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lunes, 14 de marzo de 2016

Volando un dron de juguete SYMA X5C1

He cedido a un capricho. Dice el Diccionario de la Lengua Española que un capricho es una


Determinación que se toma arbitrariamente, inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original.

Dron SYMA X5C1, con sus protecciones instaladas y
el mando de control remoto.
(JMBigas, Febrero 2016)


Por su parte, Oscar Wilde sostenía que la única diferencia entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho suele durar algo más.



Desde hace ya muchos meses, quizá incluso varios años, me he estado parando embobado delante de los múltiples puestos temporales instalados en zonas comerciales, dedicados a la venta de drones, esos juguetitos que saben volar sin muchas complicaciones aparentes. Este año, pasada la furia compradora de Reyes, ya se podían ver algunos modelos razonables por debajo de los 100 euros.



Con todo ello, el capricho se fue convirtiendo en una tentación.



Buceé por Internet para ver si había alguna recomendación razonable de algún modelo que fuera adecuado para un perfecto lego como yo mismo, sin ninguna práctica previa de vuelo. Con el único objetivo de, en su caso, disfrutar haciéndolo volar e incluso obtener algunos clips de vídeo o algunas fotografías diferentes de lo habitual.



Así, vi un modelo de pequeño tamaño, muy ligero y recomendado por varios (presuntos) expertos para iniciarse en el manejo de los drones: el SYMA X5C1.

Embalaje original.
(JMBigas, Febrero 2016)


En Amazon, este modelo estaba a la venta por un precio muy modesto: 56,79€ (incluyendo los gastos de envío hasta mi casa). Este precio ya no permitía tachar ese capricho de absurdo o inabordable.



No pude seguir resistiendo más al tirón del capricho, y lo compré.



A pesar de que en la web se me decía que la fecha prevista de entrega iba a ser la segunda semana de Febrero (parece que lo envían directamente desde China), lo recibí a plena satisfacción en poco más de dos semanas de plazo.



El aparato es, técnicamente, un quadcopter, es decir que está equipado con cuatro hélices de eje vertical. Todo plástico, su peso total en orden de vuelo es de 106 gramos (incluyendo la batería). Su planta es cuadrada, de 31,5cm. de lado, y su altura total es de 75mm.

Especificaciones del aparato.
(JMBigas, Febrero 2016)


El dron viene montado en su caja, excepto por las protecciones de las hélices, que vienen desmontadas. Basta con presentarlas en su enclavamiento y apretar un tornillito con el destornillador pequeño que también viene incluido en la caja.



Se incluye una batería de Li-Po de 3,7V y 500mAh, que viene instalada en su cajetín, así como una mini cámara (también instalada) que permite tomar vídeos o fotografías con una resolución y calidad razonables (dado lo muy bajo de gama que es el aparato en sí).



La batería tiene un conector que, en orden de vuelo, va en el encaje "Power" para dar potencia tanto al motor eléctrico que mueve las hélices, como a los LEDs que iluminan el aparato, al sistema de control remoto y a la cámara. Ese mismo conector es el que se utiliza para recargar la batería, mediante un cable USB que viene incluido. Para la recarga, hace falta una fuente de USB con tensión (el conector USB de un ordenador, por ejemplo), o un cargador de pared o batería externa que tenga al menos un conector USB. Según las especificaciones y mi propia experiencia, la carga completa puede tardar unos 75 minutos (mejor contar con un par de horas), y suministra energía para poder volar 5-7 minutos.

La cámara, instalada sobre el cajetín de la batería,
en la parte inferior del aparato.
(JMBigas, Febrero 2016)


Parece muy poco tiempo esos cinco o siete minutos de vuelo. Pero cuando uno descubre que mantener el aparato en el aire más allá de unos pocos segundos es una labor titánica que requiere de un aprendizaje completo, la duración ya es más razonable. De todas formas, se pueden comprar baterías adicionales a precios muy económicos. Por poco más de 12€ también he comprado cuatro baterías de 600mAh con su correspondiente cable cargador simultáneo para las cuatro.

Cajetín inferior, para la batería.
(JMBigas, Febrero 2016)


La cámara, instalada sobre el cajetín de la batería, en la parte inferior del aparato, lleva insertada una tarjeta microSD de 4GB (aunque la documentación hablaba de 2GB). Con 4GB se puede grabar casi una hora de vídeo y/o varios cientos de fotografías.


