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martes, 19 de marzo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 6: Residentes




La primera sorpresa al contemplar el paisanaje que habitaba en la Residencia fue constatar la mayoría absoluta de mujeres entre los residentes. Pregunté diversas veces por la explicación a este fenómeno, pero nunca conseguí obtener una respuesta que me resultara satisfactoria.

Puedo imaginarme algunas razones, la mayoría de ellas, dicho sea de paso, bastante crueles. De una parte, las mujeres viven, en general, más años que los hombres. El motivo sería objeto de otro estudio. Llegar a edades muy avanzadas facilita el hecho de que se manifiesten discapacidades agudas que aconsejen disponer de cuidados intensivos y constantes y, por lo tanto, ingresar en una Residencia sea una opción recomendable.

Otra opción sería pensar que las abuelas resultan más incómodas para la convivencia doméstica, y eso incline a las familias a deshacerse de su proximidad mediante el ingreso en una Residencia. O puede, también, que las mujeres sean más renuentes a delegar responsabilidades domésticas a cuidadores o cuidadoras de cualquier tipo, lo que haría que esta opción sea de más difícil implementación.

La siguiente constatación es que el porcentaje de residentes temporales, los que ingresan para estancias de algunas semanas o unos pocos meses, es bastante elevado. La dirección afirma, en sus conversaciones comerciales con clientes potenciales, que prácticamente el 40% de los residentes son temporales. En principio, a mí me pareció exagerada esta cifra, pero con el tiempo constaté que posiblemente se acerque bastante a la realidad de los hechos. Llegué a conocer a bastantes residentes temporales, de los que hablaré con cierto detalle en otro capítulo.

Esta temporalidad obedece a diferentes razones. Puede tratarse de un bache concreto de salud, en forma de rotura de huesos, de accidentes diversos o de operaciones de cadera, por ejemplo, que recomienden una temporada de Residencia, con atenciones personalizadas y fisioterapia diaria de rehabilitación. Otra razón podía ser la alteración temporal de la situación doméstica. Este era el caso, por ejemplo, de un señor de origen asturiano, de más de 90 años, que estaba en la Residencia con su señora. Ellos vivían habitualmente en casa con su hija, su yerno y sus nietos. Pero su hija se enfrentaba a problemas médicos que le impedían poder cuidar de ellos durante un tiempo. O también por unas pocas semanas, fue el caso de Gerardo, nonagenario pero muy bien conservado, que vivía en casa con su señora y una hija soltera. Pero las dos se fueron de viaje a Estados Unidos por un par de semanas, y él se trasladó a la Residencia para que le cuidaran durante ese período.

Se trata, en general, de problemas que tienen una duración bastante definida. Puede tratarse de unas semanas, o algunos meses, pero la estancia termina con la vuelta del residente a su casa

El resto, digamos que el 60% para respetar las informaciones previas, son residentes permanentes. Lo que no necesariamente significa, por cierto, que estén en esta Residencia hasta que fallezcan cuando les corresponda. Hay algunos motivos que pueden justificar su salida de la Residencia. Por ejemplo, su traslado al Hospital, para recibir atenciones médicas intensivas que hagan frente a dolencias sobrevenidas, o a problemas crónicos que se convierten, en un momento dado, en agudos. De estos traslados no siempre vuelven a la Residencia. Algunos acaban falleciendo y otros puede que hayan evolucionado en su estado general de modo que resulte aconsejable su ingreso en otro tipo de institución.

Otro motivo relativamente habitual de salida de la Residencia es su traslado a otra, por diversas razones. Vi el caso, por ejemplo, de Don José, que se trasladó a una residencia en Valladolid, porque en esa ciudad residía una de sus hijas, la que posiblemente estuviera más cercana a él, y les resultaba más práctico este arreglo. Aparte de que, muy seguramente, la Residencia en Valladolid resultara sensiblemente menos costosa que esta en el centro de Madrid.

La gran mayoría de residentes permanentes son personas, hombres y mujeres, por encima de los ochenta años y, muy frecuentemente, por encima de los noventa. Conocí a la que llamaban la decana, con sus 106 años a cuestas en su silla de ruedas. Pero también había algunas excepciones, de gente bastante más joven pero que había sufrido algún accidente vascular grave, que les había dejado paralizados o casi. Estas personas son las que me causaban más pena, al ver que sus vidas se habían visto truncadas, reduciendo los alicientes que les podían proporcionar a una expresión menos que mínima.

La capacidad de socialización, o incluso de mantener una conversación mínimamente inteligible con otros residentes, auxiliares, o visitas, es muy variable, pero tiende, en general, a ser bastante escasa. Por alguna razón que desconozco, la mayoría de abuelitos y abuelitas en la Residencia tendían a retraerse en sí mismos y en los familiares o amigos que les visitaban de vez en cuando, y no eran nada proclives a establecer nuevas relaciones con otros residentes. Sospecho que influía en ese hecho no solo el deterioro propio de la edad, sino también el nivel socioeconómico preponderante entre los residentes. Para alguien de las clases populares, una nueva amistad puede ser alguien que te pueda enseñar o dar algo. Para un abuelito o abuelita de la clase alta, una nueva amistad puede suponer alguien que te acabe pidiendo alguna cosa, o que intente quitártela. Ignoro si esa actitud algo huraña tenía que ver con las recomendaciones de su propia familia.

El único espacio donde se producía una mínima socialización, a menudo forzada, era en el comedor. Allí hay mesas de diversos tamaños, para dos, tres, cuatro, seis o incluso más personas. En algunas de ellas se establecían conversaciones de cierto calado, pero en otras la comida, o la cena, parecía más bien un desfile de ausentes, en que cada cual se preocupaba de su propia nutrición, y no manifestaba interés alguno por lo que pudieran aportar otros componentes de su misma mesa. A veces este efecto se producía por una incapacidad cierta de poder articular palabras inteligibles para los demás, y también porque los niveles de sordera en algunos casos eran tan agudos que les aislaban irremisiblemente de su propio entorno.

Pero no deja de resultar sorprendente que personas con capacidades, aunque mermadas, claramente suficientes, como para mantener un cierto nivel de conversación, no manifiesten ningún interés por ello, y prefieran retraerse en sí mismos antes que manifestar una mínima curiosidad por las experiencias vitales del resto de comensales, sobre cuál ha sido su trabajo en la vida, o cuál es su situación familiar, o los viajes que hayan podido realizar, etc. Esta abulia manifiesta es uno de los elementos que me resultó más chocante durante toda mi estancia, como ya he relatado en el Capítulo dedicado a la Curiosidad.

Aunque siempre estuve sentado, en el comedor, en una mesa de hombres, sí me fijaba en las mesas de mujeres (la mayoría, por supuesto). Daba la sensación de que sí fluía algo mejor la conversación, pero no tanto por la curiosidad de algunas sino más bien por el exhibicionismo de la mayoría. Las conversaciones, por lo que pude colegir, muchas veces giraban en torno a las respectivas familias, a lo bien que les iba en la vida a sus hijos o hijas, y a lo listos y guapos que eran sus nietos o nietas. O a las muchas privaciones que les había tocado sufrir en su vida y a las que supieron vencer (si no, difícilmente podrían costearse la estancia en esta Residencia, por cierto).

Conocí a algunas mujeres cuya único interés era localizar a algún oyente paciente que supiera encajar su monólogo vital, que me temo repetían, con ligeras variantes, una y otra vez sin ningún rubor. Pero también había alguna que, incluso desde la distancia, desbordaba amabilidad y gentileza.

Estoy convencido de que a algunos residentes nunca les vi por las zonas públicas. Su nivel vital podía resultar tan precario que nunca salían de su habitación, donde les aseaban, acostaban y levantaban, y les daban de comer y cenar como a bebés que ya nunca serán adultos.

Pero también entre los que sí veía todos los días había casos bastante extremos y lastimosos. Muchos sufrían de Alzheimer o demencia senil, de modo que ya habitaban sus propios universos en los que sólo estaban ellos, incapaces ya de reconocer hasta a sus familiares más próximos. Otros sufrían de afasia, de modo que su única capacidad comunicativa era una única sílaba (por ejemplo, " ta ta ta"), donde la intensidad o entonación con que las repetían daba pistas a los más próximos sobre lo que querían comunicar. Una vez vi a una señora con esta dolencia en un ataque de ira. Ignoro el origen de su problema, en ese momento, pero quedaba claro que estaba muy enojada por algo que habría sucedido.

