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jueves, 12 de febrero de 2015

El Cine Español

Al hilo de la reciente Gala de los Premios Goya, y por invitación de un buen amigo, que ha sugerido este tema como base de debate para una próxima cena de hermandad (a la que, desgraciadamente, no podré asistir), me he decidido a reflexionar un poco sobre este tema.
La Isla Mínima (Alberto Rodríguez, 2014)

Debo empezar por decir que, en general, me gusta el cine español. Soy un consumidor bastante adicto, especialmente por televisión, a través de las plataformas digitales (el Plus, Yomvi,...). He devorado con placer muchas buenas películas, y también me he tragado multitud de bodrios inclasificables, algunos sólo hasta la mitad, también es cierto. Pero, en general, prefiero una mala película española que una película rutinaria estadounidense. Como mínimo, me resulta mucho más próxima.

Está claro que la industria cinematográfica estadounidense es la más poderosa del mundo, la única que, por su globalización, tiene la capacidad de abordar algunas de esas superproducciones de entre las cuales se puede encontrar alguna película que realmente refuerza el sentido espectacular del arte cinematográfico. Aunque también, por supuesto, hay muchas cintas mediocres y bastantes bodrios. Por no hablar del Bollywood de India, cuya producción prácticamente desconozco.

Y entre las películas americanas, si uno se asoma a la segunda fila, a las películas que no han nacido en el seno de los grandes estudios y productoras, hay pequeñas obras maestras y multitud de malas películas que son un puro ejercicio de onanismo, o de exhibicionismo, o de narcisismo de su director y sus actores.

En las últimas décadas, el cine español ha producido una infinidad de joyas cinematográficas, en géneros muy diversos. Desde las comedias sociales de Berlanga, que permitían al espectador asomarse a la realidad española cruzando los filtros, a menudo espesos, de la censura del Régimen, hasta algunas de las llamadas películas del destape (en los 70 ú 80). En los 80 y 90 se realizaron muchas películas en tono de comedia que son absolutamente remarcables (para mí, Airbag o Belle Epoque son auténticos iconos).
El Verdugo (Luis García Berlanga, 1963)

Se han realizado algunas muy buenas películas del género negro o policíaco, como las excelentes La Caja 507 o No habrá paz para los malvados, o la muy reciente El Niño. Y muchas comedias con tonos ácidos, que han destacado y, a veces permitido entender) la depauperación sentimental y sexual de varias generaciones de españoles.

Una figura del cine español como Pedro Almodóvar ha realizado, para mi gusto, alguna obra maestra, como su Mujeres al borde de un ataque de nervios, en tono de comedia casi del absurdo, o el drama rural de la España profunda que es Volver. Pero también tiene en su filmografía otras películas buenas, mediocres o directamente malas. 

Recordamos algunas muy buenas películas de época (llamadas a menudo históricas, aunque no necesariamente se sitúen en épocas remotas), pero habitualmente demasiado teñidas, para mi gusto, de prejuicios políticos, de uno u otro signo. Desde las épicas nacionalistas de Juan de Orduña durante el franquismo, a obras claramente inspiradas por la izquierda social y política, como La Ciudad Quemada o Días contados.

El año pasado, 2014, se han estrenado algunas muy buenas películas españolas, que han llevado la taquilla a su máximo histórico. Por citar sólo tres, Ocho apellidos vascos (una delicada comedia, que bordea lo escabroso manteniendo la elegancia), La isla mínima (una película policíaca, en el entorno social del principio del postfranquismo y en el entorno natural de las marismas del bajo Guadalquivir) o Torrente 5 (una película de acción, que se mantiene en el género cutre incluso dentro de su muy elaborada y cuidada factura). Tres éxitos de taquilla, que ilustran la realidad de que el público es muy sensible a películas que, por una u otra razón, les llegan y les convencen.

De los muchísimos bodrios que me he tragado, no recuerdo ni los títulos ni, a menudo, los directores. Muchos actores y actrices conocidos (y reconocidos) tienen en su historial muchas de esas películas, que acaban siendo puramente trabajos nutritivos (para comer, vamos, y seguramente no mucho).
Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997)

Está claro que en España no existe esa infraestructura de industria cinematográfica, al menos entendida al estilo de lo que se hace en Estados Unidos. Aquí cada película acostumbra a ser el proyecto personal de un director, que antes de realizarla la soñó. Luego viene el ímprobo trabajo de encontrar fuentes de financiación (a menudo los créditos iniciales de agradecimiento a los que han contribuido al presupuesto de la película duran varios minutos) y reunir al equipo técnico y artístico ideal (o al menos, el posible), para empezar el rodaje. El trabajo a menudo termina con el montaje del metraje final, y finis coronat opus.

Sin embargo, una película, como toda obra artística, debe desarrollarse para atraer e interesar al público, por lo menos a cierta clase de público. El objetivo de todo artista es, de una u otra forma, ser amado por lo que hace, por sus obras. Pero muchas de las películas que se producen en España ni siquiera consiguen unos pocos días de exhibición en alguna sala, y pasan directamente al mercado secundario de las televisiones, el DVD o las plataformas digitales. Lo cual no es malo en sçí mismo, pero en el mundo actual denota una carencia preocupante. O el reconocimiento implícito de que sólo una sala casi vacía acogería a muchas de esas obras en su eventual exhibición pública.

