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martes, 28 de julio de 2015

Catalunya como problema (político)

Ni Catalunya ni los catalanes tienen ningún tipo de problema (real) con el resto de España y el resto de los españoles. Está claro que en todos los bandos hay cerriles, estultos y maleducados. Pero dejando de lado todos los tópicos de uso exprés, no existe ningún problema real de relación.

Sin embargo, Catalunya sí es en la actualidad un problema político que hay que resolver.

El inicio de esta última etapa del independentismo catalán lo podríamos situar en esa promesa incumplible que hizo Zapatero, sobre un eventual Estatuto emanado del Parlament. Los siguientes pasos se dieron al judicializar el conflicto, fruto de un persistente (si no directamente tozudo) rechazo por parte del Gobierno de España de afrontar el conflicto desde un punto de vista político.

El siguiente escalón es de origen sociológico o de psicología colectiva. El proyecto de país que es España (todos los países necesitan tener un proyecto, una idea de lo que quieren ser de mayores) se ha deshinchado de forma alarmante. Actualmente, ser español no es nada de lo que nos sintamos especialmente orgullosos. Parecía que alcanzábamos el pelotón de cabeza de los países del mundo, pero eso ya es solamente una ilusión. El peso político de España en la Unión Europea es lamentable y bastante alejada de la que debería correspondernos por PIB y población.

La crisis gestionada por el PP nos ha llevado a ser un país de servicios de bajo valor añadido, sin ningún tipo de liderazgo reconocido en el mundo científico, técnico o industrial. Los salarios se han deteriorado de forma alarmante, y nuestra juventud mejor preparada no ha tenido otra solución que buscarse un futuro en otros países. Eufemísticamente, la Ministra de Trabajo le llamaba a este fenómeno movilidad internacional. Pero no nos engañemos, la mayoría de jóvenes que se van a Alemania, al Reino Unido, a Estados Unidos o al Sudeste Asiático no tienen en sus planes de futuro volver a España para que se les reconozcan sus muchos méritos. Es emigración pura y dura.

La mayoría de los españoles no tenemos mucho más remedio que resignarnos a esa realidad, sin dejar de trabajar para intentar salir de ese pozo, y confiando en que un liderazgo político de más altas miras y que genere un mayor entusiasmo nos pueda acompañar y liderar en ese camino.

En Catalunya, sin embargo, un político listo (al menos eso hay que reconocérselo a Mas) identificó esa debilidad como una oportunidad política. Añadiéndole un elemento de tipo práctico, como es la pésima definición e implementación de la financiación autonómica, tuvo todos los ases en la mano para asumir un papel mesiánico, entregado a la tarea de llevar a su pueblo a la Tierra Prometida.

En todos los territorios con una identidad histórica bien definida, hay una parte de la población que se siente visceral y emocionalmente independentista. Una minoría que no puede concebir cómo su tierra no tiene un estado propio, a pesar de que el propio concepto de estado es ya del siglo pasado. El siglo XXI es más bien el mundo de la globalización, los temas se resuelven en otros ámbitos y parte de la soberanía se delega a organizaciones supranacionales.

Yo estimo que esa parte de la población, en Catalunya, puede rondar el 20%. Igual, por cierto, que puede suceder en el País Vasco, en Bretaña, en Baviera o en Escocia. Desde un punto de vista estrictamente político, el papel de esa minoría es, habitualmente, puramente testimonial.

Sin embargo, los fenómenos coincidentes de crisis de proyecto de país y del España nos roba (para hacer corta una larga historia, aunque sea profundamente injusto decirlo así), permitió a Mas y sus socios de ERC (los tradicionales separatistas testimoniales) atraer a una parte bastante más importante de la población. Muchos ciudadanos que piensan que España no tiene remedio (especialmente mientras siga gobernando el PP), que perciben al país como demasiado casposo y con el que no sienten ninguna ilusión en identificarse.

El proyecto de construir un estado nuevo desde cero hay que reconocer que destila una cierta ilusión colectiva. Facilitada, por supuesto, con la idea de que España no tiene remedio. Un bote salvavidas que navega alejándose de un paquebote que zozobra.

Es en este entorno en el que se han desarrollado las movilizaciones ciudadanas masivas para los 11-S de estos últimos años, y todas las iniciativas políticas de los últimos tiempos, de forma muy especial el truncado (a medias) referéndum del 9-N.

El núcleo separatista de Mas y Junqueras (con la colaboración, si no directamente el liderazgo) de organizaciones de la llamada sociedad civil como la Assemblea Nacional Catalana u Òmnium Cultural, ha atraído a una parte ya políticamente significativa de la población catalana.

Mientras tanto, en el otro bando (asumamos que la situación ya tiene dos bandos bastante bien definidos) no ha habido una reacción política a la altura del desafío planteado. Rajoy y su Gobierno se han enrocado en el Imperio de la Ley y en la Constitución, y siguen empecinados en tratar judicialmente lo que son iniciativas políticas. Una medicina que no cura la enfermedad que sufrimos.

Posiblemente hoy, si se planteara un referéndum de verdad en que votaran todos los ciudadanos de Catalunya, el bloque independentista sumaría en torno al 40%.

Hay una parte importante de la población de Catalunya que no es ni se siente independentista. Pero este grupo ha estado prácticamente callado, quizá sojuzgado por un entorno que tiende a ser asfixiante de pensamiento único. Y las únicas voces que se han oído se han alineado, prácticamente, con el nacionalismo españolista tradicional del PP. Lo que es más grave todavía, es que a un porcentaje nada despreciable de los ciudadanos de Catalunya les da absolutamente igual.

No he visto a nadie, en todo el espectro político nacional, que haya intentado suministrar un remedio, una medicina, para el problema de fondo que ha convertido un sentimiento testimonial en un desafío político. Por parte del Gobierno de España no he visto la más mínima iniciativa encaminada a revisar y hacer más justo el sistema de financiación autonómica. Y tampoco ayuda el triunfalismo dialéctico respecto a la situación económica, sin que se adivinen visos de inquietud por mejorar la posición internacional de España, de dignificar la Marca España y de avanzar en un proyecto ilusionante de país.

Dicho sea de paso, la situación en el País Vasco no tiene nada que ver. Desde un punto de vista práctico, su Concierto Económico les garantiza una razonable financiación autonómica. Y su cuota de separatistas viscerales no es que estén resignados, pero son conscientes de que el aliciente de un Estado Vasco, en estas condiciones, es muy limitado. Saben y conocen las ventajas de estar integrados en la Unión Europea y en la zona euro, y su industria saca conveniente partido de ellas. Un Estado Vasco, hoy, no tendría mucho más sentido que el puramente emocional o sentimental.

Mientras tanto, Rajoy ni está ni se le espera. Su Gobierno no hace más que denigrar a Mas y a sus seguidores, amenazar con el Tribunal Constitucional y hablar del artículo 155. Intentar bajar la fiebre a gritos. Absurdo, si no fuera lamentable y patético.

Ahora se plantean unas elecciones autonómicas para el 27-S (que todavía no están convocadas) que Mas y Cia. insisten en calificar de elecciones plebiscitarias. Han elaborado una (curiosa) lista a la que han llamado Junts per el Sí, aunque la CUP no ha querido integrarse. Confío en que acabe habiendo otras listas, de derechas, de centro, de izquierda, que sean capaces de insuflar en el electorado una ilusión diferente de la independencia. Si no fuera así, podríamos estar encarando un episodio que, como mínimo, resultará muy enojoso.

