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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Lago di Como

El viernes 2 de Agosto era ya mi último día por el noroeste de Italia, con base de operaciones en Turín. El sábado por la mañana tenía prevista la salida en el coche con dirección a la Provenza y fin de etapa en Aix-en-Provence.
Lago di Como, desde Nesso.
(JMBigas, Agosto 2013)

Como ya había visitado todos los atractivos de Turín que me apetecía conocer, para el viernes preparé sobre la marcha una excursión a la preciosa zona del Lago di Como, al norte de Milán, en zona claramente prealpina.

El Lago de Como es uno de los principales de entre el conjunto de lagos que conforman la zona fronteriza italo-suiza. Tiene una extensión total de 146 kilómetros cuadrados, la forma de una Y griega invertida, con un brazo norte, y dos brazos hacia el sureste y el suroeste. Su máxima longitud es de 46 Km., su elevación sobre el nivel del mar es de 199 metros, y su profundidad media es de 154 metros.

Cualquiera que quiera conocer con cierto detenimiento el entorno del lago de Como debería pensar en buscar alojamiento, por lo menos un par de noches, en sus riberas, donde los hay de todas las categorías y precios, incluyendo algunos hoteles-mansión de Gran Lujo, y modestos hotelitos rurales. Desgraciadamente no era mi caso, pues planifiqué una excursión en el día, desde Turín, y con la idea de regresar a media tarde porque tenía todavía algunas gestiones que realizar ese día.
Terracita sobre el lago, Locanda Tre Rose, en Nesso.
(JMBigas, Agosto 2013)

Por el estupendo sistema de autopistas (de peaje, por supuesto; en total 31,10€ para ida y vuelta) llegué a Como a media mañana. Como (pop. 83.016) está situado en el extremo sur del brazo suroeste del lago, y muy cerca de Chiasso, que es la frontera con Suiza. Crucé la ciudad, en dirección a la carretera SS583, que sigue la ribera este de ese brazo del lago.

La carretera es sinuosa y estrechita, por lo que el trayecto toma su tiempo. Que se merece, por otra parte, porque los paisajes del lago y de las montañas que lo rodean son sobrecogedores.

Seguí mi camino bordeando el lago hasta Nesso. Allí, la terracita de un restaurante, directamente sobre las riberas del lago, llamó mi atención. Como ya era pasado el mediodía, el gusanillo de un almuerzo en tan idílico lugar me venció. La Locanda Tre Rose es uno de esos hotelitos que bordean el lago. Además, tiene un restaurante muy correcto (y bastante económico).

En la zona había facilidad para el aparcamiento del coche (lo que es nada evidente en buena parte del recorrido), que aproveché.
Lago di Como, desde Bellagio.
(JMBigas, Agosto 2013)

Me senté en la terraza, disfrutando de las maravillosas vistas sobre el lago. Vi que publicitaban pescado del lago, y eso me tentó. Me dejé aconsejar, y me sirvieron unos deliciosos filetes de un pescado cuyo nombre no recuerdo. En ese entorno, una copita de vino blanco era absolutamente irrenunciable, por supuesto.

Comí muy a gusto, y aproveché para tomar algunas fotografías del lago, que por esa zona se veía algo cubierto de una cierta neblina o calima

Una de las características del lago de Como es que prácticamente la totalidad de sus riberas están urbanizadas. Lo maravilloso del enclave y de sus paisajes resulta muy atractivo para gentes de todo el mundo. Incluso algunas estrellas de nivel internacional, como George Clooney, tienen casa o mansión en el lago de Como. Concretamente, este actor compró Villa Oleandra, una mansión de quince habitaciones, en Laglio, sobre la orilla oeste del brazo suroeste, bastante cerca de la propia ciudad de Como.

Tras comer muy a gusto, seguí camino por la misma carretera hacia Bellagio. Bellagio (pop. 2.945) está situado justo donde se juntan los tres brazos del lago, y es una de las poblaciones más atractivas en las riberas del Lago di Como. Hacia el norte se divisan ya las primeras cumbres alpinas.
Bellagio, donde se juntan los tres brazos del
Lago di Como.
(JMBigas, Agosto 2013)

Bellagio es un pueblecito boutique, con un fuerte atractivo turístico. El paseo que bordea el lago está espléndidamente decorado, con parterres, flores y esculturas. Y hay infinidad de hoteles y mansiones por la zona.

Dejé el coche en un aparcamiento municipal (a la entrada del pueblo; de pago), y paseé tranquilamente por los pocos cientos de metros que lo separan del centro neurálgico de Bellagio, en el entorno de la estación marítima para los ferries que cruzan el lago. Ese paseo, bordeando prácticamente el agua, es un imperdible para el viajero que visite Bellagio.

Desde la estación marítima hay varios servicios que permiten cruzar a peatones y vehículos hacia las otras riberas del lago, ahorrando muchos kilómetros respecto al itinerario alternativo, siguiendo las carreteras ribereñas. En particular, hay servicios hacia Menaggio (en la orilla oeste, desde donde, circulando hacia el oeste por la SS340, se llega al lago de Lugano, la frontera suiza y la propia ciudad de Lugano) y también hacia Varenna, en la orilla este.
Terrazas de restaurante, directamente sobre el lago de
Como, en Bellagio.
(JMBigas, Agosto 2013)

En el centro de Bellagio hay varios hoteles y bastantes restaurantes, algunos de ellos con terrazas instaladas directamente sobre el agua. Sospecho, eso sí, que bastante menos económicos que mi terracita de Nesso. También, por supuesto, hay varias tiendas que venden productos de artesanía y para regalo, muy dirigidas a los turistas y visitantes. Ese día había también un pequeño mercadillo callejero, donde comprar, por ejemplo, algunos souvenirs (de dudoso gusto, como resulta, desgraciadamente, habitual). Compré allí un pequeño cenicero de recuerdo.