Graba clips de vídeo en formato AVI, con resolución de 1280x720 pixels, y ocupa, aproximadamente, 1MB por segundo de grabación. Los guarda en una carpeta de Vídeo y los nombra con una raíz genérica y una numeración correlativa, que empieza de nuevo cada vez que vaciamos la tarjeta, por volcado al ordenador, por ejemplo. Esto significa que nos encontraremos con nombres repetidos en diferentes sesiones de vuelo, y nos obliga a prever una estructura razonable de carpetas, en el ordenador o donde sea que lo almacenemos, para evitar problemas o borrados accidentales, y para facilitar su localización posterior.

Las fotografías las guarda en formato JPG con resolución de 2560x1440 pixels, en su correspondiente carpeta de Fotos. Cada una tiene un tamaño en el rango de los 200-400KB. Por supuesto, los metadatos Exif de cada foto son prácticamente inexistentes. 
El aparato en disposición de vuelo.
(JMBigas, Febrero 2016)

El único inconveniente que he detectado es que la marca de fecha no obedece, para nada, a la fecha real. En mi caso, cada sesión empieza el 1/10/2013 1:00 horas. Si queremos tener el material obtenido respetando un cierto orden, deberemos poner algo de trabajo adicional en el archivado.



El dron se maneja mediante un control remoto, también incluido en la caja. El usuario debe proporcionar cuatro pilas AA (no incluidas en el envío).



Manejar el vuelo de un dron de este tipo requiere dominar un par de conceptos muy simples. El control remoto tiene dos joysticks, que gestionan la elevación y la dirección del movimiento. Pero no nos engañemos, dominar el vuelo requiere una coordinación de movimientos que precisa de una fase de aprendizaje. Esta será más o menos larga dependiendo de la pericia o torpeza del piloto.


El joystick izquierdo gestiona la elevación del aparato (moviéndolo hacia adelante o hacia atrás). Moviéndolo a derecha o izquierda, provocamos el giro del aparato, para orientarlo en la dirección hacia la que queremos que avance. El joystick derecho gestiona la inclinación del dron y, por lo tanto, el sentido en el que avanza. Hay tres interruptores para el trim o ajuste fino, de modo que con los joysticks centrados, el aparato se esté quieto en el aire, sin subir ni bajar ni inclinarse hacia ningún lado. Hay un interruptor adicional para la gestión de la cámara. Hacia abajo activa la toma de vídeo (un segundo movimiento la detiene). Hacia arriba provoca la toma de una fotografía.
Control remoto (requiere de cuatro pilas AA no incluidas).
(JMBigas, Febrero 2016)

Para cualquier usuario no experto, los primeros vuelos no duran más de cuatro o cinco segundos. El dron se eleva (al activar el joystick izquierdo), pero luego tiende a escorarse hacia uno u otro lado por falta de coordinación en el manejo, y se acaba precipitando al suelo. En las pruebas que realicé los tres o cuatro primeros días, siempre indoor, en el salón de casa, el aparato acabó todas las veces por el suelo, bajo la mesa de centro, atrapado junto al sofá, o descangallado en cualquier rincón.


Por eso es imprescindible, como primera provisión, instalar las protecciones de las hélices, que es la parte, lógicamente, más sensible del aparato. De hecho, en la caja original viene un juego completo de hélices de repuesto.



Con una docena de sesiones de vuelos de prácticas, ya he conseguido desarrollar los automatismos necesarios para que en la mayoría de veces el aparato despegue y luego aterrice tras un vuelo razonablemente estable.


Típicamente, una sesión de vuelo empieza instalando una batería cargada en el cajetín correspondiente, insertando el conector en la clavija de Power. A continuación se deja el aparato en su lugar (pretendido) de despegue, y se pone en marcha accionando su interruptor. Las luces LED se encienden de modo intermitente.
Se incluye un juego completo de hélices de repuesto.
(JMBigas, Febrero 2016)

El siguiente paso es la sincronización del aparato con el mando remoto. Para ello se acciona el interruptor del mando remoto y, a continuación, se desplaza el joystick izquierdo completamente hacia adelante y luego hacia atrás. Las luces LED quedan ya fijas, y el aparato está preparado para volar.


La mejor recomendación práctica para que la primera fase de aprendizaje no sea una catástrofe sería seguir estos tres sencillos pasos, de progresiva complejidad:



1) Definir un punto de despegue y aterrizaje. Por ejemplo, una mesa de centro, o la mesa del comedor. Sobre él, realizar vuelos sin desplazamiento, simplemente despegando, manteniendo el aparato estable y hacerlo descender a continuación para un aterrizaje suave en el mismo punto.

