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lunes, 26 de enero de 2015

Pequeñas Cosas que no Molan Nada (12) - Camisas Nuevas

Debo empezar reconociendo con humildad que no soy un cliente del sector de la moda, aunque sí, de vez en cuando, del sector de la ropa y del calzado. Con ello quiero decir que cuando me toca comprar algo de ropa no resulta para mí un placer, ni deambulo por múltiples tiendas antes de decidirme. Es simplemente una tarea tediosa que procuro liquidar con el mínimo esfuerzo, esa ley que, cumpliéndose a sí misma, ni siquiera está redactada.
Mi talla es varios números superior, pero
bueno, el concepto es el mismo.
(Fuente: elcorteingles)

Como mis orondeces esféricas me obligan a consumir tallas que son mayores de lo que el comercio considera como normales, tengo localizado un departamento de tallas grandes en unos grandes almacenes, y ese es mi proveedor habitual. Cuando necesito alguna cosa, les visito, y escojo lo que mejor me parece de entre lo que tienen en oferta, de lo que tienen a la venta, quiero decir.

Las camisas, como todo, se van deteriorando con el uso. Utilizo una cada día, y muy raramente más que eso y casi nunca menos. Por ello, en cada temporada (para un cliente un tanto abúlico como yo, sólo hay dos grandes temporadas: la del frío y la del calor; el resto es lírica de la publicidad) procuro comprar alguna, para ir renovando lentamente el parque. Habitualmente al inicio del período de rebajas (allá por Enero o Julio), hago una visita a mi proveedor habitual para comprar dos o tres camisas nuevas. Y debo añadir que me salto alguna temporada, si no lo necesito.

Con el paso de los años y la buena o mala vida (según quién lo cuente), es inevitable sufrir algunos cambios estéricos. Quiero decir que, en mi caso, cojo algunos kilos y algunos centímetros de perímetro cuando me relajo, o pierdo algunos si me pongo seriamente a limitar la dieta y a exagerar el ejercicio. Supongo que cada metabolismo tiene su estado de equilibrio, que no siempre es el ideal, pero es al que se tiende cuando no hay fuerzas especialmente intensas en una u otra dirección.

Estos cambios suponen que, dentro del stock de camisas que puedo encontrar en el armario, hay algunas que, inevitablemente, son inútiles en mi estado actual. Podría usarlas, claro, pero presentarían una especie de media luna abdominal, por imposibilidad física de que cada botón alcance con comodidad su correspondiente ojal. Eso implica, por supuesto, que algunas de las camisas de mi armario estén en perfecto estado de uso, pero por parte de otra persona, no yo ahora mismo.

Al elegir algunas camisas nuevas de entre las que exponen en la sección de Tallas Grandes, acostumbro a utilizar un cierto criterio, no siempre fácil de explicar, para seleccionar unas y no otras. El tiempo a veces me da la razón y a veces me la quita. Un año después de la compra podría hacer un balance, y a menudo detectaría que una de las que compré la he utilizado como diez veces más que otra. Puede obedecer a la hechura, al color, a los motivos decorativos, pero los motivos no siempre son evidentes, ya que la elección de cada mañana es un acto de total libre albedrío, sólo analizable a posteriori.

Recientemente visité las Rebajas y compré un par de camisas (de las de temporada de frío). Escogí una gris con algo de espiga y otra de cuadritos pequeños. Cabe decir que durante más de treinta años fui de los de corbata sin falta de lunes a viernes, pero hace ya varios años que no recuerdo haber utilizado una (y tengo bastantes abandonadas a su suerte en el armario). Eso me lleva a escoger habitualmente lo que el comercio conoce como camisas sport (aunque no estén, por supuesto, especialmente destinadas a la práctica de deporte alguno).

Una vez las camisas nuevas en casa, uno debe enfrentarse a una labor titánica, que es la que hoy quiero contaros con cierto detalle. Aunque tengo localizada, en mi proveedor habitual, la talla que me conviene, y nunca me las pruebo en la tienda, una vez en casa tengo por costumbre ponérmelas, para asegurarme de que no hay ninguna anormalidad, y someterlas a continuación a un primer ciclo de lavado, secado y planchado, antes de entrar en el stock elegible.

Las camisas que compro habitualmente, vienen perfectamente plegadas. Una cosa que siempre me ha sorprendido, y que nunca he conseguido desentrañar por completo, es que el tamaño de la camisa plegada es prácticamente idéntico cualquiera que sea su talla. Lo que, supongo, debe significar que las más grandes tienen más pliegues que las más pequeñas, para conseguir ese curioso fenómeno.

Poner en circulación un par de camisas parecería una tarea rutinaria, pero en la realidad se convierte en un trabajo que me ocupa no menos de veinte minutos. La razón para ello es que el proceso de convertir una camisa plegada en otra que se pueda uno poner o meter en la lavadora, es una labor ciclópea.

El número de elementos fusibles que uno descarta en el proceso tiende al infinito. Supongo que el muestrario puede variar dependiendo de los proveedores, pero yo conozco el calvario con el mío. La primera frustración es que, al sacar la camisa plegada de la bolsa (esa bolsa todavía la regalan, no como en los supermercados), intentar desplegarla es imposible sin retirar previamente una infinidad de pirulos que la mantienen presentable y con buen empaque para su exposición en la tienda.

Para empezar, las agujas y pinzas que fijan unas partes con otras. Dependiendo de que la gama de la camisa sea media o alta, los infinitos alfileres que hay que retirar son de cabeza fina (hace falta tener las uñas muy bien preparadas para enfrentarse a ellas) o de cabeza más gorda, que facilitan algo la labor. Hay que buscar por todos los rincones los múltiples obstáculos que impiden desplegar la camisa. Hay alfileres por todas partes pero, curiosamente, todos ellos invisibles a simple vista. La gama alta sustituye alguno de esos alfileres por pequeñas pinzas que a veces son metálicas y otras de plástico.

Para enfrentarse a esa labor, es conveniente tener a mano un cenicero o recipiente parecido, para ir depositando en él todos los elementos que, con mucho trabajo y entre blasfemias, hay que ir retirando de la camisita de los c...... 

Tras retirar algunas pinzas y varios alfileres, uno consigue, por fin, liquidar la fase preliminar de la operación. Claro que localizar dónde está la cabeza de los alfileres que bloquean los laterales, que fijan el cuerpo con los elementos de refuerzo para la exposición (piezas de cartón y de papel de seda), o que mantienen el cuello presentable, no es tarea fácil. Están primorosamente escondidas entre los diversos pliegues, costuras y tapetas, y hay que buscarlas casi con lupa. El ejercicio de prueba y error indica cuándo se ha conseguido, por fin, retirar todos los elementos que bloquean el despliegue de la camisa. En esta fase, el nivel de insultos e improperios ya abarca a los ascendientes de primer grado de los empleados que la plegaron y aseguraron, con el único objetivo comprobable de dificultar al máximo la labor del cliente una vez en casa. Sospecho que es imposible mecanizar o robotizar un trabajo con tantos componentes demoníacos.

En este momento, si todo ha ido bien y la precipitación o desespero no ha provocado ya algún desgarro en la tela, habré conseguido desplegar la camisa en todo su esplendor de talla grande. Pero queda todavía un segundo tiempo igual de tedioso.

Las diversas partes de la camisa presentan infinidad de elementos de refuerzo. El cuello tiene refuerzos frontales, exteriores e interiores. Algunos son de plástico transparente, mientras otros son simples tiras de cartón. En conjunto provocan que las camisas en exposición se presenten como mucho más bonitas de lo que serán nunca más adelante.

