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martes, 28 de julio de 2015

Catalunya como problema (político)

Ni Catalunya ni los catalanes tienen ningún tipo de problema (real) con el resto de España y el resto de los españoles. Está claro que en todos los bandos hay cerriles, estultos y maleducados. Pero dejando de lado todos los tópicos de uso exprés, no existe ningún problema real de relación.

Sin embargo, Catalunya sí es en la actualidad un problema político que hay que resolver.

El inicio de esta última etapa del independentismo catalán lo podríamos situar en esa promesa incumplible que hizo Zapatero, sobre un eventual Estatuto emanado del Parlament. Los siguientes pasos se dieron al judicializar el conflicto, fruto de un persistente (si no directamente tozudo) rechazo por parte del Gobierno de España de afrontar el conflicto desde un punto de vista político.

El siguiente escalón es de origen sociológico o de psicología colectiva. El proyecto de país que es España (todos los países necesitan tener un proyecto, una idea de lo que quieren ser de mayores) se ha deshinchado de forma alarmante. Actualmente, ser español no es nada de lo que nos sintamos especialmente orgullosos. Parecía que alcanzábamos el pelotón de cabeza de los países del mundo, pero eso ya es solamente una ilusión. El peso político de España en la Unión Europea es lamentable y bastante alejada de la que debería correspondernos por PIB y población.

La crisis gestionada por el PP nos ha llevado a ser un país de servicios de bajo valor añadido, sin ningún tipo de liderazgo reconocido en el mundo científico, técnico o industrial. Los salarios se han deteriorado de forma alarmante, y nuestra juventud mejor preparada no ha tenido otra solución que buscarse un futuro en otros países. Eufemísticamente, la Ministra de Trabajo le llamaba a este fenómeno movilidad internacional. Pero no nos engañemos, la mayoría de jóvenes que se van a Alemania, al Reino Unido, a Estados Unidos o al Sudeste Asiático no tienen en sus planes de futuro volver a España para que se les reconozcan sus muchos méritos. Es emigración pura y dura.

La mayoría de los españoles no tenemos mucho más remedio que resignarnos a esa realidad, sin dejar de trabajar para intentar salir de ese pozo, y confiando en que un liderazgo político de más altas miras y que genere un mayor entusiasmo nos pueda acompañar y liderar en ese camino.

En Catalunya, sin embargo, un político listo (al menos eso hay que reconocérselo a Mas) identificó esa debilidad como una oportunidad política. Añadiéndole un elemento de tipo práctico, como es la pésima definición e implementación de la financiación autonómica, tuvo todos los ases en la mano para asumir un papel mesiánico, entregado a la tarea de llevar a su pueblo a la Tierra Prometida.

En todos los territorios con una identidad histórica bien definida, hay una parte de la población que se siente visceral y emocionalmente independentista. Una minoría que no puede concebir cómo su tierra no tiene un estado propio, a pesar de que el propio concepto de estado es ya del siglo pasado. El siglo XXI es más bien el mundo de la globalización, los temas se resuelven en otros ámbitos y parte de la soberanía se delega a organizaciones supranacionales.

Yo estimo que esa parte de la población, en Catalunya, puede rondar el 20%. Igual, por cierto, que puede suceder en el País Vasco, en Bretaña, en Baviera o en Escocia. Desde un punto de vista estrictamente político, el papel de esa minoría es, habitualmente, puramente testimonial.

Sin embargo, los fenómenos coincidentes de crisis de proyecto de país y del España nos roba (para hacer corta una larga historia, aunque sea profundamente injusto decirlo así), permitió a Mas y sus socios de ERC (los tradicionales separatistas testimoniales) atraer a una parte bastante más importante de la población. Muchos ciudadanos que piensan que España no tiene remedio (especialmente mientras siga gobernando el PP), que perciben al país como demasiado casposo y con el que no sienten ninguna ilusión en identificarse.

El proyecto de construir un estado nuevo desde cero hay que reconocer que destila una cierta ilusión colectiva. Facilitada, por supuesto, con la idea de que España no tiene remedio. Un bote salvavidas que navega alejándose de un paquebote que zozobra.

Es en este entorno en el que se han desarrollado las movilizaciones ciudadanas masivas para los 11-S de estos últimos años, y todas las iniciativas políticas de los últimos tiempos, de forma muy especial el truncado (a medias) referéndum del 9-N.

El núcleo separatista de Mas y Junqueras (con la colaboración, si no directamente el liderazgo) de organizaciones de la llamada sociedad civil como la Assemblea Nacional Catalana u Òmnium Cultural, ha atraído a una parte ya políticamente significativa de la población catalana.

Mientras tanto, en el otro bando (asumamos que la situación ya tiene dos bandos bastante bien definidos) no ha habido una reacción política a la altura del desafío planteado. Rajoy y su Gobierno se han enrocado en el Imperio de la Ley y en la Constitución, y siguen empecinados en tratar judicialmente lo que son iniciativas políticas. Una medicina que no cura la enfermedad que sufrimos.

Posiblemente hoy, si se planteara un referéndum de verdad en que votaran todos los ciudadanos de Catalunya, el bloque independentista sumaría en torno al 40%.

Hay una parte importante de la población de Catalunya que no es ni se siente independentista. Pero este grupo ha estado prácticamente callado, quizá sojuzgado por un entorno que tiende a ser asfixiante de pensamiento único. Y las únicas voces que se han oído se han alineado, prácticamente, con el nacionalismo españolista tradicional del PP. Lo que es más grave todavía, es que a un porcentaje nada despreciable de los ciudadanos de Catalunya les da absolutamente igual.

No he visto a nadie, en todo el espectro político nacional, que haya intentado suministrar un remedio, una medicina, para el problema de fondo que ha convertido un sentimiento testimonial en un desafío político. Por parte del Gobierno de España no he visto la más mínima iniciativa encaminada a revisar y hacer más justo el sistema de financiación autonómica. Y tampoco ayuda el triunfalismo dialéctico respecto a la situación económica, sin que se adivinen visos de inquietud por mejorar la posición internacional de España, de dignificar la Marca España y de avanzar en un proyecto ilusionante de país.

Dicho sea de paso, la situación en el País Vasco no tiene nada que ver. Desde un punto de vista práctico, su Concierto Económico les garantiza una razonable financiación autonómica. Y su cuota de separatistas viscerales no es que estén resignados, pero son conscientes de que el aliciente de un Estado Vasco, en estas condiciones, es muy limitado. Saben y conocen las ventajas de estar integrados en la Unión Europea y en la zona euro, y su industria saca conveniente partido de ellas. Un Estado Vasco, hoy, no tendría mucho más sentido que el puramente emocional o sentimental.

Mientras tanto, Rajoy ni está ni se le espera. Su Gobierno no hace más que denigrar a Mas y a sus seguidores, amenazar con el Tribunal Constitucional y hablar del artículo 155. Intentar bajar la fiebre a gritos. Absurdo, si no fuera lamentable y patético.

