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martes, 5 de marzo de 2013

El "problema" catalán

Me parece que cada vez entiendo menos las cosas que pasan en este país. O quizá es que las entiendo cada vez mejor, y eso es lo que pasa.
Mas y Junqueras, firmando el acuerdo en Enero 2013.
(Fuente: cuatro)


No me gusta hablar de problema catalán, porque estoy convencido de que no existe, genuinamente, nada que pueda llamarse de esa manera. Otra cosa es que los políticos de turno, de uno y otro bando, se empeñen en crearlo, habitualmente obedeciendo a sus propios intereses, no siempre nobles y a menudo espúreos.

Desde que hace unos meses Artur Mas, como un Moisés redivivo, se envolvió en la senyera y se convirtió en el máximo adalid de la soberanía y la independencia de Catalunya, la actualidad no deja de darnos nuevos datos sobre el tema casi todos los días.

La realidad, se quiera reconocer o no, es que ya se ha producido un choque de trenes. Los eufemismos al uso, como el derecho a decidir, se convierten por ambas partes en casus belli y en armas arrojadizas, y las probabilidades de encontrar una solución conveniente para todos, fruto de un acuerdo (siempre es mucho mejor un mal acuerdo que un buen pleito), parecen cada vez más lejanas.

De una parte, los nacionalistas catalanes, que han formalizado un frente CiU-ERC (intentando compensar el varapalo electoral que acabó cosechando Moisés-Artur). Aunque no hay acuerdos globales, otras fuerzas parecen coincidir en algunos aspectos de lo que ese frente defiende. Así, IC-V está por la labor del derecho a decidir de los pueblos, a pesar de que el nacionalismo como tal es abiertamente opuesto a la componente internacionalista que tiene en su raíz cualquier fuerza de izquierda. Y el PSC, en su laberinto dentro del propio laberinto del PSOE, defiende la celebración de una consulta popular sobre la soberanía, sólo para decir a continuación que ellos promoverían el voto en contra. En otras palabras, defienden que se consulte al pueblo catalán, para darle la oportunidad de decir que no está por la labor de ese tipo de aventuras.

Hasta ahí, las dramatis personae del bando nacionalista o soberanista. En el bando contrario tiene el papel protagonista el Partido Popular, que apoya con mayoría absoluta al Gobierno de España. Otros grupos (como Ciutadans y UPyD) defienden, de forma más o menos explícita, la misma posición. Al resto de formaciones presentes en el Congreso de los Diputados, en el fondo el tema ni les va ni les viene, aunque acaben asumiendo, por motivos más sentimentales o de simpatía que de otro tipo, una u otra postura.

Yo ya he escrito repetidas veces que soy partidario de que se realice un referéndum en Catalunya, acordado y consensuado entre los dos gobiernos, donde se pida a los ciudadanos que respondan a una o varias preguntas sin trampa ni cartón. Aunque soy catalán, como residente en Madrid no podría votar en una consulta de ese tipo. Pero si pudiera hacerlo, mi voto sería favorable a que Catalunya continúe integrada en el estado español. Creo que esta es la mejor opción para todos.

Pero la propia preparación de una consulta popular de ese tipo está siendo causa de un total desacuerdo entre las partes. Utilizando términos reduccionistas, a los solos efectos de simplificar el escenario, los españolistas defienden que la Constitución dice que la soberanía reside en el pueblo español y que, por lo tanto, no tendría sentido y sería inconstitucional que esa soberanía se la arrogase el pueblo catalán. Cualquier opinión vertida en el sentido de favorecer o defender la celebración de una consulta popular (llamémosle referéndum) en Catalunya sobre este tema se considera, prácticamente, un crimen de Estado. Y si no, que se lo pregunten al fiscal jefe de Catalunya, que está amenazado de cese en su cargo por haber manifestado públicamente esta opinión.

