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jueves, 20 de junio de 2013

Belfast y alrededores

Hay lugares en el mundo a los que se llama de modo diferente, dependiendo de si se han visitado alguna vez o no. Quien nunca ha estado en la India, la llamará así, la India. Pero quien la ha visitado y, muy especialmente, quien la ama, hablará siempre de India, sin el artículo. Lo mismo sucede con Shanghai. Quien nunca ha estado allí pronunciará su nombre como si fuera Shangay, pero quien la conoce, nunca resistirá el embrujo de la hache aspirada, que convierte su nombre en algo así como Shangjay.
El City Hall, en Donegal Square, Belfast, county Antrim,
Irlanda del Norte.
(JMBigas, Agosto 2009)

Lo mismo sucede con Belfast. Quien no la ha visitado hablará de ella como si fuera una única palabra, y sólo se permitirá la frivolidad de escoger una pronunciación como palabra aguda (Belfást) o grave (Bélfast). Quien la ha visitado, tenderá a pronunciarla como si fueran dos palabras, las dos acentuadas, algo así: Bél Fást. Abriendo bien la boca para que la e suene muy musical.

En el marco de un recorrido por Irlanda en coche, en Agosto de 2009, le di la vuelta a la isla en el sentido de las agujas del reloj: Dublín, Cork, Galway, Donegal Town, Belfast, Dublín.

Con ocasión de la primera visita de un monarca británico a Irlanda en cien años, en Mayo de 2011 aproveché la ocasión para contaros un poco de la historia reciente de la isla, los antecedentes de su partición, y los conflictos latentes que todavía burbujean en esa región.

Estos días, se ha celebrado en Belfast una de esas reuniones del G8, donde hay mucho poder dentro y mucho disturbio fuera. No sé si de esta reunión habrá salido algo positivo para la gente, o será como de costumbre.

Pero al hilo de que Belfast está en los periódicos estos días, voy a aprovechar para contaros algunas experiencias que viví en la zona, durante ese viaje.

Mi última etapa antes de entrar en Irlanda del Norte fue Donegal Town, en county Donegal. Este condado, junto con los de Cavan y Monaghan, formaban parte de la provincia irlandesa tradicional del Ulster, pero tras la partición quedaron formando parte de la RoI (Republic of Ireland), porque los políticos estimaron que el balance de fuerzas entre los unionistas y los republicanos no estaba claro, y prefirieron dejar las cosas como estaban.
Belfast Wheel, una noria grande instalada en el centro
de Belfast, la Donegal Square.
(JMBigas, Agosto 2009)

En un barecito rural del county Donegal, tuve ocasión de mantener una breve conversación con la señora que lo regentaba. Con más temor que vergüenza, le interrogué para conocer su opinión sobre la partición. Su respuesta, sin duda tamizada por la edad y los muchos años de convivir con una cierta situación, fue de este tenor: Mire, yo soy profundamente republicana, pero, a fin de cuentas, todos somos irlandeses. Y no tiene ningún sentido que cuando requerimos aquí de una visita al hospital, tengamos que recorrer los doscientos kilómetros hasta Dublín, cuando (London)Derry o Belfast están a sólo unas docenas de kilómetros.

Avanzando con el coche por las carreteritas del norte, en un cierto momento uno cruza desde la RoI a la provincia británica de Irlanda del Norte. No hay ni frontera ni indicación especial de ello. Sólo algún panel indicador de que aquí las distancias se cuentan en millas.

Tenía previsto pasar mis dos últimas noches en Irlanda en la ciudad de Belfast, de modo que dispusiera de un día completo para recorrer un poco los alrededores y las zonas costeras al sureste de la capital. Escogí para pernoctar el Malmaison Hotel, un hotel de diseño (también llamado boutique hotel) que ocupa un antiguo almacén de cereales, en Victoria Street, relativamente próximo a la zona portuaria. Uno se da cuenta de que se trata de un hotel de diseño, porque al entrar buscando la recepción, al final había que sentarse en una mesita frente a una de las empleadas, porque eso era la recepción del hotel. El hotel no disponía de aparcamiento propio, pero a no más de cien metros de distancia hay un gran centro comercial (Victoria Square) con un aparcamiento enorme, muy baratito para dejar el coche por la noche, aunque bastante caro en horario comercial.
Victoria Street, Belfast. El segundo edificio de la derecha
 es el Malmaison Hotel.
(JMBigas, Agosto 2009)

Llegué a Belfast el martes 18 de Agosto de 2009, hacia las seis de la tarde. Tras tomar posesión de la habitación del hotel y demás, salí para dar un paseo y buscar un restaurante donde cenar, ya que casi no había comido nada desde el desayuno en Donegal Town.

A unas pocas manzanas de Victoria Street está Donegal Square, que pasa por ser el centro neurálgico de la ciudad de Belfast, donde está, por ejemplo, el City Hall (Ayuntamiento). Es un paseo de menos de 15 minutos. Vi muy poca gente por la calle, lo que atribuí a que ya había cerrado el comercio.

Pero encontrar un restaurante fue un empeño mucho más complicado de lo que nunca hubiera podido imaginar en una ciudad europea. Hice varios intentos, pero todos resultaron fallidos. En una especie de pub, me dijeron que la comida la servían en el comedor del piso de arriba, pero que estaba cerrado (cuándo abrían - si abrían alguna vez - es una pregunta que dejé en el tintero). En otro local, con mostrador y mesas, sólo había un grupito de chavales charlando entre ellos y bebiendo unas cervezas. Me acerqué al mostrador para intentar negociar algo para cenar, pero el que se acercó a atenderme, me pareció que se esforzaba para no entenderme, y me vino a decir como que la mera existencia de una cocina allí era pura ciencia-ficción. En fin, desistí un momento antes de que decidieran echarme por las bravas. No sé a qué se dedicaría ese local, pero la atención al cliente no parecía ser una de sus inquietudes principales.

En ese peculiar via crucis, con casi total ausencia de peatones por las calles y, por lo tanto, con nadie a mano para solicitarle información, iba pasando el tiempo y empecé a temerme lo peor. Por fin, coincidí en uno de los semáforos de Donegal Square (la plaza era permanentemente barrida por un viento bastante fresco) con una familia, muy evidentemente italiana, que parecía ya poseída por los demonios en su busca de un restaurante inexistente. Intercambiamos algunas frases y nos solidarizamos con las mutuas penurias.
Interior del Centro Comercial Victoria Square, Belfast.
(JMBigas, Agosto 2009)

De pronto, en uno de los portales que daba a la plaza, pude ver un panel donde se podía leer The Grill. Eso sonaba a manduca calentita. Pero el cartel indicaba que, por obras, el acceso a The Grill debería efectuarse por la calle lateral. A donde me dirigí a toda prisa, antes de que se arrepintieran. Allí, subiendo una escalera, acabé llegando a un comedor bastante grande y abarrotado de público (todo el que faltaba por las calles, a esa avanzadísima hora de las ocho de la tarde). Conseguí una mesa y creí que todas mis penas habían terminado, pero ignoraba que no habían hecho más que empezar.

