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martes 21 de febrero de 2012

Barcelona Recobrada


Con ocasión de asistir a una cena de antiguos compañeros de trabajo, tuve la oportunidad de viajar un par de días a Barcelona, en compañía de mi buen amigo Coy Antino.

Habíamos pensado en viajar por carretera. Pero como coincidieron las fechas con un frente frío que podía amenazar con hielos y demás, finalmente preferimos la comodidad del AVE. La comodidad, desde luego. Pero la economía, para nada. Creo que es urgente revisar la política tarifaria de Renfe. Teniendo flexibilidad de horarios, como era el caso, me parece impresentable tener que acabar pagando la friolera de más de 188 Euros por un viaje de ida y vuelta en Clase Turista. Bastante más de los precios a los que se puede conseguir un billete de avión para el mismo recorrido. Esperemos que lo que ha prometido la Ministra se haga pronto realidad, en cuanto a la flexibilización de tarifas que estaría preparando Renfe.
Avinguda del Portal de l'Àngel, en una mañana
festiva de Navidad.
(JMBigas, Diciembre 2010)

La cena se iba a celebrar en el Restaurante Tibèric, en la calle Tuset. Por su cercanía y porque ya lo he visitado últimamente en varias ocasiones a plena satisfacción, reservamos habitaciones en el Hotel Via Augusta, frente a la Plaza de Gala Placidia. Fue una excelente elección. A no más de 10-15 minutos a pie del restaurante, y junto a la estación de Gràcia de los Ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya y con multitud de autobuses en todas direcciones. Un hotelito muy digno y correcto, excelentemente ubicado, que practica, según temporadas, precios muy interesantes (45-50 Euros por habitación y noche).

Tras un corto recorrido en Metro y FCGC desde la estación de Sants, llegamos al hotel en torno a las dos menos cuarto de la tarde. Hasta las 9 de la noche, disponíamos de un tiempo precioso para poder disfrutar un poco de la ciudad. El día estaba templado y el Sol lucía sobre un cielo completamente azul.
La Catedral de Barcelona, bajo el sol tibio de una
tarde de invierno.
(JMBigas, Febrero 2012)

Decidimos acercarnos primero a tomar un tentempié al Frankfurt Vallés de Gran de Gràcia. Sus bocadillos calientes de pan ligero y excelentes carnes y embutidos (de elaboración propia en Montcada i Reixach) son una institución en toda el área metropolitana de Barcelona.

Aprovechamos para cruzar desde Via Augusta por la calle del Cisne, lo que nos permitió una breve visita al recientemente remozado Mercat de la Llibertat, y pasar junto a alguna de las tiendas que formaron parte de mi infancia, como la Casa de la Pasta o el Tostadero Caracas.

Tras el almuerzo improvisado, iniciamos un paseo por Gran de Gràcia hacia la Diagonal, pasando por los Jardinets y el grandioso y lujoso Hotel Casa Fuster.

Mi amigo no conocía la tienda de Vinçon, ya en el Paseo de Gracia, por lo que hicimos una visita a ese palacio de las cosas superfluas (la mayoría), hermosas (muchas) y caras (todas).

Andar por el Paseo de Gracia es toparse a cada rato con maravillas de la arquitectura, como la Casa Milà (la Pedrera), o la Casa Batlló, más cerca de la Plaza de Cataluña, por sólo citar dos obras señeras que se deben al talento de Antonio Gaudí. Y para no olvidar tampoco las exquisitas tiendas, los deliciosos cafés, bares y restaurantes en todo el recorrido. En uno de ellos paramos a tomar un café y un chupito de brandy que contribuyó a una mejor digestión.

Bordeamos la Plaza de Cataluña hacia el Portal del Ángel, una arteria peatonal que acostumbra a estar siempre atestada de viandantes durante el amplio horario comercial.

Desembocamos finalmente frente a la Catedral, una maravilla gótica, desafortunadamente rodeada en la actualidad de andamios y grúas, espero que con buen fin. Pero el Sol tímido de esa tarde de invierno jugaba mágicamente con la piedra, creando colores cambiantes a cada rato.
La Plaza Real de Barcelona.
(JMBigas, Diciembre 2010)

Callejeando un poco en dirección al mar, pasamos frente al monumento a Ramón Berenguer III, y hasta la calle de Jaime I, que conduce a la Plaça de Sant Jaume. Una tienda inhabitual llamó poderosamente nuestra atención. Se trata de JocsMallart, un local relativamente pequeño pero atestado de toda clase de juegos de mesa, que dispone, creo, de todas las barajas de cualquier tipo de naipes que se hayan producido alguna vez en alguna parte del mundo.

La Plaça de Sant Jaume parecerá relativamente pequeña a quien no la haya visto nunca. Pero allí se enfrentan los dos monumentales edificios que son la sede del Ayuntamiento de la ciudad uno y de la Generalitat (el gobierno regional), el otro.

Seguimos por la calle Ferran en dirección a las Ramblas. Pero a mitad de camino nos desviamos a la izquierda hacia la Plaza Real, que da gusto verla en estos últimos tiempos. Hace años era una de las partes más deprimidas de la ciudad, donde se acumulaba el peor lumpen, provocando un entorno degradado del que huían tanto los nativos como los visitantes. Pero hoy sus palmeras alegran una plaza cuadrada de tamaño medio, donde hay varios restaurantes con agradables terrazas exteriores alrededor.

Por la Rambla de Santa Mónica (la parte más ancha y despejada de todas las Ramblas) bajamos hasta el borde del mar. Con la estatua dedicada a Colón en el centro de la plaza, y los edificios del Gobierno Militar y del Puerto de Barcelona como guardianes de la zona. Ya había anochecido, y el viento junto al mar en el Port Vell era bastante fresco y molesto.

Decidimos iniciar la vuelta al hotel, para lo que tomamos el Metro en Drassanes. Cambiamos en Catalunya a los FCGC, hasta Gràcia. Llegamos al hotel antes de las 8 de la tarde. La cena estaba convocada para las nueve, por lo que tuvimos un ratito para relajarse y revisar las novedades en el Notebook, gracias al WiFi gratuito disponible en todo el hotel.
Monumento a Colón, junto al Port Vell de Barcelona.
(JMBigas, Diciembre 2010)

A las ocho y media nos fuimos para el restaurante. En la esquina de Balmes y Travessera de Gràcia le mostré a Coy Antino el colegio donde estudié yo entre los 7 y los 15 años de edad: la Escuela Pía de Balmes.

Llegamos al Restaurante Tibèric con diez minutos de antelación, pero algunos ya se nos habían adelantado, y el resto fueron llegando en los siguientes minutos. Con algunas deserciones de última hora, nos juntamos 16 personas: 15 hombres con mucho pelo blanco, alopecia y arrugas diversas, con cara de haber atesorado multitud de manías en sus largas vidas, y una señora de muy agradable presencia.

La cena (de factura moderada, propia de tiempos de crisis) discurrió con normalidad, entre animadas conversaciones.

