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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Paseo matinal por el Gijón marítimo

Tras parar en Rueda y visitar Toro, pasearse por Zamora al atardecer, realizar una excursión a los Arribes del Duero, visitar a mi buen amigo L. en su pueblín de León y entrar en Asturias por el Puerto de San Isidro, acabé llegando a Gijón al final de la tarde de ese viernes de finales de Agosto.
Puerto deportivo de Gijón, con sus embarcaderos
flotantes.
(JMBigas, Agosto 2011)

Gijón me recibió con una temperatura agradable, pero con un fuerte viento que convertía el atardecer en bastante desapacible. Había reservado habitación para dos noches (al día siguiente quería visitar el nuevo Centro Niemeyer de Avilés y la zona del Cabo de Peñas, que ya os contaré en otra ocasión), en el Hotel Gijón, en la calle Pedro Duro esquina con Marqués de San Esteban, a una manzana del puerto deportivo y de la Playa de Poniente.

El hotel no tiene parking propio, y yo carecía de las instrucciones necesarias, por lo que tuve que parar, como pude, con las luces de emergencia encendidas, en la esquina frente al hotel. Allí me dijeron que tienen un acuerdo con el aparcamiento público de la Estación del Humedal (desde marzo pasado, ya inactiva, pues se ha habilitado una nueva estación provisional más al oeste,  junto al Museo del Ferrocarril, y casi frente a la Playa de Poniente). Me dieron una tarjeta magnética por la que podría entrar y salir del aparcamiento como si fuera residente. En el tiempo de descargar el equipaje y visitar de urgencia el servicio (tanto puerto de montaña resulta, sin duda, diurético), cuando volví al coche ya tenía un diligente agente de la autoridad a punto de empapelarme. Afortunadamente, medió el hombre de la recepción del hotel, y pude recorrer sin incidentes las dos manzanas hasta el aparcamiento, y terminar la fiesta en paz.

Había partido de fútbol en televisión (creo que era la Supercopa de Europa), y lo estuve viendo un rato bebiendo una cañita en un bar junto al hotel. Como la noche no estaba para pasear, y yo había comido en casa de mi amigo L., en el pueblín de León, no tenía mucha hambre para cenar. Acabado el partido, me tomé unas croquetitas con un poco de verdejo en otro bar-restaurante de las proximidades, y me acosté prontito.
Palacio de Revillagigedo y estatua de Don Pelayo
(JMBigas, Agosto 2011)

De modo que el sábado, a las ocho de la mañana, estaba desayunando un café con leche y croissant (de 3/10, de los condenados a la plancha) y un zumo de naranja natural, en la cafetería del hotel. Por toda la zona se veía (todavía) bastante gente que estaba terminando la noche del viernes, chicas con vestidines de noche, chavales ciertamente desestabilizados, y así. Eso sí, compartiendo la calle con los corredores, ciclistas y paseantes matinales.

Como quería ir hacia Avilés al mediodía, tenía dos o tres horas por delante, que dediqué a un largo paseo por toda la zona marítima de Gijón. A una manzana del hotel está el mar, y llegué a la calle Rodríguez de San Pedro, el paseo marítimo de la Playa de Poniente y el puerto deportivo. Bordeando el puerto se llega a la rinconada donde brilla la estatua dedicada a Don Pelayo, el héroe de la Reconquista, y el Palacio de Revillagigedo. Ese es el istmo que separa el puerto y la Playa de Poniente de la Playa de San Lorenzo o de Levante, y da acceso al caso antiguo de Gijón, Cimadevilla, ese burruño que se interna en el mar, ligeramente más elevado que el resto de la ciudad.

Pero yo seguí bordeando el puerto, porque quería subir al Cerro de Santa Catalina, en el extremo de la península. Por esa zona hay algunas de las casas de comidas más recomendables de Gijón, como El Planeta, que al final no pude visitar.
Escultura "Nordeste", frente al mar.
(JMBigas, Agosto 2011)

Desde el borde del mar se empieza a subir por una cuesta de nombre tan sugerente como Tránsito de Ballenas. Hacia el otro lado, otra cuesta de nombre más popular, la Cuesta del Cholo. En el primer recodo de Tránsito de Ballenas, desde el que se tiene ya una buena vista del mar abierto, hay una curiosa escultura de acero cortén, llamada "Nordeste", instalada allí en 1994, y obra de Joaquín Vaquero Turcios, uno de los máximos exponentes del arte asturiano de la segunda mitad del siglo XX, fallecido en 2010. Por la zona todavía se veían algunos grupitos de jóvenes, debatiendo sobre dónde rematar la noche.

Seguí la ascensión por la calle de la Subida al Cerro, hacia la zona verde con algunos restos de la antigua fortaleza de Santa Catalina y nuevas pistas deportivas, entre las que destaca una muy completa para los patinadores y skaters, a esa hora completamente desierta. Las vistas marítimas desde esa altura ya son muy remarcables, y el Sol de la mañana ayudaba a crear unos interesantes efectos de luz, especialmente sobre la hilera de casas multicolores de las calles Honesto Batalón y Boquete de los Peligros.

Caminando hacia el extremo más al norte del cerro, se llega al enclave singular donde está la gran escultura de Eduardo Chillida, Elogio del Horizonte. La meteorología de esa mañana estaba un poco vacilante, al Sol le sucedían algunos negros nubarrones sobre el mar, que creaban sobre la gigantesca estructura unos efectos ciertamente dramáticos.
Elogio del Horizonte, escultura de Eduardo Chillida
(JMBigas, Agosto 2011)

Por el cerro de Santa Catalina hay diversos recursos para el entretenimiento del personal, como un Auditorio al aire libre o unos juegos infantiles en el interior de un presunto galeón. Yo iba siguiendo a un fotógrafo de apariencia profesional, armado con una cámara seria (no como la mía, de bolsillo), que también le sacaba placer a retratar esos parajes solitarios a esa hora temprana del sábado.

Empecé el descenso por el otro lado de la península, por la Avenida de La Salle hacia la Playa de San Lorenzo. Hay algunos edificios muy singulares en esa ladera, donde están, además, las instalaciones del Real Club Asturiano de Regatas. Abajo, ya junto a la Playa de San Lorenzo, la conocida estampa de la Iglesia de San Pedro.

Se cruza por esa zona el Campo Valdés, donde estaban las antiguas termas romanas. Mirando mapas a la vuelta a casa, descubrí que pasé a veinte pasos de la Plaza Mayor sin visitarla. Afortunado que soy, porque así tengo ya un buen motivo para volver a Gijón.
Playa de San Lorenzo, Gijón
(JMBigas, Agosto 2011)

Seguí bordeando la Playa de San Lorenzo, a esa hora en marea muy baja, pero con una mar algo más que rizada. Había bastante gente por la arena mojada, algunos incluso entre las rocas, tratando de localizar algún tesoro. Más adelante había grupos más numerosos, jugando un partidito de pachanga de fútbol playa.