Pedí un entrante ligero y una carne, con una copa de vino, creo recordar. El entrante apareció rápido, con la primera copa de vino. Conseguir una segunda copa fue una misión prácticamente imposible (los camareros iban y venían como poseídos, jurando una y otra vez lo que parecían incapaces de poder cumplir). Terminado el entrante, empezó la interminable espera por la carne. La reclamé no menos de media docena de veces. Finalmente, cuando conseguí hablar medio minuto con alguien que parecía tener un nivel algo superior de responsabilidad, me confesó todas sus penalidades: que con las obras ocupaban una zona no habitual y mucho más extensa; que las cocinas estaban donde siempre, y quedaban muy alejadas de la nueva ubicación del comedor; y que había algunas mesas con muchos comensales, que se llevaban casi toda la (escasa) atención de los atribulados camareros.

Estuve a un paso de levantarme e irme, pero recordé el fresco desierto exterior, y decidí enrocarme, y ejercer mi derecho a que me acabaran sirviendo la carne que había pedido, para poder terminar la cena.

Según parece, el restaurante forma parte de un hotel (muy discretamente, pues no me había dado cuenta hasta que me lo dijeron) y eran esclavos de decisiones que les desbordaban. En el Ten Square (número diez de Donegal Square), existe efectivamente un hotel, y The Grill es su restaurante.
Frente al Strangford Lough, en la Ards Peninsula,
county Down, camino de Portaferry.
(JMBigas, Agosto 2009)

Tras más de una hora de espera, acabó llegando la carne que, debo decirlo, estaba excelente.

Cuando conseguí terminar de cenar, volví paseando hacia el hotel, e hice una parada en un pub para tomar una cerveza, en la esperanza de que esos ambientes eran los únicos donde podría ver habitantes reales de Belfast. El pub en cuestión es un anexo del centro comercial Victoria Square, y en la barra había algunos bebedores solitarios, que llevaban adelante sus propios juegos y bromas con los camareros y camareras.

Me dio la sensación de que la región de Belfast debe estar muy altamente subvencionada, o incluso subsidiada, y buena parte de su población debe vivir directa o indirectamente del Estado, a través de algún tipo de prestación. La industria pesada que dio mucha actividad a la zona (por ejemplo, los astilleros de donde salió el Titanic) se ha ido desarbolando e inactivando, y la nueva Belfast, más orientada seguramente a servicios o al turismo, estaba todavía en perpetua construcción.

En resumen, una sensación ciertamente desazonante. Y eso sin moverse demasiado por la ciudad, manteniéndose por el centro en zonas bastante claramente protestantes, y sin ni siquiera acercarse a la zona de Falls Road, bastante más al oeste, que fue el centro de los peores conflictos durante The Troubles, los problemas que se prolongaron durante treinta años, desde 1968 hasta 1998. Belfast, por diversos motivos, ha sido una ciudad mártir en las últimas décadas. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, sufrió el peor bombardeo aéreo alemán (aparte de los de Londres), en el que murieron más de mil personas en una sola noche, y más de diez mil quedaron sin casas.

Sólo en el conocido como Viernes Sangriento de 1972, el IRA Provisional detonó hasta 22 bombas en el centro de la ciudad de Belfast, provocando nueve muertos. En conjunto, hasta 1.500 personas fueron asesinadas por la violencia política en Belfast, entre 1969 y 2001.

A tanta sangre derramada en el pasado reciente, se suma un conflicto que se adivina larvado, como ver ondear banderas británicas en muchas casas, apoyando una causa que se intuye muy discutida.
Pueblecito de Cloughey, county Down, en la
Ards Peninsula, al sureste de Belfast.
(JMBigas, Agosto 2009)

Supongo que tanto sufrimiento es inevitable que le deje a la ciudad una cierta pátina de tristeza, o casi mejor de ensimismamiento. Y un cierto recelo hacia el forastero, que nunca está lo suficientemente claro de qué lado está.

El día siguiente tuve una experiencia bastante más refrescante, ya que tuve ocasión de salir de la ciudad y realizar un amplio recorrido por las zonas del este y sureste de Belfast. Primero por la Ards Peninsula, al sureste, bañada al oeste por lo que es un golfo muy profundo, pero que casi parece un lago grande, el Strangford Lough. Y que, al este, se abre a mar abierto, más o menos frente al puerto escocés de Stranraer, invisible en el horizonte, pero a no más de 25 millas náuticas de distancia.

Pasé por paisajes idílicos, verdes y deliciosamente rurales. Aunque, eso sí, el día era, de nuevo, gris y lluvioso, aparte de bastante fresquito para ser mediados de Agosto. Así, tomé el camino de Portaferry, y luego hacia Cloughey, a mar abierto, y remontar la península por su parte oriental, hasta terminar en Bangor. Bangor es lo que los británicos llaman un seaside resort, prácticamente en las afueras de Belfast y, de hecho, se ha convertido casi en una ciudad dormitorio de mucha gente que trabaja en Belfast. De hecho, Bangor fue elegido como el mejor lugar para vivir en Irlanda del Norte.

Con las idas y venidas por zonas muy débilmente pobladas, se me había echado el tiempo encima. Ya eran las tres de la tarde, y no había comido nada desde el desayuno en el Malmaison Hotel de Belfast. A esa hora, cualquier intento de localizar un restaurante convencional, por ejemplo en Bangor, era una misión imposible. Pero tuve suerte y en Groomsport, muy cerca de Bangor, vi un pequeño aparcamiento junto a un edificio rotulado como Stables, donde claramente se decía: Food served from noon to 9pm non-stop.
Bahía de Bangor, county Down.
(JMBigas, Agosto 2009)

Stables fue mi salvación. Haciendo gala de su eslógan, me sirvieron a esa avanzada hora un suculento plato de pescado, acompañado de una botellita de vino blanco (de origen desconocido, por supuesto). Comparado con la amenaza del ayuno, fue como una bendición del cielo.

