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martes, 2 de febrero de 2016

El Día de la Marmota

Este 2 de Febrero es la Candelaria, que marca la equidistancia entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera. El punto medio de la estación invernal.

Dice un refrán catalán lo siguiente:

Quan la Candelera plora, el fred és fora; quan la Candelera riu, el fred és viu; però tant si riu com si plora, mig hivern fora

En una traducción libre, podríamos decir que: Cuando la Candelaria llora, el frío está fuera; cuando la Candelaria ríe, el frío está vivo; pero tanto si ríe como si llora, medio invierno fuera.

Por cierto, Candelaria es también un municipio de la isla de Tenerife.
(Fuente: editando)

Hoy se celebra en la Norteamérica rural el Día de la Marmota, en que, dependiendo del comportamiento de una marmota al salir de su madriguera, se predice si la primavera se va a avanzar, o tendremos un invierno largo. La más famosa es la que se celebra en el pueblo de Punxsutawney (Pennsylvania), que fue inmortalizada en la película Groundhog Day (Atrapado en el Tiempo) (1993) dirigida por Harold Ramis y protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell. En ella, un reportero que cubre esa celebración, se ve condenado a repetir la misma jornada una y otra vez, lo que genera giros muy interesantes en el guión.

Popularmente, la expresión Día de la Marmota tiende a tener el significado asociado a esa película: una situación que se repite cansinamente una y otra vez, sin modificaciones ni evoluciones aparentes.

Curiosamente, muchas de las cosas que rodean nuestra vida cotidiana nos sugieren al Día de la Marmota. Y a su segunda interpretación: que es una insensatez esperar obtener un resultado diferente haciendo siempre lo mismo.

Hay cosas (y personas) que resultan graciosas en pequeñas dosis. Pero su reiteración acaba resultando estomagante.

En política estamos asistiendo a nuestro particular Día de la Marmota. La segunda ronda de contactos de los líderes de las diversas formaciones con el Rey parece producirse en circunstancias prácticamente idénticas a la de hace un par de semanas, sin avances de ningún tipo. En resumen, sin que hayan hecho los deberes.

Sólo espero que el Rey tome, esta vez, una decisión diferente, para salir de un bucle que podría ser infinito. Ya es hora de que los líderes, especialmente Rajoy y Sánchez, salgan de su tacticismo y dontancredismo, y empiecen a hacer los deberes que les hemos dado los ciudadanos en las urnas.

Hasta ahora nunca había habido problemas de este tipo, porque la situación que dejaban las urnas era bastante clara, con un partido claramente destacado, con mayoría absoluta o muy próxima, y no había dudas sobre quién debía asumir la investidura. Pero tras la espantada de Rajoy en la primera ronda, poniéndose de perfil para que se estrelle el siguiente, esta ocasión es diferente de todas las anteriores. Esta vez, me parece que el Rey debe asumir sus funciones de Jefe del Estado y poner firmes a los diversos líderes, forzándoles a que hagan sus deberes, a que lleven adelante las pertinentes negociaciones hasta el final, para validar si sus respectivos proyectos políticos tienen buenas posibilidades de superar una investidura.

Desde mi punto de vista, si yo fuera el Rey (que ya me gustaría, ya) abriría formalmente un período de negociación política (de un par de semanas), y citaría a los líderes a una nueva ronda con todas las posibilidades exploradas a conciencia.
Los cuatro líderes políticos, sumidos en la inacción.
(Fuente: elperiodico)

En esa potencial tercera ronda, podrían darse varios casos. Si ningún líder consiguiera los apoyos necesarios, estaríamos abocados a nuevas elecciones. Si uno de los dos afirma disponer de los apoyos suficientes, debería ser nominado como candidato a la Presidencia del Gobierno, y enfrentarse a un debate de investidura. Si los dos líderes principales afirmaran estar en condiciones de una investidura, sin duda uno de los dos estaría mintiendo. Pero, en ese caso muy improbable, Rajoy como líder de la fuerza más votada, debería ser el (primer) candidato a la investidura.

Lo que no me parece para nada correcto es ir a la audiencia con el Rey con problemas al hombro, en lugar de llevar soluciones. Porque existe la posibilidad de que hubiera soluciones más imaginativas, que hoy no están encima de la mesa. Pero eso sólo se descubrirá tras lijar el culo a base de largas sentadas de trabajo.

En fin, este proceso está siendo muy, muy cansino. Un auténtico Día de la Marmota. Y me temo que lo que, sin ninguna duda, se va a conseguir, es que la desafección de los ciudadanos por la política vaya en aumento, y se manifieste en un crecimiento importante de la abstención en unas hipotéticas nuevas Elecciones Generales.

Desgraciadamente, en la política hay más cosas que también nos sugieren al Día de la Marmota. Como los espectáculos coreográficos de la corrupción, que se repiten una y otra vez. Aunque debo reconocer que las fórmulas imaginativas que algunos desplegaron para implementar sus latrocinios crean una cierta variación en el tono de los colores de la corrupción. Por el contrario, la reacción de los portavoces y líderes del PP ante los diversos episodios escandalosos que les afectan directamente resulta de un cansino que ya fatiga. Da la sensación de que, en alguna parte de la organización, tienen una fábrica de mantras exculpatorios, que luego repiten urbi et orbe en todos los tonos posibles.

Después de que toda la organización del PP valenciano esté sub judice, resulta insostenible la posición de que la corrupción es de las personas y no de las organizaciones, y de que Rajoy y su Gobierno han tomado más iniciativas contra la corrupción que todos los gobiernos anteriores. O de que la corrupción es un tema del pasado.  Después de los Luis, sé fuerte y de la sospecha de los sobres y las cajas de puros con billetes dentro, Rajoy, para muchos ciudadanos, está marcado por una sospecha más que evidente. Pero hace sólo un día que hemos oído al ministro Catalá (y a todo el paquete de portavoces del PP) manifestarse en esos mismos términos.

En fin, hay chistes o situaciones graciosas que nos pueden hacer sonreír las tres o cuatro primeras veces. Pero su repetición y reiteración cansina resulta ya claramente enojosa.

Phil, la marmota de Punxsutawney, no es el responsable del folclore, ciertamente kitsch, que se monta a su alrededor. Pero pudiera ser que la única solución para salir del bucle sea matar a Phil. O cambiar de líderes, que ellos sí son responsables de este particular Día de la Marmota.

Ría o llore la Candelaria, ya nos hemos ventilado la mitad del invierno.

JMBA

miércoles, 27 de enero de 2016

El Asedio a Pedro Sánchez

Dicen las Escrituras que Pedro negó a Jesús hasta tres veces antes de que cantara el gallo. Da la sensación de que Pedro Sánchez podría batir ese récord de su santo tocayo.
Estos son los líderes de los cuatro partidos que se reparten el 90% de
los escaños del Congreso de los Diputados.
(AFP, EFE. Fuente: nacion)

Cuando fue nombrado Secretario General del PSOE en Julio de 2014, los dirigentes del partido estaban convencidos de que elegían a alguien nuevo, que debería reconducir la regeneración del partido tras los sucesivos descalabros electorales, y que deberçia guiarlo en la travesía del desierto que, muy probablemente, supondría el resto de esa legislatura y otra completa. Hasta 2019 no se planteaban que el PSOE tuviera de nuevo alguna opción de ocupar la Moncloa.

Sin embargo, los acontecimientos se han ido precipitando. El desgaste del PP ha sido más rápido y mayor de lo que se podía imaginar. A ello han contribuido diversos factores. De una parte, los sucesivos episodios de corrupción rampante, y la aparente abulia de Mariano Rajoy y su equipo en ponerles coto. De otra, la situación económica general ha mejorado, por lo menos en las cifras macro, y muchos ciudadanos han empezado a pensar seriamente que ya va siendo hora de repartir mejor las rentas, mucho más de lo que es capaz de hacer un partido de la derecha tradicional.

Y no conviene olvidar otro factor exógeno de gran trascendencia, como ha sido la aparición, con mucho ímpetu, de una nueva fuerza en la izquierda política, Podemos, que ha generado nuevas ilusiones en muchos votantes tradicionalmente abstencionistas.

La realidad, pues, es que la situación parlamentaria tras las Elecciones Generales del 20-D es de una complejidad nunca conocida hasta ahora. Cuatro partidos se reparten el 90% de los escaños del Congreso de los Diputados. Dos de ellos en el entorno de la derecha (PP con 123 diputados y Ciudadanos con 40), y otros dos en la izquierda (PSOE con 90 diputados y Podemos - incluyendo todas sus confluencias o coaliciones - con 69). Prácticamente un empate técnico entre las dos grandes tendencias, lo que ha vuelto totalmente imprevisible quién podrá encabezar un Gobierno con los suficientes apoyos para que sea razonablemente estable.

