los impuestos y tasas. Desde el IRPF y el IVA hasta las tasas judiciales, que están sembrando el escándalo estos días. Ha violado la ley al no revalorizar las pensiones de acuerdo a la evolución del IPC, y la revisión para 2013 ya se prevé inferior a la evolución del coste de la vida. Ha reducido el salario de los funcionarios, e incluso les ha secuestrado la paga extraordinaria de Navidad; algo de especial gravedad, pues ese dinero es el que se gasta con más alegría, suponiendo una inyección vital para el maltrecho comercio, de la que va a carecer este año. Ha recortado sin piedad, y ha cortado carne viva de los capítulos sociales básicos de la Educación y la Sanidad. Ha reducido, hasta hacerlas casi desaparecer, las ayudas a la dependencia. Y está estrangulando las inversiones en I+D, el único factor que, de verdad, podría permitirnos salir de la crisis sin caer de nuevo en la fiebre enfermiza del ladrillo.

Alguna vez me he quejado del sectarismo que inundó la vida política en la etapa Zapatero. Pero la era de Rajoy, caracterizada por la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, se está caracterizando por el autoritarismo, siempre latente en la derecha, del que han hecho especial gala los Ministros del Interior, de Justicia y de Educación. La Policía (las policías, porque el Ministro del Interior ha tenido un alumno aventajado en Felip Puig, el conseller d'Interior de la Generalitat de Catalunya) se ha empleado con saña en reprimir a la población muy incómoda e indignada, que ha ocupado las calles en toda clase de manifestaciones, concentraciones y huelgas.

Todos estos sufrimientos podrían resultar hasta digeribles si formaran parte de una historia más global que pudiéramos creernos. Pero Rajoy ha renunciado a este tipo de labor pedagógica y se ha instalado en el cortoplacismo más miope. Y no ha dejado en ningún momento de acusar a los anteriores gobiernos de haber dejado España hecha unos zorros, lo que le ha obligado a él a desgastarse para corregir esos (presuntos) desmanes. Me resulta muy poco creíble la ignorancia del estado real de la economía que alega una y otra vez como excusa para sus incumplimientos electorales. La herencia recibida se ha convertido en la muletilla de todos sus desmanes.

Rajoy se ha instalado con total comodidad en el pensamiento (casi) único imperante en la Unión Europea y muy en particular en la Eurozona, donde la única prioridad parece ser la lucha contra el déficit de las Administraciones Públicas, y la aplicación inmisericorde de medidas de austeridad y de recortes. Pero la economía real reacciona frente a esa austeridad sin límites con una depresión de caballo, con la progresiva paralización de las actividades industriales y, sobre todo, comerciales, y con un aumento del desempleo que parece no tener límite. Hoy en día, uno de cada cuatro españoles en edad y condiciones de trabajar no puede hacerlo, y está condenado a sobrevivir tirando de los ahorros, si los tiene, o de la pensión exigua de los mayores.

Pero lo peor para el ciudadano medio, incluso más que todos los recortes y reformas que sí ha hecho, es todo aquello que se estima como necesario e imprescindible, y que no ha hecho. Para los que más tienen, y que en muchos casos han escatimado capitales hacia paraísos fiscales con total impunidad, les propuso una baratísima amnistía fiscal para que repatriaran ese dinero. El resultado ha sido escasamente la mitad de un objetivo que ya era modesto en su planteamiento inicial. No parece haber iniciativas concretas para aumentar la progresividad del IRPF para las rentas más altas, o para revitalizar los impuestos de Patrimonio y Sucesiones. Conseguir eliminar (o al menos, reducir) la economía sumergida, no parece para nada que esté en su agenda.
María Dolores de Cospedal, la mano derecha de Rajoy en
el partido, comparte mesa con su presidente en Toledo.
(Fuente: PP)

Creo que la mayoría coincidimos en la necesidad de racionalizar las Administraciones Públicas, que cabalgan desbocadas de un modo que se ha visto con claridad que no es sostenible. Desde que se aprobó la Constitución en 1978, se ha ido desarrollando lo allí contenido. Pero algunos despliegues han sido más bien desordenados, cuando no claramente viciosos, y requieren de una reforma en profundidad. Es el caso del propio Estado de las Autonomías, un concepto positivo fruto de un consenso apresurado en tiempos turbulentos, cuyo desarrollo presenta ciertos vicios de ineficiencia que hay que corregir; incluso es posible que se requiera alguna modificación constitucional, y eso no es para rasgarse las vestiduras. En todo este año nada hemos visto que se haya hecho que contribuya a una mejor racionalización de la administración. Parece como si a Rajoy le temblara la mano cuando hay que aplicar el bisturí a la propia clase política.