Volví luego hacia Belfast, porque quería visitar una librería del centro, para comprar algunos libros que me ilustraran sobre el atormentado pasado de la ciudad y del Ulster en general. Pero esa tarde fue la más lluviosa de toda mi estancia en Irlanda. Y debo decir que en los ocho días que estuve en la isla, ni un solo día no vi llover, a una hora u otra. Pero esa tarde en Belfast se puso a llover con bastante intensidad, y durante un buen rato.

Sin embargo, pertrechado con un paraguas, pude visitar la librería, tal y como era mi intención, y todavía me quedó humor para montar en la Belfast Wheel, una noria gigante (bueno, bastante grande) instalada en Donegal Square, ignoro si de forma permanente o sólo temporal. Creo que fui prácticamente su único cliente en esa tarde inclemente. De recuerdo han quedado algunas fotografías desde la cabina de la noria, donde lo que más se ve son los cristales mojados.

De vuelta al hotel, ya tenía claro que, para cenar, ese día me iba a refugiar en el centro comercial, en Victoria Square, tras la mala experiencia de la víspera. Y allí acabé en un Pizza Hut, que resultó conveniente. Antes de volver al hotel, me tomé una o dos cervezas en el pub anexo que ya conocía del martes, sólo para confirmar mis impresiones previas.
Restaurante "Stables" en Groomsport, "food served from
noon to 9pm non-stop". Mi salvación para el almuerzo.
(JMBigas, Agosto 2009)

El día siguiente, jueves, debía abordar un avión para volver a Madrid, en el Aeropuerto de Dublín, a primera hora de la tarde. Tenía por delante un par de horas de ruta.

En los primeros días de rodar por Irlanda, tuve un incidente con el GPS que me había traído de casa, un tomtom GO910. De repente dejó de ponerse en marcha, y se quedó muerto. Yo había olvidado que esos dispositivos tienen, en alguna parte, un botoncito de difícil alcance, para resetear el bicho. Habitualmente, eso funciona, porque los problemas aparecen por un crash del software. Dándolo por perdido, en Cork tuve que visitar una tienda del ramo, y comprar el GPS más baratito que encontré, con la cartografía de Irlanda. Me hice con un modelo modestito de Garmin, con el que fui completando el recorrido.

Pero la mañana de ese jueves, con el trasiego de mover el equipaje para la vuelta a casa, entre el Malmaison Hotel y el parking del Victoria Square, de repente el Garmin literalmente desapareció. No sé aun hoy qué pasó con él. No creo que me lo robaran, porque nadie pasó lo suficientemente cerca. Pero entre la maleta, las bolsas de mano, y el meter y sacar equipaje del maletero de un coche de alquiler, se desvaneció. Cumplió su cometido, y se volatilizó. Afortunadamente, cuando llegué a casa, le apliqué una aguja fina al botoncito de reset del tomtom, y lo recuperé sin daños permanentes.

La carretera que une Belfast con Dublín es una de las principales de Irlanda, ya que discurre por un corredor en el que vive más de la mitad de la población de toda la isla, y une sus dos ciudades más populosas. Cuando pasé por ella, era una sucesión de obras de mejora en el lado de Irlanda del Norte, mientras que en la zona más al sur, ya en la República de Irlanda, se había convertido en una autovía bastante decente. La sorpresa fue que, sin haberlo advertido (por lo menos yo no era consciente de saberlo), esa autovía resultó ser de peaje. Y de repente llegó la zona de cabinas donde había que pagar 1,90€ de peaje. Y, curiosamente, sólo se podía pagar en efectivo y en euros, sin posibilidad de pago con tarjeta de ningún tipo ni con libras esterlinas. Me pareció una poco sutil venganza (o mejor, pequeña maldad) contra los vecinos del norte.

En el Aeropuerto de Dublín devolví el coche de alquiler, y tomé el avión que me devolvió a Madrid y a mi casa.

Aparte de las fotografías que he escogido para ilustrar este artículo, podéis ver una colección más completa, de 27 fotografías, pinchando en la foto del City Hall. 

Belfast y Alrededores


JMBA

domingo, 16 de junio de 2013

Dación en pago y cláusula suelo

Cuesta abajo, hasta la m..... corre. Lo he dicho ya docenas de veces, pero es que se trata de una verdad absoluta, que no hace más que demostrarse a sí misma una y otra vez. Cuando las cosas van bien, hasta las prácticas más nefastas son pasables, porque su efecto es irrelevante.
(Fuente: queaprendemoshoy)

En economía, las épocas de vacas gordas se caracterizan por una serie de insensateces que, sin embargo, se calcan a sí mismas una y otra vez con el tiempo, como si la capacidad del ser humano de aprender como especie fuera inexistente. En esos momentos, hay trabajo bien remunerado para todo el que lo quiera, hay oportunidades de ganar dinero comprando cosas aquí y vendiéndolas allí, y, normalmente, hay mucho más dinero del que es real revoloteando en el ambiente con ansias de ir a posarse en el bolsillo de este y aquel.

Quien más quien menos, todo el mundo está convencido de que los frutos que nos da el presente no son más que una parte ínfima de los que el futuro nos deparará. Por ello, nadie tiene miedo a endeudarse, y todos se creen que su situación de hoy la recordará como mediocre en unos años, porque sus ingresos crecerán de tal manera que se verá a sí mismo ahora como a alguien de clase media baja, baja.

En medio de esa general falta de criterio, los profesionales de verdad no se duermen en los laureles. Estando convencidos, como los demás, de que nos esperan unos tiempos de general prosperidad, saben que no será eterno, porque no hay nada en el mundo que pueda crecer eternamente sin acabar reventando. Y por eso prestan dinero para pagar viviendas, por ejemplo, cubriéndose varias veces las espaldas, no fuera que todo se rompiera antes de que este pobre lázaro haya acabado de pagar lo que ya nos debe...

Así, pues, en estos durísimos tiempos de crisis que nos está tocando vivir, descubrimos que la dación en pago no es, para nada, la finalización prevista de un contrato hipotecario. O que el interés variable se podrá ver frenado, a la baja, por una de esas llamadas cláusulas suelo.

Visto desde una cierta perspectiva, resulta aterrador pensar que miles y miles de ciudadanos, millones de ellos, firmaron ante notario el que posiblemente fuera único documento contractual de todas sus vidas, y ni recuerdan la cara del notario, ni hablaron más de dos palabras con él, más allá del Buenos días. ¿Dónde firmo?.

Algo que no todo el mundo conoce es que los documentos contractuales se redactan no para ilustrar lo que pasará si todo va bien, sino para determinar sin fisuras lo que deberá suceder si las cosas se rompen, si alguna de las partes no cumple con sus obligaciones, etc. etc. Los contratos se redactan para proteger a cada una de las partes de la mala fe o de la mala suerte de la parte contraria.