El frente marítimo de la Playa de San Lorenzo es muy característico de Gijón, con algunos edificios muy singulares, como la antigua Pescadería Municipal (ahora sé que dando paso a la Plaza Mayor).

Recorrí un buen tramo del paseo marítimo (que cambia de nombre desde Paseo del Muro de San Lorenzo, a calle Ezcurdia). Tanto subir y bajar me había provocado un poco de hambre, y me tentó una de las muchas confiterías que se ven por Gijón, la Biarritz. Allí escogí una bomba nutritiva, consistente en una especie de napolitana recubierta de almendra y rellena de una mezcla de nuez y almendra, para acompañar un segundo café con leche. Resultó deliciosa, pero, efectivamente, altamente calórica.

Decidí volver hacia la zona del hotel cortando por el istmo. Me metí por la calle Jovellanos (donde está la Iglesiona con su Santón en lo alto: la Basílica menor del Sagrado Corazón). Crucé la calle Corrida (famosa en la noche gijonesa), hacia la Plaza del Carmen y de vuelta al hotel, pasadas ya las once de la mañana.
Iglesia de San Pedro, junto a la Playa de San Lorenzo
(JMBigas, Agosto 2011)

Por la tarde, tras regresar de mi periplo por Avilés y el Faro de Peñas, tuve ocasión de hacer un breve paseo por la Playa de Poniente, donde me senté en una de las terrazas para tomar una copa frente al mar. Como la comida en Avilés había sido muy abundante, decidí cenar un tentempié en uno de los locales de la Pizzería La Competencia, que forma parte de una cadena leonesa con implantación en León y Asturias, y que estaba cerca de mi hotel. 

Por algún motivo que desconozco, tras una comida de pescado o marisco, el cuerpo parece pedirme hidratos de carbono. Cené una pizza correcta, acompañada de un Prieto Picudo rosado, en honor a mi amigo leonés. De todas formas, el local es curioso, porque desde fuera parece un bar de tapas, raciones, cerveza, vino y sidra, con una multitud comiendo y bebiendo dentro y fuera. Sólo abriéndose paso a codazos se llega a la zona de mesas de la pizzería propiamente dicha.

Tenéis acceso a una galería fotográfica de 71 instantáneas, que ilustran mis paseos por Gijón, que os he descrito. Basta con pinchar en el contraluz del Elogio del Horizonte.

Paseo matinal por el Gijón marítimo



A la mañana siguiente, salí de Gijón en dirección al Puerto de Somiedo y Ponferrada.

Pero esa ya es otra historia.

JMBA

martes, 6 de septiembre de 2011

Nosotros y Ellos

Tengo a menudo la desazonante sensación de que en este país existe una única manera de tener razón (la nuestra), y muchas de estar equivocado (las de ellos). Quizá por eso es tan complicado tener debates civilizados en España. Debates (o discusiones, si fuera el caso) en que todas las opiniones y puntos de vista puedan ponerse encima de la mesa, sin que todos los presentes excluyan de mano (como inservibles, vicarias, erradas, interesadas, torticeras, partidistas, sectarias, poco informadas,...) las que no comparten.

Parece como si nos costase un esfuerzo sobrehumano llegar a entender que haya personas inteligentes, informadas, bienintencionadas, no fanáticas, cuyas conclusiones difieren de las nuestras.

Mi amigo elentir lo ilustra muy bien en un post de este lunes (No soy nacionalista; soy gallego) en su blog Contando Estrelas. Manifiesta su desconcierto porque su posición no es comprendida. Su contrariedad porque los nacionalistas se apoderan como propios del idioma y de la cultura; y su desazón porque siempre frente a los nacionalistas centrífugos aparecen presuntos nacionalistas centrípetos, que hacen suyos sus argumentos, sólo que girándolos del revés.

En mi experiencia como bloguero en el ciberespacio, he entrado en varias polémicas, poniendo encima de la mesa, con el máximo rigor, con la máxima humildad y con toda la cortesía posible, mis opiniones sobre un tema en cuestión, posiblemente discordantes con la tónica general de ese sitio. Nunca he recibido ninguna comprensión (que se delataría por la sensación de que alguien que piensa diferente que yo, entiende que puede haber gente que, noblemente y sin torpes intereses, pueda pensar diferente).

Esta polarización excluyente es particularmente grave cuando hablamos de los temas de nacionalismo político, por ejemplo. Ahí las posturas son encontradas y absolutamente excluyentes del contrario. Cualquier nacionalista (centrífugo o centrípeto, ojo), está convencido de que cualquiera que opine diferente que él, va en su contra, es un enemigo de su raza, de su credo, de su idioma, de su cultura, de su idiosincrasia, de su historia. Cree a pies juntillas que ese opinador discordante sería capaz, sin titubear, de pulsar un botón para bombardear y destruir la Plaza de la Cibeles de Madrid, o la Plaza de Cataluña de Barcelona, o la Plaza del Obradoiro de Santiago, o la Playa de la Concha de San Sebastián.

Está claro que somos esclavos (y no hemos sabido liberarnos, por el momento) de una historia reciente en que la manifestación política de los nacionalismos ha sido excluyente y totalitaria. Sólo hace falta recordar las tropelías cometidas en nombre de la España Una, Grande y Libre. Pero ese período histórico se ha superado, bueno creo que debería haberse superado.

Se instrumentalizan los idiomas y las diferentes culturas que conviven en este país, y se convierten en armas arrojadizas contra ellos, contra los otros. Construimos muros (de momento, sólo mentales y dialécticos, afortunadamente) para separarnos a nosotros de ellos, y evitar así la contaminación. Parece que nos empeñemos en ignorar un hecho fundamental: un suponer, un catalán de Tárrega, ingeniero, aficionado a la filatelia y a viajar; de su cultura, de su vivencia, de su ser, comparte un trocito con los de su misma ciudad, otro trocito con los de la provincia de Lleida, otro trocito con el resto de catalanes, otro trocito con el resto de españoles, otro trocito con el resto de europeos occidentales, otro trocito con todos los habitantes del mundo, otro trocito con todos los ingenieros, otro trocito con los aficionados a la filatelia de cualquier país, otro trocito con todos los que les guste viajar.

