Querido Paseante, siempre eres bienvenido. Intenta escribir algún comentario a lo que leas, que eso me ayuda a conocerte mejor. He creado para ti un Libro de Visitas (La Opinión del Paseante) para que puedas firmar y añadir tus comentarios generales a este blog. Lo que te gusta, y lo que no. Lo que te gustaría ver comentado, y todo lo que tú quieras.


Pincha en el botón de la izquierda "Click Here - Sign my Guestbook" y el sistema te enlazará a otra ventana, donde introducir tus comentarios. Para volver al blog, utiliza la flecha "Atrás" (o equivalente) de tu navegador.


Recibo muchas visitas de países latinoamericanos (Chile, Argentina, México, Perú,...) pero no sé quiénes sois, ni lo que buscáis, ni si lo habéis encontrado. Un comentario (o una entrada en el Libro de Visitas) me ayudará a conoceros mejor.



Mostrando entradas con la etiqueta izquierdas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta izquierdas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de enero de 2016

El Asedio a Pedro Sánchez

Dicen las Escrituras que Pedro negó a Jesús hasta tres veces antes de que cantara el gallo. Da la sensación de que Pedro Sánchez podría batir ese récord de su santo tocayo.
Estos son los líderes de los cuatro partidos que se reparten el 90% de
los escaños del Congreso de los Diputados.
(AFP, EFE. Fuente: nacion)

Cuando fue nombrado Secretario General del PSOE en Julio de 2014, los dirigentes del partido estaban convencidos de que elegían a alguien nuevo, que debería reconducir la regeneración del partido tras los sucesivos descalabros electorales, y que deberçia guiarlo en la travesía del desierto que, muy probablemente, supondría el resto de esa legislatura y otra completa. Hasta 2019 no se planteaban que el PSOE tuviera de nuevo alguna opción de ocupar la Moncloa.

Sin embargo, los acontecimientos se han ido precipitando. El desgaste del PP ha sido más rápido y mayor de lo que se podía imaginar. A ello han contribuido diversos factores. De una parte, los sucesivos episodios de corrupción rampante, y la aparente abulia de Mariano Rajoy y su equipo en ponerles coto. De otra, la situación económica general ha mejorado, por lo menos en las cifras macro, y muchos ciudadanos han empezado a pensar seriamente que ya va siendo hora de repartir mejor las rentas, mucho más de lo que es capaz de hacer un partido de la derecha tradicional.

Y no conviene olvidar otro factor exógeno de gran trascendencia, como ha sido la aparición, con mucho ímpetu, de una nueva fuerza en la izquierda política, Podemos, que ha generado nuevas ilusiones en muchos votantes tradicionalmente abstencionistas.

La realidad, pues, es que la situación parlamentaria tras las Elecciones Generales del 20-D es de una complejidad nunca conocida hasta ahora. Cuatro partidos se reparten el 90% de los escaños del Congreso de los Diputados. Dos de ellos en el entorno de la derecha (PP con 123 diputados y Ciudadanos con 40), y otros dos en la izquierda (PSOE con 90 diputados y Podemos - incluyendo todas sus confluencias o coaliciones - con 69). Prácticamente un empate técnico entre las dos grandes tendencias, lo que ha vuelto totalmente imprevisible quién podrá encabezar un Gobierno con los suficientes apoyos para que sea razonablemente estable.

Durante la precampaña y la propia campaña electoral, todos los partidos han lanzado pestes contra los demás, como ya es tradición y probablemente hasta sea su obligación. Todos intentan convencer a los ciudadanos de que les voten a ellos y no a otros que podrían resultar más o menos parecidos. Creo que todo lo que se ha dicho en esa fase sería mejor olvidarlo, porque ya cumplió su función, y el único resultado que vale es el reparto que dieron las urnas, es decir, todos los ciudadanos.

La última parte de la legislatura, en que Pedro Sánchez ejerció de jefe de la oposición, la bronca parlamentaria ha estado servida, y el tono ha sido muy poco comedido tanto por parte de Pedro Sánchez como del propio Mariano Rajoy. Hay que tener en cuenta que Rajoy, encastillado y engolado en su mayoría absoluta, ha tratado al Parlamento en su conjunto con infinito desprecio. Ha acudido cuando le tocaba hacerlo, pero no se ha preocupado lo más mínimo de tender la mano al resto de fuerzas políticas, más allá de ofrecer en algunas ocasiones la posibilidad de adhesiones incondicionales, que nada tienen que ver con el pacto o la negociación.

El tono bronco de estas sesiones en el Congreso se exportó a los debates televisados durante la campaña. De modo especial al que enfrentó directamente a Rajoy con Pedro Sánchez. Se intercambiaron acusaciones muy graves, y su relación personal ha quedado definitivamente rota, al límite de que ninguno de los dos ni siquiera respeta al otro.

Las cinco semanas que ya han pasado desde el 20D han sido seriamente mermadas por el período navideño, donde la prioridad es para los turrones, las uvas, el cava y los regalos.

Pero ya después de Reyes todos los partidos se han empeñado en las sumas y restas, para evaluar las posibilidades reales que puede haber de pactos o coaliciones para formar el nuevo Gobierno de España. Bueno, los políticos, los periodistas y los cientos de tertulianos que pueblan la galaxia mediática.

