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viernes, 29 de noviembre de 2013

Si los HdP volaran...

Reza el dicho popular que si los HdP volaran, jamás veríamos el Sol. Su densidad oscurecería el ambiente.

Cuando consigamos salir de esta crisis que nos asola y entristece, de ninguna forma volveremos a estar como antes de ella. De los agujeros de mísil siempre se sale por el otro lado, y nunca está claro lo que encontraremos allí.
Golconde (1953)
Obra del pintor surrealista belga René Magritte (1898-1967)
(The Menil Collection, Houston, Texas)

Pero, además, la crisis nos habrá dejado muchas lecciones aprendidas (algunas, con sangre) e innumerables cambios. Uno de los más trascendentales será el hecho de que nos han abandonado una serie de valores sociales que pensábamos que ya formaban parte indeleble de nuestra sociedad civilizada y democrática. Y, como consecuencia, la nómina de HdP reconocidos y conocidos, se verá muy seriamente ampliada.

Estoy convencido de que ser HdP no es un oficio, ni una profesión, sino un carácter. Cuando todas las cosas van bien, la mayoría de los HdP están emboscados o son durmientes. Pero cuando las cosas vienen duras, todos despiertan y se manifiestan en público. Cuando se enfrentan a su propia supervivencia (laboral, económica,...), se convierten en lobos sanguinarios, que no dudan en apuñalar a quien sea, incluso a sus mejores amigos, aunque sea por la espalda y con alevosía.

De la misma forma que existen borrachos conocidos y alcohólicos anónimos, hay HdP conocidos por todos, entre los que destacan la mayoría de políticos, algunos banqueros (o incluso bancarios) y buena parte de los empresarios y patrones de empresa, pero hay también HdP anónimos, que dejan los restos de sus tropelías (que sólo los próximos conocen, y nunca aparecen en las portadas de los periódicos) en alguna cuneta oscura.

Los últimos días han llegado hasta mí diversas informaciones, de amigos y conocidos, que abonan esta teoría. Os voy a contar algunas, para que todos sepamos de lo que estamos tratando.

Charlaba hace unos días con la asistenta que viene por mi casa algún día a la semana. Ella tiene un contrato con una empresa de limpieza, por el que acaba realizando esas labores en oficinas o tiendas, habitualmente a primeras horas de la mañana. Sucesivos cambios en las contratas han llevado a que a ella, como trabajadora, la hayan vendido de una empresa a otra, para acabar realizando siempre la misma labor y con los mismos clientes finales. La última vuelta de tuerca que le quieren hacer tragar es un pago de 2,25€ por hora efectiva de trabajo. Y conviene tener en cuenta que, en cada lugar de trabajo (oficina o tienda), no debe estar más de una hora, o incluso un período menor de tiempo. Y luego desplazarse por Madrid hasta su siguiente objetivo. En resumen, si acabara aceptando, eso significa que, dejándose los riñones en el empeño, sólo se llevaría a casa unos cientos de Euros al mes, que no le pagarían -casi- ni el necesario Abono de Transportes.

Absolutamente impresentable. Parece increíble ver cómo los HdP se aprovechan de la crisis y de la necesidad de la gente. Porque si ella no acepta, habrá otr@s que sí lo harán. Y ese ya será un retroceso irreversible en las condiciones de mínima dignidad para el trabajo.

Yo he trabajo durante casi treinta años en una multinacional. Y debo decir que las condiciones laborales siempre fueron bastante buenas, incluyendo sueldos dignos y otras ventajas sociales, que compensaban, de una u otra forma, el tiempo, dedicación y esfuerzo que requería desempeñar el trabajo. Hace unas semanas estuve comiendo con algunos compañeros de trabajo, de los que todavía quedan en la empresa. Según me contaron, la empresa (al amparo de la Reforma Laboral del PP) ha denunciado el Convenio Colectivo (que siempre fue el marco de funcionamiento de las relaciones laborales), para conseguir eliminar todas las ventajas que tienen los trabajadores. Quieren eliminar el pequeño pago adicional por antigüedad, los días de vacaciones adicionales de acuerdo a los años trabajados, la aportación a un Plan de Pensiones colectivo, o limitar al máximo el pago por horas extras.

En esta crisis, todos los trabajadores han aprendido, en carne propia o próxima, lo duro y frío que puede ser el páramo. No tengo ninguna duda de que la empresa conseguirá su propósito. A los trabajadores prácticamente no les queda capacidad de negociación alguna, y el tradicional virgencita, virgencita, que me quede como estoy se ha convertido en una expresión de máximos. Parece que todo el mundo ha aceptado que mañana estarán igual o peor que hoy. Y lo que es más duro es que seguro que habrá algun@(s) que se llevará(n) un sobresueldo (un bonus) por conseguir llevar adelante los deseos de la empresa. En resumen, el objetivo es degradar las condiciones laborales y abaratar los costes. Detrás de la aséptica expresión costes laborales hay personas, pero eso desborda la capacidad de comprensión de los HdP.

La lección es que los HdP institucionales precisan de HdP con nombres y apellidos para conseguir sus sucios propósitos.