Por la parte de los nacionalistas, el totus revolutum y el río revuelto ya les va bien, porque extiende la niebla sobre los problemas reales que tiene Catalunya y los catalanes, genera la sensación de un enemigo común (que es lo que más une a los pueblos), y les permite, especialmente a los responsables de CiU, vender a su opinión pública que cualquier movimiento en contra de cualquiera de sus dirigentes (por ejemplo, investigaciones sobre tramas corruptas, evasiones fiscales, comisiones ilegales, cuentas en Suiza, etc. etc.) es realmente un ataque a Catalunya entera.
La vicepresidenta del Gobierno, en la rueda de prensa
tras el Consejo de Ministros del pasado viernes.
(Fuente: diarioprogresista)


Mi principal temor es que ambas partes acaben encontrándose cómodas con la situación actual de confrontación (el victimismo puede acabar arrancando mejoras en la financiación que disimulen los despilfarros del Govern; la firmeza de una posición antisoberanista puede reforzar el apoyo de los propios votantes del PP, disimulando, de paso, el drama nacional del desempleo y la recesión). Si se acaban instalando en el conflicto, ninguno de los políticos moverá un dedo para salir de allí, y aplicarán el principio de a río revuelto, ganancia de pescadores.

A continuación voy a intentar detallar mi opinión sobre este conflicto. Es cierto que la Constitución proclama que la soberanía reside en el pueblo español. Situados en la etapa histórica en que se produjo la redacción de la actual Constitución, ese principio sirve para desmontar cualquier veleidad (muy posible en ese momento) en el sentido de que un monarca, o un Caudillo, o un Salvador de la Patria, se arrogase el derecho a decidir, suplantando la soberanía del pueblo. Este es un principio constitucionalista muy extendido: la soberanía reside en el pueblo (sin adjetivos).

Ahora bien, la realidad es que se realizan muchas consultas que no implican a la totalidad del pueblo español. Cuando hay elecciones autonómicas o locales, sólo los ciudadanos implicados votan. Los ciudadanos de un pueblo o ciudad escogen a su alcalde (aunque sea indirectamente) y lo mismo sucede con los ciudadanos de una Comunidad Autónoma, que escogen a su presidente (o, al menos, al partido o partidos políticos que van a gobernar en su Comunidad). Los madrileños nada tenemos que decir en las elecciones gallegas (podemos opinar, eso sí, sobre si nos ha gustado o no la decisión soberana del pueblo gallego), o los vascos nada tienen que decir en las elecciones valencianas, aunque puedan manifestar su incredulidad acerca de que las innumerables corruptelas acaben cosechando suficientes votos para seguir gobernando.

Por ello, creo que no debería repugnar al sentido común que se pueda realizar un referéndum o consulta popular que sólo involucre, en este caso, a los catalanes. Otro tema sería la necesidad de consensuar y acordar entre los dos gobiernos su contenido y trascendencia. Es más, creo que por un principio de estricta higiene política, este debería ser el primer paso antes de cualquier otro movimiento.

Si el resultado de dicha consulta fuera negativo hacia la opción de la secesión, el (presunto) conflicto quedaría automáticamente desarbolado y desactivado, por lo menos para una o dos décadas. Si fuera favorable a la secesión, habría que empezar a negociar a continuación los cambios legales necesarios para seguir adelante con el proceso.

Lo que ocurre es que las posiciones, por el momento, están enconadas. La única reacción del Gobierno de España es no, de ninguna forma y Constitución, Constitución y Constitución. Y el frente nacionalista no tiene urgencia en convocarlo, porque saben que la cerrilidad y la tozudez del Gobierno de España está creando algún nuevo secesionista cada día y alimenta la fábula del enemigo común y su propio victimismo. Artur Mas, en un debate televisado antes de las elecciones de 2010, ya reconoció, ante la presión del entonces líder de ERC, Joan Puigcercós, que era absurdo convocar un referéndum de autodeterminación si no se tenía la seguridad de ganarlo.

En resumen, las posturas enfrentadas e inamovibles, reticentes a cualquier tipo de negociación, a pesar de decir frecuentemente lo contrario, no contribuyen a otra cosa que a enquistar la cuestión, y convierten un (presunto y virtual) problema o conflicto en una guerra abierta y bien real.

Poco favor le están haciendo a la democracia de verdad, las dos partes. 