Si algo ha conseguido la evolución de la especie humana, separada de la del resto de los animales, es esta posibilidad multidimensional que todos tenemos. Hemos aprendido que entre todos los ingenieros del mundo, los hay de muy diversas disciplinas y con diversas experiencias en sectores muy diversos. Los hay que son autoridades en la informática, mientras que para otros eso es un infierno. Los hay que construyen puentes, mientras que otros hacen funcionar máquinas o dirigen empresas. Y entre los filatélicos los hay que se especializan en un solo país, otros que prefieren coleccionar matasellos; unos buscan las novedades, mientras otros se esfuerzan en conseguir las piezas raras del pasado. Entre los viajeros, los hay que prefieren el viaje de playa y descanso en cinco estrellas (o en un modesto apartamento), y otros que prefieren el viaje de inmersión, con la mochila a cuestas. Los hay aficionados al viaje en coche, mientras otros prefieren el ferrocarril o el avión. Incluso los hay que prefieren una u otra cosa en momentos diferentes. Hay sitio para todos.

Sin embargo, a menudo parece que, para muchos, sólo haya dos formas de ser catalán: la buena, y cualquier otra, que está equivocada. Y pongo el ejemplo de un catalán, porque es lo que soy; pero sospecho que lo mismo vale para cualquier otra nacionalidad de las llamadas históricas.

En este mundo cada vez más globalizado, más integral, donde todos los días descubrimos nuevas maravillas que conocer o que aprender, el cielo nos libre de esos nacionalismos reduccionistas, que sólo entienden el o conmigo o contra mí. Que excluyen, a menudo con ira, al que no opina exactamente como ellos, al que creen insultar llamándole españolista, por ejemplo.

Y esto lo dice un catalán que domina el idioma catalán, que lo utiliza para comunicarse con otros catalanes, que lo usa en familia, que tiene más de sesenta libros en catalán (o en valenciano, o en mallorquín, por cierto) en su biblioteca personal y que lo defiende como un bien cultural que hay que preservar y evitar que languidezca.

Pero un catalán enervado por ver cómo ciertos nacionalistas se apropian para sus propios intereses (a menudo, espúreos) de lo que, también, es mío.

Tenemos que recuperar con urgencia las escalas de grises y las gamas de colores y los matices en lo que decimos y hacemos.

Yo, personalmente, estoy convencido de que hay muchas personas inteligentes y bienintencionadas que piensan muy diferente que yo en muchas cosas. Posiblemente no pueda llegar a compartir nunca algunas de sus opiniones, pero jamás pensaré que no debieran ni existir ni que debieran callar para siempre. Solamente no podría tolerar que no me permitieran pensar diferente que ellos.

Recuperemos, por favor, el arte del debate, no excluyamos ni privemos de sus derechos a los que piensan diferente que nosotros, y nunca abordemos una discusión con el único objetivo de anular al contrario, sino con la sana idea de intentar aprender de algún punto de vista diferente, y de intentar convencer del nuestro.

Tenemos urgentemente que aprender que hay muchas personas como nosotros (quiero decir inteligentes, cultos, informados, bienintencionados, no sectarios,...), que piensan diferente que nosotros en muchos temas.

El sano intercambio con animus discendi nos enriquecerá, sin duda, a todos.

JMBA

Parada en Rueda y visita a Toro


La mañana de ese miércoles de finales de Agosto salí a las ocho de la mañana de Madrid, por la carretera de La Coruña. El único compromiso del día era llegar a Zamora a media tarde, para disponer, al menos, de un par de horas para un paseo por la zona monumental de la ciudad, antes de cenar. Para el día siguiente tenía prevista una visita por la zona de los Arribes del Duero, con base en Zamora.
Centro urbano de Rueda
(JMBigas, Agosto 2011)

Había preparado una visita a Toro, en la provincia de Zamora y cerquita de la capital, para el mediodía.

Hice una parada técnica en Villacastín, donde tomé un desayuno ligero, y seguí camino. Casi había descartado desviarme en Rueda, pero el último panel anunciando La Seca me convenció, y salí de la autovía hacia esos pueblos conocidos por sus excelentes vinos blancos. Un amigo siempre me había hablado de la cooperativa de La Seca como un lugar ideal para comprar buen vino a precio económico, por lo que fui hasta el pueblo.

La Seca es un pueblo pequeñito, que me pareció más bien poco preparado para acoger al visitante. Descarté la recomendación del amigo y dirigí el coche hacia el pueblo de Rueda, muy cercano, que tiene mejores recursos en este sentido.

Sobre lo que sería la propia carretera antigua (la calle principal hoy), hay infinidad de establecimientos que ofrecen venta de vinos y productos de la tierra. En algunos de ellos se tiene una gran variedad de vinos de toda la región, incluyendo los blancos de Rueda, los tintos de Ribera del Duero y hasta los rosados de Cigales. Uno de ellos es el Bar Leonés Casa Lola, en el extremo sur del pueblo, casi frente a las bodegas de Palacio de Bornos. Un local moderno, de reciente construcción, con exposición y venta de lo mejor que da esa tierra. En la barra incluso se pueden comer raciones o montaditos de jamón ibérico cortado a mano, con una copita de Ribera del Duero, si no hay que conducir, claro. Una parada gourmet, si se desea eso.
Viñedos de uva blanca de Rueda
(JMBigas, Agosto 2011)

Hay muchos otros establecimientos con excelentes posibilidades. Es posible encontrar excelente vinos de Rueda 100% verdejo de productores prácticamente confidenciales, a precios muy muy convenientes. Yo caí en el restaurante Tejo (muy afamado en toda la zona), cerca de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. El local tiene exposición y venta de excelentes productos delicatessen; pero si uno busca comprar vino blanco de Rueda (100% verdejo), conviene dejarse aconsejar por el dueño. Me vendió finalmente unas botellas de un excelente Rueda (Emilio Gimeno, 5€), que le produce una bodega próxima a partir de la uva de los viñedos de su propiedad (más de 15ha, por lo que me contó). Me lo dio a probar, y se trata de un verdejo típico, muy bueno, sin aristas de sabor, y delicioso bebido fresquito.

La Denominación de Origen Rueda fue reconocida como tal en 1980, y desde entonces se ha potenciado el uso de la uva autóctona de la zona, la Verdejo. Sin embargo, la legislación ampara también otras tres variedades de uva blanca (Sauvignon Blanc, Viura, Palomino Fina) y, desde 2008, también cubre la producción de vinos tintos y rosados a partir de variedades tintas (básicamente tempranillo - conocida aquí como tinta del país -, pero también Cabernet Sauvignon, Merlot y Garnacha).

El blanco verdejo de Rueda se ha convertido en el blanco de cabecera en la mayoría de locales de toda España que sirven vino por copas, y tiene su espacio en las cartas de vinos de la mayoría de restaurantes.
Viñedos de Toro, en las cercanías de Valdefinjas
(JMBigas, Agosto 2011)

Por otra parte, la presencia de algunas bodegas con vocación de producir vinos de alta gama (como Belondrade y Lurton - con bodega en La Seca, cuyo excelente blanco con barrica se vende ya en el entorno de los 30€ -, u Ossian, en Nieva -Segovia-, que produce un excelente verdejo - que se vende por encima de los 20€ - a partir de cepas muy viejas - de hasta 200 años - prefiloxéricas y de pie franco) ha ennoblecido la variedad y la propia denominación.