El día era muy caluroso. La chiquita que me lo vendió, como me dirigí a ella en un italiano bastante decidido, se explayó con el calor, e incluso me contó las fatigas que esos días calurosos provocaban en su casa. Supongo que estaba habituada a tratar con extranjeros (ingleses o alemanes, principalmente), y la diferencia le llegó al corazón.

Tras un breve paseo por el centro de Bellagio, seguí camino en el coche por la SS583, descendiendo ahora por la orilla oeste del brazo sureste del lago. Por allí hay pequeñas zonas habilitadas como playas en el lago, que estaban atestadas de bañistas, luchando contra el calor. Por ejemplo, en Oliveto Lario.
Lecco, en el extremo sur del brazo sureste del
Lago di como.
(JMBigas, Agosto 2013)

En el extremo sur de ese brazo del lago está la población de Lecco (pop. 47.791), que limita al este con los llamados Alpes lombardos. De hecho, esa zona del lago se conoce a menudo como Lago di Lecco.

Como quería regresar a Turín con tiempo para realizar algunas compras, tomé ya desde Lecco el camino de vuelta. En resumen, una jornada para disfrutar de los maravillosos paisajes que rodean al Lago di Como, y para anotarse como tarea pendiente una visita más prolongada a la zona en otro momento del futuro.

Cualquier visitante de Milán que disponga de un día libre, debería considerar visitar el Lago di Como. Aunque la mejor opción es disponer de automóvil particular, se puede llegar hasta Como en ferrocarril. Sea a la estación central (Como S. Giovanni), o a la estación Como Nord Lago (en poco más de una hora desde Milano Nord-Cadorna, con frecuencias cada media hora), al lado de la propia orilla del lago. Junto a esa estación hay un servicio de autobuses que permiten llegar hasta Bellagio en algo más de una hora (el servicio C30).

Aparte de las imágenes que he seleccionado para ilustrar este capítulo, podéis acceder a una completa colección de 50 fotografías sobre el Lago di Como, pinchando en la siguiente imagen.

Lago di Como


También podéis ver este breve vídeo con imágenes de mi excursión.



JMBA

lunes, 4 de noviembre de 2013

Cinque Terre

Para mi estancia por el noroeste de Italia, con centro de operaciones en Turín, había previsto para el jueves 1º de Agosto una excursión para visitar Cinque Terre.
El tren regional en Génova Nervi. Yo ya llevaba más de
180 kilómetros de viaje en coche desde Turín.
(JMBigas, Agosto 2013)

Se conoce como Cinque Terre (Cinco Tierras, en castellano), a un conjunto de cinco pueblecitos de la Riviera Ligure, en la Provincia de La Spezia. bañados por el Mar de la Liguria. En esta zona, la fachada marítima es extremadamente escarpada, y las laderas están organizadas en terrazas para facilitar la posibilidad de algún tipo de agricultura.

En general, la costa de Cinque Terre está orientada hacia el sudoeste. Los cinco pueblos que la componen, de Oeste a Este, son: Monterosso (al Mare), Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. En 1997, Cinque Terre, junto con Portovenere (algo más al este) y algunas islas próximas, fueron declarados Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. En 1999, además, se constituyó el Parco Nazionale delle Cinque Terre.

Visitar Cinque Terre no es demasiado evidente, dado lo agreste del terreno. Cerca del nivel del mar discurre una línea ferroviaria, que une Genova con La Spezia, formada por una sucesión de túneles para salvar los sucesivos acantilados.

Por lo alto de la montaña circula la Autopista costera (de peaje), que es una sucesión de túneles y viaductos. Desde ella se despeñan algunas desviaciones para acceder a los diversos pueblos. Pero en la mayor parte de los cascos urbanos de los pueblos de Cinque Terre no es posible la circulación de vehículos, o simplemente no se permite. Hay algunos aparcamientos disuasorios, para dejar los coches y seguir el camino descendente a pie, hasta el nivel del mar.
Parada en Framura, uno más de los pueblecitos
costeros de la Liguria.
(JMBigas, Agosto 2013)

En conjunto, Cinque Terre es un dédalo de grandes pendientes que, en su mayoría hay que recorrer a pie, para lo que hace falta un buen fuelle pulmonar y piernas resistentes.

Tras analizar la orografía de la zona, decidí realizar la última aproximación en tren que, por lo menos, discurre próximo al nivel del mar, desde donde se tienen las mejores vistas de esos pueblos colgados de la montaña.

Desde Turín, hay algunos trenes que circulan hacia Génova y La Spezia, con parada en los pueblos de Cinque Terre. Pero se eternizan en el camino, por lo que decidí realizar parte del trayecto, hasta la estación de Génova Nervi (la más oriental de la ciudad), en coche desde Turín, por el buen sistema de autopistas de la zona (todas de peaje, por supuesto). Después de la visita, pienso que, posiblemente, sea una opción mejor ir en coche hasta Levanto, que es el pueblo grande más próximo a Cinque Terre. Pero ignoro si hay facilidades para dejar allí el coche. Otra alternativa (cuyos detalles desconozco) sería tomar el tren en La Spezia Centrale, desde donde se llega a Riomaggiore en solamente ocho minutos. En Génova Nervi sí hay un aparcamiento (de pago), que es, prácticamente, un descampado junto a la estación, con una barrera de acceso, y cajeros automáticos para pagar la tarifa. Acabé pagando 18€ por dejar allí el coche todo el día.
Barecito de la estación de Monterosso, asomado
directamente sobre el mar de la Liguria.
(JMBigas, Agosto 2013)

Desde allí hay servicios frecuentes hacia La Spezia (con paradas en Cinque Terre), por lo menos uno cada hora, y en algunas franjas horarias, algo más. En verano, la frecuencia es mayor, pues hay bastante tráfico de viajeros que buscan un día de playa por la zona. Tras revisar los horarios, mi objetivo era coger en Génova Nervi un tren alrededor de las nueve y veinte de la mañana. El Plan B, en caso de retraso, era otro tren más o menos una hora más tarde.