La parte posterior de la camisa viene protegida con una especie de horma mixta de cartón y papel de seda, que también hay que retirar. Pero no tiréis de él, porque hay que desatascar antes algunos alfileres y pinzas más. A veces hay alfileres casi invisibles que la fijan a los hombros, mientras en otros casos hay alguna pinza de plástico realizando esa labor.

Más vale tener unas tijeras a mano, porque, en algún momento, habrá que enfrentarse a las etiquetas identificativas de la marca, talla, etc. Puede estar anclada en un botón y su ojal, mediante un hilo grueso. Supongo que tienen algún sistema de fijación que debe ser reversible. Pero no os aconsejo investigar ese método para no destrozar nada, salvo que tengáis mucho tiempo libre por delante y una paciencia infinita. Resulta mejor cortar ese hilo con unas tijeras, y a otra cosa. La etiqueta y sus aditamentos van rellenando el cenicero dispuesto al efecto.

Si se consigue coronar esta segunda fase (ahora los improperios van dirigidos ya a parientes de segundo grado o a ascendientes remotos), se ha rellenado el cenicero con infinidad de piezas pequeñitas (alfileres, pinzas, etiquetas) y se tiene un montoncito de piezas grandes (horma de cartón y papel, refuerzos de plástico transparente, tiras de cartón, etc. etc.). Y es la primera vez que el cliente ve la camisa en toda su extensión, y todavía está sometido a diversas sorpresas.

Porque un proveedor determinado, una marca cierta y una talla habitual no garantizan que las hechuras y los detalles de la camisa resulten necesariamente familiares. A veces las alas del cuello van fijadas con sendos botones, a veces no. A veces los puños (en las camisas de manga larga, que es mi caso reciente) llevan un único botón, y otras, dos en paralelo que permiten abrocharlos más o menos apretados. A veces llevan un bolsillo sobre el corazón (yo soy un gran usuario de ellos, aunque reconozco que llevan razón los que afirman que esa es una característica poco elegante). A veces la apertura de las mangas incluye un botón llamado de sardineta, otras veces no.

En fin, ya estamos frente a una camisa reconocible. Para probarla y meterla luego en la lavadora, queda sólo desabrochar todos los botones frontales (el del cuello, que no resulta nada fácil la primera vez, y todos los demás). Quizá haya también que desabrochar los botones de los puños; pero sí hay dos y viene abrochado en el más externo, es posible que podamos pasar las manos por el puño sin necesidad  de soltarlos previamente.

Una vez verificado que la camisa, una vez puesta, nos queda razonablemente como esperábamos, podemos ya ponerla en el cesto de la ropa sucia, para que se incluya en el siguiente ciclo de lavado de camisas. Para una camisa, habrán transcurrido, de media, entre diez y quince minutos y el Paraíso nos quedará bastante más lejos por las muchas blasfemias proferidas. Con los restos de todos los elementos fusibles retirados podremos llenar media bolsa de basura, o dedicarle otros cinco minutos para su clasificación para una eventual reutilización o reciclado.
Parece inocente, pero hasta poder
probársela, hay que superar
muchas trampas.
(Fuente: eglebespoke)

En las camisas comerciales encuentro a faltar un Manual de Instrucciones para el Desplegado, que incluya todos los elementos que deberemos haber retirado para dar por concluida la labor, con gráficos de dónde se esconden los alfileres más puñeteros, que a veces todavía sufrimos algún ligero pinchazo al probarnos la camisa teóricamente finalizada.

Me gustaría, de otra parte, conocer alguna de esas mentes crueles que diseñan los pasos a seguir para conseguir un plegado y fijación perfectos para la exposición de las camisas en tienda. Deberían aguzar el ingenio para diseñar un sistema rápido de desplegado que incluyera, por ejemplo, una simple solapa de la que tirar y que provocara, automáticamente, la retirada de todos los obstáculos de una sola vez. Y también me gustaría ser espectador de la explanada de operarios ocupados en colocar esa infinidad de alfileres y pinzas, que luego resultan un infierno para el cliente, a la hora de retirarlos.

Me atrevo a sugerir que toda esa energía desplegada para complicar la vida del usuario, la utilizaran para fijar bien los botones, para que no se desprendieran clandestinamente a la segunda mirada. Y digo clandestinamente, porque tienen una rara habilidad para el desvanecimiento hacia la nada o el fundido a negro. Desaparecen sin dejar rastro. Afortunadamente, en los últimos tiempos se ha impuesto un reservorio de botones cosidos en la parte baja de la camisa, que pueden facilitar su sustitución en caso de necesidad. Siempre que se disponga, naturalmente, de los elementos y la habilidad necesarios para esa labor de recosido.

Afortunadamente, este infierno sólo me toca pasarlo, de media, una vez al año. Pero, cuando llega el momento, me vence una pereza irrefrenable y la esperanza irracional de que, en el ínterin, habrán inventado alguna novedad que lo haga todo mucho más fácil.

Pero, una y otra vez, sólo me espera el desengaño.

JMBA

miércoles, 14 de enero de 2015

Por Tierras de Burgos (y 5): Bodegas de Ribera

Voy a contaros hoy la última etapa de nuestro viaje por Tierras de Burgos del pasado mes de Julio. Ya os conté nuestras paradas en el camino hasta Burgos, nuestros paseos por la ciudad, las visitas al yacimiento arqueológico de Atapuerca y al Museo de la Evolución Humana, y la Ruta por las Merindades, al norte de la provincia.
Bodegas Dominio de Cair en La Aguilera (Burgos).
(JMBigas, Julio 2014)

El jueves 17 de Julio era nuestra cuarta y última jornada por estas tierras, y ya tocaba volver a casa, volver a Madrid. Sin embargo, queríamos aprovechar el día y el camino, y realizar algunos desvíos para visitar alguna de las maravillosas bodegas de la Denominación de Origen Ribera de Duero. Además, en algún momento de ese día caluroso teníamos que pasar por la tienda de Fuentespina, que estaba almacenando en buenas condiciones de conservación algunas botellas de vino que habíamos comprado en el viaje de ida.

Tras desayunar, recoger el equipaje y pagar la cuenta en el hotel de Burgos, iniciamos la marcha en torno a las 10 de la mañana. Seguimos dirección al sur por la A-1, hasta el pueblo de Oquillas, donde nos desviamos a la derecha, por la carretera secundaria BU-P-1104, para recorrer algunos de los pueblos vitícolas de Ribera de Duero, en la provincia de Burgos.

Cruzamos Quintana del Pidio, en dirección a La Aguilera. En este pueblo ha construido Luis Cañas, con fuerte y conocido negocio vinícola en Rioja, una bodega de nueva planta, a la que han llamado Dominio de CAIR. Sus primeros vinos salieron al mercado en 2010, pero ya se han ganado una muy buena reputación, dentro de Ribera. El edificio de la bodega (N 41,724547º  O 3,768737) es singular, y su parte central simula un gran tonel vertical.
Real Sitio de Ventosilla, sede de las Bodegas PradoRey,
en Gumiel de Mercado (Burgos).
(JMBigas, Julio 2014)

De momento sólo producen vinos tintos, en tres o cuatro variedades. Recientemente han introducido un tinto más simple, ideal para el poteo en los bares a un precio adecuado. Pero también tienen un gran vino, el Tierras de Cair Reserva, que se vende en el entorno de los 30€, aunque creo que lo vale, por su complejidad y excelencia.

