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sábado, 12 de marzo de 2011

Yo Sí que Hice la Mili...

Ya he comentado en algún otro artículo (Seat 600, 23-F) algunos detalles de la mili que me tocó vivir hace treinta años.Pero como estos días se celebra el décimo aniversario de su desaparición legal, ha llegado el momento de un relato más completo (¡¡¡Tararííííí, la Mili!!!).


De recluta en el CIR nº 9, en San Clemente
Sasebas (Gerona)
(Estudio Fotográfico Cañavate)
Cuando me tocaba ir al Servicio Militar (popularmente siempre se lo conoció como la Mili) yo estaba estudiando la carrera de Ingeniería Industrial en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona. Lógicamente, pedí alguna prórroga (un retraso en la incorporación a filas, alegando que no me convenía interrumpir la carrera). De todas formas estaba al quite del resultado de los diferentes sorteos, para intentar aprovechar la mejor ocasión.

Los sorteos consistían en la distribución por la suerte de todos los quintos de reemplazo (los mozos que debían incorporarse a filas ese año), por todas las Regiones Militares de España. Como resultado del sorteo sólo se sabía el Campamento al que había que ir a servir los primeros meses de la mili. Pero el destino posterior para la mayor parte del servicio sólo se conocía después de la Jura de Bandera, que representaba el final de la breve etapa en el Campamento. Sólo una cosa era cierta: que el destino final iba a estar en la misma Región Militar que el Campamento. Si te tocaba Cádiz (Camposoto), el destino podía ser Ceuta, por ejemplo, que era uno de los cocos. Así le tocó, por ejemplo, a mi hermano unos años antes.

En Junio de 1979 aprobé la última asignatura, y empecé a realizar el Proyecto de Final de Carrera, en la Cátedra de Métodos Informáticos de la misma Escuela. Mi idea era terminarlo, presentarlo, e incorporarme a filas con el reemplazo de 1980. Pero en el sorteo de 1979 (para el que tenía una prórroga válida) me tocó Gerona (CIR nº 9 en San Clemente Sasebas o Sant Climent Sescebes), lo que significaba que podría realizar toda la mili en la misma región en que yo vivía. Decidí renunciar a la prórroga, dejar el Proyecto a medio hacer (con idea de terminarlo y presentarlo a la vuelta) e incorporarme a filas en Octubre de 1979.

Previamente, había renunciado a las Milicias Universitarias, que eran una forma mejor de compatibilizar la mili con los estudios, ya que se realizaba en varios tramos. Daba la oportunidad de realizar las prácticas como oficial (alférez) o suboficial (sargento), una vez superada la fase inicial de aprendizaje y el período de Academia. Pero para ingresar había que realizar unas pruebas físicas que siempre me aterrorizaron (mis capacidades físico-deportivas nunca fueron para tirar cohetes) por lo que opté por ir a la llamada mili normal.

Me incorporé, pues, al CIR nº 9 (Campamento de Instrucción de Reclutas) de Gerona, a la Octava Compañía (me suena remotamente el soniquete de la canción de la misma, Porque en la Octava reina siempre la alegría...). Pasaron los dos meses de instrucción sin demasiada pena ni demasiada gloria. Con gimnasia, instrucción militar, prácticas de tiro,... Al final llegó la Jura de Bandera (con la asistencia de todas las familias) y luego la fijación de destino.
La Octava (Compañía) del CIR nº 9, posiblemente en
Noviembre de 1979. Yo estoy a media altura, a la derecha,
con la cara en sombra
(Estudio Fotográfico Cañavate)

Volví a tener suerte. Me podía haber tocado ir a tropas de montaña, o de artillería a lomo, que hubieran resultado, con seguridad, pruebas bastante más serias que las que me tocó afrontar en el Regimiento de Artillería Antiaérea Nº 72. Su acuartelamiento principal estaba en la misma Barcelona (en Torras y Bages, un cuartel grande que ya no existe) y tenía otros destacamentos más pequeños, incluso alguno, me parece, por Zaragoza.

La primera noche la pasamos todos en el cuartel de Torras y Bages, donde nos tocó sufrir las novatadas de los veteranos, Jurar la Bomba, y cosas así. Prefiero no entrar en detalles aquí, pero sí destacar que fueron las únicas novatadas (las de esa noche) que sufrí en toda la mili. A mí me tocó ir a un pequeño cuartel del Regimiento en Gavá (a unos veinte o veinticinco kilómetros de Barcelona, muy cerca de Castelldefels y del mar), llamado Can Torelló (que tampoco existe ya). Allí había tres Baterías (el equivalente a la Compañía, pero de Artillería), la Primera, la Segunda y la Plana Mayor, y al mando del cuartel había un Teniente Coronel. La Segunda Batería fue la mía para el resto de la mili.

El cuartel, que formaba parte de la llamada DOT (Defensa Operativa del Territorio) era pequeño y lo más alejado que se pueda imaginar del ardor guerrero. De hecho, aterrizaron durante mi estancia algunos oficiales y algunos sargentos que buscaban emociones fuertes, y que tuvieron que pedir pronto el traslado a otros destinos más arriesgados. Por otra parte había algún brigada, algún subteniente, e incluso algún teniente, que estaban aconejados en ese cuartel alejado de cualquier peligro, para esperar su retiro sin muchas inquietudes.

En total, no creo que hubiera más de 300 soldados en el cuartel. Pero había siete puestos de guardia durante el día, y otros 3 adicionales por la noche. Como la guardia requería tres turnos, cada día entraban (entre Guardia y Refuerzo) hasta 30 soldados. Por lo que, en la práctica, casi lo único que se hacía en ese cuartel era chupar garita.

Como yo tenía estudios, conseguí un destino en la oficina de la Jefatura de Armamento y Material, lo que me rebajaba de todos los servicios durante el día. Por lo tanto, de soldado raso, no pillé una sola Guardia de 24 horas, pero, eso sí, una infinidad de Refuerzos (es decir, Guardias sólo por la noche). El trabajo que había que hacer en esa oficina era muy cercano a la nada. Una vez al mes había que copiar el inventario de armamento del mes anterior (en la época anterior a los ordenadores, esto significaba escribir a máquina el informe, copiándolo del enviado el mes anterior). De vez en cuando, había que tramitar alguna Licencia de Armas, y poco más. Por lo que, técnicamente hablando, se trataba de un escaqueo casi perfecto. Los destinados allí nos hicimos con un transistor y una batería gigante que duró toda la mili, por lo que la estancia en la oficina era más bien tranquila y apacible.

Como chupar garita nunca fue santo de mi devoción (y mucho menos en algunas noches muy frías, en que por encima de todo el vestuario nos echábamos por encima dos mantas-poncho -es decir, mantas con un agujero para poder pasar la cabeza- y seguíamos tiritando) aproveché la ocasión de apuntarme al curso de Cabo y luego al de Cabo Primero, graduación con la que me licencié un poco más de un año después de haberme incorporado a filas.