Sólo si fructifican esas listas alternativas podría movilizarse el electorado hasta el techo técnico del 80% (un decir) y que de esas elecciones salga una radiografía razonablemente completa del estado actual de la sociedad catalana.

Y confiemos en que las Elecciones Generales de fin de año nos traigan un Gobierno con mucho más talante de diálogo, y con la idea clara de conseguir que el proyecto de España como país nos vuelva a generar ilusión a todos.

JMBA 

lunes, 27 de julio de 2015

Trainstation. Historia de una adicción.

Debo empezar diciendo que soy aficionado a los ferrocarriles en general. En el mundo del ordenador, he probado diversos simuladores ferroviarios, pero siempre me he acabado aburriendo. En los simuladores propiamente dichos, el atractivo de viajar a bordo de la cabina de un tren durante un par de horas es muy limitado. Y en los juegos de estrategia del mundo del ferrocarril, a menudo las reglas son tan complejas, que un jugador puramente lúdico como yo, se aburre, o incluso a veces se agobia sin saber muy bien si construir una nueva línea va a ser rentable o me llevará a la ruina.

Trainstation es un juego que parte de un principio diferente. Es uno de los miles que es accesible, por ejemplo, desde Facebook. Las reglas son relativamente sencillas, y eso hace que al empezar a jugar, en los niveles iniciales, muy probablemente un jugador normal puede hastiarse y abandonarlo.

Pero al progresar en el juego, el atractivo aumenta y se convierte en peligrosamente adictivo. Os contaré un poco todo el proceso.

Al empezar, el jugador tiene una pequeña estación, con vía única. Dispone de una pequeña cantidad de oro (la moneda virtual con que se pueden comprar nuevos elementos que añadir a la dotación del jugador) y unas pocas gemas (con las que comprar los elementos más nobles del juego).

Para acumular oro, hay que hacer viajar los trenes propios. Para ello, primero hay que comprar una locomotora y algunos vagones, y echarlo a andar.

Hay tres tipos de material que pueden viajar en los trenes: pasajeros, correo y carga. A su vez, la carga se divide en dieciséis categorías (madera, clavos, ladrillos, cristal, combustible, acero, grava, uranio, cemento, caucho, carbono, titanio, mármol, cables, plásticos, silicio). Al principio, sólo los más elementales están desbloqueados, mientras que los demás se van desbloqueando al avanzar por los diversos niveles.

La mecánica es muy simple. Para mover pasajeros o correo hacen falta vagones de pasajeros, de correo o mixtos de pasajeros y correo. Para mover mercancías hacen falta vagones especiales para cada tipo de carga. Y para mover un tren hace falta una locomotora y algunos vagones. No se puede mezclar en el mismo tren pasajeros/correo y carga, y tampoco pueden viajar en un solo tren más de cuatro tipos de carga diferentes.

La disponibilidad de mercancías es teóricamente ilimitada. El jugador envía un tren de carga a uno de los destinos previstos, con duración de recorrido entre los 6 minutos y una semana completa. De vez en cuando aparece algún destino temporal con rendimiento bastante superior al habitual. Tras ese tiempo, el tren vuelve a la estación del jugador, cargado. Cuanto más largo es el recorrido, mayor es la carga. Al descargarlo, los materiales transportados se acumulan en el almacén de la estación del jugador, de tamaño no limitado.

La disponibilidad de pasajeros y de correo siguen unas reglas distintas. De acuerdo a la configuración de la estación (número y tipo de edificios y/o decoraciones) hay un límite máximo de pasajeros que pueden esperar en la estación. Cuando se envía un tren de pasajeros, disminuye el número de pasajeros en espera en la estación. Los pasajeros en espera van aumentando con el paso del tiempo, a una velocidad igualmente definida por la configuración de la estación. Tanto el límite como la velocidad de regeneración pueden aumentarse temporalmente mediante las banderas. Estas se pueden recibir periódicamente como regalo, o bien pueden comprarse en la tienda (gastando oro, gemas o alguna cantidad de algún tipo de materiales).

El correo hay que cazarlo. En la estación, continuamente aparecen pequeños sobres volantes. Clicando en ellos, se acumula una pequeña cantidad de correo al almacén. De vez en cuando, aparecen paquetes de correo, de mayor capacidad, que descienden a la estación con paracaídas.

Las locomotoras se caracterizan por su tecnología y su potencia. Al principio sólo están disponibles las de vapor. Al avanzar en los diversos niveles, empiezan a estar disponibles las Diesel, eléctricas y, finalmente, las de levitación magnética (MagLev). Cuando están disponibles, para poderlas comprar y utilizar, hay que realizar el correspondiente gasto en la tienda.

Por su parte, la potencia de las locomotoras se expresa únicamente por el número de vagones que pueden mover. Mientras que las primeras sólo pueden acarrear cuatro o seis vagones, al avanzar en el juego pasan a estar disponibles las grandes locomotoras para varias decenas de vagones. Cada locomotora tiene asociado el impuesto para moverla. Cada vez que se moviliza, con sus correspondientes vagones, se produce un pequeño gasto de oro, de combustible o de uranio, independientemente de que el movimiento sea para un recorrido corto o largo. Este gasto está asociado a cada modelo de locomotora.

Las locomotoras y vagones no sufren deterioro por el uso y por ello no precisan de mantenimiento. Esto hace que el juego pueda manejarse con bastante sencillez.

La mayoría de elementos pueden ampliarse durante el juego, mediante la correspondiente compra en la tienda. Así, las poquitas posiciones locales (el número de trenes simultáneos que se pueden manejar), pueden aumentar a 4, 6, 8, 10, 15,... O la vía única de la estación puede ampliarse a doble, triple, cuádruple,... de modo que se puedan manejar varios trenes simultáneamente.

Cada movimiento de un tren, así como su descarga, producen una cierta cantidad de puntos de experiencia (XP). Su acumulación es la que define el paso al nivel siguiente. Cada paso de nivel produce una recompensa (en oro, en gemas, en algún tipo de material o en correo). Un nuevo nivel puede suponer que ya estén disponibles algunos elementos previamente bloqueados.

Con los primeros niveles, el jugador se habitúa con facilidad a la mecánica del juego. Pero los trenes son pocos y cortos y los rendimientos escasos. Esto provoca que jugar sea aburrido y es más que probable que el jugador decida abandonar el juego.

Al jugarse desde Facebook, se abren nuevas posibilidades. Si hay algunos amigos que también son jugadores, puede haber nuevas interacciones y recompensas mutuas. La verdad, las desconozco porque nunca me he atrevido a intentar convencer a ninguno de mis amigos de Facebook a jugar a Trainstation. Yo descubrí el juego al ver que un amigo jugaba, pero sólo lo hizo hasta el nivel 5, y luego lo abandonó.

Hay dos elementos fundamentales que son los que aportan atractivo al juego, y lo pueden convertir en adictivo. Aunque, a menudo, suponen un cierto coste (en euros reales).