Y sin embargo, millones de ciudadanos se sentaron por primera vez en su vida en el despacho de un notario para firmar la hipoteca, en la completa ignorancia de que ese documento era un contrato, en los que ellos eran una de las partes, y por cierto la parte menos profesional, menos conocedora de los entresijos del mercado hipotecario, la parte más débil y también la más vulnerable.

Pero las circunstancias provocaban que todos fueran (fuéramos) al despacho del notario a firmar la hipoteca porque todo el mundo lo hacía, porque cada semana algún amigo o conocido se tomaba un par de horas para ir al notario a firmar la hipoteca. Y si fulano puede firmar, pues yo también, faltaría más, que soy más alto y más guapo que él.

Claro que había entidades más conscientes que otras de las limitaciones de la parte contraria, y se esforzaban en contar varias veces todos los detalles. Me temo que con el resultado habitual de que ya me lo sé, ¿dónde firmo?.

Yo mismo firmé el contrato hipotecario que me permitió comprar la que hoy es mi casa, en 1.999, con la que entonces era Caixa Galicia. No tengo ningún reproche que hacerles, aunque tuve la suerte de poderla cancelar por completo un poco antes de que reventase la burbuja. Recuerdo que entre amigos y familiares, las recomendaciones estaban en la línea de revisar exhaustivamente lo que deberíamos pagar si todo iba bien. Dado que estábamos convencidos de que el que las cosas fueran mal no era una opción de nuestro destino, apenas prestábamos atención a las cláusulas que hacían referencia a ese tipo de incidencias.

Parece absurdo que un ciudadano se enfrente a la firma del que quizá acabe siendo el único contrato de su vida, teniendo una contraparte para quien la suya es la hipoteca número 20... de ese día, con el único soporte legal de un notario o fedatario público, que simplemente daba fe de que las partes firmaban sin coacción y que afirmaban ser plenamente conocedoras del contenido del documento, y que afirmaban haber pagado o haber recibido lo que se decía en el documento.

Las entidades financieras practican una actividad de riesgo, y su éxito depende de su capacidad para evaluar correctamente ese riesgo. Si un cliente le pide a una entidad financiera un contrato hipotecario que contemple la dación en pago (en caso de que no pueda pagarles en efectivo lo pactado, les devuelvo la vivienda y la deuda queda automáticamente saldada), la respuesta de la entidad puede ser hasta de tres tipos diferentes: que no le interesa esa operación; que sí le interesa, pero sólo por el 60% del valor tasado de la vivienda, y no por el 110%; que sí le interesa, pero el interés tendrá que ser mayor. A fin de cuentas, cada respuesta refleja la evaluación que habrán realizado del riesgo que corren.
(Fuente: idealista-com)

Y lo mismo sucede con la existencia, o no de una cláusula suelo. Si pedimos que no exista, seguramente nos tocará pagar más cuando el Euribor esté alto, a cambio de pagar menos cuando esté bajo. En otras palabras, nos tocará pagar una primera cuota más elevada. Y como, realmente, sólo vemos la primera cuota (las demás están perfectamente alineadas, escondidas detrás), diremos que en estas condiciones, no nos interesa.

Cuando las cosas se ponen mal, entran en funcionamiento cláusulas de ese contrato que estaban previstas para ese caso. Sólo que, en nuestra absoluta ignorancia, estulticia, inocencia o ingenuidad, nunca nos habíamos preocupado por ellas, porque describían reacciones ante escenarios que se nos antojaban como imposibles.

Lo cierto es que no hay cláusula ilegal en un contrato, si ambas partes las han acordado, y no viola ninguna ley de rango superior. La reacción en caliente de los poderes públicos podría ser la de prohibir que los contratos hipotecarios tengan cláusula suelo, y obligar por ley a que acepten la dación en pago. Pero eso no me parece conveniente, porque violaría el derecho que tenemos todos a gestionar nuestros propios riesgos.

Pero sí creo que hay que hacer un esfuerzo de información, en principio por parte de los notarios que actúan de fedatarios públicos. Deberían asegurarse sin ninguna duda razonable de que el ciudadano que va a firmar el primer contrato de su vida entiende con claridad qué va a pasar si no puede pagar las cuotas, o si el Euribor baja del 0,5%.

Yo sugiero que sea obligatorio que la redacción de un contrato hipotecario incluya obligatoriamente unos ejemplos claros de lo que va a suceder si. Describir con claridad la evolución si el cliente paga regularmente, lo que sucede si el EURIBOR sube y también si baja; describir lo que sucede si a los cinco años, el cliente no puede seguir pagando las cuotas, etc. etc. Unas cuantas páginas inteligibles, que ilustren al ciudadano normal del contenido de las páginas con toda la farfulla legal que, a pesar de su apariencia aburrida, no dan puntada sin hilo.

La máxima información, sí. Obligar a que el cliente disponga de una copia del contrato que va a firmar unos días antes de hacerlo, para que pueda estudiarlo o comentarlo con alguien de su confianza, sí. Pero mi opinión es que los poderes públicos deben limitar al máximo su interferencia en la libertad de las partes.

En mi caso, de todas formas, no tengo queja alguna. Eso sí, claro, porque el contrato hipotecario se concluyó para bien por ambas partes, y no hubo ningún episodio ni de mala fe ni de mala suerte por ninguna de las dos partes.

Lo que ocurre es que la realidad de la economía nos ha llevado a escenarios donde los episodios de mala fe se cuentan por cientos y los de mala suerte por millones.

Y así estalló el escándalo.

JMBA

jueves, 13 de junio de 2013

Castilla-La Mancha (3): De Toledo a Ciudad Real por Cabañeros.

Ese martes 21 de Mayo, vi amanecer sobre la ciudad histórica de Toledo, desde los cigarrales donde estaba mi hotel (Hotel Kris Domenico). Tras un desayuno modestito (un buffet bastante variado, pero de calidad mediocre), emprendí ruta hacia los que eran mis destinos para el día. Singularmente, el entorno del Parque Nacional de Cabañeros.
Camino de acceso a las Bodegas Martúe (La Guardia,
Toledo).
(JMBigas, Mayo 2013)

La primera visita del día fue a las Bodegas Martúe, propietarias de la Denominación de Origen Pago Campo de La Guardia. La Guardia (provincia de Toledo) se encuentra en el eje de la A-4 o Autovía de Andalucía. No hay que alejarse mucho de la autovía para acceder a las Bodegas Martúe, pero hay que saber el camino, pues no recuerdo haber visto ninguna señalización específica. Para brindaros información de primera mano que os pueda resultar de utilidad, he extraído algunas imágenes de Google Earth, donde constan las coordenadas geográficas precisas de las diversas bodegas que pude visitar en mi periplo.