Como yo vivía en Barcelona y tenía mi familia allí, se me concedió un pase pernocta, que me permitía ir a dormir a casa siempre que no tuviera servicio. En la práctica, significaba que tres o cuatro días por semana me podía ir a casa a media tarde, y volver al cuartel a la mañana siguiente.

Yo por entonces manejaba un Seat 600 amarillo, con el que habíamos aprendido a conducir los tres hermanos, pero que ya era para mi uso exclusivo, pues tanto mi hermana como mi hermano ya disponían de otro vehículo para su uso. Para la pernocta, me prestó un servicio impagable. Recuerdo que, muchos días, venían conmigo en el 600 algunos compañeros en mi misma situación. Me acuerdo especialmente de Antonio, un chaval de Montcada y Reixach con el que nunca hubiera establecido relación si no fuera por nuestro común destino durante esos meses.

También había dos hermanos gemelos que vivían en el pueblo de Gavá (a un par de kilómetros del Cuartel) y que habían ido voluntarios, por lo que eran unos años más jóvenes que yo. Alguna tarde estuvimos en su casa, y allí aprendí los rudimentos de piano que conozco (casi nada) que me permiten tocar las primeras notas de El Golpe y poca cosa más.

Los días, las semanas y los meses transcurrían prácticamente sin ningún sobresalto en Can Torelló. Estando destinado en la oficina, incluso me zafé de ir de maniobras a San Gregorio (Zaragoza).

Lo más triste que me tocó vivir fue la muerte de un compañero, víctima de un accidente con armas de fuego. Sus padres vivían en el Burgo de Osma (Soria), y vinieron a Barcelona para hacerse cargo del cuerpo de su hijo. El Capitán Seoane (que era el de mi Batería, un hombre ilustrado y noble) me pidió el favor de que hiciera de chófer acompañante de los padres durante su estancia. Pero no había coche para hacerlo, por lo que pedí prestado el coche a mi padre (a la sazón un Seat 131 Supermirafiori), porque no era cosa de llevarles arriba y abajo en el 600. Recuerdo que les llevé a una zona privada del Aeropuerto de El Prat, donde un transporte militar les devolvió el cadáver a casa.

Por la noche, junto a la enfermería de Can Torelló, algo apartada del resto de edificios, se concentraban los amantes del porro para echar unas caladitas, liderados por un chaval vizcaíno que se pasó la mili entera rebajado de botas, es decir, liberado de llevar botas (siempre andaba en zapatillas) y, por tanto, liberado de todo servicio. A mí nunca me gustó el tema (soy fumador de tabaco, eso sí), pero lo que sí hubo fue alguna borrachera, claro.

Lo peor era cuando te tocaba Refuerzo un domingo. Porque tenías que pasarte el día en el cuartel, pero sin nada que hacer hasta la noche, en que te tocaba chupar garita. Esas horas interminables se lidiaban, muy habitualmente, jugando partidas en la maquinita de flipper (los petacos) que había en la cantina. Nos jugábamos una Voll Damm a que hacíamos más puntos que el contrario. Con tantas horas sin nada que hacer, un domingo llegué por la noche al Cuerpo de Guardia con mis buenas siete u ocho Voll Damm en el cuerpo (de toda una tarde de inactividad). Recuerdo que me senté, y todo empezó a dar vueltas, hasta que el estómago avisó de que ya estaba bien. Fui al baño, eché toda la pota del mundo, y me quedé niquelado y como nuevo para afrontar la noche de garitas.

Recuerdo también que cuando mi promoción éramos los más veteranos del cuartel (los abuelos) se incorporaron los últimos reclutas nuevos que íbamos a ver (los bultos). Había una cierta tradición en que los abuelos sometieran a los nuevos a algunas novatadas más o menos enojosas. Pero nosotros decidimos que a nuestros bultos no les íbamos a putear. En lugar de eso, encargamos toneladas de calimocho en la cantina, para invitarles. El resultado fue que no fuimos los abuelos quienes les sometimos a novatadas, sino nuestros hijos, es decir, el reemplazo siguiente; mientras tanto, los abuelos rematamos el calimocho y terminamos abrazados por el patio cantando Asturias, Patria Querida.


Había un brigada (borrachín, él) que llevaba una sección de Aeromodelismo. Los avioncitos se utilizaban en las maniobras como blancos para los disparos de los cañones antiaéreos (unos Bofors de la Guerra de Corea, que se manejaban enteramente a mano). Creo que ninguno de los avioncitos cayó nunca bajo los disparos de los cañones, pero todos sucumbían a los aterrizajes abruptos provocados por la inexperiencia de los soldados o el estado turbio del brigada. Y también había un teniente diabético, que se desayunaba todas las mañanas una (o varias) dosis de Ginebra prácticamente en ayunas, viendo la instrucción de los soldados. Y también un sargento primero (ya veterano, el hombre) que siempre decía Los hombres se dividen en dos categorías: aquellos a los que las mujeres se rifan y los que nos matamos a pajas. Y también un cabo primero reenganchado, el Barbas, que tenía un apodo más guerrero que no consigo recordar, pero que era mala gente el tipo.

Y también estaba destinado allí el Comandante Reinlein, castigado por su proximidad a la UMD (Unión Militar Democrática), una organización militar clandestina y prohibida. Creo que su hermano fue uno de los dirigentes de la UMD.

En fin, un poco La Colmena de Cela, a escala.

En la última época, siendo ya cabo primero, me tocaron algunos servicios de Suboficial de Guardia (asimilado, a los efectos, a Sargento, por la escasez de personal). Y también algún Suboficial de Semana, lo que consistía en hacer de papá, mamá y maestro de todos los soldados de la Batería durante una semana entera. El segundo que me tocó coincidió con la visita al cuartel de un general. Esto creó tal zafarrancho que tenía que quitarme las botas y los calcetines (cuando podía) como quien saca el papel de las madalenas, con cirugía. Hubo que pintar todos los barracones, cambiar literas por otras más presentables, limpiar los fusiles una y otra vez. Al final, el general vino y se fue sin pena ni gloria.
En el comedor del CIR nº 9 de Sant Climent.
Yo soy el cuarto por la izquierda
(Autor olvidado)

De los servicios de suboficial de Guardia recuerdo tres anécdotas. La primera, la sensación absolutamente enfermiza de poder que daba pasearse durante veinticuatro horas seguidas con una pistola al cinto, chocando a cada paso contra el muslo. La segunda, una noche infernal en que el oficial de guardia era un sargento de Milicias, y del Opus. Se pasó la noche intentando hacer proselitismo conmigo, pero a mí nunca me ha tentado esa cuerda. La tercera ya la he contado en algún otro artículo, cuando se le disparó accidentalmente a un soldado un tiro de pistola dentro del cuarto del oficial de guardia, estando yo anotando los datos en el Libro de Registro. Y eso, la víspera de licenciarme. Afortunadamente, estaba ese día de Capitán de Cuartel el teniente de la Ginebra, y pasamos de puntillas por el incidente, echándole discretamente tierra encima. Al día siguiente entregué la ropa y los enseres militares, y me fui a casa en el 600, para no volver jamás.