En el cine español hay mucha polémica con las subvenciones de todo tipo. Todas las administraciones tienen alguna política de financiación (con o sin fines lucrativos) a la cinematografía. Los ayuntamientos y Comunidades Autónomas ofrecen subvenciones, o facilidades de todo tipo, a producciones que estiman que les pueden favorecer de una u otra forma, haciendo más conocidas sus bellezas o sus tradiciones, o mejorando su posicionamiento turístico. El propio Woody Allen (algunas de sus películas, para mí, son obras maestras), ha sucumbido a esta tentación en sus películas sobre Barcelona, París o Roma. El Estado o la Unión Europea desarrollan políticas de protección o desarrollo artístico, que son, a menudo, mucho más rutinarias, por no decir arbitrarias.

Si buceáramos en la cinematografía de otros países de la Unión Europea (dejando al margen los países de habla inglesa, muy próximos a la industria estadounidense) me temo que veríamos fenómenos muy parecidos a los endémicos en la cinematografía española. De un lado, unas poquísimas películas que destacan por su calidad y acaban cruzando las fronteras, y un montón de filmes menores y, casi siempre, absolutamente carentes de interés para el público, salvo para un pequeño puñado de fanáticos.
Belle Epoque (Fernando Trueba,
1992)

Los aficionados al cine quizá recuerden dos o tres películas francesas, quizá una o dos italianas, si acaso una alemana, y casi nada del resto de países. Dejando al margen, por supuesto, las infumables, arrogantes y presuntamente intelectuales películas-bodrio de Ingmar Bergman que nos tragamos en las sesiones de cine-club de nuestra juventud.

Yo me niego a aceptar una especie de dicotomía entre un cine comercial y un cine serio e intelectual. El buen cine siempre atrae al público. En un mercado como el español, si tenemos en cuenta todos los posibles canales, podemos aceptar que una película atraiga a un millón de espectadores o a diez millones. Seguramente sus presupuestos, dada la sagacidad de los productores, serán acordes a esa capacidad de atracción. Pero una película que sólo atraiga a unos pocos miles de espectadores voluntarios (que pongan algo de su parte, pagar una entrada o un alquiler en las plataformas digitales) se convierte en una obra puramente onanista, exhibicionista o narcisista. Que ese tipo de obras reciban dinero público para su financiación, me parece mal.

Creo que los presupuestos públicos, en el campo de la cinematografía, deberían orientarse al desarrollo y fortalecimiento de la industria cinematográfica en España, más que a financiar obras concretas. Una industria fortalecida, con algunas ventajas fiscales ligadas a la generación de empleo (como cualquier otro sector), sería capaz de escoger, potenciar y financiar las buenas películas. Aunque, seguramente, condenarían a una soledad ganada a pulso a muchos proyectos que sólo están concebidos para el lucimiento de su director o actores,

Además, tengo un agravio contra muchas películas españolas que quiero plantear con toda energía. La mayoría tienen un sonido nefasto, en el que resulta prácticamente imposible comprender los diálogos. Sospecho que tras esta extendida carencia hay dos factores enfermizos. De una parte, el absurdo intento de que una película sea la vida filmada, y la extensión de uso del sonido directo, tomado directamente durante el propio rodaje. De otra parte, posiblemente las carencias económicas no permiten un doblaje en condiciones o una mejora del sonido en laboratorio que facilite al espectador comprender la historia, los diálogos y los personajes que el guionista y el director quieren transmitir al espectador. Me resulta descorazonador ponerme a ver una película en la televisión, por ejemplo, y tener que subir el volumen hasta niveles ridículos que ya generan distorsión, o a perderme casi íntegramente los diálogos de los personajes. Ello me refuerza la idea de que hay muchos directores que ruedan una película exclusivamente para sí mismos, y no piensan para nada en el potencial espectador (en cualquier caso, prácticamente inexistente).
Volver (Pedro Almodóvar, 2006)

Por eso, siempre que está disponible, veo estas películas con la opción de subtitulado para sordos activada. A menudo, ayuda bastante a poder entender y juzgar la película con conocimiento de causa. Recientemente he visto una película que me pareció muy interesante, Marsella. En ella se plantean los conflictos entre una niña y sus madres biológica (María León) y de acogida (Goya Toledo). No teniendo la opción de subtitulado, fui absolutamente incapaz de entender qué había sucedido con el padre de la niña, ya que se desvela en un punto del diálogo que resulta absolutamente indescifrable. Una pena que una película de cierto interés sufra mucho por culpa de esas deficiencias técnicas.

Hace años descubrí que las películas, como los libros, deben saberse ganar el derecho a que les dedique el tiempo necesario para seguirlas de principio a final. Mi historial de películas que dejé de ver a los quince, veinte o treinta minutos de haber empezado resulta interminable. Por cierto, películas españolas o de otro origen.

