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viernes, 28 de octubre de 2016

El Desenlace

Llevamos ya casi un año completo sin Gobierno. Lo que nos ha dado, por cierto, la tranquilidad de evitarnos los disgustos habituales de cada viernes, al conocer las decisiones del Consejo de Ministros.
Imagen de un Pleno en el Congreso de los Diputados.
(EFE; Fuente: diariodenavarra)

Pero este período de felicidad está llegando a su fin. Si no hay sorpresas de última hora, mañana sábado se va a confirmar la investidura de Mariano Rajoy, de nuevo, como Presidente del Gobierno. Esto será posible gracias a la abstención, parece que sin condiciones pero no sabemos bien con qué convicción, de los diputados del PSOE en la segunda votación.

Esto va a ser posible gracias a una serie de desafortunados, desde mi punto de vista, acontecimientos. El PSOE de Pedro Sánchez, instalado en el No es No (por mandato del Comité Federal, conviene recordarlo), ha dado paso, tras un golpe palaciego en el aparato del partido, a una gestora que se ha ocupado en conseguir que venciera la opción de la abstención, en el Comité Federal del pasado domingo. Algunas informaciones parecen indicar que Pedro Sánchez podría, en su momento, haber iniciado negociaciones para conseguir una mayoría de cambio que le garantizara su propia investidura. Y esto incomodó sobremanera a algunas vacas sagradas del partido.

Por la aritmética parlamentaria actual, esto, necesariamente, debería contar con la aquiescencia, o al menos la abstención en algunos casos, de los partidos independentistas catalanes. Me parece bastante evidente que tanto ERC como el ahora llamado Partido Demócrata Europeo Catalán (la antigua Convergencia) no tienen ninguna simpatía ni por el PP ni por el PSOE, ambos partidos constitucionalistas, celosos de la Unidad de España. Pero ambos podrían considerar a un presidente socialista como un mal menor respecto a Rajoy.

Lo que me parece más turbio de todo este embrollo es que los ganadores de ese golpe en Ferraz han sido los convencidos de que les va a ser posible recuperar en no mucho tiempo una situación confortable de bipartidismo, como la que vivíamos en España hasta hace, sólo, dos o tres años. Les convendría recordar que la Historia, siempre, sólo sabe moverse hacia adelante.

La realidad política del país ha cambiado de forma sustancial, especialmente con la aparición de dos nuevas fuerzas políticas con presencia significativa en el Congreso de los Diputados: Unidos Podemos y Ciudadanos. No creo de ninguna forma que, por lo menos durante la próxima década, PP y PSOE recuperen un bipartidismo suficiente como para que les permita el turnismo clásico.

Aparte de que, después de desgañitarse con el No es No, y qué parte del No no ha entendido, durante muchos meses, de repente han dado un giro violento de 180º, y practicarán una abstención, de todo el Grupo, además, poniendo en bandeja a Rajoy la Presidencia del Gobierno en esta legislatura. Si fuera un tren, habría descarrilado; si fuera un avión, se habría agrietado el fuselaje (Borrell dixit).

De todas formas, algunos diputados del Grupo Socialista han anunciado que votarán, en conciencia, NO también esta vez, en contra del mandato imperativo emanado del Comité Federal y vehiculado por la Comisión Gestora y el propio responsable y portavoz del Grupo, Antonio Hernando.

Por cierto, muy triste papel el de Antonio Hernando en el pleno de este miércoles. Parecía razonable que cambiara el portavoz del Grupo, para poder transmitir con mayor convicción el cambio de postura. Hernando, siempre de la mano de Pedro Sánchez, se ha desgañitado hasta la saciedad en el No es No, desde las elecciones del 20D. No sé por qué motivo aceptó mantenerse en esa posición, ya que le ha creado una situación muy desairada.

Su discurso, que fue formalmente correcto, desde mi punto de vista, estaba dirigido principalmente a sus militantes y votantes, más que a Rajoy o a la propia Cámara. Sonó a muy paternal (sé que no lo entendéis, pero hacedme caso, yo sí sé lo que os conviene), o casi como de maestro de escuela (sé que ahora no lo entendéis, pero hacedme caso, la raíz cuadrada de 64 es 8).

El efecto colateral de este discurso es que el PSOE, dentro de la cámara, ha quedado sumido en una cierta invisibilidad, aprovechada salvajemente por Pablo Iglesias, que se erigió en líder único de la oposición.

Personalmente, entiendo la preocupación por el bloqueo institucional, y la nefasta posibilidad de unas terceras elecciones. Pero hubiera sido infinitamente menos dañina para el PSOE la decisión de una abstención técnica, donde sólo se abstuvieran once diputados socialistas (voluntarios, o elegidos por sorteo), mientras que el grueso del Grupo siguiera votando NO.

Por su parte, creo que Ciudadanos salió reforzado del pleno. Aunque le esperan tiempos agitados, en que deberá demostrar a los ciudadanos que saben estar a la altura de ese papel de riendas del PP que se han autoasignado. Si consiguen, de verdad, llevar adelante todas las medidas que han acordado con el PP y, en particular, lanzar una Comisión de Investigación efectiva sobre la financiación ilegal (o irregular) del Partido Popular, demostrarán a los votantes que su papel puede ser importante, y podrían mejorar su representación en una futura cita electoral. Pero si fracasan en ese empeño, podrían estar condenados a la marginalidad o a la simple desaparición.

Por el contrario, me da la sensación de que Unidos Podemos se encuentra en una difícil situación, incluso ante un naufragio anunciado. Personalmente, creo que Pablo Iglesias es un lastre para un Podemos en las instituciones. Iglesias es muy bueno dando mítines, cuando tras cada frase lapidaria debe callar para dar paso a los vítores de sus entregados y fieles adeptos. Su estilo, y lo que es peor, el contenido de sus discursos, puede ser válido para una asamblea de estudiantes, o un círculo de militantes, porque sabe cómo enardecer a los fieles.

Pero el Parlamento es otra cosa. Allí se habla para todos los ciudadanos, los que te han votado y los que no. Es correcto intentar enfervorecer a tus fieles, pero también debes confirmar en su decisión a los que te han prestado su voto, e intentar convencer a los que han votado otras opciones de que puedes ser una alternativa mejor.

El discurso de Pablo Iglesias en el pleno de este miércoles, faltón como siempre, estuvo absolutamente vacío de propuestas concretas que quiera intentar llevar adelante con la fuerza de los escaños de que dispone. Se hartó, eso sí, de lanzar diatribas en contra de los otros tres partidos principales del Congreso. La conclusión de un ciudadano neutral no puede ser otra que a Pablo Iglesias le molesta que haya otros partidos diferentes del suyo en el Congreso de los Diputados.

Desgraciadamente, esto tiene un sentido muy claro. Pablo Iglesias, y Podemos mientras no enderece su rumbo, sólo se siente cómodo en un régimen totalitario en que el suyo es el único partido en el poder, y todo lo demás es una oposición enfermiza, corrupta y equivocada. Se empeña en erigirse como adalid de la gente. Pero la gente de la que habla no somos todos los ciudadanos normales (que nunca hemos dirigido un Banco o una multinacional, que nunca hemos tenido la llave de la caja, que nunca hemos llevado adelante prácticas corruptas - también por falta de oportunidad - y que nunca hemos manejado tarjetas black). Para Iglesias, la gente de la que habla, cuando lo hace en el Parlamento, son, estrictamente, los que le han votado.