Ahora se plantean unas elecciones autonómicas para el 27-S (que todavía no están convocadas) que Mas y Cia. insisten en calificar de elecciones plebiscitarias. Han elaborado una (curiosa) lista a la que han llamado Junts per el Sí, aunque la CUP no ha querido integrarse. Confío en que acabe habiendo otras listas, de derechas, de centro, de izquierda, que sean capaces de insuflar en el electorado una ilusión diferente de la independencia. Si no fuera así, podríamos estar encarando un episodio que, como mínimo, resultará muy enojoso.

Sólo si fructifican esas listas alternativas podría movilizarse el electorado hasta el techo técnico del 80% (un decir) y que de esas elecciones salga una radiografía razonablemente completa del estado actual de la sociedad catalana.

Y confiemos en que las Elecciones Generales de fin de año nos traigan un Gobierno con mucho más talante de diálogo, y con la idea clara de conseguir que el proyecto de España como país nos vuelva a generar ilusión a todos.

JMBA 

martes, 5 de marzo de 2013

El "problema" catalán

Me parece que cada vez entiendo menos las cosas que pasan en este país. O quizá es que las entiendo cada vez mejor, y eso es lo que pasa.
Mas y Junqueras, firmando el acuerdo en Enero 2013.
(Fuente: cuatro)


No me gusta hablar de problema catalán, porque estoy convencido de que no existe, genuinamente, nada que pueda llamarse de esa manera. Otra cosa es que los políticos de turno, de uno y otro bando, se empeñen en crearlo, habitualmente obedeciendo a sus propios intereses, no siempre nobles y a menudo espúreos.

Desde que hace unos meses Artur Mas, como un Moisés redivivo, se envolvió en la senyera y se convirtió en el máximo adalid de la soberanía y la independencia de Catalunya, la actualidad no deja de darnos nuevos datos sobre el tema casi todos los días.

La realidad, se quiera reconocer o no, es que ya se ha producido un choque de trenes. Los eufemismos al uso, como el derecho a decidir, se convierten por ambas partes en casus belli y en armas arrojadizas, y las probabilidades de encontrar una solución conveniente para todos, fruto de un acuerdo (siempre es mucho mejor un mal acuerdo que un buen pleito), parecen cada vez más lejanas.

De una parte, los nacionalistas catalanes, que han formalizado un frente CiU-ERC (intentando compensar el varapalo electoral que acabó cosechando Moisés-Artur). Aunque no hay acuerdos globales, otras fuerzas parecen coincidir en algunos aspectos de lo que ese frente defiende. Así, IC-V está por la labor del derecho a decidir de los pueblos, a pesar de que el nacionalismo como tal es abiertamente opuesto a la componente internacionalista que tiene en su raíz cualquier fuerza de izquierda. Y el PSC, en su laberinto dentro del propio laberinto del PSOE, defiende la celebración de una consulta popular sobre la soberanía, sólo para decir a continuación que ellos promoverían el voto en contra. En otras palabras, defienden que se consulte al pueblo catalán, para darle la oportunidad de decir que no está por la labor de ese tipo de aventuras.

Hasta ahí, las dramatis personae del bando nacionalista o soberanista. En el bando contrario tiene el papel protagonista el Partido Popular, que apoya con mayoría absoluta al Gobierno de España. Otros grupos (como Ciutadans y UPyD) defienden, de forma más o menos explícita, la misma posición. Al resto de formaciones presentes en el Congreso de los Diputados, en el fondo el tema ni les va ni les viene, aunque acaben asumiendo, por motivos más sentimentales o de simpatía que de otro tipo, una u otra postura.

Yo ya he escrito repetidas veces que soy partidario de que se realice un referéndum en Catalunya, acordado y consensuado entre los dos gobiernos, donde se pida a los ciudadanos que respondan a una o varias preguntas sin trampa ni cartón. Aunque soy catalán, como residente en Madrid no podría votar en una consulta de ese tipo. Pero si pudiera hacerlo, mi voto sería favorable a que Catalunya continúe integrada en el estado español. Creo que esta es la mejor opción para todos.

Pero la propia preparación de una consulta popular de ese tipo está siendo causa de un total desacuerdo entre las partes. Utilizando términos reduccionistas, a los solos efectos de simplificar el escenario, los españolistas defienden que la Constitución dice que la soberanía reside en el pueblo español y que, por lo tanto, no tendría sentido y sería inconstitucional que esa soberanía se la arrogase el pueblo catalán. Cualquier opinión vertida en el sentido de favorecer o defender la celebración de una consulta popular (llamémosle referéndum) en Catalunya sobre este tema se considera, prácticamente, un crimen de Estado. Y si no, que se lo pregunten al fiscal jefe de Catalunya, que está amenazado de cese en su cargo por haber manifestado públicamente esta opinión.

Por la parte de los nacionalistas, el totus revolutum y el río revuelto ya les va bien, porque extiende la niebla sobre los problemas reales que tiene Catalunya y los catalanes, genera la sensación de un enemigo común (que es lo que más une a los pueblos), y les permite, especialmente a los responsables de CiU, vender a su opinión pública que cualquier movimiento en contra de cualquiera de sus dirigentes (por ejemplo, investigaciones sobre tramas corruptas, evasiones fiscales, comisiones ilegales, cuentas en Suiza, etc. etc.) es realmente un ataque a Catalunya entera.
La vicepresidenta del Gobierno, en la rueda de prensa
tras el Consejo de Ministros del pasado viernes.
(Fuente: diarioprogresista)


Mi principal temor es que ambas partes acaben encontrándose cómodas con la situación actual de confrontación (el victimismo puede acabar arrancando mejoras en la financiación que disimulen los despilfarros del Govern; la firmeza de una posición antisoberanista puede reforzar el apoyo de los propios votantes del PP, disimulando, de paso, el drama nacional del desempleo y la recesión). Si se acaban instalando en el conflicto, ninguno de los políticos moverá un dedo para salir de allí, y aplicarán el principio de a río revuelto, ganancia de pescadores.

A continuación voy a intentar detallar mi opinión sobre este conflicto. Es cierto que la Constitución proclama que la soberanía reside en el pueblo español. Situados en la etapa histórica en que se produjo la redacción de la actual Constitución, ese principio sirve para desmontar cualquier veleidad (muy posible en ese momento) en el sentido de que un monarca, o un Caudillo, o un Salvador de la Patria, se arrogase el derecho a decidir, suplantando la soberanía del pueblo. Este es un principio constitucionalista muy extendido: la soberanía reside en el pueblo (sin adjetivos).