El PP, que ha sufrido un revés electoral de primera magnitud, ha conseguido, sin embargo, seguir siendo la fuerza más votada, pero aterradoramente lejos de la mayoría absoluta. El partido, hoy por hoy, se muestra razonablemente unido en torno a la figura de Rajoy, y todos sus portavoces aseguran que Rajoy es su único candidato y que no hay más que hablar. Aunque seguro que en alguna habitación oscura se están desarrollando las ecuaciones necesarias de un Plan B, para el caso de que mantener a Rajoy pueda afectar a la cuota de poder que mantenga el propio partido. En caso de necesidad, Rajoy podría ser sacrificado en beneficio de otro candidato o candidata que pudiera tener más fácil el llegar a pactos y acuerdos con otras fuerzas. De hecho, Soraya ya figuró en algunos de los carteles electorales de su partido, como si fuera la cara B de esa candidatura.

Por su parte, que Pedro Sánchez pueda tener alguna opción de presidir el nuevo Gobierno ha desbordado las previsiones del aparato del PSOE. Y ha sembrado la desconfianza en su propio partido, donde la mayoría de barones territoriales, que han recuperado poder tras las últimas elecciones municipales y autonómicas de la primavera de 2015, están dictando el comportamiento que debería mantener el PSOE y su líder, al menos nominal. La situación es parecida a la de cualquier asociación que nombra a un encargado de la tesorería, para gestionar las modestas cuotas de los asociados. Pero cuando un golpe de suerte, un premio de la Lotería, provoca una afluencia masiva de dinero a la caja, parece que quien era bueno para gestionar la miseria ya no lo es tanto para liderar la riqueza.

Tras semanas de dimes y diretes, parece que sólo hay dos opciones razonables para un nuevo Gobierno estable. De una parte, la gran coalición, al estilo alemán, donde el Gobierno pudiera ser presidido por Rajoy (o alguna otra persona propuesta por el PP), con la participación y/o el apoyo (por activa o por pasiva) de Ciudadanos y el propio PSOE. Sin embargo, tanto Pedro Sánchez como todas las voces del PSOE han negado reiteradamente la posibilidad de que pudieran avalar un gobierno presidido por Mariano Rajoy y por el PP. Sánchez ha negado a Rajoy en todos los tonos posibles.

Y la otra alternativa posible sería un gran pacto de izquierdas, con PSOE, Podemos y los 2 diputados de Unidad Popular (Izquierda Unida). También necesitarían el apoyo, o al menos la abstención, de alguna de las restantes fuerzas, básicamente los nacionalistas (independentistas) catalanes y el PNV. Pero eso provocaría cruzar varias líneas rojas para el PSOE, en particular la consideración de España como nación y su unidad como bien superior.

Ciudadanos, de su parte, con sus 40 diputados, ha manifestado desde siempre que nunca van a votar a favor de un gobierno del PP o del PSOE. Siendo su espacio natural el centro-derecha, les diferencia del PP que exigen fuertes medidas de regeneración democrática y contra la corrupción, grandes pactos para los temas trascendentes de Estado (como la Educación, por ejemplo). Previa negociación y acuerdo en ese tipo de medidas, podrían llegar a abstenerse en una investidura de Rajoy. También podrían hacerlo en una de Pedro Sánchez, pero ahí la línea roja es que el PSOE debería contar también con Podemos para tener alguna opción. Ciudadanos y Podemos son como agua y aceite, que nunca se mezclarán de buen grado, más allá de acuerdos puntuales en temas de regeneración democrática.

A todo ello se suma que nuestros políticos parecen carecer del hábito de la negociación y el pacto, porque la historia reciente no les ha obligado a ello. Lo que fue posible al principio de la Transición, hoy parece ciencia-ficción. Los dos grandes partidos se han acostumbrado a que o bien gobiernan o bien lideran la oposición, intentando ganarse al electorado para gobernar en la siguiente legislatura. De hecho, por lo que vamos sabiendo, en las más de dos semanas desde que finalizó el ciclo navideño, no parece que haya habido conversaciones serias entre los cuatro partidos.

Es cierto que Rajoy recibió a los líderes de los tres otros grandes partidos. Pero las reuniones fueron cortas, prácticamente de pura cortesía. y parece que lo que quedó en el ánimo del Presidente (en funciones) es que no había opción de llegar a acuerdo alguno, más allá, quizá, de conseguir una abstención de Ciudadanos, como colofón a prolongadas negociaciones. Insuficiente para asegurar una investidura y la formación de un Gobierno estable. La conclusión de Rajoy es que obtendría una mayoría absoluta de votos en contra de su candidatura.

El sainete que se desarrolló el pasado viernes, al final de la ronda de contactos del Jefe del Estado con los líderes de las diversas formaciones, ha sembrado el desconcierto entre nuestros políticos.