Durante la precampaña y la propia campaña electoral, todos los partidos han lanzado pestes contra los demás, como ya es tradición y probablemente hasta sea su obligación. Todos intentan convencer a los ciudadanos de que les voten a ellos y no a otros que podrían resultar más o menos parecidos. Creo que todo lo que se ha dicho en esa fase sería mejor olvidarlo, porque ya cumplió su función, y el único resultado que vale es el reparto que dieron las urnas, es decir, todos los ciudadanos.

La última parte de la legislatura, en que Pedro Sánchez ejerció de jefe de la oposición, la bronca parlamentaria ha estado servida, y el tono ha sido muy poco comedido tanto por parte de Pedro Sánchez como del propio Mariano Rajoy. Hay que tener en cuenta que Rajoy, encastillado y engolado en su mayoría absoluta, ha tratado al Parlamento en su conjunto con infinito desprecio. Ha acudido cuando le tocaba hacerlo, pero no se ha preocupado lo más mínimo de tender la mano al resto de fuerzas políticas, más allá de ofrecer en algunas ocasiones la posibilidad de adhesiones incondicionales, que nada tienen que ver con el pacto o la negociación.

El tono bronco de estas sesiones en el Congreso se exportó a los debates televisados durante la campaña. De modo especial al que enfrentó directamente a Rajoy con Pedro Sánchez. Se intercambiaron acusaciones muy graves, y su relación personal ha quedado definitivamente rota, al límite de que ninguno de los dos ni siquiera respeta al otro.

Las cinco semanas que ya han pasado desde el 20D han sido seriamente mermadas por el período navideño, donde la prioridad es para los turrones, las uvas, el cava y los regalos.

Pero ya después de Reyes todos los partidos se han empeñado en las sumas y restas, para evaluar las posibilidades reales que puede haber de pactos o coaliciones para formar el nuevo Gobierno de España. Bueno, los políticos, los periodistas y los cientos de tertulianos que pueblan la galaxia mediática.

El PP, que ha sufrido un revés electoral de primera magnitud, ha conseguido, sin embargo, seguir siendo la fuerza más votada, pero aterradoramente lejos de la mayoría absoluta. El partido, hoy por hoy, se muestra razonablemente unido en torno a la figura de Rajoy, y todos sus portavoces aseguran que Rajoy es su único candidato y que no hay más que hablar. Aunque seguro que en alguna habitación oscura se están desarrollando las ecuaciones necesarias de un Plan B, para el caso de que mantener a Rajoy pueda afectar a la cuota de poder que mantenga el propio partido. En caso de necesidad, Rajoy podría ser sacrificado en beneficio de otro candidato o candidata que pudiera tener más fácil el llegar a pactos y acuerdos con otras fuerzas. De hecho, Soraya ya figuró en algunos de los carteles electorales de su partido, como si fuera la cara B de esa candidatura.

Por su parte, que Pedro Sánchez pueda tener alguna opción de presidir el nuevo Gobierno ha desbordado las previsiones del aparato del PSOE. Y ha sembrado la desconfianza en su propio partido, donde la mayoría de barones territoriales, que han recuperado poder tras las últimas elecciones municipales y autonómicas de la primavera de 2015, están dictando el comportamiento que debería mantener el PSOE y su líder, al menos nominal. La situación es parecida a la de cualquier asociación que nombra a un encargado de la tesorería, para gestionar las modestas cuotas de los asociados. Pero cuando un golpe de suerte, un premio de la Lotería, provoca una afluencia masiva de dinero a la caja, parece que quien era bueno para gestionar la miseria ya no lo es tanto para liderar la riqueza.

Tras semanas de dimes y diretes, parece que sólo hay dos opciones razonables para un nuevo Gobierno estable. De una parte, la gran coalición, al estilo alemán, donde el Gobierno pudiera ser presidido por Rajoy (o alguna otra persona propuesta por el PP), con la participación y/o el apoyo (por activa o por pasiva) de Ciudadanos y el propio PSOE. Sin embargo, tanto Pedro Sánchez como todas las voces del PSOE han negado reiteradamente la posibilidad de que pudieran avalar un gobierno presidido por Mariano Rajoy y por el PP. Sánchez ha negado a Rajoy en todos los tonos posibles.

Y la otra alternativa posible sería un gran pacto de izquierdas, con PSOE, Podemos y los 2 diputados de Unidad Popular (Izquierda Unida). También necesitarían el apoyo, o al menos la abstención, de alguna de las restantes fuerzas, básicamente los nacionalistas (independentistas) catalanes y el PNV. Pero eso provocaría cruzar varias líneas rojas para el PSOE, en particular la consideración de España como nación y su unidad como bien superior.

Ciudadanos, de su parte, con sus 40 diputados, ha manifestado desde siempre que nunca van a votar a favor de un gobierno del PP o del PSOE. Siendo su espacio natural el centro-derecha, les diferencia del PP que exigen fuertes medidas de regeneración democrática y contra la corrupción, grandes pactos para los temas trascendentes de Estado (como la Educación, por ejemplo). Previa negociación y acuerdo en ese tipo de medidas, podrían llegar a abstenerse en una investidura de Rajoy. También podrían hacerlo en una de Pedro Sánchez, pero ahí la línea roja es que el PSOE debería contar también con Podemos para tener alguna opción. Ciudadanos y Podemos son como agua y aceite, que nunca se mezclarán de buen grado, más allá de acuerdos puntuales en temas de regeneración democrática.

A todo ello se suma que nuestros políticos parecen carecer del hábito de la negociación y el pacto, porque la historia reciente no les ha obligado a ello. Lo que fue posible al principio de la Transición, hoy parece ciencia-ficción. Los dos grandes partidos se han acostumbrado a que o bien gobiernan o bien lideran la oposición, intentando ganarse al electorado para gobernar en la siguiente legislatura. De hecho, por lo que vamos sabiendo, en las más de dos semanas desde que finalizó el ciclo navideño, no parece que haya habido conversaciones serias entre los cuatro partidos.

Es cierto que Rajoy recibió a los líderes de los tres otros grandes partidos. Pero las reuniones fueron cortas, prácticamente de pura cortesía. y parece que lo que quedó en el ánimo del Presidente (en funciones) es que no había opción de llegar a acuerdo alguno, más allá, quizá, de conseguir una abstención de Ciudadanos, como colofón a prolongadas negociaciones. Insuficiente para asegurar una investidura y la formación de un Gobierno estable. La conclusión de Rajoy es que obtendría una mayoría absoluta de votos en contra de su candidatura.

El sainete que se desarrolló el pasado viernes, al final de la ronda de contactos del Jefe del Estado con los líderes de las diversas formaciones, ha sembrado el desconcierto entre nuestros políticos.

Al mediodía, tras su reunión con el Rey, Pablo Iglesias se rodeó de su corte de colaboradores más próximos en la rueda de prensa en el Congreso, y soltó su bomba, con toda la arrogancia y la soberbia que le caracterizan. Dijo haber comunicado al Rey su voluntad de formar un Gobierno con el PSOE y Unidad Popular, siempre que formara parte de él como vicepresidente y con varios ministros. En declaraciones posteriores, ha aclarado (para ampliar el efecto de la bomba) que lo de formar parte del Gobierno es necesario porque no se fían de que el PSOE cumpla lo que prometa si no hay miembros de Podemos en el nuevo Ejecutivo.

Pedro Sánchez quedó descolocado, porque fue el propio monarca el que le informó de esa iniciativa de Podemos, de la que, parece, no tenía noticia alguna hasta ese momento.

Vista esa avalancha de novedades de las que no se había hablado para nada hasta ese viernes, Rajoy decidió, en el último momento, dar un paso atrás y declinar la invitación (natural, por ser el líder de la fuerza más votada) de Felipe VI para presentarse como candidato a la Presidencia del Gobierno en un debate de investidura. Alegó no disponer, en ese momento, de los apoyos suficientes para ello. En rueda de prensa posterior, desde Moncloa, añadió que no quería presentarse a una investidura sin tener posibilidades de obtenerla, ya que eso pondría en marcha el reloj de los dos meses, tras los cuales se convocarían nuevas Elecciones Generales si no se hubiera conseguido la formación de ningún Gobierno. Pero también aclaró que sigue considerándose candidato.

Esos movimientos depositaron en los frágiles hombros de Pedro Sánchez la iniciativa de establecer los pactos necesarios para poder presentarse (y ganar) un debate de investidura.