Soy consciente de que no todas las películas están hechas para un público como yo. Por eso también he abandonado películas que me parecen de calidad, pero que no llaman para nada mi atención. A pesar de haber leído hace años la trilogía completa del Anillo de Tolkien, por ejemplo, sólo fui capaz de llegar a la mitad de la primera película, entre muchos bostezos y bastante sopor. No debe ser una película para mí.

A diferencia de otras manifestaciones artísticas, cuya creación puede ser incluso un acto solitario y prácticamente gratuito (al menos en lo que a desembolsos específicos se refiere), producir cine es caro. Se trata siempre de obras más o menos corales, donde hay que contar con un cierto equipo técnico y artístico, que tiene que dedicarle parte de su tiempo, por el que merecen algún tipo de remuneración.
El Niño (Daniel Monzón, 2014)

Financiar el cine nunca debería ser un acto puramente administrativo, arbitrario o rutinario. El dinero público nunca debería dirigirse a financiar proyectos concretos, sino a fortalecer una industria que fuera capaz, de ese modo y con sus propias fuerzas y conocimiento, a escoger los proyectos que quiere producir. Teniendo siempre al espectador en la cabeza, finalmente la única razón genuina por la que una película se merece existir.

Por supuesto, resulta ridículo que el IVA cultural esté al máximo nivel posible (21%), cuando las revistas pornográficas tributan al 4%. Pero también me resulta absurdo que se repartan subvenciones que, de forma casi inevitable, acabarán retribuyendo lealtades de uno u otro tipo.

En un contexto industrial con un buen nivel de desarrollo, el director que no consiguiera financiar su proyecto en ninguno de los posibles circuitos, debería replantearse seriamente si el cine es su medio de expresión artística.

Una industria cinematográfica con músculo tiene que ser capaz de producir algunas películas como producto de consumo para grandes públicos (cine de palomitas, para entendernos), y también obras más personales para públicos más reducidos.

Pero desde mi punto de vista sólo hay dos tipos de películas: las buenas y las malas. Sólo algunas de las buenas realmente me gustan.

Muchas más cosas quedarían por contar, pero eso ya será, si acaso, otro día.

JMBA

viernes, 25 de febrero de 2011

Ver películas online

El otro viernes estuve viendo Pa Negre en el cine. Ya lo comenté aquí. La película (y también la novela, por razones algo diferentes) me encantó y me pareció una obra maestra.
Portal de la web www.filmin.es

La película ha tenido algunas críticas negativas. Por una parte, por supuesto, la caverna mediática la ha atacado principalmente por las reticencias a que una película catalana (y filmada en catalán) haya podido ganar hasta nueve Goyas en la gran gala del cine español. Se han barajado oscuros lobbies catalanófilos en la Academia, e incluso presiones de grupos gay (ya que el director tendría esta orientación sexual, lo que carece por completo de interés y no tiene la más mínima trascendencia).

Pero también he visto críticas negativas de cinéfilos, alegando algunas inconsistencias en el guión y demás. Tenía ganas de ver de nuevo la película, con todo esto en la cabeza, para verificar mi primera opinión a la luz de estas críticas.

Siguiendo un rastro que localicé en Twitter, llegué hasta la web de Filmin, que me ofrecía visionar (legalmente, claro) la película online (mediante streaming) por un precio razonable (2,95€), desde el ordenador de mi casa. El equipamiento informático que tengo en mi casa no es para nada la NASA. Tengo un ADSL de 3Mbps y un PC torre con unos cuantos años (Pentium 4 @3.06GHz, 1,5GB de memoria, XP) con una buena tarjeta de sonido y dos altavoces de gama media con subwoofer. Ah, y una pantalla LCD plana de 19".

Esta web también ofrece la posibilidad de abonos (mensuales, trimestrales, anuales) para visionados ilimitados durante ese tiempo de las películas de su catálogo no Premier.

Me decidí a a registrarme en la web, comprar la película (que puedes visionar las veces que quieras durante 72 horas; en VO, VOSE o la versión doblada al castellano) y dedicar las siguientes dos horas a disfrutar de nuevo con Pa Negre. Eso sí, con un cubatita a mano y un par o tres de cigarritos (espero no haber violado ninguna ley). La puse a pantalla completa en el PC, y la vi (y oí) perfectamente, sin ningún tipo de contratiempo.

Y me ratifico en mi anterior opinión. La película me parece excelente, con buen ritmo narrativo y unas interpretaciones absolutamente excepcionales. Nora Navas y Laia Marrull están ligeramente histriónicas, pero encarnan a la perfección la tragedia y el drama de las vidas de sus respectivos personajes. Francesc Colomer lleva sobre sus (jóvenes) espaldas el hilo narrativo, y Marina Comas volvió a enamorarme en su papel de Nuria, con el desgarro de su marginalidad, con su precoz madurez, y la profunda ternura que despliega con quien la entiende.

