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jueves, 16 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 9: Erotismo


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 8: Hurtos


Como os podéis imaginar, los estímulos incluso vagamente eróticos eran escasísimos, por no decir prácticamente inexistentes, en la Residencia. Incluso el propio concepto de la belleza aprende uno a expulsarlo de la vida cotidiana, para evitar la frustración. Pero había algunas excepciones, y os voy a hablar de ellas.

Forma parte de las leyendas urbanas más extendidas el hecho de que los abuelitos y abuelitas aprovechan su estancia en las Residencias de Mayores para establecer nuevas relaciones sentimentales, con sus compañeros o compañeras de viaje. Lo cierto y verdad es que yo no detecté ni una sola de estas relaciones en la Residencia, ni siquiera visualicé comportamiento alguno que pudiera llegarse a considerar, incluso muy generosamente, de cortejo. Atribuyo este hecho a dos factores importantes.

De una parte, esa leyenda urbana se cumple mucho más fielmente si analizamos a personas mayores de las clases populares y sin muchos recursos. Para ellos y ellas, un nuevo conocimiento o una nueva relación siempre se vive como una maravillosa oportunidad y se entregan a ella con alegría. Alguien que se acerca siempre puede ser una persona de quien aprender cosas o alguien que podría ayudarles, intelectual, cultural, económicamente o de muchas otras formas. Por el contrario, los abuelitos y abuelitas de buenas familias con holgados patrimonios (y, ojo, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas,...) perciben cualquier aproximación como una amenaza. Cualquiera que intente acercarse a su abuelito o abuelita podría ser simplemente un o una oportunista que va a chupar del bote. La simple posibilidad de que el patrimonio se pudiera evaporar en cohetes del ocaso, causa un profundo temor y provoca el retraimiento inmediato. Estoy seguro de que, en esos entornos socioeconómicos, la frase dejad que el abuelo (la abuela) sea feliz, no se conjuga en ninguna de sus formas. Prima siempre el concepto nuclear de la familia (y su patrimonio, por supuesto).

Pero también existe un segundo factor que podría haber provocado mi persistente miopía a identificar posibles nuevas relaciones establecidas en el marco de la Residencia. Mi perfil sentimental siempre ha estado más próximo al del tradicional Pagafantas que al del galán astuto. De hecho, me ha tocado sobrevivir a algunos episodios muy enojosos. Por ejemplo, hace ya bastantes años, estuve invitando a cenar durante un cierto tiempo a una buena amiga, con la vaga esperanza de que nuestra relación pudiera acabar evolucionando hacia algo más íntimo. Hasta que las circunstancias adversas me abrieron los ojos para descubrir sorprendido que, realmente, ella era la amante despechada de un común amigo, que sí era un galán astuto. El consuelo fue que, pagando yo, eso sí, tuve la ocasión de conocer y disfrutar de algunos excelentes restaurantes.

En otra ocasión, acudí al Aeropuerto a recibir a una amiga con quien estaba manteniendo una cierta relación sentimental. Ella volvía de un viaje de trabajo. Cuando apareció desde la sala de equipajes, y ante sus angustiadas señas, tuve que salir huyendo porque quien la estaba esperando oficialmente era su otro amante. En fin, heridas que te deja la vida con las que hay que aprender a convivir y que te ayudan, por cierto, a conocerte mejor.

Sí es cierto que en la Residencia, en una ocasión, escuché algún retazo de conversación al estilo de patio de colegio. Un grupito de abuelitas estaba comentando que Fulano había intentado besar a una de ellas. Pero el comentario era al estilo de hablar de travesuras infantiles, sin que yo detectara emoción adulta alguna por la posibilidad de una nueva relación ilusionante.

Muchos residentes, ellos o sus familias, pagan privadamente a cuidadoras, por un pago mensual que hay que sumar a la abultada factura de la Residencia. Las cuidadoras aparecen, normalmente, entre las 10 y las 11 de la mañana, y siguen por allí durante todo el día, hasta después de la cena algunas, acompañando a sus clientes a donde tengan que ir (al jardín, a Fisioterapia, a Enfermería, a los diversos Servicios, etc.).

La mayoría de estas cuidadoras (casi la totalidad son mujeres) son de origen sudamericano y carecen casi totalmente de atractivos destacables. Había también alguna española, alguna rusa (o similar) e incluso alguna africana (que aparecía en traje de fiesta tribal los fines de semana). En ese colectivo, los encantos incluso lejanamente eróticos, cotizan a la baja. Supongo que las propias familias desarrollan un cierto casting, para evitar los evidentes peligros que podría suponer el escoger a una chica atractiva para cuidar de su abuelo octogenario. Muchas de las cuidadoras presentan unos perímetros de cadera simplemente inverosímiles, tienen traseros exageradamente desarrollados, o son directamente obesas, supongo que como resultado de una alimentación ni cuidada ni saludable.

Pero también había alguna de las cuidadoras que era guapita de cara, o que tenía una hermosa silueta. Una de ellas, quizá venezolana o colombiana (que cuidaba, por cierto, a una abuelita), tenía un cuerpo de medidas perfectas, sólo ligeramente atenuado por resultar algo molesta de cara, con un rostro vagamente equino. Un fin de semana apareció por la Residencia con un vestidito blanco ajustado y corto. Realmente daba gusto mirar al conjunto, especialmente de espaldas, dicho sea de paso. Hasta Don Juan, noventa añitos en canal, me comentó, tras desnudarla con la mirada, que esa chica tiene muy buen tipo.

Algunas alegrías visuales procedían de la visita de hijas, nueras o nietas de algún residente. Como era verano, tiempo de calor y de calores, muchas de las mujeres y chicas que acudían de visita a la Residencia escogían conjuntos con poquita ropa. Esto favorecía las visiones ocasionales de lánguidos escotes de senos danzarines o de piernas bronceadas expuestas a todas las miradas (lascivas o no). Todo ello contribuía a alegrarnos la vista a los que todavía la tenemos en razonables condiciones.

Don Carlos era un residente temporal de ochenta y muchos, que nunca llegué a entender de verdad por qué estaba en la Residencia. En su casa vivía su mujer y tenían mayordomo y servicio. Supongo que quizás estaban realizando en ella algunos trabajos que podrían dificultar la estancia, y por eso enviaron al abuelo unas semanas a la Residencia. Don Carlos siempre tenía alguna queja a añadir a su memorial de agravios, como si todo el mundo en la Residencia se dedicara a complicarle la vida. Recibía frecuentemente la visita de diversos familiares, entre los que estaba una de sus nietas, muy mona de cara, al estilo reconocible de las buenas familias, aunque algo sosa de trato, pero siempre con sus bronceadas piernas desnudas, que contribuían a aportar algo de juventud a ese entorno rancio y envejecido.

También apareció varios días su hijo (un playboy cuarentón algo desmejorado por un cáncer que parece que ya superó), acompañado por su chica. Ella era muy atractiva, aunque habría que contar por docenas las operaciones (y modificaciones) estéticas a las que ya se había sometido. Contra toda esperanza, sin embargo, era muy amable y de trato cordial.

Con residentes de ochenta y noventa años, abundaban las nietas en el entorno de los veinte, y a muchas daba gusto verlas. Algún día apareció por la Residencia la nieta de Don Juan, que reside en Irlanda, que resultó ser una belleza clásica de ojos verdes, que merecía ser contemplada con cierta devoción.

El uniforme que visten las auxiliares está diseñado para esconder cualquier atisbo de atractivo, caso de existir, lo que en la gran mayoría no es nada evidente. De entre todas las auxiliares yo tenía a mi favorita, C., una chica de veintipocos años, de cuerpo esbelto y muy atractiva de cara, al menos para mis ojos. Acostumbraba a llevar un mechón de pelo suelto, que le obligaba a frecuentes golpecitos laterales de la cabeza para apartarlo de los ojos, un movimiento que me resultaba muy estimulante.

Con C. desarrollé durante mucho tiempo un discreto ejercicio de cortejo de muy baja intensidad. Con mucha frecuencia era ella la responsable de ayudarme a acostar por la noche. Allí teníamos unos pocos minutos de cierta intimidad. Aproveché para decirle lo que pensaba:

- C., para mí eres la chica más atractiva que puede verse por aquí.

Se quedó pensando un momento, y luego dijo:

- Pero hay otras chicas más guapas que yo...

- No te lo discuto, pero me parece que tienes tú más atractivo, quizá por esa mirada lánguida y profunda, que sugiere muchas cosas que no están a la vista.

