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martes, 1 de marzo de 2016

¿Investidura?. No, por supuesto.

En la tarde de este martes veremos el inicio de la escenificación de un acto que finalmente va a resultar baldío.
Pedro Sánchez, del orgullo de ser candidato a la
vergüenza de ser rechazado.
(Fuente: lanzadigital)

Los debates de investidura son básicamente trámites formales. En efecto, siempre se sabe de antemano cuál va a ser el resultado. En esto, el de estos días no va a ser diferente. La única diferencia es que mientras todos los que hemos vivido en las últimas décadas culminaron con la investidura del candidato que se presentaba, el de hoy terminará en chasco.

El tema es que a los debates de investidura hay que acudir con todos los deberes hechos en casa. Y esta vez no se va a cumplir con esta premisa.

Sin embargo, estas últimas semanas nos han servido a los ciudadanos para conocer la peor cara (o, por lo menos, la más real) de todos nuestros líderes políticos.

Hay que entender que los resultados de las Elecciones Generales del 20D fueron muy diferentes de todos los anteriores. Y, aunque ya se anticipaban desde varios meses antes, podemos entender que las primeras semanas fueran de desconcierto general, aunque sólo sea por falta de hábito.

Pero las últimas semanas han ilustrado los muchos defectos que tienen nuestros políticos. Revisemos un poco el inventario.

Rajoy empezó por declinar la propuesta del Rey de ser candidato. Parece que se creyó a pies juntillas que tras la arrogancia de Pablo Iglesias en la famosa rueda de prensa en que presentó un gobierno de coalición con el PSOE que no existía más que en su imaginación, había un acuerdo maduro para un gobierno de izquierdas, que dejaba al PP fuera de juego. Luego resultó que nada era verdad y que lo más caliente seguía en el congelador.

Desde ese día, Rajoy ha practicado el tancredismo que tanto le gusta: esperar sentadito a que el vecino se estrelle y a que el destino le devuelva un papel estelar. Lo que tiene claro es que no quiere, para nada, abandonar el poder o dejar de estar aforado: la corrupción le rodea de tan cerquita que no puede permitirse lo más mínimo bajar las defensas.

Pedro Sánchez fue nombrado candidato por el Rey. ¿Le contaría al monarca que tenía los apoyos necesarios, o le diría que confiaba poderlos recabar?. Así empezó este último mes que llega ahora a su desenlace. Sánchez, que hace solamente dos años era un diputado raso, necesitaba absolutamente reforzar su imagen, dentro y fuera de su propio partido. Hay que reconocer que se ha esforzado mucho en conseguir acuerdos o pactos con otras fuerzas políticas. Pero creo que lo ha hecho de manera defectuosa que le llevará, inevitablemente, a un desastre como resultado de este debate de investidura. Cualquier negociación de este tipo requiere de UNA mesa única, donde cada cual se trague en público los sapos que corresponda. 

Podemos y su líder principal, Pablo Iglesias, me han decepcionado mucho. Y sospecho que, como a mí, lo habrán hecho a muchos votantes ilusionados de izquierda, que confiaban en que una nueva política era posible. Su soberbia intelectual y la arrogancia de sus gestos, rozando a menudo en el insulto, han demostrado que Podemos sólo parece estar preparada para gobernar en solitario, con cómodas mayorías que se parecen sospechosamente a entornos dictatoriales. Parecen olvidar que si bien es cierto que cinco millones de españoles les han votado, casi veinte millones han votado a otras formaciones.

Me parece bastante desagradable que se arroguen la representación de lo que llaman la gente, como si el resto de partidos políticos representaran a los marcianos.

Sólo dos líderes, Albert Rivera y Alberto Garzón han dado muestras de alguna sensatez y de madurez política. De su boca hemos oído las únicas muestras de intentar trabajar por el bien de España y de los españoles, dejando un poco al margen los intereses personales y de partido. Y de sus iniciativas han nacido los únicos progresos de negociación de verdad.