Entre los y las que tenían una movilidad razonable, sin necesidad de ayudas técnicas (bastones, muletas, sillas de ruedas,...) había algunas personas que resultaban entrañables, pero otras también que no sé calificar de otra forma que raras. Una abuelita de pelo blanco y más de noventa, que no pesaría más de treinta kilos, se movía, pensaba y hablaba con bastante soltura. Se pasaba el día paseando por la Residencia y por el jardín, hablando a las flores, a los pajaritos y a quien se ponía por delante, y siempre tenía algunas buenas palabras para todo el mundo. Pilar, la abuelita entrañable, siempre con alguna revista entre las manos.

De los residentes definitivamente raros, yo destacaría a dos mujeres, en especial. La primera, de pelo blanco y gafas, se paseaba por la Residencia siempre en bata y zapatillas de estar por casa, reorganizaba los cojines de sillas y sillones, apagaba algún televisor que nadie estuviera mirando, pero nunca jamás le vi dirigir ni una sola palabra a nadie. Era como un fantasma, siempre presente, pero totalmente ausente de cualquier atisbo de socialización. La segunda tenía unas largas greñas, que parecían muy descuidadas, y hasta en los días más calurosos del verano iba abrigada con una gruesa chaqueta. Su presencia despertaba cierto resquemor, cuando no directamente temor, como si pudiera asaltarte en cualquier momento. Sólo le vi hablar, de forma bastante airada, con alguna de las auxiliares.

Había un señor, bajo y encorvado, que caminaba muy fuerte, con pasos muy rápidos de sus zapatos de piel, pero de escaso recorrido. No hacía falta verle para reconocer su proximidad. O una señora con gafas, muy delgadita, que tenía que andar mucho, pero nunca sabía hacia dónde se dirigía, y las auxiliares tenían que perseguirla, para devolverla al redil.

Había también algunas parejas. La que me resultó más tierna estaba formada por un señor de pelo blanco, de setenta y muchos, que siempre andaba abrazado a una señora, de parecida edad, de mirada ausente pero curiosamente atenta. Cara a cara, andaban muy despacito a pequeños pasos, él siempre hacia atrás. De vez en cuando, él le daba un beso en la frente. Los últimos días de mi estancia vi varias veces al señor solo. Nunca supe si a la señora le habría llegado su final. De hecho, nunca llegué a saber si la señora era su esposa o su hermana.

Otra señora era la que siempre tenía prisa. La prisa es un concepto absolutamente ajeno a la Residencia, pues si algo sobra allí es el tiempo. Pero ella, en su silla de ruedas, siempre competía, y no precisamente con buenas formas, para no demorar ni un minuto su desplazamiento en el ascensor. Podía discutir mucho tiempo para intentar introducir su silla en un ascensor donde ya había una y no cabían dos. Con su insistencia, retrasaba a todo el mundo. Yo la dejé por inútil desde el principio, y la dejaba pasar, prefiriendo esperarme que tener polémica. Con el tiempo descubrí que la misma aproximación tomaron muchos de los demás residentes.

Otra señora, también en silla de ruedas, parecía ser de familia buena, al menos de familia de orden. Siempre llevaba colgando por detrás de su silla una bolsa con la bandera española. Los hijos, hijas, nietos y nietas que la visitaban con frecuencia, tenían el aspecto de llamarse Borja, Rodrigo o Macarena. Por algún motivo que nunca llegué a conocer, pues nunca me dirigió la palabra, la señora me miraba con suspicacia lindando con la desconfianza. Quizá su sexto sentido le anticipaba que yo podía ser un descreído y/o un rojo irredento. Podría ser que su mirada encerrara una crítica a mi costumbre de moverme, era verano, con bermudas y las piernas al aire. Ignoro si, quizás, su mirada pudiera incluso esconder algún vago anhelo erótico.

Había otra señora, menuda, que siempre se movía por la Residencia vestida como para salir de paseo, aferrada a su bolso. Se sentaba a menudo en el banco junto a la salida al jardín, donde tenía el aspecto de estar esperando el autobús en la parada. La señora no tenía muy claro dónde estaba, o hacia dónde quería ir, a pesar de que se movía con cierta soltura y sin ayuda. Alguna vez que coincidí con ella en el ascensor, nunca sabía a qué planta quería ir. Yo llegué a saber que su habitación estaba en la primera planta, y se lo indicaba así. Me lo aceptaba sin rechistar, como consciente de que no estaba en condiciones de discutirme esa realidad.

Con diferencia, el residente que me causaba una mayor pena era un señor que quizá no tuviera ni sesenta años, a quien un incidente, supongo que vascular, de tipo ictus o similar, le había dejado convertido en un vegetal que respiraba. Le movían casi tendido en su silla de ruedas, sin apenas abrir los ojos ni, por supuesto, articular palabra. Todas las tardes le visitaba quien sería su mujer, una señora en la cincuentena, de buena planta, que le cuidaba con toda la devoción de la que era capaz.

Capítulo aparte merecen los (escasos) residentes con los que pude tener algún tipo de intercambio verbal. Aunque hablaré más ampliamente de ellos al tratar el tema de las Tertulias o de las Confesiones, bien se ganaron el derecho a ser citados aquí. Por encima de todos, Don Juan, un caballero madrileño de Argüelles, alto y extremadamente delgado, que se movía con la ayuda de un bastón sobre sus piernecitas frágiles, que siempre parecían amenazar con quebrarse. Yo nací el mismo día que él, sólo que treinta años más tarde. O Don José, sevillano de origen y madrileño de adopción, con el que compartí mesa en el comedor, hasta que se trasladó a otra Residencia en Valladolid. Con él sólo tuve alguna conversación algo más profunda compartiendo el aperitivo en la cafetería. O el caballero asturiano, ingeniero de minas, nacido en La Habana pero criado en una aldea junto a Sama de Langreo.

Y una mención especial merece La Sombra del Jardín. Era una señora menuda, que se movía lenta y silenciosamente en su silla de ruedas, y siempre andaba buscando a quien colarle su monólogo. Me localizaba todas las mañanas, hacia las once, en el jardín, y me saludaba con su sempiterno "Buenos días nos dé Dios". Incluso me ponía falta cuando, hacia el final de mi estancia, alguna mañana salía a dar un paseo, a lo mejor a tomar unos churritos como segundo desayuno. Al día siguiente me decía "Ayer no le vi por aquí".

Por lo demás, la mayoría de residentes permanentes que frecuentaban, de una u otra forma, los espacios públicos, nunca pasaron de ser, para mí, un grupo amorfo de ancianos y ancianas que podía ver a menudo indolentemente aparcado frente a algún televisor, solo esperando que algún acontecimiento incontrolable alterara su anodina rutina diaria. La realidad es que a la hora de las comidas, algunas auxiliares se los iban llevando hacia el correspondiente comedor, y tras la cena, los devolvían a sus habitaciones. Esperando a otro día que, afortunadamente, sería idéntico al anterior.

Prestando un poco de atención a los residentes permanentes, vi muchas formas de envejecer, y ninguna me resultó atractiva en lo más mínimo. Aunque la alternativa es, sin duda alguna, peor.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 7: Logística

miércoles, 6 de marzo de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 5: Personal




Para hacer funcionar una Residencia de este tamaño, siete días por semana, de día y de noche, hace falta un personal bastante abundante. Dadas las peculiares características del perfil medio del cliente, el personal debe disponer de una cierta vocación de servicio muy especial. Esto, desgraciadamente, no siempre es el caso.

Para empezar, la Dirección tiene muy claro que la Residencia es un negocio, con todas las implicaciones que esto tiene. La primera y principal, que el beneficio económico es, siempre, una prioridad. Y un segundo elemento de distorsión, que nunca se debe subvalorar, es que el verdadero cliente (al que hay que satisfacer) no es, a menudo, el propio Residente, sino más bien sus familiares. Se nota de forma palmaria que el tono y la amabilidad en las conversaciones del personal de la Residencia con los familiares es muchísimo más servil que la relación con los propios Residentes. Y no digamos cuando las conversaciones son con los familiares de Residentes potenciales, es decir, la captación de nuevos clientes. El Marketing  y las aptitudes comerciales obligan.

Hay que reconocer que las capacidades, más intelectuales que físicas a estos efectos, de muchos de los Residentes son limitadas. Y bastantes Residentes están ya instalados en la ira permanente, que hace prácticamente imposible conseguir éxito en el intento de darles satisfacción. Por lo que, muy a menudo, hasta el intento se abandona.