Desde Rueda, seguí viaje hacia Toro. Un buen amigo de Valladolid me había recomendado que visitara las bodegas de Liberalia Enológica, en las afueras de Toro. Como circulaba por la carretera (no por la autovía), la localicé sin problemas entre Morales de Toro y Toro, a la derecha de la carretera, en un desvío. Recientemente el gurú internacional Robert Parker le concedió a su reserva Liberalia 5 (que ya se vende a un precio cercano a los 30€) una excelente calificación de 96 puntos, para lo que valga. Su Liberalia Cero (fermentado en barrica de roble americano, para consumir en 2-3 años) es prácticamente imposible de conseguir. Cada nueva cosecha que sale al mercado desaparece con rapidez. En la propia bodega me dijeron que estaba agotado, y luego por la tarde, en una tienda de vinos de la calle Corredera de Toro, a otro cliente le dieron la misma respuesta.

Como tuve ocasión de comentar con M. - el maître del restaurante Don Mariano de Zamora, en la cena del día siguiente - los vinos de Toro tienen mucha historia, pero eran tenidos por recios, sólidos y ásperos. La Denominación de Origen tal y como se la conoce hoy se consiguió en 1987, y hace veinticinco años no había más que un par de bodegas significativas en la zona (la cooperativa - que produce el Cermeño y el Gran Cermeño, entre otros - y Fariña - con su Colegiata y Gran Colegiata). De hecho, sólo cuatro bodegas estaban inscritas a la DO en 1987, y ninguna más lo hizo hasta tres años después. Actualmente hay en el entorno de las cincuenta y algunas producen vinos muy finos, que se codean con los mejores del mundo.
La Torre del Reloj, de Toro
(JMBigas, Agosto 2011)

Con su fuerte desarrollo en las últimas décadas, la zona ha atraído conocimiento y capital de Francia. Las operaciones más destacables fueron la compra de las Bodegas Numanthia (en Valdefinjas, que produce el excelente Numanthia y el legendario Termanthia) por el holding del lujo LVMH (Louis Vuitton - Moët - Hennessy); por su parte, el gurú de Burdeos Bernard Magrez, con su buque insignia en el Chateau Pape Clément de Péssac-Leognan, desarrolló una bodega en Morales de Toro (2003) donde produce algunos grandes vinos como el Paciencia (que se vende por encima de los 60€).

Después de pasar por Liberalia, y antes de entrar en Toro, crucé el Duero por el puente metálico, y me di una vuelta por el Sur, hacia Valdefinjas, donde las vistas de viñedos son impresionantes. La variedad reina es la Tinta de Toro, que es parecida al Tempranillo, y cuyas raíces se hunden en los primeros siglos de nuestra era, con la presencia romana.

Desde esa zona se tienen unas vistas espectaculares de la ciudad de Toro. Dado que la zona noble de la ciudad (la Colegiata, el Alcázar) se alzan más de 100 metros por encima de la vega del Duero circundante, la ciudad es muy visible y singular.
Ayuntamiento de Toro, sitiado por el escenario de
los conciertos de las fiestas
(JMBigas, Agosto 2011)

A finales de Agosto, Toro estaba en fiestas. Esto significa que la circulación estaba cortada en todo el centro. Tras dar algunas vueltas de reconocimiento, conseguí aparcar en la Plaza de Santa Marina, justo en la periferia de la almendra central. Desde allí se cruza la Puerta del Mercado donde está la famosa Torre del Reloj, construida en el siglo XVIII. La leyenda dice que para su argamasa se utilizó vino en lugar de agua, ya que resultaba más económico utilizar el vino disponible en grandes cantidades en las bodegas de la ciudad, que subir el agua desde el Duero.

La calle de la Puerta del Mercado conduce rápidamente a la plaza Mayor donde, por supuesto, está el Ayuntamiento. Aunque esos días se encontraba sitiado por el escenario preparado para los conciertos de las fiestas.

Los múltiples bares bajo los porches de la Plaza Mayor y alrededores estaban atestados por la multitud en fiestas. Conseguir espacio para comer algo parecía misión imposible. Tuve que tomar una decisión salomónica, y busqué un restaurante con terraza donde poder comer atendido en una mesa como mandan los cánones. Un poco más cerca de la Torre del Reloj localicé el Restaurante Castilla, cuya terraza a esa hora (serían las dos de la tarde) estaba casi desierta. Me apreté un más que correcto almuerzo, regado con media botella de Cermeño.
El Puente de Piedra cruza el río Duero, junto a Toro
(JMBigas, Agosto 2011)

Para digerir la comida, me di un amplio paseo por la ciudad. Siguiendo más allá de la plaza Mayor, se llega a la explanada de la Colegiata de Santa María la Mayor, seguramente la imagen más conocida de Toro. Tanto la Colegiata como el vecino Alcázar se asoman al vacío de más de 100 metros, hacia la vega del Duero.

Desde el Alcázar volví hacia el centro y seguí más allá de la Plaza de Santa Marina por la calle Corredera, que termina en la Puerta Corredera. En la calle Corredera localicé una tienda de vinos asaz rústica (Bodega Velasco), que incluía a dos opinadores o críticos taurinos sentados de forma improvisada y bebiendo algo. Pero el lugar tiene una buena variedad de vinos de Toro (incluyendo los muy recomendados de producción propia), así como otros deliciosos productos de la zona, como quesos y embutidos; además, su horario de apertura es amplio. Al final del paseo volví por allí para comprar alguna cosita.
Cubierta de la Colegiata de Toro
(JMBigas, Agosto 2011)

En arco hacia el oeste, llegué a la zona del Monasterio de Santa Sofía, y a las cercanías del Monasterio del Sancti Spiritus, y a otro mirador sobre la vega del Duero.

Desde allí volví hacia la Plaza Mayor y la Plaza de Santa Marina, recuperé mi coche y seguí camino hacia Zamora, a poco más de 30km. de distancia. Llegué pasadas las seis de la tarde, y hacia las siete emprendí mi paseo por Zamora al atardecer.

Tenéis acceso a una galería de 50 fotografías de Rueda y Toro y sus respectivos entornos vinícolas, pinchando en la foto de la Colegiata.