Aunque también es cierto que Rivera es un personaje con demasiados ribetes siniestros y demasiadas áreas de sombra. Garzón sí me parece genuino porque muy poquito tiene ya que defender. Aunque podría conseguir, si finalmente hubiera unas nuevas elecciones en Junio, un aumento significativo de votos, muchos de ellos procedentes de otras fuerzas de la izquierda (PSOE y Podemos), desmoralizados de ver cómo han actuado en estas circunstancias difíciles.

El PSOE y Pedro Sánchez se ha esforzado en mantener un mantra ya anacrónico: que ellos son la alternativa al PP y que, por tanto, no tiene ningún sentido establecer ninguna línea de negociación con el PP o Rajoy. Esa idea puede que fuera cierta con resultados en la horquilla 160-180 diputados para uno de ellos y algo inferior para el otro. Pero sus actuales niveles (123 diputados para el PP, 90 para el PSOE) les reubican como, solamente pero nada menos que, las dos fuerzas más votadas en un panorama de cuatro formaciones con representación significativa.

Me temo que todos ellos se han visto envueltos en otro de los espejismos que ha venido propagando desde Podemos: que el binomio derecha-izquierda está superado y que lo que hoy cuenta es arriba y abajo. El desarrollo de las negociaciones ha demostrado que eso es totalmente falso.

Con el panorama parlamentario que se ha definido, sólo hay tres opciones posibles, y todas ellas dependiendo de la correspondiente aritmética: o bien un gobierno de la derecha, o un gobierno de la izquierda, o un gobierno de concentración, articulada a derecha e izquierda desde el centro político. Cualquier otra opción no pasa del voluntarismo de sus impulsores.

A Pedro Sánchez, dados sus resultados electorales, no le toca ser Presidente del Gobierno. Salvo, por supuesto, que su figura surgiera como líder reconocido de la unión de voluntades políticas en la izquierda.

Pero lo único tangible que ha podido presentar Sánchez es un acuerdo con Ciudadanos, que es un partido, creo, del centro derecha liberal. Una unión que no ofrece una aritmética que permita una investidura, y que la única adición posible y razonable sería la del PP, para construir un Gobierno de concentración en la que el Presidente de ninguna forma podría ser Pedro Sánchez.

Sánchez se ha enrocado en el No, no y no, y en el ¿qué parte del NO no acaba de entender?, en su relación con el PP y con Rajoy (al que odia y/o desprecia a nivel personal; y el sentimiento es mutuo). Malos mimbres para ni siquiera intentar que el PP pudiera sumarse a una tal iniciativa.

En resumen, tras el fracaso de la sesión de investidura de esta semana, empezará a contar el período de dos meses hasta que resulte imposible evitar unas nuevas elecciones. En otras palabras, el próximo lunes empezará, o al menos debería empezar, el período de verdadera negociación, con el claro objetivo de formar un Gobierno razonablemente estable que permita evitar unas nuevas elecciones el 26 de Junio.

Confío en que todos los líderes tengan claro que unas hipotéticas elecciones en Junio solamente traerían un empeoramiento del resultado de sus respectivas formaciones.

El PP no tiene ya mucho por perder, porque en Diciembre prácticamente sólo les votaron los incondicionales de verdad, aquellos convencidos de que el único gobierno posible es de derechas, y el resto es desgobierno. Pero que no se confíen, porque todavía puede haber, al menos, un millón de votos de ciudadanos a los que les puede acabar resultando irrespirable el ambiente y la sensación de organización criminal dedicada a la corrupción política que sobrevuela de forma insistente al Partido Popular.
Alberto Garzón, que podría ser el único beneficiado en
caso de nuevas elecciones en Junio.
(Fuente: IU y lasexta)

El PSOE ha sostenido a duras penas su posición de segunda fuerza y líder de la izquierda, pero solamente le separa un puñado de votos de Podemos (unos trescientos mil sobre más de cinco millones). Desde la transición política, el PSOE se ha arrogado la posición de partido líder de la izquierda en España. Pero esa posición no es vitalicia y, además, el votante de izquierdas es mucho más inquieto que el de derechas.