Mi caso, lógicamente, era bastante diferente de la media. Mis hermanos, aparte de las negociaciones previas a mi ingreso, lógicas por estar yo en condiciones de movilidad muy reducida, no intervinieron para nada en mis relaciones con el personal y la Dirección de la Residencia, que llevé siempre yo personalmente. Y otro elemento nada desdeñable, es que la factura se cobraba de una cuenta a mi nombre, que yo controlaba. Por todo ello, de la Dirección siempre tuve un trato amable y deferente, con algunos matices que ya iré desgranando. Y por parte del personal en contacto directo con los Residentes, siempre detecté una cierta relajación, de agradecer, ya que yo era más bien como el cliente habitual de un hotel y no como el Residente medio. Poder mantener una conversación inteligible e inteligente me convirtió, automáticamente, en un Residente singular.

Del personal, las indudables estrellas, aunque sólo sea por constituir el colectivo más numeroso, son las auxiliares, que son las personas que están continuamente en contacto directo con los residentes. Utilizo claramente el género femenino, porque la casi totalidad de auxiliares son mujeres, con sólo algunos poquitos hombres en el grupo. Recuerdo por ejemplo a C., un chaval de buena musculatura, que se lucía con las abuelitas, que se la acariciaban (la musculatura) con placer no siempre contenido.

El uniforme de las auxiliares está diseñado para esconder cualquier tipo de reclamo erótico, caso de existir, lo que no es, en general, nada evidente. Un amplio blusón blanco y un pantalón azul, con unos zuecos de plástico que resistan las inmersiones húmedas en las duchas - u otros menesteres - a las que obliga la proximidad con algunos de los Residentes.

A menudo se ven también algunas auxiliares totalmente de blanco, cuando están, temporalmente, de prácticas en la Residencia.

La labor de las auxiliares, siguiendo la cronología de un día cualquiera, incluye un montón de funciones, especialmente con los residentes con un mayor grado de dependencia. En torno a las nueve de la mañana, reparten los desayunos por las habitaciones. Antes, o en algunos casos, después, ayudan al residente en el aseo matinal y en la operación de vestirse para pasar el día. Una ayuda que puede ir desde la simple asistencia para reducir los riesgos, hasta la movilización completa mediante unas grúas especialmente diseñadas para ello.

En torno a las once de la mañana ya tienen a todos los residentes listos para afrontar un nuevo día. A partir de ahí se diversifican las funciones. Supongo que la dirección, o supervisión, debe definir diariamente turnos para las diversas tareas durante todo el día, incluyendo, por ejemplo, el servicio en una planta determinada.

Muchos de los residentes se movilizan hacia la planta social (la -1) donde están los diversos salones y el jardín. Algunos por sus propios medios (andando sin ayuda técnica, con bastón, con muleta, con andador, en silla de ruedas,...) y otros siempre asistidos por alguna auxiliar. Muchos se instalan frente a un televisor (habitualmente sintonizado en La 1, Antena 3, Tele5 o incluso RealMadridTV), aunque la mayoría manifiestan un nulo interés por lo que va emitiendo la caja tonta. Otros salen al jardín a tomar el aire fresco y a dar algún paseo, y los que están en un estado mental más deteriorado son llevados a la zona de terapia ocupacional, donde hay unas cuantas auxiliares a las que les ha tocado esa función ese día. Los Residentes en mejor estado y que estén autorizados para ello, algunos días salen de la Residencia para dar algún paseo por la calle, o a hacer algún tipo de recado, compra, etc.

En la planta social hay un baño exclusivamente para residentes (aparte de otro para las visitas o para los residentes que no requieran de ayuda). En él hay siempre algunas auxiliares dedicadas a ayudar a hacer sus necesidades a los residentes que lo precisen.

Cuando se acerca la una de la tarde, las auxiliares movilizan a los residentes más dependientes hacia el comedor, para el almuerzo en el primer turno, reservado para los que precisan de ayudas personales para la comida. Algunas auxiliares mutan en camareras del comedor para los dos turnos, hasta, más o menos, las tres de la tarde. Por la tarde, un panorama parecido al de la mañana, incluyendo la movilización de residentes a la actividad del día (bingo, proyección, conferencia, concierto,...) hasta el turno de cenas de las siete. La jornada se cierra con el turno de cenas de las ocho, para los residentes capaces de valerse por sí mismos en las comidas, el reflujo de todos hacia las respectivas habitaciones (asistidos por auxiliares si lo precisan), y la ayuda a los residentes para acostarse.

Las auxiliares tienen dos turnos. El de la mañana abarca, más o menos, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Y luego son sustituidas por las del turno de tarde, desde las dos y media hasta las diez de la noche. A partir de las diez de la noche no quedan ya auxiliares en la Residencia, más que una de guardia por planta (creo), hasta la mañana siguiente.

Junto a la cama, en cada habitación, hay un botón rojo. Si se pulsa, la llamada llega al control de planta y, en unos minutos, habitualmente, una auxiliar acude a la habitación para ayudar al Residente en lo que sea necesario.

Cuando se oye taconeo, significa que en las proximidades está o bien la Directora o alguna de las Supervisoras. La Directora tiene una jornada laboral más o menos normal, de lunes a viernes. Sus funciones, aparte de las propias de esa posición, y como delegada de la Propiedad, se centran muy especialmente en hacer lo necesario para que cualquier problema que aparezca no sea, en ningún caso, un problema de la Residencia. La Directora que yo conocí, S., tenía, desde luego, habilidades más que sobradas para esas tareas.

Las Supervisoras, creo que en total unas cuatro o cinco, se turnan los siete días de la semana, desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Su uniforme de trabajo es blusa blanca y pantalón negro, con zapatos de tacón. Todas ellas disfrutan de un despacho conjunto en la zona cercana a la Recepción. Una de sus labores principales es la comercial, es decir, vender la Residencia a los familiares (habitualmente) de los Residentes potenciales. Aparte, lógicamente, de actuar como autoridad competente para arbitrar en los infinitos contenciosos entre Residentes y auxiliares. Son las que aparecen ante la clásica frase "que venga el encargado". Supongo que también desarrollan las tradicionales funciones del cabo furriel, en la elaboración y monitorización de los cuadrantes de turnos del diverso personal.

Existen también unas supervisoras especiales, dedicadas al servicio de comedor, de las que conocí dos o tres. De ellas, quiero destacar a Laura, que era, con mucha diferencia, la persona más amable con los Residentes (también conmigo, pero no sólo) que conocí durante mi estancia. Tan próxima y atenta, casi, como una madre. Durante el servicio de comidas se paseaba por las mesas y hablaba con unos y otras, interesándose por la opinión de los Residentes sobre el menú y demás, y dando explicaciones cuando se las pedían. Creo que Laura debería ser el ejemplo para todo el personal en contacto directo con los Residentes.

Raramente se veían por la Residencia a caballeros con traje y corbata. Una de las ocasiones era en el briefing matinal, en torno a un desayuno de la Cafetería, si podía ser, compartido en el jardín. En ese grupito acostumbraban a estar también la Directora y la Supervisora de turno. Supongo que se trataba de algo así como el Director Financiero de la Residencia, o de algún tipo de Director del Grupo al que pertenece la Residencia. Raramente se volvían a ver durante la jornada, aunque a lo mejor se refugiaban en la Sala de Juntas que hay junto a la Recepción, o en algún otro despacho que no llegué a conocer.

Alguna vez se veía a algún caballero, por la tarde, vestido con traje y corbata, que habría venido a visitar a su madre o abuela directamente desde alguna oficina sin duda siniestra. Pero no era muy habitual.

Por el contrario, sí se veían con cierta frecuencia a un par de caballeros, vestidos con traje y corbata que parecían de uniforme. Se trataba, sin duda, de los empleados de la empresa funeraria. Los decesos, de forma inevitable, se producen cada pocos días en la Residencia, aunque se tratan en general con la máxima discreción, cuando no directamente secretismo.

El personal de perfil más o menos sanitario tiene, por lo que pude apreciar, hasta cinco categorías. En primer lugar, las doctoras (conocí a tres o cuatro, todas ellas mujeres). Y ninguna, por cierto, especialmente amable. Su misión es el seguimiento de las enfermedades conocidas de los Residentes, así como la identificación inicial de las nuevas. Sus recursos médicos y clínicos son limitados, por lo que muy habitualmente gestionaban muy rápidamente el traslado al Hospital del Residente que presentara algún síntoma mínimamente serio.

Supongo que es el procedimiento habitual, pero en mi caso trasladaron temporalmente mi expediente médico desde el Centro de Salud de mi domicilio al más próximo a la Residencia. De este modo se facilitaron todas las gestiones con el sistema público de salud. Durante mi estancia, me prescribieron una analítica de sangre y varias de orina, todas ellas sin cargo, gracias a este procedimiento. Ante una pequeña infección de orina, me prescribieron un antibiótico durante unos cuantos días. Cuando volví a casa, tuve que realizar presencialmente el traslado contrario, para recuperar mi Centro de Salud habitual.