Disponen de un espacio dedicado a tienda y degustación, aunque no está atendida en permanencia. En horas llamemos normales, se puede comprar alguno de los vinos que producen. Para facilitar la labor al visitante, tienen algún pack con sus diferentes vinos. En particular, tres botellas escogidas en una bolsa ad-hoc de lona, que permite el transporte con comodidad, incluso con alguno de los dispositivos refrigerantes disponibles en el mercado, para el transporte de vinos blancos o rosados en las mejores condiciones. Compré uno de esos packs, y cabe decir que ya he utilizado esa bolsa en varias ocasiones posteriores, a plena satisfacción.

Seguimos camino en dirección a Aranda de Duero, donde tomamos hacia la derecha por la carretera CL-619. Más adelante, en el municipio de Gumiel de Mercado, a la derecha de la carretera, está el Real Sitio de Ventosilla (RSV), una finca de más de 3.000 Ha, de las que unas 500Ha están dedicadas al cultivo del viñedo. Es la sede central de la Bodega PradoRey, que también tiene una buena presencia, con sus vinos blancos, en la Denominación de Origen Rueda, en la provincia de Valladolid.
Bodega Pago de los Capellanes, en Pedrosa de Duero (Burgos).
(JMBigas, Julio 2014)

Dentro de la finca, enorme y que se extiende a ambos lados de la carretera, está el edificio central de la bodega (N 41,703762º O 3,790256º), así como una Posada u Hotel rural que, por los datos de que dispongo, debe ser muy recomendable si se quiere una estancia entre viñedos, con el vino como hilo conductor.

Es posible concertar visitas, de duración variada, a la bodega y a los viñedos. Pero nosotros no lo habíamos hecho, como sí lo hizo una familia mexicana que llegó algo después de nosotros. Sin embargo, sí nos atendieron en el espacio dedicado a tienda, donde están a la venta todos sus vinos, tanto los propios de Ribera de Duero como los de otras denominaciones. Nos dieron todas las explicaciones que les pedimos, y compré una caja con botellas variadas de sus mejores vinos en todos los colores.

El Real Sitio de Ventosilla está muy bien preparado para recibir a los visitantes. Dispone de un amplio aparcamiento exterior, adyacente a alguna de las grandes parcelas de viñedos de las que dispone la finca. Parcelas que, por cierto, da gusto mirar por su pulcritud. En cualquier caso, una visita recomendable.
Castillo de Peñafiel, conocido como "El Barco de Castilla".
(JMBigas, Julio 2014)

Seguimos camino por esa misma carreterra, hasta el pueblo de La Horra. Allí giramos a la izquierda, por la carretera local BU-130, en dirección a Roa de Duero (pop. 2.443), conocida con frecuencia simplemente como Roa. Roa es la sede de la Denominación de Origen Ribera de Duero.

Hicimos una breve parada en Roa, para descansar un ratito y tomar un aperitivo en el Cava Bar de la calle Las Cruces (era ya la una de la tarde). En el camino pasamos junto a la Plaza de Toros de la localidad.

Desde allí tomamos la carretera BU-P-1101 en dirección a Pedrosa de Duero. Cerca de ese pueblo y junto a la carretera, está la Bodega de Pago de los Capellanes (N 41,709581º O 3,972313º), donde hicimos una breve parada. Pero ya era demasiado tarde en la mañana, y como no habíamos concertado visita alguna, seguimos camino sin más. Entre los vinos populares y conocidos de la Denominación, este es posiblemente uno de los más prestigiosos.

Desgraciadamente, la una y media o dos de la tarde ya es una hora demasiado avanzada para realizar visitas de mañana a cualquier bodega. Habíamos topado con la que yo ya he llamado la playa del mediodía, ese tiempo inconcreto entre la una o dos de la tarde y las cinco o seis, en que es imposible contar a ciencia cierta con que esté disponible un servicio cualquiera, salvo confirmación previa. Y, en pleno mes de Julio, con un calor sofocante, la posibilidad de cualquier cosa por la tarde pasaba por dejar discurrir plácidamente la hora de la siesta. Como debíamos llegar a Madrid esa tarde, no podíamos aprovechar una eventual sesión de tarde.
Explanada junto al Castillo de Peñafiel (Valladolid).
(JMBigas, Julio 2014)

Por ello seguimos camino hacia Peñafiel (pop. 5.428), ya en la Provincia de Valladolid. Teníamos la idea de comer alguna cosa allí, y quizá visitar alguna de las múltiples tiendas de vinos de la población (de las que había seleccionado alguna previamente por Internet). El calor era intenso y la solanera inclemente. Todo invitaba a la siesta.

Tenía referencias positivas del Palacio del Vino de Ribera de Duero (en la Plaza Comuneros), como tienda con más de 800 referencias de vinos de la zona. Pero cuando llegamos allí, cerca de las dos y media de la tarde, la tienda estaba evidentemente cerrada. E incluso sospechamos si quizá estaban de vacaciones.

Decidimos subir al Castillo de Peñafiel. El Castillo, cuyo origen se remonta al siglo X, está edificado en lo alto de una loma que domina toda la llanura circundante, moteada de viñedos. Por su forma característica (tanto del castillo como de la propia loma), a menudo se le denomina el Barco de Castilla, como si se tratara de una nave surcando un mar improbable en el interior de Castilla. Desde 1999 aloja el Museo Provincial del Vino, que recibe unas 100.000 visitas anuales.
Los viñedos motean la llanura que rodea Peñafiel.
(JMBigas, Julio 2014)

En la explanada junto al castillo, que se utiliza como aparcamiento, caía un Sol de justicia, aunque corría un fuerte viento. Evidentemente, el Museo estaba cerrado y no reabría hasta pasadas las cinco de la tarde. Aprovechamos para disfrutar de las excelentes vistas que se tiene desde allí, de la propia localidad de Peñafiel, y de los campos circundantes.

Bajamos de nuevo a la Plaza de los Comuneros (pasadas las tres de la tarde, la tienda seguía, lógicamente, cerrada) y decidimos comer un bocadillito en uno de los bares de la plaza. Sentarnos a comer (y beber) con calma las muchas delicias que ofrece esa tierra nos hubiera sumido en un sopor insuperable durante buena parte de la tarde, y no nos lo podíamos permitir

Para hacer tiempo, seguimos la carretera VA-101 hacia el oeste, en dirección a Pesquera de Duero. Allí tuvimos ocasión de ver, sólo ver, las impresionantes instalaciones de las Bodegas Emilio Moro y también las del tinto Pesquera, de Alejandro Fernández, uno de los grandes popes de la Denominación Ribera de Duero.
Esta podría ser la proa del Barco de Castilla.
(JMBigas, Julio 2014)

Seguimos por la carretera hasta Valbuena de Duero, donde está la legendaria bodega de Vega Sicilia, y luego hasta Olivares de Duero, ya muy cerquita de Quintanilla de Onésimo, en las orillas del río Duero.

Volvimos a Peñafiel, pero la tienda de la Plaza de los Comuneros, cerca de las cinco de la tarde, seguía cerrada. Por ello, decidimos ir directamente hacia Fuentespina, donde nos esperaban las botellas de vino que habíamos comprado a la ida, y que nos conservaban en la bodega climatizada de la tienda de vinosribera.com.

Llegamos allí, tras el recorrido por la N-122, pasadas las cinco y media de la tarde. Recogimos las cajas de vino y compramos alguna de las delicatessen que, aparte de los vinos, están allí a la venta, como una maravillosa morcilla de Burgos envasada al vacía, para comer frita en rodajas.

Seguimos ya camino directamente hacia Madrid, donde acabamos llegando pasadas las siete y media de la tarde. Allí dimos por terminado este maravilloso viaje por Tierras de Burgos.