Podemos, que desde su origen se articuló como la formación de los que no tienen mucho que perder, han aglutinado muchos más votantes que los que les pertenecerían en puridad, básicamente por el cansancio del bipartidismo y por el reflujo del nefasto efecto Zapatero, que todavía habita en la memoria colectiva. Pero muchos de esos votantes prestados podrían plantearse una nueva migración, por ejemplo a Izquierda Unida, que parece una formación mucho más sensible a las necesidades de gobernabilidad que tiene un país como España. No sería una sorpresa excesiva que pudieran perder uno o dos millones de votos, porque su gestión de los escenarios de negociación está manifestando ser francamente mejorable. Parece que, a menudo, están convencidos de que fuera de sus círculos y asambleas sólo hay banqueros, altos ejecutivos o extraterrestres.

Ciudadanos podría recolectar algunos votos de los cansados del tancredismo de Rajoy y del adanismo de Sánchez. Pero Rivera tiene demasiados ribetes siniestros (que generan desconfianza en muchos ciudadanos) como para conseguir una progresión significativa. Además, su posición política en Catalunya no ha hecho, ni está haciendo, absolutamente nada para ayudar a la resolución de un problema político que es, desgraciadamente, bien real.

El único ganador, de verdad, podría ser Alberto Garzón. Si un número importante de votantes del PSOE o de Podemos deciden reconducir su voto hacia Izquierda Unida, podrían superar la barrera que les limita a tener solamente dos diputados con un millón de votos, y conseguir alguna docena de diputados, que marcarían una diferencia significativa respecto a la situación actual.

Creo que todos deberían temer a unas nuevas elecciones y espero que ello les lleve a dedicarse, de verdad, a buscar líneas de entendimiento que permitan conformar un Gobierno para los próximos cuatro años. Alberto Garzón, que todavía es joven y le auguro una importante carrera política en los próximos lustros, deberá tener paciencia y concentrarse en reformar la Ley Electoral, para que sea mucho más justa con las fuerzas minoritarias. En el medio plazo, posiblemente podría articular una cierta convergencia con Podemos, donde Garzón debería ocupar una clara posición de liderazgo. Me temo que la época de Pablo Iglesias, que se ha desarrollado principalmente en los platós de televisión, ya está superada. Veremos la nota parlamentaria que se gana en este debate de investidura, pero me temo que la soberbia y la arrogancia forman parte de su hardware más íntimo y no son fáciles de disimular.

Es decir, esta semana nos toca superar un trámite formal, cuyo resultado ya conocemos (salvo sorpresa muy mayúscula). Y la próxima semana debe empezar una etapa nueva y muy diferente de lo vivido hasta ahora. Sugiero que todos los líderes hagan un reset de lo sucedido durante la campaña electoral y durante este largo período de indefinición, y empiecen de cero, olvidando los agravios que todos ellos han sufrido por parte de los demás.

Pedro Sánchez ha sucumbido al orgullo de ser candidato, pero en el pecado le viene la penitencia. Estos días le tocará sufrir la suprema vergüenza de ser rechazado como Presidente del Gobierno por una mayoría de los diputados del congreso.

Me voy a mojar. Mi apuesta es de una investidura fallida, y de un acuerdo posterior en el ámbito de una cierta concentración en torno al centro, para conformar un Gobierno (apoyado por el PP, el PSOE y Ciudadanos) que no estará presidido ni por Mariano Rajoy ni por Pedro Sánchez.

Una solución a la catalana (con tomatito rallado).

JMBA

martes, 9 de febrero de 2016

Es la hora de hablar

A lo que se invita a la familia, a los amigos y a los conocidos, es a la boda. El noviazgo se desarrolla, habitualmente, en una razonable penumbra de privacidad.