Me llamaba por teléfono el otro día un buen amigo y antiguo compañero de trabajo, y, entre otras cosas, me decía que le han despedido de su empresa, tras casi cuatro años de servicio. Eso ya no constituye noticia ni novedad, porque todos los días estamos viendo cosas así. En este caso, lo peor es que el puesto de trabajo que él libera lo va a ocupar un amigo suyo que, a su vez, se quedó desempleado hace unos meses. Mi amigo le llevó de la mano a su empresa, para intentar encontrarle acomodo laboral, y al final lo ha acabado reemplazando. Una puñalada trapera por la espalda, en toda regla. Otro HdP durmiente, a quien el hambre (o el miedo) le ha convertido en lobo sanguinario.

Como veis, el catálogo es inagotable. Refleja lo más duro que nos ha traído esta crisis: la pérdida irreversible de valores que parecían inamovibles, y que los trabajadores se han convertido en fieras que se disputan el favor del Circo, peleando entre ellos a muerte. Para regocijo del público de los poderosos, que cada vez lo son más. Al más puro estilo de los Juegos del Hambre.

Algo muy serio falla en esta sociedad capitalista cuando el peor efecto de una crisis es aumentar la desigualdad, hacer que los ricos lo sean más, que los poderosos lo sean más, y que los pobres también lo sean más.

Por primera vez en varias generaciones, los padres temen que la vida de sus hijos va a ser peor de como ha sido la suya. Y eso, simplemente, es contra natura. 

Efectivamente, si un día los HdP pudieran volar, el cielo siempre se verá tormentoso. Porque el color de sus alas es gris plomizo. Que da asco, vamos.

JMBA

martes, 20 de marzo de 2012

La Galera y el Tambor

Aquella galera avanzaba por el mar a velocidad de crucero, bajo el impulso pausado de los galeotes remeros, al ritmo andante del tambor. Cada remero ocupaba su posición, disponía de su propio remo, y sabía hacia dónde había que remar. Todos remaban a la vez y la galera avanzaba majestuosa por el mar. En el puente, el capitán conocía cuál era su objetivo y había fijado correctamente el rumbo.
(Fuente: yaguegarces)

Acercándose a un episodio de batalla, donde se requería facilitar el abordaje de una nave enemiga, el ritmo del tambor se fue acelerando hasta llegar al Prestissimo, y bajo ese incentivo todos los remeros aceleraron sus movimientos, de modo que la galera aumentó su velocidad hasta que se realizó el abordaje con éxito.

Pero también surcaba los mares otra galera indisciplinada. Los galeotes estaban sentados en todas las direcciones, algunos no tenían ni remo, y muchos de los que sí disponían de él, lo tenían roto e inútil. Ignorando el ritmo del tambor (manejado por un fino estilista, que iba a lo suyo), cada remero hacía lo que podía. El resultado es que la galera apenas se movía de su lugar, y no avanzaba sino que andaba girando sobre sí misma a velocidad imprevisible.

En un cierto momento, el capitán nefasto de esta galera mala decidió que quería intentar un abordaje, y ordenó un incentivo, de modo que el tambor empezó a resonar a ritmo Allegro Molto. Cada galeote siguió haciendo lo mismo que venía haciendo, sólo que con mayor diligencia y velocidad. El resultado fue que la galera giró sobre sí misma todavía a mayor velocidad, hasta que las aguas la sepultaron y volvió a los fondos marinos que nunca mereció abandonar.
(Fuente: empresuchas)

Con esto quiero decir que cuando se aplica un incentivo a cualquier actividad humana, no se modifica el resultado final, sino que sólo se acelera su consecución. Cada participante seguirá haciendo lo mismo que venía haciendo, sólo que con mayor diligencia y velocidad. Así he visto tirar a la basura muchos incentivos de ventas, por ejemplo. Vendedores desorientados que no tienen claro lo que tienen que vender ni a quién, y ni la más remota idea de cómo hacerlo. Ante unos resultados muy mediocres, el Director Comercial decide implantar un incentivo: pagará una mayor comisión a quien consiga vender un pirulo tipo X. El resultado es que no se venderá ni un pirulo más de los que se hubieran vendido sin el incentivo (pero sí resulta más cara la venta) y todos los vendedores, además de desorientados, acabarán cansados de dar vueltas a toda velocidad al mismo palo absurdo.

Lo mismo sucede con los (presuntos) incentivos que aplican los políticos para intentar enderezar la economía. Con la Reforma Laboral, por ejemplo, se facilita (se abarata) tanto el despido como la contratación. Como la tónica de la economía en España es la de despedir empleados (más que contratarlos), gracias a los incentivos el número de despidos aumenta y se acelera su ritmo. Algunos confían en que, cuando la economía cambie de tono, las medidas introducidas también provocarán que las nuevas contrataciones se aceleren. Pero esto, creedme, es un acto de fe nada evidente. Básicamente porque las medidas no están haciendo nada para forzar o fomentar que la economía cambie de tono.