Accesorios incluidos: batería, destornillador y
adaptador USB.
(JMBigas, Febrero 2016)

2) Definir un punto de despegue y otro de aterrizaje (por ejemplo las dos mesas). Sin giro del aparato, intentar un despegue del primer punto, un desplazamiento hacia el segundo, y un suave descenso y aterrizaje en él. Para facilitar el aprendizaje, recomendaría orientarse siempre de frente a la cola del aparato. De esta forma, los movimientos de inclinación son los naturales, ya que los ejes del aparato y los del mando remoto están alineados.

3) Realizar el mismo ejercicio que en el paso anterior, pero incluyendo el giro del aparato. Por ejemplo, lo orientamos a Norte (un decir), en el punto de despegue. Lo elevamos y lo hacemos girar para que se oriente en la dirección del punto de aterrizaje (supongamos Sur). Una vez aterrizado, repetimos el ejercicio en sentido inverso.

Cable USB suministrado para la carga de la batería.
El cargador a red debe ponerlo el usuario.
(JMBigas, Febrero 2016)

El automatismo más complicado de desarrollar es el de entender que el movimiento de los joysticks provoca los correspondientes movimientos del aparato, en función de sus propios ejes, que no siempre coincidirán con los del mando, salvo que nos movamos permanentemente para estar siempre de frente a la cola del aparato, lo que, en general, no es posible. Por ejemplo, si el aparato está orientado hacia nosotros, al mover el joystick derecho hacia adelante, el aparato avanzará, es decir, se aproximará a nosotros. Este movimiento es el contrario del que la intuición más básica nos indicaría.

Por ello, lo más recomendable es hacerse la idea de que vamos a bordo del aparato y, de esta forma, los ejes de movimiento de mando y aparato estarán coordinados, evitando derivas contrarias a los que sería nuestra intención original. No es fácil, pero puede conseguirse tras unos cuantos accidentes. Ventajas de que sólo sea un juguete y de que no vayamos a bordo.
Compra adicional: cuatro baterías con su cargador
USB simultáneo.
(JMBigas, Febrero 2016)

Todavía no he realizado ninguna prueba outdoor. Conviene tomar algunas precauciones básicas. El aparato es muy ligero, por lo que si hay algo de viento, se puede desestabilizar con mucha facilidad. Hay que evitar su uso donde haya concentración de personas ajenas al evento. Aunque su capacidad de hacer daño a las personas es muy limitado, resulta muy desagradable que se te precipite encima. Y, por supuesto, antes de salir al exterior conviene que dominemos sin ningún problema los tres pasos que he mencionado anteriormente. De acuerdo a las instrucciones incluidas (únicamente en inglés), el alcance del control remoto es de unos 50 metros.

En fin, un juguete muy entretenido que, en algunas ocasiones, nos puede permitir tomar alguna fotografía o un clip de vídeo desde una perspectiva muy diferente de lo habitual.

Que lo disfrutéis.

Seleccionando algunas tomas de la cámara del aparato, y también de otra cámara externa, he editado un vídeo que os dará una idea de lo que podéis esperar en esa primera fase de aprendizaje.


JMBA

lunes, 10 de octubre de 2011

En globo sobre el desierto de Alice Springs (1994)

En Agosto de 1994 tuve ocasión de realizar un viaje bastante completito por Australia y Nueva Zelanda. La primera (relativa) sorpresa, fue el frío que encontramos en lugares como Sydney y, especialmente Melbourne. Nos obligó a visitar, de urgencia, un mercadillo para comprar unas cazadoras cutres para abrigarse un poco (lo más barato que encontramos).
Uno de los globos del grupo, volando contra el cielo
del amanecer.
(JMBigas, Agosto 1994)

El frío no nos abandonó. Más adelante, en la isla sur de Nueva Zelanda, estuvimos un par de días en Queenstown. Por la mañana, el lobby del hotel estaba plagado de esquiadores perfectamente equipados para subir a las pistas, mientras nosotros íbamos vestidos de turistas bastante pardillos. En el teleférico que sube a una colina, de hecho nos empezó a nevar a mitad de camino. Incluso tuvimos que cambiar la planificada visita a Milford Sound por otra, porque había habido una avalancha, y la carretera estaba cortada.