Otra noche le pregunté:

- ¿Eres miope?

- Sí, ¿por qué lo preguntas?

- Porque tienes la misma mirada que Marilyn Monroe, con la que seducía a los hombres.

Creo que me dijo algo así como qué cosas dices.

Como yo siempre tenía el libro que estuviera leyendo encima de la mesita circular que formaba parte del mobiliario de la habitación, una noche lo cogió y lo soltó de repente, espetando:

- Qué cosas más raras lees. ¿Tú eres profesor?.

- No, solo soy sabio.

Cuando nos cruzábamos por las zonas públicas, siempre intercambiábamos algún saludo cargado de camaradería. Y si yo estaba leyendo en el jardín, ella a menudo se aproximaba para intercambiar algunos comentarios, ver el título del libro o también opinar, sorprendida, sobre mi pequeño cenicero de viaje.

Por indicación expresa de una de las supervisoras, L., que acostumbraba a pasearse por el comedor a la hora de las comidas, tanto por la mañana como por la noche me aplicaban crema hidratante en las piernas, cuya piel tiene tendencia a quedarse reseca.

Al acostarme, yo acostumbraba a tumbarme en la cama, y allí me aplicaban la crema. Una noche, al inclinarse C. para hacerlo, se le entreabrió ligeramente el escote del blusón, y pude atisbar dos pechos pequeños, contenidos por un sujetador de color violeta. A ver, lector incrédulo, entiendo tu desconcierto al ver a un varón calificando con tanta finura una tonalidad de color. Debes saber que la capacidad de discriminación cromática de un hombre se limita, más o menos, a doce colores básicos, como las cajas pequeñas de lápices Alpino. No es que no distingamos más diferencias y matices (salvo que medie algún tipo de daltonismo), pero nos parece superfluo dedicar un esfuerzo adicional a ponerles nombres específicos, cuando el tema se puede resolver añadiendo algún calificativo, como claro, oscuro, rojizo, verdoso y así.

Pero ese sujetador se me antojó violeta. Y ese era el color del que le quitaba en el sueño erótico que tuve esa noche. Sin culminación, ojo, que yo estaba convaleciente de mi infección urinaria, y no estaba la maquinaria para cohetes.

Hacia el final de mi estancia apareció por la Residencia otra chica de su misma edad, S., sevillana y sevillista, esbelta y de cara muy graciosa. Como buena andaluza, era salada y también extremadamente eficiente, ya que se hizo con mi rutina al acostarme tras verlo un solo día.

Pero nunca le fui infiel a C.

miércoles, 8 de mayo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 8: Hurtos



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística


Ni siquiera una Residencia de Gran Lujo y cinco estrellas se salva de la lacra de los pequeños hurtos en las habitaciones. Por normativa legal, éstas no pueden cerrarse, cuando la mayoría de residentes no están en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, para facilitar las rondas médicas y de enfermería, y, en su caso, para una eventual evacuación.

Por lo que parece, los hurtos forman parte del paisaje habitual de todas las Residencias de Mayores en España. No sé lo que ocurre en otros países, pero me temo que, tampoco en este tema, debemos de ser una excepción.

En mi primer día en la Residencia nos sorprendió ver cómo las habitaciones quedaban abiertas y, por lo tanto, accesibles a cualquiera que quisiera entrar. Nos interesamos por el tema, e incluso nos ofrecieron disponer de una especie de llave maestra para poder cerrar mi habitación, si ese era mi deseo. Pero, tras una breve reflexión, mi conclusión fue que si todo el mundo dejaba las habitaciones abiertas y accesibles, no había motivo alguno para cerrar la mía.

Por supuesto, en mi habitación de la Residencia no había nada de gran valor intrínseco. De hecho, tampoco en mi casa lo hay. Pero sí guardaba mi billetera (con un poco de efectivo para poder pagar los encargos que hiciera a alguno de mis amigos), dentro de un bolso bandolera, que a su vez estaba dentro de un armarito al pie de la cama y debajo del televisor. Me refiero que no estaba, para nada, a la vista, ni era fácilmente accesible al descuido.

Tras unas pocas semanas de estancia, me pareció que me faltaba algún billete de la cartera, pero no estaba seguro, pues no sabía con precisión cuánto efectivo tenía dentro de mi cartera. Para sembrar la duda, el ladrón o ladrona no saquea lo que encuentra, sino que se lleva uno o dos billetes de los que queden otros tres o cuatro. Una mañana, después del desayuno, conté al detalle lo que había y bajé al jardín, como solía hacer todas las mañanas. A mediodía, cuando volví a la habitación, repetí el inventario y claramente faltaban un par de billetes, uno de cincuenta y otro de veinte euros.

El tema en sí me resultaba repugnante. Nada dice en favor de la bondad de la humanidad el que exista algún empleado o empleada de la Residencia (casi con seguridad) desleal y que abuse de esta forma de la vulnerabilidad y debilidad (presuntas) de los clientes. Pero era tristemente real. Decidí hablar con la directora sobre el tema, por lo que acudí a su despacho.

Le conté mi desagradable experiencia con los detalles de que disponía. La misión de la directora, desde el principio, fue claramente desviar la atención de los empleados del centro. Es cierto que, durante todo el día, hay muchas visitas en la Residencia que son difíciles de controlar. Por la Residencia aparecen habitualmente, desde media mañana hasta la hora de la cena, hijos e hijas, nietos y nietas, amigos y amigas de algún residente. Y también hay bastantes cuidadoras, pagadas por las familias, aparte de la propia factura de la Residencia, para cuidar y atender a sus familiares durante el día. La directora apuntaba claramente a la probabilidad de que el ladrón estuviera entre esos colectivos externos y no entre los empleados del Centro.

Me citó algunos casos que habían resuelto, donde el culpable resultó ser alguien externo, alguna cuidadora, etc. Pero, claro, se trataba, en su mayoría, de robos al descuido, de un bolso abandonado en un perchero en un despacho de la zona pública, de un móvil solitario que desapareció de encima de una mesa, etc. Incluso me comentó el caso de una cuidadora que tomó prestado un cargador de móvil de una habitación vecina a la de su residente.

En un robo (hurto)  como el que yo sufrí, me parece que en un 99% el culpable sería con seguridad alguna persona desleal de entre el personal de la Residencia. Necesariamente se trataba de alguien que tuviera derecho a estar dentro de mi habitación y que dispusiera de unos minutos, sin levantar sospechas, para hurgar por los cajones y los armarios hasta localizar el depósito de efectivo.

Evidentemente, la directora ofreció el servicio de la caja fuerte central, donde poder guardar cualquier objeto de valor, aparte de recomendar la disponibilidad mínima de efectivo, ya que, ciertamente, no es necesario para la vida dentro de la Residencia, donde cualquier gasto extra se puede adicionar a la factura mensual, que se acaba pagando por cargo bancario.

En cuanto a medidas de seguridad, la Residencia dispone de cámaras de circuito cerrado en los pasillos y rellanos. Lógica y evidentemente, no hay cámaras dentro de las habitaciones. Bueno, aunque las hubiera, lo negarían siempre. Me prometió que revisarían las grabaciones de esas dos horas, para ver quién había entrado en mi habitación.

Unos días después, me comentó que la revisión había mostrado que nadie que no tuviera derecho a hacerlo había entrado en mi habitación durante esas dos horas en que me desaparecieron los billetes de la cartera. Lo cual confirmaba que, desgraciadamente, el ladrón habría que buscarlo entre el número limitado de personas que entran naturalmente en las habitaciones por la mañana: la que retira el desayuno, la que hace la cama, la que limpia el baño, la que friega el suelo, la que cambia las toallas, etc. etc.

La directora me dijo que las habían interrogado a todas, pero sin resultado. Ignoro cuál sería, de haber existido realmente, la intensidad de estos interrogatorios.

Comentamos la posibilidad de instalar pequeñas cajas fuertes dentro del armario de las habitaciones. Me dijo que unos años antes lo habían intentado, pero habían tenido que revertir la medida, ya que el cerrajero no paraba de tener que abrirlas por métodos sumarios. La mayoría de residentes no están en condiciones de memorizar y de utilizar una combinación numérica para el bloqueo y apertura. Me ofreció, de todas formas, una de esas cajas en mi habitación, dado que yo sí estaba en perfectas condiciones para usarla. Efectivamente, uno de los chicos del mantenimiento la instaló a la mañana siguiente, me llamó para personarse a continuación y darme las (mínimas) instrucciones necesarias para su manejo.

