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sábado, 26 de agosto de 2017

Michel Bussi: Un escritor que secuestra a sus lectores.

Michel Bussi es un escritor francés, de algo más de 50 años, nacido y residente en Normandía.

(Autor: D. Ghosarossian)
Yo lo he descubierto este verano. Tenía un libro suyo ("Un avion sans elle") en mi colección de libros "por leer", lo recuperé y lo leí prácticamente de un tirón. Me apasionó, por su trama y por la forma que tiene el autor de irla desarrollando delante de los ojos atónitos del lector, que no puede abandonar la lectura hasta que llega a la última página y todas las múltiples esquinas quedan iluminadas.

En un reciente viaje a Burdeos, pude comprar otro par de sus novelas en Chez Mollat (una de las librerías más grandes de Europa): "Ne lâche pas ma main" y "N'oublier jamais". De nuevo ha sucedido, y las he devorado las dos conteniendo la respiración.

Estoy impaciente por hacerme con las demás que ha publicado (hasta casi la docena), así como la siguiente cuya aparición se anuncia para el próximo mes de Octubre.

Si os apasiona la novela negra, de tramas bien engranadas, en las que cada página abre una nueva incógnita, de las que no se pueden dejar hasta finalizarlas, entonces tomad nota de este nombre: Michel Bussi. Algunas de sus novelas han sido publicadas en castellano.

Como anzuelo adicional, os incluyo mi propia sinopsis de las tres que ya he leído (sin spoilers). Os puedo asegurar que no os decepcionarán.


"Un avion sans elle" ("Un avión sin ella").

En vísperas de la Navidad de 1980, un avión que cubre la ruta Estambul-París se estrella en el Mont Terrible, junto a la frontera franco-suiza del Doubs, en el este de Francia. Mueren todos sus ocupantes, pero se produce el milagro. Junto a los restos ardientes del avión se encuentra una canastilla con una niña de unos tres meses de edad, milagrosamente salvada de la catástrofe.

Pero a bordo del avión viajaban dos niñas de esas características. La primera era la hija de una pareja francesa de muy buena familia, residente en Estambul, que volvía a casa para pasar la Navidad. La segunda es la hija de una modesta pareja de Dieppe (en la costa normanda), a la que le había tocado el viaje en un sorteo. Hoy bastaría una prueba de ADN para deshacer el entuerto, pero eso no estaba disponible en 1980.

Se inicia una guerra sin cuartel, literalmente a muerte, entre las dos familias, lideradas por las respectivas abuelas, para demostrar que la niña superviviente es la suya. Una guerra que durará hasta que la niña alcance la mayoría de edad.



"Ne lâche pas ma main" ("No te sueltes de mi mano").

Una pareja francesa con su niña de seis años retoza complacida junto a la piscina de un resort de lujo en St. Gilles, en la Isla de la Reunión, en pleno Océano Índico. La mujer se levanta y dice que va un momento a la habitación. Pero nunca vuelve.

Con la esposa desaparecida y evidencias de lucha en la habitación, el marido es el sospechoso más probable para la Gendarmería de la isla.

Pero el padre, junto a su hija, inicia una huida imposible a través de la isla, perseguido por la más amplia operación policial jamás conocida en la Reunión. No tienen ninguna opción de escapar, pero finalmente consiguen llegar hasta la Anse des Cascades.



"N'oublier jamais" ("No olvidar nunca").

Jamal, un magrebí de La Courneuve, en el banlieu de París, con un pie ortopédico, disfruta de unos días de descanso en Yport, en la costa de Normandía. Una semana de estancia, que le tocó en algún sorteo, que se convertirá en una pesadilla para él.

A pesar de su discapacidad, una de sus ambiciones es la de participar alguna vez en la madre de todas las travesías alpinas en el Montblanc, por lo que cada una de las frías mañanas de Febrero sale a correr por la costa.

En lo alto del acantilado de Yport encuentra una bufanda Burberrys de cachemir rojo, enredada en una alambrada. La recupera y, un poco más adelante, encuentra a una chica bellísima, con el vestido destrozado, de pie al borde mismo del acantilado, que le amenaza con tirarse al vacío si da un paso más. Le lanza un extremo de la bufanda para que se agarre a ella, pero la chica da un tirón, se la arrebata y, a continuación, se precipita al vacío, cayendo en la playa, muchas docenas de metros por debajo.

Cuando Jamal llega junto al cadáver, ya hay dos testigos que paseaban por la playa. Pero también hay algo imposible: la chica lleva la bufanda perfectamente anudada en su cuello.

Jamal pasa a ser el principal sospechoso de haber empujado a la chica, quien sabe si tras agredirla y violarla.

Esta muerte recuerda a otras dos, sin resolver, que sucedieron en la misma zona diez años atrás, y el policía a cargo del caso bucea en los datos disponibles para cargarle a Jamal con los tres asesinatos.

Jamal no tiene más remedio que iniciar una fuga sin posibilidad alguna, en busca de la verdad, contando con la ayuda de Mona, una pelirroja que parecía conocerle, de la que se ha enamorado.

Sólo al final de la huida se hará la luz.

jueves, 8 de junio de 2017

París-Londres-Escocia (1977)

Viajar hace cuarenta años era, en lo fundamental, bastante parecido a lo que es viajar en este siglo XXI. Viajar es una de las mejores fórmulas conocidas para abrir la mente a nuevas perspectivas, para ser cada vez menos provinciano y localista y para, finalmente, darse cuenta de que, hasta en las antípodas, las personas aman a sus seres queridos, trabajan para buscarse una vida mejor, tienen que comer varias veces al día, aprecian lo que tienen cerca y tienen que dormir unas cuantas horas al día para recuperar la energía.
Inter-Raíl de Santiago, que lo ha
conservado hasta hoy. El mío se
extravió en alguna mudanza.