Decidí salir de Turín a las siete y media de la mañana, contando con un trayecto del orden de una hora y media hasta Génova Nervi. Todo fue sobre ruedas hasta las cercanías de Génova. La complicada orografía de la ciudad provoca que las autopistas sean a menudo el único recurso viable incluso para trayectos locales. Lo que acaba provocando unos atascos monumentales, especialmente en las horas punta de la mañana y de la tarde. Todo coincidió para que cruzar Génova me supusiera un retraso del orden de la media hora.
Túnel peatonal antre la estación y el pueblo,
en Riomaggiore.
(JMBigas, Agosto 2013)

Localizar la estación de Génova Nervi tampoco fue nada evidente. Me costó una aproximación primero, pasarme de frenada hasta Bogliasco (el primer pueblo tras abandonar Génova), y luego vuelta atrás, preguntando varias veces hasta que conseguí llegar a la estación ferroviaria prácticamente a las diez de la mañana. Tenía que poner en marcha el Plan B.

Aparqué el coche en el parking anexo, y entré en el (pequeño) edificio de la estación, donde compré un billete regional de ida y vuelta hasta Riomaggiore, el pueblo más al este de las Cinque Terre. Aunque tenía la intención de realizar el trayecto de vuelta desde Riomaggiore hasta Monterosso por mar, preferí comprar el billete completo, para evitar problemas más adelante.

El billete lo compré en un terminal de autoservicio, con pago por tarjeta (de débito o crédito) con chip y PIN para validar. Me entretuvo varios minutos la maquinita, porque se empeñó en darme los horarios detallados de los siguientes trenes que pasarían por allí con destino a Riomaggiore, en las horas siguientes.
Calle principal de Riomaggiore.
(JMBigas, Agosto 2013)

Esperé unos minutos por allí hasta que llegó mi tren, que era bastante largo e iba bastante lleno de viajeros, principalmente con apariencia playera. Conseguí un asiento en el piso superior y me acomodé para ver desfilar el precioso paisaje de la costa de Liguria: Santa Margherita Ligure, Rapallo, Sestri Levante...

Cuando llegó el revisor, yo exhibí el flamante billete que acababa de comprar en Génova Nervi. Se lo miró del derecho y del revés, y me dijo que no lo había validado, como era mi obligación. Me había liado la maquinita de la estación, con su empeño en darme los horarios detallados de todos los trenes que pararían en mi destino, y había olvidado un hecho importante y básico: el billete para Tren Regional lleva impreso que tiene una validez de DOS MESES, por lo que es imprescindible, para evitar el fraude, validarlo en una de las muchas maquinitas dispersas por los andenes de las estaciones, de modo que conste que ya lo has utilizado y no pueda reutilizarse en otro viaje durante su período de validez. Me olvidé por completo de ello.
Camino costero peatonal, en Riomaggiore.
(JMBigas, Agosto 2013)

Allí empezó una larga conversación con el revisor, donde tuve ocasión de practicar, de nuevo, mi italiano. Su posición, legal y razonable por otra parte (aunque inadvertidamente, yo estaba efectivamente viajando de modo irregular), era que cualquier viajero que monta en un tren regional sin validar previamente su billete en la estación, debe buscar activamente al revisor en el tren, para indicarle ese hecho, y pagar, además, una pequeña sanción de 5€. Pero si el viajero se acomoda en un asiento, eso significa que ya está cometiendo un fraude, y se hace acreedor a una multa de 50€.

Intenté todos los cuentos de la lástima imaginables, que yo era un turista, que no conocía el modo de proceder, que era un olvido y no un fraude, que era mi primer viaje en la vida en un tren regional italiano, que no había visto las maquinitas para validar, que si le pagaba la multa no podría comer en dos días, etc. etc.

La posición del revisor era inamovible, especialmente porque había muchos testigos de que yo estaba viajando, aunque fuera contra mi voluntad, de modo irregular. Me mostró su carnet profesional, donde se describe su actividad como de represión del fraude, y que no podía hacer excepciones, porque supondría un peligroso precedente, y él estaría faltando a su obligación.
El pueblecito de Riomaggiore, colgado de la montaña.
Pena del andamiaje...
(JMBigas, Agosto 2013)

Tras más de diez minutos intentándolo, vi que no había otro remedio razonable para todos que pagar la multa de 50€ y así lo hice. A pesar de todo, hice una buena amistad con el revisor, que llegó a recomendarme comer en un restaurante cerca de la estación de Riomaggiore, en lugar del centro del pueblo, porque se comía mucho mejor y más barato, porque el centro es para turistas.

En fin, aprendí una lección a base de pagar 50€ de sanción. Creo que nunca más me olvidaré de validar mi billete antes de montar en el tren, en cualquier lugar del mundo.

Siguieron desfilando los pueblecitos de la costa (Deiva Marina, Framura,...) hasta que llegamos a Levanto, algo más grande. Y luego ya nos metimos en la zona de Cinque Terre, donde la estación de cada uno de los pueblos es poco más que un reducido paréntesis en los innumerables túneles que jalonan la ruta.

Había decidido ir en el tren hasta el último (Riomaggiore), y allí descendí del tren. También descendió el revisor, que me saludó desde la lejanía, con un leve encogimiento de hombros, que me transmitía su solidaridad y simpatía, pero que no había tenido más remedio que aplicarme la sanción.
Barcas atracadas en Riomaggiore.
(JMBigas, Agosto 2013)

Desde la estación de Riomaggiore (con túneles ferroviarios en sus dos extremos) ya se divisan las características construcciones del pueblo, colgadas de la montaña.