Introducir un incentivo provoca, habitualmente, que se acelere la velocidad del movimiento previo. Si este era caótico, tras el incentivo será una apología de la entropía. Y si el movimiento era en el sentido contrario al que deseamos, tras el incentivo nuestro objetivo estará cada vez más lejos.
(Fuente: mundoparapsicologico)

Los buenos capitanes ponen a su galera en orden, escogen el rumbo y deciden el objetivo. Sólo cuando todo eso se ha conseguido, ordenan que aumente el ritmo del tambor, para que se acelere la nave y consiga llegar al objetivo antes de lo que parecía.

Los malos capitanes no pararán de dar órdenes, pero muchas serán contradictorias. Los galeotes seguirán a lo suyo y si el tambor acelera su ritmo, sólo conseguirá que el caos sea todavía mayor, que la nave se escore peligrosamente y pueda acabar hundiéndose.

Me da la sensación de que la panda de funcionarios europeos que aplauden las medidas del Gobierno sólo se han leído un manual (el de cómo manejar el tambor) e ignoran los rudimentos básicos del oficio de patrón de barco.

Rumbo al iceberg gigante, avante toda.

JMBA

martes, 13 de marzo de 2012

El Estupor de los Sindicatos


Parece claro que los Sindicatos no están pasando por su mejor momento de influencia y popularidad. Posiblemente el origen de ese deterioro esté en que les está faltando un poco de cintura y de sintonía fina para adaptar su labor a los tiempos que corren, y a los que nos esperan.
Los líderes sindicales, en la rueda de prensa inmediatamente
anterior a las manifestaciones del domingo.
(Fuente: lavozlibre)


Tampoco es ajena su mala prensa a la actitud indolente que han adoptado durante los (casi) ocho años de gobierno socialista, en la que han asistido impertérritos al progresivo deterioro del mercado laboral y a un número creciente de desempleados. Se dice que anestesiados por muy jugosas subvenciones del Gobierno para la impartición de formación a trabajadores y parados. Y es conocido que hasta la aceitera más limpia e impoluta, siempre nos acaba untando los dedos.


Pero en estos tiempos revueltos no debemos, de ningún modo, empezar a demonizar colectivos y organizaciones. Parece inevitable que en momentos como este en que tan poco queda para intentar repartir, a la solidaridad la sucede el individualismo, el sálvese quien pueda. Quien tiene (todavía) un empleo está dispuesto a lo que sea para mantenerlo. Porque la única alternativa posible es el desempleo (situación en la que, muy probablemente, ya están algunos de sus familiares, vecinos y amigos).


A los funcionarios no les queda más remedio que, presuntamente a cambio de su empleo vitalicio, aceptar sucesivos recortes en sus salarios y derechos. Muchas empresas privadas han avanzado también por este camino, negociando reducciones de jornada laboral a cambio de disminuciones proporcionales en el coste salarial.


A nada nos conduce demonizar al colectivo de los que todavía están empleados, o a los propios Sindicatos, que, por otra parte, no acaban de salir de su estupor. Un desconcierto que tiene mucho que ver con que deben enfrentarse a circunstancias para las que no estaban preparados.  


La principal función de los Sindicatos, tal y como los conocemos hoy en España, es, si acaso, defender los intereses de los trabajadores. A través de las negociaciones colectivas y, eventualmente, las movilizaciones, huelgas y demás, saben luchar para conseguir que el trozo de un pastel creciente dedicado a los trabajadores sea algo más grande de lo que sería si no existieran. En otras palabras, su estructura mental está preparada para alterar la distribución de la riqueza creada, en favor de los trabajadores.


Dicho sea de paso, con un éxito menos que relativo, pues las últimas décadas nos han traído un agravamiento muy serio de la desigualdad. Es decir, los ricos lo son cada vez más, mientras que los pobres se siguen empobreciendo. Usando ricos y pobres en el sentido más amplio posible.
Curioso. Esta convocatoria era para el
29 de Septiembre de 2010.
(Fuente: noblezabaturra)


Y ello nos ha traído la Trampa Gigante de la Desigualdad. En Estados Unidos, por ejemplo, en las últimas cuatro décadas se ha pasado de un 8% del PIB detentado por el 1% de la población, a una concentración de hasta el 20% del PIB en manos de ese 1% de más ricos. Os recomiendo un excelente artículo (en inglés, eso sí), publicado sobre este tema por el Social Europe Journal.


Los Sindicatos mayoritarios en España (CCOO y UGT) convocaron manifestaciones este pasado domingo (por cierto, un 11-M, lo que generó más polémicas todavía; para evitar la fecha del 18 de Marzo, en medio del puente de San José), que tuvieron una afluencia bastante limitada. Los medios más contrarios llegaron a decir que sólo habían asistido los liberados sindicales, en defensa de sus propios privilegios.

Y también han convocado, con más miedo que vergüenza, una Huelga General para el 29 de Marzo, que ya veremos en qué resulta. Me da la sensación de que la gran mayoría de empleados y también de parados creen que este no es tiempo de algaradas y protestas, sino de trabajar todos juntos para intentar salir de una situación extremadamente crítica.