La pregunta estos días es qué nos aportó la mili, y si resultaba útil para algo al menos para algunos. Para mí no fue una mala época, pero tampoco fue buena. Un paréntesis en la vida normal. La posibilidad de vivir algunas situaciones que me resultaban nuevas, la oportunidad de conocer personas con las que nunca me hubiera cruzado en la vida corriente, y algunas anécdotas, la mayoría de las cuales ya os he contado. Me quedó algún amigo los primeros años después de licenciarme, pero luego desaparecieron en la niebla de vidas diferentes y caminos divergentes.

Para cuando yo fui a la mili, ya había viajado un poco (París, Londres, Escocia,...). Pero para otros chavales, procedentes de zonas rurales o remotas, la mili era la primera (a veces, hasta la única) oportunidad de salir de casa y conocer otros horizontes, otros paisajes, otras gentes.

Pero para mí la mayor aportación que tenía la mili era ayudar a que todo el mundo fuera capaz de desdramatizarse a sí mismo. Convertido en un número al final de la fila, no había otro remedio que quitarse la tontería de encima para evitar la locura. Y también enseñaba a obedecer a la jerarquía, por el simple hecho de serlo. La mili era un lugar donde mandaban los galones; y por encima de los galones, las estrellas de seis puntas; y por encima las de ocho. Que las órdenes fueran o no razonables, era algo que ni se planteaba.


Creo que la mili ayudaba a algunos a integrarse luego en una vida civil marcada por criterios relativamente parecidos a los que imperaban en el cuartel. Y, sobre todo, ayudaban a entender que no somos sino un pequeño engranaje sustituible de una maquinaria enorme. Carpe Diem.


Y se desarrollaba una camaradería mayor y más intensa (pero mucho menos duradera) que la del colegio o de la Universidad. Dado que el Servicio Militar era un período excepcional en la vida de cualquier chaval, que interrumpía sus actividades habituales, al terminarla cada cual volvía a lo suyo, y era complicado mantener la relación. Pero, a la vez, la mili era terriblemente igualitaria (democrática, dicen algunos), porque allí iban todos (salvo los exentos por causas médicas o por excedente de cupo). Y eso te daba la oportunidad de tratar con personas con las que jamás te hubieras cruzado en la vida civil.


En realidad, la mili era el Gran Hermano de la época. Sin cámaras, con un solo sexo confesado, pero allí también todo se intensificaba por la convivencia 24 horas todos los días.  

Y hoy, treinta años después, he podido escribir este artículo, recordando lo que fue y lo que viví durante la Mili que estos días cumple diez años de su desaparición.

JMBA

lunes, 7 de marzo de 2011

Pequeñas Cosas que no Molan Nada (8)

En general, todos los actos médicos resultan muy molestos (antes, durante y a veces hasta después). Por una parte, son molestos en sí mismos, porque suponen, de una u otra forma, agresiones a nuestro propio cuerpo. Se supone, eso sí, que con la mejor intención.
Hospital Universitario Ramón y Cajal, de Madrid
(Fuente: jovenesfuencarral)

Y, por otra parte, resultan especialmente enojosos porque siempre tememos que de los resultados acabemos enfrentados a nuevas restricciones, prohibiciones, recomendaciones, amenazas,... De un análisis de sangre, por estadística, siempre acaba resultando que alguno de los valores está o muy alto o muy bajo. Que si el colesterol, que si el ácido úrico, que si los triglicéridos,... Siempre acabaremos con un consejo (o una orden) de dejar de fumar, o de adelgazar, o de beber menos alcohol y más agua, o cualquier otra recomendación que va, básicamente, en contra de nuestra propia línea de placer. Y eso cuando no se trata de temas más graves, que aconsejen más pruebas para descartar posibilidades o para confirmar diagnósticos.

Hace muchos meses me habían citado en el Hospital Ramón y Cajal este jueves para realizar una extracción (qué bonito eufemismo) para realizar un análisis de sangre, y un ecocardiograma. La cita para el análisis era a las diez de la mañana e, inicialmente, para el ecocardiograma me habían citado a las 12. Bueno, me daba tiempo de desayunar y reponer fuerzas después de una y antes de enfrentarme al otro. Pero hace unas semanas recibí una carta del Hospital, por la que me cambiaban la planificación del ecocardiograma de las doce del mediodía a las cuatro y pico de la tarde.

Me tocó, pues, hacer dos viajes al Hospital, uno por la mañana y otro por la tarde.

A las diez menos diez estaba en el sótano donde tienen habilitada la Central de Extracciones (seguro que no se llama así, pero se trata, sin duda, de un imperio vampírico). Hay unas cuantas cabinas, separadas del público por una cortinilla que muchos se olvidan de volver a cerrar. Había gente para aburrir, pero cada uno estaba ya asignado a una cabina específica. De vez en cuando salía alguien de la cabina a recoger los volantes de los que estábamos esperando, y luego nos iban llamando uno a uno. No me senté durante la espera (tampoco es que hubiera sitio), pero no fue muy larga.

La verdad es que te vas poniendo nervioso (yo siempre he sido muy aprensivo para estas cosas). Ves entrar y salir a personas de todo tipo, y cuando salen llevan el brazo desnudo, con un algodón y un esparadrapo sujetado con la otra mano, y carita de pocos amigos, cuando no directamente de poca salud.

La zona de espera es más bien abigarrada, con mucha gente, y una apariencia poco saludable (casi diría que más bien tercermundista).
(Fuente: olympuslatinoamerica)

Pero luego te llaman por tu nombre y entras en la cabina que te toca. Y, dentro, la cosa varía por completo. Allí habia dos chicas encantadoras, de instintos vampíricos, eso sí, pero al final no es más que un trabajo. Dispuestas a seguir la broma de cualquiera, que tiene que ser soberanamente aburrido pasarse horas ahí viendo brazos de todas las tallas y géneros y sin parar de pinchar y extraer todo el rato. Cada una está al lado de su propio sillón de tortura.

Desnudas el brazo que toque y te sientas en el sillón, con más miedo que vergüenza, intentando bromear un poco para relajarte algo de la tensión. Yo tengo la costumbre de informar acerca de la dificultad que presentan mis brazos para encontrar el lugar adecuado donde pinchar. Creo que eso les hace sentirse más cómodas, menos inútiles si no lo ven claro. Y luego miro para otra parte, dejando hacer.

En un momento cerré los ojos, y la chica que me había correspondido me advirtió que no lo hiciera, porque podía marearme como cuando va en coche y cierra los ojos. Bueno, si conduces un coche y cierras los ojos, pueden suceder desgracias de calibre muy superior que simplemente marearse. Me recomendó que mirara para otro lado, pero, de todas formas, esto ya está. Es la única frase que te traslada alegría mientras estás sentado en el sillón de las torturas.