De otra parte están las enfermeras, aunque creo que también había un enfermero masculino. Las enfermeras (de las que conocí cinco, por lo menos) tienen trato bastante frecuente con los residentes. Se encargan de las labores más o menos rutinarias de control médico (toma de tensión, pulsómetro, etc.) y de atender a las incidencias médicas de baja intensidad, como pequeñas heridas, mareos, desarreglos intestinales, etc. La mayoría son muy eficientes en lo suyo, aunque algunas, además, son muy amables y risueñas, mientras otras son más bien adustas. Disponen de un carrito de acompañamiento con todos los elementos que más habitualmente necesitan para su labor, como apósitos de diversos tamaños, esparadrapo, vendas, desinfectantes y hasta algún tipo de medicamentos de uso habitual para pequeños desarreglos.

Por la noche no hay ningún médico en la Residencia, pero sí una enfermera de guardia.

La tercera categoría del personal sanitario son las auxiliares especializadas, que se convierten en auténticas camareras farmacéuticas. Disponen de un carrito con muchos casilleros (uno por habitación o residente). Se encargan de realizar algún control básico, como el de nivel de azúcar en sangre, y de distribuir correctamente, en los diferentes momentos del día y de la noche, las pastillas, jarabes o granulados que cada cual debe tomar por prescripción médica, y que en muchos casos desbordan los dedos de una mano si se quieren contar. También administran los colirios visuales, que muchos Residentes precisan.

Durante el día se las puede ver con su carrito por las plantas, distribuyendo sus artículos, supongo que también administrando inyecciones a los residentes que lo requieran. Pero a la hora de las comidas, se desplazan, con su carrito, al comedor, y allí constituyen un pequeño ejército paralelo al de las camareras que sirven comida.

En cuarto lugar hay que destacar a los fisioterapeutas. El Gimnasio de Fisioterapia funciona en sesiones de mañana y tarde, de lunes a viernes, por lo que no hay turnos. El jefe, P., es el que vino a verme a mi habitación en mi primer día, y me realizó la valoración inicial en el Gimnasio al día siguiente. Tiene un despacho atiborrado de toda clase de títulos colgados en la pared, relacionados con las infinitas especialidades y regalías del mundo de la fisioterapia, que tiene una cierta característica de germanía. Por las mañanas había dos fisioterapeutas más, que eran los que tenían el contacto directo con los residentes que acudíamos allí. Un chico y una chica, E. y C., los dos muy guapos, muy amables y muy eficientes. Durante el verano y para cubrir los períodos de vacaciones, hubo un tercer chaval, JL. también muy amable. Había también una auxiliar afectada al Gimnasio de Fisioterapia, cuya responsabilidad era la movilización de los residentes que no podían hacerlo por sus propios medios. Al principio, la titular de esta posición, M., estaba de baja y era sustituida por otra auxiliar, A., muy bondadosa y condescendiente.

Sé que por las tardes había otra chica, con la que no tuve ningún trato aunque me llegaron opiniones no muy favorables que la acusaban de ser muy autoritaria, para cubrir a C., que por las tardes desarrollaba su oficio en otro lugar.

La última categoría del personal sanitario eran las psicólogas. Conocí a dos mujeres, pero creo que había también un psicólogo masculino, con el que nunca tuve trato alguno. La primera fue la que me visitó en mi primer día en la Residencia, para realizar mi valoración psicológica, lo que ya conté en su momento. La segunda, con la que no tuve relación, siempre la vi paseándose por la Residencia arrastrando un carrito en el que, creo, llevaba diversos artilugios que le permitían interactuar con los residentes que tenían muy mercadas sus capacidades mentales.

Un capítulo aparte merecen las recepcionistas, que actúan, además de en las tareas propias de esa posición, como auténticas Guardianas de la Puerta, impidiendo que puedan salir del recinto, sin ir convenientemente acompañados, los residentes de riesgo (porque puedan caerse o simplemente extraviarse), y aquellos que hayan sido identificados por las respectivas familias o tutores, para que no puedan abandonar las instalaciones sin compañía. Os puedo asegurar que había residentes muy reincidentes en intentar escaparse, taimados y traviesos, por lo que su trabajo no siempre resultaba fácil ni amable. Tener que recordarle a cualquiera que no está en condiciones como para poder salir no es, desde luego, plato de gusto especial.

A todos ellos hay que añadir varias categorías más del personal presente en la Residencia. Por ejemplo, los chicos del mantenimiento (una instalación de estas dimensiones requiere pequeñas atenciones constantes). Cuando requerí de sus servicios siempre fueron extremadamente eficientes, como cuando dejó de funcionar el mando a distancia del televisor de mi habitación, o cuando me instalaron una pequeña caja fuerte dentro del armario de mi habitación.

El personal de limpieza ignoro si son personal propio de la Residencia o de alguna subcontrata y desarrolla ciertas tareas rutinarias fáciles de imaginar. Se encargan de la limpieza de las instalaciones en general y, en particular, de las habitaciones. Limpian los baños, reponen las toallas, hacen la cama, etc. Aparte de ello, se requiere también de sus servicios cuando se producen circunstancias excepcionales. Se les llama entonces por la megafonía del centro, para que acudan a una habitación concreta, por ejemplo. Uno puede imaginarse a algún abuelito o abuelita al que se le han relajado los esfínteres en un lugar inadecuado.

Los servicios de cocina y la cafetería la Residencia los tiene subcontratados y hay algún personal que pertenece directamente a esta subcontrata. Destacan un camarero y tres o cuatro camareras (aparte de los cocineros, supongo) que, con diferencia, son los más eficientes en el servicio de comida a las mesas y también los más amables. Se identifican por llevar pantalón negro en lugar de azul. Y hay dos camareros que sirven, por turnos, la cafetería, que van vestidos integralmente de negro. Durante mi estancia, eran padre e hijo, de origen dominicano, y ambos de nombre Rafael.

Hay otro personal que tiene muy poco contacto con los residentes, como las encargadas del servicio de lavandería y, creo, de tintorería (este último de pago aparte). Recogen las prendas sucias (que deben estar previamente marcadas con el nombre de su propietario y el número de su habitación), y las devuelven directamente al armario de cada residente, unos días después. La lavandería está incluida en la factura mensual y no tiene cargos adicionales, pero el marcaje de las prendas sí supone un mínimo cargo por cada una.

Durante unos cuantos días hubo también una brigada externa de limpieza que, entre otras cosas, se encargó de una limpieza a fondo del jardín, cuyo suelo llegó a estar muy pegadizo porque, con la llegada del verano, el calor provocó que los árboles llorasen resina, y eso acabó constituyendo un riesgo cierto, dada la movilidad complicada de la mayoría de residentes.

El protocolo para todo el personal que tiene mucho contacto con los residentes incluye la obligación de aprenderse los nombres de todos los residentes y de repartir con liberalidad apelativos cariñosos tales como cariño, corazón, cielo, guapo o guapa. Como curiosidad, coincidí en un trayecto de ascensor con una de las auxiliares en prácticas en su primer día, y sólo intercambiamos un Buenos Días o Buenas Tardes. Al día siguiente se repitió la situación y me sazonó el trayecto con un Hola, corazón y un Hasta luego, guapo. Parece que aprendían muy rápido.

En resumen, un ejército de personal que tiene que lidiar con una clientela complicada que, muy habitualmente, no tiene nada claro lo que quiere ni lo que le conviene y que muy frecuentemente tampoco es de trato afable, sino más bien adusto, cuando no directamente desagradable, descortés o incluso maleducado.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 6: Residentes

miércoles, 20 de febrero de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 4: Instalaciones





La Residencia ocupa un edificio monumental, en el barrio de Ciudad Jardín (aunque para todo el mundo, sigue siendo Prosperidad, la Prospe) del Distrito de Chamartín. De hecho, yo viví casi doce años muy cerca de allí (junto a la calle Pradillo), y siempre pensé que vivía en el barrio de Prosperidad. Ciertamente viví allí durante unos meses, pero en 1987 el Ayuntamiento de Madrid decidió segregar el tradicional barrio de Prosperidad en dos: Prosperidad (la parte Sur) y Ciudad Jardín (la parte Norte).

El edificio fue originalmente construido en la segunda mitad del siglo XIX, destinado a Residencia de Ancianos para las Hermanitas de la Caridad. Siguió funcionando de ese modo hasta la década de 1950, en que se abandonó y cayó prácticamente en ruinas. Tras varios intentos de reacondicionamiento para diversos usos, no fue hasta los noventa en que hubo capital disponible y acuerdo con el Ayuntamiento, para rehabilitarlo por completo y ponerlo en funcionamiento como Residencia de Ancianos cinco estrellas,  de gestión completamente privada. Así ha seguido funcionando hasta la actualidad.