Otra cosa es la calle, donde a menudo sólo se trata de gritar más que otros para asumir un rol de protagonismo. Pero en un estado democrático de derecho, parlamentario, en el Congreso de los Diputados se reúnen los representantes de todos los ciudadanos. Y nadie puede pretender que los votantes de otras fuerzas diferentes de la suya sean ciudadanos de segunda, equivocados o engañados. En algún momento, a algunos líderes de Podemos les ha faltado el cantito de una moneda para exigir la eutanasia de esos viejitos que sólo confían en el PP, o la castración química de esos nostálgicos de la izquierda que siguen votando al PSOE.

Creo, que por su propio bien y para poder sobrevivir como un partido parlamentario, que cumpla su función institucional, Unidos Podemos debería renovar su liderazgo, para adecuarlo a las nuevas circunstancias y a las nuevas necesidades. Pablo Iglesias ha cubierto el ciclo de crear un partido político desde la nada, aglutinando iniciativas callejeras y asamblearias, y llevarlo en muy poco tiempo hasta el Congreso de los Diputados con una representación significativa. Pero ahora el partido necesita un liderazgo diferente. Posiblemente Íñigo Errejón esté mucho mejor amueblado mental y anímicamente para hacer frente con éxito a la ardua labor que tienen por delante.

De la capacidad que tenga Unidos Podemos de adaptarse a su nueva condición de fuerza parlamentaria, va a depender el tiempo que le pueda costar al PSOE rehacerse del descalabro provocado por este mandato imperativo de abstenerse. Si Unidos Podemos, con Pablo Iglesias al frente, mantiene el tono y el contenido mostrado este miércoles en el pleno de investidura, la sangría de votos desde Unidos Podemos hacia el PSOE será creciente, y más bien pronto que tarde, irrefrenable. Si no cambian, me temo que estarán condenados a la marginalidad tradicional de, por ejemplo, Izquierda Unida, con su docenita de diputados (en el mejor de los casos). Una formación con esa (escasa) fuerza, puede permitirse algunas salidas de tono porque no tienen ninguna trascendencia.

Curiosamente, también se puso de manifiesto que Pablo Iglesias, azote de oligarcas y, en general, de todos los que no voten a Unidos Podemos, tiene la piel muy fina y encaja muy mal las críticas. Ante la salida de tono de Rafael Hernando, acusándole de usar el nombre de España para venderse a dictadores, sintió herido su honor, después de haber llamado presuntos delincuentes a todos los diputados de las demás formaciones. Dicho sea de paso, el PP debería buscarse, para esta legislatura de diálogo, un portavoz menos buscabregas. Y la Presidenta del Congreso desperdició la ocasión de que lo que ha corrido por todos los platós de televisión, se contara en sede parlamentaria y constara en el Diario de Sesiones, al negarle un turno corto de palabra a Pablo Iglesias.

Resumiendo, Don Tancredo Rajoy, sin mover un músculo de la cara, impasible el ademán, será investido este sábado, alrededor de las ocho de la tarde, como Presidente del Gobierno con plenitud de funciones.

Vaya regalito de Halloween que nos dará el Congreso a todos los ciudadanos.

Y como se acerca el día de difuntos, me permitiré parafrasear a Hemingway y al poeta John Donne: Nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

JMBA

martes, 23 de agosto de 2016

La Difícil Encrucijada del Señor Sánchez

Estamos asistiendo, una vez más como en los últimos meses, a un cúmulo de sinsentidos que nos está llevando a acercarnos ya a un año con un Gobierno en funciones.
Pedro Sánchez, el líder actual del PSOE.
(Fuente: divinity)

PP y PSOE están instalados en el bipartidismo más rancio. Los dos se consideran la alternativa de su adversario tradicional, y no parece que ninguno esté en disposición de llegar a acuerdo alguno con el otro. Eso sí, mientras Sánchez está instalado en el No es No, y no vamos a apoyar ni permitir el gobierno de Rajoy, que representa la desigualdad, la corrupción, etc., Rajoy actúa más a la gallega y asegura en público que va a llamar a Sánchez la próxima semana.

Ciudadanos, con sus exiguas fuerzas de sólo 32 diputados, está haciendo lo que puede para garantizarse un hueco en el espacio político español, que se vería muy seriamente amenazado, según parece, si fuéramos a unas terceras elecciones. Creo que la prensa y la opinión pública no están siendo justos con ellos. Hacen lo que pueden, intentan negociar poniendo encima de la mesa sus grandes promesas electorales, pero llegar a acuerdos supone que todas las partes deben renunciar a algunas de sus aspiraciones, y no se les puede recriminar por ello.

Suponiendo que el acuerdo PP-C,s llegue a buen puerto, eso supondrá un total de 169 diputados a favor de Rajoy, posiblemente 170 con el Sí, interesado, por supuesto, de Coalición Canaria. Esta cifra no garantiza la investidura, y desde todos los frentes se está haciendo presión sobre el PSOE para que asegure el número necesario de abstenciones que pueda desbloquear la situación, y hacer a Rajoy, nuevamente, Presidente del Gobierno.

Yo comprendo que el PSOE, de ninguna forma, puede hacer eso. Se consideran a sí mismos la alternativa al PP, y no ven necesidad alguna de intentar acercarse a su gran enemigo de la penúltima legislatura, y responsable último de todas las desgracias sociales, según la visión de los socialistas, que estamos viviendo en forma de desigualdad, especialmente.

Lo que ocurre es que si Rajoy se presenta con 170 votos a favor, es muy complicado para el PSOE justificar el bloqueo que podría llevarnos a unas terceras elecciones el día de Navidad. Como alguno ya ha dicho en voz alta, en esas condiciones quizá fuera necesario que, aun tapándose la nariz, acabaran facilitando o permitiendo que Rajoy siga de Presidente del Gobierno.

Desde el punto de vista de la ética política, un No socialista a un Rajoy con 170 apoyos sólo podría tener dos posibles justificaciones que no generaran una crítica generalizada a Pedro Sánchez.

De una parte, podría suceder que el PSOE y Pedro Sánchez tuvieran la voluntad firme y la esperanza razonable de poder proponer, primero al Rey y luego al Congreso de los Diputados en una nueva sesión de investidura, un Gobierno alternativo al de Rajoy. Muy complicado, pero posible si se contara con las abstenciones de alguna de las fuerzas nacionalistas e independentistas. Lo que sería posible, ya que para el PNV, el PDC o ERC, el PSOE es un mal menor respecto al PP. Nunca los apoyarían, pero una abstención sería posible. El problema más grave sería compatibilizar, de alguna forma, a Unidos Podemos y Ciudadanos.

Si este fuera el caso, no estaría de más que hubiera señales de ello. Porque si la investidura de Rajoy que empezará el 30 de Agosto, termina en negativo en las dos rondas, el plazo de dos meses hasta la convocatoria de nuevas elecciones empezará a contar. Y no hay señal alguna de movimientos alternativos: en Unidos Podemos todavía se están lamiendo las heridas de su retroceso electoral del 26J, y Sánchez se ha encargado de mostrar que este verano está de vacaciones.

La otra alternativa sería que el PSOE pudiera valorar la abstención a un candidato del PP diferente de Rajoy, que no estuviera manchado por la sombra de la corrupción y que no fuera la imagen visible de todo lo que hizo el gobierno del PP en la penúltima legislatura, abusando de su rodillo parlamentario.

