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sábado, 25 de agosto de 2012

94 años

Hoy, 25 de Agosto, es el día de San Ginés, entre otros, que hay más santos que días. Eso significa que es la Fiesta Mayor en el pueblo de Taradell (Barcelona) que es donde nació mi padre.
Mi madre, posiblemente en los
años cuarenta, en torno a los
treinta años de edad.

Tal día como hoy, pero hace 94 años (estaríamos en 1918) nació mi madre, Montserrat, en Barcelona. Pero no consiguió llegar a una edad avanzada, ya que un cáncer se la llevó en la flor de la vida, a los 64 años, hará pronto treinta años ya. Tuvimos que asistir al desagradable espectáculo de ver cómo la enfermedad la fue apagando como una vela, en unos pocos meses.

Cuando ella murió, dejando viudo a mi padre, como ya he contado en otra ocasión, yo tenía casi 24 años, y había empezado a trabajar en uno de esos empleos razonablemente sólidos y prometedores que existían antes.

Lo que me quedó más grabado de su entierro fueron los malvados consejos de ciertas aves de mal agüero (familiares relativamente próximos y amigos de la familia) que nos recomendaban abandonar la casa familiar en Barcelona, porque se os vendrán encima las paredes. A menudo es mucho más prudente quedarse calladitos y parecer tontos, que abrir la boca y confirmarlo. Afortunadamente, no les hicimos caso, y seguimos viviendo allí después de su muerte, y allí murió mi padre cuando le tocó, hará cinco años.

Mi madre era la única hija (tenía un hermano varón, médico rural, el tío Manuel, que murió antes que ella) de una familia de clase media relativamente acomodada (su padre, mi abuelo, fue cajero de la Caja de Ahorros de Barcelona). Eso significa que estaba relativamente acostumbrada a que, en las sucesivas casas donde vivieron en Barcelona durante su juventud, un personaje habitual era la doncella. Recuerdo haber oído alguna vez que, allá por los años cuarenta, el sueldo de mi abuelo era de mil pesetas al mes.

A diferencia de mi padre (algún día contaré cómo explicaba él su guerra), a ella le tocó (todavía soltera) pasar las desventuras de la Guerra Civil en la retaguardia, en Barcelona. Y tuvo que sufrir la agonía de algunos bombardeos ocasionales. Los desastres de la guerra les obligaron a malvender algunas joyas, e incluso una casa de veraneo que tenían por la época en el barrio del Carmelo.

Pasada la guerra, la familia se trasladó a vivir a un piso en la (llamada) casa nueva de Mayor de Gracia, la que fue mi casa hasta la muerte de mi padre. Incluso viviendo ya en Madrid, cada vez que iba a Barcelona tenía yo allí no sólo mi casa, sino mi habitación, mi cama y mi armario.

Yo no llegué a conocer a mi abuelo, que murió bastante antes de nacer yo. Por lo que he oído contar, se trataba de un personaje singular, al que siempre tenían que cepillarle el traje antes de salir de casa y que comía lo que hiciera falta, pero en pequeñas porciones, porque los platos llenos le agobiaban. Sí conocí a la abuela Rafaelita, con la que conviví en esa casa hasta su muerte en 1969.

Mis padres se casaron en 1948, y se fueron a vivir a la casa familiar. Al año siguiente nació mi hermana mayor y luego, en perfectos períodos de cuatro años y cuatro meses, mi hermano y, por último, yo mismo.

Mi madre tenía esa vocación sufridora que tienen muchas madres. Son mujeres que sufren por todo: por lo que ha sucedido, por lo que quizá podría haber sucedido, por lo que quién sabe si estará sucediendo y también por lo que podría acabar pasando. El concepto de aventura, a su lado, era complicado de declinar. Nunca le gustó viajar, porque le parecía que estaba abandonando sus obligaciones y gastando un dinero que nunca se sabe lo que se puede llegar a necesitar. Cuando cumplieron las Bodas de Plata (sería por 1973) los hijos tuvimos que empujarles para convencerles de que se fueran a Palma de Mallorca en una escapadita de unos pocos días, como hicieron en su breve Luna de Miel de posguerra.