Al mediodía, tras su reunión con el Rey, Pablo Iglesias se rodeó de su corte de colaboradores más próximos en la rueda de prensa en el Congreso, y soltó su bomba, con toda la arrogancia y la soberbia que le caracterizan. Dijo haber comunicado al Rey su voluntad de formar un Gobierno con el PSOE y Unidad Popular, siempre que formara parte de él como vicepresidente y con varios ministros. En declaraciones posteriores, ha aclarado (para ampliar el efecto de la bomba) que lo de formar parte del Gobierno es necesario porque no se fían de que el PSOE cumpla lo que prometa si no hay miembros de Podemos en el nuevo Ejecutivo.

Pedro Sánchez quedó descolocado, porque fue el propio monarca el que le informó de esa iniciativa de Podemos, de la que, parece, no tenía noticia alguna hasta ese momento.

Vista esa avalancha de novedades de las que no se había hablado para nada hasta ese viernes, Rajoy decidió, en el último momento, dar un paso atrás y declinar la invitación (natural, por ser el líder de la fuerza más votada) de Felipe VI para presentarse como candidato a la Presidencia del Gobierno en un debate de investidura. Alegó no disponer, en ese momento, de los apoyos suficientes para ello. En rueda de prensa posterior, desde Moncloa, añadió que no quería presentarse a una investidura sin tener posibilidades de obtenerla, ya que eso pondría en marcha el reloj de los dos meses, tras los cuales se convocarían nuevas Elecciones Generales si no se hubiera conseguido la formación de ningún Gobierno. Pero también aclaró que sigue considerándose candidato.

Esos movimientos depositaron en los frágiles hombros de Pedro Sánchez la iniciativa de establecer los pactos necesarios para poder presentarse (y ganar) un debate de investidura.

Este miércoles empieza la segunda ronda de consultas del Rey con los líderes de las diversas formaciones políticas. El próximo martes, una vez concluidas, el Rey deberá proponer a un candidato a la investidura, que podría ser Rajoy (aunque no creo), o más probablemente Pedro Sánchez, si le transmite al monarca que cree disponer de los suficientes apoyos para ganar un debate de investidura.

Lo que ninguno de los líderes quiere de ninguna forma es enfrentarse a un debate de investidura sin tener razonables garantías de que lo va a ganar. Presentarse y perder es una losa demasiado pesada, que probablemente terminaría con la carrera política de su protagonista. A base de capotazos aquí y allá, Pablo Iglesias y Mariano Rajoy han puesto a Pedro Sánchez cuadrado para la suerte de varas, solo ante el picador.

Sánchez ha negado repetidas veces a Podemos, aunque no citándolo explícitamente. A preguntas insistentes de Gloria Lomana, en una entrevista televisada, sólo acabó diciendo que "Nunca pactaré con el populismo". Porque tanto Sánchez como el Comité Federal del PSOE saben que un gobierno de coalición con Podemos podría ser una amenaza mortal para, incluso, la propia supervivencia del partido.

El próximo sábado se reunirá el Comité Federal del PSOE, y el siguiente martes se producirá la nueva reunión de Pedro Sánchez con el Rey. El Comité Federal, previsiblemente, definirá con nitidez los grados de libertad que pueda tener Sánchez para negociar posibles pactos, con Podemos y otros.

Por su parte, Pedro Sánchez sabe que esta es su oportunidad de oro. Si después de obtener el peor resultado de su historia en términos de votos y escaños, acabara de Presidente del Gobierno, sería una carambola totalmente inesperada. Si no consigue ocupar la Moncloa, casi al precio que sea, su propia carrera política posiblemente quede finiquitada. Personalmente, sin embargo, no consigo imaginarme que pudiera funcionar un Gobierno con Sánchez de presidente e Iglesias de vicepresidente. Dos egos de tal tamaño no caben en un solo Ejecutivo.

En resumen, la situación parece muy estancada. Rajoy y Sánchez se odian políticamente, lo que es normal, pero también se odian y se desprecian a nivel personal. No es imaginable que el PSOE pueda ni siquiera abstenerse ante una investidura de Rajoy.

Una posible alternativa podría ser la sustitución de líderes, o la aparición de algún personaje más o menos independiente que pudiera encabezar un Gobierno de concentración nacional, con aportaciones del PP, del PSOE y de Ciudadanos. Podría ser, quizá, el turno para que Soraya Sáenz de Santamaría diera el salto a la primera línea, y que Susana Díaz accediera al nivel nacional. O podría ser un nuevo encargo para el pacífico y paciente Ángel Gabilondo (un decir), actualmente sumido en la oposición de la Comunidad de Madrid.

Más de 11 millones de votantes eligieron opciones de cambio respecto al PP, sea PSOE, Podemos o Unidad Popular, frente a los algo más de 10 millones que votaron al PP o a su alter ego Ciudadanos. Parecería, pues, razonable, que el nuevo Gobierno de España fuera de cambio, y no incluyera de ninguna forma al PP, que se instalaría en la oposición parlamentaria, e incluso podría utilizar de forma torticera su mayoría absoluta en el Senado, para lo que quiera que valga eso.

Sin embargo, la formación de un Gobierno de ese tipo me temo que está fuera del alcance de Pedro Sánchez, que podría acabar esta fase como un juguete roto.