Ahora bien, la realidad es que se realizan muchas consultas que no implican a la totalidad del pueblo español. Cuando hay elecciones autonómicas o locales, sólo los ciudadanos implicados votan. Los ciudadanos de un pueblo o ciudad escogen a su alcalde (aunque sea indirectamente) y lo mismo sucede con los ciudadanos de una Comunidad Autónoma, que escogen a su presidente (o, al menos, al partido o partidos políticos que van a gobernar en su Comunidad). Los madrileños nada tenemos que decir en las elecciones gallegas (podemos opinar, eso sí, sobre si nos ha gustado o no la decisión soberana del pueblo gallego), o los vascos nada tienen que decir en las elecciones valencianas, aunque puedan manifestar su incredulidad acerca de que las innumerables corruptelas acaben cosechando suficientes votos para seguir gobernando.

Por ello, creo que no debería repugnar al sentido común que se pueda realizar un referéndum o consulta popular que sólo involucre, en este caso, a los catalanes. Otro tema sería la necesidad de consensuar y acordar entre los dos gobiernos su contenido y trascendencia. Es más, creo que por un principio de estricta higiene política, este debería ser el primer paso antes de cualquier otro movimiento.

Si el resultado de dicha consulta fuera negativo hacia la opción de la secesión, el (presunto) conflicto quedaría automáticamente desarbolado y desactivado, por lo menos para una o dos décadas. Si fuera favorable a la secesión, habría que empezar a negociar a continuación los cambios legales necesarios para seguir adelante con el proceso.

Lo que ocurre es que las posiciones, por el momento, están enconadas. La única reacción del Gobierno de España es no, de ninguna forma y Constitución, Constitución y Constitución. Y el frente nacionalista no tiene urgencia en convocarlo, porque saben que la cerrilidad y la tozudez del Gobierno de España está creando algún nuevo secesionista cada día y alimenta la fábula del enemigo común y su propio victimismo. Artur Mas, en un debate televisado antes de las elecciones de 2010, ya reconoció, ante la presión del entonces líder de ERC, Joan Puigcercós, que era absurdo convocar un referéndum de autodeterminación si no se tenía la seguridad de ganarlo.

En resumen, las posturas enfrentadas e inamovibles, reticentes a cualquier tipo de negociación, a pesar de decir frecuentemente lo contrario, no contribuyen a otra cosa que a enquistar la cuestión, y convierten un (presunto y virtual) problema o conflicto en una guerra abierta y bien real.

Poco favor le están haciendo a la democracia de verdad, las dos partes. 

JMBA

sábado, 12 de enero de 2013

Soflama Soberanista

Un acuerdo entre los dos partidos con mayor representación en el Parlament de Catalunya (CiU y ERC) ha dado a luz un documento que se pretende someter a votación en el primer pleno del nuevo Parlament, que se celebrará el 23 de Enero.
Oriol Junqueras (ERC) y Artur Mas (CiU),
saludándose cordialmente en el Palau de la Generalitat.
(Fuente: republica)

Fuentes de ERC han alegado que el documento sólo es un borrador de trabajo y que no debería haberse filtrado (todavía) a la opinión pública.

Personalmente, y atendiendo a la situación real de cierta incomodidad política que se está viviendo en Catalunya, creo que sería muy conveniente que el Govern negociase con el Gobierno de España la celebración de un referéndum entre todos los catalanes, donde estos pudieran expresar su opinión sobre el modelo político de su preferencia. El acuerdo debería contemplar con claridad la o las preguntas a realizar, asegurándose de que no exista trampa posible, y también debería definir las consecuencias de los diversos resultados posibles.

Pero el documento que se pretende presentar al pleno del Parlament ya es una declaración (proclamación, soflama, como queramos decirlo) directamente independentista. De este modo, da la sensación de que el Govern (y su apoyo necesario, ERC) están trabajando como si ese referéndum ya se hubiese celebrado, y hubiera ganado abrumadoramente el sí. El resultado de las últimas elecciones autonómicas de ninguna forma les autoriza a partir de estas hipótesis. Una Soflama Soberanista (SS, ay, ay, ay) que no debería prosperar de ninguna forma en su estado actual.

Lógicamente, el resto de fuerzas políticas, incluso las que tienen una sensibilidad menos abiertamente anti-independentista, se oponen a este documento. De una parte, se han visto marginadas en su elaboración. Conviene recordar que ERC sólo tiene un diputado más que el PSC; y que el PSC sólo tiene un diputado más que el PPC; las diferencias no son, para nada, abrumadoras. Y, de otra parte, critican justamente esta asunción que dejaría ya sin sentido la celebración de referéndum alguno.

Espero que se acabe imponiendo el sentido común, incluso en una situación que está resultando ya bastante surrealista, con dos bandos opuestos, cada uno con una bandera (diferente) enrollada sobre sus formaciones. Con dos bandos que dicen querer negociar, pero que parecen incapaces de ponerse de acuerdo incluso sobre qué negociar. Con un Gobierno de España amarrado a una Constitución inalterable, y una banda independentista prácticamente echada al monte.

Mientras tanto, los muchos cientos de miles de catalanes en el paro descubren con estupor que el Govern no piensa para nada en ellos, y que dedica sus esfuerzos a temas identitarios de los que no se come (por lo menos, de los que no se come hoy).

Por otra parte, los ciudadanos honrados, que pagan todos sus (crecientes) impuestos, que están sufriendo una crisis que ellos no han creado, que son reos de entidades financieras que se deslumbraron con la burbuja inmobiliaria, observan con preocupación los diversos casos y sospechas de corrupción de esa misma clase política que ahora se desgañita con sus soflamas identitarias e independentistas.

Un observador neutral (un poco malpensado, eso sí), llegaría a la conclusión de que el objetivo final podría ser que un Tribunal Supremo Catalán fuera incapaz de condenar las que parecen infinitas corruptelas de corte gangsteril de la propia familia Pujol. Toda gran riqueza (excepto la que proceda claramente de una Lotería comprada con los ahorros) es digna de toda sospecha. Y la acumulación de riqueza en los aledaños del poder es más que sospechosa.
Duran i Lleida, líder de UDC, no va a dimitir, a pesar de que
dijo que lo haría si se demostraba la corrupción en UDC.
(Fuente: muypymes)

Además, en el caso de corrupción contra UDC, al final la fiscalía ha llegado a un acuerdo con los acusados, los que, con ello, reconocen su delito y aceptan la devolución del dinero defraudado (más los correspondientes intereses) junto con una pena menor. Duran i Lleida, por quien muchos españoles sienten una cierta admiración, especialmente por su perfil de hombre de estado, se desdice a sí mismo, y ahora parece que no va a dimitir, a pesar de haberlo prometido hace unos años, si se demostraba la corrupción en el seno de UDC. Claro que, técnicamente, no se ha demostrado la corrupción, sino que los acusados han aceptado haberla cometido. Y que, por otra parte, al clima político español posiblemente no le convenga en estos momentos la dimisión de Duran i Lleida.

En fin, sólo espero que prevalezca la sensatez por todas las partes. Y que no se ceje en el empeño de que cualquiera que sea el sesgo que vayan tomando los acontecimientos, no haya trampa ni cartón. Los ciudadanos de Catalunya (y también los del resto de España) se merecen, al menos, eso.