Pasada la medianoche, Coy Antino y yo, con otros dos colegas, tomamos una copita en un pequeño bar desierto por el barrio de Gràcia, regentado por una pareja de chicas.

A la mañana siguiente, mientras me estaba afeitando (utilizando los numerosos recursos contenidos en mi Unidad Básica de Movilidad, una maletita de tamaño exagerado para pasar una sola noche fuera de casa y que fue frecuente objeto de chanzas), me llamó mi amigo para informarme de que Jesús (con quien habíamos compartido cena la víspera) se había acercado hasta el hotel para tomar un café con nosotros.
La Sagrada Familia, en obras (eternas).
(JMBigas, Febrero 2012)

Cuando terminé el protocolo de aseo matinal, y preparé el equipaje para la partida, me acerqué a un bareto en el rincón de Gala Placidia, junto a lo que fueron durante muchos años las Atracciones Caspolino (y actualmente se está construyendo la nueva sede del Col.legi d'Economistes), donde me esperaban.

Nos fuimos a continuación paseando por la Travessera de Gràcia en dirección a la Sagrada Familia. Quien conozca la calle sabe que es relativamente estrecha, con dos carriles de circulación bastante exiguos, y unas aceras ridículas, que obligan a bajar a la calzada al cruzarse con peatones en sentido contrario. La recompensa es que se pasa frente a muchas de las tradicionales panaderías de Barcelona (Forns y Fornets), de los que salía en esas horas matinales un estimulante aroma a pan recién hecho y a bollería fina.

Cruzamos frente al Mercado de Gràcia, hacia el Paseo de San Juan. Nos llamó en el trayecto Pep, que la víspera no pudo asistir a la cena por un problema médico, y que también nos quería saludar en persona. Quedamos con él frente a la Sagrada Familia.
Detalle de la Sagrada Familia, con caseta de obra incluida.
(JMBigas, Febrero 2012)

Bajamos por el Paseo de San Juan, junto a las pistas para jugar a la petanca que, a esa hora cercana al mediodía, estaban atestadas de jugadores, mayoritariamente hombres de edad entre media y tres cuartos, y también alguna señora.

Llegamos finalmente frente a la Sagrada Familia, que siempre es un impacto visual. Especialmente en estos tiempos en que están trabajando en ella con intensidad, para acercarse a su finalización. En unos meses sin verla, siempre hay elementos nuevos en los que fijarse. La densidad de turistas y visitantes era importante, destacando, como es habitual, los pequeños grupos de japones@s, con caras transidas de alucinación artística.

El día estaba soleado y la temperatura era templada, por lo que nos sentamos en una terracita frente a la basílica, para tomar una cervecita de aperitivo. Al poco rato llegó Pep, para gran alegría de todos.

Charlamos un buen rato y un par de cervezas, un poco de todo. Nuestro AVE de vuelta a Madrid salía de Sants a las tres de la tarde. Pep se ofreció a acercarnos en su coche, y para allá que nos fuimos hacia las dos menos cuarto, pasando antes por el hotel para recoger la impedimenta. Ligerísima, casi inexistente, la de Coy Antino; de tamaño compacto y con ruedas la mía.

Ya en la estación nos tomamos un tentempié antes de abordar el tren. A bordo, una buena siesta casi hasta Zaragoza, y de vuelta a Madrid para las seis menos cuarto de la tarde.

Con ello dimos fin a una visita muy placentera a Barcelona, donde la meteorología sin duda nos acompañó. Una ciudad deliciosa donde yo viví los primeros veintiocho años de mi vida.

Y donde pudimos reencontrarnos con muchos y buenos amigos.

JMBA

lunes 20 de febrero de 2012

Corredores Ferroviarios España-Francia

Ha saltado estos días a las portadas de los periódicos una de las últimas salidas extrañas de tono de Ana Pastor, Ministra de Fomento.
Extensión prevista del Corredor Atlántico en el Sudoeste de Francia.
(Fuente: Grands Projets du Sud Ouest)

Por lo que parece, prevé terminar un nuevo Plan de Infraestructuras (hasta 2024 o algo así), para dentro de unos meses. Y ha adelantado algunos detalles, como que el Gobierno dará prioridad al llamado Corredor Central (el que uniría Zaragoza con Huesca y paso a Francia por Canfranc).

Conviene tener en cuenta que dentro de los planes de infraestructuras en la Unión Europea, las prioridades (y por lo tanto, la financiación) se definen en función de la capacidad que tenga la nueva infraestructura de articular el territorio europeo, favoreciendo los intercambios entre los diferentes países, y estableciendo ejes de comunicación de importancia europea y ámbito transnacional.

El Corredor Central ya desapareció, me parece que razonablemente, de las prioridades de la Unión Europea. Y ello por varios buenos motivos. El enlace ferroviario entre España y Portugal y el resto de Europa tiene dos caminos naturales, en los que los dos países limítrofes (Francia y España) están trabajando e invirtiendo desde hace tiempo.

Por una parte estaría el Corredor Atlántico, que tiene diversas variantes y múltiples fases. De una parte, el enlace del Norte y Centro de Europa con España (Madrid, Sevilla, Málaga, Algeciras), y de otra parte con Portugal (por Valladolid hacia Porto, y por Madrid y Badajoz hacia Lisboa). Finalmente estaría la variante hacia Galicia, desde Valladolid, en la que ya se lleva trabajando bastante tiempo. Quedarían los puertos importantes del Norte (Bilbao, Santander, Gijón) que también estarían integrados en este Corredor.

Por otra parte está muy claramente definido el Corredor Mediterráneo. Este seguiría la costa española desde la frontera catalana hasta la Comunitat Valenciana (Castellón, Valencia, Alicante) y la Región de Murcia, con prolongación hacia Almería o Málaga. Conviene no olvidar que a día de hoy, sólo está operativo un pequeño tramo, que une Barcelona con el Camp de Tarragona. Las dos grandes ciudades de la zona (Barcelona y Valencia; segunda y tercera de España) con sus respectivos grandes puertos marítimos, sólo están unidas (para los viajeros) mediante un tren moderno (el Euromed) pero que circula por un tendido convencional que no permite la Alta Velocidad.
Estación Internacional de Canfranc, en estado de
abandono operativo.
(Fuente: blogpirineos)

Pensando en lo que está haciendo Francia, sus inversiones van también, lógicamente, en la línea de estos dos grandes ejes. Está operativa la línea que une París con Marsella. Está en anteproyecto la LGV (Ligne à Grand Vitesse - Línea de Alta Velocidad) llamada PACA (por el nombre de la región: Provence-Alpes-Côte d'Azur) que unirá Marsella con Niza y la frontera italiana. Se espera que pueda estar operativa en un plazo no inferior a los 12-15 años.

Ese corredor oriental de Francia tiene extensiones hacia Suiza, Austria y los países del Este de Europa, por Lyon y la nueva línea Rhin-Rhône hacia Besançon, Belfort y Alsacia, con ramificación hacia Suiza (Zürich). Desde Alsacia se accede a Alemania y los países del norte de Europa. O también hacia la Lorena (Metz), Luxemburgo y el Benelux.