Lógicamente, nunca pensé que lo mío fuera una desagradable excepción. Comenté el tema en mi mesa del comedor, y casi todos los comensales tenían una experiencia parecida que contar. A uno le había desaparecido una pulsera que había comprado para algún regalo. A otro le desaparecieron 27,50€ que tenía separados para pagar lo que fuera. Y así la mayoría de residentes habían tenido problemas parecidos.

El mismo comentario en el jardín dio parecidos resultados. Claro que también asistí en primera persona a claros falsos positivos. Una mañana, Don Juan me comentó compungido que estaba preocupado porque le había desaparecido la cartera, donde tenía una mínima cantidad de dinero (15 ó 20 euros), pero también el DNI. Un par de horas después, cuando volví a verle, le recordé el episodio (tuve que hacerlo dos o tres veces, pues su memoria de corto plazo es extremadamente limitada). Cuando entendió, por fin, la pregunta, sonrió con cierta vergüenza y me dijo que, bueno, que a veces se empuja algo un palmo y ya no está en su lugar. Había recuperado, pues, sin problema, el contacto con su billetera.

Una residente temporal, fumadora compulsiva, una mañana estaba desesperada porque le había desaparecido el bolso, creo que de la habitación. Su máxima preocupación era que su mechero estaba en el bolso. Le presté uno para que pudiera atender a sus necesidades. Creo que el bolso reapareció, ignoro los detalles, aunque nunca recuperé mi mechero, por cierto.

Otro residente me comentó una mañana que le había desaparecido el reloj de su señora, recientemente fallecida, del cajón de la mesilla de su habitación. Cuando le comenté el tema a la directora, sonrió y me confirmó que una de las hijas del caballero había llevado el reloj a recepción, para que lo guardaran en la caja fuerte central. Y no le dijo nada a su padre, o éste ya lo había olvidado.

Lo más mezquino de estos hechos es que te hacen sospechar si detrás de la aparente abnegación de muchas visitas de hijos o nietos no se esconde alguna codicia clandestina e inconfesable. Si no persiguen realmente algún regalito en forma de efectivo (liberalidad no siempre recordada por el residente disminuido de memoria) o de ese anillo tan apreciado que casi mejor que no aparezca en el inventario tras el fallecimiento futuro de la madre, la abuela o la tía.

Y lo más miserable es que te hace sospechar de esos saludos siempre afectuosos y cariñosos de las auxiliares o del personal de limpieza, que te desean un buen día o que destacan cómo has mejorado al andar. Que alguna de esas personas, con las que inevitablemente acabas teniendo una cierta familiaridad, cometa la indignidad de robar directamente de las habitaciones, aprovechando que el testimonio del residente casi siempre es poco creíble, resulta francamente vomitivo.

La directora me contó también algunos episodios de auténticas organizaciones criminales que operan en el entorno de las Residencias de Mayores. Parece que tienen línea directa con la Policía, que les advierte del personal desleal identificado en alguna de ellas, para evitar que recale como personal de otra un tiempo después. En concreto, recuerdo un episodio que me contó, en que alguien del personal robaba los televisores de las habitaciones y, para evitar pasearse con ellos por las instalaciones, los bajaba por la ventana, con una cuerda, para que un cómplice las recogiera. En fin, el hampa nunca descansa.

Durante la mayor parte de mi estancia disfruté de la pequeña caja fuerte en la habitación, donde guardaba la billetera, el monedero, las llaves de casa, y así. Afortunadamente, no sufrí ningún otro incidente de este tipo.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 9: Erotismo

viernes, 12 de abril de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística





Cuando uno se pasa varios meses alejado de casa, y prácticamente encerrado, no tiene más remedio que recurrir a compradores y recaderos más o menos voluntarios, para resolver las necesidades más perentorias. Incluso para las cosas más básicas hay que recurrir a terceras personas.

De esta forma, mi hermana se convirtió en la zapatera oficial. Teniendo un problema de insensibilidad en los pies, el calzado se convirtió en un elemento casi médico de vital importancia. Ya estando todavía en el Hospital, ella se encargó de visitar una tienda viejuna cerca de Atocha, donde, en un segundo intento, compró unas zapatillas comodísimas, con cierres de velcro por arriba y por detrás, que utilicé tanto en el Hospital como en las primeras semanas de estancia en la Residencia. Pero, más adelante, por consejos de la enfermera y de los fisioterapeutas, se hizo evidente la necesidad de otro tipo de calzado. De forma recurrente, aparecieron heridas superficiales en el pie izquierdo especialmente, rozaduras, ampollas, etc. Parece que las zapatillas no sujetaban suficientemente el pie y el tobillo, y la fricción provocaba esos efectos.

El 6 de Julio tenía una cita de Revisión en Urología en el Ramón y Cajal. Le pedí a mi hermana si podía venir para acompañarme en esa visita, dado que yo todavía me movía utilizando la silla de ruedas. Tras un viaje de ida y vuelta al Hospital, utilizando el servicio de los llamados Eurotaxis, que embarcan por popa la silla de ruedas con su ocupante, con total comodidad y seguridad, volvimos a la Residencia ya tarde para comer. En la cafetería nos proporcionaron algún plato con el que improvisamos un almuerzo tardío.

Por cierto, la cita fue casi de cortesía, a pesar de presentarme en silla de ruedas. Que qué bien estaba, que qué guapo, que qué bien que hubiera adelgazado, y que bueno, ya para Octubre un TAC y ya veremos luego.

Por la tarde, aprovechamos para salir a la calle (mi hermana empujando la silla), y visitamos una zapatería próxima, donde pudimos comprar unas deportivas con cierre de velcro, que sujetaban perfectamente el pie y el tobillo, y que, todavía hoy, son las que estoy utilizando. A la vuelta hicimos una parada en un cajero automático, para proveerme de algo de efectivo, porque a los recaderos, en general, hay que pagarles en cash.

Durante mi estancia en el Hospital, prácticamente no necesité nada de ropa, más allá del sempiterno camisón que te proporcionan a diario (culito al aire) y de las zapatillas. Pero al trasladarme a la Residencia, el entorno cambió. Organicé sobre la marcha un pequeño equipo, formado por mi asistenta Olga y mi amigo Andrés. Los dos, pilotados telefónicamente, pudieron preparar en mi casa una maleta con la ropa y demás elementos necesarios, que me acompañó en mi traslado.

Esa maleta incluía, entre muchas otras cosas, una tableta que habitualmente, en casa, no utilizo casi nunca. Pero en la Residencia me sirvió para entretenerme de diversas formas. A pesar de que había una cierta WiFi, sólo funcionaba razonablemente en los rellanos y en las zonas comunes, pero no en la habitación ni en el jardín. De todas formas, conviene entender que casi la mitad de los residentes no saben utilizar una WiFi, mientras que casi la otra mitad no sabe siquiera lo que es. Por lo que, para utilizar la tableta, tenía que tirar de los GB del móvil, que siempre son limitados cuando se consumen a lo grande. Gestioné con Movistar+ (con quien tengo contratada en casa la fibra óptica, la televisión de pago y la telefonía tanto fija como móvil), la acumulación de tráfico en el móvil que habitualmente utilizo, y dispuse de esa forma de 24GB de tráfico de datos al mes. Así pude ver, en la placidez de mi habitación, algún partido de fútbol de mi interés o también alguna película. Siempre revisando el consumo total, para evitar el cargo desproporcionado por un tráfico adicional de datos.

El tabaco se convirtió en uno de los temas centrales de la problemática logística. Durante mi estancia en el Hospital, lógicamente, no había fumado un solo cigarrillo. Quizá podría haber aprovechado la ocasión para dejar definitivamente un hábito que, a la larga, no hay duda de que resulta perjudicial. Pero la situación no era la más adecuada, ya que, por mi disfunción motriz, tenía ya que renunciar a muchas cosas de la vida habitual, por lo que resultaba quizá demasiado agresivo añadirle el dejar una costumbre que, pese a todo, me da bastantes placeres.


Uno de mis ceniceros de bolsillo, que compré, casi por
casualidad, por 2€, en un estanco junto al puerto
de Cartagena.
(JMBigas, Abril 2019)


En el interior de la Residencia no se podía fumar en ninguna parte. Pero tanto en el jardín como en el porche de entrada (más adelante, por supuesto, también en la calle durante los paseos), sí se podía fumar algún cigarrillo. Había una fumadora oficial, Queti, a la que se podía ver con frecuencia en el jardín, apoyada en el pilar de acceso al interior, junto al único cenicero de pie que había allí, aunque también había varios ceniceros distribuidos por las mesas del jardín. Durante el día, a Queti se la podía ver o bien fumando en el jardín, o trabajando sobre sus inacabables revistas de pasatiempos, tanto en el jardín como en alguno de los salones interiores. Había una segunda señora fumadora ocasional. Pero ella siempre apuraba sus cigarrillos paseando de arriba para abajo por el jardín.