Recuperas la chaqueta o lo que sea, te despides, y sales huyendo como alma que lleva el diablo. Creo que no era mucho más tarde de las diez y cuarto cuando me fui.

Volví por la tarde para la ecocardiografía (no sé muy bien cuál es su nombre exacto). Allí la espera fue bastante más larga (algo más de una hora), pero esta vez en la tercera planta, en una zona un poquito más acogedora. Cuando por fin tocó mi turno, pasé por la puerta con un rótulo gigante de NO PASAR y me metí hacia la zona de las salas para esa prueba. Tuve que esperar todavía unos minutos, pero pronto me pidieron que entrara en una de ellas. Desnúdese el torso y túmbese en la camilla. Te pegan unas ventosas con cables por diversas zonas del torso, y allí estás tumbadito hasta que llega el médico que va a realizar la prueba.

Curiosamente, es muy habitual que ese médico, a diferencia de la mayoría que ves por el hospital, no lleve bata blanca sino que frecuentemente va muy atildadamente vestido, con su corbatita y demás. O, como esta vez, te toca un médico joven que más bien parece un freakie del Twitter. De vez en cuando, aparecía el de la corbata para supervisar su trabajo.

Me habían hecho ya otra hace más de un año, y entonces no me inyectaron nada. Solamente el sensor frío (impregnado de algún líquido), que mueve a mano el médico en contacto con el cuerpo del paciente (por la zona por donde se supone que anda el corazón, claro) al tiempo que mira la pantalla y maneja teclas, ratón, joystick y lo que toque. Pero esta vez parece que la ventana (no sé muy bien a lo que se refería) era pequeña, y hacía falta más luminosidad y contraste. Con lo que tocó otro pinchazo (con sus dificultades inherentes, como ya he comentado) y la inyección (perfectamente sincronizada) de algún reactivo que facilite la visión del médico y de la máquina.
Algo así es la máquina junto a la que te tumbas
para una ecocardiografía
(Fuente: trivenetocuore)

Al terminar, normalmente son muy poco comunicativos. Reaparece la enfermera (para estas labores, son habitualmente muy senior; debe ser un trabajo bastante más cómodo que el de enfermera de planta, y sólo se consigue con muchos años de servicio) y te indica que te vistas de nuevo y que ya te puedes largar de ahí. Pero esta vez, el médico junior soltó algo así como (dirigiéndose a mí) que contrae muy bien, y tiene una buena máquina ahí dentro. Aunque no soy, ni mucho menos, un entendido, pero ¡a que suena bien!.

Te vistes y desapareces de ahí cagando leches, que ya se apañarán con los que queden. Sales al aire libre y disfrutas del cielo gris y plúmbeo como si fuera el del Caribe. Te fumas un cigarrito de la vida, y te vuelves a casita, que parece que quiere llover.

Que yo no sea nada partidario no significa que no reconozca el enorme trabajo que realizan médicos y enfermeras en estos hospitales, con total vocación de servicio y abnegación.

Pero, definitivamente, preferiría que sus cuidados no me los tengan que prestar a mí.

JMBA

domingo, 6 de marzo de 2011

Calçotada en Alcalá de Henares

El llamado Corredor del Henares no parece, desde luego, la tierra natal de la tradición de la calçotada. Comer los calçots, una especie de cebolleta, asados al fuego, es una tradición típica de algunas comarcas tarraconenses, especialmente en la zona de Valls.
Parrillas sobre el fuego, donde se están asando los calçots
(JMBigas, Marzo 2011)

Sin embargo, una de las maravillas de este mundo globalizado es que casi cualquier cosa puede suceder en cualquier parte. Este sábado, unas 120 personas hemos tenido la suerte de compartir un menú de calçotada en el Asador de Ángela (ctra. de Daganzo, junto a la A2, en Alcalá de Henares). El evento ha sido organizado por la Asociación de Amigos de las Comarcas Tarraconenses, con Isidre Papiol al frente. Dicho sea de paso, como ya viene siendo habitual en los últimos años. El acto ha sido reseñado por el Diario de Alcalá.

La cita era a la una de la tarde, y el precio del menú, 27 euros. A esa hora, las parrillas con calçots estaban ya a plena producción, en una gran hoguera dispuesta en el patio del Asador. Una media hora más tarde, los calçots empezaron a servirse envueltos en papel sobre las características tejas. En mesas dispuestas por el patio, con porrones de vino tinto joven de Madrid y boles de romesco de almendra y avellana, empezó el festín.
Calçots asándose sobre las parrillas
(JMBigas, Marzo 2011)


A cada comensal se le había suministrado un gran babero, para evitar mancharse más de lo imprescindible. Porque la liturgia de la calçotada impone que, uno a uno, se coja el calçot asado y se despoje de su envoltura verde, hasta que quede en la mano el núcleo blanco. Este se unta en el romesco y se come como quien devorara un péndulo. El calçot, a modo de hisopo, tiende a propulsar el exceso de salsa en todas direcciones. Las manos acaban tiznadas de la envoltura asada al fuego; el babero, si hay suerte y destreza sólo el babero, queda manchado de romesco. Y todos disfrutan del placer de comer los calçots, con intervalos regados con traguitos de vino directamente desde el porrón (aunque siempre suele aparecer algún vaso o copa para el vino, para los más finos o los menos duchos).
Tejas para servir los caçots
(JMBigas, Marzo 2011)

Una vez terminados los calçots en el patio (la meteorología acompañó el acto con un tiempo apacible y templado) el menú continuó en el comedor interior. Se sirvieron fuentes de butifarra amb mongetes (trozos de butifarra a la parrilla, acompañados de alubias blancas fritas) y otras de costillas de cerdo con patatas asadas. Todo ello acompañado de un contundente alioli, pan, vino y agua.

De postre se sirvió una porción de flan gigante, acompañado de un cava Brut Castellblanch, más que digno.
Típicos baberos, para salvaguardar la dignidad
(JMBigas, Marzo 2011)

El acto terminó con unas palabras de los organizadores, y el sorteo entre los asistentes de unas pocas botellas de aceite de Salomó (Tarragona) donadas por el productor, y una serie de libros donados por diversas instituciones.

No puedo por menos de aplaudir esta iniciativa de la Asociación y de su cara visible, Isidre Papiol, que nos permite revivir una tradición tan arraigada a cientos de kilómetros de su hábitat natural.