Este miércoles empieza la segunda ronda de consultas del Rey con los líderes de las diversas formaciones políticas. El próximo martes, una vez concluidas, el Rey deberá proponer a un candidato a la investidura, que podría ser Rajoy (aunque no creo), o más probablemente Pedro Sánchez, si le transmite al monarca que cree disponer de los suficientes apoyos para ganar un debate de investidura.

Lo que ninguno de los líderes quiere de ninguna forma es enfrentarse a un debate de investidura sin tener razonables garantías de que lo va a ganar. Presentarse y perder es una losa demasiado pesada, que probablemente terminaría con la carrera política de su protagonista. A base de capotazos aquí y allá, Pablo Iglesias y Mariano Rajoy han puesto a Pedro Sánchez cuadrado para la suerte de varas, solo ante el picador.

Sánchez ha negado repetidas veces a Podemos, aunque no citándolo explícitamente. A preguntas insistentes de Gloria Lomana, en una entrevista televisada, sólo acabó diciendo que "Nunca pactaré con el populismo". Porque tanto Sánchez como el Comité Federal del PSOE saben que un gobierno de coalición con Podemos podría ser una amenaza mortal para, incluso, la propia supervivencia del partido.

El próximo sábado se reunirá el Comité Federal del PSOE, y el siguiente martes se producirá la nueva reunión de Pedro Sánchez con el Rey. El Comité Federal, previsiblemente, definirá con nitidez los grados de libertad que pueda tener Sánchez para negociar posibles pactos, con Podemos y otros.

Por su parte, Pedro Sánchez sabe que esta es su oportunidad de oro. Si después de obtener el peor resultado de su historia en términos de votos y escaños, acabara de Presidente del Gobierno, sería una carambola totalmente inesperada. Si no consigue ocupar la Moncloa, casi al precio que sea, su propia carrera política posiblemente quede finiquitada. Personalmente, sin embargo, no consigo imaginarme que pudiera funcionar un Gobierno con Sánchez de presidente e Iglesias de vicepresidente. Dos egos de tal tamaño no caben en un solo Ejecutivo.

En resumen, la situación parece muy estancada. Rajoy y Sánchez se odian políticamente, lo que es normal, pero también se odian y se desprecian a nivel personal. No es imaginable que el PSOE pueda ni siquiera abstenerse ante una investidura de Rajoy.

Una posible alternativa podría ser la sustitución de líderes, o la aparición de algún personaje más o menos independiente que pudiera encabezar un Gobierno de concentración nacional, con aportaciones del PP, del PSOE y de Ciudadanos. Podría ser, quizá, el turno para que Soraya Sáenz de Santamaría diera el salto a la primera línea, y que Susana Díaz accediera al nivel nacional. O podría ser un nuevo encargo para el pacífico y paciente Ángel Gabilondo (un decir), actualmente sumido en la oposición de la Comunidad de Madrid.

Más de 11 millones de votantes eligieron opciones de cambio respecto al PP, sea PSOE, Podemos o Unidad Popular, frente a los algo más de 10 millones que votaron al PP o a su alter ego Ciudadanos. Parecería, pues, razonable, que el nuevo Gobierno de España fuera de cambio, y no incluyera de ninguna forma al PP, que se instalaría en la oposición parlamentaria, e incluso podría utilizar de forma torticera su mayoría absoluta en el Senado, para lo que quiera que valga eso.

Sin embargo, la formación de un Gobierno de ese tipo me temo que está fuera del alcance de Pedro Sánchez, que podría acabar esta fase como un juguete roto.

Puede que las próximas semanas aporten algún nuevo salto mortal. Pero si no ocurre algo muy sonado, mi augurio es que estaremos abocados a nuevas Elecciones Generales. El problema es que, mientras no se produzca ningún debate de investidura, no empieza a contar el plazo de los dos meses para convocar Elecciones. Nadie apunta maneras para jugarse el pescuezo exponiéndose a un debate de investidura. Igual acabe habiendo nuevas Elecciones, pero no ya en la primavera, sino quizá en el otoño.

¿Qué resultado arrojarían las urnas en esas supuestas nuevas Elecciones Generales?. Seguramente crecería la abstención, pero los resultados en número de escaños daría un panorama parecido al actual. Muy probablemente el PP aumentaría algún diputado, a costa de Ciudadanos, y Podemos haría lo mismo a costa del PSOE. Como el 20D hubo una diferencia de sólo 300.000 votos en favor del PSOE frente a Podemos, un cambio ligero podría situar a Podemos como primera fuerza de la izquierda. Y eso generaría un panorama completamente diferente, a pesar de una aritmética relativamente parecida.

Pedro Sánchez, en su encrucijada política, ha negado repetidas veces al PP y a Rajoy; ha negado al populismo y, por extensión, a Podemos; y también ha negado, aunque con la boca pequeña (a menudo a través de César Luena, su alter ego), las recomendaciones de su propio Comité Federal, de los barones territoriales y hasta de los grandes popes del socialismo español, como Felipe González o Rubalcaba. Sánchez está asediado y sólo tiene dos posibles salidas: o bien su retirada de la primera línea o bien tiene que empezar a tragarse sapos envenenados y negar que negó. En otras palabras, aceptar llegar a la Moncloa al precio que sea, a pesar del aparato de su propio partido.

De todas formas, resulta chusco que el mayor motivo por el que el aparato del PSOE se opone a cualquier acuerdo con Podemos pasa por el tema de Catalunya. Podemos, cuya confluencia catalana obtuvo el primer lugar el 20D, es consciente de que hay que arbitrar una solución para Catalunya, que seguir ignorando el problema, como ha venido haciendo el Gobierno de Rajoy, no aporta nada y sólo alimenta al independentismo. Sugieren que debería reconocerse en la Constitución que España es un país plurinacional (lo que sería elevar a la ley lo que es una realidad práctica), y hablan de un posible referéndum en Catalunya, donde Podemos haría campaña por el NO a la independencia. Estas propuestas erizan los vellos de Susana Díaz y otros barones, así como los de Felipe González, que ha sugerido sin ambages la Gran Coalición como solución recomendable. Con este tipo de iniciativas creen ver amenazada la igualdad de todos los españoles.

Francamente, este tipo de argumentos me produce estupor, porque nunca he visto que se esmeren con tanto esfuerzo en defender la igualdad de todos los ciudadanos de la Unión Europea. Quiero pensar que, seguramente, porque saben que los alemanes no son iguales que los españoles, y sospechan que los rumanos, por ejemplo, tampoco son iguales que los españoles. Personalmente, me repele mucho ese igualitarismo buenista, que es un eslógan tradicional de cierta progresía, pero que, a mi juicio, no se sostiene. Una democracia madura debe garantizar que todos los ciudadanos sean iguales ante la Ley, y que tienen igualdad de oportunidades. Pero más allá de eso, cada ciudadano es diferente y único.

En fin, veremos por dónde rompen aguas tantos desacuerdos y líneas rojas. Me gustaría que nuestros políticos fueran capaces de llegar a acuerdos suficientes para abordar esta legislatura con un Gobierno para todos los españoles, suficientemente estable para actuar con determinación los próximos cuatro años.

Pero a Pedro Sánchez no le arriendo la ganancia. Mal si hace (los tirios le denostarán), pero mal también si no hace (los troyanos le vapulearán). Vencer al asedio al que está sometido por unos y otros no le será nada fácil.

Por salida heroica no me viene nada.

JMBA

jueves, 14 de enero de 2016

¿2015?. No, Gracias.

Hace unos días hemos despedido un año más, ese 2015 que se agotó en nuestras manos. Y lo despedimos con muy poquita pena y nada de gloria.


Porque 2015 no ha sido un año bueno. Por el contrario, en él se han confirmado nuestros peores augurios, se ha demostrado, una vez más, que el ser humano es de naturaleza corrupta y da la sensación de que nos hemos aproximado un pasito más al Fin del Mundo, lo que sea que esto vaya finalmente a ser.

Ya vivimos instalados en un terrorismo internacional, prácticamente de Estado. El llamado Daesh, o Estado Islámico, se ha hecho con el poder en una parte de Irak y de Siria, y desde allí, con los medios que les da un territorio y con la connivencia de los estraperlistas de siempre, intenta extender una idea totalitaria que nos repugna a la mayoría. En 2015 han provocado innumerables muertes en sus propios países, donde los musulmanes son sus principales víctimas (paradoja del destino) y también varios centenares en nuestro vecindario más próximo.