Martúe debería ser un desvío obligado para todos los amantes del vino que transiten por la Autovía de Andalucía. Las Bodegas practican, de verdad, una política de puertas abiertas. La bodega en sí se inauguró en el año 2002, y ofrecen diversas posibilidades de enoturismo, siempre con cita previa (catas, visitas a los viñedos, comidas con maridajes,...). Pero, además, tienen una pequeña tienda en el lateral del edificio principal, abierta en horario comercial normal, donde se pueden comprar tanto los vinos producidos en La Guardia, como en las otras dos bodegas de su propiedad (Viñedos de Nieva, D.O. Rueda y Seis Quintas, D.O.C. Douro en Portugal).
Ubicación de las Bodegas Martúe. Las coordenadas
mostradas son las correctas.
(Fuente: Google Earth)

En La Guardia producen cuatro tipos de vino. Dos monovarietales (Syrah en tinto y Chardonnay en blanco), el tinto Martúe, que es un coupage de hasta cinco variedades (Cabernet Sauvignon, Merlot, Tempranillo, Petit Verdot y Syrah) y el Martúe Especial, de base Merlot (50%), con aportaciones de Cabernet Sauvignon y Syrah, y un pequeño toque de Malbec. Tuve la ocasión de degustar este vino en la cena de la víspera en Toledo, y puedo garantizaros que es excelente, muy fino y elegante. Y a un precio excelente (10€ en tienda, a 8,50€ lo pagué en la bodega).

En la tienda de la propia bodega pude comprar algunas de sus especialidades, incluyendo su Verdejo Pie Franco, que producen en Rueda. Hay una colección fotográfica en las paredes de la tienda, que ilustra las diversas fases de construcción de la Bodega.

En resumen, un pequeño desvío de la Autovía de Andalucía, que merece ampliamente la pena.

Desde La Guardia seguí camino hacia Retuerta del Bullaque (provincia de Ciudad Real), donde tenía que visitar el Pago de Vallegarcía. Este pueblo forma parte de la mancomunidad de Cabañeros, y está a las puertas del Parque Nacional, por el norte.
Inspiración para el logotipo de Pago de Vallegarcía.
(JMBigas, Mayo 2013)

Pago de Vallegarcía es una iniciativa empresarial cuya cabeza visible es el conocido ejecutivo Alfonso Cortina de Alcocer. Por el momento, no tienen Denominación de Origen de Vino de Pago, pero sin duda la conseguirán más bien pronto que tarde, por lo que pude ver. Sí forman parte de la Asociación Grandes Pagos de España.

No tenía ninguna noción de la ubicación de la bodega respecto al núcleo urbano de Retuerta del Bullaque. Afortunadamente, en el centro del pueblo hay una señalización sobria y discreta de Vallegarcía. La seguí y me llevó por caminos hasta una verja cerrada, a la entrada de la finca, que se encuentra, por supuesto, en pleno campo y  al noroeste del centro urbano del pueblo. Afortunadamente, había dos timbres con intercomunicador, uno para la Casa Principal y otro para la Bodega. Pulsé el de la Bodega, me respondieron y, sin mediar más palabras, me abrieron la verja para que pudiera acercarme con el coche hasta el edificio principal de la Bodega, por cierto, obra del arquitecto Gonzalo Martínez Pita.

El Pago de Vallegarcía está ubicado sobre una raña. La raña es un tipo de relieve y de paisaje muy característico de los Montes de Toledo, de algunas zonas de Extremadura, del Campo de Calatrava o de la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica, en las provincias de Palencia y León. Se trata de una formación sedimentaria de cantos de cuarcita con una matriz arcillosa, que procede de un deslizamiento aluvial de los montes circundantes y que se configura en relieves de plataformas elevadas con suave pendiente interna. En este caso, a unos 850 metros de altitud sobre el nivel del mar, en el corazón de los Montes de Toledo.
Hasta en la imagen de satélite, Pago de Vallegarcía es
un pago de postal.
(Fuente: Google Earth)

Pago de Vallegarcía dispone de 31 hectáreas de viñedos propios, que se extienden a ambos lados del camino de acceso desde la verja de entrada hasta el edificio de la Bodega, y más allá. Durante un buen tramo del camino de acceso, a la izquierda Merlot y a la derecha Cabernet Sauvignon. Resumiendo, unos viñedos de exposición, donde se nota que se aplica el máximo cuidado a todo el ciclo de elaboración del vino, empezando por el campo y el cultivo de la viña.

En total, el viñedo, que fue diseñado con la inestimable colaboración del prestigioso profesor australiano de viticultura Dr. Richard Smart, tiene plantadas cinco variedades de uva tinta (Cabernet Sauvignon, Merlot, Cabernet Franc, Petit Verdot y Syrah) y una sola (gloriosa, añado) de uva blanca, la Viognier.

La aventura del Pago de Vallegarcía es relativamente reciente. La idea nació en 1997, mientras que el primer viñedo se plantó en 1999 y la primera cosecha se obtuvo en 2001. Durante los primeros años se tanteó el potencial de calidad a base de vinificar pequeñas partidas en la vecina bodega Dehesa del Carrizal. El excelente resultado conseguido aconsejó construir una bodega propia, que fue finalmente inaugurada por S.M. el Rey D. Juan Carlos I en Septiembre de 2006. El edificio se diseñó y ejecutó bajo dos premisas básicas: ser el centro neurálgico y funcional de una finca dedicada al cultivo de la viña y a la elaboración y crianza de vinos, e integrarse por completo en el paisaje circundante.

El resultado, lo pude constatar con mis propios ojos, es un Pago de postal, del que no sorprende que se obtengan los excelentes productos que comercializan.

