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martes, 17 de septiembre de 2019

Servidores Públicos (???!!!).

El idioma inglés y la cultura anglosajona tiene la estimulante tendencia de introducir habitualmente algún elemento de ironía en la denominación de las cosas, las personas y las situaciones.

Así, a los políticos, a los diputados (MP = Member of the Parliament), el Gobierno o los propios funcionarios, les denomina genéricamente Public Servants (Servidores Públicos). Una denominación que invita a la modestia y a la humildad y que lleva la profesión de político a su dimensión auténtica y genuina.

La única razón de que tengan que existir Gobiernos y Parlamentos somos los ciudadanos y la propia sociedad. Como cada cual tiene su propia actividad y empeño, se requiere que existan algunas personas que, desde un punto de vista técnico, ejecuten lo necesario para que la dirección que quiere llevar la sociedad y sus ciudadanos, expresada habitualmente en las urnas, se convierta en una realidad.

Como españoles, somos pasajeros de un barco gigante que manifestamos el 28A nuestra voluntad de avanzar en una cierta dirección. A partir de eso, el capitán, el timonel y el resto de la tripulación tiene la obligación técnica de mover al barco en esa dirección.

Para la desgracia de los ciudadanos y ante la confirmación de que Platón tenía razón en que los sabios no tienen ningún interés ni ninguna vocación de ponerse al timón, una raza menor, la de los políticos, se ha hecho con los mandos de la sociedad. La llamo menor por el hecho de que sus motivaciones casi únicas tienen que ver mucho más con intereses personales o de grupo (partido) que no con una real vocación de servicio a sus semejantes. Vamos, que lo de Servidores Públicos es una denominación que se ajusta más bien muy poco a la realidad.

Lo cierto es que, por diversas circunstancias, los ciudadanos les hemos ido cediendo este protagonismo que no debería corresponderles. En concreto, en España, la Transición les situó en cabeza (a los políticos y, muy especialmente, a los partidos políticos) por una pura razón de supervivencia. Se procedía de una época en que los políticos eran personas proscritas y consideradas dignas de toda sospecha, y había que forzar un cambio en esa consideración, para facilitar el avance del país hacia posiciones mucho más modernas, de las que nos habíamos quedado claramente relegados.

Pero esta realidad, seguramente inevitable, nos ha llevado a una situación en que los políticos tienen un ego, una personalidad y un protagonismo que no debería corresponderles. El capitán del barco, como técnico experto en navegación, puede proponer a los pasajeros aquellos destinos y rumbos que sean posibles, sin demasiados riesgos. Y cumplir a ciegas la decisión informada que tomen los pasajeros a partir de esos datos.

Si el capitán de un crucero de lujo fracasa en su labor, y provoca que el barco embarranque, deberá dedicarse a otra cosa. Es posible que consiga capitanear un petrolero, un portacontenedores o un pequeño barco de cabotaje. Pero, en la política, no existe un país de repuesto. Si un político fracasa, tendrá que dedicarse a otra cosa.

Como bien dijo Núñez Feijoo, si tuviéramos hombres de Estado y no políticos adolescentes, mucho mejor nos iría. Efectivamente, da la sensación de que la política pequeña que nos está tocando vivir estos últimos meses es obra más bien de hormonas desordenadas que de cerebros bien amueblados. Todo en la política se está pareciendo mucho más a las pequeñas rencillas de patio de colegio, a si me ajunto o no me ajunto, a que o me haces caso o dejo de respirar.

Mientras tanto, el barco sigue al pairo, a la espera de que el capitán y el timonel ocupen, por fin, sus posiciones. Si la meteorología fuera clemente, el problema no sería muy grave. Pero ya estamos viendo en el horizonte del mar los primeros rayos y las nubes negras van cubriendo el cielo. Una tormenta con el barco al pairo no parece un escenario digno de ser vivido y no es, desde luego, lo que nos merecemos los ciudadanos.

Todos los líderes de los cuatro grandes partidos de implantación nacional y con una presencia significativa en el Congreso de los Diputados no han hecho su trabajo. En lugar de ocupar sus posiciones al timón o en la sala de mando, se han retirado a la sentina a pelearse puños en alto, hasta la primera sangre, o más allá.

Pedro Sánchez ha estado altanero y displicente, señalando sin cesar a los entorchados de su propio uniforme. Pablo Iglesias ha sido orgulloso, ha estado exageradamente picajoso y ha dejado de respirar cuando le han negado la pelota. Albert Rivera, el eterno adolescente cuya única obsesión es asumir algún poder, sea en la oposición o en el Gobierno, se puso de cara a la pared, mirando de reojo cómo jugaban los otros niños. Y Pablo Casado parece llevar la gorra con la visera para atrás, disfrutando del balanceo que da la navegación al pairo.

Me temo que hoy tendremos que asistir al último acto de un desastre anunciado. Habrá que convocar nuevas elecciones, que es como decirnos a los ciudadanos que hicimos mal nuestro (pequeño) trabajo. Escogimos un destino y un rumbo de entre los que nos ofrecían los candidatos a capitán, pero resulta que no, que eso no va a ser posible y habrá que escoger de nuevo.

Por supuesto que entre los votantes habrá algunos adolescentes. Pero, entre tantos ciudadanos como somos, no es posible que nos equivoquemos, porque se acaban compensando nuestras propias excentricidades.

Parece que no tenemos los políticos que nos merecemos. El problema es que no hay otros.

JMBA

domingo, 28 de julio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Epílogo


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 15: Vuelta a casa


Cuando escribo estas líneas han pasado exactamente diez meses desde mi vuelta a casa.

Llevo, pues, ya diez meses viviendo de nuevo en mi casa. Pero no he recuperado, todavía, mi total independencia. La reinervación (regeneración de los enlaces nerviosos deteriorados por una u otra razón) es un proceso extremadamente lento y que requiere muchísima paciencia.

Actualmente sigo utilizando la muleta para circular por la calle, aunque la tengo ya totalmente aparcada cuando estoy en casa. Por casa, tras hablarlo con el fisio, acostumbro a andar descalzo. Esto contribuye a masajear los pies, y también a ser plenamente consciente del estado nervioso de mis pies. Tengo todavía la sensación de embotamiento en los pies, con sensibilidad mínima en algunas zonas, casi normal en otras e incluso con reacción no lineal en algunos puntos de los pies (una reacción exagerada ante un estímulo moderado). Tampoco he recuperado el control total del comando motriz de los pies, lo que me impide, por el momento, volver a conducir con normalidad.

Tengo que seguir teniendo paciencia, cuando ya han transcurrido casi dieciséis meses desde el incidente que provocó inicialmente esta situación. Sigo visitando el Gabinete de Fisioterapia de mi barrio dos veces por semana, los lunes y los jueves de una a dos de la tarde. Es pequeño y solo trabajan allí los dos socios: un hombre, D., y una mujer, S. Como buenos autónomos, le echan más horas de las que aconseja una buena salud, pero los clientes mandan, y algunos necesitan visitarlos a las ocho de la mañana (antes de ir a trabajar, por ejemplo) mientras otros lo hacen a las nueve de la noche, tras terminar la jornada. Yo utilizo el horario en que, principalmente, los clientes son los jubilados y las mamás recientes o próximas.

A mí siempre me atiende D., un caballero muy atento, cultivado y bien informado. Las sesiones se han convertido en tertulias muy agradables sobre temas de actualidad o de fondo, amenizadas con diversos ejercicios para reforzar mi estabilidad y equilibrio.

El tema urinario ha recuperado una práctica normalidad y las micciones ya se producen de modo natural, con la frecuencia y el caudal ordinarios. Recientemente he empezado a prescindir del pañal, y parece que la situación ya es estable y las mínimas pérdidas pueden considerarse normales, en la mejor tradición de "aunque le des con un martillo, la última gota va al calzoncillo" y de "lo amarillo delante, lo marrón atrás".