No ha contribuido, por cierto, al prestigio de los Sindicatos las infinitas reuniones sin acuerdos que han mantenido con la Patronal y tanto con el gobierno socialista anterior como con el actual del PP. No conseguir llegar a un acuerdo significa que, muy probablemente, siguen intentando defender cosas que ya no son de estos tiempos. En estos momentos, la principal obsesión debe ser conseguir que de la crisis salgamos todos y que no quede un reguero de cadáveres económicos en la cuneta. Que cuando consigamos recuperar la senda del crecimiento, con el esfuerzo de todos (no hay otra), disminuya la desigualdad y se distribuya mejor la riqueza creada.


Creo que han perdido la ocasión de transigir con algunas medidas duras pero temporales, a cambio de un horizonte más despejado para todos. En revancha, el Gobierno ha publicado una Reforma Laboral que se carga de un plumazo, y para siempre, muchos derechos que ha costado décadas conseguir.


Con su tozudez creo que están opositando a que puedan acabar siendo organizaciones prescindibles. Y eso no será bueno para nadie.


Como siempre, casi nada sucede por primera vez. Todo ha pasado ya alguna vez antes, en algún lugar. Pero no aprendemos. He tenido ocasión de leer recientemente un excelente y ameno libro titulado No Such Thing as Society (subtitulado A History of Britain in 1980s). La década de los 80 fue dominada en el Reino Unido por Margaret Thatcher (Primera Ministra desde 1979 hasta 1990). Thatcher era una neoliberal convencida (que hizo tándem político con el más siniestro Ronald Reagan), monetarista de la Escuela de Chicago y enemiga militante de los Sindicatos (las poderosas -hasta entonces- Unions).


Los Sindicatos en Gran Bretaña terminaron esa década terriblemente debilitados. Para ilustrar la lección que deberíamos aprender, valga como muestra un botón. Se empeñaron en defender derechos (o privilegios) que ya no estaban en consonancia con los tiempos que corrían. Por ejemplo, las Unions dictaban cuántos componedores (los que elaboraban casi manualmente la maquetación de las páginas de los periódicos) hacían falta para cada empresa y para cada actividad. Además, los empleados debían ser obligatoriamente miembros del Sindicato correspondiente. Las nuevas tecnologías, especialmente los ordenadores, ya permitían que los propios periodistas colocaran sus noticias en el formato de la página del periódico. Dramáticamente, las Unions descubrieron, demasiado tarde para ellos, que ya carecían de la capacidad de presión de la que habían gozado hasta entonces. De alguna forma intentaron oponerse al progreso, y este les pasó por encima.


Y no perdamos de vista que la amenaza, para todos, es justamente ese debilitamiento y desprestigio de los sindicatos, que parecen incapaces de convivir con los nuevos tiempos. De ahí el título de ese libro. Margaret Thatcher, en la euforia tras su tercera victoria electoral, fue entrevistada para una revista femenina. En ella se quejaba amargamente de la tendencia moderna a confiar en que la sociedad resuelva los problemas que tiene la gente, las personas, los ciudadanos. Y se preguntaba, ¿pero quién es la sociedad?.


Con la intención de dejar más claras todavía sus ideas, Margaret Thatcher insistía del siguiente modo:


"There is no such thing as society. There is a living tapestry of men and women and people and the beauty of that tapestry and the quality of our lives will depend upon how much each of us is prepared to take responsibility for ourselves"


(Cita de la revista Women's Own, 31 de Octubre de 1.987, tomada del libro No Such Thing as Society, de Andy McSmith, publicado por Constable-London en 2011)


Mi traducción libre sería como sigue: "No existe lo que llaman sociedad. Lo que existe es un tapiz vivo de hombres, mujeres y gente (sic) y la belleza de ese tapiz y la calidad de nuestras vidas va a depender de cuánto cada uno de nosotros esté preparado para tomar la responsabilidad de nosotros mismos".
Margaret Thatcher,  Primer Ministro del Reino Unido
(1979-1990)
(Fuente: prensarosa)


Todo un manifiesto individualista. En otras palabras, entre los caprichos del capitalismo y cada ciudadano no habría más que su capacidad de tomar la responsabilidad de su propia vida. Un mundo de perros grandes y pequeños que se devoran sin piedad unos a otros, abandonados a su suerte.


Para intentar evitar que esas palabras de la Thatcher describan a nuestra sociedad del futuro, es básico que los Sindicatos se sacudan de encima el estupor y el desconcierto que les está abatiendo, y sean capaces de seguir desarrollando un papel de amortiguación social en los tiempos venideros.


No debemos demonizar a los Sindicatos. Pero condescendencias las justas. Que asuman ya de una vez el papel que les toca llevar adelante en los tiempos que vienen.


Que se vayan poniendo las pilas, que se apaga la luz.

JMBA

jueves, 23 de febrero de 2012

El Miedo es la Clave

Alistair MacLean fue un escritor escocés (1922-1987) que escribió multitud de novelas de ambiente bélico y de suspense. Sus obras más conocidas (llevadas al cine) son Los Cañones de Navarone y El Desafío de la Águilas.