Puede que las próximas semanas aporten algún nuevo salto mortal. Pero si no ocurre algo muy sonado, mi augurio es que estaremos abocados a nuevas Elecciones Generales. El problema es que, mientras no se produzca ningún debate de investidura, no empieza a contar el plazo de los dos meses para convocar Elecciones. Nadie apunta maneras para jugarse el pescuezo exponiéndose a un debate de investidura. Igual acabe habiendo nuevas Elecciones, pero no ya en la primavera, sino quizá en el otoño.

¿Qué resultado arrojarían las urnas en esas supuestas nuevas Elecciones Generales?. Seguramente crecería la abstención, pero los resultados en número de escaños daría un panorama parecido al actual. Muy probablemente el PP aumentaría algún diputado, a costa de Ciudadanos, y Podemos haría lo mismo a costa del PSOE. Como el 20D hubo una diferencia de sólo 300.000 votos en favor del PSOE frente a Podemos, un cambio ligero podría situar a Podemos como primera fuerza de la izquierda. Y eso generaría un panorama completamente diferente, a pesar de una aritmética relativamente parecida.

Pedro Sánchez, en su encrucijada política, ha negado repetidas veces al PP y a Rajoy; ha negado al populismo y, por extensión, a Podemos; y también ha negado, aunque con la boca pequeña (a menudo a través de César Luena, su alter ego), las recomendaciones de su propio Comité Federal, de los barones territoriales y hasta de los grandes popes del socialismo español, como Felipe González o Rubalcaba. Sánchez está asediado y sólo tiene dos posibles salidas: o bien su retirada de la primera línea o bien tiene que empezar a tragarse sapos envenenados y negar que negó. En otras palabras, aceptar llegar a la Moncloa al precio que sea, a pesar del aparato de su propio partido.

De todas formas, resulta chusco que el mayor motivo por el que el aparato del PSOE se opone a cualquier acuerdo con Podemos pasa por el tema de Catalunya. Podemos, cuya confluencia catalana obtuvo el primer lugar el 20D, es consciente de que hay que arbitrar una solución para Catalunya, que seguir ignorando el problema, como ha venido haciendo el Gobierno de Rajoy, no aporta nada y sólo alimenta al independentismo. Sugieren que debería reconocerse en la Constitución que España es un país plurinacional (lo que sería elevar a la ley lo que es una realidad práctica), y hablan de un posible referéndum en Catalunya, donde Podemos haría campaña por el NO a la independencia. Estas propuestas erizan los vellos de Susana Díaz y otros barones, así como los de Felipe González, que ha sugerido sin ambages la Gran Coalición como solución recomendable. Con este tipo de iniciativas creen ver amenazada la igualdad de todos los españoles.

Francamente, este tipo de argumentos me produce estupor, porque nunca he visto que se esmeren con tanto esfuerzo en defender la igualdad de todos los ciudadanos de la Unión Europea. Quiero pensar que, seguramente, porque saben que los alemanes no son iguales que los españoles, y sospechan que los rumanos, por ejemplo, tampoco son iguales que los españoles. Personalmente, me repele mucho ese igualitarismo buenista, que es un eslógan tradicional de cierta progresía, pero que, a mi juicio, no se sostiene. Una democracia madura debe garantizar que todos los ciudadanos sean iguales ante la Ley, y que tienen igualdad de oportunidades. Pero más allá de eso, cada ciudadano es diferente y único.

En fin, veremos por dónde rompen aguas tantos desacuerdos y líneas rojas. Me gustaría que nuestros políticos fueran capaces de llegar a acuerdos suficientes para abordar esta legislatura con un Gobierno para todos los españoles, suficientemente estable para actuar con determinación los próximos cuatro años.

Pero a Pedro Sánchez no le arriendo la ganancia. Mal si hace (los tirios le denostarán), pero mal también si no hace (los troyanos le vapulearán). Vencer al asedio al que está sometido por unos y otros no le será nada fácil.

Por salida heroica no me viene nada.

JMBA

martes, 27 de mayo de 2014

¿Votamos diferente en las Europeas?

El domingo pasado, día de elecciones, en el espacio que denominan El Patio, dentro del programa Te doy mi palabra, que conduce Isabel Gemio en Onda Cero, llamaron al azar, como es su costumbre, a algunos teléfonos fijos dispersos por España. La escasa media docena de oyentes con los que consiguieron contactar y que aceptaron contestar a algunas preguntas, respondieron unánimamente a la pregunta de si iban a votar ese domingo, que sí y que votarían a su partido de siempre (fuera este el que fuera, que, lógicamente, ni se lo preguntaron ni lo desvelaron).
Pablo Iglesias y su formación Podemos, se ha convertido
en el gran protagonista de estas Elecciones Europeas.
(Fuente: ecoteuve)

Está claro que una parte de los votantes tienen este comportamiento de fe y lealtad ciega a un determinado partido político, pase lo que pase (aunque el resultado abrumador que consiguieron en la radio fue, sin duda, fruto de la casualidad). Posiblemente, este colectivo es el que ha sumado los resultados de PP y PSOE en estas Elecciones europeas. Globalmente, 4,1 millones de votos para el PP, y 3,6 millones de votos para el PSOE. De un total de 15,6 millones de votos válidos emitidos (excluyendo los votos nulos), esto representa, conjuntamente, que un 49% de los votantes han elegido uno de los dos grandes partidos. Menos de la mitad, lo que ha llevado a muchos de los innumerables tertulianos a hablar abiertamente, aunque creo que de forma excesivamente precipitada, de la muerte del bipartidismo.