La clase política dispone de privilegios que resultan ya intolerables en esta fase de sacrificios para toda la ciudadanía. La desvergüenza, el nepotismo y la corrupción campan por sus respetos sin que parezca haber una voluntad firme y decidida para atacarlos y reprimirlos. Los políticos parecen consagrados como una casta extractiva, con capacidad de derivar rentas existentes hacia sus propios bolsillos, sin necesidad de crearlas ex novo. Y ello ante la mirada atónita del ciudadano medio, ahogado por las restricciones y empujado hacia la pobreza y la miseria.

Para todos sería más llevadera la situación si entendiéramos que las apreturas y sacrificios que sufrimos forman parte de una historia que nos estuviera llevando hacia un futuro mejor para todos. Pero mientras los ciudadanos atestan los comedores sociales, da la sensación de que los políticos siguen viviendo en una nube donde todas esas penurias no son más que un rumor desagradable.

Hemos vivido este primer Año de Dolor con Rajoy, sin compensación de ningún tipo. Prácticamente todos los indicadores son negativos, y nos resulta imposible creer que haya alguna luz al final de este oscuro túnel, por mucho que Rajoy insiste en decirlo, pero sin ninguna prueba. La Reforma Laboral ha generado cientos de miles de nuevos parados en una sangría que parece no tener final.

Y mientras, estos días, el propio Partido Popular se aplaude a sí mismo en unas jornadas autocomplacientes de la Interparlamentaria en Toledo, lideradas por la impresentable de Cospedal, que cobra varios sueldos y cuyo compañero (o marido, no sé) está en todas las salsas que suenen a algún tipo de beneficio, tráfico de influencias o corruptelas. Me ha dado grima ver algunas imágenes de esas sesiones, que en nada se diferencian de las que podemos haber visto en el pasado, en épocas de prosperidad. La orquesta del Titanic no deja de tocar, aunque la colisión sea ya inmediata.
Rajoy y sus palmeros, en la Interparlamentaria de Toledo.
(Fuente: PP)

En resumen, señor Rajoy, que con esta crisis todos hemos aprendido algo de Economía. Al menos lo suficiente para entender que esas comparaciones que tanto le gustan entre la economía familiar y la de los Estados, son parcialmente falsas. Porque en las familias no hay Bancos Centrales, no se dispone de la máquina de fabricar dinero, ni hay rescates; porque en las familias, si la situación económica es tensa, todos deben contribuir con sus sacrificios, desde el cabeza de la familia hasta el último de los hijos, mientras que parece como si los políticos vivieran en su propia burbuja, asépticamente aislada de la dura realidad social. No haga trampas, señor Rajoy, que ya nos las conocemos todas.

2013 no va a ser un buen año, desde el punto de vista económico. Esto parece que ya está claro para todo el mundo. Los más optimistas auguran que pueda haber algún brote verde para finales y de cara al 2014. Pero usted, señor Rajoy, debería esforzarse mucho más en repartir los sacrificios con criterios que podamos compartir, y debe tejer una historia para contar a los ciudadanos, para que podamos creer que todos estos sacrificios van a servir para alguna cosa de provecho para todos, y no sólo para mantener los privilegios de unos pocos afortunados.

Si nos cuenta un relato creíble con final feliz, es posible que podamos acompañarle en el duro camino sin demasiadas quejas. Pero ya basta de andar j...... y hacia ninguna parte.

Por el camino que lleva, ni agua, señor Rajoy.

JMBA

viernes, 28 de septiembre de 2012

El Proyecto de Independencia de Catalunya

Vaya por delante mi autoinculpación de no haber seguido jamás ningún seminario para aprender a jugar al mus. Seguramente por ello no soy un español de libro. Debido a esa incapacidad, para mí la palabra órdago solamente tiene el sentido que le da el Diccionario de la Real Academia Española:


órdago.

(Del vasco or dago, ahí está).

1. m. En el juego del mus, envite del resto.
de ~.
1. loc. adj. coloq. extraordinario (‖ fuera de lo común). Borrachera, calor de órdago.