Conocí también a algún(a) residente temporal que era fumador(a) empedernido(a). De ellos ya hablaré más adelante. Otra señora también acostumbraba a fumar algún cigarrillo, pero siempre en el porche de entrada (nunca la vi por el jardín). Con ella tuve alguna conversación muy interesante, de la que hablaré en otro capítulo. Curiosamente, no conocí a ningún hombre fumador en la Residencia, aunque la mayoría de aquellos con los que hablé en alguna ocasión, reconocían haber sido fumadores, aunque hubieran abandonado el hábito diez, veinte o treinta años antes.


El cenicero, desplegado. Tiene capacidad para tres o
cuatro colillas.
(JMBigas, Abril 2019)


Entre mis pertenencias, tenía una cajetilla con siete u ocho cigarrillos, que había sobrevivido incólume a toda la estancia en el hospital. Como en casa tenía una pequeña reserva, mi asistenta Olga tuvo un papel importante, al traerme de casa a la Residencia algunas cajetillas adicionales y un segundo mechero, así como mi querido cenicero de bolsillo, que genera la impresión de fumador civilizado y que levantó mucho interés, o quizá solo curiosidad, siempre que lo utilicé en algún lugar del jardín, lo que sucedió a menudo.

Cuando se agotaron las reservas, recurrí a mi buen amigo Walther, que se especializó en el suministro de cigarrillos, cada vez que se lo pedí, antes de alguna de sus visitas regulares. Cuando escaseaban las existencias, levantaba la mano (WhatsApp, ¡qué gran invento!) y en su siguiente visita me traía un cartón de mis cigarrillos habituales. Cuando empecé a realizar paseos por la calle le liberé de esta función, puesto que había un estanco a escasos 150 metros de la Residencia.

Otro tema menor, pero muy trascendente, fueron las toallitas húmedas limpiagafas. Tenía en casa una pequeña reserva (una o dos cajitas), que Olga me trajo a la Residencia, cuando se lo pedí. Cuando se agotaron las reservas, recurrí a mi amigo Andrés, que me trajo varias veces un par de cajas de toallitas, que le pagaba religiosamente en efectivo.

Nosferatu, otro amigo, se especializó en los artículos más o menos tecnológicos. Se me rompieron unos auriculares que utilizaba tanto con el móvil como con un pequeño reproductor de MP3 que dispone de una funcionalidad ya desaparecida de la oferta comercial: la sintonía de Radio FM, sin consumo de datos. Le pedí que comprara para mí unos auriculares nuevos y, la primera vez, me trajo unos de gama extrabásica, comprados en una tienda de chinos, de sólo 3€, que resultaron ser una fuente de distorsión del sonido. No entiendo cómo alguien todavía invierte dinero en producir un artículo que prácticamente no sirve para nada. Al segundo intento me trajo unos JVC de 10€, perfectos para ese uso, y que sigo utilizando.

Desde el principio tenía conmigo una batería externa (grande, de 6000mAh) para la recarga del móvil. Esto me evitaba tener que conectarlo directamente al enchufe de la pared, y que así no lo tuviera a mano. Pero la batería empezó a dar síntomas de fatiga, y le pedí a Nosferatu que me comprara una parecida. Le mandé una foto, incluso, y me trajo, en su siguiente visita, otro ejemplar prácticamente idéntico al que tenía. Con las dos baterías me bandeé todavía con mayor comodidad.

Mi asistenta Olga, por supuesto, jugó un papel decisivo en traerme cosas de casa (o llevarse otras que ya no me resultaban útiles). Durante toda mi estancia (tanto en el Hospital como en la Residencia), ella fue yendo al menos una vez por semana a mi casa (salvo durante el mes de Julio, en que tomó vacaciones), para mantenerlo todo en las mejores condiciones posibles. Así, a petición mía, me trajo algunos útiles de aseo (gel dentífrico, pastilla de jabón, vaporizador de colonia, etc.), libros y algunas otras cosas de las que disponía en casa y que me hacían falta para algún propósito.

Llamadme presumido (y os equivocaréis, os lo aseguro), pero me he acostumbrado a utilizar una colonia específica, agradable, fresca y nada pesada, la 1747, de un perfumista de Grasse, en la Provenza (Galimard), de la que me aprovisiono por Internet. Tengo varios frascos pequeños de cristal, con vaporizador, que relleno (mediante unos embudos minúsculos, comprados en una tienda de chinos) a partir de unos frascos de aluminio de un litro de capacidad. Le conté a mi asistenta cómo hacerlo, y así conseguí disponer siempre de uno o dos vaporizadores de esa colonia en la Residencia.

Para los libros, ideamos conjuntamente una solución multimedia. Ella me enviaba las fotos de dos o tres de los estantes donde tengo en casa los libros pendientes de leer. Y yo le indicaba los que quería que me trajera, el cuarto y séptimo del primer estante, y el octavo y décimo del segundo estante, y así. Cuando tenía unos cuantos ya leídos, ella se los llevaba a casa. Cuando volví, me encontré tres montones grandes de libros sobre la mesa del despacho. Me costó un par de días catalogarlos, disponerlos en cajas y bajarlos al trastero.

La lectura fue uno de los grandes recursos para ayudar a pasar el tiempo, que tanto en el Hospital como en la Residencia, tenía tendencia a transcurrir con mucha lentitud. En poco más de cinco meses, llegué a leer hasta 37 libros, tanto en castellano como en catalán, francés e inglés. De esta forma ayudé a mantener en buen uso mis capacidades idiomáticas.

Otro capítulo fueron los regalos y préstamos. En diversas ocasiones, tanto mi hermano como mi hermana me trajeron un libro de regalo, para amenizar la estancia. Y, estando todavía en el Hospital, mi amiga Inés me trajo de regalo un estuche con seis miniaturas de cognacs clásicos. Dado que el entorno no aconsejaba su consumo inmediato, le pedí a Olga que se lo llevara a casa. A mi vuelta, me encontré un paquete en la nevera, envuelto en papel de El Corte Inglés. Ya no me acordaba de qué se trataba, y resultaron ser los botellines de cognac, de los que he ido disfrutando con moderación.

Mi buen amigo Antonio se empeñó en traerme algunos libros de novela policíaca escandinava. En diversas ocasiones, me trajo en total hasta siete volúmenes. Me rogó que, una vez leídos, no se los devolviera, sino que los hiciera circular por la Residencia. Hablé con Cloti, la responsable de animaciones, que gestiona un pequeño depósito de libros, para uso de los Residentes. Se hizo cargo de los libros, aunque me reconoció que muy poquitos clientes tiene, porque al que le queda vista como para leer, tiene que releer el mismo capítulo una y otra vez, porque se olvida de la trama y de los personajes.

A finales de Junio me di cuenta de que no había enviado mi Declaración de la Renta, y estaba muy cerca el fin de plazo. Habitualmente, acostumbro a hacerlo desde el ordenador de mi casa, donde tengo todos los datos necesarios. Un día le pedí a Olga que lo pusiera en marcha, pero no conseguimos entendernos lo suficiente como para que pudiera pasarme un par de informaciones que necesitaba para poder realizar las gestiones desde el móvil. Un par de días después, mi amigo DL me hizo el favor de pasar por mi casa. Pero la sorpresa fue que no consiguió ponerlo en marcha, asumiendo que en el ínterin se habría fundido la fuente de alimentación. Afortunadamente, tenía una copia de seguridad en un disco externo, que se llevó a su casa, y me cantó por teléfono los datos que necesitaba, y pude completar la tarea en tiempo y forma.

A raíz de eso, DL se empeñó en facilitarme un cable OTG (USB On-The-Go), que permite conectar un pendrive al microUSB de un móvil Android, habitualmente previsto para la carga de la batería. El primero que trajo resultó que no me funcionó, pero es que no funcionaba, en general. En un segundo intento me facilitó un cablecito que sí funcionó, aunque ya no lo necesitaba con urgencia. Creo que no lo he utilizado nunca con posterioridad.