Con dos Gobiernos que se viven en mayoría absoluta (en Catalunya, eso sí, con el apoyo necesario de ERC), que parecen convencidos de no tener necesidad de pactar o negociar nada con nadie más, podría acabar produciéndose un choque de trenes que a nadie, a nadie, le conviene.

JMBA

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Ridículo de (algunos) Políticos

El Molt Honorable President (en funciones) de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, ha hecho lo que seguramente es lo peor que puede hacer un político. Artur Mas ha hecho el ridículo.
Arriba, Artur Mas en el cartel electoral. Abajo, Charlton
Heston como Moisés en Los Diez Mandamientos (1956)
(Fuente: periodistadigital)

Porque no se puede describir de otra forma lo que ha protagonizado en los últimos meses. A partir de la masiva manifestación en Barcelona el 11 de Septiembre, con motivo de la Diada, Artur Mas quiso asumir el liderazgo de esa movilización, e instaló a CiU en una deriva soberanista, si no directamente independentista, que nunca había formado parte del ideario central de esta formación política y de sus votantes naturales. Desde la Transición, CiU se había caracterizado siempre como una coalición con  responsabilidad política y sentido de Estado. Ha intentado invadir el espacio electoral de otros, y las urnas le han pasado dolorosa factura.

Da la sensación de que llegó a pensar que todos los votantes tradicionales de CiU se habían vuelto independentistas de repente, acompañándole en su propia mutación. Así, llegó a adoptar un cierto aire mesiánico (al estilo del mejor Moisés encarnado por Charlton Heston), de profeta elegido por su pueblo para conducirle a la Tierra Prometida.

Tras el fiasco de la reunión en Moncloa con Rajoy (la indolencia, cuando no la insensibilidad con que Rajoy intenta ventilar temas trascendentes, es otra conversación) decidió disolver el Parlament y convocar Elecciones Autonómicas en Catalunya para el domingo 25 de Noviembre, tras una legislatura que no llegó a los dos años, menos de la mitad de la duración esperada.

Su objetivo confesado y pregonado sin ningún pudor, como el que recita las Tablas de la Ley, era conseguir reforzar la posición de CiU (que estaba a seis escaños de la mayoría absoluta, y había podido - mal que bien - gobernar en minoría con la llamada geometría variable de apoyos puntuales) y alcanzar idealmente la mayoría absoluta, o lo que él mismo, de forma eufemística, denominaba una mayoría extraordinaria.

Sin embargo, los resultados de las elecciones fueron lo contrario de lo que pregonaba, y CiU ha visto reducida su presencia en el Parlament en 12 diputados, quedándose, pues, a 18 escaños de la mayoría absoluta necesaria para gobernar. Mucho se ha escrito ya sobre los posibles trasvases de votos entre las diversas formaciones, así como sobre la mayor participación que se recuerda de los tiempos modernos, y no insistiré en ello aquí.
Artur Mas y Oriol Junqueras (ERC) en el Palau de la
Generalitat de Barcelona.
(Fuente: elsingulardigital)

El efecto cierto es que, con estas elecciones precipitadas (que también tenían, como objetivo adicional, el de anular al máximo al PSC, sorprendido en su peor momento de confusión interna y de falta de liderazgo consolidado) ha comprometido severamente la gobernabilidad de Catalunya. Para presentarse a una sesión de investidura en el Parlament necesita imperiosamente el apoyo de por lo menos una de las tres fuerzas que disponen del entorno de los 20 diputados (ERC, PSC, PPC). Cualquier otra fórmula (por ejemplo, la abstención de dos de ellas) no le procuraría un gobierno suficientemente fuerte para poder abordar con garantías tanto el complicadísimo día a día (recortes recurrentes e impopulares para intentar hacer frente a la crisis) ni la labor titánica que se había autoimpuesto en el tema conocido como Derecho a Decidir (resumiendo, la celebración de una consulta popular sobre la independencia de Catalunya).

Pero qué solo está Moisés en la cumbre del monte. Tanto el PSC como el PPC acusan a Artur Mas de haber incumplido los pactos a los que llegaron con él al principio de la legislatura (en el caso de los socialistas, incluso se firmó, en su momento, un acuerdo que fue publicitado), y no quieren ni oír hablar de participar en un Govern presidido por Artur Mas. El PPC sólo lo haría si Mas renuncia por completo a su mesianismo identitario (traicionando así sus promesas electorales) y el PSC no visualiza ningún escenario de posible colaboración.

En estas condiciones, sólo queda la posibilidad de acuerdo con Esquerra Republicana de Catalunya. Pero Oriol Junqueras ya ha dejado claro que, si bien estarían dispuestos a apoyar a un gobierno de Mas en el Parlament, de ningún modo van a formar parte de él y a corresponsabilizarse de la acción de gobierno (que se adivina cruda por la crisis). Y exigen, además, que la consulta popular se realice en 2013 (no les resulta suficiente la promesa de realizarla durante los cuatro años de la legislatura). Conviene tener en cuenta que CiU representa una derecha burguesa neoliberal, mientras que ERC es un partido de izquierda que de ninguna forma quiere ser copartícipe de recortes sociales y ataques frontales al Estado del Bienestar. ERC no quiere quemarse en esa hoguera. Les une lo identitario, pero les separa todo lo demás.

Los populares y los socialistas podrían considerar la posibilidad de formar parte de un gobierno de CiU sólo si no estuviera presidido por Artur Mas. Lo que abre la posibilidad de la dimisión de Mas tras el ridículo cosechado. Una posibilidad que desde CiU se niega por activa y por pasiva, cada vez que sienten la proximidad de un micrófono. Claro que el único recambio que se adivina viable sería Oriol Pujol, el hijo del President Pujol, y eso sería salir del fuego y caer en las brasas, sería pasar de un profeta neoliberal con cara de señor, a un padrino de aspecto patibulario. De prosperar este escenario, incluso podría peligrar la propia coalición, ya que Unió Democràtica podría decidir buscar otros océanos que surcar.

La situación está tan complicada que incluso se está especulando con la posibilidad de que no hubiera más remedio que convocar nuevas elecciones, ante la imposibilidad de formar un gobierno sólido. Un escenario rechazado también desde CiU. Lo que se entiende, porque unas nuevas elecciones en los próximos meses produciría una polarización todavía más clara del electorado, que podría arruinar por completo el liderazgo que todavía conserva CiU.