Pero quería centrarme hoy en la propia existencia de una web con este servicio, y lo que significa en la evolución necesaria de una industria como la cinematográfica.

Al hilo de la reciente Gala de los Premios Goya, del discurso de Álex de la Iglesia y de algunas intervenciones producidas durante el proceso de aprobación de la Ley Sinde, escribí un artículo sobre la industria cultural (especialmente, la cinematográfica) y las reflexiones y movimientos que debería hacer para intentar salir de la languidez que la atenaza desde hace tiempo, y que amenaza con liquidarla: ¿Industria de Contenidos o de Continentes?.

Allí proponía la necesidad de que la industria pusiera a disposición, en la Red, un nuevo canal de acceso a sus películas por un precio que yo estimaba como razonable en los 2€. Bueno, en la web de Filmin se pueden visionar bastantes películas (las que no son de rabiosa novedad y/o actualidad) por 1,95€. Creo que representa un avance significativo en la buena dirección.

Pero es un paso todavía bastante modesto. Filmin representa a una parte de productoras independientes (por supuesto off-Hollywood) y su catálogo de algo más de 600 películas está constituido por filmes de los que, en las grandes ciudades, habría que ir a ver a alguno de los minicines del centro. Y que fuera de ellas no habría ninguna posibilidad viable de exhibición. Gracias a la Red, pueden acceder a su público, esté donde esté, y aunque sea muy minoritario. Parece claro que películas que podrían congregar en un minicine de Madrid, Barcelona o Valencia a una o dos docenas de espectadores en una sesión, difícilmente podría pensarse en exhibirlas en Soria, Teruel, Ourense o Almería. Y no digamos ya en Almoravieja de las Perdices (suponiendo que existiera).

Para películas de este tipo, la Red representa una oportunidad bastante evidente de redondear sus exiguos ingresos. Y ello es válido para ciertas películas españolas o de otras cinematografías minoritarias.

El desafío consiste en poder disponer de este tipo de servicio para el mainstream cinematográfico. Para los grandes éxitos de Hollywood o incluso para las películas españolas dirigidas al gran público. Es decir, se trataría de desarrollar una clara estrategia multicanal. Ir al cine como actividad no es necesaria ni exactamente lo mismo que ver una película. Ir al cine es (habitualmente) un acto social (familia, amigos,...) que tiene su propia liturgia (palomitas, refresco,...). Y el negocio de la exhibición cinematográfica en salas debe cuidar ese canal de distribución de la industria: multicines con una oferta variada (en tema, horarios,...) con los máximos medios técnicos (gran pantalla, sonido envolvente, 3D,...), cómodos, con facilidades de aparcamiento, etc. Disfrutar de una película en una sala de cine tiene su precio, que está más o menos establecido y percibido como razonable.

Pero la industria cinematográfica debe y puede tener otros canales de distribución. Uno de ellos son las televisiones, y de hecho, muchas de ellas tienen una abundante actividad en la producción de películas (mediante cofinanciación,...) para conseguir derechos preferentes de antena. Otro canal son los soportes físicos (que nos llevamos a casa para siempre, o por lo menos hasta que esa tecnología no se convierta en obsoleta), y allí están los DVD, Blu-Ray o lo que toque.

Y otro canal es y debe ser la Red. En un momento hemos identificado cuatro canales posibles de distribución. Según las ambiciones comerciales de cada película, se acabarán utilizando todos o solamente algunos de ellos. Algunas películas no podrán pretender alcanzar la exhibición en salas (por lo menos más allá de unas poquitas copias durante unos días, en algún minicine de dos o tres grandes ciudades). Para otras, la edición en soporte (DVD...) no podrá llegar a los expositores de las tiendas, y sólo podrá comprarse online a través de webs especializadas. Algunas podrán ambicionar el prime time de algún canal nacional de televisión, mientras que otras deberán conformarse con los late night en canales especializados de la TDT, el cable o el satélite.

Pero, para cualquier película, la Red es un canal viable de distribución. Sea para visionarlas en un ordenador clásico, o en un TV de última generación, o en cualquier otro tipo de dispositivo (tablet, consola, smartphone,...).

Cualquier consumidor responsable de este siglo XXI puede y podrá entender que una película no se exhiba en ninguna sala de su pueblo o ciudad. También que no esté disponible el DVD en las tiendas de El Corte Inglés, o la FNAC. También entenderá que no la pueda ver por televisión a las diez de la noche en TVE, o Antena 3 o Tele 5 o La Sexta. Pero, cada vez más, no podrá entender que sea imposible visionarla online desde la Red, previo pago de un precio razonable. Como ya es el caso, para un catálogo restringido, eso sí, en la web de Filmin.

Hay que tocar a rebato, y la industria cinematográfica debe revisar a fondo sus estrategias de distribución, y gestionar con inteligencia los diversos canales disponibles. Aquel a quien no le apetezca ir al cine (por los motivos que sea, incluyendo que no haya ninguna sla próxima, o que le resulte imposible desplazarse) tiene derecho a poder ver la película que le apetezca.