Pero esta casi normalidad (todavía no tengo una plena sensibilidad en la zona, se requiere de una cierta reinervación, como en los pies) la he recuperado pasando por otro episodio agudo que os voy a contar.

En Marzo de 2019 seguía sufriendo de micciones complicadas y a menudo incluso algo dolorosas, con frecuencias poco regulares y a menudo falsas sensaciones de ganas de orinar. A finales de ese mes, sufrí una nueva infección urinaria. El martes 26 por la tarde tuve un breve episodio de pico de fiebre (supongo) con escalofríos y temblores. El miércoles 27, al acostarme, sufrí un nuevo episodio de escalofríos.

Al día siguiente, jueves 28 de Marzo, que coincidía con el día del cumpleaños de mi hermana, tras felicitarla por WhatsApp me fui directamente a Urgencias del Hospital Ramón y Cajal. Allí conté el episodio, así como el recordatorio de la infección de caballo del año anterior, que me había tenido en ese Hospital durante más de un mes, incluyendo varios días en la UCI.

Tras el triaje inicial, característico de Urgencias, le conté toda la historia al médico que me atendió, que me escuchó con atención e interés. Me dijo que casi con seguridad tenía de nuevo una importante infección urinaria y que lo confirmarían con las analíticas pertinentes. Pero, adelántandose a la confirmación del diagnóstico, me prescribió de forma inmediata una dosis de antibiótico intravenoso. En caso de no confirmarse la infección, pues me lo llevaría puesto.

Practicaron analítica de sangre y orina y, a la espera de resultados, me administraron el antibiótico en una sala común de la zona de Urgencias. Se confirmó la infección y me realizaron algunas pruebas adicionales, como una ecografía de la zona urinaria y renal, para verificar que los riñones no habían sufrido daño alguno y que el problema era estrictamente del sistema urinario externo.

Esa tarde estuvieron a punto de enviarme para casa, con prescripción de antibiótico por via oral. Pero los médicos, como la policía, trata de modo diferente a los episodios iniciales de las reincidencias. Yo era reincidente y decidieron tenerme algunos días ingresado en el Hospital.

Pasé esa noche en una sala común, una especie de zona de espera hasta el traslado a planta. A primera hora de la tarde del viernes me trasladaron a una habitación de la sexta planta, que ya conocía bastante bien, desde mi larga estancia allí el año anterior. Me siguieron administrando antibióticos (y suero, como siempre) por via intravenosa.

Por supuesto, me tocó pasarme en el Hospital el fin de semana. En ese período, el encefalograma médico es prácticamente plano. Afortunadamente, me visitó algún amigo y también mi hermano y mi cuñada que ya tenían previsto viajar esos días a Madrid, entre otras cosas para visitar a su hija, que trabaja aquí desde hace ya un tiempo. Mi hermano, el sábado por la mañana, se encargó de traerme de mi casa algunas cositas que necesitaba para poder sobrevivir dignamente durante esos días en el Hospital.

Los médicos, a menudo, se concentran en resolver el problema agudo concreto que están tratando y no toman la perspectiva suficiente como para considerar al enfermo en su globalidad y no a la pura enfermedad.

Afortunadamente, mi reincidencia despertó la curiosidad y el interés de uno de los Urólogos pata negra de ese Servicio. A las ocho de la mañana del lunes vino a visitarme a mi habitación, acompañado del doctor que me había atendido durante esos días. Me dio la sensación de que habían estudiado las características de mi reincidencia y ya traía en la cabeza su posible causa, que solo venía a verificar.

Tras estudiar la zona, dictaminó con autoridad que yo tenía un problema crónico de fimosis lo que, con los años, había convertido el exceso de tejido en un laberinto para la orina (de ahí las micciones trabajosas o incluso dolorosas) y en un foco de infecciones (de ahí la reincidencia). Me dijo que me darían el alta hospitalaria al día siguiente, con una cita a la mayor brevedad, para practicarme la intervención de circuncisión.

Recuerdo, siendo todavía un niño, que siempre aparecía fimosis en las observaciones de las revisiones médicas del colegio. Teniendo quizá ocho o nueve años, tengo presente con total claridad una conversación entre mi madre y el doctor de la familia sobre este tema. Mi madre opinaba que sería conveniente operarme de ello, pero el doctor se lo quitó de la cabeza, aduciendo que no había ninguna necesidad de hacerlo. Parece que, muchas décadas después, esa decisión había acabado pasando factura.

Efectivamente, el martes 2 de Abril a mediodía me dieron el alta hospitalaria, con una cita para el lunes 15 de Abril (el lunes de Semana Santa, por cierto) a las 12 horas para la intervención ambulante. A las dos de la tarde de ese martes ya volví a mi casa, en compañía de mi asistenta, que se prestó a acompañarme en ese traslado. Me prescribieron un tratamiento antibiótico, a base de comprimidos, durante las tres semanas siguientes. Y me dieron una cita para revisión en Urología del Hospital para el 10 de Mayo, con indicación de que, con antelación, pasara por mi Centro de Salud para realizar un análisis y cultivo de orina.

El lunes 15 de Abril volví al Hospital (de nuevo acompañado por mi asistenta, por no hacer viajar a ninguno de mis hermanos por un ratito) para la mínima intervención prevista. A las dos de la tarde ya estábamos de vuelta en mi casa, tras pasar por todo el protocolo quirúrgico y por el quirófano durante un tiempo muy corto, que no sé evaluar con seguridad.

El lunes 29 de Abril, a primera hora de la mañana, dejé en el Centro de Salud una muestra de orina (tras prescripción unos días antes, en Consulta, con mi Doctora de Familia). El viernes 3 de Mayo me llamó la doctora por teléfono, para informarme de que el cultivo había dado presencia de una cierta bacteria.

El viernes 10 de Mayo visité de nuevo la Consulta de Urología en el Ramón y Cajal. Allí ya dieron por cerrado mi expediente, salvo si se presentaba de nuevo algún episodio infeccioso que, en principio, ya no debería producirse tras la intervención quirúrgica. Respecto a la bacteria, no le dieron demasiada importancia, pero me facilitaron una cita con Enfermedades Infecciosas del mismo Hospital, para el siguiente jueves, 16 de Mayo.

El Doctor de Infecciosas revisó mi historial y escuchó atentamente mis comentarios. Su conclusión fue, si acaso, sorprendente. Me dijo: "Mire, no vamos a hacer nada".  Su argumentario era simple. Me dijo que si nos empeñábamos en eliminar esa bacteria a base de tratamiento antibiótico potente, solo íbamos a conseguir que acabara colonizado por otra bacteria más resistente. Solo si se cursara una nueva infección, lo que no era nada probable, según su opinión (y la mía, por cierto), debería repetir el proceso (visita a Urgencias, etc.).

Así se terminó ese episodio y considero que, a día de hoy, la práctica normalidad ha vuelto a mi vida en este tema. Pasado el verano visitaré de nuevo a mi Doctora en el Centro de Salud, por ver si resulta conveniente involucrar a los neurólogos para verificar de modo fehaciente el estado de mi proceso de reinervación.




Mi estancia de cuatro meses y medio en una Residencia de Mayores ha sido una época singular de mi vida, que creo que nunca olvidaré. A ella he dedicado este relato sobre Las Puertas del Infierno. Tras un incidente grave de salud, como el que sufrí el 9 de Abril de 2018, uno tiene cierta tendencia a sentir culpabilidad, porque seguramente podría haberse evitado la máxima gravedad y las secuelas que todavía arrastro, si hubiera atendido el problema inicial con una mayor diligencia. Pero esto no sirve para nada.