Para los catalanes residentes en la zona de Madrid y para cualquiera interesado en la calçotada. Que allí había gentes de todas partes y de todos los orígenes, unidos este sábado en torno al calçot.
Al final del ágape, unas palabras de los organizadores
(JMBigas, Marzo 2011)
Asador de Ángela, en la carretera de Daganzo, junto
a la A2, en Alcalá de Henares
(JMBigas, Marzo 2011)

JMBA

jueves, 3 de marzo de 2011

Sortu: Otra Oportunidad Perdida

Cuando se hizo pública la formación de este nuevo partido de la izquierda abertzale vasca, yo lancé las campanas al vuelo, confiando en que esta vez sí iba de veras.
Acto de presentación de SORTU
(Fuente: orange)

Tenía la esperanza de que la izquierda independentista hubiera, por fin, entendido la necesidad de integrarse en el juego político normal, que estuviera plenamente dispuesta a renunciar y a renegar de la violencia, como absolutamente negativa y contraproducente para sus propios objetivos políticos.

Me parece que tener un grupo político legal en ese arco de las ideas sería un beneficio para todos, y contribuiría de forma muy decisiva a la normalización de la convivencia en el País Vasco. A la par que daría su voz a los ciudadanos vascos que sienten la independencia como un objetivo político por el que luchar (pacíficamente). No comulgo con sus ideas, y opino que los nacionalismos exacerbados y el independentismo son contrarios al progreso, van en contra del avance de los tiempos, y son básicamente retrógrados y reaccionarios. Pero la democracia consiste en eso, en dejarse la piel para que también tengan voz los que piensan completamente diferente de lo que yo pueda pensar. Así es el juego democrático.

Sin embargo, transcurridas solamente unas semanas desde su puesta de largo, ya parece evidente para (casi) todo el mundo que los lastres siguen ahí, que el peso de una historia y un pasado siguen inclinando la balanza hacia la comprensión de la existencia de una banda armada que, nominalmente por lo menos, defiende unos objetivos parecidos. Y digo nominalmente, porque ETA hace mucho tiempo, si alguna vez lo fue, que dejó de ser un grupo guerrillero separatista vasco o nada parecido. Por lo menos desde el advenimiento de la democracia a España (si no desde siempre), su existencia no tiene ninguna justificación política en absoluto, y se limita a ser una banda armada radicalmente mafiosa y poblada por delincuentes.

Semanas antes de aparecer Sortu a la palestra pública, ETA había anunciado un alto el fuego permanente y verificable, que está demostrando ser pura palabrería para ganar tiempo, y que no responde a ninguna clara voluntad de la banda de disolverse, de desaparecer y de limpiar su imagen con la Justicia, de pagar sus delitos y de iniciar una reinserción pacífica. Aunque desde el principio estaba claro que ese comunicado no era lo que la sociedad esperaba de ellos, las últimas detenciones de comandos perfectamente armados, con existencias de explosivos y listos para actuar matando, que es lo único que saben hacer, por lo que parece, ha venido a confirmar el temor de que ese alto el fuego no pasa de la pura palabrería y, desde luego, no es nada verificable.
Presentación de los Estatutos (9/2/11), acompañados
de algunos miembros del Sinn Fein irlandés
(Fuente: catalunyapress)

Sortu tenía una ocasión de oro para progresar hacia la normalización y confirmar que lo que ha escrito en sus estatutos de encargo responde a la realidad de sus pensamientos, ideas y sentimientos. En lugar del silencio que han practicado, podían haberse sumado al aplauso de la sociedad por la acción de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, que sí van en la dirección de conseguir normalizar la convivencia. Pero el lastre les puede, son los mismos y lo mismo que eran, y lo que han escrito y han dicho para conseguir llegar a las elecciones y ocupar algunas instituciones, es pura palabrería táctica e interesada. O, lo que es mucho peor, no pueden morder la mano que les da de comer.

Visto lo visto, lo más normal que vaya a suceder en las próximas semanas es que no progrese su legalización y no puedan, por tanto, participar como grupo en las elecciones de Mayo. Este mismo jueves, el abogado general del Estado ha elevado una demanda en esta dirección, incluyendo informes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil que abonan esta visión.

Es una pena, un disgusto y un desengaño ver que las peores expectativas se han cumplido, y que todo el entramado no ha resultado ser sino otra oportunidad perdida. Y eso los mismos días en que una encuesta revela que un porcentaje no despreciable de la población vasca opina que es lícito el recurso a la violencia. Eso ya no puede titularse más que de enfermedad social. Una parte (pequeña, pero no insignificante) de la sociedad vasca está enferma, y contagia al resto, provocando una falta de normalización que no parece que hayamos sido capaces de superar hasta ahora.

La izquierda abertzale (y todos sus simpatizantes) debe entender, de una vez por todas, que su única viabilidad de futuro es la desaparición por completo de ETA, su disolución, la entrega de las armas, la purga de los delitos; y confiar que la sociedad vasca (y toda la sociedad española en general) podrá olvidar, porque es inútil pedirle que perdone. No hay atajos, ni terceras vías. En un mundo libre y democrático como el que habitamos, no tiene ningún sentido recurrir a la violencia para defender cualquier idea. Porque todos debemos entender que nuestra idea no es la única idea y, desde luego, que nuestra idea no es la única válida.
Logo de la organización pendiente de legalizar
(Fuente: zangotzahitza)

Y visto lo visto, la única posibilidad que tiene la izquierda abertzale es liberarse, de una vez por todas, del lastre de ETA. Y luego formar un nuevo partido con intenciones estratégicas y no tácticas, sin elecciones a la vista, dispuestos a desempeñarse en la vida pública democrática extrainstitucional, para convencernos a todos y a ellos mismos de que ese es el único talante aceptable. Si consiguen vivir dos años (por ejemplo) demostrando que lo han conseguido, que su talante es democrático, a pesar de que sus ideas son diferentes, o incluso muy diferentes de las de otros (pero ¿quién no piensa diferente que otro vecino?); demostrando que están desligados de toda violencia y que están dispuestos a jugar el juego democrático en el que estamos todos los demás; entonces podrán tener un papel en las instituciones. Pero está claro que, en las instituciones, no caben políticos filoetarras que justifiquen la violencia. No caben políticos que hagan apología de la delincuencia y de los delincuentes, por cierto llámese ETA o llámese corrupción.

Seguro que debe haber algunas personas bienintencionadas en Sortu, pero han perdido la batalla frente a los de siempre. Y no hay peor insensatez que pensar que el resultado será diferente haciendo lo mismo de siempre.

Ya no les queda otra opción. Las posibles alternativas las han ido quemando una detrás de otra.

JMBA

miércoles, 2 de marzo de 2011

¿Hacia una Guerra Civil en Libia?

Las noticias que nos están llegando estos últimos días desde Libia son realmente preocupantes.

Lo que en principio parecía una revuelta como las vividas en Túnez o Egipto, que iban a derrocar en unos días al sátrapa de turno, se está prolongando mucho más de lo que sería deseable.
Seif el Islam, hijo de Gaddafi, está actuando de portavoz
del Régimen
(Fuente: noticiaaldia)

Gaddafi, su familia y su entorno parecen mucho más resistentes de lo que en un primer momento se podía suponer. Este martes ha lanzado una contraofensiva militar sobre zonas del Este del país (ricas en petróleo, por cierto) y podría haber recuperado el control de alguna ciudad de la zona.