El primero son las líneas internacionales. Hay un cierto número de jugadores virtuales, que ofrecen contratos al jugador. Algunos de ellos están bloqueados hasta que el jugador alcanza un cierto nivel. Un contrato consiste en que el jugador envíe una cierta cantidad de recursos (oro o mercancías) mediante los correspondientes trenes. Cuando se ha realizado, el jugador virtual paga una recompensa. Esta puede ser un cierto número de gemas, algún edificio o decoración que nos permita aumentar el límite de pasajeros de nuestra estación, alguna locomotora o vagón que habitualmente no está disponible en la tienda, o un cierto número de silbatos. Un silbato nos permite atraer a nuestra estación un tren llamado express. Asistir a su descarga nos da una cierta comisión (oro, materiales y puntos XP).

Cada jugador virtual tiene definidos un cierto número de contratos (10, 40, 80, 100,...) que hay que ir cumpliendo en su orden. Normalmente, el último de ellos tiene una recompensa importante en gemas. Si se cumplen todos, el jugador pasa a tomar control de la estación de ese jugador virtual. Eso significa que se absorben todos sus recursos y se integran en los de la estación del jugador. En particular, su límite de pasajeros y su velocidad de regeneración se suman a los de la estación del jugador.

Todas las líneas internacionales tienen un recorrido de cuatro horas, que se puede reducir a tres horas con el desembolso de unas pocas gemas.

El segundo elemento es la barrera que define si el jugador se ha vuelto adictivo o no. Permanentemente hay una oferta especial en la tienda, que a menudo incluye locomotoras realmente potentes, para 35 ó 65 vagones, por ejemplo, o vagones de carga con una capacidad mucho mayor de la habitual. Pero su compra, a menudo, supone un desembolso importante de gemas. En un número tal que el jugador no confía poderlas reunir con el desarrollo habitual del juego. Y aquí aparece el dilema. ¿Cómo se pueden conseguir gemas en cantidades apreciables, fuera del juego?.

El primer método es como recompensa de alguna transacción de comercio electrónico, en un cierto número de proveedores autorizados. Yo, por ejemplo, conseguí una recompensa de 100 gemas mediante una reserva de hotel en Booking, que tenía que realizar de cualquier forma.

El segundo método es la compra directa de gemas, mediante su pago en euros, con cargo a la cuenta de Paypal o a una tarjeta de crédito. Cada gema puede costar poco más de un par de céntimos de euro, pero hay que comprarlas en paquetes predefinidos. A título de ejemplo, una locomotora con potencia para 65 vagones puede costar unas tres o cuatrocientas gemas. Reunir una flota importante de locomotoras y vagones puede costar unos cuantos miles de gemas, que representan algunos cientos de euros.

Cuando todos estos elementos están disponibles para el jugador, la adicción ya está instalada. Hay una cierta dependencia del juego cada cuatro horas, en que regresan los trenes de los últimos envíos internacionales y es el momento de recoger las recompensas, si se ha completado algún contrato, y de configurar los trenes para el siguiente envío. A su vez, hay que asegurarse de que los trenes locales nos aportan la suficiente cantidad de materiales para que no se vacíe nuestro almacén, al enviarlas a los jugadores virtuales. Al principio sólo hay dos posiciones internacionales, es decir, sólo se pueden mover dos trenes en cada turno. Pronto se queda corto, y el jugador se ve impulsado a un nuevo desembolso en la tienda, para aumentar ese número a 3, 4, 5,...

En fin, este es el mecanismo del juego, simple como el mecanismo de una boina para un jugador habitual, pero adictivo en el sentido de que genera cierta esclavitud.

Personalmente, estoy ahora en el Nivel 161, y he acumulado más de 16 millones de puntos de experiencia (XP). He absorbido ya dos jugadores virtuales, y mi estación permite hasta unos 37.000 pasajeros en espera, con velocidad de regeneración de unos 8.000 por hora. Dispongo de cuatro vías convencionales, más una MagLev, quince posiciones locales y ocho internacionales.

En mi flota tengo 7 locomotoras de potencia 65, 1 de potencia 64, 1 de potencia 56, 5 de potencia 35 y una de potencia 28, así como un elevado número de locomotoras de potencias menores (14, 10, 8, 4,...). Más de 900 vagones para el transporte de materiales, y varios cientos de vagones para pasajeros y correo. Y una composición de MagLev Centurion, con 25 vagones de mercancías de muy elevada capacidad. Y todo eso sin contar unas cuantas docenas de vagones especiales, que transportan materiales que no tienen valor para el juego, pero aportan vistosidad y aumentan los puntos XP que se obtienen moviendo trenes que incluyan alguno de esos vagones. Entre ellos, a destacar el vagón de cerdos, el de transporte de canguros o el que moviliza hojas de té.

En unos minutos, el último envío internacional habrá llegado a su destino. Habré completado algunos contratos, por lo que recogeré las recompensas, y verificaré las condiciones para el siguiente contrato con esos jugadores virtuales. Luego reconfiguraré los trenes para que lleven a cada uno de ellos el material que esperan. En un par de horas, el envío anterior habrá vuelto a mi estación, y podré enviar el siguiente.

Así sigo pegado a Trainstation.

JMBA

martes, 7 de julio de 2015

Grecia. Reset o Game Over.

Grecia ha sido muchas cosas maravillosas en la Historia. Fue la cuna de la democracia occidental, hace ya varios milenios. Fue el faro de lo que, evolucionando, ha venido a ser la cultura que nos resulta más próxima. En su época, Atenas y Esparta encarnaron las dos grandes aproximaciones al poder: sabiduría y fuerza. Su mitología fue reproducida por los romanos y se extendió con su Imperio por buena parte del mundo conocido.
(Fuente: iniciativadebate)

Pero hoy Grecia es, básicamente, un problema.

Un problema, es cierto, que tiene muchas causas y muchos culpables. Los equivalentes griegos del PP y PSOE han gobernado de modo alternado durante muchas décadas, y han alumbrado un sistema político y económico básicamente clientelar y corrupto. Un país donde los ciudadanos desconfían por completo del Estado, y le engañan todo lo que pueden. Un país donde pagar impuestos sólo se hace si no hay más remedio, y defraudar es muestra de poderío.

Un país donde hasta las reglas más básicas de un estado moderno son desafiadas continuamente por los ciudadanos. Sin ir más lejos, hemos visto al ya dimitido Ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, llevando en su moto a pasajeros y pasajeras sin el casco reglamentario. Según parece, la prohibición de fumar en lugares cerrados es sistemáticamente violada, ante la pasividad de ciudadanos y autoridades. Si no se respetan ni siquiera estas reglas simples, ¿cómo podemos esperar que su sistema fiscal sea capaz de alimentar las arcas del Estado de forma legal, justa y progresiva?.

Da la sensación de que el Estado no dispone de un sistema eficiente para la necesaria recaudación de impuestos. Y, en el pasado reciente, han tenido modos, modas y vicios de país ultrarico, estando en el vagón de cola entre los países europeos. Jubilaciones anticipadas o sobredosis de funcionarios sin una labor clara y definida son sólo algunos de los síntomas de una disfunción que se ha vuelto endémica. 

Ninguno de los gobiernos de las últimas décadas parece haber hecho nada consistente para modernizar el país, y ponerlo al nivel que debería estar, de acuerdo a su gran pasado y destacable historia.