Eso de envite del resto sí lo puedo entender. Como a veces jugamos a póker con los amigos, sí entiendo lo que eso significa y, de hecho, en nuestras partidas lo tenemos explícitamente prohibido, para evitar que nadie pueda ganar solamente debido al hecho accidental de que disponga de mayor resto que los demás en la mesa.
Artur Mas, en el reciente pleno del Parlament de Catalunya.
(Fuente: cadenaser)

Pero me parece que lo que ha hecho Artur Mas en el Parlament de Catalunya es un órdago en toda regla, una demanda formal de divorcio. A pesar de que llevo ya muchos años viviendo en Madrid, yo soy catalán. Pero claro, tampoco debo ser un catalán de libro. Y mi opinión es contraria a la independencia de Catalunya (a su separación de España). Y no por motivos sentimentales, de españolismo mal entendido ni históricos (al final la Historia puede abonar casi cualquier teoría, y además la estamos creando entre todos todos los días). No soy partidario porque estoy absolutamente convencido de que sería un cambio negativo para las dos partes, que saldrían debilitadas del envite. Aparte de ir contradirección de la marcha de los tiempos.

Mas se enfrentó a esta legislatura - muy prematuramente truncada, al convocar Elecciones en Catalunya para el domingo 25 de Noviembre de este mismo año (un par de años antes de su conclusión natural) -, con un tema prioritario que era el llamado Pacto Fiscal, que es un modo relativamente eufemístico de llamar al Concierto Económico del que disfrutan, de acuerdo a la Constitución, tanto el País Vasco como Navarra, de acuerdo a los llamados derechos históricos.

El principio de los Conciertos Económicos es que los impuestos son recaudados por las respectivas Comunidades Autónomas, que negocian con el Estado la transferencia de un cierto porcentaje (llamado cupo), por el que pagarían los servicios que les presta el Estado.

Si hacemos un símil con una familia con 17 hijos, en que todos viven bajo el mismo techo, los 15 que no disponen de Concierto ven cómo sus salarios son ingresados en la cuenta familiar, y el cabeza de familia negocia con cada uno la paga mensual que recibirán para hacer frente a sus gastos. Los dos que disponen de Concierto funcionan al revés: su salario se ingresa en su propia cuenta y negocian con el cabeza de familia la contribución que realizarán al presupuesto familiar, a cambio de tener techo, cama, mesa puesta, televisor plano en el salón y ropa planchada.

En mi casa crecimos tres hermanos. Cuando empezamos a trabajar, negociamos con mi padre que un cierto porcentaje de nuestros ingresos salariales se transferiría automáticamente al presupuesto familiar, mientras compartiéramos el mismo techo. Creo que disfrutamos del Concierto Económico Familiar. Como cualquier método que se quiera elegir, este tiene algunas ventajas y algunos inconvenientes para todos. Si se conseguía una promoción profesional con aumento salarial, se disponía automáticamente de más dinero en el bolsillo o en la cuenta propia, pero también automáticamente se incrementaba la contribución al sostenimiento de la familia (aunque sus servicios fueran básicamente los mismos). Del mismo modo que disminuirían ambos si alguno tenía la mala suerte de caer temporalmente en el desempleo.

En la Constitución Española (redactada y aprobada en 1978, y nunca modificada hasta hoy en estos extremos) se contempla este régimen solamente para dos Comunidades. Eso, lógicamente, podría cambiar si se modificara la Constitución.

Las otras 15 Comunidades sin Concierto funcionan con la negociación casi permanente de la financiación autonómica (de la paga, si seguimos con el símil de una familia). Es decir, la definición de cuánto dinero va a transferir el Estado al presupuesto de cada Comunidad, para que ésta pueda hacer frente a sus compromisos de pago. Por supuesto, esta negociación puede ser más o menos ventajosa para la Comunidad Autónoma dependiendo de muchos factores: afinidades políticas entre las partes, contraprestaciones en forma de apoyos en el Congreso, intensidad del lloro, aumentos o disminuciones de la población, etc. etc. En las Comunidades con Concierto la negociación se limita a definir el porcentaje del total de ingresos que va a constituir el cupo.

Per se, ninguna de las dos fórmulas es más ventajosa que la otra. Pero con el Concierto da la sensación de que la reacción de la Administración autonómica - en lo que se refiere, por ejemplo, a decisión sobre inversiones - puede ser más rápida ante aumentos o disminuciones significativas de los ingresos por impuestos. Pero también puede ser que limite la capacidad del Estado Central en la redistribución de las rentas, lo que a menudo se conoce como solidaridad interterritorial. Ciertos políticos regionales pueden sentir predilección por la fórmula del Concierto Económico, porque ello significa que la llave de la caja - para lo que valga, que es para bastante poco - está en sus manos.

Dentro de la Unión Europea, los diferentes países funcionamos, a efectos prácticos, con un esquema parecido al del Concierto Económico, por el que se define, de una u otra forma, el volumen de contribución de cada Estado a los Presupuestos de la Unión Europea.