Aparte de las fotografías que he seleccionado para ilustrar este artículo, podéis acceder a una colección de 17 imágenes seleccionadas que reflejan el recorrido de esta jornada. Basta pinchar la siguiente fotografía.


También podéis ver este vídeo, grabado ese día.


JMBA

martes, 13 de enero de 2015

Barcelona, Parque Temático

El centro histórico de las grandes ciudades que son un atractivo turístico, se han convertido en un auténtico Parque Temático. Un parque habitualmente atestado de turistas, visitantes y, más raramente, viajeros y locales, que se esfuerzan en realizar las fotos y vídeos necesarios para convencer a otros de que han estado allí, y se lo han pasado fenomenal. De verdad, a menudo resulta patético.
La Plaza Catalunya y el inicio del Paseo de Gracia,
desde la calle Caspe.
(JMBigas, Diciembre 2014)

Algunos piensan que un Parque Temático se caracteriza por tener un cierto número de atracciones para el público. Pero, en realidad, la principal atracción es el público. Si consigues acumular un cierto número de personas en medio de la nada, u organizar una cola que conduzca a ninguna parte, la mitad, al menos, de los que pasen por ahí pensarán que si hay gente es que hay algo interesante para ver, visitar, recorrer, sufrir, comer, beber, o lo que sea. Y se pondrán a la cola, aumentando el atractivo de esa atracción inexistente.

Por Navidad y Reyes acostumbro a pasar unos días en Barcelona, donde nací hace ya más años de los que me gustaría reconocer. La coartada para esas breves estancias está formada por diversas reuniones familiares, entre las que destacan las deliciosas habilidades culinarias de mi hermana, sin olvidar a mi sobrino, que siempre ha apuntado maneras en la cocina.
Avenida del Portal de l'Àngel, con el edificio del
Banco de España a la derecha.
(JMBigas, Diciembre 2014)

Durante mi estancia, tengo algunos ratos libres, que habitualmente aprovecho para realizar alguna visita turística en la que, de una u otra forma, sigue siendo mi ciudad. He visto los monumentos y he pisado los diversos enclaves docenas de veces. Por lo que acostumbro a sucumbir a la tentación de fijarme más en las personas que en la piedra vieja, que son las que siempre cambian entre dos visitas parecidas. En resumen, aprovecho el paseo para estudiar a los visitantes, más que al Parque en sí mismo.

La mañana del Día de Navidad, antes de acudir a la copiosa comida que te deja aletargado hasta las ocho de la tarde, tuve unas horas libres, que aproveché para realizar un paseo por el centro de la ciudad, donde siempre se acumula la mayor parte de los visitantes y turistas. La mayoría de ellos llegaron ayer y se irán mañana, por lo que se sienten obligados a aprovechar al máximo su escaso tiempo.

En estas fechas acostumbro a alojarme en un hotelito frente a la antigua Plaza de Toros de Las Arenas, reconvertida, tras una obra faraónica, en un centro comercial que respeta la antigua estructura y la fachada, a la que se ha añadido una maravillosa terraza circular en la parte superior, que parece un OVNI, con estupendas vistas sobre la Plaza de España y los recintos feriales de Montjuïc. Si no la conocéis, os recomiendo anotar su visita en vuestra agenda de cosas pendientes que hacer en Barcelona.
Detalle de la iluminación navideña en la
Avenida del Portal de l'Àngel.
(JMBigas, Diciembre 2014)

En ese trocito de la calle Llançá hay tres hoteles. Con diferencia, el que acostumbro a utilizar es el más económico, aunque es un correcto tres estrellas. De todas formas, una conversación informal que inicié con uno de los chicos de la recepción me alertó de que pueden estar considerando una importante subida de tarifas, atendiendo a su ubicación, ciertamente privilegiada. Desde aquí les recomiendo prudencia, que la elasticidad de la demanda no está para muchas alegrías.

En la Gran Vía (legalmente, Gran Via de les Corts Catalanes) junto a la Plaza de España, tomé el autobús H12, que me dejó junto al Paseo de Gracia. Este autobús forma parte de la nueva red cuadriculada de autobuses que se ha puesto en marcha en la ciudad recientemente, con reacciones variadas entre los usuarios. Los autobuses identificados con la H circulan, a diversos niveles, básicamente paralelos a la línea de la costa, mientras que los identificados con la V circulan globalmente en dirección mar-montaña.

Desde la esquina de Gran Via con Paseo de Gracia bajé hasta la Plaza de Catalunya. Abordé luego la Avenida del Portal de l'Àngel, una arteria muy comercial, atestada de público cuando las tiendas están abiertas, que no era el caso ese día, aunque había bastante gente. Llegué hasta la Plaza de la Catedral, y luego bajé por Via Laietana hasta plaza de Jaime I. Por la calle Argenteria llegué hasta la Basílica de Santa María del Mar. Desde allí tomé el Metro (línea 4, amarilla) hasta el Hospital de Sant Pau, muy cercano a la casa de mi hermana.
La Catedral de Barcelona.
(JMBigas, Diciembre 2014)

La Catedral de la Santa Cruz y de Santa Eulalia es una maravilla gótica, construida entre los siglos XIII y XV, sobre un enclave que ya ocupó con anterioridad una iglesia paleocristiana y, posteriormente, otra visigótica. De todas formas, su maravillosa fachada principal es obra del siglo XIX, respetando el estilo original.

Frente a ella hay una gran plaza peatonal (con un parking subterráneo por debajo), siempre muy transitada por los visitantes de la ciudad, y algunos locales. Dediqué un rato a estudiar el comportamiento de los grupos de turistas, lo que siempre es una ocupación apasionante.

En 1965, el cineasta británico Ken Annakin (1914-2009) dirigió una curiosa película, que en España se llamó Aquellos Chalados en sus Locos Cacharros (su título original era Those Magnificent Men in Their Flying Machines), que fue nominada al Oscar por el mejor guión original. Un excéntrico millonario convoca una carrera entre Londres y París, a la que acuden un alocado grupo de participantes, cada uno con su propio engendro o máquina (presuntamente) voladora. La película cuenta las aventuras y peripecias que se vivieron durante la carrera.

Una sensación parecida a la que tuve viendo esa película es la que me invade en lugares turísticos que atraen a muchos visitantes. Cada persona lleva en la mano, o saca del bolso o bolsillo, un dispositivo variado, uno de esos cacharros de que hablaba la película, para hacer fotos, grabar vídeos o realizarse una de esas autofotos (selfies) que tan de moda están. Algunos, los menos, intuyo que únicamente los muy amantes del arte fotográfico en sí mismo, lucen cámara fotográfica reflex de apariencia imponente. Otros, como yo mismo, esgrimimos alguna cámara compacta de diversas calidades. La inmensa mayoría utilizan los teléfonos móviles o smartphones, protegidos con las fundas más variopintas, muchas de las cuales les dificultan la tarea de tomar fotografías (intuyo que también la de realizar alguna llamada, suponiendo que esos dispositivos todavía se utilicen alguna vez para eso). Finalmente, están los excéntricos que utilizan tablets gigantes (muy grandes para lo que son los usos habituales en fotografía).
Detalle de una de las esculturas expuestas junto
a la Catedral de Barcelona.
(JMBigas, Diciembre 2014)

Antes había que arrimar el ojo al visor, para escoger el encuadre preferido, y las fotografías se tomaban con una cierta intimidad, con los brazos encogidos y la cámara arrimada a la cara. Pero hoy todos los dispositivos disponen de pantalla (de diversos tamaños, algunas incluso francamente indiscretas), que hay que ver a cierta distancia y que provoca la toma de fotografías más bien con los brazos extendidos. Los que utilizamos, además, gafas progresivas, con la cabeza inclinada hacia atrás en una posición inverosímil. Un despliegue, por cierto, que dificulta poder mantener el dispositivo totalmente quieto al activar el disparador. Pero, claro, sofisticadas funciones de estabilización de imagen suplen, en parte por lo menos, la desidia del usuario. La intimidad que existía en el acto de escoger el encuadre para la fotografía que queríamos tomar, la que sería la nuestra, se ha socializado por completo.