Pero en todo lo demás, en los detalles, viajar en los 70 era una práctica que se parecía poco o nada a cómo la abordamos hoy en día. no tenía nada que ver, es como si nos asomáramos al Pleistoceno Medio. Tendréis ocasión de daros cuenta de ello a lo largo de esta crónica.

En ese año académico 1976-77 estábamos estudiando en la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona. Formábamos una pandilla de seis muy buenos amigos: Carles, José, Ignasi, Santiago, Ferran y yo mismo, JM. Durante el tercer curso empezamos a hablar de la posibilidad de organizar una especie de Paso del Ecuador, en forma de viaje al extranjero para el siguiente verano. El que iba a ser, por supuesto, nuestro primer viaje fuera de España.

Hace siete años ya publiqué una crónica parcial de este viaje, centrada en el trayecto París - Londres. Pero ahora que he recuperado el contacto de los Cinco supervivientes (desgraciadamente, Ferran falleció en plena juventud), es el momento de abordar una crónica completa de este viaje, que ya tiene muchas características de vintage.

Ferran no podía comprometerse para el verano, pues debía ayudar a sus padres en el bar familiar de Vilafortuny, cerca de Salou. Carles ya tenía un compromiso previo, en forma de intercambio universitario en algún lugar de Europa (no recuerdo bien si ese año le tocó Francia, Holanda o Bratislava, en la Checoslovaquia de entonces, la Eslovaquia actual). Así que quedábamos cuatro para ir preparando el viaje.

Decidimos llegar hasta Escocia. Como eran etapas inevitables, planificamos estancia en París y en Londres. Todo el viaje lo haríamos en tren, utilizando la facilidad del Inter-Raíl. Sé que el Inter-Raíl sigue existiendo, aunque sospecho que su formato ha variado sustancialmente. Entonces estaba limitado a menores de 23 años (pronto evolucionó hasta los 26, creo), y cubría buena parte del territorio europeo durante un mes. Los trayectos en el país de origen no estaban incluidos, y había que comprar un billete, aunque con un importante descuento, creo recordar que del 50%. Lo mismo sucedía con la mayoría de trayectos marítimos en ferry.
Cambio de la Guardia en Buckingham Palace
(S. Carranza, Julio 1977)

Yo me encargué de organizar la logística. En una época en que ni existían móviles ni, por supuesto, Internet, planificar un viaje, sin encargarlo todo a una Agencia de Viajes, era una tarea ardua, Tuve intercambios postales (sí, si, cartas con sellos que van, para las que se espera una respuesta en una o dos semanas) con los Ferrocarriles Franceses (SNCF) y con el British Rail, antes de que desapareciera como tal tras las privatizaciones impulsadas por el gobierno neoliberal de Margaret Thatcher en los ochenta. Y también con las Oficinas de Turismo de Francia y de Gran Bretaña. Previo pago de algún pequeño importe, y bastantes semanas de gestiones, conseguí hacerme con varios pesados tomos (antes del PDF existía el papel impreso como soporte de información) con los horarios completos de las dos redes ferroviarias y con guías de alojamientos disponibles en las zonas que queríamos visitar.
Big Ben y Houses of Parliament (Londres).
(JMBigas, Marzo 2003)

Tras evacuar diversas consultas con el grupo, fuimos afinando la elección de alojamientos y tuve más intercambios postales con varios Hostels en Londres y en París, y varios Bed and Breakfast en la zona de las Highlands que queríamos visitar, así como en el Lake District que, como casi nos venía de paso, decidimos hacer un pequeño desvío para visitar también un poco esa región.

Finalmente, conseguimos formalizar algo bastante parecido a una reserva en todos ellos, y teníamos claro el itinerario y los horarios de los trenes que queríamos tomar, aunque sólo habíamos comprado los billetes para los trayectos nacionales (de Barcelona hasta la frontera y viceversa). Para el resto habría que ir escribiendo a mano los sucesivos trayectos en el cuadernito en que se sustanciaba el Inter-Raíl.
Torre de Londres
(JMBigas, Agosto 2003)

Visto con la perspectiva del tiempo, debo entonar un cierto mea culpa. Cuando viajo, siempre me ha gustado tener todos los detalles al máximo bajo control, y reducir, en lo posible, las sorpresas a las fiestas de cumpleaños. Eso, ciertamente, da bastantes dosis de seguridad, pero le resta algo de aventura al conjunto. A veces me gusta pensar cómo hubiera sido la experiencia de llegar a Londres a las seis de la tarde sin alojamiento reservado, lo que me da un cierto vértigo. 

Más adelante, en los 80 y principios de los 90, hice, con diversos amigos, varios viajes en coche por Europa, y también alguno por Estados Unidos, básicamente sin ninguna planificación previa, a lo que fuera surgiendo. Junto a experiencias ciertamente positivas, puedo recordar algunos episodios mayormente enojosos. Un verano, por la Costa Azul, acabamos en una sórdida habitación oscura y piojosa por los arrabales de Niza, tras tantear docenas de hoteles, todos completos, y otra noche tuvimos que dormir en el coche, camino de Grasse, en un apartado de la carretera, con una fuente. Claro que luego, por la mañana, descubrimos la suerte que habíamos tenido, cuando fueron afluyendo a nuestra zona, para refrescarse y lavarse la cara, los que habían dormido en otros lugares sin fuente. En otra ocasión, por la costa de Normandía, petada de turistas, tuvimos que aceptar en Cabourg como alojamiento una especie de granero al que había que llegar con linterna. Incluso una vez, en Las Vegas, seguramente la ciudad del mundo con mayor densidad de plazas hoteleras, coincidimos con un Congreso Médico que tenía llenos todos los hoteles y moteles a 150 millas a la redonda. Nos tocó sobrevivir toda la noche de casino en casino, y por la mañana salir huyendo hacia Reno, donde sí conseguimos un hotel donde dormir toda la tarde de ese día.
Columna de Nelson en Trafalgar Square
(JMBigas, Agosto 2003)

Con ello os quiero decir que sí, que es verdad, que me pierde a veces el afán de planificarlo todo. Pero en ese pecado, como en la gran mayoría, por cierto, está la recompensa y la penitencia a la vez. He aprendido que el tiempo de planificar un viaje en casa, antes de salir, es barato, no tiene un límite definido, mientras que el tiempo en que uno está viajando es demasiado caro como para desperdiciarlo atendiendo a temas de logística básica.