El Poder de la Calle es limitado en el tiempo. Si consigue sus objetivos en unos días, lo siguiente que debe pasar es que haya políticos de la oposición al régimen anterior que tomen las riendas del país y que empiecen a construir un orden nuevo, con un plan definido para convocar elecciones generales en el plazo de unos meses. Pero el Castillo de Naipes no parece que se esté desmoronando con la rapidez que sería de esperar. 

La Calle tiene capacidad para destruir, pero a la hora de construir debe ceder paso a los que son más expertos en ese tema, a los políticos.

El problema es que si la revuelta se prolonga mucho más tiempo, y el poder se resiste a desaparecer, o a emigrar (léase huir), la situación pasa a ser sensiblemente diferente. Porque empieza una lucha por el poder, que requiere que la calle deje su fuerza en manos de militares o paramilitares, que son los únicos que pueden conducir una situación bélica hasta la meta de eliminar del país a los anteriores gobernantes.

Estos últimos días hemos sabido que, solamente en el Reino Unido, parece que se han congelado fondos del entorno de Gaddafi (supuestamente exportados ilegalmente de Libia) por valor de 30.000 millones de euros. Y más debe haber, seguro, en otros lugares. Leía esta mañana que en la Costa del Sol se ha paralizado alguna iniciativa inmobiliaria de Gaddafi.

Y hemos visto y oído en la televisión a alguno de sus hijos asegurando que no piensan abandonar el país, y que van a defender su posición con uñas y dientes. Bueno, y con todo el armamento que Occidente les ha vendido estos últimos años.

Este enrocamiento en sus posiciones sugiere un conflicto de mucha mayor duración, prácticamente una Guerra Civil. Parte de Libia parece estar actualmente bajo control de los insurgentes. Pero, a su vez, estos ven como imposible un asalto con éxito a Tripoli, donde Gaddafi y sus leales mantienen el control.

Si otros países, o las organizaciones internacionales, no intervienen activamente en el conflicto, este degenerará rápidamente en una Guerra Civil, de duración indeterminada, de final incierto y que provocará mucho sufrimiento y una gran cantidad de muertos y heridos. Dejado a su albur, es más que probable que Gaddafi, cuyo poderío militar bruto es, con seguridad, muy superior al de los insurgentes, acabe recuperando progresivamente el control del país. Especialmente si no tiene reparos, como parece no tener, en utilizar toda la fuerza militar en ello, incluyendo bombardeos sobre ciudades, pueblos y sobre la población civil.
Los insurgentes parecen tener el control en algunas
ciudades del Este de Libia, como Tobruk
(Fuente: istmocentroamericano)

La única alternativa a un escenario bélico tan sombrío es la rápida intervención de fuerzas internacionales que actúen sin fisuras para derrocar a Gaddafi y a todo su entorno del poder en Tripoli, y que se sitúen del lado de los insurgentes, en la construcción de un nuevo régimen para Libia.

Claro, según parece, hay marines estadounidenses y fuerzas del Reino Unido cercanas a las costas de Libia, preparados para intervenir. Pero el éxito de una operación así debería proceder de una actuación amparada y patrocinada por la ONU, con un objetivo claro, definido y compartido.

No olvidemos que Gaddafi lleva en el poder desde 1969, en que un golpe militar contra el entonces rey Ydris le aupó al máximo liderazgo del país. Siendo un gobernante excéntrico, desmesurado y fantoche, ha sido recibido y alabado a menudo por todos los gobiernos occidentales. El por qué de repente pasa a ser denostado por todos los que le rieron las gracias es digno de análisis. Libia es un país importante en el mercado del petróleo, y eso podría explicar muchas cosas.

Hace 75 años vivimos en España una situación similar. Un levantamiento (de parte del Ejército, en ese momento), que pretendía derrocar el régimen de la Segunda República en unos días, y establecer un nuevo régimen en España. Sin embargo, eso no fue así, sino que se desató una Guerra Civil muy sangrienta, que segó muchos miles de vidas y que arruinó muchas más, y que duró más de tres años. Sus secuelas incluso hoy no están totalmente olvidadas. Ese es un escenario nada deseable.

En 1936, las potencias occidentales se declararon neutrales (no intervención en conflictos domésticos). Sí hubo voluntarios que, a través de las Brigadas Internacionales, pusieron sus (limitadas) fuerzas a disposición del que era el Gobierno legítimo en ese momento. Por su parte, las potencias del Eje (especialmente Alemania e Italia) sí fueron mucho más beligerantes a favor de los militares insurgentes, que acabaron ganando la Guerra. Si no fuera que, en una Guerra Civil, en realidad todos acaban perdiendo.

No quisiera pensar que lo que estamos viendo estos días en Libia acabe conduciendo a un escenario de guerra civil abierta, con sus trincheras, sus batallas y sus escaramuzas, y que cada palmo del territorio tenga que ser disputado militarmente. Este sería, sin duda, un escenario catastrófico.

Lo que me temo que está ocurriendo es que Occidente tiene miedo, mucho miedo. Gaddafi y sus hijos se han encargado de agitar el fantasma de Al Qaeda como instigador de la revuelta, lo que les posiciona como defensores del Magreb frente al avance de fuerzas islamistas y terroristas, cuya crueldad ya nos ha tocado sufrirla a muchos países (EEUU el 11-S, Reino Unido el 7-J, España el 11-M,...).
Pozo petrolífero en Libia. Ah, Poderoso Caballero es
Don Dinero
(Fuente: guiaviaje)

Occidente se debate entre el más vale malo conocido y la clara posición de apoyar al pueblo libio para liberarse de un gobernante impresentable. El problema es que en un escenario de Guerra Civil, la frontera entre los buenos y los malos se difumina, y prima la evaluación de ganadores y perdedores. Y esto puede llevar a una parte de la propia población libia a ponerse al lado de Gaddafi, si estima que puede acabar ganando, y anticipa posibles beneficios propios derivados de ese hecho.

En resumen, lo mejor que puede pasar en Libia es que el conflicto termine cuanto antes. Como creo que el ciclo de Gaddafi está agotado, sugeriría a los Organismos Internacionales que propongan la intervención sin ambages, para derrocar al sátrapa. Libia es un país de unos seis millones de habitantes. A día de hoy, es posible que solamente cincuenta o cien mil estén claramente a favor de Gaddafi (su ejército más fiel, su guardia de corps, sus mercenarios subsaharianos,...). Pero si la situación evoluciona hacia una auténtica guerra civil, ese número no cesará de crecer, y cada vez será más complicado llegar a un final no demasiado sangriento.