En España, creo que entraría dentro de lo razonable, con una organización autonómica madura, próxima a lo federal, que todas las Comunidades Autónomas se rigieran por el principio de un Concierto Económico. Que nuestra actual organización autónomica sea o no madura es otra conversación, y todavía estamos pagando los platos rotos del café para todos. En la situación actual, con seguridad no es una prioridad el cambio del modelo de financiación, pues hay otras muchas labores que deben resolverse antes (racionalización del gasto, restructuración de la administración, abolición de taifas,...)

Decía, pues, que el objetivo que definió Artur Mas para esta legislatura era conseguir el Pacto Fiscal (el Concierto Económico) para Catalunya. En su reunión con Rajoy la pasada semana en La Moncloa, el Presidente del Gobierno, con una indolencia a la que ya nos hemos venido acostumbrando, cerró esa posibilidad para Catalunya, y puso de manifiesto su nula voluntad de negociar absolutamente nada en esa dirección. Está claro que la Constitución (en su redacción actual) no lo permite, pero todas las leyes son de elaboración humana y, por lo tanto, con las debidas garantías, eso sí, pueden modificarse.

Por otra parte, iniciar una negociación de Pacto Fiscal con Catalunya provocaría, sin ninguna duda, demandas equivalentes por parte de algunas otras Comunidades Autónomas que estimen que su balanza fiscal actual (presuntamente) les resulta desfavorable. Pero, posiblemente, podría ser una ocasión de oro para revisar por completo el modelo de estado autonómico que consagró la Constitución en 1978, en un estadio muy primigenio todavía de la democracia en España, con riesgos de involución y ruido de sables. La mayoría, creo, estamos de acuerdo en que la implantación y el despliegue de ese modelo ha tenido muchas disfunciones y algunos abusos, y podría ser la ocasión de revisarlo por completo, posiblemente en un intento honesto de homologarlo con los modelos federales, que son conocidos, respetados y bien entendidos por todo el mundo (en todo el Mundo). Nos ahorraríamos tener que explicarlo cada vez.

Pero en el discurso de Rajoy y del PP en general, prima la defensa a ultranza de la Constitución (tal y como se aprobó en 1978, salvo cuando los alemanes obligan a algún cambio) y de la (presunta) Unidad de España. Incluso hemos tenido que oír de nuevo algunas voces de otros tiempos, que creíamos olvidadas, invocando lo sagrado de algunos principios que, finalmente, no son más que decisiones políticas de las mayorías de cada momento.
Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno de España.
(Fuente: 20minutos)

Encontrando, pues, la puerta cerrada a cal y canto para el proyecto estrella de su legislatura, a Artur Mas no le quedaba ya más remedio que finalizarla y convocar Elecciones Autonómicas. Y ahí es cuando lanzó su órdago: dado que el Pacto Fiscal no es viable, la única solución de futuro para Catalunya es la independencia de España. Por supuesto, el tono jesuítico habitual del lenguaje de Convergència i Unió no les permite plantearlo con esta claridad, pero se les entiende todo.

Puesto en la forma de una pareja en crisis, el (presunto) diálogo sería como sigue:

- Necesito más espacio
- No digas tonterías
- Pues quiero el divorcio

La crisis de relación entre Catalunya y el resto de España tiene algunos orígenes genuinos y muchos otros simplemente espúreos. Por las dos partes hay montones de prejuicios enfermizos. Se ha hecho bandera de los idiomas, por una y otra parte. Yo soy muy práctico y poco sentimental con ello, y entiendo que los idiomas son herramientas que nos facilitan podernos entender unos con otros. Y constituyen un bien cultural que hay que preservar y desarrollar. Punto. De ahí a que se conviertan en armas arrojadizas hay un buen trecho. Muchos catalanes acaban pensando que la mayoría del resto de los españoles es perezosa y demasiado amante de los subsidios y las subvenciones (ay, ay, ay, sospechosamente parecido a lo que piensan los alemanes de los del Sur...) . Muchos españoles no catalanes piensan que los catalanes son insolidarios. Algunos españoles no catalanes están convencidos de que en Catalunya se persigue al castellano parlante, y bastantes catalanes creen a pies juntillas que cruzando el Ebro se adentran en territorio hostil.

Curiosamente, este rosario de agravios mutuos es mucho menor entre aquellos (de una u otra parte) que conocen bien al resto. Lo cual no hace más que poner de manifiesto que las élites (políticas y económicas) de ambos lados han manipulado y manipulan a la opinión pública en su propio beneficio. Y los medios de comunicación, deliberada o a veces involuntariamente, azuzan esa manipulación, de modo que para un español (no catalán) medio acaba siendo indiscutible que todos los catalanes son unos c....... insolidarios que van a lo suyo y nos desprecian, y un catalán medio acaba sumido en la melancolía identitaria de que en el resto de España no nos quieren. La realidad, para los que tienen posibilidades de desvelarla, desmiente (casi) por completo estas visiones sesgadas.