Antes, tomar fotografías costaba dinero. Había que comprar consumibles (los carretes fotográficos que hicieron la fortuna de empresas hoy prácticamente quebradas, como la Kodak) y luego había que pagar a un laboratorio fotográfico para revelarlos y conseguir copias en papel. Eso provocaba una cierta economía, incluso racaneo, en la toma de fotografías. En los grupos familiares o de amigos, había habitualmente un responsable del apartado fotografía, el único que llevaba una cámara. Y los encuadres se escogían con cierto cuidado, para conseguir que todas las fotografías fueran de una razonable calidad. Pero hoy en día, una vez dispones del dispositivo y sus accesorios (batería, tarjeta de memoria), tomar fotografías es gratis. Lo que provoca, por supuesto, que donde antes se tomaba una, hoy se toman ciento. Muchas de ellas, por cierto, de calidad infecta. Sólo hace falta ver las que se cuelgan en las redes sociales, donde la mayoría están desenfocadas o fatalmente iluminadas. Da igual, cumplen su papel: dan fe de que estuve allí y me lo pasé genial.

Como hoy podemos ver de forma inmediata cómo ha quedado, podemos borrar las que no nos gusten. Pero no conozco a nadie, yo desde luego no, que se dedique a borrar fotografías una vez hechas. De vuelta a casa hay cientos de fotos donde antes había una docena. La temida invitación a merendar y de paso ver el álbum de fotos de nuestro último viaje, que muchos declinaban argumentando imaginativas razones, se ha trasladado al café de la mañana o a la cervecita de la tarde, congregados en torno a la pantalla de un móvil. Una encerrona, por cierto, de la que es mucho más complicado escapar.
Basílica de Santa María del Mar.
(JMBigas, Diciembre 2014)

Mucha gente lleva hoy su álbum de fotos en el bolsillo. Y esa es una temible amenaza.

Donde antes veíamos a paseantes que circulaban con cierta desidia e ignorancia cierta junto a edificios y monumentos del pasado, hoy vemos a alguien atareado en tomar unas cuantas fotos. Para recordarse a sí mismo y demostrar a los demás, que allí ya ha estado. Eso sí, con parecida desidia y la misma ignorancia de siempre.

Corren tiempos tristes para el arte. Sin embargo, conviene no olvidar que la fotografía es otra cosa, que afortunadamente sigue existiendo, una manifestación artística que discurre al margen de la labor puramente mecánica de esos numerosos grupos de visitantes o turistas accionando sus móviles como autómatas. Y me temo que estoy siendo exageradamente generoso, o directamente bobalicón.

En fin, grabé unos pocos minutos de vídeo de la gente que estaba ese mediodía frente a la Catedral de Barcelona. Espero que ilustre y confirme lo que os estoy contando.


Yendo hacia la próxima Basílica de Santa María del Mar me detuve en la placita con la estatua de Ramón Berenguer III el Grande (1082-1131), Conde de Barcelona. Gracias a que el Sol del invierno se eleva poco por encima del horizonte, pude conseguir un contraluz de la estatua que me parece bonito.

La construcción de la Basílica de Santa María del Mar, durante el siglo XIV, en el barrio de La Ribera, está recreada en la celebrada novela La Catedral del Mar, de Ildefonso Falcones. En Santa María del Mar, ya casi a las dos de la tarde, todavía pude asistir al final de un pequeño recital de cantos navideños.

Desde allí, directo hacia la opípara comida en casa de mi hermana. Regada, por supuesto con buenos vinos. En este caso un excelente blanco de verdejo con barrica, el Belondrade y Lurton y un cava brut nature de manual, el Torelló, espectacularmente suave al paso de boca.

Bueno, un ciclo navideño más que hemos conseguido superar con mínimos daños.

Aparte de las fotografías que he seleccionado para ilustrar este artículo, podéis ver una colección seleccionada de 16 fotografías (incluyendo el contraluz citado), pinchando en la siguiente fotografía.


JMBA

viernes, 2 de enero de 2015

Reflexiones sobre el 2014

El año 2014, que acabamos de despedir, ha sido un año raro. Digo raro porque en él han sucedido un conjunto de acontecimientos que nunca se habían dado, conjuntamente, en ningún otro año anterior. Bien mirado, desde este punto de vista todos los años son raros.
Esta imagen es de 2011. ¿Os habíais dado cuenta?.
(Fuente: muycomputer)

Lo hemos despedido con el tradicional (es decir, repetitivo y cansino) ciclo navideño. Un ciclo que se inicia tácitamente con las iluminaciones callejeras y las campañas publicitarias, después de Todos los Santos y el Halloween, y empieza con fuerza en la mañana del 22 de diciembre, con el Sorteo de Navidad. Con el mismo resultado de siempre (a la gran mayoría no nos tocó ni un céntimo) y las anécdotas habituales. Podrían pasarnos por televisión las imágenes de otro año, y ni nos daríamos cuenta.

Y el año terminó con los excesos de la Nochevieja, las intoxicaciones etílicas, los cuñados pesados que afirman ser los únicos en el mundo que saben abrir correctamente las botellas de vino, y las aglomeraciones que a veces terminan en desgracias (este año, en Shanghai). Todo ello seguido de una mañana del día de Año Nuevo que nunca existió, más allá de los valses y polkas, culminados con una innovadora representación de la Marcha Radetzky, en el Concierto de Año Nuevo de Viena. Una mañana que, sin duda, algunos raros madrugadores habrán disfrutado en exclusiva.
Rajoy, entre el plasma y las perífrasis.
(Fuente: elblogdenadie)

En 2014 Rayoy y su Gobierno se han devanado los sesos pergeñando perífrasis para evitar los brotes verdes, una formulación típicamente zapaterista. Así aparecieron las raíces vigorosas y la genial frase del gallego Rajoy: la crisis, en algunos aspectos, ya es historia. Que nos recuerda, inevitablemente, a esa otra sobre los papeles de Bárcenas, de que todo era falso, salvo algunas cosas. Por su parte, la ministra Fátima Báñez, o sus asesores, se inventó lo de movilidad exterior, para no hablar de emigración forzosa.

De otra parte, se han venido preparando para un 2015 que es un año doblemente electoral. De una parte, elecciones municipales y autonómicas en la primavera, y las generales hacia el final. Un pequeño retoque a la baja de los impuestos quieren que actúe como bálsamo electoral para la mayoría de ciudadanos. Veremos.

En 2014, el Gobierno ha sufrido tres bajas. Cañete (me callo la rima), cesó de ministro para ser eurodiputado y comisario en Bruselas. Gallardón dimitió por desacuerdos con su presidente sobre la reforma de la Ley del Aborto. Y Ana Mato, tras un clamor popular muy extendido, tuvo que dimitir como Ministra de Sanidad, tras una nefasta gestión de la crisis del Ébola. Una crisis que también se llevó por delante a un impresentable Javier Rodríguez, a la sazón consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid. La única buena noticia fue que la sanidad de verdad (los médicos, los auxiliares sanitarios, los celadores, los hospitales,...) consiguieron salvar la vida a la única contagiada en España. Aunque fue imposible salvar la vida de los dos misioneros repatriados, que llegaron ya en condiciones de salud muy deterioradas.
Ana Mato, una de las bajas forzosas en el Gobierno.
(Fuente: que-es)

El ébola ha ilustrado el profundo autismo en que vive Occidente. Aunque la malaria (una enfermedad perfectamente curable con los estándares sanitarios occidentales) ha matado medio millón de personas en África y el ébola sólo algo más de siete mil, la crisis dramática se ha producido con el ébola, porque cualquier contagiado europeo no tiene garantizada la supervivencia, dado el desconocimiento que todavía se tiene sobre la enfermedad.