Para acceder al centro del pueblo desde la estación hay que recorrer un túnel peatonal, para salvar una colina más. Eso es muy habitual, porque, por la tarde de ese mismo día, tuve que recorrer otro túnel peatonal en Monterosso al Mare.

Riomaggiore es el pueblo más oriental de Cinque Terre. Ya había pasado ampliamente el mediodía, y el madrugón (el viaje, la multa,...) me habían abierto el apetito. Por ello, mis ojos se fueron a una Trattoria con terracita exterior, en el centro del pueblo. Cualquier movimiento a pie en Riomaggiore implica o subir o bajar. A la salida del túnel de la estación, se puede tomar la calle principal (hacia arriba, por supuesto), o unas escaleras (de bajada), para acceder a la fachada marítima.

Me senté en la terraza de la Trattoria La Grotta, dispuesto a tomar un cómodo almuerzo. Me dejé aconsejar, y tomé una fritura de pescado de la zona, que estaba deliciosa, acompañada de agua mineral y, por supuesto, un vino blanco Tobiolo, elaborado en Cinque Terre. Completé la comida con algunos quesos de la zona, y ya pude abordar una tarde que prometía bastantes emociones.
Preparados para embarcar desde las rocas,
en Riomaggiore.
(JMBigas, Agosto 2013)

Por Internet, previamente, había averiguado que, por lo menos durante el verano, hay un servicio de barcos turísticos que, desde Portovenere (algo al este de Riomaggiore), recorre la costa, con parada en alguno de los pueblos de Cinque Terre. Pregunté por este servicio en el propio restaurante, y me indicaron que, bajando las escaleras hacia el mar, luego debía subir por un angosto camino costero, hasta una pequeña explanada donde había una taquilla en la que podría comprar el correspondiente billete.

Hacia allí me dirigí, no sin demorarme (y tomar bastantes fotografías) en las preciosas vistas del pueblo colgado de los acantilados, de la mínima playa y del pequeño puertecito con algunas barcas.

No eran todavía las dos de la tarde, y el siguiente servicio desde Riomaggiore hasta Monterosso (al Mare), con paradas en Manarola y Vernazza, saldría de Riomaggiore a las 14.35 horas, por lo que la taquilla, cuando llegué, estaba todavía cerrada. Eso me dio ocasión de tomar una copita de vino blanco de las Cinque Terre en una terracita colgada sobre el mar.
Riomaggiore, desde el mar.
(JMBigas, Agosto 2013)

Un rato más tarde abrió la taquilla, y pude comprar, por 8€, un billete de sólo ida hasta Monterosso (al Mare). El siguiente paso de la gymkana fue aproximarse a la zona de embarque. Llamémoslo así, porque muelle o embarcadero como tal no lo hay en esos pueblecitos. Por unos escalones tallados en el propio acantilado, fuimos bajando todos los viajeros hasta el nivel del mar, junto a unas peñas bañadas por el agua, que actuaban de punto de embarque.

A los pocos minutos llegó el barco, que había salido de Portovenere una media hora antes. Allí hubo una maniobra de desembarque de algunos viajeros, y embarque de otros, que se realizó gracias a la mejor voluntad de todo el mundo, porque dos filas que se mueven en sentido contrario por un mínimo sendero escarpado con algunos escalones, no es la situación ideal de la máxima comodidad. Pero, al final, conseguimos embarcar los que así lo pretendíamos, y se inició la travesía.

Las vistas de la costa y los pueblecitos desde el mar son de puro infarto, la imagen que todos podemos llevar en el alma de lo que nos puede esperar en Cinque Terre. Desde luego, yo recomendaría a todo viajero que visite Cinque Terre que no deje de disfrutar de las vistas desde el mar, en uno de los barcos turísticos, o en una barca o barco privado, si se lo puede permitir y tiene ocasión. Perdérselo sería pecado mortal.
Manarola, en lo alto de la montaña, desde el mar.
(JMBigas, Agosto 2013)

El trayecto completo hasta Monterosso no dura más de unos treinta y cinco minutos. Las dos paradas en Manarola y Vernazza nos permitieron unas vistas maravillosas de esos pueblos, de nuevo con grandes pendientes y colgando las edificaciones del acantilado. Los embarques (y desembarques) en ambos pueblos se realiza de la mejor forma que se pueda, pues los puntos de atraque son prácticamente improvisados y requieren del viajero llegar hasta ellos por empinados y angostos senderos costeros.

Finalmente llegamos a Monterosso al Mare, el mayor de los pueblos de las Cinque Terre. Allí sí hay un modesto muelle (al oeste de la playa principal del centro del pueblo), donde el desembarque puede producirse en unas condiciones algo más cómodas.

Acceder a la estación de ferrocarril de Monterosso (de la que se ha caído el calificativo de al Mare), hay que cruzar por un túnel peatonal, que desemboca en la zona occidental del pueblo, conocida como Fegina, que es un área de expansión, con más playas y alguna circulación de vehículos.
Desembarque en Vernazza.
(JMBigas, Agosto 2013)

Había previsto tomar un tren de vuelta a Génova Nervi a, más o menos, las cuatro y cuarto de la tarde. Como tenía algo de tiempo, aproveché para beber una botellita de agua (el día era muy caluroso) y comprar otra para el viaje de algo más de hora y media hasta mi destino.

Desde el que podríamos llamar paseo marítimo de Fegina, el edificio de la estación no es distinguible. Tras preguntar a algún local, me indicaron el portal de un edificio (que podría haber sido una casa de vecinos). Había que subir por la escalera y, en el nivel superior, uno ya se encuentra el pequeño vestíbulo de la estación, el barecito con vistas al mar, los andenes y las vías.