Tras su prematura muerte, mi padre descubrió que a él sí que le gustaba viajar, como ya he contado con cierto detalle en otra ocasión.

A mi padre y a sus hijos nos amó sin límite mientras vivió. Siempre estuvo allí para lo que hiciera falta. Una mujer de las de antes (de profesión: sus labores) que era además, por cierto, una excelente cocinera. Había heredado las buenas mañas de la abuela Rafaelita en este campo, pero me temo que a mí ya no me ha llegado casi nada. En esto soy mucho más un actor pasivo: más gastrónomo que cocinero.

Lo que nunca llegamos a pagarle fue lo mucho que sufrió por todos. Pero estoy convencido de que en esa especie de masoquismo destructor, el sufrimiento se gratifica a sí mismo, en una espiral que parece no tener final.

La amé como pude y supe mientras vivió. Bien está que hoy la recuerde, aunque sea sólo un poquito.

JMBA

miércoles, 18 de julio de 2012

Belchite (Viejo), los restos de una calamidad

Recientemente, un viajero amigo (MEKIII, Julio) publicó un Diario de Viaje estremecedor, sobre el pueblo viejo de Belchite, al que tituló "Olvido". Lo acompañó de numerosas fotografías y de versos del inolvidable Labordeta. Me picó la curiosidad, y me anoté el lugar en mi agenda de lugares a visitar.
El Arco de la Villa, la puerta de entrada a las ruinas
del Pueblo Viejo de Belchite.
(JMBigas, Julio 2012)

En la segunda semana de Julio dediqué unos días a un viaje de turismo de interior, con fines vagamente vinícolas, por tierras de Aragón y Navarra. El miércoles por la mañana salí de Tarazona, muy cerquita del Moncayo y de la zona vinícola de Campo de Borja, con destino hacia Cariñena. De todo ello ya os contaré próximamente algunas cosas.

En lugar de tomar el camino directo, preferí dar un rodeo por Zaragoza capital, y acercarme hasta Belchite, para ver con mis propios ojos lo que tan bien había descrito Julio.

Recorrí todo el periférico de Zaragoza, en dirección hacia Barcelona. Pasado Alfajarín, encontré el desvío hacia Belchite. Los primeros kilómetros la carretera es una suntuosa autovía (la ARA-1) de tráfico muy escaso, de las que han contribuido a traernos a la difícil situación económica que estamos atravesando.

Pronto se disipa el espejismo, y hay que tomar la carretera A-222, de calzada única y dos carriles para la circulación, uno en cada sentido.

Cerca de Fuentes de Ebro, desde la carretera se tiene una buena visibilidad de un tramo largo de la nueva línea ferroviaria del AVE Madrid-Barcelona. Paré donde pude, con la sana intención de poder fotografiar a un tren circulando por ese tramo. Se cumplió la Ley de Murphy. Tras quince minutos de espera a pleno Sol, tuve que desistir de mi intención (quiero suponer que pasaría un tren, si no dos, uno en cada sentido, dentro de los cinco minutos siguientes a mi partida).

El resto de la carretera hasta Belchite (unos 35 kilómetros) es prácticamente una recta larga, rodeada de campos de cereal y algunos olivos, que solamente tiene que seguir las suaves ondulaciones del terreno.
Sin Comentarios
(JMBigas, Julio 2012)

Llegando al pueblo de Belchite (provincia de Zaragoza; pop. 1.636), aparqué en el centro, cerca de la Plaza del Ayuntamiento. Antes de enfrentarme a las ruinas tenía que reponer fuerzas, ya que el frugal desayuno en el hotel de Tarazona ya era sólo un vago recuerdo. Así, recuperé la tradición mediterránea del almuerzo (esmorsar) que consiste en un reconstituyente bocata. En el Bar Gavilán (un local bastante oscuro, con tres o cuatro mesitas en la calle y la música incesante de las tragaperras, activadas por algún que otro jubilado) me sirvieron un fenomenal (y enorme) bocadillo caliente de lomo con queso. Con un refresco y un café, acabé pagando 6€, más algunos comentarios sobre lo dañino que iba a ser la en ese momento sólo temida subida del IVA a la hostelería (hoy ya una realidad).