Parada en Rueda y visita a Toro



JMBA

sábado, 3 de septiembre de 2011

Excursión (sólo tentativa) a los Arribes del Duero

El Parque Natural de Arribes del Duero es un espacio natural protegido, que cubre una franja fronteriza con Portugal, en el suroeste de la provincia de Zamora y en el noroeste de la de Salamanca. El Parque cubre un total de 106.105 hectáreas y 37 municipios de las dos provincias. La zona portuguesa tiene una protección parecida, en el llamado Parque Natural del Duero Internacional.
Presa de Aldeadávila, desde el Mirador del Fraile
(JMBigas, Agosto 2011)

El principal atractivo de la zona es que el Duero (y otros ríos afluentes, como el Tormes) avanzan en cañones profundos, producidos por la erosión. Las riberas del río son laderas casi verticales en muchos puntos, llegando a alcanzar en algunos lugares los 400m. de altura. En todo el ámbito del Parque, el río Duero actúa de frontera natural entre España y Portugal.

Para un visitante ocasional, la problemática que este tipo de orografía le plantea es qué ver y desde dónde verlo. Con otro tipo de paisajes, estas dos preguntas básicas tienen respuestas bastante evidentes, pero ese no es el caso en los Arribes del Duero. A este efecto inevitable le debemos añadir la realidad de que, turísticamente hablando, la zona está muy poco desarrollada, y la señalización es escasa, a menudo confusa y algunas veces inexistente.

Creo que sería una iniciativa a la que coronaría el éxito si hubiera algún emprendedor (público o privado) que escogiera el enclave más adecuado de la zona, y creara un Mirador con infraestructuras adecuadas para el visitante, incluso para las personas con movilidad reducida. Si se pudiera llegar al Mirador en coche, o aparcar el coche en algún lugar acondicionado y acabar de llegar tras un breve paseo, se podría cobrar una entrada que contribuiría a financiar las obras necesarias y la atención del lugar. Un bar restaurante y una tienda de recuerdos completaría el enclave.

Sin embargo, por lo que yo conozco, este tipo de infraestructura no existe en la actualidad.

En estas condiciones, la mejor forma de visitar el Parque sería desde el aire (avioneta o helicóptero), pero este es un medio muy minoritario (por sus elevados costes).

Otra alternativa es visitarlo desde el propio río, mediante la navegación por algún tramo. Hace más de diez años tuve ocasión de realizar un crucero por el Douro portugués, desde Porto hasta Pinhão, cruzando varias esclusas para salvar los desniveles y varias presas del recorrido. La vuelta a Porto se hacía en tren, y la excursión tomaba el día entero. El viaje por el río discurría entre laderas de viñedos y resultó muy atractivo. El paso por las esclusas, además, muy instructivo.
Rebaño de ovejas esquivando mi coche parado,
camino de Fermoselle
(JMBigas, Agosto 2011)

Por lo que sé, la única oferta que existe de navegación por el Duero en la zona de los Arribes es desde la llamada Playa del Rostro, en el municipio de Corporario, cercano a Aldeadávila de la Ribera (Salamanca). El trayecto es de ida y vuelta hasta la Presa de Aldeadávila (total de 22Km y una hora y media de recorrido). Puede ser una opción a tener en cuenta para una siguiente visita.

La tercera posibilidad, lógicamente, es verlo desde tierra. Aquí el problema es la orografía, ya que el cañón por el que circula el río sólo puede verse desde algún punto de las laderas, que resultan a menudo muy difícilmente accesibles. Para acceder a algún mirador que merezca la pena, hay que contar con realizar rutas de senderismo de cierta consideración (especialmente por las fuertes pendientes). O, alternativamente, utilizar alguna de las infraestructuras existentes, especialmente la presa de Aldeadávila.

Os voy a contar mi experiencia personal por los Arribes, un jueves de finales de Agosto.

* * *

Con base en Zamora, mi idea era dedicar la mañana a una visita-descubrimiento de los Arribes del Duero. Pensaba luego visitar Bragança en Portugal, que está a poco más de 100km. de Zamora capital. Aprovechando la diferencia horaria, contaba llegar a Bragança con tiempo para un almoço portugués.

El Parque se extiende por dos provincias. Por ello, existen dos Casas del Parque. Una está en el Convento de San Francisco, en Fermoselle (Zamora), y la otra está en el Torreón de Sobradillo (Salamanca). Como partía de Zamora, mi primer destino lo fijé en la Casa del Parque de Fermoselle, para informarme de las mejores opciones disponibles.

La distancia desde Zamora a Fermoselle es de algo más de 60 kilómetros, siguiendo básicamente la carretera CL-527, una carretera de grandes rectas, rodeada de campos y fincas de ganado, en una gran llanura.
Entrada a la Casa del Parque, en el Convento de
San Francisco de Fermoselle (Zamora)
(JMBigas, Agosto 2011)

Muy cerca de Fermoselle, vi una desviación donde indicaba un mirador con vistas, en dirección a Fornillos de Fermoselle y Pinilla de Fermoselle. Fui primero a Fornillos, un pueblecito muy pequeño. Ni en el camino ni en el pueblo pude ver ninguna señalización complementaria del susodicho mirador. Consulté el mapa, y vi que era más probable que el Mirador estuviera en Pinilla, más cercano al Duero.

Me dirigí a Pinilla de Fermoselle, unos pocos kilómetros, y de nuevo ausencia absoluta de señalización respecto al presunto mirador. De hecho, desde el pueblo ni siquiera se ve el Duero, por la especial orografía de la zona. Intuí que llegar al mirador podía suponer una cierta caminata, para la que ni por vocación ni por equipamiento estaba yo preparado esa mañana.

Por lo que seguí camino hacia Fermoselle. En esa carretera secundaria tuve que cederle el paso a un rebaño de ovejas, que es uno de esos placeres inesperados que a veces te brinda el campo.

A la entrada de Fermoselle paré en un parquecito (donde está el Monumento al Emigrante, la escultura de un hombre con una maleta en la mano y la chaqueta al hombro), que estaba indicado como punto de información turística. Allí, en algún panel, confirmé que la Casa del Parque se encuentra en el Convento de San Francisco, y la jardinera que atendía el lugar, ante mi pregunta, me indicó que podía ir por arriba o por abajo, que estaba señalizada la Casa del Parque en ambas direcciones.

Pero, claro, el problema es que Fermoselle es un pueblo de grandes pendientes y calles estrechas. Seguí cadenas de indicadores hacia la Casa del Parque que me acababan conduciendo a lugares por los que ya no me atrevía a seguir, ni tenía dónde dejar el coche. Acabé en la carretera que sigue de Fermoselle hacia Portugal (Bemposta). Desde allí tuve la primera visión del Duero.
Monumento al Emigrante, en Fermoselle
(JMBigas, Agosto 2011)

Entrando a Fermoselle como si viniera de Portugal, la señalización hacia la Casa del Parque era más clara, la distancia era menor, y conseguí llegar ante el Convento de San Francisco, y aparcar el coche en una de la media docena de improvisadas plazas de aparcamiento disponibles.