Mi tren, que procedía de La Spezia Centrale, con destino a Torino Porta Nuova (aunque yo debía bajarme en Génova Nervi, para seguir viaje en el coche), traía algo de retraso, que acabaron siendo unos veinte minutos. Lo que me permitió ver pasar varios trenes (de viajeros y también de mercancías), en ambos sentidos, sin detenerse en Monterosso.
Monterosso al Mare, el pueblo más grande y
occidental de las Cinque Terre.
(JMBigas, Agosto 2013)

Por supuesto, validé mi billete de vuelta (creo que hasta varias veces, no fuera caso...) y esperé pacientemente en el andén, hasta que llegó el tren. Venía bastante lleno de familias y grupos que venían de un día de playa y volvían hacia la ciudad. Conseguí encontrar un asiento junto a un grupo familiar formado por dos mujeres, un joven (de unos dieciocho años), dos chiquitas de unos catorce, y una niña de cinco o seis. En algún momento intenté entablar conversación, pero resultó que no eran italianos (sospecho que serían más bien rumanos o de algún lugar de la Europa del Este).

Pasadas ya las seis de la tarde, llegamos a Génova Nervi, donde bajé del tren, recogí mi coche en el aparcamiento y deshice el trayecto de la mañana, en dirección a Turín. La distancia hasta Turín es de unos 180 kilómetros.

Al final, acabé pagando 30,80€ por el total de los peajes de la autopista (ida y vuelta), y 13,60€ por el billete de tren (ida y vuelta) de Génova Nervi a Riomaggiore. Más la gasolina, los 18€ del aparcamiento, y los 50€ de la multa en el tren. Bueno, una jornada costosa, pero que mereció la pena, desde luego.
Playa en Fegina, en la zona de la estación ferroviaria
de Monterosso (al Mare).
(JMBigas, Agosto 2013)

Para cualquiera a quien le guste andar por senderos costeros, subiendo y bajando por los acantilados y la montaña, la recomendación es dedicarle a la zona algunos días. En todos los pueblos de Cinque Terre hay alojamientos de diversas categorías, aunque en plena temporada de verano pueden acabar siendo bastante caros. La zona da de sí para varios días de excursiones a pie por paisajes de infarto.

Yo me llevé la que creo es la vista más impresionante de las Cinque Terre: desde el mar. Más una sanción en el tren y una buena amistad con el revisor que, a pesar de todo, se sintió incómodo por tener que multarme.

Llegué a mi hotel en Turín pasadas las ocho de la tarde, y me fui directamente a cenar a un pequeño restaurantito familiar muy cerca del hotel, el Airone, en la via Umberto Ratazzi.

Para el viernes había previsto una excursión al Lago di Como, otra zona de paisajes que quitan el aliento. Pero esa ya fue otra historia, y será objeto del último capítulo de este viaje por el noroeste de Italia.

Aparte de las fotografías que he seleccionado para ilustrar este artículo, podéis acceder a una completa colección de 58 instantáneas de la excursión, pinchando en la fotografía del pueblo de Riomaggiore.


Asimismo, os invito a ver este breve vídeo (menos de tres minutos) de la excursión marítima, que realmente vale la pena.



JMBA

martes, 22 de octubre de 2013

Excursión a Milán

Ese miércoles 31 de Julio me levanté pronto en el hotel de Turín donde estaba residiendo desde el lunes. Tenía planificada para ese día una excursión ferroviaria, en el tren de alta velocidad Frecciarossa, para visitar la ciudad de Milán. Había estado en Milán varias veces con anterioridad, pero hacía mucho tiempo que no la visitada y me apetecía verla de nuevo, así como probar el servicio de Alta Velocidad en Italia.
Duomo de Milán. La postal de la ciudad.
(JMBigas, Julio 2013)

La línea del ferrocarril de Alta Velocidad recorre la espina dorsal de Italia. Partiendo de Turín, recorre Milán, Bolonia, Florencia, Roma, Nápoles y hasta Salerno, en el profundo sur.

Mi tren salía de la estación central de Turín, Torino Porta Nuova, su punto de origen, a las 8.23 de la mañana. Tenía que llegar a la estación de Milano Porta Garibaldi a las 9.16. El tren tenía su destino final en Roma Termini. Por Internet había conseguido un billete a muy buen precio, para ida y vuelta en clase Business Silenzio por 38€. Esta clase, la más lujosa del tren, supone un comodísimo asiento de cuero y la relativa garantía de no tener que tragarse las conversaciones ajenas por el móvil. Aparte de prensa gratuita.

La estación de Torino Porta Nuova es enorme y de hecho es la tercera por tráfico de viajeros de toda Italia, tras las de Roma Termini y Milano Centrale. Para mi desgracia, parece ser el sino de todo viajero, este año estaba absolutamente recubierta de andamios para una reconstrucción de la arquitectura monumental que tiene la estación.

En el trayecto de ida hacia Milán, por la mañana, todo funcionó a la perfección y con total puntualidad. Tras recorrer los casi ciento cincuenta kilómetros que separan Turín de Milán, acabamos llegando a la estación pasante de Milano Porta Garibaldi a la hora prevista. Os ofrezco un breve vídeo bastante ilustrativo, que tomé durante el trayecto.


Lo primero que hice al llegar a Milán fue comprar, por 4,50€, un billete diario para el transporte público, que me permitió utilizar, durante toda la jornada y con total libertad autobuses, tranvías, o alguna de las varias líneas de Metro con que cuenta la ciudad.

Primero tomé el Metro para ir a la estación central, Milano Centrale. Tenía ganas de verla de nuevo, porque mi recuerdo se limitaba a las épocas estudiantiles del Inter Rail, hace ya varias décadas. Tras varias renovaciones, sigue conservando su monumentalidad, y las bóvedas metálicas sobre las playas de vías siguen siendo impresionantes.
El Frecciarossa de Alta Velocidad, estacionado en
Torino Porta Nuova.
(JMBigas, Julio 2013)

Allí me preocupé de localizar la Oficina de Turismo para conseguir un mapa turístico de la ciudad (gratuito) con el que poder moverme durante todo al día sin problemas por la ciudad. No resultó fácil y tuve que acabar preguntando al personal de seguridad, porque los paneles informativos lo eran bastante poco.