En 1961 escribió una novela titulada El Miedo es la Clave (Fear is the Key), que fue llevada al cine por el director Michael Tuchner en 1971. Recuerdo haber leído la novela en algún momento del pasado, pero lo he olvidado todo de ella, salvo el título.
(Fuente: capitancinema)

He recuperado el título de este antiguo libro porque estos días da la sensación de que, efectivamente, el miedo es la clave (o la llave) de muchos de los acontecimientos de la actualidad.

Siempre he desconfiado de los abstemios (los que nunca beben alcohol), pero también de los borrachos conocidos y los alcohólicos anónimos. Siempre he desconfiado de los temerarios (los que nunca tienen miedo), porque los valientes sí sienten una cierta dosis de miedo, pero saben convivir con él y sobreponerse. La dosis adecuada es la clave.

En los análisis de sangre, si sube mucho el azúcar, eso es malo. Pero si baja demasiado, es casi peor. Lo mismo sucede con el miedo.

Una cierta dosis de miedo estabiliza la vida y la sociedad. El miedo impide a las personas tomar decisiones temerarias. El miedo es la manifestación práctica de la relativa incertidumbre que todos tenemos de lo que habrá al otro lado de cualquier puerta.

Una sociedad de ciudadanos con miedo (de perder algo ya conseguido, por ejemplo) es lo que hace que las sociedades evolucionadas tengan tendencia a ser relativamente estables. Se dice que las clases medias son las que mayores dosis de miedo atesoran, porque su prosperidad personal y familiar dependen en gran medida de la prosperidad del conjunto de su país y, en nuestro caso, de la prosperidad de la Unión Europea en su conjunto. Si todo se va al carajo, tienen mucho que perder. Por el contrario, los desheredados carecen de miedo, porque ya nada tienen que perder, y por eso son la mayor fuente de inestabilidad social. Las grandes guerras de la edad moderna han sobrevenido en circunstancias donde una mayoría de la población ya no tenía nada que perder, y cualquier cosa iba a ser mejor que su situación actual. En lugar de tener miedo a lo que pudiera haber al otro lado de esa puerta cerrada, había la esperanza de que tras ella se pudiera vivir y no sucumbir en la miseria o se tuviera la tranquilidad de que no te aplicaran electrodos en los huevos, y cosas así.

Las clases más acomodadas (los ricos, para entendernos) también acostumbran a carecer de miedo. Si su país se hunde, siempre les quedará Suiza, Belice o las Caimán. Y si el mundo se acaba (ver la película 2012), siempre les quedará una plaza en una de esas naves interplanetarias construidas ad hoc y que se venden a trillón.

Con los últimos acontecimientos, con las decisiones del nuevo Gobierno, con las diversas Reformas ya introducidas (especialmente la Laboral), con la presión insaciable del eje franco-alemán para contener el déficit y la Deuda, con las indicaciones de que hay que reducir los salarios, con la realidad de que los empleos ya son todos temporales, precarios y muy baratos de rescindir, estamos bordeando una situación médica de hipo-miedo. Las dosis de miedo en todas las capas de la sociedad están alcanzando sus mínimos históricos, por lo menos en todo el largo período postbélico desde 1945.
Violenta represión en Valencia.
(Fuente: cubadebate)

El Gobierno parece no tener miedo de que su Reforma Laboral draconiana (que no es ajuste, sino un cambio completo del modelo de relaciones laborales) le vaya a suponer merma de su popularidad, o amenace su victoria anunciada en las Autonómicas andaluzas del 25 de Marzo. Los cuerpos policiales no parecen tener miedo de sacar las porras a pasear, y de emplearse a fondo apaleando chiquillos de instituto (o melenudos perroflautas infiltrados, que para el caso, es lo mismo). Parecen estar bastante seguros de tener carta blanca y disponer de una cierta impunidad. Los Bancos parecen no tener miedo a dar créditos: simplemente no los dan, y así se evitan el estrés y el riesgo, mientras se dedican a tomar prestado dinero barato del BCE para invertirlo en Deuda bien remunerada, y sentarse a esperar los réditos.

Los ciudadanos, por su parte, parecen estar perdiendo el miedo también. Porque empiezan a ser conscientes de que estamos llegando a un punto donde ya cualquier otra cosa sería mejor. Sea lo que sea que haya al otro lado de la puerta cerrada, no puede ya ser peor, y se pierde el miedo a abrirla. Cuando probos ciudadanos, que estaban convencidos de vivir en un entorno de prosperidad sin final y de tener su futuro resuelto, se ven abocados a los desahucios por impago y a los comedores de Cáritas, las convicciones desaparecen, los principios flaquean y el miedo se desvanece. Cualquier otra cosa valdría más que esto.
La Reforma Laborar decretada por el Gobierno es un
atentado a la línea de flotación del Estado del Bienestar.
(Fuente: actibva)

Una sociedad con mucho miedo es mala cosa, porque se atenaza, se estanca y se resigna. Un Gobierno con miedo es mala cosa, porque se vuelve timorato y es incapaz de pensar en grandes cosas para el futuro y en nada que suceda más allá de mañana.