Hice un par de fotografías del centro del Pueblo Nuevo (la plaza del Ayuntamiento, el campanario de una iglesia) y monté en el coche para acercarme al pueblo viejo, cuyas ruinas había visto en lontananza al acercarme a Belchite por la A-222. La verdad es que me dio un cierto pudor preguntar a alguien el camino para llegar hasta allí, y confié en mi buena suerte. Lo cierto es que me equivoqué la primera vez, y tuve que dar la vuelta cuando ya había salido del pueblo en dirección a Fuendetodos y Cariñena.

En el segundo intento, llegué hasta las proximidades del llamado Arco de la Villa, que constituye la entrada a lo que fue el pueblo de Belchite hasta la Guerra Civil y que hoy no son más que un montón de ruinas abandonadas a su suerte.
Sin Comentarios
(JMBigas, Julio 2012)

La mayor destrucción del pueblo se produjo en el marco de una campaña del ejército republicano (1937), que los expertos califican de ridícula o absurda. Querían recuperar Zaragoza, pero la campaña acabó atrancándose en Belchite (a unos 45 km. de la capital) y cebándose en el pueblo y sus habitantes. El coste en vidas y en daños al patrimonio fue enorme. La destrucción se completó en la breve campaña por la que Belchite fue recuperado más tarde por el ejército franquista.

Por una decisión, como mínimo discutible, de los vencedores, se decidió dejar al pueblo tal y como había quedado (y no reconstruirlo) y, por el contrario, diseñar y construir un pueblo nuevo para los habitantes que habían sobrevivido a los rigores de la guerra. Por supuesto, dicha construcción fue llevada a cabo principalmente por penados y prisioneros, como la mayoría de las grandes construcciones de los primeros tiempos del franquismo, tras ganar la Guerra Civil (si hacemos una excepción a la regla de que en una guerra civil sólo hay perdedores). El Pueblo Viejo se dejó tal y como quedó tras la contienda, en un intento de ilustrar con piedra machacada los Desastres de la Guerra (y, de paso, los desmanes del enemigo).
Sin Comentarios
(JMBigas, Julio 2012)

Finalmente, en 1964, todos los habitantes abandonaron el pueblo viejo y se trasladaron al de nueva planta.

Desde entonces, nada de provecho han hecho los humanos con las ruinas. El paso del tiempo y el abandono, lógicamente, han ido acentuando la calamidad, provocando nuevos desprendimientos y profundizando la destrucción.

Frente al Arco de la Villa existen hoy tres indicadores. El más grande identifica la zona como "Belchite (Pueblo Viejo) Ruinas Históricas". El segundo identifica al propio Arco de la Villa, y el tercero avisa a los visitantes sobre el peligro de desprendimientos. Aunque no lo dice explícitamente, se entiende muy bien que te están diciendo que, si quieres cruzar bajo el Arco y adentrarte en las ruinas, es bajo tu única responsabilidad.

Era mediodía de un miércoles de Julio, y frente al Arco de la Villa había un único coche aparcado. Efectivamente, en todo mi recorrido por las ruinas, me crucé una vez con la pareja del coche, que estaban haciendo alguna fotografía y comentando la tristeza que da ver aquello de cerca. Este hecho ilustra la segunda muerte del Pueblo Viejo de Belchite: el Olvido.

No tengo palabras para el resto de la visita. Resulta desolador y, a veces, hasta peligroso. Hice bastantes fotografías, que os brindo graciosamente. Podéis acceder a una colección de 37 fotografías, pinchando en la siguiente foto. Pero en todas, lo único que se me ocurre como Descripción es un lacónico Sin Comentarios.

Belchite (Viejo), los restos de una calamidad


Aunque sólo fuera para que el pueblo viejo pudiera contribuir a evitar tener que repetir la historia, creo que valdría la pena poner en valor las ruinas, de alguna forma. Se me ocurren dos posibles maneras. La primera sería respetar las ruinas, adecentar y asegurar un poco el conjunto, para que no resultase peligroso para el visitante y definir un cierto itinerario de visita segura, con paneles explicativos de lo que fueron los diversos edificios de los que sólo quedan algunas paredes en pie.