Superada esta digresión, sigamos con los preparativos de ese primer viaje. Todos nos preocupamos de tener los pasaportes en vigor, y también de llevar encima las divisas que pensábamos podíamos necesitar en todo el viaje. Que yo recuerde, ninguno de los cuatro tenía una tarjeta de crédito, como, por otra parte, la inmensa mayoría de españoles de la época. Hubo que realizar gestiones bancarias previas para comprar una cierta cantidad de francos franceses y otra cierta cantidad de libras esterlinas. Con todo ese efectivo, más o menos escondido y más o menos protegido, tendríamos que lidiar durante el viaje.
Tower Bridge
(JMBigas, Agosto 2003)

En la actualidad, viajar a Francia, o a muchos otros países de la Unión Europea, no tiene ningún problema, pues utilizan los mismos euros que utilizamos todos los días en casa, y podemos pagar casi todo con plástico u obtener algo de efectivo en cualquier cajero automático. Gran Bretaña sigue utilizando sus libras, pero cuando viajo de vez en cuando a Londres, cojo la pequeña cantidad de libras que me sobró del anterior viaje, pago billetes, hoteles, comidas, etc. con tarjeta y, si lo preciso, obtengo alguna pequeña cantidad adicional de libras en billetes de cualquier cajero automático que encuentre allí por la calle. En alguna ocasión he llegado a realizar un viaje donde he gastado unos 2.000€ en total, y únicamente he utilizado 10€ en efectivo. Hace cuarenta años, esas cosas eran pura ciencia ficción.

Así nos plantamos a mediados de Julio, con el curso académico satisfactoriamente finiquitado, y a punto para iniciar el viaje los Cuatro Magníficos, todos entre los 19 y los 21 años.
Columna de Eros, en Piccadilly Circus.
(JMBigas, Marzo 2003)

Por esa época, la idea de que el equipaje puede moverse sobre ruedas era sólo un concepto alocado en la cabeza de algún diseñador. Como tampoco éramos amantes de las mochilas para echarse a la espalda, cada uno de nosotros acabó saliendo de casa con una bolsa o maletita de mano, que había que acarrear a peso, siempre que no tirara de nosotros algún medio mecanizado. Recuerdo perfectamente que mi bolsa era de náilon color naranja y que ya pesaba mucho más de lo recomendable al iniciar el viaje. Y como el equipaje lo carga el diablo, ya os podéis imaginar el panorama de mis muchos sudores a lo largo del viaje.

La víspera de la partida, prevista para el 14 de Julio, Ignasi cayó enfermo de anginas, con fiebres muy altas. Estuvimos evaluando la posibilidad de cancelar el viaje, pero el padre de Ignasi nos animó a seguir con lo planificado, y se comprometió a enviarnos a su hijo a Londres por avión dos o tres días después. No sé muy bien cómo lo hizo al final, pero lo cierto es que, efectivamente, el grupo de los cuatro se reunió de nuevo en Londres.
Una locomotora como esta tiraba del Cataluña Exprés.
(Fuente:railwaymania)

José, Santiago y yo iniciamos, pues, el viaje, tal y como estaba previsto, a las cuatro de la tarde de ese día de Julio desde la Estación de Francia de Barcelona. Mi padre me llevó hasta la estación, y creo que también la familia de alguno de mis compañeros les acompañó hasta allí. El Cataluña Exprés, que nos llevaría hasta la estación fronteriza de Cerbère, era un expreso de los de toda la vida, con una locomotora color plata al frente, y vagones marrones divididos en departamentos de ocho asientos para la 2ª clase (por supuesto, la nuestra), y un largo pasillo lateral.
Un tren parecido a este nos esperaba en los andenes
franceses de la estación de Cerbère.
(Fuente: trains-en-voyage)

Tres horas después, hacia las siete de la tarde, llegamos primero a Port Bou, la última estación española (bueno o catalana del sur) y luego, despacito, hasta Cerbère. Allí ya tuvimos que agarrar el equipaje, bajar del tren y realizar las correspondientes formalidades fronterizas y aduaneras, control de pasaportes y demás. Finalmente accedimos a los andenes de los ferrocarriles franceses, y allí estaba esperándonos la primera joya exótica del viaje: el Corail Côte Vermeille-Paris. A nuestros ojos, era un tren mucho más moderno que el que nos había traído hasta allí, y era el primer contacto con Francia, la sensación fuerte de irnos de casa, de verdad.
Vista aérea de la estación ferroviaria de Cerbère.
(Autor: Jordi Verdugo; Fuente: wikipedia)

Nos acomodamos en plazas sentadas de 2ª clase, dispuestos a pasar la noche como buenamente pudiéramos. El tren salió a su hora exacta, algo después de las ocho de la tarde. Como hablábamos entre nosotros habitualmente en catalán, en algún momento de la noche algún compañero ocasional de departamento nos preguntó si éramos rumanos, sin intuir que realmente éramos polacos. Hasta Perpignan, el tren hizo varias paradas (Banyuls y Collioure, entre otras), por algo el nombre del tren invocaba el nombre de la Côte Vermeille. Luego las paradas se fueron espaciando más: Narbonne, Carcassonne, Toulouse, Montauban (donde, por cierto, está la tumba de Manuel Azaña), Cahors, Brive-la-Gaillarde, Limoges, Châteauroux, Vierzon, Orléans y, finalmente, París-Austerlitz. Entre cabezada y cabezada, recuerdo haber visto la mayoría de esas estaciones, e igual todavía me olvido de alguna. Llegamos a la estación de Austerlitz en París exactamente a la hora prevista, las 7.47 de la mañana. Otra prueba de que estábamos fuera de casa y que ese país funcionaba bastante mejor.
Trenzado de vías de acceso a París-Austerlitz.
(Fuente: wikimapia)

