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viernes, 24 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 10: Rutinas


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 9: Erotismo


No creo que tenga que insistir demasiado para convenceros de que la estancia en una Residencia de Mayores puede resultar extremadamente deprimente. Si te fijas, puedes ver las muy variadas formas que existen de envejecer, y ninguna parece envidiable. Conviene no perder de vista, de todas formas, que fuera de las Residencias, en la calle, se ven otras maneras de acumular años que resultan bastante más estimulantes.

Ver a grupos de abuelitos y abuelitas aparcados en algún lugar de los salones, frente a un televisor al que nadie hace caso, es una visión que solo es ligeramente exagerado titular de apocalíptica. Y resulta muy desmoralizadora, a poco que empatices con tus compañeros de viaje.

Una de mis tácticas defensivas para evitar caer en un estado emocional depresivo fue fijar una rutina bastante definida, con ligeras variantes para el fin de semana. Esto me evitó tener que tomar decisiones con demasiada frecuencia, lo que siempre genera un cierto estrés y te debilita la moral.

Conseguí, no sin algunos esfuerzos y varios fracasos, que todos los días pudiera estar aseado y vestido para las nueve o nueve y cuarto de la mañana. Listo para desayunar y para iniciar mi jornada en libertad condicionada para el resto del día. Cada dos o tres días, tras el desayuno, procedía a un afeitado al modo tradicional, con su brocha, su jabón, su espuma y su cuchilla.

Por el propio funcionamiento de la Residencia, a menudo la rutina es difícil de mantener, porque dependes siempre de elementos que no están bajo tu control. Una de las auxiliares, B., era la habitual de mis mañanas y, salvo incidentes familiares o médicos, conocía mis preferencias y rutinas y las respetaba. Pero, claro, algún día tuvo a alguno de sus hijos enfermo, y se incorporó al trabajo varias horas más tarde de lo normal. En estos casos, el caos se apoderaba de la actividad en la Residencia.

Lógicamente, B. libraba un par de días después de unos cuantos de trabajo continuado, y también disfrutó de alguna semana de vacaciones durante el verano. La sustituta titular era L., que también conocía mis rutinas y las respetaba. Si a ella también le tocaba librar, se podía instalar el descontrol y ya dependías por completo de qué otra, u otro, auxiliar te pudiera tocar, suponiendo que corriera el turno de forma adecuada.

Por no hablar de cuando se producía algún incidente de fuerza mayor. Como la mañana en que, tras unas filtraciones, no hubo agua, ni caliente ni fría, hasta pasadas las diez.

Desde el principio tuve claro que lo que una auxiliar conocía de tu rutina era una información personal suya y en ningún caso un conocimiento de la organización. Recuerdo que, hace años, cuando yo trabajaba en el negocio de la informática, se insistía mucho en la necesidad de implantar una estrategia clara de CRM en las empresas y organizaciones. CRM significa Customer Relationship Management, o Gestión de las Relaciones con el Cliente. Una estrategia correcta de CRM obliga a que cualquier cosa que alguna de las personas de la organización conozca de un cliente, sea un conocimiento colectivo de la organización.

De esta forma, y caricaturizando sólo un poco, debería ser un conocimiento colectivo de la empresa si al Jefe de Compras de un cliente le gusta más el vino de Rioja o el de Ribera de Duero, o si la mujer de otro Director General prefiere los gladiolos o las orquídeas. Habitualmente, estas informaciones son patrimonio del comercial que les atiende y, además, este está convencido de que son un valioso activo personal y habitualmente no está dispuesto a poner esa información a disposición de su organización, pues eso le convertiría en un recurso prescindible.

Yo siempre tuve la impresión en la Residencia de que mis preferencias en cualquier campo eran informaciones personales de la auxiliar a quien se lo hubiera comentado. Si ella no estaba, esa información no estaba disponible y se caía en la improvisación, seguramente bienintencionada, pero absolutamente imprevisible.

En fin, y salvando la complejidad, conseguí casi siempre poder salir de mi habitación en dirección al jardín alrededor de las diez de la mañana. Recordad que mi estancia transcurrió entre Mayo y Septiembre, y, por lo tanto, disfruté de todo el verano, donde el jardín fue una pieza fundamental e indispensable para garantizarme un cierto nivel de placer.

De diez a doce de la mañana acostumbraba a estar en el jardín, principalmente leyendo. Cuando ya llegué a formar parte del paisaje matinal en esa zona, me tocó disfrutar de alguna conversación con alguno de los Residentes que, si bien no especialmente deseada, en general no resultó desagradable.