Los atentados de París, primero en Charlie Hebdo (Enero) y luego (en Noviembre) los diversos atentados sincronizados en la sala Bataclan, las terrazas de diversos cafés y los alrededores del propio Stade de France, han provocado víctimas que eran como vecinos nuestros. El yihadismo nos ha atacado en nuestros países (que todavía no son los suyos). En 2015, Francia ha sido la víctima principal, pero sólo la sobreactividad de las Fuerzas de Seguridad ha evitado que otros países, incluida España, se sumaran a esa macabra lista. Y no olvidemos los repetidos atentados en Turquía, tierra de frontera de esta guerra tan del siglo XXI.

Ante una reacción ejemplar de los ciudadanos, empeñados en preservar nuestra forma de vida occidental, los atentados han provocado serias alteraciones en la vida normal de los ciudadanos honrados, y nos han menguado nuestros propios derechos de ciudadanía. Los movimientos más elementales de nuestras libertades están constantemente vigilados y monitorizados por unas omnipresentes fuerzas de seguridad. Una sobrerreacción que parece tener por único objetivo el transmitir a los ciudadanos una sensación de seguridad. Como si el hombre malo fuera a cruzar el arco de los aeropuertos (un ejemplo) empuñando sus armas pesadas. Esta Nochevieja no ha habido grandes celebraciones públicas en ciudades señeras como París o Bruselas.

Nos ha costado muchos siglos y muchos sacrificios llegar a tener unos niveles de convivencia muy civilizados, como para que estos factores, relacionados con un concepto enfermizo de la religión como arma de destrucción masiva, vengan ahora a hacernos retroceder uno o dos milenios.

Veremos qué somos capaces de hacer en este tema en el año 16.

Los peores augurios sobre el cambio climático parecen estarse cumpliendo. Estar en la playa en Diciembre puede que sólo sea algo anecdótico, pero en las grandes ciudades estamos sumergidos en una contaminación ambiental que nos está envenenando quizá no tan lentamente. La osadía de la especie humana en su instrumentalización de la Naturaleza acabará pasándonos factura. Y la pregunta no va a ser sobre cómo será el mundo dentro de doscientos años, sino cuál será la nueva especie que reinará en la Tierra, después de que la raza humana haya sido ya etiquetada como otra especia fallida y sea exterminada. Como ya sucedió con los dinosaurios y con tantas otras especies animales en los últimos millones de años.

En España, 2015 ha sido un aquelarre de elecciones políticas, algunas de ellas bastante fallidas, en el sentido de que han puesto en evidencia la mediocridad y cortoplacismo de la mayoría de políticos que pretenden gobernarnos. Todos los políticos tienen que tener claro que los votantes nunca votan mal. Es tarea de los políticos esforzarse por administrar (no retorcer) lo que los ciudadanos hemos depositado en sus manos. Los grandes partidos que han mantenido una cierta hegemonía en las últimas décadas han sufrido erosiones electorales enormes, mientras que parece que los ciudadanos han (hemos) depositado la confianza en fuerzas nuevas recién llegadas a la arena política. De las que, por cierto, todavía no podemos decir cosas malas (ni buenas, para el caso). Veremos.

Tras una legislatura caracterizada por el rodillo parlamentario del PP y su Gobierno, enrocado en la soberbia y la prepotencia que les ha permitido la mayoría absoluta que consiguieron en 2011, Mariano Rajoy nos ha obsequiado con unas elecciones navideñas, en una mano el voto y en la otra un polvorón. El resultado ha sido diabólico. El PP sigue siendo la fuerza más votada, pero dos de cada tres de sus votantes del 2011 han desertado. El PSOE ha vuelto a bajar, demostrando que una oposición chapucera también provoca erosión electoral, y ha sufrido un desgaste enorme, hasta ahora reservado a los partidos con responsabilidad de Gobierno. Su líder, Pedro Sánchez, está en entredicho, incluso de sus propios correligionarios.

Estos días nos toca asistir a ese cortejo de las diversas fuerzas, que intentan los equilibrios más improbables para conseguir (o conservar) el poder. En un sistema parlamentario como el nuestro, todas las fuerzas políticas representan (conjuntamente) a todos los ciudadanos. Y siempre, sea cual sea el resultado, debería haber negociaciones y pactos constantemente entre todas ellas, para conseguir el único objetivo noble que les hemos asignado: gobernar para todos y no sólo para sus propios votantes.

Llevamos décadas instalados en el autismo político de los que ganan unas elecciones. Eso ha provocado sobredosis de leyes y normas (cumplirlas o no ya es otra conversación), pero total ausencia de Pactos de Estado para los grandes temas que van a conformar lo que sea España dentro de veinte o treinta años. Parece que el único objetivo de los políticos es perpetuarse en el poder, para muchos el único oficio que conocen, y preocuparse básicamente de intentar ganar las siguientes elecciones. Un plan de país es un concepto tan elevado que no está al alcance de este tipo de políticos, que nunca han sido, y no apuntan maneras para llegar a serlo nunca, auténticos estadistas.

Mientras tanto, la Educación vive sofocada en un marasmo fangoso, trufado de fracaso escolar y de mensajes partidistas. Con profesores desmotivados, porque nunca les han permitido intervenir, como máximos conocedores del tema, en la configuración de la Educación en España, que es un tema que nos afecta a todos, tengamos o no hijos. Porque de la educación de hoy se declinará el tipo de país que tengamos dentro de 10 ó 20 años. Una educación que se mueve a vaivenes, porque cada partido político, cuando puede, crea su propia Ley de Educación, y donde la escolarización a menudo sólo aporta el retrasar unos años la incorporación a las listas de desempleados.

La Sanidad pública, que sobrevive gracias a los fantásticos profesionales que la componen, se ha convertido en arma arrojadiza, que los liberales quisieran privatizar porque business is business, y los políticos la utilizan para sus querellas interterritoriales. A muchos políticos se les llena la boca con su objetivo de igualdad para todos los españoles, pero parecen incompetentes cuando se trata de armonizar la oferta sanitaria pública en todo el territorio. Desde mi punto de vista, está bien que su gestión esté en manos de las respectivas Comunidades Autónomas, pero es un sinsentido que no exista coordinación alguna entre ellas. Parece imposible poder disponer de una tarjeta sanitaria única para todos los españoles (para todos los europeos, añadiría yo), que les permita ser atendidos allí donde se encuentren, y que cualquier médico pueda acceder a su expediente. Y es ya una posibilidad perdida el tener bien articulados los tratamientos muy especializados, centrados allí donde exista la excelencia. La facturación cruzada es un tema interno, que no debería presentar problema alguno.

Y no creo, para nada, que la solución sea volver a una gestión centralizada, que tiene siempre muchas ineficiencias. Pero hay que hacer bien las cosas y no utilizar la Sanidad pública como un arma arrojadiza entre políticos de diferente signo y de diversos territorios.

Parece que la mejoría económica ha sido bastante evidente en 2015. Al menos, las grandes cifras de la macroeconomía. Pero el nuevo crecimiento es todavía más vicioso que el anterior. Se ha precarizado el empleo y muchos salarios ya no permiten ni siquiera vivir dignamente, lo que ha inaugurado una nueva clase social: la de los trabajadores pobres con riesgo de exclusión social.

Dicen que hemos mejorado en competitividad. Es cierto, somos más competitivos que antes en coste de la mano de obra, frente a terceros países, con un modelo social y político muy diferente del de nuestro entorno. Pero no hemos mejorado nuestra productividad en términos cualitativos, y parece como si estuviéramos condenados a ser los camareros de Europa. En plena crisis económica se han reducido, todavía más, los presupuestos para la investigación y el desarrollo. Con ello, conseguir cambiar el modelo económico de España es un puro ejercicio de política-ficción.

Si alguien cree que la Educación o la Investigación son muy caras, que lo intente con la ignorancia y que exporte los investigadores a otros países, que sí saben aprovecharse de ellos.

En este año recién fallecido, nos han perseguido todos los días las noticias sobre corrupción y latrocinios. Las tramas del PP (Gurtel y Púnica sólo para empezar), nos han hecho visualizar a siniestros personajes absolutamente obscenos, que se han movido como pez en el agua en lo público para su propio beneficio. Bárcenas tuvo ya una estancia en la cárcel, pero su sombra es tan alargada que cubre hasta al propio Presidente del Gobierno (actualmente en funciones). Un personaje como Francisco Granados produce vómito, tras escuchar sus muchos alegatos televisivos contra los corruptos, lo que no hace más que ilustrar su total convencimiento en su propia impunidad.

También hemos conocido que el que muchos llamaron artífice del milagro económico español de fin de siglo, Rodrigo Rato, aparte de ser un mal gestor, cosa que ya sabíamos, ha resultado ser también un administrador desleal, un corrupto y un defraudador fiscal. Es la paradoja que nos faltaba para que dejemos de creer que el político honesto no es un personaje de ficción.