Lo cierto es que cuando la vida te sorprende con una situación de dependencia que nunca hubieras anticipado, la reacción debe ser afrontar con seriedad la situación real y nunca llorar sobre la leche derramada. De esta forma, me vi de repente inmerso en un ambiente que, según todos los criterios, no me correspondería (al menos, no todavía).

Convivir durante meses en una Residencia de Mayores, desde la total y completa lucidez, me aportó una experiencia intensa que me vi abocado a contar con todo detalle, lo que he hecho hasta en quince capítulos. Desde el principio tenía claro que su título debía ser Las Puertas del Infierno, porque eso es lo que sentí y visualicé desde los primeros días de mi estancia en la Residencia. Como si hubiera abierto por casualidad o desidia esas puertas que deberían permanecer cerradas hasta que no tengas más remedio que abordar la etapa final de tu vida y ese sea el único recurso disponible.

En algunos momentos me sentí como si estuviera en el aparcamiento del desguace, oyendo las prensas que convierten a los coches en un amasijo de hierros. Pero mi coche arrancaba sin problemas y solo requería un ligero ajuste para poder seguir circulando.

Me asomé al abismo, pero me salvé de él.


F I N

sábado, 27 de julio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 15: Vuelta a Casa





Para mediados de Agosto, ya conseguía manejarme razonablemente bien con una sola muleta. En esas condiciones ya me atreví a salir de la Residencia para dar algunos breves paseos. Con las máximas precauciones, pues todavía mi estabilidad era relativamente precaria, y la calle está llena de trampas, de las que no nos damos cuenta cuando estamos en perfectas condiciones.

Así, me fui alguna mañana hasta la churrería de la plaza, a unos pocos centenares de metros de la Residencia, para tomar un segundo desayuno de placer, con unos excelente churritos (o incluso alguna porra), junto con un café con leche. Durante el paseo cruzaba frente al quiosco, y me sorprendía ver que todos los días se seguían publicando todos los periódicos conocidos (no solo el ABC, que era el rey de la Residencia). Y también pegaba la nariz en el escaparate de la tienda de vinos junto al mercado, la que visitaba Don Jaime con su nieta, para comprar alguna botellita de blanco gallego, con la que luego nos invitaba en el comedor.

Tras pasar unos meses recluido, primero en el Hospital y luego en la Residencia, la calle representaba el vértigo del mundo real, lleno de personas de todos los géneros y edades. Los jóvenes y jovencitas que veía por la calle quizá tuvieran abuelos, pero probablemente vivían en su propia casa, o la compartían con ellos. Iban y venían a sus cosas, a o desde sus respectivos trabajos o estudios, de compras, al gimnasio o donde fuera. De nuevo el contacto con la vida de la gente en general, que nunca y a ninguna hora deja de fluir por las calles de la ciudad.

Los meses de reclusión me acabaron generando la sensación de que el mundo se limitaba al entorno de la Residencia, que toda la población consistía en los abuelitos y abuelitas que veía todos los días aparcados en un rincón del jardín, o apalancados ante un televisor que no dejaba de emitir sus propias consignas, ante la apatía general de la audiencia.

Esos paseos fueron el principio de mi vuelta a la vida real. Debo reconocer que con un cierto vértigo, que fui venciendo con el paso de los días.

A primeros de Septiembre se reunieron varias circunstancias que me llevaron al convencimiento de que ya debía preparar el abandono de la Residencia y mi vuelta a casa. De una parte, los días eran cada vez más cortos. A la hora de la cena, las ocho de la tarde, la luz en el jardín ya casi no permitía ni siquiera seguir leyendo, y el cigarrito de después de cenar se producía ya en la casi total oscuridad. De otra parte, mi disfunción motriz, manejable con una única muleta, era perfectamente compatible con la vida en mi casa. Desde luego, no podía todavía conducir, pues la sensibilidad y agilidad de mis pies era prácticamente inexistente y no permitía, de ninguna forma, hacerlo con la necesaria seguridad y firmeza.

Desde mi casa, podría realizar pequeños paseos por el barrio, o desplazarme a otros lugares utilizando el taxi o el servicio voluntario de algún amigo o familiar que se prestara a actuar puntualmente de chófer. Para gestionar los suministros, podía utilizar las diversas formas de compra por Internet sin problemas. En resumen, todos los aspectos necesarios para que la vida cotidiana resultara razonablemente confortable estaban suficientemente asegurados.

Por ello tomé la decisión de que debía abandonar la Residencia y volver a casa antes de finalizar el mes de Septiembre. Así lo anuncié a la dirección de la Residencia, informando de que les daría, más adelante, la fecha exacta de mi partida.

Solo había un par de temas que debía resolver antes de mi vuelta a casa. De una parte necesitaba asegurar continuidad a las sesiones de Fisioterapia y, de otra, tenía que realizar alguna mínima adecuación en el baño de mi casa, para instalar en la bañera una barra que me diera una mayor seguridad y estabilidad durante la ducha.

Con la tablet de la que disponía, investigué un poco, y vi que muy cerca de mi casa había un Gabinete de Fisioterapia, en el que deposité mi confianza. Por si acaso, hablé con P., el fisio jefe en la Residencia, para asegurar que, si lo necesitaba, pudiera seguir yendo un par de veces por semana al Gimnasio de Fisioterapia de la Residencia, incluso después de volver a casa. Lo comentó con la dirección y no me pusieron ningún problema, en caso de que yo lo necesitara.

Para el tema de la barra del baño, enrolé en el empeño a mi buen amigo Coyantino (DL), que se prestó con total disponibilidad. Pedí por Internet un par de agarraderos para los dos baños de casa, así como un taburete para que pudiera afeitarme y asearme en posición sentada, que me resultaba mucho más cómoda que hacerlo de pie. Para facilitar la entrega, hablé con mi amigo por ver si podían enviárselo directamente a su casa. Pero él iba a estar unos días de viaje, fuera de Madrid, por lo que arbitramos la solución de que pudiera recogerlo en un punto de entrega situado en una tienda frente a su casa. La compra tuve que realizarla en Amazon, el único proveedor que me ofrecía esa opción de entrega un poco peculiar.

Finalmente fijé la fecha del traslado a mi casa para el viernes 28 de Septiembre, e informé de ello en la Recepción de la Residencia. Con DL decidimos visitar mi casa el lunes anterior, el 24 de Septiembre, para poder instalar esos agarraderos, que me resultaban imprescindibles antes de trasladarme a casa, para reducir el riesgo en el baño ante mis dificultades de equilibrio y estabilidad.

Ese lunes, DL me recogió a media mañana en la Residencia. Se traía consigo todo el arsenal del bricolador profesional que lleva dentro (a pesar de que en mi casa hay unos cuantos kilos de herramientas y elementos ferreteros diversos).

Era la primera vez que visitaba mi casa desde que la abandoné el lunes 9 de Abril y habían pasado ya más de cinco meses y medio de ausencia. Sin duda, un momento de una cierta emoción contenida.

Mientras DL se centraba en sus labores de instalador, yo procedí al montaje del taburete de baño que también había comprado, junto con las barras agarradero. Aproveché también para poner en marcha el ordenador, sin problemas, en presencia de DL que había sido incapaz de conseguirlo unos meses antes. En fin, cosas de la vida, las tecnologías y los tecnólogos aficionados.

Escogí también, de mi bodeguiya doméstica, una buena botella de vino tinto (un recio Calzadilla, de Huete, Cuenca) para invitar esa noche, en la cena, a los comensales de la Residencia con los que había compartido mesa durante esos meses, y también a Don Juan y a Don Jaime, que lo hacían en otras mesas del comedor.

Terminadas todas las labores previstas, a plena satisfacción, nos fuimos a comer al GINOS del Palacio de Hielo, para celebrar el éxito de la jornada. A pesas de sus reticencias, yo invité a la comida, como agradecimiento por la inestimable ayuda de DL en ese día clave para mi vuelta a casa.