Si no fuera un país europeo e integrado, por el momento, en la Unión Europea, Grecia correría un riesgo cierto de ser un estado fallido.

Su entrada en la Unión Europea y su incorporación a la moneda única fue una operación en que demasiados actores se pusieron una venda en los ojos, para conseguir lo que parecía interesarles. Se aceptaron como ciertas unas cuentas que luego se demostró que habían sido falseadas (o convenientemente maquilladas) con la colaboración inestimable de Goldman Sachs.

Alemania y muchos otros países de la Unión tenían (y tienen) un gran interés en que Grecia forme parte del club. Entre otras cosas, conviene no olvidar que Grecia es un país con una situación geoestratégica particularmente delicada. Forma parte de la incendiaria región de los Balcanes y es la frontera sur de Europa con Asia. Su vecino (y tradicional enemigo o, al menos, rival) es Turquía, un aliado militar de la OTAN, pero a su vez el país musulmán más poblado del área. Grecia tiene un presupuesto militar que dobla o triplica (en % del PIB) al de la mayoría de otros países desarrollados. Mucho material militar (de origen alemán, francés,...) ha sido comprado por Grecia en los últimos años.

Europa y, para el caso, la Unión Europea, no pueden permitirse que Grecia no esté en su órbita política, económica y militar. Simplemente no es posible.

El problema de fondo es que un país en la situación en que está Grecia sólo puede evolucionar, progresar y modernizarse a partir de la fuerza interna que puedan tener sus propios gobiernos y sus ciudadanos.

Pero, y este es un gran pero, Grecia ya está metida en una trampa de la que es prácticamente imposible escapar, al menos sin violar las reglas que la Unión Europea y el resto de instituciones quieren que todos los países cumplan. La adopción del euro provocó, sin duda, un ímpetu, público y privado, que acabó conduciendo al despilfarro y al descontrol. Ante la imposibilidad de la devaluación recurrente de su moneda nacional, la única solución ha sido la de aumentar desenfrenadamente la Deuda.

Si nada cambiara, el único remedio es que la propia Unión Europea tuviera un capítulo enorme de su presupuesto destinado a financiar, a fondo perdido y para siempre, a Grecia. Evidentemente, esa opción no es viable. La única posibilidad es intentar lo que están forzando las instituciones europeas, con más voluntad que éxito. Los millonarios paquetes de ayuda y rescates no han llegado, de verdad, al Estado griego y a sus ciudadanos, para financiar la modernización del país. Sólo han sido maniobras casi puramente financieras, para convertir la deuda en manos de bancos privados en deuda pública, es decir, financiada (pagada) por el resto de ciudadanos de la Unión Europea. Entre los que estamos, por cierto, los españoles.

Si vamos a creer al arrogante de Varoufakis, sólo un 9% de los enormes capitales destinados al rescate de Grecia han llegado al estado griego. El resto sólo sirvió para cambiar la deuda de manos.

El problema gravísimo de estos días es que la situación real de Grecia a día de hoy, si nos atenemos a la pura aritmética financiera, es la de un estado inviable. Condenado, simplemente para malvivir, a ver cómo su deuda pública siga aumentando día a día, confiando en que la inevitable explosión de ese globo gigantesco no les pille a los ciudadanos de hoy. Pero, lógicamente, los griegos están inquietos por el país que les podrían dejar a sus hijos y nietos. Esa burbuja reventaría, sin duda, en un momento u otro.

La única solución para Grecia es un reset completo, una puesta a cero. Hay varias fórmulas para ello, pero todas tienen un prerrequisito imprescindible: el Gobierno y el pueblo griegos deben tener absolutamente claro lo que deben empezar a hacer, sin falta, al día siguiente de darle al botón del reset. Entre muchos otros deberes, deberían poner la primera piedra (y todas las siguientes) para convertir a Grecia en un estado moderno y viable.

Esa puesta a cero podría producirse dentro o fuera de la Unión Europea y del Euro. El reset total supondría la salida del euro y de la Unión Europea, cambiar el nombre al país, para acaso dejar de estar obligado al pago de la monstruosa deuda pública, la creación de la Nueva Dracma (por ejemplo) como moneda nacional. Si hicieran las cosas bien, es probable que en dos o tres décadas pudieran solicitar de nuevo, pero sin trampas, la incorporación a la Unión Europea y al Euro. Claro que tres décadas a la deriva podrían llevar al país a estrellarse contra los arrecifes, o a crear lazos, indeseados por los europeos, con países terceros, como Rusia o China. El riesgo es, desde todo punto de vista, excesivo. Casi con seguridad, nunca volveríamos a conocer a la Grecia que hemos visto en las últimas décadas. Ese reset total, el llamado Grexit, sería en realidad un Game Over.

El reset sin que el estatus político y económico de Grecia cambie significativamente requiere de políticos (en Grecia y en la Unión) que sean auténticos estadistas que sepan ponerse metas para las siguientes décadas y no para el año siguiente. Pero las instituciones están plagadas de funcionarios sin perfil de estadistas, y el Fondo Monetario Internacional, por su parte, no es conocido, precisamente, por sus recetas mágicas sino por su infalibilidad en conseguir el empobrecimiento y la ruina de los ciudadanos que caen en sus manos.

Política y estratégicamente, la mejor solución es que esta puesta a cero se realice en el marco de la Unión Europea, de alguna forma bajo su tutela. La conversión de Grecia en un estado de Europa Occidental viable y moderno es posible, pero es tarea para una o dos generaciones y no menos de 20, 30 ó 40 años. La tutela es imprescindible porque, como para cualquier operación de largo plazo, hay que vigilar desde la proximidad que el día 2 y los sucesivos se esté un pasito más cerca del objetivo final para varias décadas después. La magia no existe, y todo camino hay que recorrerlo paso a paso. Pero ningún día puede el caminante sentarse a contemplar el paisaje sin dar un solo paso. Y cualquier desviación debe corregirse un momento después de que se produzca.

Este proceso debe estar liderado por estadistas con visión de largo plazo. Tanto dentro de Grecia como en la Unión Europea. Las medidas de corto plazo que son la especialidad del FMI (subida del IVA, bajada de pensiones y salarios, etc. etc.) sólo pueden tener sentido en el marco de un proyecto de más largo plazo, cuyo objetivo sea, de verdad, hacer de Grecia un estado europeo viable y competitivo.

Pero es imprescindible que nadie olvide que todos los actores que han intervenido en el tema en los últimos 20 ó 30 años son parcialmente culpables de que la situación haya llegado a donde está hoy. Resultan torticeros, falaces o directamente falsos los intentos de unos y otros de echarle toda la culpa a Syriza (el actual gobierno griego), a Nueva Democracia o al PASOK, a la troika, a las instituciones o al FMI. Los coroneles, los Papandreu y Karamanlis, el tecnócrata Papadimos, Samaras, Tsipras, así como todos los dirigentes de los grandes países de la Unión Europea y de la propia Unión, el Banco Central Europeo o el FMI, todos ellos tienen su parte de culpa en haber cerrado en algún momento los ojos, confiando en que la bomba que estaban cebando acabaría estallando en las narices de otro.