Íbamos a enlazar directamente hacia Londres (ya nos pararíamos en París a la vuelta), y nuestro tren (bueno, el que había planificado como nuestra mejor opción) hacia Boulogne-Maritime salía de la Gare du Nord pasadas las diez de la mañana. Recuerdo que me di el capricho de tomar un café au lait en alguno de los bares de la zona de la estación, con un delicioso croissant de esos que cogías directamente de los boles puestos a disposición de los clientes, que han desaparecido en toda Francia, salvo quizá en algún café de pueblo, donde la clientela es conocida. Eso sí, como sigue siendo la regla, ausencia total de servilletas a disposición del público. Digo yo que un pueblo que inventó el bidé y los perfumes y que no tiene autoservicio de servilletas en los bares, es digno de toda sospecha de que la limpieza no está entre sus principales valores. También me llevé un susto monetario pues, al interesarme por una postal (de alguna forma había que reportar a casa el avance del viaje) me dijeron que valía quatre-vingt (realmente ochenta céntimos) que yo entendí como cuatro francos y pico y arranqué a sudar. 
En un ferry parecido a este cruzamos el Canal de la Mancha
(English Channel) entre Boulogne y Folkestone.
(Fuente: vortigernstudies)

Para llegar a la Gare du Nord tomamos la línea 5 del Metro, dirección Église de Pantin (hasta que en 1985 se inauguró la prolongación hasta Bobigny-Pablo Picasso). Directo, sin cambios, nueve estaciones. Por cierto, nuestras familias podían imaginar que estábamos en París, pero no tenían confirmación alguna de ello. Tened en cuenta que el inventor del WhatsApp no había ni siquiera nacido.

En esa época, el viaje en tren París-Londres tenía tres etapas. La primera, en un tren francés, nos llevó, en unas tres horas, hasta el puerto de embarque, en nuestro caso, Boulogne-Maritime. Allí pasamos el control de fronteras francés y embarcamos en un ferry de Sealink, dirección a Folkestone. Esa ruta, en viaje diurno, creo que duraba algo menos de dos horas. A bordo se podía agilizar el control británico de inmigración, pasando el correspondiente control de pasaportes, debiendo responder a varias preguntas, tras rellenar un impreso donde había que indicar una dirección durante nuestra estancia en Gran Bretaña.
En una de estas casas de Cranley Gardens SW7 3BD estaba
nuestro alojamiento en Londres.
(Fuente: Google Earth Street View)

La travesía fue bastante plácida. Al llegar a Folkestone, tocó de nuevo acarrear el equipaje, pasar el control aduanero (si ya se tenía el pasaporte sellado del barco, el proceso era mucho más rápido) y subir a un tren inglés que nos llevó hasta Londres, en algo así como hora y media. El vagón era de esos antiguos con muchas puertas que se abrían a mano, y cada grupo de cuatro asientos tenía su propia puerta de acceso. A su hora emprendimos el recorrido en dirección a London Victoria, donde acabamos llegando pasadas las seis de la tarde, hora británica. Un París-Londres de siete horas, frente a las poco más de dos que tarda en la actualidad el Eurostar que circula a alta velocidad y cruza el Canal de la Mancha por el Eurotunnel, hasta la modernísima estación de St. Pancras. O, por cierto, una travesía marítima de hora y media (mínimo) frente a los 35 minutos que se tarda en la actualidad en cruzar el Eurotunnel con el coche a bordo de uno de los trenes lanzadera.
Ignasi, José y yo mismo, tumbados en la hierba
de Hyde Park.
(S. Carranza, Julio 1977)

En Londres habíamos reservado cama en un garito llamado algo así como Abcone Youth Hostel, en Cranley Gardens, por la zona de South Kensington. No sé muy bien cómo llegamos hasta allí, pero el caso es que acabamos llegando. El tal Hostel era una pocilguilla regentada por pakistaníes, con poco orden y ninguna limpieza. Con un vago movimiento de la mano, el responsable nos indicó el camino hacia las habitaciones, y recuerdo que me tumbé en una cama junto a otra donde estaba durmiendo un motorista alemán que no se había quitado ni siquiera las botas. Eso sí, costaba unas pocas libras pasar la noche allí.

Por la mañana, en el desayuno (bastante espartano, a base de tostadas con mantequilla y mermelada y bebida caliente) el primer día pedí café. Aprendí rápido que, aunque no sea santo de mi devoción, más valía un té correcto que un café nefasto, y ya pedí té en todos los desayunos en Gran Bretaña de los días siguientes.
Santiago, entre los principales dirigentes de la época,
en el Museo de Cera de Madame Tussaud.
(S. Carranza, Julio 1977)

Estuvimos dos o tres días en Londres, durante los que anduvimos lo que no está ni escrito. Porque andando se ve mejor todo, y porque el Metro (o, para el caso, los autobuses, todavía peor) era un jeroglífico en el que resultaba prácticamente imposible orientarse si no se era nativo nativo. Además, no había un precio unificado, de modo que cada trayecto tenía su precio propio, y en las estaciones había largos paneles con la relación de estaciones a las que se podía viajar por 20p, y otra lista para los 30p. y así sucesivamente. Además, por el mismo andén circulaban (y circulan) trenes de diferentes líneas, por lo que realizar el trayecto deseado, sin errores y sin incurrir en ilegalidad tarifaria era tarea poco menos que imposible.