Entiendo que, en esta complicada encrucijada política que está, prácticamente, siendo televisada en directo, es difícil asumir una imagen y una comunicación públicas que resulten convincentes, sin dar más datos de los que se quieren, o pueden, dar en cada momento. Para evitar tentaciones y tropiezos, Sánchez ha escogido quitarse de enmedio y dejar que la comunicación en estos tiempos la lleven los segundos espadas de su partido.

Visto lo que unos y otros han dejado traslucir hasta hoy mismo, mi opinión de lo que va a suceder antes del próximo 1 de Noviembre, en que deberían convocarse nuevas elecciones, si no ha habido antes ninguna investidura positiva, es la siguiente:

1) Investidura fallida de Rajoy, en las dos rondas que empezarán el próximo 30 de Agosto.

2) Intento de investidura de Pedro Sánchez, con el apoyo de Unidos Podemos, con 156 votos positivos. La única posibilidad es que negociara la abstención de Ciudadanos, a cambio del compromiso en las medidas regeneradoras en las que están empeñados. Y posiblemente todavía haría falta la abstención de alguna de las fuerzas nacionalistas.

3) Si fallara la investidura de Sánchez, quedaría el último recurso que, personalmente, creo que debería haber sido la primera, pero los tiempos mandan. Un candidato del PP diferente de Rajoy y alejado de la primera línea del gobierno central y de Génova podría intentar la investidura, ahora sí con la abstención del PSOE. Si la aritmética del Parlamento gallego que salga de las elecciones del 25 de Septiembre no le permite a Núñez Feijoo revalidar su Presidencia, podría ser un candidato conveniente para una investidura en Octubre.

Sólo si acabaran fallando las opciones 2 y 3 resultarían inevitables unas nuevas elecciones. Espero que la sensatez de unos y otros nos ahorre a los ciudadanos el castigo, que sería ya casi tortura, de unas nuevas elecciones el día de Navidad.

En cualquier caso, el Gobierno que acabe saliendo de cualquiera de estas opciones será bastante débil, y es más que probable que esta legislatura no dure mucho más allá de los 2 ó 3 años máximo.

Me preocupa no ver a estas alturas señal alguna de que esas dos posibilidades adicionales estén en la cocina, o al menos en el frigorífico.

JMBA

martes, 1 de marzo de 2016

¿Investidura?. No, por supuesto.

En la tarde de este martes veremos el inicio de la escenificación de un acto que finalmente va a resultar baldío.
Pedro Sánchez, del orgullo de ser candidato a la
vergüenza de ser rechazado.
(Fuente: lanzadigital)

Los debates de investidura son básicamente trámites formales. En efecto, siempre se sabe de antemano cuál va a ser el resultado. En esto, el de estos días no va a ser diferente. La única diferencia es que mientras todos los que hemos vivido en las últimas décadas culminaron con la investidura del candidato que se presentaba, el de hoy terminará en chasco.

El tema es que a los debates de investidura hay que acudir con todos los deberes hechos en casa. Y esta vez no se va a cumplir con esta premisa.

Sin embargo, estas últimas semanas nos han servido a los ciudadanos para conocer la peor cara (o, por lo menos, la más real) de todos nuestros líderes políticos.

Hay que entender que los resultados de las Elecciones Generales del 20D fueron muy diferentes de todos los anteriores. Y, aunque ya se anticipaban desde varios meses antes, podemos entender que las primeras semanas fueran de desconcierto general, aunque sólo sea por falta de hábito.

Pero las últimas semanas han ilustrado los muchos defectos que tienen nuestros políticos. Revisemos un poco el inventario.

Rajoy empezó por declinar la propuesta del Rey de ser candidato. Parece que se creyó a pies juntillas que tras la arrogancia de Pablo Iglesias en la famosa rueda de prensa en que presentó un gobierno de coalición con el PSOE que no existía más que en su imaginación, había un acuerdo maduro para un gobierno de izquierdas, que dejaba al PP fuera de juego. Luego resultó que nada era verdad y que lo más caliente seguía en el congelador.

Desde ese día, Rajoy ha practicado el tancredismo que tanto le gusta: esperar sentadito a que el vecino se estrelle y a que el destino le devuelva un papel estelar. Lo que tiene claro es que no quiere, para nada, abandonar el poder o dejar de estar aforado: la corrupción le rodea de tan cerquita que no puede permitirse lo más mínimo bajar las defensas.

Pedro Sánchez fue nombrado candidato por el Rey. ¿Le contaría al monarca que tenía los apoyos necesarios, o le diría que confiaba poderlos recabar?. Así empezó este último mes que llega ahora a su desenlace. Sánchez, que hace solamente dos años era un diputado raso, necesitaba absolutamente reforzar su imagen, dentro y fuera de su propio partido. Hay que reconocer que se ha esforzado mucho en conseguir acuerdos o pactos con otras fuerzas políticas. Pero creo que lo ha hecho de manera defectuosa que le llevará, inevitablemente, a un desastre como resultado de este debate de investidura. Cualquier negociación de este tipo requiere de UNA mesa única, donde cada cual se trague en público los sapos que corresponda. 

Podemos y su líder principal, Pablo Iglesias, me han decepcionado mucho. Y sospecho que, como a mí, lo habrán hecho a muchos votantes ilusionados de izquierda, que confiaban en que una nueva política era posible. Su soberbia intelectual y la arrogancia de sus gestos, rozando a menudo en el insulto, han demostrado que Podemos sólo parece estar preparada para gobernar en solitario, con cómodas mayorías que se parecen sospechosamente a entornos dictatoriales. Parecen olvidar que si bien es cierto que cinco millones de españoles les han votado, casi veinte millones han votado a otras formaciones.

Me parece bastante desagradable que se arroguen la representación de lo que llaman la gente, como si el resto de partidos políticos representaran a los marcianos.

Sólo dos líderes, Albert Rivera y Alberto Garzón han dado muestras de alguna sensatez y de madurez política. De su boca hemos oído las únicas muestras de intentar trabajar por el bien de España y de los españoles, dejando un poco al margen los intereses personales y de partido. Y de sus iniciativas han nacido los únicos progresos de negociación de verdad.

Aunque también es cierto que Rivera es un personaje con demasiados ribetes siniestros y demasiadas áreas de sombra. Garzón sí me parece genuino porque muy poquito tiene ya que defender. Aunque podría conseguir, si finalmente hubiera unas nuevas elecciones en Junio, un aumento significativo de votos, muchos de ellos procedentes de otras fuerzas de la izquierda (PSOE y Podemos), desmoralizados de ver cómo han actuado en estas circunstancias difíciles.

El PSOE y Pedro Sánchez se ha esforzado en mantener un mantra ya anacrónico: que ellos son la alternativa al PP y que, por tanto, no tiene ningún sentido establecer ninguna línea de negociación con el PP o Rajoy. Esa idea puede que fuera cierta con resultados en la horquilla 160-180 diputados para uno de ellos y algo inferior para el otro. Pero sus actuales niveles (123 diputados para el PP, 90 para el PSOE) les reubican como, solamente pero nada menos que, las dos fuerzas más votadas en un panorama de cuatro formaciones con representación significativa.

Me temo que todos ellos se han visto envueltos en otro de los espejismos que ha venido propagando desde Podemos: que el binomio derecha-izquierda está superado y que lo que hoy cuenta es arriba y abajo. El desarrollo de las negociaciones ha demostrado que eso es totalmente falso.