Pero en Australia pasamos también varios días de calor, tanto en el desierto del centro como en Cairns, sobre la costa tropical de la Barrera de Coral. En particular, hoy os quería hablar de la escala que hicimos en el centro de la gigantesca isla, en Alice Springs. Allí contratamos una excursión que consistía en volar en globo (al amanecer) sobre el desierto circundante.
Nuestra pastora de canguros particular, dirigiendo la operación
de desembarque del globo y su cesta.
(JMBigas, Agosto 1994)



Preparación para el vuelo. Desembarque del globo, para luego desplegarlo
e hincharlo. Embarque de algunos pasajeros con la cesta volcada.
(JMBigas, Agosto 1994)

Nos recogieron en el hotel en torno a las cinco de la mañana (noche cerrada, por supuesto). A esa hora, hacía todavía bastante frío. El vehículo era una especie de todoterreno algo más grande de lo habitual, con un remolque en el que iba cargado el globo (perfectamente plegado) con su cesta. La conductora era una australiana que podía haber sido perfectamente pastora de canguros, pues más parecía un cowboy hombruno que cualquier otra cosa.

A bordo del globo, en pleno vuelo.
(JMBigas, Agosto 1994)


Salimos de la zona urbana, y la conductora no paraba de hablar por la radio con los conductores de otros vehículos parecidos (que habían recogido turistas en otros hoteles de la zona). Mientras, el resto de ocupantes dábamos botes de un lado para otro del interior del vehículo, que eso se movía más que garbanzo en boca de viejo. El objetivo de los diversos conductores era identificar, de acuerdo a las condiciones meteorológicas (de viento y demás) de esa madrugada, cuál podía ser el mejor punto de lanzamiento, y la ruta a realizar. Finalmente se pusieron de acuerdo, y convergimos en una zona del desierto (seguía siendo noche cerrada) varos vehículos, cada uno con su propio globo y sus pasajeros.

Ahí se nos pidió la colaboración a todos, para desplegar los globos, e iniciar su hinchado con unos potentes quemadores. La cesta, bastante grande, estaba compartimentada (creo que había ocho compartimientos). En cada compartimiento podían estar un par de personas de pie (mejor si estaban bien avenidas), y uno de ellos estaba reservado para el operador del globo. Inicialmente, la cesta estaba tumbada en el suelo, y se pidió a los primeros viajeros que subieran a la cesta en esa posición (para actuar de lastre). Luego, al irse hinchando el globo, llegó un momento en que la cesta se empezó a enderezar y se acabó poniendo de pie. Todo el conjunto seguía amarrado a tierra, claro.
Ya en vuelo, el Sol empezó a asomar por el horizonte
(JMBigas, Agosto 1994)

Varios de los globos del grupo, volando ya bajo el cielo de primera
hora de la mañana.
(JMBigas, Agosto 1994)

Fuimos subiendo los demás pasajeros, hasta completar la carga. Luego (el cielo ya estaba empezando a clarear) se soltaron las amarras, se dio potencia a los quemadores (con un sonido muy intenso), y el globo empezó a elevarse por encima del desierto. Llegaríamos a alcanzar una altura de varios cientos de metros.

Al mismo tiempo, el viento nos hacía avanzar en una cierta dirección. Al parar los quemadores, nos invadió un silencio beatífico. En el horizonte, desde nuestra altura, ya empezaba a asomarse el Sol naciente, y el desierto iba adquiriendo sus colores diurnos.

Veíamos cómo, en tierra, los vehículos que nos habían llevado se movían a toda velocidad, tratando de adivinar cuál iba a ser finalmente la zona de aterrizaje.

Operación de desembarque y recogida del globo y su cesta.
(JMBigas, Agosto 1994)


Fue una experiencia absolutamente impresionante ese viaje (estaríamos volando quizá una hora). Especialmente cuando todo se quedaba silencioso, porque estamos acostumbrados a volar dentro de un avión, donde siempre hay un elevado nivel de ruido, y el silencio era una novedad absoluta.

En el suelo se veía el desierto, con su muy escasa vegetación de arbustos, y algún animal corriendo de un lado para otro. Bueno, eso decía el operador, que nos iba indicando por dónde se movía algún bicho, pero yo no recuerdo haber visto nítidamente ninguno.

Íbamos volando, más o menos agrupados, pero a bastante distancia unos de otros, media docena de globos, básicamente en la misma dirección.