En fin, un entramado que permitirá cuando esté totalmente realizado y operativo enlazar el Sur de España y el Levante con toda Europa.

Por el Corredor Atlántico, Francia ha empezado la construcción de la LGV entre Tours y Burdeos, completando el enlace en Alta Velocidad con París. Y está en fase de estudio la prolongación por el sur de esta línea, hasta la frontera española, y hacia el sureste, llegando hasta Toulouse. Posiblemente se pueda ir en Alta Velocidad por esta ruta hasta París en algún momento en torno al 2025.


Podéis ver un mapa interactivo con los Grandes Proyectos Ferroviarios de RFF (Réseau Ferré de France, la ADIF francesa) en su web.

Las primeras veces que viajé desde Barcelona a París en tren, este seguía la ruta central de Francia (por Perpignan, Narbonne, Carcassonne, Toulouse, Cahors, Limoges, Orléans). Pero para esta ruta central no existe ni siquiera un proyecto de establecer una LGV en un plazo razonable. Desde Toulouse se llegará a París por la ruta de Burdeos, Poitiers, Tours. Sólo hay previsto un enlace de Alta Velocidad entre Limoges y Poitiers.

En el Corredor Mediterráneo, ya se inauguró el trocito que une Figueres con Perpignan (por el nuevo túnel de Le Perthus). Ya os comenté mi experiencia con esa ruta. Hasta juntarse con la línea existente por el valle del Ródano, quedan todavía muchas obras y mucho tiempo. Recientemente se han licitado unos 80km. para el rodeo (o bypass) de Nimes y Montpellier. El resto de tramos habrá que irlos proyectando (y financiando) en el futuro.

En este contexto, un Corredor Central en España no tiene ningún sentido en el corto y medio plazo. En el lado francés, llegar hasta Toulouse es un suplicio de tendido pirenaico de baja velocidad, y no hay ningún plan para que eso cambie en las próximas décadas. En Canfranc existe una Estación Internacional en estado de abandono, que fue inaugurada en 1928. El enlace ferroviario por esta zona se abandonó. En algunos mapas de Francia horizonte 2030 se prevé un enlace por esta ruta, con un nuevo túnel de más de 15km de longitud. Pero en ningún caso se trataría de una línea de gran capacidad.
TGV francés, estacionado en Figueres-Vilafant
(JMBigas, Marzo 2011)

Zaragoza ocupa una posición central muy interesante para las empresas de logística. En un círculo de tres o cuatrocientos kilómetros de radio en torno a Zaragoza, reside una población muy numerosa (incluyendo la región industrial de Toulouse). Por una parte, Zaragoza ya está unida al Corredor Mediterráneo (por Tarragona). Lo que habría que desarrollar es el enlace de la zona de Zaragoza con el Corredor Atlántico, por la Rioja, por ejemplo, hacia el País Vasco y Francia, por esa parte.

Un Corredor Central que uniera Zaragoza con Francia por Canfranc sólo tendría algún sentido si Francia se comprometiera a completarlo, como mínimo, hasta Toulouse. Pero me temo que eso no va a pasar, por lo menos no en las dos próximas décadas. 

Conviene no olvidar que los Corredores Ferroviarios deben dar servicio tanto a pasajeros como a mercancías. Para los pasajeros, nunca serán extremadamente atractivos los recorridos en tren donde se tarde más del doble de tiempo que en el equivalente vuelo. Podemos pensar que llegue a haber una fuerte demanda en el trayecto París-Burdeos (2 horas) o Bayonne/Biarritz (menos de tres horas), pero los viajeros por ferrocarril en un trayecto Madrid-París de más de cinco horas se limitarán a los amantes del ferrocarril y a los que les dé miedo volar, pero no creo que en esas condiciones acabe siendo un enlace de gran público. En el trayecto Figueres Vilafant-París que realicé en 2011, sólo un par de docenas de viajeros abordamos el tren en Figueres. Pero sucesivas paradas en Perpignan, Narbonne o Montpellier acabaron prácticamente llenando el tren.
Imagen de época de la Estación de Hendaya, fronteriza
con España en el País Vasco francés.
(Fuente: notrefamille)

Por el contrario, el movimiento de mercancías tiene una lógica distinta. Y uno de los objetivos de la Unión europea es sacar de las carreteras el mayor número posible de camiones de transporte, utilizando el ferrocarril en su lugar. Los ferrocarriles franceses han puesto en marcha una iniciativa curiosa, intermedia y de inversión limitada: la llamada autopista ferroviaria entre Perpignan y Luxemburgo. Consiste en trenes donde se cargan directamente los camiones, evitando así que circulen por carretera en un trayecto de unos 1000km. Las últimas noticias que tengo es que la iniciativa está teniendo más éxito del esperado, ya que representa una mayor comodidad para todos.

En estos tiempos de recortes, ajustes y crisis financieras, no creo que sea de ninguna forma sensato volver a proponer el tercer corredor. Conviene concentrar los recursos disponibles (en España, en Francia, en la Unión Europea) para completar los dos importantes Corredores que sí están planificados: el Mediterráneo y el Atlántico.

Prefiero pensar que se trató de un lapsus de la Ministra. Si realmente está en sus planes, quizá deberían hacérselo mirar, porque no tiene sentido.

Habrá que ver el nuevo Plan de Infraestructuras del próximo mes de Julio.

JMBA

lunes 13 de febrero de 2012

La Mochila y la Reforma Laboral

Entre los empleados con mucha antigüedad en una empresa, es habitual referirse con el apelativo de mochila al capital consolidado por dicha antigüedad, para el caso de que se produjera, en el futuro, un despido improcedente del trabajador. La mochila siempre ha sido un elemento a considerar con cuidado ante, por ejemplo, una decisión de cambio de empleo a una compañía diferente. Y siempre ha constituido un elemento de fidelización a la empresa.
(Fuente: k2planet)

Pero las circunstancias han cambiado mucho a partir de la Reforma Laboral decretada por el Gobierno en su reunión del Consejo de Ministros del 10 de Febrero pasado, y publicada en el BOE el sábado 11 de Febrero. Se trata de un documento de 64 páginas, que modifica de forma muy determinante diversos aspectos de las relaciones laborales y, en particular, el aplicado a las indemnizaciones en caso de despido.

Para un trabajador con contrato indefinido con su empresa, existen tres tipos de despido: Procedente, Improcedente y Objetivo. El Procedente es de aplicación en aquellos casos en que el trabajador haya incumplido de forma manifiesta las condiciones de su contrato. En general se venía aplicando solamente a aquellos casos muy evidentes de infidelidad o deslealtad a la empresa, y frecuentemente venía precedido de ciertas labores de investigación por parte de la empresa. Se trata de un despido sin indemnización.