En estos días complicados, quien más lástima me da es Duran i Lleida, a quien le toca defender lo indefendible, clarificar lo que es turbio y desmentir lo evidente. Duran siempre ha sido un caballero de la política, con amplio sentido de Estado y de actitud siempre responsable. Tener que dar la cara en estos momentos en la España no catalana no tiene que ser, para nada, plato de gusto. Porque inevitablemente se acaban dando mensajes ya no matizados, sino directamente diferentes si no incluso contradictorios, a los incondicionales en Catalunya y a la opinión pública en el resto de España.
Josep Antoni Duran i Lleida, líder de UDC, en una de
sus entrevistas en Los Desayunos de TVE.
(Fuente: minutodigital)

Le he oído ya a Duran i Lleida en varias entrevistas en radio y televisión, y me recuerda al mayordomo que debía seguir, con la chequera en la mano, al señorito pendenciero, para pagar y compensar por todo lo que, en su entusiasmo y frenesí, el señorito rompió por tabernas y lupanares. Y los mensajes contradictorios que intenta transmitir me recuerdan a la peor etapa de los años de plomo de Arzalluz en Euskadi, cuando se transmitían unos mensajes para el resto de España durante la semana, con Arzalluz de traje y corbata, y otros completamente diferentes para sus simpatizantes el fin de semana, por las campas del País Vasco, con Arzalluz jersey al cuello.

Lo que está absolutamente claro es que Artur Mas ha hecho lo peor que puede hacer un político: el ridículo. Se metió en una aventura con un objetivo, y ha obtenido estrictamente lo contrario. Su credibilidad y fuerza se han deteriorado muy seriamente, y su dimisión debería ser la consecuencia más natural de tamaño fiasco.

Cualquier otra cosa serán paños calientes.

JMBA

martes, 13 de noviembre de 2012

Catalunya en su laberinto/encrucijada

Supongo que la pregunta más fácil de responder sobre este tema sería algo así: ¿Por qué ahora?. La respuesta tendría que ver con ese conocido refrán del castellano clásico: Al perro flaco, todo se le vuelven pulgas.
Artur Mas, Mesías de una Tierra Prometida y candidato
a mártir del soberanismo catalán.
(Fuente: lavozlibre)

En algunas regiones de España existen ciertas fuerzas centrífugas que son habitualmente minoritarias. Están formadas por nacionalistas políticos, por nostálgicos irredentos, por los que han sucumbido a ensoñaciones enfermizas y por codiciosos (políticos) de toda laya. Estas fuerzas se mantienen latentes, se manifiestan en las urnas cuando toca o en la calle cuando hay ocasión, mas raramente alcanzan el mainstream de la sociedad, el pensamiento preponderante.

Pero hay algunas excepciones. Estamos asistiendo al hecho reseñable de que Artur Mas, Molt Honorable President de la Generalitat de Catalunya, se ha echado al monte. El destilado de su mensaje político es que la vida de los catalanes mejoraría si Catalunya fuera un Estado (lo de independiente a veces se le cae del discurso), en lugar de ser solamente una Comunidad Autónoma del Estado español. Este es el único tipo de mensaje nacionalista (centrífugo) que puede llegar a una mayoría suficiente de la población. El principio del enemigo exterior.

¿Por qué ahora?. Creo que hay tres motivos básicos para ello. Uno es que el proyecto de España como país, como nación, como Estado o como lo que carallo sea o quiera ser, es particularmente deprimente en estos últimos años. Creíamos que éramos ricos y ya formábamos parte de la élite mundial y la realidad nos ha devuelto a la triste constatación de que somos unos mindundis en los engranajes del mundo (del mundo que cuenta, se entiende). Corren malos tiempos para sentirse orgulloso de ser español. ¿Nacionalidad?: español, con perdón.

Otro motivo es que el Govern de CiU ha llevado adelante en estos dos años que lleva ejerciendo, los recortes más salvajes en los servicios básicos que más aprecian los ciudadanos (Sanidad, Educación). Y la única catarsis que se le ha ocurrido a Mas (y su entorno) para evitar que muchos ciudadanos le odien casi más de lo que odian al Gobierno de España del PP, es la invocación del soberanismo y de la independencia, entendida como la intención definida y decidida de desmarcarse del proyecto de futuro del PP para España (suponiendo, por cierto, que tengan uno)..

El tercer motivo es que ahora quien gobierna en España es el Partido Popular, y resulta tan, pero tan fácil, visualizarle como un enemigo de las clases medias y de los ciudadanos de a pie, que demonizarle no cuesta (casi) ningún esfuerzo. Sin embargo conviene no olvidar que el sustrato social de CiU y el del PP son básicamente el mismo. En otras palabras, ambas fuerzas defienden a los mismos, que casi con seguridad no somos ni tú ni yo, mi querido lector.

El resto es ya pura táctica política.

A ese Mas erigido en Mesías de una Tierra Prometida (en términos coloquiales catalanes le llamaríamos un sumiatruites - literalmente, un sueña-tortillas -) se le opone un Rajoy pequeñito, absolutamente desprestigiado, que parece (o no) ser solamente obediente a las indicaciones que le llegan desde los poderes reales o fácticos (la Banca, la Unión Europea, la Comisión, el FMI, la troika, el BCE, Alemania, Angela Merkel,...) y al que técnicamente llamaríamos un cagadubtes (literalmente, caga-dudas). Un cóctel ciertamente explosivo el de sumiatruites frente a cagadubtes.

A partir de ahí, ya todos mienten. Los que aportan pretendidos argumentos a favor o en contra, los que se esfuerzan en demostrar que una Catalunya independiente sería una ruina, lo mismo que los que intentan demostrar que sería un nuevo Edén; los que invocan la sagrada Unidad de España; los que refuerzan su opinión con argumentos históricos o historicistas, tanto a favor como en contra; los que invocan el imperio de la ley, ignorando que la ley emana de la soberanía popular. Y todos mienten porque el proceso de independencia de una región no está contemplado en ninguna ley ni en ningún reglamento (español o de ámbito europeo), y debería, por lo tanto, construirse haciéndolo, fruto de una serie de negociaciones que solamente tendrían sentido si se demostrara de forma fehaciente que una mayoría cualificada de la población de Catalunya realmente lo desea. Asumiendo, por supuesto, que una declaración unilateral de independencia no se le ocurriría plantearla a ningún político con voluntad de seguir dedicándose a ello.

Cada cual puede tener su propia opinión sobre ese proceso de independencia. Habrá quienes opinen que sería bueno para los catalanes y quizá negativo para el resto del Estado; los que crean que sería malo para los catalanes y también malo para el resto; los que intuyan que sería beneficioso para todos; o incluso los que se teman que sería un anticipo del fin del mundo.

Pero los políticos que gobiernan tienen la obligación de hacerlo al servicio de todos los ciudadanos, al margen de cuáles sean sus opiniones personales.

Es por ello que me gustaría ver a un Rajoy con agallas (él que acusa a Mas, con cierta razón, de no tenerlas para enfrentarse a la crisis), que iniciara una negociación para definir al detalle el ámbito y el contenido de un referéndum entre la población de Catalunya, a partir del cual se pudiera determinar sin error que la mayoría es efectivamente partidaria de iniciar un proceso de secesión, con todo lo que eso podría suponer. La pregunta o preguntas que habría que formular en un referéndum de ese tipo deberían ser objeto de una profunda negociación, y habría que acordar en qué sentido sería vinculante uno u otro resultado, para todos.