La segunda manera supondría terminar la destrucción de lo que queda del pueblo viejo y convertirlo en un Parque Urbano dedicado a los muertos en todas las guerras. En él se podría construir un Museo dedicado a los Desastres de la Guerra y al Belchite que fue, antes de ser arrasado por ellos. En ambos casos se debería cobrar alguna cantidad (digamos 5€) como contribución a los gastos de conservación.
Sin Comentarios
(JMBigas, Julio 2012)

Claro que ese miércoles de Julio habrían recaudado 15€, que no da para muchas alegrías. Pero eso sería retomar el tema de las dificultades de desarrollar el Turismo de Interior, lo que ya he tratado recientemente.

En resumen, creo que es injusto el olvido al que están sometidas esas ruinas, provocadas por mano humana (o por su extensión, las armas de los ejércitos).

No me atrevo a recomendaros que planifiquéis una visita al pueblo viejo de Belchite. Pero si estáis por la zona, no dejéis de acudir y pasearos un rato entre tanta piedra machacada. A fin de cuentas, a mitad de camino entre Belchite y Cariñena, podéis visitar la Casa Natal de Goya en el pueblo de Fuendetodos. Vaya, Goya y sus Desastres de la Guerra...

Será casualidad. O no.

JMBA

lunes, 18 de julio de 2011

75 años

Estos días se cumplen los 75 años de aquel Golpe Militar de 1936, que provocó una sangrienta Guerra Civil, que alumbró un Régimen ciertamente autoritario, a menudo dictatorial y siempre excluyente, y que sumió a España en un retraso crónico frente a otros países de su entorno geográfico próximo.
Barricada en la calle Diputación de Barcelona, el 19 de Julio
(Autor: Agustí Centelles; Fuente: paradoxplaza)

Van quedando poquitas personas vivas que recuerden esos hechos en primera persona, desde uno u otro bando. Y casi ninguno de los que participaron activamente en los hechos.

Sin embargo, las confrontaciones civiles tardan muchísimo en cicatrizar. Mientras haya personas que conocieron a los abuelos que vivieron la guerra, las historias sórdidas seguirán formando parte de las memorias familiares y las rencillas, las enemistades, las frustaciones, seguirán vivas.

No nos engañemos con falsos placebos, porque ni a esta distancia temporal nos lo podemos permitir. Lo que algunos llaman Alzamiento Nacional fue en realidad la rebelión de una parte del Ejército contra sus jefes (el Gobierno legítimo y legal de la II República) y contra el pueblo que les había confiado su defensa. Sirviendo, además, los intereses bastardos de las clases más reaccionarias del país, enemigas (por hardware, diríamos hoy) de todo lo que huela, aunque sea remotamente, a libertad y justicia social.

Una banda de generales, acostumbrados al método PMC (Por Mis C......) para todas las cosas de la vida, comandados por Franquito (el más listo del grupo), interfirieron de modo irreversible en el destino de este país. Y de un modo también injustificable, porque mordieron la mano que les daba de comer, y violaron sus juramentos.

A partir de ese Golpe, el resto ya fue bastante inevitable. El país se dividió, y empezaron tres largos años de Guerra Civil en que hermanos mataron a hermanos, en que los peores instintos de todos llegaron a la superficie, en que hubo asesinatos indiscriminados (o lo que es peor, muy discriminados) en uno y otro bando. A fin de cuentas, todos pueden alegar que los otros fueron crueles. Que también fueron crueles.
Los generales Franco y Mola, en Burgos (1/10/1936)
(Fuente: salmonetesyanonosquedan)

Ante la pasividad de las democracias occidentales (que consideraron el hecho como un asunto interno de España, en el que no debían inmiscuirse) y el alborozo de los gobiernos fascistas de la época (Alemania e Italia, especialmente) que colaboraron muy voluntariamente con Franco, el país y sus gentes se fueron destruyendo. Murió mucha gente en el frente, en las batallas puramente militares. Pero también murió mucha gente en la retaguardia, víctimas de bombardeos o de enemistades personales o colectivas.