El despido objetivo responde a modificaciones importantes en el funcionamiento, organización o resultados de la empresa, que convierten en inútil o inviable la colaboración de un trabajador. Se aplicaba, por ejemplo, en casos de trabajadores directamente ligados a una actividad que la empresa ha dejado de realizar, y cuya reinserción en otras actividades no sea posible. O en el caso de empresas que de forma recurrente estuviesen declarando pérdidas. Especialmente en las grandes empresas que siguen funcionando más o menos con normalidad, este tipo de despidos se venía aplicando relativamente poco hasta tiempos recientes. Estaba reservado a empleados díscolos a los que se quería castigar negándoles los beneficios de un despido improcedente, y provocaba habitualmente pleitos de cierta duración. Sin embargo, se empezó a aplicar de forma más amplia,  alegando cesación de actividades e imposibilidad de reciclaje profesional para el empleado afectado. Las multinacionales, por ejemplo, prácticamente no se movieron para maquillar sus contabilidades y declarar pérdidas locales que les permitiera realizar despidos objetivos por causas económicas, ya que esta circunstancia deterioraba sus capacidades y condiciones para la contratación con la Administración Pública. Un despido objetivo tiene una indemnización de 20 días por año trabajado, con el límite de un año del sueldo bruto.

Finalmente, el despido improcedente es el que se produce por pura voluntad de la empresa de prescindir de la colaboración de un empleado. En los últimos años incluso se había prescindido de la intervención del Tribunal de Arbitraje, de modo que la empresa, en su carta de despido, reconocía su carácter de improcedente, ante la imposibilidad de demostrar su carácter objetivo. Para los empleados antiguos, este despido tiene una indemnización de 45 días por año trabajado, con el límite de 42 meses del salario bruto. En los últimos años se puso en marcha una nueva modalidad de contratación indefinida, para la que la indemnización por este tipo de despido quedaba limitada a 33 días por año trabajado, con el límite de dos años del salario bruto.
La Vicepresidenta del Gobierno y la Ministra de Empleo
y Seguridad Social, en la Conferencia de Prensa del viernes.
(Moncloa; Fuente: periodistadigital)

En todos los casos, la indemnización por despido con los límites indicados tiene consideración de indemnización legal, y está exenta de tributación por el IRPF.

Es el momento en que, tras haber dicho y repetido, por activa y por pasiva, que el abaratamiento del despido no genera empleo, el Gobierno del PP introduce diversos elementos para conseguir que despedir sea más barato, en su tan cacareada Reforma Laboral.

Por una parte, las condiciones para reconocer un despido objetivo se suavizan, de modo que cualquier empresa que acredite descenso de ingresos en dos trimestres consecutivos estará habilitada para realizar despidos objetivos.

Por otra parte, la consolidación de derechos para cualquier empleado con contrato indefinido, se limitan a partir de la publicación de esta Reforma, a 33 días por año, con un máximo de 2 años del salario bruto. Eso sí, se respetan los derechos ya consolidados, pero aplican todas las limitaciones, en particular la de 2 años del salario bruto.

Para hacerse una idea del impacto de esta medida, imaginemos a tres empleados hipotéticos de una cierta empresa, cuyo salario actual es, en todos los casos, de 36.000 Euros anuales. El empleado 1 (E1) ingresó en la empresa el 1/1/1984. El empleado 2 (E2) ingresó en la empresa el 1/1/1996. El empleado 3 (E3) ingresó en la empresa el 1/1/2006.

Supongamos que en fecha 1/1/2020 los tres son despedidos de la empresa, mediante despido improcedente. E1 percibirá una indemnización de 126.000 Euros (42 meses de su salario bruto, capital que ya tenía consolidado en 1/1/2012, al cumplir 28 años de antigüedad); E2 percibirá  72.000 Euros (24 meses de su salario bruto, capital que ya tenía consolidado en 1/1/2012 con sus 16 años de antigüedad; el límite máximo de acuerdo a la Reforma Laboral recién aprobada). E3 percibirá (aproximadamente) 53.400 Euros, que corresponden a 17,8 meses de su salario bruto, resultado de consolidar 6 años a 45 días por año y 8 años a razón de 33 días por año. Un empleado de nueva contratación sólo podría llegar a cobrar una indemnización máxima de 72.000 Euros (asumiendo el mismo nivel de salario en todos los casos) si alcanzara una antigüedad de 21,8 años en la empresa.
En tiempos de crisis, todo encoge.
(Fuente: indumarr)

Pero si la empresa atraviesa alguna dificultad económica, los tres podrían ser despedidos mediante despido objetivo con una indemnización de 36.000 Euros (E1 y E2) o de 28.000 euros (E3).

La antigüedad a partir de la cual no se capitaliza una indemnización mayor ha pasado de los 28 años a los 21,8 años, y se limita a 18 años en el caso de despido objetivo. Y los empleados que ya lleven 16 años de antigüedad capitalizando por el método antiguo, se les acabó acumular una indemnización mayor.

La Mochila ya sólo es una Riñonera y la fidelidad, cosa del pasado.

JMBA   

sábado 11 de febrero de 2012

Histeria con Garzón

Por razones fácilmente comprensibles, la justicia es bastante mal valorada por los ciudadanos en general. Cuando se produce un juicio mediáticamente relevante (porque el juzgado es una persona muy popular, porque se juzgan hechos que han generado alarma social,...) cada cual tiene su veredicto preferido, mucho antes de que se publique una sentencia firme.
Baltasar Garzón, en la sala del Tribunal Supremo.
(Fuente: diariodeavisos)

Pero el objetivo de la justicia es aplicar la ley, en todos sus extremos y sin excepciones.

España es un Estado de Derecho y, como tal, su legislación es básicamente garantista. Prima la presunción de inocencia (nadie debería tener que demostrar que es inocente, sino que la carga de la prueba reside en la acusación), se respeta el derecho a la defensa de los imputados, etc. etc.

En el tratamiento que la propia ciudadanía y los medios de comunicación dispensan a ciertos procesos judiciales, a menudo se violentan, o al menos se fuerzan, algunos de estos derechos básicos. Muchos acusados, si sus causas trascienden a la opinión pública, son condenados (o absueltos) mucho antes de que la justicia se haya pronunciado.

Supongo que a veces resulta complicado armonizar los diversos derechos y libertades, la libertad de expresión con el derecho a la intimidad, la presunción de inocencia con la trascendencia mediática de algunos hechos, y así muy a menudo.

Y este es el caso que se está produciendo en los juicios contra el juez Baltasar Garzón. Garzón es un personaje público, popular y muy conocido por la mayoría de ciudadanos. A casi nadie le resulta indiferente. Algunos son sus defensores acérrimos, por su valentía en intentar lanzar causas judiciales de mucha trascendencia (contra Pinochet, contra los crímenes franquistas,...), por haber asociado su imagen a la del PSOE, en ciertos momentos del pasado, y por un talante inequívocamente progresista y situado a la izquierda del arco político. Por las mismas u otras razones, otros son sus máximos detractores. Como ilustración de esta dualidad, os recomiendo la lectura de dos fuentes diferentes, en las antípodas ideológicas una de la otra: elentir y Aventura en la Tierra.