Me atendió un chico muy amable, al que le planteé mis requerimientos para ese día: conseguir acceder a algún mirador de los Arribes, que no requiriese una caminata para llegar a él. Allí cometí el error de no grabar sus detalladas explicaciones, confiando que la señalización me ayudaría luego a alcanzar los lugares de que me habló. Me comentó algunos de los lugares disponibles en diversos pueblos de la provincia de Zamora (incluyendo Pinilla de Fermoselle, donde ya había estado, y ese día no pensaba volver).

La mejor recomendación que me dio fue la de tantear en la zona salmantina, donde los pueblos son más grandes y tienen más recursos. Porque en la provincia de Zamora, me dijo, no podría comer más que en Fermoselle o en Miranda (do Douro). Me habló de Villarino de los Aires (no recuerdo los detalles), de Pereña de la Ribera, donde había una ermita y, antes de llegar a ella, se desviaba un sendero que llevaba a un mirador. Me habló de Aldeadávila de la Ribera, con su embalse y presa. Y me dio un pequeño mapa de la zona.

Visité el servicio y, al salir, empecé a merodear un poco por la Casa, pero el chico me advirtió que la visita me costaría un euro, a lo que renuncié. Salí de allí con muchas indicaciones que ya no recordaba bien, y con el mapita. Como lo de la ermita me parecía prometedor, me dirigí hacia Pereña de la Ribera, ya en la provincia de Salamanca.
Ermita de Nuestra Señora del Castillo, en
Pereña de la Ribera (Salamanca)
(JMBigas, Agosto 2011)

Pereña es otro pueblecito de reducidas dimensiones y de calles estrechas, que tuve que atravesar para llegar a la pista o carretera que conduce a la Ermita de Nuestra Señora del Castillo, a varios kilómetros del núcleo del pueblo.

A unos cientos de metros de llegar a la ermita vi una indicación, a la izquierda, de un sendero para seguir a pie. Pero nada se indicaba en el panel de un mirador, ni de distancias, y además era muy complicado aparcar el coche por ahí. No podía aventurarme a iniciar una caminata, sin tener clara la distancia, y si podría recorrerla con mi calzado apto para andar pero no para trepar. Seguí camino hasta la ermita, un enclave muy sugerente con una extensión prácticamente llana y arbolada. En fechas señaladas, seguramente se realizará alguna procesión o romería en ese lugar, o encuentros de algún tipo, porque el entorno invita a ello.

Las vistas desde la zona de la ermita eran estupendas, pero no había ningún río, por supuesto no el Duero, en el horizonte. Sobre el mapa, el Duero discurre muy cercano, pero la orografía de los Arribes no me permitía verlo desde ahí.

Seguí camino hacia Aldeadávila de la Ribera, un pueblo más grande, en cuyo centro destaca un reciente Monumento al Cabrero. Tuve suerte, pues llegué allí que eran ya las dos menos cuarto de la tarde, y la Oficina Municipal de turismo (frente al Monumento al Cabrero) todavía estaba abierta hasta las dos. En el interior había una exposición (no sé si permanente) muy curiosa de esculturas realizadas con piezas desechadas de automóvil. Un hombre muy amable me indicó (con un nuevo plano, esta vez del municipio) el Mirador del Fraile como la respuesta a mis súplicas: un mirador del Duero (básicamente de la Presa y Embalse de Aldeadávila) al que se podía acceder en automóvil. Otro mirador (el Picón de Felipe) requería de una pequeña caminata. Y también me indicó (a mí y a otros tres o cuatro visitantes de la Oficina con las mismas inquietudes que yo) el acceso al poblado de la central (de Iberdrola), y la posibilidad de acceder (por unas curvas sinuosas) hasta otro mirador en lo alto de la ladera.

Ya empezaba a tener hambre, pero decidí ir a visitar los miradores lo primero. Desde el pueblo sale una carretera que se bifurca un poco más adelante. Hacia la derecha se llega al Mirador del Fraile (frente a una verja cerrada de Iberdrola; no olvidemos que el Iber del nombre procede de la antigua Iberduero), y por la izquierda se llega al poblado construido para los trabajadores de la central. Desde el pequeño Mirador del Fraile, al que fui primero, las vistas sobre el embalse, la presa y el río son impresionantes.
Mirador-balcón, junto al Centro de Control de la
Central de Aldeadávila
(JMBigas, Agosto 2011)

Fui luego al poblado (sin mayor interés). El acceso (por un túnel) a las cercanías de la presa está prohibido por Iberdrola a los visitantes. Pero hacia la derecha se puede acceder a una carreterita muy sinuosa y empinada (con varias curvas globales, de las de 180º), desde la que se tienen algunas buenas vistas del Duero. Al final de la carretera se llega al Centro de Control de la central, donde hay un aparcamiento (que estaba rigurosamente vacío cuando llegué), para una veintena de coches. Desde el aparcamiento se tienen ya buenas vistas, hacia abajo, del río, y un breve paseo permite llegar hasta un mirador-balcón desde el que se domina la presa. El hambre ya me atormentaba (eran más de las tres de la tarde) y ni siquiera llegué al balconcito, sino que emprendí la laboriosa vuelta al pueblo de Aldeadávila de la Ribera.

Llegué al pueblo no mucho antes de las cuatro. Afortunadamente, estaba en fiestas y localicé un bar (llamado El Paraíso) con una oferta conveniente de cositas para comer en la barra, que me compensó por la tardanza.
Ermita y Crucero del Santo Cristo del Humilladero,
en Aldeadávila de la Ribera (Salamanca)
(JMBigas, Agosto 2011)

Cuando salía de comer, ya pasaba de las cuatro y media. El plan de Bragança debía desestimarlo. Desde allí tenía casi dos horas y media de ruta, y llegar a una población que no conoces casi, a las siete de la tarde, teniendo que ir a tu hotel a más de 100km. de distancia de allí parece un plan muy poco práctico. En Bragança sólo he estado una vez y de noche. Cenando en Macedo de Cavaleiros un amigo y yo, trabamos relación con un grupito de representantes de pinturas, que se empeñaron en invitarnos a tomar una copa. Nos invitaron a algo en el propio Macedo, y luego nos llevaron hasta Bragança (unos 40km) a un garito innombrable donde nos dejaron un pufo en caja. Un recuerdo ingrato que no se puede lavar de prisa y corriendo.