Por su parte, la Iglesia Católica buscó su supervivencia y su supremacía aliándose con los golpistas, en contra de buena parte del pueblo, que nunca se lo ha perdonado ni, seguramente, podrá perdonarle.

Franco supo escoger los aliados que mejor le convenían en cada momento, se hizo con el poder omnímodo en España, y acabó muriendo en su cama, prácticamente de viejo, en 1975, casi cuarenta años después de esos hechos iniciales que desencadenaron el desastre.
(Fuente: rincondelvago)

Mucha tinta se ha vertido con estas historias y mucho celuloide se ha utilizado para ilustrarlas. Buena parte dedicada a justificar a unos o a otros, a enfatizar las presuntas buenas intenciones detrás de las más sangrientas decisiones. O, desde hace bastantes años ya, a ilustrar las penurias de los perdedores. Pero conviene no olvidar que en una guerra civil todos pierden, porque pierde el país, se deteriora, se desmoraliza. Y que los únicos culpables de esa guerra civil fueron los militares que desobedecieron a sus jefes y que no cumplieron con sus obligaciones. 

Todos esos hechos ya forman parte de nuestra historia, y esto ya no podemos remediarlo. Las heridas cicatrizan, pero las cicatrices perduran.

Afortunadamente, para muchos el 18 de Julio ya sólo es la fecha en que, durante muchos años, se cobraba la paga extraordinaria de verano.

Pero, para bien y para mal, las fuerzas que soportaron y apoyaron a uno y otro bando siguen muy presentes en nuestra sociedad. Sólo espero que hayamos olvidado por completo esa forma de dirimir las diferencias, y que todos estemos convencidos de que existen otras maneras mucho más civilizadas y democráticas de defender nuestras ideas, nuestros ideales, nuestros intereses, que la pura confrontación con las armas en la mano.
(Fuente:  rincondelvago)

Si tuviera que escoger un solo libro que ilustrara esos hechos, seguramente me quedaría con Invierno en Madrid, del británico C. J. Sansom. Esta novela no se centra en el punto de vista de los ganadores ni de los perdedores, sino que es como un Tercer Ojo que mira (con cariño) a un país que se va a destrozar a sí mismo, o que ya está destrozado. Sigue las peripecias de uno de esos brigadistas que decidieron venir a luchar en una guerra donde nada suyo se les había perdido, más que sus ideales. Y a sus amigos que le buscan en un Madrid oscuro y lóbrego de posguerra, ocupado por los nuevos gobernantes, que sienten más vacilaciones que certezas. Un Madrid donde siempre era invierno.

En cambio, no sabría decantarme por una película. Porque en todas hay buenos y malos (aunque nunca sean los mismos) y me falta esa visión de un Tercer Ojo que no explique las cosas ni como apología, ni como justificación, ni como revancha. Sí hay algunas excelentes películas que ilustraron el aire triste de una posguerra que duró más de veinte años. Dentro y fuera de España. Que hablan de ese tiempo de silencio y resignación, dentro, o de ese tiempo de tristeza y de extrañamiento para los exiliados, fuera. Pero no me atrevo a citar solamente una.

Porque la realidad, una vez más, supera a la ficción.

JMBA

miércoles, 2 de marzo de 2011

¿Hacia una Guerra Civil en Libia?

Las noticias que nos están llegando estos últimos días desde Libia son realmente preocupantes.

Lo que en principio parecía una revuelta como las vividas en Túnez o Egipto, que iban a derrocar en unos días al sátrapa de turno, se está prolongando mucho más de lo que sería deseable.
Seif el Islam, hijo de Gaddafi, está actuando de portavoz
del Régimen
(Fuente: noticiaaldia)

Gaddafi, su familia y su entorno parecen mucho más resistentes de lo que en un primer momento se podía suponer. Este martes ha lanzado una contraofensiva militar sobre zonas del Este del país (ricas en petróleo, por cierto) y podría haber recuperado el control de alguna ciudad de la zona.