JMBA

sábado, 12 de enero de 2013

Soflama Soberanista

Un acuerdo entre los dos partidos con mayor representación en el Parlament de Catalunya (CiU y ERC) ha dado a luz un documento que se pretende someter a votación en el primer pleno del nuevo Parlament, que se celebrará el 23 de Enero.
Oriol Junqueras (ERC) y Artur Mas (CiU),
saludándose cordialmente en el Palau de la Generalitat.
(Fuente: republica)

Fuentes de ERC han alegado que el documento sólo es un borrador de trabajo y que no debería haberse filtrado (todavía) a la opinión pública.

Personalmente, y atendiendo a la situación real de cierta incomodidad política que se está viviendo en Catalunya, creo que sería muy conveniente que el Govern negociase con el Gobierno de España la celebración de un referéndum entre todos los catalanes, donde estos pudieran expresar su opinión sobre el modelo político de su preferencia. El acuerdo debería contemplar con claridad la o las preguntas a realizar, asegurándose de que no exista trampa posible, y también debería definir las consecuencias de los diversos resultados posibles.

Pero el documento que se pretende presentar al pleno del Parlament ya es una declaración (proclamación, soflama, como queramos decirlo) directamente independentista. De este modo, da la sensación de que el Govern (y su apoyo necesario, ERC) están trabajando como si ese referéndum ya se hubiese celebrado, y hubiera ganado abrumadoramente el sí. El resultado de las últimas elecciones autonómicas de ninguna forma les autoriza a partir de estas hipótesis. Una Soflama Soberanista (SS, ay, ay, ay) que no debería prosperar de ninguna forma en su estado actual.

Lógicamente, el resto de fuerzas políticas, incluso las que tienen una sensibilidad menos abiertamente anti-independentista, se oponen a este documento. De una parte, se han visto marginadas en su elaboración. Conviene recordar que ERC sólo tiene un diputado más que el PSC; y que el PSC sólo tiene un diputado más que el PPC; las diferencias no son, para nada, abrumadoras. Y, de otra parte, critican justamente esta asunción que dejaría ya sin sentido la celebración de referéndum alguno.

Espero que se acabe imponiendo el sentido común, incluso en una situación que está resultando ya bastante surrealista, con dos bandos opuestos, cada uno con una bandera (diferente) enrollada sobre sus formaciones. Con dos bandos que dicen querer negociar, pero que parecen incapaces de ponerse de acuerdo incluso sobre qué negociar. Con un Gobierno de España amarrado a una Constitución inalterable, y una banda independentista prácticamente echada al monte.

Mientras tanto, los muchos cientos de miles de catalanes en el paro descubren con estupor que el Govern no piensa para nada en ellos, y que dedica sus esfuerzos a temas identitarios de los que no se come (por lo menos, de los que no se come hoy).

Por otra parte, los ciudadanos honrados, que pagan todos sus (crecientes) impuestos, que están sufriendo una crisis que ellos no han creado, que son reos de entidades financieras que se deslumbraron con la burbuja inmobiliaria, observan con preocupación los diversos casos y sospechas de corrupción de esa misma clase política que ahora se desgañita con sus soflamas identitarias e independentistas.

Un observador neutral (un poco malpensado, eso sí), llegaría a la conclusión de que el objetivo final podría ser que un Tribunal Supremo Catalán fuera incapaz de condenar las que parecen infinitas corruptelas de corte gangsteril de la propia familia Pujol. Toda gran riqueza (excepto la que proceda claramente de una Lotería comprada con los ahorros) es digna de toda sospecha. Y la acumulación de riqueza en los aledaños del poder es más que sospechosa.
Duran i Lleida, líder de UDC, no va a dimitir, a pesar de que
dijo que lo haría si se demostraba la corrupción en UDC.
(Fuente: muypymes)

Además, en el caso de corrupción contra UDC, al final la fiscalía ha llegado a un acuerdo con los acusados, los que, con ello, reconocen su delito y aceptan la devolución del dinero defraudado (más los correspondientes intereses) junto con una pena menor. Duran i Lleida, por quien muchos españoles sienten una cierta admiración, especialmente por su perfil de hombre de estado, se desdice a sí mismo, y ahora parece que no va a dimitir, a pesar de haberlo prometido hace unos años, si se demostraba la corrupción en el seno de UDC. Claro que, técnicamente, no se ha demostrado la corrupción, sino que los acusados han aceptado haberla cometido. Y que, por otra parte, al clima político español posiblemente no le convenga en estos momentos la dimisión de Duran i Lleida.