Judicialmente, 2014 ha sido el año de la corrupción. No porque haya habido más que en años anteriores, sino porque han menudeado los casos que han llegado a los tribunales. Los casos Gürtel, papeles de Bárcenas, EREs de Andalucía y cursos de formación, el caso Urdangarín (e infanta Cristina, por cierto), Pokemon, Malaya, Púnica y un largo etcétera han sido protagonistas en los medios. Y han afectado a todos los partidos con alguna dosis de poder en cualquier administración. Particularmente folklóricas fueron las Tarjetas Black de Caja Madrid y Bankia, especialmente por producirse en la entidad que ha generado el que es ya el mayor agujero de la banca española.. 
Miguel Blesa. Ser compañero de pupitre de Aznar,
su máximo argumento para presidir Caja Madrid.
(Fuente: huffingtonpost)

El Gobierno, y su Presidente al frente, se ha puesto de perfil ante la corrupción, acuñando frases impagables como la de esa persona por la que usted se interesa, para referirse a Rodrigo Rato sin citarlo, unos años antes el mejor presidente posible para Caja Madrid, según el propio Rajoy. Pero también el resto de partidos practican una miopía selectiva parecida, siendo muy exigentes con los demás y extremadamente indulgentes con ellos mismos.

Políticamente, en España el mayor fenómeno ha sido la irrupción de Podemos, Se trata de un partido político de nuevo cuño, que es una declinación, o destilación o spin-off, de los múltiples movimientos ciudadanos de indignación, que han proliferado en muchos ámbitos en estos años de la crisis. A base, en buena parte, de votos de castigo a otras formaciones, consiguieron unos excelentes, e inesperados, resultados, en las Elecciones Europeas.Y, desde entonces, todas las encuestas les auguran una posición de práctica igualdad con los dos partidos tradicionales. Estos han visto seriamente amenazada su posición preponderante dentro de lo que se conoce como el bipartidismo, y han reaccionado de la peor forma posible: intentando sembrar en los ciudadanos el miedo a Podemos. Les llaman bolivarianos y filochavistas, radicales de izquierda, soñadores y utópicos. Les acusan de financiarse con dinero iraní y han dado luz a algunos casos de pequeñas corrupciones, realmente irregularidades administrativas.
Pablo Iglesias, la imagen de nuevo líder político.
(Fuente: vertele)

Veremos, en las elecciones serias que nos esperan en 2015, qué resultados consiguen. Porque se enfrentan a la necesidad de convencer a los ciudadanos de que son una fuerza fiable para asumir el gobierno, y de que están dispuestos a luchar por lo que nos falta y lo que hemos perdido, sin atentar contra lo que ya tenemos y creemos consolidado.

Porque esta crisis y su gestión por parte del Partido Popular han ilustrado un hecho que teníamos olvidado: el hecho de que la microeconomía y la macroeconomía vayan de la mano es una opción, y no sucede necesariamente. Buena muestra de ello es que algunos síntomas evidentes de recuperación macroeconómica (baja prima de riesgo, incremento del PIB, buena marcha del mercado automovilístico, excelente ritmo de las exportaciones,...) vienen acompañados de síntomas sociales extremadamente preocupantes: fuerte degradación de las condiciones laborales y los salarios, que ha creado una nueva clase social, la de los trabajadores sumidos en la pobreza; mínimo repunte del empleo (todavía una cuarta parte de los ciudadanos en condiciones y con disposición de trabajar no pueden hacerlo, al menos legalmente); más de un millón de familias sin ingresos de ningún tipo, desnutrición infantil y hambre.

Uno de nuestros objetivos como sociedad debe ser conseguir salir de la crisis sin soltar todo ese lastre humano, que nadie quede en la cuneta en un país que siga progresando.
Esperanza Aguirre, ese animal político en permanente
desafío a Rajoy.
(Fuente: elperiodistadigital)

En 2014, la actualidad ha tenido algunos protagonistas ciertamente mediáticos. Esperanza Aguirre, ese animal político, ha vuelto a las portadas. Dimitió como Presidenta de la Comunidad de Madrid en 2012, dejando al mando a su segundo, un Ignacio González digno de toda sospecha, donde el ático de la Costa del Sol no sería más que la punta del iceberg. Esperanza saltó a las portadas por la infracción de una sexagenaria, y su incidente, enfrentamiento incluido, con los agentes de movilidad de Madrid que, sin duda, también le tenían ganas. Y volvió a ellas con el descubrimiento del monstruoso Caso Púnica, de corrupciones y corruptelas, principalmente en la Comunidad de Madrid. Un caso que afectó de frente al que fue su segundo, Francisco Granados. Un pájaro con cara de gángster, que había denostado, por activa y por pasiva, a todos los corruptos. Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos.

Y veremos cómo avanza la lucha por el poder dentro del PP, donde Esperanza practica el desafío permanente a Rajoy, velado e indeterminado, pero desafío al fin y al cabo.
El Pequeño Nicolás, ese chaval avispado que es un lazarillo
contemporáneo, junto a Ana Botella, alcaldesa de Madrid.
(Fuente: elpais)

Otro personaje mediático del año ha sido el llamado Pequeño Nicolás, una declinación contemporánea del Lazarillo y la picaresca española. Un chaval avispado que ha sabido explotar una de las grandes debilidades de la sociedad española, donde una mayoría está convencida de que es más rentable tener amigos que confiar en la ley.

Durante todo el año ha sido tema en los noticieros la presión migratoria hacia la Unión Europea. La opinión pública ha sido especialmente tocada por los episodios dramáticos que se producen con reiteración en las vallas de Ceuta y Melilla. Aunque numéricamente sea poco relevante para el fenómeno global, las escenas de asalto y salto de la valla han atraído mucho la atención. No en vano se trata de las únicas fronteras terrestres de la Unión Europea con el Magreb y el África subsahariana, endémicamente empobrecida.

También se han asomado a la actualidad los múltiples intentos marítimos de inmigración ilegal, en pequeñas pateras en el Estrecho, o los grandes barcos desvencijados con destino Italia, en particular la pequeña isla de Lampedusa, el territorio italiano más próximo a África. Las fuentes de emigración se han multiplicado, especialmente por los graves conflictos en Libia o Siria.
Artur Mas (CiU) junto a Oriol Junqueras (ERC).
(Fuente: EFE/diariodenavarra)

Ha sido también portada, durante buena parte del año, y continuará, el problema catalán. Artur Mas se sumó al frente soberanista o independentista, como método de presión al Gobierno del Partido Popular en Madrid. Todo ello sin menoscabo de la cuarta o quinta parte de la población catalana que es independentista visceral o emocional. El enfrentamiento, chusco cuando no zafio, entre los dos Gobiernos al hilo del (presunto) referéndum del 9-N, llevó a una absurda judicialización de una cuestión política, y a la celebración de una votación de barbacoa ese día.