Desayuno improvisado en el desierto tras el vuelo. Catering y unas mesas,
no hacía falta mucho más.
(JMBigas, Agosto 1994)

Llegó el momento de ir bajando, e intentar un aterrizaje lo menos violento posible. Hubo suerte dispar. Nuestro globo consiguió aterrizar sin volcar la cesta (a velocidad horizontal casi nula), pero varios de los demás arrastraron la cesta volcada varias decenas de metros. En unos minutos, todos habíamos aterrizado, y bajamos de las cestas, de la mejor manera que pudimos.

Nuevamente tuvimos que ayudar en la operación inversa a la del principio: deshinchar y plegar el globo.

Terminadas las operaciones de desmontaje, con los globos y sus cestas de nuevo montados en sus correspondientes remolques, procedimos a tomar un desayuno en pleno desierto. Los organizadores de la excursión habían preparado en la zona de aterrizaje un completo catering casero. Aparecieron algunas tortillas envueltas en papel de plata, seguramente confeccionadas esa misma madrugada en casa de alguno de los miembros de la tripulación. Desplegaron algunas mesas grandes, y nos fuimos sirviendo lo que a cada cual le apetecía. Había café y zumos, y también alguna botella de vino, creo recordar.

Terminado el desayuno, la tripulación recogió todos los restos, plegó las mesas, y los mismos vehículos de la madrugada nos llevaron a los respectivos hoteles. Llegaríamos al hotel algo antes de las diez de la mañana, con la sensación de haber vivido ya una jornada entera, llena de vivencias absolutamente novedosas.

Una experiencia inigualable que todo el mundo debería realizar al menos una vez en la vida. Volar en silencio es la sensación que se te queda en el alma para toda la vida.

Las fotos que incluyo son de bastante mala calidad, porque las obtuve en su momento con una cámara compacta de carrete, y años después las escaneé y mejoré dentro de sus limitadas posibilidades. Pero son el testimonio vivo de esa experiencia que vivimos mi padre y yo en el desierto de Alice Springs, Australia, en Agosto de 1994.

JMBA

lunes, 25 de abril de 2011

Volar no mola (y 5) - El Vuelo y la Llegada

Tras superar todos los obstáculos previos (reflejados en los cuatro artículos previos de esta serie), a estas alturas ya estaremos cómodamente (¡¡??) sentados en el asiento del avión. Claro, si nos caben las piernas en el angosto espacio entre asientos que la codicia de las compañías aéreas no para de reducir. Soy de estatura media (tirando a bajito) y, sin embargo, en la mayoría de asientos de clase turista, llevo las rodillas empotradas en el asiento delantero. Y eso sin contar con que mis poderosas caderas más que sentarse se empotran en el asiento y que, antes de abrocharme el cinturón, debo buscar su máxima longitud para conseguir no cortar la circulación de la sangre de mi barriga.
Listos para despegar, horas después de haber
iniciado el viaje
(Fuente: viajesyturistas.com)

Pero bueno, estamos sentados y, por primera vez desde que salimos de casa o del hotel, no tenemos nada que hacer hasta que el avión llegue a su destino. En la espera para el embarque, corríamos el riesgo de dormirnos y perder el vuelo. Pero ahora no nos dejarán dentro del avión al llegar a destino, aunque estemos profundamente dormidos. Por tanto, relax. En mi caso, el avión es definitivamente narcótico, y puedo pasarme la mayor parte del vuelo dormidito como un bebé.

El vuelo es lo que veníamos a hacer, y encierra todas las ventajas del medio (fuera del vuelo, el resto son inconvenientes y servidumbres). Porque en poquito tiempo nos hará salvar distancias importantes. Acostumbraba a ser una parte molesta del viaje, por el miedo muchas veces, o porque se movía mucho el avión. Pero, aunque quede gente con pánico a volar, la mayoría hemos aprendido que los aviones vuelan (aunque no sepamos explicar muy bien por qué) y que, cuando se mueven o vibran es porque se defienden. Además, si las cosas fueran mal, tampoco podríamos hacer nada para evitarlo. Por todo ello, relajémonos en el asiento y dejemos pasar el tiempo.