Pero una sociedad sin miedo está condenada a la desestabilización general. Un Gobierno sin miedo se vuelve temerario y no le duelen prendas de aplicar indiscriminadamente el bisturí, porque aunque muchos mueran, quizá salvemos la raza.

Una dosis razonable de miedo es lo que hace que las sociedades y los gobiernos sean valientes (que no temerarios) y sepan abrir puertas que nos lleven a todos a nuevas estancias más amplias y en mejores condiciones. Una dosis razonable de miedo es la que evita que nos despeñemos por el precipicio, tras unos pasos despreocupados al borde del abismo. Una dosis razonable de miedo es la que nos lleva a todos a ser respetuosos con la Ley.

Se puede morir cuando sube mucho la tensión arterial, pero también cuando baja demasiado. El azúcar alto es malo, pero las bajadas de azúcar son casi peores.

Este mundo está pensado para convivir con el equilibrio, estable si es posible, indiferente si acaso (como ese cono tumbado que rueda indolente por la mesa), pero nunca inestable (andar por el filo de la navaja).

El mucho miedo es malo. Pero la ausencia de miedo puede tener consecuencias incluso peores.

El miedo es la clave.

JMBA

lunes, 13 de febrero de 2012

La Mochila y la Reforma Laboral

Entre los empleados con mucha antigüedad en una empresa, es habitual referirse con el apelativo de mochila al capital consolidado por dicha antigüedad, para el caso de que se produjera, en el futuro, un despido improcedente del trabajador. La mochila siempre ha sido un elemento a considerar con cuidado ante, por ejemplo, una decisión de cambio de empleo a una compañía diferente. Y siempre ha constituido un elemento de fidelización a la empresa.
(Fuente: k2planet)

Pero las circunstancias han cambiado mucho a partir de la Reforma Laboral decretada por el Gobierno en su reunión del Consejo de Ministros del 10 de Febrero pasado, y publicada en el BOE el sábado 11 de Febrero. Se trata de un documento de 64 páginas, que modifica de forma muy determinante diversos aspectos de las relaciones laborales y, en particular, el aplicado a las indemnizaciones en caso de despido.

Para un trabajador con contrato indefinido con su empresa, existen tres tipos de despido: Procedente, Improcedente y Objetivo. El Procedente es de aplicación en aquellos casos en que el trabajador haya incumplido de forma manifiesta las condiciones de su contrato. En general se venía aplicando solamente a aquellos casos muy evidentes de infidelidad o deslealtad a la empresa, y frecuentemente venía precedido de ciertas labores de investigación por parte de la empresa. Se trata de un despido sin indemnización.

El despido objetivo responde a modificaciones importantes en el funcionamiento, organización o resultados de la empresa, que convierten en inútil o inviable la colaboración de un trabajador. Se aplicaba, por ejemplo, en casos de trabajadores directamente ligados a una actividad que la empresa ha dejado de realizar, y cuya reinserción en otras actividades no sea posible. O en el caso de empresas que de forma recurrente estuviesen declarando pérdidas. Especialmente en las grandes empresas que siguen funcionando más o menos con normalidad, este tipo de despidos se venía aplicando relativamente poco hasta tiempos recientes. Estaba reservado a empleados díscolos a los que se quería castigar negándoles los beneficios de un despido improcedente, y provocaba habitualmente pleitos de cierta duración. Sin embargo, se empezó a aplicar de forma más amplia,  alegando cesación de actividades e imposibilidad de reciclaje profesional para el empleado afectado. Las multinacionales, por ejemplo, prácticamente no se movieron para maquillar sus contabilidades y declarar pérdidas locales que les permitiera realizar despidos objetivos por causas económicas, ya que esta circunstancia deterioraba sus capacidades y condiciones para la contratación con la Administración Pública. Un despido objetivo tiene una indemnización de 20 días por año trabajado, con el límite de un año del sueldo bruto.

Finalmente, el despido improcedente es el que se produce por pura voluntad de la empresa de prescindir de la colaboración de un empleado. En los últimos años incluso se había prescindido de la intervención del Tribunal de Arbitraje, de modo que la empresa, en su carta de despido, reconocía su carácter de improcedente, ante la imposibilidad de demostrar su carácter objetivo. Para los empleados antiguos, este despido tiene una indemnización de 45 días por año trabajado, con el límite de 42 meses del salario bruto. En los últimos años se puso en marcha una nueva modalidad de contratación indefinida, para la que la indemnización por este tipo de despido quedaba limitada a 33 días por año trabajado, con el límite de dos años del salario bruto.
La Vicepresidenta del Gobierno y la Ministra de Empleo
y Seguridad Social, en la Conferencia de Prensa del viernes.
(Moncloa; Fuente: periodistadigital)

En todos los casos, la indemnización por despido con los límites indicados tiene consideración de indemnización legal, y está exenta de tributación por el IRPF.