Lo que formaba habitualmente parte de mi rutina mañanera era la visita sutil de La Sombra del Jardín. Se trata de una mujer bastante mayor, de voz suave y morosa, que se desplaza muy lenta y silenciosamente en su silla de ruedas, y siempre se detenía a hablar junto a mi mesa. El día que la conocí yo estaba con M., el Kamikaze, y su hermano. Cuando se acercó la Sombra, ellos dos me dejaron solo ante el peligro, y me tragué la historia completa de su vida, de la portería de casa fina en la que trabajó muchos años, del piso que se compraron, de su marido, de sus hijos, de las reformas que hicieron, de lo que hacía por los vecinos, del cáncer de huesos que decía sufrir, etc. etc. Yo no sabía cómo poner fin a tanta información que a mí me resultaba irrelevante, pero tuve que esperar a que se extinguiera por sí misma.

Después de ese enojoso episodio, procuraba que su llegada me pillara leyendo muy concentrado. Entonces ella solo recitaba su letanía diaria:

- Buenos días nos dé Dios. ...........  Me voy un rato a la capilla.

Curiosamente, rara vez la veía por la Residencia en otro momento del día.

El jardín estaba bastante desierto a esas horas, y fresquito incluso en los días más calurosos del verano. Empezaba a llenarse a partir de la once y media. Uno de los extremos del jardín lindaba con el salón dedicado a terapia ocupacional, y allí se iban acumulando los viejecitos más extraviados. El panorama bastante idílico de primera hora se iba degradando a lo largo de la mañana. A las doce me volvía a la habitación.

Muchas veces aprovechaba ese rato en la habitación para una visita al baño privado, porque se me movía la tripa. Veía un poco las noticias matinales en la tele, hasta la una menos cuarto, en que bajaba para la sesión diaria de Fisioterapia, de una a dos.

El Gimnasio de Fisioterapia es una instalación realmente mixta, entre gimnasio más o menos convencional y gabinete de fisioterapia, con aplicaciones específicas de técnicas magnéticas, eléctricas, de calor, etc. Había espalderas, barras paralelas para poder caminar con total seguridad, y hasta una bicicleta estática. Y también estaba el sillón de las torturas, para reforzar los músculos de las piernas (cuádriceps e isquio tibiales). Eso sí, estaba ubicado en una posición preferente, dominando la casi totalidad del Gimnasio. Para muchos de los clientes, de edades muy avanzadas, la terapias aplicadas se dedicaban casi puramente a mantener, de la mejor manera posible, lo poquito que iba quedando de las agilidades juveniles. Para otros, especialmente para la mayoría de residentes temporales el objetivo era más bien la rehabilitación y recuperación de incidentes puntuales de salud (roturas de huesos, disfunciones nerviosas - como era mi caso -, etc.).

Terminada la sesión diaria de Fisioterapia, directo al comedor para el almuerzo. A las dos de la tarde sharp. Bueno, salvo algunos días en que, por cualquier razón, el caos se hubiera apoderado del primer turno de comidas, y entonces el ingreso al comedor podía retrasarse hasta diez o quince minutos. A la entrada del comedor se acumulaban los residentes, esperando luz verde para acceder a él, cuando los auxiliares y camareros hubieran terminado de preparar las mesas para el segundo turno. Allí se podía ver la panoplia completa de ayudas técnicas para la movilidad, con la silla de ruedas como protagonista indiscutible, acompañada de muletas y bastones.

Tras la comida, un café bastante real en la cafetería (de pago aparte, por supuesto) y un cigarrito en el jardín. Para las tres, subida de nuevo a la habitación para pasar la primera parte de la tarde, normalmente hasta las seis. Ponía la tele, a veces sin sonido, leía un poco, si tenía un libro muy interesante en las manos, jugaba algo con la tableta, o aprovechaba para hacer alguna llamada que tuviera pendiente. De cuatro y media a cinco me llevaban la merienda a la habitación.

En torno a las seis bajaba de nuevo al jardín. Aunque los visitantes tenían libertad para acercarse por la Residencia a cualquier hora del día, dentro, por supuesto, de los límites adecuados, a todos mis amigos les recomendaba que vinieran por la tarde, entre las seis y las ocho. Leía un rato o mantenía una conversación con alguno de los Residentes con los que todavía se podía hablar, aun con ciertas restricciones. Si había suerte, llegaba algún amigo o familiar de visita. En este caso, le tocaba pagar (y traer desde la cafetería hasta el jardín) una cervecita y unas patatas fritas, que eran la máxima expresión del desenfreno y la gula dentro de la Residencia. Si no había visita, algunas veces conseguía convencer al camarero que estuviera de guardia ese día en la cafetería (mucho mejor si era el R. hijo que el R. padre, más esquivo) para que me hiciera el favor de sacarme una bandejita al jardín.