Decidí sobre la marcha ir a Miranda do Douro en su lugar, mucho más cercano. Quería comprar alguna botellita de vino portugués, y Miranda me podría resolver el tema. El trayecto me dio la oportunidad de cruzar la presa del Embalse de Almendra (en la frontera entre Zamora y Salamanca). Este embalse (el tercero más grande de España) es como un mar (8.650 hectáreas y capacidad máxima de 2.648 hectómetros cúbicos), y la propia presa es impresionante (202 metros de altura, y 567 metros de longitud de coronación). Desde el sur se accede por la carretera SA-315, y al terminar la presa se entra en la Provincia de Zamora, y la carretera se convierte en la ZA-334. En medio hay zonas preparadas para estacionar los vehículos y poder disfrutar de las impresionantes vistas del embalse y la presa, y del Tormes enano, abajo de la presa.
Presa de Almendra, en la frontera entre las provincias
de Zamora y de Salamanca, cerca de Villarino de los Aires
(JMBigas, Agosto 2011)

Llegué finalmente a Miranda do Douro. Allí se entra en Portugal por la carretera que discurre sobre la Presa (Barragem) de Miranda, y se sube luego hasta el pueblo. Había cruzado ya una vez esa frontera, cuando todavía existían aduanas, y viví ahí una anécdota curiosa. La circulación era muy escasa, pero había que pararse en la frontera, y atender a las preguntas del aduanero de turno. El que había ese día se entretuvo con el coche que llevábamos delante, ignoro los motivos. Detrás venía un coche portugués que se impacientó, e hizo sonar el cláxon. El aduanero se paró y, mirando al coche de atrás, levantó los brazos y con toda la cachaza de la media siesta le espetó: ¡Tinha calma!.

Miranda do Douro es la típica población fronteriza que, en buena parte, vive de vender lo que los del otro lado pueden tener interés en venir a comprar aquí. En este caso, había bastantes españoles comprando productos textiles de diverso tipo. Le pregunté a un hombre mayor dónde podía comprar alguna garrafa (botella) de vinho, e intentó convencerme de que no lo encontraría en Miranda, y que debía ir hasta Sendim (a unos 20km, dirección a Mogadouro). Afortunadamente, no le hice caso, pero el hombre casi tenía razón. Finalmente localicé una tienda de ultramarinos que tenía algunas botellas de vino a la venta, suficiente para lo que yo quería.

Bajando ya hacia la presa y España, hay un aparcamiento grande (para turismos y autobuses), y vi allí una tienda de venta de productos regionales, y le hice una visita. Tenía un pequeño muestrario de vinos y poca cosa más, y el hombre que (presuntamente) atendía la tienda no me prestó la menor atención, manifestando el máximo de los desprecios a iniciar cualquier tipo de transacción comercial. En fin, viajar es aprender.
Miranda do Douro, desde la bajada del castillo
(JMBigas, Agosto 2011)

Volví a Zamora, donde tenía el hotel, pasadas las ocho de la tarde, y con hambre canina (el tentempié del Paraíso ya andaba por los pies). Pregunté en el hotel por un asador para comer carnes a la brasa, y me indicaron el de Don Mariano, en la próxima Avenida de Portugal, a unos cientos de metros del hotel. Llegaba allí a las ocho y media, con ganas de cenar, pero el restaurante no abría hasta las nueve (fui víctima de los desgarbados horarios españoles). Afortunadamente pude esperar en la barra del bar, leyendo la prensa local, y tomando una copita de vino de Rueda.

El maître (al que llamaré M.), muy cortés, me informó de que las noches que preveían poca afluencia no encendían las brasas, y que si quería carne sería a la parrilla, excelente eso sí. Pedí un poco de jamón y solomillo de ternera de Aliste (soberbio), con un recio vino de Toro. Estuve charlando un buen rato con M., sobre jamones y vinos, aprovechando que no había mucho trabajo esa noche. De hecho, en todo el tiempo que estuve allí, solamente se ocupó otra mesa con una familia de portugueses, que vendrían huyendo de las noticias de que en Portugal el Gobierno se estaba planteando la introducción de un nuevo impuesto a los más ricos.

Salí de allí satisfecho, y me retiré a mis aposentos del hotel, a descansar.

El día siguiente me esperaba un interesante recorrido hasta Gijón, que ya he contado.

En resumen, saqué la conclusión de que a los Arribes del Duero le faltan un par de hervores (en forma de mejor y más completa señalización y nuevas infraestructuras) para convertirse en una atracción turística de primer nivel, como se merece.

Tenéis acceso a una galería fotográfica de 41 imágenes de todo el recorrido, a la que podéis acceder pinchando en la foto de la presa de Aldeadávila.

Excursión (sólo tentativa) a los Arribes del Duero


JMBA

jueves, 1 de septiembre de 2011

Paseo por Zamora al atardecer

Llegué al hotel de Zamora ese miércoles pasada la media tarde. Había reservado una habitación en el Zenit Dos Infantas (un cuatro estrellas ligeramente sobrevalorado, aunque con precios extremadamente atractivos, al menos en esos días finales de Agosto), fantásticamente ubicado en la calle Cortinas de San Miguel, en el trocito semipeatonal que desemboca en la calle Santa Clara, la principal arteria comercial del centro de Zamora. De hecho, sólo pueden acceder a ese tramo los usuarios de dos garages particulares que hay (por cierto, que uno de ellos tras la puerta de la calle tiene un ascensor y no una rampa) y los clientes del hotel (durante unos minutos).
La Catedral de Zamora (la inalcanzable)
(JMBigas, Agosto 2011)

El hotel tiene aparcamiento propio (con ascensor directo a las habitaciones y a recepción), pero el acceso es por la calle de atrás, lo que te obliga a parar enfrente primero para que te lo cuenten, y dar luego toda la vuelta a la manzana, hasta una rotonda relativamente alejada para no violar una prohibición de giro a la izquierda. El caballero de la recepción me asignó un número de plaza en la planta -2 del aparcamiento, aparte de indicarme el itinerario.

Una vez tomado el control de mis nuevas posesiones temporales (incluido un minibar con agua y refrescos sin cargo extra, cosa muy de agradecer), serían más de las siete y media. Había salido de Madrid por la mañana, con parada en Rueda y visita a Toro (de las que ya os contaré detalles en otra ocasión), por lo que estaba ya algo fatigado. Pero pregunté en recepción por la ciudad (en la que nunca antes había estado), y me dieron un pequeño mapa del centro y me contaron que junto al hotel empezaba la zona peatonal de la calle Santa Clara y sus continuaciones, hasta la Catedral y el Castillo.

Parecía una ruta interesante de hacer y me puse inmediatamente a ello. El hotel se encuentra a una manzana de la Avenida de Portugal (la Plaza de la Farola y el Parque de la Marina Española), una arteria principal para el tránsito rodado. Pero todo el eje monumental que empieza allí en la calle Santa Clara es prácticamente peatonal. Y buena parte de ella forma parte de la Ruta Románica de la ciudad de Zamora.
Escultura de Mujer jugando con su hijo, cerca de
la calle Santa Clara, en Zamora
(JMBigas, Agosto 2011)

La calle Santa Clara empieza siendo una arteria comercial peatonal más o menos convencional. A uno y otro lado se suceden diversas plazas y plazoletas (como la de Castilla y León, también conocida como la Nueva Plaza de Hacienda, o la del Maestro Haedo). Sorprende al principio lo bien cuidadas que se ven todas las fachadas (muchas parecen recién pintadas) y los edificios monumentales que salpican el recorrido uno se los imagina con los andamios hasta hace unos días, de lo limpios que aparentan estar. Supongo que el clima de Zamora ayudará a mantenerlos así.