Hay que diseñar entre todos un proyecto viable para convertir a Grecia en un estado moderno, y hay que velar por su correcta implementación, día a día. Habrá sin duda, algunos condicionantes imprescindibles, como la quita de la deuda griega. Todo puede ser válido si se pone al servicio de un proyecto creíble, para las próximas dos o tres décadas. Así podría ser el reset para Grecia.

La alternativa, el llamado Grexit, sería el Game Over para el país tal y como hoy lo conocemos.

JMBA

jueves, 18 de junio de 2015

"La Chica del Tren"

Paula Hawkins es la autora de esta novela de suspense (thriller) que ya es un best seller a nivel mundial, y hay una película prevista en los próximos tiempos.

Nacida en Zimbabwe (la antigua Rhodesia), reside en Londres desde 1989. Periodista, esta es su primera novela, que ha alcanzado un éxito casi instantáneo.

Hay motivos para ello, porque los amantes del thriller le quitarán horas al sueño para leer un capítulo más. Y otro, y otro. Es un libro que toma al lector de la mano, y no lo suelta hasta el desenlace final.

Yo he podido leer la versión original (de papel) en inglés ("The Girl on the Train", Doubleday, Transworld Publishers, A Random House Group Company, 2015), pero ya está publicada la edición en castellano ("La chica del Tren", Planeta, 2015) así como en catalán ("La Noia del Tren", La Campana Editorial, 2015), y no sé si también en alguna otra lengua autonómica.

Aunque aparece la policía, no es una novela policíaca. Y tampoco hay detectives privados. Pero está Rachel.

Rachel es una pobre chica que viaja todos los días a la ciudad en el tren de cercanías desde un pueblo en los suburbios al norte de Londres. Ida a las ocho de la mañana, para volver pasadas las cinco de la tarde. Y lo sigue haciendo incluso después de quedarse sin empleo, porque no se atreve a contarle la verdad a la amiga que le tiene realquilada una habitación de su casa.

Todos los días el tren se para entre chirridos en una señal que siempre está en rojo. Desde el tren se puede ver una hilera de casas victorianas, con su pequeño jardín trasero, junto a las vías del tren. En una de ellas vivió Rachel antes de caer en una depresión, buscar refugio en la bebida y acabar divorciándose. Unas casas más allá, todos los días Rachel ve a una pareja desconocida, que desayuna en el jardín cuando el tiempo es agradable.

Rachel les toma cariño a la pareja, a los que bautiza como Jason y Jess. Y les inventa una vida plena, llena de felicidad.

Hasta que un día la escena que ve Rachel desde el tren es diferente de lo habitual, y se empiezan a desencadenar los acontecimientos.

Y hasta aquí puedo leer, sin arruinaros la lectura.

La novela está perfectamente estructurada para mantener el interés y el sobresalto del lector. La línea del tiempo abarca buena parte del año 2013, y asistimos a los diversos acontecimientos que se van sucediendo desde el punto de vista de sus protagonistas, con lo que a menudo tenemos varias versiones de los mismos hechos. La visión de Rachel siempre empañada por un poco de neblina provocada por el alcohol. 

Hasta que se disipa la niebla y llegamos al desenlace final.

El lector amante del género devorará las más de trescientas páginas sin pausa, buscando sin cesar alguna luz que atraviese la neblina.

Rachel es un personaje que resultará inolvidable. Una chica que, desde su nimiedad y su falta absoluta de autoestima, se siente impelida a involucrarse y a intervenir, a menudo muy torpemente. Las circunstancias le obligan a mentir, y a inventar mentiras más grandes para esconder las anteriores.

Una lectura absolutamente recomendable, especialmente para los aficionados al género del thriller.

JMBA

martes, 16 de junio de 2015

Delta del Ebro

Desde niño que he oído hablar de las singularidades de la zona del Delta del Ebro. Conocía de sus inmensos arrozales e incluso había comido alguna vez en San Carlos de la Rápita. Pero nunca hasta ahora había tenido ocasión de visitarlo con cierto detenimiento.
El río Ebro, desde el embarcadero de Deltebre.
(JMBigas, Mayo 2015)

La ocasión se me apareció como etapa de un viaje por la zona norte del levante español. Ya os contaré algunas otras etapas interesantes de este viaje (la Ciudad Encantada de Cuenca, Teruel, el Maestrazgo, la Terra Alta, la zona vinícola de Utiel-Requena,...).

El Ebro es el río más caudaloso de España, con un caudal medio de 600 m3/s. Conviene tener en cuenta que el río Duero, en su trayecto portugués, alcanza un caudal medio de 675 m3/s en su desembocadura en la ciudad de Oporto.

También es el río más largo de España (930 Km)(aunque el Tajo tiene mayor recorrido, pero una parte discurre por tierras portuguesas), y es el segundo río más largo de los que desembocan en el Mar Mediterráneo, tras el Nilo.

El curso del río determina la mayor parte del cuadrante nororiental de la Península Ibérica. Nace en Cantabria (Hermandad de Campo de Suso) y discurre por tierras de Castilla y León (Burgos), La Rioja, Navarra, Aragón, País Vasco y Catalunya. Sus aguas bañan las ciudades de Logroño y Zaragoza. El Valle del Ebro, configurado en la dirección noroeste-sureste, es una fértil ribera por la que discurre, a veces muy desapacible, el cierzo, un viento que, a menudo, sopla por encima de los 100 Km/h.
Uno de los llamados Puentes del Rey.
(JMBigas, Mayo 2015)

Su desembocadura en el Mar Mediterráneo se produce al sur de la provincia de Tarragona, en forma de delta. El Delta del Ebro, de forma triangular, es una flecha que penetra cerca de 22 Km en el mar. Su superficie es de 320 Km2, configurando el tercero más grande de todo el Mediterráneo (tras el del Nilo -24.000 Km2- y el del Ródano -500 Km2-).

El Delta del Ebro (parte del cual está protegido con la figura de Parque Natural) constituye un humedal que es el tercero en extensión de Europa Occidental, tras la Camargue (río Ródano) y Doñana (río Guadalquivir).

Toda la zona, absolutamente llana y plagada de terrenos inundables, aporta actividades económicas ligadas, principalmente, al cultivo del arroz y a la pesca en todas sus formas, así como, lógicamente, al turismo.


Reservé habitación en el hotel Miami Mar de San Carlos de la Rápita. Este municipio costero, situado al sur del Delta, tiene playas a mar abierto. Este lujoso hotel (de cuatro estrellas), situado junto al mar, tiene forma de una herradura que abraza el jardín con la piscina. Dispone de amplias habitaciones con terraza y todas las comodidades. En temporada baja (yo estuve a mediados de Mayo) ofrece tarifas muy moderadas. Otro elemento importante es que su restaurante gastronómico es reconocido como uno de los lugares más recomendables para la buena mesa en esta zona.
Mercadillo de recuerdos y productos del Delta, en la zona
de Riumar, junto a Casa Nuri.
(JMBigas, Mayo 2015)

Llegué al hotel a media tarde del miércoles 13 de Mayo, tras haber hecho una primera ruta de descubrimiento del Delta, por la carretera que discurre por la ribera izquierda del curso principal del río, en el municipio de Deltebre. No se puede cruzar el río por carretera en esta zona, por lo que hay que escoger una u otra ribera mucho antes. En la ribera derecha está el municipio de Sant Jaume d'Enveja.