En fin, sólo espero que prevalezca la sensatez por todas las partes. Y que no se ceje en el empeño de que cualquiera que sea el sesgo que vayan tomando los acontecimientos, no haya trampa ni cartón. Los ciudadanos de Catalunya (y también los del resto de España) se merecen, al menos, eso.

Con dos Gobiernos que se viven en mayoría absoluta (en Catalunya, eso sí, con el apoyo necesario de ERC), que parecen convencidos de no tener necesidad de pactar o negociar nada con nadie más, podría acabar produciéndose un choque de trenes que a nadie, a nadie, le conviene.

JMBA

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Ridículo de (algunos) Políticos

El Molt Honorable President (en funciones) de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, ha hecho lo que seguramente es lo peor que puede hacer un político. Artur Mas ha hecho el ridículo.
Arriba, Artur Mas en el cartel electoral. Abajo, Charlton
Heston como Moisés en Los Diez Mandamientos (1956)
(Fuente: periodistadigital)

Porque no se puede describir de otra forma lo que ha protagonizado en los últimos meses. A partir de la masiva manifestación en Barcelona el 11 de Septiembre, con motivo de la Diada, Artur Mas quiso asumir el liderazgo de esa movilización, e instaló a CiU en una deriva soberanista, si no directamente independentista, que nunca había formado parte del ideario central de esta formación política y de sus votantes naturales. Desde la Transición, CiU se había caracterizado siempre como una coalición con  responsabilidad política y sentido de Estado. Ha intentado invadir el espacio electoral de otros, y las urnas le han pasado dolorosa factura.

Da la sensación de que llegó a pensar que todos los votantes tradicionales de CiU se habían vuelto independentistas de repente, acompañándole en su propia mutación. Así, llegó a adoptar un cierto aire mesiánico (al estilo del mejor Moisés encarnado por Charlton Heston), de profeta elegido por su pueblo para conducirle a la Tierra Prometida.

Tras el fiasco de la reunión en Moncloa con Rajoy (la indolencia, cuando no la insensibilidad con que Rajoy intenta ventilar temas trascendentes, es otra conversación) decidió disolver el Parlament y convocar Elecciones Autonómicas en Catalunya para el domingo 25 de Noviembre, tras una legislatura que no llegó a los dos años, menos de la mitad de la duración esperada.

Su objetivo confesado y pregonado sin ningún pudor, como el que recita las Tablas de la Ley, era conseguir reforzar la posición de CiU (que estaba a seis escaños de la mayoría absoluta, y había podido - mal que bien - gobernar en minoría con la llamada geometría variable de apoyos puntuales) y alcanzar idealmente la mayoría absoluta, o lo que él mismo, de forma eufemística, denominaba una mayoría extraordinaria.

Sin embargo, los resultados de las elecciones fueron lo contrario de lo que pregonaba, y CiU ha visto reducida su presencia en el Parlament en 12 diputados, quedándose, pues, a 18 escaños de la mayoría absoluta necesaria para gobernar. Mucho se ha escrito ya sobre los posibles trasvases de votos entre las diversas formaciones, así como sobre la mayor participación que se recuerda de los tiempos modernos, y no insistiré en ello aquí.
Artur Mas y Oriol Junqueras (ERC) en el Palau de la
Generalitat de Barcelona.
(Fuente: elsingulardigital)

El efecto cierto es que, con estas elecciones precipitadas (que también tenían, como objetivo adicional, el de anular al máximo al PSC, sorprendido en su peor momento de confusión interna y de falta de liderazgo consolidado) ha comprometido severamente la gobernabilidad de Catalunya. Para presentarse a una sesión de investidura en el Parlament necesita imperiosamente el apoyo de por lo menos una de las tres fuerzas que disponen del entorno de los 20 diputados (ERC, PSC, PPC). Cualquier otra fórmula (por ejemplo, la abstención de dos de ellas) no le procuraría un gobierno suficientemente fuerte para poder abordar con garantías tanto el complicadísimo día a día (recortes recurrentes e impopulares para intentar hacer frente a la crisis) ni la labor titánica que se había autoimpuesto en el tema conocido como Derecho a Decidir (resumiendo, la celebración de una consulta popular sobre la independencia de Catalunya).

