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miércoles, 8 de junio de 2011

Mondovino, un documental de Jonathan Nossiter

Como aficionado al mundo del vino, tuve ocasión recientemente de ver la película documental Mondovino, dirigida de modo casi artesanal por Jonathan Nossiter. Esta película fue presentada en el Festival de Cannes de 2004.
Aimé Guibert, creador del
Mas Daumas Gassac
(Fuente: thebestofwines)

Se trata de ilustrar los grandes conflictos que se plantean en el mundo del vino, particularmente entre lo que podríamos llamar Viejo Mundo y Nuevo Mundo (y no solamente en el puro sentido geográfico del término). Conviene decir, para no llevarse a engaño, que el documental no es para nada imparcial. La tesis que quiere defender estaba clara desde antes de empezar a filmar. Refleja básicamente el conflicto entre los que entienden la producción del vino como una labor básicamente artesanal, y totalmente ligada a la tierra, al terruño, al terroir, y los que lo viven como un negocio cuyo objetivo es el crecimiento como empresa, y su correspondiente beneficio empresarial, así como el conseguir situar alguno de sus productos entre los más apreciados del mundo, es decir, productos queridos por el mercado que está dispuesto a pagar altos precios por ellos. Porque este segmento es, desde luego, el de mayor margen.
Robert Parker, el gurú internacional
(Fuente: vinos-blog)

Por supuesto, una tesis tan completamente maniquea tiene sus personajes, los buenos y los malos. Los buenos defienden la tradición, el hecho de que cada tierra es capaz de producir su propio vino excelente, si se cuida convenientemente. Pero siempre un vino característico de esa tierra. Los buenos tienen en mucho valor el hecho de que el negocio se mantenga a una escala familiar, sin caer en veleidades de otro tipo por el prurito de crecer más allá de lo que se ven capaces de controlar.

Los malos, por el contrario, defienden las ventajas económicas de la globalización, de las grandes empresas multinacionales que se dedican a la producción y a la distribución del vino. Y el hecho de que (simplificando un poco, es verdad) la calidad de los vinos se pueda determinar sobre una regla de una sola dimensión, que es la valoración que de ellos realiza el gurú Robert Parker. Parker representaría una figura muy parecida a la que están jugando en la actual crisis económica las agencias de calificación (los Moodys y compañía). En el sentido de que a menudo se constituyen en juez y parte, y tienen que opinar sobre quien les paga.
Hubert de Montille, viticultor en Volnay (Borgoña)
(Fuente: enotecabarolo)

Entre los buenos (los ciertamente nostálgicos, pero defensores de una tradición milenaria) están Aimé Guibert, el creador e impulsor del Mas Daumas Gassac (del que ya he hablado recientemente), o Hubert de Montille, patriarca de una familia de viticultores en Volnay (Borgoña).

Los malos se centran en Robert Parker como gran gurú y crítico internacional del mundo del vino. Su propia existencia e influencia en este mercado provoca que productores de todo el mundo se esfuercen en crear vinos que le gusten a Bob Parker, para que este les dé 90 o más puntos en su ya conocida clasificación. En el documental, se entrevista a Robert Parker en su mansión rural de Monkton, Maryland. Otro malo es el enólogo Michel Rolland, originario de la zona del Pomerol en Burdeos. De él cuenta Aimé Guibert que, en una conferencia en Tokyo, su mensaje era muy simple: un gran vino se puede producir en cualquier lugar del mundo; sólo tienen que llamarme a mí para que les ayude.
Michel Rolland, enólogo influyente
(Fuente: ccv.cl)

De Michel Rolland, un personaje extraordinariamente extrovertido y de personalidad arrolladora, cuenta en la película el responsable del Departamento de Vinos de la casa de subastas Christie's de Londres, que, procediendo del Pomerol, ha conseguido que en Médoc se produzcan Pomeroles. Ese es el principio que ilustra el documental, esa globalización que recorre el mundo y que, a menudo, es muy mal entendida. Una globalización que a veces tiende a la banalización, si no directamente a la uniformización.