Hay lecciones que los occidentales deberíamos haber aprendido de algunas guerras de los últimos cincuenta años. Irak o Afganistán son buenos ejemplos de eso. Intentar imponer un nuevo régimen patrocinado por fuerzas extranjeras no lleva nunca a ninguna situación estable. La estabilidad sólo llega cuando todos los ciudadanos sienten a su nuevo régimen como algo propio. Para ello, la fuerza internacional puede desplegarse para derrocar a un sátrapa, pero son los ciudadanos del país los que deben decidir lo que quieren que sea Libia en el futuro. Fuerzas extranjeras pueden apoyarles y ayudarles en esa labor, pero no pueden sustituirles.
Los flujos amenazados por la guerra en Libia
(Fuente: dinero.nom)

Por todo ello, creo que las decisiones que haya que tomar que se tomen cuanto antes, que se desplieguen tropas bajo mandato de la ONU para expulsar a Gaddafi de Libia, y que el pueblo libio liberado decida cómo quiere organizarse a partir de ahora y que pueda construir su nuevo régimen.

El problema para ello es que el Poder de la Calle es casi infinito para la destrucción (el objetivo está definido y es compartido), pero su capacidad para construir es extremadamente limitada. Otros actores internos deben aparecer para llevar adelante ese papel. Y los únicos que tienen esas capacidades son los políticos, la oposición política a Gaddafi, quienes quiera que sean.

El riesgo, claro, es que se construya un nuevo régimen que sea antioccidental, patrocinado por Al Qaeda u otros con parecidos objetivos, cuyo siguiente logro sea la Reconquista de Occidente y la expulsión de los infieles.

Pero la alternativa es ver a un país tan cercano desangrarse en una Guerra Civil que podría ser larga y muy cruel.

JMBA

lunes, 28 de febrero de 2011

Pequeñas Cosas que no Molan Nada (7)

Todas las casas tienen alguna zona donde se acaban almacenando todas aquellas cosas que no usamos, por lo menos que no usamos con frecuencia.
Cajas que originariamente contuvieron botellas de vino,
hoy están atestadas de libros, y yacen sobre otras
con material electrónico reciclable
(JMBigas, Febrero 2011)

Las viejas casonas disponían de un desván, una buhardilla o unas golfas (como se acostumbra a llamarlas en catalán). Había que subir habitualmente unas escaleras desiguales y mal iluminadas, para llegar a una puerta que chirriaba al abrirse. Esos desvanes eran a menudo rincones de la memoria, muchas veces perdida, o restos sin sentido de antiguos habitantes de la casa. Muchas películas han utilizado los desvanes como recintos del terror, o como refugio de aquellos que tenían algo por lo que esconderse.

Hoy en día los pisos verticales (los llamados chalets adosados) tienen un sótano, el garaje o una buhardilla, que se utiliza a tales efectos. Los garajes, especialmente, son una buena ilustración de ello. Se acumulan cajas de contenidos muchas veces desconocido, embalajes que quizá en algún momento habrá que reutilizar, juguetes viejos ya inservibles y demás monsergas. Entrar y salir del garaje con el coche requiere cierta puntería para evitar estas trampas.

Los pequeños pisos urbanos también disponen siempre de alguna zona para este particular tipo de conservación o almacenaje. Los pisos familiares disponen a menudo del llamado trastero (por su nombre los conoceréis), que es un cuartito separado del piso propiamente dicho, que se encuentra en el sótano, o en el ático, o junto al garaje, o en alguna zona poco transitada. Hay un trastero por piso, de tamaño normalmente exiguo, pero suficiente para poder apilar cajas, embalajes, sillas de la terraza en invierno, etc. Los trasteros de todos los pisos acostumbran a estar juntitos, al lado del garaje o en algún pasillo lóbrego al que los propietarios pueden acceder por una puerta cerrada con llave.

Los pisos que no tienen trastero habilitan, sobre la marcha, alguna zona para la misma función. A veces es un altillo sobre el pasillo (el espacio entre el techo verdadero y el falso techo de escayola), al que se puede acceder, subidos en una escalera de mano, mediante una portezuela de madera, desde la cocina, o desde el salón, o desde uno de los baños.
Mover esa caja grande y pesada, con un monitor culón
dentro, será una tortura
(JMBigas, Febrero 2011)

Yo viví muchos años en un pequeño apartamento de 49 metros cuadrados (una habitación, salón, cocina, baño y un pequeño balcón, donde escasamente cabía un tendedero móvil). No había sitio muerto para utilizar como trastero. Pero en el pasillito de entrada, frente a la cocina, y en el rincón de la puerta de acceso, quedaba una zona de no más de cuarenta o cincuenta centímetros de ancho por metro y medio de largo, por la que no se circulaba habitualmente. La práctica diaria dictó el utilizar esa mínima zona para acumular cajas con libros ya leídos, o embalajes de cosas recién compradas, y que la prudencia aconsejaba no tirar de inmediato (bueno, reciclar). Ese rincón se convirtió en un trastero improvisado, de cuya capacidad sólo fui plenamente consciente cuando tuve que realizar una mudanza.

El que realmente no disponga en su casa de ningún lugar habilitado o habilitable para este fin, siempre puede recurrir a la oferta comercial de trasteros de alquiler (la publicidad propone desde 1 metro cuadrado).

Desde hace años ya, el piso en que vivo tiene un trastero de unos seis metros cuadrados, al que se accede por una puerta frente al ascensor, en el portal de entrada. Hay un pasillo en U, con algo más de una docena de trasteros, uno por cada piso de mi escalera. Creo que alguno nunca se ha vendido, y sigue perteneciendo a la Promotora (que es una deudora perpetua de la Comunidad, pues los trasteros también tienen cuota).

La construcción es rústica (suelo de cemento, paredes de Pladur, puerta metálica) pero cumple su función. Su viabilidad solamente apareció durante la construcción de la casa (no estaban en el proyecto original), gracias a un fuerte desnivel entre la parte anterior y la posterior de la parcela. A pesar de lo improvisado, todos los trasteros están perfectamente escriturados y constan en el Catastro como elementos autónomos. Por lo tanto, pago el correspondiente IBI y la Tasa por Prestación del Servicio de Gestión de Residuos Urbanos (sic) del Ayuntamiento de Madrid, al igual que por el piso y por la plaza de aparcamiento. Unos euros todos los años.
Estas sillas plegables difícilmente se podrán volver a
utilizar, pero ahí están, en el trastero
(JMBigas, Febrero 2011)

El primer día, cuando me dieron la llave, el trastero estaba vacío. Conviene recordarlo, porque esto a menudo se nos olvida. Solamente tiene un punto de luz, donde, en su momento, instalé un simple casquillo y una bombilla. Para las (escasas) visitas al trastero, resulta más que suficiente.

El piso dispone de varios armarios empotrados, más el armario grande del dormitorio principal que instalé, y las estanterías y librerías del salón y de la habitación que utilizo como despacho (desde donde os estoy escribiendo). De verdad, estaba convencido de que nunca iba a ser capaz de llenarlos. Vana ilusión.

Al principio, sólo guardé en el trastero las cajas desmontadas que me habían sobrado al realizar la mudanza, reservadas para un eventual uso posterior.