Pero qué solo está Moisés en la cumbre del monte. Tanto el PSC como el PPC acusan a Artur Mas de haber incumplido los pactos a los que llegaron con él al principio de la legislatura (en el caso de los socialistas, incluso se firmó, en su momento, un acuerdo que fue publicitado), y no quieren ni oír hablar de participar en un Govern presidido por Artur Mas. El PPC sólo lo haría si Mas renuncia por completo a su mesianismo identitario (traicionando así sus promesas electorales) y el PSC no visualiza ningún escenario de posible colaboración.

En estas condiciones, sólo queda la posibilidad de acuerdo con Esquerra Republicana de Catalunya. Pero Oriol Junqueras ya ha dejado claro que, si bien estarían dispuestos a apoyar a un gobierno de Mas en el Parlament, de ningún modo van a formar parte de él y a corresponsabilizarse de la acción de gobierno (que se adivina cruda por la crisis). Y exigen, además, que la consulta popular se realice en 2013 (no les resulta suficiente la promesa de realizarla durante los cuatro años de la legislatura). Conviene tener en cuenta que CiU representa una derecha burguesa neoliberal, mientras que ERC es un partido de izquierda que de ninguna forma quiere ser copartícipe de recortes sociales y ataques frontales al Estado del Bienestar. ERC no quiere quemarse en esa hoguera. Les une lo identitario, pero les separa todo lo demás.

Los populares y los socialistas podrían considerar la posibilidad de formar parte de un gobierno de CiU sólo si no estuviera presidido por Artur Mas. Lo que abre la posibilidad de la dimisión de Mas tras el ridículo cosechado. Una posibilidad que desde CiU se niega por activa y por pasiva, cada vez que sienten la proximidad de un micrófono. Claro que el único recambio que se adivina viable sería Oriol Pujol, el hijo del President Pujol, y eso sería salir del fuego y caer en las brasas, sería pasar de un profeta neoliberal con cara de señor, a un padrino de aspecto patibulario. De prosperar este escenario, incluso podría peligrar la propia coalición, ya que Unió Democràtica podría decidir buscar otros océanos que surcar.

La situación está tan complicada que incluso se está especulando con la posibilidad de que no hubiera más remedio que convocar nuevas elecciones, ante la imposibilidad de formar un gobierno sólido. Un escenario rechazado también desde CiU. Lo que se entiende, porque unas nuevas elecciones en los próximos meses produciría una polarización todavía más clara del electorado, que podría arruinar por completo el liderazgo que todavía conserva CiU.

En estos días complicados, quien más lástima me da es Duran i Lleida, a quien le toca defender lo indefendible, clarificar lo que es turbio y desmentir lo evidente. Duran siempre ha sido un caballero de la política, con amplio sentido de Estado y de actitud siempre responsable. Tener que dar la cara en estos momentos en la España no catalana no tiene que ser, para nada, plato de gusto. Porque inevitablemente se acaban dando mensajes ya no matizados, sino directamente diferentes si no incluso contradictorios, a los incondicionales en Catalunya y a la opinión pública en el resto de España.
Josep Antoni Duran i Lleida, líder de UDC, en una de
sus entrevistas en Los Desayunos de TVE.
(Fuente: minutodigital)

Le he oído ya a Duran i Lleida en varias entrevistas en radio y televisión, y me recuerda al mayordomo que debía seguir, con la chequera en la mano, al señorito pendenciero, para pagar y compensar por todo lo que, en su entusiasmo y frenesí, el señorito rompió por tabernas y lupanares. Y los mensajes contradictorios que intenta transmitir me recuerdan a la peor etapa de los años de plomo de Arzalluz en Euskadi, cuando se transmitían unos mensajes para el resto de España durante la semana, con Arzalluz de traje y corbata, y otros completamente diferentes para sus simpatizantes el fin de semana, por las campas del País Vasco, con Arzalluz jersey al cuello.