La primera característica que hace que unas Elecciones Europeas sean diferentes de, por ejemplo, las Generales, es la elevada abstención. Esta vez, casi calcando el resultado de las anteriores, las abstenciones han alcanzado más del 54%. Es decir, más de un votante potencial de cada dos no tuvo ningún interés en acercarse a las urnas el domingo 25 de Mayo. Parece claro que la pedagogía que han intentado aplicar los políticos, para convencer al electorado de la importancia que tienen estas elecciones, ha fracasado.

No deja de ser curioso que se haya mantenido la misma desgana incluso tras un período donde Bruselas, genéricamente hablando, ha sido el demonio malo para muchos, y el origen de todos nuestros males. Que se haya mantenido el mismo nivel de desafección sólo puede explicarse por la sensación de impotencia que siente el ciudadano ante la implacable maquinaria (más burocrática que política, dicho sea de paso) de la Unión Europea. De una parte, el ciudadano medio no tiene nada claro ni el poder ni la función que tiene el Parlamento Europeo. De otra parte, España sólo contribuye con 54 eurodiputados a un Parlamento de más de 700. Aunque la acumulación de eurodiputados de una u otra tendencia acaba configurando unos pocos grupos políticos en el Parlamento Europeo, que son los que, finalmente, articulan el balance de poder e influencia de unos y otros. Algo parecido, en definitiva, a lo que sucede en cualquier otro Parlamento.

Pero si nos centramos en el comportamiento electoral de la (casi) mitad de los ciudadanos que sí han decidido votar en estas Elecciones Europeas, quizá podamos extraer alguna conclusión.

Da la sensación de que prácticamente la mitad han votado en clave de lealtad a su formación política de cabecera. Pase lo que pase. Resulta más interesante analizar el comportamiento de la otra mitad, esos más de siete millones de ciudadanos que han votado a fuerzas diferentes de los dos grandes partidos nacionales.

De una parte, el voto nacionalista de mayor o menor intensidad. En Catalunya, en particular, la abstención esta vez ha sido dos puntos menor que la media nacional. Y es que las urnas se han convertido allí, para muchos, en un obscuro objeto de deseo. Globalmente, las candidaturas de tintes nacionalistas que han obtenido algún eurodiputado han recaudado un total de 1,8 millones de votos y 6 eurodiputados:

- Coalición por Europa (CiU, PNV,...), 850.690 votos y 3 eurodiputados.
- L'Esquerra pel dret a decidir (ERC,...), 629.071 votos y 2 eurodiputados.
- Los pueblos deciden (EH-Bildu,...), 324.534 votos y 1 eurodiputado.

Los Verdes agrupados en la candidatura Primavera Europea han conseguido 299.884 votos y 1 eurodiputado.

Los dos partidos minoritarios ya tradicionales (UPyD y Ciudadanos), han conseguido globalmente 1,5 millones de votos y 6 eurodiputados. Que no se hayan unido, o confederado de alguna forma, o que no se hayan presentado en coalición, sólo se explica por el personalismo enfermizo de Rosa Díez, experta en certezas innegociables.

Para el votante con corazoncito situado más bien a la izquierda, pero sin lealtad inquebrantable al PSOE (sumido, por otra parte, en profundas crisis internas; visto por muchos como cómplice o culpable primigenio de la crisis económica y los posteriores recortes sangrantes; sumido en un ambiente asfixiante de corrupción y corruptelas galopantes), esos votantes tenían dos opciones principales: la tradicional Izquierda Unida y la novedosa candidatura de Podemos. IU ha vivido un incremento espectacular de sus resultados: 1.562.567 votos y 6 eurodiputados (frente a los 588.248 votos y 2 eurodiputados). Casi un millón de votos más, muy probablemente procedentes de votantes desencantados con el PSOE. Pero la sorpresa absoluta ha sido el resultado de Podemos, una formación política con solamente cuatro meses de vida. Han recaudado 1.245.948 votos y 5 eurodiputados. Ninguna encuesta o sondeo les asignaba más allá de un eurodiputado, e incluso este, dudoso. Y, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, se han situado como tercera fuerza política.

La Caverna mediática, por supuesto, se ha cebado con la candidatura del chaval con la coleta. Pasaron de la mofa impresentable a la alerta sobre su personalidad asamblearia, su proclividad al chavismo o al castrismo (los dos grandes demonios de la derecha rancia) y su presunto carácter antisistema. Y es que la Caverna se ha habituado a tolerar a los partidos de izquierda acomodados en el sistema (¿o debemos decir, del Régimen?), pero se siente tremendamente inquieta ante fenómenos que no comprenden.

Al final os daré mi interpretación del fenómeno. Pero antes conviene poner en negro sobre blanco la singularidad que tienen las Elecciones Europeas, que provoca que cualquier extrapolación sea muy arriesgada y siempre discutible.