En el frente del mal, destaca, por supuesto la compañía vinícola de Robert Mondavi, basada en Napa Valley (California), que cotiza en Bolsa y que produce vinos en medio mundo, hasta totalizar cifras del orden de los 120 millones de botellas al año. El patriarca (Robert Mondavi, que aparece en Mondovino, aunque en un cierto segundo plano frente a sus hijos Tim y, sobre todo, Michael) falleció en 2008 a los 94 años de edad. Los mercados y la bolsa están atentos a lo que pueda suceder con el capital (en un principio, familiar) de esta gran compañía.
El patriarca Robert Mondavi (fallecido en 2008)
(Fuente: wvgazette)

Mondovino hace una cierta cruzada contra los vendidos al dólar, entre los productores tradicionales de la vieja Europa (especialmente Francia e Italia).

Mondavi, en su imparable expansión internacional, tanteó la posibilidad de implantarse en la zona del Sur de Francia, y para ello se fijó en el pueblo de Aniane, justamente donde tiene su feudo Aimé Guibert. Con su alcalde socialista desarrollaron un proyecto muy ambicioso de reconversión de la zona que, según opina Guibert en el documental, consistía en arrasar este bonito valle y plantarlo de viñedos, y poner un panel con Robert Mondavi en él, tan alto que se pudiera ver desde Montpellier o Sête (a más de treinta kilómetros de distancia). Durante el desarrollo del proyecto, hubo elecciones municipales en Francia, y la alcaldía pasó a manos de un comunista, que hizo frente con Guibert en su oposición al proyecto de Mondavi, que acabó fracasando. Según Michael Mondavi, nos tocó el único alcalde comunista de toda Francia, y todo se fue a rodar.
El aristócrata Vittorio Frescobaldi
(Fuente: glieventidelmarchese)

Tras el fracaso de su proyecto francés, Mondavi se volcó en Italia y, en particular, en dos de las grandes familias aristocráticas del mundo del vino en la Toscana: los Antinori y los Frescobaldi. Llegaron a un acuerdo con estos últimos, y construyeron una sociedad conjunta. Cabe decir que los Frescobaldi tienen en propiedad hasta 5.000 hectáreas de viñedos en la Toscana.

Por diversas diferencias familiares, uno de los hermanos Antinori, Lodovico, inició un proyecto separado del resto de la familia, y dio nacimiento a la Tenuta l'Ornellaia, en la zona de Bolgheri (provincia de Livorno). Algunos de sus vinos se integraron en la élite que los críticos empezaron a llamar de los super toscanos. Lodovico cedió a los encantos de Mondavi, y les vendió su finca, que pasó a formar parte de la joint venture Mondavi-Frescobaldi. En una ilustrativa entrevista al propietario de una tienda de vinos de la zona, este explica que el vino matriz, l'Ornellaia, se vendía hace tres años por unos 35 Euros (al cambio), y ahora está en 110 Euros. La explicación que da, sin muchos detalles, pero dejando entender con claridad lo que piensa, es que al año siguiente de comprarlo Mondavi, Robert Parker lo calificó del mejor vino del mundo. Con medias palabras, se ilustran grandes conspiraciones.
Lodovico Antinori, impulsor de l'Ornellaia
(Fuente: blogovine)

Una de las tesis de la película es que la mayoría de la zona de Burdeos está echada a perder, porque se ha entregado a la nueva manera. Casi cuatrocientas bodegas son asesoradas por Michel Rolland, y eso influye, claro, en el diagnóstico. Especial dureza despliega el filme contra Château Mouton-Rotschild, una de las perlas de Pauillac, en el Médoc. Hace años (a principios de los 80) se metieron en una joint venture con Mondavi, con la que empezaron a producir el Opus One en Napa Valley, uno de los vinos de California más apreciados en todo el mundo (entre los cien y los trescientos dólares por botella o incluso más, según las añadas).
La familia Mondavi. A la derecha, Robert, el patriarca.
A la izquierda, sus hijos Tim y Michael
(Fuente: sfgate)

De hecho, desde 2004 (la fecha de presentación de la película) ha habido abundantes movimientos corporativos en torno a Robert Mondavi Winery. La compañía cotiza en Bolsa, pero nuevas diferencias entre los hermanos llevaron a la renuncia de Michael como videpresidente de la compañía, y el voto de la familia descendió por debajo del 50% tras diversas ventas y segregaciones. Quizás esas disensiones fueron el precio que pagaron por Mondovino.