Lo que está absolutamente claro es que Artur Mas ha hecho lo peor que puede hacer un político: el ridículo. Se metió en una aventura con un objetivo, y ha obtenido estrictamente lo contrario. Su credibilidad y fuerza se han deteriorado muy seriamente, y su dimisión debería ser la consecuencia más natural de tamaño fiasco.

Cualquier otra cosa serán paños calientes.

JMBA

lunes, 26 de noviembre de 2012

(Una) Lectura de los Resultados de las Elecciones en Catalunya

Hoy lunes es el día después de unas elecciones que se plantearon, por parte del President Artur Mas, de una forma prácticamente tramposa. A pesar de tratarse de elecciones autonómicas (adelantadas, que han reducido la legislatura actual a menos de la mitad de su duración prevista), Mas las planteó de alguna forma como un plebiscito a su persona y a su idea del Derecho a Decidir.
Oriol Junquera, líder de ERC, junto a su equipo en las
celebraciones de la noche electoral.
(Fuente: televisa)

Es normal que el día después de unas elecciones tramposas, las diversas fuerzas políticas hayan venido realizando lecturas que, en muchos de los casos, también son tramposas. Está claro que el propio Mas y su formación Convergència i Unió, han sufrido un descalabro electoral. Manifiestamente, buscaban mejorar su posición de mayoría, o incluso obtener una mayoría absoluta o, como le gustaba decir a Artur Mas, una mayoría extraordinaria. Por el contrario, el resultado supone un fuerte retroceso, con pérdida de 12 de los 62 escaños de que disponía en el Parlament de Catalunya.

El descalabro de Mas y de CiU no hay que entenderlo como un rechazo del electorado catalán a la celebración de un referéndum, al derecho a decidir o incluso a la deriva soberanista. El votante no debía responder este domingo a ninguna de esas cuestiones. La debacle obedece al hecho de que los votantes de Catalunya han rechazado el hecho de que Artur Mas se instaure como el nuevo Moisés que conducirá a su pueblo a la Tierra Prometida. Han rechazado, en otras palabras, convertir a Artur Mas en el Caudillo de Catalunya.

Artur Mas debería reflexionar serenamente sobre si esta desautorización es suficiente para poner en entredicho su liderazgo de la formación política de CiU y de la propia Generalitat de Catalunya. Este lunes ya se han oído algunas voces reclamando su dimisión. Lanzó un órdago a la grande, que le ha fallado. Sus coaligados de Unió posiblemente le quieran hacer pagar la osadía.

Esquerra Republicana de Catalunya ha conseguido más que duplicar el número de sus diputados en el nuevo Parlament, que pasan de 10 a 21. Sin duda, muchos electores proclives a la idea del derecho a decidir, del referéndum y, eventualmente, de un cierto proceso por la independencia, han decidido dar su confianza a una fuerza política de la izquierda que siempre ha estado ahí, antes que reforzar la idea de caudillismo de Artur Mas, sumido en una deriva soberanista que le resulta un poco ajena, por lo menos en su grado, a una fuerza tradicionalmente moderada como CiU. Buena parte de su éxito se lo deben también, sin duda, a la radicalidad de que ha hecho gala el PP. Quizá tenga razón Rubalcaba cuando dice, medio en serio y medio en broma, que en la sede de ERC van a erigir una estatua a Aznar y otra a Rajoy. Porque cada vez que abren la boca para hablar de Catalunya, nace un nuevo independentista.
Albert Rivera, líder de Ciutadans.
(ACN; Fuente: cadenaser)

El PSC, por su parte y como era de esperar, ha sufrido un severo retroceso, como ya le sucedió en las Generales y en las autonómicas de Galicia y el País Vasco. Sin duda, por una parte siguen pagando los sinsentidos de la etapa Zapatero, pero también sus propias confusiones y contradicciones internas, que requieren de más tiempo para sanar. Este lunes, sus responsables (tanto Pere Navarro como el propio Rubalcaba a nivel nacional) se alegran tímidamente de que el retroceso no haya sido una debacle, como preveían la mayoría de encuestas y sondeos de opinión, anteriores a las votaciones. Se queda como tercera fuerza en el Parlament, con 20 escaños (8 menos que en la anterior convocatoria) y por detrás de ERC.