El Poder de la Calle es limitado en el tiempo. Si consigue sus objetivos en unos días, lo siguiente que debe pasar es que haya políticos de la oposición al régimen anterior que tomen las riendas del país y que empiecen a construir un orden nuevo, con un plan definido para convocar elecciones generales en el plazo de unos meses. Pero el Castillo de Naipes no parece que se esté desmoronando con la rapidez que sería de esperar. 

La Calle tiene capacidad para destruir, pero a la hora de construir debe ceder paso a los que son más expertos en ese tema, a los políticos.

El problema es que si la revuelta se prolonga mucho más tiempo, y el poder se resiste a desaparecer, o a emigrar (léase huir), la situación pasa a ser sensiblemente diferente. Porque empieza una lucha por el poder, que requiere que la calle deje su fuerza en manos de militares o paramilitares, que son los únicos que pueden conducir una situación bélica hasta la meta de eliminar del país a los anteriores gobernantes.

Estos últimos días hemos sabido que, solamente en el Reino Unido, parece que se han congelado fondos del entorno de Gaddafi (supuestamente exportados ilegalmente de Libia) por valor de 30.000 millones de euros. Y más debe haber, seguro, en otros lugares. Leía esta mañana que en la Costa del Sol se ha paralizado alguna iniciativa inmobiliaria de Gaddafi.

Y hemos visto y oído en la televisión a alguno de sus hijos asegurando que no piensan abandonar el país, y que van a defender su posición con uñas y dientes. Bueno, y con todo el armamento que Occidente les ha vendido estos últimos años.

Este enrocamiento en sus posiciones sugiere un conflicto de mucha mayor duración, prácticamente una Guerra Civil. Parte de Libia parece estar actualmente bajo control de los insurgentes. Pero, a su vez, estos ven como imposible un asalto con éxito a Tripoli, donde Gaddafi y sus leales mantienen el control.

Si otros países, o las organizaciones internacionales, no intervienen activamente en el conflicto, este degenerará rápidamente en una Guerra Civil, de duración indeterminada, de final incierto y que provocará mucho sufrimiento y una gran cantidad de muertos y heridos. Dejado a su albur, es más que probable que Gaddafi, cuyo poderío militar bruto es, con seguridad, muy superior al de los insurgentes, acabe recuperando progresivamente el control del país. Especialmente si no tiene reparos, como parece no tener, en utilizar toda la fuerza militar en ello, incluyendo bombardeos sobre ciudades, pueblos y sobre la población civil.
Los insurgentes parecen tener el control en algunas
ciudades del Este de Libia, como Tobruk
(Fuente: istmocentroamericano)

La única alternativa a un escenario bélico tan sombrío es la rápida intervención de fuerzas internacionales que actúen sin fisuras para derrocar a Gaddafi y a todo su entorno del poder en Tripoli, y que se sitúen del lado de los insurgentes, en la construcción de un nuevo régimen para Libia.

Claro, según parece, hay marines estadounidenses y fuerzas del Reino Unido cercanas a las costas de Libia, preparados para intervenir. Pero el éxito de una operación así debería proceder de una actuación amparada y patrocinada por la ONU, con un objetivo claro, definido y compartido.

No olvidemos que Gaddafi lleva en el poder desde 1969, en que un golpe militar contra el entonces rey Ydris le aupó al máximo liderazgo del país. Siendo un gobernante excéntrico, desmesurado y fantoche, ha sido recibido y alabado a menudo por todos los gobiernos occidentales. El por qué de repente pasa a ser denostado por todos los que le rieron las gracias es digno de análisis. Libia es un país importante en el mercado del petróleo, y eso podría explicar muchas cosas.

Hace 75 años vivimos en España una situación similar. Un levantamiento (de parte del Ejército, en ese momento), que pretendía derrocar el régimen de la Segunda República en unos días, y establecer un nuevo régimen en España. Sin embargo, eso no fue así, sino que se desató una Guerra Civil muy sangrienta, que segó muchos miles de vidas y que arruinó muchas más, y que duró más de tres años. Sus secuelas incluso hoy no están totalmente olvidadas. Ese es un escenario nada deseable.