Cuando cualquier pareja atraviesa una cierta crisis, lo peor que puede suceder es que intervengan los familiares y amigos de una u otra parte, porque la máxima posibilidad es que agraven todavía más la situación, aceleren el deterioro de la relación y enconen las enemistades.

Y es en este contexto enrarecido que Artur Mas convoca Elecciones Autonómicas en Catalunya, unos dos años antes de lo que correspondería legalmente. Se ha envuelto en la senyera, mientras Rajoy y el Gobierno se envuelven en la rojigualda. ¡Cómo me aterran todas las banderas que tienen un tamaño suficiente como para hacerse chales con ellas!.

Tras el portazo de Rajoy, ahora parece no quedar más remedio que lidiar con la demanda de divorcio. Pleitos tengas y los ganes, era la maldición preferida de aquella gitana. Porque si se llega a eso, ambas partes van a perder y mucho. Creo que todos los españoles (e incluyo, por supuesto, a los catalanes) deberíamos tener muy claro que ese escenario no nos va a favorecer nunca y de ningún modo. En ese terreno, todos pierden, todos perderemos.
(Fuente: ociolatino)

Pero el caballo ya está desbocado y Mas ha planteado las Elecciones de Noviembre como un auténtico plebiscito popular a su proyecto, para que sea finalmente él quien lidere el proceso para la independencia de Catalunya. Pero eso pasa por el hecho (que está por ver) de que CiU consiga mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya. Tras las (muchas ) personas que salieron a la calle el 11 de Septiembre, bajo el lema de Catalunya, un nou estat d'Europa, ha llegado el momento de que todos los catalanes, en las urnas, manifiesten su conformidad o no con la deriva independentista de la que se ha revestido Artur Mas.

Conviene aquí no olvidar que Artur Mas desde la Generalitat de Catalunya, como el propio Rajoy desde el Gobierno de España, ha sido el protagonista indiscutible de los mayores recortes antisociales de toda la democracia. Porque tanto Convergència como el PP representan, políticamente, la misma banda del espectro, y defienden a las mismas élites. El Proyecto de Independencia representa para Artur Mas lo mismo que la Guerra de las Malvinas para la Junta Militar Argentina: la identificación de un enemigo exterior,  que disimule y oculte la fuerte crisis económica que todos venimos sufriendo.

Otras fuerzas políticas más sensatas deberían ver progresar sus posiciones, y mejorar su capacidad de influir en la deriva que tomen los acontecimientos. Pero el PSC tiene su propia crisis interna muy profunda (incluida la indisciplina de voto), y no tiene decidido quién será su candidato (lo tendrá que ser Pere Navarro; no hay tiempo para otra cosa); Esquerra Republicana  (en los tiempos de Heribert Barrera, por ejemplo) era una fuerza testimonial y nostálgica, a la que participar en el tripartito y tocar poder le desató los peores fantasmas, delirios de nuevos ricos incluidos. La Izquierda (tradicionalmente en formaciones mixtas de nombres inacabables) debería superar sus complejos y articularse como una alternativa viable de Gobierno. Si les queda algo de marxista, el marxismo siempre ha sido internacionalista y no nacionalista. Y el PP, sin duda, debe esforzarse en recaudar los votos de centro derecha que no simpaticen con la deriva independentista de CiU.

Si Mas consigue ver reforzada su posición, y la idea de hoy se convierte en un proyecto firme, más vale que el Gobierno de España se preste a trabajar codo con codo con la Generalitat para celebrar un referéndum sobre la independencia en Catalunya, donde todos los ciudadanos de Catalunya puedan manifestar su opinión y su posición sobre ese escenario de futuro, sin tapujos, sin trampas ni medias verdades. A estos efectos, puede aportar alguna luz la lectura reposada de la llamada Clarity Act (1999) de Canadá, una pieza legal (de no más de 4 páginas) que define las condiciones exigibles antes de iniciar cualquier negociación de secesión de una de sus provincias (Québec, lógicamente, sería la candidata más probable). La Constitución de Canadá, como la española, no contempla esa posibilidad, y debería, pues, igualmente modificarse.
(Fuente: momeces)

Y si se confirmara (cosa que espero que no se produzca) la voluntad mayoritaria de divorcio de una de las partes, ese ya resultaría inevitable, y habría que concentrarse en definir, en los tiempos siguientes, el detalle de las condiciones en que se produciría, el inventario y reparto de los activos y pasivos, de los bienes gananciales y decidir quién se quedaría con los amigos.  Si recortáramos con una sierra de calar por los actuales límites de Catalunya con Francia, con Andorra, con Aragón y con la Comunitat Valenciana, cortaríamos de cuajo muchas venas y arterias (desde carreteras, líneas ferroviarias, ríos, canales o acequias, oleoductos, gasoductos, etc. hasta rutas comerciales, flujos financieros o relaciones personales). Para cada una de ellas  ese cirujano virtual debería habilitar la mejor solución que evitara que la sangre acabara en el mar.