El Partido Popular, por su parte, ha conseguido una ligera mejora de un diputado, llegando a los 19 y será la cuarta fuerza política en el Parlament. Parece claro que algunos electores de la derecha social y tradicionales votantes de CiU, han decidido esta vez refugiarse en el puerto más seguro del PP, desconfiando de lo que ven como frivolidades soberanistas de CiU y del propio Artur Mas.

La Izquierda Unida de Catalunya (Iniciativa per Catalunya - els Verds) ha progresado significativamente, mejorando su posición en tres diputados, alcanzando los 13 en el nuevo Parlament. Lógicamente, la confusión reinante en el PSC, que además presentaba a un líder (Pere Navarro) poco conocido y que apenas ha tenido tiempo para hacerse un espacio, ha provocado el deslizamiento de algunos votantes de izquierda hacia otras alternativas. Un efecto parecido se pudo ver en las últimas Elecciones Generales de 2011.

La fortísima progresión de la opción de Ciutadans (desde los 3 hasta los 9 escaños; de los 106.154 votos hasta los 274.925) solamente se puede explicar por el hecho de que la abstención ha sido mucho menor que en anteriores convocatorias. Si comparamos con las Elecciones al Parlament de 2010, la abstención ha bajado en prácticamente 11 puntos, desde el 41 hasta el 30%. Es decir, muchos votantes que tradicionalmente prefieren quedarse en casa o darse un paseo en lugar de ir a las urnas, este domingo han decidido votar. Posiblemente indignados y/o hastiados con los políticos habituales, han preferido prestar su voto a una fuerza minoritaria, que todavía está virgen de poder, en la flor de su inocencia.

Y en el ala más radical del Parlament, los cuatro diputados que tenía SI (Solidaritat per la Independència, ese invento de Laporta y algunos otros) desaparecen del Parlament, y les sustituyen tres diputados de otro invento llamado la CUP, una fuerza subtitulada como alternativa de izquierdas. Seguramente, no se notará mucho la diferencia.

Estas son, a fin de cuentas, las cifras puras y duras. Un Parlament muy fragmentado, con los 50 diputados de CiU, y tres fuerzas prácticamente empatadas en el entorno de los 20 diputados (ERC, PSC, PPC), con presencia de otras tres fuerzas minoritarias (Iniciativa, Ciutadans y la CUP). En total, hasta siete formaciones políticas han conseguido representación en el nuevo Parlament de Catalunya.

Las manifestaciones públicas de algunos representantes del Partido Popular apuntan en la dirección de respirar con alivio, porque estos resultados significarían que se ha deshinchado la burbuja de las derivas soberanistas. Así se han manifestado tanto la vice S3 como la ínclita Dolores de Cospedal, que cada vez habla más lento, como si se le estuviera acabando la cuerda. Claro que tiene que resultar agotador dar cabida a sus múltiples salarios y a un marido (o compañero, no lo sé muy bien) que está a la cabeza de los saqueadores de la sanidad pública madrileña y también del resto del Estado.

Se equivocan por completo en su diagnóstico. En Catalunya hay un malestar cierto entre una buena parte de la población, porque el encaje territorial diseñado hace ya 35 años por los padres de la Constitución, cada vez tira más de la sisa y se empieza a romper por las costuras. Algunos lo convierten claramente en una demanda de independencia, mientras que muchos otros están pidiendo el derecho a decidir, creen imprescindible la celebración de un referéndum donde todo el pueblo catalán pueda manifestarse con claridad sobre este tema trascendental.