Tanto por su ubicación como por el perfil social y económico de la gran mayoría de los clientes, la Residencia es, sin duda razonable alguna, Zona Nacional, permitidme la expresión. La prensa de cabecera es el ABC y, de hecho, muchos Residentes reciben allí directamente su ejemplar de suscripción . Alguna vez se ve algún ejemplar aislado de El País o de El Mundo pero, curiosamente, jamás vi a nadie que tuviera La Razón. Supongo que igual que existen los ricos de siempre y los nuevos ricos, también debe existir la gente de orden de siempre y los nuevos derechistas. Como anécdota, recuerdo que el día en que Pedro Sánchez ganó la moción de censura en el Congreso de los Diputados, el ambiente en la Residencia era totalmente depresivo, y algunas conversaciones que escuché tenían un cariz claramente pre-apocalípticas.

El edificio tiene cinco plantas públicas (ignoro si puede haber otras localizaciones desconocidas para mí). La planta baja (planta 0, de acuerdo a la terminología utilizada en los ascensores) es la de ingreso y recepción desde la calle. En ella está el mostrador y las dependencias de la Recepción, diversos despachos para la Dirección y las Supervisoras, así como alguna sala de reuniones. También hay un cierto número de habitaciones para los Residentes, rotuladas con números ciento y pico. Esto genera habituales confusiones, planta cero con habitaciones cuyo número empieza por el uno. La misma disfunción se repite en las demás plantas.

Las tres plantas superiores están íntegramente destinadas a habitaciones para Residentes, excepto los necesarios espacios para los diversos servicios (mostrador de atención a las visitas, almacenes para los diversos materiales necesarios para el servicio de las habitaciones, etc.). El diseño de cada planta es idéntico, por lo que pude ver. Consta de un largo pasillo, con habitaciones a ambos lados, dividido en dos tramos por el rellano principal. A cada extremo hay otros dos pasillos perpendiculares, también con habitaciones a ambos lados. Frente al rellano principal, hay un cuarto pasillo con algunas habitaciones más.

Mi habitación fue durante toda la estancia la número 216, ubicada en la primera planta, en uno de los pasillos perpendiculares del extremo. No sé exactamente cuántas habitaciones debe de haber por cada planta, pero calculo que, posiblemente, esté cerca de las 40 habitaciones por planta. La mayoría de ellas ocupadas por un solo Residente, pero también hay algunas de ocupación doble (matrimonios, hermanos,...). En la Planta Baja (la cero) el número de habitaciones debe de ser algo menor, debido a la merma provocada por los espacios comunes. En total, posiblemente habrá unas 150 habitaciones. Se asumía habitualmente que el número total de Residentes pudiera estar en el entorno de las 200 personas.

Aunque nunca pude verificarlo, siempre supuse (por diversas informaciones que me fueron llegando), que en algunas de las habitaciones de la tercera planta estarían los Residentes que ya no tenían capacidad para movilizarse hacia los espacios comunes.

Hay tres bloques de dos ascensores cada uno, para los desplazamientos verticales (entre la planta -1 -de la que luego hablaré- y la planta 3). En los extremos, hay dos ascensores de mayor tamaño, estilo hospital, que permiten movilizar camillas, lo que en la Residencia es, desgraciadamente, bastante habitual. Durante mi estancia, creo que nunca conseguí ver a los seis funcionando a la vez, siempre había alguno averiado, a veces por largos períodos de tiempo.

La planta sótano (ó -1) es otra historia completamente diferente, ya que está destinada principalmente a diversos espacios públicos y algunos otros servicios. En un extremo está el comedor comunitario, el área de cocinas y sus correspondientes zonas de servicio para cocineros y camareras.

Junto al comedor hay unas cuantas mesas redondas. A la hora de las comidas, es posible reservar alguna de estas mesas para que un Residente pueda almorzar o cenar con mayor intimidad, en compañía de una o varias personas que le hayan venido a visitar.

Junto al comedor está el mostrador de la Cafetería. Su servicio es de pago aparte, excepto un par de barriletes con agua fresca (creo que uno de ellos con adición de unas rodajas de limón) y una bandeja de vasos, de los que cualquiera (Residente, visitante, cuidador o personal de la casa) puede servirse libremente. Avanzada ya mi estancia, me habitué a tomar un café en la Cafetería, después de la comida. Algunas tardes, especialmente si venía algún amigo o familiar a visitarme, podía tomar una cervecita o una copita de vino blanco acompañada de un platito con patatas fritas, al igual que los sábados o los domingos, a la hora del vermú. Al principio pagaba en efectivo, pero más adelante descubrí la comodidad de pedir que cargaran el importe directamente a la factura mensual de mi habitación, lo que me liberó de tener que llevar siempre encima algún dinero. Y, dicho sea de paso, me permitió repetir muchas veces esa frase que vemos en las películas, cárgalo en mi cuenta.

El resto de esa ala está ocupada por un salón social, con un par de aparatos de televisión y algunos sillones y sofás. Siempre procurando dejar el suficiente espacio, por supuesto, para que puedan moverse con comodidad las personas en sillas de ruedas.

En el centro de la planta, frente a la escalinata singular, hay un salón al que se le denomina Salón de Juegos, y es allí donde se desarrollan la mayoría de espectáculos de la tarde (conferencias, bingo comunitario, proyecciones, etc.). En un armario hay algunos juegos de mesa, a disposición de los Residentes y sus visitantes. El aparato más grande de televisión está allí, junto a tres máquinas de vending, donde comprar snacks, sandwiches, bebidas, café, etc. Dispersas por la zona hay varias mesas grandes con sus correspondientes sillas, y algunos sillones y sofás.

Pegada al Salón de Juegos y habitualmente protegida (oculta) por unas puertas en acordeón, está la capilla, católica, por supuesto. Los sábados por la tarde se acostumbra a celebrar allí una Santa Misa. Durante el día, hay algunos Residentes que pasan algún tiempo en ella.

En esa zona hay dos Servicios públicos. Uno de ellos es normal, dedicado a los visitantes y a los Residentes que los puedan utilizar sin necesidad de ayuda alguna. El segundo, preparado para personas con capacidades diferentes, está reservado para los Residentes que requieren ayuda de alguna de las auxiliares.

En el ala izquierda de la planta hay otro salón, con su correspondiente aparato de televisión, sus sillones, mesas y sofás. Lo preside un piano de cola negro, que se utiliza habitualmente los viernes cuando hay algo de música en vivo. De vez en cuando, se ve a algún visitante utilizarlo de forma espontánea.

Hay también un Salón de Peluquería, que sólo funciona, por las mañanas, dos o tres días por semana, bajo estricta reserva previa en Recepción (o a través de alguna auxiliar), aunque el servicio es por estricto orden de llegada. Supongo que pasar unas horas esperando turno en la Peluquería es una forma tan buena como otras de echar la mañana. Aunque también pueden atender a algunas necesidades muy básicas de los caballeros (corte de pelo y poco más), su especialidad es la peluquería para señoras.

Cuando yo llegué a la Residencia, tras más de un mes de estancia en el Hospital, mi aspecto era el de un náufrago. Tenía largas greñas de pelo revoltoso y no me había afeitado en las últimas cinco semanas. Visité la Peluquería en los primeros días de mi estancia. Allí una de las peluqueras me cortó el pelo, pero reconoció su incapacidad (básicamente por falta de medios) para afeitarme en condiciones. Conseguí que me recortara la barba con la maquinilla, pero luego tuve que completar el afeitado en el cuarto de baño de mi habitación, por mis propios medios.

En el extremo, separado por puertas que no son fáciles de abrir (una de ellas se abre mediante un botón a la altura del brazo extendido de una persona de pie), hay un salón grande donde se desarrollan las tareas de terapia ocupacional. Yo nunca lo visité, aunque lo podía ver a través de las vidrieras. A ciertas horas, también se sirve allí tanto almuerzo como cena, para aquellos Residentes que requieren de atenciones intensivas para comer, pero que no están tan graves como para no poder acceder a las zonas públicas comunes.

Junto a este salón y en algunas otras ubicaciones de la Residencia (junto al comedor comunitario, junto al mostrador de Recepción,...) hay un tablón de anuncios. Básicamente se expone allí un calendario con las actividades previstas para cada tarde del mes (bingo, conferencias, proyecciones, etc.) y también el Menú para el almuerzo y la cena del día. A veces hay también algunas otras notas de cierto interés.