Pero en lugar de eso, que podría ser un proceso limpio que desarmaría por completo las burbujas catárticas, en dos semanas se van a producir unas elecciones autonómicas en Catalunya, donde es más que probable que CiU alcance la mayoría absoluta. Y Mas entenderá ese resultado como un plebiscito de sus posiciones, y a partir de entonces ya tendrá excusas suficientes para justificar ante su electorado que todo lo malo que, inevitablemente, les seguirá llegando, será producto de la cerrilidad de ese enemigo público de Catalunya que es el Gobierno del PP (y hasta el Rey, si vamos a eso, que tiene el mismo derecho que todos a tener su propia opinión personal, pero no tiene ningún derecho a sentar cátedra; su obligación es defender la soberanía popular, de donde emana todo lo demás) y no el resultado de una acción de gobierno de CiU que ningunea a las clases medias y a los ciudadanos de a pie, y beneficia a los que son de su clase o casta.
Pere Navarro, alcalde de Terrassa y candidato del PSC
a la Generalitat.
(Fuente: catalunyapress)

Mientras se tira de las riendas, todos pueden suponer, si así lo desean, que el galope de ese caballo debe ser muy elegante, pero nadie lo sabe con certeza. Sólo soltando (un poco) las riendas, se puede exponer a la atención pública la realidad de su trote afectado y de su galope cansino.

Bajo ningún concepto debería Rajoy elevar a Artur Mas a la categoría de mártir del nacionalismo catalán. Porque el martirologio es la máxima aspiración de cualquier nacionalista y es la última emoción mayor que resta antes del desastre.

Y todos los ciudadanos de Catalunya deberían ser conscientes de que estas Elecciones son tramposas, que tienen una dimensión de plebiscito de un cierto órdago de Mas, y que es indispensable que cada ciudadano reflexione y vote en las urnas si lo refrenda o no. Aunque para nada es así, algunos interpretarán el resultado de estas elecciones como si se tratara de un referéndum por la independencia de Catalunya. Los analistas de oficio no cesarán de sumar los escaños de las fuerzas (presuntamente) más proclives al independentismo y las más españolistas, y proclamarán una relación de fuerzas en base al resultado de estas próximas elecciones.

Hubiera sido mucho más limpio e ilustrativo que la primera votación popular en Catalunya fuera un referéndum consensuado entre Mas y Rajoy sobre el tema del soberanismo y de la independencia, en el que se formulara la o las preguntas correctas y a la que los ciudadanos pudieran responder sin vicarios intermedios.

Todavía nos tocará ver a Artur Mas hacer innumerables piruetas. Mas, que es un político listo (no estoy seguro si también inteligente) sabe bien que sólo apuntando al corazón se puede alcanzar la cabeza. Y también sabe, aunque no creo que se lo confiese ni a su almohada, que su objetivo realista último es conseguir administrar más dinero (un mayor presupuesto), con el que poder mangonear (distribuir) más a gusto de sus amigos. Mas sabe que la sola mención de la independencia ya supone tocar a rebato en muchos medios (a favor y en contra, por supuesto), y que, para muchos, cualquier cesión posterior parecerá un mal menor. A eso los médicos le llaman anestesiar, y los sociólogos narcotizar. 

Yo soy un catalán empadronado en Madrid, por lo que no puedo votar en Catalunya. Pero, si pudiera hacerlo, el 25 de Noviembre muy probablemente acabaría votando, por ejemplo, al PSC. Eso sí, tapándome la nariz y los ojos, porque su candidato (Pere Navarro, alcalde de Terrassa) carece de carisma personal y de visibilidad mediática, y el discurso del partido es errático y a menudo confuso; pero, por lo menos, han dicho con claridad que, en un eventual referéndum por la independencia, votarían que no. Probablemente les votaría aunque sólo fuera para evitar que mi abstención se entendiera como que no me importa lo que los políticos hagan de Catalunya, y para poner de manifiesto que la independencia no es mi opción.

Mariano, ya es hora de tomar una cierta altura de estadista y agarrar a este toro por los cuernos. Tratar de ignorarlo no lo va a anular sino que, acaso, lo hará mucho más fuerte y grande de lo que es en realidad. 

JMBA

viernes, 28 de septiembre de 2012

El Proyecto de Independencia de Catalunya

Vaya por delante mi autoinculpación de no haber seguido jamás ningún seminario para aprender a jugar al mus. Seguramente por ello no soy un español de libro. Debido a esa incapacidad, para mí la palabra órdago solamente tiene el sentido que le da el Diccionario de la Real Academia Española:


órdago.

(Del vasco or dago, ahí está).

1. m. En el juego del mus, envite del resto.
de ~.
1. loc. adj. coloq. extraordinario (‖ fuera de lo común). Borrachera, calor de órdago.



Eso de envite del resto sí lo puedo entender. Como a veces jugamos a póker con los amigos, sí entiendo lo que eso significa y, de hecho, en nuestras partidas lo tenemos explícitamente prohibido, para evitar que nadie pueda ganar solamente debido al hecho accidental de que disponga de mayor resto que los demás en la mesa.
Artur Mas, en el reciente pleno del Parlament de Catalunya.
(Fuente: cadenaser)

Pero me parece que lo que ha hecho Artur Mas en el Parlament de Catalunya es un órdago en toda regla, una demanda formal de divorcio. A pesar de que llevo ya muchos años viviendo en Madrid, yo soy catalán. Pero claro, tampoco debo ser un catalán de libro. Y mi opinión es contraria a la independencia de Catalunya (a su separación de España). Y no por motivos sentimentales, de españolismo mal entendido ni históricos (al final la Historia puede abonar casi cualquier teoría, y además la estamos creando entre todos todos los días). No soy partidario porque estoy absolutamente convencido de que sería un cambio negativo para las dos partes, que saldrían debilitadas del envite. Aparte de ir contradirección de la marcha de los tiempos.

Mas se enfrentó a esta legislatura - muy prematuramente truncada, al convocar Elecciones en Catalunya para el domingo 25 de Noviembre de este mismo año (un par de años antes de su conclusión natural) -, con un tema prioritario que era el llamado Pacto Fiscal, que es un modo relativamente eufemístico de llamar al Concierto Económico del que disfrutan, de acuerdo a la Constitución, tanto el País Vasco como Navarra, de acuerdo a los llamados derechos históricos.

El principio de los Conciertos Económicos es que los impuestos son recaudados por las respectivas Comunidades Autónomas, que negocian con el Estado la transferencia de un cierto porcentaje (llamado cupo), por el que pagarían los servicios que les presta el Estado.