Afortunadamente, lo del PC de casa fue una falsa alarma. El día en que visité mi casa con DL, en su presencia, lo puse en marcha sin problema alguno. Lo que pudiera haber pasado ese día en que no lo pudo arrancar quedará para siempre en la cueva de los misterios.

Es curioso darse cuenta de la cantidad de cosas que nos rodean habitualmente, y que utilizamos cuando las necesitamos. Cuando estamos desplazados, cada una de ellas, al menos aquellas que nos son realmente precisas, debe ser objeto específico de formar parte de un cierto equipaje o de proveernos de ellas por uno u otro medio.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 8: Hurtos

martes, 19 de marzo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 6: Residentes




La primera sorpresa al contemplar el paisanaje que habitaba en la Residencia fue constatar la mayoría absoluta de mujeres entre los residentes. Pregunté diversas veces por la explicación a este fenómeno, pero nunca conseguí obtener una respuesta que me resultara satisfactoria.

Puedo imaginarme algunas razones, la mayoría de ellas, dicho sea de paso, bastante crueles. De una parte, las mujeres viven, en general, más años que los hombres. El motivo sería objeto de otro estudio. Llegar a edades muy avanzadas facilita el hecho de que se manifiesten discapacidades agudas que aconsejen disponer de cuidados intensivos y constantes y, por lo tanto, ingresar en una Residencia sea una opción recomendable.

Otra opción sería pensar que las abuelas resultan más incómodas para la convivencia doméstica, y eso incline a las familias a deshacerse de su proximidad mediante el ingreso en una Residencia. O puede, también, que las mujeres sean más renuentes a delegar responsabilidades domésticas a cuidadores o cuidadoras de cualquier tipo, lo que haría que esta opción sea de más difícil implementación.

La siguiente constatación es que el porcentaje de residentes temporales, los que ingresan para estancias de algunas semanas o unos pocos meses, es bastante elevado. La dirección afirma, en sus conversaciones comerciales con clientes potenciales, que prácticamente el 40% de los residentes son temporales. En principio, a mí me pareció exagerada esta cifra, pero con el tiempo constaté que posiblemente se acerque bastante a la realidad de los hechos. Llegué a conocer a bastantes residentes temporales, de los que hablaré con cierto detalle en otro capítulo.

Esta temporalidad obedece a diferentes razones. Puede tratarse de un bache concreto de salud, en forma de rotura de huesos, de accidentes diversos o de operaciones de cadera, por ejemplo, que recomienden una temporada de Residencia, con atenciones personalizadas y fisioterapia diaria de rehabilitación. Otra razón podía ser la alteración temporal de la situación doméstica. Este era el caso, por ejemplo, de un señor de origen asturiano, de más de 90 años, que estaba en la Residencia con su señora. Ellos vivían habitualmente en casa con su hija, su yerno y sus nietos. Pero su hija se enfrentaba a problemas médicos que le impedían poder cuidar de ellos durante un tiempo. O también por unas pocas semanas, fue el caso de Gerardo, nonagenario pero muy bien conservado, que vivía en casa con su señora y una hija soltera. Pero las dos se fueron de viaje a Estados Unidos por un par de semanas, y él se trasladó a la Residencia para que le cuidaran durante ese período.

Se trata, en general, de problemas que tienen una duración bastante definida. Puede tratarse de unas semanas, o algunos meses, pero la estancia termina con la vuelta del residente a su casa

El resto, digamos que el 60% para respetar las informaciones previas, son residentes permanentes. Lo que no necesariamente significa, por cierto, que estén en esta Residencia hasta que fallezcan cuando les corresponda. Hay algunos motivos que pueden justificar su salida de la Residencia. Por ejemplo, su traslado al Hospital, para recibir atenciones médicas intensivas que hagan frente a dolencias sobrevenidas, o a problemas crónicos que se convierten, en un momento dado, en agudos. De estos traslados no siempre vuelven a la Residencia. Algunos acaban falleciendo y otros puede que hayan evolucionado en su estado general de modo que resulte aconsejable su ingreso en otro tipo de institución.

Otro motivo relativamente habitual de salida de la Residencia es su traslado a otra, por diversas razones. Vi el caso, por ejemplo, de Don José, que se trasladó a una residencia en Valladolid, porque en esa ciudad residía una de sus hijas, la que posiblemente estuviera más cercana a él, y les resultaba más práctico este arreglo. Aparte de que, muy seguramente, la Residencia en Valladolid resultara sensiblemente menos costosa que esta en el centro de Madrid.

La gran mayoría de residentes permanentes son personas, hombres y mujeres, por encima de los ochenta años y, muy frecuentemente, por encima de los noventa. Conocí a la que llamaban la decana, con sus 106 años a cuestas en su silla de ruedas. Pero también había algunas excepciones, de gente bastante más joven pero que había sufrido algún accidente vascular grave, que les había dejado paralizados o casi. Estas personas son las que me causaban más pena, al ver que sus vidas se habían visto truncadas, reduciendo los alicientes que les podían proporcionar a una expresión menos que mínima.

La capacidad de socialización, o incluso de mantener una conversación mínimamente inteligible con otros residentes, auxiliares, o visitas, es muy variable, pero tiende, en general, a ser bastante escasa. Por alguna razón que desconozco, la mayoría de abuelitos y abuelitas en la Residencia tendían a retraerse en sí mismos y en los familiares o amigos que les visitaban de vez en cuando, y no eran nada proclives a establecer nuevas relaciones con otros residentes. Sospecho que influía en ese hecho no solo el deterioro propio de la edad, sino también el nivel socioeconómico preponderante entre los residentes. Para alguien de las clases populares, una nueva amistad puede ser alguien que te pueda enseñar o dar algo. Para un abuelito o abuelita de la clase alta, una nueva amistad puede suponer alguien que te acabe pidiendo alguna cosa, o que intente quitártela. Ignoro si esa actitud algo huraña tenía que ver con las recomendaciones de su propia familia.

El único espacio donde se producía una mínima socialización, a menudo forzada, era en el comedor. Allí hay mesas de diversos tamaños, para dos, tres, cuatro, seis o incluso más personas. En algunas de ellas se establecían conversaciones de cierto calado, pero en otras la comida, o la cena, parecía más bien un desfile de ausentes, en que cada cual se preocupaba de su propia nutrición, y no manifestaba interés alguno por lo que pudieran aportar otros componentes de su misma mesa. A veces este efecto se producía por una incapacidad cierta de poder articular palabras inteligibles para los demás, y también porque los niveles de sordera en algunos casos eran tan agudos que les aislaban irremisiblemente de su propio entorno.

Pero no deja de resultar sorprendente que personas con capacidades, aunque mermadas, claramente suficientes, como para mantener un cierto nivel de conversación, no manifiesten ningún interés por ello, y prefieran retraerse en sí mismos antes que manifestar una mínima curiosidad por las experiencias vitales del resto de comensales, sobre cuál ha sido su trabajo en la vida, o cuál es su situación familiar, o los viajes que hayan podido realizar, etc. Esta abulia manifiesta es uno de los elementos que me resultó más chocante durante toda mi estancia, como ya he relatado en el Capítulo dedicado a la Curiosidad.

Aunque siempre estuve sentado, en el comedor, en una mesa de hombres, sí me fijaba en las mesas de mujeres (la mayoría, por supuesto). Daba la sensación de que sí fluía algo mejor la conversación, pero no tanto por la curiosidad de algunas sino más bien por el exhibicionismo de la mayoría. Las conversaciones, por lo que pude colegir, muchas veces giraban en torno a las respectivas familias, a lo bien que les iba en la vida a sus hijos o hijas, y a lo listos y guapos que eran sus nietos o nietas. O a las muchas privaciones que les había tocado sufrir en su vida y a las que supieron vencer (si no, difícilmente podrían costearse la estancia en esta Residencia, por cierto).

Conocí a algunas mujeres cuya único interés era localizar a algún oyente paciente que supiera encajar su monólogo vital, que me temo repetían, con ligeras variantes, una y otra vez sin ningún rubor. Pero también había alguna que, incluso desde la distancia, desbordaba amabilidad y gentileza.

Estoy convencido de que a algunos residentes nunca les vi por las zonas públicas. Su nivel vital podía resultar tan precario que nunca salían de su habitación, donde les aseaban, acostaban y levantaban, y les daban de comer y cenar como a bebés que ya nunca serán adultos.