Con el panorama parlamentario que se ha definido, sólo hay tres opciones posibles, y todas ellas dependiendo de la correspondiente aritmética: o bien un gobierno de la derecha, o un gobierno de la izquierda, o un gobierno de concentración, articulada a derecha e izquierda desde el centro político. Cualquier otra opción no pasa del voluntarismo de sus impulsores.

A Pedro Sánchez, dados sus resultados electorales, no le toca ser Presidente del Gobierno. Salvo, por supuesto, que su figura surgiera como líder reconocido de la unión de voluntades políticas en la izquierda.

Pero lo único tangible que ha podido presentar Sánchez es un acuerdo con Ciudadanos, que es un partido, creo, del centro derecha liberal. Una unión que no ofrece una aritmética que permita una investidura, y que la única adición posible y razonable sería la del PP, para construir un Gobierno de concentración en la que el Presidente de ninguna forma podría ser Pedro Sánchez.

Sánchez se ha enrocado en el No, no y no, y en el ¿qué parte del NO no acaba de entender?, en su relación con el PP y con Rajoy (al que odia y/o desprecia a nivel personal; y el sentimiento es mutuo). Malos mimbres para ni siquiera intentar que el PP pudiera sumarse a una tal iniciativa.

En resumen, tras el fracaso de la sesión de investidura de esta semana, empezará a contar el período de dos meses hasta que resulte imposible evitar unas nuevas elecciones. En otras palabras, el próximo lunes empezará, o al menos debería empezar, el período de verdadera negociación, con el claro objetivo de formar un Gobierno razonablemente estable que permita evitar unas nuevas elecciones el 26 de Junio.

Confío en que todos los líderes tengan claro que unas hipotéticas elecciones en Junio solamente traerían un empeoramiento del resultado de sus respectivas formaciones.

El PP no tiene ya mucho por perder, porque en Diciembre prácticamente sólo les votaron los incondicionales de verdad, aquellos convencidos de que el único gobierno posible es de derechas, y el resto es desgobierno. Pero que no se confíen, porque todavía puede haber, al menos, un millón de votos de ciudadanos a los que les puede acabar resultando irrespirable el ambiente y la sensación de organización criminal dedicada a la corrupción política que sobrevuela de forma insistente al Partido Popular.
Alberto Garzón, que podría ser el único beneficiado en
caso de nuevas elecciones en Junio.
(Fuente: IU y lasexta)

El PSOE ha sostenido a duras penas su posición de segunda fuerza y líder de la izquierda, pero solamente le separa un puñado de votos de Podemos (unos trescientos mil sobre más de cinco millones). Desde la transición política, el PSOE se ha arrogado la posición de partido líder de la izquierda en España. Pero esa posición no es vitalicia y, además, el votante de izquierdas es mucho más inquieto que el de derechas.

Podemos, que desde su origen se articuló como la formación de los que no tienen mucho que perder, han aglutinado muchos más votantes que los que les pertenecerían en puridad, básicamente por el cansancio del bipartidismo y por el reflujo del nefasto efecto Zapatero, que todavía habita en la memoria colectiva. Pero muchos de esos votantes prestados podrían plantearse una nueva migración, por ejemplo a Izquierda Unida, que parece una formación mucho más sensible a las necesidades de gobernabilidad que tiene un país como España. No sería una sorpresa excesiva que pudieran perder uno o dos millones de votos, porque su gestión de los escenarios de negociación está manifestando ser francamente mejorable. Parece que, a menudo, están convencidos de que fuera de sus círculos y asambleas sólo hay banqueros, altos ejecutivos o extraterrestres.

Ciudadanos podría recolectar algunos votos de los cansados del tancredismo de Rajoy y del adanismo de Sánchez. Pero Rivera tiene demasiados ribetes siniestros (que generan desconfianza en muchos ciudadanos) como para conseguir una progresión significativa. Además, su posición política en Catalunya no ha hecho, ni está haciendo, absolutamente nada para ayudar a la resolución de un problema político que es, desgraciadamente, bien real.

El único ganador, de verdad, podría ser Alberto Garzón. Si un número importante de votantes del PSOE o de Podemos deciden reconducir su voto hacia Izquierda Unida, podrían superar la barrera que les limita a tener solamente dos diputados con un millón de votos, y conseguir alguna docena de diputados, que marcarían una diferencia significativa respecto a la situación actual.

Creo que todos deberían temer a unas nuevas elecciones y espero que ello les lleve a dedicarse, de verdad, a buscar líneas de entendimiento que permitan conformar un Gobierno para los próximos cuatro años. Alberto Garzón, que todavía es joven y le auguro una importante carrera política en los próximos lustros, deberá tener paciencia y concentrarse en reformar la Ley Electoral, para que sea mucho más justa con las fuerzas minoritarias. En el medio plazo, posiblemente podría articular una cierta convergencia con Podemos, donde Garzón debería ocupar una clara posición de liderazgo. Me temo que la época de Pablo Iglesias, que se ha desarrollado principalmente en los platós de televisión, ya está superada. Veremos la nota parlamentaria que se gana en este debate de investidura, pero me temo que la soberbia y la arrogancia forman parte de su hardware más íntimo y no son fáciles de disimular.

Es decir, esta semana nos toca superar un trámite formal, cuyo resultado ya conocemos (salvo sorpresa muy mayúscula). Y la próxima semana debe empezar una etapa nueva y muy diferente de lo vivido hasta ahora. Sugiero que todos los líderes hagan un reset de lo sucedido durante la campaña electoral y durante este largo período de indefinición, y empiecen de cero, olvidando los agravios que todos ellos han sufrido por parte de los demás.

Pedro Sánchez ha sucumbido al orgullo de ser candidato, pero en el pecado le viene la penitencia. Estos días le tocará sufrir la suprema vergüenza de ser rechazado como Presidente del Gobierno por una mayoría de los diputados del congreso.

Me voy a mojar. Mi apuesta es de una investidura fallida, y de un acuerdo posterior en el ámbito de una cierta concentración en torno al centro, para conformar un Gobierno (apoyado por el PP, el PSOE y Ciudadanos) que no estará presidido ni por Mariano Rajoy ni por Pedro Sánchez.

Una solución a la catalana (con tomatito rallado).

JMBA

martes, 9 de febrero de 2016

Es la hora de hablar

A lo que se invita a la familia, a los amigos y a los conocidos, es a la boda. El noviazgo se desarrolla, habitualmente, en una razonable penumbra de privacidad.

El afán de transparencia y de luz y taquígrafos está provocando que todo el proceso de negociación para la formación de un nuevo Gobierno, prácticamente se retransmite en tiempo real.
Pedro Sánchez, candidato a la Presidencia del Gobierno.
(Fuente: huffingtonpost)

Hace unos días, el veterano periodista Miguel Ángel Aguilar, en una larga pregunta que planteó en una de las infinitas ruedas de prensa que estos días está ofreciendo Pedro Sánchez, hacía alusión a esta necesidad de áreas de penumbra en las negociaciones tanto políticas como incluso amorosas. Creo que tiene toda la razón.

Hay una realidad que creo que la mayoría de periodistas están ignorando, en pos de una supuesta total transparencia, que no creo que sea un bien superior en todos los casos.

Es imprescindible que, si se llega a algún tipo de acuerdo, este se haga público en todos sus extremos, porque los ciudadanos tenemos derecho a conocerlo.