Coincidió que esa tarde-noche se celebraba la vuelta de la semifinal de la UEFA Champions League. En el Santiago Bernabeu se enfrentaban el Real Madrid y la Juventus. Tanto el hotel como el restaurante pusieron todos los medios para poder seguir el partido. Aproveché la ocasión para cenar el menú gastronómico del Miami, viendo el partido, que desgraciadamente terminó con la eliminación del Real Madrid.

La cena, articulada en torno a los productos del mar, la regué con un excelente vino blanco, el Primicia de Cellers Batea (D.O. Terra Alta), 100% de garnacha blanca.

Para el jueves por la mañana quería poder navegar un poco por la desembocadura del Ebro. Hay una oferta variada de paseos y cruceros por la zona. El problema es que fuera de la temporada alta, la oferta es algo inestable. Por Internet había localizado dos proveedores de este tipo de servicios (seguro que hay más, por los indicadores que pude ver luego). Pero, a mediados de Mayo, los horarios asegurados no estaban nada claros.

Por ello inicié el jueves prontito y me dirigí primero al embarcadero de Deltebre, donde suele operar Cruceros Olmos. En torno a las diez de la mañana no localicé a nadie responsable en la zona (junto al río, al final de la calle Trinquet). La vendedora del kiosko de souvenirs que hay ahí me dijo que había salido un barco con un autocar de turistas y que, probablemente, habría otra salida hacia las 11.30, pero que no estaba asegurado.
En este barco finalmente dimos el paseo a las 12.30.
(JMBigas, Mayo 2015)

Seguí en dirección al mar hasta Riumar, en la zona del Restaurant Casa Nuri. Allí hay otro operador que ofrece cruceros por la desembocadura. Me dijeron que, si se reunían al menos 10 pasajeros, habría una salida a las 11 de la mañana. Si no, habría una salida asegurada a las 12.30. Por el momento era yo solo, y nada sucedió en el cuarto de hora que me entretuve por allí, visitando los diversos puestos del mercadillo de recuerdos y productos típicos del Delta.

Volví a tomar el coche hacia Deltebre, y me paré en la zona conocida como Ponts del Rei, donde hay un pequeño apartadero en la carretera para poder aparcar. Los conocidos como Puentes del Rey son unas construcciones singulares, en forma de medio arco, cuya función no está absolutamente definida, aunque se piensa que fueron algún tipo de mecanismos para la regulación del nivel del agua.

La carretera (T-340) es básicamente recta y llana, y está rodeada de zonas inundables o directamente inundadas. A lado y lado de la carretera hay diversas instalaciones, habitualmente ligadas a las explotaciones económicas de la zona, tanto para los arrozales como para la pesca e industrias derivadas.

Cerca de mediodía volví al embarcadero frente a Casa Nuri. Providencialmente apareció, como todos los años (por lo que dijeron) un grupo numeroso de la asociación de jubilados de Alcocebre. El crucero de las 12.30 ya se pudo hacer con el barco más grande, más o menos a la mitad de su capacidad.
Cubierta superior del barco.
(JMBigas, Mayo 2015)

El paseo fluvial que pude realizar duró unos 45 minutos. Desde el embarcadero de Riumar el barco descendió hacia la desembocadura, bordeando la Isla de Buda. En tiempos pasados esta isla era residencia permanente de algunas familias. Todavía se pueden ver algunas de las casas blancas que eran sus residencias. Pero el tiempo les acabó forzando a mudarse hacia los cascos urbanos de alguno de los dos municipios del Delta.

Originalmente, la desembocadura del río en el mar se realizaba en dirección Este por la llamada de Levante. Pero una importante crecida en el año 1937 cegó esta salida, y el río buscó una nueva hacia el Norte, que es la actual, conocida como de Tramontana.

En el último tramo se bordea la Isla de Sant Antoni a la derecha, y la urbanización Riumar y las lagunas del Garxao a la izquierda. En estas lagunas, de muy escasa profundidad, no es posible la navegación a motor, y las barcas deben utilizar las llamadas perchas, para moverse apoyándolas en el fondo. Hay abundantes poblaciones de aves que tienen esa área como residencia estable o temporal.

Desgraciadamente, el día no estaba muy claro, había algo de calima y la visibilidad era limitada. No pude ver el faro original de la desembocadura de Levante, que actualmente queda unos cuantos kilómetros mar adentro. Tampoco se llegaban a ver, como sí se puede habitualmente, las playas del Norte del Delta, como la de L'Ampolla.
Mirador en el camino de la ribera izquierda.
(JMBigas, Mayo 2015)

De vuelta hacia el embarcadero, pasamos junto al pequeño puerto deportivo de Deltebre, así como el Mirador construido sobre el camino ribereño, que está jalonado con diversas esculturas singulares.

En resumen, un paseo que se hizo muy corto. Pero, a mediados de Mayo, no pude conseguir otra cosa. La publicidad indica la posibilidad, en otros momentos del año, de cruceros de mayor duración, desde Deltebre hasta la desembocadura.

El paisaje del Delta del Ebro es, sin duda, singular y característico de este tipo de accidentes geográficos: llanuras, lagunas, marismas, salinas, refugio de aves. Bien merece una visita, con la profundidad que cada uno desee.

Aparte de las imágenes que he seleccionado para ilustrar este artículo podéis acceder a una colección más completa de 24 fotografías, pinchando en la imagen siguiente.


También podéis ver este vídeo, de unos 8 minutos de duración, con imágenes de mi visita al Delta del Ebro.


JMBA

martes, 9 de junio de 2015

Mercado Persa

Tras las Elecciones andaluzas y, muy especialmente, tras las Municipales y Autonómicas del pasado domingo, estamos asistiendo a un auténtico mercado persa de propuestas de pacto entre diversas fuerzas políticas, algunas veces incluso bastante contra natura.
Albert Rivera, líder de Ciudadanos.
(Fuente: comunicacionsellamaeljuego)

Este lunes, algunas fuentes incluso se han atrevido a insinuar que hay runrún de un nuevo Tamayazo, presuntamente por Madrid y/o en Castilla-La Mancha. Recordemos que gracias a eso (la traición de dos diputados socialistas), Esperanza Aguirre consiguió forzar la repetición de las elecciones, ganarlas y llegar por primera vez a la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

Este tipo de negociaciones postelectorales son habituales y es lo que acaba sucediendo de forma parece que inevitable, en las votaciones a simple vuelta, como se practican en España. A la hora de elaborar las candidaturas, podrían sustanciarse acuerdos o coaliciones entre diversos partidos, a fin de presentar una única candidatura conjunta, aglutinando así los votos de las diversas formaciones. Pero esto raramente sucede, excepto en aquellas formaciones que tienen muy claro que no van a obtener ningún resultado positivo si se presentan por separado.

Todos los partidos políticos que confían en sus opciones para resultar la fuerza más votada en una cierta circunscripción, rehúsan cualquier tipo de acuerdo o coalición preelectoral.