Por la Ley de Murphy, que se desmiente a sí misma cumpliéndose siempre, había muchos días en que no tenía visita, pero de repente otra tarde aparecían diversos amigos a la vez, aunque cada uno hubiera venido por su propio camino, además de una de mis sobrinas, que sí había anunciado la visita. Un ejemplo.

A las ocho en punto había que desplazarse al comedor para la cena. Si había visitas, era el momento de la despedida y el agradecimiento. Siempre dije, y sostengo, que una visita (casi) nunca se pide pero siempre se agradece.

Tras la cena, un cigarrito en el jardín y directo a la habitación.

Entre las nueve y las diez venía alguna auxiliar para ayudar a acostarme. Si estaba C., mi favorita, aparecía muy pronto, en torno a las nueve y diez. Si le tocaba a otra podía retrasarse hasta las diez menos cuarto o así. A esa hora, si no había aparecido nadie, lo mejor era dar un timbrazo al botón rojo, para evitar que acabara el turno y se quedara uno olvidado al margen.

Ya en la cama lo más tarde a las diez. Viendo un poco la tele, o jugando un poquito con la tablet. Cuando conseguí que Movistar me pusiera 24GB de datos a mi disposición en el móvil, también pude ver alguna película o alguno de los partidos de La Liga y de la Champions en la tablet. Porque la Residencia habla de la disponibilidad de WiFi en el centro, pero lo cierto es que sólo funciona razonablemente bien en algunas de las zonas comunes, prácticamente nada en el jardín, y llegan sólo unos pequeños retazos a la habitación. Nada que pueda considerarse operativo. Claro que hay que entender que el 90% de los residentes no sabe siquiera lo que es el WiFi, y otro 8% lo conoce, pero no sabe hacerlo funcionar.

En conclusión, me ponía ya definitivamente para dormir en algún momento entre las once y medianoche, y casi de un tirón hasta las ocho y media de la mañana. En los primeros tiempos me despertaba hacia las siete de la mañana, y escuchaba un rato la radio matinal con los auriculares, hasta la hora de levantarse y asearse. Pero pronto me acostumbré a esa vida de molicie, y a menudo me despertaba B., entrando en la habitación hacia las nueve menos cuarto con su característico "Bueeeeeenos Díííaass". Todavía arrastro esos hábitos de lirón, a los que no estaba nada acostumbrado anteriormente.

El fin de semana variaba un poco la rutina, porque no había Fisioterapia. Habitualmente bajaba también en torno a la una de la tarde, pero recalaba un rato en alguna de las mesas de la cafetería y me tomaba una copita de vino blanco verdejo, con unas patatitas fritas. A continuación un cigarrito en el jardín y a comer.

Una rutina bien definida me ayudó a conseguir que fueran pasando los días sin mucho dolor.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 11: Confesor laico

miércoles, 20 de febrero de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 4: Instalaciones





La Residencia ocupa un edificio monumental, en el barrio de Ciudad Jardín (aunque para todo el mundo, sigue siendo Prosperidad, la Prospe) del Distrito de Chamartín. De hecho, yo viví casi doce años muy cerca de allí (junto a la calle Pradillo), y siempre pensé que vivía en el barrio de Prosperidad. Ciertamente viví allí durante unos meses, pero en 1987 el Ayuntamiento de Madrid decidió segregar el tradicional barrio de Prosperidad en dos: Prosperidad (la parte Sur) y Ciudad Jardín (la parte Norte).

El edificio fue originalmente construido en la segunda mitad del siglo XIX, destinado a Residencia de Ancianos para las Hermanitas de la Caridad. Siguió funcionando de ese modo hasta la década de 1950, en que se abandonó y cayó prácticamente en ruinas. Tras varios intentos de reacondicionamiento para diversos usos, no fue hasta los noventa en que hubo capital disponible y acuerdo con el Ayuntamiento, para rehabilitarlo por completo y ponerlo en funcionamiento como Residencia de Ancianos cinco estrellas,  de gestión completamente privada. Así ha seguido funcionando hasta la actualidad.