Es el momento en que, tras haber dicho y repetido, por activa y por pasiva, que el abaratamiento del despido no genera empleo, el Gobierno del PP introduce diversos elementos para conseguir que despedir sea más barato, en su tan cacareada Reforma Laboral.

Por una parte, las condiciones para reconocer un despido objetivo se suavizan, de modo que cualquier empresa que acredite descenso de ingresos en dos trimestres consecutivos estará habilitada para realizar despidos objetivos.

Por otra parte, la consolidación de derechos para cualquier empleado con contrato indefinido, se limitan a partir de la publicación de esta Reforma, a 33 días por año, con un máximo de 2 años del salario bruto. Eso sí, se respetan los derechos ya consolidados, pero aplican todas las limitaciones, en particular la de 2 años del salario bruto.

Para hacerse una idea del impacto de esta medida, imaginemos a tres empleados hipotéticos de una cierta empresa, cuyo salario actual es, en todos los casos, de 36.000 Euros anuales. El empleado 1 (E1) ingresó en la empresa el 1/1/1984. El empleado 2 (E2) ingresó en la empresa el 1/1/1996. El empleado 3 (E3) ingresó en la empresa el 1/1/2006.

Supongamos que en fecha 1/1/2020 los tres son despedidos de la empresa, mediante despido improcedente. E1 percibirá una indemnización de 126.000 Euros (42 meses de su salario bruto, capital que ya tenía consolidado en 1/1/2012, al cumplir 28 años de antigüedad); E2 percibirá  72.000 Euros (24 meses de su salario bruto, capital que ya tenía consolidado en 1/1/2012 con sus 16 años de antigüedad; el límite máximo de acuerdo a la Reforma Laboral recién aprobada). E3 percibirá (aproximadamente) 53.400 Euros, que corresponden a 17,8 meses de su salario bruto, resultado de consolidar 6 años a 45 días por año y 8 años a razón de 33 días por año. Un empleado de nueva contratación sólo podría llegar a cobrar una indemnización máxima de 72.000 Euros (asumiendo el mismo nivel de salario en todos los casos) si alcanzara una antigüedad de 21,8 años en la empresa.
En tiempos de crisis, todo encoge.
(Fuente: indumarr)

Pero si la empresa atraviesa alguna dificultad económica, los tres podrían ser despedidos mediante despido objetivo con una indemnización de 36.000 Euros (E1 y E2) o de 28.000 euros (E3).

La antigüedad a partir de la cual no se capitaliza una indemnización mayor ha pasado de los 28 años a los 21,8 años, y se limita a 18 años en el caso de despido objetivo. Y los empleados que ya lleven 16 años de antigüedad capitalizando por el método antiguo, se les acabó acumular una indemnización mayor.

La Mochila ya sólo es una Riñonera y la fidelidad, cosa del pasado.

JMBA   

lunes, 7 de junio de 2010

Reforma Laboral (1)

Le pongo un 1 a esta Nota, pensando que será inevitable que haya más sobre el mismo tema en las próximas semanas.

Resulta, desgraciadamente, bastante evidente, que el Estado del Bienestar, tal y como lo hemos conocido, especialmente en Europa, en las últimas décadas, está en entredicho. La crisis que estamos viviendo lo está poniendo todo patas arriba, y obliga a reconsiderar aspectos que podrían parecer en el pasado como absolutamente inamovibles.

Por ejemplo, el Sistema de Pensiones de tipo redistributivo, no de capitalización, como el que tenemos en España, es delicadamente dependiente de la pirámide de población y, especialmente, de la pirámide de ocupación. Es decir, las pensiones las pagan en cada momento los que trabajan. Si el porcentaje de personas en edad de recibir pensión aumenta significativamente en proporción al total de la población, esto introduce una tensión en el sistema. Y si, como está sucediendo dramáticamente ahora mismo, el ratio ocupado/pensionista decrece demasiado, de nuevo el Sistema entra en riesgo.

Pero, si nos centramos en la Reforma Laboral tal y como se está planteando en la actualidad, hay algunas cosas que debemos reconocer de inicio. Por diversos motivos, el Sistema Laboral en España es extremadamente rígido, y además está fragmentado en dos partes absolutamente irreconciliables, con niveles de derechos en absoluto homologables. Por una parte, los empleados fijos con cierta antigüedad, tienen derecho a una indemnización, en caso de despido improcedente, de 45 días por año trabajado, con un máximo de 42 mensualidades. Además, esta indemnización legal está libre de impuestos. En otras palabras, un empleado con más de 28 años de antigüedad en una empresa, en caso de despido improcedente va a percibir una indemnización del total de salario bruto de tres años y medio, pero libre de impuestos. Lo que fácilmente equivale a más de cinco años de sueldo. Y sé de lo que hablo.

Por otra parte, una proporción creciente de la población ocupada sufre de exactamente lo contrario. Con sueldos de mileurista, y contrataciones temporales, no tienen derecho a indemnización alguna en caso de despido. Lo que genera, lógicamente, una gran movilidad laboral, con todos los inconvenientes que ello supone: falta de fidelización a cualquier empresa, práctica imposibilidad de rentabilizar la formación a los empleados, por lo que se acaba no dando, y situaciones personales precarias incluso en edades avanzadas de la vida laboral (hay muchísimas personas de 30 y más años en esta situación).