Esto provoca, tras las elecciones, unas semanas bastante desagradables, aunque amenas, entre el día de las votaciones y la fecha fijada para la investidura de los nuevos responsables. Todos intentan salvar los muebles. Los que han resultado los más votados (aunque sea por un puñado de votos) intentan blindar sus posiciones, haciendo valer la preferencia de los ciudadanos, aunque ese argumento sea a menudo insostenible. Los que tienen representación mermada, buscan asirse a otras opciones, via pactos, para no perder pie y caer en la irrelevancia.

Claro que si en la pomada está Esperanza Aguirre, se garantizan dosis muy superiores de diversión. En los días posteriores a las votaciones hemos asistido, día a día, a nuevas propuestas progresivamente desquiciadas, con la única obsesión de intentar reparar la humillación electoral que ha tenido que vivir. Un fracaso que acabó de ganarse a pulso con una campaña nefasta, en que trató de acusar de la forma que fuese a sus rivales, de ningunearles, de difamarles si hacía falta, y eso le ha acabado pasando factura. Un fracaso que le resulta todavía más hiriente por la posición relativamente bastante más cómoda de Cristina Cifuentes, en la Comunidad de Madrid.

De todas formas, conviene tener presente que, desde un punto de vista de la actividad política, son dos tiempos totalmente diferentes los inmediatamente anteriores a una votación y los inmediatamente posteriores a la misma. Antes de una votación, el destinatario de todos los mensajes lanzados es el ciudadano, que es dueño de su propio voto. Todas las formaciones intentan convencerle de que les vote a ellos, y los mensajes políticos que les lanzan tienen que ver con lo que pretenden hacer si obtuvieran una mayoría suficiente para gobernar en solitario.

Por el contrario, desde el día siguiente a las elecciones, la suerte ya está echada, y cada fuerza política tiene una dimensión exacta y precisa de cuál es su respaldo real. Una fuerza que se expresa en número de concejales o de escaños.

Es a partir de de esa aritmética precisa que se intentan establecer pactos, a fin de que alguna de las fuerzas presentes pueda obtener un respaldo suficiente para ocupar ese gobierno de forma razonablemente estable.

La sorpresa, o acaso simple novedad, esta vez proviene de la fuerte presencia de dos fuerzas emergentes, que nunca habían estado presentes, hasta ahora, en la liza política del día a día. Tanto Ciudadanos como Podemos han basado buena parte de su comunicación preelectoral en el hecho de ser formaciones nuevas y diferentes de las tradicionales, otra cosa que nada tiene que ver con los que algunos llaman los partidos de la casta (básicamente, PP y PSOE, que han monopolizado hasta ahora el Gobierno del Estado, desde la Transición).

Desde el día siguiente a las Elecciones, como siempre, por otra parte, vemos que las diversas formaciones se reúnen, hablan, intentan negociar sus respectivos programas, imponer sus opiniones y puntos de vista, etc. etc. Todas las formaciones, incluyendo, por supuesto, a las que se autodenominan como diferentes.

La realidad cotidiana les ha forzado a darse cuenta de que, pese a su aumento espectacular de presencia pública, están muy lejos de conseguir posiciones de mayoría suficiente, como para que puedan gobernar en solitario. Y están obligadas a negociar sus apoyos.
Pablo Iglesias, líder de Podemos.
(Fuente: rokambol)

Todo parece normal, si no fuera porque la maldita hemeroteca les recuerda (y nos refresca) las muchas diatribas que se han lanzado previamente unos contra otros. Insultos y descalificaciones están a la orden del día en la dialéctica preelectoral.

Como en el fútbol, hay que recurrir a ese clásico de que lo que sucede en el campo se queda en el campo. Las duras peleas durante el partido pueden resolverse en amistosos abrazos en cuanto el árbitro decreta el final del partido.

Igual sucede con los procesos electorales. No creo que debamos sorprendernos de que Ciudadanos acabe apoyando a Cristina Cifuentes (PP) para la Comunidad de Madrid, y a Susana Díaz (PSOE) para el de la Junta de Andalucía. O que Podemos (o alguna de sus marcas blancas, como Ahora Madrid o Barcelona en Comú) apoyen gobiernos del PSOE en Extremadura o Castilla-La Mancha, o acepten su apoyo para gobernar en el Ayuntamiento de Madrid o de Barcelona, o se alíen con Compromís para gobernar en tierras valencianas.

Fuerzas emergentes, que hasta ahora habíais sido animales angélicos, sin vicios ni bajezas, bienvenidos a la realidad.

La democracia representativas y, en particular, el sistema electoral que tenemos en España, obliga a que Pablo Iglesias y Pedro Sánchez compartan ensalada en el reservado de algún restaurante, o a que Mariano Rajoy baje de su pedestal para reunirse con Albert Rivera y ver de facilitar algunos acuerdos.

En otros países europeos próximos, los gobiernos de varios colores, coaliciones o gobiernos en minoría con apoyo parlamentario, son cosas cotidianas que ya ni generan curiosidad.

Es cierto que en la España reciente tenemos algunos (malos) ejemplos de gobiernos multipartido (Catalunya o Baleares podrían dar fe de ellos; IU de Extremadura podría contar el precio que ha pagado por su apoyo a Monago). Pero también es cierto que hemos tenido muy malas experiencias de algunas mayorías absolutas. Como por ejemplo la segunda legislatura de Aznar o la actual de Rajoy. En ocasiones, los que consiguen mayorías absolutas se instalan en la comodidad del rodillo parlamentario y se olvidan  de que no van a gobernar para siempre. Entre hacer y deshacer, el país se nos convierte en un gigantesco manto de Penélope, que se teje de día, para destejerlo por la noche.

Bienvenidos, pues, a la modernidad. Confío que las nuevas fuerzas estén a la altura, al menos, de lo que han venido pregonando hasta ahora. Que no caigan en el tráfico de sillones, y que se instalen en la búsqueda del consenso para que este país pueda avanzar. Aunque sea a pasitos pequeños, pero todo el tiempo hacia adelante. Espero que, entre todos, decidan meterle mano a los temas eternamente pendientes y que arrastramos desde que terminó la Transición, aunque nos sigamos rigiendo, impasible el ademán, por la legislación de ese momento. Ya es hora de darle una vuelta de tuerca a la calidad democrática de este país.
Mónica Oltra, la cara más conocida de Compromís.
(Fuente: infolibre)

La ley electoral, en general, requiere de una revisión en profundidad. Las circunscripciones unipersonales o las segundas vueltas son temas que deberían ponerse sobre la mesa para ser convenientemente debatidos y resueltos. Igual que, por cierto, si el sistema político de España debe seguir siendo una Monarquía o sería más adecuado que fuera una República.

Ahora bien, este nuevo escenario obliga a que todos desarrollen sus mejores galas de madurez política. Negociar no es imponer, y las líneas rojas no deberían ser más que una figura retórica. Los pactos deben desarrollarse para que todos ganen, a cambio de que todos renuncien a algunas cosas. Unos tendrán que olvidar sus aspectos más ultraizquierdistas, mientras otros deberán renunciar a sus matices más nacionalistas. Tras este tipo de acuerdos, ya no quedarán ángeles, sino seres humanos, con sus grandezas y sus miserias.

Sólo espero que los electores sepan entender de verdad lo que unos y otros vayan haciendo, y no pasen facturas indebidas a los que renuncien a alguno de sus principios, a cambio de contribuir a la gobernabilidad de los territorios. O simplemente los retrasen para cuando dispongan de la mayoría suficiente para imponerlos.