Claro que los tiempos de vuelo, en lugar de reducirse, parece que tienden a aumentar. Las congestiones aéreas de los principales aeropuertos y de ciertas rutas aéreas, provoca que a menudo el vuelo dure más de lo imprescindible, porque hay que ponerse en la cola para despegar o aterrizar. Además, muchos aeropuertos son ya tan grandes que la fase llamada de taxi (el tiempo que el avión se mueve por tierra hasta que está listo para despegar; o el tiempo que precisa desde que aterriza hasta que llega al lugar en que se ya se puede desembarcar) puede llegar a ser de diez o más minutos.

Hace años, el vuelo Madrid-Barcelona, por ejemplo, constaba en los horarios de las compañías con duración de 50 minutos. Con todos los impedimentos habituales (las colas, las congestiones, los recorridos interminables...), hoy ya lo planifican para una hora y diez o quince minutos (para no pillarse los dedos).

Si no nos da miedo volar, el tiempo de vuelo es el más placentero de todo el viaje. Si no tenemos la mala suerte, claro, de estar rodeados en la proximidad de niños maleducados (de los que no paran de hablar a gritos y de pegar patadas al asiento de delante - que, casualmente, es el nuestro -). O si no tenemos al lado al viajero que requiere acceder cinco veces en una hora al equipaje guardado arriba (y requiere que nos levantemos para dejarle pasar).

Pero incluso, a veces, podemos conocer a alguien interesante en el asiento de al lado, suponiendo que no hayamos caído en un letargo incompatible con la conversación. Si volvemos a casa y el viajero (o viajera) al lado no conoce el destino, quizá podamos ayudarle en algún tema práctico.

Si todo va normal, y no hemos sido de los primeros en montar en el avión, una media hora después de haber ocupado nuestro asiento, el avión estará listo para despegar. Si tarda menos, celebremos estar en un vuelo favorable.
Alguna vez, lo del asiento de al lado es insoportable, como
en esta imagen de la película Aterriza como Puedas
(Fuente: lobocinepata)

Hace tiempo, el vuelo resultaba entretenido porque pasaban los tripulantes ofreciendo comer o beber algo. Aunque no tuvieras ganas, aceptabas lo que te daban y entre ponte bien y estáte quieta, se te pasaba el vuelo volando. Hoy, como todo es de pago, ya te habrás hecho una composición de lugar sobre si necesitas comer o beber algo. Y si no necesitas nada, puedes intentar dormir a pesar de los golpes que te llevarás de los sucesivos carritos (si ocupas el asiento de pasillo), y de las salpicaduras del café o del refresco que pasa por encima tuyo para el que ocupa el asiento de ventanilla.

Tras un tiempo de vuelo a altura y velocidad de crucero, el avión empieza a descender hacia el aeropuerto de destino. La tripulación se empeña en que apagues todo lo electrónico (ya me diréis la macrointerferencia que puede producir un pequeño reproductor de música en los instrumentos de vuelo del avión). Ah, y que pliegues la mesilla y pongas el respaldo en posición vertical. Ya te gustaría que el que viaja delante tuyo no se le hubiera ni siquiera ocurrido tumbar su asiento hacia atrás. Que el espacio entre asientos es pequeño, pero todo puede empeorar.

Si hay suerte, el avión se dirige directamente a la pista de aterrizaje, y aterriza sin novedad. Si hay congestión, puede tocar dar varias vueltas por encima del aeropuerto, hasta que ocupemos nuestro espacio en la cola de aviones que pretenden aterrizar en el mismo sitio al mismo tiempo. Eso prolonga el vuelo, a veces, hasta diez, quince o veinte minutos. De todas formas, como el billete ya está pagado, el combustible extra que gasten va por cuenta de la compañía. Pero llegaremos más tarde de lo previsto.

En cuanto el avión toca tierra, siempre hay algún pasajero que pone en marcha el móvil para informar a alguien de que "acabamos de aterrizar". Si ese alguien le está esperando en el aeropuerto, puede quedar todavía una buena media hora hasta que se puedan abrazar. Está bien mantener el contacto, pero sin agonías. Que a menudo ese acabamos de aterrizar suena casi a en lugar de estrellarnos.

Teóricamente, nadie debería moverse o ponerse en pie hasta que el avión se haya detenido y haya parado los motores. Pero intentar que esta regla se cumpla es tarea baldía. Siempre hay alguien que parece tener más prisa, que quiere ocupar un espacio favorable en la cola para el desembarque, o que quiere recuperar su equipaje de cinco filas más atrás, antes de que el pasillo se inunde de viajeros de pie, de nuevo a la espera.