Catalunya pasaría a ser un estado (geográficamente) europeo independiente, pero políticamente fuera de la Unión Europea y de la zona euro, con su propia moneda nacional, inclinada pertinazmente a la devaluación, por lo menos durante los primeros años. Debería hacer frente a la fuerte crisis económica y a la elevada deuda, que ahora muchos parecen haber olvidado, disimulada tras sus melancolías identitarias.

Nadie debe olvidar que los divorcios nunca resultan gratis y no benefician a ninguna de las partes. Sólo son un recurso (legal) para poner punto y final a una situación de convivencia que, al menos una de las partes, estima como insostenible. Y en todo el proceso conviene huir de las histerias y de los victimismos. Que hablen los abogados que, aparte de llevarse crudo parte del botín, son los únicos que no están emocionalmente vinculados al conflicto. 

Pero nadie debería transmitir el mensaje de que tras la independencia viviremos mejor. Porque eso, al menos durante bastantes décadas, sería simplemente falso. En ambas orillas.

JMBA

viernes, 21 de septiembre de 2012

¡Qué cansino es todo con Rajoy!

Hace años, yo tuve un jefe que era miembro egregio de la Cofradía de la Virgen del Puño ... ¡Cerrado!. Su frase preferida para justificar una no subida de sueldo era la siguiente: Cuando ya has cenado diez langostas, no te queda más hambre.
Imagen de la manifestación del 11-S en Barcelona.
(Fuente: miboina)

Pero también utilizaba con frecuencia otras frases ingeniosas, trascendentes y menos hirientes. Por ejemplo: No importa el tamaño del territorio que represente el mapa que cuelgues en la pared: siempre habrá un Norte y un Sur. Efectivamente, tenía razón. Si es un barrio, está la zona de los chalecitos y la de los pisos a barullo y muchas plantas. Si es una ciudad, están los barrios más acomodados (con más zonas verdes, mejores accesos,...) y los suburbios (eufemísticamente) llamados más populares. Si es una región, están los de la ciudad y los del campo. Si es un país, están los catalanes o vascos y los extremeños o andaluces. Si es un continente, están los hacendosos del Norte (Alemania, Holanda, Finlandia,...) y los vagos, perezosos y malgastadores del Sur (Grecia, Italia, Portugal, España). Y si es el Mundo, hay grandes diferencias también entre el Norte y el Sur.

La civilización moderna ha comercializado el concepto de la solidaridad. Este concepto reconoce tácitamente que los menos favorecidos lo son por pura fatalidad, muy a su pesar. Porque viven en lugares inhóspitos donde nada crece; porque guerras (sin dueño) les han sumido en la miseria; porque sequías sin fin les condenan a la hambruna; porque Gobiernos sin entrañas (muy habitualmente, nuestros amigos) no se preocupan de su población; porque exterminios étnicos o religiosos (con nuestras armas) les han dejado diezmados; porque volcanes, terremotos o tsunamis azotan su territorio con regularidad, y así por muchas otras causas de este tenor.

En los períodos de riqueza generalizada, la parte privilegiada del mundo (que está convencida de serlo porque el destino así lo marca) practica una solidaridad que linda de muy cerquita con la simple caridad. Se intentan paliar los efectos de la miseria, pero nadie le pone el cascabel al gato de sus causas. Se intenta alimentarles, pero sólo para que puedan seguir sobreviviendo y así tranquilizar nuestras conciencias. Las llamadas ONG (muchas de las cuales realizan una labor muy meritoria) intentan (con escasos éxitos) achicar el mar, y muchos sólo buscan en ellas poder vivir unos años de aventuras en escenarios exóticos y peligrosos, mientras algunos también persiguen fondos que derivar a los bolsillos privados.

Por cierto, ese mismo mecanismo es el que ha venido funcionando en la Zona Euro en los años de prosperidad y vacas gordas. Alimentar a los perezosos del Sur con riadas de liquidez permite convertirlos en clientes de las grandes maravillas que los hacendosos somos capaces de fabricar y producir. Sin tener en cuenta que un perezoso con abundancia de dinero es una bomba de relojería.