Tanto por su ubicación como por el perfil social y económico de la gran mayoría de los clientes, la Residencia es, sin duda razonable alguna, Zona Nacional, permitidme la expresión. La prensa de cabecera es el ABC y, de hecho, muchos Residentes reciben allí directamente su ejemplar de suscripción . Alguna vez se ve algún ejemplar aislado de El País o de El Mundo pero, curiosamente, jamás vi a nadie que tuviera La Razón. Supongo que igual que existen los ricos de siempre y los nuevos ricos, también debe existir la gente de orden de siempre y los nuevos derechistas. Como anécdota, recuerdo que el día en que Pedro Sánchez ganó la moción de censura en el Congreso de los Diputados, el ambiente en la Residencia era totalmente depresivo, y algunas conversaciones que escuché tenían un cariz claramente pre-apocalípticas.

El edificio tiene cinco plantas públicas (ignoro si puede haber otras localizaciones desconocidas para mí). La planta baja (planta 0, de acuerdo a la terminología utilizada en los ascensores) es la de ingreso y recepción desde la calle. En ella está el mostrador y las dependencias de la Recepción, diversos despachos para la Dirección y las Supervisoras, así como alguna sala de reuniones. También hay un cierto número de habitaciones para los Residentes, rotuladas con números ciento y pico. Esto genera habituales confusiones, planta cero con habitaciones cuyo número empieza por el uno. La misma disfunción se repite en las demás plantas.

Las tres plantas superiores están íntegramente destinadas a habitaciones para Residentes, excepto los necesarios espacios para los diversos servicios (mostrador de atención a las visitas, almacenes para los diversos materiales necesarios para el servicio de las habitaciones, etc.). El diseño de cada planta es idéntico, por lo que pude ver. Consta de un largo pasillo, con habitaciones a ambos lados, dividido en dos tramos por el rellano principal. A cada extremo hay otros dos pasillos perpendiculares, también con habitaciones a ambos lados. Frente al rellano principal, hay un cuarto pasillo con algunas habitaciones más.

Mi habitación fue durante toda la estancia la número 216, ubicada en la primera planta, en uno de los pasillos perpendiculares del extremo. No sé exactamente cuántas habitaciones debe de haber por cada planta, pero calculo que, posiblemente, esté cerca de las 40 habitaciones por planta. La mayoría de ellas ocupadas por un solo Residente, pero también hay algunas de ocupación doble (matrimonios, hermanos,...). En la Planta Baja (la cero) el número de habitaciones debe de ser algo menor, debido a la merma provocada por los espacios comunes. En total, posiblemente habrá unas 150 habitaciones. Se asumía habitualmente que el número total de Residentes pudiera estar en el entorno de las 200 personas.

Aunque nunca pude verificarlo, siempre supuse (por diversas informaciones que me fueron llegando), que en algunas de las habitaciones de la tercera planta estarían los Residentes que ya no tenían capacidad para movilizarse hacia los espacios comunes.

Hay tres bloques de dos ascensores cada uno, para los desplazamientos verticales (entre la planta -1 -de la que luego hablaré- y la planta 3). En los extremos, hay dos ascensores de mayor tamaño, estilo hospital, que permiten movilizar camillas, lo que en la Residencia es, desgraciadamente, bastante habitual. Durante mi estancia, creo que nunca conseguí ver a los seis funcionando a la vez, siempre había alguno averiado, a veces por largos períodos de tiempo.

La planta sótano (ó -1) es otra historia completamente diferente, ya que está destinada principalmente a diversos espacios públicos y algunos otros servicios. En un extremo está el comedor comunitario, el área de cocinas y sus correspondientes zonas de servicio para cocineros y camareras.

Junto al comedor hay unas cuantas mesas redondas. A la hora de las comidas, es posible reservar alguna de estas mesas para que un Residente pueda almorzar o cenar con mayor intimidad, en compañía de una o varias personas que le hayan venido a visitar.

Junto al comedor está el mostrador de la Cafetería. Su servicio es de pago aparte, excepto un par de barriletes con agua fresca (creo que uno de ellos con adición de unas rodajas de limón) y una bandeja de vasos, de los que cualquiera (Residente, visitante, cuidador o personal de la casa) puede servirse libremente. Avanzada ya mi estancia, me habitué a tomar un café en la Cafetería, después de la comida. Algunas tardes, especialmente si venía algún amigo o familiar a visitarme, podía tomar una cervecita o una copita de vino blanco acompañada de un platito con patatas fritas, al igual que los sábados o los domingos, a la hora del vermú. Al principio pagaba en efectivo, pero más adelante descubrí la comodidad de pedir que cargaran el importe directamente a la factura mensual de mi habitación, lo que me liberó de tener que llevar siempre encima algún dinero. Y, dicho sea de paso, me permitió repetir muchas veces esa frase que vemos en las películas, cárgalo en mi cuenta.