Será labor de cada canal promocionar y publicitar su uso. Los exhibidores deberán intentar convencer a los espectadores para que se desplacen a sus salas de cine, ofreciendo ventajas que les compensen por ello. Lo mismo harán las tiendas de DVS,s, las autopromociones de las televisiones o las webs que las pongan legalmente a disposición.

Al final de la cadena, al productor que ha expuesto su dinero, poco le importa que los ingresos le lleguen por la mano derecha o por la mano izquierda, o por uno de los dos pies. Siempre que el dinero acabe llegando, en cantidad suficiente, al corazón.

Y para aquellas películas que, realmente, no le interesen a nadie  en ninguna parte (exceptuando, quizá, a su propio director) la industria (y las Administraciones) tendrán que plantearse con rigor qué sentido tiene su financiación.

Utilizando las palabras de Alex de la Iglesia: Sin público, esto no tiene sentido.

JMBA

miércoles, 16 de febrero de 2011

No pienso comprar ni un DVD más

De ahora en adelante, no pienso comprarme ni un DVD más, ni pienso pedir que me regalen ninguno. Y eso no significa para nada que no vaya a pagar por el cine que me apetezca ver.
DVDs de películas
(Fuente: depaginas)

Desde siempre soy aficionado al cine. No soy un fanático, ni un friki, pero me gusta. Y siento cierta debilidad por el cine español. Con ello quiero decir que prefiero una mediocre película española que una mediocre americana. Que de las dos abundan.

Pero ya tengo en el trastero dos cajas grandes llenas de cintas VHS con películas, que la obsolescencia tecnológica ha convertido en inútiles. De hecho, tengo todavía en casa un aparato de vídeo VHS (que no estoy seguro de que funcione correctamente). Bueno, no hace mucho tiempo todavía lo utilicé para pasar los vídeos de algunos de mis viajes a formato digital, para preservarlos de alguna forma, y poderlos seguir disfrutando en el futuro (no sé muy bien por cuánto tiempo).

No sé cuánto dinero llegué a gastarme en películas VHS, pero seguro que bastantes cientos de euros, si no algunos miles. Pagué, por tanto, derechos de autor y demás, y todo eso ya no me sirve para prácticamente nada de nada. Bueno, sí, me ocupa espacio en el reducido trastero.

Tengo en casa varios armarios y estantes llenos de DVDs de todos tipos. Hay muchos que he comprado (o me han regalado) en diversos momentos. Hay otros que venían anexos a alguna publicación, un periódico, una revista, sin sobrecoste. Y también debe haber alguno de esas colecciones a precio muy barato, que promocionan de vez en cuando los principales periódicos.

Y también estoy abonado a Digital+ (lo que me cuesta la mitad de un riñón todos los meses, por cierto), y en sus diversos canales acabo viendo algunas películas todos los meses (o, más bien, bastantes trozos de películas). Con la tecnología doméstica disponible, puedo grabar cualquiera de las películas que se emiten, y guardarla en mi videoteca para visionados posteriores, o para lo que quiera. Pero raramente lo hago porque, con todos los canales del satélite más la TDT, sólo haciendo zapping para ver lo que echan ya he consumido el tiempo que pensaba dedicarle.

Si bien ya he contado en alguna otra ocasión que mi relación con el libro-objeto tiene algo de litúrgico y sensual, mi relación con los CDs o los DVSs es puramente funcional. Es decir, me interesa estrictamente el contenido, y todo el espacio que ocupan en mi librería, en los estantes del despacho o incluso en el trastero, es un engorro que considero como efecto secundario de ese tipo de soporte.

Cuando quedó claro que el formato VHS estaba superado, yo esperaba que alguien ofreciera al público la sustitución de las cintas VHS por sus equivalentes DVD, a un precio simbólico (¿1€ cada uno?). Pero eso no sucedió. Solamente el dispose of them properly, es decir, el apáñatelas como puedas. No sé si el DVD tiene mucha vida tecnológica por delante. Los Blu-Ray no parecen tener demasiado fuelle, y la única luz en todo este embrollo es la difusión de estos contenidos mediante ficheros, digamos, informáticos.
Estanterías atiborradas de DVDs
(Fuente: kaosklub)

Ahora mismo, en un disco duro externo (que ocupa como un libro de tamaño medio) tengo guardadas algunos cientos de películas. Algunas proceden del llamado ripeado de DVDs de mi propiedad, es decir, de la conversión de la película en el DVD a un fichero de tipo AVI, que se puede ver en cualquier ordenador, o pasarlo al televisor del salón mediante cualquier método informático (llave USB o así). Bastantes de las películas que tengo en ese disco las he bajado de Internet mediante algún mecanismo de intercambio de ficheros. De ésas, muchas las he tenido en propiedad, pero en formatos ya obsoletos.

Soy consciente de que sucumbo con facilidad a mi afán de coleccionista, y muchas de esas películas jamás encontraré el rato, o el ánimo, para verlas. Pero me consuela tenerlas ahí, disponibles.