El afán de transparencia y de luz y taquígrafos está provocando que todo el proceso de negociación para la formación de un nuevo Gobierno, prácticamente se retransmite en tiempo real.
Pedro Sánchez, candidato a la Presidencia del Gobierno.
(Fuente: huffingtonpost)

Hace unos días, el veterano periodista Miguel Ángel Aguilar, en una larga pregunta que planteó en una de las infinitas ruedas de prensa que estos días está ofreciendo Pedro Sánchez, hacía alusión a esta necesidad de áreas de penumbra en las negociaciones tanto políticas como incluso amorosas. Creo que tiene toda la razón.

Hay una realidad que creo que la mayoría de periodistas están ignorando, en pos de una supuesta total transparencia, que no creo que sea un bien superior en todos los casos.

Es imprescindible que, si se llega a algún tipo de acuerdo, este se haga público en todos sus extremos, porque los ciudadanos tenemos derecho a conocerlo.

Pero los tiempos políticos tienen, necesariamente, aproximaciones diferentes. Durante cualquier campaña electoral, el objetivo ideal de cada líder es conseguir que el 100% de los ciudadanos depositen un voto en favor de su formación. En su defecto, todos intentan hacer lo que sea para conseguir la mayor representación posible. Esto significa que se se compara la fuerza propia con las rivales, a las que a menudo se desacredita o incluso descalifica. En la reciente campaña del pasado Diciembre, el PSOE intentaba convencer a los tibios del centro para que votaran al PSOE y no a Ciudadanos, y a los votantes de la izquierda para que votaran a una fuerza de la izquierda moderada como el PSOE, y no a una fuerza de la izquierda más radical, como Podemos.

En campaña, todos los líderes tienen su objetivo muy claro, y actúan en consecuencia. Pero ese tiempo termina el día de las votaciones.

El día después, está clara la representación, en término de votos y de escaños, que cada fuerza ha obtenido.

El siguiente paso, como se está poniendo de manifiesto de forma muy palmaria en esta ocasión, viene el período de negociación y de obtención de pactos, para facilitar la formación de un Gobierno con el suficiente apoyo parlamentario para que resulte razonablemente estable. Un Gobierno, por cierto, que debe actuar para todos los ciudadanos, no solamente para aquellos que votaron a las fuerzas que apoyen el gobierno.

En esta fase, creo que lo más conveniente es que todos (políticos, medios, periodistas, ciudadanos) olvidemos las infinitas pullas que se han lanzado entre ellos en otro tiempo político.

Una vez las urnas han dado su veredicto, cada fuerza política sabe cuál es la representación que le han dado los ciudadanos. Si somos puristas, el programa electoral con que cada formación se presenta a las Elecciones debería convertirse en su programa de gobierno si consigue una mayoría suficiente para poder gobernar sin necesidad de llegar a acuerdos con otras fuerzas. En la realidad, incluso con mayorías absolutas, luego se cumple o no, pero esa sería otra conversación.
El periodista Miguel Ángel Aguilar.
(Fuente: periodistadigital)

Pero en cuanto se abre un tiempo de negociación, conviene que todos olviden (olvidemos) lo que sucedió durante la campaña. A una negociación conviene acudir modestamente con tu programa bajo el brazo, y una clara consciencia de que la fuerza real conseguida en las urnas es la que debería dictar cuánto de ese programa puede acabar viéndose reflejado en un eventual Programa de Gobierno.

La fase de negociación y de búsqueda de pactos supone, para todos, la necesidad, o por lo menos la conveniencia, de tragarse unos cuantos sapos incómodos. Y a nadie le apetece que la deglución de ese batracio se produzca en público. Para tener alguna opción de llegar a un acuerdo hay que olvidar las líneas rojas y desarrollar la empatía necesaria con las demás fuerzas políticas. Hay que tener claro que detrás de cada líder, en esa fase, está el respaldo de un cierto número de ciudadanos en las urnas. Ni más ni menos.