En medio del proceso fue protagonista Jordi Pujol (a la sazón Molt Honorable, y permanentemente envuelto en la bandera catalana) que reconoció un delito fiscal, ligado a una presunta herencia de su padre, que estaría físicamente en Suiza. Toda su familia está actualmente bajo sospecha, con posibles episodios de comisiones ilegales y/o blanqueo de capitales, pendientes de confirmar y demostrar.

El fenómeno nuevo de este fin de año es que buena parte de los independentistas intelectuales de nuevo cuño, que adoptaron esa actitud como reacción contraria al gobierno del PP en Madrid, están volviendo hoy sus ojos hacia opciones que estiman como más viables, y Podemos ya está amenazando la posición de las fuerzas nacionalistas, por cierto tanto en Catalunya como en el País Vasco. CiU y el PNV se han sumado a PP y PSOE en sus diatribas contra Podemos.
Felipe VI, en el discurso del acto de su proclamación.
(Fuente: hola)

Personaje destacado ha sido también el Rey Juan Carlos que, en una mañana de Junio hizo pública su decisión de abdicar la Corona en su hijo, proclamado unas semanas más tarde como Felipe VI. Su mala salud y diversas torpezas que deterioraron la imagen pública de la Monarquía aceleraron esta decisión. Felipe VI, discreto y bien formado, ha remontado la situación, aparcando, por el momento, el debate entre Monarquía y República. Porque, entre otros motivos, hay temas que preocupan mucho más al día a día de los ciudadanos.

Hemos asistido con cierto estupor a la pericia lingüistica de algunos nuevos líderes. Hemos visto ruedas de prensa de Artur Mas hasta en cuatro idiomas, a Pedro Sánchez atreviéndose incluso con el italiano o a Pablo Iglesias con un inglés pulido. Lo que, por otra parte, nos ha confirmado la convicción de que la poliglotía no mejora los argumentos, sólo provoca que más gente pueda participar en directo de muchas de las tonterías que se dicen.

Por primera vez hemos asistido a la llegada a España de un tren directamente desde China, tras más de una docena de días de viaje. Ha abastecido a toda la red de tiendas de chinos de las pijadas que acabamos comprando allí, cada vez que las visitamos.

En el mundo ha habido, como todos los años, muchas desgracias. Asistimos con cierto estupor al despliegue (valorado en 600 millones de euros) realizado para desembarrancar al Costa Concordia de la costa de la isla del Giglio, donde naufragó en 2012, y para su posterior remolque hasta Génova, donde sería desguazado. Hemos visto hundimientos de barcos y ferries por todo el mundo, como el ferry surcoreano o el reciente incendio de un ferry en el Adriático. Siempre entre fuertes sospechas de negligencias diversas.

En 2014 hemos situado a Malasia en el mapa, por las peores razones. Hasta los tres accidentes aéreos de este año, Malasia era un país que situábamos inconcretamente por el Sudeste Asiático. Yo tuve ocasión de visitar Kuala Lumpur en 1987, pero sólo porque otro viaje organizado que teníamos contratado falló en el último momento, y nos acogimos a lo que estaba disponible. Una visita muy placentera, por cierto, cuando las Torres Petronas, actual edificio emblema de la ciudad, no eran más que un proyecto, cuya construcción no se inició hasta el año siguiente.
Desesperación en los familiares de los pasajeros del
Airbus de Air Asia accidentado.
(Fuente: cuatro)

Primero desapareció el vuelo MH370 (Kuala Lumpur a Pekín) de Malaysia Airlines, hasta ahora nunca encontrado, entre sospechas de todas clases, desvíos de ruta sólo reconocidos a posteriori y a regañadientes, y búsquedas, sin éxito conocido, extendidas a áreas muy amplias de cientos de miles de kilómetros cuadrados. Un segundo incidente acabó con otro avión de la misma compañía, el MH17 de Amsterdam a Kuala Lumpur, que fue atacado, presuntamente, con un misil de origen no reconocido, al sobrevolar Ucrania. Y un tercer avión, esta vez de la compañía malasia de bajo coste Air Asia, también se ha despeñado recientemente en el mar, en su viaje entre la isla de Java y Singapur.

Diciembre nos ha sorprendido con un primer movimiento, todavía modesto, tibio y por desarrollar, de deshielo entre Estados Unidos y Cuba. Dos vecinos próximos enemistados desde que Fidel Castro derrocó al dictador filonorteamericano Fulgencio Batista, en 1958. Muchas décadas de bloqueo estadounidense que, junto con las evidentes torpezas del régimen de La Habana, han sumido a la población cubana en una pobreza persistente y generalizada. Barack Obama y Raúl Castro lo hicieron público el mismo día. Veremos cómo va evolucionando este deshielo.
El saludo entre Barack Obama y Raúl Castro, en una
reciente reunión internacional.
(Fuente: noticiassin)

De otra parte, la Unión Europea ha seguido manteniendo su perfil extrabajo en todos los temas y conflictos internacionales de nivel. No hemos avanzado un ápice en 2014 en los temas trascendentales de la armonización fiscal y bancaria, etc. Y seguimos sumidos en las políticas preponderantes, lideradas por Alemania, que condenan a muchos países a un austericidio del que costará mucho reponerse. Grecia está de nuevo en el ojo del huracán en este inicio de 2015, donde se celebrarán elecciones generales forzadas, tras las que podría llegar al poder la izquierda ciertamente antieuropea de Syriza, ante el pánico de los mercados y los capitales.

Ya estamos en 2015 (en el culo un esguince, porque desgarro no rima). Nos esperan, sin duda, muchas cosas apasionantes, pero también incontables desgracias. Aunque los noticieros, a veces, parecen instalados en el año de la marmota. De momento, en esta mañana de viernes un perturbado ha provocado la activación del protocolo antiterrorista, sembrando el caos durante varias horas en el transporte ferroviario de Madrid que tiene Atocha como centro neurálgico.

Pese a todo, yo me enroco en mis buenos deseos de que 2015 traiga felicidad para todos.

JMBA

viernes, 19 de diciembre de 2014

El Pequeño Nicolás

Iban Lazarillo y el ciego a repartirse un racimo de uvas, y acordaron que, alternativamente, cada uno cogería una uva del racimo. Viendo Lazarillo que el ciego empezaba a comerlas de dos en dos, las empezó a coger de tres en tres. Terminado el racimo, el ciego afirmó que Lazarillo le había engañado, y que se acabó comiendo las uvas de tres en tres.
Fran, junto a José María Aznar, en un acto público.
(Fuente: elpais)

Lazarillo, sorprendido, le preguntó que cómo lo había sabido, sin poderlo ver. Le respondió el ciego: porque yo las comía de dos en dos, y tú no te quejaste.

Este es el paradigma de lo que se conoce como picaresca española, de la que el pequeño Nicolás es una declinación contemporánea.

Todas las empresas que, de una u otra forma, tienen parte de su actividad ligada a los contratos públicos, saben que en los aledaños del poder abundan los conseguidores (muchas veces, sólo presuntos), que afirman tener mano para torcer voluntades. La empresa puede aceptar pagar una factura (legal, por supuesto) por labores de Consultoría Comercial, quizá condicionada al resultado de las (presuntas) gestiones. Esa factura se contabilizará, legalmente por supuesto, en la cuenta de Coste de Ventas. La misma, por cierto, en la que contabilizarán el incentivo o comisión que paguen a su propio vendedor, si la operación tiene éxito y termina en contrato.

Todo formalmente legal. Lo que los conseguidores hagan con ese dinero fácil puede despertar toda clase de sospechas, pero no se puede probar. En organizaciones muy grandes, puede haber conseguidores con proximidad a los diversos niveles del cliente que intervienen en la valoración y decisión final de qué empresa es la ganadora en esa licitación. Todo legal, por supuesto, pero con fuerte olor a alcantarilla.