Pasando una puerta, en el extremo del salón, está el último bloque de ascensores y por esa zona está el Gimnasio de Fisioterapia, la Enfermería, el Departamento Médico y alguna otra pequeña dependencia para uso de médicos o enfermeras. Cada tres semanas acude a la Residencia un podólogo, para el que se sigue el mismo proceso de reserva que para la Peluquería, y alguna vez vi también a un Dentista, que creo que acudía bajo petición concreta de algún Residente o su familiar.

La zona de Enfermería tiene una sala grande con un montón de camas y camillas, el almacén de medicinas y material sanitario, así como algunos despachos. A la hora de almuerzo y cena sale de allí el carrito-del-helao, con los medicamentos (comprimidos, grageas, cápsulas,...) que deba tomar cada Residente, organizado en casilleros, uno por cada habitación. Un panel en la puerta ruega a los Residentes o visitantes que no accedan a la Enfermería sin pedir previamente permiso o sin ir acompañados de la correspondiente Enfermera.

Tanto por las rozaduras en los pies como por el episodio de la sonda urinaria (que ya he contado) tuve que visitar la Enfermería con cierta frecuencia. Y os puedo garantizar que allí el espectáculo es, a menudo, bastante escatológico, y prefiero no entrar en más detalles. Por lo que ese panel es una medida prudente y no un mero capricho.

En algún lugar que yo desconozco de esa zona parece que hay también un Tanatorio, pero extremadamente discreto y casi clandestino. Os puedo asegurar que en la Residencia se habla muy poco de la muerte, porque, probablemente, ya toca vivirla más de lo que gustaría. Es política oficial, quizá más bien realpolitik, que el fallecimiento de algún Residente, lo que inevitablemente sucede con cierta frecuencia, es casi un Secreto de Estado, sólo conocido por los muy próximos. Aunque a veces, por motivos diversos, las circunstancias de la muerte o la personalidad del fallecido o fallecida, es más de público conocimiento, por Radio TacaTaca que nunca deja de funcionar.

Muchos días pasaba diez o quince minutos en los sillones frente al Gimnasio de Fisioterapia, esperando mi turno. Y vi pasar por allí, más de una vez, a parejas de señores con traje y corbata, que más parecía uniforme prestado que distinción propia. Inevitablemente me sugería la certeza de que se trataba de personal funerario.

Desde la Planta Sótano se tiene acceso al Jardín, que es una de las Joyas de la Corona de la Residencia. A él se accede por diversas puertas y es un espacio rectangular de buen tamaño, bastante bien cuidado. Muchas mañanas se podía ver al jardinero podando algunos setos o retirando las flores ya marchitas. En esa zona de la ciudad, un jardín tranquilo de esas dimensiones es un auténtico lujo.

Gracias a que mi estancia en la Residencia se desarrolló entre la primavera y el verano, utilicé muchísimo el Jardín, tanto por la mañana como en esas tardes largas. Aparte, era uno de los pocos lugares (junto al porche de la entrada) en que se podía fumar algún cigarrito.

En el centro hay una gran palmera, que es la que ofrece sombra casi a cualquier hora del día. Bajo ella hay una mesa grande, un sofá y un par de sillones de exterior. Es el sitio más noble del jardín, aunque casi siempre está okupado por algunos Residentes habituales, que han atesorado un cierto derecho no escrito a ocupar ese espacio a ciertas horas.

En todo el resto del Jardín hay dispersas mesas redondas de jardín, con abundancia de sillas de mimbre con cojines, así como algunos bancos. Hay algunos setos primorosamente esculpidos, algunos rosales y otras plantas que, en ciertos momentos, ofrecen flores de colorido variado. Y hay también algunos rincones umbríos, que ofrecen un agradable refugio para los días especialmente calurosos del verano.

Es habitual ver en el Jardín a grupitos formados por un Residente y sus visitantes, consumiendo algunos productos de la cafetería. Los camareros no sirven en las mesas del jardín (salvo algunas mínimas excepciones negociadas), por lo que alguno de los visitantes debe acercarse en persona al mostrador de la cafetería para pedir lo que desea y pagarlo, y llevarse a continuación las consumiciones en una bandeja hasta la zona del jardín en que esté su grupo.

La ubicación de la Residencia es privilegiada, ya que dispone de dos estaciones de Metro muy próximas, multitud de autobuses en las proximidades y un parking público de pago, prácticamente debajo. Cualquiera que quiera visitar a un familiar o amigo internado en la Residencia tiene, pues, todas las facilidades para poderlo hacer. Sólo le queda, y no es poco, poner la voluntad.

Hay que aceptar que resulta imposible que la estancia en una Residencia de este tipo sea un placer. Pero conviene reconocer también que los aspectos realmente cinco estrellas contribuyen a que la experiencia resulte algo menos deprimente de lo que podría llegar a ser.


"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 5: Personal

viernes, 8 de febrero de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 3: Primer Día



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 2: Curiosidad



El miércoles 16 de Mayo llegué ya muy tarde (pasadas las diez y media de la noche), mucho más tarde del toque de retreta habitual de la Residencia. A partir de las diez sólo quedaba el personal de guardia para la noche, una auxiliar por planta (creo), una enfermera y ningún médico.

Por lo que mi primer día de verdad fue el jueves 17 de Mayo. Mi hermana viajó desde Barcelona para acompañarme durante todo el día, en esa fase inicial, siempre compleja, de adaptación al nuevo medio.

Junto a la puerta de la habitación, como en todas, por cierto, habían puesto un rotulito con mi nombre, que rezaba "José M. Bigas Alberti". Esto provocó ciertas dudas y algunos errores. A quienes me preguntaban, yo les decía que mi nombre es José María y que podían llamarme Chema (o Txema, de igual fonética). Otros me llamaban directamente José Manuel. Y los más prácticos me llamaron Jose durante toda mi estancia. Más adelante renovaron los rótulos y me pusieron, por error, como "José Manuel". Tras reclamar en Recepción, recuperaron la fórmula inicial.

Uno de los que me llamaba habitualmente Chema era R., el camarero dominicano hijo a cargo de la cafetería. Hasta que un día, curiosamente y con mucho misterio, me preguntó si Chema era un nombre correcto, o sonaba más bien despectivo. Le despejé sus preocupaciones, y me siguió llamando Chema durante el resto de mi estancia.

La cama instalada inicialmente en la habitación, individual y estrechita, tenía movimiento eléctrico con un mando conectado por cable, que permitía levantar o bajar la zona de la cabeza o de los pies, buscando la mejor comodidad y la ergonomía más adecuada. Dos barandillas me protegían de amanecer por los suelos, pero, a cambio, me hacían dependiente de que otra persona me ayudara siempre para acostarme por la noche y levantarme por la mañana, ya que era prácticamente imposible manejar las barandillas desde el interior de la cama. Claro que yo, especialmente durante las primeras semanas, tampoco tenía la más mínima autonomía.

Más adelante, con nocturnidad y sin avisar, me encontré una tarde con que me habían sustituido la cama por otra sin movimiento eléctrico y sin barandillas. Hablé con las supervisoras que, sin darle importancia al asunto, me dijeron que las camas eléctricas (que serían unas pocas en toda la Residencia, por lo que entendí), se reservaban para las personas que definitivamente lo necesitaban, lo que parece que ya no era mi caso. Sí conseguí negociar que me instalaran unas barandillas en la nueva cama. Con movilidad muy reducida, las barandillas, además de su labor protectora, daban puntos de agarre para la movilidad en el interior de la cama.

Hacia las nueve y media de la mañana apareció en mi habitación una auxiliar con el desayuno, y luego me aseó en la ducha, utilizando, tanto para el desplazamiento como en el interior del cuarto de baño, una de esas sillas con ruedas, con un agujero en el asiento, que permite encajarla exactamente encima de la taza del water para proceder, en su caso, a las tareas excretivas propias.

En esas condiciones de movilidad muy disminuida, uno acaba entendiendo perfectamente el concepto de la dependencia, porque es absolutamente cierto que uno depende por completo de lo que hagan otras personas para llevar adelante muchas de las tareas cotidianas a las que habitualmente damos poca importancia.

La auxiliar me vistió y a continuación ya apareció mi hermana, que vino a la Residencia directamente desde Puerta de Atocha. Ese día, especialmente por la mañana, salí poco de la habitación, porque había bastantes tareas por realizar. Mi hermana dispuso la ropa que habíamos llevado desde mi casa en el armario, de doble cuerpo y ciertamente muy amplio, y escondió allí la maleta a continuación.

No paré de tener visitas todo el día. Yo era el nuevo, y desde todos los puntos de vista había que incorporarme a la mayor brevedad posible a las rutinas propias de la casa.