En Andalucía, el PSOE, tras más de treinta años ininterrumpidos en el gobierno regional, ha construido una maquinaria gigante de clientelismo corrupto, de la que los casos conocidos (los ERE, o los cursos de formación) me temo que no son más que la punta del iceberg. Disponen del dinero público para comprar voluntades y votos, de modo que ya no sabemos cuántos de los andaluces que votan repetidamente al PSOE lo hacen por convencimiento o por el más puro y espúreo interés personal. Y, en su entorno, personajes siniestros y vulgares, que a lo mejor no han estado nunca en Suiza, pero echan mano del dinero de la caja de todos para sus orgías de mariscadas, cocaína y puticlubs.

La que una vez fue la primera familia de Catalunya, los Pujol, ya son considerados por los jueces como una organización criminal, que acumuló fortunas obscenas de origen desconocido, aunque las sospechas de corrupción política en forma de comisiones de los adjudicatarios parece la más probable. Nadie debería descartar que detrás de los nuevos aires de independentismo en Catalunya, el afán de crear una República Catalana, independiente de España, esté oculto el deseo de que los Tribunales de casa acaben olvidando tanto latrocinio.

En los últimos días hemos sabido de otro caso más, el del embajador y el diputado que llevaban un despacho de influencias, un lobby, para facilitar contratos a empresas españolas (a menudo, mediante sobornos a funcionarios locales), a cambio de jugosísimas comisiones. Con cierta apariencia de legalidad, pero instalados en la amoralidad política total y completa.

Además, en todo el año, no he conseguido más que unos eurillos en premios de las muchas loterías de las que soy asiduo cliente.

En resumen, un año para olvidar. Ha habido algunas cosas buenas, eso sí (seguimos vivos, la salud razonablemente bien, hemos hecho algunos viajes a sitios desconocidos y hemos sobrevivido a nuestros políticos), pero las cosas malas se van acumulando. Como país, a pesar de algunas mejoras macroeconómicas, seguimos yendo para abajo (en precariedad, en pobreza, en exclusión social, en corrupción, en I+D, en Educación, etc. etc.).

Lo único que podemos desear es que 2016 sea el año del vuelco, de la inflexión, en el que empecemos a ir para arriba, como todos los españoles nos merecemos. Para nuestra desgracia, los políticos lideran la evolución del país, y a pesar de que pocas cosas saben hacer para ayudar, muchas hacen para empujarnos a todos hacia abajo. Se enfrentan ahora a un desafío nuevo, que les obliga a superar enemistades y rencillas personales, para trabajar, de verdad, por el bien del país y de sus ciudadanos. Que empiecen a pensar en el largo plazo, en el proyecto de país que queremos hacer una realidad en las próximas décadas.

Si al final no están a la altura, los ciudadanos, de nuevo, tendremos que tomar el relevo.

Algunos, estos días, desean Felicidad y que el 2016 no sea peor que el 2015. Con todo lo que os he contado, la única reacción posible es: ¿2015?. No, gracias.

JMBA

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Las (delgadas) Líneas Rojas.

Decía esta mañana Susanna Griso en Espejo Público de Antena 3, al hilo de la complicada aritmética parlamentaria que han arrojado las recientes Elecciones Generales, "me agota el cortejo".
Susanna Griso.
(Foto de Luis Gaspar. Fuente: finanzas)

Tiene su explicación. Todos los partidos políticos que, de una u otra forma, van a ser necesarios para generar un escenario de estabilidad política en España, se están apresurando a dejar claras las líneas rojas que no están dispuestos a cruzar en los próximos procesos de negociación. Rajoy habla de la soberanía nacional, la unidad de España, la igualdad de todos los españoles (por cierto, como si se pudiera preservar algo que ya no existe desde la propia Constitución). El PSOE exige deshacer las reformas laboral y educativa del PP, y no acepta el referéndum en Catalunya, que es una de las exigencias sine qua non de Podemos. Ciudadanos son los más tibios en sus líneas rojas, porque dicen primar la gobernabilidad y estabilidad de España, para poder empezar a trabajar cuanto antes, dicen, en la regeneración política del país.

Para preservar las negociaciones que deberán producirse en las próximas semanas y meses, es vital, en cada partido, que el mensaje sea único. Todos procuran cumplir este requisito, aunque el PSOE parece tener más problemas que los demás, pues se han escuchado ya voces algo discordantes, como las de Susana Díaz, Fernández Vara o García Page. Pedro Sánchez tiene su fortaleza asediada por el fuego amigo, especialmente por parte de los barones territoriales.

Dicen de un diplomático que cuando dice No, quiere realmente decir que podría ser, bajo determinadas condiciones. Cuando dice que quizá, significa realmente que muy probablemente sí. Y cuando dice que , es que no es diplomático. Para los políticos se aplica un escenario muy parecido.

Todos se apresuran a hablar de líneas rojas, para dejar claro qué es lo que más caro van a vender en un proceso de negociación. Por eso todos están cuidando hasta el más mínimo detalle el lenguaje que utilizan, para poder justificar que no se desdicen de lo que prometieron, cuando acaben aceptando determinadas condiciones en las negociaciones de las próximas semanas.

Antonio y María son una pareja ficticia, que se sienta para negociar la forma en que van a gastar el dinero excedente del que esperan disponer este próximo año. Las líneas rojas iniciales de Antonio son que nada de tostarse al Sol en la playa en verano, alguna excursión obligatoria para esquiar y un coche nuevo. Las líneas rojas de María pasan por renovar las cortinas y el sofá del salón, pintar la casa, dos semanas de playa en verano, sin excusas. Y nada de nieve, que hace mucho frío.

Tras el proceso de negociación, las decisiones que acuerdan son las siguientes: realizar una revisión a fondo del coche, para aguantarlo un par de años más. Tendrán un coche como nuevo. Renovarán el sofá, porque es verdad que está hecho unos zorros, con quemaduras y manchas, pero las cortinas y el pintado deberán esperar a otro año. María no ceja en su empeño, pero acepta retrasar el gasto. En verano, irán dos semanas a la playa, en la Costa del Sol, porque la región ofrece muchos alicientes gastronómicos y culturales, aparte de tostarse al Sol. Los dos ganan, o por lo menos de eso se convencen. Lo de la nieve es complicado, hasta que descubren que a María le gustaría irse un fin de semana a una casa rural con sus amigos del Instituto, y Antonio lo acepta, a cambio de que ese u otro fin de semana él se irá a la nieve para esquiar con sus amigos.

Los dos han cruzado alguna de las líneas rojas iniciales y han matizado otras, pero se autoconvencen de haber conseguido a cambio compensaciones suficientes.

El problema con los partidos políticos en España y, por cierto, con la opinión pública, es que nadie está habituado a ver negociaciones de verdad entre ellos, donde todos deberán aceptar cruzar alguna línea roja, matizar otras y convencer a su electorado de haber conseguido a cambio compensaciones suficientes. Nos hemos acostumbrado a pensar que la única estabilidad posible es la mayoría absoluta de un partido, con su correspondiente rodillo parlamentario. Y eso es falso, como saben muy bien la mayoría de países europeos avanzados.

Por lo tanto, no deberíamos alarmarnos al evaluar las líneas rojas iniciales de cada parte, pensando que harán imposible cualquier acuerdo, porque eso forma parte, típicamente, de la fase previa a la negociación, del inicio del cortejo, como le llamaba Susanna. Es la fijación inicial de postura. Es definir con claridad el precio que se pondrá a cada renuncia.

Parece claro que la soberanía nacional y la unidad de España son principios a respetar, aunque no necesariamente por encima de cualquier otra consideración. Acordar un referéndum no vinculante para que todos los catalanes puedan manifestar libremente su posición respecto de su continuidad en el marco de España o su deseo de independencia, no atenta, de entrada, a ninguno de esos principios. Habrá que tener claro, en el caso improbable de que el resultado arroje una mayoría cualificada a favor de la independencia, cuál debería ser el siguiente paso. Posiblemente otro referéndum a nivel de todo el Estado, con una pregunta parecida, partiendo del deseo expresado previamente por los catalanes. En algún punto de ese proceso, seguramente el soufflé se habrá deshinchado.

Pero lo que parece claro, es que en Catalunya hay un problema al que hay que buscar, entre todos, una solución conveniente. En torno a dos millones de catalanes, por lo que parece, se sienten muy incómodos con su actual encaje en España. Y ese no es un hecho baladí, que se pueda ignorar impunemente.