Si hacemos un símil con una familia con 17 hijos, en que todos viven bajo el mismo techo, los 15 que no disponen de Concierto ven cómo sus salarios son ingresados en la cuenta familiar, y el cabeza de familia negocia con cada uno la paga mensual que recibirán para hacer frente a sus gastos. Los dos que disponen de Concierto funcionan al revés: su salario se ingresa en su propia cuenta y negocian con el cabeza de familia la contribución que realizarán al presupuesto familiar, a cambio de tener techo, cama, mesa puesta, televisor plano en el salón y ropa planchada.

En mi casa crecimos tres hermanos. Cuando empezamos a trabajar, negociamos con mi padre que un cierto porcentaje de nuestros ingresos salariales se transferiría automáticamente al presupuesto familiar, mientras compartiéramos el mismo techo. Creo que disfrutamos del Concierto Económico Familiar. Como cualquier método que se quiera elegir, este tiene algunas ventajas y algunos inconvenientes para todos. Si se conseguía una promoción profesional con aumento salarial, se disponía automáticamente de más dinero en el bolsillo o en la cuenta propia, pero también automáticamente se incrementaba la contribución al sostenimiento de la familia (aunque sus servicios fueran básicamente los mismos). Del mismo modo que disminuirían ambos si alguno tenía la mala suerte de caer temporalmente en el desempleo.

En la Constitución Española (redactada y aprobada en 1978, y nunca modificada hasta hoy en estos extremos) se contempla este régimen solamente para dos Comunidades. Eso, lógicamente, podría cambiar si se modificara la Constitución.

Las otras 15 Comunidades sin Concierto funcionan con la negociación casi permanente de la financiación autonómica (de la paga, si seguimos con el símil de una familia). Es decir, la definición de cuánto dinero va a transferir el Estado al presupuesto de cada Comunidad, para que ésta pueda hacer frente a sus compromisos de pago. Por supuesto, esta negociación puede ser más o menos ventajosa para la Comunidad Autónoma dependiendo de muchos factores: afinidades políticas entre las partes, contraprestaciones en forma de apoyos en el Congreso, intensidad del lloro, aumentos o disminuciones de la población, etc. etc. En las Comunidades con Concierto la negociación se limita a definir el porcentaje del total de ingresos que va a constituir el cupo.

Per se, ninguna de las dos fórmulas es más ventajosa que la otra. Pero con el Concierto da la sensación de que la reacción de la Administración autonómica - en lo que se refiere, por ejemplo, a decisión sobre inversiones - puede ser más rápida ante aumentos o disminuciones significativas de los ingresos por impuestos. Pero también puede ser que limite la capacidad del Estado Central en la redistribución de las rentas, lo que a menudo se conoce como solidaridad interterritorial. Ciertos políticos regionales pueden sentir predilección por la fórmula del Concierto Económico, porque ello significa que la llave de la caja - para lo que valga, que es para bastante poco - está en sus manos.

Dentro de la Unión Europea, los diferentes países funcionamos, a efectos prácticos, con un esquema parecido al del Concierto Económico, por el que se define, de una u otra forma, el volumen de contribución de cada Estado a los Presupuestos de la Unión Europea.

En España, creo que entraría dentro de lo razonable, con una organización autonómica madura, próxima a lo federal, que todas las Comunidades Autónomas se rigieran por el principio de un Concierto Económico. Que nuestra actual organización autónomica sea o no madura es otra conversación, y todavía estamos pagando los platos rotos del café para todos. En la situación actual, con seguridad no es una prioridad el cambio del modelo de financiación, pues hay otras muchas labores que deben resolverse antes (racionalización del gasto, restructuración de la administración, abolición de taifas,...)

Decía, pues, que el objetivo que definió Artur Mas para esta legislatura era conseguir el Pacto Fiscal (el Concierto Económico) para Catalunya. En su reunión con Rajoy la pasada semana en La Moncloa, el Presidente del Gobierno, con una indolencia a la que ya nos hemos venido acostumbrando, cerró esa posibilidad para Catalunya, y puso de manifiesto su nula voluntad de negociar absolutamente nada en esa dirección. Está claro que la Constitución (en su redacción actual) no lo permite, pero todas las leyes son de elaboración humana y, por lo tanto, con las debidas garantías, eso sí, pueden modificarse.

Por otra parte, iniciar una negociación de Pacto Fiscal con Catalunya provocaría, sin ninguna duda, demandas equivalentes por parte de algunas otras Comunidades Autónomas que estimen que su balanza fiscal actual (presuntamente) les resulta desfavorable. Pero, posiblemente, podría ser una ocasión de oro para revisar por completo el modelo de estado autonómico que consagró la Constitución en 1978, en un estadio muy primigenio todavía de la democracia en España, con riesgos de involución y ruido de sables. La mayoría, creo, estamos de acuerdo en que la implantación y el despliegue de ese modelo ha tenido muchas disfunciones y algunos abusos, y podría ser la ocasión de revisarlo por completo, posiblemente en un intento honesto de homologarlo con los modelos federales, que son conocidos, respetados y bien entendidos por todo el mundo (en todo el Mundo). Nos ahorraríamos tener que explicarlo cada vez.

Pero en el discurso de Rajoy y del PP en general, prima la defensa a ultranza de la Constitución (tal y como se aprobó en 1978, salvo cuando los alemanes obligan a algún cambio) y de la (presunta) Unidad de España. Incluso hemos tenido que oír de nuevo algunas voces de otros tiempos, que creíamos olvidadas, invocando lo sagrado de algunos principios que, finalmente, no son más que decisiones políticas de las mayorías de cada momento.
Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno de España.
(Fuente: 20minutos)

Encontrando, pues, la puerta cerrada a cal y canto para el proyecto estrella de su legislatura, a Artur Mas no le quedaba ya más remedio que finalizarla y convocar Elecciones Autonómicas. Y ahí es cuando lanzó su órdago: dado que el Pacto Fiscal no es viable, la única solución de futuro para Catalunya es la independencia de España. Por supuesto, el tono jesuítico habitual del lenguaje de Convergència i Unió no les permite plantearlo con esta claridad, pero se les entiende todo.

Puesto en la forma de una pareja en crisis, el (presunto) diálogo sería como sigue:

- Necesito más espacio
- No digas tonterías
- Pues quiero el divorcio

La crisis de relación entre Catalunya y el resto de España tiene algunos orígenes genuinos y muchos otros simplemente espúreos. Por las dos partes hay montones de prejuicios enfermizos. Se ha hecho bandera de los idiomas, por una y otra parte. Yo soy muy práctico y poco sentimental con ello, y entiendo que los idiomas son herramientas que nos facilitan podernos entender unos con otros. Y constituyen un bien cultural que hay que preservar y desarrollar. Punto. De ahí a que se conviertan en armas arrojadizas hay un buen trecho. Muchos catalanes acaban pensando que la mayoría del resto de los españoles es perezosa y demasiado amante de los subsidios y las subvenciones (ay, ay, ay, sospechosamente parecido a lo que piensan los alemanes de los del Sur...) . Muchos españoles no catalanes piensan que los catalanes son insolidarios. Algunos españoles no catalanes están convencidos de que en Catalunya se persigue al castellano parlante, y bastantes catalanes creen a pies juntillas que cruzando el Ebro se adentran en territorio hostil.