Como juez, hay que reconocer que Garzón está mucho más obsesionado por el objetivo que persigue que por los procedimientos, y algunas de sus instrucciones se acabaron desinflando por errores de proceso que nunca deberían haberse producido. Esta actitud creo que no es buena para la figura de un juez, cuya obsesión debe ser el cumplimiento riguroso de la ley. Si hay que cambiar la ley (y todas las leyes admiten modificaciones; algunas incluso las piden a gritos) esa es una responsabilidad del poder legislativo, del Congreso de los Diputados y el Senado.

Aplicar la ley con rigor supone que, con cierta frecuencia, un juez se verá enfrentado a tener que redactar una sentencia diferente de la que le sale del alma, y esta será, sin duda, una de las muchas frustraciones de la carrera judicial. Pero su labor está perfectamente definida, y cualquier juez debe ser capaz de realizar correctamente su tarea, al margen de cuáles sean sus convicciones políticas, religiosas, morales o de cualquier otro tipo.

Cuando se dictan sentencias que se estiman como suaves contra delincuentes o criminales responsables de actos muy rechazados por la sociedad en general, siempre se oyen voces pidiendo un mayor castigo. Pero para eso, si todo se ha hecho correctamente, habría que cambiar la ley, y el poder judicial no cambia leyes, sino que las aplica.

Para el primero de los tres juicios sonados a los que se tiene que enfrentar Garzón en los próximos tiempos, hemos conocido la sentencia hace unos días. Se trata de un juicio en el que se acusaba a Garzón de haber ordenado escuchas ilegales a los imputados en la trama de corrupción conocida como Gürtel. En particular, porque incluían escuchas de conversaciones entre los acusados y sus abogados defensores, lo que, en principio, supone violar el derecho de defensa que tiene todo imputado. El delito es posiblemente el peor de los que se puede acusar a un juez, la prevaricación, que consiste en dictar resoluciones (o lo que sea) a sabiendas de que son ilegales o injustas. La sentencia le condena por estos hechos a 11 años de inhabilitación. Y todas las fuentes jurídicas que han analizado la sentencia desde este punto de vista, tienden a afirmar que es inmaculadamente correcta. Además, la sentencia la ha emitido el Tribunal Supremo, por unanimidad de sus siete miembros.

Creo que no hay nada que objetar. Garzón se equivocó, primó en él sus objetivos en la instrucción de la causa por encima de los medios legales para hacerlo, y merece el castigo correspondiente.

Claro, en este proceso se juntan factores que sólo hacen que amplificar el desagrado de una parte de la sociedad con la resolución judicial. El condenado es un juez próximo a los socialistas, mientras que los que sufrieron el atropello son los imputados de corrupción en una trama que gira en torno al PP, especialmente en Valencia y Madrid. Por este hecho, se ha desatado una caza de brujas, que hay que desactivar de modo inmediato, o peligra la salud democrática de este país.

Se han elevado voces acusando al Tribunal Supremo de fascista. Diversos políticos de la izquierda han lanzado diatribas inaceptables en contra del poder judicial. Muy en particular Gaspar Llamazares, que en un tweet llegó a decir que ni respeta ni acata la sentencia. Desde luego no tiene por qué acatarla (porque no es parte en este juicio), pero él, como todos los ciudadanos, está obligado a respetarla. Y más cuando ocupa un cargo público de relevancia, y puede ser tomado como ejemplo por otros. Cualquiera puede opinar sobre una sentencia, pero hay que respetarla. Son las reglas del juego democrático.

Me pregunto qué hubiera sucedido si la situación fuera la contraria. El acusado, un juez conocido por su proximidad a la derecha o al PP, y los ilegalmente espiados miembros de una presunta trama corrupta próxima al PSOE. Me temo que oiríamos parecidos dislates, pero de otros emisores. Y así no avanzamos.

Además, por la trascendencia pública internacional de Garzón, a la algarabía se han sumado medios normalmente serios de otros países (como el New York Times o Le Monde, sin ir más lejos), que han lanzado opiniones muy negativas, incluso descalificatorias, sobre la justicia española. Hablan de lo que no saben, y opinan de este juicio como si a Garzón se le hubiera condenado por investigar una trama corrupta próxima al PP. Y nada más lejos de la realidad. Se le ha juzgado por utilizar, a sabiendas, procedimientos ilegales para hacerlo. Un tema puramente técnico de su profesión.

Otra cosa son las sospechas de que la actuación ha sido especialmente rigurosa por las afinidades específicas de acusado y acusadores. La justicia, como todo lo que es administrado por seres humanos, es susceptible de cometer errores. Pero existen los mecanismos jurídicos necesarios para corregir esas circunstancias, si se dieran.

Entiendo que, en este caso, el perfil de los acusadores es particularmente rechazable por una buena parte de la sociedad, por sus corruptelas y corrupciones, con presunto desvío de fondos públicos hacia bolsillos privados y con la connivencia (o puramente la complicidad) de altos cargos políticos. Pero todo acusado, en un estado de derecho como España, tiene protegidos y tutelados sus derechos básicos, como el de defensa.

Antes de lanzar diatribas contra la justicia, intentemos entender de verdad cuál es su función y qué es lo que está juzgando y sobre lo que se emite una sentencia. Y, para serenar los ánimos, pensemos cuál sería nuestra reacción si los perfiles (políticos, principalmente) fueran los contrarios.

Algunos, creo que con excesivo apresuramiento y frivolidad, han afirmado que otros jueces hacen lo mismo y no se les acusa de prevaricación. Si fuera así, y como la justicia no puede ni debe actuar de oficio, debería haber una acusación privada en esos casos (una denuncia, o demanda, o lo que sea) o bien una iniciativa del Ministerio Público (de la Fiscalía). Sin esas acciones necesarias, la justicia nunca puede entender de esos supuestos casos similares.

Entiendo que se concentren partidarios o fans de Garzón para animarle y apoyarle en las sesiones del juicio, aunque eso suponga una evidente presión sobre el tribunal que le juzga. Pero no puedo aceptar las descalificaciones vertidas por tantos hacia la institución que encarna el supremo escalón de la justicia en España.

Si en el futuro, por alguna fatalidad, yo acabara imputado en alguna causa judicial, me gusta saber que la justicia velaría porque mis derechos fundamentales fueran respetados.

En un Estado de Derecho, nadie puede estar por encima de la ley. Garzón no es una excepción a ese principio. Y, en la justicia, el fin NO justifica los medios.

En estos casos, conviene recordar que al sangriento gángster Al Capone, la justicia norteamericana sólo le pudo condenar por delitos fiscales, sin duda los menos graves que cometió semejante personaje. Pero el resto no se pudieron demostrar.

Garzón es, sin ninguna duda, una persona muy respetable, incluso admirable en muchas de sus iniciativas. Pero ha cometido algunos errores imperdonables en el desempeño de su función, por los que tiene que pagar lo que estipula la Ley, como si fuera cualquier otro.

Serénense las aguas, que volcamos.