Un proceso de este tipo tendría inicialmente, por supuesto, la oposición frontal de la mayoría de los votantes de PP y de Ciudadanos, y de una buena parte de los del PSOE. Y también tendría la simpatía de la mayoría de votantes de Podemos y de Izquierda Unida. Poner encima de la mesa la alternativa de que los independentistas pudieran acabar echándose al monte con una hipotética DUI (Declaración Unilateral de Independencia) y generar un escenario potencialmente prebélico, quizá podría convencer a muchos de que ese referéndum sería muy probablemente una solución menos mala.

Negociar es conseguir que una parte de tus principios sean aceptados, aunque a lo mejor algo matizados, a cambio de aceptar, aunque sea de forma muy matizada, los principio de los demás. El espacio de acuerdo, inevitablemente, está un poco más allá de las líneas rojas iniciales de cada uno de los actores.

Sólo hay que tener claro que tener un coche como nuevo no es exactamente lo mismo que tenerlo nuevo, pero se le parece lo suficiente. Y que la región de la Costa del Sol, a pesar de sus playas y Sol, ofrece muchas alternativas gastronómicas y culturales. Todos deben tener una forma de justificar sus renuncias en base a que todos deben estar convencidos de haber conseguido más cosas de aquellas a las que han renunciado. Es el famoso escenario Win-Win, en que todos terminen convencidos, y con capacidad de convencer a sus votantes, de que han ganado en la negociación.

Tengamos, pues, en cuenta, que las líneas rojas de que hablan los políticos estos días son como el despliegue inicial de la cola multicolor del pavo real: la etapa inicial del cortejo. Parece razonable pensar que cualquier negociador empiece por definir sus líneas rojas (aquello a lo que sólo estará dispuesto a renunciar a cambio de enormes compensaciones) y a tener preparada su zona de confort, donde, utilizando al principio un lenguaje inevitablemente ambiguo, pueda al final justificar, ante sus electores, socios o accionistas, que la negociación les ha sido muy positiva, y que el escenario ha sido claramente de ganancia propia.

Sería, pues, muy recomendable, que los periodistas y tertulianos refrenen su ansiedad, para evitar que alguno de los actores pueda salirse en algún momento del guión, y eso le acabe pasando factura ante sus contrapartes en la negociación, debilitando su posición, o ante sus propias bases para justificar los acuerdos finales.

Cualquier negociación es como el puchero. Hay que dejar que el chup-chup vaya haciendo su efecto, y que el tiempo atempere todos los ingredientes, para conseguir, al final del proceso, un cocido para chuparse los dedos.

No creo que estemos abocados a otras Elecciones que, además, de poco servirían para aclarar el escenario. Estoy convencido de que un acuerdo razonable es posible. Pero hay que dejarles tiempo a los políticos y confiar que estarán a la altura que los ciudadanos les requieren.

Dejadme creer que eso es posible.

JMBA

lunes, 21 de diciembre de 2015

El Laberinto Español. La (improbable) Solución S2.

Ya estamos en el día después. Este domingo los ciudadanos han acudido a las urnas para depositar sus votos, y ya tenemos los resultados. Confusos, para empezar a hablar.
Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno.

Analizaba hace unos días el laberinto al que se enfrentaba el votante. Estas Elecciones han exportado al país entero el laberinto en el que se debatía cada votante. Al final, frente a las urnas, ha primado un poco más el voto del temor que el de la esperanza. De este modo, Ciudadanos ha quedado claramente muy por debajo de las expectativas que se le asignaban y que ellos mismos esperaban. Y Podemos, habiendo alcanzado un excelente resultado, se queda lejos del sorpasso anhelado al PSOE. Me temo que, en las circunstancias actuales, ambos partidos emergentes han alcanzado su techo electoral.

El bipartidismo sufre, pero ha resistido el embate de las nuevas fuerzas. Ha sufrido un descalabro monumental, bajando del 77% de los votos conjuntos de PP más PSOE en 2011, al 51% que obtuvieron este domingo. Pero algo más de un votante de cada dos sigue confiando en el bipartidismo tradicional como la fórmula para gobernar España. El PP ha perdido más de 60 escaños, y el PSOE otros 20 más.

Y, por cierto, estas Elecciones han dejado fuera del Congreso a algunos históricos, como Duran i Lleida o Eduardo Madina. El soldado Mas, además, yace exangüe en una cuneta cualquiera, y su investidura como President ya es un tema de política-ficción de serie B.

En las próximas semanas veremos los diferentes intentos para formar un gobierno estable. Un empeño que parece extremadamente complicado, dada la aritmética parlamentaria que han arrojado las urnas.

En primer lugar, como fuerza más votada, Mariano Rajoy debe intentarlo. Podría conseguir la abstención de Ciudadanos, pero poco más. Tendrá en contra a la práctica totalidad del resto del Parlamento. Su empeño no puede conseguir ningún resultado.

A continuación, Pedro Sánchez debería intentarlo. Para salir adelante en una primera votación, debería conseguir un pacto, al menos de investidura, que le diera la mayoría absoluta en el Parlamento. Para ello debería conseguir un acuerdo contra natura con fuerzas muy contrarias, incluyendo, por ejemplo, a ERC y a Democràcia i Llibertat (ex Convergencia). Además, de, por supuesto, el apoyo de todos los diversos aromas de Podemos. En estas condiciones imposibles, quizá podría conseguir la investidura. Pero con ello cruzaría todas las líneas rojas que se habían trazado hasta ahora en el PSOE.

En una segunda votación, persiguiendo la mayoría simple, debería conseguir más votos positivos que los negativos que obtendría, con seguridad, de todos los diputados del PP. Y, para asegurar la abstención de Ciudadanos, no podría llegar a ningún tipo de acuerdo con fuerzas que preconicen un referéndum para Catalunya. Otra ecuación imposible.

Si ese fuera el curso de los acontecimientos en los próximos meses, la única solución sería convocar nuevas Elecciones Generales que serían, en la práctica, como una segunda vuelta. En estas condiciones, el voto tendería sin duda a polarizarse en torno a los que tengan opción efectiva de formar Gobierno. Esto podría perjudicar a Ciudadanos y a Podemos, pero llevaría, muy probablemente, a otro escenario imposible. En el límite, imposible por diversas razones, de que todos los votantes de Ciudadanos decidieran votar al PP, y todos los de Podemos decidieran dar respaldo al PSOE, veríamos de nuevo a dos partidos en el entorno de los 160 diputados, sin posibilidad alguna de negociar pactos, incluso sólo de investidura, con otras fuerzas.
Susana Díaz, Presidenta de Andalucía.

La solución, que sería muy novedosa en España, porque nunca hasta ahora se ha producido, ni siquiera ha habido escenarios electorales que la preconizaran, sería la Gran Alianza de PP y PSOE por el bien común del país. En otras palabras, sería la investidura de Rajoy con la abstención, entre otros, del propio PSOE. Un escenario imposible con Rajoy y Sánchez al frente de los dos partidos, después de los muchos insultos que se han cruzado, tanto en el Parlamento como en el Cara a Cara en la televisión.

La solución podría ser la S2. Me explicaré. Consistiría en sustituir a los líderes de los dos grandes partidos por Soraya Sáenz de Santamaría en el PP y por Susana Díaz en el PSOE. Soraya puede alegar estar limpia de los episodios conocidos de corrupción. Y Susana puede exhibir sus resultados electorales en Andalucía como primera fuerza, mientras que Pedro Sánchez, en su feudo de Madrid, sólo ha alcanzado el cuarto lugar.

La S2 podría escenificarse sin convocar nuevas elecciones, si los dos grandes partidos decidieran primar los intereses globales del país frente a los de su propio partido o a los de sus líderes actuales. O podría escenificarse como un cataclismo previo a unas nuevas Elecciones Generales.

Si no hubiera nuevas Elecciones, el Gobierno debería ser del PP con la abstención del PSOE en la investidura, con pactos de Estado previamente negociados para muchos de los grandes temas de país que hay que afrontar en el corto plazo. Y si hubiera una segunda vuelta, habría que ver los nuevos resultados obtenidos por cada uno de ellos, para decidir quién debería liderar la formación del nuevo Gobierno.

Con las votaciones del 20-D nos hemos asomado, colectivamente, al abismo del caos. Y el Caos, hermoso de contemplar en su propio desorden, no es un hábitat agradable para instalarse en él.
Gerald Brenan, en Yegen (Alpujarra granadina) en 1920.
(Fotografo: Carlos Pranger. Archivo Español de
Gerald Brenan. Fuente: revistaentrelineas)

Está claro que el bipartidismo de las últimas décadas está dando boqueadas, pero el bipartidismo en sí no es una mala opción para cualquier país. Avanzar en ese sentido supondría una completa refundación de los dos grandes partidos. Debería consistir en convertir al PP en el PDL (Partido Demócrata Liberal) y al PSOE en el PSD (Partido Social Demócrata). Unos nuevos partidos en los que podrían encontrar acomodo, o quizá incluso liderazgo, respectivamente Albert Rivera y Pablo Iglesias. Y sus primeros líderes podrían ser Soraya y Susana (la entente S2).