Primero vinieron las mujeres de la lavandería, con el objetivo de marcar las piezas de ropa que yo quisiera ir utilizando e integrarlas en el circuito de lavandería y redistribución a mi habitación. El servicio básico de lavandería estaba incluido en la factura mensual, pero había que pagar una pequeña cantidad por el marcado de cada pieza.

Como estábamos ya con la primavera avanzada, yo estaba feliz con vestuario ya de verano: camisas de manga corta, bermudas y las famosas zapatillas con velcro por todas partes, sin calcetines. Seleccionamos, pues, un número reducido de prendas para que las marcaran (con mi nombre y número de habitación). Esta primera selección incluía tres o cuatro camisas, un par de bermudas y unos cuantos calzoncillos. Más adelante, hice marcar tres o cuatro pañuelos de tela (nunca he conseguido habituarme a los de papel).

Con las prendas marcadas, las auxiliares se encargaban, habitualmente por la mañana, de colocar las prendas a lavar en los cestos que había por los pasillos. Al día siguiente (o al segundo día), aparecían automáticamente en mi armario, convenientemente lavadas y planchadas.

En las siguientes semanas, tanto los fisioterapeutas como la enfermera, identificaron que se me producían erosiones y heridas en los pies, especialmente en el izquierdo. Me recomendaron vivamente que utilizara calcetines con las zapatillas, con lo cual tuve que seleccionar unos cuantos pares de calcetines de algodón, para el verano, para su marcado e integración en el circuito de lavado. Algunos pares de calcetines se acabaron extraviando en el circuito durante varias semanas, y sólo tras sucesivas reclamaciones, volvieron a aparecer en el cajón de mi armario.

Esa primera mañana me visitó en la habitación P., el fisioterapeuta jefe, que hizo una valoración previa de mi situación, confirmando que, por el momento, mi ayuda técnica oficial para la deambulación sería la silla de ruedas. En la Residencia, Fisioterapia es quien manda en este tema. Me dio cita para el día siguiente, viernes, a la una de la tarde, para una primera sesión de valoración fina, prólogo de muchas semanas de una hora diaria en el gimnasio, de lunes a viernes (salvo festivos). P. fue el primero que citó el eslógan que me ha acompañado durante toda mi estancia (e incluso después de mi vuelta a casa): "Paciencia y Esfuerzo". Anticipó que el objetivo era poder abandonar la silla de ruedas, y cambiarla por un andador. Más adelante, debería ya poder andar con la ayuda de una o dos muletas. Luego con un simple bastón y a continuación, la media maratón. Optimista impenitente, siempre ligeramente sobreactuado, P. es un tipo de lo más agradable.

Me visitaron también la doctora (G., creo que de origen cubano) y la enfermera M., un encanto siempre con la sonrisa en la cara. Yo había llegado a la Residencia con una sonda urinaria y una bolsa externa para recoger la orina. Y también con una herida quirúrgica en la zona perineal, en la que todavía quedaban algunos puntos por caer.

Durante las primeras semanas de mi estancia, me realizaron reiteradas curas de la herida, hasta que ya cicatrizó del todo y se secó.

El tema de la bolsa para la orina fue algo más complejoEn el Hospital me había movido todo el mes con la misma bolsa, que servía tanto para el día (cualquier pequeño paseo suponía acarrear la bolsa, claro) como para colgarla de la barandilla de la cama por la noche. Al darme el alta hospitalaria, también me dieron una receta para bolsas de pierna, de menor capacidad, para su uso durante el día, fijada a la pantorrilla mediante dos cintas elásticas. En la Residencia, pues, utilizaba dos tipos diferentes de bolsa para la orina, que se cambiaban en el acto de levantarse por la mañana y de acostarse por la noche. La de noche era parecida a la del Hospital, colgando por fuera de la cama, y limitando de alguna forma los movimientos durante el sueño. Y durante el día utilizaba una de esas llamadas bolsas de pierna. La enfermera gestionó la receta que me habían dado, y trajo a mi habitación unas cuantas de ellas.

Durante el tiempo en que utilicé bolsa para la orina, ni médicos, ni enfermeras ni auxiliares llegaron a ponerse nunca de acuerdo sobre si cada día había que utilizar una bolsa nueva, o se podía reutilizar la de la víspera. Parece que al conectarlas y desconectarlas, esa zona se convierte en un nido de posibles gérmenes. En fin, sobreviví como pude a esa indefinición.

Por cierto, al vestir bermudas, la bolsa quedaba a la vista y añadía un elemento nada agradable a mi aspecto visual. De hecho, ello me valió la crítica de alguna de las enfermeras, y la mirada cruzada, pero sin palabras, de alguna de las Residentes.

Afortunadamente, la bolsita de marras sólo duró unas pocas semanas, ya que el lunes 4 de Junio detecté que, unas tres horas después de habérmela puesto, la bolsa de día estaba absolutamente seca. Fui directamente a la Enfermería, para resolver el problema. Allí detectaron que la sonda se había obstruido. Esta dispone de un mecanismo paralelo que permite su lavado mediante un jeringazo de agua (o suero o lo que sea). Pero no hubo forma de desatascarla. La doctora y la enfermera decidieron extraer la sonda e instalar otra nueva. Como os podéis imaginar, esas manipulaciones no fueron nada agradables. No consiguieron instalar una nueva, porque les faltaba un ánima de acero para llevar a cabo esa operación, y se les doblaba al alcanzar la vejiga. Se plantearon trasladarme al Hospital para que allí lo hicieran. Pero me dejaron varias horas acostado en la Enfermería, y empecé a miccionar espontáneamente. Viendo esta reacción, decidieron que ya no me hacía falta la sonda y abandoné, por fin, las bolsitas de orina. Un mes más tarde, en la revisión con la Uróloga del Ramón y Cajal, esta aprobó completamente las decisiones que tomaron ese día.

Una visita curiosa que recibí ese primer día fue la de la Psicóloga. Su misión, ante cualquier recién ingresado, es realizar una valoración psicológica de su estado mental e incluso espiritual. Tras unos minutos de agradable conversación, en que ella se dio cuenta de que mi único problema era de movilidad física, pero que mis capacidades intelectuales estaban intactas, me pidió perdón por tener que hacerme una serie de preguntas que me parecerían básicamente bastante idiotas. Efectivamente, vinieron preguntas muy evidentes, cómo la fecha del día, el país y ciudad en que estábamos, el nombre del Presidente del Gobierno (a la sazón, todavía Rajoy) y así toda una batería. También me pidió realizar algunos dibujos, geométricos y diversos, para validar mi coordinación espacial.

Su informe, lógicamente, fue que yo estaba en pleno uso de mis facultades mentales, y sólo apreció, con razón, que estaba sufriendo una cierta sensación de agobio por tener que enfrentarme a una situación que jamás habría podido anticipar. 

Como hablamos de mi afición por los viajes de tema enológico y vinícola, me pidió permiso para realizarme una última pregunta: ¿Cuál crees que es el mejor vino del mundo?. Mi respuesta, que utilicé más adelante en alguna otra ocasión, fue la siguiente: No lo sé, pero seguramente debe ser un vino blanco.

También me visitó Cloti, la chiquita responsable en la Residencia de las actividades. Tanto de la llamada terapia ocupacional, dedicada a aquellos ancianos que están extraviados en su propio mundo y que requieren ejercicios básicos para intentar ejercitar el cerebro y la memoria, como de los espectáculos comunitarios, todas las tardes de lunes a viernes. Cloti intentó convencerme de que me sumara a algunas de esas actividades, aunque entendía que mi interés, dadas mis circunstancias, pudiera ser limitado. 

Efectivamente, más o menos entre las cinco y media y las siete de la tarde, de lunes a viernes, había algún espectáculo, llamémoslo así. Habitualmente los viernes había algo de música en vivo. algunas veces un pianista, otras un grupito de cantantes, que intentaban, a menudo con más voluntad que acierto, entretener a los ancianos con melodías más o menos conocidas. Algunos días había un Bingo comunitario, con pequeños premios para los ganadores y otros había alguna conferencia sobre temas de historia o costumbres, que se desarrollaba, en general, entre la indolencia e indiferencia casi general de los Residentes aparcados en la zona.

Ese viernes me dejé convencer por la auxiliar, y bajé a ver el espectáculo, mientras mi hermana salía a darse un paseo. Mi concepto de la vergüenza ajena me impide describir lo patético del ambiente, tanto por la parte de los (presuntos) artistas como del propio público.

Excepcionalmente, hacia finales de Junio y coincidiendo con el fin del año escolar, tuvimos una sorpresa algo más agradable. Una mañana nos visitó un grupo numeroso de alumnos del colegio colindante con la Residencia, chicos y chicas de 13-15 años. Nos deleitaron con algún número musical y terminaron realizando algunas encuestas entre los Residentes, para recoger experiencias y recuerdos sobre el Madrid de su juventud. 