Pero también entre los que sí veía todos los días había casos bastante extremos y lastimosos. Muchos sufrían de Alzheimer o demencia senil, de modo que ya habitaban sus propios universos en los que sólo estaban ellos, incapaces ya de reconocer hasta a sus familiares más próximos. Otros sufrían de afasia, de modo que su única capacidad comunicativa era una única sílaba (por ejemplo, " ta ta ta"), donde la intensidad o entonación con que las repetían daba pistas a los más próximos sobre lo que querían comunicar. Una vez vi a una señora con esta dolencia en un ataque de ira. Ignoro el origen de su problema, en ese momento, pero quedaba claro que estaba muy enojada por algo que habría sucedido.

Entre los y las que tenían una movilidad razonable, sin necesidad de ayudas técnicas (bastones, muletas, sillas de ruedas,...) había algunas personas que resultaban entrañables, pero otras también que no sé calificar de otra forma que raras. Una abuelita de pelo blanco y más de noventa, que no pesaría más de treinta kilos, se movía, pensaba y hablaba con bastante soltura. Se pasaba el día paseando por la Residencia y por el jardín, hablando a las flores, a los pajaritos y a quien se ponía por delante, y siempre tenía algunas buenas palabras para todo el mundo. Pilar, la abuelita entrañable, siempre con alguna revista entre las manos.

De los residentes definitivamente raros, yo destacaría a dos mujeres, en especial. La primera, de pelo blanco y gafas, se paseaba por la Residencia siempre en bata y zapatillas de estar por casa, reorganizaba los cojines de sillas y sillones, apagaba algún televisor que nadie estuviera mirando, pero nunca jamás le vi dirigir ni una sola palabra a nadie. Era como un fantasma, siempre presente, pero totalmente ausente de cualquier atisbo de socialización. La segunda tenía unas largas greñas, que parecían muy descuidadas, y hasta en los días más calurosos del verano iba abrigada con una gruesa chaqueta. Su presencia despertaba cierto resquemor, cuando no directamente temor, como si pudiera asaltarte en cualquier momento. Sólo le vi hablar, de forma bastante airada, con alguna de las auxiliares.

Había un señor, bajo y encorvado, que caminaba muy fuerte, con pasos muy rápidos de sus zapatos de piel, pero de escaso recorrido. No hacía falta verle para reconocer su proximidad. O una señora con gafas, muy delgadita, que tenía que andar mucho, pero nunca sabía hacia dónde se dirigía, y las auxiliares tenían que perseguirla, para devolverla al redil.

Había también algunas parejas. La que me resultó más tierna estaba formada por un señor de pelo blanco, de setenta y muchos, que siempre andaba abrazado a una señora, de parecida edad, de mirada ausente pero curiosamente atenta. Cara a cara, andaban muy despacito a pequeños pasos, él siempre hacia atrás. De vez en cuando, él le daba un beso en la frente. Los últimos días de mi estancia vi varias veces al señor solo. Nunca supe si a la señora le habría llegado su final. De hecho, nunca llegué a saber si la señora era su esposa o su hermana.

Otra señora era la que siempre tenía prisa. La prisa es un concepto absolutamente ajeno a la Residencia, pues si algo sobra allí es el tiempo. Pero ella, en su silla de ruedas, siempre competía, y no precisamente con buenas formas, para no demorar ni un minuto su desplazamiento en el ascensor. Podía discutir mucho tiempo para intentar introducir su silla en un ascensor donde ya había una y no cabían dos. Con su insistencia, retrasaba a todo el mundo. Yo la dejé por inútil desde el principio, y la dejaba pasar, prefiriendo esperarme que tener polémica. Con el tiempo descubrí que la misma aproximación tomaron muchos de los demás residentes.

Otra señora, también en silla de ruedas, parecía ser de familia buena, al menos de familia de orden. Siempre llevaba colgando por detrás de su silla una bolsa con la bandera española. Los hijos, hijas, nietos y nietas que la visitaban con frecuencia, tenían el aspecto de llamarse Borja, Rodrigo o Macarena. Por algún motivo que nunca llegué a conocer, pues nunca me dirigió la palabra, la señora me miraba con suspicacia lindando con la desconfianza. Quizá su sexto sentido le anticipaba que yo podía ser un descreído y/o un rojo irredento. Podría ser que su mirada encerrara una crítica a mi costumbre de moverme, era verano, con bermudas y las piernas al aire. Ignoro si, quizás, su mirada pudiera incluso esconder algún vago anhelo erótico.

Había otra señora, menuda, que siempre se movía por la Residencia vestida como para salir de paseo, aferrada a su bolso. Se sentaba a menudo en el banco junto a la salida al jardín, donde tenía el aspecto de estar esperando el autobús en la parada. La señora no tenía muy claro dónde estaba, o hacia dónde quería ir, a pesar de que se movía con cierta soltura y sin ayuda. Alguna vez que coincidí con ella en el ascensor, nunca sabía a qué planta quería ir. Yo llegué a saber que su habitación estaba en la primera planta, y se lo indicaba así. Me lo aceptaba sin rechistar, como consciente de que no estaba en condiciones de discutirme esa realidad.

Con diferencia, el residente que me causaba una mayor pena era un señor que quizá no tuviera ni sesenta años, a quien un incidente, supongo que vascular, de tipo ictus o similar, le había dejado convertido en un vegetal que respiraba. Le movían casi tendido en su silla de ruedas, sin apenas abrir los ojos ni, por supuesto, articular palabra. Todas las tardes le visitaba quien sería su mujer, una señora en la cincuentena, de buena planta, que le cuidaba con toda la devoción de la que era capaz.

Capítulo aparte merecen los (escasos) residentes con los que pude tener algún tipo de intercambio verbal. Aunque hablaré más ampliamente de ellos al tratar el tema de las Tertulias o de las Confesiones, bien se ganaron el derecho a ser citados aquí. Por encima de todos, Don Juan, un caballero madrileño de Argüelles, alto y extremadamente delgado, que se movía con la ayuda de un bastón sobre sus piernecitas frágiles, que siempre parecían amenazar con quebrarse. Yo nací el mismo día que él, sólo que treinta años más tarde. O Don José, sevillano de origen y madrileño de adopción, con el que compartí mesa en el comedor, hasta que se trasladó a otra Residencia en Valladolid. Con él sólo tuve alguna conversación algo más profunda compartiendo el aperitivo en la cafetería. O el caballero asturiano, ingeniero de minas, nacido en La Habana pero criado en una aldea junto a Sama de Langreo.

Y una mención especial merece La Sombra del Jardín. Era una señora menuda, que se movía lenta y silenciosamente en su silla de ruedas, y siempre andaba buscando a quien colarle su monólogo. Me localizaba todas las mañanas, hacia las once, en el jardín, y me saludaba con su sempiterno "Buenos días nos dé Dios". Incluso me ponía falta cuando, hacia el final de mi estancia, alguna mañana salía a dar un paseo, a lo mejor a tomar unos churritos como segundo desayuno. Al día siguiente me decía "Ayer no le vi por aquí".

Por lo demás, la mayoría de residentes permanentes que frecuentaban, de una u otra forma, los espacios públicos, nunca pasaron de ser, para mí, un grupo amorfo de ancianos y ancianas que podía ver a menudo indolentemente aparcado frente a algún televisor, solo esperando que algún acontecimiento incontrolable alterara su anodina rutina diaria. La realidad es que a la hora de las comidas, algunas auxiliares se los iban llevando hacia el correspondiente comedor, y tras la cena, los devolvían a sus habitaciones. Esperando a otro día que, afortunadamente, sería idéntico al anterior.

Prestando un poco de atención a los residentes permanentes, vi muchas formas de envejecer, y ninguna me resultó atractiva en lo más mínimo. Aunque la alternativa es, sin duda alguna, peor.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística

miércoles, 6 de marzo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 5: Personal




Para hacer funcionar una Residencia de este tamaño, siete días por semana, de día y de noche, hace falta un personal bastante abundante. Dadas las peculiares características del perfil medio del cliente, el personal debe disponer de una cierta vocación de servicio muy especial. Esto, desgraciadamente, no siempre es el caso.

Para empezar, la Dirección tiene muy claro que la Residencia es un negocio, con todas las implicaciones que esto tiene. La primera y principal, que el beneficio económico es, siempre, una prioridad. Y un segundo elemento de distorsión, que nunca se debe subvalorar, es que el verdadero cliente (al que hay que satisfacer) no es, a menudo, el propio Residente, sino más bien sus familiares. Se nota de forma palmaria que el tono y la amabilidad en las conversaciones del personal de la Residencia con los familiares es muchísimo más servil que la relación con los propios Residentes. Y no digamos cuando las conversaciones son con los familiares de Residentes potenciales, es decir, la captación de nuevos clientes. El Marketing  y las aptitudes comerciales obligan.