Desde el punto de vista del detalle de la maquinaria electoral, lo que hace singulares las Elecciones Europeas es que son las únicas donde toda España es una circunscripción única. Esto provoca que los famosos restos de la Ley d'Hondt sólo se pierden una vez a nivel nacional, y no en cada una de las provincias como es el caso de las Elecciones Generales. En la práctica, esto significa que el coste en votos de cada eurodiputado es mucho más homogéneo en estas Elecciones Europeas, entre las grandes formaciones y las más pequeñas. Para PP o PSOE, el coste es de unos 250.000 votos por eurodiputado; mientras que para las formaciones pequeñas el coste ha llegado a ser, en algún caso, algo superior a los 300.000 votos.

Hasta 30 candidaturas han conseguido algunos votos, pero insuficientes para convertirlos en un eurodiputado. Entre estas, hay de todo. Desde algunas (pocas) de la ultraderecha (Falange y similares), hasta algunas puramente testimoniales o de implantación muy local o incluso localista. También se han quedado fuera tres nuevas formaciones que confiaban en el tirón mediático de sus cabezas de lista: Vox, con Alejo Vidal Cuadras, que renegó del PP y se ha quedado sin silla en Estrasburgo, pese a sus 244.929 votos; el juez Elpidio José Silva y su Movimiento Red, con sus 105.183 votos; y el Partido X, con el delator financiero Hervé Falciani al frente, que ha obtenido 100.115 votos.

En conjunto, un total de 1.179.068 votos han sido inútiles, es decir, que se emitieron para candidaturas que no han obtenido ni un solo eurodiputado.

Curiosamente, el número total de votantes efectivos ha sido prácticamente calcado que en las últimas Elecciones Europeas de 2009: 15.920.815 votos emitidos en 2014, frente a los 15.935.147 en 2009. Por ello, todas las interpretaciones que algunos se han apresurado a dar respecto a la desmovilización de cierto tipo de votantes, resultan extremadamente dudosas y plenamente discutibles. El PP ha intentado enmascarar su descalabro (han perdido 2,6 millones de votos y 8 eurodiputados) remarcando que han ganado las elecciones. Si bien es cierto que han sido la fuerza más votada (medio millón de votos por encima del PSOE), hablar de que han ganado, ignorando el evidente desastre, es una licencia muy pobre. Según el PP, esos 2,6 millones de votos corresponderían a votantes que, esta vez, se han quedado en casa. Esto no encaja mucho con que el total de votantes se haya mantenido prácticamente idéntico.

El PSOE ha sido, esta vez, mucho más realista, y ha reconocido una derrota sin paliativos. Posiblemente ha jugado un papel importante en esta asunción del desastre las muchas fuerzas internas que hace tiempo están por la renovación de la cúpula. Un desastre electoral de este calibre es una ocasión que ni pintada para mandar a Rubalcaba a su casa.

Pero entonces, ¿qué ha ocurrido en realidad?. Aunque sea una obviedad, conviene no olvidar el ciclo vital de los propios votantes. Desde 2009, muchos adolescentes de la generación Tuenti o Twitter, de los que han crecido con sus deditos pegados a la pantalla de un smartphone, han alcanzado edad para votar. Su experiencia política consciente está ligada a la crisis económica aguda, a las corruptelas de los partidos políticos mayoritarios, y a los inaceptables privilegios intocables de la casta de los políticos. Además, ya no sienten ninguna vinculación sentimental con la Constitución de 1978, y la Dictadura, para ellos, no es otra cosa que un tema más de sus clases de Historia. La democracia forma parte de forma natural de sus vidas y, por ello, suelen ser bastante más críticos con su escasa calidad. No es una sorpresa, pues, que muchos de ellos sean incapaces de votar a alguno de los partidos políticos tradicionales.

De otra parte, algunos votantes de edad avanzada en 2009, desgraciadamente habrán fallecido en este período, o quizá hayan caído en una situación de incapacitación que no les permite acudir ya a votar.

A diferencia de otros países de nuestro entorno (Francia, sin ir más lejos), la presencia de fuerzas de ultraderecha es prácticamente inexistentes o meramente testimoniales en España. En la práctica, esto significa que, en España, el PP aglutina un amplio espectro que incluye desde un centro derecha moderado, hasta posiciones bastante más extremas. Por ello, la fuga de votos por la derecha no tiene ningún sentido.

Las fugas por el centro (tanto para PP como para PSOE) han provocado aumentos espectaculares en los resultados de formaciones como UPyD y Ciudadanos.

Pero, a diferencia de la derecha, el voto de izquierda está bastante fragmentado. Las fugas por la izquierda han favorecido, evidentemente, a Izquierda Unida (prácticamente un millón de votos más). Pero, personalmente, creo que su resultado se ha visto lastrado, a pesar de la importante progresión, por el comportamiento que están teniendo en el Gobierno de Andalucía (misteriosamente complacientes con los escandalosos episodios de corrupción), o el inexplicable apoyo al Gobierno del PP en Extremadura.

De todos esos caladeros (los jóvenes y los votantes desencantados de la izquierda convencional acomodada) ha conseguido la formación Podemos su espectacular resultado.

La pregunta del millón es hasta qué punto estos resultados marcan una tendencia sostenible en el tiempo, y de qué forma pueden ser extrapolables a otras elecciones (Municipales, Autonómicas o Generales). Podemos se va a enfrentar a un desafío colosal, que es su consolidación como alternativa viable a otras opciones. Ahora les toca honrar a ese millón y cuarto de votos que han conseguido (calculo que un cuarto de millón de votos propios, y un millón de votos prestados).