Tras recorrer todo el camino entre viñedos y bordear el edificio de la bodega, paré el coche (decir que lo aparqué sería una exageración lingüistica) frente al portón de acceso. Un empleado que estaba realizando alguna tarea en el exterior me indicó que llamara al timbre junto al portón. Así lo hice, y me atendió muy amablemente el bodeguero (creo que se llama Eulalio) que resultó ser, nada de qué sorprenderse, el primer fanático del Pago y de los vinos que producen. Le comenté la anécdota de posiblemente el mejor blanco de España de la comida familiar del domingo anterior, y que tenía que llevar de encargo una caja del estupendo Viognier, y quería escoger para mí una selección de Hipperia (la máxima expresión del Pago en tinto), Petit Hipperia, y los dos monovarietales de Syrah y Viognier.
Viñedos del Pago de Vallegarcía, junto al edificio
de la Bodega.
(JMBigas, Mayo 2013)

El Viognier es una variedad de uva blanca muy poco habitual. De hecho, llegó a estar al borde de la extinción cuando sólo quedaban unas pocas hectáreas en la zona del Norte del Ródano (en ese tramo glorioso entre Vienne y Valence), bajo las denominaciones Condrieu y Chateau Grillet. Sin embargo, ha demostrado unas dotes extraordinarias de aclimatación a las altiplanicies de los Montes de Toledo. Me comentó un tema curioso que les genera algún problema con cierto tipo de clientes. El vino, de forma natural, produce a menudo un precipitado de pequeños cristalitos de ácido tartárico, del mismo color que el vino. Lo que en realidad es una muestra de calidad, de que el vino no ha sufrido tratamientos extraños, parece que afecta estéticamente a algunos clientes. En fin, vivir para ver, y tiene que haber gente para todo.

Eulalio me mostró las partes mas importantes de la bodega, en particular los tanques de acero inoxidable y las cadenas de embotellado y etiquetaje, que sólo funcionan cuando les toca. Incluso me dio a probar, en una copa directamente desde el tanque, el Viognier 2012, que iba a ser embotellado en los días siguientes a mi visita.

Preparado el pedido, subimos al piso superior donde están las oficinas, para el siempre engorroso momento del pago (con tarjeta de crédito, por supuesto). Pero ese movimiento me permitió ver el caballo de madera de juguete, datado a principios del siglo XX, que fue la inspiración para el logotipo del Pago de Vallegarcía, y que está allí físicamente expuesto.

Tras un rato de charla muy agradable con Eulalio y con todo lo que me había llevado hasta allí ya resuelto, me despedí, cargué el vino en el coche y me fui. En el camino de salida, todavía paré un momento para tomar algunas fotografías de los viñedos de exposición que rodean el edificio de la bodega.
Escenario para espectáculos, en el Parque Municipal
de Horcajo de los Montes (Ciudad Real).
(JMBigas, Mayo 2013).

En principio tenía la intención de visitar también Dehesa del Carrizal, que está en el mismo pueblo y bastante próxima. Pero se me había echado el tiempo encima y ya estábamos en esa hora tonta de la playa del mediodía. Para tenerlo localizado para otra ocasión, sólo llegué hasta el desvío izquierdo hacia la finca, en la carretera que une Retuerta del Bullaque con Navas de Estena (CM-4153), que bordea el límite noreste del Parque Nacional de Cabañeros. Y grabé la ubicación en el GPS.

Puse rumbo a continuación hacia el pueblo de Horcajo de los Montes, en el borde sur del Parque. Para ello circulé por la carretera CM-4017, que cruza todo el Parque Nacional de Cabañeros, de norte a sur.

Llegando a Horcajo, vi de soslayo la publicidad de un cierto bar-restaurante frente al Parque Municipal. Acabé aparcando frente a ese Parque Municipal del centro del pueblo, y me metí en uno de los varios bares o restaurantes que se agrupan en esa zona. No quería una comida formal (un Menú del Día de dos platos y postre), ya que el sopor me hubiera condenado a la inactividad una buena parte de la tarde, por lo que escogí, para tomar en la barra, un bocadillo de tortilla francesa, que acabó siendo kilométrico (de pueblo), con un refresco. Viendo lo que tomaba la mayoría de los parroquianos (casi todos ya mucho más allá de la edad de jubilación), se me ocurrió pedirle a la chica una copa de vino rosado fresquito. No la vi por la labor, fue y volvió varias veces hasta que ya vino a decirme que no tenían vino rosado fresquito, y que lo que yo veía que tomaban los abuelitos no era más que un tinto de frasca con gaseosa, el tinto de verano de toda la vida, vamos.

Probé el tinto de verano, y tomé un café para despejar. Acabé pagando 7€ por el refrigerio, lo que me pareció un precio más que razonable.
Nido de cigüeñas, visto desde el Observatorio.
Parque Nacional de Cabañeros.
(JMBigas, Mayo 2013)

Me dio la sensación de que buena parte de la actividad económica del pueblo de Horcajo de los Montes debe estar ligada a la proximidad del Parque Nacional de Cabañeros. Vi alguna publicidad de excursiones en 4x4 por el Parque y cosas así. Quiero suponer que los fines de semana y, quizá, en la temporada alta de las vacaciones estivales, puedan acumularse allí un cierto número de turistas o visitantes del parque. Pero, desde luego, ese martes de Mayo a las tres de la tarde, lo único que sonaba, aunque fuera remotamente, a turista, visitante o forastero, era yo mismo.

Antes de tomar el coche de nuevo di un paseíto por el pequeño Parque Municipal, y creo que hasta me permití una cabezadita en uno de los bancos a la sombra de los árboles, que el Sol ese día hacía que pareciera ya verano.

Salí de Horcajo en dirección a Alcoba (los dos, de los Montes), y luego tomé una pista asfaltada a la izquierda, que lleva hasta Pueblonuevo del Bullaque. A mitad de camino, más o menos, está el Centro de Visitantes Casa Palillos, del Parque Nacional de Cabañeros. Al que quiera ir por allí, le recomiendo que se imprima en casa, antes de salir, el llamado Mapa de Uso Público de Cabañeros, que se puede descargar en la web del Parque.

Cabañeros bien merece hacer un poco de historia, pues en la época de su fundación ocupó durante varios años las portadas de la prensa nacional en España. El inicio de su historia moderna podemos situarlo en 1983, cuando se hizo público que la finca conocida como Cabañeros, de unas 15.000 hectáreas y propiedad, a la sazón, de la familia de navieros Aznar, iba a ser utilizada por el Ejército del Aire como Campo de Tiro. Muy pronto se organizaron grupos de pacifistas y ecologistas, opuestos frontalmente a ese uso. Se desplegaron toda clase de iniciativas para destacar el interés ecológico de esa zona, hasta que se consiguió que, en 1988, el Gobierno Regional, la llamada Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, lo declarara como Parque Natural, aunque sólo diez días después se publicó un Real Decreto que declaraba al vecino municipio de Anchuras como Zona de Interés para la Defensa.
Observatorio de cigüeñas. Parque Nacional de Cabañeros.
(JMBigas, Mayo 2013)

Sin embargo, la figura de protección medioambiental y ecológica siguió adelante, hasta que se creó oficialmente el Parque Nacional de Cabañeros en 1995. Con la anexión de algunas otras fincas vecinas, se alcanzó la actual extensión de 40.856 hectáreas (408 kilómetros cuadrados), con territorio de seis municipios de la zona: Hontanar y Los Navalucillos en la provincia de Toledo, y Retuerta del Bullaque, Navas de Estena, Horcajo de los Montes y Alcoba de los Montes, en la provincia de Ciudad Real.

