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martes, 6 de marzo de 2012

Los lobbies y las meigas

Los lobbies, como las meigas, no existen. Pero haberlos, haylos.

En la 22ª edición del Diccionario de la Lengua Española, la Real Academia define lobby (en su primera acepción), como:


lobby.
(Voz ingl.).
1. m. Grupo de personas influyentes, organizado para presionar en favor de determinados intereses.



Se advierte que esta definición está modificada en el avance de la 23ª edición, donde la definición remite a otro término:


lobby.


y, a su vez, la definición de grupo de presión la encontramos en su lugar:


~ de presión.
1. m. Conjunto de personas que, en beneficio de sus propios intereses, influye en una organización, esfera o actividad social.



Por todo ello, y si hablamos de los lobbies que trabajan cercanos al Gobierno para influir en sus decisiones, se trata de grupos de presión que defienden los intereses de determinados colectivos, e intentan convencer al Gobierno para que tome decisiones que los favorezcan.
El lobby de Defensa es muy activo en los Estados Unidos
(AP; Fuente: cleveland)

En algunos países, singularmente Estados Unidos, los lobbies tienen existencia legal y su actividad está regulada por la ley. Así, se puede hablar con claridad del lobby de la Defensa, o del de las petroleras, o del lobby ecologista, o de ciertos lobbies sindicales. Y se puede conocer el presupuesto (confesado) que los lobbies utilizan para su labor. Estos lobbies actúan tanto directamente sobre los políticos, como también sobre la opinión pública.

Lógicamente, existirán, sin duda, otros lobbies que no tienen reconocimiento legal, porque los intereses que defienden no son aceptables en democracia. Así, podríamos hablar de la influencia en el Gobierno de los Estados Unidos de la Cosa Nostra o de las grandes fortunas evasoras de impuestos, y así con otros grupos de presión que defienden intereses inconfesables.

Regular a los lobbies por ley da ciertas garantías de que los métodos para convencer a los decisores (legislativos, ejecutivos, judiciales) sean aceptables. Pero, desgraciadamente, no se puede excluir que algunos de ellos acaben utilizando, en algún momento, métodos reprobables o directamente ilegales (sobornos, amenazas,...).
Gemma Nierga, conductora del programa
La Ventana de la Cadena SER.
(Fuente: revistautopia)

Chocamos ahí con el clásico dilema moral de los servidores públicos: cuando el tomar una decisión en un sentido (en lugar del contrario) puede suponer que terceros ganen mucho dinero, los políticos se vuelven extremadamente vulnerables. Porque su única coraza es la moral y la ética, ya que resulta imposible blindarles económicamente ante tentaciones de tal calibre. De repente se encuentran con que tienen en su mano la llave de una caja que contiene más dinero del que pueden esperar ganar decentemente en todas sus vidas. Y eso sin contar con que pudieran existir amenazas más o menos veladas a su propia integridad física o a la de sus familias.

El conjunto de esos grupos de presión acaban significando, en la práctica, casi un estado paralelo, que nunca pasa por las urnas.

En España los lobbies no tienen existencia legal, luego no existen. Pero haberlos, haylos, por supuesto. Como la órbita de Neptuno, que no podía explicarse sin la existencia de un Plutón todavía desconocido en la época, hay muchas decisiones políticas que no se pueden entender si no es por la existencia (evidente o solapada) de determinados grupos de presión. A menudo tenemos la impresión de que los políticos toman algunas decisiones porque están convencidos de que les convienen más que sus contrarias.

Los Sindicatos y las Organizaciones Patronales son grupos de presión cuya existencia es pública y notoria. Dependiendo de las circunstancias (económicas, sociales), cada uno dispondrá de una cierta capacidad de negociación (bargaining capacity), que intentará desplegar para conseguir que las decisiones políticas sean más próximas a sus intereses corporativos. Los llamados mercados son, por supuesto un grupo de presión, quizá más informal, pero extremadamente poderoso. Los dirigentes políticos deben anticipar las consecuencias de sus decisiones antes de tomarlas, para escoger los caminos mejores y menos dolorosos para todos.
Juan José Millás, escritor y periodista.
(Fuente: espadasylabios)

Pero existen, sin embargo, decisiones políticas que no pueden explicarse si no es por la existencia de otros grupos de presión menos notorios y públicos, pero igualmente poderosos. Cuando llegamos a ser conscientes de ese hecho, nos invade la desazón y una cierta sensación de náusea, difícil de evitar. Desde la toma de posesión del Gobierno de Mariano Rajoy (en Diciembre, no se han cumplido ni siquiera los primeros cien días) ha habido algunas decisiones en ese sentido: el apartamiento de Garzón de la carrera jurídica por unos hechos por los que otros jueces han quedado impunes; el relevo (parece que con ciertas prisas y/o malas maneras) de toda la cúpula policial; o la destitución de todos los jefes de equipo de la Oficina de Inspección del Fraude, en la Agencia Tributaria.

Todas esas decisiones transmiten muy claramente un mensaje subliminal amenazante: ciertos hechos es mejor no investigarlos. En beneficio, por supuesto, de poderosos grupos de presión.

Aunque Rajoy no sea precisamente mi ideal de Presidente del Gobierno, dormiría mucho más tranquilo si supiera que es soberano de sus decisiones. Porque a Rajoy le podemos echar del Gobierno por las urnas, si fuere el caso. Pero esos otros grupos de presión están enquistados y parasitan al Estado Legal.

El pasado día dos de Marzo se emitió por la Cadena Ser un interesante espacio, dentro del programa La Ventana, que conduce la periodista Gemma Nierga. Sus invitados ese día fueron Carlos Jiménez Villarejo, ex fiscal anticorrupción, y Juan José Millás, escritor y periodista. Ambos, por supuesto, situados en un espectro ideológico de izquierdas, hablando en una emisora de esa misma tendencia.
Carlos Jiménez Villarejo, ex fiscal anticorrupción.
(Fuente: smfdiario)

Os recomiendo muy vivamente que robéis 38 minutos de alguna otra actividad y escuchéis esa grabación, porque resulta muy ilustrativa de esos sentimientos de los que vengo hablando: la sensación de que un estado paralelo y todopoderoso está influyendo decisivamente en el derrotero político que lleva el Gobierno.

La conclusión de Millás es escatológica: esto es un estercolero. Muchos blogueros (con tendencia a la izquierda, es cierto) se han hecho eco de esa emisión, como (para muestra un par de botones) Rosa María Artal o Celemín.

Como dijeron muchos oyentes de esa emisión, y también comentaristas de los blogs, es para acoj......

Porque los lobbies no existen. Pero haberlos, haylos.

JMBA

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