Dediqué los siguientes días a asegurar los últimos aspectos logísticos que eran necesarios para una vuelta a casa sin sorpresas. Para mis desplazamientos, yo estaba utilizando una muleta que era propiedad de la Residencia. La gestión de las ayudas técnicas para la movilidad en la Residencia correspondía a P., como jefe de la sección de Fisioterapia. Hablé con él, y no puso ningún problema en regalarme esa muleta para que pudiera llevármela a casa. Pero ya estaba muy gastada y me pareció conveniente asegurarme una nueva muleta para mi vida doméstica.

Como mi sistema urinario no estaba todavía para nada estabilizado y seguía teniendo algunas pérdidas (no abundantes, pero sí persistentes) de orina, utilizaba habitualmente un pañal desechable que se renovaba todos los días. Me enteré, a través de una de las auxiliares, del modelo concreto para poder aprovisionarme de ellos en casa. Buceé por Internet y localicé a un proveedor especializado en el suministro de toda clase de ayudas y accesorios para hacer frente a dependencias y disfunciones de todos los niveles: Ortoweb. Hice un pedido que incluía los pañales, una muleta ergonómica especial para el brazo derecho (con empuñadura asimétrica) y también una botella para la orina, esa especie de orinal para la mesilla de noche, habitual en los Hospitales y que había venido utilizando en la Residencia, desde que me retiraron la sonda urinaria. Ese accesorio me permitía evitar el riesgo de tener que levantarme en la mitad de la noche y medio dormido para ir al baño.

Procuré que la entrega de esos elementos en mi casa se realizara el viernes, en que ya estaría yo mismo para recibirlo. Por si acaso, advertí al conserje de mi casa de la posibilidad de que el paquete llegara la víspera, para que lo recogiera sin problemas.

El segundo elemento básico era el suministro de comida, bebida y artículos de limpieza e higiene personal. Tras tantos meses de ausencia y a pesar de que en sus visitas regulares mi asistenta había ido tirando diversos alimentos que ya estaban mucho más allá de su momento óptimo de consumo, era consciente de que debería prescindir de prácticamente toda la comida que pudiera tener. Por ello, debía hacer un pedido (en este caso, en Carrefour Online) como para poner en marcha por primera vez un hogar. Arbitré la entrega en mi domicilio para el viernes por la tarde, en que yo ya estaría instalado en casa. Más adelante realicé también pedidos al Supermercado de El Corte Inglés, que me ofrece algunas facilidades adicionales en la compra de artículos frescos (como la charcutería al corte) así como la posibilidad de incluir en el mismo envío productos del Club del Gourmet.

Me fui despidiendo durante esos días de los Residentes con los que había tenido alguna relación, y también de las auxiliares de trato más próximo.

El jueves 27 de Septiembre fue mi última sesión de Fisioterapia en la Residencia. Con P. arbitramos que me tomaría una semana sabática (la primera de Octubre) sin sesiones. Volvería por allí el lunes siguiente (8 de Octubre) a la hora habitual (la una de la tarde) y decidiríamos en ese momento cómo se iba a desarrollar nuestra mutua relación en el futuro.

Llegó por fin el viernes 28, que sería mi última mañana en la Residencia. Preparé el equipaje (una maleta y un par de bolsas) y hacia mediodía apareció mi amigo DL, según habíamos previsto. Me acompañó a Recepción, para las últimas gestiones antes de abandonar la Residencia. Cargamos el equipaje en el coche (que había podido aparcar en la calle, en las proximidades) y nos fuimos directamente a casa.

No os negaré que me invadió una cierta emoción por volver a mi hogar tras más de cinco meses y medio de ausencia. El paquete de Ortoweb había llegado finalmente la víspera y lo tenía el conserje, que me lo subió a casa.

Como todavía no tenía recursos en casa para preparar una comida (el pedido de Carrefour Online llegaría esa tarde, como había solicitado) nos fuimos con DL a comer al Centro Comercial del Palacio de Hielo. Nos comimos una hamburguesa más o menos Gourmet en un Fosters Hollywood. Resultó una explosión de gula tras meses de sobriedad y austeridad nutritiva en la Residencia.

Por la tarde volví a mi casa y DL se fue a sus tareas de abuelo esclavo. Recibí y ordené la entrega de suministros y me preparé para una nueva rutina, retomada desde antes de ingresar en el Hospital en el ya lejano mes de Abril.

Ese fin de semana disfruté de la anarquía de ser dueño de mis horarios, comiendo, cenando, levantándome y acostándome a las horas que me dictaban mis propios biorritmos, sin atender a disciplina concreta alguna.

El martes 2 de Octubre visité el Gabinete de Fisioterapia de mi barrio y llegué a un acuerdo para fijar dos sesiones semanales con ellos, los lunes y los jueves, de una a dos de la tarde. Aproveché para comer un plato combinado grasiento en el Bar de la Esquina, a menos de medio kilómetro desde casa. El lugar es refugio tradicional de transportistas y albañiles y ello les lleva a una oferta gastronómica con tendencia a ser hipercalórica.

Disfruté toda esa semana de mi vuelta a casa, sin ningún problema específico, más allá de acarrear la muleta por todas partes, para asegurar la estabilidad. El aseo no presentó dificultad alguna, gracias a los agarraderos que me había instalado mi amigo DL.

Como estaba previsto, el lunes siguiente, ocho de Octubre, visité de nuevo el Gimnasio de Fisioterapia de la Residencia, para informarles de que ya no volvería por allí, sino que realizaría algunas sesiones en el Gabinete de mi barrio. Fui a la hora que me había sido habitual, la una de la tarde. A la salida, aproveché para comer un Menú del Día en la terraza de una de las cafeterías de la zona. Otra concesión a la lujuria y el desenfreno, tan propio del que disfruta de sus primeros días de libertad tras su estancia en la cárcel.

Así terminaron mis cuatro meses y medio de estancia en la Residencia. Llegué allí en la noche del miércoles 16 de Mayo y la abandoné el mediodía del viernes 28 de Septiembre.

Por fin había conseguido cerrar de nuevo Las Puertas del Infierno y quedarme fuera.



"Las Puertas del Infierno" - Epílogo



sábado, 20 de julio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 14: Tertulias


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 13: Restauración


Sin duda, uno de los mayores placeres que podía ofrecer la Residencia, por otra parte tan escasa en ellos, eran las tertulias, habitualmente improvisadas y casuales.

La estancia en la Residencia ofrecía una oportunidad que raramente se presenta en la vida cotidiana. Todos tenemos familiares de distinto grado y origen, y lo mismo sucede con los amigos. Unos proceden de amistades familiares, otros de alguna actividad concreta o incluso de haber sido compañeros de trabajo durante muchos años. Habitualmente nuestras relaciones con ellos se producen de forma individual o por grupitos, pero casi nunca se mezclan en el lugar y el tiempo familiares y amigos de diversos ámbitos. Eso solo se produce, algunas veces, en las BBC (Bodas, Bautizos, Comuniones), pero hace muchos años que no se ha celebrado ninguno de esos eventos en mis proximidades. La lógica difusa que rige el momento de las diferentes visitas en la Residencia propició mezclas e intercambios que muy raramente se producen de forma natural en la vida cotidiana.

Las tertulias casi siempre se desarrollaban en el jardín, aprovechando la temporada de verano. Dada la rutina horaria que me impuse, y que comuniqué a todos mis conocidos, casi siempre las visitas se producían los días laborables entre las seis de la tarde y la hora de la cena, aunque en el fin de semana también había una ventana de oportunidad a la hora del aperitivo, en torno a la una de la tarde.