Para comprender la beligerante movilización de los grupos de pacifistas y ecologistas (fuerzas progresistas de izquierda) hay que retroceder algunos siglos en la Historia. La historia de Cabañeros está ligada a su comarca, los Montes de Toledo. Entre los siglos XIII y XIX, esta zona pertenecía a la ciudad de Toledo, que era la que dictaba los usos admitidos en el territorio. Lo restrictivo de estos dictados permitió conservar una naturaleza prácticamente virgen hasta bien entrado el siglo XVIII. En la práctica sólo se realizaban actividades económicas de subsistencia (pastoreo de ovejas en la raña y de cabras en el monte, carboneo o apicultura). Y toda la zona se mantuvo libre de asentamientos estables.

Ya en el siglo XIX, Cabañeros estuvo en manos durante 25 años (1860-1885) de los acreedores de la ciudad de Toledo. Constituidos en Administración Usufructuaria, intentaba cobrarse las deudas de la ciudad mediante el rendimiento de las actividades ganaderas y forestales en la zona.

En 1.885, por aplicación de la Ley de Desamortización General de Pascual Madoz, del 1º de Mayo de 1.855, Cabañeros pasó a formar parte del patrimonio agrícola del Duque de Medinaceli. Tras sucesivas ventas y herencias, llegamos a la situación de 1983. Con fincas enormes, latifundios de más de cien kilómetros cuadrados básicamente improductivos, propiedad de alguien que no vive allí, sino en las grandes ciudades, especialmente Madrid. Señoritos que sólo aparecían por la finca de vez en cuando con cuatro amigos para pegar unos tiros y cazar unos ciervos o unas cabras monteses. En otras palabras, lo que en el argot de los gobiernos socialistas del sur de España (Castilla-La Mancha, Extremadura, Andalucía), prácticamente un monopolio en esas décadas por estas regiones, se llamaron pomposamente Fincas Manifiestamente Mejorables.
Alrededores del Centro de Visitantes Casa Palillos,
Parque Nacional de Cabañeros.
(JMBigas, Mayo 2013)

La otra cara de esa misma moneda es que esas fincas enormes que prácticamente sólo se utilizaban como cotos de caza para ocasionales monterías, mantuvieron una naturaleza prácticamente inalterada.

A causa de todos estos ingredientes, hemos conseguido tener hoy una gran extensión de más de 400 kilómetros cuadrados, que son la ilustración perfecta del llamado monte mediterráneo, prácticamente inalterado en los últimos diez siglos. Con una gran riqueza paisajística, de fauna y de flora.

Las figuras de protección de Cabañeros incluyen las de Parque Nacional, ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) y LIC (Lugar de Interés Comunitario).

Geográficamente, el Parque Nacional de Cabañeros se encuentra enclavado entre el noroeste de la provincia de ciudad Real y el suroeste de la de Toledo, en plena Comarca de los Montes de Toledo. Se enmarca entre las sierras de Rocigalgo y El Chorrito, al Norte, y la sierra de Miraflores al Sur. Dos afluentes del Guadiana, los ríos Bullaque y Estena, forman parte del sistema hidrológico del Parque.

Los paisajes más típicos de Cabañeros son la raña y el monte. La raña es una altiplanicie de origen sedimentario, formada a partir de los corrimientos de los montes próximos (hace dos o tres millones de años). Llanas y con árboles dispersos, a las rañas de Cabañeros, a veces se las llama el Serengeti español. A pesar de que la riqueza de fauna y flora del Parque es muchísimo más amplia (yo me declaro incompetente para hablaros de ello), una de las estrellas de Cabañeros son los ciervos que deambulan por la raña. Especialmente durante la berrea, esa mágica manifestación sonora del ritual de apareamiento que se produce en los atardeceres de final del verano.
Un alto en el camino de la senda etnográfica, frente a
una carbonera.
(JMBigas, Mayo 2013)

Camino de Casa Palillos, paré en un Observatorio de Cigüeñas. Para no interferir en la vida cotidiana de los animales, el Observatorio es una cabaña de madera donde se esconde el visitante. Abriendo unas pequeñas ventanas, se tiene una buena visión del entorno, sin interferir en él. Y, efectivamente, pude ver de cerca algunos nidos y varias cigüeñas.

Finalmente llegué a Casa Palillos en torno a las cuatro de la tarde. Casa Palillos es uno de los Centros de Visitantes del Parque, en plena raña sobre el extremo más oriental del Parque. Aparte de mi propio coche, en el amplio aparcamiento sólo había otro, que debía pertenecer a la chica que atendía el centro.

Entre el aparcamiento y el edificio principal, alejado unos cientos de metros, se desarrolla una llamada senda botánica: un sendero de madera, rodeado por diversas especies de flora, características del Parque, perfectamente rotuladas y explicadas. Hacia el otro lado se desarrolla la llamada senda etnográfica, que ilustra los diversos usos tradicionales que se daban en la zona que hoy ocupa el Parque.

Recorrí la senda botánica, hasta el gran edificio que es Casa Palillos. En sus alrededores hay instalaciones muy preparadas para acoger multitudes de visitantes familiares, con facilidades para practicar el picnic campestre. Ese día, por supuesto, desiertas por completo.

Cuando entré, apareció tras el mostrador, desde la nada, la encargada del centro. Supongo que estaría en la trastienda jugando al Tetris o leyendo un buen libro, que tener que pasar allí el día entero sin visitantes te tiene que sumir en un aburrimiento mortal. Me contó algunas generalidades del Parque y de las posibles actividades. El Centro es el punto de encuentro para diversas rutas, bien a pie o en vehículos 4x4, que se organizan en diversas zonas del Parque. Siempre hay que reservar con antelación, aunque sospecho que la actividad, fuera de fines de semana o temporadas vacacionales, es mínima.
Maqueta explicativa de la formación de la raña, o
planicie sedimentaria en el piedemonte.
(JMBigas, Mayo 2013)

Recorrí las diversas exposiciones permanentes que se exhiben en Casa Palillos. Quizá lo que más me llamó la atención fue una maqueta que intenta explicar la formación de la raña en los piedemontes. Seguramente, para entenderlo por completo haya que tener un poco más de alma de geólogo de la que yo debo poseer.

En todo el tiempo que estuve en el Centro y sus alrededores no vi llegar a ningún otro visitante.