Personalmente creo imprescindible abordar con seriedad un cambio de Régimen político, en otras palabras, un cierto proceso constituyente de gran calado, como he manifestado ya recientemente. Mientras que los partidos políticos convencionales parecen estar instalados con comodidad en el statu quo vigente y en los privilegios que les confiere, sólo Podemos parece ofrecer la esperanza de una visión nueva y diferente.

Está ahora en las manos de los componentes de esa formación que este voto prestado de la esperanza en el cambio profundo les convierta en una fuerza política consolidada y de creciente implantación. Porque la alternativa es que acaben siendo una flor aislada que brilló en esta primavera de 2014, destinada a marchitarse. Si me permitís utilizar términos empresariales, Podemos se enfrenta ahora a un cambio de modelo de negocio, que siempre es un paso muy delicado, abocado casi necesariamente al éxito o al fracaso, sin muchas posibilidades intermedias.

Porque la respuesta al título de este artículo es claramente positiva. Sí votamos diferente en las Elecciones Europeas. Incluso nos podemos permitir algunos experimentos. Salvo, por supuesto, los de la lealtad inquebrantable a unos u otros partidos políticos, pase lo que pase.

JMBA

lunes, 3 de octubre de 2011

La Salida de la Crisis... o así

Parece evidente en muchos países que la crisis pasa factura a los gobiernos de turno. Ante nuevas elecciones, los ciudadanos prefieren dar una oportunidad a los otros, a ver cómo se desempeñan ante circunstancias francamente hostiles.
Pasado, Presente y ¿Futuro? del PSOE.
(EFE; Fuente: cadenaser)

España no creo que vaya a ser una excepción a este fenómeno. El PP recogerá el desánimo y la desafección de la mayoría de la gente hacia un gobierno del PSOE que ha estado en fase agónica demasiado tiempo, instalado en ocurrencias de escaso recorrido y urgencias apremiantes. Ello no significa que la población bascule a la derecha, sino una pura reacción pendular para dar una oportunidad a los otros. Honestamente, creo que el PP, con Mariano Rajoy a la cabeza, no está dando a los ciudadanos no afectos (para los fanáticos, siempre cualquier cosa ya está bien) nuevas visiones para el futuro de este país. Pero son los otros, y recogerán esa cosecha.

Muy probablemente, el PP será la fuerza más votada el próximo 20-N, incluso es bastante posible que lo consiga con mayoría absoluta. Recuerdo con estremecimientos la segunda legislatura de Aznar (la de la mayoría absoluta). No por nada concreto, sino porque me parece recordar que invadió el país un cierto tono gris, de lo más desagradable. Aparte de los claros efectos de los atentados del 11-M (sacó de su casa a varios millones de votantes perezosos, que mayoritariamente se inclinaron por los otros), creo que, en buena parte, la mayoría que obtuvo el PSOE se debió al deseo latente de huir de ese tono gris.

La situación mundial de crisis es preocupante en extremo. Su profundidad, extensión y universalidad eran desconocidas hasta ahora. Progresivamente se han ido poniendo en entredicho principios que creíamos ya inamovibles (desde el Estado del Bienestar, hasta la supervivencia del propio Euro). Todas las estructuras están temblando, las valoraciones bursátiles de muchas empresas son irrisoriamente minúsculas y ya hace tiempo que no responden a su salud financiera y a las perspectivas de su negocio, sino a un desesperado sálvese quien pueda, y a un deseo irrefrenable de los inversores por buscar valores refugio (o que al menos se les tiene por tales, como el bono alemán o el oro)

Lo que sí parece claro es que la salida de una crisis como esta no podrá producirse por los mismos caminos por los que entramos en ella. Habrá que cambiar muchos paradigmas, poner en entredicho muchos principios, y aplicarle creatividad a la construcción de lo que casi podríamos denominar nuevo orden mundial.
UPyD presentó este sábado sus listas electorales en
el Cine Capitol de Madrid.
(EFE; fuente: terra)

Desde un punto de vista puramente político y social, creo que la salida debería situarse más bien hacia la izquierda, ya que es la izquierda la que habitualmente tiene una mayor sensibilidad social. Una salida por la derecha presenta el peligro evidente de que la escalada hacia la salida se realice trepando sobre los cadáveres (económicos, por lo menos) de demasiados ciudadanos. Los riesgos de una progresiva exclusión social de capas importantes de la sociedad son bastante obvias.

Me aterran las cifras que se conocen, por ejemplo, sobre la progresiva concentración de la renta y del patrimonio en capas cada vez más estrechas de las clases privilegiadas. En Estados Unidos, el tema es lacerante, ya que está conduciendo a la progresiva proletarización de sectores cada vez más amplios de las clases medias que, a este paso, acabarán desapareciendo casi por completo. Y a que, por primera vez en la historia reciente, los hijos tienen peores expectativas vitales y económicas que sus padres. Un retroceso neto y sin paliativos.