A Cloti le llamo chiquita, porque era un encanto bajito. siempre sonriente y entregada a los demás, y porque vestía casi siempre como una auténtica perroflauta, perdonadme la expresión.

Con mi hermana, bajamos a las dos de la tarde al comedor, para un almuerzo mano a mano en una de las mesas exteriores al comedor comunitario (que habíamos encargado previamente). Allí vimos por primera vez a la fumadora oficial de la Residencia, E., que se hacía llamar Q., que estaba fumando un cigarrito en el jardín, apoyada en el pilar junto a la puerta.

Por la tarde, bajamos un ratito al jardín, y luego me fui hacia el comedor (para la cena de las ocho), mientras mi hermana se volvía hacia Puerta de Atocha, para tomar el AVE de vuelta a su casa. Esa cena fue la primera de una larga serie de almuerzos y cenas en el comedor comunitario. Las auxiliares  me asignaron una plaza en una de las mesas masculinas, y allí seguí hasta que dejé la Residencia.

Tras la cena, antes de las nueve de la noche, regresé a la habitación. Sin más sobresaltos, terminó mi primer día cuando vino una auxiliar que me ayudó a desvestirme y acostarme (con el correspondiente cambio de la bolsa de orina). No serían más de las nueve y media de la noche, y ya estaba acostado.



"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 4: Instalaciones

martes, 29 de enero de 2019

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 2: Curiosidad

"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 1: La Decisión



Uno de los aspectos que más temía tras tomar la decisión de ingresar temporalmente en una Residencia, era la de tener que enfrentarme a la curiosidad irrefrenable de los abuelitos y abuelitas sobre mi vida. Pensaba que me preguntarían a qué había dedicado la vida, en qué había trabajado, si había triunfado o no, a qué dedicaba el tiempo libre, a qué países había viajado y qué experiencias había obtenido de ello, y así hasta el infinito.

Mi sorpresa fue darme cuenta de que nadie se interesó en mis vivencias, más allá de alguna curiosidad puntual y casi de pura cortesía, sobre el origen del incidente que me había llevado a ingresar allí.

En la mesa del comedor me esforcé en tratar de introducir temas de conversación relacionados con esos asuntos (viajes, países, experiencias profesionales,...), que me parecen de interés casi general. Y lo que obtuve a cambio fue una casi total indiferencia y un desinterés más que evidente, que me desmotivó para seguir intentándolo. La única forma de que los abuelitos que se sentaban en el comedor en la misma mesa que yo, salieran de su abulia, era comentar algo ligeramente despectivo con el Real Madrid, o insinuar que Zapatero no lo había hecho todo mal. Entonces sí, te podían saltar a la yugular.

Intenté comprender el fenómeno, y llegué a una conclusión bastante cruel, pero me temo que más que realista.

En el proceso de hacerse mayores y envejecer, hay diversos estadios. Cuando uno se jubila, o al menos se retira de la actividad que ha llenado su vida (o que la ha sustituido, en algunos casos), aparecen habitualmente incentivos para hacer aquellas cosas que nunca se tuvo ocasión de hacer. Vemos jubilados que desarrollan actividades que siempre les interesaron (o no) pero que no pudieron llevar adelante, coincidiendo con su actividad diaria, básicamente nutritiva. Algunos trabajan con sus habilidades musicales, otros se matriculan en la Universidad para completar aquellos estudios que nunca tuvieron ocasión de seguir, y así hasta el infinito.

Esos jubilados se convierten en personas infinitamente curiosas, que preguntan mucho y que disfrutan de todo lo que acaban averiguando. Son conscientes de que información es poder y que, de una u otra forma, aunque sólo sea como realización personal, podrán rentabilizar todo aquello que sean capaces de aprender, o de lo que se acaben enterando, fruto de su curiosidad. Algunos se dedican a labores solidarias, tratando de devolver a la sociedad lo que esta les ha dado a lo largo de toda su vida. Muchos aprenden informática u otras disciplinas que nunca formaron parte de sus vidas activas. Algunos forman parte de coros y orquestas, para desarrollar esas habilidades musicales que siempre pensaron tener pero nunca pudieron desarrollar. Algunos empiezan (empezamos) a escribir, tratando de hacer algo diferente que resulte interesante para los demás y les aleje de la indiferencia hacia nosotros.

En esa fase, no dejan de preguntar continuamente, tratando de averiguar lo que los demás no están muy dispuestos a compartir. Inquieren sobre la existencia de novias y novios a nietos y nietas, hasta la saciedad. Preguntan sobre su trabajo, si ganan dinero, si ahorran, sobre cómo lo gastan. Preguntan y no paran de opinar sobre la vida de los demás.

Todo ello es muy bonito y cierto (a fuer de sinceros, a veces incluso pesado y cargante), pero temporal. A medida que se va envejeciendo más, se acaba llegando a un punto de no retorno, al punto en que se bajan los brazos y uno se abandona a la corriente embravecida del río, que finaliza en las cataratas, cuyo rumor ya se escucha en lontananza, donde se acabará despeñando.

Sospecho que la gran mayoría de residentes están ya en esa fase. Un estado en que cesa la curiosidad, porque son conscientes de que ya no importa lo que puedan averiguar, les será imposible utilizarlo para darse importancia en cualquier conversación social (que ya no existe para ellos o, de existir, la pueden seguir con dificultad). Una situación en que ya no existe voluntad de aprendizaje o de estudio, porque saben que ya no podrán rentabilizar ni mercadear con lo aprendido, de ninguna manera.

Por lo que pude ver, la casi totalidad de los residentes permanentes estaban ya en esta situación, llamémosla terminal. Despeñándose por la pendiente en un trineo sin frenos, con el único horizonte de un punto final.

Para algunos (sobre todo, algunas) el único tema de conversación que les interesa es su familia, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas; en resumen, todo aquello que quedará en esta tierra cuando ellos (ellas) finalmente desaparezcan.

Es una situación curiosa, porque no se habla nunca del futuro. Y es que el futuro ya está escrito para ellos, como dicta el rumor de la catarata. Y el pasado es un mosaico de recuerdos que, casi, sólo sirven para justificar que no se ha aparecido en la Residencia desde la nada, sino como última etapa de un proceso vital en el que, ciertamente, pasaron cosas. Para ellos (ellas) la Residencia es, sin duda, la última etapa. Y todos, o casi todos, ya han bajado los brazos.

Todo ello teniendo en cuenta que el porcentaje de residentes con capacidad para mantener, aunque sea mínimamente, una conversación inteligente, es tristemente muy limitado.

Por ejemplo, resultaba prácticamente imposible mantener una conversación sobre temas sensibles, tales como política o religión. Creo entender que la razón para ello es que los residentes permanentes ya lo tienen todo claro en esos aspectos, y están totalmente convencidos de que no existen argumentos humanos que les pudieran llevar a modificar sus posiciones, que han consolidado durante toda su vida. Me gustaría recordar aquí lo que decía Serrat en una canción: "Bienaventurados los que - lo tienen claro porque - de ellos será el Reino de los Ciegos".

Como toda regla, evidentemente había alguna excepción. Quisiera recordar aquí a  esa señora ya muy mayor, que fumaba a menudo en el porche de entrada, junto a la silla de ruedas donde vegetaba su hermano. Con ella tuve alguna conversación interesante (como relataré en algún otro capítulo), entre cigarrillos, sentados en el banco que allí había.

Otra cosa me encontré entre los residentes temporales, ingresados para hacer frente a contratiempos puntuales. Personas habitualmente más jóvenes, que visualizan (y anhelan) cómo será su vida cuando puedan volver a ella al abandonar la Residencia. Para ellos (como para mí, por cierto), la Residencia no es más que una etapa pero, desde luego, no la última.

Existe una frase popular que reza: "Mientras hay vida, hay esperanza". Yo añadiría otra, que nos suministra una lección de mejor aprovechamiento: "Mientras hay curiosidad y voluntad de aprender, hay vida".

Si conocéis a algún anciano o anciana (un padre, un abuelo, un conocido,...) que, a pesar de mantener más o menos sus facultades, manifiesta una total indiferencia por lo que le rodea, no siente curiosidad alguna para preguntar, ya no tiene voluntad de aprender, tened claro que ya ha bajado los brazos y avanza irremisiblemente hacia la catarata por la que se acabará despeñando, más bien pronto que tarde.

Cuando alguien abandona la curiosidad, deja de tener voluntad de seguir viviendo, y de alguna forma ya empezó a morir.




"Las Puertas del Infierno" - Capítulo 3: Primer Día