Desde Cabañeros, mi siguiente etapa era Ciudad Real. Aunque tenía prevista una parada previa en Pago del Vicario, una explotación enoturística en Las Casas, a unos pocos kilómetros de la capital. Este es un proyecto nacido el año 2.000, que dispone de una extensión de 130 hectáreas de viñedos, una llamativa bodega en forma de catalejo, un hotel de cuatro estrellas con 23 habitaciones y una suite, y un restaurante. Una aproximación ciertamente kitsch al concepto BBC (Bodas, Bautizos, Comuniones).

El complejo dispone de una tienda donde se venden los diversos vinos que se producen tanto en Ciudad Real, como en la Bodega Soto del Vicario del Bierzo (tintos mencía y blancos godello) y en las viñas que también poseen en la sierra de Gádor de Almería, a 1.500 metros de altitud, que afirman que son las más elevadas de la Europa continental. La tienda es atendida 24x7, como se indica pomposamente junto a la puerta, habitualmente cerrada. Y es que quien la atiende, bajo petición, es el personal de recepción del hotel.

Sus vinos estrella son el Agios (Santo en griego), tinto a base de tempranillo, y el Monagós (Monje en griego), tinto predominantemente de Syrah. Sin embargo, curiosamente, no me los destacaron por su calidad en ninguna de las tiendas gourmet que tuve la ocasión de visitar en la región.
Bodega en forma de catalejo, en Pago del Vicario,
Las Casas (Ciudad Real).

Compré allí una muestra de lo que producen, incluyendo un par de Magnums de sus vinos estrella, que ofrecían a precio de derribo, así como un Pinot Noir 1500h, de los que producen en la alpujarra almeriense. Como curiosidad, producen un Blanco de Tempranillo (no creo conocer otro ejemplo así de Blanc de Noirs), así como un par de vinos dulces, producidos por corte de fermentación por frío: uno blanco a base de chardonnay y sauvignon blanc, y uno tinto a base de merlot.

Desde allí me dirigí directamente a Ciudad Real, donde quería visitar, antes de que cerraran, la tienda gourmet que había elegido por Internet antes de salir de casa: Vinàlia. Gracias al GPS, la localicé sin problema (está muy céntrica). Y, gracias a la zona verde, pude aparcar casi frente a la propia tienda (previo pago de 50 céntimos). En la esquina de la Plaza de la Provincia con la calle del Tinte, a un lado está la vinoteca gourmet, y en la otra esquina hay una taberna del mismo nombre, para degustaciones, catas y maridajes. La tienda, dedicada principalmente a la venta de vinos (y también destilados), es un lujo que uno no se espera encontrar en una población del tamaño de Ciudad Real (pop. 74.921). A la dueña, una señora absolutamente encantadora y muy entendida, para evitar malentendidos le dejé claro desde el principio que acababa de llegar desde Toledo, pero que dos de mis escalas en el día habían sido las Bodegas Martúe y el Pago de Vallegarcía. A partir de ahí, ya empezamos a hablar entre expertos.

Por cierto, ni me citó ni vi que tuvieran expuestos los vinos de Pago del Vicario, tan próximos a la capital.

Compré alguna botella de Dehesa del Carrizal, que finalmente no había podido visitar, especialmente su excelente Syrah. Me dejé recomendar un Cabernet de familia de Argamasilla de Alba, y compré un Quixote (Pago Casa del Blanco, en Manzanares, que no pensaba visitar) de tempranillo, merlot y petit verdot (la mujer me dijo que esa era la variedad que más le gustaba). Por si acaso al final me fallaba la visita, compré el excelente chardonnay barrica de Manuel Manzaneque, así como una botella del chardonnay sin madera, también excelente, que han sacado recientemente al mercado.
Imagen de satélite de la ubicación de Pago del Vicario,
en Las Casas, junto a la carretera de Porzuna.
(JMBigas, Mayo 2013)

Aproveché para hacer publicidad del mejor blanco de España con otro cliente de la tienda, amigo de la casa, que prometió tomar nota del Pago de Vallegarcía Viognier. Esto llevó a la dueña a mostrarle una botella del Hipperia, la joya de la casa.

Aunque había barajado la posibilidad de quedarme a dormir en el Hotel Pago del Vicario, al final, creo que con buen criterio, escogí un buen hotel de la ciudad, el Sercotel Guadiana. Un cuatro estrellas moderno, en una de las rondas, a sólo tres o cuatro manzanas de la Plaza del Pilar y la Plaza Mayor, el centro neurálgico de Ciudad Real, que ofrece además aparcamiento gratuito, lo que es muy de agradecer. Una excelente elección ya que, además, iba a quedarme un par de noches en él.

Tras tomar posesión de la habitación, me di un paseo hasta la zona de la Plaza del Pilar, para escoger un restaurante donde cenar. La oferta no es muy amplia; lógico, por otra parte, en una población de ese tamaño y sin grandes atractivos turísticos. Por ello acabé planteando la pregunta a los taxistas que estaban esperando pasaje en la parada de taxis. Me recomendaron una zona próxima, donde hay dos o tres restaurantes. Acabé escogiendo Casa Pitoñi que es, podríamos llamarlo así, un restaurante clásico de capital de provincia. No pude resistir la tentación de apretarme una botella del mejor blanco de España, por lo que escogí un menú acorde, a base de chopitos fritos y lenguado. Y el vino, excelente hasta los cristalitos de precipitado de ácido tartárico. La cuenta, correcta y acorde a mi elección.

Durante toda la cena no se ocupó más que otra mesa, donde cenaron dos parejas de argentinos de edad, es decir, algo mayores que yo, que no acabo de entender muy bien qué se les había perdido en Ciudad Real. Eso sí, manifestaron una clara curiosidad por mi afirmación acerca del mejor blanco de España.

Para el día siguiente, miércoles, tenía previsto realizar turismo no enológico por algunos de los espacios naturales más significativos de la zona: las Tablas de Daimiel, las Lagunas de Ruidera, el Campo de Criptana. Ya os he contado alguna cosa de ese día, pero para el resto tendréis que esperar al siguiente capítulo.

Aparte de las fotografías que he seleccionado para ilustrar este artículo, podéis acceder a dos álbumes con una colección más completa de fotografías: uno con 25 imágenes de Cabañeros y alrededores (pinchando en el nido de cigüeña), y otro con hasta 43 fotografías de los diferentes Pagos y Bodegas que pude visitar en este viaje (pinchando en los tres toneles de Manuel Manzaneque). De alguno/as todavía no os he hablado...

Por Cabañeros


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