Por ello, una parte de los empleados cuidan de su “mochila” y el resto deben buscarse la vida casi día a día, semana a semana y mes a mes.

No soy experto laboralista, pero seguro que existe un rango de índices de movilidad laboral que son los óptimos en los sistemas eficientes. Y que están justamente entre los de los dos grandes grupos laboralmente irreconciliables que tenemos hoy en España.

El trabajo siempre debería seguir siendo un reto, pero debe poder asegurar una cierta estabilidad personal. En un sistema eficiente, cualquier empleado debe tener una visibilidad de futuro, en su empleo actual o en otro equivalente, o incluso con movilidad geográfica (un concepto prácticamente excluido de la mente de los empleados en Europa, pero muy especialmente en España). Esa visibilidad es la que permite una cierta planificación de vida, afrontar el endeudamiento necesario para comprar una vivienda, y, en definitiva, la integración de la persona en el sistema macroeconómico imperante. En otras palabras, permite ingresar en las clases medias. No olvidemos que, salvo envidiables excepciones, trabajamos para vivir.

Tras estas consideraciones, hablemos de la Reforma Laboral inminente. Parece claro que no habrá acuerdo entre las organizaciones empresariales y los sindicatos. Y ello por varios motivos. De una parte, el Gobierno ya ha avanzado que la introducirá por decreto si no hay acuerdo. Por tanto, los empresarios ya saben que sus principales reivindicaciones estarán recogidas, en su caso, en el decreto gubernamental. Por tanto, el acuerdo, para ellos, ya no tiene ningún atractivo.

Los Sindicatos son tema aparte. Por una parte, parece que sólo defienden a los empleados, y no a todos los trabajadores, incluso los que están actualmente en paro (recordemos que son más de cuatro millones en España hoy en día). Por otra parte, la representatividad que tienen es limitada, porque, ¿cuántos afiliados sindicales hay en este país?.

En estas condiciones, la posición de los Sindicatos se limitará a rezar (!!??) para quedarse como están. Defenderán los derechos adquiridos con uñas y dientes, y ahí se acaba todo. Morder con fuerza al Gobierno, la mano que, no lo olvidemos, les da de comer a falta de una mayor afiliación sindical, sería una actitud autodestructiva que no creo que vayan a abordar. Incluso dudo de que se acabe convocando una Huelga General y, de hacerse, de que tenga un seguimiento masivo.

Los ciudadanos, los trabajadores, creo que son conscientes de las enormes dificultades económicas por las que estamos transitando, Y estarán dispuestos a aceptar unas ciertas limitaciones, siempre que se repartan equitativamente por toda la sociedad, lo que supone bastantes problemas. Ahí el Gobierno tiene un desafío importante. La propia Administración (toda la Administración, incluyendo a las Comunidades Autónomas, las Diputaciones y los Ayuntamientos) deben dar ejemplo de austeridad y voluntad de afrontar la crisis para salir de ella. Y los que más tienen deben contribuir de forma proporcional, lo que casi es economía ficción.

Porque las grandes fortunas son extremadamente timoratas, y muy sensibles al menor aroma de riesgo. Apretar a los capitales les obliga a buscar mejores escenarios y emigrar, lo que también sería negativo para la economía española.

Para terminar esta primera nota sobre tema tan espinoso, permítaseme una reflexión. Cualquiera que visite países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo (pensemos, sin ir más lejos, en los pequeños países de Centroamérica, o en los de segunda fila de América del Sur) se habrá dado cuenta de que su gran fracaso económico ha sido la incapacidad de crear en el país una fuerte clase media. La estratificación social en esos países pasa por una minoría extremadamente rica, y una inmensa capa social de clases bajas, pobres y desheredados. En estas condiciones, a nadie le preocupa la situación del país: si las cosas se ponen mal, los muy ricos se irán a sus mansiones de Miami, Punta del Este o Europa, y allá se las apañen. Y los pobres nada pueden perder (porque nada tienen para perder), aunque cunda el desorden y la anarquía. Con estos mimbres, lo que habitualmente acaba sucediendo es que los Gobiernos miran únicamente por su propio interés, y esos países nunca consiguen prosperar.

Con ello quiero decir que, de forma casi inevitable, los grandes pagadores de esta crisis serán de nuevo las clases medias. Actualmente podemos pensar que las clases medias en España incluyen desde las franjas bajas (con ingresos del orden de los 20K€ anuales), hasta las clases más acomodadas (con ingresos del orden de los 100-150K€ anuales). Este nivel de ingresos permite una vida cómoda, una vivienda mejor, un ocio de calidad, pero de ninguna forma llevar vida de millonario. Su prosperidad depende de la del país, que es a lo que vamos.

Afortunadamente para España, las clases medias ocupan la gran mayoría de la sociedad. Por lo que habrá más gente entre quien repartir el coste.

Continuará. Al hilo de vuestros comentarios.

JMBA