JMBA

jueves 9 de febrero de 2012

Hago clic... ¡y no pasa nada!

Todos (bueno, todos los de este lado de la brecha digital) sentimos con cierta frecuencia esta sensación de desazón que nos invade cuando estamos intentando realizar cualquier operación por Internet, hacemos clic para validar una opción y pasados unos cuantos segundos ... ¡no pasa nada!. De repente, nos invade el temor porque no sabemos si esa transferencia se ha realizado o no, si nos cargarán o no ese importe en la tarjeta de crédito, si el pedido es o no conforme... No tenemos nada en nuestra mano que nos garantice la veracidad de los hechos.
(Fuente: redusers)

Tendremos que empezar a revisar los cargos de la VISA, el saldo de la cuenta, o lo que sea para intentar averiguar dónde y en qué punto se rompió esa relación cordial con nuestro ordenador, con la Red, con otros cientos de ordenadores que ignoramos dónde están y para qué sirven, y con el ordenador de nuestro Banco, proveedor, o lo que sea.

El origen de este problema radica en que estamos rodeados de cientos, de miles de aplicaciones y programas informáticos, imbricados en equilibrios muchas veces inestables, y las cosas sólo acabarán funcionando bien cuando toda la cadena completa de ordenadores, aplicaciones y programas funcione de acuerdo a lo que esperamos de ellos, cuando todos los engranajes funcionen a la perfección.

Un antiguo y llorado colega, Francesc Lluch, informático de la vieja escuela donde los hubiera, solía decir, para ilustrar el éxito, que había escrito un programa que sabía contar hasta 100 y se paraba. Con ello quería ilustrar una realidad que debería ser de cabecera para cualquiera que se dedique, de una u otra forma, a la informática: el coste (en tiempo, por ejemplo) de desarrollar un programa que haga lo que queremos que haga cuando le suministramos los datos que espera no es más que un 10% (si acaso) del coste de hacer un programa sólido que haga lo que queremos que haga en cualesquiera circunstancias.

Esto era cierto cuando las aplicaciones y programas informáticos eran piezas muy homogéneas y sólidas que funcionaban sobre un ordenador, preparados para ser utilizados por usuarios formados y entrenados. Con el paso del tiempo y la extensión de las telecomunicaciones en sentido amplio, las aplicaciones y programas se tuvieron que desarrollar pensando en que debían poder ser utilizados por cualquier usuario, incluso por el público en general. Sólo este hecho supone que en el desarrollo del código de programas y aplicaciones hay que tener en cuenta un catálogo casi infinito de barbaridades que puede cometer el usuario y que en ningún caso deben provocar un malfuncionamiento: tienen que estar previstos.

Con la extensión prácticamente universal de Internet, y su utilización por todo tipo de usuarios, este fenómeno se ha agudizado por varios motivos. Los que antes eran programas monolíticos, ahora son un conjunto de piezas separadas, que funcionan en diversos ordenadores, incluyendo el del propio usuario, de los que el programador poco o nada sabe cuando escribe su código. Las aplicaciones se han convertido en engranajes muy complejos, que deben funcionar a la perfección en cualesquiera circunstancias.
Esquema simplificado del funcionamiento de aplicaciones
monolíticas centralizadas. Un mundo cerrado.
(Fuente: jmscaos)

Tradicionalmente, la estructura de la profesión informática incluía a programadores, analistas e ingenieros de sistemas que, progresivamente al desplazarse hacia arriba en la pirámide, tenían una perspectiva mayor del sistema en su conjunto. Pero la labor del programador era muy importante y de gran responsabilidad. Debían desarrollar y depurar el código para que ese programa o aplicación realizara el proceso que se esperaba de él, a partir de los datos que se le suministraran. El analista debía definir cuáles (y cómo) eran los datos de entrada a ese programa, y lo mismo para los de salida. El control de calidad del programador debía incluir la verificación de que el código desarrollado cumplía con las especificaciones definidas. Y prácticamente se podían integrar los programas desarrollados por todo un equipo de programadores para tener una aplicación o un sistema informático que funcionara de acuerdo a lo que se esperaba de él.

Con la evolución de las tecnologías y la progresiva modularización de la programación, el control de calidad del trabajo del programador garantizaba en menor medida la adecuación de la aplicación global a las especificaciones definidas. Para empezar, había un factor de escala. No era para nada lo mismo que el código se probara con un usuario  y una base de datos de prueba con cien registros, por ejemplo, a un funcionamiento más realista, donde hubiera cientos o miles de usuarios simultáneos (en la práctica, cientos o miles de instancias del mismo código, ejecutándose simultáneamente sobre el mismo ordenador), trabajando todos contra una misma Base de Datos de millones de registros. Hubo que desarrollar las buenas prácticas necesarias para poder garantizar que el trabajo de los programadores fuera compatible con ese factor de escala, y no aparecieran en la fase de pruebas limitaciones inaceptables que provocaran la necesidad de un rediseño de todo el conjunto. Apareció un oficio nuevo, el arquitecto de aplicaciones. Este debía mantener la perspectiva del edificio completo (la aplicación en su conjunto) y asegurar que lo desarrollado en el sótano y en los diferentes pisos fuera compatible y conforme, para alcanzar finalmente un edificio de calidad.

Pero la extensión de Internet ha generalizado el desarrollo de lo que se acostumbra a llamar aplicaciones web, que son las que utilizamos todos continuamente, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Su característica diferencial es la casi infinita atomización de los módulos de programa, cada uno limitado a una función específica. Esto ha provocado, paralelamente, una degradación de la posición del programador en la pirámide del oficio. Lo que ha llevado, obviamente, a que sea una labor muy mal pagada, realizada habitualmente por los más junior del oficio, de la que cualquiera con ambición y talento huye en cuanto puede. Lógicamente, la calidad del código entregado por los desarrolladores también se ha resentido.

En paralelo, ha habido que desarrollar nuevas labores en la pirámide del oficio. Ha aparecido, por ejemplo, el urbanista de aplicaciones. Porque ya no se trata de construir un edificio, sino de crear una ciudad coherente y habitable. Con sus zonas residenciales, comerciales y de ocio; cada una con sus comportamientos y exigencias específicos.
Un esquema simplificado de aplicación web, con
los diversos ordenadores y módulos involucrados.
(Fuente: brainlabs)

Tomemos un ejemplo: una aplicación bancaria para los clientes de Banca Online, que requiera autenticación del usuario mediante contraseña o cualquier otro método. En el interior de la aplicación habrá un elevado número de módulos de programa, cada uno dedicado a una tarea concreta: conexión y desconexión del usuario, visualización de su posición global, realización de una transferencia (posiblemente haya transferencias de muchos tipos diferentes, que requieran cada una de un proceso específico), compra o venta de valores, etc. etc. Todos estos módulos funcionarán sobre diversos ordenadores del Banco, cuyo número y naturaleza habitualmente se desconoce en la fase de escritura del código. Por lo tanto, es necesario que el código sea portable y escalable.