Recorrimos, pues, a pie, buena parte de la ciudad, y visitamos la Torre de Londres, los lugares principales del centro (Trafalgar Square, Piccadilly Circus, Hyde Park, Houses of Parliament, Big Ben, Westminster Abbey, etc.) y algún museo (creo que la National Gallery y no sé bien si también el British Museum, así como Madame Tussaud). Como no existía todavía la noria gigante, el London Eye, pues no tuvimos que tomar la decisión de si montar o no.
Escultura del Monstruo del Lago Ness, que sustituye al
monstruo real en las fotos de todos los turistas.
(JMBigas, Agosto 1995)

En algún momento se juntó al grupo Ignasi, que había volado directamente desde Barcelona, enviado por su padre.

Londres era, por entonces, un mundo muy aparte de la Europa Continental, y a años luz de la extremadamente provinciana España. Carnaby Street representaba una cierta modernidad, o progresía, no sé muy bien, que nos parecía bastante revolucionaria. Cerca de Piccadilly, recuerdo haberme metido en alguna sex shop (el propio concepto era para los españolitos de la época de un avanzado que tumbaba de espaldas). Como anécdota, recuerdo a una dependienta que intentaba convencer a un cliente, que deseaba comprar una película X, que cuando ya se ve todo, no se puede ver más.
Riberas del Loch Ness, en Inverness.
(JMBigas, Agosto 1995)

En algún momento también me metí en un Cine X donde, frente a la butaca, había una pequeña repisa para el cenicero (se podía fumar, por supuesto) y para una cerveza o una copa. De hecho, todos los convoyes del Metro tenían un vagón para fumadores (con visibilidad muy reducida por la espesa nube de humo) y se podía fumar sin restricciones en todas partes, incluyendo las estaciones. En fin, un puro atavismo de cuando fumar no era malo para la salud.

Para nosotros era un choque cultural que, junto con la comida, para beber, en todas partes te ofrecían té o refresco (Coca-Cola y así), pero el agua embotellada era un producto simplemente inexistente. Alguna vez que nos atrevimos a pedir agua, nos miraban extrañados y nos decían que si del grifo o qué.
Ribera del Loch Ness. Se puede ver una de las bicicletas
que alquilamos para dar el paseo.
(S. Carranza, Julio 1977)

Porque, claro, para vender alcohol (cerveza, vino), los locales debían tener una licencia especial, que muchos no tenían. Por entonces yo no era muy aficionado a la cerveza, pero los pubs, que servían alcohol de todas las graduaciones, tenían un horario muy restringido. Quizá fue uno o dos años después que volví a Londres, esta vez con Ferran, poco antes de que un tumor cerebral se lo llevara por delante en plena juventud. Un amigo suyo nos invitó a una barbacoa multitudinaria en uno de esos sótanos con patio trasero que son bastante habituales en Londres. Había vino francés peleón, de tetra brik (o así), y acabamos muertos y más que borrachuzos. Dormimos como pudimos en sacos de dormir por la casa. De noche, me levanté para ir al servicio y a la vuelta, palpando, me metí en el primero que encontré, que acabó siendo una mortaja de hospital, pues uno que vivía allí trabajaba en un hospital de Londres. Muertos, por la mañana, sonó Diana como a las once, con la indicación de que debíamos darnos prisa para ir al pub antes de que cerrara a la una de la tarde. Creo que es la única vez en mi vida que en un pub me pedí un refresco, pues era incapaz de trasegar una cerveza con la resaca que llevaba encima y prácticamente en ayunas. No fue sino muchos años después, en una boda en Orense, que aprendí que una (dos, tres,...) cerveza(s) son el mejor remedio conocido para cuidar la resaca.
El Ben Nevis (elev. 1345m), se intuye entre las nieblas,
desde Fort William.
(S. Carranza, Julio 1977)

Mi salvación gastronómica en Londres fue algún restaurantito italiano familiar por el West End, donde se podía comer por un precio asequible una pasta decente y hasta un escalope milanesa, con una jarra de vino (peleón) italiano, vertido directamente desde uno de esos bottiglioni gigantes (no sé si de 3, 5 o más litros). Un tipo de envasado que ha sido sustituido completamente por el llamado BiB (Bag in a Box).

Con ampollas en los pies de tanto andar, pasaron los dos o tres días que dedicamos a Londres, y llegó el momento de tomar el tren que nos debía llevar hasta Inverness, en las Tierras Altas escocesas. Habíamos previsto tomar el tren nocturno, el Royal Highlander, desde la estación de Euston. Al llegar allí, descubrimos que el tren no tenía plazas sentadas, sino sólo departamentos de coche-cama. Y, claro, el Inter Raíl no nos permitía ocupar uno de esos. Tuvimos que pagar un suplemento de unas poquitas libras (la verdad es que en ese momento hasta nos pareció barato) por dos departamentos con dos camas cada uno, un lavabo en la esquina, al levantar la mesa rinconera, y un WC al final del pasillo exterior.

Por la mañana, en ese lavabo, por partes y con cierto orden, conseguí casi completar una ducha oficial.
Banda de Gaiteros en Fort William.
(S. Carranza, Julio 1977)

En Inverness habíamos reservado un Bed and Breakfast en una casa algo apartada de la estación. Recuerdo una larga caminata, acarreando el equipaje a peso, por supuesto. Nos recibió una señora muy amable, que nos enseñó las dos habitaciones y nos invitó a tomar el té a las cinco en punto de la tarde, y nos indicó el horario del desayuno para la mañana siguiente.