Pero los tiempos políticos tienen, necesariamente, aproximaciones diferentes. Durante cualquier campaña electoral, el objetivo ideal de cada líder es conseguir que el 100% de los ciudadanos depositen un voto en favor de su formación. En su defecto, todos intentan hacer lo que sea para conseguir la mayor representación posible. Esto significa que se se compara la fuerza propia con las rivales, a las que a menudo se desacredita o incluso descalifica. En la reciente campaña del pasado Diciembre, el PSOE intentaba convencer a los tibios del centro para que votaran al PSOE y no a Ciudadanos, y a los votantes de la izquierda para que votaran a una fuerza de la izquierda moderada como el PSOE, y no a una fuerza de la izquierda más radical, como Podemos.

En campaña, todos los líderes tienen su objetivo muy claro, y actúan en consecuencia. Pero ese tiempo termina el día de las votaciones.

El día después, está clara la representación, en término de votos y de escaños, que cada fuerza ha obtenido.

El siguiente paso, como se está poniendo de manifiesto de forma muy palmaria en esta ocasión, viene el período de negociación y de obtención de pactos, para facilitar la formación de un Gobierno con el suficiente apoyo parlamentario para que resulte razonablemente estable. Un Gobierno, por cierto, que debe actuar para todos los ciudadanos, no solamente para aquellos que votaron a las fuerzas que apoyen el gobierno.

En esta fase, creo que lo más conveniente es que todos (políticos, medios, periodistas, ciudadanos) olvidemos las infinitas pullas que se han lanzado entre ellos en otro tiempo político.

Una vez las urnas han dado su veredicto, cada fuerza política sabe cuál es la representación que le han dado los ciudadanos. Si somos puristas, el programa electoral con que cada formación se presenta a las Elecciones debería convertirse en su programa de gobierno si consigue una mayoría suficiente para poder gobernar sin necesidad de llegar a acuerdos con otras fuerzas. En la realidad, incluso con mayorías absolutas, luego se cumple o no, pero esa sería otra conversación.
El periodista Miguel Ángel Aguilar.
(Fuente: periodistadigital)

Pero en cuanto se abre un tiempo de negociación, conviene que todos olviden (olvidemos) lo que sucedió durante la campaña. A una negociación conviene acudir modestamente con tu programa bajo el brazo, y una clara consciencia de que la fuerza real conseguida en las urnas es la que debería dictar cuánto de ese programa puede acabar viéndose reflejado en un eventual Programa de Gobierno.

La fase de negociación y de búsqueda de pactos supone, para todos, la necesidad, o por lo menos la conveniencia, de tragarse unos cuantos sapos incómodos. Y a nadie le apetece que la deglución de ese batracio se produzca en público. Para tener alguna opción de llegar a un acuerdo hay que olvidar las líneas rojas y desarrollar la empatía necesaria con las demás fuerzas políticas. Hay que tener claro que detrás de cada líder, en esa fase, está el respaldo de un cierto número de ciudadanos en las urnas. Ni más ni menos.

No acabo de entender las posiciones excluyentes ante una negociación. Por el bien de los ciudadanos, todos deberían aportar partes de su programa y de su ideario. Entiendo que ni al PP ni al PSOE les apetece negociar entre ellos, pues son realmente el uno la alternativa natural del otro. Pero sería muy necesario, por el bien del país, que exista un cierto nivel de acuerdo entre ellos, al menos para que todos participen en los grandes pactos nacionales y de Estado para los temas realmente importantes y de largo recorrido (reformas constitucionales, pactos por la Educación, acuerdos para el desarrollo de la Ciencia y el I+D, etc.).

Y tampoco comprendo la posición de Podemos, que se desarrolla con una altanería y una soberbia que parece olvidar que su apoyo en términos de votos ciudadanos es el que ha sido. Importante, sí, especialmente para una fuerza que venía de cero, pero limitada. Intentar una negociación en exclusiva con el PSOE no podría conducir en ningún caso a que Pedro Sánchez pudiera ganar un debate de investidura ni formar un gobierno razonablemente estable.

Y, definitivamente, me parece desproporcionada la saña con que algunos periodistas se empeñan en enfrentar a todos los líderes con sus propias palabras y descalificaciones durante la campaña electoral. Un buen ejemplo de ello fue el cruel ejercicio de Maldita Hemeroteca (que rinde, en general, muy buenos servicios a los ciudadanos) al que sometió mi admirada Ana Pastor al jefe del equipo negociador del PSOE, Antonio Hernando, en el programa El Objetivo el pasado domingo. Me parece que eso en nada contribuye a que las negociaciones puedan desarrollarse con los mínimos contratiempos posibles. Hernando, que ha sido azote del Gobierno y del PP desde su posición de portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, acudió al plató con su piel de cordero (y sus nuevas gafas de color, por cierto), propia del nuevo tiempo de negociación y pactos. Y Ana Pastor intentó forzarle, sin éxito, a que reconociera que hoy ya no comparte las descalificaciones a otras fuerzas que vertió en tiempo de campaña.

El negociador no tiene por qué cambiar de opiniones. Sólo que está obligado a olvidarlas, para facilitar la labor de identificar aquellas áreas y aquellos temas en los que puede haber cierta coincidencia, y tratar de elaborar una propuesta común, que provoque la parcial satisfacción de todas las partes.  
Ana Pastor, directora de El Objetivo, en La Sexta.
(Fuente: vertele)

En política, cada tiempo tiene sus propias reglas, que conviene no alterar. Por eso me parecen necesarias esas áreas de penumbra que evocaba Miguel Ángel Aguilar. En la privacidad de una mesa de negociación se pueden verter descalificaciones o incluso insultos de unos hacia otros. Pero lo que realmente importa es que esa situación pueda superarse, para contribuir al bien superior del país y sus ciudadanos.

Durante unos días, las próximas semanas, deberíamos dejar tranquilos a nuestros políticos, para que puedan desarrollar de la mejor manera posible la labor por la que les pagamos un buen sueldo.

Aunque hay que reconocer que hay un elemento distorsionador de esta situación. Da la sensación de que algunas fuerzas políticas están apostando a que el proceso descarrile y resulte inevitable convocar unas nuevas Elecciones Generales. Es muy complicada la gestión de un ambiente político en que algunos están en el tiempo de la negociación, mientras que otros parecen moverse en las arenas de una nueva campaña electoral.

Personalmente, creo que debería resultar posible llegar a un acuerdo que, por activa o por pasiva, permitiera que Pedro Sánchez sea investido Presidente del Gobierno. Con un programa de gobierno que debería incluir elementos del PSOE, de Ciudadanos y de Podemos, y con la aquiescencia del PP, al menos en lo que a los grandes temas de Estado se refiera.

Claro que para llegar a ese estadio, a lo mejor es necesario que algunos líderes den un paso al lado, para que un posible recambio haga más fáciles las cosas.

JMBA

lunes, 21 de diciembre de 2015

El Laberinto Español. La (improbable) Solución S2.

Ya estamos en el día después. Este domingo los ciudadanos han acudido a las urnas para depositar sus votos, y ya tenemos los resultados. Confusos, para empezar a hablar.
Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno.

Analizaba hace unos días el laberinto al que se enfrentaba el votante. Estas Elecciones han exportado al país entero el laberinto en el que se debatía cada votante. Al final, frente a las urnas, ha primado un poco más el voto del temor que el de la esperanza. De este modo, Ciudadanos ha quedado claramente muy por debajo de las expectativas que se le asignaban y que ellos mismos esperaban. Y Podemos, habiendo alcanzado un excelente resultado, se queda lejos del sorpasso anhelado al PSOE. Me temo que, en las circunstancias actuales, ambos partidos emergentes han alcanzado su techo electoral.