Previamente al viaje, había buceado bastante por Internet y tenía muchas ganas de conocer algo de Milán que es poco conocido y muy poco visitado por el turista normal. Aunque parezca mentira, Milán tiene algunos canales, lo que en italiano llaman un Naviglio. Al sur de la ciudad, cerca de la estación de Porta Génova, están los dos Naviglios principales de Milán. El más importante es el Naviglio Grande y casi en paralelo discurre el llamado Naviglio Pavese. Los dos se juntan en la llamada Dársena, que es como una laguna de tamaño medio que, en tiempos, fue el puerto de la ciudad.

Viajé en el Metro hasta Porta Génova y desde allí, a pie, por la Vía Vigevano, hasta la Dársena. Esta calle tiene el atractivo de ser una vía principal pero fuera de lo que es el casco histórico de la ciudad, lo que llamaríamos una calle de barrio. Por ello resulta muy interesante el tipo de establecimientos comerciales que hay en ella, así como las diversas instalaciones que la jalonan. En concreto, resulta interesante de ver el sistema de iluminación de la calle, en base a faroles colgados de cables que cruzan de casa en casa.
Restaurantes flotantes en el Naviglio Pavese.
(JMBigas, Julio 2013)

La Dársena no tiene nada de especial, aunque sí se podían ver algunas barcas cubiertas con lonas, así como algunos patos retozando por las riberas. Casi parece una laguna abandonada a su suerte. En el Naviglio Pavese, eso sí, abundan los restaurantes flotantes.

Por esa zona tuve ocasión de ver un establecimiento muy curioso, en forma de quiosco, que servía al público comida en base a pescado, no sé muy bien si frito o cocinado de alguna otra forma. Bueno, un estilo de fast food mediterráneo, diferente de las tendencias imperantes, principalmente de procedencia norteamericana.

Al lado de la Dársena está la Plaza 24 de mayo (en conmemoración de la fecha de 1915 en la que Italia entró en la Primera Guerra Mundial), con la monumental Porta Ticinese en su centro. 

Allí tomé un tranvía que seguía una ruta periférica por los bulevares, hasta la Piazza Reppublica. Allí tomé de nuevo el Metro para llegar hasta la Piazza Duomo, donde está la famosa catedral de Milán, Il Duomo. Esta plaza es el centro neurálgico de la ciudad, y el destino de casi el 100% de los visitantes en Milán.

El día era muy caluroso, y el Sol batía con dureza en la plaza, sin ninguna sombra donde guarecerse. Sin embargo, había un tráfico incesante de peatones en todas direcciones. De una parte, los innumerables turistas y viajeros: en solitario, en pequeños grupos o en manadas numerosas, con guía acompañante. Pero todos ellos no paraban de hacerse fotos con la majestuosa Catedral de fondo. Pero también pasan por ahí los propios habitantes de la ciudad que acuden al centro de la ciudad para los más diversos menesteres.
Gran arco de acceso a las Galerías Vittorio Emanuele II.
(JMBigas, Julio 2013)

La plaza, que es muy grande en extensión, es casi completamente peatonal. Aunque, insisto, en Italia si no hay un muro, se puede pasar. Presidiendo la plaza está la Catedral, de un estilo muy característico, que habitualmente se conoce como barroco lombardo. En uno de los laterales de la plaza está el gran arco que da acceso a las Galerías Comerciales Vittorio Emanuele II. Allí están, probablemente, los restaurantes y comercios más caros de la ciudad, para disfrute casi exclusivo de los visitantes con buen poder adquisitivo. Aunque pasear es gratis, por supuesto.

En uno de los cafés que rodean la plaza aproveché para tomar una cervecita muy fría, que me refrescó un poco de los sudores de ese día muy caluroso de finales de Julio.

Una de las curiosidades que me sorprendió al salir desde el Metro a la superficie de la Plaza fue ver una pantalla gigante de televisión, situada en uno de los laterales del Duomo, emitiendo publicidad non-stop. Un panel informa de que la publicidad contribuye a la restauración arquitectónica de la Catedral. Por supuesto.
A la izquierda se puede observar la pantalla gigante
 de televisión, emitiendo publicidad.
(JMBigas, Julio 2013)

La visita al interior del Duomo es gratuita, pero hay que seguir una cola para pasar un control de seguridad, donde revisan las mochilas y bultos que transportan los visitantes. Me puse respetuosamente en la cola hasta que conseguí entrar al Duomo, en poco menos de diez minutos.

El interior de la Catedral parecía, casi, un mercado, por lo bullicioso. Con multitud de visitantes hablando entre sí y haciendo fotos. Y un curioso mostrador, junto a la entrada, que vendía unas pulseritas de papel, por 2€.

Como vi que había varias chicas, al servicio del Duomo, merodeando por el interior del templo, le pregunté a una de ellas, en mi italiano aprendido durante la estancia en FIAT en 1978, el sentido de esas pulseras. Curiosamente, la chica me respondió en perfecto castellano. No pude resistirme a preguntarle cómo había averiguado que yo era español. Su respuesta me sorprendió todavía más. Según ella, mi forma de hablar le recordaba a la del Papa Francisco, argentino, como todos sabéis. Lo que, junto a mis evidentes orondeces, me valió el sobrenombre de Il Papa durante mi visita al Duomo.