Alquilamos unas bicicletas, y nos dimos algún paseo por las riberas del Loch Ness, atisbando al monstruo que, como todos los miles de personas que visitan Inverness cada año, por supuesto no vimos. La verdad es que nunca he tenido una forma física atlética. Los años, una vida sedentaria, el sobrepeso y un prolongado hábito de fumador no han hecho más que empeorar las cosas, pero incluso a mis 19 años no estaba en muy buena forma física. De forma que recuerdo que, a bordo de las bicicletas, yo siempre cerraba el grupo, a cierta distancia del siguiente, y tenía que parar de vez en cuando, para recuperar el resuello, ralentizando al grupo, lo que provocaba el enojo especialmente en José, que se había erigido en el líder del pelotón.
Niñas de Fort William, saludando a los Forasteros
(que éramos nosotros)
(S. Carranza, Julio 1977)

No sé si estuvimos uno o dos días en Inverness (al este de las Highlands), pero luego teníamos que ir a Fort William, en el oeste. Por carretera es un trayecto de unas 65 millas, que se podría realizar en coche en algo más de hora y media. Pero nosotros íbamos de tren, por lo que me parece que tuvimos que dar un rodeo, una uve gigante, que nos llevó casi el día entero, con cambio de tren en Stirling y no sé si incluso llegando hasta Glasgow Queen Street y hacia el norte de nuevo.

Fort William (pop. 9908 en 2001) es un pueblecito precioso de las Tierras Altas escocesas. Me acuerdo de las partidas de mini golf que jugamos en una cancha municipal que estaba muy cerca de la estación. Allí habíamos reservado habitación en otro B and B, del que no recuerdo nada.
Santiago con el Loch Shiel de fondo,
en el Glenfinnan Monument.
(S. Carranza, Julio 1977)

Entre persistentes nieblas, desde Fort William pudimos ver el relativamente cercano Ben Nevis, que es la montaña más alta del Reino Unido con sus 1.345 metros de altitud.

Creo que en autobús fuimos hasta el Glenfinnan Monument (a unas 20 millas de Fort William), una torre ubicada en las riberas del Loch Shiel, dedicada a los hombres del clan Jacobita, que lucharon valerosamente y murieron defendiendo la causa del Príncipe Carlos Eduardo Estuardo.

Desde Fort William habíamos previsto una visita a Windermere, en el llamado Lake District, en tierras de Cumbria. Tomamos un primer tren hasta Glasgow Queen Street. Allí nos permitimos uno de los pocos lujos del viaje, y nos metimos los cuatro y el equipaje en un taxi, que nos llevó hasta Glasgow Central, de donde salían los trenes hacia el sur.
Ajeno a la bromita de Ignasi, yo mismo en el Glenfinnan
Monument, junto al Loch Shiel.
(S. Carranza, Julio 1977)

Tomamos uno, probablemente con destino a Londres, tras asegurarnos de que tenía parada en Oxenholme. Allí tomamos otro trenecito, que parecía un camión sobre raíles, para llegar tras algo más de media hora, a Windermere. Recuerdo que llegaríamos ya por la tarde, y pasamos el siguiente día completo allí. Habíamos reservado otro B and B, en el que otra señora también nos trató con mucha amabilidad.

Alquilamos de nuevo unas bicicletas, y nos dimos algunos paseos alrededor del Lago Windermere, rodeado por unos paisajes idílicos.
Desafiando la persistente llovizna, junto al
Lago Windermere, en el Lake District.
(S. Carranza, Julio 1977)

Llegó ya el momento de la vuelta hacia París. Tomamos de nuevo el camión sobre raíles hasta Oxenholme y, desde allí, un tren hasta London Euston. No recuerdo bien cómo fuimos desde la estación de Euston hasta la de Victoria, pero probablemente fuera en el Metro.

A estas alturas, creo recordar que había conseguido hablar con mi casa por teléfono una vez, desde una de esas cabinas rojas que ya son piezas de museo, armado con una provisión de monedas y superando bastantes problemas técnicos. También había enviado alguna postal por correo, pero seguramente acabó llegando a casa más tarde que yo mismo.
El Windermere Lake, desde un globo aerostático.
(Fuente: lakedistrictballoonrides)

Para el viaje Londres-París, esta vez, habíamos previsto el viaje nocturno, para llegar a París por la mañana. La travesía marítima era desde Dover hasta Dunquerque. Entre que la distancia era más larga y que por la noche los buques avanzaban con más lentitud, creo que estuvimos unas cinco horas a bordo del barco. Había, quizás, un par de vagones de coche-cama (que no eran, por supuesto, los nuestros), que montaban directamente en el barco, y en destino se enganchaban a un tren francés para llegar a París sin que los pudientes viajeros hubieran tenido que abandonar sus camas.

Pero, para la plebe, y esta vez a horas francamente intempestivas. el trayecto nos obligó de nuevo a acarrear el equipaje varias veces. Primero en Dover, más o menos a medianoche, para ir desde el andén de la estación ferroviaria de los muelles hasta el barco. Y luego, lo mismo en Dunquerque, como a las cinco o seis de la mañana. Eso sí, recuerdo algún momento asomado a la borda y disfrutando de la noche del Canal, a la luz de la Luna, en una escena que fue casi de película.
En alguna casa de esta rue Jean-Jacques Rousseau
estaba nuestro alojamiento en París.
(Fuente: Google Earth Street View)

Finalmente llegamos a la Gare du Nord de París a las ocho o nueve de la mañana. Allí habíamos reservado camas en un garito de la rue Jean Jacques Rousseau, una calle estrecha del 1er. Arrondissement, entre el Louvre y la Bourse. Otra vez unas habitaciones compartidas con camas ocupadas por unos u otros con cierto descontrol. Recuerdo haber tenido allí una charla algo contradictoria con un estadounidense pelirrojo, de unos veintipocos años, revolucionario y antiimperialista, hasta que le tocabas el tema de la Coca-Cola o el Marlboro, que le parecía fenomenal que lo pudiera consumir en cualquier lugar del mundo al que viajara.
Notre Dame desde la Rive Gauche.
(S. Carranza, Julio 1977)

Durante el par de días que estuvimos en París no pudimos visitar el Louvre, pues los funcionarios del Ministerio estaban, casualmente, de huelga. Pero sí fuimos a todos los lugares más emblemáticos de la Ciudad Luz, como la Tour Eiffel, las Tullerías y los Campos Elíseos, el Sena y el Barrio Latino, Notre Dame, Pigalle y Montmartre con su Sacré Coeur, etc. Allí sí utilizamos mucho el Metro, que nos resultaba mucho más fácil de entender y seguir que el de Londres.