Pero también ha habido movimientos a este lado del Atlántico. Alix, la hija de Hubert de Montille, que a la sazón trabajaba como enóloga para Ropiteau Frères, en la órbita del todopoderoso Groupe Boisset, estableció su propio negocio con su hermano Étienne. Entendiendo lo de negocio en el sentido borgoñón, es decir, que vinifican uvas propias de los dominios familiares, pero también compradas a otros productores de la región o incluso mosto adquirido a terceros.
Piero Antinori, capo de una de las grandes
familias toscanas del vino
(Fuente: theworldwidewine)

Quienes siguen impertérritos con su andadura en solitario son la familia Guibért y su Mas Daumas Gassac, en Aniane (Hérault). Como portaestandartes de la marca Sud de France, de los vinos del Languedoc, de la agricultura ecológica y amiga de la naturaleza y del paisaje, y de la capacidad que cada terroir tiene para dar una expresión característica a sus grandes vinos.

Aunque no los he visto, parece que del material recogido para esta película se acabó produciendo una serie con el mismo nombre, con hasta diez episodios de una hora cada uno. Con esa extensión, posiblemente el maniqueísmo máximo del documental quede mitigado por una mayor profusión de datos y testimonios.

En resumen, Mondovino es una película muy interesante para todos los amantes del mundo del vino, siempre que se sepa trascender de su evidente maniqueísmo, y se vea en su desarrollo la ilustración de los conflictos de concepto que viene sufriendo este sector en las últimas décadas. Poderoso caballero es Don Dinero.

Un conflicto en el que no hay ni ganadores ni vencidos. Sólo concepciones radicalmente diferentes.

JMBA

jueves, 7 de abril de 2011

El Malestar en la Globalización

Por recomendación de un buen amigo leí hace unos meses un libro titulado La Doctrina del Shock, de la activista canadiense Naomi Klein. Escribí una reseña del libro en Noviembre pasado.

A raíz de la publicación de ese artículo, una amable lectora ocasional de este blog, Pilar, me recomendó la lectura de otro libro para que pudiera comprender mejor el fenómeno global que Naomi despedaza en su libro. Se trata de El Malestar en la Globalización de Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía de 2001.

Stiglitz es poco sospechoso de ser antisistema, pues fue vicepresidente del Banco Mundial y asesor económico de la Casa Blanca durante la presidencia de Bill Clinton. El libro fue publicado en 2002, por lo que no trata en absoluto el fenómeno de la crisis global en la que llevamos inmersos ya varios años.

De alguna forma, la tesis es que buena parte de la población mundial siente malestar ante el fenómeno de la globalización porque esta beneficia a algunos, perjudica a muchos y ni siquiera toca ni ayuda en nada a otra multitud. Y ello, según Stiglitz, tiene mucho más que ver con la forma, el ritmo y las prioridades en la aplicación de las reformas que en el fondo de las mismas.

En el libro, Stiglitz revisa las actuaciones de los organismos internacionales (especialmente el FMI, al que tiene particularmente enfilado) en algunas de las mayores crisis mundiales de las últimas décadas. Especialmente la crisis de Extremo Oriente desatada en 1997 y la transformación de los países ex-soviéticos en la década de los 90.
Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001
(Fuente: acoriz)

El origen de las disfunciones proviene del hecho de que el FMI tiende a aplicar ciegamente medidas relacionadas con el Consenso de Washington, que parten de la base de que los mercados (aunque apenas existan o sean extremadamente inmaduros) son capaces de autoregularse, y que cualquier intervención de los Estados es perniciosa por su propia naturaleza.

Rusia fue un excelente alumno del FMI, y por ello desmontó el gobierno soviético con la máxima rapidez, y privatizó todo lo que pudo, incluso antes de que existieran mercados establecidos y en funcionamiento regular. Ello provocó la creación de una nueva oligarquía que, en muchos casos, procede de los que ya ocupaban posiciones preeminentes en el régimen anterior, y que fueron los únicos posicionados para adquirir a precio de ganga los activos del Estado. Se pasó casi sin solución de continuidad de un gobierno autoritario a una sociedad gobernada por entes mafiosos, con una población crecientemente empobrecida.  Además, las prioridades en la aplicación de las medidas facilitó la huida de capitales, y ha dificultado en extremo conseguir una economía en crecimiento.