Aunque parezca absolutamente obvio, conviene remarcar que el desarrollo de una tertulia depende por completo de que se puedan reunir en el mismo lugar y al mismo tiempo dos o más personas con capacidad y voluntad de conversar e intercambiar pareceres, con un ratito por delante sin otra ocupación definida.

De entre los residentes con capacidades para entrar en una tertulia, yo destacaría a Don Juan, un Quijote alto y delgado, de noventa años, que todavía andaba con cierta desenvoltura, con la ayuda de un bastón, eso sí. Su complexión atlética, con la edad evolucionó a una constitución extremadamente exigua, de modo que cuando se le veía andar, siempre uno temía que se le pudieran quebrar las piernas, como si fueran de cristal. El cinturón, sin duda heredado de otros tiempos, creo que le daba vuelta y media a su perímetro actual. Su memoria de largo plazo era remarcable (podía recitar la alineación del Real Madrid de 1950 sin titubear, o incluso la del Atlético de Madrid, del Barcelona o del Athletic de Bilbao), pero podía preguntarte la misma cosa tres veces en sólo media hora, pues ya había olvidado las dos respuestas anteriores.

Don Juan le tenía pavor principalmente a dos cosas, por lo que me confió en diversas conversaciones: a la soledad (necesitaba sentirse permanentemente rodeado de otras personas) y al sedentarismo (repetía hasta la saciedad que él había sido siempre muy deportista y un gran andarín). Raras veces le veías sentado, porque al poco tiempo decía que estaba entumecido y necesitaba darse un paseo.

Tuve bastantes charlas mano a mano con él, algunas veces también con terceras personas, hasta que ya se empezaron a volver repetitivas o empezaban a tocar temas espinosos, en que nuestras opiniones divergían mucho. Entonces podía salirle un genio incluso muy mal hablado y las maneras del barrio. Le vi algunas veces enojado, y daba casi miedo verle.

En una ocasión rozamos el tema de la religión. Yo insinué que, en el fondo, todas las religiones se creen en posesión de la verdad y que odian (o al menos desprecian) a los que no son de los suyos. Su respuesta fue tajante: "Yo soy católico, y no odio a nadie". Punto final y a otro tema.

Muchos de mis familiares y amigos que acudieron a la Residencia a visitarme, tuvieron ocasión de departir algún rato con Don Juan. Hasta que ya empezaba a buclarse en unas cuantas de sus afirmaciones legendarias: "En casa siempre fuimos muy cerveceros", "Yo creo, creo, que hoy se fuma menos", "Siempre he sido muy, muy cafetero", "Fui muchos años al Gimnasio del Real Madrid, en el antiguo Chamartín..." y así.

También tuve ocasión de conversar algo con Don Carlos, un residente temporal de ochenta y muchos, al que siempre le parecía que nadie del personal de la Residencia hacía lo que él pensaba que tenían que hacer para atenderle como él creía merecer. Alguna vez tenía razón, pero en la mayoría de los casos sus quejas no eran más que la manifestación de una cierta obsesión. Siempre iba pegado a su ejemplar del ABC, y llevaba una bolsita con unas gafas para leer y un móvil jurásico, de los que sólo servían para hablar, y que siempre acababa olvidando en algún lugar desconocido. Creo que me cogió un cierto cariño, pero me parece que nunca llegó a perdonarme que fuera más bien culé que merengue, y que prefiriera El País al ABC.

Una vez coincidieron en la Residencia dos amigos míos de orígenes y trayectorias muy diferentes. De una parte F., católico no muy convencido, y de otra A., de trayectoria socialista y más bien agnóstica. Tuvimos una interesante charla sobre religión y la influencia que la religión católica ha tenido en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Yo, que soy más bien poco partidario de las religiones en general (en su nombre se han cometido y se cometen demasiadas atrocidades) actuaba de tercer eslabón en esa cadena explosiva. Arreglamos el mundo, y quedamos tan amigos (cada cual con la opinión que se traía de casa, por supuesto). Pero así son la mayoría de tertulias, donde se ponen sobre la mesa diversos puntos de vista (y también muy especialmente las dudas que asolan a cada cual) acerca de alguna cuestión en concreto, con la esperanza muy limitada de que alguno de los tertulianos modifique en algo su posición o haya despejado alguna de sus vacilaciones.

En una de las muchas ocasiones en que me visitó en la Residencia mi amigo S., asturianín de pro,  coincidimos en el jardín con otro residente temporal, Don Ramón (creo recordar), de sonoro apellido asturiano, nacido en La Habana, pero criado en una aldea junto a Sama de Langreo. Ingeniero de Minas, por más señas. Casi inevitablemente entablaron una conversación en torno al mundo de las minas y la minería y su influencia en la economía asturiana. Tanto en positivo en las épocas gloriosas, como en negativo con las restructuraciones y reducciones del sector. Me dieron auténticas lecciones sobre el laboreo de la mina. Yo intervine poco, pero aprendí mucho. Ventajas de no traerse una opinión hecha sobre un tema que, la verdad, desconozco bastante.

En una ocasión una madre (de ochenta y muchos y en silla de ruedas) estaba paseando con su hija, de unos cincuenta, de visita en la Residencia. Ambas tenían la misma estructura de cara, y la madre anticipaba lo que muy probablemente acabará siendo su hija dentro de treinta años. La madre (en silla de ruedas) parecía muy consciente y alerta de lo que sucedía a su alrededor, pero no le oí pronunciar una sola palabra. Sabiendo que yo era catalán, se sentaron junto a mí y la hija empezó a desarrollar la pena de cómo los políticos están llevando a Catalunya a posiciones extremas y nada positivas. Estuvimos charlando un buen rato. Me contaban que su familia había ido mucho por Catalunya y también por Baleares, pero que en la actualidad ya les resultaba incómodo, por el monotema (como diría, por cierto, Inés Arrimadas). Intenté contarles lo que a mí me parece que fue un poco el inicio del conflicto actual.

De una parte, la práctica ausencia del Estado, durante muchas décadas, en el entramado político y cultural de la sociedad catalana. Esta ausencia dejó el espacio libre a que instituciones como Omnium Cultural hayan prácticamente monopolizado la exposición de muchos ciudadanos, especialmente de la Catalunya profunda, a los eventos culturales, que acababan siendo exclusivamente catalanes. Lo que acabó provocando que para muchos ciudadanos de Catalunya, Barcelona sea ya es una realidad que se siente como remota, y Madrid, directamente, algún punto inconcreto de otra galaxia.

Y de otra el entreguismo de Artur Mas a manos del independentismo más radical, para esconder u ocultar su fracaso en la negociación de un nuevo pacto fiscal o de un concierto económico equiparable al que disfrutan el País Vasco y Navarra, amparados por la Constitución. En décadas anteriores, Convergencia gobernó los destinos de Catalunya y negoció en Madrid, con un sentido cierto de Estado y con el principio del peix al cove (pescado a la cesta). Con Artur Mas se pasó a una situación en la que los que rigen la actualidad política de Catalunya y gobiernan su agenda no sea ya el Govern de la Generalitat  sino los activistas más radicales, separatistas e independentistas, reacios a cualquier tipo de negociación o acuerdo (que no sea respetando al 100% sus deseos y anhelos).

Es una realidad, por cierto, que muchas personas mayores en Catalunya, ya jubiladas, han descubierto con este tema una razón para vivir, mucho más apasionante que el paseo matinal para visitar las obras de la ciudad. Se han convertido en una fuerza de choque callejera, siempre disponible, para seguir las consignas agitadoras de organizaciones como la ANC u otras satélites. Es frecuente escuchar a algún abuelito o abuelita proclamar que No em puc morir sense veure funcionant la República Catalana (No puedo morirme sin ver a la República Catalana en marcha).