El bipartidismo sufre, pero ha resistido el embate de las nuevas fuerzas. Ha sufrido un descalabro monumental, bajando del 77% de los votos conjuntos de PP más PSOE en 2011, al 51% que obtuvieron este domingo. Pero algo más de un votante de cada dos sigue confiando en el bipartidismo tradicional como la fórmula para gobernar España. El PP ha perdido más de 60 escaños, y el PSOE otros 20 más.

Y, por cierto, estas Elecciones han dejado fuera del Congreso a algunos históricos, como Duran i Lleida o Eduardo Madina. El soldado Mas, además, yace exangüe en una cuneta cualquiera, y su investidura como President ya es un tema de política-ficción de serie B.

En las próximas semanas veremos los diferentes intentos para formar un gobierno estable. Un empeño que parece extremadamente complicado, dada la aritmética parlamentaria que han arrojado las urnas.

En primer lugar, como fuerza más votada, Mariano Rajoy debe intentarlo. Podría conseguir la abstención de Ciudadanos, pero poco más. Tendrá en contra a la práctica totalidad del resto del Parlamento. Su empeño no puede conseguir ningún resultado.

A continuación, Pedro Sánchez debería intentarlo. Para salir adelante en una primera votación, debería conseguir un pacto, al menos de investidura, que le diera la mayoría absoluta en el Parlamento. Para ello debería conseguir un acuerdo contra natura con fuerzas muy contrarias, incluyendo, por ejemplo, a ERC y a Democràcia i Llibertat (ex Convergencia). Además, de, por supuesto, el apoyo de todos los diversos aromas de Podemos. En estas condiciones imposibles, quizá podría conseguir la investidura. Pero con ello cruzaría todas las líneas rojas que se habían trazado hasta ahora en el PSOE.

En una segunda votación, persiguiendo la mayoría simple, debería conseguir más votos positivos que los negativos que obtendría, con seguridad, de todos los diputados del PP. Y, para asegurar la abstención de Ciudadanos, no podría llegar a ningún tipo de acuerdo con fuerzas que preconicen un referéndum para Catalunya. Otra ecuación imposible.

Si ese fuera el curso de los acontecimientos en los próximos meses, la única solución sería convocar nuevas Elecciones Generales que serían, en la práctica, como una segunda vuelta. En estas condiciones, el voto tendería sin duda a polarizarse en torno a los que tengan opción efectiva de formar Gobierno. Esto podría perjudicar a Ciudadanos y a Podemos, pero llevaría, muy probablemente, a otro escenario imposible. En el límite, imposible por diversas razones, de que todos los votantes de Ciudadanos decidieran votar al PP, y todos los de Podemos decidieran dar respaldo al PSOE, veríamos de nuevo a dos partidos en el entorno de los 160 diputados, sin posibilidad alguna de negociar pactos, incluso sólo de investidura, con otras fuerzas.
Susana Díaz, Presidenta de Andalucía.

La solución, que sería muy novedosa en España, porque nunca hasta ahora se ha producido, ni siquiera ha habido escenarios electorales que la preconizaran, sería la Gran Alianza de PP y PSOE por el bien común del país. En otras palabras, sería la investidura de Rajoy con la abstención, entre otros, del propio PSOE. Un escenario imposible con Rajoy y Sánchez al frente de los dos partidos, después de los muchos insultos que se han cruzado, tanto en el Parlamento como en el Cara a Cara en la televisión.

La solución podría ser la S2. Me explicaré. Consistiría en sustituir a los líderes de los dos grandes partidos por Soraya Sáenz de Santamaría en el PP y por Susana Díaz en el PSOE. Soraya puede alegar estar limpia de los episodios conocidos de corrupción. Y Susana puede exhibir sus resultados electorales en Andalucía como primera fuerza, mientras que Pedro Sánchez, en su feudo de Madrid, sólo ha alcanzado el cuarto lugar.

La S2 podría escenificarse sin convocar nuevas elecciones, si los dos grandes partidos decidieran primar los intereses globales del país frente a los de su propio partido o a los de sus líderes actuales. O podría escenificarse como un cataclismo previo a unas nuevas Elecciones Generales.

Si no hubiera nuevas Elecciones, el Gobierno debería ser del PP con la abstención del PSOE en la investidura, con pactos de Estado previamente negociados para muchos de los grandes temas de país que hay que afrontar en el corto plazo. Y si hubiera una segunda vuelta, habría que ver los nuevos resultados obtenidos por cada uno de ellos, para decidir quién debería liderar la formación del nuevo Gobierno.

Con las votaciones del 20-D nos hemos asomado, colectivamente, al abismo del caos. Y el Caos, hermoso de contemplar en su propio desorden, no es un hábitat agradable para instalarse en él.
Gerald Brenan, en Yegen (Alpujarra granadina) en 1920.
(Fotografo: Carlos Pranger. Archivo Español de
Gerald Brenan. Fuente: revistaentrelineas)

Está claro que el bipartidismo de las últimas décadas está dando boqueadas, pero el bipartidismo en sí no es una mala opción para cualquier país. Avanzar en ese sentido supondría una completa refundación de los dos grandes partidos. Debería consistir en convertir al PP en el PDL (Partido Demócrata Liberal) y al PSOE en el PSD (Partido Social Demócrata). Unos nuevos partidos en los que podrían encontrar acomodo, o quizá incluso liderazgo, respectivamente Albert Rivera y Pablo Iglesias. Y sus primeros líderes podrían ser Soraya y Susana (la entente S2).

Espero que hayáis disfrutado durante un rato, como lo he hecho yo mismo, acompañándome en el desarrollo de este escenario de política-ficción.

Cualquier otra opción pasa por que casi todos tengan que tragarse un buen montón de sapos indigestos. Lo que no descarto que hagan, por cierto, a cambio de conservar (o conseguir) cuotas de poder.

Gerald Brenan, ese gran hispanista británico que se enamoró de la Alpujarra granadina, al que incluso Carlos Cano dedicó un pasodoble, publicó en 1943 un ensayo histórico que tituló El Laberinto Español. La obra tenía como subtítulo, antecedentes sociales y políticos de la Guerra Civil española.

Afortunadamente, no todos los laberintos tienen la misma salida.

JMBA

viernes, 18 de diciembre de 2015

El Votante en su Laberinto

Estamos a un par de días solamente de una de las Elecciones Generales más decisivas de las últimas décadas, y, sin embargo, las encuestas, sondeos y sensaciones de los entendidos parecen indicar que hay, todavía, un elevado número de votantes indecisos. Según algunas fuentes, incluso por encima del 20% de los que están seguros de que irán a votar, todavía no saben muy bien por quién.

Y es que el escenario político, esta vez, es complicado y, a la vez, apasionante. Hay dos formaciones emergentes, que no están presentes en el Parlamento actual y que, según todos los indicios, pueden alcanzar una posición importante, incluso por encima de los cincuenta escaños cada una de ellas. Ciudadanos y Podemos son los grandes protagonistas. Y parece que podrían barrer a otras dos fuerzas que ocupan espacios parecidos, pero que nunca han sabido ser algo más que fuerzas testimoniales. Estas elecciones podrían ser el final de UPyD y de Izquierda Unida. O no, que sorpresas habrá el domingo, con seguridad.