Con el paso del tiempo, descubrí que los estantes y armarios del despacho, entre libros, CD,s, cintas de video VHS, y más tarde DVDs, y Juegos para el PC, me desbordaban por todos lados. Tenía libros en doble y triple fila, y otros tumbados encima, hasta completar el espacio disponible. Decidí que los libros que ya había leído los podía guardar en algún lugar menos a mano, porque muy raramente tenía que recurrir a ellos. Reutilicé al principio alguna de las cajas pequeñas de la mudanza, y las llené de libros leídos. Las numeré y llevo el inventario de lo que hay en cada una (por si acaso). Inicié una saga que se fue completando en base a reutilizar las cajas de seis (o doce) botellas de vino para rellenarlas con libros. Conviene que no sean muy grandes, porque una caja grande llena de libros no hay quien la mueva. Ya tengo 26 de ellas en el trastero.
Cajas plegadas de diversos tipos y tamaños esperan el
momento de volver a ser útiles
(JMBigas, Febrero 2011)

Fui haciendo lo mismo con las cintas VHS (tengo 6 cajas medianas o grandes con ellas en el trastero) y también con los Juegos de PC (con los que tengo 5 cajas en el trastero, y varios archivadores todavía en el piso).

Cuando me compré el primer ordenador (con pantalla e impresora), pensé en aprovechar el trastero para guardar los embalajes, para lo que pudiera hacer falta más adelante. Cuando cambié la pantalla culona por una plana, aproveché el hecho de no haber tirado su embalaje original, para volver a meter la pantalla en su caja, y mantenerla en el trastero. El resultado es una caja enorme y muy pesada, y sudo enormemente cada vez que pienso en la posibilidad de llevar caja y pantalla a un Punto Verde.

Cuando cambié el ordenador por otro más moderno, el viejo también lo metí en su embalaje original, y hoy es otra caja grande y pesada que ocupa un espacio en el trastero.

Compré una barbacoa para la terraza (con todos sus adminículos, incluyendo el carboncillo y las pastillas para encenderla). Pero solamente la utilicé una vez, después de ver la humareda indecente que montó en todo el vecindario. Fui más afortunado que un vecino, que montó una barbacoa de obra en su patio, que no le he visto utilizar nunca en los últimos ocho o nueve años. Antes de eso, también asistimos a alguna humareda histórica. A mi me bastó desmontarla y meterla de nuevo en su caja, y guardarlo todo en el trastero.

Tengo en el piso unos cuantos botelleros para almacenar (y exponer) hasta un centenar de botellas de vino. Pero tras algún viaje a diversas zonas vinícolas, de donde traje algunas cajas de vino en el maletero del coche, no me quedaba espacio en los botelleros, y decidí almacenarlas, de momento, en el trastero. Bueno, habitualmente no hay luz, y el ambiente es más bien fresco todo el año. No es mal lugar para una bodeguilla improvisada. El único movimiento de salida que recuerdo en el trastero para los últimos diez años es el de subir alguna caja de vino al piso, para ocupar en los botelleros los espacios dejados libres por el consumo.

Para una fiesta con los amigos, tuve que comprar algunas sillas plegables para la terraza. Las primeras que compré tenían algo de madera (no preparada para exteriores). Tras la fiesta las dejé plegadas en la terraza un tiempo, y sufrieron con la lluvia. Quedaron prácticamente inutilizables. Pero, en lugar de disponer de ellas directamente para el reciclado, decidí guardarlas en el trastero, por si acaso. Compré luego otras de aluminio y plástico, mucho más prácticas, y las tengo también en el trastero, esperando alguna nueva aglomeración.
Estas sillas están esperando alguna ocasión para poder
desplegarse de nuevo en la terraza
(JMBigas, Febrero 2011)

Algunas maletas que no me cabían en ningún altillo de los armarios de casa, yacen envueltas en sacos de plástico en el trastero. Las he sustituido ya todas por otros modelos, pero las viejas ahí están.

Estuches de cartón, de esos preparados para el transporte de tres o seis botellas (de vino, habitualmente), plegaditas, tengo varias en el trastero, acumulando polvo.

Cuando uno empieza a ser consciente del fenómeno trastero (acumulación progresiva de cosas que probablemente nunca tenga necesidad de volver a utilizar) decide tomar medidas. Los embalajes de la gran mayoría de cosas que he comprado en los últimos años se fueron directamente al reciclaje, sin pasar por el trastero.

En informática se utiliza el término buffer (que viene a significar, en inglés, algo del tipo parachoques, paragolpes, tope de tren, amortiguador) para designar a una memoria intermedia, o tampón. Los datos que están en el disco se cargan en un buffer, para tenerlos más fácilmente accesibles, por si volvieran a hacer falta. El trastero es el buffer de los trastos. El lugar donde se apilan cosas que ya habría que haber tirado. Es una especie de limbo o purgatorio, donde muchas cosas se amontonan, esperando un destino definitivo.

Pero la capacidad del trastero es necesariamente limitada, y su evolución natural es a irse llenando. Vosotros, lectores sagaces, seguro que estáis olfateando ya la tragedia. Hay un día en que, al abrir su puerta, sólo nos habita una única idea: hay que limpiar el trastero, porque ya no cabe nada más. A mí ya me ha asaltado la idea varias veces. Hasta ahora he conseguido acallarla con falsos consuelos (esa pila de cajas todavía es estable, se puede poner otra encima; en ese rincón todavía caben un par de cajas pequeñas;...).

Pero la sola idea de meterle mano me produce sudores fríos. Porque lo que, sin duda, habrá que tirar, está, con toda probabilidad, al fondo del todo. El trastero es una cola LIFO (Last In; First Out) por definición. Especialmente el mío, que es rectangular, alargado y la puerta está en un extremo. Para llevar a reciclar ese viejo PC (dos cajas muy pesadas; cubiertas por otras cajas todavía útiles que habrá que mover) o esa caja grande de cintas VHS,... habrá que moverlo todo dentro del trastero. Como no hay espacio para tantos movimientos, habrá que sacar cosas al pasillo, para acceder a lo que se quiera sacar, y luego volver a meter todo aquello a lo que todavía no le llegó su hora. Sigo sudando sólo de imaginarlo.

No mola pero que nada la sola idea de limpiar el trastero. Hacerlo, ya debe ser la debacle. Porque una vez sacado lo que deba llevar al reciclaje, habrá que llevarlo por el pasillo hasta el rellano del portal, y luego bajarlo al coche. Pero esas cajas grandes no me cabrán en el coche. ¿Cómo lo haré?. En este punto de la crónica del desastre, normalmente interrumpo el razonamiento, y me instalo en el convencimiento de que nunca me llegará el momento en que resulte imprescindible realizar la tarea, pienso que conseguiré posponerla ad aeternum, y el que venga que arree.

El trastero, el Purgatorio de los trastos, fuente de tanto tormento...

JMBA