En 1936, las potencias occidentales se declararon neutrales (no intervención en conflictos domésticos). Sí hubo voluntarios que, a través de las Brigadas Internacionales, pusieron sus (limitadas) fuerzas a disposición del que era el Gobierno legítimo en ese momento. Por su parte, las potencias del Eje (especialmente Alemania e Italia) sí fueron mucho más beligerantes a favor de los militares insurgentes, que acabaron ganando la Guerra. Si no fuera que, en una Guerra Civil, en realidad todos acaban perdiendo.

No quisiera pensar que lo que estamos viendo estos días en Libia acabe conduciendo a un escenario de guerra civil abierta, con sus trincheras, sus batallas y sus escaramuzas, y que cada palmo del territorio tenga que ser disputado militarmente. Este sería, sin duda, un escenario catastrófico.

Lo que me temo que está ocurriendo es que Occidente tiene miedo, mucho miedo. Gaddafi y sus hijos se han encargado de agitar el fantasma de Al Qaeda como instigador de la revuelta, lo que les posiciona como defensores del Magreb frente al avance de fuerzas islamistas y terroristas, cuya crueldad ya nos ha tocado sufrirla a muchos países (EEUU el 11-S, Reino Unido el 7-J, España el 11-M,...).
Pozo petrolífero en Libia. Ah, Poderoso Caballero es
Don Dinero
(Fuente: guiaviaje)

Occidente se debate entre el más vale malo conocido y la clara posición de apoyar al pueblo libio para liberarse de un gobernante impresentable. El problema es que en un escenario de Guerra Civil, la frontera entre los buenos y los malos se difumina, y prima la evaluación de ganadores y perdedores. Y esto puede llevar a una parte de la propia población libia a ponerse al lado de Gaddafi, si estima que puede acabar ganando, y anticipa posibles beneficios propios derivados de ese hecho.

En resumen, lo mejor que puede pasar en Libia es que el conflicto termine cuanto antes. Como creo que el ciclo de Gaddafi está agotado, sugeriría a los Organismos Internacionales que propongan la intervención sin ambages, para derrocar al sátrapa. Libia es un país de unos seis millones de habitantes. A día de hoy, es posible que solamente cincuenta o cien mil estén claramente a favor de Gaddafi (su ejército más fiel, su guardia de corps, sus mercenarios subsaharianos,...). Pero si la situación evoluciona hacia una auténtica guerra civil, ese número no cesará de crecer, y cada vez será más complicado llegar a un final no demasiado sangriento.

Hay lecciones que los occidentales deberíamos haber aprendido de algunas guerras de los últimos cincuenta años. Irak o Afganistán son buenos ejemplos de eso. Intentar imponer un nuevo régimen patrocinado por fuerzas extranjeras no lleva nunca a ninguna situación estable. La estabilidad sólo llega cuando todos los ciudadanos sienten a su nuevo régimen como algo propio. Para ello, la fuerza internacional puede desplegarse para derrocar a un sátrapa, pero son los ciudadanos del país los que deben decidir lo que quieren que sea Libia en el futuro. Fuerzas extranjeras pueden apoyarles y ayudarles en esa labor, pero no pueden sustituirles.
Los flujos amenazados por la guerra en Libia
(Fuente: dinero.nom)

Por todo ello, creo que las decisiones que haya que tomar que se tomen cuanto antes, que se desplieguen tropas bajo mandato de la ONU para expulsar a Gaddafi de Libia, y que el pueblo libio liberado decida cómo quiere organizarse a partir de ahora y que pueda construir su nuevo régimen.

El problema para ello es que el Poder de la Calle es casi infinito para la destrucción (el objetivo está definido y es compartido), pero su capacidad para construir es extremadamente limitada. Otros actores internos deben aparecer para llevar adelante ese papel. Y los únicos que tienen esas capacidades son los políticos, la oposición política a Gaddafi, quienes quiera que sean.

El riesgo, claro, es que se construya un nuevo régimen que sea antioccidental, patrocinado por Al Qaeda u otros con parecidos objetivos, cuyo siguiente logro sea la Reconquista de Occidente y la expulsión de los infieles.

Pero la alternativa es ver a un país tan cercano desangrarse en una Guerra Civil que podría ser larga y muy cruel.

JMBA