El bipartidismo de PP y PSOE, que han tenido la total hegemonía de la escena política los últimos casi cuarenta años, está muy seriamente amenazado. Las previsiones indican que podrían estar, conjuntamente, claramente por debajo del 50% de los votos. Este bipartidismo que ha venido perpetuándose a sí mismo es víctima de la esclerotización de la política, de la tiranía de la partitocracia y del aparato de los propios partidos, y de un sistema político que ha facilitado hasta límites irrespirables la construcción de auténticas maquinarias de corrupción, latrocinio y saqueo de lo público. No lo tienen todo perdido, pero deben apuntarse con premura y decisión al carro de la regeneración política. Lo que, hasta ahora y por cierto, no se ha visto con nitidez.

Ha llegado el momento de un cierto cambio de régimen, que sustituya al statu quo creado por el proceso constituyente que culminó en 1978, y que ha prestado grandes servicios a España desde entonces, pero que se ha ido agotando y quedando sin fuelle. Ciudadanos y Podemos, desde posiciones reconocibles como neoliberales a la derecha y socialdemócratas a la izquierda, representan muy bien esa esperanza de cambio, no sólo de Gobierno, sino también de régimen y de práctica política. Cabe la posibilidad de que, en unos años, puedan constituir el nuevo escenario de bipartidismo que nos acompañe las próximas décadas.

Pero el voto, que es un acto de tremenda intimidad, se mueve a menudo por emociones no siempre perfectamente identificables. En el voto del 20D reconoceremos, por lo menos, el temor y la esperanza. Algunos sienten el temor de que los nuevos actores no estén capacitados para gobernar España. Es cierto que son formaciones muy jóvenes, casi sin historia (por lo menos a nivel nacional, en el caso de Ciudadanos) y que han crecido mucho y con mucha rapidez. Esto ha provocado, inevitablemente, crisis de crecimiento, ya que han tenido que incorporar cuadros a gran velocidad y no siempre con los necesarios filtros. De otra parte, el mensaje de Podemos se ha ido atemperando, desde la dinámica prácticamente antisistema, heredera de los movimientos populares del 15M, hasta una posición mucho más asimilable a una socialdemocracia del centro o norte de Europa. Esto también ha creado confusión en algunos de sus seguidores tempranos, aunque ha atraído a muchos votantes tradicionales del PSOE. El mensaje de Ciudadanos, por su parte, resulta a menudo algo ambiguo, y difícilmente situable en el espectro tradicional español derecha-izquierda. Y las declaraciones poco contenidas y nada disciplinadas de algunos de sus representantes han creado fuegos donde no los había. Parece que los españoles tenemos ciertas dificultades para poner derecha y moderna en la misma frase.
Los cuatro líderes políticos que, muy probablemente, van a tener
protagonismo tras el 20-D.
(Fuente: elperiodico)

De otra parte, Mariano Rajoy no creo que despierte entusiasmo, ni siquiera entre muchos del fondo de armario de los votantes tradicionales del PP. Pero hay que reconocer que es un estadista veterano y, a estas alturas, bastante predecible. Para muchos puede representar una tabla de salvación ante lo desconocido. Pero, a su vez, tiene algunas sombras graves que le persiguen. De una parte, la mentira. Porque, al poco de llegar al Gobierno, empezó a hacer todo lo contrario de lo que decía el Programa electoral del PP en 2011. Claro que el PP culpa de ello a la herencia recibida de la última etapa de Zapatero. Una excusa que no convence a los que no somos hooligans del PP. Además, en estos cuatro años, el Gobierno del PP se ha instalado en la permanente invención de neologismos y perífrasis para disimular una situación económica que, desde luego, no es ni mucho menos buena para una parte importante de la población. Ocultando las falacias bajo una retórica barroca.

Es cierto que se ha empezado a crear empleo en los últimos dos años. Pero también es cierto que la economía, incluso la globalizada, es cíclica, y ahora toca un ciclo de cierta expansión, que no es, por lo menos no en su totalidad, obra o resultado del Gobierno del PP. Sin descontar otros factores que coadyuvan a una imagen económica algo menos apocalíptica, como la depreciación del euro (que facilita ciertas exportaciones) o la bajada del precio del petróleo. Las cifras no engañan, y al final de la legislatura hay algunos ocupados cotizando menos que al principio de la misma, ahora hace cuatro años. Y los salarios se han degradado, lo que tira a la baja de las cotizaciones sociales que deberían hacer sostenible, por ejemplo, el sistema de pensiones.

La tibia recuperación económica está siendo injusta, porque los salarios se han despeñado y el riesgo de exclusión social ya no es sólo patrimonio de los desempleados, porque ha nacido una nueva clase social, la de los trabajadores que no ganan lo suficiente como para poder vivir dignamente. Esto está creando fuertes tensiones sobre los sistemas de solidaridad, Y conviene no olvidar que la caridad y la solidaridad son valores que contribuyen a hacer frente a emergencias sociales, pero no son un sustituto para compensar desequilibrios estructurales.

Además, muchos ciudadanos recriminan al PP su uso torticero de la palabra, que ha ido sembrando la actualidad de agravios absurdos y perfectamente evitables, si hubieran utilizado el lenguaje de un modo mucho menos agresivo y partidista. En este catálogo tendríamos desde el Que se jodan (dirigido a los desempleados) de esa diputada (hija del impresentable Carlos Fabra), a la movilidad exterior de la Ministra de Empleo, tratando de disimular el fenómeno migratorio que estamos viviendo, o la indemnización en diferido con la que tuvo que lidiar María Dolores de Cospedal o lo de españolizar a los alumnos catalanes del ex ministro Wert. Las palabras pueden herir tanto como las armas más afiladas. Y hacen sangre.

Personalmente, además de todos estos temas, mi principal reproche al Gobierno del PP es que para nada ha trabajado para desarrollar las bases necesarias para que, en dos o tres décadas, España se parezca al país que nos gustaría que fuera. Nada se ha hecho para modificar el modelo económico español, a fin de poder ser más competitivos con los países más avanzados de nuestro entorno, y no con los países de mano de obra más barata, que es uno de los efectos secundarios de su famosa Reforma Laboral. Estamos intentando remontar la crisis subiendo por la misma pendiente por la que nos despeñamos a partir del 2007. Y eso deja atrás a los enfermos y heridos, y nos condena a repetir la historia. Se ha descapitalizado, todavía más, la investigación, y muchos jóvenes de la generación mejor formada de nuestra historia reciente se han visto obligados a buscarse la vida lejos de nuestras fronteras, contribuyendo al desarrollo de otros países. Una ruina para España.

Para explicar el descenso de las cifras del paro, hay cuatro razones posibles, de las que el Gobierno sólo quiere utilizar una. El paro puede bajar porque más gente encuentra empleo. Pero hay menos cotizantes en la Seguridad Social, lo que desmiente este argumento. Puede bajar también si hay gente que se marcha del país y deja de constar como parado. O también por la gente que ha abandonado toda esperanza de volver a trabajar, y se ha borrado como buscador de empleo. Y, finalmente, también puede bajar porque más gente se dedica a actividades de economía sumergida. Me temo que de todo hay, pero el Gobierno insiste en sólo aceptar y declinar la primera, la que más cree que le favorece.

Con el PP, la mayoría de españoles parecen condenados a ser los camareros de Europa, con contratos extremadamente volátiles, de cuatro horas, pero trabajando doce a cambio de una pequeña compensación adicional en B. De esta forma no conseguiremos nunca ser un país más avanzado, competitivo y feliz. Sólo repetir periódicamente las caídas y las crisis muy profundas. No deberíamos aceptar que un 12% de paro se considere paro técnico, ni que periódicamente debamos enfrentarnos a cifras de desempleo claramente superiores al 20% (lo que no sucede, por cierto, en ninguno de los países avanzados de nuestro entorno). 