Cada módulo podrá ejecutarse en condiciones de entorno diferentes. Un usuario debe poder ver su Posición Global y desconectarse, mientras otro querrá realizar una transferencia y luego desconectarse, o incluso ordenar una compra de valores y desconectarse a continuación. La visibilidad para el usuario será que, haga lo que haga, dispondrá en la pantalla de una opción de desconexión. Que, en todos los casos, debe lanzar la ejecución del módulo de desconexión correcto. Porque las aplicaciones, como las ciudades, son seres vivos. Continuamente se construyen (o derriban) edificios de viviendas en la zona residencial, se abren (o cierran) comercios en la zona comercial, se abren (o cierran) restaurantes o cines en la zona de ocio. El residente deberá modificar sus hábitos y costumbres para adecuarse a esos cambios.

Si un residente se empeña en ir a comprar el pan a un comercio que ya cerró, Houston, tenemos un problema. Si un comercio dejó de vender pan pero no cerró, y muchos residentes siguen yendo allí para comprar pan, tenemos un problema también.

En las aplicaciones web, además, existe un factor añadido de complejidad técnica. Parte del código de la aplicación se interpreta y ejecuta en el propio ordenador del usuario, en el seno de lo que se conoce como Navegadores (o browser, en inglés). Y no podemos obviar el hecho de que el dispositivo de acceso del usuario a la aplicación puede ser, a su vez, de diferentes categorías: ordenador (con diferentes tamaños de pantalla y diversas resoluciones), tablet, smartphone, etc. En algunos casos deberá existir una versión específica de la aplicación para cada tipo de dispositivo de acceso. No se organiza igual un McDonalds que un McAuto, por ejemplo.

Incluso si el dispositivo es un PC en todos los casos, el Sistema Operativo puede ser de diversos tipos (Windows, Linux) y de diversas versiones. Y existen, también, varios Navegadores diferentes bien implantados en el mercado. Los tres más extendidos en la actualidad son el Internet Explorer, el Google Chrome y el Mozilla Firefox, pero hay bastantes más. Todos los Navegadores hacen exactamente lo mismo, pero no necesariamente de la misma manera. Por lo tanto, inevitablemente, no se comportarán todos exactamente del mismo modo al interpretar un código que le envíe la aplicación del Banco.

Para la aplicación de ese Banco que estábamos comentando, el número de combinaciones posibles es prácticamente infinito. Y nunca va a ser posible haber probado exhaustivamente todas ellas.

Analizada toda la intrincada complejidad interna, volvamos a ese usuario desconcertado, que ha hecho clic y no ha pasado nada. Ha proporcionado todos los datos necesarios para realizar una transferencia, por ejemplo, pero al pulsar el botón de Validar no ha pasado nada, pasados unos segundos.

En este caso, la mejor recomendación es aplicar el principio del in dubbio pro reo. Si aparentemente no ha pasado nada, debemos entender que realmente no ha pasado nada, y que la transferencia no se ha realizado. Todas las aplicaciones de calidad actualmente incorporan mecanismos de seguridad por el que nunca se da por concluida una operación hasta que todos los actores implicados han manifestado explícitamente su conformidad y han sido correctamente informados de su conclusión.
Cuando hago clic y nada ha pasado en unos
segundos, casi seguro que ya no pasará.
Mejor no acabar así.
(Fuente: antinformaticos)

Y lo siguiente, antes de concluir que la aplicación no funciona, conviene probarla con un Navegador diferente. Sí, nadie dijo que fuera a ser fácil. Cuando hago clic y no pasa nada, es muy probable que esté haciendo algo de una forma diferente a como lo espera quien diseñó la aplicación. Y como el Navegador es parte de lo que el usuario aporta a la aplicación, pues eso.  Conviene tener disponibles en nuestro PC al menos los navegadores más extendidos. Seguro que tendremos uno que es nuestro favorito y el que utilizamos habitualmente, pero conviene tener también los demás, para verificar la situación cuando se producen este tipo de casos. Por otra parte, si acudimos al Servicio de Atención al Cliente (del que ya hablaré in extensum en otra ocasión) alegando que la aplicación no funciona, es harto probable que la primera respuesta que obtengamos sea que la probemos con otro Navegador. Y lo curioso del caso es que, en la mayoría de ocasiones, con eso resolvemos el problema, por lo que más nos vale intentarlo de inicio, y no perder más tiempo.

Y, para ilustrarlo, tres ejemplos que he vivido en las últimas semanas. Es posible realizar apuestas online a las Loterías del Estado (Bono Loto, Primitiva, Euromillones,...) a través de la web oficial del Servicio. Se visualiza una parrilla (parecida al boleto físico de apuesta) donde podemos escoger las diversas opciones. Utilizando Google Chrome como navegador, a veces esta parrilla no se visualiza correctamente, aunque es posible realizar la apuesta igualmente si se elige la opción de Apuesta Automática; sólo es un problema de visualización. Utilizando Internet Explorer siempre funciona bien.

Intentando cargar unas fotos en un álbum online en la web de Viajeros, utilizando Google Chrome (que es mi favorito), no pasaba nada al pulsar el botón de Subir Fotos. Reporté el problema (que creo que ya está corregido) al Servicio Técnico, y me recomendaron probarlo con otro navegador. La prueba con Internet Explorer fue totalmente satisfactoria.

Intentando realizar, esta misma mañana, una transferencia en la web de ING Direct, me encontré con que no pasaba nada al pulsar el botón de Continuar, tras proporcionar todos los datos. Me desconecté y repetí la operación utilizando Internet Explorer, sin ningún problema.

Ante estas experiencias, algún lector suspicaz seguro que me preguntará por qué no uso como favorito el Internet Explorer. La respuesta es muy simple: porque es desesperantemente lento.

Ante un entorno tan terriblemente complejo, hay que tener cintura.

JMBA

Islandia: ¿Revuelta o Revolución?

Inside Job es una película documental (2010) - de visión absolutamente recomendable, casi diría que obligatoria -, que se presentó en el Festival de Cannes, y obtuvo un Academy Award (Oscar) al Mejor Film Documental en 2011. Su tema es el origen y desarrollo de la crisis financiera norteamericana e internacional de 2008, que estamos pagando todos y en todas partes, con sangre, sudor y lágrimas. Y, como conclusión preocupante, pone el énfasis en que los responsables de la crisis siguen ocupando cargos de responsabilidad en el Gobierno de Estados Unidos.

(Fuente: lonelyplanet)


Con un presupuesto de producción de dos millones de dólares (del que el 5% se les fue en pagar la licencia por utilizar la canción Big Time de Peter Gabriel en los créditos), la película está muy bien realizada, con una excelente fotografía. Hay, especialmente, vistas aéreas de Islandia y de la Gran Manzana que refrescan el ánimo.