Antes de llegar a la Plaza Mayor, llaman la atención la Iglesia de Santiago del Burgo y el llamado Palacio de los Momos. La calle de Santa Clara confluye con la de San Torcuato (con alguna circulación puntual de vehículos) y durante un tramo pasa a llamarse calle Renova.

En la Plaza Mayor (como en la mayoría de pueblos y ciudades de España), está el edificio del Ayuntamiento (con sus banderas de rigor), y la sede de la Policía Local, que acostumbra a tener aparcado alguno de sus vehículos en el centro de la plaza.

Sorprende la Iglesia de San Juan Bautista de Puerta Nueva, que tiene junto a su fachada principal una escultura que representa a dos de los típicos penitentes de la muy famosa Semana Santa zamorana. Al verla, pensé que ya había llegado a la Catedral, que un ratito largo ya había andado, pero no. Le da la sensación al paseante de que alguien malintencionado está tirando de la Catedral para irla alejando a medida que nosotros avanzamos por el eje monumental.

De la Plaza Mayor, perpendicular al eje, parte la calle Balborraz, de muy pronunciada pendiente hacia abajo, con escalones en la calzada.
Escultura de dos penitentes, frente a la Iglesia de
San Juan Bautista (de Puerta Nueva).
(JMBigas, Agosto 2011)

Pasada la Plaza Mayor, el eje pasa a llamarse Calle Ramos Carrión. Allí está el Teatro Ramos Carrión, actualmente en fase de restauración (secuestrado por vallas y andamios, esos grandes enemigos del turista fotógrafo).

Llegando a la Plaza Viriato (en uno de cuyos laterales está la estatua dedicada a Viriato, que podéis ver aquí), a la izquierda hay una plaza bastante profunda (que termina en un mirador sobre el Duero) que se llama Claudio Moyano. En ella está el Parador de Zamora (Parador de los Condes de Alba de Aliste), instalado en un antiguo palacio. Junto al mirador hay también una pequeña iglesia, la de San Cipriano.

Siguiendo adelante, la calle se convierte primero en la Rúa de los Francos y luego en la Rúa de los Notarios, dos arterias peatonales pero muy escasamente comerciales (hay alguna cafetería con terraza en alguna de las plazoletas laterales). Mención especial merece la plaza y Parque de San Martín (a la derecha del eje en dirección a la Catedral), que dispone de una gran área de juegos infantiles y de un mirador sobre la ciudad, que el Sol poniente del atardecer hace especialmente atractiva.

Cuando uno anda por la Rúa de los Notarios (mirando con cierto estupor algunas fachadas maravillosas de edificios residenciales), ya le ha vencido la desesperación. Llevaba ya más de una hora andando, y no veía trazas de la Catedral. Yo estaba convencido de que el hombre de la recepción del hotel 
y el mapa que me había dado eran parte de una conspiración para hacerme luz de gas, sugiriendo una catedral que sólo existía en su imaginación. Me consolaba el hecho de ver que no era el único alucinado (muchos peatones seguían la misma dirección que yo).
Cigüeña sobre las torretas de la cubierta de la
Catedral de Zamora
(JMBigas, Agosto 2011)

Finalmente llegué frente a la Catedral de Zamora. Durante todo el trayecto había visto alguna cigüeña posada sobre un campanario, incluso algún nido. Pero sobre la Catedral, eso era la apoteosis. Habría no menos de veinte o treinta cigüeñas sobre las torres y las cúpulas, y varios nidos. Algunas arrancaban el vuelo de repente, y otras venían a posarse de nuevo allí.





En ese miércoles de Agosto, en la explanada frente a la Catedral, estaban preparando lo necesario para celebrar esa noche un concierto. Dos chavales descargaban de un camión torres de sillas de plástico apilables, y con una habilidad remarcable las iban disponiendo, a toda velocidad, en filas de cara al escenario, en el que ya realizaban pruebas de sonido.
El Duero y el Puente de Piedra, desde el mirador junto
 a la Puerta del Obispo de la muralla de Zamora
(JMBigas, Agosto 2011)

A la derecha de la Catedral, se pueden cruzar los jardines del Castillo, y llegar al Castillo propiamente dicho. El que resultó inexpugnable (resistió un sitio de siete meses de duración) al asalto del Rey Don Sancho de Castilla en el 1.072, que quería conquistar Zamora, en manos de Doña Urraca desde la muerte del Rey Fernando. Pero Don Sancho fue asesinado a traición por Bellido Dolfos (según cuenta alguna historia) y eso propició la unión de Castilla y de León en manos de Alfonso VI, tras el juramento de Santa Gadea en Burgos (en el que juró no haber participado en el asesinato de su hermano Don Sancho), que le exigió El Cid Campeador para reconocerle como su Rey.


Para mí el Castillo no llegó a resultar inexpugnable, pues ni intenté sitiarlo. Se me echaba encima la puesta de Sol y venía ya fatigado de patearme la ciudad de Toro a primera hora de la tarde, por lo que lo dejé para mi próxima visita a Zamora, que ya tendrá así una buena justificación (más).   


La fachada principal de la Catedral está dispuesta de frente a la muralla de Zamora. Junto a ella, por la Puerta del Obispo (también conocida como Puerta de Olivares o incluso Puerta Óptima), se accede a una especie de mirador, desde el que se tienen muy buenas vistas del Duero y del Puente de Piedra, y hay un camino para bajar hasta su nivel, unas decenas de metros por debajo de la Catedral o del Castillo.

De vuelta hacia el hotel, ya se me hizo de noche. Como había disfrutado de un almuerzo abundante en Toro, no tenía hambre para una cena formal. Tomé algo en la cafetería del hotel, y a dormir.

Muy satisfecho de ese paseo por el eje monumental de Zamora, al atardecer. Con el Castillo como asignatura pendiente para una próxima visita. Que no se conquistó Zamora en una hora (ni en dos, que fue lo que duró mi paseo).

Tenéis accesible una colección de 52 fotografías (cada una con su título correspondiente), pinchando en la foto de la cigüeña. Si alguien de Zamora, o que conozca bien la ciudad, identifica algún error, le agradeceré que me informe, para poder corregirlo.

Paseo por Zamora al atardecer


El día siguiente lo dediqué a visitar los Arribes del Duero.

Pero esa ya es otra historia.

JMBA


PD. (2/9/11) De acuerdo a las amables indicaciones de mi buen amigo Seve (y de un zamorano, a través de Paperblog), he corregido algunos errores y he subsanado algún olvido de la primera versión.