Y, por último, la corrupción, que ha ilustrado día tras día todas las portadas. Dejando al margen la infinidad de escenas impresentables que nos ha tocado vivir, las tramas Gurtel y Púnica ilustran a la perfección cómo el sistema ha permitido diseñar maquinarias perfectamente corruptas, para ejecutar con precisión el saqueo de lo público. Y resultan patéticos cuando intentan convencernos de que el problema de la corrupción es de las personas y no del partido, ni del sistema. Eso, simplemente, es una falacia lamentable. Y lo que ya se ha sabido sobre Bárcenas y sus papeles no tiene nombre. El Gobierno ha sido muy tibio en el reproche y erradicación de ese tipo de corrupción, lo que nos hace sospechar a muchos que los que intentan sofocar el fuego no están lo suficientemente limpios como para poder actuar sin trabas ni compromisos. El tema de los famosos sobresueldos en B, en sobres manila o cajas de puros, sé que seguirá siendo una leyenda urbana, porque esas cosas son prácticamente imposibles de demostrar en sede judicial. El dinero B, por definición, nunca aparece en las contabilidades oficiales ni en las declaraciones a Hacienda. Pero, por lo menos, que no nos tomen por imbéciles.

A mí me resulta francamente sorprendente el prurito de agredido ofendido que adoptó Rajoy cuando Pedro Sánchez, en el Cara a Cara del pasado lunes, le dijo que no era un político decente. No le llamó delincuente, porque sabe, como la gran mayoría de españoles, que eso nunca se podrá demostrar. Pero Rajoy parece haberse olvidado de que el desempeño de la política, aparte de estar sometido a posibles responsabilidades judiciales, en su caso, está permanentemente sujeto a la responsabilidad política, que siempre es inevitablemente subjetiva. La decencia, en política, no es un atributo que sea demostrable que se tiene o no, si no en función de lo que una mayoría de ciudadanos perciban. La respuesta de Rajoy debería haber sido: Bueno, esa es su opinión. Además, me resultó francamente casposa su línea de defensa en el sentido de que lleva 30 años dedicado a la política. ¿No será ya demasiado, señor Rajoy?.

En fin, creo que, en sólo cuatro años, el PP ha hecho méritos más que suficientes para ser apartado del poder, y darles la oportunidad de depurarse en su rincón de todas las toxinas que han ido acumulando. Necesitan como el comer su propia travesía del desierto. Sólo deberían votarle los hooligans.

¿Y qué decir del PSOE?. Acabó absolutamente desarbolado la etapa Zapatero, donde tuvo que traicionarse demasiadas veces a sí mismo. Ya analicé con cierta extensión esa época. Cometieron el error de practicar el sectarismo con demasiada frecuencia, el pecado de gobernar para los suyos y no para todos los españoles. Rubalcaba, político sagaz donde los haya, tenía claro que su única posibilidad era retirarse de la primera línea a su cátedra de Química, y dejar que otros lidiaran con ese toro. Pedro Sánchez es joven y guapo, pero es un líder discutible y discutido del Partido Socialista. Con demasiada frecuencia es bombardeado por el fuego amigo. Me temo que el partido necesita otros cuatro años para regenerarse de nuevo, para depurar sus muchos pecados, cambiar otra vez de líder, y prepararse para un nuevo asalto al poder en 2020. Y eso suponiendo que el escenario político no haya cambiado tanto que ya no tenga cabida un partido histórico como es el PSOE.

El 20D votar al PSOE significa querer un cierto recambio, pero sentir temor por el cambio. El liderazgo de Pedro Sánchez, por su parte, no creo que sobreviva al fracaso anunciado en estas Elecciones Generales.


Creo llegada la hora de los emergentes que, aparte de otras delicias, aportan aire fresco a un ambiente enrarecido. No hay duda de que, con el poder, tendrán que hacer frente a sus propios episodios de corrupción, pero espero que los sepan lidiar con firmeza y diligencia. Parecen genuinamente animados para llevar adelante la regeneración política de este país, para trabajar por la separación efectiva de poderes, dispuestos a negociar reformas constitucionales que permitan que la mayoría de españoles podamos sentirnos razonablemente felices y queridos en nuestro propio país.

Tendrán que demostrar que son capaces de gobernar para todos y no sólo para sus votantes, y que tienen en la cabeza el país que les gustaría que fuera España en el 2040 y que trabajan todos los días para acercarnos a ello.

Por supuesto que nada será perfecto, porque la perfección no es un atributo humano. Pero, como mínimo, será esperanzador ver renovado el ambiente en el Congreso de los Diputados y espero que también en la Moncloa.

Según la aritmética que salga de las urnas veremos las posibilidades reales que van a existir de articular mayorías para el Gobierno de España. Ahí se pondrá a prueba la flexibilidad de cintura de los nuevos, pero también de los veteranos. Porque cuando el PP habla de estabilidad para la gobernabilidad del país, quiere decir mayoría absoluta del PP. Y los otros tres (PSOE, Ciudadanos y Podemos) hacen ascos a clarificar cuál será su actitud negociadora, porque hasta el domingo su único objetivo es conseguir ser la fuerza más votada, lo que tienen muy, muy complicado.

Claro, también se podrá votar a los dos partidos que están en la UVI (UPyD e Izquierda Unida). Francamente, me cuesta entender, si no fuera por la fuerza de ciertos egos, cómo no ha sido posible que se integren en las nuevas formaciones, que tienen mucho más empuje y mucho mejores perspectivas, y además ocupan espacios sociológicos homologables.

En ciertas regiones, además, se podrá votar a fuerzas nacionalistas. Pero el votante deberá tener en cuenta que su fuerza en la gobernabilidad de España se ha visto seriamente deteriorada por la decrepitud del bipartidismo, que fue su pesebre durante décadas, al actuar de bisagras en favor de unos u otros, a cambio de favores o competencias.

Y en todas partes habrá, también, una docena larga de otras formaciones inevitablemente condenadas a la marginalidad, me temo.

Ah, y que nadie olvide que también deberemos votar por el Senado, aunque nadie tenga muy claro para qué sirve ni si va a sobrevivir a la próxima legislatura. Sugiero que cada cual se lea la relación de nombres que se presentan por su provincia, y decida por personas, en función de su propio conocimiento y al margen de la estructura de listas (abiertas, por cierto) de cada partido. 

Para el próximo domingo, el votante se enfrenta a un laberinto. Podría decidir no entrar, y quedarse como está, porque no vea claro que sabrá salir de él, como el caballo que rehuye saltar una valla. En este caso, y según su sensibilidad, debería votar a PP o a PSOE. Pero, francamente, en las condiciones actuales quedarnos como estamos no me parece que sea una opción. La etapa democrática que se inició en el 78 ha cumplido muy bien su papel, pero se ha ido viciando y está agotada. Los votantes estamos obligados a facilitar que la política del siglo XXI para España la lleven adelante políticos del siglo XXI. Muchas cosas, necesariamente, deberán ir cambiando. Ante un reto de tales dimensiones, no cabe el paso atrás de la cobardía. El valiente no es el que no siente miedo (ese es un temerario), sino el que sabe vencerlo o, al menos, rodearlo.

Espero que en las urnas del 20D haya mucho más de esperanza que de temor.

JMBA