Cuando las tortas cambian y la situación económica se convierte en una pura depresión o recesión, cuando hay gente pasando hambre en nuestra misma calle, o incluso en nuestro mismo portal, el concepto de solidaridad se revisa a la baja y da la sensación de que alimentar a los perezosos ya no es tan buena idea.

Cuando la sociedad pasa por sus años de esplendor es cuando se dispone del ímpetu, el empuje y los medios necesarios para cambiar el mundo. Pero eso, en esos momentos, a nadie le interesa. Unos andan embotados por tanto champán; otros embrutecidos por los viajes de vacaciones tres veces al año; algunos andan distraídos con las maravillas de su nueva fortaleza rodante de ochenta mil euros; y todos, todos, gastan todo lo que pueden (y se endeudan) como si no hubiera un mañana y como si hubieran olvidado que la historia es cíclica y que no hay mal ni bien que cien años dure.
Jyrki Katainen, Primer Ministro de finlandia
(Fuente: cincodias)

Pero la realidad es tozuda, y siempre llega el momento en que alguien empieza a pensar que la inundación de dinero y los torrentes de liquidez donde los perezosos quizá no es tan buena idea. Y todos los que pueden se refugian en sus Cuarteles de Invierno, para dejar pasar las tormentas de nieve. Y el que no pueda, que se congele en el páramo.

El montaje de la Europa socialdemócrata del Estado del Bienestar de después de la Segunda Guerra Mundial, la maquinaria del Euro, o la mayoría de los Estados, si vamos a ello, se montaron con una economía en expansión en la cabeza. Y, por cierto, con la deliberada ignorancia de que siempre habrá un Norte y un Sur, unas zonas, unas regiones, unas clases, unas poblaciones, con más recursos que otras. Y la maquinaria debe saber funcionar conviviendo con ese hecho básico.

Por eso es radicalmente injusto que los alemanes acusen a los griegos, italianos o españoles de no ser alemanes, porque nunca lo hemos sido y, muy probablemente, nunca lo seremos. Como es injusto que los catalanes acusen a los andaluces o extremeños de no ser catalanes, porque nunca lo han sido y, muy probablemente, nunca lo serán. Pero la maquinaria debe poder funcionar partiendo de ese hecho, de que hay zonas más calientes y otras más frías.

En los campos de trigo no todas las espigas crecen a la misma altura. Sospecho que desconocemos los mecanismos por los que hay espigas más rezagadas, incapaces de alcanzar la altura de las más aventajadas. Y, en estas condiciones, la única igualación posible es la de la hoz. En estos tiempos convulsos, muchos dan la sensación de perseguir la igualación por la hoz, que todos seamos pobres, en lugar de luchar para que cada vez haya más ricos (más espigas aventajadas) y que los pobres lo sean menos. La realidad es que cada vez hay menos ricos, pero cada vez lo son más, y hay un mayor número de pobres, que también lo son más.

Otra alternativa para las espigas aventajadas, para hurtarse a la hoz, es manifestar que nosotras no somos trigo y que, por lo tanto, inútil es que las espigas rezagadas se empeñen en igualar nuestra grácil altura, porque son de otra especie condenada a crecer menos.

En este contexto, el 11 de Septiembre invadieron las calles de Barcelona muchas personas, muchas. Igual hasta más de un millón. Se sumaron a una manifestación que, formalmente, perseguía la independencia de Catalunya de España (que Catalunya sea un nuevo estado en Europa). Convencidos de que así les irá mejor. El sentimiento con que se sumaron a esa manifestación es difícil de juzgar sin equivocarse demasiado. Por eso no me gusta la calle como foro de la política, porque en la calle todos son peatones, tanto los que caminan porque ya no les da ni para coger el autobús, como los que lo hacen por mejorar su salud, dejando hoy el coche en casa. Con seguridad hubo en la calle una demanda de cambio, con razones mixtas en algún lugar entre la Indignación y la Independencia. Quien ya nada tiene que perder, está convencido de que es imposible que cualquier cambio sea a peor.

Cada vez más todo este movimiento apesta a Guerra de las Malvinas, a maniobra de diversión. A idear un enemigo común, contra el que todos estamos unidos.

El llamado problema catalán se ha venido agudizando en los últimos tiempos, azuzado por diversos hechos, a los que la profunda crisis económica, no es, desde luego, ajena. Ya no hay líneas rojas, por mucho que los políticos se empeñen en visualizarlas. Se han cruzado ya muchas veces, descalificando unos a los catalanes por insolidarios; otros a los andaluces o extremeños por vagos; otros a los de Madrid por expoliadores.