Por las que me he bajado de la Red, no he pagado explícitamente nada a los creadores, aunque habré pagado religiosamente el cánon por el disco duro, y he necesitado, claro, un ADSL para hacerlo. Y eso es así porque ese método (llamado, por algunos, piratería) es el único método real que funciona, que existe. También debo decir que muchas de ellas, del cine digamos clásico pero no en el mainstream, ni siquiera están disponibles en el comercio convencional. 

Analicemos un poco los escandallos. ¿Cuánto pagamos por un DVD en el comercio? Pues depende, claro. Si se trata de una película reciente de éxito, fácilmente pueden pedirnos 12, ó 15 ó hasta 18 Euros (no sé si incluso más). De ese dinero, ¿qué parte va realmente para los creadores del contenido, para la productora?. Ya hice el análisis para los libros, y sospecho que la respuesta es parecida, y no creo que exceda el 10% del precio que pagamos por el DVD. El resto se quedará como margen para el propio punto de venta, o será para remunerar el trabajo de la Distribuidora y los costes propios de elaborar ese DVD-producto (la copia, el soporte, la carátula, el estuche, el almacenaje, el transporte, etc.). Pero el papel de la Distribuidora en este mercado solamente es necesario para sostener un determinado modelo de negocio, que es el que manifiestamente está obsoleto.

Algunos me dirán que la misión de la Distribuidora consiste en hacer conocida una película, en las campañas de marketing y de publicidad. Y también en atender a los puntos de venta (sean estos las salas de cine o las tiendas que venden DVDs). Estoy de acuerdo. Ahora bien, todas esas funciones están asociadas al modelo de negocio practicado hasta ahora, y me parece evidente que las cosas pueden pensarse de otra manera.
Malizia (1973) de Salvatore
Samperi, con una turbadora
Laura Antonelli. La cinta VHS yace
 en una caja de mi trastero.
 La película, en mi disco
duro.

Como principio básico del comercio en el siglo XXI, sólo tienen cabida en las cadenas de distribución los intermediarios que añaden más valor que el coste que suman. 

¿Por qué no existen, o no han triunfado, webs legales que pongan a disposición del público, de todo el mundo en todo el mundo, las películas-contenido, por un precio razonable para ello. Si de la venta de un DVD el creador (la productora) no cobra más de 1€, tomemos ese valor como precio base, y añadamos algo por los gastos de gestión y funcionamiento de la web que las pusiera a disposición. A lo mejor se podrían comprar por 2€ las películas recientes y por algo menos las de catálogo o las que ya no tengan derechos de autor vigentes (no sé si se da el caso).

Por lo que sé, todos los intentos que ha habido han chocado con el temor a la piratería y la timoratez de un sector que da la sensación de que siempre ha pensado que no existe otro modelo de negocio posible que el existente, el de toda la vida. Las iniciativas han chocado con precios exageradamente elevados, catálogos muy restringidos y limitaciones por todos lados. Vamos a ver, caballeros. Si lo llevamos al límite, con un usuario que compre un DVD y lo convierta en un fichero informático, ya puede estar a disposición de cualquiera en el mundo que se lo quiera descargar. De nada vale intentar ponerle puertas al campo, porque las vacas se escurren por los laterales.

Por lo tanto, el poner a disposición de cualquier usuario del mundo, para su descarga legal previo pago de un importe razonable, una película, no marca diferencia significativa, en cuanto a los riesgos de copia, que el vender los DVDs.

Por otra parte, hay algunas webs de descargas ilegales que sí están sacando beneficio económico de ello (claro, sin pagar derechos a nadie). Lo que sí me parece indiscutible es que todo creador tiene derecho a participar de cualquier beneficio económico que produzca su creación (y eso va también por el llamado top manta). El que todo acceso a una creación artística tenga que tener una contraprestación económica podría ser más discutible, y sería objeto de otro debate.
Álex de la Iglesia, Presidente de la Academia
"Sin público, esto no tiene sentido"
(Fuente: cerebro-digital)

Claro que hay que tener en cuenta que muchas de las películas españolas ni siquiera son objeto de descargas ilegales (al menos, en número significativo), es decir, que no tienen (casi) ningún interés para el público en general (salvo familiares, amigos y frikies especialistas). Y eso sí que no tiene remedio, porque las subvenciones no son ninguna solución y, como dijo Álex de la Iglesia en la Gala de los Goya 2011, sin público, esto no tiene sentido. Pero también, por otro lado, algunas películas pueden tener interés mucho más allá de a donde alcanzan los canales de distribución actuales.

En resumen, el sector necesita pensar y diseñar un nuevo modelo de negocio acorde con los tiempos. Pero hay que tener en cuenta que no cualquier creación artística tiene derecho per se a una retribución económica. El público es el rey.

Yo, como ejemplo que no sé si lo soy, sueño con tener acceso a alguna web de descarga legal, por un precio razonable, está claro, de donde pueda descargarme las películas que yo quiera, sabiendo que obtendré la máxima calidad posible y que no me encontraré, al reproducirlas, con dos tíos desnudos zumbando, o con una desconocida recubierta de látex dando zurriagazos a otra desconocida atada y amordazada.