En fin, la charla tuvo siempre un tono, por su parte, de cariño por Catalunya, como ese cariño nostálgico que se siente por un sobrino díscolo que, al hacerse mayor, se ha separado mucho de la familia y ya no visita nunca a sus tías solteras.

Hablando con unos y otros de entre los residentes y algunos familiares suyos, me sorprendió un estribillo que se repetía con mucha frecuencia. Detecté algo que me chocó al principio, luego ya me habitué a ello, aunque nunca conseguí entenderlo. Se trata de una aproximación deformada al concepto de España, una especie de Madrid-centrismo totalmente enfermizo, que llega al límite de que, en muchas ocasiones, algunos hablaban de Madrid pero, en realidad, querían hablar de España. Una confusión de manual entre el todo y la parte. Me parecería incluso natural en personas de escasa cultura y que siempre hayan vivido en Madrid. Pero no era el caso para la mayoría de los residentes, que habían tenido vidas profesionales más o menos fructíferas, con acceso a una cultura de buen nivel, y bastante viajados. Supongo que tener al periódico ABC como literatura diaria de cabecera contribuye en algo a esa visión, ya que el país es la Corte y el resto son provincias.

Como fácilmente os podéis imaginar, no tuve muchas ocasiones de tener tertulias interesantes, dado que el número de residentes con capacidad y voluntad como para mantener conversaciones de cierto interés, era muy limitado. Pero sí tuve la oportunidad de mantener breves conversaciones con alguno de los residentes, y también, claro, de sufrir algún monólogo que alguien tenía necesidad de soltar, sin tener en cuenta en absoluto si a mí podía interesarme algo o nada en absoluto.

Una señora, de origen alemán, cuyo nombre nunca supe, coincidía muchos días conmigo en los sillones centrales del jardín después de comer. Un día empezamos a hablar y me contó parte de su historia vital. Nació y vivió en Breslau, una ciudad alemana de buen tamaño (más de medio millón de habitantes). Después de la Segunda Guerra Mundial toda esa región (la Silesia) pasó a formar parte de Polonia, por imposición de la Unión Soviética en los acuerdos de Potsdam y Yalta. La propia ciudad pasó a llamarse Wroclaw. De repente, su familia se vio enfrentada al hecho desconcertante de que su casa estaba en territorio extranjero, del que fueron efectivamente deportados por las nuevas autoridades polacas. No supo contarme los detalles de su periplo, pero su conclusión es que había terminado en España y que aquí se encontraba muy bien. La vi algún día con visitantes que parecían ser familia suya, pero no tuve ocasión de establecer tertulias con ellos.

Doña M., más de ochenta años e ingresada provisionalmente en la Residencia para la rehabilitación de una operación no sé bien si de fémur o de cadera, me tomó mucho cariño porque coincidíamos a la misma hora en Fisioterapia. Un día se acercó a mí en el jardín (ella iba en silla de ruedas) y me empezó a contar la historia de su familia, del chalet en el que habían vivido, y luego en un piso, de su marido ya fallecido, de sus hijas, de sus nietas, etc. etc. Un monólogo sin retorno y sin mucho propósito, del que al final se dio cuenta y me pidió disculpas por el tostón con el que me estaba castigando.

Particularmente interesante me resultó una conversación con mi sobrina M., a la que veo de vez en cuando cuando pasa por Madrid, porque ella vive en Barcelona. Es artista, especialmente del canto, y da clases en algún colegio, dirige algún coro y participa en eventos musicales y teatrales siempre que puede y tiene ocasión. Me comentó que ella ya hace mucho tiempo que no asiste a cástings de ningún tipo (las oportunidades le aparecen por amigos o conocidos), porque parece que el único interés de los reclutadores es saber si el número de seguidores que tienes en Instagram y otras redes sociales es elevado, para que resultes una buena fuente de publicidad gratuita para los espectáculos en los que vayas a participar. Poco que ver, en realidad, con las capacidades o habilidades artísticas. La modernidad a menudo deforma la realidad.

En un par de ocasiones pude tener una charla, mano a mano, con Don José, que compartía mesa conmigo en el comedor, pero que allí hablaba más bien muy poco. Aprovechando la hora del aperitivo, una de las mínimas concesiones a la gula que nos permitía la Residencia el fin de semana y a la que los dos éramos aficionados, charlamos sobre diversos temas. Con su dilatada experiencia en la Administración Pública (tanto en Sevilla como en Madrid), me comentó las prácticas habituales de Alcaldes y Diputaciones Provinciales y me ilustró sobre las formas, a menudo informales, en que se acaban implementando las decisiones políticas. Y también me anticipó su traslado a otra Residencia en Valladolid, donde vive una de sus hijas, no sé si la más próxima, la más querida o simplemente la más dispuesta. 

Muchas conversaciones con amigos que venían de visita sólo tenían de particular que se celebraban en el jardín de la Residencia, pero eran muy parecidas a las que podríamos tener en alguna de las comidas que celebramos durante el año, o en la propia recena de las timbas periódicas que organizo en mi casa.

Las tertulias, la conversación en suma, junto con la lectura, fue uno de los elementos básicos para ayudarme a que el tiempo que pasé en la Residencia me pareciera algo más corto de lo que realmente fue, y que discurriera con un poquito de placer, que el entorno no facilitaba para nada.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 15: Vuelta a casa


martes, 9 de julio de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 13: Restauración


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 12: Temporales

Hay que reconocer que las instalaciones de la Residencia son de gama alta, hasta de cierto lujo. El servicio, en general, es más que correcto. Pero, con diferencia, lo más mediocre que ofrece la Residencia son las comidas en general. Intentaré hacer un repaso desapasionado a este tema tan trascendente e importante para cualquier residente y sus familias.

En honor a la verdad, debo decir que, al margen de su calidad y atractivo, la alimentación proporcionada por la Residencia no debe de ser nociva para la salud. No tuve noticia de intoxicación alguna, jamás tuve ni siquiera síntomas de que alguna cosa me hubiera sentado mal y, de hecho, mantuve el peso prácticamente estable durante toda mi estancia.

El régimen nutritivo en la Residencia consta de cuatro comidas diarias: desayuno, almuerzo, merienda y cena. A lo que hay que añadir suministros para asegurar la correcta hidratación, a media mañana y media tarde, en las zonas comunes.

El desayuno y la merienda, habitualmente, te lo sirven directamente en la habitación. El desayuno en torno a las nueve o nueve y media de la mañana, y la merienda hacia las cuatro y media o cinco de la tarde.

Existe una moderada flexibilidad en el contenido de estas dos comidas. Cada residente tiene cierta libertad para escogerlo, dentro de un abanico de lácteos, frutas, zumos, etc. Para el desayuno, yo escogí, el primer día, pan tostado con aceite, vaso de zumo y café con leche, al estilo de lo que acostumbro a desayunar cuando estoy en casa. Y ya no lo cambié durante toda mi estancia. La única sorpresa diaria era el sabor del zumo que me iba a tocar de entre los tres disponibles: naranja, piña o melocotón. El pan consistía en un trocito de baguette abierta y tostada, e invariablemente fría. Un pan de barra tostado y frío puso a prueba a mi dentadura todos los días, ya que se parecía peligrosamente a un trocito de roca granítica.

Para la merienda, me acostumbraban a servir un vaso de zumo y un estuchito de bollería industrial sin azúcares añadidos, que podían ser madalenas o bien valencianas. Tras varios días en que sólo me apetecía tomar el zumo (hace muchos años que desterré la merienda de mis hábitos alimentarios), conseguí que una de las auxiliares habituales ya me trajera únicamente el vaso de zumo sin bollería, pero las demás seguían con el servicio completo.

Un día en que, contra mi rutina habitual, bajé a las zonas comunes por la tarde más temprano de lo habitual, en torno a las cinco, descubrí que había bastantes residentes a los que se les servía la merienda en el comedor.