Algunos, por supuesto, han avanzado cuál sería el sentido de su voto en ese eventual referéndum, sea claramente a favor o nítidamente en contra. Pero eso no toca, todavía. De momento hay que atender a ese malestar y creo imprescindible que los dos gobiernos (el de la Generalitat y el de España) empiecen a trabajar con lealtad en la preparación de un referéndum a celebrar en 2014 ó 2015, en que todos los catalanes puedan expresar con claridad su posición respecto al encaje dentro de España.

En estas semanas previas a las Elecciones ha habido declaraciones públicas para todos los gustos. Mientras unos se esforzaban en demostrar que una Catalunya independiente sería inviable, otros enfatizaban que, abolido el tan cacareado déficit fiscal, esa situación sería el Paraíso para los catalanes. Todos hablan al humo de las velas, porque no existe ningún precedente en el que basarse, y las condiciones para una tal segregación debería ser, en su caso y en su momento, el objeto de una tediosa y prolongada negociación. De ninguna forma puedo creer ni pensar que una Catalunya independiente acabara siendo un estado fallido, como tampoco puedo creerme que fuera el Paraíso Terrenal. Pero el rosario de sacrificios y de sufrimientos de todos es, hoy por hoy, absolutamente imprevisible. Y eso lo sabe cualquiera que haya intentado quitar un naipe de un castillo de naipes sin que se note. Pero, insisto, este no es el momento de ese tipo de discusiones.

En un eventual referéndum, todos los catalanes deberían poder expresar con claridad lo que sienten respecto a este tema, partiendo de que, siempre, las incertidumbres ganarán por goleada a las certezas.

Los radicalismos de uno u otro signo, en temas tan sensibles, no contribuyen más que a la creación de nuevos radicales en el bando contrario, y a aumentar su tono y su acritud. Cuando muchos se envuelven en la rojigualda, sólo consiguen que muchos otros se envuelvan en la senyera. Y la crispación y la ruptura, definitivamente, no son la solución para problemas que son ciertamente reales.
Artur Mas entre senyeres, con cara de preocupación.
Parece no entender muy bien lo que ha pasado.
(Fuente: ara)

El Estado Autonómico diseñado hace treinta y cinco años ha prestado un gran servicio a España. Pero tras tanto tiempo, también ha manifestado sus peores vicios. No se trata de ceñirse ciegamente al contenido de la Constitución, sino de mantenerse, todos, en la lealtad mutua que supuso el consenso constitucional. No pasa nada si al final resulta necesario reformar la Constitución. Con eso no se rompería nada intocable, siempre que se mantenga el consenso y la lealtad.

El malestar es palpable en prácticamente todas las autonomías. La financiación es una asignatura pendiente, para la que no se ha encontrado (todavía) la solución mágica. Pero, claro, ese malestar sólo acaba manifestándose con crisis de tipo identitario en aquellas autonomías que constituyen nacionalidades o naciones históricas.

Es tiempo ya de que, sin pausa pero sin prisa, se empiece a trabajar en hacer avanzar este estado autonómico hacia su próxima estación. Sin apriorismos, pero también sin cerrazones. Buscando, con nobleza, mejorar todo aquello que sea mejorable, porque cuanto mejor engrasada esté esta maquinaria que da algunos síntomas de gripaje, más sencilla resultará la convivencia y más posible será la pervivencia de este Estado llamado España, llamado a formar parte del grupo selecto de la docena de naciones más poderosas del mundo.

Todos los políticos deben esforzarse en no realizar diagnósticos interesados de la situación, o de los resultados de estas elecciones del domingo en Catalunya. El pueblo es sabio, porque es la suma de las voluntades, los sentimientos y las ideas de todas las personas que lo componen. Y todos los políticos deben recordar todos los días que su única función está al servicio de ese pueblo, que a veces parecen menospreciar.

En resumen, varapalo a Moisés Mas, el pueblo catalán no quiere Caudillos, Salvadores ni Redentores, pero el malestar territorial (o identitario si se quiere) existe, y hay que ponerle remedio, que no coto.

Más bien pronto que tarde.

JMBA