La película se inicia en Islandia, un país de poco más de 320.000 habitantes, y que ha sido protagonista de uno de los mayores descalabros bancarios de esta crisis, aunque seguramente no de los más conocidos. Con un PIB del orden de los 13.000 millones de dólares, algunos grandes bancos islandeses llegaron a estar endeudados por un importe diez veces mayor. Los Bancos y los reguladores islandeses montaron en el carrito loco de la montaña rusa, y estaban convencidos de que la inercia les iría subiendo a las sucesivas cimas, cada vez más altas. Hasta que la realidad de las cosas les echó para atrás y para abajo. Un proceso que se parece sospechosamente al timo piramidal.

En Islandia, los políticos y los banqueros se volvieron locos. El sistema financiero sufrió de una hipertrofia absolutamente artificial, y recaudó ahorros de los ciudadanos (especuladores, cierto, porque creyeron poder conseguir duros a cuatro pesetas) de otros países (especialmente Reino Unido y Holanda). En el más puro ejercicio de creación de burbujas, sus bancos fueron creciendo y creciendo, hasta que todo estalló en pedazos.

Sin embargo, Islandia raramente está en los noticieros. Es cierto que se trata de una isla en el Atlántico Norte, que no forma parte de la Unión Europea, con una modesta población, y todo ello hace que no sea noticia especial casi nunca. Sólo cuando la Naturaleza, más salvaje en esas latitudes, impone su poderío en forma de un volcán que inundó de cenizas el cielo de medio mundo, o cuando se quieren presentar imágenes idílicas de tierras heladas, o géiseres que surgen de la tierra.
Un documental de visión obligatoria
(Fuente: filmaffinity)

Sin embargo, hay un muy buen motivo por el que Islandia debería ser seguida en los Telediarios de toda Europa (por lo menos). Y es que Islandia (y muy particularmente el pueblo islandés) ha puesto en marcha algunas variaciones respecto a la forma canónica (neoliberal por más señas) de hacer frente a la crisis financiera que nos tiene a todos abrumados. Parece que todos nos hayamos resignado a que la única forma de salir del descalabro sean los ajustes y los recortes en el gasto de los Gobiernos, que afectan directamente al estado del bienestar que tanto costó construir tras la Segunda Guerra Mundial. Estamos obligados a comer en escudillas porque otros rompieron la vajilla. Y ya estamos insensibilizados viendo cómo responsables del colapso ahora son Primer Ministro de Italia, o Ministro de Economía en España. O cómo muchos de los responsables en Estados Unidos siguen asesorando al Presidente Obama.

Pero conviene ser precavidos, porque en ciertos foros circulan informaciones interesadas sobre lo sucedido en Islandia que no responden a la realidad. Especialmente en ciertos círculos de la izquierda extrema y de la indignación popular, se intenta presentar a Islandia como ejemplo de lo que todos los ciudadanos del resto de países deberíamos hacer. Y, para ello, se tiende a manipular los datos para que encajen en el escenario que se quisiera describir. Se habla enfáticamente de la revolución que llegó del frío, pero la realidad de los hechos es bastante más mediocre. Es cierto que se dejó quebrar a algún gran banco, por la simple razón de que el Estado era incapaz de salvarlos, pues sus deudas suponían hasta nueve veces el PIB anual del país. Pero no se nacionalizaron, sino que se vendieron a otras entidades.

Es cierto que hubo una revuelta popular en contra de que las pérdidas de ahorradores (o especuladores) británicos u holandeses las pagaran las familias islandesas durante 15 años al 5.5% de interés, hasta totalizar unos 3.500 millones de euros. La ley con esta propuesta, una absoluta locura, por otra parte, no prosperó y fue vetada por el presidente. Pero la Unión Europea tiene amenazada a Islandia de no poder ni siquiera pedir su ingreso mientras no cancele sus deudas.

Es cierto que ha habido algunos arrestos de responsables políticos y banqueros, pero de ahí a que se pudran en la cárcel hay un abismo. Cambió el gobierno, eso sí.

Es cierto que se eligió una asamblea de 25 ciudadanos para que contribuyeran a la elaboración de una nueva Constitución, que sustituya a la actual, copia de la de Dinamarca, de quien se escindió Islandia en 1944. Pero esa elección fue impugnada y, de hecho, no han empezado todavía los trabajos, que serían, en todo caso, puramente consultivos.
Mario Monti, Primer Ministro de Italia. Cuesta entender
que personajes que fueron parte del problema puedan
ser ahora parte de la solución.
(Fuente: mundo-com)

No es cierto que el estado del bienestar no haya sufrido serias mermas en Islandia, ya que hubo ajustes y recortes muy importantes, que han provocado y provocan sufrimiento en los ciudadanos islandeses.

Recientemente he recibido por el correo electrónico una llamada vehemente a hacer publicidad de lo ocurrido en Islandia, como un revulsivo a las decisiones que vienen siendo tradicionales en los gobiernos occidentales (apriete de cinturón, ajustes del gasto público, recortes de todo tipo,...). Pero para ello utiliza falacias y medias verdades, que me parece nefasto seguir difundiendo.

He leído informaciones muy divergentes sobre los hechos de Islandia. Parece que algunos tienen un exagerado interés en utilizar a este pequeño país como ejemplo de que una Revolución es posible en este mundo globalizado, y que se puede afrontar la crisis de una forma diferente. Pero hay que tener en cuenta que Islandia no es más que una isla cerca del Ártico, con su propia moneda nacional, que se devaluó de forma muy seria (creo que más del 75%). Y que toda su población cabría en una capital mediana de provincias en España. Y que no parece que tenga opciones de ingresar en la Unión Europea en los próximos tiempos.
Imágenes de la llamada revuelta de las cacerolas
en Islandia (2008)
(Fuente: noticiascuriosas)

En esto, como en casi todo, el tamaño sí importa. No es lo mismo lo que pueda suceder en un país económicamente bastante aislado, con su propia moneda nacional, y 320.000 habitantes, con lo que sea posible en un entorno mil veces mayor, con una única moneda comunitaria, etc. etc. Y si además, interesadamente, la revuelta islandesa se quiere teñir de revolución, forzando la realidad, tenemos el engaño servido. Todos debemos aprender que para argumentar contra alguien que dice BLANCO, nunca deberíamos enarbolar el NEGRO como bandera, pues sólo nos juntaríamos a ellos en el error. La realidad tiene tonos intermedios y otros matices. Eliminándolos no le hacemos ningún favor a la verdad.

Porque, ahora mismo, el desafío real para Islandia es saber si será posible para el país vivir y sobrevivir casi, casi, al margen del mundo entero. Es totalmente idealista intentar presentar la realidad islandesa como la de una nueva Arcadia. Tienen demasiadas heridas sin cicatrizar en su relación con los países vecinos como para que su crecimiento económico sea solamente un dato, y no una noticia.

Ante algunos libelos que circulan por Internet, recomiendo una lectura más calmada de otras fuentes que parecen menos interesadas y flamígeras, como por ejemplo Pressenza o La Saga de Dashiell. La realidad completa sólo la conocen del todo, si acaso, los 320.000 habitantes de Islandia.

Paremos, por favor, de difundir mentiras o verdades maquilladas.

JMBA