No acabo de entender las posiciones excluyentes ante una negociación. Por el bien de los ciudadanos, todos deberían aportar partes de su programa y de su ideario. Entiendo que ni al PP ni al PSOE les apetece negociar entre ellos, pues son realmente el uno la alternativa natural del otro. Pero sería muy necesario, por el bien del país, que exista un cierto nivel de acuerdo entre ellos, al menos para que todos participen en los grandes pactos nacionales y de Estado para los temas realmente importantes y de largo recorrido (reformas constitucionales, pactos por la Educación, acuerdos para el desarrollo de la Ciencia y el I+D, etc.).

Y tampoco comprendo la posición de Podemos, que se desarrolla con una altanería y una soberbia que parece olvidar que su apoyo en términos de votos ciudadanos es el que ha sido. Importante, sí, especialmente para una fuerza que venía de cero, pero limitada. Intentar una negociación en exclusiva con el PSOE no podría conducir en ningún caso a que Pedro Sánchez pudiera ganar un debate de investidura ni formar un gobierno razonablemente estable.

Y, definitivamente, me parece desproporcionada la saña con que algunos periodistas se empeñan en enfrentar a todos los líderes con sus propias palabras y descalificaciones durante la campaña electoral. Un buen ejemplo de ello fue el cruel ejercicio de Maldita Hemeroteca (que rinde, en general, muy buenos servicios a los ciudadanos) al que sometió mi admirada Ana Pastor al jefe del equipo negociador del PSOE, Antonio Hernando, en el programa El Objetivo el pasado domingo. Me parece que eso en nada contribuye a que las negociaciones puedan desarrollarse con los mínimos contratiempos posibles. Hernando, que ha sido azote del Gobierno y del PP desde su posición de portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, acudió al plató con su piel de cordero (y sus nuevas gafas de color, por cierto), propia del nuevo tiempo de negociación y pactos. Y Ana Pastor intentó forzarle, sin éxito, a que reconociera que hoy ya no comparte las descalificaciones a otras fuerzas que vertió en tiempo de campaña.

El negociador no tiene por qué cambiar de opiniones. Sólo que está obligado a olvidarlas, para facilitar la labor de identificar aquellas áreas y aquellos temas en los que puede haber cierta coincidencia, y tratar de elaborar una propuesta común, que provoque la parcial satisfacción de todas las partes.  
Ana Pastor, directora de El Objetivo, en La Sexta.
(Fuente: vertele)

En política, cada tiempo tiene sus propias reglas, que conviene no alterar. Por eso me parecen necesarias esas áreas de penumbra que evocaba Miguel Ángel Aguilar. En la privacidad de una mesa de negociación se pueden verter descalificaciones o incluso insultos de unos hacia otros. Pero lo que realmente importa es que esa situación pueda superarse, para contribuir al bien superior del país y sus ciudadanos.

Durante unos días, las próximas semanas, deberíamos dejar tranquilos a nuestros políticos, para que puedan desarrollar de la mejor manera posible la labor por la que les pagamos un buen sueldo.

Aunque hay que reconocer que hay un elemento distorsionador de esta situación. Da la sensación de que algunas fuerzas políticas están apostando a que el proceso descarrile y resulte inevitable convocar unas nuevas Elecciones Generales. Es muy complicada la gestión de un ambiente político en que algunos están en el tiempo de la negociación, mientras que otros parecen moverse en las arenas de una nueva campaña electoral.

Personalmente, creo que debería resultar posible llegar a un acuerdo que, por activa o por pasiva, permitiera que Pedro Sánchez sea investido Presidente del Gobierno. Con un programa de gobierno que debería incluir elementos del PSOE, de Ciudadanos y de Podemos, y con la aquiescencia del PP, al menos en lo que a los grandes temas de Estado se refiera.

Claro que para llegar a ese estadio, a lo mejor es necesario que algunos líderes den un paso al lado, para que un posible recambio haga más fáciles las cosas.

JMBA