Si el desembarque es por finger, es más cómodo, pero hay una única salida en la parte delantera. Si tu asiento está en las filas traseras, más vale que ni te levantes hasta que la cola de desembarque empiece a moverse. Si no, te tocarán otros diez minutitos de pie. Si el desembarque es por autobús, se puede salir por delante y por detrás del avión, y el tema es más rápido. Claro, queda superar ese aguacero inesperado (aunque el cielo esté azul brillante) y el largo recorrido del autobús hasta la terminal, casi inevitablemente de pie.
Maletas en la cinta para equipajes del
aeropuerto de Barcelona
(Fuente: elperiodicoextremadura)

Entrando al (edificio) terminal, seguimos a los que nos preceden, hasta que reparamos en que tenemos un equipaje que recoger. A partir de ahí, nos fijamos en los indicadores de Recogida de Equipajes y Salida, que no siempre coinciden todo el tiempo. A lo lejos vemos otra señal que sigue con la flecha de frente, indicando que tenemos que seguir andando hasta más lejos todavía. En los macroaeropuertos actuales, es fácil que el paseo hasta la cinta del equipaje nos tome hasta diez minutos, si no incluso más.

Cuando llegamos frente a la cinta de equipajes asignada a nuestro vuelo, o bien está parada y toca esperar, o bien está en marcha sacando maletas de otro vuelo que llegó antes. Toca esperar, de nuevo. Es el momento en que todo el mundo decide mantener vivo el contacto, y llama a los que le esperan o a los que le despidieron, o revisa los mensajes y los correos.

En un cierto momento, la cinta avisa de que se va a poner en marcha, y empieza a dar vueltas. Esto puede suceder incluso antes de que lleguemos nosotros, o hasta quince minutos después. Excepcionalmente, el período puede ser incluso mucho más largo (si estamos en hora punta, si se han acumulado muchos vuelos al mismo tiempo, si el aeropuerto anda escaso de efectivos, si el cierre de la bodega se ha congelado - eso nos dijeron un día de invierno llegando a Barcelona - o por cualquier otra contingencia).

Yo vi una vez a mi maleta saliendo la primera de todas las de mi vuelo. Pero muchas veces ha salido de las últimas. De hecho, siempre sale de las últimas que vimos salir. Incluso tres o cuatro veces no salió. En este caso, el carrito que habíamos cogido se volvió inútil de repente, y toca la reclamación (maleta dura de tipo C, color gris oscuro,..., su dirección en la ciudad,...). Si el equipaje no apareció, con suerte nos lo llevarán a casa o al hotel esa misma tarde (nos habremos ahorrado arrastrarla todo el tiempo). Si no hay suerte, puede tardar algunos días. Si volvíamos a casa el tema no es muy enojoso. Pero si el vuelo era de salida, nos espera un rosario de llamadas interesándonos por nuestro equipaje, e informando de la nueva dirección del siguiente hotel o lo que sea. Habrá que comprarse alguna muda y trastos para afeitar y para el aseo, etc.

Recuperado el equipaje, ya vamos hacia la salida, que acostumbra a ser más bien huidiza. Si el viaje es organizado, igual alguien nos espera, para conducirnos a un autocar que nos lleve al hotel (eso sí, cuando aparezca ese viajero rezagado o que se perdió). O tenemos que buscar la estación del tren o metro, o coger un taxi, Dios nos guarde, o buscar la parada del autobús para la ciudad. Si volvemos a casa, iremos hacia el parking si dejamos el coche, o cogeremos un taxi o lo que sea, para conseguir llegar finalmente a nuestro domicilio.

Cuando abrimos la puerta de casa, miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que hemos volado una o dos horas, pero hemos viajado cuatro, o cinco o seis horas.

Pero este es el medio más rápido de que disponemos para movernos de un sitio a otro.

En mi última visita a París, hice el viaje de ida utilizando el enlace ferroviario de Alta Velocidad por Figueras, que ya conté en otro artículo. Sin apurar los tiempos, salí de mi casa a las 7.15 de la mañana, y llegaba al hotel en París en torno a las nueve y cuarto de la noche. Total, unas catorce horas de viaje.

A la vuelta, hice el viaje en avión, y no sufrí retrasos. Salí de mi hotel en París en torno a las doce y media del mediodía y llegaba a mi casa en Madrid bien pasadas las seis de la tarde. Casi seis horas de viaje.

Bueno, alguna ventaja tiene, todavía. Pero molar, no mola.

JMBA