Hay que reconocer que las capacidades, más intelectuales que físicas a estos efectos, de muchos de los Residentes son limitadas. Y bastantes Residentes están ya instalados en la ira permanente, que hace prácticamente imposible conseguir éxito en el intento de darles satisfacción. Por lo que, muy a menudo, hasta el intento se abandona.

Mi caso, lógicamente, era bastante diferente de la media. Mis hermanos, aparte de las negociaciones previas a mi ingreso, lógicas por estar yo en condiciones de movilidad muy reducida, no intervinieron para nada en mis relaciones con el personal y la Dirección de la Residencia, que llevé siempre yo personalmente. Y otro elemento nada desdeñable, es que la factura se cobraba de una cuenta a mi nombre, que yo controlaba. Por todo ello, de la Dirección siempre tuve un trato amable y deferente, con algunos matices que ya iré desgranando. Y por parte del personal en contacto directo con los Residentes, siempre detecté una cierta relajación, de agradecer, ya que yo era más bien como el cliente habitual de un hotel y no como el Residente medio. Poder mantener una conversación inteligible e inteligente me convirtió, automáticamente, en un Residente singular.

Del personal, las indudables estrellas, aunque sólo sea por constituir el colectivo más numeroso, son las auxiliares, que son las personas que están continuamente en contacto directo con los residentes. Utilizo claramente el género femenino, porque la casi totalidad de auxiliares son mujeres, con sólo algunos poquitos hombres en el grupo. Recuerdo por ejemplo a C., un chaval de buena musculatura, que se lucía con las abuelitas, que se la acariciaban (la musculatura) con placer no siempre contenido.

El uniforme de las auxiliares está diseñado para esconder cualquier tipo de reclamo erótico, caso de existir, lo que no es, en general, nada evidente. Un amplio blusón blanco y un pantalón azul, con unos zuecos de plástico que resistan las inmersiones húmedas en las duchas - u otros menesteres - a las que obliga la proximidad con algunos de los Residentes.

A menudo se ven también algunas auxiliares totalmente de blanco, cuando están, temporalmente, de prácticas en la Residencia.

La labor de las auxiliares, siguiendo la cronología de un día cualquiera, incluye un montón de funciones, especialmente con los residentes con un mayor grado de dependencia. En torno a las nueve de la mañana, reparten los desayunos por las habitaciones. Antes, o en algunos casos, después, ayudan al residente en el aseo matinal y en la operación de vestirse para pasar el día. Una ayuda que puede ir desde la simple asistencia para reducir los riesgos, hasta la movilización completa mediante unas grúas especialmente diseñadas para ello.

En torno a las once de la mañana ya tienen a todos los residentes listos para afrontar un nuevo día. A partir de ahí se diversifican las funciones. Supongo que la dirección, o supervisión, debe definir diariamente turnos para las diversas tareas durante todo el día, incluyendo, por ejemplo, el servicio en una planta determinada.

Muchos de los residentes se movilizan hacia la planta social (la -1) donde están los diversos salones y el jardín. Algunos por sus propios medios (andando sin ayuda técnica, con bastón, con muleta, con andador, en silla de ruedas,...) y otros siempre asistidos por alguna auxiliar. Muchos se instalan frente a un televisor (habitualmente sintonizado en La 1, Antena 3, Tele5 o incluso RealMadridTV), aunque la mayoría manifiestan un nulo interés por lo que va emitiendo la caja tonta. Otros salen al jardín a tomar el aire fresco y a dar algún paseo, y los que están en un estado mental más deteriorado son llevados a la zona de terapia ocupacional, donde hay unas cuantas auxiliares a las que les ha tocado esa función ese día. Los Residentes en mejor estado y que estén autorizados para ello, algunos días salen de la Residencia para dar algún paseo por la calle, o a hacer algún tipo de recado, compra, etc.

En la planta social hay un baño exclusivamente para residentes (aparte de otro para las visitas o para los residentes que no requieran de ayuda). En él hay siempre algunas auxiliares dedicadas a ayudar a hacer sus necesidades a los residentes que lo precisen.

Cuando se acerca la una de la tarde, las auxiliares movilizan a los residentes más dependientes hacia el comedor, para el almuerzo en el primer turno, reservado para los que precisan de ayudas personales para la comida. Algunas auxiliares mutan en camareras del comedor para los dos turnos, hasta, más o menos, las tres de la tarde. Por la tarde, un panorama parecido al de la mañana, incluyendo la movilización de residentes a la actividad del día (bingo, proyección, conferencia, concierto,...) hasta el turno de cenas de las siete. La jornada se cierra con el turno de cenas de las ocho, para los residentes capaces de valerse por sí mismos en las comidas, el reflujo de todos hacia las respectivas habitaciones (asistidos por auxiliares si lo precisan), y la ayuda a los residentes para acostarse.

Las auxiliares tienen dos turnos. El de la mañana abarca, más o menos, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Y luego son sustituidas por las del turno de tarde, desde las dos y media hasta las diez de la noche. A partir de las diez de la noche no quedan ya auxiliares en la Residencia, más que una de guardia por planta (creo), hasta la mañana siguiente.

Junto a la cama, en cada habitación, hay un botón rojo. Si se pulsa, la llamada llega al control de planta y, en unos minutos, habitualmente, una auxiliar acude a la habitación para ayudar al Residente en lo que sea necesario.

Cuando se oye taconeo, significa que en las proximidades está o bien la Directora o alguna de las Supervisoras. La Directora tiene una jornada laboral más o menos normal, de lunes a viernes. Sus funciones, aparte de las propias de esa posición, y como delegada de la Propiedad, se centran muy especialmente en hacer lo necesario para que cualquier problema que aparezca no sea, en ningún caso, un problema de la Residencia. La Directora que yo conocí, S., tenía, desde luego, habilidades más que sobradas para esas tareas.

Las Supervisoras, creo que en total unas cuatro o cinco, se turnan los siete días de la semana, desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Su uniforme de trabajo es blusa blanca y pantalón negro, con zapatos de tacón. Todas ellas disfrutan de un despacho conjunto en la zona cercana a la Recepción. Una de sus labores principales es la comercial, es decir, vender la Residencia a los familiares (habitualmente) de los Residentes potenciales. Aparte, lógicamente, de actuar como autoridad competente para arbitrar en los infinitos contenciosos entre Residentes y auxiliares. Son las que aparecen ante la clásica frase "que venga el encargado". Supongo que también desarrollan las tradicionales funciones del cabo furriel, en la elaboración y monitorización de los cuadrantes de turnos del diverso personal.

Existen también unas supervisoras especiales, dedicadas al servicio de comedor, de las que conocí dos o tres. De ellas, quiero destacar a Laura, que era, con mucha diferencia, la persona más amable con los Residentes (también conmigo, pero no sólo) que conocí durante mi estancia. Tan próxima y atenta, casi, como una madre. Durante el servicio de comidas se paseaba por las mesas y hablaba con unos y otras, interesándose por la opinión de los Residentes sobre el menú y demás, y dando explicaciones cuando se las pedían. Creo que Laura debería ser el ejemplo para todo el personal en contacto directo con los Residentes.

Raramente se veían por la Residencia a caballeros con traje y corbata. Una de las ocasiones era en el briefing matinal, en torno a un desayuno de la Cafetería, si podía ser, compartido en el jardín. En ese grupito acostumbraban a estar también la Directora y la Supervisora de turno. Supongo que se trataba de algo así como el Director Financiero de la Residencia, o de algún tipo de Director del Grupo al que pertenece la Residencia. Raramente se volvían a ver durante la jornada, aunque a lo mejor se refugiaban en la Sala de Juntas que hay junto a la Recepción, o en algún otro despacho que no llegué a conocer.

Alguna vez se veía a algún caballero, por la tarde, vestido con traje y corbata, que habría venido a visitar a su madre o abuela directamente desde alguna oficina sin duda siniestra. Pero no era muy habitual.

Por el contrario, sí se veían con cierta frecuencia a un par de caballeros, vestidos con traje y corbata que parecían de uniforme. Se trataba, sin duda, de los empleados de la empresa funeraria. Los decesos, de forma inevitable, se producen cada pocos días en la Residencia, aunque se tratan en general con la máxima discreción, cuando no directamente secretismo.