Por los bulevares de Pigalle visitamos, por la novedad, alguna sex shop, y recuerdo también una visita al Axis, un sórdido cine X que estaba en el mismo bulevar. Tuvimos que esquivar, por supuesto, a los porteros de los infinitos cabarets de la zona, que chapurrean todas las lenguas del mundo.
Arco Triunfal en la Place du Caroussel,
Complejo del Louvre.
(S. Carranza, Julio 1977)

En comparación con lo extraña que nos había sonado toda la gastronomía en general por Inglaterra y Escocia (con su fish and chips como plato estrella), en París todo nos pareció como bastante más próximo, aunque ciertamente caro en muchas ocasiones, especialmente para nuestras mermadas economías.

Y finalmente llegó el día de la vuelta a casa, simétrica respecto a la ida. Salida de la Gare d'Austerlitz como a las nueve o diez de la noche, muchas horas de traqueteo por el centro de Francia, de nuevo en los que entonces eran nuevos vagones Corail, y llegada a Port Bou como a las diez de la mañana. Tras los correspondientes trámites fronterizos y aduaneros, tomamos el Cataluña Exprés dirección a Barcelona, donde acabamos llegando, si no recuerdo mal, hacia las dos de la tarde. En la Estación de Francia nos esperaban nuestras respectivas familias, despedidas y Fin del Viaje.
Sacré Coeur de Montmartre
(JMBigas, c. 1990)

La verdad es que para un primer viaje al extranjero fuimos muy ambiciosos, para la época, claro. Pero la verdad es que todo salió más o menos como lo habíamos previsto, y pudimos disfrutar mucho de todas las partes del viaje. De otra parte, supimos hacer frente con entereza a los pequeños sinsabores que inevitablemente jalonan un viaje de este tipo (como la persistente llovizna en el norte, por cierto). Yo le pillé el gusto al Inter-Raíl, y lo utilicé los años siguientes para moverme por muchos lugares, desde Roma hasta Copenhague, pasando por Holanda, Bélgica o Alemania.

Para ilustrar esta crónica he utilizado todas las fotos significativas disponibles originales del viaje de 1977 (cortesía de Santiago Carranza, que creo fue el único que llevó una cámara de fotos, de carrete, por supuesto). Como son muy poquitas lo he completado con otras fuentes, como algunos viajes míos posteriores a los mismos destinos, y la fuente inagotable de Internet.

Podéis también leer algunas crónicas concretas que he dedicado a París (Sacré Coeur, Tour Montparnasse, Jardin du Luxembourg, bateaux mouches) y a Londres (The Shard, Little Venice, Chelsea Harbour, sus calles, teleférico de las Docklands, el Londres Olímpico, el Borough Marketel Brixton Market), así como a Gales, al West Country, a Stonehenge, a Belfast, a la lanzadera del Eurotunnel y a Irlanda.

JMBA

miércoles, 12 de abril de 2017

Calçotada 2017 en Alcalá de Henares

Parece mentira, pero ¡ya van veinte!. Con su infatigable labor de hermanamiento de las tierras de Tarragona con Alcalá de Henares y la comarca complutense, Isidre Papiol, auténtica alma mater de la Calçotada de Alcalá, no ha cejado un solo momento en todo este tiempo para mantener la celebración anual en torno al asado de los calçots. Su recompensa es esta 20ª Calçotada (y todas las que han de venir todavía, en los próximos años).

En 2016 se inauguró nueva sede, en el MOMO Sports Club del Centro Comercial La Dehesa. De fácil acceso, junto a la Autovía del Nordeste (A-2), sus capacidades, sus instalaciones y su vocación de acogida, así como la total satisfacción de los asistentes el año pasado, lo han convertido, por el momento, en sede permanente.

Cuando llegamos los comensales, las hogueras ya estaban humeantes,
y el olor de los calçots inundaba el aire.



Las mesas largas estaban preparas con todo lo necesario para disfrutar
de la jornada.





La convocatoria fue para el sábado 1º de Abril, que fue uno de esos días primaverales que a menudo nos regala Madrid, en que a pleno sol se puede estar ardiendo en manga corta pero que más vale tener una rebequita a mano por si una nube lo oculta. Los jardines exteriores del MOMO fueron el escenario ideal para esta tradicional celebración gastronómica. El éxito de asistencia de 2016 ha aconsejado este año organizar una celebración gemela al día siguiente, el domingo 2 de Abril, especialmente dirigida a los amigos del MOMO.

La inscripción anticipada, imprescindible para garantizar que el número de asistentes se mantenga dentro de los márgenes que permiten asegurar el éxito total de la convocatoria, dejaba escoger entre el Menú para Adulto y el Menú para Niños de hasta 14 años. El Menú para Adulto (27€ por persona) era el clásico, incluyendo 20 calçots asados, un segundo plato de butifarra, judías blancas y patata asada, y postre a base de torrijas. El Menú Infantil (8€ por niño) permitía elegir entre pasta con salchichas o hamburguesa con patatas.

Uno de los atractivos del MOMO es que ofrece una ludoteca con monitores, que mantiene entretenidos (y vigilados) a los niños mientras los mayores disfrutan con la celebración gastronómica.