Resultó ser que está prohibido tomar fotografías o vídeos en el interior de la Catedral. Excepto si se compra una de esas pulseras de papel, por 2€, que habilita para hacer (casi), lo que uno quiera, incluyendo fotos con flash y demás. La misión de esas chicas era perseguir a los visitantes que estuvieran tomando fotografías sin la pulserita de marras (il braccialetto), para llevarles al mostrador donde debían retratarse.
Estatua de San Bartolomeo scorticato, en el interior
del Duomo de Milán.
(JMBigas, Julio 2013)

A pesar de todo el despliegue, la mayoría de fotografías que realicé en el interior del Duomo salieron bastante mal, sea por falta de iluminación o porque salieron algo movidas. No tengo claro si el llevar esa (horrorosa) pulserita tuvo algo que ver.

Sabía que era posible subir a alguna de las terrazas de la Catedral para tener una visión elevada de la Piazza y los alrededores. En todo caso, previa adquisición de una entrada, se podía subir a pie por las escaleras, o en un ascensor, que se toma en uno de los laterales de la Catedral. Como ya estaba suficientemente sudoroso, escogí la opción del ascensor. Por 12€ (una exageración), tomé el ascensor, eso sí, sin guardar apenas ninguna cola de espera. 

Me pareció que el recorrido del ascensor era bastante corto y, efectivamente, el resultado fue bastante decepcionante. La terraza a la que se tenía acceso no era en la zona más elevada de la catedral sino que era más bien como un patio trasero a unos cuarenta metros por encima del nivel de la plaza. Desde ella no se tenía una visión periférica, sino sólo hacia la parte de atrás del Duomo.
La estatua dorada de la Madonnina, en lo más
alto de la Catedral de Milán.
(JMBigas, Julio 2013)

Desde esa especie de patio o terracita se tenía visibilidad cercana de una zona de pináculos y estatuas, se veía la plaza trasera del Duomo (no la gran Piazza), así como una terraza festiva en un edificio colindante, donde a esa hora estaban sirviendo cócteles y comidas. El lugar no daba mucho más de sí, aunque conseguí que una parejita de rusos me hicieran una foto para tener constancia de los doce euros gastados.

Bajé de nuevo en el ascensor y ya me estaba apretando el hambre, serían las dos de la tarde. Pregunté si había un servicio en la Catedral (otra urgencia más prioritaria), pero una de las chicas me indicó un complejo de restauración junto a las Galerías Vittorio Emanuele II, y me dijo que en la planta sótano había allí un servicio público. Aproveché para ver las opciones de comida que ofrecían en los diversos establecimientos, pero no me convencieron. 

Salí de nuevo a la Plaza y anduve por una de las calles laterales hasta que localicé un restaurante con muy buen aspecto, el Café Royal, donde, además de comer bien (nada barato, eso sí), pude descansar en una deliciosa terraza en la Via Agnello.
Sudoroso, en la terraza trasera del Duomo,
al que se puede acceder en ascensor.
(JMBigas, Julio 2013)

Una vez escogido tan selecto restaurante, ya resultaba inevitable ceder un poco a la tentación gourmet. Escogí una excelente carne (un filetto), acompañado de un Rosso di Montalcino muy agradable. El camarero que me atendió, un apuesto rubio como sacado de una revista de moda, no paró de darme conversación, lo que me permitió practicar un poco más mi bastante oxidado italiano. En conjunto, la pausa me permitió prepararme para las diversas caminatas que tenía previstas para por la tarde, hasta la hora de tomar el tren de vuelta a Turín.

Tras un reconfortante café, reinicié la marcha. Me metí por las Galerías Vittorio Emanuele II, disfrutando, aparte de la monumentalidad de la arquitectura, de las maravillosas bóvedas que las cubren. Es curioso destacar que, en la parte alta de los arcos de acceso, hay unas redes que intentan evitar que los pájaros vuelen por su interior. Hay bastantes comercios de la gama alta, y varios cafés y restaurantes, donde comer o tomar algo es, en sí mismo, un souvenir. A precio de souvenir, por supuesto. A título de ejemplo, basta decir que en la carta del Biffi se puede ver que una simple Cotoletta Milanese (el escalope de toda la vida), sin guarnición (que se pide y cobra aparte) cuesta casi 30 euros.

Al otro extremo de las Galerías (que realmente tienen forma de cruz, con otras salidas) se sale a la Piazza della Scala. Esta plaza, de mucho menor tamaño que la del Duomo, se caracteriza por estar presidida en su centro por una estatua dedicada al genial Leonardo da Vinci, y en uno de sus laterales está uno de los escenarios operísticos más famosos del mundo: il Teatro alla Scala.
Teatro alla Scala, en la plaza del mismo nombre.
(JMBigas, Julio 2013)

Desde allí tomé la Vía Giuseppe Verdi, que discurre por el lateral de la Scala. Pasé por delante del santuario milanés dedicado a San Giuseppe (otro buen ejemplo del barroco lombardo) y seguí adelante hacia la Vía Brera, donde está una de las pinacotecas más famosas de la ciudad. Por allí se pueden ver algunos comercios muy singulares, ya que está en el área de influencia de lo que se conoce como el Triángulo de la Moda o el triángulo de oro de los profesionales de la moda en Milán. En particular, me chocó un establecimiento que se anunciaba como Bar de Perfumes, u Olfatorio.

Palazzi de diversas épocas jalonan esta ruta. A pesar de ser una calle bastante estrecha, la via Brera aporta mucha monumentalidad.

Tomé a continuación por la Via del'Orso, en dirección a la estación de Metro de Montenapoleone, en el corazón del Triángulo de la Moda. En el Metro viajé hasta la estación de Cairoli Castello, junto a la Piazza Castello, y frente al sólido Castello Sforzesco. Ya era media tarde y, aparte del cansancio acumulado durante la jornada, no tenía especiales ganas de visitar el Castillo, que, por otra parte no tiene tampoco grandes cosas que ofrecer, aparte de su arquitectura feudal contundente.
El Castello Sforzesco, de contundente arquitectura.
(JMBigas, Julio 2013)

En un kiosko junto a la salida del Metro, tomé un vasito de granizado de limón (granita di lemone), que me refrescó lo suficiente para recuperar las fuerzas. Lo que resultaba más curioso es que, en esa zona, estaban emplazados dos gigantes estrafalarios, de cartón piedra, a los que llaman Enolo y Fornaro, que serían una especie de mascotas que anticipan la celebración de la Expo Milano 2015.