Curiosamente, este rosario de agravios mutuos es mucho menor entre aquellos (de una u otra parte) que conocen bien al resto. Lo cual no hace más que poner de manifiesto que las élites (políticas y económicas) de ambos lados han manipulado y manipulan a la opinión pública en su propio beneficio. Y los medios de comunicación, deliberada o a veces involuntariamente, azuzan esa manipulación, de modo que para un español (no catalán) medio acaba siendo indiscutible que todos los catalanes son unos c....... insolidarios que van a lo suyo y nos desprecian, y un catalán medio acaba sumido en la melancolía identitaria de que en el resto de España no nos quieren. La realidad, para los que tienen posibilidades de desvelarla, desmiente (casi) por completo estas visiones sesgadas.

Cuando cualquier pareja atraviesa una cierta crisis, lo peor que puede suceder es que intervengan los familiares y amigos de una u otra parte, porque la máxima posibilidad es que agraven todavía más la situación, aceleren el deterioro de la relación y enconen las enemistades.

Y es en este contexto enrarecido que Artur Mas convoca Elecciones Autonómicas en Catalunya, unos dos años antes de lo que correspondería legalmente. Se ha envuelto en la senyera, mientras Rajoy y el Gobierno se envuelven en la rojigualda. ¡Cómo me aterran todas las banderas que tienen un tamaño suficiente como para hacerse chales con ellas!.

Tras el portazo de Rajoy, ahora parece no quedar más remedio que lidiar con la demanda de divorcio. Pleitos tengas y los ganes, era la maldición preferida de aquella gitana. Porque si se llega a eso, ambas partes van a perder y mucho. Creo que todos los españoles (e incluyo, por supuesto, a los catalanes) deberíamos tener muy claro que ese escenario no nos va a favorecer nunca y de ningún modo. En ese terreno, todos pierden, todos perderemos.
(Fuente: ociolatino)

Pero el caballo ya está desbocado y Mas ha planteado las Elecciones de Noviembre como un auténtico plebiscito popular a su proyecto, para que sea finalmente él quien lidere el proceso para la independencia de Catalunya. Pero eso pasa por el hecho (que está por ver) de que CiU consiga mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya. Tras las (muchas ) personas que salieron a la calle el 11 de Septiembre, bajo el lema de Catalunya, un nou estat d'Europa, ha llegado el momento de que todos los catalanes, en las urnas, manifiesten su conformidad o no con la deriva independentista de la que se ha revestido Artur Mas.

Conviene aquí no olvidar que Artur Mas desde la Generalitat de Catalunya, como el propio Rajoy desde el Gobierno de España, ha sido el protagonista indiscutible de los mayores recortes antisociales de toda la democracia. Porque tanto Convergència como el PP representan, políticamente, la misma banda del espectro, y defienden a las mismas élites. El Proyecto de Independencia representa para Artur Mas lo mismo que la Guerra de las Malvinas para la Junta Militar Argentina: la identificación de un enemigo exterior,  que disimule y oculte la fuerte crisis económica que todos venimos sufriendo.

Otras fuerzas políticas más sensatas deberían ver progresar sus posiciones, y mejorar su capacidad de influir en la deriva que tomen los acontecimientos. Pero el PSC tiene su propia crisis interna muy profunda (incluida la indisciplina de voto), y no tiene decidido quién será su candidato (lo tendrá que ser Pere Navarro; no hay tiempo para otra cosa); Esquerra Republicana  (en los tiempos de Heribert Barrera, por ejemplo) era una fuerza testimonial y nostálgica, a la que participar en el tripartito y tocar poder le desató los peores fantasmas, delirios de nuevos ricos incluidos. La Izquierda (tradicionalmente en formaciones mixtas de nombres inacabables) debería superar sus complejos y articularse como una alternativa viable de Gobierno. Si les queda algo de marxista, el marxismo siempre ha sido internacionalista y no nacionalista. Y el PP, sin duda, debe esforzarse en recaudar los votos de centro derecha que no simpaticen con la deriva independentista de CiU.

Si Mas consigue ver reforzada su posición, y la idea de hoy se convierte en un proyecto firme, más vale que el Gobierno de España se preste a trabajar codo con codo con la Generalitat para celebrar un referéndum sobre la independencia en Catalunya, donde todos los ciudadanos de Catalunya puedan manifestar su opinión y su posición sobre ese escenario de futuro, sin tapujos, sin trampas ni medias verdades. A estos efectos, puede aportar alguna luz la lectura reposada de la llamada Clarity Act (1999) de Canadá, una pieza legal (de no más de 4 páginas) que define las condiciones exigibles antes de iniciar cualquier negociación de secesión de una de sus provincias (Québec, lógicamente, sería la candidata más probable). La Constitución de Canadá, como la española, no contempla esa posibilidad, y debería, pues, igualmente modificarse.
(Fuente: momeces)

Y si se confirmara (cosa que espero que no se produzca) la voluntad mayoritaria de divorcio de una de las partes, ese ya resultaría inevitable, y habría que concentrarse en definir, en los tiempos siguientes, el detalle de las condiciones en que se produciría, el inventario y reparto de los activos y pasivos, de los bienes gananciales y decidir quién se quedaría con los amigos.  Si recortáramos con una sierra de calar por los actuales límites de Catalunya con Francia, con Andorra, con Aragón y con la Comunitat Valenciana, cortaríamos de cuajo muchas venas y arterias (desde carreteras, líneas ferroviarias, ríos, canales o acequias, oleoductos, gasoductos, etc. hasta rutas comerciales, flujos financieros o relaciones personales). Para cada una de ellas  ese cirujano virtual debería habilitar la mejor solución que evitara que la sangre acabara en el mar.


Catalunya pasaría a ser un estado (geográficamente) europeo independiente, pero políticamente fuera de la Unión Europea y de la zona euro, con su propia moneda nacional, inclinada pertinazmente a la devaluación, por lo menos durante los primeros años. Debería hacer frente a la fuerte crisis económica y a la elevada deuda, que ahora muchos parecen haber olvidado, disimulada tras sus melancolías identitarias.

Nadie debe olvidar que los divorcios nunca resultan gratis y no benefician a ninguna de las partes. Sólo son un recurso (legal) para poner punto y final a una situación de convivencia que, al menos una de las partes, estima como insostenible. Y en todo el proceso conviene huir de las histerias y de los victimismos. Que hablen los abogados que, aparte de llevarse crudo parte del botín, son los únicos que no están emocionalmente vinculados al conflicto. 

Pero nadie debería transmitir el mensaje de que tras la independencia viviremos mejor. Porque eso, al menos durante bastantes décadas, sería simplemente falso. En ambas orillas.

JMBA