Espero que hayáis disfrutado durante un rato, como lo he hecho yo mismo, acompañándome en el desarrollo de este escenario de política-ficción.

Cualquier otra opción pasa por que casi todos tengan que tragarse un buen montón de sapos indigestos. Lo que no descarto que hagan, por cierto, a cambio de conservar (o conseguir) cuotas de poder.

Gerald Brenan, ese gran hispanista británico que se enamoró de la Alpujarra granadina, al que incluso Carlos Cano dedicó un pasodoble, publicó en 1943 un ensayo histórico que tituló El Laberinto Español. La obra tenía como subtítulo, antecedentes sociales y políticos de la Guerra Civil española.

Afortunadamente, no todos los laberintos tienen la misma salida.

JMBA

viernes, 18 de diciembre de 2015

El Votante en su Laberinto

Estamos a un par de días solamente de una de las Elecciones Generales más decisivas de las últimas décadas, y, sin embargo, las encuestas, sondeos y sensaciones de los entendidos parecen indicar que hay, todavía, un elevado número de votantes indecisos. Según algunas fuentes, incluso por encima del 20% de los que están seguros de que irán a votar, todavía no saben muy bien por quién.

Y es que el escenario político, esta vez, es complicado y, a la vez, apasionante. Hay dos formaciones emergentes, que no están presentes en el Parlamento actual y que, según todos los indicios, pueden alcanzar una posición importante, incluso por encima de los cincuenta escaños cada una de ellas. Ciudadanos y Podemos son los grandes protagonistas. Y parece que podrían barrer a otras dos fuerzas que ocupan espacios parecidos, pero que nunca han sabido ser algo más que fuerzas testimoniales. Estas elecciones podrían ser el final de UPyD y de Izquierda Unida. O no, que sorpresas habrá el domingo, con seguridad.

El bipartidismo de PP y PSOE, que han tenido la total hegemonía de la escena política los últimos casi cuarenta años, está muy seriamente amenazado. Las previsiones indican que podrían estar, conjuntamente, claramente por debajo del 50% de los votos. Este bipartidismo que ha venido perpetuándose a sí mismo es víctima de la esclerotización de la política, de la tiranía de la partitocracia y del aparato de los propios partidos, y de un sistema político que ha facilitado hasta límites irrespirables la construcción de auténticas maquinarias de corrupción, latrocinio y saqueo de lo público. No lo tienen todo perdido, pero deben apuntarse con premura y decisión al carro de la regeneración política. Lo que, hasta ahora y por cierto, no se ha visto con nitidez.

Ha llegado el momento de un cierto cambio de régimen, que sustituya al statu quo creado por el proceso constituyente que culminó en 1978, y que ha prestado grandes servicios a España desde entonces, pero que se ha ido agotando y quedando sin fuelle. Ciudadanos y Podemos, desde posiciones reconocibles como neoliberales a la derecha y socialdemócratas a la izquierda, representan muy bien esa esperanza de cambio, no sólo de Gobierno, sino también de régimen y de práctica política. Cabe la posibilidad de que, en unos años, puedan constituir el nuevo escenario de bipartidismo que nos acompañe las próximas décadas.

Pero el voto, que es un acto de tremenda intimidad, se mueve a menudo por emociones no siempre perfectamente identificables. En el voto del 20D reconoceremos, por lo menos, el temor y la esperanza. Algunos sienten el temor de que los nuevos actores no estén capacitados para gobernar España. Es cierto que son formaciones muy jóvenes, casi sin historia (por lo menos a nivel nacional, en el caso de Ciudadanos) y que han crecido mucho y con mucha rapidez. Esto ha provocado, inevitablemente, crisis de crecimiento, ya que han tenido que incorporar cuadros a gran velocidad y no siempre con los necesarios filtros. De otra parte, el mensaje de Podemos se ha ido atemperando, desde la dinámica prácticamente antisistema, heredera de los movimientos populares del 15M, hasta una posición mucho más asimilable a una socialdemocracia del centro o norte de Europa. Esto también ha creado confusión en algunos de sus seguidores tempranos, aunque ha atraído a muchos votantes tradicionales del PSOE. El mensaje de Ciudadanos, por su parte, resulta a menudo algo ambiguo, y difícilmente situable en el espectro tradicional español derecha-izquierda. Y las declaraciones poco contenidas y nada disciplinadas de algunos de sus representantes han creado fuegos donde no los había. Parece que los españoles tenemos ciertas dificultades para poner derecha y moderna en la misma frase.
Los cuatro líderes políticos que, muy probablemente, van a tener
protagonismo tras el 20-D.
(Fuente: elperiodico)

De otra parte, Mariano Rajoy no creo que despierte entusiasmo, ni siquiera entre muchos del fondo de armario de los votantes tradicionales del PP. Pero hay que reconocer que es un estadista veterano y, a estas alturas, bastante predecible. Para muchos puede representar una tabla de salvación ante lo desconocido. Pero, a su vez, tiene algunas sombras graves que le persiguen. De una parte, la mentira. Porque, al poco de llegar al Gobierno, empezó a hacer todo lo contrario de lo que decía el Programa electoral del PP en 2011. Claro que el PP culpa de ello a la herencia recibida de la última etapa de Zapatero. Una excusa que no convence a los que no somos hooligans del PP. Además, en estos cuatro años, el Gobierno del PP se ha instalado en la permanente invención de neologismos y perífrasis para disimular una situación económica que, desde luego, no es ni mucho menos buena para una parte importante de la población. Ocultando las falacias bajo una retórica barroca.

Es cierto que se ha empezado a crear empleo en los últimos dos años. Pero también es cierto que la economía, incluso la globalizada, es cíclica, y ahora toca un ciclo de cierta expansión, que no es, por lo menos no en su totalidad, obra o resultado del Gobierno del PP. Sin descontar otros factores que coadyuvan a una imagen económica algo menos apocalíptica, como la depreciación del euro (que facilita ciertas exportaciones) o la bajada del precio del petróleo. Las cifras no engañan, y al final de la legislatura hay algunos ocupados cotizando menos que al principio de la misma, ahora hace cuatro años. Y los salarios se han degradado, lo que tira a la baja de las cotizaciones sociales que deberían hacer sostenible, por ejemplo, el sistema de pensiones.

La tibia recuperación económica está siendo injusta, porque los salarios se han despeñado y el riesgo de exclusión social ya no es sólo patrimonio de los desempleados, porque ha nacido una nueva clase social, la de los trabajadores que no ganan lo suficiente como para poder vivir dignamente. Esto está creando fuertes tensiones sobre los sistemas de solidaridad, Y conviene no olvidar que la caridad y la solidaridad son valores que contribuyen a hacer frente a emergencias sociales, pero no son un sustituto para compensar desequilibrios estructurales.

Además, muchos ciudadanos recriminan al PP su uso torticero de la palabra, que ha ido sembrando la actualidad de agravios absurdos y perfectamente evitables, si hubieran utilizado el lenguaje de un modo mucho menos agresivo y partidista. En este catálogo tendríamos desde el Que se jodan (dirigido a los desempleados) de esa diputada (hija del impresentable Carlos Fabra), a la movilidad exterior de la Ministra de Empleo, tratando de disimular el fenómeno migratorio que estamos viviendo, o la indemnización en diferido con la que tuvo que lidiar María Dolores de Cospedal o lo de españolizar a los alumnos catalanes del ex ministro Wert. Las palabras pueden herir tanto como las armas más afiladas. Y hacen sangre.

Personalmente, además de todos estos temas, mi principal reproche al Gobierno del PP es que para nada ha trabajado para desarrollar las bases necesarias para que, en dos o tres décadas, España se parezca al país que nos gustaría que fuera. Nada se ha hecho para modificar el modelo económico español, a fin de poder ser más competitivos con los países más avanzados de nuestro entorno, y no con los países de mano de obra más barata, que es uno de los efectos secundarios de su famosa Reforma Laboral. Estamos intentando remontar la crisis subiendo por la misma pendiente por la que nos despeñamos a partir del 2007. Y eso deja atrás a los enfermos y heridos, y nos condena a repetir la historia. Se ha descapitalizado, todavía más, la investigación, y muchos jóvenes de la generación mejor formada de nuestra historia reciente se han visto obligados a buscarse la vida lejos de nuestras fronteras, contribuyendo al desarrollo de otros países. Una ruina para España.