En resumen, lo que sucedió en rusia creó un pequeño número de multimillonarios, unas clases mafiosas que constituyen el nuevo gobierno, y trajo desempleo y carencias a la gran mayoría de la población. Que ha visto, en la práctica, empeorar su calidad de vida respecto a los estándares de la etapa soviética.

Otros países, como Polonia, por ejemplo, fueron alumnos más díscolos, y consiguieron en el medio plazo un crecimiento más sostenido y una situación económica general de mayor estabilidad. Pero tuvieron que enfrentarse al FMI para conseguir aplicar las medidas que les exigían a su propio ritmo.

De alguna forma, la aplicación insensata de una serie de principios (privatizar, subir los impuestos, fijar la tasa de cambio,...) parecen sólo beneficiar a los grandes acreedores internacionales (que aseguran hasta sus inversiones más temerarias, y les abre las puertas para la libre huida de los capitales), pero no facilita para nada reducir al mínimo el dolor de la población por la aplicación de reformas, hace aumentar el paro, lanza al vacío a muchas capas de la sociedad en países que todavía no disponen de redes de seguridad, y estancan el crecimiento.

 En la crisis del Este asiático sucedió algo parecido. Obtuvieron mejores resultados en el medio plazo países como Malasia, más reticentes a la aplicación ciega e inmediata de las recetas del FMI, que Tailandia, por ejemplo, que fueron obedientes en todo.

En fin, asistimos estos últimos meses a varios episodios de rescates de economías nacionales dentro de la Unión Europea. Vimos caer a Grecia, luego a Irlanda, y ahora Portugal ha solicitado también un rescate que se estima en 73.000 millones de euros. ¿No estaremos aplicando en la Unión Europea, ciegamente, las recetas a la FMI?. La sensación que ya está calando en la opinión pública es que estos rescates multimillonarios están encaminados a asegurar las inversiones de los grandes acreedores internacionales, pero no facilitan para nada la salida de ese país de una situación crítica. Son medidas que acaban generando un dolor extremo en la sociedad (recortes sociales, desempleo,...) y no facilitan especialmente, en el corto plazo, que la economía de esos países pueda entrar en crecimiento.

Conviene no olvidar nunca que la riqueza tiene dos estadios absolutamente necesarios, que deben coexistir en el tiempo: su creación y su distribución.

La propia introducción del Euro supuso, en la práctica, una fijación de la tasa de cambio, al estilo de lo que el FMI proponía como primera medida en muchas de las crisis internacionales que analiza Stiglitz, que acabaron con gigantescas fugas de capital y problemas extremos de las empresas de esos países para financiar su crecimiento.

Estos días, los medios están empezando a mirar a Islandia, que tuvo una reacción diferente ante la crisis económica insalvable que tuvo que afrontar hace poco. Claro que Islandia es una pequeña economía (poco más de trescientos mil habitantes) y su proceso puede considerarse, desde cierto punto de vista, un experimento de laboratorio. Pero lo cierto es que la población se rebeló, y se negó a pagar los platos, rotos por la ambición de unos pocos. Están persiguiendo judicialmente a los responsables, y alguno ya está encarcelado.

Nos conviene en estos tiempos revisar la idea de que las recetas económicas ante una crisis son únicas, y son, en el fondo, las preconizadas desde el Consenso de Washington y el FMI, que tanto critica Stiglitz en este libro. Porque la temeridad de ciertos tiburones financieros empieza a explicarse porque siempre han tenido la seguridad de que, al final, vendrá Mamá Unión Europea a recoger (y esconder) todo lo que se rompió.
El Presidente del FMI, de quien se habla como candidato
a la Presidencia de Francia en 2012
(Fuente: 7medios.com)

Da la sensación de que la economía se ha desideologizado y que sólo existe un único conjunto de recetas que todo el mundo da por válido. Porque, ¿alguien tiene alguna duda de que las medidas económicas que ha acabado tomando el gobierno socialista español no son exactamente las mismas que hubiera tomado el PP, de estar en el poder?. Quizá hubiera variado algo el tempo, el ritmo o la intensidad. Pero serían, básicamente, idénticas.