Y, desde luego, yo no pienso comprar ni un DVD más. Ya no me caben.

JMBA

lunes, 14 de febrero de 2011

La Gala de los Goya 25 años

Este domingo por la noche se celebró, esta vez en el Teatro Real de Madrid, la Gala de entrega de los Premios Goya 2011, que celebraba, además, su 25 aniversario, ya que su primera edición se celebró en 1987.
(Fuente: cachecine)

Venía rodeada de morbo, porque el (todavía) actual Presidente de la Academia, Álex de la Iglesia, ya había anunciado su dimisión tras la Gala, por serias diferencias con la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en relación con el tratamiento del tema Internet y el Cine. El morbo quedó servido con la fotografía de ambos, del bracito, en la entrada del Teatro Real.

Como puro espectáculo, la Gala fue digna; Buenafuente estuvo como se esperaba y, como ya viene siendo habitual, duró unos 45 minutos más de lo que estaba previsto, terminando a la una y cuarto de la madrugada.

Desde el punto de vista cinematográfico, la gran triunfadora fue Pa Negre, de Agustí Villaronga, que obtuvo hasta 9 Premios Goya, entre ellos los más importantes de Mejor Película y Mejor Director. Para una película rodada en catalán, y con una difusión comercial, hasta el momento, bastante restringida, no deja de ser una agradable sorpresa.
La Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde,
del brazo de Álex de la Iglesia
(Autor: Juan Medina/REUTERS; Fuente: El País)

Lejos quedaron También la Lluvia, de Iciar Bollain (tres Goyas) y Buried de Rodrigo Cortés, también con tres Premios Goya. La gran perdedora de la noche fue la película del propio Álex de la Iglesia, Balada Triste de Trompeta, que sólo obtuvo dos Goyas técnicos (maquillaje y efectos especiales). Quizá la Academia castigó a Álex por su espantada (creo que muy digna y motivada).

Aparte de esto, algún premio técnico para Lope y el ya consabido de Mejor Actor para Javier Bardem (por Biutíful, de González Iñarritu).

Si dejamos al margen cortometrajes, documentales y películas de animación, incluso en las nominaciones muy poco más había. Todo un año de cine español con solamente 4-5 películas remarcables. Una pobre cosecha para un año malo (otro más) para el cine español.

También se entregó el Goya de Honor por toda una carrera al director cántabro Mario Camus. Entre sus obras, la recordada Los Pájaros de Baden-Baden (1975), o las inolvidables La Colmena (1982) y Los Santos Inocentes (1984), donde virtió a la pantalla nada menos que a Cela y a Delibes. Y hubo un emotivo recuerdo para Luis García Berlanga, fallecido en el último año.

Para mí, lo más interesante de la Gala fue el (breve) discurso del Presidente de la Academia (podéis verlo entero aquí; os lo recomiendo, vale la pena). En poco más de 6 minutos, dejó clara su posición por la que (implícitamente) va a dimitir de su puesto. Defendió que Internet no es el futuro (como algunos creen), sino que Internet es el Presente. Y que Internet será la salvación del cine español. Sin decirlo con todas sus letras, defendió la necesidad de generar un nuevo modelo de negocio para el sector (como yo mismo postulaba recientemente). No se trata de defender la piratería, pero atacarla no puede significar un ataque indiscriminado contra Internet y los internautas (puesto que es un medio que utilizan cientos de millones de personas). Ni puede convertirse en una defensa a ultranza de las salas de cine como único medio para disfrutar de las películas (como defendió Javier Mariscal en su breve intervención).
Álex de la Iglesia, todavía Presidente de la Academia,
durante su breve discurso
(Fuente: cerebro-digital)

Álex de la Iglesia, en poquitos minutos, dijo verdades como puños, que deben hacer reflexionar a la industria (y a la propia Ministra, por supuesto) sobre cuál es su cometido y su misión. Sin público, esto no tiene sentido. Me pareció su discurso un ejercicio de humildad de los que la escena política de este país carece de forma tan dramática. Veremos cómo avanzan las cosas en los próximos tiempos.

La industria del cine español debe salir de ese ensimismamiento en el que lleva postrada demasiado tiempo. No se puede sobrevivir en una espiral constrictiva de proyectos subvencionados que no interesan al público. Está claro que la competencia con la muy poderosa industria cinematográfica estadounidense es dura. Pero no se puede sobrevivir a base de proteccionismos, cuotas de pantalla y pesebrismo del Estado (bueno, del Gobierno). Ganar en esa competencia sólo puede conseguirse a base de proyectos que interesen al público, por el medio que sea. Que lo atraigan a las salas o a las pantallas domésticas. De nuevo, citando a Álex, sin público, esto no tiene sentido.
Belén Rueda, una mujer renacida,
todo elegancia y distinción.
(Fuente: theposhstyle)

Y, finalmente, y como ya es habitual, la ceremonia fue un ejercicio perfecto de endogamia de la profesión. A pesar de que hubo voces que hablaron de hasta 30.000 personas que hacemos cine en este país (Álex de la Iglesia), y se refirieron al talento cinematográfico que hay en esta sala, pero hay mucho más fuera. Si la Gala acaba siendo una especie de catarsis para el sector, bienvenida sea.