La cita era para la una y media de la tarde, aunque la ludoteca ya estaba en servicio desde el mediodía, para facilitar la vida a todo el mundo. En la mesa de recepción cada comensal recibió un boleto que incluía todo lo necesario para disfrutar de la jornada: tickets para recoger, en modo autoservicio, la ración de calçots, la butifarra con guarnición y el postre (acompañado de una copa de cava), así como un número único para el sorteo que se celebró al final.

Varias mesas largas estaban ya preparadas, incluyendo pan, boles con salsa romesco para los calçots (original de Molí de Pomerí), porrón para el vino y vasos. Durante toda la comida, en la barra hubo servicio permanente de bebidas (cerveza, vino, agua), incluido en el precio, y también facilidades para la reposición, si fuera necesaria, del pan y/o la salsa romesco. Para completar el entorno mediterráneo y tarraconense de la celebración, el vino servido fue el tinto Capvespre (D.O. Catalunya) de los Cellers Domenys.

Con la butifarra se sirvieron también pequeños boles con salsa allioli, elaborada con aceite de oliva virgen Els Vergerars (D.O. Siurana) de la Cooperativa Agrícola de Salomó (Tarragona).



Llegué al MOMO en torno a la una y cuarto de la tarde y, tras recoger el correspondiente boleto, pude ver el espectáculo que ofrecían las diversas hogueras con parrillas llenas de calçots, cuyo aroma inundaba el ambiente. En los siguientes minutos fueron llegando amigos, conocidos y asistentes en general.

Los baberos gigantes son un atrezzo imprescindible de
cualquier calçotada.

Las tejas con los calçots envueltos en papel de periódico, a punto para
su consumo.







Llegó el momento de recoger la estrella del día: la teja con una veintena de calçots asados, envueltos en papel de periódico. Y, por supuesto, junto a los calçots cada comensal disfrutó del tradicional babero gigante. Comer calçots es una actividad con alto riesgo de dejar la ropa del comensal manchada sin remisión, tanto por el carboncillo de brasa del exterior de los calçots como por el clásico efecto hisopo del calçot impregnado de salsa romesco. Por eso los baberos forman parte del utillaje imprescindible para cualquier calçotada que se precie.

Aquí cada cual desplegó sus mejores habilidades y técnicas para pelar y comer los calçots, rivalizando en enfatizar los modos más canónicos y ortodoxos para esa labor. Algunos se atrevieron a beber el vino del porrón en alto, mientras otros preferimos la relativa seguridad del escanciado en vaso. Personalmente, consigo beber sin mucho problema directamente del porrón en alto, pero casi nunca consigo que el corte sea lo suficientemente enérgico como para evitar que las últimas gotas, o el último chorrito, acabe manchando mi pechera.

Merece aquí un aplauso el personal del MOMO, que estuvo todo el tiempo servicial y atento, y consiguió que en ningún momento se formaran colas para recoger los calçots o el resto de platos.

Junto con la torrija (de la que algunos repitieron) se sirvió una copa de cava Les Tres Naus, de Cellers Domenys. Este cava se elabora íntegramente en la llamada Catedral del Vino, una joya modernista erigida en 1918 por César Martinell, en la localidad de Rocafort de Queralt, en la comarca de la Conca de Barberà, provincia de Tarragona.

Tras los postres, Isidre y la organización buscaron una mano inocente para el sorteo habitual. Como todos los años, la estrella del sorteo fueron unas cuantas botellas de 75cl de aceite virgen extra Els Vergerars (D.O. Siurana) de la Cooperativa Agrícola de Salomó.

La mesa de premios, para el sorteo final.

Quien quiso pudo comprar calçots o aceite, para recrear la
celebración en casa.


Manos inocentes, para el sorteo de premios.


Vicente Fernández Fernández glosó el papel del alcalaíno
Manuel Azaña en el Estatut de Catalunya de 1932.

María Jesús Vázquez Madruga glosó la figura de la conocida como
La Doctora de Alcalá.


Para finalizar, hubo un par de breves discursos por parte de prestigiosos historiadores de la comarca complutense, para destacar algunos aspectos del pasado alcalaíno. Por su parte, Vicente Fernández Fernández destacó el papel relevante que jugó Manuel Azaña (nacido en Alcalá de Henares en 1880 y a la sazón Presidente del Consejo de Ministros de España de la II República) en la proclamación del Estatut de Catalunya de 1932.

Luego, María Jesús Vázquez Madruga glosó la figura de La Doctora de Alcalá. María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda (1768-1803), habitualmente conocida como María de Guzmán, fue la primera mujer que ostentó en España el título de doctor, precisamente en la Universidad de Alcalá de Henares, y la dignidad de académico de la lengua.

Entre las cinco y las seis de la tarde, los asistentes se fueron retirando, tras una jornada de celebración de una tradición gastronómica de hermanamiento entre Complutum y Tarraco.

Quien quiso pudo comprar fajos de calçots de Valls en crudo (para repetir la experiencia de la calçotada en casa) o botellas o garrafas del excelente aceite de oliva arbequina virgen extra Els Vergerars.


Especial agradecimiento merece todo el personal de MOMO que nos atendió, que estuvo perfecto en todo momento en sus diversos cometidos. Y también las empresas tarraconenses que aportaron sus viandas a una mayor gloria de la jornada: Molí de Pomerí (salsa romesco), Celler Domenys (vino y cava) y la Cooperativa Agrícola de Salomó (aceite).

Y una felicitación muy especial a Isidre Papiol, que es el alma mater de esta Calçotada anual, y nunca ceja en su empeño de hermanar las tierras de Tarragona donde nació y la comarca complutense, donde ha vivido buena parte de su vida adulta.

Todo ello confiando, por supuesto, en vernos todos de nuevo en la próxima edición de 2018.

JMBA