Toda la restauración, incluyendo la cafetería, la Residencia la tiene subcontratada a una empresa especializada. Aunque el servicio (tanto en las habitaciones como en el propio comedor comunitario), recae básicamente en las auxiliares, también hay unos poquitos camareros y camareras profesionales, personal de la contrata.

Para el almuerzo y la cena, había dos turnos. El primero comía a la una de la tarde y cenaba a las siete. El segundo, almuerzo a las dos y cena a las ocho. Este último fue el mío durante toda la estancia. Por lo que pude colegir, se reservaba el primer turno a aquellos residentes más dependientes y que precisaban de cierta ayuda para poder comer en condiciones.

Cada día se publicaba en una hoja de papel el menú del día siguiente. El menú de almuerzo y cena incluía la opción de dos primeros y dos segundos platos. El postre se podía escoger sobre la marcha, entre la fruta disponible, yogures, helados o algunos extras (los días que tocaba) como la manzana asada, la compota, el pudding o la tarta de los domingos.

Cualquier residente podía escoger cada día su opción para las dos comidas del día siguiente. Además de los platos del menú, había algunos extras más o menos genéricos, como huevos fritos (eso sí, con diversos nombres), o canelones, o espárragos, o incluso langostinos fríos con mahonesa.

Convenía rellenar ese papel cada mañana. A veces, las auxiliares que servían el desayuno en las habitaciones aportaban también el papel, y luego se lo llevaban convenientemente rellenado por el residente. Si este proceso fallaba (lo que ocurría, por cierto, con bastante frecuencia), había que acercarse por Recepción durante la mañana, y rellenarlo y depositarlo ahí.

Personalmente, durante toda mi estancia, yo disfruté de almuerzos y cenas en el comedor común. Pero había bastantes residentes (más para la cena que para el almuerzo), que optaban por comer en su propia habitación. En general, se quejaban de que lo que tenía que estar caliente les llegaba frío y viceversa. Lo que, por cierto, tampoco constituía una gran diferencia respecto al comedor comunitario, especialmente durante el período vacacional del verano, en que cundió un nivel de caos y desorden superior al habitual.

El primer día que aparecí por el comedor, las auxiliares me asignaron un lugar en una de las mesas masculinas. En la asignación de mesas se practicaba estrictamente una segregación por sexos. Alguna vez pregunté por el motivo de esa segregación, y obtuve la respuesta irónica de que era para que no nos metiéramos mano. Sospecho que el motivo real era de índole puramente práctica y nada ideológica: las conversaciones (siempre bastante escasas) fluían mejor en una mesa de solo hombres o de solo mujeres. Solo se podía superar esa segregación reservando una de las mesas privadas, en el exterior del comedor comunitario. Esto se hacía cuando acudía alguna visita que se quedaba a almorzar o cenar, para poder compartir mesa con el residente visitado. En una ocasión, R. reservó una mesa para comer con una amiga que le vino a visitar y me invitó a que compartiera mesa con ellas dos. Pero eso era una excepción que había que crear.

Conservé ese mismo lugar en el comedor y en la mesa masculina durante toda mi estancia. Lo único que varió fue que, al principio, mientras mi movilidad se realizaba en silla de ruedas, no había silla en esa posición. Cuando evolucioné al andador, y luego a la muleta, acostumbraba a haber una silla en mi lugar, aunque a menudo había que traerla desde algún otro lugar del comedor.

La mesa que me correspondió era rectangular y bastante grande, con espacio holgado para hasta ocho comensales. A mí me correspondió una de las cabeceras, de espaldas a una de las ventanas que daba al jardín.

fueron variando el resto de comensales en mi mesa. De hecho, incluso la composición habitual era diferente en el almuerzo que en la cena. Las primeras semanas, en la cabecera opuesta a la mía, para la cena, se sentaba Paulino, un hombre bastante entero a pesar de sus más de 90 años, que se fue para su casa muy pronto. Apenas tuve ocasión de intercambiar alguna conversación con él. También estuvo, fijo en almuerzo y cena durante toda su estancia, el Kamikaze, el zamorano que se había roto un brazo, que acabó yéndose para su tierra sanabresa hacia finales de Junio.

A mi derecha, durante toda la estancia, se sentaba S., el hombre aferrado a un ABC. Diabético de insulina diaria, era muy callado y extremadamente maniático. Una vez sentado y a la espera del servicio, se dedicaba a ahuecar los trozos de pan y a despojarles de su miga, que dejaba en bolitas separadas del resto. A su derecha estuvo Don José, el sevillano que se acabó yendo a otra residencia en Valladolid. A mi izquierda se sentó durante mucho tiempo F., en los intermedios de sus múltiples traslados al hospital, por diversas razones. Del último no volvió, parece que el corazón, muy débil ya, no le aguantó más.

Había también algunos comensales que se sentaban en mi mesa en la comida o en la cena, pero tenían otra posición para la cena o la comida. La razón para ello es que, en la cena, se ocupaban menos mesas que en la comida, y algunas quedaban directamente canceladas, ya que algunos residentes escogían cenar habitualmente en su propia habitación. Entre los comensales volantes (él cenaba en otra mesa del comedor comunitario) estaba Don Jaime, el gallego amante de los vinos, que nos invitó en diversas ocasiones a vinos blancos gallegos (algún Ribeiro, algún Rias Baixas, algún Godello de Valdeorras...). La pena es que solo con grandes esfuerzos podía hablar de forma prácticamente ininteligible y estaba sordo como una tapia, a pesar de un visible audífono. Muchas veces le acompañaba hasta la mesa una de sus nietas, una chica muy agradable y simpática, que nos saludaba a todos como si ya fuéramos sus colegas.

En el almuerzo se sentaba también a mi mesa, durante su corta estancia, C., el riojano de Nájera. Hablaba con cierta dificultad, como si el cerebro le funcionara a media velocidad. Aunque cuando conseguías conversar con él, te dabas cuenta de que ese no era el caso, sino el ritmo que le dictaba su propio carácter. Siempre estaba enojado por motivos a menudo alambicados, porque en la Residencia no le trataban como creía merecer. Y también estaba L., un hombre muy deteriorado, en silla de ruedas, que apenas podía hablar, aunque me parece que su cerebro estaba en buen estado. Sabiendo que yo era catalán, intentó transmitirme que él tenía antecedentes de Rosas, en la costa de Girona.

Mi posición en la cabecera me daba una ventajilla mínima, a la que en ese entorno daba mucho valor. Desde ella tenía una completa visibilidad de todo el comedor. Pude ver desde mi tribuna las frecuentes trifulcas que estallaban, por razones habitualmente nimias, entre alguno o alguna de los residentes y las auxiliares, las camareras o la supervisora. Era frecuente oír alguna voz destemplada que exigía a gritos lo que creía corresponderle. Y, alguna vez, asistí a enfrentamientos casi físicos por algún comentario fuera de tono, o alguna acusación velada de falta de educación.

Normalmente al principio de las comidas, pero para algunos temas, también hacia el final, nos visitaba la camarera de los medicamentos. Traía las medicinas que cada comensal se debía tomar, y también realizaba la prueba rápida del nivel de azúcar en sangre a los diabéticos, con eventual dispensación de una dosis de insulina. A mí empezaron haciéndome la prueba todos los días, pero luego, viendo que los niveles siempre eran normales, decidieron hacerlo sólo una vez por semana, habitualmente los domingos. Ese día tocaba tres verificaciones. La primera, de madrugada en la habitación, y luego antes de la comida y antes de la cena. Hacia el final de las comidas, las auxiliares sanitarias administraban, a quien lo requiriera, los colirios y gotas para los ojos.