El ambiente de un mercado persa es siempre algo confuso y muy ruidoso. Pero siempre se acaba logrando el precio más adecuado para todas las transacciones.

JMBA

martes, 26 de mayo de 2015

Rajoy en su Laberinto

Cualquiera que esté habituado a intentar transmitir mensajes en público es consciente de que un mensaje formalmente perfecto sólo va a convencer a una parte del auditorio. Salvo, por supuesto, que el público esté entregado de antemano.
Mariano Rajoy, en su comparecencia en la sede de Génova
este lunes.
(Fuente: cuatro)

Cualquiera que intente vender un producto o un servicio, y tenga ocasión de realizar una presentación o exposición a un público presencial, sabe que el primer desafío es que el mensaje resulte creíble y que el público crea al presentador. Superado este obstáculo, que puede resultar bloqueante, algunos acabarán convencidos por el orador y otros no. De los convencidos, algunos acabarán comprando el producto y otros no, por diversas razones.

Parece bastante claro que el Partido Popular y Mariano Rajoy en particular tienen un problema de comunicación, del que ellos mismos hablan cada vez que tienen ocasión. En un vídeo que se hizo famoso, Floriano decía eso de que nos ha faltado piel en la comunicación, como que hubiera sido demasiado fría.

Pero creo que el problema es bastante más profundo. Este lunes, el día siguiente de unas elecciones que han marcado un vuelco muy significativo en las preferencias de los ciudadanos, y han propulsado a candidaturas a las que genéricamente podríamos denominar como alternativas, Mariano Rajoy dio, tras más de tres años de rehusar esa obligación, una rueda de prensa en la sede del PP, en la calle Génova. Si atendemos a sus palabras, al PP y al gobierno no les pasa nada grave. El PP sigue siendo el partido más votado (lo que es verdad, pero una verdad que muy poco significa en sí misma en este tipo de elecciones), y él sigue siendo el mejor candidato a la Presidencia del Gobierno por el Partido Popular para las Elecciones Generales de fin de año.

No sé si yo mismo soy una buena muestra del ciudadano medio, pero voy a contar mis impresiones, que creo que no son, ni mucho menos, solamente mías. El problema no es que el discurso de Mariano Rajoy no me convenza. El problema real es que no me lo creo, lo que es mucho más grave, y significa que no se ha superado ni siquiera el primer estadio de la comunicación.

Una concentración de capacidades como la cúpula directiva del Partido Popular, con el Presidente a la cabeza, es imposible que saque del resultado de las elecciones del domingo  las conclusiones que intenta transmitirnos Rajoy. No sé si el debate interno fluye con libertad, o todos los presentes prefieren callar y otorgar, y no significarse como mensajeros de malas noticias. Pero esa actitud condenaría al líder a la soledad total.

Prefiero pensar que un debate interno en libertad les permite diagnosticar el problema de forma razonablemente afinada. Después, intentan elaborar un discurso público que es el que algunos dentro del PP piensan que les interesa vehicular hacia la opinión pública. Obviamente, eso es un problema de comunicación. Pero un problema gravísimo. Porque no se falla en comunicar mal lo que se hace o se debate dentro del Partido, sino que se intenta elaborar un discurso impostado que no sólo no convence a la opinión pública, sino que el ciudadano de a pie (yo, desde luego) ni siquiera se puede creer.

En estos últimos tiempos hemos visto ya demasiados mensajes fallidos de este tipo en los dirigentes del Partido Popular. Mensajes impostados, artificiales, creados para su consumo, que en nada reflejan la realidad de las cosas y los hechos. A menudo he sentido cierta lástima por los papelones que les ha tocado desempeñar a gente como María Dolores de Cospedal o Carlos Floriano. Discursos que el público no puede creerse, mucho menos quedar convencido, claro, y que el propio orador parece haber aprendido de memoria, y para nada como conclusión de un debate inteligente y de un diagnóstico informado.

Este problema grave de comunicación (la elaboración y transmisión de mensajes que no sólo no convencen, sino que ni siquiera son creíbles) ha venido provocando, inevitablemente, un alejamiento progresivo de una parte creciente de la opinión pública de su Presidente del Gobierno, del Gobierno en general y del partido que lo respalda.

Los intentos burdos y a menudo zafios, de desmarcar al Partido de los muchos episodios de corrupción que lo han venido trufando, han sido muy torpes. Sólo han transmitido a la opinión pública la sensación de que están intentando esquivar el bulto y no afrontar con valentía los problemas, con ánimo de resolverlos y de evitar que se repitan episodios tan enojosos. Oír a la Cospedal balbuceando sobre la (presunta) indemnización en diferido de Bárcenas, o a Floriano intentando vendernos la idea de que el tesorero es un delincuente solitario que simplemente robó al Partido y traicionó la confianza en él depositada, resulta patético.

Estoy convencido de que en la dirección del Partido Popular hay gente inteligente, empezando por su Presidente. Por ello no puedo creerme que los mensajes y discursos que intentan transmitir respondan a la realidad de sus conclusiones, sino que son mensajes inventados, pensando solamente en lo que, presuntamente, le interesa al Partido que piensen los ciudadanos. Sólo que ese discurso no sólo no convence, sino que no resulta en absoluto creíble. Intentando hacer comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino, no sólo fracasan en su estrategia de comunicación, sino que se acuñan fama de trileros y mentirosos, que nunca dicen lo que realmente piensan. El ciudadano de a pie no sólo no acaba convencido, sino que no se los cree y piensa que intentan engañarle y que se creen que es tonto.

Me temo que Rajoy, en su laberinto inacabable, se está quedando solo, en la cúspide. Es la soledad del corredor de fondo, el silencio de la cumbre. Le están faltando fusibles, y ni siquiera compraría tiempo destituyendo, por ejemplo, a María Dolores de Cospedal como Secretaria General del PP, tras su descalabro electoral en Castilla-La Mancha. Su equipo, al parecer, no abre la boca en las reuniones públicas, pero ya raja sin parar en privado, off the record o en entrevistas específicas. Como la excelente entrevista de Carlos Alsina esta mañana en Onda Cero, donde Juan Vicente Herrera, presidente en funciones de Castilla y León, entre otras lindezas sin desperdicio, le ha recomendado al jefe que se mire en el espejo antes de afirmar que sigue siendo el mejor candidato para el PP.

De cara a las Elecciones Generales de fin de año, es imprescindible una reacción enérgica, o el PP chocará de forma abúlica con el iceberg. Si el PSOE no despliega más energías, es posible que el PP siga cosechando algunos votos más que los socialistas, pero que se conviertan en tercera y cuarta fuerza a nivel nacional.

A pesar de que los músicos parece que ya empiezan a desafinar, o directamente están guardando sus instrumentos en el estuche, el director de la Orquesta del Titanic, ignorando el iceberg, que es ya mucho más que una sombra en el horizonte, sigue moviendo la batuta como si nada fuera con él.

Evidentemente, el PP y Mariano Rajoy tienen un problema de comunicación. Pero no se trata de que sus mensajes ya no convenzan, es que ni siquiera se pueden creer. O son tontos (que no lo creo) o se creen que los tontos somos los ciudadanos (que es lo que me temo).

JMBA