Sólo me queda por averiguar quién paga la celebración. Sospecho que el que TVE la retransmitiera en exclusiva significa que, al menos una parte, la pagamos entre todos con nuestros impuestos.

JMBA  

viernes, 4 de junio de 2010

El Guionista

El trabajo del guionista es seguramente de los menos valorados en la cadena de producción cinematográfica.

Sin embargo, de un buen guión es difícil sacar una mala película, y no deja de ser un milagro conseguir una buena película a partir de un mal guión.

Si preguntamos a 100 espectadores por los actores que recuerdan, seguramente saldrán centenares. Si preguntamos por directores, no más de alguna docena, si acaso. Pero si preguntamos por guionistas, seguramente saldrá uno o ninguno.

En el propio cine español ha habido y hay algunos guionistas excelentes, como Rafael Azcona (fallecido hace un par de años), que trabajó con los directores míticos del cine español (como Berlanga, por ejemplo), o Joaquín Oristrell, o los Trueba, o Amenábar, para algunos Almodóvar, o unos pocos más.

El cine es una industria, desde luego. Y lo es porque cuesta mucho dinero poner en pie una película, y por tanto hay que preocuparse de generar dinero luego con su exhibición, venta, reventa, alquiler, o lo que sea que vaya inventando la industria para rentabilizarse a sí misma. O las subvenciones, claro, pero esa es otra historia.

Pero lo es también porque dispone de toda una maquinaria que no puede dejar de funcionar. Y ello provoca que se hagan películas de todo tipo. Usando la clasificación que nos conviene a estos efectos, se hacen algunas películas buenas (de entre las que habrá alguna obra maestra), bastantes peliculitas mediocres, e infinidad de peliculones malos a rabiar.

La industria (hablo en general, no específicamente del cine español) tiene la capacidad de convertir a formato película una historia. Pero la base de cualquier película es la historia, el qué se cuenta, y el cómo se cuenta. Idearla, crearla, desarrollarla en tempo cinematográfico y pulirla es obra del guionista.

Un guionista debe ser un escritor, pero con habilidades especiales. Porque debe ser capaz de imaginar las escenas que permitirán el desarrollo de la historia hasta su culminación. Y ello en un tempo específico, disponiendo de unos recursos que son los propios de esta industria. Con una duración más o menos predefinida, y con unas exigencias de tirón para el público, que vienen obligadas por la necesidad de rentabilidad. Porque la rentabilidad es lo que permite que la industria continúe.

Parece que los guionistas están mal valorados, y, de hecho, hemos visto incluso alguna huelga de ellos en Hollywood, motivada por este hecho.

Entre los directores de cine, los hay directamente mediocres, claro. Pero luego hay muchos que tienen un buen oficio, y son capaces de crear una película interesante a partir de un buen guión. O de salvar con fuegos de artificio una historia mediocre.

Y luego están los que imaginan toda la película en su cabeza, y esta es su criatura casi exclusiva. En el cine español podríamos pensar en Amenábar o Almodóvar, algún Fernando Trueba, Jaume Balagueró, y algunos otros más. O un James Cameron en Hollywood, que ideó Titanic o Avatar casi en su totalidad, y las películas son su obra.

A menudo miramos atrás, y pensamos que antes sí se hacían obras maestras en el cine. Y ello es tan cierto como que todos los años, hoy, aparecen algunas películas que destacan con mucho de las demás. Lo que ocurre es que lo cotidiano nos obliga a estar expuestos a la totalidad de películas que producen las diversas industrias, entre las que abundan las horrendas, nefastas, mediocres, insulsas, y demás adjetivos radicalmente peyorativos.

Mientras que cuando pensamos en los 40' o los 50', las películas que recordamos hoy son SOLO las que fueron excelentes o incluso obras maestras. Todas las mediocridades que produjo la industria en esos tiempos, han sucumbido a la historia, y nadie se acuerda de ellas.

Que hoy recordemos con placer Casablanca, ó En el calor de la noche, ó Belle Epoque, Tesis o las Mujeres al borde de un ataque de nervios, se debe, principalmente, a unos guiones excelentes que se convirtieron en buenas películas por las manos del director y del equipo técnico.

Pero en el principio está el guionista, el que desarrolla una historia y crea unos diálogos que condensan en pocas palabras todas las realidades y todos los sentimientos.

"De los miles de bares de Casablanca, tenía que entrar en el mío" (Humphrey Bogart) ó "Ese es el seminarista, que vuelve al aroma del coño de mis hijas" (Fernando Fernán Gómez en Belle Epoque) ó "Ya me gustaría mentir, pero no puedo. Es lo malo que tiene ser Testigo" (Chus Lampreave en Mujeres al borde de un ataque de nervios).

No se puede decir más con menos palabras. Ese es el arte del guionista.

JMBA