Tradicionalmente, la izquierda atiende con más cariño a una mejor redistribución de la riqueza existente. Pero me temo que eso parte de la base de que la riqueza le preexiste. Porque su capacidad para generar mayor riqueza (o para crear las condiciones necesarias para que eso se produzca) nunca se ha puesto en evidencia. Es cierto que han sabido navegar en aguas favorables con cierto desparpajo. Pero las tormentas les ponen de los nervios.

Quizá es que estamos condenados a trabajar a derechas en los tiempos de vacas flacas, cuando toca arrimar el hombro todos para generar riqueza nueva. Y trabajar a izquierdas cuando las vacas son gordas, para intentar contribuir a un mejor reparto o distribución de la misma.

Pero esta crisis ha subvertido los papeles de todo el mundo. El Gobierno Zapatero se ha visto obligado a tomar medidas que tradicionalmente se consideran de derechas, presionados por las obligadas disciplinas impuestas desde el FMI o la propia UE. Y lo que cada día me parece más evidente es que ni siquiera el ilusionista Rubalcaba puede darle la vuelta a lo que se anticipa como una debacle electoral sin precedentes. Todos los esfuerzos se le van en intentar crear una nebulosa que disimule el hecho de que estuvo ya en el gobierno con Felipe, y que ha formado parte preeminente del Gobierno Zapatero. Es parte del problema, y muy difícilmente puede ahora vendernos que sea (¿también?) parte de la solución.
Este hombre podría ser nuestro próximo
Presidente del Gobierno
(EFE; Fuente: rajoy2012)

Para el PSOE quizá hubiera sido más realista aceptar que un descalabro electoral es prácticamente seguro, y apostar por una imagen de mayor renovación. Al final, una refundación del partido acabará siendo inevitable, pero emponzoñada por las hordas de cesantes que dejarán entre sus filas las próximas elecciones. Quizá Carme Chacón hubiera podido encarnar mejor esa imagen de renovación, de catarsis.

Y si pensamos que una salida de la crisis por la izquierda quizá fuera menos sangrante y dolorosa, ¿qué nos queda?. Izquierda Unida es una formación echada a perder sucesivas veces. Un Cayo Lara, con esa perpetua cara de niño al que han dejado sin merienda, no representa atractivo alguno para una gran mayoría de los ciudadanos, salvo los muy fieles, claro. No me lo creo con responsabilidad de gobierno.

Otras fuerzas minoritarias (a nivel nacional) no van a conseguir (me temo) suficiente tirón popular. UPyD es esclavo del personalismo de un personaje con ribetes siniestros como Rosa Díez, demasiado aficionada (para mi gusto) a los portazos que nada aportan. Muy probablemente condenados a seguir siendo una formación muy minoritaria.

En estas condiciones, con un Rubalcaba francamente agotado, empeñado en reencarnarse una y otra vez en sí mismo, un Rajoy jesuítico, agazapado en su madriguera, convencido de que el botín llamará a su puerta, y una izquierda desorientada, ¿qué hacer el 20-N?. Ya sólo quedan poco menos de cincuenta días, y el panorama es cada vez más sombrío. La única duda que me va quedando es si contribuir al nuevo gobierno del PP, o dejar que alcance el poder a mi pesar.
Cayo Lara, el líder de IU, con su perpetua expresión de
niño al que han dejado sin merienda.
(Fuente: larepublica)

Todos estamos muy desorientados. Porque todos hemos contribuido, desde nuestro devenir personal, a este dislate. Hemos vivido unos años de riqueza que se ha revelado ficticia, de un crédito abundante y un dinero barato. Un escenario válido para períodos de fuerte crecimiento (sólido, claro) y de generación consistente de riqueza. Pero nos ha faltado a todos (líderes, políticos, ciudadanos,...) cintura para hacer frente a circunstancias diferentes. Nos embarcamos en un trasatlántico lujoso, que navegaba desbocado, con el timón bloqueado, hacia el iceberg gigante. Los que lo denunciaron fueron tildados de agoreros, tristes y antipatrióticos.

Y es que el capitalismo ha mostrado su peor cara. No solamente hemos visto (y estamos viendo cada día), que los menguados ahorros de los ciudadanos se volatilizan en la pira de la crisis, sino que nos toca asistir a espectáculos obscenos, en que ciertos personajes no solamente ganan mucho dinero cuando las cosas van mal, sino precisamente porque las cosas van mal. Gente así jamás querrá contribuir a salir de la crisis, más que obligados.

Y ahora estamos, malamente, en las aguas heladas, nadando con flotadores deshilachados, desorientados, buscando una luz que nos indique que, contra toda esperanza, un futuro distinto es, sin embargo, posible. Notando, día a día, como las oscuras profundidades del océano nos atraen cada vez con más fuerza.

Ya no se trata de salir de la crisis. Se trata de construir un nuevo escenario, donde todos podamos vivir razonablemente durante una buena temporada. Que el escenario nos incluya a todos, o que esté cimentado sobre muchos cadáveres (económicos, por lo menos), debería ser la diferencia entre la izquierda y la derecha.

Pero ya no estamos en ese debate global. Aunque ese nuevo escenario no sea, de momento, más que una balsa que nos permita flotar en el mar, ya nos valdría mejor que esta agonía.

¿Algún carpintero entre el público?. 

JMBA