De hecho, parece que Grecia ya está intentando renegociar el rescate. Porque su economía es incapaz de devolver lo prestado en la forma y tiempo que la Unión Europea les exigió. Y porque las medidas no contribuyen a financiar el crecimiento de las empresas, y a conseguir el pleno empleo, o al menos acercarse a él. Que, al final, son los únicos elementos que, de verdad, reflejan una economía saludable.

Nos hemos instalado todos en una especie de economía financiera y especulativa que refleja los males que identificaba Stiglitz con la globalización: benefician a unos pocos, perjudican a muchos, y no ayudan en nada al resto.

En fin, un libro muy recomendable, de lectura obligada para entender un poco más lo que hay detrás de las portadas de los periódicos, y lo que ha sucedido en el mundo en las dos últimas décadas, para conducirnos a la situación en la que hoy estamos.

El Malestar en la Globalización, de Joseph E. Stiglitz. Punto de Lectura, 9,99 Euros.

JMBA

martes, 8 de junio de 2010

Globalización

Hace tiempo ya que estamos conviviendo con un fenómeno relativamente reciente, por lo menos al que se le ha dado nombre y carta de naturaleza no hace tanto.

Vivimos en una economía globalizada (sólo hace falta ver, por ejemplo, lo que provoca las sospechas sobre Hungría en la Bolsa española). Decían, en términos quasi líricos, que un aleteo de mariposa en Tokyo produce un resfriado en Nueva York. O algo así.

Lo que ocurre es que la globalización es radicalmente injusta, porque es imposible de aplicar por igual a todos los recursos y en todos los campos.

Hoy en día, cualquiera puede estar en su casa en zapatillas (o incluso peor, con camiseta de rejilla y chanclas), y decidir sobre la marcha invertir ese capitalito que tiene por ahí en acciones del Santander, o comprar Apple, o tomar posiciones cortas (apuestas a la baja) contra el euro, o infinidad de otras cosas. Desde ese punto de vista, el capital está globalizado, y puede fluir libremente en cuestión de décimas de segundo.

Ciertas industrias pueden deslocalizarse sin demasiados problemas, y llevarse el textil a China, o producir calcetines en Marruecos. Aunque debemos tener en cuenta que el coste reducido de la mano de obra NO es una ventaja competitiva sostenible. Claro que, mientras dure... Desde este punto de vista, la industria está globalizada, y así aparecen periódicamente escándalos sobre la fabricación de zapatillas de deporte de marcas internacionales por niños explotados en India, o donde sea.

Yo ahora mismo estoy escribiendo este articulito desde mi casa (no describiré con qué atuendo), viendo los árboles combarse al viento en la plaza, y mi obra puede estar disponible (potencialmente) desde cualquier lugar del mundo, en cuanto le dé al botón de Publicar. Desde este punto de vista, el conocimiento está globalizado.

Sin embargo, el trabajo, la mano de obra, está profundamente localizada, ligada al lugar donde ciertos trabajos deben desempeñarse. El médico está ligado a su Hospital, el profesor a su escuela, el funcionario a su Ministerio, el obrero a su fábrica y así. Todo el mundo tiene la oportunidad de buscar una mejor oportunidad en otro lugar, incluso en otro país, u otro continente. Pero hacerlo requiere un gran esfuerzo personal y familiar, necesita cierto tiempo para realizar una mudanza física. Por ello no es muy habitual esta deslocalización, más que entre los jóvenes que buscan una oportunidad donde sea que se produzca, y lo toman además como una magnífica aventura para conocer mundo.

Creo haber dicho en otra parte el valor que las clases medias aportan a la sociedad, por su apego al territorio, porque su prosperidad depende de la de su país.

Por eso cuando se requieren sacrificios, todos los Gobiernos recurren a pedírselos a sus clases medias, si no por otros motivos, porque tienen una escapatoria mucho más complicada. Los capitales sometidos a tensión (presión fiscal, por ejemplo), se comportan como el agua que se nos escapa entre los dedos, y jamás se deja apresar. O parte de los profesionales liberales pueden deslocalizarse con un mínimo esfuerzo, en caso de ponerse las cosas difíciles (recordemos a los deportistas de élite empadronados en Andorra o Mónaco, por ejemplo).

No quiero justificar con esto, sino sólo explicarlo, el por qué todos los gobiernos miran al mismo sitio cuando se requieren sacrificios.

No sé si es un consuelo, pero es lo que hay.

JMBA