El resto de esa ala está ocupada por un salón social, con un par de aparatos de televisión y algunos sillones y sofás. Siempre procurando dejar el suficiente espacio, por supuesto, para que puedan moverse con comodidad las personas en sillas de ruedas.

En el centro de la planta, frente a la escalinata singular, hay un salón al que se le denomina Salón de Juegos, y es allí donde se desarrollan la mayoría de espectáculos de la tarde (conferencias, bingo comunitario, proyecciones, etc.). En un armario hay algunos juegos de mesa, a disposición de los Residentes y sus visitantes. El aparato más grande de televisión está allí, junto a tres máquinas de vending, donde comprar snacks, sandwiches, bebidas, café, etc. Dispersas por la zona hay varias mesas grandes con sus correspondientes sillas, y algunos sillones y sofás.

Pegada al Salón de Juegos y habitualmente protegida (oculta) por unas puertas en acordeón, está la capilla, católica, por supuesto. Los sábados por la tarde se acostumbra a celebrar allí una Santa Misa. Durante el día, hay algunos Residentes que pasan algún tiempo en ella.

En esa zona hay dos Servicios públicos. Uno de ellos es normal, dedicado a los visitantes y a los Residentes que los puedan utilizar sin necesidad de ayuda alguna. El segundo, preparado para personas con capacidades diferentes, está reservado para los Residentes que requieren ayuda de alguna de las auxiliares.

En el ala izquierda de la planta hay otro salón, con su correspondiente aparato de televisión, sus sillones, mesas y sofás. Lo preside un piano de cola negro, que se utiliza habitualmente los viernes cuando hay algo de música en vivo. De vez en cuando, se ve a algún visitante utilizarlo de forma espontánea.

Hay también un Salón de Peluquería, que sólo funciona, por las mañanas, dos o tres días por semana, bajo estricta reserva previa en Recepción (o a través de alguna auxiliar), aunque el servicio es por estricto orden de llegada. Supongo que pasar unas horas esperando turno en la Peluquería es una forma tan buena como otras de echar la mañana. Aunque también pueden atender a algunas necesidades muy básicas de los caballeros (corte de pelo y poco más), su especialidad es la peluquería para señoras.

Cuando yo llegué a la Residencia, tras más de un mes de estancia en el Hospital, mi aspecto era el de un náufrago. Tenía largas greñas de pelo revoltoso y no me había afeitado en las últimas cinco semanas. Visité la Peluquería en los primeros días de mi estancia. Allí una de las peluqueras me cortó el pelo, pero reconoció su incapacidad (básicamente por falta de medios) para afeitarme en condiciones. Conseguí que me recortara la barba con la maquinilla, pero luego tuve que completar el afeitado en el cuarto de baño de mi habitación, por mis propios medios.

En el extremo, separado por puertas que no son fáciles de abrir (una de ellas se abre mediante un botón a la altura del brazo extendido de una persona de pie), hay un salón grande donde se desarrollan las tareas de terapia ocupacional. Yo nunca lo visité, aunque lo podía ver a través de las vidrieras. A ciertas horas, también se sirve allí tanto almuerzo como cena, para aquellos Residentes que requieren de atenciones intensivas para comer, pero que no están tan graves como para no poder acceder a las zonas públicas comunes.

Junto a este salón y en algunas otras ubicaciones de la Residencia (junto al comedor comunitario, junto al mostrador de Recepción,...) hay un tablón de anuncios. Básicamente se expone allí un calendario con las actividades previstas para cada tarde del mes (bingo, conferencias, proyecciones, etc.) y también el Menú para el almuerzo y la cena del día. A veces hay también algunas otras notas de cierto interés.

Pasando una puerta, en el extremo del salón, está el último bloque de ascensores y por esa zona está el Gimnasio de Fisioterapia, la Enfermería, el Departamento Médico y alguna otra pequeña dependencia para uso de médicos o enfermeras. Cada tres semanas acude a la Residencia un podólogo, para el que se sigue el mismo proceso de reserva que para la Peluquería, y alguna vez vi también a un Dentista, que creo que acudía bajo petición concreta de algún Residente o su familiar.