El personal de perfil más o menos sanitario tiene, por lo que pude apreciar, hasta cinco categorías. En primer lugar, las doctoras (conocí a tres o cuatro, todas ellas mujeres). Y ninguna, por cierto, especialmente amable. Su misión es el seguimiento de las enfermedades conocidas de los Residentes, así como la identificación inicial de las nuevas. Sus recursos médicos y clínicos son limitados, por lo que muy habitualmente gestionaban muy rápidamente el traslado al Hospital del Residente que presentara algún síntoma mínimamente serio.

Supongo que es el procedimiento habitual, pero en mi caso trasladaron temporalmente mi expediente médico desde el Centro de Salud de mi domicilio al más próximo a la Residencia. De este modo se facilitaron todas las gestiones con el sistema público de salud. Durante mi estancia, me prescribieron una analítica de sangre y varias de orina, todas ellas sin cargo, gracias a este procedimiento. Ante una pequeña infección de orina, me prescribieron un antibiótico durante unos cuantos días. Cuando volví a casa, tuve que realizar presencialmente el traslado contrario, para recuperar mi Centro de Salud habitual.

De otra parte están las enfermeras, aunque creo que también había un enfermero masculino. Las enfermeras (de las que conocí cinco, por lo menos) tienen trato bastante frecuente con los residentes. Se encargan de las labores más o menos rutinarias de control médico (toma de tensión, pulsómetro, etc.) y de atender a las incidencias médicas de baja intensidad, como pequeñas heridas, mareos, desarreglos intestinales, etc. La mayoría son muy eficientes en lo suyo, aunque algunas, además, son muy amables y risueñas, mientras otras son más bien adustas. Disponen de un carrito de acompañamiento con todos los elementos que más habitualmente necesitan para su labor, como apósitos de diversos tamaños, esparadrapo, vendas, desinfectantes y hasta algún tipo de medicamentos de uso habitual para pequeños desarreglos.

Por la noche no hay ningún médico en la Residencia, pero sí una enfermera de guardia.

La tercera categoría del personal sanitario son las auxiliares especializadas, que se convierten en auténticas camareras farmacéuticas. Disponen de un carrito con muchos casilleros (uno por habitación o residente). Se encargan de realizar algún control básico, como el de nivel de azúcar en sangre, y de distribuir correctamente, en los diferentes momentos del día y de la noche, las pastillas, jarabes o granulados que cada cual debe tomar por prescripción médica, y que en muchos casos desbordan los dedos de una mano si se quieren contar. También administran los colirios visuales, que muchos Residentes precisan.

Durante el día se las puede ver con su carrito por las plantas, distribuyendo sus artículos, supongo que también administrando inyecciones a los residentes que lo requieran. Pero a la hora de las comidas, se desplazan, con su carrito, al comedor, y allí constituyen un pequeño ejército paralelo al de las camareras que sirven comida.

En cuarto lugar hay que destacar a los fisioterapeutas. El Gimnasio de Fisioterapia funciona en sesiones de mañana y tarde, de lunes a viernes, por lo que no hay turnos. El jefe, P., es el que vino a verme a mi habitación en mi primer día, y me realizó la valoración inicial en el Gimnasio al día siguiente. Tiene un despacho atiborrado de toda clase de títulos colgados en la pared, relacionados con las infinitas especialidades y regalías del mundo de la fisioterapia, que tiene una cierta característica de germanía. Por las mañanas había dos fisioterapeutas más, que eran los que tenían el contacto directo con los residentes que acudíamos allí. Un chico y una chica, E. y C., los dos muy guapos, muy amables y muy eficientes. Durante el verano y para cubrir los períodos de vacaciones, hubo un tercer chaval, JL. también muy amable. Había también una auxiliar afectada al Gimnasio de Fisioterapia, cuya responsabilidad era la movilización de los residentes que no podían hacerlo por sus propios medios. Al principio, la titular de esta posición, M., estaba de baja y era sustituida por otra auxiliar, A., muy bondadosa y condescendiente.

Sé que por las tardes había otra chica, con la que no tuve ningún trato aunque me llegaron opiniones no muy favorables que la acusaban de ser muy autoritaria, para cubrir a C., que por las tardes desarrollaba su oficio en otro lugar.

La última categoría del personal sanitario eran las psicólogas. Conocí a dos mujeres, pero creo que había también un psicólogo masculino, con el que nunca tuve trato alguno. La primera fue la que me visitó en mi primer día en la Residencia, para realizar mi valoración psicológica, lo que ya conté en su momento. La segunda, con la que no tuve relación, siempre la vi paseándose por la Residencia arrastrando un carrito en el que, creo, llevaba diversos artilugios que le permitían interactuar con los residentes que tenían muy mercadas sus capacidades mentales.

Un capítulo aparte merecen las recepcionistas, que actúan, además de en las tareas propias de esa posición, como auténticas Guardianas de la Puerta, impidiendo que puedan salir del recinto, sin ir convenientemente acompañados, los residentes de riesgo (porque puedan caerse o simplemente extraviarse), y aquellos que hayan sido identificados por las respectivas familias o tutores, para que no puedan abandonar las instalaciones sin compañía. Os puedo asegurar que había residentes muy reincidentes en intentar escaparse, taimados y traviesos, por lo que su trabajo no siempre resultaba fácil ni amable. Tener que recordarle a cualquiera que no está en condiciones como para poder salir no es, desde luego, plato de gusto especial.

A todos ellos hay que añadir varias categorías más del personal presente en la Residencia. Por ejemplo, los chicos del mantenimiento (una instalación de estas dimensiones requiere pequeñas atenciones constantes). Cuando requerí de sus servicios siempre fueron extremadamente eficientes, como cuando dejó de funcionar el mando a distancia del televisor de mi habitación, o cuando me instalaron una pequeña caja fuerte dentro del armario de mi habitación.

El personal de limpieza ignoro si son personal propio de la Residencia o de alguna subcontrata y desarrolla ciertas tareas rutinarias fáciles de imaginar. Se encargan de la limpieza de las instalaciones en general y, en particular, de las habitaciones. Limpian los baños, reponen las toallas, hacen la cama, etc. Aparte de ello, se requiere también de sus servicios cuando se producen circunstancias excepcionales. Se les llama entonces por la megafonía del centro, para que acudan a una habitación concreta, por ejemplo. Uno puede imaginarse a algún abuelito o abuelita al que se le han relajado los esfínteres en un lugar inadecuado.

Los servicios de cocina y la cafetería la Residencia los tiene subcontratados y hay algún personal que pertenece directamente a esta subcontrata. Destacan un camarero y tres o cuatro camareras (aparte de los cocineros, supongo) que, con diferencia, son los más eficientes en el servicio de comida a las mesas y también los más amables. Se identifican por llevar pantalón negro en lugar de azul. Y hay dos camareros que sirven, por turnos, la cafetería, que van vestidos integralmente de negro. Durante mi estancia, eran padre e hijo, de origen dominicano, y ambos de nombre Rafael.

Hay otro personal que tiene muy poco contacto con los residentes, como las encargadas del servicio de lavandería y, creo, de tintorería (este último de pago aparte). Recogen las prendas sucias (que deben estar previamente marcadas con el nombre de su propietario y el número de su habitación), y las devuelven directamente al armario de cada residente, unos días después. La lavandería está incluida en la factura mensual y no tiene cargos adicionales, pero el marcaje de las prendas sí supone un mínimo cargo por cada una.

Durante unos cuantos días hubo también una brigada externa de limpieza que, entre otras cosas, se encargó de una limpieza a fondo del jardín, cuyo suelo llegó a estar muy pegadizo porque, con la llegada del verano, el calor provocó que los árboles llorasen resina, y eso acabó constituyendo un riesgo cierto, dada la movilidad complicada de la mayoría de residentes.

El protocolo para todo el personal que tiene mucho contacto con los residentes incluye la obligación de aprenderse los nombres de todos los residentes y de repartir con liberalidad apelativos cariñosos tales como cariño, corazón, cielo, guapo o guapa. Como curiosidad, coincidí en un trayecto de ascensor con una de las auxiliares en prácticas en su primer día, y sólo intercambiamos un Buenos Días o Buenas Tardes. Al día siguiente se repitió la situación y me sazonó el trayecto con un Hola, corazón y un Hasta luego, guapo. Parece que aprendían muy rápido.

En resumen, un ejército de personal que tiene que lidiar con una clientela complicada que, muy habitualmente, no tiene nada claro lo que quiere ni lo que le conviene y que muy frecuentemente tampoco es de trato afable, sino más bien adusto, cuando no directamente desagradable, descortés o incluso maleducado.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 6: Residentes