En la dinámica ciega y torpe habitual en todos los nacionalismos, se recurre a la historia como fuente de legitimidad, ignorando deliberadamente que en la historia se pueden encontrar justificaciones para verde, azul o rojo, dependiendo de hacia dónde y hacia cuándo mires. Unos pueden invocar a los Reyes Católicos y otros a los Reyes de Aragón o a los Condes de Barcelona. Todo ello es un fuego de artificio perfectamente inútil.
Rajoy y Mas, a las puertas de La Moncloa, este jueves.
(Fuente: elmundo)

Si tuviéramos estadistas de nivel, y no políticos cortos de vista y torticeros, es el momento de tomar a ese toro por los cuernos. Ya está bien de diatribas, descalificaciones y victimismos. De la manifestación de ese martes se desprende que hay una muy fuerte demanda de cambio entre los catalanes. Es el momento de enfrentarles con claridad a su futuro y no el de regodearse (por uno y otro lado) en el pasado y en presuntas realidades identitarias confrontadas. O de esgrimir ciegamente la Ley y la Constitución, obviando el hecho de que todo eso lo hemos hecho nosotros, y nosotros lo podríamos cambiar, si llegara el caso y fuera la voluntad de la mayoría.

Lo primero sería convocar de modo inmediato elecciones generales en Catalunya, donde todos los partidos deberían plantear con claridad cuál es su propuesta de cambio. Si en las urnas se viera la misma voluntad de independencia que pareció verse en las calles (si no fuera así, se habría desenmascarado a los políticos, y a otra cosa), lo más conveniente sería convocar un referéndum en Catalunya por la independencia, donde estuvieran muy claros los efectos de una u otra respuesta. Si la respuesta fuera mayoritariamente afirmativa por la independencia, sería el momento de iniciar las negociaciones para la separación, para el divorcio amistoso. No sería fácil atinar en un justiprecio para los bienes gananciales. El tema de quién se queda con los amigos sería, posiblemente, más claro. Una Catalunya independiente debería tomar la decisión de cómo llamar a su nueva moneda nacional, porque su posible integración en la Unión Europea y en la Zona Euro sería objeto de un tedioso y largo expediente, con resultados inciertos.

Mientras tanto, reaparecerían las fronteras externas de la UE (de Catalunya con el resto de España y con Francia) y los aranceles, y no faltarían catalanes voluntarios para intentar construir lo mejor de una Catalunya española en algún lugar de la Mancha (un decir). Desaparecido el enemigo común (Madrid, la Constitución, los nacionalistas españoles,...) aparecerían las disensiones sobre qué bases construir la nueva Catalunya Estado.

Si todo discurriera por los mejores caminos, muchos años después Catalunya podría integrarse, por fin, en la Unión Europea y en la zona Euro, y firmaría el Tratado de Schengen, con lo que desaparecerían (de nuevo) las fronteras y los AVEs dejarían de ser trenes internacionales. Para los alemanes, Catalunya sería uno más de los países perezosos del Sur. Los que hoy insultan a Madrid, pasarían a insultar a Bruselas o a Frankfurt y caerían de nuevo en la melancolía identitaria. Hasta que consiguieran su sueño dorado en forma de una Balsa de Piedra (cito a Saramago) agonizando en el mar a los acordes del Desperta, Ferro.

Todo eso podría ser así si no fuera que la verdadera voluntad política de los políticos nacionalistas es utilizar la amenaza de la independencia para que el Pacto Fiscal sea visto como un mal menor. Para utilizar esa amenaza como un as en la manga del jugador de ventaja, para negociar mejoras económicas en la financiación y otras perlas del género, frente a políticos del Estado timoratos y miedosos, sin ninguna talla de estadistas, a mayor gloria (y riqueza) de sí mismos y de sus amigos. Y al pueblo catalán, con su sentimiento nacionalista un poco ingenuo, exacerbado e instrumentalizado por los políticos para su propio beneficio, que le vayan dando. Como siempre.

Luego este jueves se reunieron Rajoy y Mas en La Moncloa, con unas formas aparentemente algo tirantes. Rajoy intentó ventilar el tema con la indolencia que ya viene resultando habitual. A Mas no le quedará más remedio que convocar Elecciones Generales en Catalunya, y veremos qué nuevas falacias se inventan unos y otros en campaña para que nada se aclare nunca. A río revuelto, ganancia de pescadores.

De verdad, qué cansino es todo en este país. Qué fatiga.

JMBA