La zona de Enfermería tiene una sala grande con un montón de camas y camillas, el almacén de medicinas y material sanitario, así como algunos despachos. A la hora de almuerzo y cena sale de allí el carrito-del-helao, con los medicamentos (comprimidos, grageas, cápsulas,...) que deba tomar cada Residente, organizado en casilleros, uno por cada habitación. Un panel en la puerta ruega a los Residentes o visitantes que no accedan a la Enfermería sin pedir previamente permiso o sin ir acompañados de la correspondiente Enfermera.

Tanto por las rozaduras en los pies como por el episodio de la sonda urinaria (que ya he contado) tuve que visitar la Enfermería con cierta frecuencia. Y os puedo garantizar que allí el espectáculo es, a menudo, bastante escatológico, y prefiero no entrar en más detalles. Por lo que ese panel es una medida prudente y no un mero capricho.

En algún lugar que yo desconozco de esa zona parece que hay también un Tanatorio, pero extremadamente discreto y casi clandestino. Os puedo asegurar que en la Residencia se habla muy poco de la muerte, porque, probablemente, ya toca vivirla más de lo que gustaría. Es política oficial, quizá más bien realpolitik, que el fallecimiento de algún Residente, lo que inevitablemente sucede con cierta frecuencia, es casi un Secreto de Estado, sólo conocido por los muy próximos. Aunque a veces, por motivos diversos, las circunstancias de la muerte o la personalidad del fallecido o fallecida, es más de público conocimiento, por Radio TacaTaca que nunca deja de funcionar.

Muchos días pasaba diez o quince minutos en los sillones frente al Gimnasio de Fisioterapia, esperando mi turno. Y vi pasar por allí, más de una vez, a parejas de señores con traje y corbata, que más parecía uniforme prestado que distinción propia. Inevitablemente me sugería la certeza de que se trataba de personal funerario.

Desde la Planta Sótano se tiene acceso al Jardín, que es una de las Joyas de la Corona de la Residencia. A él se accede por diversas puertas y es un espacio rectangular de buen tamaño, bastante bien cuidado. Muchas mañanas se podía ver al jardinero podando algunos setos o retirando las flores ya marchitas. En esa zona de la ciudad, un jardín tranquilo de esas dimensiones es un auténtico lujo.

Gracias a que mi estancia en la Residencia se desarrolló entre la primavera y el verano, utilicé muchísimo el Jardín, tanto por la mañana como en esas tardes largas. Aparte, era uno de los pocos lugares (junto al porche de la entrada) en que se podía fumar algún cigarrito.

En el centro hay una gran palmera, que es la que ofrece sombra casi a cualquier hora del día. Bajo ella hay una mesa grande, un sofá y un par de sillones de exterior. Es el sitio más noble del jardín, aunque casi siempre está okupado por algunos Residentes habituales, que han atesorado un cierto derecho no escrito a ocupar ese espacio a ciertas horas.

En todo el resto del Jardín hay dispersas mesas redondas de jardín, con abundancia de sillas de mimbre con cojines, así como algunos bancos. Hay algunos setos primorosamente esculpidos, algunos rosales y otras plantas que, en ciertos momentos, ofrecen flores de colorido variado. Y hay también algunos rincones umbríos, que ofrecen un agradable refugio para los días especialmente calurosos del verano.

Es habitual ver en el Jardín a grupitos formados por un Residente y sus visitantes, consumiendo algunos productos de la cafetería. Los camareros no sirven en las mesas del jardín (salvo algunas mínimas excepciones negociadas), por lo que alguno de los visitantes debe acercarse en persona al mostrador de la cafetería para pedir lo que desea y pagarlo, y llevarse a continuación las consumiciones en una bandeja hasta la zona del jardín en que esté su grupo.

La ubicación de la Residencia es privilegiada, ya que dispone de dos estaciones de Metro muy próximas, multitud de autobuses en las proximidades y un parking público de pago, prácticamente debajo. Cualquiera que quiera visitar a un familiar o amigo internado en la Residencia tiene, pues, todas las facilidades para poderlo hacer. Sólo le queda, y no es poco, poner la voluntad.

Hay que aceptar que resulta imposible que la estancia en una Residencia de este tipo sea un placer. Pero conviene reconocer también que los aspectos realmente cinco estrellas contribuyen a que la experiencia resulte algo menos deprimente de lo que podría llegar a ser.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 5: Personal