Para explicar el descenso de las cifras del paro, hay cuatro razones posibles, de las que el Gobierno sólo quiere utilizar una. El paro puede bajar porque más gente encuentra empleo. Pero hay menos cotizantes en la Seguridad Social, lo que desmiente este argumento. Puede bajar también si hay gente que se marcha del país y deja de constar como parado. O también por la gente que ha abandonado toda esperanza de volver a trabajar, y se ha borrado como buscador de empleo. Y, finalmente, también puede bajar porque más gente se dedica a actividades de economía sumergida. Me temo que de todo hay, pero el Gobierno insiste en sólo aceptar y declinar la primera, la que más cree que le favorece.

Con el PP, la mayoría de españoles parecen condenados a ser los camareros de Europa, con contratos extremadamente volátiles, de cuatro horas, pero trabajando doce a cambio de una pequeña compensación adicional en B. De esta forma no conseguiremos nunca ser un país más avanzado, competitivo y feliz. Sólo repetir periódicamente las caídas y las crisis muy profundas. No deberíamos aceptar que un 12% de paro se considere paro técnico, ni que periódicamente debamos enfrentarnos a cifras de desempleo claramente superiores al 20% (lo que no sucede, por cierto, en ninguno de los países avanzados de nuestro entorno). 

Y, por último, la corrupción, que ha ilustrado día tras día todas las portadas. Dejando al margen la infinidad de escenas impresentables que nos ha tocado vivir, las tramas Gurtel y Púnica ilustran a la perfección cómo el sistema ha permitido diseñar maquinarias perfectamente corruptas, para ejecutar con precisión el saqueo de lo público. Y resultan patéticos cuando intentan convencernos de que el problema de la corrupción es de las personas y no del partido, ni del sistema. Eso, simplemente, es una falacia lamentable. Y lo que ya se ha sabido sobre Bárcenas y sus papeles no tiene nombre. El Gobierno ha sido muy tibio en el reproche y erradicación de ese tipo de corrupción, lo que nos hace sospechar a muchos que los que intentan sofocar el fuego no están lo suficientemente limpios como para poder actuar sin trabas ni compromisos. El tema de los famosos sobresueldos en B, en sobres manila o cajas de puros, sé que seguirá siendo una leyenda urbana, porque esas cosas son prácticamente imposibles de demostrar en sede judicial. El dinero B, por definición, nunca aparece en las contabilidades oficiales ni en las declaraciones a Hacienda. Pero, por lo menos, que no nos tomen por imbéciles.

A mí me resulta francamente sorprendente el prurito de agredido ofendido que adoptó Rajoy cuando Pedro Sánchez, en el Cara a Cara del pasado lunes, le dijo que no era un político decente. No le llamó delincuente, porque sabe, como la gran mayoría de españoles, que eso nunca se podrá demostrar. Pero Rajoy parece haberse olvidado de que el desempeño de la política, aparte de estar sometido a posibles responsabilidades judiciales, en su caso, está permanentemente sujeto a la responsabilidad política, que siempre es inevitablemente subjetiva. La decencia, en política, no es un atributo que sea demostrable que se tiene o no, si no en función de lo que una mayoría de ciudadanos perciban. La respuesta de Rajoy debería haber sido: Bueno, esa es su opinión. Además, me resultó francamente casposa su línea de defensa en el sentido de que lleva 30 años dedicado a la política. ¿No será ya demasiado, señor Rajoy?.

En fin, creo que, en sólo cuatro años, el PP ha hecho méritos más que suficientes para ser apartado del poder, y darles la oportunidad de depurarse en su rincón de todas las toxinas que han ido acumulando. Necesitan como el comer su propia travesía del desierto. Sólo deberían votarle los hooligans.

¿Y qué decir del PSOE?. Acabó absolutamente desarbolado la etapa Zapatero, donde tuvo que traicionarse demasiadas veces a sí mismo. Ya analicé con cierta extensión esa época. Cometieron el error de practicar el sectarismo con demasiada frecuencia, el pecado de gobernar para los suyos y no para todos los españoles. Rubalcaba, político sagaz donde los haya, tenía claro que su única posibilidad era retirarse de la primera línea a su cátedra de Química, y dejar que otros lidiaran con ese toro. Pedro Sánchez es joven y guapo, pero es un líder discutible y discutido del Partido Socialista. Con demasiada frecuencia es bombardeado por el fuego amigo. Me temo que el partido necesita otros cuatro años para regenerarse de nuevo, para depurar sus muchos pecados, cambiar otra vez de líder, y prepararse para un nuevo asalto al poder en 2020. Y eso suponiendo que el escenario político no haya cambiado tanto que ya no tenga cabida un partido histórico como es el PSOE.

El 20D votar al PSOE significa querer un cierto recambio, pero sentir temor por el cambio. El liderazgo de Pedro Sánchez, por su parte, no creo que sobreviva al fracaso anunciado en estas Elecciones Generales.


Creo llegada la hora de los emergentes que, aparte de otras delicias, aportan aire fresco a un ambiente enrarecido. No hay duda de que, con el poder, tendrán que hacer frente a sus propios episodios de corrupción, pero espero que los sepan lidiar con firmeza y diligencia. Parecen genuinamente animados para llevar adelante la regeneración política de este país, para trabajar por la separación efectiva de poderes, dispuestos a negociar reformas constitucionales que permitan que la mayoría de españoles podamos sentirnos razonablemente felices y queridos en nuestro propio país.

Tendrán que demostrar que son capaces de gobernar para todos y no sólo para sus votantes, y que tienen en la cabeza el país que les gustaría que fuera España en el 2040 y que trabajan todos los días para acercarnos a ello.

Por supuesto que nada será perfecto, porque la perfección no es un atributo humano. Pero, como mínimo, será esperanzador ver renovado el ambiente en el Congreso de los Diputados y espero que también en la Moncloa.

Según la aritmética que salga de las urnas veremos las posibilidades reales que van a existir de articular mayorías para el Gobierno de España. Ahí se pondrá a prueba la flexibilidad de cintura de los nuevos, pero también de los veteranos. Porque cuando el PP habla de estabilidad para la gobernabilidad del país, quiere decir mayoría absoluta del PP. Y los otros tres (PSOE, Ciudadanos y Podemos) hacen ascos a clarificar cuál será su actitud negociadora, porque hasta el domingo su único objetivo es conseguir ser la fuerza más votada, lo que tienen muy, muy complicado.

Claro, también se podrá votar a los dos partidos que están en la UVI (UPyD e Izquierda Unida). Francamente, me cuesta entender, si no fuera por la fuerza de ciertos egos, cómo no ha sido posible que se integren en las nuevas formaciones, que tienen mucho más empuje y mucho mejores perspectivas, y además ocupan espacios sociológicos homologables.

En ciertas regiones, además, se podrá votar a fuerzas nacionalistas. Pero el votante deberá tener en cuenta que su fuerza en la gobernabilidad de España se ha visto seriamente deteriorada por la decrepitud del bipartidismo, que fue su pesebre durante décadas, al actuar de bisagras en favor de unos u otros, a cambio de favores o competencias.

Y en todas partes habrá, también, una docena larga de otras formaciones inevitablemente condenadas a la marginalidad, me temo.

Ah, y que nadie olvide que también deberemos votar por el Senado, aunque nadie tenga muy claro para qué sirve ni si va a sobrevivir a la próxima legislatura. Sugiero que cada cual se lea la relación de nombres que se presentan por su provincia, y decida por personas, en función de su propio conocimiento y al margen de la estructura de listas (abiertas, por cierto) de cada partido. 

Para el próximo domingo, el votante se enfrenta a un laberinto. Podría decidir no entrar, y quedarse como está, porque no vea claro que sabrá salir de él, como el caballo que rehuye saltar una valla. En este caso, y según su sensibilidad, debería votar a PP o a PSOE. Pero, francamente, en las condiciones actuales quedarnos como estamos no me parece que sea una opción. La etapa democrática que se inició en el 78 ha cumplido muy bien su papel, pero se ha ido viciando y está agotada. Los votantes estamos obligados a facilitar que la política del siglo XXI para España la lleven adelante políticos del siglo XXI. Muchas cosas, necesariamente, deberán ir cambiando. Ante un reto de tales dimensiones, no cabe el paso atrás de la cobardía. El valiente no es el que no siente miedo (ese es un temerario), sino el que sabe vencerlo o, al menos, rodearlo.

Espero que en las urnas del 20D haya mucho más de esperanza que de temor.

JMBA