Tras tomar algunas fotografías del exterior del Castello Sforzesco, tomé el Metro hacia la última visita que tenía prevista para esa jornada en Milán. Viajé hasta la estación de Loreto, en el piazzale del mismo nombre, al norte de la ciudad. De Loreto hacia el sur se desarrollan los 1.200 metros de longitud del Corso Buenos Aires. Esta avenida, en toda su longitud, y en las calles aledañas, está atestada de varios centenares de comercios normales (para las clases medias y populares), y es una de las zonas de la ciudad a donde acuden los habitantes de Milán para realizar sus compras habituales. Nada que ver con los comercios altos de gama de las Galerías Vittorio Emanuele II, o las excentricidades del Triángulo de la Moda. Entre otras tiendas de todos los tipos, allí se pueden ver los establecimientos de las cadenas más populares de moda y demás.
Enolo y Fornaro, gigantes de cartón piedra, mascotas
de la Expo Milán 2015.
(JMBigas, Julio 2013)

Recorrí una parte del Corso, en las inmediaciones de Loreto, pero ya estaba bastante fatigado de rondar todo el día desde las seis de la mañana en que me había levantado en el hotel de Turín, y localicé un café con una terracita refrigerada, donde tomar a gusto una cerveza fresquita de media tarde, con algunos snacks para picar.

Desde allí volví al Metro en Piazzale Loreto, y me dirigí directamente a la estación de Milano Porta Garibaldi, donde debía tomar, algo después de las siete de la tarde, el tren Frecciarossa que debía devolverme a Turín y a mi hotel.

La gran sorpresa al llegar a la estación fue ver cómo el Frecciarossa que debía salir una hora antes del que yo tenía reservado, tenía previsto un retraso de ciento sesenta minutos (casi tres horas, hablando en plata). Faltaba una media hora para la salida de mi tren, pero no estaba ni siquiera anunciado en los paneles luminosos, por lo que me temí lo peor, en forma de retraso monumental.
Piazzale Loreto, en el extremo norte del
Corso Buenos Aires.
(JMBigas, Julio 2013)

Por megafonía iban repitiendo la información sobre el retraso enorme de ese Frecciarossa, que provenía de Salerno. Según parece, habían tenido problemas policiales o judiciales. Uno de los viajeros estaba buscado por los Carabinieri, y el tren debió vivir escenas de persecución policial, o cosa del género.

Al más puro estilo italiano, rápidamente se formaron corros de viajeros que, como yo, teníamos reserva en el Frecciarossa de las siete y pico. Una ejecutiva de media edad, que parecía avezada en esas lides, se movilizó para informarse, y trajo la noticia de que nuestro tren llevaba un pequeño retraso, pero sólo del orden de los quince minutos.

Al final, casi ya a la hora en que debía salir nuestro tren en dirección a Turín, indicaron en el panel principal la vía por la que iba circular el tren, que en este caso procedía de Roma Termini. Ya en el andén, atestado de viajeros, seguía la confusión, porque el tren no paraba en Milán más que algunos minutos, pero no estaba claramente identificado en ninguna parte la disposición de los vagones. La gente no tenía claro en qué dirección moverse, para estar mejor preparados para abordar el tren en el coche adecuado. Todo el mundo especulaba sobre en qué dirección debía circular el tren, y deducir de ello que su vagón debía estar hacia el principio o hacia el final.
Corso Buenos Aires. 1.200 metros de comercios populares.
(JMBigas, Julio 2013)

Así, perdidos en especulaciones prácticamente estériles, pasamos la casi media hora que tardó en aparecer nuestro flamante tren. Casi por casualidad, conseguí situarme en el enclave idóneo del andén, de modo que la puerta de mi coche paró frente a mí. El trayecto hasta Torino Porta Susa y, finalmente, Torino Porta Nuova no tuvo ningún incidente más. Pero el retraso de media hora se mantuvo hasta la llegada a la estación terminal.

Como el hotel estaba muy cerca de la estación, subí un momento a la habitación a dejar las cosas, y bajé a continuación para buscar un restaurante en las inmediaciones donde cenar una buena pizza calentita, que es lo que me apetecía después de la excelente carne del almuerzo en Milán. Acabé recalando en la terraza del Mazzini, en la via Giuseppe Mazzini. Este es un pequeño restaurante típicamente italiano, que ofrece tanto platos de pasta, como pizzas, carnes y pescados. Con un servicio muy eficiente, unas pizzas excelentes y un precio muy económico, me llevó a repetir en el mismo lugar para la cena del viernes. Ese día, Turín ya estaba invadido por los participantes en la World Master Games, y fue en Mazzini donde asistí al espectáculo que ya he contado en otra ocasión, en que el servicio no dudó en organizar desde la nada una mesa gigante en la terraza para veintiséis australianos que querían cenar.

Después de cenar me retiré a dormir relativamente pronto, porque al día siguiente debía salir temprano por la mañana en el coche, para llegar a la estación de Génova Nervi, idealmente, poco después de las nueve de la mañana, e iniciar allí una excursión a Cinque Terre. Pero esa fue ya otra historia, y será objeto del penúltimo capítulo de este paseo por el noroeste de Italia.

Aparte de las fotografías que he seleccionado para ilustrar este capítulo, podéis acceder a una completa colección de hasta 66 imágenes, pinchando en el Duomo de Milán.

Excursión a Milán


JMBA