En este caldo de cultivo, el pequeño Nicolás no es más que un personaje de sainete, inevitablemente esperpéntico. Procedente de una familia de clase media trabajadora, sus aficiones (o delirios) se desarrollaron y cultivaron en el entorno de la FAES (el think tank de la derecha española), y se alimentaron con ciertas relaciones que parecen probadas, con algún concejal del Ayuntamiento de Madrid, con el Secretario de Estado de Comercio o el presidente de los empresarios madrileños.

Sospecho que, en muchos casos, Fran (como él mismo dice que siempre le han llamado) asumió el papel del hijo o el sobrino espabilado, que despierta las simpatías y a quien le dan alas. Sólo que, a sus escasos veinte años, ya presenta un historial ciertamente extenso. Grandes ambiciones, elucubraciones excéntricas y, por encima de todo, su constatación de que el sistema tiene una corrupción endémica, donde a menudo es mucho más importante dejar claro a quién se conoce o de quién se tiene plena confianza (siempre presuntamente), que lo que realmente se sabe o se es capaz de hacer; todo esto le ha llevado este viernes a los Juzgados de Plaza de Castilla de Madrid.

El personaje, un esperpento digno de Valle-Inclán, debería avergonzarnos como sociedad. Que alguien así tenga un elevado crédito, incluso a ojos de personas que encarnan responsabilidades públicas de cierto nivel, debe hacernos reflexionar.

Poco a poco se van conociendo los detalles más sórdidos de toda esta historia. Como su centro de trabajo en una copistería, donde componía un corta-pega de logotipos, firmas y textos, para generar documentos con ciertos visos de realidad, con los que convencer a terceros de su alta capacidad de influencia en los más altos niveles de la administración del Estado. Ha pasado por agente del CNI, por alguien muy próximo a la Casa Real o a la Vicepresidencia del Gobierno, o por un conseguidor con influencia en ciertas decisiones administrativas, que podrían favorecer o perjudicar a empresarios de diversa laya.

Y debemos tener en cuenta que de una mentira total jamás se puede edificar una simulación de este calibre. Algo tiene que haber en la trastienda para que, convenientemente aumentado y exagerado, genere la sensación en terceros de su capacidad para torcer voluntades.

La pregunta eterna, todavía no clarificada, sería la que le hacían en el cuplé a la chica del 17: de dónde saca, pá tanto como destaca. En otras palabras, el trasfondo económico de todo el asunto, de dónde, por qué y a cambio de qué, salen el dinero y los recursos necesarios para mantener la ficción del pequeño Nicolás. Porque utilizaba como cuartel general un chalet en El Viso, al que él equipó con más de treinta cámaras de vigilancia, propiedad de un príncipe sin trono de la Europa del Este, y cuyo alquiler de más de cinco mil euros mensuales le pagaba una empresa constructora. Tanta cámara seguro que tiene registrados episodios inconfesables o, como mínimo, altamente sospechosos. La siesta de Arturo Fernández en el sofá es, seguramente, el más inocente de todos.

Que Fran no haya sido denunciado mucho antes ilustra la necesidad enfermiza que tiene este sistema esclerótico de aceitadores, de personajes que engrasen los engranajes oxidados, para forzar a la maquinaria cansada a seguir girando. Así, el pequeño Nicolás parece haber intermediado para algún empresario atascado en sus relaciones con la Administración, o incluso se propuso como la solución para otro empresario en apuros económicos, a quien convenció de que podía conseguir vender una finca toledana a inversores extranjeros.

Todo ello trufado con montones de documentos falsos a medias, empezando con sus hasta cuatro Documentos Nacionales de Identidad, todos ellos auténticos, pero con direcciones diversas e incluso uno con la foto de otra persona. Y siguiendo con las composiciones de ficción que elaboraba parte en la casa de su abuela y parte en su copistería de cabecera. La casa de su abuela, en Chamberí, que le resultaba mucho más conveniente que su domicilio familiar en el popular barrio de Prosperidad.

Este chaval se paseaba por las calles de Madrid (bueno, incluso consta su famoso viaje a Ribadeo) en coches de alta gama, incluso con girofaros azules, que son patrimonio exclusivo de las Fuerzas de Seguridad, o tenía reuniones de trabajo en restaurantes de lujo. Que yo sepa, no hay denuncias de que haya dejado sin pagar alguna de esas cuentas. De nuevo, de dónde saca pá tanto como destaca.

Se han publicado diversas tarjetas profesionales de visita que en alguna ocasión habrá esgrimido el pequeño Nicolás. Le ubicarían en diversas posiciones dentro de una empresa constructora o un bufete de abogados, o incluso como miembro del CNI, como si los espías fueran con su tarjeta de visita por delante. Nadie nos impide, ni es ilegal, utilizar los recursos tecnológicos disponibles para elaborar unas preciosas tarjetas de visita que nos califiquen, por ejemplo, como Príncipe Aspirante al Trono de Printonia. El problema legal aparece cuando esas tarjetas se utilizan con animus simulandi, con propósito de simular o engañar.

Lo que debemos tener claro es que una fingida verdad nunca puede crecer de la mentira absoluta. Se requiere siempre alguna dosis de realidad para que, convenientemente exagerada o amplificada, pueda generar la ficción de una posición o una capacidad inexistentes. En otras palabras, y recurriendo al refranero popular, cuando el río suena, agua lleva.

Hay que clarificar el papel que han jugado los diversos actores secundarios de esta opereta. En particular, de los cargos públicos que podrían, en algún momento y en alguna medida, haber avalado al pequeño Nicolás.

Esta mañana, en los Juzgados, el pequeño Nicolás se ha negado a declarar, amparado en la falta de alguna documentación en manos de su defensa. Pero debe afrontar cargos de falsedad documental, usurpación de identidad o estafa. Veremos qué nuevas sorpresas nos va a deparar el recorrido judicial de este caso. No descarto que haya bastantes. Algunas, incluso, muy desagradables para algunos. Todavía no sabemos cuántos habrán pagado algún dinero al pequeño Nicolás por favores inexistentes. La mayoría estarán consumidos en alguna esquina por su propia vergüenza de haber sucumbido a las ficciones de este personaje, inhibidos de su derecho a denunciar o declarar por el rubor que les produce su propia inocencia o ingenuidad.

Fran es el síntoma, pero no el virus. Es la comprobación manifiesta de una sociedad bastante enferma, que está dispuesta a creer hasta las ficciones más chuscas. Creo que todos hemos conocido alguna vez a uno de estos personajes fabuladores, que empeñan su vida en exagerar en la ficción una realidad más bien mediocre. Da la sensación de que cualquiera podría creer a un perfecto desconocido, tomando una cerveza en un bar, que nos diga: tengo un amigo que te podría ayudar. Como mínimo, le invitaríamos a la segunda cerveza.

Esta es una sociedad macilenta, que ha sido incapaz de desterrar el hecho preocupante de que sea más importante tener (ciertos) amigos que ser un gran profesional, que hacer bien las cosas o que ser legal hasta la saciedad. Desgraciadamente, en España, en las empresas, organizaciones o partidos políticos, acaba primando más y retribuyendo mejor a los serviles que alaban, rodean, protegen y refuerzan el ego del líder, que a los grandes profesionales que, a menudo, son mensajeros que anticipan malas noticias que acaban siendo una dramática realidad.

De esta forma, nunca dejaremos de estar instalados en la mediocridad.

JMBA