La calidad gastronómica de las comidas era bastante discutible. Supongo que, desde el punto de vista sanitario, eran suficientemente correctas, pues no tuve ningún episodio ni de náuseas ni de descomposición durante toda mi estancia, ni tuve noticias de intoxicación alguna. Pero, desde luego, muy raramente se servían comidas que resultaran emocionantes. Los guisos (alubias, patatas guisadas,...) sí les salían bastante bien. Pero los segundos platos, habitualmente de carne o pescado, eran de calidad bastante discutible. Algunos días, el pescado estaba más o menos agradable, a pesar de ser de naturaleza u origen prácticamente desconocidos.

Un día me atreví a pedir lo que en el menú se describía como entrecote. Lo que me llegó fue una suela de zapato vieja, que estaba seriamente desaconsejada para la nutrición humana. Se lo llevaron, ante mi queja, y creo que me trajeron en su lugar unos huevos fritos con jamón.

La creatividad literaria de los que creaban el menú y ponían nombre a los platos se veía muy parcamente reflejada en la creatividad culinaria en la cocina. Muchas veces servían el mismo plato, pero con nombres distintos. Y, a menudo, el plato real estaba radicalmente alejado de su descripción literaria.

Durante el verano vivimos varias semanas de auténtico caos en la cocina. Los suplentes, y los sustitutos de los suplentes, campaban a sus anchas y no respetaban lo más mínimo los menús anunciados. Durante varios días, pareció que la única carne que entraba en la Residencia era el jamón de york, que sirvieron de diversas formas, sustituyendo a cinta de lomo empanada (creo que la llamaban a la madrileña) y hasta a un pomposo escalope milanesa. Una de las supervisoras del comedor nos confesó un día que el cocinero que debía sustituir al que estaba de vacaciones, directamente ni se presentó ni respondía al móvil, y a última hora debieron tirar del cocinero ayudante de otra de las residencias del Grupo.

Con residentes, en general, de edad muy avanzada, es normal que hubiera dietas especiales para muchos de ellos. Por ejemplo, diabéticos severos, de los de insulina diaria, o pacientes con disfagia, que requerían que hasta al agua se le añadiera un espesante, para evitar atragantamientos. Por lo que pude ver, se intentaba respetar las prescripciones médicas en este sentido, aunque siempre me pareció que con más voluntad que acierto. Oí muchas veces recomendaciones del tipo "este postre no le conviene", o "eso no debería tomarlo, por la gastroenteritis que está pasando" y cosas así. Pero nunca vi una organización sólida que garantizara que ningún residente acabara consumiendo platos que no debiera.

La tónica más general en la Residencia era que nunca teníamos hambre, pero a la hora determinada nos sentábamos para almorzar y por la noche lo mismo para cenar. Pero también había residentes de los que siempre pedían repetir plato, aunque luego quedara la mitad sin consumir. Don S., a mi derecha en la mesa, era experto en aprovechar su movilidad para levantarse e ir a la cocina, para reservarse el postre que le apetecía, antes de que las auxiliares nos dijeran que ya no quedaba, o para pedir el segundo que quería, antes de que otros se le adelantaran.

Al mediodía, las peticiones especiales del oyente parece que funcionaban bastante bien. Había una de las camareras, digamos profesionales, que se encargaba de distribuir los pedidos fuera de menú. Pero en la cena eso no funcionaba habitualmente y, si te acordabas de haber pedido algo especial, había que insistir para conseguir que te lo trajeran. Aparte de que, en la cena, siempre había un comodín, que era el queso blanco con membrillo, del que parecía haber existencias inagotables.

En el servicio de la mesa, acostumbraba a haber un poco de pan ya distribuido para cada comensal. Podía ser blanco o integral, aunque se distribuía sin criterio alguno, ni atención a las preferencias expresadas por uno u otro residente. También había una o varias jarras de agua, de las que muchos residentes tenían graves problemas para servirse, sea por una vista defectuosa o por una falta de coordinación en las manos, por lo que siempre acostumbraba a haber grandes manchas húmedas de agua en el mantel. A algunos residentes, sin un criterio muy definido, se les servía una copita de vino (tinto de tetra brik), que podía venir solo o bien mezclado con gaseosa. Yo adquirí el derecho al vino, aunque nunca se sabía si sería una copa pequeña o mediana, si sería solo o estilo tinto de verano. Y a veces no estaba, y había que reclamarlo. A pesar de ser yo mismo un amante del buen vino, sólo acostumbraba a tomar uno o dos sorbitos, por el mero hecho de recordar que ahí fuera seguían existiendo placeres incompatibles con el ambiente de la Residencia.

Un día de verano faltaron las servilletas de tela, por un incidente con el servicio de lavandería. Al mediodía nos dieron algunas servilletas de papel. Pero en la cena, todavía sin servilletas para todo el mundo, nadie del servicio fue capaz de traer servilletas de papel de la cafetería, porque parece ser que no era la obligación concreta de nadie. A menudo se tenía la sensación de que una organización férrea del reparto de tareas hacía imposible la improvisación necesaria para resolver sobre la marcha los problemas e incidencias que frecuentemente se producían.

Las comidas raramente duraban más de media hora. Con los postres, algunos residentes empezaban (empezábamos) a desfilar hacia otros lugares. Al mediodía, por ejemplo, hacia la cafetería para tomar un café parecido al de verdad; por la noche, a menudo directamente a la habitación, o quizás unos minutos al jardín para fumar el último cigarrillo del día.

Las comidas en el comedor comunitario eran la ocasión para algunas conversaciones, en general bastante escasas. El nivel de esas conversaciones variaba de unas mesas a otras, pero jamás tuve la sensación de un nivel sonoro elevado. En las mesas femeninas, las conversaciones tendían a ser más estables y sostenidas, mientras que en las masculinas eran, curiosamente, más raras y ocasionales. En mi mesa era muy complicado mantener alguna conversación. Sólo con el Kamikaze (y hacia el final, con G., que se sentó a mi izquierda sustituyendo al fallecido F.) se podía hablar un poco de forma inteligible. Para vencer el retraimiento general, que conducía al silencio, descubrí que los mejores catalizadores eran comentar alguna noticia sobre el Real Madrid o insinuar que Zapatero, como Presidente del Gobierno, no todo lo había hecho mal.

Siempre había algunos Residentes que comían o cenaban en una de las mesas privadas frente al comedor. Algunos de forma bastante ocasional, otros de modo más reiterativo. Creo que alguna Residente siempre cenaba en una de esas mesas en compañía de su cuidadora. Incluso había una señora que siempre cenaba, a menudo sola, en una de esas mesas. Yo utilicé varias veces una de esas mesas, para comer con mi hermana o alguno de mis sobrinos. Incluso un día quedamos con varios amigos para comer el menú de la Residencia.

En resumen, la comida en la Residencia no era de mala calidad, pero nunca resultó mínimamente atractiva. Cualquier pecado relacionado con la gula estuvo alejado de mi vida durante toda la estancia allí. Aunque fuera del comedor podía haber algunos atisbos, como la cervecita acompañada de unas pocas patatas fritas de alguna tarde, o la copita de vino blanco (habitualmente verdejo) de los sábados o domingos al mediodía. Y era fiesta cuando Don Jaime invitaba a algún vinito de los que compraba con su nieta en la tienda junto al mercado. La última semana, yo mismo llevé de casa una botella de un tinto recio (un Calzadilla de Huete, Cuenca), con la que invité a Don Jaime y al resto de comensales. G., que esos días se sentaba a mi izquierda en la mesa, me repitió que él bebía de todo pero era poco entendido en vinos, y que le parecía fuerte, muy fuerte.

Los almuerzos y las cenas, a horario fijo, constituían hitos importantes en la rutina de todos los días en la Residencia.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 14: Tertulias